cuartel y una borla sobre la frente!... Al fin, el -taube-, cansado de
hacer evoluciones, desaparecía. «Hasta mañana--pensaba el español--. El
de mañana tal vez sea más interesante.»
Las horas libres entre las observaciones geográficas y las
contemplaciones aéreas las empleaba en rondar cerca de las
estaciones--especialmente la del muelle de Orsay--, viendo la
muchedumbre de viajeros que escapaba de París. La visión repentina de la
verdad--después de las ilusiones que había creado el gobierno con sus
partes optimistas--, la certeza de que los alemanes estaban próximos,
cuando una semana antes se los imaginaban muchos en plena derrota, los
-taubes- volando sobre París, la misteriosa amenaza de los zeppelines,
enloquecían á una parte del vecindario. Las estaciones, custodiadas
militarmente, sólo admitían á los que habían adquirido un billete con
anticipación. Algunos esperaban días enteros á que les llegase el turno
de salida. Los más impacientes emprendían la marcha á pie, deseando
verse cuanto antes fuera de la ciudad. Negreaban los caminos con las
muchedumbres que avanzaban por ellos, todas en una misma dirección. Iban
hacia el Sur en automóvil, en coche de caballos, en carretas de
hortelano, á pie.
Esta fuga la contempló Argensola con serenidad. El era de los que se
quedaban. Había admirado á muchos hombres porque presenciaron el sitio
de París en 1870. Ahora su buena suerte le proporcionaba el ser testigo
de un drama histórico tal vez más interesante. ¡Lo que podría contar en
lo futuro!... Pero le molestaba la distracción é indiferencia de su
auditorio presente. Volvía al estudio satisfecho de las noticias de que
era portador, febril por comunicarlas á Descoyers, y éste le escuchaba
como si no le oyese. La noche en que le hizo saber que el gobierno, las
Cámaras, el cuerpo diplomático y hasta los artistas de la Comedia
Francesa estaban saliendo á aquellas horas en trenes especiales para
Burdeos, su compañero le contestó con un gesto de indiferencia.
Otras eran sus preocupaciones. Por la mañana había recibido una carta de
Margarita: dos simples líneas trazadas con precipitación. Se marchaba:
salía inmediatamente acompañando á su madre. ¡Adiós!... Y nada más. El
pánico hacía olvidar muchos afectos, cortaba largas relaciones, pero
ella era superior por su carácter á estas incoherencias de la ansiedad
por huir. Julio vió algo inquietante en su laconismo. ¿Por qué no
indicaba el lugar adonde se dirigía?...
Por la tarde tuvo un atrevimiento que siempre le había prohibido ella.
Entró en la casa que habitaba Margarita, hablando largamente con la
portera para adquirir noticias. La buena mujer pudo dar expansión de
este modo á su locuacidad, bruscamente cortada por la fuga de los
inquilinos y su servidumbre. La señora del piso principal--la madre de
Margarita--había sido la última en abandonar la casa, á pesar de que
estaba enferma desde la partida de su hijo. Habían salido el día
anterior, sin decir adónde iban. Lo único que sabía era que habían
tomado el tren en la estación de Orsay. Huían hacia el Sur, como todos
los ricos.
Y amplió sus revelaciones con la vaga noticia de que la hija se mostraba
muy impresionada por los informes que había recibido del frente de la
guerra. Alguien de la familia estaba herido. Tal vez era el hermano,
pero la portera lo ignoraba. Con tantas novedades, sorpresas é
impresiones, resultaba difícil enterarse de las cosas. Ella también
tenía su hombre en el ejército y le preocupaban los asuntos propios.
«¿Dónde estará?--- se preguntó Julio durante el día--. ¿Por qué desea
que ignore su paradero?...»
Cuando en la noche le hizo saber su camarada el viaje de los gobernantes
con todo el misterio de una noticia que aún no era pública, se limitó á
contestar, después de reflexivo mutismo:
--Hacen bien... Yo saldré igualmente mañana si puedo.
¿Para qué permanecer en París? Su familia estaba ausente. Su
padre--según las averiguaciones de Argensola--también se había ido, sin
decir adónde. Con la misteriosa fuga de Margarita él quedaba solo, en
una soledad que le inspiraba remordimientos.
Aquella tarde, al pasear por los bulevares, había tropezado con un amigo
algo entrado en años, un consocio del Círculo de esgrima frecuentado por
él. Era el primero que encontraba desde el principio de la guerra, y
juntos pasaron revista á todos los compañeros incorporados al ejército.
Las preguntas de Desnoyers eran contestadas por el viejo. ¿Fulano?...
había sido herido en Lorena y estaba en un hospital del Sur. ¿Otro
amigo?... muerto en los Vosgos. ¿Otro?... desaparecido en Charleroi. Y
así continuaba el desfile heroico y fúnebre. Los más vivían aún,
realizando proezas. Otros socios de origen extranjero, jóvenes polacos,
ingleses residentes en París, americanos de las repúblicas del Sur,
acababan de inscribirse como voluntarios. El Círculo debía
enorgullecerse de esta juventud que se ejercitaba en las armas durante
la paz: todos estaban en el frente exponiendo su existencia... Y
Desnoyers apartó su vista, como si temiese adivinar en los ojos de su
amigo una expresión irónica é interrogante. ¿Por qué no marchaba él,
como los otros, á defender la tierra en que vivía?...
--Mañana me iré--repitió Julio, ensombrecido por este recuerdo.
Pero se marchaba hacia el Sur, como todos los que huían de la guerra. En
la mañana siguiente, Argensola se encargó de conseguir un billete de
ferrocarril para Burdeos. El valor del dinero había aumentado
considerablemente. Cincuenta francos entregados á tiempo realizaron el
milagro de procurarle un pedazo de cartón numerado, cuya conquista
representaba, para muchos, días enteros de espera.
--Es para hoy mismo--dijo á su camarada--. Debes salir en el tren de
esta noche.
El equipaje no exigió grandes preparativos. Los trenes se negaban á
admitir otros bultos que los que llevaban á mano los viajeros. Argensola
no quiso aceptar la liberalidad de Julio, que pretendía partir con él
todo su dinero. Los héroes necesitan muy poco, y el pintor de almas se
sentía animado por una resolución heroica. La breve alocución de
Gallieni al encargarse de la defensa de París la hacía suya. Pensaba
mantenerse hasta el último esfuerzo, lo mismo que el duro general.
--¡Que vengan!--dijo con una expresión trágica--. ¡Me encontrarán en mi
sitio!...
Su sitio era el estudio. Quería ver las cosas de cerca para relatarlas á
las generaciones venideras. Se mantendría firme, con sus provisiones de
comestibles y vinos. Además, tenía el proyecto--así que su compañero
desapareciese--de llevar á vivir con él á ciertas amigas que vagaban en
busca de una comida problemática y sentían miedo en la soledad de sus
domicilios. El peligro aproxima á las buenas gentes y añade un nuevo
atractivo á los placeres de la comunidad. Las amorosas expansiones de
los prisioneros del Terror, cuando esperaban de un momento á otro ser
conducidos á la guillotina, revivieron en su memoria. ¡Apuremos de un
trago la vida, ya que hemos de morir!... El estudio de la -rue de la
Pompe- iba á presenciar las mismas fiestas locas y desesperadas que un
barco encallado con provisiones abundantes.
Desnoyers salió de la estación de Orsay en un compartimiento de primera
clase. Alababa mentalmente el buen orden con que la autoridad lo había
arreglado todo. Cada viajero tenía su asiento. Pero en la estación de
Austerlitz una avalancha humana asaltó el tren. Las portezuelas se
abrieron como si fuesen á romperse; paquetes y niños entraron por las
ventanas lo mismo que proyectiles. La gente se empujó con la rudeza de
una muchedumbre que huye de un incendio. En el espacio reservado para
ocho personas se instalaron catorce; los pasillos se obstruyeron para
siempre con montones de maletas, que servían de asiento á nuevos
viajeros. Habían desaparecido las distancias sociales. La gente del
pueblo invadía con preferencia los vagones de lujo, creyendo encontrar
en ellos mayor espacio. Los que tenían billete de primera clase iban en
busca de los coches peores, con la vana esperanza de viajar
desahogadamente. En las vías laterales esperaban desde un día antes su
hora de salida largos trenes compuestos de vagones de ganado. Los
establos rodantes estaban repletos de personas sentadas en la madera del
suelo ó en sillas traídas de sus casas. Cada tren era un campamento que
deseaba ponerse en marcha, y mientras permanecía inmóvil, una capa de
papeles grasientos y cáscaras de frutas se iba formando á lo largo de
él.
Los asaltantes, al empujarse, se toleraban y perdonaban fraternalmente.
«En la guerra como en la guerra», decían como última excusa. Y cada uno
apretaba al vecino para arrebatarle unas pulgadas de asiento, para
introducir su escaso equipaje entre los bultos suspendidos sobre las
personas con los más inverosímiles equilibrios. Desnoyers fué perdiendo
poco á poco sus ventajas de primer ocupante. Le inspiraban lástima estas
pobres gentes que habían esperado el tren desde las cuatro de la
madrugada á las ocho de la noche. Las mujeres gemían de cansancio,
derechas en el corredor, mirando con envidia feroz á los que ocupaban un
asiento. Los niños lloraban con balidos de cabra hambrienta. Julio
acabó por ceder su lugar, repartiendo entre los menesterosos y los
imprevisores todos los comestibles de que le había proveído Argensola.
Los restoranes de las estaciones parecían saqueados. Durante las largas
esperas del tren, sólo se veían militares en los andenes: soldados que
corrían al escuchar la llamada de la trompeta para volver á ocupar su
sitio en los rosarios de vagones que subían y subían hacia París. En los
apartaderos, largos trenes de guerra esperaban que la vía quedase libre
para continuar su viaje. Los coraceros, llevando un chaleco amarillo
sobre el pecho de acero, estaban sentados, con las piernas colgantes, en
las puertas de los vagones-establos, de cuyo interior salían relinchos.
Sobre las plataformas se alineaban armones grises. Las esbeltas
gargantas de los 75 apuntaban á lo alto como telescopios.
Pasó la noche en el corredor, sentado en el borde de una maleta, viendo
cómo dormitaban otros con el embrutecimiento del cansancio y la emoción.
Fué una noche cruel é interminable de sacudidas, estrépitos y pausas
cortadas por ronquidos. En cada estación las trompetas sonaban
precipitadamente, como si el enemigo estuviese cerca. Los soldados
procedentes del Sur corrían á sus puestos, y una nueva corriente de
hombres se arrastraba por los rieles hacia París. Se mostraban alegres y
deseosos de llegar pronto á los lugares de la matanza. Muchos se
lamentaban creyendo presentarse con retraso. Julio, asomado á una
ventanilla, escuchó los diálogos y los gritos en estos andenes
impregnados de un olor picante de hombres y mulas. Todos mostraban una
confianza inquebrantable. «¡Los -boches-!... Muy numerosos, con grandes
cañones, con muchas ametralladoras... pero no había mas que cargar á la
bayoneta y huían como liebres.»
La fe de los que iban al encuentro de la muerte contrastaba con el
pánico y la duda de los que escapaban de París. Un señor viejo y
condecorado, tipo de funcionario en jubilación, hacía preguntas á
Desnoyers cuando el tren reanudaba su marcha. «¿Usted opina que llegarán
á Tours?» Antes de recibir contestación se adormecía. El sueño
embrutecedor avanzaba por el pasillo sus pies de plomo. Luego, el viejo
despertaba de pronto. «¿Usted cree que llegarán hasta Burdeos?...» Y su
deseo de no detenerse hasta alcanzar con su familia un refugio
absolutamente seguro le hacía acoger como oráculos las vagas respuestas.
Al amanecer vieron á los territoriales del país guardando las vías. Iban
armados con fusiles viejos; llevaban un kepis rojo como único distintivo
militar. Seguían pasando en dirección opuesta los trenes militares.
En la estación de Burdeos, la muchedumbre civil, pugnando por salir ó
por asaltar nuevos vagones, se confundía con las tropas. Sonaban
incesantemente las trompetas para reunir á los soldados. Muchos eran
hombres de color, tiradores indígenas con amplios calzones grises y un
gorro rojo sobre el rostro negro ó bronceado. Continuaba hacia el Norte
el férreo rodar de las masas armadas.
Desnoyers vió un tren de heridos procedentes de los combates de Flandes
y Lorena. Los uniformes de fatigada suciedad se refrescaban con la
blancura de los vendajes que sostenían los miembros doloridos ó
defendían las cabezas rotas. Todos parecían sonreir con sus bocas
lívidas y sus ojos febriles á las primeras tierras del Mediodía que
asomaban entre la bruma matinal, coronadas de sol, cubiertas de la regia
vestidura de sus pámpanos. Los hombres del Norte tendían sus manos á las
frutas que les ofrecían las mujeres, picoteando con deleite las dulces
uvas del país.
Vivió cuatro días en Burdeos, aturdido y desorientado por la agitación
de una ciudad de provincia convertida repentinamente en capital. Los
hoteles estaban llenos; muchos personajes se contentaban con una
habitación de doméstico. Los cafés no guardaban una silla libre; las
aceras parecían repeler esta concurrencia extraordinaria. El jefe del
Estado se instalaba en la Prefectura, los ministerios quedaban
establecidos en escuelas y museos; dos teatros eran habilitados para las
futuras reuniones del Senado y la Cámara popular. Julio encontró un
hotel sórdido y equívoco en el fondo de un callejón humedecido
constantemente por los transeúntes. Un amorcillo adornaba los cristales
de la puerta. En su cuarto, el espejo tenía grabados nombres de mujer,
frases intranscribibles, como recuerdo de los hospedajes de una hora...
Y todavía algunas damas de París, ocupadas en buscar un alojamiento,
envidiaban tanta fortuna.
Sus averiguaciones resultaron inútiles. Los amigos que encontró en la
muchedumbre fugitiva pensaban en su propia suerte. Únicamente sabían
hablar de los incidentes de su instalación; repetían las noticias oídas
á los ministros, con los que vivían familiarmente; mencionaban con aire
misterioso la gran batalla que había empezado á desarrollarse desde las
cercanías de París hasta Verdún. Una discípula de sus tiempos de gloria,
que guardaba la antigua elegancia en su uniforme de enfermera, le dió
vagos informes. «¿La pequeña -Madame- Laurier?... Se acordaba de haber
oído á alguien que vivía cerca... Tal vez en Biarritz.» Julio no
necesitó más para reanudar su viaje. ¡A Biarritz!
La primera persona que encontró al llegar fué Chichí. Declaraba
inhabitable la población, por las familias de españoles ricos que
veraneaban en ella: «Son -boches- en su mayoría. Yo me paso la
existencia peleando. Acabaré por vivir sola.» Luego encontró á su madre:
abrazos y lágrimas. Después vió á su tía Elena en un salón del hotel,
entusiasmada con el país y sus veraneantes. Podía hablar largamente con
muchos de ellos sobre la decadencia de Francia. Todos esperaban de un
momento á otro la noticia de la entrada del kaiser en la capital.
Hombres graves que no habían hecho nada en toda su vida criticaban los
defectos y descuidos de la República. Jóvenes cuya distinción
entusiasmaba á doña Elena prorrumpían en apóstrofes contra las
corrupciones de París, corrupciones que habían estudiado á fondo velando
hasta la salida del sol en las virtuosas escuelas de Montmartre. Todos
adoraban á Alemania, donde no habían estado nunca ó que conocían como
una sucesión de imágenes cinematográficas. Aplicaban á los sucesos un
criterio de plaza de Toros. Los alemanes eran los que pegaban más
fuerte. «Con ellos no se juega: son muy brutos.» Y parecían admirar la
brutalidad como el más respetable de los méritos. «¿Por qué no dirán eso
en su casa, al otro lado de la frontera?--protestaba Chichí--. ¿Por qué
vienen á la del vecino á burlarse de sus preocupaciones?... ¡Y tal vez
se creen gentes de buena educación!»
Julio no había ido á Biarritz para vivir con los suyos... El mismo día
de su llegada vió de lejos á la madre de Margarita. Estaba sola. Sus
averiguaciones le hicieron saber que la hija vivía en Pau. Era enfermera
y cuidaba á un herido de su familia. «El hermano... indudablemente, es
el hermano», pensó Julio. Y reanudó su viaje, dirigiéndose á Pau.
Sus visitas á los hospitales resultaron inútiles. Nadie conocía á
Margarita. Todos los días llegaba el tren con un nuevo cargamento de
carne destrozada, pero el hermano no estaba entre los heridos. Una
religiosa, creyendo que iba en busca de alguien de su familia, se apiadó
de él, ayudándole con sus indicaciones. Debía ir á Lourdes: eran allí
muy numerosos los heridos y las enfermeras laicas. Y Desnoyers hizo
inmediatamente el corto trayecto entre Pau y Lourdes.
Nunca había visitado la santa población cuyo nombre repetía su madre
frecuentemente. Para doña Luisa, la nación francesa era Lourdes. En las
discusiones con su hermana y otras damas extranjeras que pedían el
exterminio de Francia por su impiedad, la buena señora resumía su
opinión siempre con las mismas palabras: «Cuando la Virgen quiso
aparecerse en nuestros tiempos, escogió á Francia. No será tan malo este
país como dicen... Cuando yo vea que se aparece en Berlín, hablaremos
otra vez.»
Pero Desnoyers no estaba para recordar las ingenuas opiniones de su
madre. Apenas se hubo instalado en su hotel, junto al río, corrió á la
gran hospedería convertida en hospital. Los guardianes le dijeron que
hasta la tarde no podría hablar con el director. Para entretener su
impaciencia paseó por la calle que conduce á la basílica, toda de
barracones y tiendas con estampas y recuerdos piadosos, que hacen de
ella un largo bazar. Aquí y en los jardines inmediatos á la iglesia sólo
vió heridos convalecientes que guardaban en sus uniformes las huellas
del combate. Los capotes estaban sucios á pesar de los repetidos
cepillamientos. El barro, la sangre, la lluvia, habían dejado en ellos
manchas imborrables, dándoles una rigidez de cartón. Algunos heridos les
arrancaban las mangas, para evitar un roce cruel á sus brazos
destrozados. Otros ostentaban todavía en los pantalones las rasgaduras
de los cascos de obús.
Eran combatientes de todas armas y de diversas razas: infantes, jinetes,
artilleros; soldados de la metrópoli y de las colonias; campesinos
franceses y tiradores africanos; cabezas rubias, rostros de palidez
mahometana y caras negras de senegaleses, con ojos de fuego y belfos
azulados, unos mostrando el aire bonachón y la sedentaria obesidad del
burgués convertido repentinamente en guerrero; otros, enjutos,
nerviosos, de perfil agresivo, como hombres nacidos para la pelea y
ejercitados en campañas exóticas.
La ciudad visitada á impulsos de la esperanza por los enfermos del
catolicismo se veía invadida ahora por una muchedumbre no menos
dolorosa, pero vestida de carnavalescos colores. Todos, á pesar de su
desaliento físico, tenían cierto aire de desenfado y satisfacción.
Habían visto la muerte de muy cerca, escurriéndose entre sus garras
huesosas, y encontraban un nuevo sabor á la alegría de vivir. Con sus
capotes adornados de condecoraciones, sus teatrales alquiceles, sus
kepis y sus gorros africanos, esta muchedumbre heroica ofrecía sin
embargo un aspecto lamentable. Muy pocos conservaban en ella la noble
vertical, orgullo de la superioridad humana. Avanzaban encorvados,
cojeando, arrastrándose, apoyados en un garrote ó en un brazo amigo.
Otros se dejaban empujar tendidos en los carritos que habían servido
muchas veces para conducir los enfermos piadosos desde la estación á la
gruta de la Virgen. Algunos caminaban á ciegas, con los ojos vendados,
junto á un niño ó una enfermera. Los primeros choques en Bélgica y en el
Este, media docena de batallas, habían bastado para producir estas
ruinas físicas, en las que aparecía la belleza varonil con los más
horribles ultrajes... Estos organismos que se empeñaban tenazmente en
subsistir, paseando bajo el sol sus renacientes energías, sólo
representaban una exigua parte de la gran siega de la muerte. Detrás de
ellos quedaban miles y miles de camaradas gimiendo en los lechos de los
hospitales y que tal vez no se levantarían nunca. Millares y millares
estaban ocultos para siempre en las entrañas de una tierra mojada por su
baba agónica, tierra fatal que al recibir una lluvia de proyectiles
devolvía como cosecha matorrales de cruces.
La guerra se mostró á los ojos de Desnoyers con toda su cruel fealdad.
Había hablado de ella hasta entonces como hablamos de la muerte en plena
salud, sabiendo que existe y que es horrible, pero viéndola tan lejos...
¡tan lejos! que no infunde una verdadera emoción. Las explosiones de los
obuses acompañaban su brutalidad destructora con una burla feroz,
desfigurando grotescamente el cuerpo humano. Vió heridos que empezaban á
recobrar su fuerza vital y sólo eran esbozos de hombres, espantosas
caricaturas, andrajos humanos salvados de la tumba por las audacias de
la ciencia: troncos con cabeza que se arrastraban por el suelo sobre un
zócalo de ruedas, cráneos incompletos cuyo cerebro latía bajo una
cubierta artificial, seres sin brazos y sin piernas que descansaban en
el fondo de un carretoncillo como bocetos escultóricos ó piezas de
disección, caras sin nariz que mostraban, lo mismo que las calaveras, la
negra cavidad de sus fosas nasales. Y estos medio hombres hablaban,
fumaban, reían, satisfechos de ver el cielo, de sentir la caricia del
sol, de haber vuelto á la existencia, animados por la soberana voluntad
de vivir, que olvida confiada la miseria presente en espera de algo
mejor.
Fué tal su impresión, que olvidó por algún tiempo el motivo que le había
arrastrado hasta allí... ¡Si los que provocan la guerra desde los
gabinetes diplomáticos ó las mesas de un Estado Mayor pudiesen
contemplarla, no en los campos de batalla, con el entusiasmo que
perturba los sentidos, sino en frío, tal como se aprecia en hospitales y
cementerios por los restos que deja tras de su paso!... El joven vió en
su imaginación el globo terráqueo como un buque enorme que navegaba por
la inmensidad. Sus tripulantes, los pobres humanos, llevaban siglos y
siglos exterminándose sobre la cubierta. Ni siquiera sabían lo que
existía debajo de sus pies, en las profundidades de la nave. Ocupar la
mayor superficie á la luz del sol era el deseo de cada grupo. Hombres
tenidos por superiores empujaban estas masas al exterminio, para escalar
el último puente y empuñar el timón, dando al buque un rumbo
determinado. Y todos los que sentían estas ambiciones por el mando
absoluto sabían lo mismo... ¡nada! Ninguno de ellos podía decir con
certeza qué había más allá del horizonte visible, ni adonde se dirigía
la nave. La sorda hostilidad del misterio los rodeaba á todos; su vida
era frágil, necesitaba de incesantes cuidados para mantenerse; y á pesar
de esto, la tripulación, durante siglos y siglos, no había tenido un
instante de acuerdo, de obra común, de razón clara. Periódicamente, una
mitad de ella chocaba con la otra mitad; se mataban por esclavizarse en
la cubierta movediza, flotante sobre el abismo; pugnaban por echarse
unos á otros fuera del buque; la estela de la nave se cubría de
cadáveres. Y de la muchedumbre en completa demencia todavía surgían
lóbregos sofistas para declarar que este era el estado perfecto, que así
debían seguir todos eternamente, y que era un mal ensueño desear que los
tripulantes se mirasen como hermanos que siguen un destino común y ven
en torno de ellos las asechanzas de un misterio agresivo... ¡Ah, miseria
humana!
Julio se sintió alejado de sus reflexiones por la alegría pueril que
mostraban algunos convalecientes. Eran musulmanes, tiradores de Argelia
y de Marruecos. Estaban en Lourdes como podían estar en otra parte,
atentos únicamente á los obsequios de la gente civil, que los seguía con
patriótica ternura. Todos ellos miraban con indiferencia la basílica
habitada por la «señora blanca». Su única preocupación era pedir
cigarros y dulces.
Al verse agasajados por la raza dominadora de sus países, se
enorgullecían, atreviéndose á todo, como niños revoltosos. Su mayor
placer era que las damas les diesen la mano. ¡Bendita guerra que les
permitía acercarse y tocar á estas mujeres blancas, perfumadas y
sonrientes, tal como aparecen en los ensueños las hembras paradisíacas
reservadas á los bienaventurados! «Madama... Madama», suspiraban,
poblándose al mismo tiempo de llamaradas sus pupilas de tinta. Y no
contentos con la mano, sus garras obscuras se aventuraban á lo largo del
brazo, mientras las señoras reían de esta adoración trémula. Otros
avanzaban entre el gentío ofreciendo su diestra á todas las mujeres.
«Toquemos mano.» Y se alejaban satisfechos luego de recibir el apretón.
Vagó mucho tiempo Desnoyers por los alrededores de la basílica. Al
amparo de los árboles se formaban en hileras las carretillas ocupadas
por los heridos. Oficiales y soldados permanecían largas horas en la
sombra azul viendo cómo pasaban otros camaradas que podían valerse de
sus piernas. La santa gruta resplandecía con el llamear de centenares de
cirios. La muchedumbre devota, arrodillada al aire libre, fijaba sus
ojos suplicantes en las sagradas piedras, mientras su pensamiento
volaba, lejos, á los campos de batalla, con la confianza en la divinidad
que acompaña á toda inquietud. De la masa arrodillada surgían soldados
con vendajes en la cabeza, el kepis en una mano y los ojos lacrimosos.
Por la doble escalinata de la basílica subían y descendían mujeres
vestidas de blanco, con un temblor de tocas que les daba de lejos el
aspecto de palomas aleteantes. Eran enfermeras, damas de la Caridad
guiando los pasos de los heridos. Desnoyers creyó reconocer á Margarita
en cada una de ellas. Pero la desilusión que seguía á tales
descubrimientos le hizo dudar del éxito de su viaje. Tampoco estaba en
Lourdes. Nunca la encontraría en esta Francia agrandada desmesuradamente
por la guerra, que había convertido cada población en un hospital.
Por la tarde, sus averiguaciones no obtuvieron mejor éxito. Los
empleados escucharon sus preguntas con aire distraído: podía volver
luego. Estaban preocupados por el anuncio de un nuevo tren sanitario.
Continuaba la gran batalla cerca de París. Tenían que improvisar
alojamientos para la nueva remesa de carne destrozada.
Desnoyers volvió á los jardines cercanos á la gruta. Su paseo era para
entretener el tiempo. Pensaba regresar á Pau aquella noche: nada le
quedaba que hacer en Lourdes. ¿Adonde dirigiría luego sus
investigaciones?...
Sintió de pronto un estremecimiento á lo largo de su espalda: la misma
sensación indefinible que le avisaba la presencia de ella cuando se
reunían en un jardín de París. Margarita iba á presentarse de repente
como las otras veces, sin que él supiera ciertamente de dónde salía,
como si emergiese de la tierra ó descendiese de las nubes.
Después de pensar esto sonrió con amargura. ¡Mentiras del deseo!
¡Ilusiones!... Al volver la cabeza reconoció la falsedad de su
esperanza. Nadie seguía sus pasos: él era el único que marchaba por el
centro de la avenida. En un banco inmediato descansaba un oficial con
los ojos vendados. Junto á él, con la diáfana blancura de los ángeles
custodios, estaba una enfermera. ¡Pobre ciego!... Desnoyers iba á seguir
adelante; pero un movimiento rápido de la mujer vestida de blanco, un
deseo visible de pasar inadvertida, de ocultar la cara volviendo los
ojos hacia las plantas, atrajeron su atención. Tardó en reconocerla. Dos
rizos asomados al borde de la toca le hicieron adivinar la cabellera
oculta; los pies calzados de blanco fueron indicios para reconstituir el
cuerpo algo desfigurado por un uniforme sin coquetería. El rostro era
pálido, grave. Nada quedaba en él de los antiguos afeites, que le daban
una belleza pueril de muñeca. Sus ojos parecían reflejar lo existente
con nuevas formas en el fondo de unas aureolas obscuras de cansancio...
¡Margarita!
Se miraron largamente, como hipnotizados por la sorpresa. Ella mostró
inquietud al ver que Desnoyers adelantaba un paso. No... no. Sus ojos,
sus manos, todo su cuerpo, parecieron protestar, repelerle en su avance,
fijarlo en su inmovilidad. El miedo á que se aproximase la hizo marchar
hacia él. Dijo unas palabras al militar, que continuó en el banco
recibiendo sobre el vendaje de su rostro un rayo de sol que parecía no
sentir. Luego se levantó, yendo al encuentro de Julio, y siguió
adelante, indicándole con un gesto que se situase más lejos, donde el
herido no pudiera escucharles.
Detuvo su paso en un sendero lateral. Desde allí podía ver al ciego
confiado á su custodia. Quedaron inmóviles frente á frente. Desnoyers
quiso decir muchas cosas, ¡muchas! pero vaciló, no sabiendo cómo
revestir de palabras sus quejas, sus súplicas, sus halagos. Por encima
de esta avalancha de pensamientos emergió uno, fatal, dominante y
colérico.
--¿Quién es ese hombre?...
El acento rencoroso, la voz dura con que dijo estas palabras, le
sorprendieron, como si procediesen de otra boca.
La enfermera lo miró con sus ojos límpidos, agrandados, serenos, unos
ojos que parecían libres para siempre de las contracciones de la
sorpresa y del miedo. La respuesta se deslizó con la misma limpieza que
la mirada.
--Es Laurier... Es mi marido.
¡Laurier!... Los ojos de Julio examinaron con larga duda al militar
antes de convencerse. ¡Laurier este oficial ciego que permanecía inmóvil
en el banco como un símbolo de dolor heroico!... Estaba aviejado, con la
tez curtida y de un color de bronce surcada de grietas que convergían
como rayos en torno de todas las aberturas de su rostro. Los cabellos
empezaban á blanquear en las sienes y en la barba que cubría ahora sus
mejillas. Había vivido veinte años en un mes... Al mismo tiempo parecía
más joven, con una juventud que irradiaba vigorosa de su interior, con
la fuerza de un alma que ha sufrido las emociones más violentas y no
puede ya conocer el miedo, con la satisfacción firme y serena del deber
cumplido.
Contemplándole sintió al mismo tiempo admiración y celos. Se avergonzó
al darse cuenta de la aversión que le inspiraba este hombre en plena
desgracia y que no podía ver lo que le rodeaba. Su odio era una
cobardía; pero insistió en él, como si en su interior se hubiese
despertado otra alma, una segunda personalidad que le causaba espanto.
¡Cómo recordaba los ojos de Margarita al alejarse del herido por unos
instantes!... A él no lo había mirado así nunca. Conocía todas las
gradaciones amorosas de sus párpados, pero su mirada al herido era algo
diferente, algo que él no había visto hasta entonces.
Habló con la furia del enamorado que descubre una infidelidad.
--¡Y por eso te fuiste sin un aviso, sin una palabra!... Me abandonaste
para venir en busca de él... Di, ¿por qué has venido? ¿por qué has
venido?...
Ella no se inmutó ante su acento colérico y sus miradas hostiles.
--He venido porque aquí estaba mi deber.
Luego habló como una madre que aprovecha un paréntesis de sorpresa en el
niño irascible para aconsejarle cordura. Explicaba sus actos. Había
recibido la noticia de la herida de Laurier cuando ella y su madre se
preparaban á salir de París. No vaciló un instante: su obligación era
correr al lado de este hombre. Había reflexionado mucho en las últimas
semanas. La guerra le había hecho meditar sobre el valor de la vida. Sus
ojos contemplaban nuevos horizontes; nuestro destino no está en el
placer y las satisfacciones egoístas: nos debemos al dolor y al
sacrificio.
Deseaba trabajar por su patria, cargar con una parte del dolor común,
servir como las otras mujeres; y estando dispuesta á dar todos sus
cuidados á los desconocidos, ¿no era natural que prefiriese á este
hombre al que había causado tanto daño?... Vivía aún en su memoria el
momento en que le vió llegar á la estación completamente solo entre
tantos que tenían el consuelo de unos brazos amantes al partir en busca
de la muerte. Su lástima había sido aún más intensa al enterarse de su
infortunio. Un obús había estallado junto á él, matando á los que le
rodeaban. De sus varias heridas, la única grave era la del rostro. Había
perdido un ojo por completo; el otro lo mantenían los médicos sin
visión, esperando salvarlo. Pero ella dudaba; era casi seguro que
Laurier quedaría ciego.
La voz de Margarita temblaba al decir esto, como si fuese á llorar; pero
sus ojos permanecieron secos. No sentían la irresistible necesidad de
las lágrimas. El llanto era ahora algo superfluo, como otras muchas
cosas de los tiempos de paz. ¡Habían visto sus ojos tanto en pocos
días!...
--¡Cómo le amas!--exclamó Julio.
Ella le había tratado de usted hasta este momento, por miedo á ser oída
y por mantenerle á distancia, como si hablase con un amigo. Pero la
tristeza de su amante acabó con su frialdad.
--No; yo te quiero á ti... yo te querré siempre.
La sencillez con que dijo esto y su repentino tuteo infundieron
confianza á Desnoyers.
--¿Y el otro?--preguntó con ansiedad.
Al escuchar su respuesta creyó que algo acababa de pasar ante el sol,
velando momentáneamente su luz. Fué como una nube que se deslizaba sobre
la tierra y sobre su pensamiento esparciendo una sensación de frío.
--A él también le quiero.
Lo dijo mirándole como si implorase su perdón, con la sinceridad
dolorosa de un alma que ha reñido con la mentira y llora al adivinar los
daños que causa.
El sintió que su cólera dura se desmoronaba de golpe, lo mismo que una
montaña que se agrieta. «¡Ah, Margarita!» Su voz sonó trémula y humilde.
¿Podía terminar todo entre los dos con esta sencillez? ¿Eran acaso
mentiras sus antiguos juramentos?... Se habían buscado con afinidad
irresistible, para compenetrarse, para ser uno solo... y ahora,
súbitamente endurecidos por la indiferencia, ¿iban á chocar como dos
cuerpos hostiles que se repelen?... ¿Qué significaba este absurdo de
amarle á él como siempre y amar al mismo tiempo á su antiguo esposo?
Margarita bajó la cabeza, murmurando con desesperación:
--Tú eres un hombre, yo soy una mujer. No me entenderás por más que
hable. Los hombres no pueden alcanzar ciertos misterios nuestros... Una
mujer me comprendería mejor.
Desnoyers quiso conocer su infortunio con toda su crueldad. Podía hablar
ella sin miedo. Se sentía con fuerzas para sobrellevar los golpes...
¿Qué decía Laurier al verse cuidado y acariciado por Margarita?...
--Ignora quién soy... Me cree una enfermera igual á las otras, que se
apiada de él viéndole solo y ciego, sin parientes que le escriban y le
visiten... En ciertos momentos he llegado á sospechar si adivina la
verdad. Mi voz, el contacto de mis manos, le crispaban al principio con
un gesto de extrañeza. Le he dicho que soy una dama belga que ha perdido
á los suyos y está sola en el mundo. El me ha contado su vida anterior
ligeramente, como el que desea olvidar un pasado odioso... Ni una
palabra molesta para su antigua mujer. Hay noches en que sospecho que me
conoce, que se vale de su ceguera para prolongar la fingida ignorancia,
y esto me atormenta... Deseo que recobre la vista, que los médicos
salven uno de sus ojos, y al mismo tiempo siento miedo. ¿Qué dirá al
reconocerme?... Pero no: mejor es que vea, y ocurra lo que ocurra. Tú no
puedes comprender estas preocupaciones, tú no sabes lo que yo sufro.
Calló un instante para reconcentrarse, apreciando una vez más las
inquietudes de su alma.
--¡Oh, la guerra!--siguió diciendo--. ¡Qué de cambios en nuestra vida!
Hace dos meses, mi situación me hubiese parecido extraordinaria,
inverosímil... Yo cuidando á mi marido, temiendo que me descubra y se
aleje de mí, deseando al mismo tiempo que me reconozca y me perdone...
Sólo hace una semana que vivo á su lado. Desfiguro mi voz cuanto puedo,
evito frases que le revelen quién soy... Pero esto no se puede
prolongar. Únicamente en las novelas resultan aceptables estas
situaciones.
La duda ensombrecía de pronto su resolución.
--Yo creo--continuó--que me ha reconocido desde el primer momento...
Calla y finge ignorancia porque me desprecia... porque jamás llegará á
perdonarme. ¡He sido tan mala!... ¡Le he hecho tanto daño!...
Se acordaba de los largos y reflexivos mutismos del herido después de
algunas palabras imprudentes. A los dos días de recibir sus cuidados
había tenido un movimiento de rebeldía, evitando el salir con ella á
paseo. Pero, falto de vista, comprendiendo la inutilidad de su
resistencia, había acabado por entregarse con una pasividad silenciosa.
--Que piense lo que quiera--concluyó Margarita animosamente--, que me
desprecie. Yo estoy aquí; donde debo estar. Necesito su perdón; y si no
me perdona lo mismo seguiré á su lado... Hay momentos en que deseo que
no recobre la vista. Así, me necesitaría siempre, podría pasar toda mí
existencia á su lado sacrificándome por él...
--¿Y yo?--dijo Desnoyers.
Margarita le miró con ojos asombrados, como si despertase. Era verdad;
¿y el otro?... Enardecida por su sacrificio, que representaba una
expiación, había olvidado al hombre que tenía delante.
--¡Tú!--dijo tras de una larga pausa--; tú debes dejarme... La vida no
es como la habíamos concebido. Sin la guerra, tal vez hubiésemos
realizado nuestros ensueños, pero ¡ahora!... Fíjate bien. Yo llevo para
el resto de mi existencia una carga pesadísima y al mismo tiempo dulce,
pues cuanto más me abruma, más grata me parece. Nunca me separaré de ese
hombre al que he ofendido tanto, que se ve solo en el mundo y necesita
de protección como un niño. ¿Por qué vas tú á participar de mi suerte?
¿Cómo vivir en amores con una eterna enfermera, al lado de un hombre
bueno y ciego, al que ultrajaríamos continuamente con nuestra pasión?...
No; mejor es que te alejes. Sigue tu camino solo y desembarazado.
Déjame: tú encontrarás otras mujeres que te harán más dichoso que yo. Tú
eres de los destinados á encontrar una nueva felicidad á cada paso.
Insistió en sus elogios. Su voz era calmosa, pero en el fondo de ella
temblaba la emoción del último adiós á la alegría que se aleja para
siempre. El hombre amado sería de otras; ¡y ella misma lo entregaba!...
Pero la noble tristeza del sacrificio le infundió serenidad. Era una
renuncia más para expiar sus culpas.
Julio bajó los ojos, perplejo y vencido. Le aterraba la imagen del
porvenir esbozada por Margarita. El viviendo al lado de la enfermera,
aprovechándose de la ignorancia del ciego para inferirle todos los días
con sus amores un nuevo insulto, ¡ah, no! Era una villanía. Se acordaba
ahora con vergüenza de la malignidad con que había mirado poco antes á
esta hombre desgraciado y bueno. Se reconocía sin fuerzas para luchar
con él. Débil é impotente en aquel banco de jardín, era más grande y
respetable que Julio Desnoyers con toda su juventud y sus gallardías.
Había servido en su vida para algo; había hecho lo que él no osaba
hacer.
Esta convicción de su inferioridad le hizo gemir como un niño
abandonado:
--¡Qué será de mí!...
Margarita, considerando el amor que se iba para siempre, las esperanzas
desvanecidas, el porvenir iluminado por la satisfacción de un deber
cumplido, pero monótono y doloroso, murmuró igualmente:
--¿Y yo?... ¡Qué será de mí!...
Desnoyers pareció reanimarse, como si hubiese encontrado de pronto una
solución.
--Escucha, Margarita: yo leo en tu alma. Amas á ese hombre, y haces
bien. Es superior á mí, y las mujeres se sienten atraídas por toda
superioridad... Yo soy un cobarde. Sí, no protestes; soy un cobarde, con
toda mi juventud, con todas mis fuerzas. ¿Cómo no habías de sentirte
impresionada por la conducta de ese hombre?... Pero yo recuperaré lo
perdido... Este país es el tuyo, Margarita; yo me batiré por él. No
digas que no...
Y enardecido por su repentino entusiasmo, trazaba un plan de heroísmos.
Iba á hacerse soldado. Pronto oiría hablar de él. Su propósito era
quedar tendido en el campo al primer encuentro ó asombrar al mundo con
sus hazañas. De un modo ú otro resolvería su vergonzosa situación: el
olvido de la muerte ó la gloria.
--¡No!--exclamó ella interrumpiéndole con angustia--. Tú, no. Bastante
hay con el otro... ¡Qué horror! Tú también herido, mutilado para
siempre, tal vez muerto... No; vive. Prefiero que vivas, aunque seas de
otra. Que yo sepa que existes, que te vea alguna vez aunque me hayas
olvidado, aunque pases indiferente como si no me conocieses.
En su protesta gritaba el amor ardoroso, el amor irreflexivo y heroico,
que acepta todas las penas á cambio de que el ser preferido siga
existiendo.
Pero á continuación, para que Julio no sintiese el engaño de una falsa
esperanza, añadió:
--Vive; tú no debes morir; sería para mí un nuevo tormento... Pero vive
sin mí. Olvídame. Es inútil cuanto hablemos: mi destino está marcado
para siempre al lado del otro.
Desnoyers volvió á entregarse al desaliento, adivinando la ineficacia de
ruegos y protestas.
--¡Ah, cómo le amas!... ¡Cómo me engañaste!
Ella, como suprema explicación, volvió á repetir lo dicho al principio
de la entrevista. Amaba á Julio... y amaba á su marido. Eran amores
distintos. No quería decir cuál resultaba más ardiente, pero la
desgracia la impelía á escoger entre los dos, y aceptaba al más
doloroso, el de mayores sacrificios.
--Tú eres hombre y no podrás entenderme nunca... Una mujer me
comprendería.
Julio, al lanzar una mirada en torno de él, creyó que la tarde había
sufrido los efectos de un fenómeno celeste. El jardín seguía iluminado
por el sol, pero el verde de los árboles, el amarillo del suelo, el azul
del espacio, las espumas blancas del río, todo le pareció obscuro y
difuso, como si cayese una lluvia de ceniza.
--Entonces... ¿todo ha terminado entre nosotros?
Su voz temblorosa, suplicante, cargada de lágrimas, hizo que ella
volviese la cabeza para ocultar su emoción.
Luego, en el penoso silencio, las dos desesperaciones formularon la
misma pregunta, como si interrogasen á las sombras del futuro. «¿Qué
será de mí?», murmuró el hombre. Y como un eco, los labios de ella
repitieron: «¿Qué será de mí?»
Todo estaba dicho. Palabras irreparables se alzaban entre los dos como
un obstáculo que había de ensancharse por momentos, impeliéndoles en
opuestas direcciones. ¿Para qué prolongar la entrevista dolorosa?...
Margarita mostró la resolución pronta y enérgica de toda mujer cuando
desea cortar una escena: «¡Adiós!» Su rostro había tomado una palidez
amarillenta, sus pupilas estaban mortecinas, humosas, como los vidrios
de una linterna cuya luz se apaga. «¡Adiós!» Debía volver al lado de su
herido.
Se marchó sin mirarle, y Desnoyers, por instinto, caminó en dirección
opuesta. Cuando al serenarse quiso volver sobre sus pasos, vió cómo se
alejaba dando el brazo al ciego, sin volver la cabeza una sola vez.
Tuvo la convicción de que ya no la vería más, y una angustia de asfixia
oprimió su garganta. ¿Y con esta facilidad podían separarse eternamente
dos seres que días antes contemplaban el universo concretado en sus
personas?...
Su desesperación al quedar solo le hizo acusarse de torpeza. Ahora
acudían sus pensamientos en tropel, y cada uno de ellos le pareció
suficiente para convencer á Margarita. Indudablemente no había sabido
expresarse: necesitaba hablar con ella otra vez... Y decidió permanecer
en Lourdes.
Pasó una noche de tortura en el hotel, escuchando el rebullir del río
entre las piedras. El insomnio le tuvo entre sus mandíbulas feroces,
royéndolo con un suplicio interminable. Encendió la luz varias veces,
pero no pudo leer. Sus ojos miraron con estúpida fijeza los dibujos del
empapelado, las láminas piadosas de este cuarto que había servido de
albergue á los peregrinos ricos. Permaneció inmóvil y abstraído como los
orientales, que piensan en su carencia absoluta de pensamientos. Una
idea única danzaba en el vacío de su cráneo: «Y no la veré más... ¿es
esto posible?»
Se adormeció algunos instantes, para despertar con la sensación de un
estallido horroroso que le enviaba por los aires. Y siguió desvelado,
con sudores de angustia, hasta que en la sombra de la habitación se fué
destacando un cuadrado de luz láctea. El amanecer empezaba á reflejarse
en las cortinas de la ventana.
La caricia aterciopelada del día pudo al fin cerrar sus ojos. Al
despertar, bien entrada la mañana, corrió á los jardines de la gruta...
¡Las horas de espera temblorosa é inútil, creyendo reconocer á Margarita
en toda dama blanca que avanzaba guiando á un herido!
Por la tarde, después de un almuerzo cuyos platos desfilaron intactos,
volvió al jardín en busca de ella. Al reconocerla dando el brazo al
oficial ciego, experimentó una sensación de desaliento. Parecía más
alta, más delgada, con el rostro afilado, dos oquedades de sombra en las
mejillas, los ojos brillantes de fiebre, los párpados contraídos por el
cansancio. Adivinó una noche de suplicio, de pensamientos escasos y
tenaces, de estupefacción dolorosa igual á la suya en el cuarto del
hotel. Sintió de pronto todo el peso del insomnio y la inapetencia, toda
la emoción deprimente de las sensaciones crueles experimentadas en las
últimas horas. ¡Cuán desgraciados eran los dos!...
Ella avanzaba con precaución, mirando á un lado y á otro, como el que
presiente un peligro. Al descubrirle se apretó contra el ciego, lanzando
á su antiguo amante una mirada de súplica, de desesperación, implorando
misericordia... ¡Ay, esta mirada!
Sintió vergüenza; su personalidad parecía haberse desdoblado: se
contempló á si mismo con ojos de juez. ¿Qué hacía allí el llamado Julio
Desnoyers, hombre seductor é inútil, atormentando con su presencia á una
pobre mujer, queriendo desviarla de su noble arrepentimiento,
insistiendo en sus egoístas y pequeños deseos, cuando la humanidad
entera pensaba en otras cosas?... Su cobardía le irritó. Como el ladrón
que se aprovecha del sueño de su víctima, él rondaba en torno de un
hombre bueno y valeroso que no podía verle, que no podía defenderse,
para robarle el único afecto que tenía en el mundo y que milagrosamente
volvía hacia él. ¡Muy bien, señor Desnoyers!... ¡Ah, canalla!
Estos insultos exteriores le hicieron erguirse, altivo, cruel,
inexorable, contra aquel otro yo digno de su desprecio.
Ladeó la cabeza: no quiso encontrar los ojos suplicantes de Margarita;
tuvo miedo á su mudo reproche. Tampoco se atrevió á mirar al ciego, con
su uniforme rapado y heroico, con su rostro envejecido por el deber y la
gloria. Le temía como á un remordimiento.
Volvió la espalda al grupo: se alejó. ¡Adiós, amor! ¡Adiós,
felicidad!... Marchaba ahora con paso firme; un milagro acababa de
realizarse en su interior: había encontrado su camino.
¡A París!... Una ilusión nueva iba á poblar el inmenso vacío de su
existencia sin objeto.
V
La invasión
Huía don Marcelo para refugiarse en su castillo, cuando encontró al
alcalde de Villeblanche. El estrépito de la descarga le había hecho
correr hacia la barricada. Al enterarse de la aparición del grupo de
rezagados elevó los brazos desesperadamente. Estaban locos. Su
resistencia iba á ser fatal para el pueblo. Y siguió corriendo para
rogarles que desistiesen de ella.
Transcurrió mucho tiempo sin que se turbase la calma de la mañana.
Desnoyers había subido á lo más alto de uno de sus torreones y con los
anteojos exploraba el campo. No alcanzaba á distinguir la carretera;
sólo veía los grupos de árboles inmediatos. Adivinó con la imaginación
debajo de este ramaje una oculta actividad: masas de hombres que hacían
alto, tropas que se preparaban para el ataque. La inesperada defensa de
los fugitivos había perturbado la marcha de la invasión. Desnoyers pensó
en este puñado de locos y su testarudo jefe: ¿qué suerte iba á ser la
suya?...
Al fijar sus gemelos en las cercanías del pueblo vió las manchas rojas
de los kepis deslizándose como amapolas sobre el verde de unas praderas.
Eran ellos que se retiraban, convencidos de la inutilidad de su
resistencia. Tal vez les habían indicado un vado ó una barca olvidada
para salvar el Marne, y continuaban su retroceso hacia el río. De un
momento á otro, los alemanes iban á entrar en Villeblanche.
Transcurrió media hora de profundo silencio. El pueblo perfilaba sobre
un fondo de colinas su masa de tejados y la torre de la iglesia
rematada por la cruz y un gallo de hierro. Todo parecía tranquilo, como
en los mejores días de la paz. De pronto vió que el bosque vomitaba á lo
lejos algo ruidoso y sutil, una burbuja de vapor acompañada de sordo
estallido. Algo también pasó por el aire con estridente curva. A
continuación, un tejado del pueblo se abrió como un cráter, volando de
él maderos, fragmentos de pared, muebles rotos. Todo el interior de la
casa se escapaba en un chorro de humo, polvo y astillas.
Los invasores bombardeaban á Villeblanche antes de intentar el ataque,
como si temiesen encontrar en sus calles una empeñada resistencia.
Cayeron nuevos proyectiles. Algunos, pasando por encima de las casas,
venían á estallar entre el pueblo y el castillo. Los torreones de la
propiedad de Desnoyers empezaban á atraer la puntería de los artilleros.
Pensaba éste en la oportunidad de abandonar su peligroso observatorio,
cuando vió que algo blanco, semejante á un mantel ó una sábana, flotaba
en la torre de la iglesia. Los vecinos habían izado esta señal de paz
para evitarse el bombardeo. Todavía cayeron unos cuantos proyectiles;
luego se hizo el silencio.
Don Marcelo estaba ahora en su parque, viendo cómo el conserje enterraba
al pie de un árbol las armas de caza que existían en el castillo. Luego
se dirigió hacia la verja. Los enemigos iban á llegar y había que
recibirles. En esta espera inquietante, el arrepentimiento volvió á
atormentarle. ¿Qué hacía allí? ¿Por qué se había quedado?... Pero su
carácter tenaz desechó inmediatamente las dudas del miedo. Estaba allí
porque tenía el deber de guardar lo suyo. Además, ya era tarde para
pensar en tales cosas.
Le pareció de pronto que el silencio matinal se cortaba con un sordo
rasgón de tela dura.
--Tiros, señor--- dijo el conserje--. Una descarga. Debe ser en la
plaza.
Minutos después vieron llegar á una mujer del pueblo, una vieja de
miembros enjutos y negruzcos, que jadeaba con la violencia de la
carrera, lanzando en torno miradas de locura. Huía sin saber adonde ir,
por la necesidad de escapar al peligro, de librarse de horribles
visiones. Desnoyers y los porteros escucharon su explicación
entrecortada por hipos de terror.
Los alemanes estaban en Villeblanche. Primeramente había entrado un
automóvil á toda velocidad, pasando de un extremo á otro del pueblo. Su
ametralladora disparaba á capricho contra las casas cerradas y las
puertas abiertas, tumbando á las gentes que se habían asomado. La vieja
abrió los brazos con un gesto de terror... Muertos... muchos muertos...
heridos... sangre. A continuación, otros vehículos blindados se habían
detenido en la plaza, y tras de ellos, grupos de jinetes, batallones á
pie, numerosos batallones, que llegaban por todas partes. Los hombres
con casco parecían furiosos: acusaban á los habitantes de haber hecho
fuego contra ellos. En la plaza habían golpeado al alcalde y á varios
vecinos que salían á su encuentro. El cura, inclinado sobre unos
agonizantes, también había sido atropellado... Todos presos. Los
alemanes habían de fusilarlos.
Las palabras de la vieja fueron cortadas por el ruido de algunos
automóviles que se aproximaban.
--Abre la verja--ordenó el dueño al conserje.
La verja quedó abierta, y ya no volvió á cerrarse nunca. Terminaba el
derecho de propiedad.
Se detuvo ante la entrada un automóvil enorme cubierto de polvo y lleno
de hombres. Detrás sonaron las bocinas de otros vehículos, que se
avisaban al detenerse con seco tirón de frenos. Desnoyers vió soldados
apeándose de un salto, todos vestidos de gris verdoso, con una funda del
mismo tono cubriendo el casco puntiagudo. Uno de ellos, que marchaba
delante, le puso su revólver en la frente.
--¿Dónde están los franco-tiradores?--preguntó.
Estaba pálido, con una palidez de cólera, de venganza y de miedo. Le
temblaban las mejillas á impulsos de la triple emoción. Don Marcelo se
explicó lentamente, contemplando á corta distancia de sus ojos el negro
redondel del tubo amenazador. No había visto franco-tiradores. El
castillo tenía por únicos habitantes el conserje con su familia, y él,
que era el dueño.
Miró el oficial al edificio y luego examinó á Desnoyers con visible
extrañeza, como si lo encontrase de aspecto demasiado humilde para ser
su propietario. Le había creído un simple empleado, y su respeto á las
jerarquías sociales hizo que bajase el revólver.
No por esto desistió de sus gestos imperiosos. Empujó á don Marcelo para
que le sirviese de guía; lo hizo marchar delante de él, mientras á sus
espaldas se agrupaban unos cuarenta soldados. Avanzaron en dos filas, al
amparo de los árboles que bordeaban la avenida central, con el fusil
pronto para disparar, mirando inquietamente á las ventanas del castillo,
como si esperasen recibir desde ellas una descarga cerrada. Desnoyers
marchó tranquilamente por el centro, y el oficial, que había imitado la
precaución de su gente, acabó por unirse á él cuando atravesaba el
puente levadizo.
Los hombres armados se esparcieron por las habitaciones en busca de
enemigos. Metían las bayonetas debajo de camas y divanes. Otros, con un
automatismo destructor, atravesaron los cortinajes y las ricas cubiertas
de los lechos. El dueño protestó: ¿para qué este destrozo inútil?...
Experimentaba una tortura insufrible al ver las botas enormes manchando
de barro las alfombras, al oir el choque de culatas y mochilas contra
los muebles frágiles, de los que caían objetos. ¡Pobre mansión
histórica!...
El oficial le miró con extrañeza, asombrado de que protestase por tan
fútiles motivos. Pero dió una orden en alemán, y sus hombres cesaron en
las rudas exploraciones. Luego, como una justificación de este respeto
extraordinario, añadió en francés:
--Creo que tendrá usted el honor de alojar al general de nuestro cuerpo
de ejército.
La certeza de que en el castillo no se ocultaban enemigos le hizo más
amable. Sin embargo, persistió en su cólera contra los franco-tiradores.
Un grupo de vecinos había hecho fuego sobre los hulanos cuando avanzaban
descuidados después de la retirada de los franceses.
Desnoyers creyó necesaria una protesta. No eran vecinos ni
franco-tiradores: eran soldados franceses. Tuvo buen cuidado de callar
su presencia en la barricada, pero afirmó que había distinguido los
uniformes desde un torreón de su castillo.
El oficial hizo un gesto de agresividad.
--¿Usted también?... ¿Usted, que parece un hombre razonable, repite
tales patrañas?
Y para cortar la discusión, dijo con arrogancia:
--Llevaban uniforme, si usted se empeña en afirmarlo, pero eran
franco-tiradores. El gobierno francés ha repartido armas y uniformes á
los campesinos para que nos asesinen. Lo mismo hizo el de Bélgica...
Pero conocemos sus astucias y sabremos castigarlas.
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