protege, lo que menos me falta es dinero. Yo no soy como esos otros amos
que viviendo en perpetuo ahogo regatean el sudor del pobre. ¡Caridad,
mucha caridad! Que se vea que el cristianismo sirve de arreglo para
todo... Pero lo que me revuelve la sangre es que se pretenda que todos
seamos iguales, como si no existiesen jerarquías hasta en el cielo; que
se hable de Justicia al pedir algo, como si favoreciendo yo a un pobre
no hiciese más que lo que debo y mi sacrificio no significase una buena
acción. Y, sobre todo, esa infernal manía de ir contra Dios, de quitar
al pobre sus sentimientos religiosos, de hacer responsable a la Iglesia
de todo lo malo que ocurre, y que no es más que obra del maldito
liberalismo...
Don Pablo se indignaba al recordar la impiedad de la gente rebelde. En
esto no transigía. Salvatierra y cuantos fuesen contra la religión le
encontrarían enfrente. En su casa, todo menos eso. Aún temblaba de
cólera recordando cómo despidió, dos semanas antes, a un tonelero, un
mentecato adulterado por la lectura, al que había sorprendido haciendo
alarde de incredulidad ante sus compañeros.
--Figúrate que decía que las religiones son hijas del miedo y la
ignorancia: que el hombre, en sus primeros tiempos, no creyó en nada
sobrenatural, pero que ante el rayo y el trueno, ante el incendio y la
muerte, no pudiendo explicarse tales misterios, había inventado a Dios.
¡Vamos, no sé cómo me contuve y no le di de bofetadas! Aparte de estas
locuras, un buen muchacho que sabía su oficio: pero buena penitencia
lleva, pues en Jerez nadie le ha dado trabajo por no molestarme,
viéndolo expulsado de mi casa, y ahora tal vez vaya por el mundo
royéndose los codos de hambre. Ese acabará por echar bombas, que es el
final de todos los que niegan a Dios.
Don Pablo y su empleado iban lentamente hacia el escritorio.
--Ya sabes mi resolución, Fermín--dijo Dupont antes de entrar en la
oficina.--Te quiero por tu familia y porque casi hemos sido compañeros
de infancia. Además, eres como un hermano de mi primo Luis. Pero ya me
conoces; Dios sobre todo: por él soy capaz de abandonar a mi familia. Si
no estás contento en mi casa, habla; si te parece escaso el sueldo,
dilo. Contigo no regateo, porque me eres simpático a pesar de tus
necedades. Pero no me faltes el domingo a la misa de la casa: aléjate
del chiflado de Salvatierra y todos los perdidos que se juntan con él. Y
si no haces esto, nos veremos las caras, ¿sabes, Fermín? Tú y yo
acabaremos mal.
Dupont fue a instalarse en su despacho y acudió presuroso don Ramón, el
encargado de la publicidad, con un lío de papeles que presentó a su
jefe, acompañándolo con una sonrisa de cortesano viejo.
Montenegro, desde su mesa, veía al jefe discutiendo con el director del
escritorio, removiendo los papeles y haciéndole preguntas sobre los
negocios, con un acierto que revelaba que todas sus facultades útiles se
habían concentrado al servicio de la industria.
Había transcurrido más de una hora, cuando Fermín se vio llamado por el
jefe. La casa tenía que aclarar una cuenta con el escritorio de otra
bodega: era asunto largo que no podía discutirse por teléfono, y Dupont
enviaba a Montenegro como dependiente de confianza. Don Pablo, serenado
ya por el trabajo, parecía querer borrar con esta distinción la dureza
amenazadora con que había tratado al joven.
Fermín púsose el sombrero y la capa y salió sin prisa alguna,
disponiendo del día entero para desempeñar su comisión. El amo no era
exigente en el trabajo cuando se veía obedecido. En la calle, el sol de
Noviembre, tibio y dulce como un sol primaveral, hacía resaltar bajo su
lluvia de oro las casas blancas, de verdes balcones, recortando la línea
de sus azoteas africanas sobre un cielo de intenso azul.
Montenegro vio venir hacia él un airoso jinete en traje de campo. Era un
mocetón moreno, vestido como los contrabandistas o los bandidos
caballerescos que sólo existen ya en los relatos populares. Al trotar su
caballo, movíanse las alas de su chaqueta corta de cordoncillo de
Grazalema, con coderas de paño negro ribeteadas de seda y bolsillos de
media luna forrados de rojo. El sombrero, de alas grandes y rectas,
estaba sostenido por un barbuquejo. Calzaba botines de cuero amarillo
con grandes espuelas y las piernas las resguardaba del frío con unos
zajones de piel, amplio delantal sujeto con correas. Delante de la silla
iba plegada la manta oscura de grueso borlaje; en la grupa las alforjas,
y a un lado la escopeta con el doble cañón asomando por debajo de la
panza del animal. Cabalgaba elegantemente, con una gallardía árabe, como
si hubiese nacido sobre los lomos del corcel y éste y su jinete
formasen un solo cuerpo.
--¡Olé, los caballistas!--gritó Fermín al reconocerle.--Buenos días,
Rafaelillo.
Y el jinete paró su caballo de un tirón que le hizo tocar con las ancas
el suelo, al mismo tiempo que levantaba las patas delanteras.
--¡Buen animal!--dijo Montenegro dando palmadas en el cuello del corcel.
Y los dos jóvenes quedaron silenciosos examinando la inquieta
nerviosidad de la bestia, con el fervor de unas gentes que aman la
equitación como el estado perfecto del hombre y consideran al caballo
cual el mejor amigo.
Montenegro, a pesar de su vida sedentaria de oficinista, sentía
removerse en él atávicos entusiasmos a la vista de un corcel de precio;
sentía la admiración del nómada africano ante el animal, eterno
compañero de su vida. De la riqueza de su jefe don Pablo, sólo envidiaba
la docena de caballos, los más caros y famosos de las ganaderías de
Jerez, que tenía en sus cuadras. También aquel hombre obeso, que parecía
no sentir otros entusiasmos que los que le inspiraban su religión y su
bodega, olvidaba momentáneamente a Dios y al cognac al ver un caballo
hermoso que no fuese suyo, y sonreía agradecido cuando le elogiaban como
el primer jinete de la campiña jerezana.
Rafael era el aperador del cortijo de Matanzuela, la finca de más valía
que le quedaba a Luis Dupont, el primo escandaloso y pródigo de don
Pablo. Inclinado sobre el cuello de la jaca, explicaba a Fermín su viaje
a Jerez.
--He venío a encargá unas cosillas para allá y llevo prisa. Pero antes
de volver, echaré un galope para ir a la viña y ver a tu padre. Me farta
algo cuando no veo al padrino.
Fermín sonrió con malicia.
--¿Y a mi hermana, no la verás? ¿No te falta también algo, cuando pasan
días sin ver a María de la Luz?
--Naturalmente--dijo el mocetón ruborizándose.
Y como si sintiera repentina vergüenza, espoleó su caballo.
--Con Dios, Ferminillo, y a ver si un día vienes al cortijo.
Montenegro le vio alejarse rápidamente, calle abajo, con dirección a la
campiña.
--Es un angelote--pensaba.--¡Que le vaya a éste Salvatierra con que el
mundo está mal arreglado y hay que volverlo como quien dice del
revés!...
Montenegro pasó por la calle Larga, la principal de la ciudad; una vía
ancha con casas de deslumbrante blancura. Las portadas señoriales del
siglo XVII estaban enjalbegadas cuidadosamente lo mismo que los escudos
de armas de la clave. Los escarolados y nervios de la piedra labrada
ocultábanse bajo una capa de cal. En los balcones verdes mostrábanse a
aquellas horas de la mañana cabezas de mujeres morenas, de rasgados ojos
negros, con flores en el pelo.
Fermín siguió una de las amplias aceras limitadas por dos filas de
naranjos agrios. Los principales casinos de la ciudad, los mejores
cafés, abrían sus ventanales de vidrios sobre la calle. Montenegro lanzó
una mirada al interior del -Círculo Caballista-. Era la sociedad más
famosa de Jerez, el centro de reunión de la gente rica, el refugio de la
juventud que había nacido poseedora de cortijos y bodegas. Por las
tardes, la respetable asamblea discutía sus aficiones: caballos, mujeres
y perros de caza. La conversación no tenía otros temas. Escasos
periódicos en las mesas, y en lo más oscuro de la secretaría un armario
con libros de lomos dorados y chillones cuyas vidrieras no se abrían
nunca. Salvatierra llamaba a esta sociedad de ricos el «Ateneo
Marroquí».
A los pocos pasos, Montenegro vio venir hacia él una mujer que, con su
paso vivo, su gesto arrogante y el incitador meneo de su cuerpo, parecía
alborotar la calle. Los hombres detenían el paso para verla y la seguían
con los ojos; las mujeres volvían la cabeza con un desdén afectado, y
después que pasaba cuchicheaban señalándola con un dedo. En los
balcones, las jóvenes gritaban hacia el interior de la casa, y salían
otras apresuradamente, interesadas por el llamamiento.
Fermín sonrió al notar la curiosidad y el escándalo que esparcía al
andar aquella joven. Asomaban entre las blondas de su mantilla unos
rizos rubios, y bajo los ojos negros y ardientes una naricilla sonrosada
parecía desafiar a todos con sus graciosas contracciones. La audacia con
que se recogía la falda, marcando las curvas más opulentas de su cuerpo
y dejando al descubierto gran parte de las medias, irritaba a las
mujeres.
--¡Vaya usted con Dios, marquesita salerosa!--dijo Fermín cerrándola el
paso.
Se había terciado la capa, tomando un aire de majo galante, satisfecho
de detener en la calle más céntrica, a la vista de todos, a una mujer
que tal escándalo promovía.
--Marquesa, ya no, hijo--contestó ella con gracioso ceceo.--Ahora crío
cerdos... y muchas gracias.
Se tuteaban como dos buenos camaradas; sonreían con la franqueza de la
juventud, sin mirar en torno de ellos, pero alegrándose al pensar que
muchos ojos estaban fijos en sus personas. Ella hablaba manoteando,
amenazándolo con sus uñas sonrosadas cada vez que le decía algo
-fuerte-; acompañando sus risas con un taconeo infantil cuando elogiaba
su hermosura.
--Siempre lo mismo. ¡Pero qué rebuenísima sombra tienes, hijo!... Ven a
verme alguna vez: ya sabes que te quiero... siempre con buen fin; como
hermanitos. ¡Y eso que el bruto de mi marido te tenía celos!...
¿Vendrás?
--Lo pensaré. No quiero tener una cuestión con el tratante en cerdos.
La joven prorrumpió en una carcajada.
--Es todo un caballero, ¿sabes, Fermín? Vale más con su chaquetón de
monte que todos esos señoritos del -Caballista-. Yo estoy por lo
popular: yo soy muy gitana...
Y dando al joven un ligero bofetón con su manecita acariciadora, siguió
la marcha, volviendo varias veces la cabeza para sonreír a Fermín, que
la seguía con la vista.
--¡Lástima de muchacha!--se dijo.--Con su cabeza de chorlito, es la más
buena de la familia. ¡Y don Pablo que se muestra tan orgulloso de la
nobleza de su madre!... Esta y su hermana son de las que nos consuelan
haciendo acabar en punta los linajes orgullosos...
Continuó su marcha Montenegro, entre las miradas de asombro o las
sonrisas maliciosas de los que habían presenciado su conversación con la
-Marquesita-.
En la plaza Nueva, pasó entre los grupos que se estacionan allí
habitualmente: corredores de vinos y de ganado; vendedores de cereales,
obreros de bodega sin colocación, gañanes enjutos y tostados que esperan
a que alguien alquile sus brazos inactivos, cruzados sobre el pecho.
De un grupo salió un hombre, llamándole:
--¡Don Fermín! ¡don Fermín!...
Era un arrumbador de las bodegas de Dupont.
--Ya no estoy allá, ¿sabe usté? Me han despedío esta mañana. Al
presentarme en la bodega, el encargao me ha dicho, de parte de don
Pablo, que estaba de más. ¡Después de cuatro años de trabajo y buena
conducta! ¿Es esto justicia, don Fermín?...
Como éste preguntase con su mirada el motivo de la desgracia, el
arrumbador continuó con exaltación:
--De too tiene la culpa la beatería cochina. ¿Sabe usté mi delito?... No
ir a entregá la papeleta que me dieron el sábado con el jornal.
Y como si Montenegro no conociese las costumbres de la casa, el buen
hombre relataba detalladamente lo ocurrido. El sábado, al cobrar la
semana los trabajadores de la bodega, el encargado les entregaba -la
papeleta- a todos: una invitación para que al día siguiente asistiesen a
la misa que costeaba la familia de Dupont en la iglesia de San Ignacio.
Si la fiesta era con comunión general, el convite aun resultaba más
ineludible. El domingo, los encargados de la bodega recogían a cada
obrero la papeleta en la misma puerta de la iglesia, y al recontarlas
sabían, por los nombres, quiénes eran los que habían faltado.
--Y yo no juí ayer, don Fermín; farté como he fartao otros días: porque
no me da la gana de levantarme temprano los domingos, porque en la noche
del sábado me gusta -tomarla- con los compañeros. ¿Pa qué trabaja uno,
sino pa tené un rato de alegría?...
Además; él era dueño de sus domingos. El amo le pagaba por su trabajo;
él trabajaba y no había por qué cercenarle su día de descanso.
--¿Es eso justo, don Fermín? Porque no hago comedias, como toos esos...
soplones y lamecosas que van a la misa de don Pablo, con toa su familia
y toman la comunión después de pasar la noche de juerga, me echan a la
caye. Sea usté franco; diga la verdad; y aunque usté trabaje como un
perro, es usté un pillo: ¿No es eso, cabayeros?...
Y se volvía al grupo de amigos que a cierta distancia oían sus palabras,
comentándolas con maldiciones a Dupont.
Fermín siguió su camino con cierto apresuramiento. El instinto de
conservación le avisaba lo peligroso de permanecer allí entre una gente
que abominaba de su principal.
Y mientras iba hacia el escritorio donde le aguardaban para las cuentas,
pensaba en el vehemente Dupont, en su fervor religioso, que parecía
endurecerle las entrañas.
--Y, realmente, no es malo--murmuraba.
Malo, no. Fermín recordaba la largueza caprichosa y desordenada con que
algunas veces socorría a las gentes en desgracia. Pero su bondad era
estrechísima: dividía en castas la pobreza; y a cambio del dinero exigía
una supeditación absoluta a todo lo que él pensase y amase. Era capaz de
aborrecer a su propia familia, de sitiarla por hambre, si creía con ello
servir a su Dios; a aquel Dios a quien profesaba inmensa gratitud
porque hacía prosperar los negocios de la casa y era el sostén del orden
social.
II
Cuando don Pablo Dupont iba a pasar un día con su familia en la famosa
viña de Marchamalo, una de sus diversiones era mostrar el señor Fermín,
el antiguo capataz, a los Padres de la Compañía o a los frailes
dominicos, sin cuya presencia no creía posible una excursión feliz.
--A ver, señor Fermín--decía sacando el viejo a la gran explanada que se
extendía frente a las casas de Marchamalo, que casi formaban un
pueblo.--Eche usted una voz de mando; pero con arrogancia, como cuando
era usted de los rojos y marchaba de partida por la sierra.
El capataz sonreía viendo que el amo y sus acompañantes de sotana o
capucha mostraban gran placer en oírle; pero su sonrisa de campesino
socarrón, no llegaba a saberse si era de burla o de agrado por la
confianza del señor. Contento de proporcionar un rato de descanso a los
muchachos que se encorvaban entre las cepas, ladera abajo, levantando y
abatiendo sus azadas pesadísimas, avanzaba con cómica rigidez hasta el
parapeto de la explanada, prorrumpiendo en un grito prolongado y
atronador:
--¡Eeeechen tabacooo!...
Cesaba de brillar entre los sarmientos el acero de las azadas, y la
larga fila de viñadores despechugados frotábanse las manos, entumecidas
por el mango de la herramienta, y lentamente extraían de la faja los
avíos de fumar.
El viejo les imitaba, y acogiendo con sonrisa enigmática los elogios de
los señores a su voz de trueno y a la entonación de caudillo con que
mandaba a la gente, liaba el cigarro, fumándolo con calma para que los
pobres de abajo tuviesen algunos segundos más de reposo a costa del buen
humor del amo.
Cuando no le quedaba más que la colilla, nueva diversión para los
señores. Volvía a dar sus pasos con rigidez exagerada de intento, y su
voz hacía temblar el eco de las vecinas colinas:
--¡Vaaamos a otraaa!...
Y con este llamamiento tradicional para reanudar el trabajo, los hombres
volvían a encorvarse y relampagueaban las herramientas sobre sus
cabezas, todas a un tiempo, en acompasadas curvas.
El señor Fermín era una de las curiosidades de Marchamalo, que don Pablo
exhibía a sus acompañantes. Todos reían sus refranes, los términos
rebuscados y raros de su expresión, sus consejos dichos en tono
campanudo; y el viejo aceptaba el irónico elogio de los señores con la
simpleza del campesino andaluz, que aún parece vivir en la época feudal,
siervo del amo, aplastado por la gran propiedad, sin esa independencia
enfurruñada del pequeño labrador que tiene la tierra por suya.
Además, el señor Fermín se sentía ligado por todo el resto de su
existencia a la familia Dupont. Había visto a don Pablo en pañales, y
aunque le trataba con el respeto que imponía su carácter imperioso, era
siempre para él un niño, acogiendo con bondad paternal todas sus
rarezas.
El capataz había tenido en su vida un período de dura miseria. De joven
fue viñador, gozando de la buena época; aquella de la ida al trabajo en
calesín y de la cava con zapatos de charol, de la que hablaba
melancólicamente el viejo bodeguero de la casa Dupont.
La abundancia hacía generosos a los trabajadores de tales tiempos;
pensaban en cosas -altas- que no acertaban a definir, pero cuya grandeza
presentían confusamente. Además, la nación entera estaba de revuelta. A
corta distancia de Jerez, en el mar invisible cuyas brisas llegaban
hasta las viñas, los barcos del gobierno habían disparado sus cañones
para anunciar a la reina que debía abandonar su trono. El tiroteo de
Alcolea, al otro extremo de Andalucía, despertaba a toda España; «la
raza espúrea» había huido: la vida era mejor y el vino parecía más bueno
al pensar (¡consoladora ilusión!) que cada uno poseía una pequeña parte
de aquél poder retenido antes por una sola persona. Además, ¡qué de
músicas arrulladoras para el pobre!, ¡qué de elogios y adulaciones al
pueblo que meses antes no era nada y ahora lo era todo!
El señor Fermín se conmovía recordando esta época feliz, que fue la de
su matrimonio con la -pobre mártir-, como él llamaba a su difunta mujer.
Se reunían los compañeros de trabajo en las tabernas todas las noches,
para leer los papeles públicos, y la caña de vino circulaba sin miedo,
con la largueza del jornal abundante y bien retribuido. Un ruiseñor
volaba infatigable de plaza en plaza, teniendo por bosques las ciudades,
y su música divina volvía locas a las gentes, haciéndolas pedir a gritos
la República... pero Federal, ¿eh?... Federal o nada. Los discursos de
Castelar leídos en las reuniones nocturnas, con sus maldiciones al
pasado y sus himnos a la madre, al hogar, a todas las ternuras que
emocionan el alma simple del pueblo, hacían caer más de una lágrima en
las copas de vino. Luego, cada cuatro días, llegaba impresa en hoja
suelta, con renglones cortos, alguna de las cartas que «el ciudadano
Roque Barcia dirigía a sus amigos», con frecuentes exclamaciones de
«óyeme bien, pueblo», «acércate, pobre, y compartiré tu frío y tu
hambre», que enternecían a los viñadores, haciéndoles tener gran
confianza en un señor que les trataba con esta fraternal simpleza. Y
para desengrasarse de tanto lirismo, de tanta Historia comprimida,
repetían las frases ingeniosas del patriarcal Orense, los chistes del
marqués de Albaida, ¡un marqués que estaba con ellos, con los viñadores
y los gañanes, acostumbrados a respetar con cierto temor supersticioso,
como seres nacidos en otro planeta, a los aristócratas poseedores del
suelo andaluz!...
El santo respeto a la jerarquía, heredado de los abuelos e ingerido
hasta lo más profundo de su alma por largos siglos de servidumbre,
influía en el entusiasmo de estos -ciudadanos- que hablaban a todas
horas de la igualdad.
Lo que más halagaba al señor Fermín en sus entusiasmos juveniles, era la
categoría social de los jefes revolucionarios. Ninguno era jornalero, y
esto lo apreciaba él como un mérito de las nuevas doctrinas. Los más
ilustres defensores de «la idea» en Andalucía salían de las clases que
él respetaba con atávica adhesión. Eran señoritos de Cádiz,
acostumbrados a la vida fácil y placentera de un gran puerto; caballeros
de Jerez, dueños de cortijos, hombres de pelo en pecho, grandes jinetes,
expertos en las armas e incansables corredores de juergas: hasta curas
entraban en el movimiento, afirmando que Jesús fue el primer republicano
y que al morir en la cruz dijo algo así como «Libertad, Igualdad y
Fraternidad».
Y el señor Fermín no vaciló, cuando del mitin y de la declamación
periodística, leída en alta voz, hubo que pasar a la excursión por el
monte con la escopeta al hombro en defensa de aquella República que no
querían aceptar los mismos generales que habían expulsado a los reyes. Y
tuvo que correr por las montañas de la sierra unos cuantos días, e ir a
tiros con las mismas tropas que meses antes había él aclamado cuando
pasaban sublevadas por Jerez, camino de Alcolea.
En esta aventura conoció a Salvatierra, sintiendo por él una admiración
que nunca había de enfriarse. La fuga y una larga temporada pasada en
Tánger fueron el único resultado de sus entusiasmos y cuando al fin pudo
volver a la tierra, besó a Ferminillo, el primer hijo que la -pobre
mártir- le había dado a los pocos meses de su marcha a la serranía.
Volvió a trabajar en las viñas, algo desilusionado por el mal éxito de
la rebelión. Además, la paternidad le hacía egoísta, pensando más en la
familia que en el pueblo soberano, que podía libertarse sin necesitar de
su apoyo. Al ver proclamada la República sintió renacer sus entusiasmos.
¡Por fin, ya la tenían! ¡Llegaba lo bueno!... Pero a los pocos meses le
buscó Salvatierra, como a otros muchos. Los de Madrid eran unos
traidores y la tal República resultaba un pastel. Había que hacerla
federal o matarla; era preciso proclamar los cantones. Y otra vez
Fermín, con el fusil al hombro, batiéndose en Sevilla, en Cádiz y en la
montaña por cosas que no entendía, pero que debían ser verdades tan
claras como el sol, ya que Salvatierra las proclamaba. De esta segunda
aventura salió peor librado. Le cogieron y pasó muchos meses en el Hacho
de Ceuta, confundido con prisioneros carlistas e insurrectos cubanos, en
un amontonamiento y una miseria de los que aún se acordaba con horror
después de tantos años.
Al recobrar la libertad, la vida le pareció en Jerez más triste y
desesperada que en el presidio. La -pobre mártir- había muerto durante
su ausencia, dejando en poder de unos parientes sus dos hijos,
Ferminillo y María de la Luz. El trabajo escaseaba; había sobra de
brazos, era reciente la indignación contra los -petroleros-
perturbadores del país; los Borbones acababan de volver, y los ricos
temían dar entrada en sus fincas a los que habían visto antes con el
fusil en la mano, tratándoles de igual a igual, con gestos amenazadores.
El señor Fermín, para que no le viesen llegar con las manos vacías los
parientes pobres que cuidaban de sus pequeñuelos, se dedicó al
contrabando. Su compadre Paco el de Algar, que había ido con él en las
partidas, conocía el oficio. Entre los dos existía el parentesco de la
pila bautismal, el compadrazgo, más sagrado entre la gente del campo que
la comunidad de sangre. Fermín era el padrino de Rafaelillo, único hijo
del señor Paco, al cual también se le había muerto la mujer durante la
época de persecuciones y presidio.
Los dos compadres emprendieron juntos sus penosas expediciones de
contrabandistas pobres. Marchaban a pie, por las veredas más abruptas de
la sierra, aprovechando los conocimientos adquiridos en las complicadas
marchas de las partidas. Su pobreza no les permitía ser caballistas como
otros que cabalgaban en pelotón, llevando en la grupa de sus fuertes
jacas dos fardos enormes de tabaco y en la perilla de la montura la
escopeta repleta de postas para pasar a -la brava- el contrabando. Eran
humildes mochileros que, al llegar a San Roque o Algeciras, echábanse a
cuestas tres arrobas de tabaco y emprendían el regreso a la tierra
huyendo de los caminos, buscando las sendas más peligrosas, marchando de
noche y ocultándose de día, a gatas por los riscos, imitando los hábitos
de las bestias feroces, lamentando ser hombres y no poder seguir el
borde de los abismos con la misma seguridad que las bestias.
¡Oh, la vida dura de continuos riesgos, la necesidad de ganarse el pan
luchando con la oscuridad, con las tempestades y con el hombre, que era
el peor de los enemigos! Un ruido a lo lejos, una voz, el aleteo de los
pajarracos nocturnos, el chillido de las alimañas invisibles, el ladrido
de un perro, les hacían ocultarse, tenderse en el suelo entre los
jarales punzantes, sofocados por el peso de la mochila. Al partir del
campo fronterizo de Gibraltar pagaban por trasponer la línea del
resguardo. Los venales encargados de la vigilancia les imponían
contribución según su clase: tantas pesetas a los mochileros, tantos
duros a la gente de a caballo. Partían todos al mismo tiempo, después de
depositar la ofrenda en ciertas manos que salían de unas mangas con
galones de oro, y peones y jinetes, todo el ejército del contrabando,
abríase como el varillaje de un abanico en la sombra de la noche,
tomando distintos caminos para esparcirse por Andalucía. Pero quedaba lo
difícil: el peligro de tropezar con las rondas volantes que no habían
participado del soborno y se esforzaban por cortar el paso a los
defraudadores y hacer buena presa de sus cargas. Los caballistas
infundían miedo porque contestaban a tiros al ¡quién vive!, y eran los
indefensos mochileros los que sufrían toda la persecución.
Dos noches enteras necesitaban los compadres para llegar a Jerez,
caminando encorvados, sudorosos en pleno invierno, zumbándoles los
oídos, con el pecho oprimido por la carga. Acercábanse trémulos de
inquietud a ciertos pasos de la sierra donde se apostaban los enemigos.
Temblaban de miedo al entrar en ciertas gargantas en cuya oscuridad
brillaba el fogonazo y silbaba la bala, al no obedecer ellos al ¡boca
abajo! de los guardias emboscados. Algunos compañeros habían muerto en
estos malos pasos. Además, los enemigos se vengaban de las largas
esperas al acecho y de la inquietud que les inspiraban los caballistas,
dando tremendas palizas a los de a pie. Más de una vez se rasgaba el
silencio nocturno de la sierra con los alaridos de dolor que arrancaban
los bárbaros culatazos dados al azar, en la oscuridad, lejos de toda
vivienda, lejos de toda ley, en una soledad salvaje...
Pero estos peligros eran los que menos intimidaban a los dos compadres.
El miedo a perder la carga les aterraba. ¡Perder la carga! ¡el único
medio de existencia, el capital de su industria! ¡Verse de golpe sin las
ganancias acumuladas en fuerza de exponer su vida noches y noches; tener
que pedir prestado otra vez y empezar de nuevo la pelea para pagar al
prestamista, cercenando su pan y el de los pequeños!...
Por no perder sus mochilas emprendían arriesgadas ascensiones en la
oscuridad. A la menor alarma huían de las gargantas, dando rodeos por
lugares casi inaccesibles, que infundían horror al ser vistos a la luz
del sol. Los cuervos graznaban asustados en sus alturas al percibir el
roce de unos animales desconocidos que gateaban en las tinieblas. Los
aguiluchos aleteaban al ver interrumpido su sueño por el arrastre de
extraños cuadrúpedos que, abrumados por su giba, avanzaban por el filo
de los precipicios, haciendo rodar los guijarros con sus manos
desolladas, en el vacío de lóbregas profundidades. El recuerdo de algún
compañero muerto en estos pasos difíciles, congelaba su sangre un
momento: «Allá abajo está Fulano». -Allá abajo-, en el fondo de la sima
negra que bordeaban a tientas, con el tacto de los ciegos; donde sólo
podían verle los cuervos, que poco a poco dejarían blancos sus huesos
bajo el peso de la mochila, mientras en su casa, la familia, hambriento,
movida por una remota esperanza, aguardaba que un día u otro se
presentase.
El recuerdo de los que esperaban al compañero muerto les daba nuevas
energías. También ellos tenían sus -churumbeles- que podían aguardar el
pan eternamente si daban un mal paso: ¡adelante! ¡adelante! Y con el
valor audaz que da la lucha por los hijos, los dos mochileros avanzaban
al través del peligro y de la noche.
¡Ay! De los azares que el señor Fermín había corrido en su vida, de las
miserias en presidio, entre gentes de todos los países, que se mataban
con las cucharas afiladas para entretener el ocio del encierro; del
miedo que tuvo a ser fusilado cuando lo prendieron después de derrotada
la partida, nada recordaba con tanta tristeza como las tres veces que lo
sorprendieron los carabineros, casi a las puertas de la ciudad, cuando
ya se creía en salvo, quitándole lo que llevaba varias noches sobre sus
espaldas. ¡Y luego, cuando vendía su tabaco a las gentes desocupadas, a
los señores de los casinos y los cafés, aún le regateaban algunos
céntimos! ¡Ay; si supieran lo que costaban aquellos paquetes, duros como
ladrillos, en los que parecían haberse solidificado los sudores de una
fatiga de bestia y los escalofríos del miedo!...
La desgracia, como cansada del tesón con que los dos compadres sabían
eludirla, comenzó a cebarse en ellos. Era en vano que con riesgo de su
vida esquivasen durante la noche los pasos difíciles de la sierra. Por
tres veces les sorprendieron cerca de la ciudad, en los llanos de
Caulina, cuando se creían ya en salvo. Les dieron de golpes al
arrebatarles aquellas mochilas que representaban la vida para sus hijos;
y hasta les amenazaron con un tiro en vista de su reincidencia. Más que
las amenazas les intimidó la pérdida de sus cargas. ¡Adiós los ahorros!
Los tres fracasos les dejaban más pobres que antes de comenzar el
contrabando, con deudas que les parecían enormes. Ya nadie querría
prestarles para continuar el -negocio-.
El compadre, llevando de la mano a Rafaelillo, que era ya un rapaz,
marchó a Algar, a su pueblo de la serranía, para ser gañán en un
cortijo, si es que le aceptaban viéndole entrado en años y enfermo.
El señor Fermín no tuvo otro refugio que Jerez, y fue todas las
madrugadas a la plaza Nueva a formar grupo con los jornaleros que
esperaban trabajo, acogiendo con resignación el gesto desdeñoso de los
capataces que le repelían por su antigua fama de cantonal y por las
recientes aventuras del contrabando, que le habían hecho vivir algunos
días en la cárcel. ¡Ay, las mañanas tristes pasadas en la plaza,
estremeciéndose con el frío del amanecer, sin más alimento en el
desfallecido estómago que alguna copa de aguardiente de Cazalla,
ofrecida por los amigos! ¡Y después la vuelta desalentada a su tugurio,
la sonrisa inocente de los hijos y el grito de tristeza de la mísera
cuñada, al verle aparecer a la hora en que los demás trabajaban!
--¿Tampoco hoy?...
--Tampoco... pero ten carma mujer: arreglaos como podáis y no penséis en
mí.
Entonces conoció Fermín a su «ángel protector», como él le llamaba; al
hombre que, después de Salvatierra, era el dueño de su voluntad, a
Dupont el viejo que, viéndole un día, recordó vagamente ciertas muestras
de respeto, ciertos pequeños favores a su casa y a su persona, en la
época en que aquel infeliz iba por Jerez con aire de amo, orgulloso de
su gorro colorado y de las armas que hacía resonar a cada paso, con un
estrépito de ferretería vieja.
Fue una genialidad de gran señor, un capricho de millonario que se
admiraba a sí mismo proporcionando un mendrugo a un desesperado que
encontraba obstruidos todos los caminos de la vida. Fermín halló un
jornal en la viña de Marchamalo, la gran propiedad de los Dupont. Poco a
poco fue conquistando la confianza del amo, el cual se fijaba
atentamente en su trabajo.
Cuando el antiguo rebelde llegó a ser capataz de la viña, había ya
sufrido una gran transformación en sus ideas. Se consideraba como una
parte de la casa Dupont. Le enorgullecía la importancia de las bodegas
de don Pablo y comenzaba a reconocer que los señores no eran tan malos
como creían los pobres. Hasta dejó a un lado el respeto que profesaba a
Salvatierra, el cual andaba por entonces fugitivo fuera de España, y se
atrevió a confesar a los amigos que las cosas no iban del todo mal
después del desastre de sus ilusiones políticas. Él era el de siempre,
federal, sobre todo federal: hasta que no viniese la suya, España no
sería feliz, pero mientras tanto, a pesar de los malos gobiernos y de
que «el pobre pueblo estaba oprimido», él se creía mejor que en los
tiempos pasados. La niña y la cuñada vivían en la viña, en un caserón
antiguo, espacioso como un cuartel; el muchacho iba a la escuela en
Jerez, y don Pablo le había tomado ley y prometía hacerlo «todo un
hombre», en vista de su inteligencia despierta. Él, tenía tres pesetas
diarias, sin otra obligación que llevar la cuenta de los jornales,
reclutar la gente y vigilarla, para que los remolones no descansasen
antes de que él diese la voz para fumar un cigarro.
De sus tiempos de miseria le quedaba la conmiseración para los
jornaleros, fingiendo no ver sus descuidos y negligencias. Pero sus
actos valían más que sus palabras, pues queriendo demostrar gran interés
por el amo, hablaba duramente a los braceros, con ese exceso de
autoridad que revela el humilde apenas se ve elevado sobre sus
camaradas.
El señor Fermín y sus hijos penetraban sin darse cuenta en la familia
del amo, hasta llegar a confundirse con ella. La simpleza del capataz,
alegre e hidalga como la de todos los labriegos andaluces, le hacía
captarse la confianza de los de la casa señorial. Don Pablo el viejo
reía haciéndole relatar sus fugas por la montaña, unas veces de
guerrillero y otras de contrabandista, siempre perseguido por los
carabineros. Los hijos del amo jugaban con él, prefiriendo sus
marrullerías y chistes de hombre de campo, al gesto hosco de la aya
inglesa que cuidaba de ellos. Hasta la orgullosa doña Elvira, la hermana
del marqués de San Dionisio, siempre ceñuda y de noble malhumor, como si
se creyese postergada por haberse unido con un Dupont, concedía cierta
confianza al señor Fermín, escuchándole con gesto semejante a los que
había visto en el teatro, cuando una dama se digna conversar con el
viejo escudero, confidente de sus pensamientos.
El capataz creía vivir en el mejor de los mundos contemplando a sus
hijos corretear por los senderos de la viña con dos de los señoritos de
la casa, mientras el mayor, el futuro dueño, a pesar de ser todavía un
niño, se mantenía al lado de su madre, imitando sus gestos altivos.
Había días en que el carruaje de don Pablo llegaba entre una nube de
polvo, a todo correr de sus cuatro briosos caballos, para depositar en
Marchamalo un cargamento de chiquillos, casi una escuela. Con los hijos
de Dupont llegaba Luisito, huérfano de un hermano de don Pablo, cuya
cuantiosa fortuna cuidaba éste; y las hijas del marqués de San Dionisio,
dos niñas revoltosas de ojos cándidos y boca insolente, que se peleaban
con los muchachos y los hacían correr a pedradas, revelando en sus
audacias el carácter de su famoso padre. Y Ferminillo y María de la Luz
jugaban con estos niños que habían de poseer cuantiosas fortunas, de
igual a igual, con la simplicidad de la infancia que parece un recuerdo
de los tiempos en que los hombres vivían como hermanos, antes de
inventar las jerarquías sociales. El capataz los seguía en sus juegos
con miradas de ternura, sintiendo orgullo de que sus hijos se tutearan
con los hijos y parientes del amo. Era la Igualdad soñada, aquella
Igualdad por la que había expuesto su vida, y que al fin llegaba para
él, sólo para él.
Algunas veces se presentaba el marqués de San Dionisio, y a pesar de sus
cincuenta años lo ponía todo en revolución. La devota doña Elvira se
enorgullecía de los títulos nobiliarios del hermano, pero despreciaba al
hombre por sus calaveradas, que daban triste celebridad al noble
apellido de Torreroel.
El señor Fermín, influido por sus antiguos respetos a las jerarquías
históricas, admiraba a aquel noble y alegre vividor. Estaba devorando
los últimos restos de la gran fortuna de su familia, y había influido en
el casamiento de su hermana con Dupont, para tener así un refugio cuando
le llegase la hora de la total ruina. Su nobleza era de lo más antiguo
de Jerez. El pendón de las Navas de Tolosa que sacaban con gran pompa de
la casa municipal en determinadas fiestas, lo había ganado a golpes de
hacha uno de sus ascendientes. Su título de marqués llevaba el nombre
del santo patrón de la ciudad. En su estirpe figuraban toda clase de
glorias: amigos de monarcas; Adelantados que infundían miedo a la
morisma; virreyes de las Indias, santos arzobispos, almirantes de las
galeras reales; pero el alegre marqués daba de barato tantos honores y
tan preclaros ascendientes, pensando que hubiera sido mejor para él
poseer una fortuna como la de su cuñado Dupont, aunque sin las
obligaciones y trabajos de éste. Vivía en un caserón señorial, último
resto de una fortaleza sarracena, restaurada y transformada por sus
abuelos. En los salones, casi vacíos, sólo quedaban como recuerdos del
antiguo esplendor algunos tapices astrosos, cuadros negruzcos con santos
ensangrentados en posturas horripilantes, sillerías de estilo Imperio
con la seda deshilachada; todo lo que no habían querido los corredores
de antigüedades de Sevilla, a los que llamaba el marqués en sus momentos
de apuro. Lo demás, trípticos y tablas, espadas y armaduras de los
Torreroel de la Reconquista, las riquezas exóticas traídas de las Indias
por los virreyes, y los regalos que varios monarcas de Europa habían
hecho a sus abuelos, embajadores que dejaron en las cortes más famosas
el recuerdo de su fastuosidad principesca, todo había ido desapareciendo
después de noches terribles en que la fortuna le volvía la espalda en la
mesa de juego, consolándose de su desgracia con -juergas- estruendosas,
de las que hablaba Jerez durante mucho tiempo.
Viudo desde muy joven, tenía sus dos hijas bajo la vigilancia de criadas
jóvenes, a las que más de una vez sorprendían las pequeñas señoritas
abrazadas a papá y tuteándole. La señora de Dupont indignábase al
conocer estos escándalos y se llevaba las sobrinas a su casa para que no
presenciasen malos ejemplos. Pero ellas, verdaderas hijas de su padre,
deseaban vivir en este ambiente de libertad, y protestaban con llantos
desesperados y convulsiones en el suelo, hasta que las volvían a la
absoluta independencia de aquel caserón por donde pasaban el dinero y el
placer como un huracán de locura.
La gitanería más famosa acampaba en la casa señorial. El marqués
sentíase atraído y dominado por las mujeres de piel aceitunada y ojos de
tizón, como si en su pasado existiesen ocultos cruzamientos de raza, que
tiraban de sus afectos con misteriosa fuerza. Se arruinaba cubriendo de
joyas y vistosos pañolones a gitanas que habían trabajado en los
cortijos, escardando los campos y durmiendo en la impúdica, promiscuidad
de las gañanías. La interminable tribu de cada una de sus favoritas, le
acosaba con el lloriqueo servil y la codicia insaciable propios de la
raza; y el marqués se dejaba saquear, riendo la gracia de estos
parientes de la mano izquierda, que le adulaban declarando que era un
-cañi- puro, más gitano que todos ellos.
Los toreros famosos pasaban por Jerez para honrar con su presencia al de
San Dionisio que organizaba fiestas estruendosas en su honor. Muchas
noches despertaban las niñas en sus camas oyendo al otro extremo de la
casa el rasgueo de las guitarras, los lamentos del cante hondo, el
taconeo del baile; y veían pasar por las ventanas iluminadas, al otro
lado del patio, grande como una plaza de armas, los hombres en mangas de
camisa con la botella en una mano y la batea de cañas en la otra, y las
mujeres con el peinado alborotado y las flores desmayadas y temblonas
sobre una oreja, corriendo con incitante contoneo para evadir la
persecución de los señores o tremolando sus pañolones de Manila como si
quisieran torearles. Algunas mañanas, al levantarse las señoritas, aún
encontraban tendidos en los divanes hombres desconocidos que roncaban
boca abajo, con los tufos de pelo sudorosos cubriéndoles las orejas, el
pantalón desabrochado y más de uno con los residuos de una cena mal
digerida a corta distancia de su cara. Estas juergas eran admiradas por
algunos como un simpático alarde de los gustos populares del marqués.
El señor Fermín era de estos admiradores. ¡Un personaje de tantos
pergaminos, que podía, sin desdoro, hacer el amor a una princesa,
encaprichándose de muchachas del pueblo o de gitanas; escogiendo sus
amigos entre caballistas, toreros y ganaderos y bebiéndose una copa de
vino con el primer pobre que se aproximaba a pedirle algo! ¡Esto era
democracia pura!... Y al entusiasmo por los gustos plebeyos del prócer
que parecía querer resarcir a la gente de la altivez y el orgullo de sus
empingorotados abuelos, uníase la admiración casi religiosa que la
fuerza, el vigor físico, inspira siempre a la gente del campo.
El marqués era un atleta y el mejor jinete de Jerez. Había que verle a
caballo, en traje de monte, con el pavero sombreando sus patillas
entrecanas y gitanescas, y la garrocha terciada en la silla. Ni el
Santiago de las batallas legendarias podía comparársele, cuando a falta
de musulmanes derribaba los toros más bravos y hacía galopar su jaca por
lo más intrincado de las dehesas, pasando como un rayo entre ramas y
troncos sin hacerse añicos el cráneo. Hombre sobre el cual dejaba caer
su puño, caía redondo: potro cerril cuyos lomos abarcaba con sus piernas
de acero, ya podía encabritarse, morder el aire y echar espumarajos de
cólera, que antes se desplomaba vencido y jadeante que lograba
libertarse del peso de su domador.
La audacia de los primeros Torreroel de la Reconquista y la largueza de
los que vivieron después en la corte arruinándose cerca de los reyes,
resucitaban en él como la última llamarada de una raza próxima a
extinguirse. Podía dar los mismos golpes que dieron sus antecesores al
conquistar el pendón en las Navas y se arruinaba con igual indiferencia
que aquellos de sus abuelos que se habían embarcado para rehacer su
fortuna gobernando las Indias.
El marqués de San Dionisio mostrábase satisfecho de sus alardes de
fuerza, de la rudeza de sus bromas, que terminaban casi siempre con
lesiones de los compañeros. Cuando le llamaban bruto con acento de
admiración, sonreía orgulloso de su raza. Bruto, sí: como lo habían sido
sus mejores abuelos: como lo fueron siempre los caballeros de Jerez,
espejo de la nobleza andaluza, arrogantes jinetes formados en dos siglos
de batalla diaria y continua algarada en tierras de moros, pues por algo
Jerez se llamaba de la Frontera. Y recapitulando en su memoria lo que
había leído u oído sobre la historia de los suyos, reíase de Carlos V el
gran Emperador, que, al pasar por Jerez, había querido correr unas
lanzas con los jinetes famosos de la tierra que no gustaban de combates
de puro juego, tomándolos en serio como si aún luchasen con moros. En
el primer encuentro le rasgaron la ropilla al emperador; en el segundo
le hicieron sangre, y la emperatriz, que estaba en los tablados, llamó
muy asustada a su esposo, rogándole que reservase su lanza para gentes
menos rudas que los caballeros jerezanos.
El carácter bromista del marqués gozaba de tanta fama como su fuerza. El
señor Fermín reía en la viña, repitiendo a los trabajadores las
ocurrencias graciosas del de San Dionisio. Eran bromas de acción, en las
que siempre había una víctima; genialidades crueles, para regocijar a un
pueblo rudo. Un día, al pasar el marqués por el mercado, dos mendigos
ciegos le reconocían por la voz y le saludaban con frases pomposas
esperando que los socorriese como de costumbre. «Toma, para los dos». Y
pasaba adelante, sin dar nada, mientras los dos pordioseros se
insultaban, creyendo cada uno que su camarada había recibido la limosna
y le negaba la mitad, hasta que, cansados de injuriarse, enarbolaban sus
palos.
Otra vez, el marqués hacía pregonar que el día de su santo daría una
peseta a todo cojo que se presentase en su casa. Circulaba la noticia
por todas partes y el patio del caserón llenábase de cojos de la ciudad
y del campo; unos apoyados en muletas, otros arrastrándose sobre las
manos como larvas humanas. Y al aparecer el marqués en un balcón,
rodeado de sus amigotes, abríase la puerta de la cuadra y salía bufando
con espumarajos de rabia un novillo, al que habían aguijoneado
previamente los criados. Los que realmente eran cojos, corrían hacia los
rincones, amontonándose, manoteando con la locura del miedo; y los
fingidos soltaban las muletas, y con cómica agilidad se encaramaban por
las rejas. El marqués y sus camaradas rieron como chiquillos, y Jerez
pasó mucho tiempo comentando la gracia del de San Dionisio y su habitual
generosidad, pues una vez vuelto el toro a la cuadra, distribuyó el
dinero a manos llenas entre los lisiados, verdaderos y falsos, para que
a todos les pasase el susto bebiendo algunas cañas a su salud.
El señor Fermín extrañábase de la indignación con que la hermana del
marqués acogía sus originalidades. ¡Un hombre así, no debía morirse
nunca!... Pero, al fin, murió. Murió cuando no le quedaba nada que
gastar; cuando los salones de su casa no tenían un mueble; cuando su
cuñado Dupont se negó de veras a hacerle nuevos préstamos, ofreciéndole
en su casa todo lo que quisiera, cuanto vino desease, pero sin la menor
cantidad de dinero.
Sus hijas, que eran casi unas mujeres y llamaban la atención por su
belleza picaresca y su desenfado, abandonaron el caserón paterno que
tenía mil dueños, ya que se lo disputaban todos los acreedores del de
San Dionisio, y fueron a vivir con su santa tía doña Elvira. La
presencia de estos adorables diablillos produjo una serie de disgustos
domésticos que amargaron los últimos años de don Pablo Dupont. Su esposa
no podía tolerar el desenfado de las sobrinas, y Pablo, el hijo mayor,
el favorito de la madre, apoyaba sus protestas contra aquellas parientas
que venían a turbar la tranquilidad de la casa, como si con ellas
trajesen un olor, un eco, de las costumbres del marqués.
--¿De qué te lamentas?--decía don Pablo aburrido.--¿No son tus sobrinas?
¿No son sangre tuya?...
Doña Elvira no podía quejarse de los últimos momentos de su hermano.
Había muerto como quien era: como un caballero cristiano, como una
persona decente. La enfermedad mortal le había sorprendido en una de sus
-juergas- rodeado de mujeres y mozos de valor. La sangre del primer
vómito se la habían limpiado las amigas con sus pañolones bordados de
chinos y rosas fantásticas. Pero al ver próxima la muerte y oír los
consejos de su hermana, que después de muchos años de ausencia se
decidía a entrar en su casa, quiso «dar buen ejemplo», irse del mundo
con la discreción que convenía a su rango. Y sacerdotes de todos hábitos
y reglas llegaron hasta su lecho, apartando al sentarse una guitarra o
una enagua olvidada; hablándole del cielo, en el que, seguramente, le
guardaban un sitio de preferencia por los méritos de sus mayores. Las
innumerables cofradías y hermandades de Jerez, en las cuales tenía el
alegre noble un cargo hereditario, acompañaron al Viático; y al morir,
su cadáver fue vestido de fraile, amontonándose sobre su pecho todas las
medallas que la señora de Dupont juzgó de más eficacia para que aquel
vividor no sufriese retraso ni entorpecimiento en su ascensión a la
gloria eterna.
Doña Elvira no podía quejarse de su hermano, que al fin había demostrado
su buena sangre en los últimos instantes; no podía quejarse de sus
sobrinas, pájaros inquietos que agitaban sus plumajes con cierta
insolencia, pero la acompañaban sin réplica a misas y novenas con una
graciosa gravedad, que daba ganas de comérselas a besos. Pero la
atormentaban el recuerdo del pasado del marqués y el atolondramiento que
mostraban sus hijas al hallarse en presencia de los jóvenes; sus voces y
gestos desgarrados, que eran como un eco de lo que habían oído en la
casa paterna.
A la noble señora le indignaba todo lo que pudiese alterar la armonía
majestuosa de su existencia y de su salón. Su mismo esposo era para ella
un motivo de disgusto por sus modales de hombre de trabajo, siempre
ansioso de descanso, y aquel desenfado grave y un tanto excéntrico que
había copiado de sus corresponsales de Inglaterra. Sólo sentía por él un
débil afecto semejante al que inspira un socio comercial. Estaba unida
a él por el interés común en favor de los hijos; por cierta gratitud al
ver que su trabajo aseguraba la riqueza de sus descendientes. En el hijo
mayor había concentrado toda la cantidad de amor de que era capaz su
alma austera y orgullosa.
--Es un Torreroel: es mi hijo; mío solamente. No tiene nada de los
Dupont.
Y con estas palabras reveladoras de una feroz alegría maternal, creía
librar a su hijo de un peligro; como si después de haber aceptado el
matrimonio con Dupont por su gran fortuna, le inspirase éste
repugnancia.
Pensaba con orgullo en los millones que tendrían sus hijos, y al mismo
tiempo despreciaba a los que los habían amasado. Recordaba mentalmente
con cierta vergüenza el origen de los Dupont, del que hablaban los más
viejos de Jerez al comentar su escandalosa fortuna. El primero de la
dinastía llegaba a la ciudad a principios del siglo, como un pordiosero,
para entrar al servicio de otro francés que había establecido una
bodega. Durante la guerra de la Independencia, el amo huía por miedo a
las cóleras populares, dejando toda su fortuna confiada al compatriota,
que era su servidor de confianza, y éste, en fuerza de dar gritos contra
su país y vitorear a Fernando VII, conseguía que le respetasen y hacía
prosperar los negocios de la bodega, que se acostumbraba a considerar
como suya. Cuando, terminada la guerra, volvía el verdadero dueño,
Dupont se negaba a reconocerle, alegándose a sí mismo, para tranquilidad
de la conciencia, que bien había ganado la propiedad de la casa haciendo
frente al peligro. Y el confiado francés, enfermo y agobiado por la
traición, desaparecía para siempre.
Los negocios de la bodega crecían y se desarrollaban con la fecundidad
beneficiosa que acompaña siempre a todo crimen hábil. Comenzaba la
carrera de honradez de los Dupont, gentes excelentes, con esa bondad de
los que no necesitan cometer una mala acción para que sus negocios
prosperen, ni ven puesta a prueba su virtud por la desgracia.
La noble doña Elvira, que hacía gala a cada momento de sus ilustres
ascendientes, sentía cierto escozor al recordar esta historia; pero
tranquilizábase pronto, pensando que una parte de la gran fortuna la
dedicaba a Dios con sus generosidades de devota.
La muerte de don Pablo fue para ella una solución. Sintiose más libre de
preocupaciones y remordimientos. Su hijo mayor acababa de casarse y
sería el dueño de la casa. Ya no era la fortuna de los Dupont, era de un
Torreroel, y con esto le parecía que se borraba su vergonzoso origen, y
que Dios protegería mejor los negocios de la casa. La aptitud comercial
de Pablo, sus iniciativas y, especialmente, la nueva destilación del
cognac, que hacía famoso el nombre de la bodega, parecían afirmar estas
preocupaciones de la buena señora. ¡Dupont, en el rótulo; pero Torreroel
en el alma! Su hijo le parecía un gran señor de otras épocas, de
aquellos que con toda su nobleza eran agricultores y servían a Dios
arado en mano. La industria serviría ahora para que afirmase su
importancia social aquel descendiente de virreyes y santos arzobispos.
El Señor bendeciría con su protección al cognac y las bodegas...
El capataz de Marchamalo sintió la muerte del amo más que toda la
familia. No lloró, pero su hija María de la Luz, que comenzaba a ser una
mocita, andaba tras él, animándolo para que saliese de su triste
marasmo, para que no pasase las horas sentado en la plazoleta con la
mandíbula entre las manos y la vista perdida en el horizonte,
desalentado y triste como un perro sin dueño.
Eran inútiles los consuelos de la niña. ¡Cualquier día olvidaba él a su
protector, al que le había sacado de la miseria! Aquel golpe era de los
de prueba: únicamente podía compararse al dolor que le produciría la
muerte de su héroe don Fernando. María de la Luz, para animarle, sacaba
del fondo de un armario alguna botella de las que se dejaban los
señoritos cuando iban a la viña, y el capataz miraba con ojos llorosos
el líquido dorado de la copa. Pero al llenar ésta por tercera o cuarta
vez, su tristeza tomaba un acento de dulce resignación:
--¡Lo que somos! Hoy tú... mañana yo.
Para continuar su fúnebre monólogo bebía con la calma del campesino
andaluz, que mira el vino como la mayor de las riquezas y lo huele y
examina, hasta que, a la media hora de este copeo solemne y refinado, su
pensamiento, saltando de un afecto a otro, abandonaba a Dupont para
fijarse en Salvatierra, comentando sus correrías y aventuras, siempre
propagando sus ideales de tal modo, que la mayor parte del tiempo la
pasaba en la cárcel.
No por esto olvidaba a su protector. ¡Ay, aquel don Pablo, cuánto bien
le había hecho! Por él, su hijo Fermín era un caballero. El viejo
Dupont, al ver la actividad que mostraba el muchacho en su escritorio,
donde había entrado como -zagal- para los recados, quiso ayudarle con su
protección. Fermín se había instruido aprovechando la presencia en Jerez
de Salvatierra. El revolucionario, al volver de su emigración en
Londres, ansioso de sol y de tranquilidad campestre, había ido a vivir
en Marchamalo, al lado de su amigo el capataz. Algunas veces, al entrar
el millonario en la viña, se encontraba con el rebelde hospedado en su
propiedad sin permiso alguno. El señor Fermín creía que, tratándose de
un hombre de tantos méritos, era innecesario solicitar la autorización
del amo. Dupont, por su parte, respetaba el carácter probo y bondadoso
del agitador, y su egoísmo de hombre de negocios le aconsejaba la
benevolencia. ¡Quién sabe si aquellas gentes volverían a mandar el día
menos pensado!...
El millonario y el caudillo de los pobres se estrechaban tranquilamente
la mano después de tantos años de no verse, como si nada hubiese
ocurrido.
--¡Hola, Salvatierra!... Me han dicho que es usted el maestro de
Ferminillo. ¿Cómo va ese discípulo?
Ferminillo progresaba rápidamente. Muchas noches no quería quedarse en
Jerez, y emprendía una marcha de más de una hora para ir a la viña en
busca de las lecciones de don Fernando. Los domingos dedicábalos por
entero a su maestro, al que adoraba con una pasión igual a la de su
padre.
El señor Fermín no supo si fue por consejo de don Fernando o por propia
iniciativa del amo; pero lo cierto era que éste, con el acento imperioso
que empleaba para hacer el bien, manifestó su deseo de que Ferminillo
fuese a Londres a expensas de la casa, para pasar una larga temporada en
la sucursal que tenía en Collins-Street.
Ferminillo marchó a Londres, y al escribir, de vez en cuando, mostrábase
satisfecho de su vida. El capataz auguraba a su hijo un brillante
porvenir. Vendría de allá sabiendo más que todos los señores que
plumeaban en el escritorio de Dupont. Además, Salvatierra le había dado
cartas para los amigos que tenía en Londres, todos polacos, rusos e
italianos, refugiados allí porque en su tierra les querían mal;
personajes que eran considerados por el capataz como seres poderosos
cuya protección envolvería a su hijo mientras viviese.
Pero el señor Fermín se aburría en su retiro, sin poder hablar más que
con los viñadores, que le trataban con cierta reserva, o con su hija,
que prometía ser una buena moza, y sólo pensaba en el arreglo y
admiración de su persona. La muchacha se dormía por las noches apenas
deletreaba él a la luz del candil alguno de los folletos de la buena
época, los renglones cortos de Barcia, que le entusiasmaban como una
resurrección de su juventud. De tarde en tarde se presentaba don Pablo
el joven, que dirigía la gran casa Dupont, dejando que sus hermanos
menores se divirtiesen en la sucursal de Londres, o doña Elvira con sus
sobrinas, cuyos noviazgos llevaban revuelta a toda la juventud de Jerez.
La viña parecía otra, más silenciosa, más triste. Los chicuelos que
corrían por ella en pasados tiempos tenían ahora otras preocupaciones.
Hasta la casa de Marchamalo había envejecido tristemente; se agrietaba
su vetustez de ruda construcción, que contaba más de un siglo. El
impetuoso don Pablo, en su fiebre de innovaciones, hablaba de echarla
abajo y levantar algo grandioso y señorial, que fuese como el castillo
de los Dupont, príncipes de la industria.
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