tomaba una frialdad invernal al deslizarse por el interior de la
construcción. La bóveda recortaba las aristas de sus extremos sobre el
difuso azul del espacio. Instintivamente volvieron los tres la cabeza
para lanzar una mirada á los Campos Elíseos, que habían dejado atrás.
Sólo vieron un río de sombra en el que flotaban rosarios de estrellas
rojas entre dos largas escarpaduras negras formadas por los edificios.
Pero estaban familiarizados con el panorama, y creyeron contemplar en la
obscuridad, sin ningún esfuerzo, la majestuosa pendiente de la avenida,
la doble fila de palacios, la plaza de la Concordia en el fondo con su
aguja egipcia, las arboledas de las Tullerías.
--Esto es hermoso--dijo Tchernoff, que veía algo más que sombras--.
Toda una civilización que ama la paz y la dulzura de la vida ha pasado
por aquí.
Un recuerdo enterneció al ruso. Muchas tardes, después del almuerzo,
había encontrado en aquel mismo lugar á un hombre robusto, cuadrado, de
barba rubia y ojos bondadosos. Parecía un gigante detenido en mitad de
su crecimiento. Un perro le acompañaba. Era Jaurés, su amigo Jaurés, que
antes de ir á la Cámara daba un paseo hasta el Arco desde su casa de
Passy.
--Le gustaba situarse donde nos hallamos en este momento. Contemplaba
las avenidas, los jardines lejanos, todo el París que se ofrece á la
admiración desde esta altura. Y me decía conmovido: «Esto es magnífico.
Una de las perspectivas más hermosas que pueden encontrarse en el
mundo...» ¡Pobre Jaurés!
El ruso, por una asociación de ideas, evocaba la imagen de su
compatriota Miguel Bakounine, otro revolucionario, el padre del
anarquismo, llorando de emoción en un concierto luego de oir la sinfonía
con coros de Beethoven, dirigida por un joven amigo suyo que se llamaba
Ricardo Wágner. «Cuando venga nuestra revolución--gritaba estrechando la
mano del maestro--y perezca lo existente, habrá que salvar esto á toda
costa.»
Tchernoff se arrancó á sus recuerdos para mirar en torno y decir con
tristeza:
--Ellos han pasado por aquí.
Cada vez que atravesaba el Arco, la misma imagen surgía en su memoria.
-Ellos- eran miles de cascos brillando al sol; miles de gruesas botas
levantándose con mecánica rigidez todas á un tiempo; las trompetas
cortas, los pífanos, los tamborcillos planos, conmoviendo el augusto
silencio de la piedra; la marcha guerrera de -Lohengrin- sonando en las
avenidas desiertas ante las casas cerradas.
El, que era un extranjero, se sentía atraído por este monumento, con la
atracción de los edificios venerables que guardan la gloria de los
ascendientes. No quería saber quién lo había creado. Los hombres
construyen creyendo solidificar una idea inmediata que halaga su
orgullo. Luego sobreviene la humanidad, de más amplia visión, que cambia
el significado de la obra y la engrandece, despojándola de su primitivo
egoísmo. Las estatuas griegas, modelos de suprema belleza, habían sido
en su origen simples imágenes de santuario regaladas por la piedad de
las devotas de aquellos tiempos. Al evocar la grandeza romana, todos
veían con la imaginación el enorme Coliseo, redondel de matanzas, ó los
arcos elevados á la gloria de Césares ineptos. Las obras representativas
de los pueblos tenían dos significados: el interior é inmediato que le
daban sus creadores, y el exterior, de un interés universal, que les
comunicaban luego los siglos, haciendo de ellas un símbolo.
--El Arco--continuó Tehernoff--es francés por dentro, con sus nombres de
batallas y generales que se prestan á la crítica. Exteriormente, es el
monumento del pueblo que hizo la más grande de las revoluciones y de
todos los pueblos que creen en la libertad. La glorificación del hombre
está allá abajo, en la columna de la plaza Vendôme. Aquí no hay nada
individual. Sus constructores la elevaron á la memoria del Gran
Ejército, y ese Gran Ejército fué el pueblo en armas esparciendo por
toda Europa la revolución. Los artistas, que son grandes intuitivos,
presintieron el verdadero significado de esta obra. Los guerreros de
Rude que entonan la -Marsellesa- en el grupo que tenemos á la izquierda
no son militares de oficio, son ciudadanos armados que marchan á ejercer
su apostolado sublime y violento. Su desnudez me hace ver en ellos unos
-sans-culottes- con casco griego... Aquí hay algo más que la gloria
estrecha y egoísta de una sola nación. Todos en Europa despertamos á una
nueva vida gracias á estos cruzados de la libertad... Los pueblos evocan
imágenes en mi pensamiento. Si recuerdo á Grecia, veo las columnatas del
Parthenón; Roma señora del mundo es el Coliseo y el Arco de Trajano; la
Francia revolucionaria es el Arco de Triunfo.
Era algo más, según el ruso. Representaba un gran desquite histórico:
los pueblos del Sur, las llamadas razas latinas, contestando después de
muchos siglos á la invasión qué había destruído el poderío romano; los
hombres mediterráneos esparciéndose vencedores por las tierras de los
antiguos bárbaros. Habían barrido el pasado como una ola destructora,
para retirarse inmediatamente. La gran marea depositaba todo lo que
envolvían sus entrañas, como las aguas de ciertos ríos que fecundan
inundando. Y al replegarse los hombres, quedaba el suelo enriquecido por
nuevas y generosas ideas.
--¡Si ellos volviesen!--añadió Tchernoff con un gesto de inquietud--.
¡Si pisasen de nuevo estas losas!... La otra vez eran unas pobres
gentes, asombradas de su rápida fortuna, que pasaron por aquí como un
rústico por un salón. Se contentaron con dinero para el bolsillo y dos
provincias que perpetuasen el recuerdo de su victoria... Pero ahora no
serán soldados únicamente los que marchen contra París. A la cola de los
ejércitos vienen, como iracundas cantineras, los -Herr Professor-,
llevando al costado el tonelito de vino con pólvora que enloquece al
bárbaro, el vino de la -Kultur-. Y en los furgones viene igualmente un
bagaje enorme de salvajismo científico, una filosofía nueva que
glorifica la fuerza como principio y santificación de todo, niega la
libertad, suprime al débil y coloca al mundo entero bajo la dependencia
de una minoría predilecta de Dios, sólo porque dispone de los
procedimientos más rápidos y seguros de dar la muerte. La humanidad debe
temblar por su porvenir si otra vez resuenan bajo esta bóveda las botas
germánicas siguiendo una marcha de Wágner ó de cualquier -Kapellmaister-
de regimiento.
Se alejaron del Arco, siguiendo la avenida Víctor Hugo. Tchernoff
marchaba silencioso, como si le hubiese entristecido la imagen de este
desfile hipotético. De pronto continuó en alta voz el curso de sus
reflexiones:
--Y aunque entrasen, ¿qué importa?... No por esto moriría el Derecho.
Sufre eclipses, pero renace; puede ser desconocido, pisoteado, pero no
por esto dejar de existir, y todas las almas buenas lo reconocen como
única regla de vida. Un pueblo de locos quiere colocar la violencia
sobre el pedestal que los demás han elevado al Derecho. Empeño inútil.
La aspiración de los hombres será eternamente que exista cada vez más
libertad, más fraternidad, más justicia.
Con esta afirmación el ruso pareció tranquilizarse. El y sus
acompañantes hablaron del espectáculo que ofrecía París preparándose
para la guerra. Tchernoff se apiadaba de los grandes dolores provocados
por la catástrofe, de los miles y miles de tragedias domésticas que se
estaban desarrollando en aquel momento. Nada había cambiado
aparentemente. En el centro de la ciudad y en torno de las estaciones se
desarrollaba un movimiento extraordinario, pero el resto de la inmensa
urbe no delataba el gran trastorno de su existencia. La calle solitaria
ofrecía el mismo aspecto de todas las noches. La brisa agitaba
dulcemente las hojas de los árboles. Una paz solemne parecía
desprenderse del espacio. Las casas dormían, pero detrás de las ventanas
cerradas se adivinaba el insomnio de los ojos enrojecidos, la
respiración de los pechos angustiosos por la amenaza próxima, la
agilidad trémula de las manos preparando el equipaje de guerra, tal vez
el último gesto de amor, cambiado sin placer, con besos terminados en
sollozos.
Tchernoff se acordó de sus vecinos, de aquella pareja que ocupaba el
otro departamento interior detrás del estudio. Ya no sonaba el piano de
ella. El ruso había percibido rumor de disputas, choque de puertas
cerradas con violencia y los pasos del hombre, que se iba en plena
noche, huyendo de los llantos femeniles. Había empezado á desarrollarse
un drama al otro lado de los tabiques: un drama vulgar, repetición de
otros y otros que ocurrían al mismo tiempo.
--Ella es alemana--añadió el ruso--. Nuestra portera ha husmeado bien su
nacionalidad. El se habrá marchado á estas horas para incorporarse á su
regimiento. Anoche apenas pude dormir. Escuché los gemidos de ella á
través de la pared; un llanto lento, desesperado, de criatura
abandonada, y la voz del hombre, que en vano intentó hacerla callar...
¡Qué lluvia de tristezas cae sobre el mundo!
Aquella misma tarde, al salir de casa, la había encontrado frente á su
puerta. Parecía otra mujer, con un aire de vejez, como si en unas horas
hubiese vivido quince años. En vano había intentado animarla,
recomendándole que aceptase con serenidad la ausencia de su hombre para
no hacer daño al otro ser que llevaba en sus entrañas.
--Porque esa infeliz va á ser madre. Oculta su estado con cierto pudor,
pero yo la he sorprendido desde mi ventana arreglando ropitas de niño.
La mujer le había escuchado como si no le entendiese. Las palabras eran
impotentes ante su desesperación. Sólo había sabido balbucear, como si
hablase con ella misma: «Yo alemana... El se va; tiene que irse...
Sola... ¡sola para siempre!...»
--Piensa en su nacionalidad, que le separa del otro; piensa en el campo
de concentración, al que la llevarán con sus compatriotas: Le da miedo
el abandono en un país hostil que tiene que defenderse de la agresión de
los suyos... Y todo esto cuando va á ser madre. ¡Qué miserias! ¡Qué
tristezas!
Llegaron á la -rue de la Pompe-, y al entrar en la casa se despidió
Tchernoff de sus acompañantes para subir por la escalera de servicio.
Desnoyers quiso prolongar la conversación. Temía quedarse á solas con su
amigo y que resurgiese su mal humor por las recientes contrariedades. La
conversación con el ruso le interesaba. Subieron los tres por el
ascensor. Argensola habló de la oportunidad de destapar una botella de
las muchas que guardaba en la cocina. Tchernoff podría volver á su casa
por la puerta del estudio que daba á la escalera de servicio.
El amplio ventanal tenía las vidrieras abiertas; los huecos sobre el
patio interior estaban abiertos igualmente; una brisa continua hacía
palpitar las cortinas, balanceando los faroles antiguos, las banderas
apolilladas y otros adornos del estudio romántico. Tomaron asiento en
torno de una mesita, junto al ventanal, lejos de las luces que
iluminaban un extremo de la amplia pieza. Estaban en la penumbra,
vueltos de espaldas al interior. Tenían ante ellos los tejados de
enfrente y un enorme rectángulo de sombra azul perforada por la fría
agudeza de los astros. Las luces de la ciudad coloreaban el espacio
sombrío con un reflejo sangriento.
Bebió dos copas Tchernoff, afirmando con chasquidos de lengua el mérito
del líquido. Los tres callaban, con el silencio admirativo y temeroso
que la grandiosidad de la noche impone á los hombres. Sus ojos saltaban
de estrella á estrella, agrupándolas en líneas ideales, formando
triángulos ó cuadriláteros de fantástica irregularidad. A veces el
fulgor parpadeante de un astro parecía enganchar al paso el rayo visual
de sus miradas, manteniéndolas en hipnótica fijeza.
El ruso, sin salir de su contemplación, se sirvió otra copa. Luego
sonrió con una ironía cruel. Su rostro barbudo tomó la expresión de una
máscara trágica asomando entre los telones de la noche.
--¡Qué pensarán allá arriba de los hombres!--murmuró--. ¿Estará enterada
alguna estrella de que existió Bismarck?... ¿Conocerán los astros la
misión divina del pueblo germánico?
Y siguió riendo.
Algo lejano é indeciso turbó el silencio de la noche deslizándose por el
fondo de una de las grietas que cortaban la inmensa planicie de tejados.
Los tres avanzaron la cabeza para escuchar mejor... Eran voces. Un coro
varonil entonaba un himno simple, monótono, grave. Más bien lo
adivinaban con el pensamiento que lo percibían con sus oídos. Varias
notas sueltas llegadas hasta ellos con mayor intensidad en una de las
fluctuaciones de la brisa permitieron á Argensola reconstituir el canto
breve rematado por un aullido melódico; un verdadero canto de guerra:
-C'est l'Alsace et la Lorraine,-
-C'est l'Alsace qu'il nous faut.-
-Oh, oh, oh, oh.-
Un nuevo grupo de hombres iba á lo lejos, por el fondo de una calle, en
busca de la estación de ferrocarril, puerta de la guerra. Debían ser de
los barrios exteriores, tal vez del campo, y al atravesar París envuelto
en silencio, sentían el deseo de cantar la gran aspiración nacional,
para que los que velaban detrás de las fachadas obscuras repeliesen toda
perplejidad sabiendo que no estaban solos.
--Lo mismo que en las óperas--dijo Julio siguiendo los últimos sonidos
del coro invisible, que se perdía... se perdía, devorado por la
distancia y la respiración nocturna.
Tchernoff siguió bebiendo, pero con aire distraído, fijos los ojos en la
niebla rojiza que flotaba sobre los tejados.
Adivinaban los dos amigos su labor mental en la contracción de su
frente, en los gruñidos sordos que dejaba escapar, como un eco del
monólogo interior. De pronto saltó de la reflexión á la palabra, sin
preparación alguna, continuando en voz alta el curso de sus
razonamientos.
--...Y cuando dentro de unas horas salga el sol, el mundo verá correr
por sus campos los cuatro jinetes enemigos de los hombres... Ya piafan
sus caballos malignos con la impaciencia de la carrera; ya sus jinetes
de desgracia se conciertan y cruzan las últimas palabras antes de saltar
sobre la silla.
--¿Qué jinetes son esos?--preguntó Argensola.
--Los que preceden á la Bestia.
Encontraron los dos amigos tan ininteligible esta contestación como las
palabras anteriores. Desnoyers volvió á repetirse mentalmente: «Está
borracho.» Pero su curiosidad le hizo insistir. ¿Y qué bestia era
aquella?
El ruso le miró como si extrañase la pregunta. Creía haber hablado en
alta voz desde el principio de sus reflexiones.
--La del Apocalipsis.
Se hizo un silencio; pero el laconismo del ruso no fué de larga
duración. Sintió la necesidad de expresar su entusiasmo por el soñador
de la roca marina de Patmos. El poeta de las visiones grandiosas y
obscuras ejercía influencia, á través de dos mil años, sobre este
revolucionario místico refugiado en el último piso de una casa de París.
Todo lo había presentido Juan. Sus delirios, ininteligibles para el
vulgo, encerraban el misterio de los grandes sucesos humanos.
Tchernoff describió la bestia apocalíptica surgiendo de las
profundidades del mar. Era semejante á un leopardo, sus pies iguales á
los de un oso y su boca un hocico de león. Tenía siete cabezas y diez
cuernos. De los cuernos pendían diez diademas, y en cada una de las
siete cabezas llevaba escrita una blasfemia. Estas blasfemias no las
decía el evangelista, tal vez porque eran distintas, según las épocas,
modificándose cada mil años, cuando la bestia hacía una nueva aparición.
El ruso leía las que flameaban ahora en las cabezas del monstruo:
blasfemias contra la humanidad, contra la justicia, contra todo lo que
hace tolerable y dulce la vida del hombre. «La fuerza es superior al
derecho...» «El débil no debe existir...» «Sed duros para ser
grandes...» Y la bestia, con toda su fealdad, pretendía gobernar al
mundo y que los hombres la rindiesen adoración.
--¿Pero los cuatro jinetes?--preguntó Desnoyers.
Los cuatro jinetes precedían la aparición del monstruo en el ensueño de
Juan.
Los siete sellos del libro del misterio eran rotos por el cordero en
presencia del gran trono donde estaba sentado alguien que parecía de
jaspe. El arco iris formaba en torno de su cabeza un dosel de esmeralda.
Veinticuatro tronos se extendían en semicírculo, y en ellos veinticuatro
ancianos con vestiduras blancas y coronas de oro. Cuatro animales
enormes cubiertos de ojos y con seis alas parecían guardar el trono
mayor. Sonaban las trompetas saludando la rotura del primer sello.
«¡Mira!», gritaba al poeta visionario con voz estentórea uno de los
animales... Y aparecía el primer jinete sobre un caballo blanco. En la
mano llevaba un arco y en la cabeza una corona: era la Conquista, según
unos; la Peste, según otros. Podía ser ambas cosas á la vez. Ostentaba
una corona, y esto era bastante para Tchernoff.
«¡Surge!», gritaba el segundo animal removiendo sus mil ojos. Y del
sello roto saltaba un caballo rojizo. Su jinete movía sobre la cabeza
una enorme espada. Era la Guerra. La tranquilidad huía del mundo ante su
galope furioso: los hombres iban á exterminarse.
Al abrirse el tercer sello, otro de los animales alados mugía como un
trueno: «¡Aparece!» Y Juan veía un caballo negro. El que lo montaba
tenía una balanza en la mano para pesar el sustento de los hombres. Era
el Hambre.
El cuarto animal saludaba con un bramido la rotura del cuarto sello.
«¡Salta!» Y aparecía un caballo de color pálido. «El que lo montaba se
llama la Muerte, y un poder le fué dado para hacer perecer á los hombres
por la espada, por el hambre, por la peste y por las bestias salvajes.»
Los cuatro jinetes emprendían una carrera loca, aplastante, sobre las
cabezas de la humanidad aterrada.
Tchernoff describía los cuatro azotes de la tierra lo mismo que si los
viese directamente. El jinete del caballo blanco iba vestido con un
traje ostentoso y bárbaro. Su rostro oriental se contraía odiosamente,
como si husmease las víctimas. Mientras su caballo seguía galopando, él
armaba el arco para disparar la peste. En su espalda saltaba el carcaj
de bronce lleno de flechas ponzoñosas que contenían los gérmenes de
todas las enfermedades, lo mismo las que sorprenden á las gentes
pacíficas en su retiro que las que envenenan las heridas del soldado en
el campo de batalla.
El segundo jinete, el del caballo rojo, manejaba el enorme mandoble
sobre sus cabellos, erizados por la violencia de la carrera. Era joven,
pero el fiero entrecejo y la boca contraída le daban una expresión de
ferocidad implacable. Sus vestiduras, arremolinadas por el impulso del
galope, dejaban al descubierto una musculatura atlética.
Viejo, calvo y horriblemente descarnado, el tercer jinete saltaba sobre
el cortante dorso del caballo negro. Sus piernas disecadas oprimían los
flancos de la magra bestia. Con una mano enjuta mostraba la balanza,
símbolo del alimento escaso, que iba á alcanzar el valor del oro.
Las rodillas del cuarto jinete, agudas como espuelas, picaban los
costados del caballo pálido. Su piel apergaminada dejaba visibles las
aristas y oquedades del esqueleto. Su faz de calavera se contraía con la
risa sardónica de la destrucción. Los brazos de caña hacían voltear una
hoz gigantesca. De sus hombros angulosos pendía un harapo de sudario.
Y la cabalgada furiosa de los cuatro jinetes pasaba como un huracán
sobre la inmensa muchedumbre de los humanos. El cielo tomaba sobre sus
cabezas una penumbra lívida de ocaso. Monstruos horribles y disformes
aleteaban en espiral sobre la furiosa -razzia-, como una escolta
repugnante. La pobre humanidad, loca de miedo, huía en todas direcciones
al escuchar el galope de la Peste, la Guerra, el Hambre y la Muerte.
Hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, se empujaban y caían al suelo en
todas las actitudes y gestos del pavor, del asombro, de la
desesperación. Y el caballo blanco, el rojo, el negro y el pálido los
aplastaban con indiferencia bajo sus herraduras implacables: el atleta
oía el crujido de sus costillajes rotos, el niño agonizaba agarrado al
pecho maternal, el viejo cerraba para siempre los párpados con un gemido
infantil.
--Dios se ha dormido, olvidando al mundo--continuó el ruso--. Tardará
mucho en despertar, y mientras él duerme, los cuatro jinetes feudatarios
de la Bestia correrán la tierra como únicos señores.
Se exaltaba con sus palabras. Abandonando su asiento, iba de un lado á
otro con grandes pasos. Le parecía débil su descripción de las cuatro
calamidades vistas por el poeta sombrío. Un gran pintor había dado forma
corporal á estos terribles ensueños.
--Yo tengo un libro--murmuraba--, un libro precioso...
Y repentinamente huyó del estudio, dirigiéndose á la escalera interior
para entrar en sus habitaciones. Quería traer el libro para que lo
viesen sus amigos. Argensola le acompañó. Poco después volvieron con el
volumen. Habían dejado abiertas las puertas tras de ellos. Se estableció
una corriente de aire más fuerte entre los huecos de las fachadas y el
patio interior.
Tchernoff colocó bajo una lámpara su libro precioso. Era un volumen
impreso en 1511, con texto latino y grabados. Desnoyers leyó el título:
-Apocalipsis cum figuris-. Los grabados eran de Alberto Dúrero: una obra
de juventud, cuando el maestro sólo tenía veintisiete años. Los tres
quedaron en extática admiración ante la lámina que representaba la loca
carrera de los jinetes apocalípticos. El cuádruple azote se precipitaba
con un impulso arrollador sobre sus monturas fantásticas, aplastando á
la humanidad loca de espanto.
Algo ocurrió de pronto que hizo salir á los tres hombres de su
contemplación admirativa; algo extraordinario, indefinible: un gran
estrépito que pareció entrar directamente en su cerebro sin pasar por
los oídos; un choque en su corazón. El instinto les advirtió que algo
grave acababa de ocurrir.
Quedaron en silencio, mirándose: un silencio de segundos que fué
interminable.
Por las puertas abiertas llegó un ruido de alarma procedente del patio:
persianas que se abrían, pasos atropellados en los diversos pisos,
gritos de sorpresa y de terror.
Los tres corrieron instintivamente hacia las ventanas interiores. Antes
de llegar á ellas, el ruso tuvo un presentimiento.
--Mi vecina... Debe ser mi vecina. Tal vez se ha matado.
Al asomarse vieron luces en el fondo; gentes que se agitaban en torno de
un bulto tendido sobre las baldosas. La alarma había poblado
instantáneamente todas las ventanas. Era una noche sin sueño, una noche
de nerviosidad, que mantenía á todos en dolorosa vigilia.
--Se ha matado--dijo una voz que parecía surgir de un pozo--. Es la
alemana, que se ha matado.
La explicación de la portera saltó de ventana en ventana hasta el último
piso.
El ruso movió la cabeza con expresión fatal. La infeliz no había dado
sola el salto de muerte. Alguien presenciaba su desesperación: alguien
la había empujado... ¡Los jinetes! ¡Los cuatro jinetes del
Apocalipsis!... Ya estaban sobre la silla; ya emprendían su galope
implacable, arrollador.
Las fuerzas ciegas del mal iban á correr libres por el mundo.
Empezaba el suplicio de la humanidad bajo la cabalgada salvaje de sus
cuatro enemigos.
SEGUNDA PARTE
I
Las envidias de don Marcelo
El primer movimiento del viejo Desnoyers fué de asombro al convencerse
de que la guerra resultaba inevitable. La humanidad se había vuelto
loca. ¿Era posible una guerra con tantos ferrocarriles, tantos buques de
comercio, tantas máquinas, tanta actividad desarrollada en la costra de
la tierra y sus entrañas?... Las naciones se arruinarían para siempre.
Estaban acostumbradas á necesidades y gastos que no conocieron los
pueblos de hace un siglo. El capital era dueño del mundo, y la guerra
iba á matarlo; pero á su vez moriría ella á los pocos meses, falta de
dinero para sostenerse. Su alma de hombre de negocios se indignó ante
los centenares de miles de millones que la loca aventura iba á invertir
en humo y matanzas.
Como su indignación necesitaba fijarse en algo inmediato, hizo
responsables de la gran locura á sus mismos compatriotas. ¡Tanto hablar
de la -revancha-! ¡Preocuparse durante cuarenta y cuatro años de dos
provincias perdidas, cuando la nación era dueña de tierras enormes é
inútiles en otros continentes!... Iban á tocar los resultados de tanta
insensatez exasperada y ruidosa.
La guerra significaba para él un desastre á breve plazo. No tenía fe en
su país: la época de Francia había pasado. Ahora los triunfadores eran
los pueblos del Norte, y sobre todos, aquella Alemania que él había
visto de cerca, admirando con cierto pavor su disciplina, su dura
organización. El antiguo obrero sentía el instinto conservador y egoísta
de todos los que llegan á amasar millones. Despreciaba los ideales
políticos, pero por solidaridad de clase había aceptado en los últimos
años todas las declamaciones contra los escándalos del régimen. ¿Qué
podía hacer una República corrompida y desorganizada ante el Imperio más
sólido y fuerte de la tierra?...
«Vamos á la muerte--se decía á solas--. ¡Peor que en el 70!... Nos
tocará ver cosas horribles.»
El orden y el entusiasmo con que acudían los franceses al llamamiento de
la nación, convirtiéndose en soldados, produjeron en él una extrañeza
inmensa. A impulsos de esta sacudida moral, empezó á creer en algo. La
gran masa de su país era buena: el pueblo valía como en otros tiempos.
Cuarenta y cuatro años de alarma y angustia habían hecho florecer las
antiguas virtudes. Pero ¿y los jefes? ¿Dónde estaban los jefes para
marchar á la victoria?...
Su pregunta la repetían muchos. El anonimato del régimen democrático y
de la paz mantenía al país en una ignorancia completa acerca de sus
futuros caudillos. Todos veían cómo se formaban hora por hora los
ejércitos; muy pocos conocían á los generales. Un nombre empezó á sonar
de boca en boca: «Joffre... Joffre.» Sus primeros retratos hicieron
agolparse á la muchedumbre curiosa. Desnoyers lo contempló atentamente:
«Tiene aspecto de buena persona.» Sus instintos de hombre de orden se
sintieron halagados por el aire grave y sereno del general de la
República. Experimentó de pronto una gran confianza, semejante á la que
le inspiraban los gerentes de Banco de buena presencia. A este señor se
le podían confiar los intereses, sin miedo á que hiciese locuras.
La avalancha de entusiasmo y emociones acabó por arrastrar á Desnoyers.
Como todos los que le rodeaban, vivió minutos que eran horas y horas
que parecían años. Los sucesos se atropellaban; el mundo parecía
resarcirse en una semana del largo quietismo de la paz.
El viejo vivió en la calle, atraído por el espectáculo que ofrecía la
muchedumbre civil saludando á la otra muchedumbre uniformada que partía
para la guerra.
Por la noche presenció en los bulevares el paso de las manifestaciones.
La bandera tricolor aleteaba sus colores bajo los faros eléctricos. Los
cafés, desbordantes de público, lanzaban por las bocas inflamadas de sus
puertas y ventanas el rugido musical de las canciones patrióticas. De
pronto se abría el gentío en el centro de la calle entre aplausos y
vivas. Toda Europa pasaba por allí; toda Europa--menos los dos Imperios
enemigos--saludaba espontáneamente con sus aclamaciones á la Francia en
peligro. Iban desfilando las banderas de los diversos pueblos con todas
las tintas del iris, y detrás de ellas los rusos, de ojos claros y
místicos; los ingleses, con la cabeza descubierta, entonando cánticos de
religiosa gravedad; los griegos y rumanos, de perfil aquilino; los
escandinavos, blancos y rojos; los americanos del Norte, con la
ruidosidad de un entusiasmo algo pueril; los hebreos sin patria, amigos
del país de las revoluciones igualitarias; los italianos, arrogantes
como un coro de tenores heroicos; los españoles y sudamericanos,
incansables en sus vítores. Eran estudiantes y obreros que
perfeccionaban sus conocimientos en escuelas y talleres, refugiados que
se habían acogido á la hospitalaria playa de París como náufragos de
guerras y revoluciones. Sus gritos no tenían significación oficial.
Todos estos hombres se movían con espontáneo impulso, deseosos de
manifestar su amor á la República. Y Desnoyers, conmovido por el
espectáculo, pensaba que Francia era todavía algo en el mundo, que aún
ejercía una fuerza moral sobre los pueblos, y sus alegrías ó sus
desgracias interesaban á la humanidad.
«En Berlín y en Viena--se dijo--también gritarán de entusiasmo en este
momento... Pero los del país nada más. De seguro que ningún extranjero
se une ostensiblemente á sus manifestaciones.»
El pueblo de la Revolución legisladora de los Derechos del Hombre
recolectaba la gratitud de las muchedumbres. Empezó á sentir cierto
remordimiento ante el entusiasmo de los extranjeros que ofrecían su
sangre á Francia. Muchos se lamentaban de que el gobierno retardase
veinte días la admisión de voluntarios, hasta que hubiesen terminado las
operaciones de la movilización. ¡Y él, que había nacido francés, dudaba
horas antes de su país!...
De día, la corriente popular le llevaba á la estación del Este. Una masa
humana se aglomeraba contra la verja, desbordándose en tentáculos por
las calles inmediatas. La estación, que iba adquiriendo la importancia
de un lugar histórico, parecía un túnel estrecho por el que intentaba
deslizarse todo un río, con grandes choques y rebullimientos contra sus
paredes. Una parte de la Francia en armas se lanzaba por esta salida de
París hacia los campos de batalla de la frontera.
Desnoyers sólo había estado dos veces allí, á la ida y al regreso de su
viaje á Alemania. Otros emprendían ahora el mismo camino. Las
muchedumbres populares iban acudiendo de los extremos de la ciudad para
ver cómo desaparecían en el interior de la estación masas humanas de
contornos geométricos, uniformemente vestidas, con relámpagos de acero y
cadencioso acompañamiento de choques metálicos. Los medios puntos de
cristales, que brillaban al sol como bocas ígneas, tragaban y tragaban
gente. Por la noche continuaba el desfile á la luz de los focos
eléctricos. A través de las verjas pasaban miles y miles de corceles;
hombres con el pecho forrado de hierro y cabelleras pendientes del
casco, lo mismo que los paladines de remotos siglos; cajas enormes que
servían de jaula á los cóndores de la aeronáutica; rosarios de cañones
estrechos y largos, pintados de gris, protegidos por mamparas de acero,
más semejantes á instrumentos astronómicos que á bocas de muerte; masas
y masas de kepis rojos moviéndose con el ritmo de la marcha, y filas de
fusiles, unos negros y escuetos, formando lúgubres cañaverales, otros
rematados por bayonetas que parecían espigas luminosas. Y sobre estos
campos inquietos de mieses de acero, las banderas de los regimientos se
estremecían en el aire como pájaros de colores: el cuerpo blanco, un
ala azul, la otra roja, una corbata de oro en el cuello y en lo alto el
pico de bronce, el hierro de la lanza que apuntaba á las nubes.
De estas despedidas volvía don Marcelo á su casa vibrante y con los
nervios fatigados, como el que acaba de presenciar un espectáculo de
ruda emoción. A pesar de su carácter tenaz, que se resistía siempre á
reconocer el propio error, el viejo empezó á sentir vergüenza por sus
dudas anteriores. La nación vivía, Francia era un gran pueblo; las
apariencias le habían engañado como á otros muchos. Tal vez los más de
sus compatriotas fuesen de carácter ligero y olvidadizo, entregados con
exceso á los sensualismos de la vida; pero cuando llegaba la hora del
peligro, cumplían su deber simplemente, sin necesitar la dura imposición
que sufren los pueblos sometidos á férreas organizaciones.
En la mañana del cuarto día de movilización, al salir de su casa, en vez
de encaminarse al centro de la ciudad marchó con rumbo opuesto, hacia la
-rue de la Pompe-. Algunas palabras imprudentes de Chichí y las miradas
inquietas de su esposa y su cuñada le hicieron sospechar que Julio había
regresado de su viaje. Sintió necesidad de ver de lejos las ventanas del
estudio, como si esto pudiese proporcionarle noticias. Y para justificar
ante su propia conciencia una exploración que contrastaba con sus
propósitos de olvido, se acordó de que su carpintero habitaba en dicha
calle.
--Vamos á ver á Roberto. Hace una semana que me prometió venir.
Este Roberto era un mocetón que se había «emancipado de la tiranía
patronal», según sus propias palabras, trabajando solo en su casa. Una
pieza casi subterránea le servía de habitación y de taller. La
compañera, á la que llamaba «mi asociada», corría con el cuidado de su
persona y del hogar, mientras un niño iba creciendo agarrado á sus
faldas. Desnoyers consentía á Roberto sus declamaciones contra los
burgueses, porque se prestaba á todos sus caprichos de incesante
arreglador de muebles. En la lujosa vivienda de la avenida Víctor Hugo,
el carpintero cantaba la -Internacional- mientras movía la sierra ó el
martillo. Esto y sus grandes atrevimientos de lenguaje lo perdonaba el
señor, teniendo en cuenta la baratura de su trabajo.
Al llegar al pequeño taller le vió con la gorra sobre una oreja, anchos
pantalones de pana á la mameluca, borceguíes claveteados y varias
banderitas y escarapelas tricolores en las solapas de la chaqueta.
--Llega tarde, patrón--dijo alegremente--. Va á cerrarse la fábrica. El
dueño ha sido movilizado y dentro de unas horas se incorporará á su
regimiento.
Y señalaba un papel manuscrito fijo en la puerta de su tugurio, á
semejanza de los carteles impresos que figuraban en todos los
establecimientos de París para indicar que patronos y dependientes
habían obedecido la orden de movilización.
Nunca se le había ocurrido á Desnoyers que su carpintero pudiera
convertirse en soldado. Era rebelde á toda imposición de autoridad.
Odiaba á los -flics-, los policías de París, con los que había cambiado
puñetazos y palos en todas las revueltas. El militarismo era su
preocupación. En los mítines contra la tiranía del cuartel había
figurado como uno de los manifestantes más ruidosos. ¿Y este
revolucionario iba á la guerra con la mejor voluntad, sin esfuerzo
alguno?...
Roberto habló con entusiasmo del regimiento, de la vida entre camaradas,
teniendo la muerte á cuatro pasos.
--Creo en mis ideas lo mismo que antes, patrón--continuó, como si
adivinase lo que pensaba el otro--; pero la guerra es la guerra, y
enseña muchas cosas; entre ellas, que la libertad debe ir acompañada de
orden y de mando. Es preciso que alguien dirija y que los demás sigan,
por voluntad, por consentimiento... pero que sigan. Cuando llega la
guerra se ven las cosas de distinto modo que cuando uno está en su casa
haciendo lo que quiere.
La noche que asesinaron á Jaurés rugió de cólera, anunciando que la
mañana siguiente sería de venganza. Había buscado á los compañeros de su
sección para enterarse de lo que proyectaban contra los burgueses. Pero
la guerra iba á estallar. Algo había en el aire que se oponía á la lucha
civil, que dejaba en momentáneo olvido los agravios particulares,
concentrando todas las almas en una aspiración común.
--Hace una semana--continuó--era antimilitarista. ¡Qué lejos me parece
eso! Como si hubiese transcurrido un año... Sigo pensando como antes:
amo la paz, odio la guerra; y como yo, todos los camaradas. Pero los
franceses no hemos provocado á nadie y nos amenazan, quieren
esclavizarnos... Seamos fieras, ya que nos obligan á serlo; y para
defendernos bien, que nadie salga de la fila, que todos obedezcan. La
disciplina no está reñida con la revolución. Acuérdese de los ejércitos
de la primera República: todos ciudadanos, lo mismo los generales que
los soldados; pero Hoche, Kleber y los otros eran rudos compadres que
sabían mandar é imponer la obediencia.
El carpintero tenía sus letras. Además de los periódicos y folletos de
«la idea» había leído en cuadernos sueltos á Michelet y otros artistas
de la historia.
--Vamos á hacer la guerra á la guerra--añadió--. Nos batiremos para que
esta guerra sea la última.
Su afirmación no le pareció bastante clara, y siguió diciendo:
--Nos batiremos por el porvenir; moriremos para que nuestros nietos no
conozcan estas calamidades. Si triunfasen los enemigos triunfaría la
continuación de la guerra y la conquista como único medio de
engrandecerse. Primero se apoderarían de Europa, luego del resto del
mundo. Los despojados se sublevarían más adelante: ¡nuevas guerras!...
Nosotros no queremos conquistas. Deseamos recuperar Alsacia y Lorena
porque fueron nuestras y sus habitantes quieren volver con nosotros... Y
nada más. No imitaremos á los enemigos apropiándonos territorios y
poniendo en peligro la tranquilidad del mundo. Tuvimos bastante con
Napoleón: no hay que repetir la aventura. Vamos á batirnos por nuestra
seguridad y al mismo tiempo por la seguridad del mundo, por la vida de
los pueblos débiles. Si fuese una guerra de agresión, de vanidad, de
conquista, nos acordaríamos de nuestro antimilitarismo. Pero es de
defensa, y los gobernantes no tienen culpa de ello. Nos vemos atacados y
todos debemos marchar unidos.
El carpintero, que era anticlerical, mostraba una tolerancia generosa,
una amplitud de ideas que abarcaba á todos los hombres. El día anterior
había encontrado en la alcaldía de su distrito á un reservista que iba á
partir con él incorporándose al mismo regimiento. Una ojeada le había
bastado para reconocer que era un cura.
--Yo soy carpintero--le había dicho presentándose--. ¿Y usted,
compañero... trabaja en las iglesias?
Empleaba este eufemismo para que el sacerdote no pudiese sospechar en él
intenciones ofensivas. Los dos se habían estrechado la mano.
--Yo no estoy por la -calotte---continuó, dirigiéndose á Desnoyers--.
Hace tiempo que me puse mal con Dios. Pero en todas partes hay buenas
personas, y las buenas personas deben entenderse en estos momentos. ¿No
lo cree así, patrón?
La guerra halagaba sus aficiones igualitarias. Antes de ella, al hablar
de la futura revolución sentía un maligno placer imaginándose que todos
los ricos, privados de su fortuna, tendrían que trabajar para subsistir.
Ahora le entusiasmaba que todos los franceses participasen de la misma
suerte, sin distinción de clases.
--Todos mochila á la espalda y comiendo rancho. Y hacía extensiva la
militar sobriedad á los que se quedaban á espaldas del ejército. La
guerra traería grandes escaseces: todos iban á conocer el pan ordinario.
--Y usted, patrón, que es viejo para ir á la guerra, tendrá que comer
como yo, con todos sus millones... Reconozca que esto es hermoso.
Desnoyers no se ofendía por la maliciosa satisfacción que inspiraban al
carpintero sus futuras privaciones. Estaba pensativo. Un hombre como
aquel, adversario de todo lo existente y que no tenía nada material que
defender, marchaba á la guerra, á la muerte, por un ideal generoso y
lejano, por evitar que la humanidad del porvenir conociese los horrores
actuales. Al hacer esto no vacilaba en sacrificar su antigua fe, todas
las creencias acariciadas hasta la víspera... ¡Y él, que era uno de los
privilegiados de la suerte, que poseía tantas cosas tentadoras
necesitadas de defensa, entregado á la duda y la crítica!...
Horas después volvió á encontrar al carpintero cerca del Arco de
Triunfo. Formaba grupo con varios trabajadores de igual aspecto que él,
y este grupo iba unido á otros y otros que eran como una representación
de todas las clases sociales: burgueses bien vestidos, señoritos finos y
anémicos, licenciados de raído chaqué, faz pálida y gruesos lentes,
curas jóvenes que sonreían con cierta malicia, como si se comprometiesen
en una calaverada. Al frente del rebaño humano iba un sargento y á
retaguardia varios soldados con el fusil al hombro. ¡Adelante los
reservistas!...
Y un bramido musical, una melopea grave, amenazante y monótona surgía de
esta masa de bocas redondas, brazos en péndulo y piernas que se abrían y
cerraban lo mismo que compases.
Roberto entonaba con energía el guerrero estribillo. Le temblaban los
ojos y los caídos bigotes de galo. A pesar de su traje de pana y su
bolsa de lienzo repleta, tenía el mismo aspecto grandioso y heroico de
las figuras de Rude en el Arco de Triunfo. La «asociada» y el niño
trotaban por la acera inmediata para acompañarle hasta la estación.
Apartaba los ojos de ellos para hablar con un compañero de fila,
afeitado y de aspecto grave: indudablemente el cura que había conocido
el día antes. Tal vez se tuteaban ya, con la fraternidad que inspira á
los hombres el contacto de la muerte.
Siguió el millonario con una mirada de respeto á su carpintero,
desmesuradamente agrandado al formar parte de esta avalancha humana. Y
en su respeto había algo de envidia: la envidia que surge de una
conciencia insegura.
Cuando don Marcelo pasaba malas noches, sufriendo pesadillas, un motivo
de terror, siempre el mismo, atormentaba su imaginación. Rara vez soñaba
en peligros mortales para él ó los suyos. La visión espantosa consistía
siempre en el hecho de que le presentaban al cobro documentos de crédito
suscritos con su firma, y él, Marcelo Desnoyers, el hombre fiel á sus
compromisos, con todo un pasado de probidad inmaculada, no podía
pagarlos. La posibilidad de esto le hacía temblar, y después de haber
despertado sentía aún su pecho oprimido por el terror. Para su
imaginación, ésta era la mayor deshonra que puede sufrir un hombre.
Al trastornarse su existencia con las agitaciones de la guerra,
reaparecían las mismas angustias. Completamente despierto, en pleno uso
de razón, sufría un suplicio igual al que experimentaba en sueños viendo
su nombre sin honra al pie de un documento incobrable.
Todo el pasado surgía ante sus ojos con extraordinaria claridad, como si
hasta entonces se hubiese mantenido borroso, en una confusión de
penumbra. La tierra amenazada de Francia era la suya. Quince siglos de
historia habían trabajado para él, para que encontrase al abrir los ojos
progresos y comodidades que no conocieron sus ascendientes. Muchas
generaciones de Desnoyers habían preparado su advenimiento á la vida
batallando con la tierra, defendiéndola de enemigos, dándole al nacer
una familia y un hogar libres... Y cuando le tocaba su turno para
continuar este esfuerzo, cuando le llegaba la vez en el rosario de
generaciones, ¡huía lo mismo que un deudor que elude el pago!... Había
contraído al venir al mundo compromisos con la tierra de sus padres, con
el grupo humano al que debía la existencia. Esta obligación era preciso
pagarla con sus brazos, con el sacrificio que rechaza al peligro... Y él
había eludido el reconocimiento de su firma, fugándose y traicionando á
sus ascendientes. ¡Ah, desgraciado! Nada importaba el éxito material de
su existencia, la riqueza adquirida en un país remoto. Hay faltas que no
se borran con millones. La intranquilidad de su conciencia era la
prueba. También lo eran la envidia y el respeto que le inspiraba aquel
pobre menestral marchando al encuentro de la muerte con otros seres
igualmente humildes, enardecidos todos por la satisfacción del deber
cumplido, del sacrificio aceptado.
El recuerdo de Madariaga surgía en su memoria.
«Donde nos hacemos ricos y formamos una familia, allí está nuestra
patria.»
No, no era cierta la afirmación del centauro. En tiempos normales, tal
vez. Lejos del país de origen y cuando no corre éste ningún peligro, se
le puede olvidar por algunos años. Pero él vivía ahora en Francia, y
Francia tenía que defenderse de enemigos que deseaban suprimirla. El
espectáculo de todos sus habitantes levantándose en masa representaba
para Desnoyers una tortura vergonzosa. Contemplaba á todas horas lo que
él debía haber hecho en su juventud y no quiso hacer.
Los veteranos del 70 iban por las calles exhibiendo en la solapa su
cinta verde y negra, recuerdo de las privaciones del sitio de París y de
las campañas heroicas é infaustas. La vista de estos hombres satisfechos
de su pasado le hacía palidecer. Nadie se acordaba del suyo; pero lo
conocía él, y era bastante. En vano su razón intentaba apaciguar esta
tempestad interior... Aquellos tiempos habían sido otros: no existía la
unanimidad de la hora presente; el Imperio era impopular: todo estaba
perdido... Pero el recuerdo de una frase célebre se fijaba en su memoria
como una obsesión: «¡Quedaba Francia!» Muchos pensaban lo mismo que él
en su juventud, y sin embargo no habían huído para eludir el servicio de
las armas; se habían quedado, intentando la última y desesperada
resistencia.
Inútiles sus razonamientos buscando excusas. Los grandes sentimientos
prescinden del raciocinio por inútil. Para hacer comprender los ideales
políticos y religiosos son indispensables explicaciones y
demostraciones: el sentimiento de la patria no necesita nada de esto. La
patria... es la patria. Y el obrero de las ciudades, incrédulo y burlón,
el labriego egoísta, el pastor solitario, todos se mueven al conjuro de
esta palabra, comprendiéndola instantáneamente, sin previas enseñanzas.
«Es preciso pagar--repetía mentalmente don Marcelo--. Debo pagar mi
deuda.»
Y experimentaba, como en los ensueños, la angustia del hombre probo y
desesperado que desea cumplir sus compromisos.
¡Pagar!... ¿Y cómo? Ya era tarde. Por un momento se le ocurrió la
heroica resolución de ofrecerse como voluntario, de marchar con la bolsa
al costado en uno de aquellos grupos de futuros combatientes, lo mismo
que su carpintero. Pero la inutilidad del sacrificio surgía en su
pensamiento. ¿De qué podía servir?... Parecía robusto, se mantenía
fuerte para su edad, pero estaba más allá de los sesenta años, y sólo
los jóvenes pueden ser buenos soldados. Batirse lo hace cualquiera. El
tenía ánimos sobrados para tomar un fusil. Pero el combate no es mas que
un accidente de la lucha. Lo pesado, lo anonadador, son las operaciones
y sacrificios que preceden al combate, las marchas interminables, los
rigores de la temperatura, las noches á cielo raso, remover la tierra,
abrir trincheras, cargar carros, sufrir hambre... No; era demasiado
tarde. Ni siquiera tenía un nombre ilustre para que su sacrificio
pudiese servir de ejemplo.
Instintivamente miraba atrás. No estaba solo en el mundo: tenía un hijo
que podía responder por la deuda del padre... Pero esta esperanza sólo
duraba un momento. Su hijo no era francés: pertenecía á otro pueblo; la
mitad de su sangre era de diversa procedencia. Además, ¿cómo podía
sentir las mismas preocupaciones que él? ¿Llegaría á entenderlas si su
padre se las exponía?... Era inútil esperar nada de este danzarín
gracioso buscado por las mujeres; de este bravo de frívolo coraje, que
exponía su vida en duelos para satisfacer un honor pueril.
¡La modestia del rudo señor Desnoyers después de estas reflexiones!...
Su familia sintió asombro al ver el encogimiento y la dulzura con que se
movía dentro de la casa. Los dos criados de gesto imponente habían ido á
incorporarse á sus regimientos, y la mayor sorpresa que les reservó la
declaración de guerra fué la bondad repentina del amo, la abundancia de
regalos á su despedida, el cuidado paternal con que vigilaba sus
preparativos de viaje. El temible don Marcelo los abrazó con los ojos
húmedos. Los dos tuvieron que esforzarse para que no les acompañase á la
estación.
Fuera de su casa se deslizaba con humildad, como si pidiese perdón
mudamente á las gentes que le rodeaban. Todos le parecían superiores á
él. Los tiempos eran de crisis económica: los ricos conocían
momentáneamente la pobreza y la inquietud; los Bancos habían suspendido
sus operaciones y sólo pagaban una exigua parte de sus depósitos. El
millonario se vió privado por unas semanas de su riqueza. Además,
sentía inquietud al apreciar el porvenir incierto. ¿Cuánto tiempo iba á
transcurrir antes de que le enviasen dinero de América? ¿No llegaría á
suprimir la guerra las fortunas lo mismo que las vidas?... Y sin
embargo, nunca Desnoyers apreció menos el dinero ni dispuso de él con
mayor generosidad.
Numerosos movilizados de aspecto popular que marchaban sueltos hacia las
estaciones encontraron á un señor que los detenía con timidez, se
llevaba una mano á un bolsillo y dejaba en su diestra el billete de
veinte francos, huyendo inmediatamente ante sus ojos asombrados. Las
obreras llorosas que volvían de decir adiós á sus hombres vieron al
mismo señor sonreir á los niños que marchaban junto á ellas, acariciar
sus mejillas y alejarse, abandonando en sus manos la pieza de cinco
francos.
Don Marcelo, que nunca había fumado, frecuentó los despachos de tabaco.
Salía de ellos con las manos y los bolsillos repletos, para abrumar con
una prodigalidad de paquetes al primer soldado que encontraba. A veces
el favorecido sonreía cortésmente, dando las gracias con palabras
reveladoras de un origen superior, y pasaba el regalo á otros compañeros
que vestían un capote tan grosero y mal cortado como el suyo. El
servicio obligatorio le hacía incurrir con frecuencia en estos errores.
Las manos rudas, al oprimir la suya con un apretón agradecido, le
dejaban satisfecho por unos minutos. ¡Ay, no poder hacer más!... El
gobierno, al movilizar los vehículos, le había tomado tres de sus
automóviles monumentales. Desnoyers se entristeció porque no se llevaban
su cuarto mastodonte. ¡Para lo que servía! Los pastores del rebaño
monstruoso, el -chauffeur- y sus ayudantes, habían partido también para
incorporarse al ejército. Todos se marchaban. Finalmente, sólo quedarían
él y su hijo: dos inutilidades.
Rugió al enterarse de la entrada de los enemigos en Bélgica,
considerando este suceso la traición más inaudita de la Historia. Se
avergonzaba al recordar que en los primeros momentos había hecho
responsables de la guerra á los patriotas exaltados de su país... ¡Qué
perfidia, metódicamente preparada con largos años de anticipación! Los
relatos de saqueos, incendios y matanzas le hacían palidecer, rechinando
los dientes. A él, á Marcelo Desnoyers, le podía ocurrir lo mismo que á
los infelices belgas si los bárbaros invadían su país. Tenía una casa en
la ciudad, un castillo en el campo, una familia. Por una asociación de
ideas, las mujeres víctimas de la soldadesca le hacían pensar en su
Chichí y en la buena doña Luisa. Los edificios en llamas evocaban el
recuerdo de todos los muebles raros y costosos amontonados en sus dos
viviendas y que eran como los blasones de su elevación social. Los
ancianos fusilados, las madres de entrañas abiertas, los niños con las
manos cortadas, todos los sadismos de una guerra de terror, despertaban
la violencia de su carácter.
--¡Y esto puede ocurrir impunemente en nuestra época!...
Para convencerse de que el castigo estaba próximo, de que la venganza
marchaba al encuentro de los culpables, sentía la necesidad de
confundirse diariamente con el gentío aglomerado en tomo de la estación
del Este.
El grueso de las tropas operaba en las fronteras, pero no por esto
disminuía la animación en este lugar. Ya no se embarcaban batallones
enteros, pero día y noche los hombres de combate iban entrando en la
estación, sueltos ó por grupos. Eran reservistas sin uniformes que
marchaban á incorporarse á sus regimientos, oficiales que habían estado
ocupados hasta entonces en los trabajos de la movilización, pelotones en
armas destinados á llenar los grandes huecos abiertos por la muerte.
La muchedumbre, oprimida contra las verjas, saludaba á los que partían,
acompañándolos con los ojos mientras atravesaban el gran patio. Eran
anunciadas á gritos las últimas ediciones de los periódicos. La masa
obscura se moteaba de blanco, leyendo con avidez las hojas impresas. Una
buena noticia: «¡Viva Francia!...» Un despacho confuso que hacía
presentir un descalabro: «No importa. Hay que sostenerse de todos modos.
Los rusos avanzarán á sus espaldas.» Y mientras se desarrollaban los
diálogos inspirados por estas nuevas, y muchas jóvenes convertidas en
vendedoras iban entre los grupos ofreciendo banderitas y escarapelas
tricolores, continuaban pasando por el patio solitario, para desaparecer
detrás de las puertas de cristales, hombres y más hombres que iban á la
guerra.
Un subteniente de la reserva, con un saco al hombro, llegó acompañado de
su padre hasta la fila de policías que cerraba el paso á la muchedumbre.
Desnoyers encontró al oficial cierta semejanza con su hijo. El viejo
ostentaba en la solapa la cinta verde y negra de 1870: la condecoración
evocadora del remordimiento. Era alto, enjuto, y aún pretendía erguirse
más poniendo un gesto fosco. Deseaba mostrarse fiero, inhumano, para
ocultar su emoción.
--¡Adiós, muchacho! Pórtate bien.
--¡Adiós, padre!
No se dieron la mano: evitaban que sus miradas se encontrasen. El
oficial sonreía como un autómata. El padre volvió bruscamente la
espalda, y atravesando el gentío se metió en un café. Necesitaba el
rincón más obscuro, la banqueta más oculta, para disimular por unos
minutos su emoción.
Y el señor Desnoyers envidió este dolor.
Unos reservistas avanzaron cantando, precedidos de una bandera. Se
empujaban y bromeaban, adivinándose en su excitación largas detenciones
en todas las tabernas encontradas al paso. Uno de ellos, sin interrumpir
su canto, oprimía la diestra de una viejecita que marchaba á su lado
serena y con los ojos secos. La madre reunía sus fuerzas para acompañar
á su mocetón, con una falsa alegría, hasta el último momento.
Otros llegaban sueltos, despegados de sus compañeros, pero no por esto
iban solos. El fusil colgaba de uno de sus hombros, las espaldas estaban
abrumadas por la joroba de la mochila, las piernas rojas salían y se
ocultaban entre las alas vueltas del capote azul, la pipa humeaba bajo
la visera del kepis. Delante de uno de ellos caminaban cuatro niños,
alineados por orden de estatura. Volvían la cabeza para admirar al
padre, súbitamente engrandecido por los arreos militares. A su lado
marchaba la compañera, afable y sumisa, lo mismo que en las primeras
semanas de relaciones, sintiendo en su alma simple un reflorecimiento de
amor, una primavera extemporánea, nacida al contacto del peligro. El
hombre, obrero de París que tal vez cantaba un mes antes la
-Internacional-, pidiendo la desaparición de los ejércitos y la
fraternidad de todos los humanos, iba ahora en busca de la muerte. Su
mujer contenía los sollozos y le admiraba. El cariño y la conmiseración
le hacían insistir en sus recomendaciones. En la mochila había puesto
los mejores pañuelos, los pocos víveres que guardaba en casa, todo el
dinero. Su hombre no debía inquietarse por ella y los hijos. Saldrían
del mal paso como pudiesen. El gobierno y las buenas almas se
encargarían de su suerte.
El soldado bromeaba ante el talle algo deforme de su mujer, saludando al
ciudadano próximo á surgir, anunciándole un nacimiento en plena
victoria. Un beso á la compañera, un cariñoso repelón á la prole, y
luego se unió con los camaradas... Nada de lágrimas. ¡Valor!... ¡Viva
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