Legión de Honor. Don Marcelo se veía en lo futuro padre de un general
joven, como los de la Revolución. Contempló los bocetos en torno de él,
admirándose de que la guerra hubiese torcido de un modo tan
extraordinario la carrera de su hijo.
Al volver á casa se cruzó con Margarita Laurier, que iba vestida de
luto. El senador le había hablado de ella pocos días antes. Su hermano
el artillero acababa de morir en Verdún.
«¡Cuántos caen!--se dijo--. ¡Cómo estará su pobre madre!»
Pero inmediatamente sonrió al recordar á los que nacían. Nunca se había
preocupado la gente como ahora de acelerar la reproducción. La misma
señora Laurier ostentaba con orgullo la redondez de su maternidad, que
había llegado á los mayores extremos visibles. Sus ojos acariciaron el
volumen vital que se delataba bajo los velos del luto. Otra vez pensó en
Julio, sin tener en cuenta el curso del tiempo. Sintió la atracción de
la criatura futura, como si tuviese con ella algún parentesco; se
prometió ayudar generosamente al hijo de los Laurier, si alguna vez le
encontraba en la vida.
Al entrar en su casa, doña Luisa le salió al paso para manifestarle que
Lacour le estaba esperando.
--Vamos á ver qué cuenta nuestro ilustre consuegro--dijo alegremente.
La buena señora estaba inquieta. Se había alarmado sin saber por qué,
ante el gesto solemne del senador, con ese instinto femenil que perfora
las precauciones de los hombres, adivinando lo que hay oculto detrás de
ellas. Había visto además que René y su padre hablaban en voz baja, con
una emoción contenida.
Rondó con irresistible curiosidad por las inmediaciones del despacho,
esperando oir algo. Pero su espera no fué larga.
De repente, un grito... un alarido... una voz como sólo puede emitirla
un cuerpo al que se le escapan las fuerzas.
Y doña Luisa entró á tiempo para sostener á su marido, que se venía al
suelo.
El senador se excusaba, confuso, ante los muebles, ante las paredes,
volviendo la espalda en su aturdimiento al cabizbajo René, que era el
único que podía oirle.
--No me ha dejado terminar... Ha adivinado desde la primera palabra...
Chichí se presentó, atraída por el grito, para ver cómo su padre se
escapaba de los brazos de su esposa, cayendo en un sofá, rodando luego
por el suelo, con los ojos vidriosos y salientes, con la boca contraída,
llorando espuma.
Un lamento se extendió por las lujosas habitaciones, un quejido, siempre
el mismo, que pasaba por debajo de las puertas hasta la escalera
majestuosa y solitaria:
--¡Oh, Julio!... ¡Oh, hijo mío!...
V
Campos de muerte
Iba avanzando el automóvil lentamente, bajo el cielo lívido de una
mañana de invierno.
Temblaba el suelo á lo lejos con blancas palpitaciones, semejantes al
aleteo de una banda de mariposas posada en los surcos. Sobre unos
campos, el enjambre era denso; en otros, formaba pequeños grupos.
Al aproximarse el vehículo, las blancas mariposas se animaban con nuevos
colores. Un ala se volvía azul; otra, encarnada... Eran pequeñas
banderas, á cientos, á miles, que se estremecían día y noche con la
tibia brisa impregnada de sol, con el huracán acuoso de las mañanas
pálidas, con el frío mordiente de las noches interminables. La lluvia
había lavado y relavado sus colores, debilitándolos. Las telas,
inquietas, tenían sus bordes roídos por la humedad. Otras estaban
quemadas por el sol, como insectos que acabasen de rozar el fuego.
Las banderas dejaban entrever con las palpitaciones de su temblor leños
negros que eran cruces. Sobre estos maderos aparecían kepis obscuros,
gorros rojos, cascos rematados por cabelleras de crines que se pudrían
lentamente, llorando lágrimas atmosféricas por todas sus puntas.
--¡Cuánto muerto!--suspiró en el interior del automóvil la voz de don
Marcelo.
Y René, que iba enfrente de él, movió la cabeza con triste sentimiento.
Doña Luisa miraba la fúnebre llanura, mientras sus labios se estremecían
levemente con un rezo continuo. Chichí volvía á un lado y á otro sus
ojos, agrandados por el asombro. Parecía más grande, más fuerte, á
pesar de la palidez verdosa que descoloraba su rostro.
Las dos señoras iban vestidas de luto, con luengos velos. De luto
también el padre, hundido en su asiento, con aspecto de ruina, las
piernas cuidadosamente envueltas en una manta de pieles. René conservaba
su uniforme de campaña, llevando sobre él un corto impermeable de
automovilista. A pesar de sus heridas, no había querido retirarse del
ejército. Estaba agregado á una oficina técnica hasta la terminación de
la guerra.
La familia Desnoyers iba á cumplir su deseo.
Al recobrar sus sentidos, después de la noticia fatal, el padre había
concentrado toda su voluntad en una petición:
--Necesito verle... ¡Oh, mi hijo!... ¡Mi hijo!
Inútilmente el senador le demostró la imposibilidad de este viaje. Se
estaban batiendo todavía en la zona donde había caído Julio. Más
adelante tal vez fuese posible la visita. «Quiero verle», insistió el
viejo. Necesitaba contemplar la tumba del hijo antes de morir él á su
vez. Y Lacour tuvo que esforzarse durante cuatro meses, formulando
súplicas y forzando resistencias para conseguir que don Marcelo pudiese
realizar este viaje.
Un automóvil militar se llevó, al fin, una mañana á todos los de la
familia Desnoyers. El senador no pudo ir con ellos. Circulaban rumores
de una próxima modificación ministerial, y él debía mostrarse en la Alta
Cámara, por si la República reclamaba sus servicios un tanto
menospreciados.
Pasaron la noche en una ciudad de provincia, donde estaba la comandancia
de un cuerpo de ejército. René tomó informes de los oficiales que habían
presenciado el gran combate. Con el mapa á la vista fué siguiendo sus
explicaciones, hasta conocer la sección de terreno en que se había
movido el regimiento de Julio.
A la mañana siguiente reanudaron el viaje. Un soldado que había tomado
parte en la batalla les servía de guía, sentado en el pescante, al lado
del -chauffeur-. René consultaba de vez en cuando el mapa extendido
sobre sus rodillas y hacía preguntas al soldado. El regimiento de éste
se había batido junto al de Desnoyers, pero no podía recordar con
exactitud los lugares pisados por él meses antes. El campo había sufrido
transformaciones. Presentaba un aspecto distinto de cuando lo vió
cubierto de hombres, entre las peripecias del combate. La soledad le
desorientaba... Y el automóvil fué avanzando con lentitud, sin más norte
que los grupos de sepulturas, siguiendo la carretera central, lisa y
blanca, metiéndose por los caminos transversales: zanjas tortuosas,
barrizales de relejes profundos, en los que daba grandes saltos que
hacían chillar sus muelles. A veces seguía á campo traviesa, de un grupo
de cruces á otro, aplastando con la huella de sus neumáticos los surcos
abiertos por la labranza.
Tumbas... tumbas por todos lados. Las blancas langostas de la muerte
cubrían el paisaje. No quedaba un rincón libre de este aleteo glorioso y
fúnebre. La tierra gris recién abierta por el arado, los caminos
amarillentos, las arboledas obscuras, todo palpitaba con una ondulación
incansable. El suelo parecía gritar; sus palabras eran las vibraciones
de las inquietas banderas. Y los miles de gritos, con una melopea
recomenzada incesantemente á través de los días y las noches, cantaban
el choque monstruoso que había presenciado esta tierra y del cual
guardaba todavía un escalofrío trágico.
--Muertos... muertos--murmuraba Chichí, siguiendo con la vista la fila
de cruces que se deslizaba por los flancos del automóvil en incesante
renovación.
--¡Señor, por ellos!... ¡por sus madres!--gemía doña Luisa reanudando su
rezo.
Aquí se había desarrollado lo más terrible del combate, la pelea á uso
antiguo, el choque cuerpo á cuerpo, fuera de las trincheras, á la
bayoneta, con la culata, con los puños, con los dientes.
El guía, que empezaba á orientarse, iba señalando diversos puntos del
horizonte solitario. Allí estaban los tiradores africanos; más acá, los
cazadores. Las grandes agrupaciones de tumbas eran de soldados de línea
que habían cargado á la bayoneta por los lados del camino.
Se detuvo el automóvil. René bajó detrás del soldado para examinar las
inscripciones de unas cruces. Tal vez procedían estos muertos del
regimiento que buscaban. Chichí bajó también maquinalmente, con el
irresistible deseo de proteger á su marido.
Cada sepultura guardaba varios hombres. El número de cadáveres podía
contarse por los kepis ó los cascos que se pudrían y oxidaban adheridos
á los brazos de la cruz. Las hormigas formaban rosario sobre las prendas
militares, perforadas por agujeros de putrefacción, y que ostentaban aún
la cifra del regimiento. Las coronas con que había adornado la piedad
patriótica algunos de estos sepulcros se ennegrecían y deshojaban. En
unas cruces los nombres de los muertos eran todavía claros; en otras
empezaban á borrarse y dentro de poco serían ilegibles.
«¡La muerte heroica!... ¡La gloria!», pensaba Chichí con tristeza.
Ni el nombre siquiera iba á sobrevivir de la mayor parte de estos
hombres vigorosos desaparecidos en plena juventud. Sólo quedaría de
ellos el recuerdo que asaltase de tarde en tarde á una campesina vieja
guiando su vaca por un camino de Francia y que le haría murmurar entre
suspiros: «¡Mi pequeño!... ¿dónde estará enterrado mi pequeño?» Sólo
viviría en la mujer del pueblo vestida de luto que no sabe cómo resolver
el problema de su existencia, en los niños que al ir á la escuela con
blusas negras dirían con una voluntad feroz: «Cuando yo sea grande iré á
matar -boches- para vengar á mi padre.»
Y doña Luisa, inmóvil en su asiento, siguiendo con la mirada el paso de
Chichí entre las tumbas, volvía á, interrumpir su rezo:
--¡Señor, por las madres sin hijos... por los pequeños sin padre... por
que tu cólera nos olvide y tu sonrisa vuelva á nosotros!
El marido, caído en su asiento, miraba también el campo fúnebre. Pero
sus ojos se fijaban tenazmente en unas tumbas sin coronas ni banderas,
simples cruces con una tablilla de breve inscripción. Eran sepulturas
alemanas, que parecían formar página aparte en el libro de la muerte. A
un lado, en las innumerables tumbas francesas, inscripciones de poca
cuantía, números simples: uno, dos, tres muertos. Al otro, en las
sepulturas espaciadas y sin adornos, partidas fuertes, guarismos
abultados, cifras de un laconismo aterrador.
Cercas de palos largas y estrechas limitaban estas zanjas rellenas de
carne. La tierra blanqueaba como si tuviese nieve ó salitre. Era la cal
revuelta con los terrones. La cruz llevaba en su tablilla la indicación
de que la tumba contenía alemanes, y á continuación un número: 200...
300... 400.
Estas cifras obligaban á Desnoyers á realizar un esfuerzo imaginativo.
Se decían prontamente, pero no era fácil evocar con exactitud la visión
de trescientos muertos juntos, trescientos envoltorios de carne humana
lívida y sangrienta, los correajes rotos, el casco abollado, las botas
terminadas en bolas de fango, oliendo á tejidos rígidos en los que se
inicia la descomposición, con los ojos vidriosos y tenaces, con el
rictus del supremo misterio, alineándose en capas, lo mismo que si
fuesen ladrillos, en el fondo de un zanjón que va á cerrarse para
siempre... Y este fúnebre alineamiento se repetía á trechos por toda la
inmensidad de la llanura.
Don Marcelo sintió una alegría feroz. Su paternidad doliente
experimentaba el consuelo fugitivo de la venganza. Julio había muerto, y
él iba á morir también, no pudiendo sobrellevar su desgracia; pero
¡cuántos enemigos consumiéndose en estos pudrideros que dejaban en el
mundo seres amados que los recordasen, como él recordaba á su hijo!...
Se los imaginó tal como debían ser antes del momento de su muerte, tal
como él los había visto en los avances de la invasión en torno de su
castillo.
Algunos de ellos, los más ilustrados y temibles, ostentaban en el rostro
las teatrales cicatrices de los duelos universitarios. Eran soldados que
llevaban libros en la mochila y después del fusilamiento de un lote de
campesinos ó del saqueo de una aldea se dedicaban á leer poetas y
filósofos al resplandor de los incendios. Hinchados de ciencia, con la
hinchazón del sapo, orgullosos de su intelectualidad pedantesca y
suficiente, habían heredado la dialéctica pesada y tortuosa de los
antiguos teólogos. Hijos del sofisma y nietos de la mentira, se
consideraban capaces de probar los mayores absurdos con las cabriolas
mentales á que les tenía acostumbrados su acrobatismo intelectual. El
método favorito de la tesis, la antítesis y la síntesis lo empleaban
para demostrar que Alemania debía ser señora del mundo; que Bélgica era
la culpable de su ruina por haberse defendido; que la felicidad consiste
en vivir todos los humanos regimentados á la prusiana, sin que se pierda
ningún esfuerzo; que el supremo ideal de la existencia consiste en el
establo limpio y el pesebre lleno; que la libertad y la justicia no
representan mas que ilusiones del romanticismo revolucionario francés;
que todo hecho consumado resulta santo desde el momento que triunfa, y
el derecho es simplemente un derivado de la fuerza. Estos intelectuales
con fusil se consideraban los paladines de una cruzada civilizadora.
Querían que triunfase definitivamente el hombre rubio sobre el moreno;
deseaban esclavizar al despreciable hombre del Sur, consiguiendo para
siempre que el mundo fuese dirigido por los germanos, «la sal de la
tierra», «la aristocracia de la humanidad». Todo lo que en la Historia
valía algo era alemán. Los antiguos griegos habían sido de origen
germánico; alemanes también los grandes artistas del Renacimiento
italiano. Los hombres del Mediterráneo, con la maldad propia de su
origen, habían falsificado la Historia.
Pero en lo mejor de estos ensueños ambiciosos, el cruzado del
pangermanismo recibía un balazo del «latino» despreciable, bajando á la
tumba con todos sus orgullos.
«Bien estás donde estás, pedante belicoso», pensaba Desnoyers,
acordándose de las conversaciones con su amigo el ruso.
¡Lástima que no estuviesen allí también todos los -Herr Professor- que
se habían quedado en las universidades alemanas, sabios de indiscutible
habilidad en su mayor parte para desmarcar los productos intelectuales,
cambiando la terminología de las cosas! Estos hombres de barba fluvial y
antiparras de oro, pacíficos conejos del laboratorio y de la cátedra,
habían preparado la guerra presente con sus sofismas y su orgullo. Su
culpabilidad era mayor que la del -Herr Lieutenant- de apretado corsé y
reluciente monóculo, que al desear la lucha y la matanza no hacía mas
que seguir sus aficiones profesionales.
Mientras el soldado alemán de baja clase pillaba lo que podía y fusilaba
ebrio lo que le saltaba al paso, el estudiante guerrero leía en el vivac
á Hégel y Nietzsche. Era demasiado culto para ejecutar con sus manos
estos actos de «justicia histórica». Pero él y sus profesores habían
excitado todos los malos instintos de la bestia germánica, dándoles un
barniz de justificación científica.
«Sigue en tu sepulcro, intelectual peligroso», continuaba Desnoyers
mentalmente.
Los marroquíes feroces, los negros de mentalidad infantil, los
indostánicos tétricos, le parecían más respetables que todas las togas
de armiño que desfilaban orgullosas y guerreras por los claustros de las
universidades alemanas. ¡Qué tranquilidad para el mundo si
desapareciesen sus portadores! Ante la barbarie refinada, fría y cruel
del sabio ambicioso, prefería la barbarie pueril y modesta del salvaje:
le molestaba menos, y además no era hipócrita.
Por esto los únicos enemigos que le inspiraban conmiseración eran los
soldados obscuros y de pocas letras que se pudrían en aquellas tumbas.
Habían sido rústicos del campo, obreros de fábricas, dependientes de
comercio, alemanes glotones de intestino inconmensurable que veían en la
guerra una ocasión de satisfacer sus apetitos, de mandar y pegar á
alguien, después de pasar la vida en su país obedeciendo y recibiendo
patadas.
La historia de su patria no era mas que una serie de correrías hacia el
Sur, semejantes á los -malones- de los indios, para apoderarse de los
bienes de los hombres que viven en las orillas templadas del
Mediterráneo. Los -Herr Professor- habían demostrado que estas
expediciones de saqueo representaban un trabajo de alta civilización. Y
el alemán marchaba adelante, con el entusiasmo de un buen padre que se
sacrifica por conquistar el pan de los suyos.
Centenares de miles de cartas escritas por las familias con manos
temblorosas seguían á la gran horda germánica en sus avances á través de
las tierras invadidas. Desnoyers había oído la lectura de algunas de
ellas, á la caída de la tarde, ante su castillo arruinado. Eran papeles
encontrados en los bolsillos de muertos y prisioneros. «No tengas
misericordia con los pantalones rojos. Mata -welches-: no perdones ni á
los pequeños...» «Te agradecemos los zapatos, pero la niña no puede
ponérselos. Esos franceses tienen unos pies ridículamente pequeños...»
«Procura apoderarte de un piano.» «Me gustaría un buen reloj.» «Nuestro
vecino el capitán ha enviado á su esposa un collar de perlas. ¡Y tú sólo
envías cosas insignificantes!»
Avanzaba heroicamente el virtuoso germano con el doble deseo de
engrandecer á su país y hacer valiosos envíos á los hijos. «¡Alemania
sobre el mundo!» Pero en lo mejor de sus ilusiones caía en la fosa
revuelto con otros camaradas que acariciaban los mismos ensueños.
Desnoyers se imaginó la impaciencia, al otro lado del Rhin, de las
piadosas mujeres que esperaban y esperaban. Las listas de muertos no
habían dicho nada tal vez de los ausentes. Y las cartas seguían
partiendo hacia las líneas alemanas: unas cartas que nunca recibiría el
destinatario. «Contesta. Cuando no escribes es tal vez porque nos
preparas una buena sorpresa. No olvides el collar. Envíanos un piano. Un
armario tallado de comedor me gustaría mucho. Los franceses tienen cosas
hermosas...»
La cruz escueta permanecía inmóvil sobre la tierra blanca de cal. Cerca
de ella aleteaban las banderas. Se movían á un lado y á otro como una
cabeza que protesta, sonriendo irónicamente. ¡No!... ¡No!
Siguió avanzando el automóvil. El guía señalaba ahora un grupo lejano de
tumbas. Allí era indudablemente donde se había batido el regimiento. Y
el vehículo salió del camino, hundiendo sus ruedas en la tierra
removida, teniendo que hacer grandes rodeos para evitar los sepulcros
esparcidos caprichosamente por los azares del combate.
Casi todos los campos estaban arados. El trabajo del hombre se extendía
de tumba en tumba, haciéndose más visible así como la mañana iba
repeliendo su envoltura de nieblas.
Bajo los últimos soles del invierno empezaba á sonreir la Naturaleza,
ciega, sorda, insensible, que ignora nuestra existencia y acoge
indiferente en sus entrañas lo mismo á un pobre animalillo humano que á
un millón de cadáveres.
Las fuentes guardaban todavía sus barbas de hielo; la tierra se
desmenuzaba bajo el pie con un crujido de cristal; las charcas tenían
arrugas inmóviles; los árboles, negros y dormidos, conservaban sobre el
tronco la camisa de verde metálico con que los había vestido el
invierno; las entrañas del suelo respiraban un frío absoluto y feroz,
semejante al de los planetas apagados y muertos... Pero ya la primavera
se había ceñido su armadura de flores en los palacios del trópico,
ensillando el verde corcel que relinchaba con impaciencia: pronto
correría los campos, llevando ante su galope en desordenada fuga á los
negros trasgos invernales, mientras á su espalda flotaba la suelta
melena de oro como una estela de perfumes. Anunciaban su llegada las
hierbas de los caminos cubriéndose de minúsculos botones. Los pájaros se
atrevían á salir de sus refugios para aletear entre los cuervos que
graznaban de cólera junto á las tumbas cerradas. El paisaje iba tomando
bajo el sol una sonrisa falsamente pueril, un gesto de niño que mira con
ojos cándidos, mientras sus bolsillos están repletos de cosas robadas.
El labriego tenía arado el bancal y relleno de semilla el surco. Podían
los hombres seguir matándose; la tierra nada tiene que ver con sus
odios, y no por ellos va á interrumpirse el curso de su vida. La reja
había abierto sus renglones rectos é inflexibles, como todos los años,
borrando el pateo de hombres y bestias, los profundos relejes de los
cañones. Nada desorientaba su testarudez laboriosa. Los embudos abiertos
por las bombas los había rellenado.
Algunas veces, el triángulo de acero tropezaba con obstáculos
subterráneos... un muerto anónimo y sin tumba. El férreo arañazo seguía
adelante, sin piedad para lo que no se ve. De tarde en tarde se detenía
ante obstáculos menos blandos. Eran proyectiles hundidos en el suelo y
sin estallar. Desenterraba el campesino el aparato de muerte, que á
veces, con tardía maldad, hacía explosión entre sus manos... Pero el
hombre de la tierra no conoce el miedo cuando va en busca del sustento,
y continuaba su avance rectilíneo, torciéndolo únicamente al llegar
junto á una tumba visible. Los surcos se apartaban piadosamente,
rodeando con su pequeño oleaje, como si fuesen islas, á estos pedazos de
suelo rematados por banderas ó cruces. El terrón hundido en una boca
lívida guardaba en sus entrañas los gérmenes creadores de un pan futuro.
Las semillas, como pulpos en gestación, se preparaban á extender los
tentáculos de sus raíces hasta los cráneos que pocos meses antes
contenían gloriosas esperanzas ó monstruosas ambiciones. La vida iba á
renovarse una vez más.
El automóvil se detuvo. Corrió el guía entre las cruces, inclinándose
para descifrar sus borrosas inscripciones.
--¡Aquí es!
Había encontrado en una sepultura el número del regimiento.
Saltaron con prontitud fuera del vehículo Chichí y su marido. Luego
descendió doña Luisa con una rigidez dolorosa, contrayendo el rostro
para ocultar sus lágrimas. Finalmente, los tres se decidieron á ayudar
al padre, que había repelido su envoltorio de pieles. ¡Pobre señor
Desnoyers! Al tocar el suelo vaciló sobre sus piernas; luego fué
avanzando trabajosamente, moviendo los pies con dificultad, hundiendo su
bastón en los surcos.
--Apóyate, viejo mío--dijo la esposa ofreciéndole un brazo.
El autoritario jefe de familia no podía moverse ahora sin la protección
de los suyos.
Se inició la marcha entre las tumbas, lenta, penosa.
Exploraba el guía el matorral de cruces, deletreando nombres,
permaneciendo indeciso ante los rótulos borrosos. René efectuaba el
mismo trabajo por otro lado. Chichí avanzó sola, de tumba en tumba. El
viento hacía revolotear sus velos negros. Los rizos se escapaban de su
sombrero de luto cada vez que inclinaba la cabeza ante una inscripción,
pugnando por descifrarla. Sus breves pies se hundieron en los surcos.
Recogió su falda para marchar con más soltura, dejando al descubierto
una parte de su adorable basamento. Una atmósfera voluptuosa, de vida,
de belleza oculta, de amor, siguió sus pasos sobre esta tierra de muerte
y podredumbre.
A lo lejos sonaba la voz del padre.
--¿Todavía no?...
Los dos viejos se impacientaban, queriendo encontrar cuanto antes la
tumba de su hijo.
Transcurrió media hora sin que los exploradores diesen con ella. Siempre
nombres desconocidos, cruces anónimas ó inscripciones que consignaban
cifras de otros regimientos. Don Marcelo ya no podía tenerse en pie. La
marcha por la tierra blanda, á través de los surcos, era para él un
tormento. Empezó á desesperarse... ¡Ay! No encontrarían nunca la
sepultura de Julio. Los padres también la buscaron por su lado.
Inclinaban sus cabezas dolorosas ante todas las cruces; hundían muchas
veces los pies en el montículo largo y estrecho que parecía marcar el
bulto del cadáver. Leían los nombres... ¡Tampoco estaba allí! Y seguían
adelante por el rudo camino de esperanzas y desalientos.
Fué Chichí la que avisó con un grito: «¡Aquí... aquí!» Los viejos
corrieron, temiendo caer á cada paso. Toda la familia se agrupó ante un
montón de tierra que tenía la forma vaga de un féretro y empezaba á
cubrirse de hierbas. En la cabecera, una cruz con letras grabadas
profundamente á punta de cuchillo, obra piadosa de los compañeros de
armas. «Desnoyers...» Luego, en abreviaturas militares, el grado, el
regimiento y la compañía.
Un largo silencio. Doña Luisa se había arrodillado instantáneamente, con
los ojos fijos en la cruz: unos ojos enormes, de córneas enrojecidas, y
que no podían llorar. Las lágrimas la habían acompañado hasta allí.
Ahora huían, como repelidas por la inmensidad de un dolor incapaz de
plegarse á las manifestaciones ordinarias.
El padre quedó mirando con extrañeza la rústica tumba. Su hijo estaba
allí, ¡allí para siempre!... ¡y no le vería más! Le adivinó dormido en
las entrañas del suelo sin ninguna envoltura, en contacto directo con la
tierra, tal como le había sorprendido la muerte, con su uniforme
miserable y heroico. La consideración de que las raíces de las plantas
tocaban tal vez con sus cabelleras el mismo rostro que él había besado
amorosamente, de que la lluvia serpenteaba en húmedas filtraciones á lo
largo de su cuerpo, fué lo primero que le sublevó, como si fuese un
ultraje. Hizo memoria de los exquisitos cuidados á que se había sometido
en vida: el largo baño, el masaje, la vigorización del juego de las
armas y del boxeo, la ducha helada, los elegantes y discretos
perfumes... ¡todo para venir á pudrirse en un campo de trigo como un
montón de estiércol, como una bestia de labor que muere reventada y la
entierran en el mismo lugar de su caída!
Quiso llevarse de allí á su hijo inmediatamente y se desesperó porque no
podía hacerlo. Lo trasladaría tan pronto como se lo permitiesen,
erigiéndole un mausoleo igual á los de los reyes... ¿Y qué iba á
conseguir con esto? Cambiaría de sitio un montón de huesos; pero su
carne, su envoltura, todo lo que formaba el encanto de su persona,
quedaría allí confundido con la tierra. El hijo del rico Desnoyers se
había agregado para siempre á un pobre campo de la Champaña. ¡Ah,
miseria! ¿Y para llegar á esto había trabajado tanto él, amontonando
millones?...
No conocía siquiera cómo había sido su muerte. Nadie podía repetirle sus
últimas palabras. Ignoraba si su fin había sido instantáneo, fulminante,
saliendo del mundo con una sonrisa de inconsciencia, ó si había pasado
largas horas de suplicio abandonado en el campo, retorciéndose como un
reptil, rodando por los círculos de un dolor infernal antes de sumirse
en la nada. Ignoraba igualmente qué había debajo de aquel túmulo: un
cuerpo entero tocado por la muerte con mano discreta, ó una amalgama de
restos informes destrozados por el huracán de acero... ¡Y no le vería
más! ¡Y aquel Julio que llenaba su pensamiento sería simplemente un
recuerdo, un nombre que viviría mientras sus padres viviesen y se
extinguiría luego poco á poco al desaparecer ellos!...
Se sorprendió al oir un quejido, un sollozo... Luego se dió cuenta de
que era él mismo el que acompañaba sus reflexiones con un hipo de dolor.
La esposa estaba á sus pies. Rezaba con los ojos secos, rezaba á solas
con su desesperación, fijando en la cruz una mirada de hipnótica
tenacidad... Allí estaba su hijo, tendido junto á sus rodillas, lo mismo
que de niño, en la cuna, cuando ella, vigilaba su sueño... La
exclamación del padre estallaba también en su pensamiento, pero sin
exasperaciones coléricas, con una tristeza desalentada. ¡Y no le vería
más!... ¡Y era posible esto!
Chichí interrumpió con su presencia las dolorosas reflexiones de los
dos. Había corrido hacia el automóvil y regresaba con una brazada de
flores. Colgó una corona en la cruz; depositó un ramo enorme al pie de
ésta. Luego fué derramando una lluvia de pétalos por toda la superficie
del túmulo, grave y ceñuda, como si cumpliese un rito religioso,
acompañando la ofrenda con salutaciones de su pensamiento: «A ti, que
tanto amaste la vida por sus bellezas y sus sensualismos... A ti, que
supiste hacerte amar de las mujeres...» Lloraba mentalmente su recuerdo
con tanta admiración como dolor. De no ser su hermana, hubiese querido
ser su amante.
Y al agotarse la lluvia de flores se apartó, para no turbar con su
presencia el dolor gimente de los padres.
Ante la inutilidad de sus quejas, el antiguo carácter de don Marcelo se
había despertado colérico, rugiendo contra el destino.
Miró al horizonte, allí donde él se imaginaba que debían estar los
enemigos, y cerró los puños con rabia. Creyó ver á la bestia, eterna
pesadilla de los hombres. ¿Y el mal quedaría sin castigo como tantas
veces?...
No había justicia; el mundo era un producto de la casualidad; todo
mentiras, palabras de consuelo para que el hombre sobrelleve sin
asustarse el desamparo en que vive.
Le pareció que resonaba á lo lejos el galope de los cuatro jinetes
apocalípticos atropellando á los humanos. Vió al mocetón brutal y
membrudo con la espada de la guerra, al arquero de sonrisa repugnante
con las flechas de la peste, al avaro calvo con las balanzas del hambre,
el cadáver galopante con la hoz de la muerte. Los reconoció como las
únicas divinidades familiares y terribles que hacían sentir su presencia
al hombre. Todo lo demás resultaba un ensueño. Los cuatro jinetes eran
la realidad...
De pronto, por un misterio de asimilación mental, le pareció leer lo que
pensaba aquella cabeza lloriqueante que permanecía á sus pies.
La madre, impulsada por sus propias desgracias, había evocado las
desgracias de los otros. También ella miraba al horizonte. Se imaginó
ver más allá de la línea de los enemigos un desfile de dolor igual al de
su familia. Contempló á Elena con sus hijas marchando entre tumbas,
buscando un nombre amado, cayendo de rodillas ante una cruz. ¡Ay! Esta
satisfacción dolorosa no podía conocerla por completo. Le era imposible
pasar al lado opuesto para ir en busca de otra sepultura. Y aunque
alguna vez pasase, no la encontraría. El cuerpo adorado se había perdido
para siempre en los pudrideros anónimos, cuya vista le había hecho
recordar poco antes á su sobrino Otto.
--Señor, ¿por qué vinimos á estas tierras? ¿por qué no continuamos
viviendo en el lugar donde nacimos?...
Al adivinar estos pensamientos, vió Desnoyers la llanura inmensa y verde
de la estancia donde había conocido á su esposa. Le pareció oir el trote
de los ganados. Contempló al centauro Madariaga en la noche tranquila,
proclamando bajo el fulgor de las estrellas las alegrías de la paz, la
santa fraternidad de unas gentes de las más diversas procedencias unidas
por el trabajo, la abundancia y la falta de ambiciones políticas.
El también, pensando en su hijo, se lamentó como la esposa: «¿Por qué
habremos venido?...» El también, con la solidaridad del dolor,
compadeció á los del otro lado. Sufrían lo mismo que ellos: habían
perdido á sus hijos. Los dolores humanos son iguales en todas partes.
Pero luego se revolvió contra su conmiseración. Karl era partidario de
la guerra; era de los que la consideraban como el estado perfecto del
hombre, y la había preparado con sus provocaciones. Estaba bien que la
guerra devorase á sus hijos: no debía llorarlos. ¡Pero él, que había
amado siempre la paz! ¡él, que sólo tenía un hijo, uno solo... y lo
perdía para siempre!...
Iba á morir; estaba seguro de que iba á morir... Sólo le quedaban unos
meses de existencia. Y la pobre compañera que rezaba á sus pies también
desaparecería pronto. No se sobrevive á un golpe como el que acababan de
experimentar. Nada les quedaba que hacer en el mundo.
Su hija sólo pensaba en ella, en formar un núcleo aparte, con el duro
instinto de independencia que separa á los hijos de los padres, para que
la humanidad continúe su renovación.
Julio era el único que podía haber prolongado la familia, perpetuando el
apellido. Los Desnoyers habían muerto; los hijos de su hija serían
Lacour... Todo terminado.
Don Marcelo sintió cierta satisfacción al pensar en su próxima muerte.
Deseaba salir del mundo cuanto antes. No le inspiraba curiosidad el
final de esta guerra que tanto le había preocupado. Fuese cual fuese su
terminación, acabaría mal. Aunque la bestia quedase mutilada, volvería á
resurgir años después, como eterna compañera de los hombres.... Para él,
lo único importante era que la guerra le había robado su hijo. Todo
sombrío, todo negro... El mundo iba á perecer... El iba á descansar.
Chichí estaba subida en un montículo que tal vez contenía cadáveres. Con
el entrecejo fruncido contemplaba la llanura. ¡Tumbas... siempre tumbas!
El recuerdo de Julio había pasado á segundo término en su memoria. No
podría resucitarle por más que llorase.
La vista de los campos de muerte sólo le hacía pensar en los vivos.
Volvió sus ojos á un lado y á otro, mientras sujetaba con ambas manos el
revuelo de sus faldas, movidas por el viento.
René se hallaba al pie del montículo. Varias veces le miró, luego de
contemplar las sepulturas, como si estableciese una relación entre su
marido y aquellos muertos. ¡Y él había expuesto su existencia en
combates iguales á éste!...
--¡Y tú, pobrecito mío--continuó en alta voz--, podías estar á estas
horas debajo de un montón de tierra con una cruz de palo, lo mismo que
tantos infelices!...
El subteniente sonrió con melancolía. Así era.
--Ven, sube--dijo Chichí imperiosamente--. Quiero decirte una cosa.
Al tenerle cerca le echó los brazos al cuello, lo apretó contra las
magnolias ocultas de su pecho, que exhalaban un perfume de vida y de
amor, le besó rabiosamente en la boca, le mordió, sin acordarse ya de su
hermano, sin ver á los dos viejos, que lloraban abajo queriendo morir...
y sus faldas, libres al viento, moldearon la soberbia curva de unas
caderas de ánfora.
FIN
París.--Noviembre 1915. Febrero 1916.
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