Transcurrió otro mes. Una tarde, al asomar María de la Luz a la puerta
de su casa, creyó caer al suelo desvanecida. Le temblaron las piernas,
le zumbaron los oídos; toda su sangre pareció afluir a su rostro en
ardiente oleada y retirarse después, dejándolo de una palidez verdosa...
Rafael estaba allí, envuelto en su manta, como si la esperase. Ella
intentó huir, refugiarse en lo más apartado de la casucha.
--¡María de la Lú!... ¡Mariquilla!...
Era el mismo acento dulce y suplicante que al verse en la reja, y sin
saber cómo, volvió ella sobre sus pasos, acercándose tímidamente,
fijando su mirada lacrimosa en los ojos de su antiguo novio.
También él estaba triste. Una gravedad melancólica parecía darle cierta
elegancia, afinando su áspero exterior de hombre de lucha.
--María de la Lú--murmuró.--Dos palabritas na más. Tú me quieres y yo te
quiero. ¿Pa qué pasarnos el resto de la vida rabiando, como unos
infelices?... Hasta hace poco, era tan bruto que al verte me hubieran
dao tentaciones de matarte. Pero he hablado con don Fernando y me ha
convencío con su sabiduría. Esto se acabó.
Y lo afirmaba con un gesto de energía. Se acababa la separación, se
acababan los celos estúpidos a un miserable que no había de resucitar y
al que ella no había querido; se acababa el rencor por una desgracia de
la que no tenía culpa alguna.
Huirían de allí. Despreciaba a aquella tierra tan profundamente, que no
quería ni hacerla daño. Abandonarla era lo mejor; poner entre ella y
ellos muchas leguas de tierra, muchas leguas de agua. La distancia
borraría los malos recuerdos. No viendo la ciudad, no viendo sus campos,
olvidarían por completo las tristezas que allí habían sufrido.
Irían en busca de Fermín. Él tenía dinero para el viaje de todos. Los
últimos contrabandos habían sido -gordos-; una locura, que asombraba por
su audacia a los del oficio: recuas interminables pasando por los
caminos de la sierra, al amparo de su escopeta. No le habían matado, y
su buena suerte le daba nuevos ánimos para emprender el largo viaje que
cambiaría su existencia.
Conocía aquel mundo joven, y a él irían, su compañera, su padrino y él.
Don Fernando le había descrito aquel paraíso. Bandas infinitas de
caballos salvajes, que esperaban las piernas educadoras del jinete;
extensiones inmensas de tierra sin dueño, sin tirano, aguardando la mano
del hombre para expeler la vida que germinaba en sus entrañas. ¡Qué
Edén mejor para un campesino animoso y fuerte, esclavo hasta entonces en
cuerpo y alma de los que no trabajan!...
Irían a ser libres y felices en plena Naturaleza, allí donde el
salvajismo y la soledad habían guardado un pedazo de mundo limpio de los
crímenes de la civilización, del egoísmo de los hombres; donde todo era
de todos, sin otro privilegio que el del trabajo; donde la tierra era
pura como el aire y el sol y no había sido deshonrada por el monopolio,
ni despedazada y envilecida por el grito de «Esto es mío... y los demás
que perezcan de hambre.»
Y esta vida salvaje, pero libre y dichosa, reharía con el olvido la
virginidad de sus almas. Serían seres nuevos, inocentes y laboriosos,
como si acabasen de nacer del limo de la tierra. El abuelo cerraría sus
ojos mirando al sol, con la tranquilidad del que cumple su deber
volviendo a la tierra de donde surgió; ellos los cerrarían también,
cuando les llegase su hora, amándose hasta el último momento, y sobre
sus sepulturas continuarían la obra de trabajo y libertad sus hijos y
sus nietos, más felices que ellos, desconocedores de las crueldades del
mundo antiguo, pensando en los ricos ociosos y en los señores crueles,
como piensan los niños en los monstruos y los ogros de los cuentos.
María de la Luz le escuchaba conmovida. ¡Huir de allí! ¡Dejar a la
espalda tantos recuerdos!... De vivir el miserable que había causado la
ruina de su familia, persistiría en su testarudez de mujer simple. Ella
no podía ser de otro que de aquel que había robado su virginidad. Pero
ya que el ladrón había muerto, y Rafael, a quien no quería engañar,
aceptaba generosamente la situación, perdonándola a ella, lo aceptaba
todo... Sí; huirían de allí, ¡cuanto antes!...
El mocetón siguió exponiendo sus planes. Don Fernando se encargaba de
convencer al viejo; además, le daría cartas para sus amigos de América.
Antes de quince días se embarcarían en Cádiz. ¡Huir, huir cuanto antes
de una tierra de patíbulos, donde los fusiles tenían la misión de
aplacar el hambre, y los ricos le tomaban al pobre la vida, la honra y
la felicidad!...
--Cuando lleguemos--continuaba Rafael--serás mi mujer. Repetiremos
nuestras pláticas de la reja. Mejor aún. Extremaré mi cariño pa que no
creas que queda en mí ningún recuerdo amargo. Todo pasó. Don Fernando
tié razón. Las vergüenzas del cuerpo representan muy poco... El amor es
lo que importa; lo demás son preocupaciones de animales. ¿Tu corazoncito
es mío? pues ya lo tengo todo... ¡María de la Lú! ¡Compañerita del arma!
Vamos a marchar de cara al sol: ahora nacemos de veras; hoy empieza
nuestro amor. Deja que te bese por primera vez en mi vida. Abrázame,
compañera: que vea yo que eres mía, que serás el sostén de mi fuerza,
mi apoyo cuando empiece la lucha allá abajo...
Y los dos jóvenes se abrazaron en la entrada de la casucha, juntando sus
bocas sin ningún estremecimiento de pasión carnal, manteniéndose largo
rato unidos, como si despreciasen el escándalo de las gentes, como si
con su amor desafiaran los aspavientos de un mundo viejo que iban a
abandonar.
* * * * *
Salvatierra acompañó en Cádiz hasta la escala del trasatlántico a su
camarada, el señor Fermín, que partía para el nuevo mundo, con Rafael y
María de la Luz.
¡Salud! Ya no volverían a verse. El mundo es demasiado grande para los
pobres, siempre inmovilizados en el mismo sitio por las raíces de la
necesidad.
Salvatierra sintió saltársele las lágrimas. Todas sus amistades, los
recuerdos de su pasado, desvanecíanse esparcidos por la muerte o la
desgracia. Se quedaba solo en medio de un pueblo, al que había intentado
libertar y que ya no le conocía. Las nuevas generaciones le miraban como
un loco que inspiraba cierto interés por su ascetismo; pero no entendían
sus palabras.
A los pocos días de la partida de estos amigos, abandonó su retiro de
Cádiz para ir a Jerez. Le llamaba un moribundo, un camarada de los
buenos tiempos.
El señor -Matacardillos-, el dueño del ventorro del Grajo, se moría
definitivamente. Su familia imploraba la visita del revolucionario,
viendo en su presencia un último rayo de alegría para el enfermo. «Ahora
va de veras, don Fernando», escribíanle los hijos. Y don Fernando fue a
Jerez, y emprendió a pie el camino de Matanzuela, aquel camino que había
seguido de noche, en diversa dirección, tras el cadáver de una gitana.
Cuando llegó al ventorro supo que su amigo había muerto algunas horas
antes.
Era un domingo por la tarde. Adentro, en la única habitación de la
choza, estaba tendido sobre un pobre lecho el cadáver hinchado, sin otra
compañía que las moscas, que revoloteaban sobre su rostro violáceo.
Afuera, la viuda y los hijos, con la resignación de una desgracia
luengamente esperada, medían copas y atendían a los parroquianos
sentados en las inmediaciones del ventorrillo.
Los gañanes de Matanzuela bebían, formando un gran corro. Don Fernando,
de pie en la puerta de la choza, contemplaba la vasta llanura, sin un
hombre, sin una bestia, con la monótona soledad del domingo.
Sentíase solo, completamente solo. Acababa de perder el último de los
camaradas de su juventud revolucionaria. De todos los que habían
disparado en la sierra y afrontado la muerte o el presidio por el
romanticismo de la revolución, no quedaba ninguno a su lado. Unos huían
en desesperada carrera al otro lado del mar, espoleados por la miseria;
otros se pudrían en el seno de la tierra sin el consuelo de haber visto
la Justicia y la Igualdad imperando sobre los hombres.
¡Qué de esfuerzos inútiles! ¡Cuántos sacrificios estériles!... ¡Y la
herencia de tanto trabajo parecía perderse para siempre! Las nuevas
generaciones desconocían a los viejos, se negaban a recibir de sus
brazos, fatigados y débiles, el fardo de odios y esperanzas.
Salvatierra miraba con tristeza al grupo de los trabajadores. No le
conocían o fingían no conocerle. Ni una sola mirada se había fijado en
él.
Hablaban de la gran tragedia, que aún parecía tener bajo su lúgubre peso
a la gente de Jerez: de la ejecución de los cinco jornaleros por la
entrada nocturna en la ciudad. Pero hablaban apaciblemente, sin pasión,
sin odio, como si estas ejecuciones fuesen las de unos bandidos famosos
rodeados del aura populachera.
Sólo mostraban alguna vehemencia al apreciar el valor con que habían
muerto, el gesto que les acompañó al patíbulo. Juanón y el de Trebujena
habían marchado al palo como lo que eran: como hombres incapaces de
miedo ni de fanfarronadas. Los otros dos asesinos habían muerto como
unos brutos. Y el recuerdo del pobre -Maestrico- casi les dos reales;
sino dos reales y medio, y atribuían este aumento a su sumisión y
disciplina. «Siendo buenos, sacaréis más que a las malas», les habían
dicho. Y ellos lo repetían, pensando con desprecio en los malvados
alborotadores que intentaban arrastrarlos a la rebeldía. Siendo
obedientes y humildes, tal vez llegasen, con el tiempo, a cobrar tres
reales. ¡Una verdadera felicidad!...
El cortijo Matanzuela lo miraban como un paraíso. El caritativo Dupont
era de una generosidad inaudita. Cuidaba de que los braceros oyesen misa
los domingos; y de mes en mes, organizaba comuniones para los gañanes.
Los que en días de holganza no iban a sus casas, quedándose en el
cortijo para seguir las pláticas religiosas de un sacerdote enviado de
Jerez, tenían por la tarde, en el ventorro, unas cuantas copas pagadas
por el amo.
Dupont era un creyente -moderno-, como él decía. Todos los caminos
resultaban buenos para llegar a la conquista de las almas.
Y los gañanes, según confesión de -Zarandilla-, «se dejaban querer»,
rezaban y bebían, fisgándose un tanto del amo con burlona gravedad, y
llamándole «primo».
La larga permanencia de -Zarandilla- al lado de Salvatierra, y la
curiosidad que éste inspiraba, acabaron por vencer el apartamiento de
los gañanes. Algunos se aproximaron, y poco a poco fue formándose un
corro en torno del rebelde.
Uno de los más viejos le habló con tono socarrón. Si don Fernando corría
el campo para soltar soflamas como en otra época, perdía el tiempo. La
gente estaba escamada: era como el gato escaldado del refrán. Y no es
que los gañanes estuvieran bien. Se iba viviendo, pero peor estaban los
pobres a los que habían ajusticiado en Jerez.
--Los viejos--continuó aquel filósofo rústico--aún le tenemos cierto
aquel a su mercé y a los de su época. Sabemos que no se han hecho ricos
con sus sermones como muchos otros: sabemos que han padecío y se las han
tragao de muy duras... Pero mire su mercé a los chavales.
Y señalaba a los que se habían quedado sentados sin aproximarse a
Salvatierra; todos jóvenes. De vez en cuando miraban al revolucionario
con ojos insolentes. «¡Un tío embustero, como todos los que se
presentaban en busca de los trabajadores! Los que habían seguido sus
doctrinas pudrían tierra en el cementerio, y él estaba allí... Menos
sermones y más trigo...» Ellos eran listos, habían visto lo suficiente
para enterarse y estaban con el que daba. El verdadero amigo de los
pobres era el amo con su jornal; y si encima daba vino, mejor que mejor.
Además, ¿qué podía importarle la suerte de los trabajadores a aquel tío
que vestía de señor, aunque raído como un pordiosero, y no tenía callos
en las manos? Lo que deseaba era vivir a costa de ellos; un falsario
como tantos otros.
Salvatierra adivinaba estos pensamientos en los ojos hostiles.
La voz del viejo rústico seguía acosándole con su socarrona filosofía.
--¿Por qué ha de tomarse su mercé esos fríos y calores por lo que les
pasa a los pobres, don Fernando? Déjelos: si ellos están contentos, su
mercé también. Además, todos estamos escarmentaos. Con los de arriba no
se puede. Su mercé, que sabe tanto, vea de conquistar a la guardia
civil, tráigasela a su idea, y cuando se presente al frente de los
tricornios, pierda cuidao, que todos le seguiremos.
El viejo llenó un vaso de vino y se lo presentó a Salvatierra.
--Beba su mercé, y no se haga mala sangre queriendo arreglar lo que no
tiene arreglo. En el mundo no hay de verdá más que eso. Los amigos, unos
falsos; la familia... buena pa comérsela con patatas. Todas esas cosas
de rivoluciones y repartos, mentiras, palabras pa engañar a los pimplis.
Esto es la única verdá, ¡el vino!: de trago en trago nos lleva
entretenidos y alegres hasta la muerte. Beba, don Fernando; se lo
ofrezco porque es nuestro, porque nos lo hemos ganado. Es barato: sólo
cuesta una misa.
Salvatierra, el impasible, se estremeció con un arrebato de cólera.
Sintió impulsos de repeler el vaso, de estrellarlo contra el suelo.
Maldijo la pócima de oro, el demonio alcohólico que extendía sus alas
de ámbar sobre aquel rebaño embrutecido, esclavizando su voluntad,
infundiéndole la servidumbre del crimen, de la locura, de la cobardía.
Ellos, arañando la tierra, sudando en sus surcos, dejando en sus
entrañas lo mejor de su existencia, producían este líquido de oro; y los
poderosos se valían de él para embriagarlos, para mantenerles como
encantados en una falsa alegría.
Eran los esclavos más infelices de la historia; ellos mismos trenzaban
el látigo que les tenía sometidos, ellos forjaban la cadena que les
mantenía amarrados; hambrientos, con el hambre prolongada de una
alimentación engañosa, falsamente alegres con la alegría enfermiza de la
embriaguez.
¡Y reían! ¡Y le aconsejaban la sumisión, burlándose de sus esfuerzos
generosos, alabando a sus opresores!... ¿Pero es que la esclavitud había
de ser eterna? ¿Las aspiraciones humanas iban a detenerse para siempre
en esta momentánea alegría de bruto satisfecho?
Salvatierra sintió que se desvanecía su cólera; que la esperanza y la fe
volvían a él.
Comenzaba a caer la tarde; llegaba la noche, como precursora de un nuevo
día. También el crepúsculo de las aspiraciones humanas era momentáneo.
La Justicia y la Libertad dormitaban en la conciencia de todo hombre.
Ellas despertarían.
Más allá de los campos estaban las ciudades, las grandes aglomeraciones
de la civilización moderna, y en ellas otros rebaños de desesperados,
de tristes, pero que repelían el falso consuelo del vino, que bañaban
sus almas nacientes en la aurora de un nuevo día, que sentían sobre sus
cabezas los primeros rayos del sol, mientras el resto del mundo
permanecía en la sombra. Ellos serían los elegidos; y mientras el
rústico permanecía en el campo, con la resignada gravedad del buey, el
desheredado de la ciudad despertábase, poníase en pie, para seguir al
único amigo de los miserables y los hambrientos, al que atraviesa la
historia de todas las religiones, insultado con el nombre de Demonio, y
ahora, despojándose de los grotescos adornos que le da la tradición,
deslumbra a unos y asombra a otros con la más soberbia de las
hermosuras, la hermosura de Luzbel, ángel de luz, y se llama Rebeldía...
Rebeldía Social.
FIN
Madrid, Diciembre 1904-Febrero 1905.
* * * * *
OBRAS DEL MISMO AUTOR
NOVELAS
Arroz y tartana.
Flor de Mayo.
La Barraca.
Sónnica la cortesana.
Entre naranjos.
Cañas y barro.
La Catedral.
El Intruso.
CUENTOS
Cuentos valencianos.
La Condenada.
VIAJES
En el país del Arte (-Tres meses en Italia-).
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