lejos. Deseaba hablar cuanto antes para salir de su angustiosa
incertidumbre. Pero el hermano se resistía a iniciar la conversación
mientras pisasen aquella tierra sometida a la vigilancia de su padre.
Se detuvieron en la cerca de chumberas, junto a una gran brecha que
dejaba ver un copudo olivar, tras cuyo ramaje descendía el sol.
Fermín hizo que su hermana se sentara en el ribazo, y plantándose ante
ella, dijo con dulce sonrisa para animarla a la confianza:
--Vamos a ver, loquilla: vas a decirme por qué has roto con Rafael; por
qué le has despedido como si fuese un perro, causándole tal pena que el
pobre parece que va a morir.
María de la Luz pareció echar a broma el asunto, pero estaba pálida y su
risa tenía la crispación de una mueca triste.
--Porque no le quiero: porque me he cansao de él, ¡ea! Es un soso que me
aburre. ¿No soy yo dueña de querer al hombre que me guste?...
Fermín la habló como a una niña revoltosa. Estaba mintiendo: se lo
conocía en la cara. No podía ocultar que seguía amando a Rafael. Algo
había en todo aquello, que era preciso que él conociera para bien de los
dos novios, para juntarlos de nuevo. ¡Mentira aquel aburrimiento!
¡Mentira aquella energía de moza bravucona con que se expresaba
Mariquita al justificar su rompimiento con Rafael! Ella no era mala; no
podía tratar con tanta crueldad a su antiguo novio. ¡Qué! ¿así se rompen
unos amores comenzados casi en la infancia? ¿Así se despide a un hombre
después de haberlo tenido durante años y años, como quien dice, cosido a
las faldas? Algo había en su conducta que no podía explicarse, y era
preciso que ella se lo dijese. ¿No era su hermano único y el mejor de
sus amigos? ¿No le contaba todas las cosas que no se atrevía a decir al
padre, por el respeto que éste le inspiraba?...
Pero la muchacha se mostró insensible al tono acariciador y persuasivo
de su hermano.
--No hay nada de eso--repuso enérgicamente, irguiendo su busto como si
fuese a levantarse.--Todo son invenciones tuyas. No hay más, que estoy
cansada de noviazgos, que no quiero hombre, que pienso pasarme la vida
al lado de padre y de ti. ¿Con quién mejor que con vosotros? ¡Se
acabaron los novios!
El hermano acogía estas palabras con un gesto de incredulidad. ¡Mentira
otra vez! ¿Por qué se cansaba de pronto del hombre al que tanto había
querido? ¿Qué causa poderosa había deshecho con tanta rapidez su
amor?... ¡Ah Mariquita! Él no era tan bobo que se tragase unas excusas
faltas de sentido.
Y como la muchacha, para ocultar su turbación levantase la voz,
repitiendo enérgicamente que era dueña de su voluntad y podía hacer lo
que fuese de su gusto, Fermín comenzó a irritarse.
--¡Ah, mocita falsa! ¡Alma dura! ¡Corazón de canto! ¿Crees tú que a un
hombre se le deja cuando a una le parece, después de haberle entretenido
años enteros junto a la reja, enloqueciéndolo con palabritas de miel,
afirmando que se le quiere más que a la vida? Por mucho menos les han
partido a algunas el corazón de una puñalada... Grita: repite que harás
lo que te dé la gana: yo pienso en aquel infeliz que, mientras tú hablas
como una arrastrá, el pobrecito anda por ahí hecho una lástima, llorando
como un chiquillo, a pesar de que es el hombre más hombre de todo el
campo de Jerez. Y eso por ti... ¡por ti, que te portas peor que una
gitana! ¡por ti, veleta!...
Exaltándose a impulsos de su ira, hablaba de la tristeza de Rafael, del
gesto lloroso con que había implorado su auxilio, de la angustia con que
aguardaba el resultado de su mediación. Pero no pudo hablar más. María
de la Luz, pasando repentinamente de la resistencia al desaliento,
rompió a llorar, aumentándose sus gemidos y sus lágrimas conforme
avanzaba Fermín en el relato de la desesperación amorosa del novio.
--¡Ay, pobrecito!--gemía la muchacha, olvidando todo disimulo.--¡Ay, mi
Rafael de mi arma!...
Se dulcificó la voz del hermano.
--Le quieres, ¿no lo ves? le quieres. Tú misma te delatas. ¿Por qué
hacerle sufrir? ¿Por qué esa testarudez, que a él le desespera y a ti te
hace llorar?
Y el muchacho, inclinándose sobre su hermana, la envolvía en sus ruegos
o la empujaba los hombros con violencia, presintiendo la gravedad del
secreto que ocultaba Mariquita y que él a todo trance quería conocer.
Callaba la muchacha. Gemía oyendo a su hermano, como si cada una de sus
palabras penetrase en su alma, crispándola con el dolor de las heridas
desgarradas; pero no abría su boca: temía decir demasiado y únicamente
lloraba, poblando de lamentos el silencio de la tarde.
--Habla--gritaba imperiosamente Fermín.--Di algo. Tú quieres a Rafael;
le quieres tal vez más que antes. ¿Por qué te separas de él? ¿Por qué le
despides? Esto es lo que me interesa; tu silencio me da miedo. ¿Por qué?
¿por qué? Habla, mujer; habla, o creo que te mato.
Y empujaba rudamente a María de la Luz, la cual, como si no pudiera
sostenerse bajo el peso de la emoción, se había tendido en el ribazo,
con la cara entre las manos.
Comenzaba a ocultarse el sol. Se veía el disco de color de cereza,
detrás de las ramas del olivar, como al través de una celosía negra. Sus
últimos rayos, a ras de tierra, coloreaban con un resplandor anaranjado
la columnata de troncos de los olivos, las marañas de plantas de la
tierra, las curvas del cuerpo de la moza tendido en el suelo. La
punzante película de las chumberas erizábase como una epidermis
luminosa.
--Habla, Mariquita--rugía la voz de Fermín.--Di por qué haces eso. ¡Dilo
por tu vida! ¡Mira que me vuelves loco! ¡Díselo a tu hermano, a tu
Fermín!
La voz de la muchacha salió tenue, vergonzosa, lejana, de aquel bulto
tendido.
--No le quiero... porque le quiero mucho. No puedo quererle, porque le
amo demasiado para hacerle infeliz.
Y cual si tras estas palabras confusas cobrase ánimos, Mariquita se
irguió, mirando fijamente a Fermín con sus ojos llenos de lágrimas.
Podía pegarla, podía matarla; pero ella no volvería a hablar con Rafael.
Había jurado que si se consideraba indigna de él, le abandonaría, aunque
con esto destrozase su alma. Era un crimen premiar aquel amor tan
intenso introduciendo en su futura existencia algo que pudiese afrentar
a Rafael, tan bueno, tan noble, tan amoroso.
Se hizo un largo silencio.
El sol había desaparecido. Ahora el negro ramaje del olivar se destacaba
sobre un cielo de color de violeta, con una leve franja de oro a ras del
horizonte.
Fermín callaba, como si le aterrase el contacto de la verdad misterioso,
cuyo roce creía ya sentir.
--Según eso--dijo con una calma solemne,--tú te consideras indigna de
Rafael. Huyes porque hay algo en tu vida que puede avergonzarle, hacerle
infeliz.
--Sí--contestó ella sin bajar los ojos.
--¿Y qué es ello? Habla: creo que un hermano debe saberlo.
María de la Luz volvió a ocultar su cabeza entre los manos. Nunca: no
hablaría: bastante llevaba dicho. Era un tormento superior a sus
fuerzas. Si Fermín la quería un poco; debía respetar su silencio,
dejarla en paz, que harto lo necesitaba. Y el estertor de sus lloros,
rasgó de nuevo la calma del crepúsculo.
Montenegro mostrábase tan desalentado como su hermana. Después de sus
arrebatos de indignación, sentíase débil, reblandecido, anonadado por
aquel misterio, que sólo había podido columbrar. Hablaba con dulzura,
con humildad, recordando a la joven el estrecho cariño que unía sus
vidas.
No habían conocido a su madre, y Fermín ocupó para la pequeña el vacío
que dejó al morir aquella mujer, cuyo rostro, bondadoso y triste, apenas
si recordaban. ¿Cuántas veces, a la edad en que otros muchachos se
duermen en un regazo tibio, había hecho de madre para ella, meciéndola
muerto de sueño, sufriendo sus llantos y sus manotones? ¿Cuántas veces,
en la época de miseria, cuando el padre no tenía trabajo, había sofocado
su hambre para darla el mendrugo que le regalaban otros chicos,
compañeros de sus juegos?... Cuando ella sufrió las enfermedades de la
infancia, su hermano, que apenas pasaba la cabeza del borde de la cama,
la había velado, había dormido con ella sin miedo a la infección. Eran
más que hermanos: la mitad de su vida la habían pasado juntos, en
contacto desde los pies a la frente, mezclando sus alientos,
confundiendo sus sudores. Cada uno de ellos no sabía lo que en su
cuerpo era suyo o asimilado del otro.
Después, al ser mayores, este amor fraternal soldado por las penas de
una infancia triste, se había agrandado. Él no pensaba en casarse, como
si su misión en el mundo fuese vivir al lado de su hermana, viéndola
feliz con un hombre bueno y noble como Rafael, dedicando toda su vida a
los hijos que ella tuviese... Para Fermín no guardaba secretos
Mariquita. Corría a él, en los momentos de duda, antes que al padre...
¡Y ahora, la ingrata, como si de repente se endureciese su alma, dejaba
impasible que él sufriese, sin revelar aquel misterio de su vida!
--¡Ah, mal corazón! ¡Mala hermana!... ¡Y cuán poco te conocía!
Estos reproches de Fermín, dichos con voz entrecortada, como si fuese a
llorar, causaron más efecto en María que las amenazas y violencias de
antes.
--Fermín... quería ser muda para que no sufrieses; porque sé que la
verdad te hará daño. ¡Ay, Jesús mío! ¡Destrozarles el alma a los dos
hombres que más quiero!...
Pero ya que el hermano lo exigía, a él se confiaba, y fuese lo que Dios
quisiera... Se había erguido otra vez y hablaba, sin un gesto, sin mover
apenas los labios, con la mirada perdida en el horizonte, cual si
estuviera soñando y relatase la historia de otra persona.
Comenzaba a anochecer y a Fermín le pareció que toda la sombra del
crepúsculo se le metía dentro del cráneo, nublando su pensamiento,
entorpeciéndolo con dolorosa somnolencia. Un frío intenso y paralizador,
un frío de sepultura, arañaba su espalda. Era la brisa ligera de la
noche, pero a Fermín le pareció un viento de hielo, una tromba glacial
que venía desde el Polo para él, sólo para él.
María de la Luz seguía hablando impasible, como si relatase la desgracia
de otra mujer. Sus palabras evocaban rápidas imágenes en el pensamiento
del hermano. Todo lo veía Fermín: la embriaguez general de la última
noche de la vendimia, la borrachera de la moza, su desplome como un
cuerpo inerte en el rincón de los lagares, y después la llegada del
señorito para aprovecharse de la caída.
--¡El vino! ¡El mardito vino!--decía María de la Luz con expresión de
cólera, haciendo al líquido de oro responsable de su desgracia.
--Sí, el vino--repetía Fermín.
Y con el pensamiento evocaba a Salvatierra, recordando sus anatemas a la
maléfica divinidad que regulaba todas las acciones y los afectos de un
pueblo esclavizado por ella.
Después, las palabras de su hermana le hacían ver el horroroso despertar
al desvanecerse el triste engaño de la embriaguez, la indignación con
que repelía a un hombre, al que no amaba, y que aún le parecía más
antipático luego de su fácil victoria.
Todo había acabado para María de la Luz. Harto lo demostraba la firmeza
de sus palabras. Ya no podía ser del hombre amado. Debía mostrarse
cruel, fingir despego, hacerle sufrir como una moza casquivana, antes
que decirle la verdad.
Imperaba en ella esa preocupación de la hembra vulgar que confunde el
amor con la virginidad física. Una mujer sólo podía ser esposa del
hombre al que llevase como tributo de sumisión, la integridad de su
cuerpo. Ella debía ser como su madre, como todas las buenas mujeres que
conocía. La virginidad de la carne era tan importante como el amor; y
cuando se perdía, aunque fuese por un azar, sin voluntad alguna, había
que resignarse, doblar la cabeza, decir adiós a la dicha y seguir el
camino de la vida, sola y triste, mientras el amante infeliz se alejaba
por otro lado buscando una nueva urna de amor cerrada e intacta.
Para María de la Luz el mal era irremediable. Amaba a Rafael; la
desesperación del muchacho aumentaba su apasionamiento; pero jamás
volvería a hablarle. Se resignaba a que la tuviesen por cruel antes que
engañar al hombre amado. ¿Qué decía Fermín a esto? ¿No debía ella
repeler a su novio, aunque esto la destrozase el alma?...
Fermín permanecía silencioso, la barba en el pecho y los ojos cerrados,
con la inmovilidad de la muerte. Parecía un cadáver en pie. De pronto,
despertó la fiera humana que se encabrita y ruge ante la desgracia.
--¡Ah, perra descastada!--bramó.--¡Mala piel! ¡....!
Y el supremo insulto a la virtud femenil salió de sus labios disparado
contra María de la Luz. Avanzó un paso, con la mirada extraviada y el
puño en alto. La muchacha, como si la penosa revelación la hubiese
sumido en la insensibilidad de los imbéciles, no cerró los ojos, no
movió la cabeza para evitar el golpe.
La mano de Fermín volvió a caer sin rozarla. Fue un relámpago de
ferocidad; nada más. Montenegro se reconocía sin derecho para castigar a
su hermana. En las nieblas de color de sangre que pasaban ante sus ojos,
creyó ver el brillo de las gafas azules de Salvatierra, su sonrisa fría
de inmensa bondad. ¿Qué haría el maestro de estar allí?... Perdonar,
indudablemente: envolver a la víctima en la conmiseración sin límites
que le inspiraban los pecados de los débiles. Además, estaba el vino
como principal culpable: el veneno de oro, el diablo de color de ámbar,
esparciendo con su perfume la locura y el crimen.
Fermín permaneció silencioso largo rato.
--De todo esto--dijo al fin--ni una palabra al padre. El pobre viejo
moriría.
Mariquita hizo un gesto de asentimiento.
--Si te encontraras con Rafael--continuó,--ni una palabra tampoco. Le
conozco: el pobre mozo iría a presidio por tu culpa.
La advertencia era inútil. Para evitar la venganza de Rafael, había
mentido ella, fingiendo sus crueles desvíos.
Fermín continuó hablando con tono sombrío, pero imperiosamente, sin
admitir réplica. Ella se casaría con Luis Dupont... ¿Que le aborrecía?
¿Que había huido de él después de aquella noche horrible?... Pues esta
era la única solución. Con la honra de su familia ningún señorito jugaba
impunemente. Si no le quería por amor, le toleraría por deber. El mismo
Luis iría a buscarla, a pedirla la mano.
--¡Le odio! ¡Le aborrezco!--decía Mariquita.--¡Que no venga! ¡No quiero
verle!...
Pero sus protestas se estrellaron ante la firmeza del hermano. Ella
podía mandar en sus afectos, pero por encima estaba el honor de su casa.
Quedar soltera, ocultando su deshonra, con el triste consuelo de no
haber engañado a Rafael, podía satisfacerla. ¿Pero y él, que era su
hermano? ¿Cómo podría vivir, viendo a todas horas a Luis Dupont, sin
exigirle una reparación por su ultraje, pensando que el señorito se reía
interiormente de su hazaña, al encararse con él?...
--A callar, Mariquita--dijo con dureza.--A callar, y ser obediente. Ya
que como mujer no has sabido guardarte, deja que tu hermano defienda la
honra de la familia.
Había cerrado la noche y los dos hermanos emprendieron cuesta arriba el
regreso a su casa. Fue una ascensión lenta, penosa, temblándoles las
piernas, zumbándoles los oídos, jadeando sus pechos, como si les
aplastase un peso enorme. Parecíales que llevaban en hombros un muerto
gigantesco, algo que había de pesar sobre el resto de su existencia.
Los hermanos pasaron mal la noche. Durante la velada sufrieron el
tormento de tener que sonreír al pobre padre, de seguir su conversación
sobre los sucesos que se preparaban para el día siguiente, de manifestar
Fermín sus opiniones acerca de la asamblea de los rebeldes en los llanos
de Caulina.
El joven no pudo dormir. Adivinaba, al otro lado del tabique, el
insomnio de Mariquita; oía el continuo revólver de su cuerpo en la cama,
prorrumpiendo en suspiros dolorosos.
Poco después del alba, Fermín salió de Marchamalo, dirigiéndose a Jerez
sin despedirse de su familia. Al bajar a la carretera, lo primero que
vio junto al ventorro fue a Rafael, sobre su jaca, plantado en medio del
camino, como un centauro.
--Cuando tan pronto vienes, algo güeno ties que dicirme--exclamó el
mocetón con una confianza cándida que a Fermín casi le arrancó
lágrimas.--Suelta por esa boca, Ferminillo mío, ¿qué resultao traes de
tu embajada?...
Montenegro tuvo que hacer un esfuerzo violento para mentir, ocultando
con vagas palabras su turbación.
El asunto marchaba así, así; no del todo mal. Podía estar tranquilo:
caprichitos de mujer sin fundamento alguno. El insistiría para que todo
se arreglase. Lo importante era que Mariquita le quería lo mismo que
antes. Podía estar seguro de esto.
¡Qué cara de angelote, radiante y gozoso, la del mocetón!...
--Anda, Ferminillo: súbete en las ancas, ¡salao! ¡gracioso! que te voy a
llevar a Jerez en un decir Jesú. Tienes más talento y más labia, y más
aquel en la mollera, que toos los abogaos juntos de Cáiz, de Sevilla y
hasta de Madrí... ¡Si sabría yo a qué aldabilla me agarraba cuando
busqué a mi niño!...
La jaca iba al galope, espoleada por el aperador. Éste necesitaba
correr, aspirar el aire con violencia, cantar para dar salida a la
alegría, mientras Fermín, a sus espaldas, casi lloraba, viendo la
alegría del inocente, escuchando las coplas que dedicaba a la -gachí-,
como si la tuviera otra vez por suya, gracias al hermano. Para
sostenerse en las ancas del corcel, tuvo Fermín que agarrarse a la
cintura del aperador; pero lo hizo con cierto remordimiento, como
avergonzado del contacto con aquel ser bueno y sencillo cuya confianza
forzosamente había de engañar.
Se separaron en las afueras de Jerez. Rafael se marchaba al cortijo.
Quería estar allí, ya que tenía noticia de lo que se preparaba para la
tarde en los llanos de Caulina.
--Va a haber bronca, y gorda. Dicen que hoy se lo reparten too y lo
queman too, y que se van a cortar más cabezas que en una batalla de
moros... Yo a Matanzuela, y al primero que se presente con mala
intención lo recibo a tiros. Al fin, el amo es el amo y pa eso me tiene
allí don Luis: pa que guarde sus intereses.
Fue un nuevo tormento para Fermín ver la arrogancia con que se alejaba
el mocetón, la firme tranquilidad con que hablaba de hacerse matar por
los que osasen el más leve atentado contra la propiedad de su señor.
¡Ay! ¡si el jayán inocente, en el cumplimiento de su deber, supiera lo
que él!...
Fermín pasó todo el día en el escritorio trabajando, con el pensamiento
lejos, muy lejos; traduciendo cartas mecánicamente, sin fijarse en el
sentido de las palabras, uniendo números como un autómata.
Algunas veces levantaba la cabeza y permanecía inmóvil, mirando
fijamente a don Pablo Dupont al través de la puerta abierta de su
despacho. El principal discutía con don Ramón y otros señores, ricos
cosecheros que llegaban con cierto aire despavorido y se serenaban,
acabando por reír, luego de escuchar las vehementes palabras del
millonario.
Montenegro no prestaba atención, a pesar de que la voz de don Pablo,
aflautada por la cólera, se esparcía algunas veces por el escritorio.
Debían hablar de la reunión en Caulina: la noticia había llegado desde
el campo a la ciudad.
Varias veces, al quedar solo Dupont en su despacho, el empleado sintió
tentaciones de entrar... pero se contuvo. No: allí no. Necesitaba
hablarle a solas. Conocía su carácter arrebatado. La sorpresa le haría
prorrumpir en gritos, oyéndole todas las gentes del escritorio.
A la caída de la tarde, Fermín, después de vagar un buen rato por las
calles, para dejar algún espacio entre la salida de la oficina y su
visita al amo, se dirigió al ostentoso hotel de la viuda de Dupont.
Pasó la verja y el portal con la facilidad de un antiguo servidor de la
casa. Se detuvo un instante en el patio, de blancas arcadas, entre los
macizos de plátanos y palmeras. En el centro de uno de los claustros
cantaba un chorro de agua, cayendo en profundo tazón. Era una fuente con
pretensiones de monumento; una montaña de estalactitas con una cueva a
guisa de hornacina, y en ella la Virgen de Lourdes, de mármol blanco;
una estatua mediocre, con el relamido exterior de la imaginería
francesa, que el dueño del hotel apreciaba como un prodigio artístico.
Le bastó a Fermín anunciarse, para que le hiciesen pasar al despacho del
señor. Un criado descorrió las cortinas de las ventanas para que
entrase toda la luz de la tarde. Don Pablo, apoyado en la pared,
inclinábase ante la bocina de un aparato telefónico, manteniendo el
receptor en el oído. Con un gesto indicó a su empleado que se sentase, y
Fermín, hundido en un sillón, dejó vagar su mirada por esta pieza, en la
que no había entrado nunca.
Un gran cuadro de talla dorada, adornado con la cabeza de San Pedro, y
los escudos pontificales, contenía el diploma más glorioso de la casa,
el Breve concediendo la bendición papal en la hora de la muerte a todos
los Dupont, hasta la cuarta generación. Luego, en otros cuadros no menos
deslumbrantes, mostrábanse todas las distinciones concedidas a don
Pablo, tan honoríficas como santas; pergaminos con grandes sellos e
inscripciones rojas, azules o negras; títulos de comendador de la orden
de San Gregorio, de la de -Pro ecclesiæ et Pontifice-, y de la Piana;
diplomas de caballero Hospitalario de San Juan y del Santo Sepulcro. Las
cartas que acreditaban las cruces de Carlos III y de Isabel la Católica,
concedidas por las regias personas después de sus visitas a la bodega de
los Dupont, ocupaban las paredes más oscuras, encuadradas en marcos
menos vistosos, con la modestia que el poder civil debe mostrar ante la
representación de Dios; cediendo el sitio, como avergonzadas, a todos
los títulos honoríficos inventados por la Iglesia, que habían llovido
sobre don Pablo, sin que faltase uno.
Dupont únicamente rechazaba de Roma el título de nobleza. Sus amigos de
allá ponían a disposición de él toda la heráldica: conde, marqués,
duque, lo que quisiera. Hasta príncipe lo haría el Santo Padre por la
gracia de Dios; y en cuanto al título, si no le gustaba su apellido no
tenía más que echar mano a cualquiera de los innumerables santos del
calendario.
Pero el hijo de doña Elvira rehusaba obstinadamente esta distinción. ¡La
Iglesia por encima de todo!... pero la nobleza histórica también era
obra de Dios. Y, orgulloso de la estirpe materna, sonreía irónicamente
al hablar de la nobleza papal, despreciando a los industriales y los
ricos improvisados que se pavoneaban con sus títulos de Roma. Se
proponía solicitar para él, más adelante, aquel marquesado rancio y
glorioso de San Dionisio que estaba sin sucesión desde la muerte de su
famoso tío Torreroel.
Don Pablo, al dejar el teléfono, saludó a Fermín, impidiéndole con un
ademán que abandonase su asiento.
--¿Qué hay, muchacho? ¿Traes noticias nuevas? ¿Sabes algo de la reunión
en Caulina?... Me acaban de decir que llegan grupos de todos lados. Ya
son unos tres mil.
Montenegro hizo un gesto de indiferencia. Nada le importaba la tal
reunión: él venía por otra cosa.
--Me alegro que pienses así--dijo don Pablo, sentándose junto a su mesa,
al pie del diploma de la bendición.--Tú has sido siempre algo -verde-;
ya sabes que te conozco, y me gusta que no te mezcles en estos líos.
Esto te lo digo porque te quiero y porque esa gente va a llevar palo...
mucho palo.
Y se frotaba las manos, como si le regocijase la esperanza del castigo
que iban a sufrir los rebeldes.
--Tú, que tanto admiras a Salvatierra, el amigote de tu padre, puedes
felicitarte de que no se encuentre en Jerez. Porque si estuviera, esta
sería su última hazaña... Pero vamos a ver, Ferminillo, ¿qué te trae por
aquí?...
Dupont quedose con la vista fija en su empleado y éste comenzó a
explicarse con cierta timidez. Él conocía el antiguo afecto que don
Pablo y toda su familia sentían por la del pobre capataz de Marchamalo.
Un cariño de grandes señores, que ellos, pobres y humildes, no sabían
cómo agradecer. Además, Fermín apreciaba el carácter de su principal: su
religiosidad, incapaz de transigir con el vicio y la injusticia. Por
esto, en un momento difícil para su familia, acudía a él, en busca de
consejo, de apoyo moral.
Dupont miraba con los ojos entornados a Montenegro, pensando que éste
sólo podía aproximarse a él impulsado por algo muy importante.
--Está bien--dijo con impaciencia.--Vamos al caso y no perdamos tiempo.
Mira que hoy es un día extraordinario. De un momento a otro volverán a
llamarme por teléfono.
Fermín permanecía con la cabeza baja, vacilando, con expresión dolorosa,
como si las palabras le quemasen la lengua. Por fin comenzó el relato de
lo ocurrido en Marchamalo la última noche de la vendimia.
El carácter irascible, impetuoso y atronador de Dupont, pareció
hincharse colérico durante el relato, hasta estallar al final
ruidosamente.
Su egoísmo le hacía pensar ante todo en él, en lo que suponía este
atentado para el honor de su casa. Además, considerábase herido por la
falta de respeto del pariente, afirmando que en este delito de impudor
había algo de profanación para su propia persona.
--¡En Marchamalo tales abominaciones!--exclamó, saltando de su
asiento.--¡La torre de los Dupont, mi casa, a la que llevo mi familia
muchas veces, convertida en un antro del vicio! ¡El demonio de la
impureza haciendo de las suyas a dos pasos de la capilla, de la casa de
Dios, donde sacerdotes sabios han dicho las cosas más hermosas del
mundo!...
Y la indignación le ahogaba. Tosía, agarrándose a la mesa, como si la
cólera le amagase con una congestión, y pudiera caer redondo en el
suelo.
Luego vinieron las lamentaciones del industrial. ¡Para esto había
servido el saqueo que durante su ausencia había hecho en sus mejores
vinos el empecatado pariente! Aquel robo de loco no podía dar otros
resultados. ¡Embriagar con el vino de los ricos a todo un tropel de
gentes rudas y ordinarias! Bastante había reñido a su primo al volver él
a Jerez; y ahora, cuando tenía olvidada la barrabasada, le enteraban de
su última consecuencia, una deshonra que le impediría poner los pies en
Marchamalo. ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Qué de vergüenzas sobre la familia!...
--Compadéceme, Fermín--gritaba don Pablo.--Ten lástima de la cruz que
llevo a cuestas. El Señor ha derramado todos sus dones sobre su indigno
servidor, que soy yo. Tengo riquezas, una madre que es una santa, esposa
cristiana e hijos obedientes; pero en este valle de lágrimas, la
felicidad no puede ser completa. El Altísimo necesita ponernos a prueba,
y mi castigo son las niñas del marqués y ese Luis, que es presa del
demonio. Somos la mejor de las familias, pero esos locos se encargan de
hacernos llorar, de afligirnos con el tormento de la vergüenza. Ten
compasión de mí, Fermín; apiádate del cristiano más infeliz de la
tierra, que no por esto se queja, sino que alaba al Señor.
Reaparecía el exaltado, próximo al delirio al hablar de Dios y de la
suerte de sus criaturas. Y pidiendo a Fermín que le compadeciese, lo
hacía con tales gestos, que el joven temía que se arrodillara, con las
manos juntas, como implorando su perdón.
En ciertos momentos, Montenegro, a pesar de su tristeza, sentía deseos
de reír por lo extraño de la situación. Aquel hombre poderoso pedía que
le compadeciese. ¿Qué pediría él, que llegaba impulsado por una
vergüenza de familia?...
Dupont cayó desalentado en su asiento, la cabeza entre las manos, con la
facilidad con que pasaba su carácter de la acción desordenada e
impetuosa al anonadamiento cobarde.
Suspiraba, con tristeza:
--¡La familia!... ¡la familia!...
Pero al levantar los ojos, se encontró con los de Fermín, que le
contemplaban asombrados, como preguntándole cuándo llegaría el momento
en que cesara de pedir compasión para él y empezase a compadecer a su
dependiente.
--¿Y tú--preguntó--qué crees que puedo hacer en esto?...
Montenegro desechó toda timidez para contestar a su jefe. Si él supiera
qué hacer no habría venido a molestar a don Pablo. Estaba allí para que
él le aconsejase; más aún, para que pusiera remedio al mal, como
cristiano y como caballero, ya que estos dos títulos estaban siempre en
sus labios.
--Usted es el jefe de los suyos y por esto vengo a buscarle. Usted tiene
medios de realizar el bien y devolver su honor a una familia.
--¡El jefe!... ¡el jefe!--murmuró irónicamente don Pablo. Y quedó en
silencio, como si buscase la solución del asunto.
Luego habló de María de la Luz. Había pecado gravemente y tenía mucho de
qué arrepentirse. Podía servirle de excusa ante Dios su estado
extraordinario, su falta de voluntad; pero la embriaguez no era una
virtud, y el pecado carnal, pecado era... Había que salvar el alma de la
infeliz, facilitarla los medios pura que ocultase su vergüenza.
--Yo creo--añadió después de una larga reflexión--que lo mejor será que
tu hermana entre en un convento... No tuerzas el gesto; no creas que
quiero enviarla a un convento cualquiera. Hablaré con mi madre: nosotros
sabemos hacer las cosas. Irá a un convento de señoras, de religiosas
distinguidas, y la dote será cosa nuestra. Ya sabes que por dinero no
discuto. Cuatro mil, cinco mil duros... lo que sea. ¡Eh! ¡Me parece que
la solución no es mala! Allí, en el recogimiento, limpiará su alma de
culpas. Yo podré llevar entonces mi familia a la viña, sin miedo a que
los míos se rocen con una desdichada que ha cometido el más torpe de los
pecados, y ella vivirá como una gran señora, como una esposa distinguida
de Dios, rodeada de toda clase de comodidades, ¡hasta con criadas,
Fermín!, y ya ves que esto vale algo más que quedarse en Marchamalo
guisando la comida de los viñadores.
Fermín se había puesto de pie, pálido, con las cejas fruncidas.
--¿Eso es todo lo que usted tiene que decir?--preguntó con voz sorda.
El millonario asombrose de lo actitud del joven. Qué, ¿no le parecía
bastante? ¿Tenía él una solución mejor? Y con inmensa extrañeza, como si
hablase de algo disparatado e inaudito, añadió:
--¡A no ser que hayas soñado con que mi primo se case con tu hermana!...
--No haría con ello nada de más. Esto es lo lógico, lo natural, lo que
aconseja el honor, lo único que puede hacer un cristiano como usted.
Dupont volvió de nuevo a exaltarse.
--¡Ta, ta! ¡Ya salió el cristianismo a gusto vuestro! Los que sois
-verdes- y no conocéis la religión más que por fuera, os fijáis en
ciertas exterioridades para echárnoslas en cara cuando os conviene.
Claro es que todos somos hijos de Dios, y que los buenos gozarán
igualmente de su gloria: pero mientras vivimos en la tierra, el orden
social que viene de lo alto, exige que existan jerarquías y que éstas se
respeten sin confundirse. Consulta el caso con un sabio, pero un sabio
de verdad; con mi amigo, el Padre Urizábal o algún fraile eminente, y
verás qué te contesta: lo mismo que yo. Debemos ser buenos cristianos,
perdonar las ofensas, auxiliarnos con la limosna y facilitar al prójimo
los medios para que salve el alma: pero cada uno en el círculo social
que le ha marcado Dios, en la familia que le destinó al nacer, sin
asaltar las barreras divisorias con intentos de falsa libertad, cuyo
verdadero nombre es libertinaje.
Montenegro hacía esfuerzos por contener la cólera.
--Mi hermana es buena y es honrada, a pesar de todo--dijo mirando
audazmente a don Pablo;--mi padre es el trabajador más bondadoso y más
pacífico del campo de Jerez: yo soy joven, pero no he hecho mal a nadie,
y tengo la conciencia tranquila. Los Montenegros somos pobres: pero
nadie tiene derecho a despreciarlos ni a deshonrarles por el egoísmo del
placer. Nadie, ¿lo entiende usted, don Pablo? nadie: y el que lo intenta
no sale del mal paso impunemente. Somos tan buenos como los que más, y
mi hermana, aunque pobre, puede entrar por la puerta grande en una
familia que, aunque posea millones, tiene en su seno hombres como Luis y
hembras como las -Marquesitas-.
En otro momento hubiera tenido que ver el arranque de cólera de Dupont
ante las amenazas y las insolencias de su dependiente. Pero ahora
parecía intimidado por la mirada del joven, por el acento de su voz, que
temblaba con expresión amenazadora.
--¡Hombre!, ¡hombre!--exclamó, queriendo indignarse sin conseguirlo, y
adoptando una dulzura bonachona.--Piensa lo que dices. Ya sé que mi
primo y esas otras dos, son gente mala. ¡Bastantes disgustos me dan!
Pero llevan mis apellidos, y tú debes hablar de ellos con mayores
miramientos por ser de mi casa. Además, ¿qué sabes tú de lo que les
tiene reservada la gracia del Altísimo?... La Magdalena era peor que
esas dos desgraciadas, mucho peor, y murió como una santa. Luis es malo,
pero mayores escándalos dieron en su juventud algunos santos varones.
Ahí tienes a San Agustín, padre de la Iglesia, columna de la
cristiandad. San Agustín, siendo joven...
El timbre del teléfono cortó la palabra a Dupont, que iba a comenzar el
relato de la vida del gran africano, sin fijarse en el gesto de
indiferencia de Fermín.
Durante algunos minutos permaneció don Pablo con el oído en el aparato,
prorrumpiendo en alegres exclamaciones, como si le satisfaciese lo que
le decían.
Cuando volvió hacia Montenegro, ya no parecía acordarse de lo que
motivaba la visita de éste.
--¡Van a entrar, Fermín!--exclamó frotándose los manos.--Me dicen de
parte del alcalde, que los de Caulina comienzan a dirigirse hacia la
ciudad. Un poco de susto en el primer momento, y después -¡pum, pum,
pum!- el escarmiento que les hace falta, el presidio, y hasta su poquito
de garrote, para que vuelvan a ser prudentes y nos dejen quietos una
temporada.
Don Pablo iba a mandar que cerrasen las puertas y las ventanas bajas de
su hotel. Si Fermín no quería quedarse, debía salir cuanto antes.
El amo hablaba precipitadamente, con el pensamiento puesto en la
próxima invasión de desesperados, y empujaba a Fermín, acompañándolo
hasta la puerta, como si olvidase su asunto.
--¿En qué quedamos, don Pablo?
--¡Ah, sí! Tu asunto... lo de la muchacha. Veremos: pasa otro rato; yo
hablaré con mi madre. Lo del convento es lo mejor: créeme.
Y como sorprendiese en el rostro de Fermín una mueca de protesta, volvió
a su tono de humanidad.
--Hombre: no pienses en eso del casamiento. Ten lástima de mi y de mi
familia. ¿No tenemos aún bastantes penas? Las niñas del marqués, que nos
avergüenzan viviendo con la canalla: Luis, que parecía en el buen
camino, y ahora sale con esa aventura... ¿Y aun quieres afligirnos a mi
madre y a mí, pidiendo que un Dupont se case con una muchacha de una
viña? Yo creía que nos considerabas más. Ten compasión de mí, hombre:
tenme compasión.
--Sí, don Pablo, le compadezco--dijo Fermín irónicamente, deteniéndose
en la puerta.--Es usted digno de lástima por el estado de su alma. Su
religión es distinta de la mía.
Dupont se hizo atrás, olvidando de pronto todas sus preocupaciones. Le
habían tocado el punto vulnerable de su verbosidad. ¡Y un empleado suyo
se atrevía a decirle tales cosas!...
--Mi religión... mi religión--exclamó colérico, no sabiendo por dónde
comenzar.--¿Qué tienes tú que decir de ella? Mañana discutiremos en el
escritorio... y si no, ahora mismo...
Pero Fermín no le dejó continuar.
--Mañana no será fácil--dijo con calma.--No nos veremos mañana, y tal
vez nunca. Ahora tampoco puede ser: tengo prisa... ¡Salud, don Pablo! No
volveré a molestarle: no tendrá usted que pedirme más compasión. Lo que
me toque hacer, lo haré por mí mismo.
Y, precipitadamente, salió del hotel. Cuando llegó a la calle comenzaba
a anochecer.
IX
A media tarde llegaron los primeros grupos de trabajadores al inmenso
llano de Caulina. Presentábanse como negras bandadas, saliendo de todos
los puntos del horizonte.
Unos bajaban de la serranía, otros venían de los cortijos del llano, o
de las tierras situadas al otro lado de Jerez, llegando a Caulina
después de rodear la ciudad. Los había de los confines de Málaga y de la
vecindad de Sanlúcar de Barrameda. El aviso misterioso había volado de
los ventorros a los ranchos, por toda la extensa campiña, y cuantos
trabajaban en ella acudían presurosos, creyendo llegado el momento de la
venganza.
Miraban con ojos feroces a Jerez. El desquite de los pobres estaba
próximo, y la ciudad blanca y risueña, la ciudad de los ricos, con sus
bodegas y sus millones, iba a arder, iluminando la noche con el
esplendor de su ruina.
Se agrupaban los recién llegados a un lado del comino, en la llanura
cubierta de matorrales. Los toros que pastaban en ella retirábanse hacia
el fondo, como asustados por esta mancha negruzca, que crecía y crecía,
alimentada incesantemente con nuevos grupos.
Toda la horda de la miseria acudía a la cita. Eran hombres tostados,
enjutos, sin la más leve ondulación de grasa bajo la lustrosa epidermis.
Fuertes esqueletos acusando tras la piel de tirante rigidez, sus aristas
salientes y sus oquedades oscuras. Cuerpos, en los que era mayor el
desgaste que la nutrición, y la ausencia de músculos estaba suplida por
los manojos de tendones engruesados por el esfuerzo.
Se cubrían con mantas deshilachadas, llenas de remiendos, que esparcían
un olor de miseria, o tiritaban, sin más abrigo que un chaquetón
haraposo. Los que habían salido de Jerez para unirse a ellos, se
distinguían por sus capas, por su aspecto de obreros de ciudad, más
próximos en sus costumbres a los señores que a la gente del campo.
Los sombreros, nuevos y flamantes unos, deformados e incoloros otros,
con alas caídas y bordes de sierra, cubrían unos rostros en los que se
mostraba toda la gradación del gesto humano, desde la indiferencia
abobada y bestial, a la acometividad del que nace bien preparado para la
lucha por la vida.
Aquellos hombres recordaban lejanos parentescos animales. Unos tenían la
faz prolongada y ósea, con grandes ojos bovinos y el gesto dulce y
resignado: eran los hombres-bueyes deseosos de tenderse en el surco,
para rumiar sin la más leve idea de protesta, con inmovilidad solemne.
Otros mostraban el hocico elástico y bigotudo, los ojos de reflejo
metálico de los felinos: eran los hombres-fieras, que se estremecían,
dilatando sus narices, como si percibiesen ya el olor de la sangre. Y
los más, de cuerpo negro y miembros retorcidos y angulosos como
sarmientos, eran los hombres-plantas unidos para siempre a la tierra de
donde habían surgido, incapaces de movimiento y de ideas, resignados a
morir en el mismo sitio, nutriendo su vida buenamente con lo que
desechasen los fuertes.
La agitación de la rebeldía, el apasionamiento de la venganza, el
egoísmo de mejorar su suerte, parecían igualarlos a todos, con una
semejanza de familia. Muchos, al abandonar su vivienda habían tenido que
arrancarse de los brazos de sus mujeres, que lloraban presintiendo el
peligro, pero al verse entre los -compañeros-, erguíanse arrogantes,
mirando a Jerez con ojos bravucones, como si fueran a comérsela.
--¡Vamos!--exclamaban.--¡Que da ánimo ver tantos probes juntos,
dispuestos a hacer una hombrada!...
Eran más de cuatro mil. Al llegar una nueva banda, sus individuos,
embozándose en las mantas haraposas para dar mayor misterio a la
pregunta, se dirigían a los que aguardaban en el llano.
--¿Qué hay?...
Y los que oían la pregunta parecían devolverla con la mirada. «Sí; ¿qué
hay?» Todos estaban allí, sin saber por qué, ni para qué; sin conocer
con certeza quién era el que los convocaba.
Había circulado por el campo la noticia de que aquella tarde, al
anochecer, sería la gran revolución, y ellos acudían exasperados por las
miserias y persecuciones de la huelga, llevando en la faja una pistola
vieja, las hoces, las navajas o las terribles podaderas, que de un solo
revés podían hacer saltar una cabeza.
Llevaban algo más: la fe que acompaña a toda muchedumbre en los primeros
momentos de rebeldía, la credulidad, que la hace entusiasmarse con las
más absurdas noticias, exagerándolas cada cual por su cuenta para
engañarse a sí mismo, creyendo que fuerza a la realidad con el peso de
sus disparatadas invenciones.
La iniciativa de la reunión, la primera noticia, la creían obra del
-Madrileño-, un joven forastero que había aparecido en el campo de Jerez
en plena huelga, enardeciendo a los simples con sus predicaciones
sanguinarias. Nadie le conocía, pero era muchacho de gran verbosidad y
pájaro de cuenta, a juzgar por las amistades de que hacía gala. Le había
enviado Salvatierra, según él decía, para suplirle en su ausencia.
El gran movimiento social que iba a cambiar la faz del mundo, debía
iniciarse en Jerez. Salvatierra y otros hombres no menos famosos
estaban ya ocultos en lo ciudad, para presentarse en el momento
oportuno. Las tropas se unirían a los revolucionarios apenas entrasen
éstos en la población.
Y los crédulos, con la viveza imaginativa de su raza, aderezaban la
noticia, adornándola con toda clase de detalles. Una confianza ciega se
esparcía por los grupos. No iba a correr más sangre que la de la gente
rica. Los soldados estaban con ellos; los oficiales también estaban al
lado de la revolución. Hasta la guardia civil, tan odiada por los
braceros, merecía su simpatía momentáneamente. Los tricornios también se
ponían de parte del pueblo. Salvatierra andaba en ello y su nombre
bastaba para que todos aceptasen el prodigio sobrenatural.
Los más viejos, los que habían presenciado el levantamiento de
Septiembre contra los Borbones, eran los más crédulos y confiados. Ellos
-habían visto- y no necesitaban que nadie les probase las cosas. Los
generales sublevados, los jefes de la escuadra, no habían sido más que
autómatas, sometidos al poder del grande hombre de aquella tierra. Don
Fernando lo había hecho todo: él había sublevado los barcos, él había
arrojado los batallones a Alcolea contra las tropas que venían de
Madrid. ¿Y lo que hizo por destronar a una reina y preparar el aborto de
una República sietemesina, no había de repetirlo cuando se trataba nada
menos que de conquistar el pan para los pobres?...
La historia de aquel país, la tradición de la tierra gaditana, provincia
de revoluciones, influía en la credulidad de las gentes. Habían visto
con tanto facilidad, de la noche a la mañana, derribar tronos y
ministerios, y hasta llevar presos a reyes, que nadie dudaba de la
posibilidad de una revolución de mayor importancia que las anteriores,
pues aseguraría el bienestar de los infelices.
Transcurrieron las horas y comenzaba a ocultarse el sol, sin que la
muchedumbre supiese con certeza qué aguardaba y hasta cuándo iba a
permanecer allí.
El tío -Zarandilla- iba de un grupo a otro para satisfacer su
curiosidad. Se había escapado de Matanzuela, riñendo con la vieja que
quería impedirle el paso, desoyendo los consejos del aperador, que le
recordaba que a sus años no estaba para aventuras. Quería ver de cerca
lo que era una -rigolución- de pobres; presenciar el bendito momento (si
es que llegaba) en que los trabajadores de la tierra se quedasen con
ella por riñones, partiéndola en pequeñas parcelas, poblando las
inmensas y deshabitadas propiedades, realizando su ensueño.
Intentaba reconocer a la gente con sus débiles ojos, extrañándose de la
inmovilidad de los grupos, de la incertidumbre, de la falta de plan.
--Yo he servío, muchachos--decía;--yo he hecho la guerra, y esto que
preparáis ahora es lo mismo que una batalla. ¿Dónde tenéis la bandera?
¿Dónde está el general?...
Por más que giraba en torno de él su mirada turbia, sólo veía grupos de
gentes que parecían abobadas por una espera sin término. ¡Ni general, ni
bandera!
--Malo, malo--musitaba -Zarandilla-.--Me paece que me güelvo al cortijo.
La vieja tenía razón; esto güele a palos.
Otro curioso iba también de grupo en grupo, oyendo las conversaciones.
Era -Alcaparrón-, con el doble sombrero hundido basta las orejas,
moviendo su cuerpo, con femenil contoneo, dentro del traje haraposo. Los
gañanes acogíanlo con risas. ¿Él también allí?... Le darían un fusil
cuando entrasen en la ciudad; a ver si se batía con los burgueses como
un valiente.
Pero el gitano contestaba a la proposición con exagerados ademanes de
miedo. La gente de su raza no gustaba de guerras. ¡Coger él un fusil!
¿Acaso habían visto muchos gitanos que fuesen soldados?...
--Pero robar sí que robarás--le decían otros.--Cuando toque el momento
del reparto ¡cómo te vas a poner el cuerpo, gachó!
Y -Alcaparrón- reía como un mono, frotándose las manos al hablar del
saqueo, halagado en sus atávicos instintos de raza.
Un antiguo gañán de Matanzuela le recordó a su prima Mari-Cruz.
--Si eres hombre, -Alcaparrón-, esta noche podrás vengarte. Toma esta
hoz y se la metes en el vientre al granuja de don Luis.
El gitano rehusó la mortífera herramienta, huyendo del grupo para
ocultar sus lágrimas.
Comenzaba a anochecer. Los jornaleros, cansados de la espera, se movían,
prorrumpiendo en protestas. ¡A ver! ¿quién mandaba allí? ¿Iban a
permanecer toda la noche en Caulina? ¿Dónde estaba Salvatierra? ¡Que se
presentase!... Sin él no iban a ninguna parte.
La impaciencia y el descontento hicieron surgir un jefe. Se oyó la voz
de trueno de Juanón sobre los gritos de la gente. Sus brazos de atleta
se elevaron por encima de las cabezas.
--¿Pero quién dio la orden para reunirnos?... ¿El -Madrileño?- A ver:
que venga: que lo busquen.
Los obreros de la ciudad, el núcleo de compañeros de la -idea- que había
salido de Jerez y tenía empeño en volver a entrar con la gente del
campo, se agrupó en torno de Juanón, adivinando en él al jefe que iba a
unir todas las voluntades.
Encontraron, por fin, al -Madrileño-, y Juanón lo abordó para saber qué
hacían allí. El forastero se expresaba con gran verbosidad, pero sin
decir nada.
--Nos hemos reunido para la revolución, eso es: para la revolución
social.
Juanón daba patadas de impaciencia. ¿Pero y Salvatierra? ¿Dónde estaba
don Fernando?... El -Madrileño- no le había visto, pero sabía, le
habían dicho, que estaba en Jerez aguardando la entrada de la gente.
También sabía, o más bien, le habían dicho, que la tropa estaría con
ellos. La guardia de la cárcel andaba en el -ajo-. No había más que
presentarse, y los mismos soldados abrirían las puertas, poniendo en
libertad a todos los compañeros presos.
El gigantón quedó un momento pensativo, rascándose la frente, como si
quisiera ayudar con estos restregones la marcha de su pensamiento
embrollado.
--Está bien--exclamó después de larga pausa.--Esto es cuestión de ser
hombres, o de no serlo: de meterse en la ciudad, y salga lo que saliere,
o de marcharse a dormir.
Brillaba en sus ojos la fría resolución, el fatalismo de los que se
resignan a ser conductores de hombres. Echaba sobre él la
responsabilidad de una rebelión que no había preparado. Sabía tanto del
movimiento sedicioso, como aquella gente que parecía absorta en la
penumbra del crepúsculo, sin acertar a explicarse qué hacía allí.
--¡Compañeros!--gritó imperiosamente.--¡A Jerez los que tengan riñones!
Vamos a sacar de la cárcel a nuestros pobres hermanos... y a lo que se
tercie. Salvatierra está allí.
El primero en aproximarse al improvisado caudillo, fue Paco el de
Trebujena, el bracero rebelde, despedido de todos los cortijos, que
andaba por el campo con su borriquillo vendiendo aguardiente y papeles
revolucionarios.
--Yo voy contigo, Juanón, ya que el compañero Fernando nos espera.
--¡El que sea hombre, y tenga vergüenza, que me siga!--continuó Juanón a
grandes gritos, sin saber ciertamente adonde conducir a los compañeros.
Pero a pesar de sus llamamientos a la virilidad y la vergüenza, la mayor
parte de los reunidos se hacía atrás instintivamente. Un rumor de
desconfianza, de inmensa decepción, elevábase de la muchedumbre. Los
más, pasaban de golpe del entusiasmo ruidoso al recelo y al miedo. Su
fantasía de meridionales, siempre dispuesta a lo inesperado y
maravilloso, les había hecho creer en la aparición de Salvatierra y
otros revolucionarios célebres, todos montados en briosos corceles, como
caudillos arrogantes e invencibles, seguidos de un gran ejército que
surgía milagrosamente de la tierra. ¡Asunto de acompañar a estos
auxiliares poderosos en su entrada en Jerez, reservándose la fácil tarea
de matar a los vencidos y adjudicarse sus riquezas! Y en vez de esto,
les hablaban de entrar solos en aquella ciudad, que se dibujaba en el
horizonte, sobre el último resplandor de la puesta del sol y parecía
guiñarles satánicamente los ojos rojizos de su alumbrado, como
atrayéndolos a una emboscada. Ellos no eran tontos. La vida resultaba
dura con su exceso de trabajo y su hambre perpetua; pero peor era
morir. ¡A casa! ¡a casa!...
Y los grupos comenzaron a desfilar en dirección opuesto a la ciudad; a
perderse en la penumbra, sin querer oír los insultos de Juanón y los más
exaltados.
Estos, temiendo que la inmovilidad facilitase las deserciones, dieron la
orden de marcha.
--¡A Jerez! ¡A Jerez!...
Emprendieron el camino. Eran unos mil; los obreros de la ciudad, y los
hombres-fieras, que habían ido a la reunión oliendo sangre y no podían
retirarse, como si les empujase un instinto superior a su voluntad.
Al lado de Juanón, entre los más animosos, marchaba el -Maestrico-,
aquel muchacho que pasaba las noches en la gañanía, enseñándose a leer y
escribir.
--Creo que vamos mal--decía a su vigoroso compañero.--Marchamos a
ciegas. He visto hombres que corrían hacia Jerez, para avisar nuestra
llegada. Nos esperan; pero no para nada bueno.
--Tú te cayas, -Maestrico---repuso imperiosamente el caudillo, que,
orgulloso de su cargo, acogía como una irreverencia la menor
objeción.--Te cayas; eso es. Y si tienes miedo, te najas como los otros.
Aquí no queremos cobardes.
--¡Yo cobarde!--exclamó con sencillez el muchacho.--Adelante, Juanón.
¡Pa lo que vale la vida!...
Marchaban silenciosos, con la cabeza baja, como si fuesen a embestir a
la ciudad. Trotaban cual si deseasen salir lo antes posible de la
incertidumbre que les acompañaba en su carrera.
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