Francia!
Las recomendaciones de los que se marchaban eran oídas. Nadie lloraba.
Pero al desaparecer el último pantalón rojo, muchas manos se agarraron
convulsas á los hierros de la verja, muchos pañuelos fueron mordidos con
rechinamiento de dientes, muchas cabezas se ocultaron bajo el brazo con
estertor angustioso.
Y el señor Desnoyers envidió estas lágrimas.
La vieja, al perder en su arrugada mano el contacto de la diestra del
hijo, se volvió hacia donde creía que estaba el país hostil, agitando
los brazos con furor homicida:
--¡Ah, bandido!... ¡Bandido!
Volvía á ver con la imaginación el rostro tantas veces contemplado en
las páginas ilustradas de los periódicos: unos bigotes de insolente
alborotamiento; una boca con dentadura de lobo, que reía... reía como
debieron reir los hombres de la época de las cavernas.
Y el señor Desnoyers envidió esta cólera.
II
Vida nueva
Cuando Margarita pudo volver al estudio de la -rue de la Pompe-, Julio,
que vivía en perpetuo mal humor, viéndolo todo con sombríos colores, se
sintió animado por un optimismo repentino.
La guerra no iba á ser tan cruel como se la imaginaban todos al
principio. Diez días iban transcurridos, y empezaba á hacerse menos
visible el movimiento de tropas. Al disminuir el número de hombres en
las calles, la población femenina parecía haber aumentado. Las gentes se
quejaban de escasez de dinero; los Bancos seguían cerrados para el pago.
En cambio, la muchedumbre sentía una necesidad de gastos extraordinarios
para acaparar víveres. El recuerdo del 70, con las crueles escaseces del
sitio, atormentaba las imaginaciones. Había estallado una guerra con el
mismo enemigo, y á todos les parecía lógico la repetición de iguales
accidentes. Los almacenes de comestibles se veían asediados por las
mujeres, que hacían acopio de alimentos rancios á precios exorbitantes,
para guardarlos en sus casas. El hambre futura producía mayor espanto
que los peligros inmediatos.
Estas eran para Desnoyers todas las transformaciones que la guerra había
realizado en torno de él. Las gentes acabarían por acostumbrarse á la
nueva existencia. La humanidad posee una fuerza de adaptación que le
permite amoldarse á todo para continuar subsistiendo. El esperaba
continuar su vida como si nada hubiese ocurrido. Bastaba para esto que
Margarita siguiese fiel á su pasado. Juntos verían deslizarse los
acontecimientos con la cruel voluptuosidad del que contempla una
inundación, sin riesgo alguno, desde una altura inaccesible.
Esta calma de testigo egoísta de los sucesos se la había inspirado
Argensola.
--Seamos neutros--afirmaba el bohemio--. Neutralidad no significa
indiferencia. Gocemos del gran espectáculo, ya que en toda nuestra vida
volverá á ofrecerse otro semejante.
Lástima que la guerra les pillase con tan poco dinero... Argensola
odiaba á los Bancos más aún que á los Imperios centrales, distinguiendo
con una antipatía especial al establecimiento de crédito que demoraba el
pago del cheque de Julio. ¡Tan hermoso que habría sido presenciar los
acontecimientos con toda clase de comodidades, gracias á esta enorme
cantidad!... Para remediar las penurias domésticas volvía á impetrar el
auxilio de doña Luisa. La guerra había debilitado las precauciones de
don Marcelo, y la familia vivía ahora en un descuido generoso. La madre,
á imitación de otras dueñas de casa, hacía provisiones para meses y
meses, adquiriendo cuantos víveres podía encontrar. El se aprovechó de
esto, menudeando sus visitas á la casa de la avenida Víctor Hugo, para
descender por la escalera de servicio grandes paquetes que engrosaban
las provisiones del estudio.
Todas las alegrías de una buena ama de llaves las conoció al contemplar
los tesoros guardados en su cocina: grandes latas de carne en conserva,
pirámides de botes, sacos de legumbres secas. Tenía allí para el
mantenimiento de una larga familia. Además, la guerra le había servido
de pretexto para hacer nuevas visitas á la bodega de don Marcelo.
--Pueden venir--decía con gesto heroico al pasar revista á su almacén--.
Pueden venir cuando quieran. Estamos preparados para hacerles frente.
El cuidado y aumento de sus víveres y la averiguación de noticias eran
las dos funciones que ocupaban su existencia. Necesitaba adquirir diez,
doce, quince periódicos por día: unos porque eran reaccionarios, y á él
le entusiasmaba la novedad de ver unidos á todos los franceses; otros
porque, siendo radicales, debían estar mejor enterados de las noticias
recibidas por el gobierno. Aparecían á mediodía, á las tres, á las
cuatro, á las cinco de la tarde. Media hora de retraso en el nacimiento
de una hoja infundía grandes esperanzas en el público, que se imaginaba
encontrar noticias estupendas. Todos se arrebataban los últimos
suplementos; todos llevaban los bolsillos repletos de papel, esperando
con ansiedad nuevas publicaciones para adquirirlas. Y todas las hojas
decían aproximadamente lo mismo.
Argensola percibió cómo se iba formando en su interior un alma simple,
entusiasta y crédula, capaz de admitir las cosas más inverosímiles. Esta
alma la adivinaba igualmente en todos los que vivían cerca de él. A
veces, su antiguo espíritu de crítica parecía encabritarse; pero la duda
era rechazada como algo deshonroso. Vivía en un mundo nuevo, y era
natural que ocurriesen cosas extraordinarias que no podían medirse ni
explicarse por el antiguo raciocinio. Y comentaba con alegría infantil
los relatos maravillosos de los periódicos: combates de un pelotón de
franceses ó de belgas con regimientos enteros de enemigos, poniéndolos
en desordenada fuga; el miedo de los alemanes á la bayoneta, que les
hacía correr como liebres apenas sonaba la carga; la ineficacia de la
artillería germánica, cuyos proyectiles estallaban mal.
Era para él ordinario y lógico que la pequeña Bélgica venciese á la
colosal Alemania: una repetición del encuentro de David y Goliat, con
todas las metáforas é imágenes que este choque desigual había inspirado
á través de los siglos. Como la mayor parte de la nación, tenía la
mentalidad de un lector de libro de caballerías que se siente defraudado
cuando el héroe, un hombre solo, no parte mil enemigos de un revés.
Buscaba con predilección los periódicos más exagerados, los que
publicaban más historias de encuentros sueltos, de acciones
individuales, que nadie sabía con certeza dónde habían ocurrido.
La intervención de Inglaterra en los mares le hizo imaginar un hambre
espantosa, fulminante, providencial, que martirizaba á los enemigos. A
los diez días de bloqueo marítimo creía de buena fe que en Alemania
vivía la gente como un grupo de náufragos sobre una balsa de tablones.
Esto le hizo menudear sus visitas á la cocina, admirando emocionado sus
paquetes de comestibles.
--¡Lo que darían en Berlín por mi tesoro!...
Nunca comió mejor Argensola. La consideración de las grandes carestías
sufridas por el adversario espoleaban su apetito, dándole una capacidad
monstruosa. El pan blanco, de corteza dorada y crujiente, le sumía en un
éxtasis religioso.
--¡Si el amigo Guillermo pillase esto!--decía á su compañero.
Mascaba y tragaba con avidez; alimentos y líquidos, al pasar por su
boca, adquirían un nuevo sabor raro y divino. El hambre ajena era para
él un excitante, una salsa de interminable deleite.
Francia le inspiraba entusiasmo, pero á Rusia le concedía mayor crédito.
¡Ah, los cosacos!... Hablaba de ellos como de íntimos amigos. Describía
los terribles jinetes de galope vertiginoso, impalpables como fantasmas,
y tan terribles en su cólera, que el adversario no podía mirarlos de
frente. En la portería de su casa y en varios establecimientos de la
calle le escuchaban con todo el respeto que merece un señor que, por ser
extranjero, puede hablar mejor que otros de las cosas extranjeras.
--Los cosacos ajustarán las cuentas á esos bandidos--terminaba diciendo
con absoluta seguridad--. Antes de un mes habrán entrado en Berlín.
Y su público, compuesto en gran parte de mujeres, esposas ó madres de
los que habían partido á la guerra, aprobaba modestamente, con el deseo
irresistible que todos sentimos de colocar nuestras esperanzas en algo
lejano y misterioso. Los franceses defenderían el país, reconquistando
además los territorios perdidos; pero eran los cosacos los que iban á
dar el golpe de gracia, aquellos cosacos de que hablaban todos y muy
pocos habían visto.
El único que los conocía de cerca era Tchernoff, y con gran escándalo de
Argensola escuchaba sus palabras sin mostrar entusiasmo. Los cosacos
eran para él un simple cuerpo del ejército ruso. Buenos soldados, pero
incapaces de realizar los milagros que todos les atribuían.
--¡Ese Tchernoff!--exclamaba Argensola--. Como odia al zar, encuentra
malo todo lo de su país. Es un revolucionario fanático... y yo soy
enemigo de todos los fanatismos.
Julio escuchaba con distracción las noticias de su compañero, los
artículos vibrantes recitados con tono declamatorio, los planes de
campaña que discurría ante un mapa enorme fijo en una pared del estudio
y erizado de banderitas que marcaban las situaciones de los ejércitos
beligerantes. Cada periódico obligaba al español á realizar una nueva
danza de alfileres en el mapa, seguida de comentarios de un optimismo á
prueba de bomba.
--Hemos entrado en Alsacia: ¡muy bien!... Parece que ahora abandonamos
Alsacia: ¡perfectamente! Adivino la causa. Es para volver á entrar por
un sitio mejor, pillando al enemigo por la espalda... Dicen que Lieja ha
caído. ¡Mentira!... Y si cae, no importa. Un incidente nada más. Quedan
los otros... ¡los otros! que avanzan por el lado oriental y van á entrar
en Berlín.
Las noticias del frente ruso eran las preferidas por él; pero quedaba en
suspenso cada vez que buscaba en la carta los nombres enrevesados de
aquellos lugares donde efectuaban sus hazañas los admirados cosacos.
Mientras tanto, Julio continuaba el curso de sus pensamientos.
¡Margarita!... Había vuelto al fin, y sin embargo parecía vivir cada vez
más alejada de él...
En los primeros días de la movilización rondó por las inmediaciones de
su casa, creyendo engañar su deseo con esta aproximación ilusoria.
Margarita le había escrito para recomendarle la calma. ¡Feliz él, que
por ser extranjero no sufriría las consecuencias de la guerra! Su
hermano, oficial de artillería de reserva, iba á partir de un momento á
otro. La madre, que vivía con este hijo soltero, había mostrado á última
hora una serenidad asombrosa, después de llorar mucho en los días
anteriores, cuando la guerra era todavía problemática. Ella misma
preparó el equipaje del soldado, para que la pequeña maleta contuviese
todo lo que es indispensable en la vida de campaña. Pero Margarita
adivinaba el suplicio interior de la pobre señora y su lucha para que
no se revelase exteriormente en la humedad de sus ojos, en la
nerviosidad de sus manos. Le era imposible abandonar á su madre un solo
momento... Luego había sido la despedida. «¡Adiós, hijo mío! Cumple tu
deber, pero sé prudente.» Ni una lágrima, ni un desfallecimiento. Toda
la familia se había opuesto á que le acompañase hasta el ferrocarril. Su
hermana iría con él. Y al regresar Margarita á la casa la había
encontrado en un sillón, rígida, con el gesto hosco, eludiendo nombrar á
su hijo, hablando de las amigas que también enviaban los suyos á la
guerra, como si únicamente ellas conociesen este tormento. «¡Pobre mamá!
Debo acompañarla, ahora más que nunca... Mañana, si puedo, iré á verte.»
Al fin volvió á la -rue de la Pompe-. Su primer cuidado fué explicar á
Julio la modestia de su traje -tailleur-, la ausencia de joyas en el
adorno de su persona. «La guerra, amigo mío. Ahora lo -chic- es
amoldarse á las circunstancias, ser sobrios y modestos como soldados.
¡Quién sabe lo que nos espera!» La preocupación del vestido la
acompañaba en todos los momentos de su existencia.
Julio notó en ella una persistente distracción. Parecía que su espíritu
abandonaba el encierro de su cuerpo, vagando á enormes distancias. Sus
ojos le miraban, pero tal vez no le veían. Hablaba con voz lenta, como
si cada palabra la sometiese á previo examen, temiendo traicionar algún
secreto. Este alejamiento espiritual no impidió, sin embargo, la
aproximación física. Fueron uno del otro, con el irresistible choque de
las atracciones materiales. Ella se entregó voluntariamente, resbalando
por la suave cuesta de la costumbre; pero al recobrar la serenidad
mostró un vago remordimiento. «¿Estará bien lo que hacemos?... ¿No es
inoportuno continuar la misma existencia cuando tantas desgracias van á
caer sobre el mundo?» Julio repelió estos escrúpulos.
--¡Pero si vamos á casarnos tan pronto como podamos!... ¡Si somos lo
mismo que marido y mujer!
Ella contestó con un gesto de extrañeza y desaliento. ¡Casarse!... Diez
días antes no deseaba otra cosa. Ahora sólo de tarde en tarde surgía en
su memoria la posibilidad del matrimonio. ¡Para qué pensar en sucesos
remotos é inseguros! Otros más inmediatos ocupaban su ánimo.
La despedida de su hermano en la estación era una escena que se había
fijado en su memoria. Al ir al estudio se proponía no acordarse de ella,
presintiendo que podía molestar á su amante con este relato. Y bastó que
se jurase el silencio para sentir una necesidad irresistible de contarlo
todo.
No había sospechado jamás que amase tanto á su hermano. Su cariño
fraternal iba unido á un ligero sentimiento de celos porque mamá
prefería al hijo mayor. Además, él era quien había presentado á Laurier
en la casa: los dos tenían el diploma de ingenieros industriales y
marchaban unidos desde la escuela... Pero al verle Margarita próximo á
partir, había reconocido de pronto que este hermano, considerado siempre
en segundo término, ocupaba un lugar preferente en su cariño.
--¡Estaba tan guapo, tan interesante, con su uniforme de teniente!...
Parecía otro. Te confieso que yo iba con orgullo al lado de él, apoyada
en su brazo. Nos tomaban por casados. Al verme llorar, unas pobres
mujeres intentaron consolarme. «¡Valor, madama!... Su marido volverá.» Y
él reía con estas equivocaciones. Únicamente mostraba tristeza al
acordarse de nuestra madre.
Se habían separado en la puerta de la estación. Los centinelas no
dejaban ir más adelante. Ella le entregó su sable, que había querido
llevar hasta el último momento.
--Es hermoso ser hombre--dijo con entusiasmo--. Me gustaría vestir un
uniforme, ir á la guerra, servir para algo.
No quiso hablar más, como si de pronto se diese cuenta de la
inoportunidad de sus últimas palabras. Tal vez notó una crispación en el
rostro de Julio.
Pero estaba excitada por el recuerdo de aquella despedida, y después de
una larga pausa no pudo resistirse al deseo de seguir exteriorizando su
pensamiento.
En la entrada de la estación, mientras besaba por última vez á su
hermano, había tenido un encuentro, una gran sorpresa. El había llegado,
vestido igualmente de oficial de artillería, pero solo, teniendo que
confiar su maleta á un hombre de buena voluntad salido de la
muchedumbre.
Julio hizo un gesto de interrogación. ¿Quién era él? Lo sospechaba, pero
fingió ignorancia, como si temiese conocer la verdad.
--Laurier--contestó ella lacónicamente--. Mi antiguo marido.
El amante mostró una ironía cruel. Era un acto cobarde denigrar á este
hombre que había marchado á cumplir su deber. Reconoció su vileza, pero
un instinto maligno é irresistible le hizo insistir en sus burlas, para
rebajarlo ante Margarita. ¡Laurier militar!... Debía ofrecer un aspecto
ridículo vestido de uniforme.
--¡Laurier guerrero!--continuó con una voz sarcástica que le extrañaba,
como si procediese de otro--. ¡Pobre hombre!...
Ella dudó en su respuesta por no contrariar á Desnoyers. Pero la verdad
pudo más en su ánimo, y dijo con simplicidad:
--No... no tenía mal aspecto. Era otro. Tal vez el uniforme; tal vez su
tristeza al marchar solo, completamente solo, sin una mano que
estrechase la suya. Yo tardé en conocerle. Al ver á mi hermano se
aproximó; pero luego, viéndome á mí, siguió adelante... ¡Pobre! ¡Me da
lástima!
Su instinto femenil debió indicarle que hablaba demasiado, y cortó
bruscamente su charla. El mismo instinto le avisó igualmente por qué
razón el rostro de Julio se ensombrecía y su boca tomaba el pliegue de
una sonrisa amarga. Quiso consolarle, y añadió:
--Por suerte, tú eres extranjero y no irás á la guerra. ¡Qué horror si
te perdiese!...
Lo dijo con sinceridad... Momentos antes envidiaba á los hombres,
admirando la gallardía con que exponían su existencia, y ahora temblaba
ante la idea de que su amante pudiera ser uno de ellos.
Este no agradeció su egoísmo amoroso, que lo colocaba aparte de los
demás, como un ser delicado y frágil, apto únicamente para la adoración
femenil. Prefería inspirar la envidia que había sentido ella al ver á su
hermano cubierto de arreos belicosos. Le pareció que entre él y
Margarita acababa de interponerse algo que no se derrumbaría nunca, que
iría ensanchándose, repeliéndolos en dirección contraria... lejos... muy
lejos, hasta donde no pudieran reconocerse al cruzar sus miradas.
Siguió tocando este obstáculo en las entrevistas sucesivas. Margarita
extremaba sus palabras de cariño, mirándole con ojos húmedos. Sus manos
acariciadoras parecían de madre más que de amante; su ternura iba
acompañada de un desinterés y un pudor extraordinarios. Se quedaba
obstinadamente en el estudio, evitando el pasar á las otras
habitaciones.
--Aquí estamos bien... No quiero: es inútil. Tendría remordimientos...
¡Pensar en tales cosas en estos instantes!...
El ambiente estaba para ella saturado de amor; pero era un amor nuevo,
un amor al hombre que sufre, un deseo de abnegación, de sacrificio. Este
amor evocaba una imagen de blancas tocas, de manos trémulas curando la
carne desgarrada y sangrienta.
Cada intento de posesión provocaba en Margarita una protesta vehemente y
pudorosa, como si los dos se encontrasen por vez primera.
--Es imposible--decía--: pienso en mi hermano; pienso en tantos que
conozco y tal vez á estas horas habrán muerto.
Llegaban noticias de combates; empezaba á correr en abundancia la
sangre.
--No, no puedo--repetía ella.
Y cuando llegaba Julio á conseguir sus deseos, empleando la súplica ó la
apasionada violencia, oprimía entre los brazos un ser falto de voluntad,
que abandonaba una parte de su cuerpo insensible, mientras la cabeza
seguía independientemente su trabajo mental.
Una tarde, Margarita le anunció que en adelante se verían con menos
frecuencia. Tenía que asistir á sus clases: sólo le quedaban dos días
libres.
Desnoyers la escuchó estupefacto. ¿Sus clases?... ¿Qué estudios eran los
suyos?...
Ella pareció irritarse ante su gesto de burla... Sí; estaba estudiando;
hacía una semana que asistía á clase. Ahora las lecciones iban á ser más
continuas: se había organizado la enseñanza; los profesores eran más
numerosos.
--Quiero ser enfermera. Sufro mucho al considerar mi inutilidad... ¿De
qué he servido hasta ahora?...
Calló un momento, como si abarcase con la imaginación todo su pasado.
--A veces pienso--continuó--que la guerra, con todos sus horrores, tiene
algo de bueno. Sirve para que seamos útiles á nuestros semejantes.
Apreciemos la vida de un modo más serio; la desgracia nos hace
comprender que hemos venido al mundo para algo... Yo creo que hay que
amar la existencia no sólo por los goces que nos proporciona. Debe
encontrarse una gran satisfacción en el sacrificio, en dedicarnos á los
demás, y esta satisfacción, no sé por qué, tal vez por ser nueva, me
parece superior á las otras.
Julio la miró con sorpresa, imaginándose lo que podía existir dentro de
su cabecita adorada y frívola. ¿Qué se estaba formando más allá de su
frente contraída por el movimiento rugoso de las ideas y que hasta
entonces sólo había reflejado la ligera sombra de unos pensamientos
veloces y aleteantes como pájaros?...
Pero la Margarita de antes vivía aún. La vió reaparecer con un mohín
gracioso entre las preocupaciones que la guerra hacía crecer sobre las
almas como follajes sombríos.
--Hay que estudiar mucho para conseguir el diploma de enfermera. ¿Te has
fijado en el traje?... Es de lo más distinguido: el blanco va bien lo
mismo á las rubias que á las morenas. Luego la toca, que permite los
rizos sobre las orejas, el peinado de moda; y la capa azul sobre el
uniforme, que ofrece un bonito contraste... Una mujer elegante puede
realzar todo esto con joyas discretas y un calzado -chic-. Es una mezcla
de monja y de gran dama que no sienta mal.
Iba á estudiar con verdadera furia para ser útil á sus semejantes... y
vestir pronto el admirado uniforme.
¡Pobre Desnoyers!... La necesidad de verla y la falta de ocupación en
unas tardes interminables que hasta entonces habían tenido más grato
empleo le arrastraron á rondar por las cercanías de un palacio
eternamente desocupado, donde acababa de instalar el gobierno la escuela
de enfermeras. Al estar de plantón en una esquina, aguardando el
revoloteo de una falda y el trotecito en la acera de unos pies
femeniles, se imaginaba haber remontado el curso del tiempo y que aún
tenía diez y ocho años, lo mismo que cuando esperaba en los alrededores
de un taller de modisto célebre. Los grupos de mujeres que en horas
determinadas salían de aquel palacio hacían aún más verosímil esta
semejanza. Iban vestidas con rebuscada modestia: el aspecto de muchas de
ellas resultaba más humilde que el de las obreras de la moda. Pero eran
grandes damas. Algunas subían en automóviles cuyos -chauffeurs- llevaban
uniforme de soldado por ser vehículos ministeriales.
Estas largas esperas le proporcionaron inesperados encuentros con las
alumnas elegantes que entraban y salían.
--¡Desnoyers!--exclamaban unas voces femeniles detrás de él--. ¿No es
Desnoyers?...
Y se veía obligado á cortar la duda saludando á unas señoras que lo
contemplaban como si fuese un aparecido. Eran amistades de una época
remota, de seis meses antes; damas que le habían admirado y perseguido,
confiándose á su sabiduría de maestro para atravesar los siete círculos
de la ciencia del tango. Le examinaban como si entre el último encuentro
y el minuto actual hubiese ocurrido un gran cataclismo transformador de
todas las leyes de la existencia, como si fuese el único y milagroso
superviviente de una humanidad totalmente desaparecida.
Todas acababan por hacer las mismas preguntas:
--¿No va usted á la guerra?... ¿Cómo es que no lleva uniforme?
Intentaba explicarse, pero á las primeras palabras le interrumpían:
--Es verdad... Usted es extranjero.
Lo decían con cierta envídia. Pensaban sin duda en los individuos amados
que arrostraban á aquellas horas las privaciones y riesgos de la
guerra... Pero su condición de extranjero creaba instantáneamente
cierto alejamiento espiritual, una extrañeza que Julio no había conocido
en los buenos tiempos, cuando las gentes se buscaban sin reparos de
origen, sin experimentar la retracción del peligro que aisla y concentra
á los grupos humanos.
Se despedían las damas con una sospecha maliciosa. ¿Qué hacía allí
esperando? ¿Alguna nueva aventura que le deparaba su buena suerte?... Y
la sonrisa de todas ellas tenía algo de grave: una sonrisa de personas
mayores que conocen el verdadero significado de la vida y sienten
conmiseración ante los ilusos que aún se entretienen con frivolidades.
A Julio le hacía daño esto, como si fuese una manifestación de lástima.
Se lo imaginaban ejerciendo la única función de que era capaz; él no
podía servir para otra cosa. En cambio, aquellas casquivanas, que aún
guardaban algo de su antiguo exterior, parecían animadas por el gran
sentimiento de la maternidad: una maternidad abstracta que abarcaba á
todos los hombres de su nación, un deseo de sacrificarse, de conocer de
cerca las privaciones de los humildes, de sufrir con el contacto de
todas las miserias de la carne enferma.
Este mismo ardor lo sentía Margarita al salir de sus lecciones. Avanzaba
de asombro en asombro, saludando como grandes maravillas científicas los
primeros rudimentos de la cirugía. Se admiraba á sí misma por la avidez
con que iba apoderándose de estos misterios, nunca sospechados hasta
entonces. En ciertos momentos creía con graciosa inmodestia haber
torcido la verdadera finalidad de su existencia.
--¡Quién sabe si nací para ser una gran doctora!--decía.
Su temor era que le faltase serenidad en el instante de llevar á la
práctica sus nuevos conocimientos. Verse ante las hediondeces de la
carne abierta, contemplar el chorreo de la sangre, resultaba horroroso
para ella, que había experimentado siempre una repugnancia invencible
ante las bajas necesidades de la vida ordinaria. Pero sus vacilaciones
eran cortas: una energía varonil la animaba de pronto. Los tiempos eran
de sacrificio. ¿No se arrancaban los hombres de todas las comodidades
de una existencia sensual para seguir la ruda carrera del soldado?...
Ella sería un soldado con faldas, mirando de frente el dolor, batallando
con él, hundiendo sus manos en la putrefacción de la materia
descompuesta, penetrando como una sonrisa de luz en los lugares donde
gemían los soldados esperando la llegada de la muerte.
Repetía con orgullo á Desnoyers todos los progresos que realizaba en la
escuela, los vendajes complicados que conseguía ajustar, unas veces
sobre los miembros de un maniquí, otras sobre la carne de un empleado
que se prestaba á fingir las actitudes de un falso herido. Ella, tan
delicada, incapaz en su casa del menor esfuerzo físico, aprendía los
procedimientos más hábiles para levantar del suelo un cuerpo humano
cargándolo en sus espaldas. ¡Quién sabe si alguna vez prestaría sus
servicios en los campos de batalla! Se mostraba dispuesta á los mayores
atrevimientos, con la audacia ignorante de las mujeres cuando las empuja
una ráfaga de heroísmo. Toda su admiración era para las -nurses- del
ejército inglés, damas enjutas, de nervioso vigor, que aparecían
retratadas en los periódicos con pantalones, botas de montar y casco
blanco.
Julio la oía con asombro. ¿Pero aquella mujer era realmente
Margarita?... La guerra había borrado su graciosa frivolidad. Ya no
marchaba como un pájaro. Sus pies se asentaban en el suelo con firmeza
varonil, tranquila y segura de la nueva fuerza que se desarrollaba en su
interior. Cuando una caricia de él le recordaba su condición de mujer,
decía siempre lo mismo:
--¡Qué suerte que seas extranjero!... ¡Qué dicha verte libre de la
guerra!
En su ansia de sacrificio, quería ir á los campos de batalla, y
celebraba al mismo tiempo como una felicidad ver á su amante libre de
los deberes militares. Este ilogismo no era acogido por Julio con
gratitud; antes bien, le irritaba como una ofensa inconsciente.
«Cualquiera diría que me protege--pensaba--. Ella es el hombre, y se
alegra de que la débil compañera, que soy yo, se halle á cubierto del
peligro... ¡Qué situación tan grotesca!...»
Por fortuna, algunas tardes, al presentarse Margarita en el estudio,
volvía á ser la misma de los tiempos pasados, haciéndole olvidar
instantáneamente sus preocupaciones. Llegaba con la alegría del asueto
que siente el colegial ó el empleado en los días libres. Al pesar
obligaciones sobre ella, había conocido el valor del tiempo.
--Hoy no hay clase--gritaba al entrar.
Y arrojando su sombrero en un diván, iniciaba un paso de danza, huyendo
con infantiles encogimientos de los brazos de su amante.
A los pocos minutos recobraba su serenidad, el gesto grave que era
frecuente en ella desde el principio de las hostilidades. Hablaba de su
madre, siempre triste, esforzándose por ocultar su pena y animada por la
esperanza de una carta del hijo; hablaba de la guerra, comentando las
últimas acciones con arreglo al retórico optimismo de los partes
oficiales. Describía minuciosamente la primera bandera tomada al
enemigo, como si fuese un traje de elegancia inédita. Ella la había
visto en una ventana del Ministerio de la Guerra. Se enternecía al
repetir los relatos de unos fugitivos belgas llegados á su hospital.
Eran los únicos enfermos que había podido asistir hasta entonces. París
no recibía aún heridos de guerra; por orden del gobierno los enviaban
desde el frente á los hospitales del Sur.
Ya no oponía la resistencia de los primeros días á los deseos de Julio.
Su aprendizaje de enfermera le daba cierta pasividad. Parecía despreciar
las atracciones de la materia, despojándolas de la importancia
espiritual que les había atribuído hasta poco antes. Se entregaba sin
resistencia, sin deseo, con una sonrisa de tolerancia, satisfecha de
poder dar un poco de felicidad, de la que ella no participaba. Su
atención se había concentrado en otras preocupaciones.
Una tarde, estando en el dormitorio del estudio, sintió la necesidad de
comunicar ciertas noticias que desde el día anterior llenaban su
pensamiento. Saltó de la cama, buscando entre sus ropas en desorden el
bolso de mano, que contenía una carta. Quería leerla una vez más,
comunicar á alguien su contenido con el impulso irresistible que
arrastra á la confesión.
Era una carta que su hermano le había enviado desde los Vosgos. Hablaba
en ella de Laurier más que de su propia persona. Pertenecían á distinta
batería, pero figuraban en la misma división y habían tomado parte en
iguales combates. El oficial admiraba á su antiguo cuñado. ¡Quién habría
podido adivinar un héroe futuro en aquel ingeniero tranquilo y
silencioso!... Y sin embargo, era un verdadero héroe. Lo proclamaba el
hermano de Margarita, y con él todos los oficiales que le habían visto
cumplir su deber tranquilamente, arrostrando la muerte con la misma
frialdad que si estuviese en su fábrica, cerca de París.
Solicitaba el puesto arriesgado de observador, deslizándose lo más cerca
posible de los enemigos para vigilar la exactitud del tiro de la
artillería, rectificándolo con sus indicaciones telefónicas. Un obús
alemán había demolido la casa en cuyo techo estaba oculto. Laurier, al
salir indemne de entre los escombros, reajustó su teléfono y fué
tranquilamente á continuar el mismo trabajo en el ramaje de una arboleda
cercana. Su batería, descubierta en un combate desfavorable por los
aeroplanos enemigos, había recibido el fuego concentrado de la
artillería de enfrente. En pocos minutos rodó por el suelo todo el
personal: muerto el capitán y varios soldados, heridos los oficiales y
casi todos los sirvientes de las piezas. Sólo quedó como jefe Laurier
-el Impasible---así lo apodaban sus camaradas--, y auxiliado por los
pocos artilleros que se mantenían de pie, siguió disparando, bajo una
lluvia de hierro y fuego, para cubrir la retirada de un batallón.
«Lo han citado dos veces en la orden del día--continuaba leyendo
Margarita--. Creo que no tardará en conseguir la cruz. Es todo un
valiente. ¡Quién lo hubiese creído hace unas semanas!...»
Ella no participaba de este asombro. Al vivir con Laurier había
entrevisto muchas veces la firmeza de su carácter, el arrojo disimulado
por su exterior apacible. Por algo la avisaba el instinto, haciéndole
temer la cólera del marido en los primeros tiempos de su infidelidad.
Recordaba el gesto de aquel hombre al sorprenderla una noche á la salida
de la casa de Julio. Era de los apasionados que matan. Y sin embargo,
no había intentado la menor violencia contra ella... El recuerdo de este
respeto despertaba en Margarita un sentimiento de gratitud. Tal vez la
había amado como ningún otro hombre.
Sus ojos, con un deseo irresistible de comparación, se fijaban en
Desnoyers, admirando su gentileza juvenil. La imagen de Laurier, pesada
y vulgar, acudía á su memoria como un consuelo. Era cierto que el
oficial entrevisto por ella en la estación al despedir á su hermano no
se parecía á su antiguo marido. Pero Margarita quiso olvidar al teniente
pálido y de aire triste que había pasado ante sus ojos, para acordarse
únicamente del industrial preocupado de las ganancias é incapaz de
comprender lo que ella llamaba «las delicadezas de una mujer -chic-».
Decididamente, Julio era más seductor. No se arrepentía de su pasado: no
quería arrepentirse.
Y su egoísmo amoroso le hizo repetir una vez más las mismas
exclamaciones:
--¡Qué suerte que seas extranjero!... ¡Qué alegría verte libre de los
peligros de la guerra!
Julio sintió la irritación de siempre al oir esto. Le faltó poco para
cerrar con una mano la boca de su amante. ¿Quería burlarse de él?... Era
un insulto colocarlo aparte de los otros hombres.
Mientras tanto, ella, con el ilogismo de su aturdimiento, insistía en
hablar de Laurier, comentando sus hazañas.
--No le quiero, no le he querido nunca. No pongas la cara triste. ¿Cómo
puede compararse el pobre contigo?... Pero hay que reconocer que ofrece
cierto interés en su nueva existencia. Yo me alegro de sus hazañas como
si fuesen de un amigo viejo, de una visita de mi familia á la que no
hubiese visto en mucho tiempo... El pobre merecía mejor suerte: haber
encontrado una mujer que no fuese yo, una compañera al nivel de sus
aspiraciones... Te digo que me da lástima.
Y esta lástima era tan intensa, que humedecía sus ojos, despertando en
el amante la tortura de los celos.
De estas entrevistas salía Desnoyers malhumorado y sombrío.
--Sospecho que estamos en una situación falsa--dijo una mañana á
Argensola--; la vida va á sernos cada vez más penosa. Es difícil
permanecer tranquilo, siguiendo la misma existencia de antes, en medio
de un pueblo que se bate.
El compañero creía lo mismo. También consideraba insufrible su
existencia de extranjero joven en este París agitado por la guerra.
--Debe uno ir enseñando los papeles á cada instante para que la policía
se convenza de que no ha encontrado á un desertor. En un vagón del Metro
tuve que explicar la otra tarde que era español á unas muchachas que se
extrañaban de que no estuviese en el frente... Una de ellas, luego de
conocer mi nacionalidad, me preguntó con sencillez por qué no me ofrecía
como voluntario... Ahora han inventado una palabra: «emboscado». Estoy
harto de las miradas irónicas con que acogen mi juventud en todas
partes; me da rabia que me tomen por un francés «emboscado».
Una ráfaga de heroísmo sacudía al impresionable bohemio. Ya que todos
iban á la guerra, él quería hacer lo mismo. No sentía miedo á la muerte:
lo único que le aterraba era la servidumbre militar, el uniforme, la
obediencia mecánica á toque de trompeta, la supeditación ciega á los
jefes. Batirse no ofrecía para él dificultades, pero libremente ó
mandando á otros, pues su carácter se encabritaba ante todo lo que
significase disciplina. Los grupos extranjeros de París intentaban
organizar cada uno su legión de voluntarios, y él proyectaba igualmente
la suya: un batallón de españoles é hispanoamericanos, reservándose,
naturalmente, la presidencia del comité organizador y luego la
comandancia del cuerpo.
Había lanzado anuncios en los periódicos: lugar de inscripción, el
estudio de la -rue de la Pompe-. En diez días se habían presentado dos
voluntarios: un oficinista, resfriado en pleno verano, que exigía ser
oficial porque llevaba chaqué, y un tabernero español que á las primeras
palabras quiso despojar de su comandancia á Argensola con el fútil
pretexto de haber sido soldado en su juventud, mientras el otro sólo era
un pintor. Veinte batallones españoles se iniciaban al mismo tiempo con
igual éxito en distintos lugares de París. Cada entusiasta quería ser
jefe de los demás, con la soberbia individualista y la repugnancia á la
disciplina propias de la raza. Al fin, los futuros caudillos, faltos de
soldados, buscaban inscribirse como simples voluntarios... pero en un
regimiento francés.
--Yo espero á ver qué hacen los Garibaldi--dijo Argensola
modestamente--. Tal vez me vaya con ellos.
Este nombre glorioso le hacía tolerable la servidumbre guerrera. Pero
luego vacilaba: tendría de todos modos que obedecer á alguien en este
cuerpo de voluntarios, y él era rebelde á una obediencia que no fuese
precedida de largas discusiones... ¿Qué hacer?
--Ha cambiado la vida en medio mes--- continuó--. Parece que hayamos
caído en otro planeta: nuestras habilidades antiguas carecen de sentido.
Otros pasan á las primeras filas, los más humildes y obscuros, los que
ocupaban antes el último término. El hombre refinado y de complicaciones
espirituales se ha hundido, quién sabe por cuántos años... Ahora sube á
la superficie como triunfador el hombre simple, de ideas limitadas, pero
firmes, que sabe obedecer. Ya no estamos de moda.
Desnoyers asintió. Así era: ya no estaban de moda. El podía afirmarlo,
que había conocido la notoriedad y pasaba ahora como un desconocido
entre las mismas gentes que le admiraban meses antes.
--Tu reino ha terminado--dijo Argensola riendo--. De nada te sirve ser
buen mozo. Yo, con un uniforme y una cruz en el pecho, te vencería ahora
en una rivalidad amorosa. El oficial únicamente hace soñar en tiempos de
paz á las señoritas de provincias. Pero estamos en guerra, y toda mujer
tiene despierto el entusiasmo ancestral que sintieron sus remotas
abuelas por la bestia agresiva y fuerte... Las grandes damas que hace
meses complicaban sus deseos con sutilezas psicológicas, admiran ahora
al militar con la misma sencillez de la criada que busca al soldado de
línea. Sienten ante el uniforme el entusiasmo humilde y servil de las
hembras de animalidad inferior ante las crestas, melenas y plumajes de
sus machos peleadores. ¡Ojo, maestro!... Hay que seguir el nuevo curso
del tiempo ó resignarse á perecer obscuramente: el tango ha muerto.
Y Desnoyers pensó que, efectivamente, eran dos seres que estaban al
margen de la vida. Esta había dado un salto, cambiando de cauce. No
quedaba lugar en la nueva existencia para aquel pobre pintor de almas y
para él, héroe de una vida frívola, que había alcanzado de cinco á siete
de la tarde los triunfos más envidiados por los hombres.
III
La retirada
La guerra había extendido uno de sus tentáculos hasta la avenida Víctor
Hugo. Era una guerra sorda, en la que el enemigo, blando, informe,
gelatinoso, parecía escaparse de entre las manos para reanudar un poco
más allá sus hostilidades.
--Tengo á Alemania metida en casa--decía Marcelo Desnoyers.
Alemania era doña Elena, la esposa de von Hartrott. ¿Por qué no se la
había llevado su hijo, aquel profesor de inaguantable insuficiencia, que
él consideraba ahora como un espía?... ¿Por qué capricho sentimental
había querido permanecer al lado de su hermana, perdiendo la oportunidad
de regresar á Berlín antes de que se cerrasen las fronteras?...
La presencia de esta mujer era para él un motivo de remordimientos y
alarmas. Afortunadamente, los criados, el -chauffeur-, todos los de la
servidumbre masculina, estaban en el ejército. Las dos -chinas-
recibieron una orden con tono amenazante. Mucho cuidado al hablar con
las otras criadas francesas; ni la menor alusión á la nacionalidad del
marido de doña Elena y al domicilio de su familia. Doña Elena era
argentina... Pero á pesar del silencio de las doncellas, don Marcelo
temía alguna denuncia del patriotismo exaltado, que se dedicaba con
incansable fervor á la caza de espías, y que la hermana de su mujer se
viese confinada en un campo de concentración como sospechosa de tratos
con el enemigo.
La señora von Hartrott correspondía mal á estas inquietudes. En vez de
guardar un discreto silencio, introducía la discordia en la casa con sus
opiniones.
Durante los primeros días de la guerra se mantuvo encerrada en su
cuarto, reuniéndose con la familia solamente cuando la llamaban al
comedor. Con los labios fruncidos y la mirada perdida se sentaba á la
mesa, fingiendo no escuchar los desbordamientos verbales del entusiasmo
de don Marcelo. Este describía las salidas de tropas, las escenas
conmovedoras en calles y estaciones, comentando con un optimismo incapaz
de duda las primeras noticias de la guerra. Dos cosas consideraba por
encima de toda discusión. La bayoneta era el secreto del francés, y los
alemanes sentían un estremecimiento de pavor ante su brillo, escapando
irremediablemente. El cañón de 75 se había acreditado como una joya
única. Sólo sus disparos eran certeros. La artillería enemiga le
inspiraba lástima, pues si alguna vez daba en el blanco casualmente, sus
proyectiles no llegaban á estallar... Además, las tropas francesas
habían entrado victoriosas en Alsacia: ya eran suyas varias poblaciones.
--Ahora no es como en el 70--decía, blandiendo el tenedor ó agitando la
servilleta.--. Los vamos á llevar á patadas al otro lado del Rhin. ¡A
patadas!... ¡eso es!
Chichí asentía con entusiasmo, mientras doña Elena elevaba sus ojos como
si protestase silenciosamente ante alguien que estaba oculto en el
techo, poniéndolo por testigo de tantos errores y blasfemias.
Doña Luisa iba á buscarla después en el retiro de su habitación,
creyéndola necesitada de consuelo por vivir lejos de los suyos. «La
romántica» no mantenía su digno silencio ante esta hermana que siempre
había acatado su instrucción superior. Y la pobre señora quedaba
aturdida por el relato que le iba haciendo de las fuerzas enormes de
Alemania, con toda su autoridad de esposa de un gran patriota germánico
y madre de un profesor casi célebre. Los millones de hombres surgían á
raudales de su boca; luego desfilaban los cañones á millares, los
morteros monstruosos, enormes como torres. Y sobre estas inmensas
fuerzas de destrucción aparecía un hombre que valía por sí solo un
ejército, que lo sabía todo y lo podía todo, hermoso, inteligente é
infalible como un dios: el emperador.
--Los franceses ignoran lo que tienen enfrente--- continuaba doña
Elena--. Los van á aniquilar. Es asunto de un par de semanas. Antes que
termine Agosto, el emperador habrá entrado en París.
Impresionada la señora Desnoyers por estas profecías, no podía
ocultarlas á su familia. Chichí se indignaba contra la credulidad de la
madre y el germanismo de su tía. Un enardecimiento belicoso se había
apoderado del antiguo «peoncito». ¡Ay, si las mujeres pudiesen ir á la
guerra!... Se veía de jinete en un regimiento de dragones, cargando al
enemigo con otras amazonas tan arrogantes y hermosotas como ella. Luego,
la afición al patinaje predominaba sobre sus gustos de cabalgadora, y
quería ser cazador alpino, «diablo azul» de los que se deslizan sobre
largos patines, con la carabina en la espalda y el -alpenstock- en la
diestra, por las nevadas pendientes de los Vosgos.
Pero el gobierno despreciaba á las mujeres, y ella no podía obtener otra
participación en la guerra que la de admirar el uniforme de su novio
René Lacour, convertido en soldado. El hijo del senador ofrecía un lindo
aspecto. Alto, rubio, de una delicadeza algo femenil que recordaba á la
difunta madre, René era un «soldadito de azúcar» en opinión de su novia.
Chichí experimentaba cierto orgullo al salir á la calle al lado de este
guerrero, encontrando que al uniforme había aumentado las gracias de su
persona. Pero una contrariedad fué nublando poco á poco su alegría. El
príncipe senatorial no era mas que soldado raso. Su ilustre padre, por
miedo á que la guerra cortase para siempre la dinastía de los Lacour,
preciosa para el Estado, lo había hecho agregar á los servicios
auxiliares del ejército. De este modo, Lacour (hijo) no saldría de
París. Pero en tal situación, era un soldado igual á los que amasan
panes ó remiendan capotes. Únicamente yendo al frente de la guerra, su
calidad de alumno de la Escuela Central podía, hacer de él un
subteniente agregado á la artillería de reserva.
--¡Qué felicidad que te quedes en París! ¡Cuánto me gusta que seas
simple soldado!...
Y al mismo tiempo que Chichí decía esto, pensaba con envidia en sus
amigas cuyos novios y hermanos eran oficiales. Ellas podían salir á la
calle escoltadas por un kepis galoneado que atraía las miradas de los
transeuntes y los saludos de los inferiores.
Cada vez que doña Luisa, aterrada por los vaticinios de su hermana,
pretendía comunicar su pavor á la hija, ésta se revolvía furiosa:
--¡Mentiras de la tía!... Como su marido es alemán, todo lo ve á gusto
de sus deseos. Papá sabe más; el padre de René está mejor enterado de
las cosas. Les vamos á largar la gran paliza. ¡Qué gusto que golpeen á
mi tío de Berlín y á todos mis primos, tan pretenciosos!...
--Cállate--gemía la madre--. No digas disparates. La guerra te ha vuelto
loca como á tu padre.
La buena señora se escandalizaba al escuchar la explosión de sus
salvajes deseos siempre que hacía memoria del emperador. En tiempo de
paz, Chichí había admirado algo á este personaje «Es guapo--decía--pero
con una sonrisa muy ordinaria.» Ahora todos sus odios los concentraba en
él. ¡Las mujeres que lloraban por su culpa á aquellas horas! ¡Las madres
sin hijos, las mujeres sin esposo, los pobres niños abandonados ante las
poblaciones en llamas!... ¡Ah, mal hombre!... Surgía en su diestra el
antiguo cuchillo de «peoncito», una daga con puño de plata y funda
cincelada, regalo del abuelo, que había exhumado de entre los recuerdos
de su infancia, olvidados en una maleta. El primer alemán que se
acercase á ella estaba condenado á muerte. Doña Luisa se aterraba
viéndola blandir el arma ante el espejo de su tocador. Ya no quería ser
soldado de caballería ni «diablo azul». Se contentaba con que la
dejasen en un espacio cerrado, frente al monstruo odioso. En cinco
minutos resolvería ella el conflicto mundial.
--¡Defiéndete, -boche-!--gritaba poniéndose en guardia, como lo había
visto hacer en su niñez á los peones de la estancia.
Y con una cuchillada de abajo á arriba echaba al aire las majestáticas
entrañas. Acto seguido resonaba en su cerebro una aclamación, el suspiro
gigantesco de millones de mujeres que se veían libres de la más
sangrienta de las pesadillas gracias á ella, que era Judith, Carlota
Corday, un resumen de todas las hembras heroicas que mataron por hacer
el bien. Su furia salvadora le hacía continuar puñal en mano la
imaginaria matanza. ¡Segundo golpe!: el príncipe heredero rodando por un
lado y su cabeza por otro. ¡Una lluvia de cuchilladas!: todos los
generales invencibles de que hablaba su tía huyendo con las tripas en
las manos, y á la cola de ellos, como lacayo adulador que recibía
igualmente su parte, el tío de Berlín... ¡Ay, si se le presentase
ocasión para realizar sus deseos!
--Estás loca--protestaba la madre--: loca de remate. ¿Cómo puede decir
eso una señorita?...
Doña Elena, al sorprender fragmentariamente estos delirios de su
sobrina, elevaba los ojos al cielo, absteniéndose en adelante de
comunicarle sus opiniones, que reservaba enteras para la madre.
La indignación de don Marcelo tomaba otra forma cuando su esposa le
repetía las noticias de su hermana. ¡Todo mentira!... La guerra marchaba
perfectamente. En la frontera del Este, los ejércitos franceses habían
avanzado por el interior de Alsacia y la Lorena anexionada.
--Pero ¿y Bélgica invadida?--preguntaba doña Luisa--. ¿Y los pobres
belgas?
Desnoyers contestaba indignado:
--Eso de Bélgica es una traición... Y una traición nada vale entre
personas decentes.
Lo decía de buena fe, como si la guerra fuese un duelo donde el traidor
quedaba descalificado y en la imposibilidad de continuar sus felonías.
Además, la heroica resistencia de Bélgica le infundía absurdas
ilusiones. Los belgas le parecían hombres sobrenaturales destinados á
las más estupendas hazañas... ¡Y él que no había concedido hasta
entonces atención alguna á este pueblo!... Por unos días vió en Lieja
una ciudad santa ante cuyos muros iba á estrellarse todo el poderío
germánico. Al caer Lieja, su fe inquebrantable encontró un nuevo
asidero. Quedaban muchas Liejas en el interior. Podían entrar más
adentro los alemanes: luego se vería cuántos lograban salir. La entrega
de Bruselas no le produjo inquietud. ¡Una ciudad abierta!... Su
rendición estaba prevista: así los belgas se defenderían mejor en
Amberes. El avance de los alemanes hacia la frontera francesa tampoco le
produjo alarma. En vano su cuñada, con una brevedad maligna, iba
mencionando en el comedor los progresos de la invasión, indicados
confusamente por los periódicos. Los alemanes estaban ya en la frontera.
--¿Y qué?--gritaba don Marcelo--. Pronto encontrarán á quien hablar.
Joffre les sale al paso. Nuestros ejércitos estaban en el Este, en el
sitio que les correspondía, en la verdadera frontera, en la puerta de la
casa. Pero éste es un amigo traidor y cobarde, que en vez de dar la cara
entra por la espalda, saltando las tapias del corral, lo mismo que los
ladrones... De nada le servirá su traición. Los franceses ya están en
Bélgica y ajustarán las cuentas á los alemanes. Los aplastaremos, para
que no perturben otra vez la paz del mundo. Y á ese maldito sujeto de
los bigotes tiesos lo expondremos en una jaula en la plaza de la
Concordia.
Chichí, animada por las afirmaciones paternales, se lanzaba á imaginar
una serie de tormentos y escarnios vengativos como complemento de tal
exposición.
Lo que más irritaba á la señora von Hartrott eran las alusiones al
emperador. En los primeros días de la guerra, su hermana la había
sorprendido llorando ante las caricaturas de los periódicos y ciertas
hojas vendidas en las calles.
--¡Un hombre tan excelente... tan caballero... tan buen padre de
familia! El no tiene la culpa de nada. Son los enemigos los que le han
provocado.
Y su veneración á los poderosos le hacía considerar las injurias contra
el admirado personaje con más vehemencia que si fuesen dirigidas á su
propia familia.
Una noche, estando en el comedor, abandonó su mutismo trágico. Varios
sarcasmos dirigidos por Desnoyers contra el héroe agolparon las lágrimas
en sus ojos. Este enternecimiento la sirvió para recordar á sus hijos,
que figuraban indudablemente en el ejército de invasión.
Su cuñado deseaba el exterminio de todos los enemigos. ¡Que no quedase
uno solo de aquellos bárbaros con casco puntiagudo que acababan de
incendiar á Lovaina y otras poblaciones, fusilando á paisanos
indefensos, mujeres, ancianos, niños!...
--Tú olvidas que soy madre--gimió la señora de Hartrott--. Olvidas que
entre esos cuyo exterminio pides están mis hijos.
Y rompió á llorar. Desnoyers vió de pronto el abismo que existía entre
él y aquella mujer alojada en su propia casa. Su indignación se
sobrepuso á las consideraciones de familia... Podía llorar por sus hijos
cuanto quisiera: estaba en su derecho. Pero estos hijos eran agresores y
hacían el mal voluntariamente. A él sólo le inspiraban interés las otras
madres que vivían tranquilamente en las risueñas poblaciones belgas y de
pronto habían visto fusilados sus hijos, atropelladas sus hijas,
ardiendo sus viviendas.
Doña Elena lloró más fuerte, como si esta descripción de horrores
significase un nuevo insulto para ella. ¡Todo mentira! El kaiser era un
hombre excelente, sus soldados unos caballeros, el ejército alemán un
ejemplo de civilización y de bondad. Su marido había pertenecido á este
ejército; sus hijos marchaban en sus filas. Y ella conocía á sus hijos:
unos jóvenes bien educados, incapaces de ninguna mala acción. Calumnias
de los belgas, que no podía escuchar tranquilamente... Y se arrojó con
dramático abandono en los brazos de su hermana.
El señor Desnoyers se sintió furioso contra el destino, que le obligaba
á convivir con esta mujer. ¡Qué cadena para la familia!... Y las
fronteras seguían cerradas, siendo imposible desprenderse de ella.
--Está bien--dijo--; no hablemos más de eso: no llegaríamos á
entendernos. Pertenecemos á dos mundos distintos. ¡Lástima que no puedas
irte con los tuyos!...
Se abstuvo en adelante de hablar de la guerra cuando su cuñada estaba
presente. Chichí era la única que conservaba su entusiasmo agresivo y
ruidoso. Al leer en los diarios noticias de fusilamientos, saqueos,
quemas de ciudades, éxodos dolorosos de gentes que veían convertido en
pavesas todo lo que alegraba su existencia, sentía otra vez la necesidad
de repetir sus puñaladas imaginarias. ¡Ay, si ella tuviese á mano uno de
aquellos bandidos! ¿Qué hacían los hombres de bien que no los
exterminaban á todos?...
A continuación veía á René con su uniforme flamante, dulce de maneras,
sonriente, como si todo lo que ocurría sólo significase para él un
cambio de vestimenta, y exclamaba con un acento enigmático:
--¡Qué suerte que no vayas al frente!... ¡Qué alegría que no corras
peligro!
El novio aceptaba estas palabras como una prueba de amoroso interés.
Un día, don Marcelo pudo apreciar sin salir de París los horrores de la
guerra. Tres mil fugitivos belgas estaban alojados provisionalmente en
un circo, antes de ser distribuídos en provincias. Desnoyers entró en
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