Y se deleitaba escuchando las músicas de los trabajadores: lamentos de
canciones italianas con acompañamiento de acordeón, guitarreos españoles
y criollos apoyando á unas voces bravías que cantaban el amor y la
muerte.
--Esto es el arca de Noé--afirmó el estanciero.
Quería decir la torre de Babel, según pensó Desnoyers, pero para el
viejo era lo mismo.
--Yo creo--continuó--que vivimos así porque en esta parte del mundo no
hay reyes y los ejércitos son pocos, y los hombres sólo piensan en
pasarlo lo mejor posible gracias á su trabajo. Pero también creo que
vivimos en paz porque hay abundancia y á todos les llega su parte... ¡La
que se armaría si las raciones fuesen menos que las personas!
Volvió á quedar en reflexivo silencio, para añadir poco después:
--Sea por lo que sea, hay que reconocer que aquí se vive más tranquilo
que en el otro mundo. Los hombres se aprecían por lo que valen y se
juntan sin pensar en si proceden de una tierra ó de otra. Los mozos no
van en rebaño á matar á otros mozos que no conocen, y cuyo delito es
haber nacido en el pueblo de enfrente... El hombre es una mala bestia en
todas partes, lo reconozco; pero aquí come, tiene tierra de sobra para
tenderse, y es bueno, con la bondad de un perro harto. Allá son
demasiados, viven en montón, estorbándose unos á otros, la pitanza es
escasa y se vuelven rabiosos con facilidad. ¡Viva la paz, gabacho, y la
existencia tranquila! Donde uno se encuentre bien y no corra el peligro
de que lo maten por cosas que no entiende, allí está su verdadera
tierra.
Y como un eco de las reflexiones del rústico personaje, Karl, sentado en
el salón ante el piano, entonaba á media voz un himno de Beethoven.
«Cantemos la alegría de la vida; cantemos la libertad. Nunca mientas y
traiciones á tu semejante, aunque te ofrezcan por ello el mayor trono de
la tierra.»
¡La paz!... A los pocos días se acordó Desnoyers con amargura de estas
ilusiones del viejo. Fué la guerra, una guerra doméstica, lo que estalló
en el idílico escenario de la estancia. «Patroncito, corra, que el
patrón viejo ha pelado cuchillo y quiere matar al alemán.» Y Desnoyers
había corrido fuera de su escritorio, avisado por las voces de un peón.
Madariaga perseguía cuchillo en mano á Karl, atropellando á todos los
que intentaban cerrarle el paso. Únicamente él pudo detenerlo,
arrebatándole el arma.
--¡Ese -pedigrée- sinvergüenza!--vociferaba el viejo con la boca lívida,
agitándose entre los brazos de su yerno--. Todos los muertos de hambre
creen que no hay mas que llegar á esta casa para llevarse mis hijas y
mis pesos... ¡Suéltame te digo! ¡Suéltame para que lo mate!
Y con el deseo de verse libre, daba sus excusas á Desnoyers. A él lo
había aceptado como yerno porque era de su gusto, modesto, honrado y...
serio. ¡Pero ese -pedigrée- cantor, con todas sus soberbias!... ¡Un
hombre que él había sacado... no quería decir de dónde! Y el francés,
tan enterado como él de sus primeras relaciones con Karl, fingió no
entenderle.
Como el alemán había huído, el estanciero acabó por dejarse empujar
hasta su casa. Hablaba de dar una paliza á «la romántica» y otra á la
-china-, por no enterarse de las cosas. Había sorprendido á su hija
agarrada de las manos con el -gringo- en un bosquecillo cercano y
cambiando un beso.
--¡Viene por mis pesos!--aullaba--. Quiere hacer la América pronto á
costa del -gallego-, y para esto, tanta humildad y tanto canto y tanta
nobleza. ¡Embustero!... ¡Músico!
Y repitió con insistencia lo de «¡músico!», como si fuese la concreción
de todos sus desprecios.
Desnoyers, firme y sobrio en palabras, dió un desenlace al conflicto.
«La romántica», abrazada á su madre, se refugió en los altos de la casa.
El cuñado había protegido su retirada, pero á pesar de esto, la sensible
Elena gimió entre lágrimas pensando en el alemán: «¡Pobrecito! ¡Todos
contra él!» Mientras tanto, la esposa de Desnoyers retenía al padre en
su despacho, apelando á toda su influencia de hija juiciosa. El francés
fué en busca de Karl, mal repuesto aún de la terrible sorpresa, y le dió
un caballo para que se trasladase inmediatamente á la estación de
ferrocarril más próxima.
Se alejó de la estancia, pero no permaneció solo mucho tiempo.
Transcurridos unos días, «la romántica» se marchó detrás de él... Iseo
«la de las blancas manos» fué en busca del caballero Tristán.
La desesperación de Madariaga no se mostró violenta y atronadora, como
esperaba su yerno. Por primera vez le vió éste llorar. Su vejez robusta
y alegre desapareció de golpe. En una hora parecía haber vivido diez
años. Como un niño, arrugado y trémulo, se abrazó á Desnoyers, mojándole
el cuello con sus lágrimas.
--¡Se la ha llevado! ¡El hijo de una gran pulga... se la ha llevado!
Esta vez no hizo pesar la responsabilidad sobre su -china-. Lloró junto
á ella, y como si pretendiese consolarla con una confesión pública, dijo
repetidas veces:
--Por mis pecados... Todo ha sido por mis grandísimos pecados.
Empezó para Desnoyers una época de dificultades y conflictos. Los
fugitivos le buscaron en una de sus visitas á la capital, implorando su
protección. «La romántica» lloraba, afirmando que sólo su cuñado, «el
hombre más caballero del mundo», podía salvarla. Karl le miró como un
perro fiel que se confía á su amo. Estas entrevistas se repitieron en
todos sus viajes. Luego, al volver á la estancia, encontraba al viejo
malhumorado, silencioso, mirando con fijeza ante él, como si contemplase
algo invisible para los demás, y diciendo de pronto: «Es un castigo: el
castigo de mis pecados.» El recuerdo de sus primeras relaciones con el
alemán, antes de llevarlo á la estancia, le atormentaba como un
remordimiento. Algunas tardes hacía ensillar un caballo, partiendo á
todo galope hacia el pueblo más próximo. Ya no iba en busca de ranchos
hospitalarios. Necesitaba pasar un rato en la iglesia, hablar á solas
con las imágenes, que estaban allí sólo para él, ya que era él quien
había pagado las facturas de adquisición... «Por mi culpa, por mi
grandísima culpa.»
Pero á pesar de su arrepentimiento, Desnoyers tuvo que esforzarse mucho
para obtener de él un arreglo. Cuando le habló de regularizar la
situación de los fugitivos, facilitando los trámites necesarios para el
matrimonio, no le dejó continuar. «Haz lo que quieras, pero no me hables
de ellos.» Pasaron muchos meses. Un día, el francés se acercó con cierto
misterio. «Elena tiene un hijo, y le llaman Julio como á usted.»
--Y tú, grandísimo inútil--gritó el estanciero--, y la vaca floja de tu
mujer vivís tranquilamente, sin darme un nieto... ¡Ah, gabacho! Por eso
los alemanes acabarán montándose sobre vosotros. Ya ves: ese bandido
tiene un hijo, y tú, después de cuatro años de matrimonio... nada.
Necesito un nieto, ¿lo entiendes?
Y para consolarse de esta falta de niños en su hogar, se iba al rancho
del capataz Celedonio, donde una banda de pequeños mestizos se
agrupaban, temerosos y esperanzados, en torno del patrón viejo.
De pronto murió la -china-. La pobre -Misiá- Petrona se fué
discretamente, como había vivido, procurando en su última hora evitar
toda contrariedad al esposo, pidiéndole perdón con la mirada por las
molestias que podía causarle su muerte. Elena se presentó en la estancia
para ver el cadáver de su madre, y Desnoyers, que llevaba más de un año
sosteniendo á los fugitivos á espaldas del suegro, aprovechó la ocasión
para vencer el enojo de éste.
--La perdono--dijo el estanciero después de una larga resistencia--. Lo
hago por la pobre finada y por ti. Que se quede en la estancia y que
venga con ella el -gringo- sinvergüenza.
Nada de trato. El alemán sería un empleado á las órdenes de Desnoyers, y
la pareja viviría en el edificio de la Administración, como si no
perteneciese á la familia. Jamás dirigiría la palabra á Karl.
Pero apenas lo vió llegar, le habló para tratarle de «usted», dándole
órdenes rudamente, lo mismo que á un extraño. Después pasó siempre junto
á él como si no lo conociese. Al encontrar en su casa á Elena
acompañando á la hermana mayor, también seguía adelante. En vano «la
romántica», transfigurada por la maternidad, aprovechaba todas las
ocasiones para colocar delante de él á su pequeño y repetía sonoramente
su nombre: «Julio... Julio.»
--Un hijo del -gringo- cantor, blanco como cabrito desollado y con pelo
de zanahoria, quieren que sea nieto mío... Prefiero á los de Celedonio.
Y para mayor protesta, entraba en la vivienda del capataz, repartiendo á
la chiquillería puñados de pesos.
A los siete años de efectuado su matrimonio, la esposa de Desnoyers
sintió que iba á ser madre. Su hermana tenía ya tres hijos. Pero ¿qué
valían éstos para Madariaga, comparados con el nieto que iba á llegar?
«Será varón--dijo con firmeza--, porque yo lo necesito así. Se llamará
Julio, y quiero que se parezca á mi pobre finada.» Desde la muerte de su
esposa, que ya no la llamaba «la china», sintió algo semejante á un amor
póstumo por aquella pobre mujer que tanto le había aguantado durante su
existencia, siempre tímida y silenciosa. «Mi pobre finada» surgía á cada
instante en las conversaciones del estanciero, con la obsesión de un
remordimiento.
Sus deseos se cumplieron. Luisa dió á luz un varón, que recibió el
nombre de Julio, y aunque no mostraba en sus rasgos fisonómicos, todavía
abocetados, una gran semejanza con su abuela, tenía el cabello y los
ojos negros y la tez de un moreno pálido. ¡Bien venido!... Este era un
nieto.
Y con la generosidad de la alegría, permitió que el alemán entrase en su
casa para asistir á la fiesta del bautizo.
Cuando Julio Desnoyers tuvo cuatro años, el abuelo lo paseó á caballo
por toda la estancia, colocándolo en el delantero de la silla. Iba de
rancho en rancho para mostrarlo al populacho cobrizo, como un anciano
monarca que presenta á su heredero. Más adelante, cuando el nieto pudo
hablar sueltamente, se entretuvo conversando con él horas enteras á la
sombra de los eucaliptos. Empezaba á marcarse en el viejo cierta
decadencia mental. Aún no chocheaba, pero su agresividad iba tomando un
carácter pueril. Hasta en las mayores expansiones de cariño se valía de
la contradicción, buscando molestar á sus allegados.
--¡Ven aquí, profeta falso!--decía á su nieto--. Tú eres un gabacho.
Julio protestaba como si le insultasen. Su madre le había enseñado que
era argentino, y su padre le recomendaba que añadiese español, para dar
gusto al abuelo.
--Bueno; pues si no eres gabacho--continuaba el estanciero--, grita:
«¡Abajo Napoleón!»
Y miraba en torno de él para ver si estaba cerca Desnoyers, creyendo
causarle con esto una gran molestia. Pero el yerno seguía adelante,
encogiéndose de hombros.
--¡Abajo Napoleón!--decía Julio.
Y presentaba la mano inmediatamente, mientras el abuelo buscaba sus
bolsillos.
Los hijos de Karl, que ya eran cuatro, y se movían en torno del abuelo
como un coro humilde mantenido á distancia, contemplaban con envidia
estas dádivas. Para agradarle, un día en que le vieron solo se acercaron
resueltamente, gritando al unísono: «¡Abajo Napoleón!»
--¡-Gringos- atrevidos!--bramó el viejo--. Eso se lo habrá enseñado á
ustedes el sinvergüenza de su padre. Si lo vuelven á repetir, los corro
á rebencazos... ¡Insultar así á un grande hombre!
Esta descendencia rubia la toleraba, pero sin permitirle ninguna
intimidad. Desnoyers y su esposa tomaban la defensa de sus sobrinos,
tachándole de injusto. Y para desahogar los comentarios de su antipatía
buscaba á Celedonio, el mejor de los oyentes, pues contestaba á todo:
«Sí, patrón.» «Así será, patrón.»
--Ellos no tienen culpa alguna--decía el viejo--, pero yo no puedo
quererlos. Además, ¡tan semejantes á su padre, tan blancos, con el pelo
de zanahoria deshilachada, y los dos mayores llevando anteojos lo mismo
que si fuesen escribanos!... No parecen gentes con esos vidrios: parecen
tiburones.
Madariaga no había visto nunca tiburones, pero se los imaginaba, sin
saber por qué, con unos ojos redondos de vidrio, como fondos de botella.
A la edad de ocho años, Julio era un jinete. «¡A caballo peoncito!»,
ordenaba el abuelo. Y salían á galope por los campos, pasando como
centellas entre los millares y millares de reses cornudas. El
«peoncito», orgulloso de su título, obedecía en todo al maestro. Y así
aprendió á tirar el lazo á los toros, dejándolos aprisionados y
vencidos, á hacer saltar las vallas de alambre á su pequeño caballo, á
salvar de un bote un hoyo profundo, á deslizarse por las barrancas, no
sin rodar muchas veces debajo de su montura.
--¡Ah, gaucho fino!--decía el abuelo, orgulloso de estas hazañas--. Toma
cinco pesos para que le regales un pañuelo á una -china-.
El viejo, en su creciente embrollamiento mental, no se daba cuenta
exacta de la relación entre las pasiones y los años. Y el infantil
jinete, al guardarse el dinero, se preguntaba qué -china- era aquella y
por qué razón debía hacerle un regalo.
Desnoyers tuvo que arrancar á su hijo de las enseñanzas del abuelo. Era
inútil que hiciese venir maestros para Julio ó que intentase enviarlo á
la escuela de la estancia. Madariaga raptaba á su nieto, escapándose
juntos á correr el campo. El padre acabó por instalar al niño en un gran
colegio de la capital cuando ya había pasado de los once años. Entonces,
el viejo fijó su atención en la hermana de Julio, que sólo tenía tres
años, llevándola, como al otro, de rancho en rancho sobre el delantero
de su montura. Todos llamaban Chichí á la hija de Chicha, pero el abuelo
le dió el título de «peoncito», como á su hermano. Y Chichí, que se
criaba vigorosa y rústica, desayunándose con carne y hablando en sueños
del asado, siguió fácilmente las aficiones del viejo. Iba vestida como
un muchacho, montaba lo mismo que los hombres, y para merecer el título
de «gaucho fino» conferido por el abuelo, llevaba un cuchillo en la
trasera del cinturón. Los dos corrían el campo de sol á sol. Madariaga
parecía seguir como una bandera la trenza ondulante de la amazona. Esta,
á los nueve años, echaba ya con habilidad su lazo á las reses.
Lo que más irritaba al estanciero era que la familia le recordase su
vejez. Los consejos de Desnoyers para que permaneciese tranquilo en casa
los acogía como insultos. Así como avanzaba en años, era más agresivo y
temerario, extremando su actividad, como si con ella quisiera espantar á
la muerte. Sólo admitía ayuda de su travieso «peoncito». Cuando al ir á
montar acudían los hijos de Karl, que eran ya unos grandullones, para
tenerle el estribo, los repelía con bufidos de indignación.
--¿Creen ustedes que ya no puedo sostenerme?... Aún tengo vida para
rato, y los que aguardan que muera para agarrar mis pesos se llevan
chasco.
El alemán y su esposa, mantenidos aparte en la vida de la estancia,
tenían que sufrir en silencio estas alusiones. Karl, necesitado de
protección, vivía á la sombra del francés, aprovechando toda oportunidad
para abrumarle con sus elogios. Jamás podría agradecer bastante lo que
hacía por él. Era su único defensor. Deseaba una ocasión para mostrarle
su gratitud: morir por él, si era preciso. La esposa admiraba á su
cuñado con grandes extremos de entusiasmo: «El caballero más cumplido de
la tierra.» Y Desnoyers agradecía en silencio esta adhesión,
reconociendo que el alemán era un excelente compañero. Como disponía en
absoluto de la fortuna de la familia, ayudaba generosamente á Karl sin
que el viejo se enterase. El fué quien tomó la iniciativa para que
pudiesen realizar la mayor de sus ilusiones. El alemán soñaba con una
visita á su país. ¡Tantos años en América!... Desnoyers, por lo mismo
que no sentía deseos de volver á Europa, quiso facilitar este anhelo de
sus cuñados, y dió á Karl los medios para que hiciese el viaje con toda
su familia. El viejo no quiso saber quién costeaba los gastos. «Que se
vayan--dijo con alegría--y que no vuelvan nunca.»
La ausencia no fué larga. Gastaron en tres meses lo que llevaban para un
año. Karl, que había hecho saber á sus parientes la gran fortuna que
significaba su matrimonio, quiso presentarse como un millonario, en
pleno goce de sus riquezas. Elena volvió transfigurada, hablando con
orgullo de sus parientes: del barón, coronel de húsares, del comandante
de la Guardia, del consejero de la corte, declarando que todos los
pueblos resultaban despreciables al lado de la patria de su esposo.
Hasta tomó cierto aire de protección al alabar á Desnoyers, un hombre
bueno, ciertamente, pero «sin nacimiento», «sin raza», y además francés.
Karl, en cambio, manifestaba la misma adhesión de antes, permaneciendo
en sumisa modestia detrás de su cuñado. Este tenía las llaves de la caja
y era su única defensa ante el terrible viejo... Había dejado sus dos
hijos mayores en un colegio de Alemania. Años después, fueron saliendo
con igual destino los otros nietos del estanciero, que éste consideraba
antipáticos é inoportunos, «con pelos de zanahoria y ojos de tiburón».
El viejo se veía ahora solo. Le habían arrebatado su segundo «peoncito».
La severa Chicha no podía tolerar que su hija se criase como un
muchacho, cabalgando á todas horas y repitiendo las palabras gruesas del
abuelo. Estaba en un colegio de la capital, y las monjas educadoras
tenían que batallar grandemente para vencer las rebeliones y malicias de
su bravía alumna.
Al volver á la estancia Julio y Chichí durante las vacaciones, el abuelo
concentraba su predilección en el primero, como si la niña sólo hubiese
sido un sustituto. Desnoyers se quejaba de la conducta un tanto
desordenada de su hijo. Ya no estaba en el colegio. Su vida era la de un
estudiante de familia rica que remedia la parsimonia de sus padres con
toda clase de préstamos imprudentes. Pero Madariaga salía en defensa de
su nieto. «¡Ah, gaucho fino!...» Al verlo en la estancia, admiraba su
gentileza de buen mozo. Le tentaba los brazos para convencerse de su
fuerza; le hacía relatar sus peleas nocturnas, como valeroso campeón de
una de las bandas de muchachos licenciosos, llamados -patotas- en el
-argot- de la capital. Sentía deseos de ir á Buenos Aires para admirar
de cerca esta vida alegre. Pero ¡ay! él no tenía diez y seis años como
su nieto. Ya había pasado de los ochenta.
--¡Ven acá, profeta falso! Cuéntame cuántos hijos tienes... ¡Porque tú
debes tener muchos hijos!
--¡Papá!--protestaba Chicha, que siempre andaba cerca, temiendo las
malas enseñanzas del abuelo.
--¡Déjate de moler!--gritaba éste, irritado--. Yo sé lo que me digo.
La paternidad figuraba inevitablemente en todas sus fantasías amorosas.
Estaba casi ciego, y el agonizar de sus ojos iba acompañado de un
creciente desarreglo mental. Su locura senil tomaba un carácter lúbrico,
expresándose con un lenguaje que escandalizaba ó hacía reir á todos los
de la estancia.
--¡Ah, ladrón, y qué lindo eres!--decía mirando al nieto con sus ojos
que sólo veían pálidas sombras--. El vivo retrato de mi pobre finada...
Diviértete, que tu abuelo está aquí con sus pesos. Si sólo hubieses de
contar con lo que te regale tu padre, vivirías como un ermitaño. El
gabacho es de los de puño duro: con él no hay -farra- posible. Pero yo
pienso en ti, peoncito. Gasta y triunfa, que para eso tu -tatica- ha
juntado plata.
Cuando los nietos se marchaban de la estancia, entretenía su soledad
yendo de rancho en rancho. Una mestiza ya madura hacía hervir en el
fogón el agua para su mate. El viejo pensaba confusamente que bien podía
ser hija suya. Otra de quince años le ofrecía la calabacita de amargo
líquido, con su canuto de plata para sorber. Una nieta tal vez, aunque
él no estaba seguro. Y así pasaba las tardes, inmóvil y silencioso,
tomando mate tras mate, rodeado de familias que le contemplaban con
admiración y miedo.
Cada vez que subía á caballo para estas correrías, su hija mayor
protestaba. «¡A los ochenta y cuatro años! ¿No era mejor que se quedase
tranquilamente en casa? Cualquier día iban á lamentar una desgracia...»
Y la desgracia vino. El caballo del patrón volvió un anochecer con paso
tardo y sin jinete. El viejo había rodado en una cuesta, y cuando lo
recogieron estaba muerto... Así terminó el centauro, como había vivido
siempre, con el rebenque colgando de la muñeca y las piernas arqueadas
por la curva de la montura.
Su testamento lo guardaba un escribano español de Buenos Aires casi tan
viejo como él. La familia sintió miedo al contemplar el voluminoso
documento. ¿Qué disposiciones terribles habría dictado Madariaga? La
lectura de la primera parte tranquilizó á Karl y Elena. El viejo
mejoraba considerablemente á la esposa de Desnoyers; pero aun así,
quedaba una parte enorme para «la romántica» y los suyos. «Hago
esto--decía--en memoria de mi pobre finada y para que no hablen las
gentes.» Venían á continuación ochenta y seis legados, que formaban
otros tantos capítulos del volumen testamentario. Ochenta y cinco
individuos subidos de color--hombres y mujeres--, que vivían en la
estancia largos años como -puesteros- y arrendatarios, recibían la
última munificencia paternal del viejo. Al frente de ellos figuraba
Celedonio, que en vida de Madariaga se había enriquecido ya sin otro
trabajo que escucharle, repitiendo: «Así será, patrón.» Más de un millón
de pesos representaban estas mandas en tierras y reses. El que
completaba el número de los beneficiados era Julio Desnoyers. El abuelo
hacía mención especial de él, legándole un campo «para que atendiera á
sus gastos particulares, supliendo lo que no le diese su padre».
--¡Pero eso representa centenares de miles de pesos!--protestó Karl, que
se había hecho más exigente al convencerse de que su esposa no estaba
olvidada en el testamento.
Los días que siguieron á esta lectura resultaron penosos para la
familia. Elena y los suyos miraban al otro grupo como si acabasen de
despertar, contemplándolo bajo una nueva luz, con aspecto distinto.
Olvidaban lo que iban á recibir, para ver únicamente las mejoras de los
parientes.
Desnoyers, benévolo y conciliador, tenía un plan. Experto en la
administración de estos bienes enormes, sabía que un reparto entre los
herederos iba á duplicar los gastos sin aumentar los productos.
Calculaba además las complicaciones y desembolsos de una partición
judicial de nueve estancias considerables, centenares de miles de reses,
depósitos en los Bancos, casas en las ciudades y deudas por cobrar. ¿No
era mejor seguir como hasta entonces?... ¿No habían vivido en la santa
paz de una familia unida?...
El alemán, al escuchar su proposición, se irguió con orgullo. No; cada
uno á lo suyo. Cada cual que viviese en su esfera. El quería
establecerse en Europa, disponiendo libremente de los bienes. Necesitaba
volver á «su mundo».
Desnoyers le miró frente á frente, viendo á un Karl desconocido, un Karl
cuya existencia no había sospechado nunca cuando vivía bajo su
protección, tímido y servil. También el francés creyó contemplar lo que
le rodeaba bajo una nueva luz.
--Está bien--dijo--. Cada uno que se lleve lo suyo. Me parece justo.
III
La familia Desnoyers
La «sucesión Madariaga»--como decían en su lenguaje los hombres de ley
interesados en prolongarla para aumento de su cuenta de
honorarios--quedó dividida en dos grupos separados por el mar. Los
Desnoyers se establecieron en Buenos Aires. Los Hartrott se trasladaron
á Berlín luego que Karl hubo vendido todos los bienes, para emplear el
producto en empresas industriales y tierras de su país.
Desnoyers no quiso seguir viviendo en el campo. Veinte años había sido
el jefe de una enorme explotación agrícola y ganadera, mandando á
centenares de hombres en varias estancias. Ahora el radio de su
autoridad se había restringido considerablemente al parcelarse la
fortuna del viejo con la parte de Elena y los numerosos legados. Le
encolerizaba ver establecidos en las tierras inmediatas á varios
extranjeros, casi todos alemanes, que las habían comprado á Karl.
Además, se hacía viejo, la fortuna de su mujer representaba unos veinte
millones de pesos, y su ambicioso cuñado, al trasladarse á Europa,
demostraba tal vez mejor sentido que él.
Arrendó parte de sus tierras, confió la administración de otras á
algunos de los favorecidos por el testamento, que se consideraban de la
familia, viendo siempre en Desnoyers al patrón, y se trasladó á Buenos
Aires. De este modo podía vigilar á su hijo, que seguía llevando una
vida endiablada, sin salir adelante en los estudios preparatorios de
ingeniería... Además, Chichí era ya una mujer, su robustez le daba un
aspecto precoz, superior á sus años, y no era conveniente mantenerla en
el campo para que fuese una señorita rústica como su madre. Doña Luisa
parecía cansada igualmente de la vida de estancia. Los triunfos de su
hermana le producían cierta molestia. Era incapaz de sentir celos; pero,
por ambición maternal, deseaba que sus hijos no se quedasen atrás,
brillando y ascendiendo como los hijos de la otra.
Durante un año llegaron á la casa que Desnoyers había instalado en la
capital las más asombrosas noticias de Alemania. «La tía de
Berlín»--como llamaban á Elena sus sobrinos--enviaba unas cartas
larguísimas, con relatos de bailes, comidas, cacerías y títulos, muchos
títulos nobiliarios y dignidades militares: «nuestro hermano el
coronel», «nuestro primo el barón», «nuestro tío el consejero íntimo»,
«nuestro tío segundo, el consejero verdaderamente íntimo». Todas las
extravagancias del escalafón social alemán, que discurre incesantemente
títulos nuevos para satisfacer la sed de honores de un pueblo dividido
en castas, eran enumeradas con delectación por la antigua «romántica».
Hasta hablaba del secretario de su esposo, que no era un cualquiera,
pues había ganado como escribiente en las oficinas públicas el título de
-Rechnungsrath- (Consejero de Cálculo). Además, mencionaba con orgullo
al -Oberpedell- retirado que tenía en su casa, explicando que esto
quería decir: «Portero superior».
Las noticias referentes á sus hijos no resultaban menos gloriosas. El
mayor era el sabio de la familia. Se dedicaba á la filología y las
ciencias históricas; pero su vista resultaba cada vez más deficiente, á
causa de las continuas lecturas. Pronto sería doctor, y antes de los
treinta años -Herr Professor-. La madre lamentaba que no fuese militar,
considerando sus aficiones como algo que torcía los altos destinos de la
familia. El profesorado, las ciencias y la literatura eran refugio de
los judíos, imposibilitados por su origen de obtener un grado en el
ejército. Pero se consolaba pensando que un profesor célebre puede
conseguir con el tiempo una consideración social casi comparable á la de
un coronel.
Sus otros cuatro hijos varones serían oficiales. El padre preparaba el
terreno para que pudiesen entrar en la Guardia ó en algún regimiento
aristocrático sin que los compañeros de cuerpo votasen en contra al
proponer su admisión. Las dos niñas se casarían seguramente, cuando
tuviesen edad para ello, con oficiales de húsares que ostentasen en su
nombre una partícula nobiliaria, altivos y graciosos señores de los que
hablaba con entusiasmo la hija de -Misiá- Petrona.
La instalación de los Hartrott era digna de sus nuevas amistades. En la
casa de Berlín, la servidumbre iba de calzón corto y peluca blanca en
noches de gran comida. Karl había comprado un castillo viejo, con
torreones puntiagudos, fantasmas en los subterráneos y varias leyendas
de asesinatos, asaltos y violaciones, que amenizaban su historia de un
modo interesante. Un arquitecto condecorado con muchas órdenes
extranjeras, y que además ostentaba el título de «Consejero de
Construcción», era el encargado de modernizar el edificio medioeval sin
que perdiese su aspecto terrorífico. «La romántica» describía por
anticipado las recepciones en el tenebroso salón, á la luz difusa de las
lámparas eléctricas que imitarían antorchas; el crepitar de la blasonada
chimenea, con sus falsos leños erizados de llamas de gas; todo el
esplendor del lujo moderno aliado con los recuerdos de una época de
nobleza omnipotente, la mejor, según ella, de la Historia. Además, las
cacerías, las futuras cacerías en una extensión de tierras arenosas y
movedizas, con bosques de pinos, en nada comparables al rico suelo de la
estancia natal, pero que habían tenido el honor de ser pisadas siglos
antes por los marqueses de Brandeburgo, fundadores de la casa reinante
de Prusia. Y todos estos progresos, esta rápida ascensión de la familia,
¡en solo un año!... Tenían que luchar con otras familias ultramarinas
que habían amasado fortunas enormes en los Estados Unidos, el Brasil ó
las costas del Pacífico. Pero eran alemanes «sin nacimiento», groseros
plebeyos que en vano pugnaban por introducirse en el gran mundo haciendo
donativos á las obras imperiales. Con todos sus millones, á lo más que
podían aspirar era á unir sus hijas con oficiales de infantería de
línea. ¡Mientras que Karl!... ¡Los parientes de Karl!... Y «la
romántica» dejaba correr la pluma glorificando á una familia en cuyo
seno creía haber nacido.
De tarde en tarde, con las epístolas de Elena llegaban otras breves
dirigidas á Desnoyers. El cuñado le daba cuenta de sus operaciones, lo
mismo que cuando vivía en la estancia protegido por él. Pero á esta
deferencia se unía un orgullo mal disimulado, un deseo de desquitarse de
sus épocas de humillación voluntaria. Todo lo que hacía era grande y
glorioso. Había colocado sus millones en empresas industriales de la
moderna Alemania. Era accionista de fábricas de armamento enormes como
pueblos, de Compañías de navegación que lanzaban un navío cada medio
año. El emperador se interesaba en estas obras, mirando con benevolencia
á los que deseaban ayudarle. Además, Karl compraba tierras. Parecía á
primera vista una locura haber vendido los opulentos campos de su
herencia para adquirir arenales prusianos que sólo producían á fuerza de
abonos. Pero siendo terrateniente figuraba en el «partido agrario», el
grupo aristocrático y conservador por excelencia, y así vivía en dos
mundos opuestos é igualmente distinguidos: el de los grandes
industriales, amigos del emperador, y el de los -junkers-, hidalgos del
campo, guardianes de la tradición y abastecedores de oficiales del rey
de Prusia.
Al enterarse Desnoyers de estos progresos, pensó en los sacrificios
pecuniarios que representaban. Conocía el pasado de Karl. Un día, en la
estancia, á impulsos del agradecimiento, había revelado al francés la
causa de su viaje á América. Era un antiguo oficial del ejército de su
país; pero el deseo de vivir ostentosamente, sin otros recursos que el
sueldo, le arrastró á cometer actos reprensibles: sustracción de fondos
pertenecientes al regimiento, deudas sagradas sin pagar, falsificación
de firmas. Estos delitos no habían sido perseguidos oficialmente por
consideración á la memoria de su padre; pero los compañeros de cuerpo le
sometieron á un tribunal de honor. Sus hermanos y amigos le aconsejaron
el pistoletazo como único remedio; pero él amaba la vida, y huyó á
América, donde á costa de humillaciones había acabado por triunfar. La
riqueza borra las manchas del pasado con más rapidez que el tiempo. La
noticia de su fortuna al otro lado del Océano hizo que su familia le
recibiese bien en el primer viaje, introduciéndolo de nuevo en «su
mundo». Nadie podía recordar historias vergonzosas de centenares de
marcos tratándose de un hombre que hablaba de las tierras de su suegro,
más extensas que muchos principados alemanes. Ahora, al instalarse
definitivamente en el país, todo estaba olvidado; pero ¡qué de
contribuciones impuestas á su vanidad!... Desnoyers adivinó los miles de
marcos vertidos á manos llenas para las obras caritativas de la
emperatriz, para las propagandas imperialistas, para las sociedades de
veteranos, para todos los grupos de agresión y expansión constituídos
por las ambiciones germánicas.
El francés, hombre sobrio, parsimonioso en sus gastos y exento de
ambiciones, sonreía ante las grandezas de su cuñado. Tenía á Karl por un
excelente compañero, aunque de un orgullo pueril. Recordaba con
satisfacción los años que habían pasado juntos en el campo. No podía
olvidar al alemán que rondaba en torno de él cariñoso y sumiso como un
hermano menor. Cuando su familia comentaba con una vivacidad algo
envidiosa las glorias de los parientes de Berlín, él decía sonriendo:
«Déjenlos en paz; su dinero les cuesta.»
Pero el entusiasmo que respiraban las cartas de Alemania acabó por crear
en torno de su persona un ambiente de inquietud y rebelión. Chichí fué
la primera en el ataque. ¿Por qué no iban ellos á Europa, como los
otros? Todas sus amigas habían estado allá. Familias de tenderos
italianos y españoles emprendían el viaje, ¡Y ella, que era hija de un
francés, no había visto París!... ¡Oh, París! Los médicos que asistían
á las señoras melancólicas declaraban la existencia de una enfermedad
nueva y temible: «la enfermedad de París». Doña Luisa apoyaba á su hija.
¿Por qué no había de vivir ella en Europa, lo mismo que su hermana,
siendo como era más rica? Hasta Julio declaró gravemente que en el viejo
mundo estudiaría con mayor aprovechamiento. América no es tierra de
sabios.
Y el padre terminó por hacerse la misma pregunta, extrañando que no se
le hubiera ocurrido antes lo de la ida á Europa ¡Treinta y cuatro años
sin salir de aquel país que no era el suyo!... Ya era hora de marcharse.
Vivía demasiado cerca de los negocios. En vano quería guardar su
indiferencia de estanciero retirado. Todos ganaban dinero en torno de
él. En el club, en el teatro, allí donde iba, las gentes hablaban de
compras de tierras, de ventas, de negocios rápidos con el provecho
triplicado, de liquidaciones portentosas. Empezaban á pesarle las sumas
que guardaba inactivas en los Bancos. Acabaría por mezclarse en alguna
especulación, como el jugador que no puede ver la ruleta sin llevar la
mano al bolsillo. Para esto no valía la pena el haber abandonado la
estancia. Su familia tenía razón: «¡A París!...» Porque en el grupo
Desnoyers, ir á Europa significaba ir á París. Podía «la tía de Berlín»
cantar toda clase de grandezas de la tierra de su marido.
«¡Macanas!--exclamaba Julio, que había hecho serias comparaciones
geográficas y étnicas en sus noches de correría--. No hay más que
París.» Chichí saludaba con una mueca irónica la menor duda acerca de
esto: «¿Es que las modas elegantes las inventan acaso en Alemania?» Doña
Luisa apoyó á sus hijos. ¡París!... Jamás se le había ocurrido ir á una
tierra de luteranos para verse protegida por su hermana.
--¡Vaya por París!--dijo el francés, como si le hablasen de una ciudad
desconocida.
Se había acostumbrado á creer que jamás volvería á ella. Durante sus
primeros años de vida en América le era imposible este viaje, por no
haber hecho el servicio militar. Luego tuvo vagas noticias de diversas
amnistías. Además, había transcurrido tiempo sobrado para la
prescripción. Pero una pereza de su voluntad le hacía considerar la
vuelta á la patria como algo absurdo é inútil. Nada conservaba al otro
lado del mar que tirase de él. Hasta había perdido toda relación con
aquellos parientes del campo que albergaron á su madre. En las horas de
tristeza, proyectaba entretener su actividad elevando un mausoleo
enorme, todo de mármol, en la Recoleta, el cementerio de los ricos, para
trasladar á su cripta los restos de Madariaga, como fundador de
dinastía, siguiéndole él, y luego todos los suyos, cuando les llegase la
hora. Empezaba á sentir el peso de su vejez. Estaba próximo á los
sesenta años, y la vida ruda del campo, las cabalgadas bajo la lluvia,
los ríos vadeados sobre el caballo nadador, las noches pasadas al raso,
le habían proporcionado un reuma que amargaba sus mejores días.
Pero la familia acabó por comunicarle su entusiasmo. «¡A París!...»
Creía tener veinte años. Y olvidando la habitual parsimonia, deseó que
los suyos viajasen lo mismo que una familia reinante, en camarotes de
gran lujo y con servidumbre propia. Dos vírgenes cobrizas nacidas en la
estancia y elevadas al rango de doncellas de la señora y su hija les
siguieron en el viaje, sin que sus ojos oblicuos revelasen asombro ante
las mayores novedades.
Una vez en París, Desnoyers se sintió desorientado. Embrollaba los
nombres de las calles y proponía visitas á edificios desaparecidos mucho
antes. Todas sus iniciativas para alardear de buen conocedor iban
acompañadas de fracasos. Sus hijos, guiándose por recientes lecturas,
conocían París mejor que él. Se consideraba un extranjero en su patria.
Al principio, hasta experimentó cierta extrañeza al hacer uso del idioma
natal. Había permanecido en la estancia años enteros sin pronunciar una
palabra en su lengua. Pensaba en español, y al trasladar las ideas al
idioma de sus ascendientes, salpicaba el francés con toda clase de
locuciones criollas.
--Donde un hombre hace su fortuna y constituye su familia, allí está su
verdadera patria--decía sentenciosamente, recordando á Madariaga.
La imagen del lejano país resurgió en él con obsesión dominadora tan
pronto como se amortiguaron las primeras impresiones del viaje. No tenía
amigos franceses, y al salir á la calle, sus pasos le encaminaban
instintivamente hacia los lugares de reunión de los argentinos. A éstos
les ocurría lo mismo. Se habían alejado de su patria, para sentir con
más intensidad el deseo de hablar de ella á todas horas. Leía los
periódicos de allá, comentaba el alza de los campos, la importancia de
la próxima cosecha, la venta de novillos. Al volver hacia su casa le
acompañaba igualmente el recuerdo de la tierra americana, pensando con
delectación en que las dos -chinas- habrían atropellado la dignidad
profesional de la cocinera francesa, preparando una -mazamorra-, una
-carbonada- ó un puchero á estilo criollo.
Se había instalado la familia en una casa ostentosa de la avenida Víctor
Hugo: veintiocho mil francos de alquiler. Doña Luisa tuvo que entrar y
salir muchas veces para habituarse al imponente aspecto de los porteros:
él condecorado, vestido de negro y con patillas blancas, como un notario
de comedia; ella majestuosa, con cadena de oro sobre el pecho
exuberante, y recibiendo á los inquilinos en un salón rojo y dorado.
Arriba, en las habitaciones, un lujo ultramoderno, frío y glacial á la
vista, con paredes blancas y vidrieras de pequeños rectángulos,
exasperaba á Desnoyers, que sentía entusiasmo por las tallas complicadas
y los muebles ricos de su juventud. El mismo dirigió el arreglo de las
numerosas piezas, que parecían siempre vacías.
Chichí protestaba de la avaricia de papá al verle comprar lentamente,
con tanteos y vacilaciones.
--Avaro, no--respondía él--. Es que conozco el precio de las cosas.
Los objetos sólo le gustaban, cuando los había adquirido por la tercera
parte de su valor. El engaño del que se desprendía de ellos representaba
un testimonio de superioridad para el que los compraba. París le ofreció
un lugar de placeres como no podía encontrarlo en el resto del mundo: el
Hotel Drouot. Iba á él todas las tardes, cuando no encontraba en los
periódicos el anuncio de otras subastas de importancia. Durante varios
años no hubo naufragio célebre en la vida parisién, con la consiguiente
liquidación de restos, del que no se llevase una parte. La utilidad y
necesidad de las adquisiciones resultaban de interés secundario; lo
importante era adquirir á precios irrisorios. Y las subastas inundaron
aquellas habitaciones que al principio se amueblaban con lentitud
desesperante.
Su hija se quejó ahora de que la casa se llenaba demasiado. Los muebles
y objetos de adorno eran ricos, pero tantos... ¡tantos! Los salones
tomaban un aspecto de almacén de antigüedades. Las paredes blancas
parecían despegarse de las sillerías magníficas y las vitrinas repletas.
Alfombras suntuosas y rapadas, sobre las que habían caminado varias
generaciones, cubrieron todos los pisos. Cortinajes ostentosos, no
encontrando un hueco vacío en los salones, iban á adornar las puertas
inmediatas á la cocina. Desaparecían las molduras de las paredes bajo un
chapeado de cuadros estrechamente unidos como las escamas de una coraza.
¿Quién podía tachar á Desnoyers de avaro?... Gastaba mucho más que si un
mueblista de moda fuese su proveedor.
La idea de que todo lo adquiría por la cuarta parte de su precio le hizo
continuar estos derroches de hombre económico. Sólo podía dormir bien
cuando se imaginaba haber realizado en el día un buen negocio. Compraba
en las subastas miles de botellas procedentes de quiebras. Y él, que
apenas bebía, abarrotaba sus cuevas, recomendando á la familia que
emplease el champañ como vino ordinario. La ruina de un peletero le hizo
adquirir catorce mil francos de pieles que representaban un valor de
noventa mil. Todo el grupo Desnoyers pareció sentir de pronta un frío
glacial, como si los témpanos polares invadiesen la avenida Víctor Hugo.
El padre se limitó á obsequiarse con un gabán de pieles; pero encargó
tres para su hijo. Chichí y doña Luisa se presentaron en todas partes
cubiertas de sedosas y variadas pelambreras: un día chinchillas, otros
zorro azul, marta cibelina ó lobo marino.
El mismo adornaba las paredes con nuevos lotes de cuadros, dando
martillazos en lo alto de una escalera, para ahorrarse el gasto de un
obrero. Quería ofrecer á los hijos ejemplos de economía. En sus horas de
inactividad cambiaba de sitio los muebles más pesados, ocurriéndosele
toda especie de combinaciones. Era una reminiscencia de su buena época,
cuando manejaba en la estancia sacos de trigo y fardos de cueros. Su
hijo, al notar que miraba con fijeza un aparador monumental, se ponía en
salvo prudentemente. Desnoyers sentía cierta indecisión ante sus dos
criados, personajes correctos, solemnes, siempre de frac, que no
ocultaban su extrañeza al ver á un hombre con más de un millón de renta
entregado á tales funciones. Al fin, eran las dos doncellas cobrizas las
que ayudaban al patrón, uniéndose á él con una familiaridad de
compañeras de destierro.
Cuatro automóviles completaban el lujo de la familia. Los hijos se
habrían contentado con uno nada más, pequeño, flamante, exhibiendo la
marca de moda. Pero Desnoyers no era hombre para desperdiciar las buenas
ocasiones, y, uno tras otro, había adquirido los cuatro, tentado por el
precio. Eran enormes y majestuosos como las carrozas antiguas. Su
entrada en una calle hacía volver la cabeza á los transeúntes. El
-chauffeur- necesitaba dos ayudantes para atender á este rebaño de
mastodontes. Pero el dueño sólo hacía memoria de la habilidad con que
creía haber engañado á los vendedores, ansiosos de perder de vista tales
monumentos.
A los hijos les recomendaba modestia y economía.
--Somos menos ricos de lo que ustedes creen. Tenemos muchos bienes, pero
producen renta escasa.
Y después de negarse á un gasto doméstico de doscientos francos,
empleaba cinco mil en una compra innecesaria, sólo porque representaba,
según él, una gran pérdida para el vendedor. Julio y su hermana
protestaban ante doña Luisa. Chichí llegó á afirmar que jamás se casaría
con un hombre como su padre.
--¡Cállate!--decía escandalizada la criolla--. Tiene su genio, pero es
muy bueno. Jamás me ha dado un motivo de queja. Deseo que encuentres uno
igual.
Las riñas del marido, su carácter irritable, su voluntad avasalladora,
perdían toda importancia para ella al pensar en su fidelidad. En tantos
años de matrimonio... ¡nada! Había sido de una virtud inconmovible,
hasta en el campo, donde las personas, rodeadas de bestias y
enriqueciéndose con su procreación, parecen contaminarse de la
amoralidad de los rebaños. ¡Ella que se acordaba tanto de su padre!...
Su misma hermana debía vivir menos tranquila con el vanidoso Karl, capaz
de ser infiel sin deseo alguno, sólo por imitar los gestos de los
poderosos.
Desnoyers marchaba unido á su mujer por una rutina afectuosa. Doña
Luisa, en su limitada imaginación, evocaba el recuerdo de las yuntas de
la estancia, que se negaban á avanzar cuando un animal extraño sustituía
al compañero ausente. El marido se encolerizaba con facilidad,
haciéndola responsable de todas las contrariedades con que le afligían
sus hijos, pero no podía ir sin ella á parte alguna. Las tardes del
Hotel Drouot le resultaban insípidas cuando no tenía á su lado á esta
confidente de sus proyectos y sus cóleras.
--Hoy hay venta de alhajas: ¿vamos?
Su proposición la hacía con voz suave é insinuante, una voz que
recordaba á doña Luisa los primeros diálogos en los alrededores de la
casa paterna. Y marchaban por distinto camino. Ella en uno de sus
vehículos monumentales, pues no gustaba de andar, acostumbrada al
quietismo de la estancia ó á correr el campo á caballo. Desnoyers, el
hombre de los cuatro automóviles, los aborrecía, por ser refractario á
los peligros de la novedad, por modestia, y porque necesitaba ir á pie,
proporcionando á su cuerpo un ejercicio que compensase la falta de
trabajo. Al juntarse en la sala de ventas, repleta de gentío, examinaban
las joyas, fijando de antemano lo que pensaban ofrecer. Pero él, pronto
á exacerbarse ante la contradicción, iba siempre más lejos, mirando á
sus contendientes al soltar las cifras lo mismo que si les enviase
puñetazos. Después de tales expediciones, la señora se mostraba
majestuosa y deslumbrante como una basílisa de Bizancio: las orejas y el
cuello con gruesas perlas, el pecho constelado de brillantes, las manos
irradiando agujas de luz con todos los colores del iris.
Chichí protestaba: «Demasiado, mamá.» Iban á confundirla con una
prendera. Pero la criolla, satisfecha de su esplendor, que era el
coronamiento de una vida humilde, atribuía á la envidia tales quejas. Su
hija era una señorita y no podía lucir estas preciosidades. Pero más
adelante le agradecería que las hubiese reunido para ella.
La casa resultaba ya insuficiente para contener tantas compras. En las
cuevas se amontonaban muebles, cuadros, estatuas y cortinajes para
adornar muchas viviendas. Don Marcelo se quejaba de la pequeñez de un
piso de veintiocho mil francos que podía servir de albergue á cuatro
familias como la suya. Empezaba á pensar con pena en la renuncia de
tantas ocasiones tentadoras, cuando un corredor de propiedades, de los
que atisban al extranjero, le sacó de esta situación embarazosa. ¿Por
qué no compraba un castillo?... Toda la familia aceptó la idea. Un
castillo histórico, lo más histórico que pudiera encontrarse,
completaría su grandiosa instalación. Chichí palideció de orgullo.
Algunas de sus amigas tenían castillo. Otras, de antigua familia
colonial, acostumbradas á menospreciarla por su origen campesino,
rugirían de envidia al enterarse de esta adquisición que casi
representaba un ennoblecimiento. La madre sonrió con la esperanza de
varios meses de campo que le recordasen la vida simple y feliz de su
juventud. Julio fué el menos entusiasta. El «viejo» querría tenerle
largas temporadas fuera de París; pero acabó por conformarse, pensando
en que esto daría ocasión á frecuentes viajes en automóvil.
Desnoyers se acordaba de los parientes de Berlín. ¿Por qué no había de
tener su castillo, como los otros?... Las ocasiones eran tentadoras. A
docenas le ofrecían las mansiones históricas. Sus dueños ansiaban
desprenderse de ellas, agobiados por los gastos de sostenimiento. Y
compró el castillo de Villeblanche-sur-Marne, edificado en tiempos de
las guerras de religión, mezcla de palacio y fortaleza, con fachada
italiana del Renacimiento, sombríos torreones de aguda caperuza y fosos
acuáticos en los que nadaban cisnes.
El no podía vivir sin un pedazo de tierra sobre el que ejerciese su
autoridad, peleando con la resistencia de hombres y cosas. Además, le
tentaban las vastas proporciones de las piezas del castillo,
desprovistas de muebles. Una oportunidad para instalar el sobrante de
sus cuevas, entregándose á nuevas compras. En este ambiente de lobreguez
señorial, los objetos del pasado se amoldarían con facilidad, sin el
grito de protesta que parecían lanzar al ponerse en contacto con las
paredes blancas de las habitaciones modernas... La histórica morada
exigía cuantiosos desembolsos; por algo había cambiado de propietario
muchas veces. Pero él y la tierra se conocían perfectamente... Y al
mismo tiempo que llenaba los salones del edificio, intentó en el extenso
parque cultivos y explotaciones de ganado, como una reducción de sus
empresas de América. La propiedad debía sostenerse con lo que produjese.
No era miedo á los gastos: era que él «no estaba acostumbrado á perder
dinero».
La adquisición del castillo le proporcionó una honrosa amistad, viendo
en ella la mayor ventaja del negocio. Entró en relaciones con un vecino,
el senador Lacour, que había sido ministro dos veces y vegetaba ahora en
la Alta Cámara, mudo durante la sesión, movedizo y verboso en los
pasillos, para sostener su influencia. Era un prócer de la nobleza
republicana, un aristócrata del régimen, que tenía su estirpe en las
agitaciones de la Revolución, así como los nobles de pergaminos ponen la
suya en las Cruzadas. Su bisabuelo había pertenecido á la Convención; su
padre había figurado en la República de 1848. El, como hijo de proscrito
muerto en el destierro, marchó siendo muy joven detrás de la figura
grandilocuente de Gambetta, y hablaba á todas horas de la gloria del
maestro para que un rayo de ella se reflejase sobre el discípulo. Su
hijo René, alumno de la Escuela Central, encontraba «viejo juego» al
padre, riendo un poco de su republicanismo romántico y humanitario. Pero
esto no le impedía esperar, para cuando fuese ingeniero, la protección
oficial atesorada por cuatro generaciones de Lacour dedicadas al
servicio de la República.
Don Marcelo, que miraba con inquietud toda amistad nueva, temiendo una
demanda de préstamo, se entregó con entusiasmo al trato del «grande
hombre». El personaje era admirador de la riqueza, y encontró por su
parte cierto talento á este millonario del otro lado del mar que
hablaba de pastoreos sin límites y rebaños inmensos. Sus relaciones
fueron más allá del egoísmo de una vecindad del campo, continuándose en
París. René acabó por visitar la casa de la avenida Víctor Hugo como si
fuese suya.
Las únicas contrariedades en la existencia de Desnoyers provenían de sus
hijos. Chichí le irritaba por la independencia de sus gustos. No amaba
las cosas viejas, por sólidas y espléndidas que fuesen. Prefería las
frivolidades de la última moda. Todos los regalos de su padre los
aceptaba con frialdad. Ante una blonda secular adquirida en una subasta,
torcía el gesto: «Más me gustaría un vestido nuevo de trescientos
francos.» Además, se apoyaba en los malos ejemplos de su hermano para
hacer frente á «los viejos».
El padre la había confiado por completo á doña Luisa. La niña era ya una
mujer. Pero el antiguo «peoncito» no mostraba gran respeto ante los
consejos y órdenes de la bondadosa criolla. Se había entregado con
entusiasmo al patinaje, por considerarlo la más elegante de las
diversiones. Iba todas las tardes al -Palais de Glace- y doña Chicha la
seguía, privándose de acompañar al marido en sus compras. ¡Las horas de
aburrimiento mortal ante la pista helada, viendo cómo á los sones de un
órgano se deslizaban sobre cuchillos por el blanco redondel los
balanceantes monigotes humanos, solos ó en fila!... Su hija pasaba y
repasaba ante sus ojos roja de agitación, echando atrás las espirales de
su cabellera que se escapaban del sombrero, haciendo claquear los
pliegues de la falda detrás de los patines, hermosota, grandullona y
fuerte, con la salud insolente de una criatura que, según su padre,
«había sido destetada con biftecs».
Al fin, doña Luisa se cansó de esta vigilancia molesta. Prefería
acompañar al marido en su cacería de riquezas á bajo precio. Y Chichí
fué al patinaje con una de las doncellas cobrizas, pasando la tarde
entre sus amigas de -sport-, todas procedentes del nuevo mundo. Se
comunicaban sus ideas bajo el deslumbramiento de la vida fácil de París,
libres de los escrúpulos y preocupaciones de la tierra natal. Todas
ellas creían haber nacido meses antes, reconociéndose con méritos no
sospechados hasta entonces. El cambio de hemisferio había aumentado sus
valores. Algunas hasta escribían versos en francés. Y Desnoyers se
alarmaba, dando suelta á su mal humor, cuando por la noche iba emitiendo
Chichí en forma de aforismos lo que ella y sus compañeras habían
discurrido como un resumen de lecturas y observaciones: «La vida es la
vida, y hay que vivirla.» «Yo me casaré con el hombre que me guste, sea
quien sea.»
Pero estas contrariedades del padre carecían de importancia al ser
comparadas con las que le proporcionaba el otro. ¡Ay, el otro!... Julio,
al llegar á París, había torcido el curso de sus aspiraciones. Ya no
pensaba en hacerse ingeniero: quería ser pintor. Don Marcelo opuso la
resistencia del asombro, pero al fin cedió. ¡Vaya por la pintura! Lo
importante era que no careciese de profesión. La propiedad y la riqueza
las consideraba sagradas, pero tenía por indignos de sus goces á los que
no hubiesen trabajado. Recordó además sus años de tallista. Tal vez las
mismas facultades, sofocadas en él por la pobreza, renacían en su
descendiente. ¿Si llegaría á ser un gran pintor este muchacho perezoso,
pero de ingenio vivaz, que vacilaba antes de emprender su camino en la
vida?... Pasó por todos los caprichos de Julio, que, estando aún en sus
primeras tentativas de dibujo y colorido, exigía una existencia aparte
para trabajar con más libertad. El padre lo instaló cerca de su casa, en
un estudio de la -rue de la Pompe- que había pertenecido á un pintor
extranjero de cierta fama. El taller y sus anexos eran demasiado grandes
para un aprendiz. Pero el maestro había muerto, y Desnoyers aprovechó la
buena ocasión que le ofrecían los herederos, comprando en bloque muebles
y cuadros.
Doña Luisa visitó diariamente el taller, como una buena madre que cuida
del bienestar de su hijo para que trabaje mejor. Ella misma, quitándose
los guantes, vaciaba los platillos de bronce repletos de colillas de
cigarro y borraba en muebles y alfombras la ceniza caída de las pipas.
Los visitantes de Julio, jóvenes melenudos que hablaban de cosas que
ella no podía entender, eran algo descuidados en sus maneras... Más
adelante encontró mujeres ligeras de ropas, y fué recibida por su hijo
con mal gesto. ¿Es que mamá no le permitiría trabajar en paz?... Y la
pobre señora, al salir de su casa todas las mañanas, iba hacia la -rue
de la Pompe-, pero se detenía en mitad del camino, metiéndose en la
iglesia de Saint-Honorée d'Eylau.
El padre se mostró más prudente. Un hombre de sus años no podía
mezclarse en la sociedad de un artista joven. Julio, á los pocos meses,
pasó semanas enteras sin ir á dormir en el domicilio paterno.
Finalmente, se instaló en el estudio, pasando por su casa con rapidez
para que la familia se convenciese de que aún existía... Desnoyers,
algunas mañanas, llegaba á la -rue de la Pompe- para hacer preguntas á
la portera. Eran las diez: el artista estaba durmiendo. Al volver á
mediodía, continuaba el pesado sueño. Luego del almuerzo, una nueva
visita para recibir mejores noticias. Eran las dos: el señorito se
estaba levantando en aquel instante. Y su padre se retiraba furioso.
Pero ¿cuándo pintaba este pintor?...
Había intentado al principio conquistar un renombre con el pincel, por
considerar esto empresa fácil. Ser artista le colocaba por encima de sus
amigos, muchachos sudamericanos sin otra ocupación que gozar de la
existencia, derramando el dinero ruidosamente para que todos se
enterasen de su prodigalidad. Con serena audacia, se lanzó á pintar
cuadros. Amaba la pintura bonita, «distinguida», elegante; una pintura
dulzona como una romanza y que sólo copiase las formas de la mujer.
Tenía dinero y un buen estudio; su padre estaba á sus espaldas dispuesto
á ayudarle: ¿por qué no había de hacer lo que tantos otros que carecían
de sus medios?... Y acometió la tarea de embadurnar un lienzo, dándole
el título de -La danza de las horas-: un pretexto para copiar buenas
mozas y escoger modelos. Dibujaba con frenética rapidez, rellenando el
interior de los contornos de masas de color. Hasta aquí todo iba bien.
Pero después vacilaba, permaneciendo inactivo ante el cuadro, para
arrinconarlo finalmente en espera de tiempos mejores. Lo mismo le
ocurrió al intentar varios estudios de cabezas femeniles. No podía
terminar nada, y esto le produjo cierta desesperación. Luego se
resignó, como el que se tiende fatigado ante el obstáculo y espera una
intervención providencial que le ayude á salvarlo. Lo importante era ser
pintor... aunque no pintase. Esto le permitía dar tarjetas con excusas
de alta estética á las mujeres alegres, invitándolas á su estudio. Vivía
de noche. Don Marcelo, al hacer averiguaciones sobre los trabajos del
artista, no podía contener su indignación. Los dos veían todas las
mañanas las primeras horas de luz: el padre al saltar del lecho; el hijo
camino de su estudio, para meterse entre sábanas y no despertar hasta
media tarde.
La crédula doña Luisa inventaba las más absurdas explicaciones para
defender á su hijo. ¡Quién sabe! Tal vez pintaba de noche, valiéndose de
procedimientos nuevos. ¡Los hombres inventan ahora tantas diabluras!...
Desnoyers conocía estos trabajos nocturnos: escándalos en los restoranes
de Montmartre, y peleas, muchas peleas. El y los de su banda, que á las
siete de la tarde creían indispensable el frac ó el -smoking-, eran á
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