tiempos prehistóricos. Esta música de notas secas, ensordecedoras,
delirantes, iba despertando en los dos algo que duerme en el fondo de
todas las almas: el salvajismo de los remotos abuelos. El aire se
caldeaba con olores acres, punzantes, bestialmente embriagadores. Los
perfumes del explosivo llegaban hasta el cerebro por la boca, por las
orejas, por los ojos.
Experimentaron el mismo enardecimiento de los directores de las piezas,
que gritaban y braceaban en medio del trueno. Las cápsulas vacías iban
formando una capa espesa detrás de los cañones. ¡Fuego!... ¡siempre
fuego!
--Hay que rociar bien--gritaban los jefes--. Hay que dar un buen riego
al bosque donde están los -boches-.
Y las bocas del 75 regaban sin interrupción, inundando de proyectiles la
remota arboleda.
Enardecidos por esta actividad mortal, embriagados por la celeridad
destructora, sometidos al vértigo de las horas rojas, Lacour y Desnoyers
se vieron de pronto agitando sus sombreros, moviéndose de un lado á otro
como si fuesen á bailar la danza sagrada de la muerte, gritando con la
boca seca por el acre vapor de la pólvora: «¡Viva... viva!»
El automóvil rodó toda la tarde, deteniéndose algunas veces en los
caminos congestionados por el largo desfile de los convoyes. Pasaron á
través de campos sin cultivar, con esqueletos de viviendas. Corrieron á
lo largo de pueblos incendiados que no eran mas que una sucesión de
fachadas negras con huecos abiertos sobre el vacío.
--Ahora le toca á usted--dijo el senador á Desnoyers--. Vamos á ver á su
hijo.
Se cruzaron á la caída de la tarde con numerosos grupos de infantería,
soldados de luengas barbas y uniformes azules descoloridos por la
intemperie. Volvían de los atrincheramientos, llevando sobre la joroba
de sus mochilas palas, picos y otros útiles para remover la tierra, que
habían adquirido una importancia de armas de combate. Iban cubiertos de
barro de cabeza á pies. Todos parecían viejos en plena juventud. Su
alegría al volver al acantonamiento después de una semana de trinchera
poblaba el silencio de la llanura con canciones acompañadas por el sordo
choque de sus zapatos claveteados. En el atardecer de color de violeta,
el coro varonil iba esparciendo las estrofas aladas de la -Marsellesa- ó
las afirmaciones heroicas del -Canto de partida-.
--Son los soldados de la Revolución--decía entusiasmado el senador--;
Francia ha vuelto á 1792.
Pasaron la noche en un pueblo medio arruinado, donde se había
establecido la comandancia de una división. Los dos capitanes se
despidieron. Otros se encargarían de guiarles en la mañana siguiente.
Se habían alojado en el «Hotel de la Sirena», edificio viejo, con la
fachada roída por los obuses. El dueño les mostró con orgullo una
ventana rota que había tomado la forma de un cráter. Esta ventana hacía
perder su importancia á la antigua muestra del establecimiento: una
mujer de hierro con cola de pescado. Como Desnoyers ocupaba la
habitación inmediata á la que había recibido el proyectil, el hotelero
quiso enseñársela antes de que se acostase.
Todo roto: paredes, suelo, techo. Los muebles hechos astillas en los
rincones; harapos de floreado papel colgando de las paredes. Por un
agujero enorme se veían las estrellas y entraba el frío de la noche. El
dueño hizo constar que este destrozo no era obra de los alemanes. Lo
había causado un proyectil del 75 al ser repelidos los invasores fuera
del pueblo. Y sonreía con patriótico orgullo ante la destrucción,
repitiendo:
--Es obra de los nuestros. ¿Qué le parece cómo trabaja el 75?... ¿Qué
dice usted de esto?...
A pesar de la fatiga del viaje, don Marcelo durmió mal, agitado por el
pensamiento de que su hijo estaba á corta distancia.
Una hora después del amanecer salieron del pueblo en automóvil, guiados
por otro oficial. A los dos lados del camino vieron campamentos y
campamentos. Dejaron atrás los parques de municiones; pasaron la tercera
línea de tropas; luego la segunda. Miles y miles de hombres se habían
instalado en pleno campo, improvisando sus viviendas. Este hormigueo
varonil recordaba, con su variedad de uniformes y razas, las grandes
invasiones de la Historia. No era un pueblo en marcha: el éxodo de un
pueblo lleva tras de él mujeres y niños. Aquí sólo se veían hombres,
hombres por todas partes.
Todos los géneros de habitación discurridos por la humanidad, á partir
de la caverna, eran utilizados en estas aglomeraciones militares. Las
cuevas y canteras servían de cuarteles. Unas chozas recordaban el rancho
americano; otras, cónicas y prolongadas, imitaban al -gurbi- de África.
Muchos de los soldados procedían de las colonias; algunos habían vivido
como negociantes en países del nuevo mundo, y al tener que improvisar
una casa más estable que la tienda de lona, apelaban á sus recuerdos,
imitando la arquitectura de las tribus con las que estuvieron en
contacto. Además, en esta masa de combatientes había tiradores
marroquíes, negros y asiáticos, que parecían crecerse lejos de las
ciudades, adquiriendo á campo raso una superioridad que los convertía en
maestros de los civilizados.
Junto á los arroyos aleteaban ropas blancas puestas á secar. Filas de
hombres despechugados hacían frente al fresco de la mañana, inclinándose
sobre la lámina acuática para lavarse con ruidosas ablaciones seguidas
de enérgicos restriegos... En un puente escribía un soldado, empleando
como mesa el parapeto... Los cocineros se movían en torno de las ollas
humeantes. Un tufillo grasiento de sopa matinal iba esparciéndose entre
los perfumes resinosos de los árboles y el olor de la tierra mojada.
Largos barracones de madera y cinc servían á la caballería y la
artillería para guardar el ganado y el material. Los soldados limpiaban
y herraban al aire libre los caballos, lucios y gordos. La guerra de
trincheras mantenía á éstos en plácida obesidad.
--¡Si hubiesen estado así en la batalla del Marne!...--dijo Desnoyers á
su amigo.
Ahora, la caballada vivía en interminable descanso. Sus jinetes
combatían á pie, haciendo fuego en las trincheras. Las bestias se
hinchaban en una tranquilidad conventual, y había que sacarlas de paseo
para que no enfermasen ante el pesebre repleto.
Se destacaron sobre la llanura, como libélulas grises, varios aeroplanos
dispuestos á volar. Muchos hombres se agrupaban en torno de ellos. Los
campesinos convertidos en soldados consideraban con admiración al
camarada encargado del manejo de estas máquinas. Veían en su persona el
mismo poder de los brujos venerados y temidos en los cuentos de la
aldea.
Don Marcelo se fijó en la transformación general del uniforme de los
franceses. Todos iban vestidos de azul grisáceo de cabeza á pies. Los
pantalones de grana, los kepis rojos que había visto en las jornadas del
Marne, ya no existían. Los hombres que transitaban por los caminos eran
militares. Todos los vehículos, hasta las carretas de bueyes, iban
guiados por un soldado.
Se detuvo de pronto el automóvil junto á unas casas arruinadas y
ennegrecidas por el incendio.
--Ya hemos llegado--dijo el oficial--. Ahora habrá que caminar un poco.
El senador y su amigo empezaron á marchar por la carretera.
--Por ahí no--volvió á decir el guía--. Ese camino es nocivo para la
salud. Hay que librarse de las corrientes de aire.
Explicó que los alemanes tenían sus cañones y atrincheramientos al final
de esta carretera, que descendía por una depresión del terreno y
remontaba en el horizonte su cinta blanca entre dos filas de árboles y
casas quemadas. La mañana lívida, con su esfumamiento brumoso, les ponía
á cubierto del fuego enemigo. En un día de sol, la llegada del automóvil
habría sido saludada con un obús. «Esta guerra es así--terminó
diciendo--; se aproxima uno á la muerte sin verla.»
Se acordaron los dos de las recomendaciones del general que los había
tenido el día antes á su mesa. «Mucho cuidado: la guerra de trincheras
es traidora.» Vieron ante ellos el inmenso campo sin una persona, pero
con su aspecto ordinario. Era el campo en domingo, cuando los
trabajadores están en sus casas y el suelo parece reconcentrarse en
silenciosa meditación. Se veían objetos informes abandonados en la
llanura, como los instrumentos agrícolas en día de asueto. Tal vez eran
automóviles rotos, armones de artillería destrozados por la explosión de
su carga.
--Por aquí--dijo el oficial, al que se habían agregado cuatro soldados
para llevar á hombros varios sacos y paquetes traídos por Desnoyers en
el techo del automóvil.
Avanzaron en fila á lo largo de un muro de ladrillos ennegrecidos,
siguiendo un camino descendente. A los pocos pasos la superficie del
suelo estaba á la altura de sus rodillas; más allá les alcanzaba al
talle; luego á los hombros; y así se hundieron en la tierra, viendo
únicamente sobre sus cabezas una estrecha faja de cielo.
Estaban en pleno campo. Habían dejado á sus espaldas el grupo de ruinas
que ocultaba la entrada del camino. Marchaban de un modo absurdo, como
si aborreciesen la línea recta, en zigzag, en curvas, en ángulos. Otros
senderos no menos complicados partían de esta zanja, que era la avenida
central de una inmensa urbe subterránea. Caminaban... caminaban.
Transcurrió un cuarto de hora, media hora, una hora entera. Lacour y su
amigo pensaban con nostalgia en las carreteras flanqueadas de árboles,
en la marcha al aire libre, viendo el cielo y los campos. No daban
veinte pasos seguidos en la misma dirección. El oficial, que marchaba
delante, desaparecía á cada momento en una revuelta. Los que iban detrás
jadeaban y hablaban invisibles, teniendo que apresurar el paso para no
perderse. De vez en cuando hacían alto para reconcentrarse y contarse,
por miedo á que alguien se hubiese extraviado en una galería
transversal. El suelo era resbaladizo. En algunos lugares había un barro
casi líquido, blanco y corrosivo, semejante al que chorrea de los
andamios de una casa en construcción.
El eco de sus pasos, el roce de sus hombros, desprendían terrones y
guijarros de los dos taludes. De tarde en tarde subía el zanjón y los
caminantes subían con él. Bastaba un pequeño esfuerzo para ver por
encima de los montones de tierra. Pero lo que veían eran campos
incultos, alambrados con postes en cruz, el mismo aspecto de llanura que
descansa, falta de habitantes. Sabía por experiencia el oficial lo que
costaba muchas veces esta curiosidad, y no les permitía prolongarla:
«Adelante, adelante.»
Llevaban hora y media caminando. Los dos viajeros empezaron á sentir la
fatiga y la desorientación de esta marcha en zigzag. No sabían ya si
avanzaban ó retrocedían. Las rudas pendientes, las continuas revueltas,
produjeron en ellos un principio de vértigo.
--¿Falta mucho para llegar?--preguntó el senador.
--Allí--dijo el oficial, señalando por encima de los montones de tierra.
Allí, era un campanario en ruinas y varias casas quemadas que se veían á
lo lejos: los restos de un pueblo tomado y perdido varias veces por unos
y otros.
El mismo trayecto lo habrían hecho sobre la corteza terrestre en media
hora marchando en línea recta. A los ángulos del camino subterráneo,
preparados para impedir un avance del enemigo, había que añadir los
obstáculos de la fortificación de campaña: túneles cortados por verjas;
jaulones de alambre que estaban suspendidos, pero al caer obstruían el
zanjón, pudiendo los defensores hacer fuego á través de su enrejado.
Empezaron á encontrar soldados con fardos y cubos de agua. Se perdían en
la tortuosidad de los senderos transversales. Algunos, sentados en un
montón de maderos, sonreían leyendo un pequeño periódico redactado en
las trincheras.
Se notaban en el camino los mismos indicios que denuncian sobre la
superficie de la tierra la proximidad de una población. Se apartaban los
soldados para abrir paso á la comitiva; asomaban caras barbudas y
curiosas en los callejones. Sonaba á lo lejos un estrépito de ruidos
secos, como si al final de la vía tortuosa existiese un polígono de tiro
ó se ejercitase un grupo de cazadores en derribar palomas.
La mañana continuaba nebulosa y glacial. A pesar del ambiente húmedo,
un moscardón de zumbido pegajoso cruzó varias veces sobre los dos
visitantes.
--Balas--dijo lacónicamente el oficial.
Desnoyers había hundido un poco su cabeza entre los hombros. Conocía
perfectamente este ruido de insecto. El senador marchó más aprisa: ya no
sentía cansancio.
Se vieron ante un teniente coronel, que los recibió como un ingeniero
que enseña sus talleres, como un oficial de marina que muestra las
baterías y torres de su acorazado. Era el jefe del batallón que ocupaba
este sector de las trincheras. Don Marcelo le miró con interés al pensar
que su hijo estaba bajo sus órdenes.
--Esto es lo mismo que un buque--dijo luego de saludarles.
Los dos amigos reconocieron que las fortificaciones subterráneas tenían
cierta semejanza con las entrañas de un navío. Pasaron de trinchera en
trinchera. Eran las de última línea, las más antiguas: galerías obscuras
en las que sólo entraban hilillos de luz á través de las aspilleras y
las ventanas amplias y bajas de las ametralladoras. La larga línea de
defensa formaba un túnel, cortado por breves espacios descubiertos. Se
iba saltando de la luz á la obscuridad y de la obscuridad á la luz con
una rudeza visual que fatigaba los ojos. En los espacios abiertos el
suelo era más alto. Había banquetas de tablas empotradas en los taludes
para que los observadores pudiesen sacar la cabeza ó examinar el paisaje
valiéndose del periscopio. Los espacios cerrados servían á la vez de
baterías y dormitorios.
Estos acuartelamientos habían sido al principio trincheras descubiertas,
iguales á las de la primera línea. Al repeler al enemigo y ganar
terreno, los combatientes, que llevaban en ellas todo un invierno,
habían buscado instalarse con la mayor comodidad. Sobre las zanjas al
aire libre habían atravesado vigas de las casas arruinadas; sobre las
vigas, tablones, puertas, ventanas, y encima del maderaje varías filas
de sacos de tierra. Estos sacos estaban cubiertos por una capa de humus
de la que brotaban hierbas, dando al lomo de la trinchera una placidez
verde y pastoril. Las bóvedas de ocasión resistían la caída de los
obuses, que se enterraban en ellas sin causar grandes daños. Cuando un
estallido las quebrantaba demasiado, los trogloditas salían de noche,
como hormigas desveladas, recomponiendo ágilmente el «tejado» de su
vivienda.
Todo aparecía limpio, con la pulcritud ruda y algo torpe que pueden
conseguir los hombres cuando viven lejos de las mujeres y entregados á
sus propios recursos. Estas galerías tenían algo de claustro de
monasterio, de cuadra de presidio, de entrepuente de acorazado. Su piso
era medio metro más bajo que el de los espacios descubiertos que unían á
unas trincheras con otras. Para que los oficiales pudiesen avanzar sin
bajadas y subidas, unos tablones formando andamio estaban tendidos de
puerta á puerta.
Al ver los soldados al jefe se formaban en fila. Sus cabezas quedaban al
nivel del talle de los que iban pasando por los tablones. Desnoyers miró
con avidez á todos estos hombres. ¿Dónde estaría Julio?...
Se fijó en la fisonomía especial de los diversos reductos. Todos
parecían iguales en su construcción, pero los ocupantes los habían
modificado con sus adornos. La cara exterior era siempre la misma,
cortada por aspilleras en las que había fusiles apuntados hacia el
enemigo y por ventanas de ametralladoras. Los vigías, de pie junto á
estas aberturas, espiaban el campo solitario, como los marinos de cuarto
exploran el mar desde el puente. En las caras interiores estaban los
armeros y los dormitorios: tres filas de literas hechas con tablas,
iguales á los lechos de los hombres de mar. El deseo de ornato artístico
que sienten las almas simples había embellecido los subterráneos. Cada
soldado tenía un museo formado con láminas de periódicos y postales de
colores. Retratos de comediantas y bailarinas sonreían con su boca
pintada en el charolado cartón, alegrando el ambiente casto del reducto.
Don Marcelo sintió impaciencia al ver tantos centenares de hombres sin
encontrar entre ellos á su hijo. El senador, avisado por sus ojeadas,
habló al jefe, que le precedía con grandes muestras de deferencia. Este
hizo un esfuerzo de memoria para recordar quién era Julio Desnoyers.
Pero su duda fué corta. Se acordó de las hazañas del sargento.
--Un excelente soldado--dijo--; van á llamarlo inmediatamente, señor
senador... Está de servicio con su sección en las trincheras de primera
línea.
El padre, impaciente por verle, propuso que los llevasen á ellos á este
sitio avanzado; pero su petición hizo sonreir al jefe y á los otros
militares. No eran para visitas de paisanos estas zanjas descubiertas, á
cien metros, á cincuenta metros del enemigo, sin otra defensa que
alambrados y sacos de tierra. El barro resultaba perpetuo en ellas;
había que arrastrarse, expuestos á recibir un balazo, sintiendo caer en
la espalda la tierra levantada por los proyectiles. Sólo los
combatientes podían frecuentar estas obras avanzadas.
--Siempre hay peligro--continuó el jefe--, siempre hay tiroteo... ¿Oye
usted cómo tiran?
Desnoyers percibió, efectivamente, un crepitamiento lejano en el que no
se había fijado hasta entonces. Experimentó una sensación de angustia al
pensar que su hijo estaba allí, donde sonaba la fusilería. Se le
aparecieron con todo el relieve de la realidad los peligros que le
rodeaban diariamente. ¿Si moriría en aquellos momentos, antes de que él
pudiese verle?...
Transcurrió el tiempo para don Marcelo con una desesperante lentitud.
Pensó que el mensajero que había salido con el aviso para la trinchera
avanzada no llegaría nunca. Apenas se fijó en las dependencias que les
iba mostrando el jefe: piezas subterráneas que servían á los soldados de
gabinetes de aseo y desaseo; salas de baño de una instalación primitiva;
una cueva con un rótulo: «Café de la Victoria»; otra cueva con un
letrero: «Teatro»... Lacour se interesaba por todo esto, celebrando la
alegría francesa, que ríe y canta ante el peligro. Su amigo continuaba
pensando en Julio. ¿Cuándo le encontraría?...
Se detuvieron junto á una ventana de ametralladora, manteniéndose, por
recomendación de los militares, á ambos lados de la hendidura
horizontal, ocultando el cuerpo, avanzando la cabeza prudentemente para
mirar con un solo ojo. Vieron una profunda excavación y el borde opuesto
del suelo. A corta distancia, varias filas de equis de madera unidas por
hilos de púas, que formaban un alambrado compacto. Cien metros más allá,
un segundo alambrado. Reinaba un silencio profundo, un silencio de
absoluta soledad, como si el mundo estuviese dormido.
--Ahí están los -boches---dijo el comandante con voz apagada.
--¿Dónde?--preguntó el senador esforzándose por ver.
Indicó el jefe el segundo alambrado, que Lacour y su amigo creían
perteneciente á los franceses. Era de la trinchera alemana.
--Estamos á cien metros de ellos--continuó--, pero hace tiempo que no
atacan por este lado.
Los dos experimentaron cierta emoción al pensar que el enemigo estaba á
tan corta distancia, oculto en el suelo, en una invisibilidad misteriosa
que aún le hacía más temible. ¡Si surgiese de pronto con la bayoneta
calada, con la granada de mano, los líquidos incendiarios y las bombas
asfixiantes para asaltar el reducto!...
Desde esta ventana percibieron con más intensidad el tiroteo de la
primera línea. Los disparos parecían aproximarse. El comandante les hizo
abandonar rudamente su observatorio: temía que se generalizase el fuego,
llegando hasta allí. Los soldados, sin recibir órdenes, con la prontitud
de la costumbre, se habían aproximado á sus fusiles, que estaban en
posición horizontal asomando por las aspilleras.
Otra vez los visitantes marcharon uno tras de otro. Descendieron á
cuevas que eran antiguas bodegas de casas desaparecidas. Los oficiales
se habían instalado en estos antros, utilizando todos los residuos de la
destrucción. Una puerta de calle sobre dos caballetes de troncos era una
mesa. Las bóvedas y paredes estaban tapizadas con cretona de los
almacenes de París. Fotografías de mujeres y niños adornaban las paredes
entre el brillo niquelado de aparatos telegráficos y telefónicos.
Desnoyers vió sobre una puerta un Cristo de marfil, amarillento por los
años, tal vez por los siglos: una imagen heredada de generación en
generación, que debía haber presenciado muchas agonías... En otra cueva
encontró, en lugar ostensible, una herradura de siete agujeros. Las
creencias religiosas extendían sus alas con toda amplitud en este
ambiente de peligro y de muerte, y al mismo tiempo adquirían nuevo valor
las supersticiones más grotescas, sin que nadie osase reír de ellas.
Al salir de uno de los subterráneos, en mitad de un espacio descubierto,
encontró á su hijo. Supo que era él por el gesto indicador del jefe,
porque un militar avanzaba sonriente, tendiéndole las manos. El instinto
de la paternidad, del que había hablado tantas veces como de algo
infalible, no le avisó en la presente ocasión. ¿Cómo podía reconocer á
Julio en este sargento cuyos pies era dos bolas de tierra mojada, con un
capote descolorido y de bordes deshilachados, lleno de barro hasta los
hombros, oliendo á paño húmedo y á correa?... Después del primer abrazo,
echó la cabeza atrás para contemplarle, sin desprenderse de él. Su
palidez morena había adquirido un tono bronceado. Llevaba la barba
crecida, una barba negra y rizosa. Don Marcelo se acordó de su suegro.
El centauro Madariaga se reconocería indudablemente en este guerrero
endurecido por la vida al aire libre. Lamentó en el primer momento su
aspecto sucio y fatigado; luego volvió á encontrarle más hermoso, más
interesante que en sus épocas de gloria mundana.
--¿Qué necesitas?... ¿Qué deseas?
Su voz temblaba de ternura. Habló al combatiente tostado y robusto con
la misma entonación que usaba veinte años antes, cuando se detenía ante
los escaparates de Buenos Aires llevando á un niño de la mano.
--¿Quieres dinero?...
Había traído una cantidad importante para entregarla á su hijo. Pero el
militar hizo un gesto de indiferencia, como si le ofreciese un juguete.
Nunca había sido tan rico como en el momento presente. Tenía mucho
dinero en París y no sabía qué hacer de él: de nada le servía.
--Envíeme cigarros... Son para mí y para los camaradas.
Recibía grandes paquetes de su madre llenos de víveres escogidos, de
tabaco, de ropas. Pero él no guardaba nada; todo era poco para atender á
sus compañeros, hijos de familias pobres ó que estaban solos en el
mundo. Su munificencia se había extendido desde su grupo á la compañía,
y de ésta á todo el batallón. Don Marcelo adivinó una popularidad
simpática en las miradas y sonrisas de los soldados que pasaban junto á
ellos. Era el hijo generoso de un millonario. Y esta popularidad le
acarició á él igualmente al circular la noticia de que había llegado el
padre del sargento Desnoyers, un potentado que poseía fabulosas riquezas
al otro lado del mar.
--He adivinado tus deseos--continuó el viejo.
Y buscaba con la vista los sacos traídos desde el automóvil por las
tortuosidades del camino subterráneo.
Todas las hazañas de su hijo ensalzadas y amplificadas por Argensola
desfilaban ahora por su memoria. Tenía al héroe ante sus ojos.
--¿Estás contento?... ¿No te arrepientes de tu decisión?...
--Sí; estoy contento, papá... muy contento.
Julio habló sin jactancia, modestamente. Su vida era dura, pero igual á
la de millones de hombres. En su sección, que sólo se componía de unas
docenas de soldados, los había superiores á él por la inteligencia, por
sus estudios, por su carácter. Y todos sobrellevaban animosamente la
ruda prueba, experimentando la satisfacción del deber cumplido. Además,
el peligro en común servía para desarrollar las más nobles virtudes de
los hombres. Nunca en tiempo de paz había sabido como ahora lo que era
el compañerismo. ¡Qué sacrificios tan hermosos había presenciado!
--Cuando esto termine, los hombres serán mejores... más generosos. Los
que queden con vida podrán hacer grandes cosas.
Sí; estaba contento. Por primera vez paladeaba el goce de considerarse
útil, la convicción de que servía para algo, de que su paso por el mundo
no resultaría infructuoso. Se acordaba con lástima de aquel Desnoyers
que no sabía cómo ocupar el vacío de su existencia y lo rellenaba con
toda clase de frivolidades. Ahora tenía obligaciones que absorbían todas
sus fuerzas; colaboraba en la formación del porvenir; era un hombre.
--Estoy contento--repitió.
El padre lo creía. Pero en un rincón de su mirada franca se imaginó ver
algo doloroso, un recuerdo tal vez del pasado que persistía entre las
emociones del presente. Cruzó por su memoria la gentil figura de la
señora Laurier. Adivinó que su hijo aún se acordaba de ella. «¡Y no
poder traérsela!...» El padre rígido del año anterior se contempló con
asombro al formular mentalmente este deseo inmoral.
Pasaron un cuarto de hora sin soltarse las manos, mirándose en los ojos.
Julio preguntó por su madre y por Chichí. Recibía cartas de ellas con
frecuencia, pero esto no bastaba á su curiosidad. Rió al conocer la vida
amplia y abundante de Argensola. Estas noticias que le alegraban venían
de un mundo que sólo estaba á cien kilómetros en línea recta, pero tan
lejano... ¡tan lejano!
De pronto notó el padre que le oía con menos atención. Sus sentidos,
aguzados por una vida de alarmas y asechanzas, parecían apartarse de
allí, atraídos por el tiroteo. Ya no eran disparos aislados. Se unían,
formando un crepitamiento continuo.
Apareció el senador, que se había alejado para que el padre y el hijo
hablasen con más libertad.
--Nos echan de aquí, amigo mío. No tenemos suerte en nuestras visitas.
Ya no pasaban soldados. Todos habían acudido á ocupar sus puestos, como
en un buque que se prepara al combate. Julio tomó su fusil, que había
dejado contra el talud. En el mismo instante saltó un poco de polvo
encima de la cabeza de su padre; se formó un pequeño agujero en la
tierra.
--Pronto, lejos de aquí--dijo empujando á don Marcelo.
En el interior de una trinchera cubierta fué la despedida, breve,
nerviosa: «Adiós, papá.» Un beso, y le volvió la espalda. Deseaba
correr cuanto antes al lado de los suyos.
Se había generalizado el fuego en toda la línea. Los soldados disparaban
serenamente, como si cumpliesen una función ordinaria. Era un combate
que surgía todos los días, sin saber ciertamente quién lo había
iniciado, como una consecuencia del emplazamiento de dos masas armadas á
corta, distancia, frente á frente. El jefe del batallón abandonó á sus
visitantes temiendo una intentona de ataque.
Otra vez el oficial encargado de guiarles se puso á la cabeza de la fila
y empezaron á desandar el camino tortuoso y resbaladizo.
El señor Desnoyers marchaba con la cabeza baja, colérico por esta
intervención del enemigo que había cortado su dicha.
Ante sus ojos revoloteaba la mirada de Julio, su barba negra y rizosa,
que era para él la mayor novedad del viaje. Oía su voz grave de hombre
que ha encontrado un nuevo sentido á la vida.
--Estoy contento, papá... estoy contento.
El tiroteo, cada vez más lejano, le producía una dolorosa inquietud.
Luego sintió una fe instintiva, absurda, firmísima. Veía á su hijo
hermoso é inmortal como un dios. Tenía el presentimiento de que su vida
saldría intacta de todos los peligros. Que muriesen otros era natural:
¡pero Julio!...
Mientras caminaba, alejándose de él, la esperanza parecía cantar en su
oído. Y como un eco de sus gratas afirmaciones, el padre repitió
mentalmente:
--No hay quien le mate. Me lo anuncia el corazón, que nunca me engaña...
¡No hay quien le mate!
IV
No hay quien le mate
Cuatro meses después, la confianza de don Marcelo sufrió un rudo golpe.
Julio estaba herido. Pero al mismo tiempo que recibía la noticia con un
retraso lamentable, Lacour le tranquilizó con sus averiguaciones en el
Ministerio de la Guerra. El sargento Desnoyers era subteniente, su
herida estaba casi curada, y gracias á las gestiones del senador vendría
á pasar una quincena de convalecencia al lado de su familia.
--Un valiente, amigo mío--terminó diciendo el personaje--. He leído lo
que dicen de él sus jefes. Al frente de su pelotón atacó á una compañía
alemana; mató por su mano al capitán; hizo no sé cuántas hazañas más...
Le han dado la Medalla Militar, lo han hecho oficial... Un verdadero
héroe.
Y el padre, llorando de emoción, movía su cabeza temblorosamente, cada
vez más envejecido y más entusiasta. Se arrepintió de su falta de fe en
los primeros momentos, al recibir la noticia de la herida. Casi había
creído que su hijo podía morir. ¡Un absurdo!... A Julio no había quien
lo matase: se lo afirmaba el corazón.
Le vió entrar un día en su casa, entre gritos y espasmos de las mujeres.
La pobre doña Luisa lloraba abrazada á él, colgándose de su cuello con
estertores de emoción. Chichí le contempló grave y reflexiva, colocando
la mitad de su pensamiento en el recién llegado, mientras el resto
volaba lejos, en busca de otro combatiente. Las doncellas cobrizas se
disputaron la abertura de un cortinaje, pasando por este hueco sus
curiosas miradas de antílope.
El padre admiró el pequeño retazo de oro en las bocamangas del capotón
gris con los faldones abrochados atrás, examinando después el casco azul
obscuro de bordes planos adoptado por los franceses para la guerra de
trincheras. El kepis tradicional había desaparecido. Un airoso capacete,
semejante al de los arcabuceros de los tercios españoles, sombreaba el
rostro de Julio. Se fijó igualmente en su barba corta y bien cuidada,
distinta de la que él había visto en las trincheras. Iba limpio y
acicalado por su reciente salida del hospital.
--¿No es verdad que se me parece?--dijo el viejo con orgullo.
Doña Luisa protestó, con la intransigencia que muestran las madres en
materia de semejanzas.
--Siempre ha sido tu vivo retrato.
Al verle sano y alegre, toda la familia experimentó una repentina
inquietud. Deseaban examinar su herida para convencerse de que no corría
ningún peligro.
--¡Si no es nada!--protestó el subteniente--. Un balazo en un hombro.
Los médicos temieron que perdiese el brazo izquierdo; pero todo ha
quedado bien... No hay que acordarse.
Chichí revisó á Julio con los ojos, de pies á cabeza, descubriendo
inmediatamente los detalles de su elegancia militar. El capote estaba
rapado y sucio, las polainas arañadas, olía á paño sudado, á cuero, á
tabaco fuerte; pero en una muñeca llevaba un reloj de platino y en la
otra la medalla de identidad sujeta con una cadena de oro. Siempre había
admirado al hermano por su buen gusto ingénito; y guardó en su memoria
estos detalles para comunicarlos por escrito á René. Luego pensó en la
conveniencia de sorprender á mamá con una demanda de empréstito para
hacer por su cuenta un envío al artillero.
Don Marcelo contemplaba ante él quince días de satisfacción y de gloria.
El subteniente Desnoyers no pudo salir solo á la calle. El padre rondaba
por el recibimiento ante el casco que se exhibía en el perchero con un
fulgor modesto y glorioso. Apenas Julio lo colocaba en su cabeza, surgía
su progenitor, con sombrero y bastón, dispuesto á salir igualmente.
--¿Me permites que te acompañe?... ¿No te molesto?
Lo decía con tal humildad, con un deseo tan vehemente de ver admitido el
ruego, que el hijo no osaba repeler su acompañamiento. Para callejear
con Argensola tenía que escurrirse por la escalera de servicio y valerse
de otras astucias de colegial.
Nunca el señor Desnoyers había marchado tan satisfecho por las calles de
París como al lado de este mocetón con su capote de gloriosa vejez y el
pecho realzado por dos condecoraciones: la Cruz de Guerra y la Medalla
Militar. Era un héroe, y este héroe era su hijo. Las miradas simpáticas
del público en los tranvías y en el ferrocarril subterráneo las aceptaba
como un homenaje para ambos. Las ojeadas interesantes que las mujeres
lanzaban al buen mozo le producían cierto cosquilleo de vanidad é
inquietud. Todos los militares que encontraba, por más galones y cruces
que ostentasen, le parecían «emboscados» indignos de compararse con
Julio. Los heridos que descendían de los coches apoyándose en palos y
muletas le inspiraban un sentimiento de lástima humillante para ellos.
¡Desgraciados!... No tenían la suerte de su hijo. A éste no había quien
lo matase, y cuando por casualidad recibía una herida, sus vestigios se
borraban inmediatamente, sin detrimento de la gallardía de su persona.
Algunas veces, especialmente por la noche, mostraba una inesperada
magnanimidad, dejando que Julio saliese solo. Se acordaba de su juventud
triunfadora en amores, que tantos éxitos había conseguido antes de la
guerra. ¡Qué no obtendría ahora con su prestigio de soldado valeroso!...
Paseando por su dormitorio antes de acostarse, se imaginaba al héroe en
la amable compañía de una gran dama. Sólo una celebridad femenina era
digna de él; su orgullo paternal no aceptaba menos... Y nunca se le
podía ocurrir que Julio estaba con Argensola en un -music-hall-, en un
cinematógrafo, gozando de las monótonas y simples diversiones del París
ensombrecido por la guerra, con la simplicidad de gustos de un
subteniente, y que en punto á éxitos amorosos su buena fortuna no iba
más allá de la renovación de algunas amistades antiguas.
Una tarde, cuando marchaba á su lado por los Campos Elíseos, se
estremeció viendo á una dama que venía en dirección contraria. Era la
señora de Laurier... ¿La reconocería Julio? Creyó percibir que éste se
tornaba pálido, volviendo los ojos hacia otras personas con afectada
distracción. Ella siguió adelante, erguida, indiferente. El viejo casi
se irritó ante tal frialdad. ¡Pasar junto á su hijo sin que el instinto
le avisase su presencia! ¡Ah, las mujeres!... Volvió la cabeza para
seguirla, pero inmediatamente tuvo que desistir de su atisbo. Había
sorprendido á Margarita inmóvil detrás de ellos, con la palidez de la
sorpresa, fijando una mirada profunda en el militar que se alejaba. Don
Marcelo creyó leer en sus ojos la admiración, el amor, todo un pasado
que resurgía de pronto en su memoria. ¡Pobre mujer!... Sintió por ella
un cariño paternal, como si fuese la esposa de Julio. Su amigo Lacour
había vuelto á hablarle del matrimonio Laurier. Sabía que Margarita iba
á ser madre. Y el viejo, sin tener en cuenta la reconciliación de los
esposos ni el paso del tiempo, se sintió emocionado por esta maternidad,
como si su hijo hubiese intervenido en ella.
Mientras tanto, Julio seguía marchando, sin volver la cabeza, sin
enterarse de esta mirada fija en su dorso, pálido y canturreando para
disimular su emoción. Y nunca supo nada. Siguió creyendo que Margarita
había pasado junto á él sin conocerle, pues el viejo guardó silencio.
Una de las preocupaciones de don Marcelo era conseguir que su hijo
relatase el encuentro de guerra en que había sido herido. No llegaba
visitante á su casa para ver al subteniente, sin que el viejo dejase de
formular la misma petición:
--Cuéntanos cómo te hirieron... Explica cómo mataste al capitán alemán.
Julio se excusaba con visible molestia. Ya estaba harto de su propia
historia. Por complacer á su padre había hecho el relato ante el
senador, ante Argensola y Tchernoff en su estudio, ante otros amigos de
la familia que habían venido á verle... No podía más.
Y era el padre el que acometía la narración por su propia cuenta,
dándole el relieve y los detalles de un hecho visto con sus propios
ojos.
Había que apoderarse de las ruinas de una refinería de azúcar enfrente
de la trinchera. Los alemanes habían sido expulsados por el cañoneo
francés. Era necesario un reconocimiento, guiado por un hombre seguro. Y
los jefes habían designado, como siempre, al sargento Desnoyers.
Al romper el día, el pelotón había avanzado cautelosamente, sin
encontrar obstáculo. Los soldados se esparcieron por las ruinas. Julio
fué solo hasta el final de ellas, con el propósito de examinar las
posiciones del enemigo, cuando, al dar vuelta á un ángulo de pared, tuvo
el más inesperado de los encuentros. Un capitán alemán estaba frente á
él. Casi habían chocado al doblar la esquina. Se miraron en los ojos,
con más sorpresa que odio, al mismo tiempo que buscaban matarse por
instinto, procurando cada uno ganar al otro en velocidad. El capitán
había soltado la carta del país que llevaba en las manos. Su diestra
buscó el revólver, forcejeando por sacarlo de la funda, sin apartar un
instante su mirada del enemigo. Luego desistió, con la convicción de que
este movimiento era inútil. Demasiado tarde. Sus ojos, desmesuradamente
abiertos por la proximidad de la muerte, siguieron fijos en el francés.
Este se había echado el fusil á la cara. Un tiro casi á quemarropa... y
el alemán cayó redondo.
Sólo entonces se fijó en el ordenanza del capitán, que marchaba algunos
pasos detrás de éste. El soldado disparó su fusil contra Desnoyers,
hiriéndole en un hombro. Acudieron los franceses, matando al ordenanza.
Luego cruzaron un vivo fuego con la compañía enemiga, que había hecho
alto más allá mientras su jefe exploraba el terreno. Julio, á pesar de
la herida, continuó al frente de su sección, defendiendo la fábrica
contra fuerzas superiores, hasta que al fin llegaron auxilios y el
terreno quedó definitivamente en poder de los franceses.
--¿No fué así, hijo mío?--terminaba don Marcelo.
El hijo asentía, deseoso de que acabase cuanto antes un relato molesto
por su persistencia. Sí; así había sido. Pero lo que ignoraba su padre,
lo que él no diría nunca, era el descubrimiento que había hecho después
de matar al capitán.
Los dos hombres, al mirarse frente á frente durante un segundo que les
pareció interminable, mostraron en sus ojos algo más que la sorpresa del
encuentro y el deseo de suprimirse. Desnoyers conocía á aquel hombre. El
capitán, por su parte, le conocía á él. Lo adivinó en su gesto... Pero
cada uno de ellos, con la preocupación de matar para seguir viviendo, no
podía reunir sus recuerdos.
Desnoyers hizo fuego con la seguridad de que mataba á una persona
conocida. Luego, mientras dirigía la defensa de la posición aguardando
la llegada de refuerzos, se le ocurrió la sospecha de que aquel enemigo
cuyo cadáver estaba á poca distancia podía ser un individuo de su
familia, uno de los Hartrott. Parecía, sin embargo, más viejo que sus
primos y mucho más joven que su tío Karl. Este, con sus años, no iba á
figurar como simple capitán de infantería.
Cuando, debilitado por la pérdida de sangre, pudo ser conducido á las
trincheras, el sargento quiso ver el cuerpo de su enemigo. Sus dudas
continuaron ante la faz empalidecida por la muerte. Los ojos, abiertos,
parecían guardar aún la impresión de la sorpresa. Aquel hombre le
conocía indudablemente; él también conocía aquella cara. ¿Quién era?...
De pronto, con su imaginación vió el mar, vió un gran buque, una mujer
alta y rubia que le miraba con los ojos entornados, un hombre fornido y
bigotudo que hacía discursos imitando el estilo de su emperador.
«Descansa en paz, capitán Erckmann.» Así habían venido á terminar, en un
rincón de Francia, las discusiones entabladas en medio del Océano.
Se disculpó mentalmente, como si estuviese en presencia de la dulce
Berta. Había tenido que matar para que no le matasen. Así es la guerra.
Intentó consolarse pensando que Erckmann tal vez había caído sin
identificarle, sin saber que su matador era el compañero de viaje de
meses antes... Y guardó secreto en lo más profundo de su memoria este
encuentro preparado por la fatalidad. Se abstuvo de comunicarlo á su
amigo Argensola, que conocía los incidentes de la travesía atlántica.
Cuando menos lo esperaba, don Marcelo se encontró al final de aquella
existencia de alegría y orgullo que le había proporcionado la presencia
de su hijo. Quince días transcurren pronto. El subteniente se marchó, y
toda la familia, después de este período de realidades, tuvo que volver
á las caricias engañosas de la ilusión y la esperanza, aguardando la
llegada de las cartas, haciendo conjeturas sobre el silencio del
ausente, enviándole paquete tras paquete con todo lo que el comercio
ofrecía para los militares: cosas útiles y absurdas.
La madre cayó en un gran desaliento. El viaje de Julio había servido
para hacerla sentir con más intensidad su ausencia. Viéndole, escuchando
aquellos relatos de muerte que el padre se complacía en repetir, se dió
mejor cuenta de los peligros que rodeaban á su hijo. La fatalidad
parecía avisarla con fúnebres presentimientos.
--Le van á matar--decía á su marido--. Esa herida es un aviso del cielo.
Al salir á la calle temblaba de emoción ante los soldados inválidos. Los
convalecientes de aspecto enérgico, próximos á volver al frente, aún le
inspiraban mayor lástima. Se acordó de un viaje á San Sebastián con su
esposo, de una corrida de toros que le había hecho gritar de indignación
y lástima, apiadada de la suerte de los pobres caballos. Quedaban con
las entrañas colgando y eran sometidos en los corrales á una rápida
cura, para volver á salir á la arena enardecidos por falsas energías.
Repetidas veces aguantaban esta recomposición macabra, hasta que al fin
llegaba la última cornada, la definitiva... Los hombres recién curados
evocaban en ella la imagen de las pobres bestias. Algunos habían sido
heridos tres veces desde el principio de la guerra y volvían remendados
y galvanizados á someterse á la lotería de la suerte, siempre en espera
del golpe supremo... ¡Ay, su hijo!
Desnoyers se indignaba oyendo á su esposa.
--¡Pero si á Julio no hay quien le mate!... Es mi hijo. Yo he pasado en
mi juventud por terribles peligros. También me hirieron en las guerras
del otro mundo, y sin embargo, aquí me tienes cargado de años.
Los sucesos se encargaban de robustecer su fe ciega. Llovían desgracias
en torno de la familia, entristeciendo á sus allegados, y ni una sola
rozaba al intrépido subteniente, que insistía en sus hazañas con un
desenfado heroico de mosquetero.
Doña Luisa recibió una carta de Alemania. Su hermana le escribía desde
Berlín, valiéndose de un Consulado sudamericano en Suiza. Esta vez la
señora Desnoyers lloró por alguien que no era su hijo: lloró por Elena y
por los enemigos. En Alemania también había madres, y ella colocaba el
sentimiento de la maternidad por encima de todas las diferencias
patrióticas.
--¡Pobre señora von Hartrott! Su carta, escrita un mes antes, sólo
contenía fúnebres noticias y palabras de desesperación. El capitán Otto
había muerto. Muerto también uno de sus hermanos menores. Este, al
menos, ofrecía á la madre el consuelo de haber caído en un territorio
dominado por los suyos. Podía llorar junto á su tumba. El otro estaba
enterrado en suelo francés; nadie sabía dónde. Jamás descubriría ella
sus restos, confundidos con centenares de cadáveres; ignoraría
eternamente dónde se consumía este cuerpo salido de sus entrañas... Un
tercer hijo estaba herido en Polonia. Sus dos hijas habían perdido á sus
prometidos, y la desesperaban con su mudo dolor. Von Hartrott seguía
presidiendo sociedades patrióticas y hacía planes de engrandecimiento
sobre la próxima victoria, pero había envejecido mucho en los últimos
meses. El «sabio» era el único que se mantenía firme. Las desgracias de
la familia recrudecían la ferocidad del profesor Julius von Hartrott.
Calculaba, para un libro que estaba escribiendo, los centenares de miles
de millones que Alemania debería exigir después de su triunfo y las
partes de Europa que necesitaba hacer suyas...
La señora Desnoyers creyó escuchar desde la avenida Víctor Hugo aquel
llanto de madre que corría silencioso en una casa de Berlín.
«Comprenderás mi desesperación, Luisa... ¡Tan felices que éramos! ¡Que
Dios castigue á los que han hecho caer sobre el mundo tantas
desgracias! El emperador es inocente. Sus enemigos tienen la culpa de
todo...»
Don Marcelo callaba en presencia de su esposa. Compadecía á Elena por su
infortunio, pasando por alto las afirmaciones políticas de la carta. Se
enterneció además al ver cómo lloraba doña Luisa á su sobrino Otto.
Había sido su madrina de bautizo y Desnoyers el padrino. Era verdad; don
Marcelo lo había olvidado. Vió con la imaginación la plácida vida de la
estancia, los juegos de la chiquillería rubia, que él acariciaba á
espaldas del abuelo, antes de que naciese Julio. Durante unos años había
dedicado á sus sobrinos todo su amor, desorientado por la tardanza de un
hijo propio. De buena fe se conmovió al pensar en la desesperación de
Karl.
Pero luego, al verse solo, una frialdad egoísta borraba estos
sentimientos. La guerra era la guerra, y los otros la habían buscado.
Francia debía defenderse, y cuantos más enemigos cayesen, mejor... Lo
único que debía interesarle á él era Julio. Y su fe en los destinos del
hijo le hizo experimentar una alegría brutal, una satisfacción de padre
cariñoso hasta la ferocidad.
--A ese no hay quien le mate... Me lo dice el corazón.
Otra desgracia más próxima quebrantó su calma. Un anochecer, al regresar
á la avenida Víctor Hugo, encontró á doña Luisa con aspecto de terror
llevándose las manos á la cabeza.
--La niña, Marcelo... ¡la niña!
Chichí estaba en el salón tendida en un sofá, pálida, con una blancura
verdosa, mirando ante ella fijamente, como si viese á alguien en el
vacío. No lloraba; sólo un ligero brillo de nácar hacía temblar sus
ojos, redondeados por el espasmo.
--¡Quiero verle!--dijo con voz ronca--. ¡Necesito verle!
El padre adivinó que algo terrible le había ocurrido al hijo de Lacour.
Únicamente por esto podía mostrar Chichí tal desesperación. Su esposa le
fué relatando la triste noticia. René estaba herido, gravemente herido.
Un proyectil había estallado sobre su batería, matando á muchos de sus
compañeros. El oficial había sido extraído de un montón de cadáveres:
le faltaba una mano, tenía heridas en las piernas, en el tronco, en la
cabeza.
--¡Quiero verle!--repetía Chichí.
Y don Marcelo tuvo que hacer grandes esfuerzos para que su hija
desistiese de esta testarudez dolorosa que la impulsaba á exigir un
viaje inmediato al frente, atropellando obstáculos, hasta llegar al lado
del herido. El senador acabó de convencerla. Había que esperar; él, que
era su padre, tenía que resignarse. Estaba gestionando que René fuese
trasladado á un hospital de París.
El grande hombre inspiró lástima á Desnoyers. Hacía esfuerzos por
conservar su serenidad estoica de padre á estilo antiguo, recordaba á
sus ascendientes gloriosos y á todas las figuras heroicas de la
República romana. Pero estas ilusiones de orador se desplomaban de
pronto, y su amigo le sorprendió llorando más de una vez. ¡Un hijo
único, y podía perderlo!... El mutismo de Chichí le inspiraba aún mayor
conmiseración. No lloraba: su dolor era sin lágrimas, sin desmayos. La
palidez verdosa de su rostro, el brillo de fiebre de sus ojos, una
rigidez que le hacía marchar como un autómata, eran los únicos signos de
su emoción. Vivía con el pensamiento alejado, sin darse cuenta de lo que
la rodeaba.
Cuando el herido llegó á París, ella y el senador se transfiguraron.
Iban á verle, y esto bastó para que se imaginasen que ya se había
salvado.
La novia corrió al hospital con su futuro suegro y su madre. Luego fué
sola, quiso quedarse allí, vivir al lado del herido, declarando la
guerra á todos los reglamentos, chocando con monjas y enfermeras, que le
inspiraban un odio de rivalidad. Pero al ver el escaso resultado de sus
violencias, se empequeñeció, se hizo humilde, pretendiendo ganar con sus
gracias una por una á todas las mujeres. Al fin consiguió pasar gran
parte del día junto á René.
Desnoyers tuvo que retener sus lágrimas al contemplar al artillero en la
cama... ¡Ay! ¡así podía verse su hijo!... Le pareció una momia egipcia,
á causa de su envoltura de apretados vendajes. Los cascos de obús le
habían acribillado. Sólo pudo ver unos ojos dulces y un bigotillo rubio
asomando entre las tiras blancas. El pobre sonreía á Chichí, que velaba
junto á él con cierta autoridad, como si estuviese en su casa.
Transcurrieron dos meses. René se mejoró; ya estaba casi restablecido.
Su novia no había dudado de esta curación desde que la dejaron
permanecer junto á él.
--A mí no se me muere quien yo quiera--decía con una fe semejante á la
de su padre--. ¡A cualquier hora permito que los -boches- me dejen sin
marido!
Conservaba á su «soldadito de azúcar», pero en un estado lamentable...
Nunca don Marcelo se dió cuenta del horror de la guerra como al ver
entrar en su casa á este convaleciente que había conocido meses antes
fino y esbelto, con una belleza delicada y algo femenil. Tenía el rostro
surcado por varias cicatrices que formaban un arabesco violáceo. Su
cuerpo guardaba ocultas otras semejantes. La mano izquierda había
desaparecido con una parte del antebrazo. La manga colgaba sobre el
vacío doloroso del miembro ausente. La otra mano se apoyaba en un
bastón, auxilio necesario para poder mover una pierna que no quería
recobrar su elasticidad.
Pero Chichí estaba contenta. Veía á su soldadito con más entusiasmo que
nunca: un poco deformado, pero muy interesante. Ella, seguida de su
madre, acompañaba al herido para que pasease por el Bosque. Sus miradas
se volvían fulminantes cuando, al atravesar una calle, automovilistas y
cocheros no retenían su carrera para dejar paso al inválido...
«-¡Emboscados- sin vergüenza!...» Sentía la misma alma iracunda de las
mujeres del pueblo que en otros tiempos insultaban á René viéndole sano
y feliz. Temblaba de satisfacción y de orgullo al devolver el saludo á
sus amigas. Sus ojos hablaban: «Sí; éste es mi novio... Un héroe.» Le
preocupaba la Cruz de Guerra puesta en el pecho de la blusa «horizonte».
Sus manos cuidaban de su arreglo, para que se destacase con mayor
visualidad. Se ocupaba en prolongar la vida de su uniforme, siempre el
mismo, el viejo, el que llevaba en el momento de ser herido. Uno nuevo
le daría cierto aire de militar oficinesco, de los que se quedaban en
París.
En vano René, cada vez más fuerte, quería emanciparse de sus cuidados
dominadores. Era inútil que intentase marchar con ligereza y soltura.
--Apóyate en mí.
Y tenía que tomar el brazo de su novia. Todos los planes de ella para el
porvenir se basaban en la fiereza con que protegería á su marido, en los
cuidados que iba á dedicar á su debilidad.
--¡Mi pobre invalidito!--decía con susurro amoroso--. ¡Tan feo y tan
inútil que me lo han dejado esos pillos!... Pero, por suerte, me tiene á
mí, que lo adoro... Nada importa que te falte una mano; yo te cuidaré:
serás mi hijito. Vas á ver, cuando nos casemos, con qué regalo vives,
cómo te llevaré de elegante y acicalado... Pero ¡ojo con las otras! Mira
que á la primera que me hagas, invalidito, te dejo abandonado á tu
inutilidad.
Desnoyers y el senador también se ocupaban del porvenir de ellos, pero
de un modo más positivo. Había que realizar el matrimonio cuanto antes.
¿Qué esperaban?... La guerra no era un obstáculo. Se efectuaban más
casamientos que nunca, en el secreto de la intimidad. El tiempo no era
de fiestas.
Y René Lacour se quedó para siempre en la casa de la avenida Víctor Hugo
después de la ceremonia nupcial, presenciada por una docena de personas.
Don Marcelo había soñado otras cosas para su hija: una boda ruidosa de
la que hablasen largamente los periódicos, un yerno de brillante
porvenir... Pero ¡ay, la guerra! Todos veían destruídas á aquellas horas
algunas de sus ilusiones.
Se consoló apreciando su situación. ¿Qué le faltaba? Chichí era feliz,
con una alegría egoísta y ruidosa que dejaba en olvido todo lo que no
fuese su amor. Sus negocios no podían resultar mejores. Después de la
crisis de los primeros momentos, las necesidades de los beligerantes
arrebataban los productos de sus estancias. Jamás había alcanzado la
carne precios tan altos. El dinero afluía á él con más ímpetu que antes
y los gastos de su vida habían disminuído... Julio estaba en peligro de
muerte, pero él tenía la convicción de que nada malo podía ocurrirle. Su
única preocupación era permanecer tranquilo, evitándose las emociones
fuertes. Experimentaba cierta alarma al considerar la frecuencia con que
se sucedían en París los fallecimientos de personas conocidas:
políticos, artistas, escritores. Todos los días caía alguien de cierto
nombre. La guerra no sólo mataba en el frente. Sus emociones volaban
como flechas por las ciudades, tumbando á los quebrantados, á los
débiles, que en tiempo normal habrían prolongado su existencia.
«¡Atención, Marcelo!--se decía con un regocijo egoísta--. Mucha calma.
Hay que evitar á los cuatro jinetes del amigo Tchernoff.»
Pasó una tarde en el estudio conversando con éste y Argensola de las
noticias que publicaban los periódicos. Se había iniciado una ofensiva
de los franceses en Champaña, con grandes avances y muchos prisioneros.
Desnoyers pensó en la pérdida de vidas que esto podía representar. Pero
la suerte de Julio no le hizo sentir ninguna inquietud. Su hijo no
estaba en aquella parte del frente. El día anterior había recibido una
carta de él fechada una semana antes; pero casi todas llegaban con igual
retraso. El subteniente Desnoyers se mostraba animoso y alegre. Lo iban
á ascender de un momento á otro: figuraba entre los propuestos para la
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