¡Qué tristeza! Su protector había muerto, Salvatierra andaba por el
mundo y su compadre Paco el de Algar le abandonaba para siempre,
muriendo de un enfriamiento allá en un cortijo del riñón de la sierra.
También el compadre había mejorado de suerte, aunque sin llegar a la
buena fortuna del señor Fermín. En fuerza de trabajar como bracero y de
rodar por las gañanías errante como un gitano, siempre seguido de su
hijo Rafael, que se empleaba en las faenas de zagal, había acabado por
ser aperador de un cortijo pobre: asunto, como él decía, de matar el
hambre sin tener que doblarse ante el surco, debilitado por una vejez
prematura y por los rudos lances de la conquista del pan.
Rafael, que era ya un mocetón de dieciocho años, endurecido por el
trabajo, se presentó en la viña para dar la mala noticia a su padrino.
--Muchacho, ¿y ahora qué va a jacer?--preguntó el capataz interesándose
por su ahijado.
El mocetón sonrió al oír hablar de una colocación en otro cortijo. ¡Nada
de trabajar la tierra! La aborrecía. Gustábanle los caballos y las
escopetas con entusiasmo juvenil, como a cualquier señorito del -Círculo
Caballista-. En punto a domar un potro o a meter la bala donde ponía el
ojo, no admitía rival. Además, era todo un hombre; tan hombre como el
que más: le gustaban los valientes para ponerlos a prueba; ansiaba
aventuras para que se supiese quién era el hijo de Paco el de Algar. Y
al decir esto sacaba el pecho y tendía los brazos en cruz, haciendo
alarde de la energía vital, de la juvenil acometividad depositadas en su
cuerpo.
--En fin, padrino, que con lo que yo tengo naide se muere de jambre.
Y Rafael no murió de hambre. ¡Qué había de morir!... Su padrino le
admiraba cuando le veía llegar a Marchamalo, montado en un alazán fuerte
y de libras, vestido como un hacendado de la sierra, con fachenda de
galán campesino, asomándole ricos pañuelos de seda por los bolsillos de
la chaqueta y el escopetón siempre pendiente de la montura. Al viejo
contrabandista le temblaban las carnes de placer oyéndole relatar sus
proezas. El muchacho vengaba a su compadre y a él de los sustos sufridos
en la montaña, de los golpes que les habían dado los que él apellidaba
«los esbirros». ¡De seguro que a éste no se le ponían delante para
quitarle la carga!...
El mozo era de los de caballería y no se limitaba a entrar tabaco. Los
judíos de Gibraltar le hacían crédito, y su alazán trotaba llevando a la
grupa fardos de sedas y de vistosos pañolones de China. Ante el absorto
padrino y su hija María de la Luz, que le miraba fijamente con sus ojos
de brasa, el muchacho sacaba a puñados las monedas de oro, las libras
inglesas, como si fuesen ochavos, y acababa por extraer de las alforjas
algún pañuelo vistoso o puntilla complicada, para hacer regalo de ello a
la hija del capataz.
Los dos jóvenes se miraban con cierta vehemencia; pero al hablarse
experimentaban una gran timidez, como si no se conocieran desde niños,
como si no hubiesen jugado juntos cuando el señor Paco venía de tarde en
tarde a visitar a su viejo camarada en la viña.
El padrino sonreía socarronamente viendo la turbación de los muchachos.
--No parece sino que ustés no se han visto nunca. Hablarse sin miedo,
que ya sé yo que tú buscas ser algo más que mi ahijado... ¡Lástima que
andes en esa vida!
Y le aconsejaba que ahorrase, ya que la suerte se le presentaba de
frente. Debía guardar sus ganancias, y cuando tuviese un capitalito, ya
hablarían de lo otro, de aquello que no se nombraba nunca, pero que
sabían los tres. ¡Ahorrar!... Rafael sonreía ante este consejo. Tenía en
el porvenir la confianza de todos los hombres de acción seguros de su
energía; la generosidad derrochadora de los que conquistan el dinero
desafiando a las leyes y a los hombres; la largueza desenfadada de los
bandidos románticos, de los antiguos negreros, de los contrabandistas;
de todos los pródigos de su vida que, acostumbrados a afrontar el
peligro, consideran sin valor lo que ganan sorteando a la muerte. En los
ventorrillos de la campiña, en las chozas de carboneros de la sierra, en
todas partes donde se juntaban hombres para beber, él lo pagaba todo con
largueza. En las tabernas de Jerez organizaba -juergas- de estruendo,
abrumando con su generosidad a los señoritos. Vivía como los lasquenetes
mercenarios condenados a la muerte, que, en unas cuantas noches de orgía
pantagruélica, devoraban el precio de su sangre. Tenía sed de vivir, de
gozar, y cuando en medio de su existencia azarosa le acometía la duda de
lo futuro, veía, cerrando los ojos, la graciosa sonrisa de María de la
Luz, escuchaba su voz, que siempre le decía lo mismo cuando él se
presentaba en la viña.
--Rafaé: me dicen muchas cosas de ti y toas son malas... ¡Pero tú eres
bueno! ¿verdá que cambiarás?...
Y Rafael se juraba a sí mismo que había de cambiar, para que no le
mirase con sus ojazos de pena aquel ángel que le aguardaba en lo alto de
una colina, cerca de Jerez, y corría cuesta abajo entre el ramaje de las
cepas, al verle de lejos galopar por la polvorienta carretera.
Una noche, los perros de Marchamalo ladraron desaforadamente. Era cerca
del amanecer, y el capataz, echando mano a su escopeta, abrió una
ventana. Un hombre en mitad de la plazoleta sosteníase agarrado al
cuello de su jaca, que respiraba jadeante, con las piernas temblonas,
como si fuese a desplomarse.
--Abra usté, padrino--dijo con débil voz.--Soy yo, Rafaé, que vengo
jerío. Pa mí, que me han pasao de parte a parte.
Entró en la casa, y María de la Luz, al asomarse tras la cortina de
percal de su cuarto, lanzó un alarido. Olvidando todo pudor, la muchacha
salió en camisa a ayudar a su padre, que apenas podía sostener al
mocetón, pálido con palidez de muerte, con las ropas salpicadas de
sangre negruzca y de otra fresca y roja que caía y caía por debajo de su
chaquetón, goteando en el suelo. Anonadado por su esfuerzo para llegar
hasta allí, Rafael se desplomó en la cama, contándolo todo con palabras
entrecortadas antes de desvanecerse.
Un encuentro en la sierra al anochecer con los del resguardo. Él había
herido para abrirse paso, y en la huida le alcanzó una bala en la
espalda, debajo del hombro. En un ventorrillo le habían curado de
cualquier modo, con la misma rudeza con que cuidaban a las bestias, y al
oír, en el silencio de la noche, con su fino oído de hombre de la
sierra, el trote de los caballos enemigos, había vuelto sobre la silla
para no dejarse coger. Un galope de leguas, desesperado, loco, haciendo
esfuerzos por mantenerse sobre los estribos, apretando sus piernas con
el estertor de una voluntad próxima a desvanecerse, rodándole la cabeza,
viendo nubes rojas en la oscuridad de la noche, mientras por el pecho y
la espalda se escurría algo viscoso y caliente, que parecía llevársele
la vida con punzante cosquilleo. Deseaba esconderse, que no le cogieran:
y para esto, ningún refugio como Marchamalo, en aquella época que no
era de trabajo y los viñadores estaban ausentes. Además, si su destino
era morir, deseaba que fuese entre los que más quería en el mundo. Y sus
ojos se dilataban al decir esto: se esforzaba por acariciar con ellos,
entre el lagrimeo del dolor, a la hija de su padrino.
--¡Rafaé! ¡Rafaé!--gemía María de la Luz inclinándose sobre el herido.
Y como si la desgracia le hiciese olvidar su habitual recato, faltó muy
poco para que le besase en presencia de su padre.
El caballo murió en la mañana siguiente, reventado por la loca carrera.
Su dueño se salvó después de una semana transcurrida entre la vida y la
muerte. El señor Fermín había traído de Jerez un médico, gran amigo de
Salvatierra, un compañero de la época heroica, acostumbrado a esta clase
de lances. Tuvo delirios que le hacían gritar con el terror de la
pesadilla, y cuando después de largos desvanecimientos desentornaba los
ojos, veía a María de la Luz sentada junto a la cama, inclinando sobre
él su cabeza, como si buscase en su aliento la llegada de la reacción
vital que habla de salvarle.
La convalecencia no fue larga. Una vez pasado el peligro, la herida se
cicatrizó rápidamente. El capataz afirmaba, con cierto orgullo, que su
ahijado tenía carne de perro. A otro lo hubiesen hecho polvo con un
balazo así: ¡pero, balitas a él, que era el mozo más valiente del campo
de Jerez!...
Cuando el herido abandonó la cama, acompañábale María de la Luz en sus
vacilantes paseos por la explanada y los senderos inmediatos. Entre los
dos había vuelto a reaparecer esa pudibundez de los amantes campesinos,
ese recato tradicional que hace que los novios se adoren sin decírselo,
sin declararse su pasión, bastándoles el expresarla mudamente con los
ojos. La muchacha, que había vendado su herida, que había visto desnudo
su pecho robusto, perforado por aquel rasguño de labios violáceos, no
osaba ahora, que le veía de pie, ofrecerle su brazo cuando paseaba
vacilante, apoyándose en un bastón. Entre los dos marcábase un ancho
espacio, como si sus cuerpos se repeliesen instintivamente; pero los
ojos se buscaban, acariciándose con timidez.
A la caída de la tarde, el señor Fermín se sentaba en un banco, bajo las
arcadas de su caserón, con la guitarra en las rodillas.
--¡Venga de ahí, Mariquita de la Lú! Hay que alegrar un poquiyo al
enfermo.
Y la muchacha rompía a cantar, con la cara grave y los ojos entornados,
como si cumpliese una función sacerdotal. Únicamente sonreía cuando su
mirada se encontraba con la de Rafael, que la escuchaba en éxtasis,
acompañando con débil palmoteo el rasguear melancólico de la guitarra
del señor Fermín.
¡Oh, la voz de María de la Luz! Una voz grave, de entonaciones
melancólicas, como la de una mora habituada a eterna clausura que canta
para oídos invisibles tras las tupidas celosías: una voz que temblaba
con litúrgica solemnidad, como si meciese el sueño de una religión
misteriosa sólo de ella conocida. De repente, se adelgazaba, partiendo
como un relámpago hacia las alturas, hasta convertirse en un alarido
agudo, en un grito que serpenteaba, formando complicados arabescos de
salvaje bizarría.
Las vulgares coplas, oídas por Rafael tantas veces en sus juergas con
las gitanas, parecían nuevas en los labios de María de la Luz. Adquirían
un sentimentalismo conmovedor, una unción religiosa en el silencio del
campo, como si aquella poesía ingenua y gallarda, cansada de rodar sobre
las mesas, manchadas de vino y de sangre, se rejuveneciera al tenderse
soñolienta en los surcos de la tierra bajo los pabellones de pámpanos.
La voz de María de la Luz era famosa en la ciudad. En Semana Santa, la
gente que presenciaba el paso de las procesiones de encapuchados a altas
horas de la noche, corría para oírla de más cerca.
--Es la niña del capataz de Marchamalo que va a echarle una -saeta- al
Cristo.
Y empujada por las amigas, abría los labios y ladeaba la cabeza con un
gesto lacrimoso, igual al de la Dolorosa; y el silencio de la noche, que
parecía agrandado por la emoción de una religiosidad lúgubre, rasgábase
con el lento y melódico quejido de aquella voz de cristal que lloraba
las trágicas escenas de la Pasión. Más de una vez la muchedumbre,
olvidando la santidad de la noche, prorrumpía en elogios a la gracia de
la chiquilla y en bendiciones a la madre que la había parido, sin
respetar el aparato inquisitorial del sagrado Entierro con sus negros
encapuchados y sus fúnebres blandones.
En la viña no despertaba menores entusiasmos María de la Luz. Oyéndola
los dos hombres bajo las arcadas, sentíanse conmovidos, y sus almas
sencillas abríanse a la ráfaga de poesía del crepúsculo, mientras se
coloreaban las lejanas montañas con la puesta del sol, y Jerez teñía su
blancura con resplandores de incendio, destacándose sobre un cielo de
violeta en el que comenzaban a brillar las primeras estrellas.
El canto quejumbroso y melancólico de los pueblos tristes y moribundos,
despertaba inexplicables recuerdos, ecos de una existencia anterior. El
alma morisca se estremecía en ellos oyendo aquellas coplas de muerte, de
sangre, de amores desesperados y fanfarronas amenazas. El viejo capataz,
enardecido por la voz de María de la Luz, parecía olvidar que era su
hija, y soltaba la guitarra para echarla su sombrero a los pies.
--¡Olé mi niña! ¡Viva su pico de oro, la mare que la crió... y el pare
también!
Y recobrando su gravedad, le decía al ahijado con el tono de un profesor
que enseña verdades de universal trascendencia:
--Ese es er verdadero cante jondo... ¡Jerezano puro! Y si te icen que si
las seviyanas, que si las malagueñas, di que es pamplina. En Jerez está
la llave der cante. Eso lo declaran toos los sabios del mundo.
Cuando Rafael se sintió fuerte tuvo que dar por terminado este período
de dulce intimidad. Una tarde habló a solas con el señor Fermín. Él no
podía seguir allí; pronto llegarían los viñadores, y la casa de
Marchamalo recobraría su animación de pequeño pueblo. Además, don Pablo
anunciaba su propósito de echar abajo el caserón, para construir aquel
castillo con el que soñaba como una glorificación de su familia. ¿Cómo
explicar Rafael su presencia en la viña? Era una vergüenza que un hombre
de sus energías permaneciese allí, sin ocupación, viviendo al amparo de
su padrino.
El asunto de aquella noche parecía olvidado. No temía que le
persiguiesen, pero estaba resuelto a no volver a su antigua vida.
--Con una basta, padrino; tenía su mercé razón. Ni esta es manera de
ganarse honradamente el pan, ni hay jembra que apechugue con un mozo que
por más dinero que traiga a casa puede morir de mala muerte.
Él no sentía miedo, ¡eso nunca!, pero tenía sus planes para el porvenir.
Quería formarse una familia, como su padre, como su padrino, y no pasar
la vida echándolas de jaque en la montaña. Buscaría una ocupación más
honrada y tranquila, aunque conociese el hambre.
Y entonces fue cuando el señor Fermín, valiéndose de su influencia con
los Dupont, hizo a Rafael aperador del cortijo de Matanzuela, propiedad
del sobrino del difunto don Pablo.
El tal Luis había vuelto a Jerez hecho un hombre, después de una
continua peregrinación por todas las universidades de España, buscando
catedráticos de manga ancha que no tuviesen empeño en malograr futuros
abogados. Su tío le había impuesto la obligación de seguir una carrera,
y mientras aquél vivió, se había resignado a llevar la vida de
estudiante, ajustándose a los estrechos envíos de dinero y ampliándolos
con préstamos feroces, por los que firmaba a ojos cerrados cuantos
papeles querían presentarle los usureros. Pero al ver al frente de la
familia a su primo Pablo y próxima su mayor edad, se había negado a
continuar por más tiempo la comedia de sus estudios. Era rico, no quería
perder el tiempo en cosas que en nada le interesaban. Y tomando posesión
de sus bienes, comenzó la libre existencia de placeres con la que había
soñado en su estrecha vida de estudiante.
Viajaba por toda España, pero ya no era para aprobar una asignatura aquí
y otra más allá: aspiraba a ser una autoridad en el arte taurino, un
grande hombre de la afición, e iba de plaza en plaza al lado de su
matador favorito, presenciando todas sus corridas. En invierno, cuando
descansaban sus ídolos, vivía en Jerez al cuidado de sus haciendas, y
este cuidado consistía en pasarse las noches en el -Círculo Caballista-,
discutiendo acaloradamente los méritos de su matador y la inferioridad
de sus rivales, pero con tal vehemencia, que por si una estocada
recibida años antes por un toro, del que no quedaban ni los huesos,
había sido caída o en su sitio, tentábase por encima de la ropa el
revólver, la navaja, todo el arsenal que llevaba sobre su persona, como
garantía del valor y la arrogancia con que resolvía sus asuntos.
No salía caballo hermoso y de precio de las yeguadas jerezanas, que no
lo comprase, entablando pujas con su primo, que era más rico que él. Por
la noche, los montañeses de los colmados le veían entrar como un
presagio de borrasca, seguros de que acabaría rompiendo botellas y
platos y echando las sillas por el aire, para demostrar que era muy
hombre y podía después pagarlo todo a triple precio. Su ambición
estribaba en ser el continuador del glorioso marqués de San Dionisio,
pero en el -Círculo Caballista- decían de él que no era más que su
caricatura.
--Le farta el señorío, el -aquel- del bendito marqué--decía el señor
Fermín al enterarse de las hazañas de Luis, al que conocía desde niño.
Las mujeres y los valientes eran las dos pasiones del señorito. Con
ellas no se mostraba muy generoso; deseaba ser adorado por sus méritos
de jinete arrogante, creyendo de buena fe que todos los balcones de
Jerez se estremecían con la palpitación de corazones ocultos cuando
pasaba él montando el último caballo que acababa de adquirir. Con la
corte que le acompañaba de parásitos y matones era más espléndido. No
había en todo el término de Jerez un valentón de fama triste que no
acudiese a él atraído por su liberalidad. Los que salían de presidio no
tenían que preocuparse de su suerte; don Luis era un buen amigo y además
de darles dinero, les admiraba. Cuando a altas horas de la noche, al
final de las francachelas en los colmados, sentíase borracho,
despreciaba a sus queridas para fijar toda su admiración en los hombres
de bronce que le acompañaban. Hacía que le mostrasen las cicatrices de
sus heridas, que le relatasen sus heroicas peleas. Muchas veces, en el
-Círculo Caballista- señalaba a los amigos algún hombre malcarado que le
aguardaba en la puerta.
--Ese es el -Chivo---decía con el orgullo de un príncipe que habla de
sus grandes generales.--Un hombre a quien le arrastran las borlas por el
suelo. Entre tiros y cuchilladas tiene más de cincuenta cicatrices en el
pellejo.
Miraba a todos con insolente superioridad, como si las cicatrices del
amigote fuesen una declaración de su propio valor, y vivía feliz
creyendo que en todo Jerez no había quien le disputase su guapeza con
los hombres y su buena fortuna con las mujeres.
Cuando el capataz de Marchamalo le habló en favor de Rafael, el señorito
lo admitió inmediatamente. Había oído hablar del muchacho; era de los
suyos (y al decir esto tomaba el aire protector de un maestro),
recordaba ciertos tiros en la sierra y el miedo que le tenían los del
resguardo. Nada: que se quedaba con él; así le gustaban los hombres.
--Te colocaré en mi cortijo de Matanzuela--dijo acariciando con
amistosas palmadas a Rafael, como si fuese un nuevo discípulo.--El
aperador que tengo es un viejo medio cegato, del que se ríen los
gañanes. Y ya sabemos lo que son los trabajadores: ¡mala gente! Con
ellos, el pan en una mano, y el garrote en la otra. Necesito un hombre
como tú, que los meta en cintura y cuide mis intereses.
Y Rafael se fue al cortijo, no volviendo a la viña más que una vez por
semana, cuando iba a Jerez para hablar al amo de los asuntos de la
labranza. Muchas veces tenía que buscarlo en la casa de alguna de sus
protegidas. Le recibía en la cama, incorporándose sobre el almohadón, en
el que descansaba otra cabeza. El nuevo aperador reía a solas las
fanfarronadas de su amo, más atento a recomendarle la dureza y que
«metiese en cintura» a los holgazanes que trabajaban sus campos, que a
enterarse de las operaciones agrícolas, echando la culpa de las malas
cosechas a los gañanes, una canalla que no quería trabajar y deseaba que
los amos se convirtiesen en criados, como si el mundo pudiera volverse
del revés.
Don Luis llegaba a olvidarse de sus aficiones matonescas y sus hazañas
amorosas, cuando hablaba de la gente zafia de los campos que, movida por
falsos apóstoles, quería repartírselo todo. Él había estudiado (lo
declaraba pomposamente en el -Círculo Caballista-, sin reparar en las
sonrisas de los que le escuchaban), él sabía que lo que deseaban los
trabajadores eran -utopias-, eso es; -utopias- (y repetía con
delectación la palabra), y que todo lo que ocurría era por culpa de los
gobiernos que no «meten en cintura» a los gañanes, y también por falta
de religión. Si señor; la religión: este era el freno del pobre, y como
cada vez había menos, los de abajo, con el pretexto del hambre, querían
comerse a los de arriba.
Estas palabras ya no hacían sonreír a los socios del -Caballista-, sino
que las aprobaban con fervorosos gestos, con toda su fe de ricos
labradores, que encogían los hombros cuando algún iluso proponía
pantanos y canales, y todos los años costeaban grandes fiestas a la
Virgen de la Merced, sacándola en rogativa apenas faltaba el agua a sus
campos.
A pesar de estas ideas que propalaba Luis en sus momentos de seriedad,
afirmando que mejor andarían las cosas si él gobernase, don Pablo
Dupont abominaba de su primo, considerándolo una vergüenza de la
familia.
Este pariente, que renovaba los escándalos del de San Dionisio,
agravados, según doña Elvira, por su origen plebeyo, era una calamidad
en una casa que siempre había infundido respeto por su nobleza y santas
costumbres. Para mayor desgracia estaban las niñas del marqués, Lola y
Mercedes. ¡Las veces que su tía se sofocó de indignación,
sorprendiéndolas por la noche en una reja baja de su hotel, hablando con
los novios, que se renovaban casi semanalmente! Tan pronto eran
tenientes de la remonta, como señoritos del -Caballista-, o ingleses
jóvenes, empleados en los escritorios, que se entusiasmaban -pelando la
pava- al estilo del país y hacían reír a las niñas con su andaluz
chapurreado británicamente. No había muchacho en Jerez que no tuviese su
rato de conversación con las desenvueltas -marquesitas-. Ellas hacían
frente a todos: bastaba pararse ante sus rejas para entablar diálogo, y
los que pasaban sin detenerse eran perseguidos por las risas y los
siseos irónicos que sonaban a sus espaldas. La viuda de Dupont no podía
dominar a sus sobrinas, y éstas, por su parte, así como iban creciendo,
mostrábanse más insolentes con la devota señora. Era en vano que su
primo las prohibiese salir a las rejas. Burlábanse de él y su madre,
añadiendo que ellas no habían nacido para monjas. Escuchaban con gesto
hipócrita las pláticas del confesor de doña Elvira recomendándolas la
sumisión, y hacían uso de toda clase de astucias para comunicarse con
los galanes de a pie y de a caballo que rondaban la calle.
Un señorito del -Caballista-, hijo de un cosechero, gran amigo de la
casa Dupont, se enamoró de Lola, pidiéndola en matrimonio
apresuradamente, como si temiera que se le escapase.
Doña Elvira y su hijo aceptaron la demanda: en el -Círculo- causó
asombro el valor de aquel muchacho casándose con una de las hijas del
marqués de San Dionisio.
Este matrimonio fue para las dos hermanas una liberación. La soltera se
marchó con la otra, gozosa de emanciparse por fin de la tía huraña y
devota, y a los pocos meses volvieron a reanudar en casa del marido las
costumbres que observaban cerca de los Dupont. Mercedes pasaba la noche
en la reja en apretada intimidad con los novios: su hermana acompañábala
con cierto aire de señora mayor, y hablaba con otros para no perder el
tiempo. El marido protestaba, intentando rebelarse. Pero las dos se
indignaban contra él porque osaba interpretar estas diversiones
inocentes de un modo ofensivo para su pudor.
¡Qué de disgustos proporcionaron las dos -Marquesitas-, como las
llamaban en la ciudad, a la austera doña Elvira!... Mercedes, la
soltera, se fugó con un inglés rico. De tarde en tarde llegaban vagas
noticias que hacían palidecer de rabia a la noble señora. Unas veces la
veían en París, otras en Madrid, llevando una vida de -cocotte-
elegante. Cambiaba con frecuencia de protectores, pues los atraía a
docenas con su gracia picaresca. Además, en ciertas vanidades producía
gran impresión el título de marquesa de San Dionisio, que había unido a
su nombre, y la corona nobiliaria con que adornaba sus camisas de noche
y las sábanas de una cama tan frecuentada como la acera de una gran
calle.
La viuda de Dupont creyó morir al saber tales cosas. ¡Señor, y para esto
habían nacido los preclaros varones de su familia, virreyes, arzobispos
y capitanes, dándoles los monarcas títulos y señoríos! ¡Para que tanta
gloria sirviese de prospecto a una mala mujer!... Y aun ésta resultaba
la mejor de las dos. Al fin había huido por no afrentar de cerca a su
familia, y si vivía en el pecado, era entre hombres de cierto linaje,
siempre con personas decentes, como si influyesen en ella los respetos
al rango de su familia.
Pero quedaba la otra, la mayor, la casada, y ésta quería acabar con
todos los parientes matándolos de vergüenza. Su vida conyugal, después
de la fuga de Mercedes, fue un infierno. El marido vivía en perpetuo
recelo, marchando a ciegas en sus sospechas, no sabiendo en quién
fijarse, pues su mujer miraba del mismo modo a todos los hombres, como
si se ofreciera con los ojos, hablándoles con una libertad que incitaba
a toda clase de audacias. Sintió celos de Fermín Montenegro, que acababa
de llegar de Londres, y reanudando su intimidad infantil con Lola, la
visitaba con frecuencia, atraído por su picaresco lenguaje.
Las escenas domésticas acababan a golpes. El marido, aconsejado por los
amigos, acudía a la bofetada y al palo, para domar a «la mala bestia»,
pero la tal bestiecilla justificaba el apodo, pues al revolverse con el
vigor y la acometividad de una infancia bravía digna de su ilustre
padre, devolvía los golpes de tal modo, que siempre era el cónyuge el
que resultaba peor librado.
Muchas veces se presentaba en el -Círculo Caballista- con arañazos en la
cara o amoratadas señales.
--Con esa no puedes tú--le decían los amigos en un tono de compasión
cómica.--Es mucha mujer para ti.
Y celebraban la energía de Lola, la admiraban, con la secreta esperanza
de ser algún día de los favorecidos.
El escándalo fue tan grande, que el marido se retiró a la casa de sus
padres y la -Marquesita- pudo por fin vivir a sus anchas.
--Márchate--la dijo un día su primo Dupont.--Tú y tu hermana sois
nuestra deshonra. Huye lejos, y donde estés yo te enviaré lo necesario
para que vivas.
Pero Lola contestó con un ademán impúdico, gozándose en escandalizar a
su devoto pariente. No le daba la gana de irse, y no se iba. Ella era
muy -flamenca-; le gustaba la tierra y su gente. Marcharse sería poco
menos que morir.
Anduvo algún tiempo por Madrid con su hermana, pero sus viajes fueron de
corta duración. Era una -cañí-, una hija legítima del marqués de San
Dionisio. ¡Que no le quitasen a ella sus -juerguecitas- hasta el
amanecer, tocando palmas y taconeando sentada, con las faldas en las
rodillas! ¡Que no la privasen del vino de la tierra, que era su sangre y
su felicidad! Si rabiaba la familia, que rabiase. Ella quería ser gitana
como su padre. Aborrecía a los señoritos; le gustaban los hombres con
sombrero pavero, y si llevaban zajones, mejor; pero muy hombres, oliendo
a cuadra y a macho sudoroso. Y paseaba su belleza de rubia fina con
carnes de porcelana por los colmados y ventorrillos, tratando con una
fraternidad exagerada a los cantaoras y rameras que intervenían en las
-juergas-, exigiendo que la tuteasen, y riendo con nerviosa alegría de
borracha cuando los hombres, embrutecidos por el vino, sacaban las
navajas y las hembras se apelotonaban asustadas en un rincón.
Esta vida de embriaguez, estrépito, pelea y caricias alcohólicas que
había entrevisto de niña en lo casa paterna, atraíala con fuerza
ancestral, entregándose a ella sin remordimiento, como si continuase una
tradición de familia. En sus excursiones nocturnas, cogida del brazo
del galán rústico que disfrutaba de su momentáneo apasionamiento, se
encontraba con Luis Dupont y su cortejo de gente alegre. Llamábanse
primos por su lejano parentesco, se embriagaban juntos, y Luis afirmaba
su resolución de ir a tiros con todo el que no confesase que la
-Marquesita- era «la mujer más barbiana de la tierra». Pero a pesar de
los abandonos de Lola, que permitían al calavera apreciar sus secretos
físicos, y de que más de una vez la acompañó hasta su casa por las
desiertas calles, haciendo esfuerzos por contener sus arrebatos de
histérica que la impulsaban al escándalo, nunca sus relaciones pasaron
de una intimidad amistosa. Luis sentía ciertos entorpecimientos en el
deseo y dejaba para más adelante la fácil empresa, como si le cohibiese
el recuerdo del período de la infancia que habían pasado juntos.
Toda la ciudad comentaba los escándalos de la -Marquesita- a la que
regocijaba mucho el asombro de las gentes tranquilas.
Lo mismo la veían en las principales calles elegantemente vestida o en
el Campo de la Feria en un lujoso carruaje, como se presentaba
despeinada y envuelta en un mantón copiando el andar de las mozas bravas
y contestando a los requiebros de los hombres con palabras que
ruborizaban a muchos. Gustaba de sonreír con gestos de misteriosa
complicidad a los pacíficos señores que pasaban junto a ella con sus
familias. Después reía como una loca pensando en las querellas
conyugales que estallaban al volver a casa aquellos matrimonios honrados
y solemnes que ella había tratado cuando vivía con su esposo. En una
acera de la calle Larga, ante las mesas de los principales casinos,
había besado a un amigo con exagerados transportes de pasión, entre el
griterío de la gente que salía a las puertas.
Su último amor era un mozo tratante en cerdos, un atleta chato y cejudo
con el que vivía en el arrabal. Un secreto poder de este macho fuerte la
enloquecía. Hablaba de él con orgullo, gozándose en el contraste entre
su nacimiento y la profesión de su amante. De vez en cuando sufría
arrebatos de veleidad y se ausentaba de la casucha del arrabal por
algunos días. El zafio amante no la buscaba, dando su vuelta por segura;
y al regresar el pájaro caprichoso, todo el barrio poníase en alarma con
los golpes y los gritos, saliendo la -Marquesita- al balcón con el pelo
suelto, pidiendo socorro, hasta que una zarpa la arrancaba de los
hierros y la metía dentro para continuar el vapuleo.
Si algún amigo le hablaba con tono de zumba de las amorosas palizas,
contestaba con orgullo:
--Me pega porque me aprecia, y yo le quiero porque es el único que me
entiende. Mi porquero es todo un hombre.
Los escándalos de la -Marquesita- indignaban a muchos y regocijaban a
los más. La gente popular la miraba con cierta simpatía, como si con sus
envilecimientos halagase el instinto igualitario de los de abajo. Las
familias ricas y devotas que no podían negar su parentesco con los de
San Dionisio, buscado antes como un título de orgullo, decían con
resignación: «Debe de estar loca; Dios tocará su alma para que se
arrepienta».
Los que no se resignaban eran los Dupont: don Pablo y su madre, que
volvían a su hotel malhumorados y confusos cada vez que veían en las
calles el rubio moño y la sonrisa insolente de Lola. Les parecía que la
gente era menos respetuosa con ellos por culpa de la mala hembra,
deshonra de la familia. Hasta creían ver en los criados cierta sonrisa,
como si les alegrase la afrenta que aquella loca infería a sus
parientes. Los señores de Dupont comenzaron a frecuentar menos las
calles de la ciudad, pasando muchos días en su finca de Marchamalo, para
evitar todo encuentro con la -Marquesita- y con las gentes que
comentaban sus excentricidades.
Este alejamiento de Jerez permitió a Dupont realizar sus ensueños sobre
Marchamalo. Echó abajo el antiguo caserón y construyó lagares nuevos,
una hermosa casa para su familia, una capilla espaciosa y rica como un
templo, y un torreón cuadrado, con puntiagudas almenas, dominando el
oleaje de colinas cubiertas de cepas, que formaban el gran dominio de
Marchamalo. Todo era nuevo y sólido, construido con gran derroche de
dinero. Únicamente dejó Dupont en pie la casa de los viñadores, para que
la finca no perdiese por completo su carácter tradicional, conservando
la cocina ennegrecida por el humo de muchos años, en la que dormían los
jornaleros en torno del -fogaril-, sobre una esterilla de enea, única
cama que les proporcionaba el señor.
Fermín Montenegro, al ir en los días de fiesta a visitar a su familia,
se encontraba siempre con los amos. Así fue aumentando insensiblemente
su trato con don Pablo. En medio de la campiña, bajo el cielo de intenso
azul, parecía dulcificarse el carácter imperioso de Dupont, haciéndole
tratar a su subordinado con más afecto que en el escritorio.
Contemplando el oleaje de cepas que cubría las pendientes blanquecinas,
el rico cosechero admiraba la fertilidad de su finca, atribuyéndola
modestamente a la protección de Dios. Algunas manchas yermas extendían
su trágica desolación entre el follaje de los pámpanos. Eran los rastros
de la filoxera que había arruinado a medio Jerez. Los cosecheros,
quebrantados por la baja de los vinos, no tenían medios para replantar
sus viñas. Era aquella una tierra aristocrática y cara, que sólo los
ricos podían cultivar. Poner de nuevo en explotación una aranzada
costaba tanto como el mantenimiento de una familia -decente- durante un
año. Pero la casa Dupont era opulenta y podía hacer frente a la plaga.
--Mira, Ferminillo--decía don Pablo;--todos esos claros los voy a
plantar de vid americana. Con esto, y, sobre todo, con el auxilio de
Dios, ya verás como la cosa marcha bien. El Señor está con los que le
aman.
Doña Elvira, por su parte, no descendía a hacer confidente de sus
pensamientos a la familia de Montenegro, pero se dignaba hablarla con
cierta llaneza, lo que producía asombro en sus domésticos de la ciudad.
La noble señora sentía ablandarse su orgullo viviendo en el campo.
Hablaba con el señor Fermín queriendo averiguar a qué iglesia de Jerez
iba los domingos con María de la Luz, para oír misa... Al ver a la hija
del capataz abstraerse, poniendo su pensamiento lejos, muy lejos, en el
cortijo donde vivía Rafael, la buena señora interpretaba esta tristeza
como un anhelo de recogimiento, y la ofrecía su protección.
--No, señora--decía sonriendo la muchacha;--no quiero ser monja. A mí me
tira la vida.
Para Fermín Montenegro no eran un secreto los disgustos de carácter
espiritual, las grandes contrariedades que sufría la viuda de Dupont por
culpa de los negocios. Su hijo tenía que tratar gentes de todas clases,
herejes y hombres sin religión; extranjeros que consumían los vinos de
la casa, y al pasar por Jerez habían de ser recibidos con el agasajo que
merecen los buenos clientes. ¡Ser buenos servidores del Señor y tener
que tratar a sus enemigos como si fuesen iguales! En vano los Padres de
la iglesia de San Ignacio disipaban sus escrúpulos recordándola la
importancia de los negocios y la influencia que una casa tan poderosa
ejercía sobre la religiosidad de Jerez. Doña Elvira sólo se reconciliaba
con sus famosas bodegas cuando una vez por año salía con destino a Roma
una barrica de vino, dulce y espeso como jarabe, destinado a la misa del
Pontífice por recomendación de varios obispos, amigos de la casa. Este
honor la servía de lenitivo. Pero aun así, ¡qué angustias no la hacían
sufrir aquellos extranjeros rubios y antipáticos que tenían la audacia
de leer la Biblia a su modo y en su lengua, sin creer en Su Santidad, ni
ir a misa!...
Montenegro conocía uno de los últimos disgustos de la piadosa señora,
que le habían relatado los criados de la casa.
Los Dupont tenían un viajante sueco, el mejor agente de su negocio.
Colocaba miles y miles de botellas del vino de fuego que producía
Marchamalo, en aquellos países septentrionales de noches casi eternas y
días de pleno sol, que duran meses. El viajante, después de muchos años
de servicios a la casa, había venido a España, pasando por Jerez, para
conocer personalmente a los Dupont. Don Pablo había creído indispensable
el invitarlo a comer con su familia.
Horrible tormento el que sufrió su madre ante aquel desconocido, enorme
de cuerpo, rojo y hablador, con esa alegría infantil de los hombres del
Norte cuando se ponen en contacto con el sol y los vinos de los países
cálidos.
Doña Elvira acogía con una sonrisa traidora su charla incesante en un
español trabajoso; los gritos de asombro que le arrancaba el haber visto
tantas iglesias, tantos frailes y curas, tantos mendigos, los campos
cultivados como en los tiempos prehistóricos, las costumbres bárbaras y
pintorescas, las plazas de ciertas poblaciones llenas de hombres con los
brazos cruzados y el cigarrillo en la boca, esperando que fuesen a
alquilarles.
Dupont tosía fingiéndose distraído como si no oyese al huésped, mientras
su madre seguía con asombro los estragos que hacía el forastero en los
platos. ¡Qué manera de comer! Aquello no podía hacerlo un cristiano.
Además era rojo, como Luzbel y Judas, el color de todos los enemigos de
Dios, y su cara inflamada, de ogro en plena digestión, le hacía recordar
las de los malos espíritus que gesticulaban horrorosos en las láminas de
su devocionario. ¡Y tener que tratar herejes de esta clase, que se
burlaban de un país cristiano porque aún conserva puros e intactos los
recuerdos de tiempos más felices! ¡Verse obligada a sonreírle, porque
era el mejor cliente de la casa!...
Cuando Dupont se lo llevó, terminada la comida, la señora hizo que los
criados quitasen apresuradamente el cubierto, los vasos, todo lo que
había servido al forastero, sin que ella se atreviese a tocarlo. ¡Que
jamás volviese a ver -aquello- en la mesa! El negocio era una cosa y
otra el alma, que debía conservarse limpia de todo contacto impuro.
Y al volver los criados al comedor vieron a doña Elvira, con la pililla
de agua bendita de su dormitorio, rociando apresuradamente la silla en
que se había sentado el ogro rojo e impío.
III
Cuando la docena de perros, bien contada, que tenía el cortijo de
Matanzuela, galgos, mastines y podencos, olfateaban a medio día el
regreso del aperador, saludaban con fieros aullidos y tirones de cadena
el trote de la jaca, y avisado por estas señales el tío Antonio,
conocido por el apodo de -Zarandilla-, asomábase al portalón para
recibir a Rafael.
El viejo había sido durante mucho tiempo aperador del cortijo. Le tomó a
su servicio el antiguo dueño, hermano del difunto don Pablo Dupont; pero
el amo actual, el alegre don Luis, quería rodearse de gente joven, y
teniendo en cuenta sus años y la debilidad de su vista, lo había
sustituido con Rafael. Y muchas gracias--como él decía con su
resignación de labriego--por no haberle enviado a mendigar en los
caminos, permitiéndole que viviese en el cortijo con su compañera, a
cambio de ocuparse la vieja del cuidado de las aves que llenaban el
corral y de ayudar él al encargado de las pocilgas que se alineaban a
espaldas del edificio. ¡Hermoso final de una vida de incesante trabajo,
con la espina quebrada por una curvatura de tantos años escardando los
campos o segando el trigo!...
Los dos inválidos de la lucha con la tierra no encontraban otra
satisfacción en su miseria que el excelente carácter de Rafael. Como dos
perros viejos, a los que se reserva por lástima un poco de pitanza,
esperaban la hora de la muerte en su tugurio junto al portalón del
cortijo. Sólo la bondad del nuevo aperador hacía llevadera su suerte. El
tío -Zarandilla- pasaba las horas sentado en uno de los bancos al lado
de la puerta, mirando fijamente, con sus ojos opacos, los campos de
interminables surcos, sin que el aperador le regañase por su indolencia
senil. La vieja quería a Rafael como un hijo. Cuidaba de su ropa y su
comida, y él pagaba con largueza estos pequeños servicios. ¡Bendito sea
Dios! El muchacho se parecía por lo bueno y lo guapo al único hijo que
los viejos habían tenido; un pobrecito que había muerto siendo soldado,
en tiempos de paz, en un hospital de Cuba. Todo le parecía poco a la
seña Eduvigis para el aperador. Reñía al marido porque no se mostraba,
según ella, bastante amable y solícito con Rafael. Antes de que los
perros anunciasen su proximidad, oía ella el trotar del caballo.
--¡Pero, cegato!--gritaba a su marido.--¿No oyes que viene Rafaé? Anda a
sostenerle el cabayo, mardecío.
Y el viejo salía al encuentro del aperador, mirando de frente, con sus
ojos inmóviles, que sólo percibían la silueta de los objetos en una
niebla gris, moviendo las manos y la cabeza con un temblor de vejez
exhausta y agotada que le valía el apodo de -Zarandilla-.
Entraba Rafael en el cortijo sobre su briosa jaca, erguido y arrogante
como un centauro, y con gran retintín de espuelas y roce de los zajones
de cuero, se apeaba en el patio, mientras su cabalgadura golpeaba los
guijarros, como si aún desease emprender un nuevo galope.
-Zarandilla- descolgaba la escopeta del arzón, arma que más de una vez
tenía que echarse a la cara el aperador para imponer respeto a los
arrieros que bajaban carbón de la sierra y al detenerse al borde del
camino, soltaban a pacer sus bestias en los -manchones-, tierras sin
cultivar reservadas para el ganado del cortijo cuando no estaba en la
dehesa. Después recogía la -chivata- caída en el suelo, una larga
pértiga de acebuche, que el jinete llevaba atravesada en la silla, para
arrear a las reses que encontraba dentro de los sembrados.
Mientras el viejo llevaba el caballo a la cuadra, Rafael se despojaba de
los zajones, y entraba con la alegría de la juventud y del apetito
despierto en la cocina de los viejos.
--Mare Eduvigis, ¿qué tenemos hoy?
--Lo que a ti te gusta, condenao: ajito caliente.
Y los dos sonreían, aspirando el tufillo de la cazuela, donde acababan
de cocerse el pan y el ajo, bien majados. La anciana ponía la mesa,
sonriendo a los elogios con que celebraba Rafael sus manos de
guisandera. Ya no era más que una ruina: podía burlarse de ella el
muchacho, pero en otro tiempo le habían dicho cosas mejores los
caballeros que venían con el difunto amo a ver los potros del cortijo,
celebrando las comidas que ella les guisaba.
Al sentarse -Zarandilla- a la mesa, de vuelta de la cuadra, la primera
mirada de sus ojos opacos era para la botella de vino, e instintivamente
avanzaba sus manos temblonas. Era un lujo que había introducido Rafael
en las comidas del cortijo. ¡Bien se reconocía en esto su juventud de
mozo rumboso, acostumbrado al trato con los caballeros de Jerez, y sus
visitas a Marchamalo, la famosa viña de los Dupont!... Años enteros
había pasado el viejo cuando era aperador sin otra alegría que la de
deslizarse, a espaldas de su mujer, hasta los ventorrillos de la
carretera, o la de ir a Jerez con pretexto de llevar a la familia del
amo alguna cesta de huevos o un par de capones, viajes de los que
regresaba cantando, con la mirada chispeante, las piernas inseguras y en
la cabeza un repuesto de alegría para toda una semana. Si alguna vez
había soñado con la fortuna, era sin otra ambición que la de beber como
el más rico caballero de la ciudad.
Adoraba el vino con el entusiasmo de la gente del campo que no conoce
otro alimento que el pan de las teleras, el pan de los gazpachos o el
ajo caliente, y obligada a rociar con agua esta comida insípida, sin
otra grasa que el hediondo aceite del condimento, sueña con el vino,
viendo en él la energía de su existencia, la alegría de su pensamiento.
Los pobres anhelaban con vehemencia de anémicos esta sangre de la
tierra. El vaso de vino mitigaba el hambre y alegraba la vida un momento
con su fuego: era un rayo de sol que pasaba por el estómago. Por esto,
-Zarandilla-, más que de los guisos de su mujer, se preocupaba de la
botella, manteniéndola al alcance de su mano, calculando previamente,
con avaricia infantil, lo que podría beber Rafael, y asignándose el
resto, sin consideración alguna, a la mujer que aprovechaba el menor
descuido para retirarla, guardándose su parte.
Rafael, no pudiendo por los hábitos de su primera juventud acostumbrarse
a la sobriedad del cortijo, encargaba al -sobajanero- (un muchacho, que
iba diariamente a Jerez en un borriquillo) que renovase de vez en cuando
su provisión de vino; pero la guardaba bajo llave, temiendo la
intemperancia de los viejos.
La comida transcurría en medio del solemne silencio del campo, que
parecía colarse en el cortijo por el abierto portón. Los gorriones
piaban en los tejados; las gallinas cocleaban en el patio, picoteando,
con las plumas erizadas, los intersticios del pavimento de guijarros. De
la gran cuadra llegaban los relinchos de los caballos sementales y los
rebuznos de los garañones, acompañados de pataleos y bufidos de gula
satisfecha ante el pesebre lleno. De vez en cuando, un conejo asomaba a
la puerta del tugurio sus orejas desmayadas, huyendo con medroso trote a
la más leve voz, temblándole el rabillo sobre las posaderas sedosas, y
de las lejanas pocilgas llegaban ronquidos de fiera, revelando una lucha
de empellones de grasa y mordiscos traidores en torno de los barreños de
bazofia. Cuando cesaban estos rumores de vida, tornaba a extenderse con
religiosa majestad el silencio del campo, rasgado tenuemente por el
arrullo de las palomas o el lejano campanilleo de una recua,
deslizándose por la carretera que cortaba la inmensidad de tierras
amarillas, como un río de polvo.
En esta calma patriarcal, fumando sus cigarrillos (otra buena costumbre
que el viejo agradecía a Rafael), los dos hombres hablaban lentamente de
los trabajos del cortijo, con toda la gravedad que las gentes del campo
ponen en los asuntos de la tierra.
El aperador calculaba los viajes que había de hacer a una dehesa
propiedad de don Luis, donde invernaban la torada y la yeguada del
cortijo. La responsabilidad era del yegüero; pero don Luis, a quien
interesaba más su ganadería que todas las cosechas, quería estar al
corriente del estado de sus yeguas, y era por su salud por lo primero
que preguntaba a Rafael siempre que le veía.
Al volver de sus viajes, Rafael hablaba con cierta admiración del
yegüero y de los -veladores- a sus órdenes que cuidaban el ganado
durante la noche. Eran hombres de una honradez primitiva, con el
espíritu petrificado por la soledad y la monotonía de su existencia.
Pasaban los días sin hablar, sin otra manifestación de pensamiento que
los gritos a los animales sometidos a su custodia: «¡Aquí, -Careto-!»...
«¡Anda a otro sitio, -Resalá-!» Y los bueyes y las yeguas obedecían sus
voces y sus gestos, como si la continua comunicación de las bestias y el
hombre acabase por elevar a unos y rebajar a otros, fundiendo las
especies.
El antiguo contrabandista creía traer una provisión de nueva vida cuando
bajaba al llano, al campo de interminables surcos que se perdían en el
horizonte y sobre los cuales sudaba encorvada una muchedumbre turbulenta
y miserable, roída por el odio y las necesidades.
La sierra era el escenario de su aventurera juventud, y al volver al
cortijo recordaba con entusiasmo las montañas cubiertas de acebuches,
alcornoques y encinas; las profundas cañadas con espesuras de
lentisclos; las altas adelfas orlando los riachuelos, en cuya corriente
servían de pasos grandes fragmentos de columnas con arabescos que el
agua iba borrando poco a poco; y en el fondo, sobre las cumbres, las
ruinas de alcázares moriscos, el castillo de -Fátima-, el castillo de la
-Mora Encantada-, una decoración que hacia recordar los cuentos de los
crepúsculos de invierno junto a la chimenea del cortijo.
Zumbaban los insectos sobre las inquietas crestas de la maleza;
arrastrábanse los lagartos entre las piedras; sonaban a lo lejos las
esquilas con acompañamiento de balidos, y de vez en cuando, al trotar el
caballo de Rafael por unos caminos que nunca habían conocido la rueda,
abríase en lo alto de un ribazo la cortina de matorrales, asomando los
cuernos y el hocico babeante de una vaca o el testuz curioso de un
ternero que parecía extrañar la presencia de un hombre que no fuese el
pastor.
Otras veces eran las yeguas de larga cola y sueltas crines que temblaban
un momento con salvaje sorpresa al ver al jinete y huían monte arriba
con violentas ondulaciones de ancas. Los potros las seguían, con las
patas grotescamente cubiertas de pelo, como si llevasen pantalones.
Rafael miraba asombrado a los zagales nacidos en la sierra. Eran tímidos
y huraños con la gente que llegaba de aquella llanura, a la que volvían
los ojos con cierto temor supersticioso, como si en ella residiese el
misterio de la vida. Eran pedazos de naturaleza, de una existencia
rudimentaria y monótana. Andaban y vivían como podrían hacerlo un árbol
o una piedra animados de movimiento. En su cerebro, insensible a todo lo
que no fuesen sensaciones animales, apenas si las exigencias de la vida
habían hecho florecer un ligero musgo de pensamiento. Miraban como
fetiches milagrosos las grandes verrugas de los alcornoques, con las que
podían fabricarse los -tornillos-, cazuelas naturales para confeccionar
el gazpacho. Buscaban las pieles viejas de culebra, abandonadas entre
los guijarros al cambiar de envoltura el reptil y festoneaban los caños
de las fuentes con estos pellejos oscuros, atribuyendo a su ofrenda
influencias misteriosas. Los largos días de inmovilidad en el monte,
vigilando el pastar de las bestias, extinguía lentamente todo lo que en
estos muchachos había de humano.
Cuando una vez por semana bajaba el mayor de los zagales a Matanzuela
para llevarse las provisiones de vaqueros y yegüerizos, el aperador
gustaba de hablar con este muchachón rudo y sombrío, que parecía un
superviviente de las razas primitivas. Siempre le hacía la misma
pregunta.
--Vamos a ver. ¿Qué es lo que te gusta más? ¿Qué es lo que deseas?...
El mocetón contestaba sin vacilar; como si de antemano tuviese bien
determinados todos sus deseos.
--Casáme, jartáme y moríme...
Y al decir esto, enseñaba sus dientes blancos y fuertes de salvaje, con
una expresión de hambre feroz: hambre de comida y de carne femenil,
deseos de atracarse de una vez de aquellas cosas maravillosas que, según
vagas noticias, devoraban los ricos; de gustar de un solo trago el amor
brutal que turbaba sus sueños de jayán casto; de conocer la hembra,
divinidad que admiraba de lejos al descender de la sierra y cuyos
tesoros ocultos creía adivinar contemplando las grupas lustrosas y
ágiles de las yeguas, las ubres sonrosadas y blancas de las vacas... ¡Y
después, morirse! como si conocidas y apuradas estas sensaciones
misteriosas, no restase nada de bueno en su vida de trabajo y
privaciones.
¡Y estos zagales, condenados al salvajismo desde su nacimiento, como las
criaturas a las que se deforma para explotar su fealdad, ganaban treinta
reales al mes, a más de una triste pitanza que no acallaba los
estremecimientos de su estómago excitado por el aire de la montaña y las
aguas puras de las fuentes! ¡Y sus jefes, los yegüeros y vaqueros,
tenían dos reales y medio cuando más, sin fiesta alguna durante el año;
todos los días lo mismo, viviendo aislados, con su mísera hembra que
procreaba pequeños salvajes, dentro de un chozón, negro y ahumado, un
verdadero ataúd sin más entrada que un agujero de madriguera, las
paredes de pedruscos sueltos y una cubierta de hojas de corcho!...
Rafael admiraba su probidad. Un hombre y dos zagales viviendo en esta
miseria, custodiaban rebaños que valían muchos miles de duros. En la
dehesa del cortijo de Matanzuela, los pastores no ganaban entre todos
más de dos pesetas, y tenían confiados a su cuidado ochocientas vacas y
cien bueyes, un verdadero tesoro de carne que podía extinguirse, morir,
al menor descuido. Esta carne, cuya crianza vigilaban, era para gentes
desconocidas: ellos sólo la comían cuando caía alguna res, víctima de
enfermedades hediondas que no permitían su conducción fraudulenta a las
ciudades.
El pan del cortijo que se endurecía días y días en el chozón, algún
puñado de garbanzos o habichuelas y el aceite rancio del país, eran todo
su alimento. La leche les repugnaba, ahítos de su abundancia. Los
pastores viejos sentían sublevarse su probidad cuando algún zagal
ayudaba a la muerte de una bestia con el deseo de comer carne. ¿Dónde
encontrar gente más buena y resignada?...
Al oír -Zarandilla- estas reflexiones de Rafael, las apoyaba con
entusiasmo.
No había honradez como la de los pobres. ¿Y aún les tenían miedo
creyéndoles malos?... El se reía de la honradez de los señores de la
ciudad.
--Mia tú, Rafaé, qué mérito tendrá que don Pablo Dupont, pongo el
ejemplo, con toos sus millones sea bueno y no robe nada a naide. Los
buenos de veras, son esos pobrecitos que viven como indios caribes, sin
ver persona humana, muertecitos de jambre, guardándole al amo sus
tesoros. Los buenos somos nosotros.
Pero el aperador, al pensar en los cortijos del llano no se mostraba tan
optimista como el viejo. Los gañanes vivían también en la miseria y
sufrían hambre, pero no eran gente tan noble y resignada como la del
monte, que se conservaba pura en su aislamiento. Tenían los vicios de la
aglomeración, eran desconfiados, veían enemigos en todas partes. A él
mismo, que los trataba como hermanos de pobreza y muchas veces se
exponía a que el amo le regañase por favorecerles, le miraban con odio,
como si fuese un enemigo. Y sobre todo, eran holgazanes y había que
azuzarlos como si fuesen esclavos.
El viejo se indignaba oyendo al aperador. ¿Y cómo quería que fuesen los
gañanes? ¿Por qué habían de tener interés en trabajar?... Él, gracias a
su colocación en el cortijo, había podido llegar a viejo. Aún no tenía
sesenta años y estaba peor que muchos señores de más edad que parecían
hijos suyos. Pero se acordaba de los tiempos en que él y Eduvigis
trabajaban a jornal y se habían conocido en las noches de promiscuidad
de la gañanía, acabando por casarse. De sus compañeros de miseria,
hombres o mujeres, quedaban muy pocos: casi todos habían muerto, y los
que quedaban eran casi cadáveres, con el espinazo torcido y los miembros
secos, deformados y torpes. ¿Era aquélla vida de cristianos? ¡Trabajar
todo el día bajo el sol o sufriendo frío, sin más jornal que dos reales,
y cinco como retribución extraordinaria e inaudita en la época de la
siega! Era verdad que el amo daba la comida, ¡pero qué comida para
cuerpos que de sol a sol dejaban sobre la tierra toda su fuerza!...
--¿Tú crees, Rafaé, que eso es comé? Eso es engañá la jambre; prepará el
cuerpo pa que lo coja la muerte.
En verano, durante la recolección, les daban un potaje de garbanzos,
manjar extraordinario, del que se acordaban todo el año. En los meses
restantes, la comida se componía de pan, sólo de pan. Pan seco en la
mano y pan en la cazuela en forma de gazpacho fresco o caliente, como si
en el mundo no existiera para los pobres otra cosa que el trigo. Una
panilla escasa de aceite, lo que podía contener la punta de un cuerno,
servía para diez hombres. Había que añadir unos dientes de ajo y un
pellizco de sal, y con esto el amo daba por alimentados a unos hombres
que necesitaban renovar sus energías agotadas por el trabajo y el clima.
Unos cortijos eran de -pan por cuenta-, y en ellos se daban tres libras
por cabeza. Una telera de seis libras era el único alimento para dos
días. Otros eran de -pan largo-, no había tasa, el gañán podía comer
cuanto desease, pero el horno del cortijo sólo cocía cada diez días y
las teleras cargadas de salvado eran tan ásperas y de tal modo se
endurecían que el amo, echándola de generoso, salía ganando, pues nadie
osaba hincarlas el diente, más que en la suprema desesperación del
hambre.
Tres comidas tenían al día los braceros, todas de pan: una alimentación
de perros. A las ocho de la mañana, cuando llevaban más de dos horas
trabajando, llegaba el gazpacho caliente, servido en un lebrillo. Lo
guisaban en el cortijo, llevándolo a donde estaban los gañanes, muchas
veces a más de una hora de la casa, cayéndole la lluvia en las mañanas
de invierno. Los hombres tiraban de sus cucharas de cuerno, formando
amplio círculo en torno de él. Eran tantos, que para no estorbarse se
mantenían a gran distancia del lebrillo. Cada cucharada era un viaje.
Debían avanzar, encorvarse sobre el barreño, que estaba en el suelo,
coger la cucharada y retirarse a la fila para devorar las sopas, de una
tibieza repugnante. Al aproximarse, los gruesos zapatones hacían saltar
el polvo o las pellas de barro, y las últimas cucharadas tenían el mismo
sabor que si comiesen tierra.
A medio día era el gazpacho frío, preparado en el mismo campo. Pan
también, pero nadando en un caldo de vinagre, que casi siempre era vino
de la cosecha anterior, que se había torcido. Únicamente los zagales y
los gañanes en toda la pujanza de su juventud, le metían la cuchara en
las mañanas de invierno, engulléndose este refresco, mientras el
vientecillo frío les hería las espaldas. Los hombres maduros, los
veteranos del trabajo, con el estómago quebrantado por largos años de
esta alimentación, manteníanse a distancia, rumiando un mendrugo seco.
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