este local, que meses antes había visitado con su familia. Aún estaban
en el vestíbulo los anuncios de los regocijados espectáculos que había
presenciado.
Dentro percibió un hedor de muchedumbre enferma, miserable y amontonada,
semejante al que se huele en un presidio ó un hospital pobre. Vió gentes
que parecían locas ó estúpidas por el dolor. No conocían exactamente el
lugar donde estaban; habían llegado hasta allí sin saber cómo. El
horroroso espectáculo de la invasión persistía en su memoria, ocupándola
por entero, no dejando lugar á las impresiones siguientes. Veían aún
cómo entraba la avalancha de los hombres con casco en sus tranquilos
pueblos: las casas cubiertas de llamas repentinamente, la soldadesca
haciendo fuego sobre los que huían, las mujeres agonizando destrozadas
bajo la aguda persistencia del ultraje carnal, los ancianos quemados
vivos, los niños deshechos á sablazos en sus cunas, todos los sadismos
de la bestia humana enardecida por el alcohol y la impunidad... Algunos
octogenarios contaban, llorando, cómo los soldados de un pueblo
civilizado cortaban los pechos á las mujeres para clavarlos en las
puertas, cómo paseaban á guisa de trofeo un recién nacido ensartado en
una bayoneta, cómo fusilaban á los ancianos en el mismo sillón donde los
tenía inmóviles su dolorosa vejez, torturándoles antes con burlescos
suplicios.
Habían huído sin saber adonde iban, perseguidos por el incendio y la
metralla, locos de terror, como escapaban las muchedumbres medioevales
ante el galopar de las hordas de hunos y mogoles. Y esta fuga había sido
á través de la Naturaleza en fiesta, en el más opulento de los meses,
cuando la tierra estaba erizada de espigas, cuando el cielo de Agosto
era más luminoso y los pájaros saludaban con su regocijo vocinglero la
opulencia de la cosecha.
Revivía la visión del inmenso crimen en aquel circo repleto de
muchedumbres errantes. Los niños gemían con un llanto igual al balido de
los corderos; los hombres miraban en torno con ojos de espanto; algunas
mujeres aullaban como locas. Las familias se habían disgregado en el
terror de la huída. Una madre de cinco pequeños sólo conservaba uno. Los
padres, al verse solos, pensaban con angustia en los desaparecidos.
¿Volverían á encontrarlos?... ¿Habrían muerto á aquellas horas?...
Don Marcelo regresó á su casa apretando los dientes, moviendo su bastón
de un modo alarmante. ¡Ah, bandidos!... Deseaba de pronto que su cuñada
cambiase de sexo; ¿por qué no era un hombre?... Aún le parecía mejor que
de repente pudiese tomar la forma de su marido von Hartrott. ¡Qué
entrevista tan interesante la de los dos cuñados!...
La guerra había despertado el sentimiento religioso en los hombres y
aumentado la devoción de las mujeres. Los templos estaban llenos. Doña
Luisa ya no limitaba sus excursiones á las iglesias del distrito. Con la
audacia que infunden las circunstancias extraordinarias, se lanzaba á
pie á través de París, yendo á la Magdalena, á Nuestra Señora ó al
lejano Sagrado Corazón, sobre la cumbre de Montmartre. Las fiestas
religiosas se animaban con el apasionamiento de las asambleas populares.
Los predicadores eran tribunos. El entusiasmo patriótico cortaba á veces
con aplausos los sermones. Todas las mañanas, la señora Desnoyers, al
abrir los periódicos, antes de buscar los telegramas de la guerra
perseguía otra noticia. «¿Adonde irá hoy Monseñor Amette?» Luego, bajo
las bóvedas del templo, unía su voz al coro devoto que imploraba una
intervención sobrenatural. «¡Señor, salva á la Francia!» La religiosidad
patriótica colocaba Santa Genoveva á la cabeza de los bienaventurados. Y
de todas estas fiestas volvía trémula de fe, esperando un milagro
semejante al que había realizado la santa de París ante las hordas
invasoras de Atila.
Doña Elena también visitaba las iglesias, pero las más cercanas á la
casa. Su cuñado la vió entrar una tarde en Saint-Honorée d'Eylau. El
templo estaba repleto de fieles; sobre el altar figuraban en haz las
banderas de Francia y las naciones aliadas. La muchedumbre implorante no
se componía únicamente de mujeres. Desnoyers vió hombres de su edad,
erguidos, graves, moviendo los labios, fijando en el altar una mirada
vidriosa que reflejaba como estrellas perdidas las llamas de los
cirios... Y volvió á sentir envidia... Eran padres que recordaban las
oraciones de su niñez pensando en los combates y en sus hijos. Don
Marcelo, que había considerado siempre con indiferencia á la religión,
reconoció de pronto la necesidad de la fe. Quiso orar como los otros,
con un rezo de intención vaga, indeterminada, comprendiendo en él á
todos los seres que luchaban y morían por una tierra que él no había
sabido defender.
Vió con escándalo cómo la esposa de Hartrott se arrodillaba entre estas
gentes, elevando luego los ojos para fijarlos en la cruz con una mirada
de angustiosa súplica. Pedía al cielo por su marido el alemán, que tal
vez á aquellas horas empleaba todas sus facultades de energúmeno en la
mejor organización del aplastamiento de los débiles; rezaba por sus
hijos, oficiales del rey de Prusia, que revólver en mano entraban en
pueblos y granjas, llevando ante ellos á la muchedumbre despavorida,
dejando á sus espaldas el incendio y la muerte. ¡Y estas oraciones iban
á confundirse con las de las madres que rogaban por la juventud
encargada de contener á los bárbaros, con los ruegos de aquellos hombres
graves y rígidos en su trágico dolor!...
Tuvo que contenerse para no gritar, y salió del templo. Su cuñada no
tenía derecho á arrodillarse entre aquellas gentes.
--Debían expulsarla--murmuró indignado--. Coloca á Dios en un compromiso
con sus oraciones absurdas.
Pero, á pesar de su cólera, tenía que sufrirla cerca de él, esforzándose
al mismo tiempo por evitar que trascendiese al exterior la segunda
nacionalidad que había adquirido con su matrimonio.
Representaba un gran tormento para don Marcelo contener sus palabras
cuando estaba en el comedor con la familia. Quería evitar la nerviosidad
de su cuñada, que prorrumpía en lágrimas y suspiros á la menor alusión
contra su héroe; temía igualmente las quejas de la esposa, pronta
siempre á defender á su hermana como si fuese una víctima... ¡Que un
hombre de su carácter se viese obligado en la propia casa á vigilar su
lengua y hablar con eufemismos!... La única satisfacción que podía
permitirse consistía en dar noticias de las operaciones militares. Los
franceses habían entrado en Bélgica. «Parece que los -boches- han
recibido un buen golpe.» El menor choque de caballería, un simple
encuentro de avanzadas, lo glorificaba como un hecho decisivo. «También
en Lorena nos los llevamos por delante...» Pero de repente pareció
cegarse la fuente de optimismos. En el mundo no ocurría nada
extraordinario, á juzgar por los periódicos. Seguían publicando
historietas de la guerra para mantener el entusiasmo, pero ninguna
noticia cierta. El gobierno lanzaba comunicados de vaga y retórica
sonoridad. Desnoyers se alarmó: su instinto le avisaba el peligro. «Algo
hay que no marcha--pensaba--; debe haberse roto algún resorte.»
Esta falta de noticias coincidió con una repentina animación de doña
Elena. ¿Con quién hablaba aquella mujer? ¿Qué encuentros eran los suyos
cuando salía á la calle?... Sin perder su humildad de víctima, con la
mirada dolorosa y la boca algo torcida, hablaba y hablaba
traidoramente. ¡El tormento de don Marcelo al escuchar al enemigo
albergado en su casa!... Los franceses habían sido derrotados á un mismo
tiempo en Lorena y en Bélgica. Un cuerpo de ejército se había
desbandado: muchos prisioneros, muchos cañones perdidos. «¡Mentiras,
exageraciones de los alemanes!», gritaba Desnoyers. Y Chichí ahogaba con
sus carcajadas de muchacha insolente las noticias de la tía de Berlín,
«Yo no sé--continuaba ésta con maligna molestia--; tal vez no sea
cierto. Lo he oído decir.» Su cuñado se indignaba. ¿Dónde lo había oído
decir? ¿Quién le daba tales noticias?...
Y para desahogar su mal humor, prorrumpía en imprecaciones contra el
espionaje enemigo, contra la incuria de la policía, que toleraba la
permanencia de tantos alemanes ocultos en París. Pero de pronto tenía
que callarse, al pensar en su propia conducta. El también contribuía
involuntariamente á mantener y albergar al enemigo.
La caída del ministerio y la constitución de un gobierno de defensa
nacional le hicieron ver que algo grave estaba ocurriendo. Las alarmas y
lloros de doña Luisa aumentaron su nerviosidad. Ya no volvía la buena
señora entusiasmada y heroica de sus visitas á las iglesias. Las
conversaciones á solas con su hermana le infundían un terror que
pretendía comunicar luego al esposo. «Todo está perdido... Elena es la
única que sabe la verdad.»
Desnoyers fué en busca del senador Lacour. Conocía á todos los
ministros: nadie mejor enterado que él. «Sí, amigo mío--dijo el
personaje con tristeza--, dos grandes descalabros en Morhange y en
Charleroi, al Este y al Norte. Los enemigos van á invadir el suelo de
Francia... Pero nuestro ejército se mantiene intacto y se retira en buen
orden. Aún puede cambiar la fortuna. Una gran desgracia, pero no está
todo perdido.»
Los preparativos de defensa de París eran activados... algo tarde. Los
fuertes se armaban con nuevos cañones; desaparecían bajo los picos de la
demolición oficial las casuchas elevadas en la zona de tiro durante los
años de paz; los árboles de las avenidas exteriores caían cortados para
ensanchar el horizonte; barricadas de sacos de tierra y de troncos
obstruían las puertas de las antiguas murallas. Los curiosos recorrían
los alrededores para admirarlas trincheras recién abiertas y los
alambrados con púas. El Bosque de Bolonia se llenaba de rebaños. Junto á
montañas de alfalfa seca, toros y ovejas se agrupaban en las praderas de
fino césped. La seguridad del sustento preocupaba á una población que
mantenía vivo aún el recuerdo de las miserias sufridas en 1870. Cada
noche era más débil el alumbrado en las calles. El cielo, en cambio,
estaba rayado incesantemente por las mangas de luz de los reflectores.
El miedo á una agresión aérea venía á aumentar las inquietudes públicas.
Las gentes medrosas hablaban de los zeppelines, atribuyéndoles un poder
irresistible, con la exageración que acompaña á los peligros
misteriosos.
Doña Luisa aturdía con su pánico al marido. Este pasaba los días en una
alarma continua, teniendo que infundir ánimo á su mujer, temblorosa y
lloriqueante. «Van á llegar, Marcelo; me lo dice el corazón. Yo no puedo
vivir así. La niña... ¡la niña!» Aceptaba ciegamente todas las
afirmaciones de su hermana. Lo único que ponía en duda era la
caballerosidad y la disciplina de aquellas tropas en las que figuraban
sus sobrinos. Las noticias de las atrocidades cometidas en Bélgica con
las mujeres le merecían igual fe que los avances del enemigo anunciados
por Elena. «La niña, Marcelo... ¡la niña!» Y el caso era que la niña,
objeto de tales inquietudes, reía con la insolencia de su juventud
vigorosa, al escuchar á la madre: «Que vengan esos sinvergüenzas.
Tendría gusto en verles la cara.» Y contraía la diestra, como si
empuñase ya el cuchillo vengador.
El padre se cansó de esta situación. Le quedaba uno de sus
automóviles-monumentos, que podía guiar un -chauffeur- extranjero. El
senador Lacour obtuvo los papeles necesarios para el viaje de la
familia, y Desnoyers dió órdenes á su esposa con un tono que no admitía
réplica. Debían irse á Biarritz ó á las estaciones veraniegas del Norte
de España. Casi todas las familias sudamericanas habían salido en la
misma dirección. Doña Luisa intentó oponerse: le era imposible partir
sin su esposo. En tantos años de matrimonio no se habían separado una
sola vez. Pero la hosca negativa de don Marcelo cortó sus protestas. El
se quedaba. Entonces, la pobre señora corrió á la -rue de la Pompe-. ¡Su
hijo!... Julio apenas escuchó á la madre. ¡Ay, éste se quedaba también!
Y al fin, el imponente automóvil emprendió la marcha hacia el Sur,
llevando á doña Luisa, á su hermana, que aceptaba con gusto este
alejamiento de las admiradas tropas del emperador, y á Chichí, contenta
de que la guerra le proporcionase una excursión á las playas de moda
frecuentadas por sus amigas.
Don Marcelo se vió solo. Las doncellas cobrizas habían seguido en
ferrocarril la fuga de las señoras. Al principio se sintió desorientado
en esta soledad; le causaron extrañeza las comidas en el restorán, las
noches pasadas en unas habitaciones desiertas y enormes que guardaban
aún las huellas de su familia. Los otros pisos de la casa estaban
igualmente vacíos. Todos los habitantes eran extranjeros que habían
escapado discretamente, ó franceses sorprendidos por la guerra cuando
veraneaban en sus posesiones del campo.
El instinto le hizo ir en sus paseos hasta la -rue de la Pompe-, mirando
de lejos el ventanal del estudio. ¿Qué haría su hijo?... De seguro que
continuaba su vida alegre é inútil. Para hombres como él, nada existía
más allá de las frivolidades de su egoísmo.
Desnoyers estaba satisfecho de su resolución. Seguir á la familia le
parecía un delito. Bastante le martirizaba el recuerdo de su fuga á
América. «No, no vendrán--se dijo repetidas veces, con el optimismo del
entusiasmo--. Tengo el presentimiento de que no llegarán á París. ¡Y si
llegan...!» La ausencia de los suyos le proporcionaba el valor alegre y
desenfadado de la juventud. Por su edad y sus dolencias no era capaz de
hacer la guerra á campo raso, pero podía disparar un fusil, inmóvil en
una trinchera, sin miedo á la muerte. ¡Que vinieran!... Lo deseaba con
la vehemencia de un buen pagador ganoso de satisfacer cuanto antes una
deuda antigua.
Encontró en las calles de París muchos grupos de fugitivos. Eran del
Norte y el Este de Francia y habían escapado ante el avance de los
alemanes. De todos los relatos de esta muchedumbre dolorosa, que no
sabía adónde ir y no contaba con otro recurso que la piedad de las
gentes, lo más impresionante para él eran los atentados á la propiedad.
Fusilamientos y asesinatos le hacían cerrar los puños, prorrumpiendo en
deseos de venganza. Pero los robos autorizados por los jefes, los
saqueos en masa por orden superior, seguidos del incendio, le parecían
tan inauditos, que permanecía silencioso, como si la estupefacción
paralizase su pensamiento. ¡Y un pueblo con leyes podía hacer la guerra
de este modo, lo mismo que una tribu de indios que parte al combate para
robar!... Su adoración al derecho de propiedad se revolvía furiosa
contra estos sacrilegios.
Empezó á preocuparse de su castillo de Villeblanche. Todo lo que poseía
en París le pareció repentinamente de escasa importancia comparado con
lo que guardaba en la «mansión histórica». Sus mejores cuadros estaban
allá, adornando los salones sombríos; allá también los muebles
arrancados á los anticuarios tras una batalla de pujas, y las vitrinas
repletas, los tapices, las vajillas de plata.
Repasaba en su memoria todos los objetos, sin que uno solo escapase á
este inventario mental. Cosas que había olvidado resurgían ahora en su
recuerdo, y el miedo á perderlas parecía darle mayor brillo, agrandando
su tamaño, infundiéndolas nuevo valor. Todas las riquezas de
Villeblanche se concentraban en una adquisición, que era la más admirada
por Desnoyers, viendo en ella la gloria de su enorme fortuna, el mayor
alarde de lujo que podía permitirse un millonario.
«La bañadera de oro--pensó--. Tengo allá mi tina de oro.»
Este baño de precioso metal lo había adquirido en una subasta, juzgando
tal compra como el acto más culminante de su opulencia. No sabía con
certeza su origen: tal vez era un mueble de príncipes; tal vez debía la
existencia al capricho de una cocota ansiosa de ostentación. El y los
suyos habían formado una leyenda en torno de esta cavidad de oro
adornada con garras de león, delfines y bustos de náyades.
Indudablemente procedía de reyes. Chichí afirmaba con gravedad que era
el baño de María Antonieta. Y toda la familia, considerando modesto y
burgués el piso de la avenida Víctor Hugo para guardar esta joya, había
acordado depositarla en el castillo, respetada, inútil y solemne como
una pieza de museo... ¿Y esto se lo podían llevar los enemigos si
llegaban en su avance hasta el Marne, así como las demás riquezas
reunidas con tanta paciencia?... ¡Ah, no! Su alma de coleccionista era
capaz de los mayores heroísmos para evitarlo.
Cada día aportaba una ola nueva de malas noticias. Los periódicos decían
poco; el gobierno hablaba con un lenguaje obscuro, que sumía el ánimo en
perplejidades. Sin embargo, la verdad se abría paso misteriosamente,
empujada por el pesimismo de los alarmistas y por los manejos de los
espías enemigos que permanecían ocultos en París. Las gentes se
comunicaban las fatales nuevas al oído: «Ya han pasado la frontera...»
«Ya están en Lille...» Avanzaban á razón de cincuenta kilómetros por
día. El nombre de von Kluck empezaba á hacerse familiar. Ingleses y
franceses retrocedían ante el movimiento envolvente de los invasores.
Algunos esperaban un nuevo Sedán. Desnoyers seguía el avance del enemigo
yendo diariamente á la estación del Norte. Cada veinticuatro horas se
achicaba el radio de circulación de los viajeros. Los avisos anunciando
que no se expendían billetes para determinadas poblaciones del Norte
indicaban cómo iban cayendo éstas, una tras otra, en poder del invasor.
El empequeñecimiento del territorio nacional se efectuaba con una
regularidad metódica, á razón de cincuenta kilómetros diarios. Con el
reloj á la vista podía anunciarse á qué hora iban á saludar con sus
lanzas los primeros hulanos la aparición de la torre Eiffel en el
horizonte. Los trenes llegaban repletos, desbordando fuera de sus
vagones los racimos de gentes.
Y fué en estos momentos de general angustia cuando don Marcelo visitó á
su amigo el senador Lacour para asombrarle con la más inaudita de las
peticiones. Quería ir inmediatamente á su castillo. Cuando todos huían
hacia París, él necesitaba marchar en dirección contraria. El senador no
pudo creer lo que escuchaba.
--¡Está usted loco!--exclamó--. Hay que salir de París, pero con
dirección al Sur. A usted se lo digo solamente, y cállelo, porque es un
secreto. Nos vamos de un momento á otro; todos nos vamos: el presidente,
el gobierno, las Cámaras. Nos instalaremos en Burdeos, como en 1870. El
enemigo va á llegar: es asunto de días... de horas. Sabemos poco de lo
que ocurre, pero todas las noticias son malas. El ejército se mantiene
firme, aún está intacto, pero se retira... se retira, cediendo
terreno... Créame, lo mejor es marcharse de París. Gallieni lo
defenderá, pero la defensa va á ser dura y penosa... Aunque caiga París,
no por eso caerá Francia. Continuaremos la guerra si es necesario hasta
la frontera de España... Pero esto es triste, ¡muy triste!
Y ofreció á su amigo el llevarle con él en la retirada á Burdeos, que
muy pocos conocían en aquellos momentos. Desnoyers movió la cabeza. No;
deseaba ir al castillo de Villeblanche. Sus muebles... sus riquezas...
su parque.
--¡Pero va usted á caer prisionero!--protestó el senador--. ¡Tal vez lo
maten!
Un gesto de indiferencia fué la respuesta. Se consideraba con energías
para luchar contra todos los ejércitos de Alemania defendiendo su
propiedad. Lo importante era instalarse en ella, ¡y que se atreviese
alguien á tocar lo suyo!... El senador miró con asombro á este burgués
enfurecido por el sentimiento de la posesión. Se acordó de los
mercaderes árabes, humildes y pacíficos ordinariamente, que pelean y
mueren como fieras cuando los beduínos ladrones quieren apoderarse de
sus géneros. El momento no era para discusiones: cada cual debía pensar
en su propia suerte. El senador acabó por prestarse al deseo de su
amigo. Si tal era su gusto, podía cumplirlo. Y consiguió con su
influencia que saliese aquella misma noche en un tren militar que iba al
encuentro del ejército.
Este viaje puso en contacto á don Marcelo con el extraordinario
movimiento que la guerra había desarrollado en las vías férreas. Su tren
tardó catorce horas en salvar una distancia corrida en dos normalmente.
Se componía de vagones de carga llenos de víveres y cartuchos, con las
puertas cerradas y selladas. Un coche de tercera clase estaba ocupado
por la escolta del tren: un pelotón de territoriales. En uno de segunda
se instaló Desnoyers, con el teniente que mandaba este grupo y varios
oficiales que iban á incorporarse á sus regimientos después de terminar
las operaciones de movilización en las poblaciones que guarnecían antes
de la guerra. Los vagones de cola contenían sus caballos.
Se detuvo el tren muchas veces para dejar paso á otros que se le
adelantaban repletos de soldados ó volvían hacia París con muchedumbres
fugitivas. Estos últimos estaban compuestos de plataformas de carga, y
en ellas se apelotonaban mujeres, niños, ancianos, revueltos con fardos
de ropas, maletas y carretillas que les habían servido para llevar hasta
la estación todo lo que restaba de sus ajuares. Eran á modo de
campamentos rodantes que se inmovilizaban muchas horas y hasta días en
los apartaderos, dejando paso libre á los convoyes impulsados por las
necesidades apremiantes de la guerra. La muchedumbre, habituada á las
detenciones interminables, desbordaba fuera del tren, instalándose ante
la locomotora muerta ó esparciéndose por los campos inmediatos.
En las estaciones de alguna importancia, todas las vías estaban ocupadas
por rosarios de vagones. Las máquinas, á gran presión, silbaban,
impacientes de partir. Los grupos de soldados dudaban ante los diversos
trenes, equivocándose, descendiendo de unos coches para instalarse en
otros. Los empleados, calmosos y con aire de fatiga, iban de un lado á
otro guiando á los hombres, dando explicaciones, disponiendo la carga de
montañas de objetos. En el convoy que llevaba á Desnoyers los
territoriales dormitaban, acostumbrados á la monótona operación de dar
escolta. Los encargados de los caballos habían abierto las puertas
corredizas de los vagones, sentándose en el borde con las piernas
colgantes. El tren marchaba lentamente en la noche, á través de los
campos de sombra, deteniéndose ante los faros rojos para avisar su
presencia con largos silbidos. En algunas estaciones se presentaban
muchachas vestidas de blanco, con escarapelas y banderitas sobre el
pecho. Día y noche estaban allí, reemplazándose, para que no pasase un
tren sin recibir su visita. Ofrecían en cestas y bandejas sus obsequios
á los soldados: pan, chocolate, frutas. Muchos, por hartura, intentaban
resistirse, pero habían de ceder finalmente ante el gesto triste de las
jóvenes. Hasta Desnoyers se vió asaltado por estos obsequios del
entusiasmo patriótico.
Pasó gran parte de la noche hablando con sus compañeros de viaje. Los
oficiales sólo tenían vagos indicios de dónde podrían encontrar á sus
regimientos. Las operaciones de la guerra cambiaban diariamente su
situación. Pero fieles al deber, seguían adelante, con la esperanza de
llegar á tiempo para el combate decisivo. El jefe de la escolta llevaba
realizados algunos viajes y era el único que se daba cuenta exacta de la
retirada. Cada vez hacía el tren un trayecto menor. Todos parecían
desorientados. ¿Por qué la retirada?... El ejército había sufrido
reveses indudablemente, pero estaba entero, y según su opinión debía
buscar el desquite en los mismos lugares. La retirada dejaba libre el
avance del enemigo. ¿Hasta dónde iban á retroceder?... ¡Ellos que dos
semanas antes discutían en sus guarniciones el punto de Bélgica donde
recibirían los adversarios el golpe mortal y por qué lugares invadirían
á Alemania las tropas victoriosas!...
Su decepción no revelaba desaliento. Una esperanza indeterminada pero
firme emergía sobre sus vacilaciones: el generalísimo era el único que
poseía el secreto de los sucesos. Y Desnoyers aprobó, con el entusiasmo
ciego que le inspiraban las personas cuando depositaba en ellas su
confianza. ¡Joffre!... El caudillo serio y tranquilo lo arreglaría todo
finalmente. Nadie debía dudar de su fortuna: era de los hombres que
dicen siempre la última palabra.
Al amanecer abandonó el vagón. «Buena suerte.» Y estrechó las manos de
aquellos jóvenes animosos, que iban á morir tal vez en breve plazo. El
tren pudo seguir su camino inmediatamente al encontrar por casualidad la
vía libre, y don Marcelo se vió solo en una estación. En tiempo normal
salía de ella un ferrocarril secundario que pasaba por Villeblanche;
pero el servicio estaba suspendido por falta de personal. Los empleados
habían pasado á las grandes líneas, abarrotadas por los transportes de
guerra.
Inútilmente buscó, con los más generosos ofrecimientos, un caballo, un
simple carretón tirado por una bestia cualquiera, para continuar su
viaje. La movilización acaparaba lo mejor, y los demás medios de
transporte habían desaparecido con la fuga de los medrosos. Había que
hacer á pie una marcha de quince kilómetros. El viejo no vaciló:
¡adelante! Y empezó á caminar por una carretera blanca, recta,
polvorienta, entre tierras llanas é iguales que se sucedían hasta el
infinito. Algunos grupos de árboles, algunos setos verdes y las
techumbres de varias granjas alteraban la monotonía del paisaje. Los
campos estaban cubiertos de rastrojos de la cosecha reciente. Los
pajares abullonaban el suelo con sus conos amarillentos, que empezaban á
obscurecerse tomando un tono de oro oxidado. En las vallas aleteaban los
pájaros sacudiendo el rocío del amanecer.
Los primeros rayos del sol anunciaron un día caluroso. En torno de los
pajares vió Desnoyers una agitación de personas que se levantaban,
sacudiendo sus ropas y despertando á otras todavía dormidas. Eran
fugitivos que habían acampado en las inmediaciones de la estación,
esperando un tren que les llevase lejos, sin saber con certeza adónde
deseaban ir. Unos procedían de lejanos departamentos: habían oído el
cañón, habían visto aproximarse la guerra, y llevaban varios días de
marcha á la ventura. Otros, al sentir el contagio de este pánico, habían
huído igualmente, temiendo conocer los mismos horrores... Vió madres con
sus pequeños en los brazos; ancianos doloridos que sólo podían avanzar
con una mano en el bastón y otra en el brazo de alguno de su familia;
viejas arrugadas é inmóviles como momias, que dormían y viajaban
tendidas en una carretilla. Al despertar el sol á este tropel miserable
se buscaban unos á otros con paso torpe, entumecidos aún por la noche,
reconstituyendo los mismos grupos del día anterior. Muchos avanzaban
hacia la estación con la esperanza de un tren que nunca llegaba á
formarse, creyendo ser más dichosos en el día que acababa de nacer.
Algunos seguían su camino á lo largo de los rieles, pensando que la
suerte les sería más propicia en otro lugar.
Don Marcelo anduvo toda la mañana. La cinta blanca y rectilínea del
camino estaba moteada de grupos que venían hacia él, semejantes en
lontananza á un rosario de hormigas. No vió un solo caminante que
siguiese su misma dirección. Todos huían hacia el Sur; y al encontrar á
este señor de la ciudad, que marchaba bien calzado, con bastón de paseo
y sombrero de paja, hacían un gesto de extrañeza. Le creían tal vez un
funcionario, un personaje, alguien del gobierno, al verle avanzar solo
hacia el país que abandonaban á impulsos del terror.
A mediodía pudo encontrar un pedazo de pan, un poco de queso y una
botella de vino blanco en una taberna inmediata al camino. El dueño
estaba en la guerra, la mujer gemía en la cama. La madre, una vieja algo
sorda, rodeada de sus nietos, seguía desde la puerta este desfile de
fugitivos que duraba tres días. «¿Por qué huyen, señor?--dijo al
caminante--. La guerra sólo interesa á los soldados. Nosotros, gentes
del campo, no hacemos mal á nadie y nada debemos temer.»
Cuatro horas después, al bajar una de las pendientes que forman el valle
del Marne, vió á lo lejos los tejados de Villeblanche en torno de su
iglesia, y emergiendo de una arboleda las caperuzas de pizarra que
remataban los torreones de su castillo.
Las calles del pueblo estaban desiertas. Sólo en los alrededores de la
plaza vió sentadas algunas mujeres, como en las tardes plácidas de otros
veranos. La mitad del vecindario había huído; la otra mitad permanecía
en sus hogares, por rutina sedentaria, engañándose con un ciego
optimismo. Si llegaban los prusianos, ¿qué podían hacerles?...
Obedecerían sus órdenes sin intentar ninguna resistencia, y á un pueblo
que obedece no es posible castigarlo... Todo era preferible antes que
perder unas viviendas levantadas por sus antepasados y de las que nunca
habían salido.
En la plaza vió, formando un grupo, al alcalde y los principales
habitantes. Todos ellos, así como las mujeres, miraron con asombro al
dueño del castillo. Era la más inesperada de las apariciones. Cuando
tantos huían hacia París, este parisién venía á juntarse con ellos,
participando de su suerte. Una sonrisa de afecto, una mirada de
simpatía, parecieron atravesar su áspera corteza de rústicos
desconfiados. Hacía mucho tiempo que Desnoyers vivía en malas relaciones
con el pueblo entero. Sostenía ásperamente sus derechos, sin admitir
tolerancias en asuntos de propiedad. Habló muchas veces de procesar al
alcalde y enviar á la cárcel á la mitad del vecindario, y sus enemigos
le contestaban invadiendo traidoramente sus tierras, matando su caza,
abrumándolo con reclamaciones judiciales y pleitos incoherentes... Su
odio al municipio le había aproximado al cura, por vivir éste en franca
hostilidad contra el alcalde. Pero sus relaciones con la Iglesia fueron
tan infructuosas como sus luchas con el Estado. El cura era un bonachón,
al que encontraba cierto parecido físico con Renán, y que únicamente se
preocupaba de sacarle limosnas para los pobres, llevando su atrevimiento
bondadoso hasta excusar á los merodeadores de su propiedad.
¡Cuán lejanas le parecían ahora las luchas sostenidas hasta un mes
antes!... El millonario experimentó una gran sorpresa al ver cómo el
sacerdote, saliendo de su casa para entrar en la iglesia, saludaba al
pasar al alcalde con una sonrisa amistosa.
Después de largos años de mutismo hostil se habían encontrado en la
tarde del 1.º de Agosto al pie de la torre de la iglesia. La campana
sonaba á rebato para anunciar la movilización á los hombres que estaban
en los campos. Y los dos enemigos, instintivamente, se habían estrechado
la mano. ¡Todos franceses! Esta unanimidad afectuosa salía también al
encuentro del odiado señor del castillo. Tuvo que saludar á un lado y á
otro, apretando manos duras. Las gentes prorrumpían á sus espaldas en
cariñosas rectificaciones. «Un hombre bueno, sin más defecto que la
violencia de su carácter...» Y el señor Desnoyers conoció por unos
minutos el grato ambiente de la popularidad.
Al verse en el castillo dió por bien empleada la fatiga de la marcha,
que hacía temblar sus piernas. Nunca le había parecido tan grande y
majestuoso su parque como en este atardecer de verano; nunca tan blancos
los cisnes que se deslizaban, dobles por el reflejo, sobre las aguas
muertas; nunca tan señorial el edificio, cuya imagen repetía invertida
el verde espejo de los fosos. Sintió necesidad de ver inmediatamente los
establos con sus animales vacunos; luego echó una ojeada á las cuadras
vacías. La movilización se había llevado sus mejores caballos de labor.
Igualmente había desaparecido su personal. El encargado de los trabajos
y varios mozos estaban en el ejército. En todo el castillo sólo quedaba
el conserje, un hombre de más de cincuenta años, enfermo del pecho, con
su familia, compuesta de su mujer y una hija. Los tres cuidaban de
llenar los pesebres de las vacas, ordeñando de tarde en tarde sus ubres
olvidadas.
En el interior del edificio volvió á congratularse de la resolución que
le había arrastrado hasta allí. ¡Cómo abandonar tales riquezas!...
Contempló los cuadros, las vitrinas, los muebles, los cortinajes, todo
bañado en oro por el resplandor moribundo del día, y sintió el orgullo
de la posesión. Este orgullo le infundió un valor absurdo, inverosímil,
como si fuese un ser gigantesco procedente de otro planeta y toda la
humanidad que le rodeaba un simple hormiguero que podía borrar con los
pies. ¡Que viniesen los enemigos! Se consideraba con fuerzas para
defenderse de todos ellos... Luego, al arrancarle la razón de su delirio
heroico, intentó tranquilizarse con un optimismo falto igualmente de
solidez. No vendrían. El no sabía por qué, pero le anunciaba el corazón
que los enemigos no llegarían hasta allí.
La mañana siguiente la pasó recorriendo los prados artificiales que
había formado detrás del parque, lamentando el abandono en que estaban
por la marcha de sus hombres, intentando abrir las compuertas para dar
un riego al pasto, que empezaba á secarse. Las viñas alineaban sus masas
de pámpanos á lo largo de los alambrados que las servían de sostén. Los
racimos repletos, próximos á la madurez, asomaban entre las hojas sus
triángulos granulados. ¡Ay, quién recogería esta riqueza!...
Por la tarde notó un movimiento extraordinario en el pueblo. Georgette,
la hija del conserje, trajo la noticia de que empezaban á pasar por la
calle principal automóviles enormes, muchos automóviles, y soldados
franceses, muchos soldados. Al poco rato se inició el desfile por una
carretera inmediata al castillo, que conducía al puente sobre el Marne.
Eran camiones cerrados ó abiertos que aún conservaban sus antiguos
rótulos comerciales bajo la capa de polvo endurecido y las salpicaduras
de barro. Muchos de ellos ostentaban títulos de empresas de París; otros
el nombre social de establecimientos de provincias. Y juntos con estos
vehículos industriales requisados por la movilización pasaron otros
procedentes del servicio público, que causaban en Desnoyers el mismo
efecto que unos rostros amigos entrevistos en una muchedumbre
desconocida. Eran ómnibus de París que aún mantenían en su parte alta
los nombres indicadores de sus antiguos trayectos: -Madeleine-Bastille,
Passy-Bourse, etc.- Tal vez había viajado él muchas veces en estos
mismos vehículos, despintados, aviejados por veinte días de actividad
intensa, con las planchas abolladas, los hierros torcidos, sonando á
desvencijamiento y perforados como cribas.
Unos carruajes ostentaban redondeles blancos con el centro cortado por
la cruz roja; otros tenían como marca letras y cifras que sólo podían
entender los iniciados en los secretos de la administración militar. Y
en todos estos vehículos, que únicamente conservaban nuevos y vigorosos
sus motores, vió soldados, muchos soldados, pero todos heridos, con la
cabeza y las piernas entrapajadas, rostros pálidos que una barba crecida
hacía aún más trágicos, ojos de fiebre que miraban fijamente, bocas
dilatadas como si se hubiese solidificado en ellas el gemido del dolor.
Médicos y enfermeros ocupaban varios carruajes de este convoy. Algunos
pelotones de jinetes lo escoltaban. Y entre la lenta marcha de monturas
y automóviles pasaban grupos de soldados á pie, con el capote
desabrochado ó pendiente de las espaldas lo mismo que una capa; heridos
que podían caminar y bromeaban y cantaban, unos con un brazo fajado
sobre el pecho, otros con la cabeza vendada, transparentándose á través
de la tela el rezumamiento interior de la sangre.
El millonario quiso hacer algo por ellos; pero apenas intentó distribuir
unas botellas de vino, unos panes, lo primero que encontró á mano, se
interpuso un médico, apostrofándole como si cometiese un delito. Sus
regalos podían resultar fatales. Y tuvo que permanecer al borde del
camino, impotente y triste, siguiendo con ojos sombríos el convoy
doloroso... Al cerrar la noche ya no fueron vehículos cargados de
hombres enfermos los que desfilaban. Vió centenares de camiones, unos
cerrados herméticamente, con la prudencia que imponen las materias
explosivas; otros con fardos y cajas que esparcían un olor mohoso de
víveres. Luego avanzaron grandes manadas de bueyes, que se arremolinaban
en las angosturas del camino, siguiendo adelante bajo el palo y los
gritos de los pastores con kepis.
Pasó la noche desvelado por sus pensamientos. Era la retirada de que
hablaban las gentes en París, pero que muchos no querían creer; la
retirada llegando hasta allí y continuando su retroceso indefinido, pues
nadie sabía cual iba á ser su límite. El optimismo le sugirió una
esperanza inverosímil. Tal vez esta retirada comprendía únicamente los
hospitales, los almacenes, todo lo que se estaciona á espaldas de un
ejército. Las tropas querían estar libres de impedimenta, para moverse
con más agilidad, y la enviaban lejos por ferrocarriles y carreteras.
Así debía ser. Y en los ruidos que persistieron durante toda la noche
sólo quiso adivinar el paso de vehículos llenos de heridos, de
municiones, de víveres, iguales á los que habían desfilado por la tarde.
Cerca del amanecer, el cansancio le hizo dormirse, y despertó bien
entrado el día. Su primera mirada fué para el camino. Lo vió lleno de
hombres y de caballos que tiraban de objetos rodantes. Pero los hombres
llevaban fusiles y formaban batallones, regimientos. Las bestias
arrastraban piezas de artillería. Era un ejército... era la retirada.
Desnoyers corrió al borde del camino para convencerse mejor de la
verdad.
¡Ay! Eran regimientos como los que él había visto partir de las
estaciones de París... pero con aspecto muy distinto. Los capotes azules
se habían convertido en vestiduras andrajosas y amarillentas; los
pantalones rojos blanqueaban con un color de ladrillo mal cocido; los
zapatos eran bolas de barro. Los rostros tenían una expresión feroz, con
regueros de polvo y sudor en todas sus grietas y oquedades, con barbas
recién crecidas, agudas como púas, con un gesto de cansancio que
revelaba el deseo de hacer alto, de quedarse allí mismo para siempre,
matando ó muriendo, pero sin dar un paso más. Caminaban... caminaban...
caminaban. Algunas marchas habían durado treinta horas. El enemigo iba
sobre sus huellas, y la orden era de andar y no combatir, librándose por
ligereza de pies de los movimientos envolventes intentados por el
invasor. Los jefes adivinaban el estado de ánimo de sus hombres. Podían
exigir el sacrificio de su vida, ¡pero ordenarles que marchasen día y
noche, siempre huyendo del enemigo, cuando no se consideraban
derrotados, cuando sentían gruñir en su interior la cólera feroz, madre
del heroísmo!... Las miradas de desesperación buscaban al oficial
inmediato, á los jefes, al mismo coronel. ¡No podían más! Una marcha
enorme, anonadadora, en tan pocos días, ¿y para qué?... Los superiores,
que sabían lo mismo que ellos, parecían contestar con los ojos, como si
poseyesen un secreto: «¡Animo! Otro esfuerzo... Esto va á terminar muy
pronto.»
Las bestias, vigorosas, pero desprovistas de imaginación, resistían
menos que los hombres. Su aspecto era deplorable. ¿Cómo podían ser los
mismos caballos fuertes y de pelo lustroso que él había visto en los
desfiles de París á principios del mes anterior? Una campaña de veinte
días los había envejecido y agotado. Su mirada opaca parecía implorar
piedad. Estaban flacos, con una delgadez que hacía sobresalir las
aristas de su osamenta y aumentaba el abultamiento de sus ojos. Los
arneses, al moverse, descubrían su piel con los pelos arrancados y
sangrientas desolladuras. Avanzaban con un tirón supremo, concentrando
sus últimas fuerzas, como si la razón de los hombres obrase sobre sus
obscuros instintos. Algunos no podían más y se desplomaban de pronto,
abandonando á sus compañeros de fatiga. Desnoyers presenció cómo los
artilleros los despojaban rápidamente de sus arneses, volteándolos hasta
sacarlos del camino para que no estorbasen la circulación. Allí
quedaban, mostrando su esquelética desnudez, disimulada hasta entonces
por los correajes, con las patas rígidas y los ojos vidriosos y fijos,
como si espiasen el revoloteo de las primeras moscas atraídas por su
triste carroña.
Los cañones pintados de gris, las cureñas, los armones, todo lo había
visto don Marcelo limpio y brillante, con ese frote amoroso que el
hombre ha dedicado á las armas desde épocas remotas, más tenaz que el de
la mujer con los objetos del hogar. Ahora todo parecía sucio, con la
pátina del uso sin medida, con el desgaste de un inevitable abandono:
las ruedas estaban deformadas exteriormente por el barro, el metal
obscurecido por los vapores de la explosión, la pintura gris manchada
por el musgo de la humedad.
En los espacios libres de este desfile, en los paréntesis abiertos entre
una batería y un regimiento, corrían pelotones de paisanos: grupos
miserables que la invasión echaba por delante; poblaciones enteras que
se habían disgregado siguiendo al ejército en su retirada. El avance de
una nueva unidad los hacía salir del camino, continuando su marcha á
través de los campos. Luego, al menor claro en la masa de tropas,
volvían á deslizarse por la superficie blanca é igual de la carretera.
Eran madres que empujaban carretones con pirámides de muebles y
chiquillos; enfermos que casi se arrastraban; octogenarios llevados en
hombros por sus nietos; abuelos que sostenían niños en sus brazos;
ancianas con pequeños agarrados á sus faldas como una nidada silenciosa.
Nadie se opuso ahora á la liberalidad del dueño del castillo. Toda su
bodega pareció desbordarse hacia la carretera. Rodaban los toneles de la
última cosecha, y los soldados llenaban en el chorro rojo el cazo de
metal pendiente de su cintura. Luego, el vino embotellado iba saliendo á
luz por orden de fechas, perdiéndose instantáneamente en este río de
hombres que pasaba y pasaba. Desnoyers contempló con orgullo los efectos
de su munificencia. La sonrisa reaparecía en los rostros fieros; la
broma francesa saltaba de fila en fila; al alejarse los grupos iniciaban
una canción.
Luego se vió en la plaza del pueblo entre varios oficiales que daban un
corto descanso á sus caballos antes de reincorporarse á la columna. Con
la frente contraída y los ojos sombríos, hablaban de esta retirada
inexplicable para ellos. Días antes, en Guisa, habían infligido una
derrota á sus perseguidores. Y sin embargo, continuaban retrocediendo,
obedientes á una orden terminante y severa. «No
comprendemos...--decían--. No comprendemos.» La marea ordenada y
metódica arrastraba á estos hombres que deseaban batirse y tenían que
retirarse. Todos sufrían la misma duda cruel: «No comprendemos.» Y su
duda hacía aún más dolorosa la marcha incesante, una marcha que duraba
día y noche con sólo breves descansos, alarmados los jefes de cuerpo á
todas horas por el temor de verse cortados y separados del resto del
ejército. «Un esfuerzo más, hijos míos. ¡Animo! Pronto descansaremos.»
Las columnas, en su retirada, cubrían centenares de kilómetros.
Desnoyers sólo veía una de ellas. Otras y otras efectuaban idéntico
retroceso á la misma hora, abarcando una mitad de la anchura de Francia.
Todas iban hacia atrás con igual obediencia desalentada, y sus hombres
repetían indudablemente lo mismo que los oficiales: «No comprendemos...
No comprendemos.»
Don Marcelo experimentó de pronto la tristeza y la desorientación de
estos militares. Tampoco él comprendía. Vió lo inmediato, lo que todos
podían ver: el territorio invadido sin que los alemanes encontrasen una
resistencia tenaz; departamentos enteros, ciudades, pueblos,
muchedumbres quedando en poder del enemigo á espaldas de un ejército que
retrocedía incesantemente. Su entusiasmo cayó de golpe como un globo que
se deshincha. Reapareció su antiguo pesimismo. Las tropas mostraban
energía y disciplina; pero ¿de qué podía servir esto si se retiraban
casi sin combatir, imposibilitadas, por una orden severa, de defender el
terreno? «Lo mismo que en el 70», pensó. Exteriormente había más orden,
pero el resultado iba á ser el mismo.
Como un eco que respondiese negativamente á su tristeza, oyó la voz de
un soldado hablando con un campesino:
--Nos retiramos, pero es para saltar con más fuerza sobre los -boches-.
El abuelo Joffre se los meterá en el bolsillo á la hora y en el sitio
que escoja.
Se reanimó Desnoyers al oir el nombre del general. Tal vez este soldado,
que mantenía intacta su fe á través de las marchas interminables y
desmoralizantes, presentía la verdad mejor que los oficiales razonadores
y estudiosos.
El resto del día lo pasó haciendo regalos á los últimos grupos de la
columna. Su bodega se iba vaciando. Por orden de fechas continuaban
esparciéndose los miles de botellas almacenadas en los subterráneos del
castillo. Al cerrar la noche fueron botellas cubiertas por el polvo de
muchos años lo que entregó á los hombres que le parecían débiles. Así
como la columna desfilaba iba ofreciendo un aspecto más triste de
cansancio y desgaste. Pasaban los rezagados, arrastrando con desaliento
los pies en carne viva dentro de sus zapatos. Algunos se habían librado
de este encierro torturante y marchaban descalzos, con los pesados
borceguíes pendientes de un hombro, dejando en el suelo manchas de
sangre. Pero todos, abrumados por una fatiga mortal, conservaban sus
armas y sus equipos, pensando en el enemigo que estaba cerca.
La liberalidad de Desnoyers produjo estupefacción en muchos de ellos.
Estaban acostumbrados á atravesar el suelo patrio teniendo que luchar
con el egoísmo del cultivador. Nadie ofrecía nada. El miedo al peligro
hacía que los habitantes de los campos escondiesen sus víveres,
negándose á facilitar el menor socorro á los compatriotas que se batían
por ellos.
El millonario durmió mal esta segunda noche en su cama aparatosa de
columnas y penachos que había pertenecido á Enrique IV, según
declaración de los vendedores. Ya no era continuo el tránsito de tropas.
De tarde en tarde pasaba un batallón suelto, una batería, un grupo de
jinetes, las últimas fuerzas de la retaguardia que habían tomado
posición en las cercanías del pueblo para cubrir el movimiento de
retroceso. El profundo silencio que seguía á estos desfiles ruidosos
despertó en su ánimo una sensación de duda é inquietud. ¿Qué hacía allí
cuando la muchedumbre en armas se retiraba? ¿No era una locura
quedarse?... Pero inmediatamente galopaban por su memoria todas las
riquezas conservadas en el castillo. ¡Si él pudiese llevárselas!... Era
imposible, por falta de medios y de tiempo. Además, su tenacidad
consideraba esta huída como algo vergonzoso. «Hay que terminar lo que se
empieza», repitió mentalmente. El había hecho el viaje para guardar lo
suyo, y no debía huír al iniciarse el peligro...
Cuando en la mañana siguiente bajó al pueblo, apenas vió soldados. Sólo
un escuadrón de dragones estaba en las afueras para cubrir los últimos
restos de la retirada. Los jinetes corrían en pelotones por los bosques,
empujando á los rezagados y haciendo frente á las avanzadas enemigas.
Desnoyers fué basta la salida de la población. Los dragones habían
obstruido la calle con una barricada de carros y muebles. Pie á tierra y
carabina en mano, vigilaban detrás de este obstáculo la faja blanca del
camino que se elevaba solitario entre dos colinas cubiertas de árboles.
De tarde en tarde sonaban disparos sueltos, como chasquidos de tralla.
«Los nuestros», decían los dragones. Eran los últimos destacamentos que
tiroteaban á las avanzadas de hulanos. La caballería tenía la misión de
mantener á retaguardia el contacto con el enemigo, de oponerle una
continua resistencia, repeliendo á los destacamentos alemanes que
intentaban filtrarse á lo largo de las columnas.
Vió cómo iban llegando por la carretera los últimos rezagados de
infantería. No marchaban; más bien parecían arrastrarse, con una firme
voluntad de avanzar, pero traicionados en sus deseos por las piernas
anquilosadas, por los pies en sangre. Se habían sentado un momento al
borde del camino, agonizantes de cansancio, para respirar sin el peso de
la mochila, para sacar sus pies del encierro de los zapatos, para
limpiarse el sudor, y al querer reanudar la marcha les era imposible
levantarse. Su cuerpo parecía de piedra. La fatiga los sumía en un
estado semejante á la catalepsia. Veían pasar como un desfile fantástico
todo el resto del ejército: batallones y más batallones, baterías,
tropeles de caballos. Luego, el silencio, la noche, un sueño sobre el
polvo y las piedras, sacudido por terribles pesadillas. Al amanecer eran
despertados por los pelotones de jinetes que exploraban el terreno
recogiendo los residuos de la retirada. ¡Ay! ¡imposible moverse! Los
dragones, revólver en mano, tenían que apelar á la amenaza para
reanimarlos. Sólo la certeza de que el enemigo estaba cerca y podía
hacerles prisioneros les infundía un vigor momentáneo. Y se levantaban
tambaleantes, arrastrando las piernas, apoyándose en el fusil como si
fuese un bastón.
Muchos de estos hombres eran jóvenes que habían envejecido en una hora y
caminaban como valetudinarios. ¡Infelices! No irían muy lejos. Su
voluntad era seguir, incorporarse á la columna; pero al entrar en el
pueblo examinaban las casas con ojos suplicantes, deseando entrar en
ellas, sintiendo un ansia de descanso inmediato que les hacía olvidar la
proximidad del enemigo.
Villeblanche estaba más solitario que antes de la llegada de las tropas.
En la noche anterior, una parte de sus habitantes había huído,
contagiada por el pavor de la muchedumbre que seguía la retirada del
ejército. El alcalde y el cura se quedaban. Reconciliado con el dueño
del castillo por su inesperada presencia y admirado de sus
liberalidades, el funcionario municipal se acercó á él para darle una
noticia. Los ingenieros estaban minando el puente sobre el Mame. Sólo
esperaban para hacerlo saltar á que se retirasen los dragones. Si quería
marcharse, aún era tiempo.
Otra vez dudó Desnoyers. Era una locura permanecer allí. Pero una ojeada
á la arboleda, sobre cuyo ramaje asomaban los torreones del castillo,
finalizó sus dudas. No, no... «Hay que terminar lo que se empieza.»
Se presentaban los últimos grupos de dragones saliendo á la carretera
por diversos puntos del bosque. Llevaban sus caballos al paso, como si
les doliese este retroceso. Volvían la vista atrás, con la carabina en
una mano, prontos á hacer alto y disparar. Los otros que ocupaban la
barricada estaban ya sobre sus monturas. Se rehizo el escuadrón,
sonaron las voces de los oficiales, y un trote vivo con acompañamiento
de choques metálicos se fué alejando á espaldas de don Marcelo.
Quedó éste junto á la barricada, en una soledad de intenso silencio,
como si el mundo se hubiese despoblado repentinamente. Dos perros
abandonados por la fuga de sus amos rondaban y oliscaban en torno de él,
implorando su protección. No podían encontrar el rastro deseado en
aquella tierra pisoteada y desfigurada por el tránsito de miles de
hombres. Un gato famélico espiaba á los pájaros que empezaban á invadir
este lugar. Con tímidos revuelos picoteaban los residuos alimenticios
expelidos por los caballos de los dragones. Una gallina sin dueño
apareció igualmente para disputar su festín á la granujería alada,
oculta hasta entonces en árboles y aleros. El silencio hacía renacer el
murmullo de la hojarasca, el zumbido de los insectos, la respiración
veraniega del suelo ardiente de sol, todos los ruidos de la Naturaleza,
que parecía haberse contraído temerosamente bajo el peso de los hombres
en armas.
No se daba cuenta exacta Desnoyers del paso del tiempo. Creyó todo lo
anterior un mal ensueño. La calma que le rodeaba hizo inverosímil cuanto
había presenciado.
De pronto vió moverse algo en el último término del camino, en lo más
alto de la cuesta, allí donde la cinta blanca tocaba el azul del
horizonte. Eran dos hombres á caballo, dos soldaditos de plomo que
parecían escapados de una caja de juguetes. Había traído con él unos
gemelos, que le servían para sorprender las incursiones en sus
propiedades, y miró. Los dos jinetes, vestidos de gris verdoso, llevaban
lanzas, y su casco estaba rematado por un plato horizontal... ¡Ellos! No
podía dudar: tenía ante su vista los primeros hulanos.
Permanecieron inmóviles algún tiempo, como si explorasen el horizonte.
Luego, de las masas obscuras de vegetación que abullonaban los lados del
camino fueron saliendo otros y otros, hasta formar un grupo. Los
soldaditos de plomo ya no marcaban su silueta sobre el azul del
horizonte. La blancura de la carretera les servía ahora de fondo,
subiendo por encima de sus cabezas. Avanzaban con lentitud, como una
tropa que teme emboscadas y examina lo que la rodea.
La conveniencia de retirarse cuanto antes hizo que don Marcelo dejase de
mirar. Era peligroso que le sorprendiesen en aquel sitio. Pero al bajar
sus gemelos, algo extraordinario pasó por el campo de visión de las
lentes. A corta distancia, como si fuese á tocarlos con la mano, vió
muchos hombres que marchaban al amparo de los árboles por los dos lados
de la carretera. Su sorpresa aún fué mayor al convencerse de que eran
franceses, pues todos llevaban kepis. ¿De dónde salían?... Los volvió á
examinar sin el auxilio de los gemelos, cerca ya de la barricada. Eran
rezagados, en estado lamentable, que ofrecían una pintoresca variedad de
uniformes: soldados de línea, zuavos, dragones sin caballo. Y revueltos
con ellos, guardias forestales y gendarmes pertenecientes á pueblos qué
habían recibido con retraso la noticia de la retirada. En conjunto, unos
cincuenta. Los había enteros y vigorosos; otros se sostenían con un
esfuerzo sobrehumano. Todos conservaban sus armas.
Llegaron hasta la barricada, mirando continuamente atrás para vigilar,
al amparo de los árboles, el lento avance de los hulanos. Al frente de
ésta tropa heterogénea iba un oficial de gendarmería, viejo y obeso, con
el revólver en la diestra, el bigote erizado por la emoción y un brillo
homicida en los ojos azules velados por la pesadez de sus párpados. Se
deslizaron al otro lado de la barrera de carros sin fijarse en este
paisano curioso. Iban á continuar su avance á través del pueblo, cuando
sonó una detonación enorme, conmoviendo el horizonte delante de ellos,
haciendo temblar las casas.
--¿Qué es eso?--preguntó el oficial mirando por primera vez á Desnoyers.
Este dió una explicación: era el puente, que acababa de ser destruído.
Un juramento del jefe acogió la noticia. Pero su tropa confusa, agrupada
al azar del encuentro, permaneció indiferente, como si hubiese perdido
todo contacto con la realidad.
--Lo mismo es morir aquí que en otra parte--continuó el oficial.
Muchos de los fugitivos agradecieron con una pronta obediencia esta
decisión, que los libertaba del suplicio de caminar. Casi se alegraron
de la voladura que les cortaba el paso. Fueron colocándose
instintivamente en los lugares más cubiertos de la barricada. Otros se
introdujeron en unas casas abandonadas, cuyas puertas habían violentado
los dragones para utilizar el piso superior. Todos parecían satisfechos
de poder descansar aunque fuese combatiendo. El oficial iba de un grupo
á otro comunicando sus órdenes. No debían hacer fuego hasta que él diese
la voz.
Don Marcelo presenció tales preparativos con la inmovilidad de la
sorpresa. Había sido tan rápida é inaudita la aparición de los
rezagados, que aún se imaginaba estar soñando. No podía haber peligro en
esta situación irreal: todo era mentira. Y continuó en su sitio sin
entender al teniente, que le ordenaba la fuga con rudas palabras.
¡Paisano testarudo!...
El eco de la explosión había poblado la carretera de jinetes. Salían de
todas partes, uniéndose al primitivo grupo. Los hulanos galopaban con la
certeza de que el pueblo estaba abandonado.
--¡Fuego!...
Desnoyers quedó envuelto en una nube de crujidos, como si se tronchase
la madera de todos los árboles que tenía ante sus ojos.
El escuadrón impetuoso se detuvo de golpe. Varios hombres rodaron por el
suelo. Unos se levantaban para saltar fuera del camino, encorvándose,
con el propósito de hacerse menos visibles. Otros permanecían tendidos
de espaldas ó de bruces, con los brazos por delante. Los caballos sin
jinete emprendieron un galope loco á través de los campos, con las
riendas á la rastra, espoleados por los estribos sueltos.
Y después del rudo vaivén que le hicieron sufrir la sorpresa y la
muerte, se dispersó, desapareciendo casi instantáneamente, absorbido por
la arboleda.
IV
Junto á la gruta sagrada
Argensola tuvo una nueva ocupación más emocionante que la de señalar en
el mapa el emplazamiento de los ejércitos.
--Me dedico ahora á seguir al -taube---decía á sus amigos--. Se presenta
de cuatro á cinco, con la puntualidad de una persona correcta que acude
á tomar el té.
Todas las tardes, á la hora mencionada, un aeroplano alemán volaba sobre
París, arrojando bombas. Esta intimidación no producía terror: la gente
aceptaba la visita como un espectáculo extraordinario é interesante. En
vano los aviadores dejaban caer sobre la ciudad banderas alemanas con
irónicos mensajes dando cuenta de los descalabros del ejército en
retirada y de los fracasos de la ofensiva rusa. ¡Mentiras, todo
mentiras! En vano lanzaban bombas, destrozando buhardillas y matando ó
hiriendo viejos, mujeres y pequeños. «¡Ah, bandidos!» La muchedumbre
amenazaba con el puño al mosquito maligno, apenas visible á dos mil
metros de altura, y después de este desahogo lo seguía con los ojos de
calle en calle ó se inmovilizaba en las plazas para contemplar sus
evoluciones.
Un espectador de los más puntuales era Argensola. A las cuatro estaba en
la plaza de la Concordia, con la cara en alto y los ojos bien abiertos,
al lado de otras gentes unidas á él por cordiales relaciones de
compañerismo. Eran como los abonados á un mismo teatro, que en fuerza de
verse acaban por ser amigos. «¿Vendrá?... ¿No vendrá hoy?» Las mujeres
parecían las más vehementes. Algunas se presentaban arreboladas y
jadeantes por el apresuramiento, temiendo haber llegado tarde al
espectáculo... Un inmenso grito: «¡Ya viene!... ¡Allí está!» Miles de
manos señalaban un punto vago en el horizonte. Se prolongaban los
rostros con gemelos y catalejos; los vendedores populares ofrecían toda
clase de artículos ópticos... Y durante una hora se desarrollaba el
espectáculo apasionante de la cacería aérea, ruidosa é inútil.
El insecto intentaba aproximarse á la torre Eiffel, y de la base de ésta
surgían estampidos, al mismo tiempo que sus diversas plataformas
escupían el rasgueo feroz de las ametralladoras. Al virar sobre la
ciudad sonaban descargas de fusilería en los tejados y en el fondo de
las calles. Todos tiraban: los vecinos que tenían un arma en su casa,
los soldados de guardia, los militares ingleses y belgas de paso en
París. Sabían que sus disparos eran inútiles, pero tiraban por el gusto
de hostilizar al enemigo aunque sólo fuese con la intención, esperando
que la casualidad, en uno de sus caprichos, realizase un milagro. Pero
el único milagro era que no se matasen los tiradores unos á otros con
este fuego precipitado é infructuoso. Aun así, algunos transeuntes caían
heridos por balas de ignorada procedencia.
Argensola iba de calle en calle siguiendo el revuelo del pájaro enemigo,
queriendo adivinar dónde caían sus proyectiles, deseando ser de los
primeros que llegasen frente á la casa bombardeada, enardecido por las
descargas que contestaban desde abajo. ¡No disponer él de una carabina
como los ingleses vestidos de kaki ó aquellos belgas con gorra de
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