una ronda de peonzas gigantescas y negras, pero ninguna se salía del
ordenado corro osando adelantarse hasta tocar el edificio. Don Marcelo
seguía mirando la bandera. «Es una traición», repitió mentalmente. Pero
al mismo tiempo la aceptaba por egoísmo, viendo en ella una defensa de
su propiedad.
El batallón había terminado de instalarse á lo largo del muro, frente al
río. Los soldados, arrodillados, apoyaban sus fusiles en aspilleras y
almenas. Se mostraban satisfechos de este descanso después de una noche
de combate en retirada. Todos parecían dormidos con los ojos abiertos.
Poco á poco se dejaban caer sobre los talones ó buscaban el apoyo de la
mochila. Sonaron ronquidos en los cortos espacios de silencio que dejaba
la artillería. Los oficiales, de pie detrás de ellos, examinaban el
paisaje con sus lentes de campaña ó hablaban formando grupos. Unos
parecían desalentados; otros, furiosos por el retroceso que venían
realizando desde el día anterior; los más, permanecían tranquilos, con
la pasividad de la obediencia. El frente de batalla era inmenso: ¿quién
podía adivinar el final?... Allí se retiraban y en otros puntos los
compañeros estarían avanzando con un movimiento decisivo. Hasta el
último instante ningún soldado conoce la suerte de las batallas. Lo que
les dolía á todos era verse cada vez más lejos de París.
Don Marcelo vió brillar un redondel de vidrio. Era un monóculo fijo en
él con insistencia agresiva. Un teniente flaco, de talle apretado, que
conservaba el mismo aspecto de los oficiales que él había visto en
Berlín, un verdadero -junker-, estaba á pocos pasos, sable en mano,
detrás de sus hombres, como un pastor, sombrío y colérico.
--¿Qué hace usted aquí?--dijo rudamente.
Explicó que era el dueño del castillo. «¿Francés?», siguió preguntando
el teniente. «Sí, francés...» Quedó el oficial en hostil meditación,
sintiendo la necesidad de hacer algo contra este enemigo. Los gestos y
gritos de otros oficiales le arrancaron á sus reflexiones. Todos miraban
á lo alto, y el viejo les imitó.
Desde una hora antes pasaban por el aire pavorosos rugidos envueltos en
vapores amarillentos, jirones de nube que parecían llevar en su interior
una rueda chirríando con frenético volteo. Eran los proyectiles de la
artillería gruesa germánica, que tiraba á varios kilómetros, enviando
sus disparos por encima del castillo. No podía ser esto lo que
interesaba á los oficiales. Contrajo sus párpados para ver mejor, y al
fin, junto al borde de una nube, distinguió una especie de mosquito que
brillaba herido por el sol. En los breves intervalos de silencio se oía
el zumbido, tenue y lejano, denunciador de su presencia. Los oficiales
movieron la cabeza: «-Franzosen.-» Desnoyers creyó lo mismo. No podía
imaginarse las dos cruces negras en el interior de sus alas. Vió con el
pensamiento dos anillos tricolores, iguales á los redondeles que
colorean los mantos volantes de las mariposas.
Se explicaba la inquietud de los alemanes. El avión francés se había
inmovilizado unos instantes sobre el castillo, no prestando atención á
las burbujas blancas que estallaban debajo y en torno de él. En vano los
cañones de las posiciones inmediatas le enviaban sus obuses. Viró con
rapidez, alejándose hacia su punto de partida.
«Debe haberlo visto todo--pensó Desnoyers--. Nos ha -reparado-: sabe lo
que hay aquí.»
Adivinó que iba á cambiar rápidamente el curso de los sucesos. Todo lo
que había ocurrido hasta entonces en las primeras horas de la mañana
carecía de importancia comparado con lo que vendría después. Sintió
miedo, el miedo irresistible á lo desconocido, y al mismo tiempo
curiosidad, angustia, la impaciencia ante un peligro que amenaza y nunca
acaba de llegar.
Una explosión estridente sonó fuera del parque, pero á corta distancia
de la tapia: algo semejante á un hachazo gigantesco dado con un hacha
enorme como su castillo. Volaron por el aire copas enteras de árboles,
varios troncos partidos en dos, terrenos negros con cabelleras de
hierbas, un chorro de polvo que obscureció el cielo. Algunas piedras
rodaron del muro. Los alemanes se encogieron, pero sin emoción visible.
Conocían esto; esperaban su llegada, como algo inevitable, después de
haber visto el aeroplano. La bandera con la cruz roja ya no podía
engañar á los artilleros enemigos.
Don Marcelo no tuvo tiempo para reponerse de su sorpresa: una segunda
explosión más cerca de la tapia... una tercera en el interior del
parque. Le pareció que había saltado de repente á otro mundo. Vió los
hombres y las cosas á través de una atmósfera fantástica que rugía,
destruyéndolo todo con la violencia cortante de sus ondulaciones. Había
quedado inmóvil por el terror, y sin embargo no tenía miedo. El se había
imaginado hasta entonces el miedo en distinta forma. Sentía en el
estómago un vacío angustioso. Vaciló repetidas veces sobre sus pies,
como si alguien le empujase dándole un golpe en el pecho para
enderezarlo acto seguido con un nuevo golpe en la espalda. Un olor de
ácidos se esparció en el ambiente, dificultando la respiración, haciendo
subir á los ojos el escozor de las lágrimas. En cambio, los ruidos
cesaron de molestarle: no existían para él. Los adivinaba en el oleaje
del aire, en las sacudidas de las cosas, en el torbellino que encorvaba
á los hombres, pero no repercutían en su interior. Había perdido la
facultad auditiva: toda la fuerza de sus sentidos se concentró en la
mirada. Sus ojos parecieron adquirir múltiples facetas, como los de
ciertos insectos. Vió lo que ocurría delante de su persona, á sus lados,
detrás de él. Y presenció cosas maravillosas, instantáneas, como si
todas las reglas de la vida acabasen de sufrir un trastorno caprichoso.
Un oficial que estaba á pocos pasos emprendió un vuelo inexplicable.
Empezó á elevarse, sin perder su tiesura militar, con el casco en la
cabeza, el entrecejo fruncido, el bigote rubio y corto, y más abajo el
pecho color de mostaza, las manos enguantadas que sostenían unos gemelos
y un papel. Pero aquí terminaba su individualidad. Las piernas grises
con sus polainas habían quedado en el suelo, inánimes, como fundas
vacías, expeliendo al deshincharse su rojo contenido. El tronco, en la
violenta ascensión, se desfondaba como un cántaro, soltando su contenido
de vísceras. Más allá, unos artilleros que estaban derechos aparecían
súbitamente tendidos é inmóviles, embadurnados de púrpura.
La línea de infantería se aplastó en el suelo. Los hombres se contraían,
para hacerse menos visibles, junto á las aspilleras por las que asomaban
sus fusiles. Muchos se habían colocado la mochila sobre la cabeza ó la
espalda para que les defendiese de los cascos de obús. Si se movían, era
para amoldarse mejor en la tierra, buscando excavarla con su vientre.
Varios de ellos habían cambiado de postura con una rapidez inexplicable.
Ahora estaban tendidos de espaldas y parecían dormir. Uno tenía abierto
el uniforme sobre el abdomen, mostrando entre los desgarrones de la tela
carnes sueltas, azules y rojas, que surgían y se hinchaban con burbujeos
de expansión. Otro había quedado sin piernas. Vió también ojos
agrandados por la sorpresa y el dolor, bocas redondas y negras que
parecían agitar los labios con un aullido. Pero no gritaban: al menos él
no oía sus gritos.
Había perdido la noción del tiempo. No sabía si llevaba en esta
inmovilidad varias horas ó un minuto. Lo único que le molestaba era el
temblor de las piernas, que se resistían á sostenerle... Algo cayó á sus
espaldas. Llovían escombros. Al volver la cabeza vió su castillo
transformado. Acababan de robarle medio torreón. Las pizarras se
esparcían en menudos fragmentos; los sillares se desmoronaban; el cuadro
de piedra de un ventanal se mantenía suelto y en equilibrio como un
bastidor. Los maderos viejos de la caperuza empezaron á arder como
antorchas.
La vista de este cambio instantáneo de su propiedad le impresionó más
que los estragos causados por la muerte. Se dió cuenta del horror de las
fuerzas ciegas é implacables que rugían en torno de él. La vida
concentrada en sus ojos se esparció, descendiendo hasta sus pies... Y
echó á correr, sin saber adónde ir, sintiendo la misma necesidad de
ocultarse que experimentaban aquellos hombres encadenados por la
disciplina, obligados á aplastarse en el suelo, á envidiar la blanda
invisibilidad de los reptiles.
Su instinto le empujaba hacia el pabellón, pero en mitad de la avenida
le cortó el paso otra de las asombrosas mutaciones. Una mano invisible
acababa de arrancar de un revés la mitad de la techumbre. Todo un lienzo
de pared se dobló, formando una cascada de ladrillos y polvo. Quedaron
al descubierto las piezas interiores lo mismo que una decoración de
teatro; la cocina donde él había comido; el piso superior con el
dormitorio, que aún conservaba deshecha su cama. ¡Pobres mujeres!...
Retrocedió, corriendo hacia el castillo. Se acordaba de la cueva donde
había pasado encerrado una noche. Y cuando se vió bajo su bóveda sombría
la tuvo por el mejor de los salones, alabando la prudencia de sus
constructores.
El silencio subterráneo fué devolviéndole la sensibilidad auditiva.
Escuchó como una tormenta amortiguada por la distancia el cañoneo de los
alemanes y el estallido de los proyectiles franceses. Vinieron á su
memoria los elogios que había prodigado al cañón de 75 sin conocerle mas
que por referencias. Ya había presenciado sus efectos. «Tira demasiado
bien», murmuró. En poco tiempo iba á destrozar su castillo; encontraba
excesiva tanta perfección... Pero no tardó en arrepentirse de estas
lamentaciones de su egoísmo. Una idea tenaz como un remordimiento se
había aferrado á su cerebro. Le pareció que todo lo que sufría era una
expiación, por la falta cometida en su juventud. Había evitado el
servir á su patria, y ahora se encontraba envuelto en los horrores de la
guerra, con la humildad de un ser pasivo é indefenso, sin las
satisfacciones del soldado, que puede devolver los golpes. Iba á morir,
estaba seguro de ello, con una muerte vergonzosa, sin gloria alguna,
anónimamente. Los escombros de su propiedad le servirían de sepulcro. Y
la certidumbre de la muerte en las tinieblas, como un roedor que ve
obstruídos los orificios de su madriguera, comenzó á hacerle intolerable
este refugio.
Arriba continuaba la tempestad. Un trueno pareció estallar sobre su
cabeza, y á continuación el estrépito de un derrumbamiento. Un nuevo
proyectil había caído sobre el edificio. Oyó rugidos de agonía, gritos,
carreras precipitadas en el techo. Tal vez el obús, con su furia ciega,
había despedazado á muchos de los moribundos que ocupaban los salones.
Temió quedar enterrado en su refugio, y subió á saltos la escalera de
los subterráneos. Al pasar por el piso bajo vió el cielo á través de los
techos rotos. De los bordes pendían trozos de madera, pedazos
bamboleantes de pavimento, muebles detenidos en mitad de su caída. Pisó
cascotes al atravesar el -hall-, donde antes había alfombras; tropezó
con hierros rotos y retorcidos, fragmentos de camas llovidas de lo más
alto del edificio; creyó distinguir miembros convulsos entre los
montones de escombros; escuchó voces angustiosas que no podía
comprender.
Salió corriendo, con la misma ansia de luz y de aire libre que empuja al
náufrago á la cubierta desde las entrañas del buque... Había
transcurrido más tiempo del que él se imaginaba desde que se refugió en
la obscuridad. El sol estaba muy alto. Vió en el jardín nuevos cadáveres
en actitudes trágicas y grotescas. Los heridos gemían encorvados ó
permanecían en el suelo, apoyada la espalda en un árbol, con un mutismo
doloroso. Algunos habían abierto la mochila para sacar su bolsa de
sanidad y atendían á la curación de los desgarrones de su carne. La
infantería disparaba ahora sus fusiles incesantemente. El número de
tiradores había aumentado. Nuevos grupos de soldados entraban en el
parque: unos con su sargento al frente, otros seguidos por un oficial
que llevaba el revólver apoyado en el pecho, como si con él guiase á los
hombres. Era la infantería expulsada de sus posiciones junto al río, que
venía á reforzar la segunda línea de defensa. Las ametralladoras unían
su tac-tac de telar en movimiento al chasquido de la fusilería.
Silbaba el espacio, rayado incesantemente por el abejorreo de un
enjambre invisible. Millares de moscardones pegajosos se movían en torno
de Desnoyers sin que alcanzase á verlos. Las cortezas de los árboles
saltaban, empujadas por uñas ocultas; llovían hojas; se agitaban las
ramas con balanceos contradictorios; partían las piedras del suelo,
impelidas por un pie misterioso. Todos los objetos inanimados parecían
adquirir una vida fantástica. Los cazos de cinc de los soldados, las
piezas metálicas de su equipo, los cubos de la artillería, repiqueteaban
solos, como si recibiesen una granizada impalpable. Vió un cañón
acostado, con las ruedas rotas y en alto, entre muchos hombres que
parecían dormir; vió soldados que se tendían y doblaban la cabeza sin un
grito, sin una contracción, como si los dominase el sueño
instantáneamente. Otros aullaban arrastrándose ó caminaban con las manos
en el vientre y las posaderas rozando el suelo.
El viejo experimentó una sensación aguda de calor. Un perfume punzante
de drogas explosivas le hizo llorar y arañó su garganta. Al mismo tiempo
tuvo frío: sintió su frente helada por un sudor glacial.
Tuvo que apartarse del puente. Varios soldados pasaban con heridos para
meterlos en el edificio, á pesar de que éste caía en ruinas. De pronto
recibió una rociada líquida de cabeza á pies, como si se abriese la
tierra dando paso á un torrente. Un obús había caído en el foso,
levantando una enorme columna de agua, haciendo volar en fragmentos las
carpas que dormían en el barro, rompiendo una parte de los bordes,
convirtiendo en polvo la balaustrada blanca con sus jarrones de flores.
Se lanzó á correr con la ceguera del terror, viéndose de pronto ante un
pequeño redondel de cristal que le examinaba fríamente. Era el
-junker-, el oficial del monóculo. Volvía á caer en sus manos... Le
señaló con el extremo de su revólver dos cubos que estaban á corta
distancia. Debía llenarlos en la laguna y dar de beber á sus hombres,
sofocados por el sol. El tono imperioso no admitía réplica, pero don
Marcelo intentó resistirse. ¿El sirviendo de criado á los alemanes?...
Su extrañeza fué corta. Recibió un golpe de la culata del revólver en
medio del pecho y al mismo tiempo la otra mano del teniente cayó cerrada
sobre su rostro. El viejo se encorvó: quería llorar, quería perecer.
Pero ni derramó lágrimas ni la vida se escapó de su cuerpo ante esta
afrenta, como era su deseo... Se vió con los dos cubos en las manos
llenándolos en el foso, yendo luego á lo largo de la fila de hombres,
que abandonaban el fusil para sorber el líquido con una avidez de
bestias jadeantes.
Ya no le causaba miedo la estridencia de los cuerpos invisibles. Su
deseo era morir; sabía que forzosamente iba á morir. Eran demasiados sus
sufrimientos: en el mundo no quedaba espacio para él. Tuvo que pasar
ante brechas abiertas en el muro por el estallido de los obuses. Ningún
obstáculo impedía su visión por estas roturas. Vallas y arboledas se
habían modificado ó borrado con el fuego de la artillería. Distinguió al
pie de la cuesta que ocupaba su castillo varias columnas de ataque que
habían pasado el Marne. Los asaltantes estaban inmovilizados por el
fuego nutrido de los alemanes. Avanzaban á saltos, por compañías,
tendiéndose después al abrigo de los repliegues del terreno para dejar
pasar las ráfagas de muerte.
El viejo se sintió animado por una resolución desesperada: ya que había
de morir, que lo matase una bala francesa. Y avanzó erguido, con sus dos
cubos, entre aquellos hombres acostados que disparaban. Luego, con
súbito pavor, quedó inmóvil, hundiendo la cabeza entre los hombros,
pensando que la bala que él recibiese representaba un peligro menos para
el enemigo. Era mejor que lo matasen los alemanes... Y empezó á
acariciar mentalmente la idea de recoger un arma de cualquiera de los
muertos, cayendo sobre el -junker- que le había abofeteado.
Estaba llenando por tercera vez los cubos y contemplaba de espaldas al
teniente, cuando ocurrió una cosa inverosímil, absurda, algo que le hizo
recordar las fantásticas mutaciones del cinematógrafo. Desapareció de
pronto la cabeza del oficial: dos surtidores de sangre saltaron de su
cuello y el cuerpo se desplomó como un saco vacío. Al mismo tiempo un
ciclón pasaba á lo largo de la pared, entre ésta y el edificio,
derribando árboles, volcando cañones, llevándose las personas en
remolino como si fuesen hojas secas. Adivinó que la muerte soplaba en
una nueva dirección. Hasta entonces había llegado de frente, por la
parte del río, batiendo la línea enemiga parapetada en la muralla.
Ahora, con la brusquedad de un cambio atmosférico, venía del fondo del
parque. Un movimiento hábil de los agresores, el uso de un camino
apartado, tal vez un repliegue de la línea alemana, había permitido á
los franceses colocar sus cañones en una nueva posición, batiendo de
flanco á los ocupantes del castillo.
Fué una fortuna para don Marcelo el retardarse unos minutos al borde del
foso, abrigado por la masa del edificio. La rociada de la batería oculta
pasó á lo largo de la avenida, barriendo los vivos, destrozando por
segunda vez á los muertos, matando los caballos, rompiendo las ruedas de
las piezas, haciendo volar un armón con llamaradas de volcán, en cuyo
fondo rojo y azulado saltaban cuerpos negros. Vió centenares de hombres
caídos; vió caballos que corrían pisándose las tripas. La siega de la
muerte no había sido por gavillas: todo un campo quedaba liso con solo
un golpe de hoz. Y como si las baterías de enfrente adivinasen la
catástrofe, redoblaron por su parte el fuego, enviando una lluvia de
obuses. Caían por todos lados. Más allá del castillo, en el fondo del
parque, se abrían cráteres en la arboleda que vomitaban troncos enteros.
Los proyectiles sacaban de sus fosas á los muertos enterrados la
víspera.
Los que no habían caído siguieron tirando por las aberturas del muro.
Luego se levantaron con precipitación. Unos armaban la bayoneta,
pálidos, con los labios apretados y un brillo de locura en los ojos;
otros volvían la espalda, corriendo hacia la salida del parque, sin
prestar atención á los gritos de los oficiales y á los disparos de
revólver que hacían contra los fugitivos.
Todo esto ocurrió con vertiginosa rapidez, como una escena de pesadilla.
Al otro lado del muro sonaba un zumbido ascendente igual al de la marea.
Oyó gritos, le pareció que unas voces roncas y discordantes cantaban la
-Marsellesa-. Las ametralladoras funcionaban con velocidad, como
máquinas de coser. El ataque iba á quedar inmovilizado de nuevo por esta
resistencia furiosa. Los alemanes, locos de rabia, tiraban y tiraban. En
una brecha aparecieron kepis rojos, piernas del mismo color intentando
pasar sobre los escombros. Pero la visión se borró instantáneamente bajo
la rociada de las ametralladoras. Los asaltantes debían caer á montones
al otro lado de la pared.
Desnoyers no supo con certeza cómo se realizó la mutación. De pronto vió
los pantalones rojos dentro del parque. Pasaban con un salto
irresistible sobre el muro, se deslizaban por las brechas, venían del
fondo de la arboleda por entradas invisibles. Eran soldados pequeños,
cuadrados, sudorosos, con el capote desabrochado. Y revueltos con ellos,
en el desorden de la carga, tiradores africanos con ojos de diablo y
bocas espumeantes, zuavos de amplios calzones, cazadores de uniforme
azul.
Los oficiales alemanes querían morir. Con el sable en alto, después de
haber agotado los tiros de sus revólveres, avanzaban contra los
asaltantes, seguidos de los soldados que aún les obedecían. Hubo un
choque, una mezcolanza. Al viejo le pareció que el mundo había caído en
profundo silencio. Los gritos de los combatientes, el encontrón de los
cuerpos, la estridencia de las armas, no representaban nada después que
los cañones habían enmudecido. Vió hombres clavados por el vientre en el
extremo de un fusil, mientras una punta enrojecida asomaba por sus
riñones; culatas en alto cayendo como martillos; adversarios que se
abrazaban rodando por el suelo, pretendiendo dominarse con patadas y
mordiscos. Desaparecieron los pechos de color de mostaza; sólo vió
espaldas de este color huyendo hacia la salida del parque, filtrándose
entre los árboles, cayendo en mitad de su carrera alcanzadas por las
balas. Muchos de los asaltantes deseaban perseguir á los fugitivos y no
podían, ocupados en desprender con rudos tirones su bayoneta de un
cuerpo que la sujetaba en sus espasmos agónicos.
Se encontró de pronto don Marcelo en medio de estos choques mortales,
saltando como un niño, agitando las manos, profiriendo gritos. Luego
volvió á despertar, teniendo entre sus brazos la cabeza polvorienta de
un oficial joven que le miraba con asombro. Tal vez le creía un loco al
recibir sus besos, al escuchar sus palabras incoherentes, al recibir en
sus mejillas una lluvia de lágrimas. Siguió llorando cuando el oficial
se desprendió de él con rudo empujón... necesitaba desahogarse después
de tantos días de angustia silenciosa: ¡Viva Francia!
Los suyos estaban ya en la entrada del parque. Corrían con la bayoneta
por delante en seguimiento de los últimos restos del batallón alemán que
escapaba hacia el pueblo. Un grupo de jinetes pasó por el camino. Eran
dragones que llegaban para extremar la persecución. Pero sus caballos
estaban fatigados; únicamente la fiebre de la victoria, que parecía
transmitirse de los hombres á las bestias, sostenía su trote forzado y
doloroso. Uno de estos jinetes se detuvo junto á la entrada del parque.
El caballo devoró con avidez unos hierbajos, mientras el hombre
permanecía encogido en la silla como si durmiese. Desnoyers lo tocó en
una cadera, quiso despertarlo, é inmediatamente rodó por el lado
opuesto. Estaba muerto; las entrañas colgaban fuera de su abdomen. Así
había avanzado sobre su corcel, trotando confundido con los demás.
Empezaron á caer en las inmediaciones enormes peonzas de hierro y humo.
La artillería alemana hacía fuego contra sus posiciones perdidas.
Continuó el avance. Pasaron batallones, escuadrones, baterías, con
dirección al Norte, fatigados, sucios, cubiertos de polvo y barro, pero
con un enardecimiento que galvanizaba sus fuerzas casi agotadas. Los
cañones franceses empezaron á tronar por la parte del pueblo.
Grupos de soldados exploraban el castillo y las arboledas inmediatas.
De las habitaciones en ruinas, de las profundidades de las cuevas, de
los matorrales del parque, de los establos y -garages- incendiados, iban
surgiendo hombres verdosos con la cabeza terminada en punta. Todos
elevaban los brazos, exhibiendo las manos bien abiertas: «-Kamarades...
kamarades, non kaput.-» Temían, con la intranquilidad del remordimiento,
que los matasen inmediatamente. Habían perdido de golpe toda su fiereza
al verse lejos del oficial y libres de la disciplina. Algunos que sabían
un poco de francés hablaban de su mujer y de sus hijos, para enternecer
á los enemigos que les amenazaban con las bayonetas. Un alemán marchaba
junto á Desnoyers, pegándose á sus espaldas. Era el sanitario barbudo.
Se golpeaba el pecho y luego le señalaba á él. «-Franzosen...- gran
amigo de -Franzosen-.» Y sonreía á su protector.
Permaneció en su castillo hasta la mañana siguiente. Vió la inesperada
salida de Georgette y su madre de las profundidades del pabellón
arruinado. Lloraban al contemplar los uniformes franceses.
--Esto no podía seguir--gimió la viuda--. ¡Dios no muere!
Las dos empezaban á dudar de la realidad de los días anteriores.
Después de una mala noche pasada entre escombros, don Marcelo decidió
marcharse. ¿Qué le quedaba que hacer en este castillo destrozado?... Le
estorbaba la presencia de tanto muerto. Eran cientos, eran miles. Los
soldados y los campesinos iban enterrando los cadáveres á montones allí
donde los encontraban. Fosas junto al edificio, en todas las avenidas
del parque, en los arriates de los jardines, dentro de las dependencias.
Hasta en el fondo de la laguna circular había muertos. ¿Cómo vivir á
todas horas con esta vecindad trágica, compuesta en su mayor parte de
enemigos?... ¡Adiós, castillo de Villeblanche!
Emprendió el camino de París; se proponía llegar á él fuese como fuese.
Encontró cadáveres por todas partes: pero éstos no vestían el uniforme
verdoso. Habían caído muchos de los suyos en la ofensiva salvadora.
Muchos caerían aún en las últimas convulsiones de la batalla que
continuaba á sus espaldas, agitando con un trueno incesante la línea del
horizonte... Vió pantalones de grana que emergían de los rastrojos,
suelas claveteadas que brillaban en posición vertical junto al camino,
cabezas lívidas, cuerpos amputados, vientres abiertos que dejaban
escapar hígados enormes y azules, troncos separados, piernas sueltas. Y
desprendiéndose de esta amalgama fúnebre, kepis rojos y obscuros, gorros
orientales, cascos con melenas de crines, sables retorcidos, bayonetas
rotas, fusiles, montones de cartuchos de cañón. Los caballos muertos
abullonaban la llanura con sus costillares hinchados. Vehículos de
artillería con las maderas consumidas y el armazón de hierro retorcido
revelaban el trágico momento de la voladura. Rectángulos de tierra
apisonada marcaban el emplazamiento de las baterías enemigas antes de
retirarse. Encontró cañones volcados con las ruedas rotas, armones de
proyectiles convertidos en madejas retorcidas de barras de acero, conos
de materia carbonizada, que eran residuos de hombres y caballos quemados
por los alemanes en la noche anterior á su retroceso.
A pesar de estas incineraciones bárbaras, los cadáveres de una y otra
parte eran infinitos, no tenían límite. Parecía que la tierra hubiese
vomitado todos los cuerpos que llevaba recibidos desde los primeros
tiempos de la humanidad. El sol, impasible, poblaba de puntos de luz, de
fulgores amarillentos, los campos de muerte. Los pedazos de bayoneta,
las chapas metálicas, las cápsulas de fusil, centelleaban como pedazos
de espejo. La noche húmeda, la lluvia, el tiempo oxidador, no habían
modificado aún con su acción corrosiva estos residuos del combate,
borrando su brillo. La carne empezaba á descomponerse. Un hedor de
cementerio acompañaba al caminante, siendo cada vez más intenso así como
avanzaba hacia París. Cada media hora le hacía pasar á un nuevo círculo
de podredumbre creciente, descender un peldaño en la descomposición
animal. Al principio, los muertos eran del día anterior: estaban
frescos. Los que encontró al otro lado del río llevaban dos días sobre
el terreno; luego tres, luego cuatro. Bandas de cuervos se levantaban
con perezoso aleteo al oir sus pasos; pero volvían á posarse en tierra,
repletos pero no ahitos, habiendo perdido todo miedo al hombre.
De tarde en tarde encontraba grupos vivientes. Eran pelotones de
caballería, gendarmes, zuavos, cazadores. Vivaqueaban en torno de las
granjas arruinadas, explorando el terreno para cazar á los fugitivos
alemanes. Desnoyers tenía que explicar su historia, mostrando el
pasaporte que le había dado Lacour para hacer su viaje en el tren
militar. Sólo así pudo seguir adelante. Estos soldados--muchos de ellos
heridos levemente--estaban aún bajo la impresión de la victoria. Reían,
contaban sus hazañas, los grandes peligros arrostrados en los días
anteriores. «Los vamos á llevar á puntapiés hasta la frontera...» Su
indignación renacía al mirar entorno de ellos. Los pueblos, las granjas,
las casas aisladas, todo quemado. Como esqueletos de bestias
prehistóricas, se destacaban sobre la llanura muchos armazones de acero
retorcidos por el incendio. Las chimeneas de ladrillo de las fábricas
estaban cortadas casi á ras de tierra ó mostraban en sus cilindros
varios orificios de obús limpios y redondos. Parecían flautas pastoriles
clavadas en el suelo.
Junto á los pueblos en ruinas, las mujeres removían la tierra abriendo
fosas. Este trabajo resultaba insignificante. Se necesitaba un esfuerzo
inmenso para hacer desaparecer tanto muerto. «Vamos á morir después de
la victoria--pensó don Marcelo--. La peste va á cebarse en nosotros.»
El agua de los arroyos no se había librado de este contagio. La sed le
hizo beber en una laguna, y al levantar la cabeza vió unas piernas
verdes que emergían de la superficie líquida, hundiendo sus botas en el
barro de la orilla. La cabeza de un alemán estaba en el fondo del
charco.
Llevaba varias horas de marcha, cuando se detuvo, creyendo reconocer una
casa en ruinas. Era la taberna donde había almorzado días antes, al
dirigirse á su castillo. Penetró entre los muros hollinados, y un
enjambre de moscas pegajosas vino á zumbar en torno de su cara. Un hedor
de grasa descompuesta por la muerte arañó su olfato. Una pierna que
parecía de cartón chamuscado asomaba entre los escombros. Creyó ver
otra vez á la vieja con los nietos agarrados á sus faldas. «Señor, ¿por
qué huyen las gentes? La guerra es asunto de soldados. Nosotros no
hacemos mal á nadie y nada debemos temer.»
Media hora después, al bajar una cuesta, tuvo el más inesperado de los
encuentros. Vió un automóvil de alquiler, un automóvil de París, con su
taxímetro en el pescante. El -chauffeur- se paseaba tranquilamente junto
al vehículo, como si estuviese en su punto de parada.
No tardó en entablar conversación con este señor que se le aparecía roto
y sucio como un vagabundo, con media cara lívida por la huella de un
golpe. Había traído á unos parisienses que deseaban ver el campo del
combate. Eran de los que escriben en los periódicos; los aguardaba allí
para regresar al anochecer.
Don Marcelo hundió la diestra en un bolsillo. Doscientos francos si le
llevaba á París. El -chauffeur- protestó con la gravedad de un hombre
fiel á sus compromisos... «Quinientos.» Y mostró un puñado de monedas de
oro. El otro por toda respuesta dió una vuelta á la manivela del motor,
que empezó á roncar. Todos los días no se daba una batalla en las
inmediaciones de París. Sus clientes podían esperarle.
Y Desnoyers, dentro del vehículo, vió pasar por las portezuelas este
campo de horrores en huída vertiginosa, para disolverse á sus espaldas.
Rodaba hacia la vida humana... volvía á la civilización.
Al entrar en París, las calles solitarias le parecieron llenas de
gentío. Nunca había encontrado tan hermosa la ciudad. Vió la Opera, vió
la plaza de la Concordia, se imaginó estar soñando al apreciar el enorme
salto que había dado en una hora. Comparó lo que le rodeaba con las
imágenes de poco antes, con aquella llanura de muerte que se extendía á
unos cuantos kilómetros de distancia. No, no era posible. Uno de los dos
términos de este contraste debía ser forzosamente falso.
Se detuvo el automóvil: había llegado á la avenida Víctor Hugo... Creyó
seguir soñando. ¿Realmente estaba en su casa?...
El majestuoso portero le saludó asombrado, no pudiendo explicarse su
aspecto de miseria. ¡Ah, señor!... ¿De dónde venía el señor?
--Del infierno--murmuró don Marcelo.
Su extrañeza continuó al verse dentro de su vivienda, recorriendo las
habitaciones. Volvía á ser alguien. La vista de sus riquezas, el goce de
sus comodidades, le devolvieron la noción de su dignidad. Al mismo
tiempo fué resucitando en su memoria el recuerdo de todas las
humillaciones y ultrajes que había sufrido. ¡Ah, canallas!...
Dos días después sonó por la mañana el timbre de su puerta. ¡Una visita!
Avanzó hacia él un soldado, un pequeño soldado de infantería de línea,
tímido, con el kepis en la diestra, balbuceando excusas en español.
--He sabido que estaba usted aquí... Vengo á...
¿Esta voz?... Don Marcelo tiró de él en el obscuro recibimiento,
llevándole hacia un balcón... ¡Qué hermoso le veía!... El kepis era de
un rojo obscurecido por la mugre; el capote, demasiado ancho, estaba
rapado y recosido; los zapatones exhalaban un hedor de cuero. Nunca
había contemplado á su hijo tan elegante y apuesto como lo estaba ahora
con estos residuos de almacén.
--¡Tú!... ¡tú!...
El padre le abrazó convulsivamente, gimiendo como un niño, sintiendo que
sus pies se negaban á sostenerle.
Siempre había esperado que acabarían por entenderse. Tenía su sangre:
era bueno, sin otro defecto que cierta testarudez. Le excusaba ahora por
todo lo pasado, atribuyéndose á sí mismo gran parte de culpa. Había sido
demasiado duro.
--¡Tú soldado!--repitió--. ¡Tú defendiendo á mi país, que no es el
tuyo!...
Y volvía á besarle, retrocediendo luego unos pasos para apreciar mejor
su aspecto. Decididamente, le encontraba más hermoso en su grotesco
uniforme que cuando era célebre por sus elegancias de danzarín, amado de
las mujeres.
Acabó por dominar su emoción. Sus ojos, llenos de lágrimas, brillaron
con maligno fulgor. Un gesto de odio crispaba su rostro.
--Ve--- dijo simplemente--. Tú no sabes lo que es esta guerra; yo vengo
de ella, la he visto de cerca. No es una guerra como las otras, con
enemigos leales: es una cacería de fieras... Tira sin escrúpulo contra
el montón. Por cada uno que tumbes, libras á la humanidad de un peligro.
Se detuvo unos instantes, como si dudase, y añadió al fin con trágica
calma:
--Tal vez encuentres frente á ti rostros conocidos. La familia no se
forma siempre á nuestro gusto. Hombres de tu sangre están al otro lado.
Si ves á alguno de ellos... no vaciles, ¡tira! es tu enemigo.
¡Mátalo!... ¡mátalo!
TERCERA PARTE
I
Después del Marne
A fines de Octubre, la familia Desnoyers volvió á París. Doña Luisa no
podía vivir en Biarritz, lejos de su marido, En vano «la romántica» le
hablaba de los peligros del regreso. El gobierno todavía estaba en
Burdeos; el presidente de la República y los ministros sólo hacían
rápidas apariciones en la capital. Podía cambiar de un momento á otro el
curso de la guerra: lo del Marne sólo representaba un alivio
momentáneo... Pero la buena señora se mantuvo insensible á estas
sugestiones luego de haber leído las cartas de don Marcelo. Además,
pensaba en su hijo, su Julio, que era soldado... Creyó que regresando á
París estaría más en contacto con él que en esta playa vecina á la
frontera española.
Chichí también quiso volver. René ocupaba mucho lugar en su pensamiento.
La ausencia había servido para que se enterase de que estaba enamorada.
¡Tanto tiempo sin ver al «soldadito de azúcar»!... Y la familia abandonó
su vida de hotel para regresar á la avenida Víctor Hugo.
París iba modificando su aspecto después de la sacudida de á principios
de Septiembre. Los dos millones escasos de habitantes que permanecieron
quietos en sus casas, sin dejarse arrastrar por el pánico, habían
acogido con grave serenidad la victoria. Ninguno se explicaba con
exactitud el curso de la batalla: vinieron á conocerla cuando ya había
terminado.
Un domingo de Septiembre, á la hora en que paseaban los parisienses
aprovechando el hermoso atardecer, supieron por los periódicos el gran
triunfo de los aliados y el peligro que habían corrido. La gente se
alegró, pero sin abandonar su actitud calmosa. Seis semanas de guerra
habían cambiado radicalmente el carácter de París, bullanguero é
impresionable.
La victoria fué devolviendo lentamente á la capital su antiguo aspecto.
Una calle desierta semanas antes se poblaba de transeuntes. Iban
abriéndose las tiendas. Los vecinos, acostumbrados en sus casas á un
silencio conventual, volvían á escuchar ruidos de instalación en el
techo y debajo de sus pies.
La alegría de don Marcelo al ver llegar á los suyos fué obscurecida por
la presencia de doña Elena. Era Alemania que volvía á su encuentro, el
enemigo otra vez en su domicilio. ¿Cuándo podría libertarse de esta
esclavitud?... Ella callaba en presencia de su cuñado. Los sucesos
recientes parecían desorientarla. Su rostro tenía una expresión de
extrañeza, como si contemplase en pleno trastorno las leyes físicas más
elementales. Le era imposible comprender en sus reflexivos silencios
cómo los alemanes no habían conquistado aquel suelo que ella pisaba; y
para explicarse este fracaso, admitía las más absurdas suposiciones.
Una preocupación particular aumentaba su tristeza. Sus hijos... ¡qué
sería de sus hijos! Don Marcelo no le habló nunca de su entrevista con
el capitán von Hartrott. Callaba su viaje á Villeblanche; no quería
contar sus aventuras durante la batalla del Marne. ¿Para qué entristecer
á los suyos con tales miserias?... Se había limitado á anunciar á doña
Luisa, alarmada por la suerte de su castillo, que en muchos años no
podrían ir á él, por haber quedado inhabitable. Una caperuza de planchas
de cinc sustituía ahora á la antigua techumbre para evitar que las
lluvias rematasen la destrucción interna. Más adelante, después de la
paz, pensarían en su renovación. Por ahora tenía demasiados
habitantes... Y todas las señoras, incluso doña Elena, se estremecían,
al imaginarse los miles de cadáveres formando un círculo en torno del
edificio, ocultos en el suelo. Esta visión hacía gemir de nuevo á la
señora de Hartrott: «¡Ay, mis hijos!»
Su cuñado, por humanidad, la había tranquilizado sobre la suerte de uno
de ellos, el capitán Otto. Estaba en perfecta salud al iniciarse la
batalla. Lo sabía por un amigo que había conversado con él... Y no quiso
decir más.
Doña Luisa pasaba una parte del día en las iglesias, adormeciendo sus
inquietudes con el rezo. Estas oraciones ya no eran vagas y generosas
por la suerte de millones de hombres desconocidos, por la victoria de
todo un pueblo. Las concretaba con maternal egoísmo en una sola persona,
su hijo, que era soldado como los otros y tal vez en aquellos momentos
se veía en peligro. ¡Las lágrimas que le costaba!... Había suplicado que
él y su padre se entendiesen, y cuando al fin Dios quería favorecerla
con un milagro, Julio se alejaba al encuentro de la muerte.
Sus plegarias nunca iban solas. Alguien rezaba junto á ella en la
iglesia formulando idénticas peticiones. Los ojos lacrimosos de su
hermana se elevaban al mismo tiempo que los suyos hacia el cadáver
crucificado. «¡Señor, salva á mi hijo!...» Doña Luisa, al decir esto,
veía á Julio tal como se lo había mostrado su esposo en una fotografía
pálida recibida de las trincheras, con kepis y capote, las piernas
oprimidas por unas bandas de paño, un fusil en la diestra y el rostro
ensombrecido por una barba naciente. «¡Señor, protégenos!...» Y doña
Elena contemplaba á su vez un grupo de oficiales con casco y uniforme
verde reseda partido por las manchas de cuero del revólver, los gemelos,
el portamapas y el cinturón, del que pendía el sable.
Al verlas salir juntas hacia Saint-Honorée d'Eylau, don Marcelo se
indignaba algunas veces.
--Están jugando con Dios... Esto no es serio. ¿Cómo puede atender unas
oraciones tan contrarias?... ¡Ah, las mujeres!
Y con la superstición que despierta el peligro, creía que su cuñada
causaba un grave mal á su hijo. La divinidad, fatigada de tanto rezo
contradictorio, iba á volverse de espaldas para no oir á unos ni á
otros. ¿Por qué no se marchaba esta mujer fatal?...
Lo mismo que al principio de las hostilidades, volvió á sentir el
tormento de su presencia. Doña Luisa repetía inconscientemente las
afirmaciones de su hermana, sometiéndolas al criterio superior del
esposo. Así pudo enterarse don Marcelo de que la victoria del Marne no
había existido nunca en la realidad: era una invención de los aliados.
Los generales alemanes habían creído prudente retroceder, por sus altas
previsiones estratégicas, dejando para más adelante la conquista de
París, y los franceses no habían hecho mas que ir detrás de sus pasos,
ya que les dejaban el terreno libre. Esto era todo. Ella conocía las
opiniones de algunos militares de países neutros; había hablado en
Biarritz con personas de gran competencia; sabía lo que decían los
periódicos de Alemania. Nadie creía allá en lo del Marne. El público ni
siquiera conocía esta batalla.
--¿Tu hermana dice eso?--interrumpía Desnoyers, pálido por la sorpresa y
la cólera.
Sólo se le ocurría desear una transformación completa de aquel enemigo
albergado bajo su techo. ¡Ay! ¿Por qué no se convertía en hombre? ¿por
qué no venía á ocupar su sitio, aunque sólo fuese por media hora, el
fantasmón de su esposo?...
--Pero la guerra sigue--insistía ingenuamente doña Luisa--. Los enemigos
aún están en Francia... ¿De qué ha servido lo del Marne?
Aceptaba las explicaciones moviendo la cabeza con gesto de inteligencia,
comprendiéndolo todo inmediatamente, para olvidarlo en seguida y repetir
una hora después las mismas dudas.
Sin embargo, empezó á mostrar una sorda hostilidad contra su hermana.
Había tolerado hasta entonces sus entusiasmos en favor de la patria del
marido porque consideraba más importantes los vínculos de familia que
las rivalidades de nación. Por el hecho de que Desnoyers fuese francés y
Karl alemán, ella no iba á pelear con Elena. Pero de pronto se
desvaneció este sentimiento de tolerancia. Su hijo estaba en peligro...
¡Que muriesen todos los Hartrott antes de que Julio recibiese la herida
más insignificante!... Participó de los sentimientos belicosos de su
hija, reconociendo en ella un gran talento para apreciar los sucesos.
Deseaba ver transportadas á la realidad todas las puñaladas fantásticas
de Chichí.
Afortunadamente, «la romántica» se fué antes de que se exteriorizase
esta antipatía. Pasaba las tardes fuera de la casa. Luego, al regresar,
iba repitiendo opiniones y noticias de amigos suyos desconocidos de la
familia.
Don Marcelo se indignaba contra los espías que aún vivían ocultos en
París. ¿Qué mundo misterioso frecuentaba su cuñada?...
Repentinamente anunció que se marchaba á la mañana siguiente: tenía un
pasaporte para Suiza, y de allí se dirigiría á Alemania. Ya era hora de
volver al lado de los suyos; agradecía mucho las bondades de la
familia... Y Desnoyers la despidió con irónica agresividad. Saludos á
von Hartrott; deseaba cuanto antes hacerle una visita en Berlín.
Una mañana, doña Luisa, en vez de entrar en la iglesia de la plaza
Víctor Hugo, siguió adelante hasta la -rue de la Pompe-, halagada por la
idea de ver el estudio. Le pareció que con esto iba á ponerse en
contacto con su hijo. Era un placer nuevo, más intenso que contemplar su
fotografía ó leer su última carta.
Esperaba encontrar á Argensola, el amigo de los buenos consejos. Sabía
que continuaba viviendo en el estudio. Dos veces había ido á verla por
la escalera de servicio, como en otros tiempos, pero ella estaba
ausente.
Al subir en el ascensor, palpitó su corazón con una celeridad de placer
y de angustia. Se le ocurrió á la buena señora, con cierto rubor, que
algo semejante debían sentir las «mujeres locas» cuando faltaban por
primera vez á sus deberes.
Sus lágrimas surgieron con toda libertad al verse en, aquella habitación
cuyos muebles y cuadros le recordaban al ausente.
Argensola corrió desde la puerta al fondo de la pieza, agitado, confuso,
saludándola con frases de bienvenida y removiendo al mismo tiempo
objetos. Un abrigo de mujer caído en un diván quedó borrado por una tela
oriental; un sombrero con flores fué volando de un manotazo á ocultarse
en un rincón. Doña Luisa creyó ver en el hueco de un cortinaje una
camisa femenil que huía, transparentando rosadas desnudeces. Sobre la
estufa, dos tazones y residuos de tostadas denunciaban un desayuno
doble. ¡Estos pintores!... ¡Lo mismo que su hijo! Y se enterneció al
pensar en la mala vida del consejero de Julio.
--Mi respetable doña Luisa... Querida Madama Desnoyers...
Hablaba en francés y á gritos, mirando á la puerta por donde había
desaparecido el aleteo blanco y rosado. Temblaba al pensar que la
compañera oculta incurriese en celosos errores, comprometiéndole con una
extemporánea aparición.
Luego hablaron del soldado. Los dos se comunicaban sus noticias. Doña
Luisa casi repitió textualmente los párrafos de sus cartas, tantas veces
releídas. Argensola se abstuvo modestamente de enseñar los textos de las
suyas. Los dos amigos empleaban un estilo epistolar que hubiese
ruborizado á la buena señora.
--Un valiente--afirmó con orgullo, considerando como propios los actos
de su compañero--, un verdadero héroe: y yo, Madama Desnoyers, entiendo
algo de esto... Sus jefes saben apreciarle...
Julio era sargento á los dos meses de estar en campaña. El capitán de su
compañía y otros oficiales del regimiento pertenecían al Círculo de
esgrima donde él había obtenido tantos triunfos.
--¡Qué carrera!--continuó--. Es de los que llegan jóvenes á los grados
más altos, como los generales de la Revolución... ¡Y qué de hazañas!
El militar sólo había mencionado ligeramente en sus cartas algunos de
sus actos, con la indiferencia del que vive acostumbrado al peligro y
aprecia en sus camaradas un arrojo igual. Pero el bohemio los exageró,
ensalzándolos como si fuesen los hechos más culminantes de la guerra.
Había llevado una orden á través de un fuego infernal, después de haber
caído muertos tres mensajeros sin poder cumplir el mismo encargo. Había
saltado el primero al atacar muchas trincheras y salvado á bayonetazos,
en choques cuerpo á cuerpo, á numerosos camaradas. Cuando sus jefes
necesitaban un hombre de confianza, decían invariablemente: «Que llamen
al sargento Desnoyers.»
Lo afirmó como si lo hubiese presenciado, como sí acabase de llegar de
la guerra; y doña Luisa temblaba, derramando lágrimas de alegría y de
miedo al pensar en las glorias y peligros de su hijo. Aquel Argensola
tenía el don de conmoverla, por la vehemencia con que relataba las
cosas.
Creyó que debía agradecer tanto entusiasmo mostrando algún interés por
la persona del panegirista... ¿Qué había hecho él en los últimos
tiempos?...
--Yo, señora, he estado donde debía estar. No me he movido de aquí. He
presenciado el «sitio» de París.
En vano su razón protestaba de la inexactitud de esta palabra. Bajo la
influencia de sus lecturas sobre la guerra de 1870, llamaba «sitio» á
las operaciones desarrolladas junto á París durante el curso de la
batalla del Marne.
Modestamente señaló un diploma con marco de oro que figuraba sobre el
piano, teniendo como fondo una bandera tricolor. Era un papel que se
vendía en las calles: un certificado de permanencia en la capital
durante la semana del peligro. Había llenado los blancos con sus nombres
y cualidades, y al pie figuraban las firmas de dos habitantes de la -rue
de la Pompe-: un tabernero y un amigo de la portera. El comisario de
policía del distrito garantizaba con rúbrica y sello la responsabilidad
de estos honorables testigos. Nadie pondría en duda, después de tal
precaución, si había presenciado ó no el «sitio» de París. ¡Tenía amigos
tan incrédulos!...
Para conmover á la buena señora, hizo memoria de sus impresiones. Había
visto en pleno día un rebaño de ovejas en el bulevar, junto á la verja
de la Magdalena. Sus pasos habían despertado en muchas calles el eco
sonoro de las ciudades muertas. El era el único transeunte: en las
aceras vagaban perros y gatos abandonados.
Sus recuerdos militares le enardecían como soplos de gloria.
--Yo he visto el paso de los marroquíes... He visto los zuavos en
automóvil.
La misma noche que Julio había salido para Burdeos, él vagó hasta el
amanecer, siguiendo una línea de avenidas á través de medio París, desde
el león de Belfort á la estación del Este. Veintisiete mil hombres, con
todo su material de campaña, procedentes de Marruecos, habían
desembarcado en Marsella y llegado á la capital, realizando una parte
del viaje en ferrocarril y otra á pie. Acudían para intervenir en la
gran batalla que se estaba iniciando. Eran tropas compuestas de europeos
y africanos. La vanguardia, al entrar por la puerta de Orleáns,
emprendió el paso gimnástico, atravesando así medio París, hasta la
estación del Este, donde esperaban los trenes.
El vecindario vió escuadrones de -spahis-, de teatrales uniformes,
montados en sus caballitos nerviosos y ligeros; tiradores marroquíes con
turbantes amarillos; tiradores senegaleses de cara negra y gorro rojo;
artilleros coloniales; cazadores de África. Eran combatientes de
profesión, soldados que en tiempos de paz vivían peleando en las
colonias, perfiles enérgicos, rostros bronceados, ojos de presa. El
largo desfile se inmovilizaba en las calles durante horas enteras para
dar tiempo á que se acomodasen en los trenes las fuerzas que iban
delante... Y Argensola había seguido esta masa armada é inmóvil desde
los bulevares á la puerta de Orleáns, hablando con los oficiales,
escuchando los gritos ingenuos de los guerreros africanos, que nunca
habían visto París y lo atravesaban sin curiosidad, preguntando dónde
estaba el enemigo.
--Llegaron á tiempo para atacar á von Kluck en las orillas del Oureq,
obligándole á retroceder, so pena de verse envuelto.
Lo que no contaba Argensola era que su excursión nocturna á lo largo de
este cuerpo de ejército la había hecho acompañado de la amable persona
que estaba dentro y dos amigas más, grupo entusiasta y generoso que
repartía flores y besos á los soldados bronceados, riendo del asombro
con que les mostraban sus blancos dientes.
Otro día, había visto el más extraordinario de los espectáculos de la
guerra. Todos los automóviles de alquiler, unos dos mil vehículos,
cargando batallones de zuavos, á ocho hombres por carruaje, y saliendo á
toda velocidad, erizados de fusiles y gorros rojos. Formaban en los
bulevares un cortejo pintoresco: una especie de boda interminable. Y los
soldados descendían de los automóviles en el mismo margen de la batalla,
haciendo fuego así que saltaban del estribo. Todos los hombres que
sabían manejar el fusil los había lanzado Gallieni contra la extrema
derecha del enemigo en el momento supremo, cuando la victoria era aún
incierta y el peso más insignificante podía decidirla. Escribientes de
las oficinas militares, ordenanzas, individuos de la policía, gendarmes,
todos habían marchado para dar el último empujón, formando una masa de
heterogéneos colores.
Y el domingo por la tarde, cuando con sus tres compañeras de «sitio»
tomaba el sol en el Bosque de Bolonia entre millares de parisienses, se
enteró por los extraordinarios de los periódicos que el combate que se
había desarrollado junto á la ciudad y se iba alejando era una gran
batalla, una victoria.
--He visto mucho, Madama Desnoyers... Puedo contar grandes cosas.
Y ella aprobaba: sí que había visto Argensola... Al marcharse le ofreció
su apoyo. Era el amigo de su hijo y estaba acostumbrada á sus
peticiones. Los tiempos habían cambiado; don Marcelo era ahora de una
generosidad sin límites... Pero el bohemio la interrumpió con un gesto
señorial: vivía en la abundancia. Julio lo había nombrado su
administrador. El giro de América había sido reconocido por el Banco
como una cantidad en depósito, y podían disponer de un tanto por ciento,
con arreglo á los decretos sobre la moratoria. Su amigo le enviaba un
cheque siempre que necesitaba dinero para el sostenimiento de la casa.
Nunca se había visto en una situación tan desahogada. La guerra tiene
igualmente sus cosas buenas... Pero con el deseo de que no se perdiesen
las buenas costumbres, anunció que subiría una vez más por la escalera
de servicio para llevarse un cesto de botellas...
Doña Luisa, después de la marcha de su hermana, iba sola á las iglesias,
hasta que de pronto se vió con una compañera inesperada.
--Mamá, voy con usted...
Era Chichí, que parecía sentir una devoción ardiente.
Ya no animaba la casa con su alegría ruidosa y varonil; ya no amenazaba
á los enemigos con puñaladas imaginarias. Estaba pálida, triste, con los
ojos aureolados de azul. Inclinaba la cabeza como si gravitase al otro
lado de su frente un bloque de pensamientos graves, completamente
nuevos.
Doña Luisa la observaba en la iglesia con celoso despecho. Tenía los
ojos húmedos, lo mismo que ella; oraba con fervor, lo mismo que ella...
pero no era seguramente por su hermano. Julio había pasado á segundo
término en sus recuerdos. Otro hombre en peligro llenaba su pensamiento.
El último de los Lacour ya no era simple soldado ni estaba en París.
Al llegar de Biarritz, Chichí había escuchado con ansiedad las hazañas
de su «soldadito de azúcar». Quiso conocer, palpitante de emoción, todos
los peligros á que se había visto sometido, y el joven guerrero del
«servicio auxiliar» le habló de sus inquietudes en la oficina durante
los días interminables en que peleaban las tropas cerca de París,
oyéndose desde las afueras el tronar de la artillería. Su padre había
querido llevarlo á Burdeos, pero el desorden administrativo de última
hora la mantuvo en la capital.
Algo más había hecho. El día del gran esfuerzo, cuando el gobernador de
la plaza lanzó en automóviles á todos los hombres válidos, había tomado
un fusil, sin que nadie le llamase, ocupando un vehículo con otros de su
oficina. No había visto mas que humo, casas incendiadas, muertos y
heridos. Ni un solo alemán pasó ante sus ojos, exceptuando á un grupo de
hulanos prisioneros. Había estado varias horas tendido al borde de un
camino disparando... Y nada más.
Por el momento, resultaba bastante para Chichí. Se sintió orgullosa de
ser la novia de un héroe del Marne, aunque su intervención sólo hubiese
sido de unas horas. Pero al transcurrir los días, su carácter se fué
ensombreciendo.
Le molestaba salir á la calle con René, simple soldado, y además del
servicio auxiliar... Las mujeres del pueblo, excitadas por el recuerdo
de sus hombres que peleaban en el frente ó vestidas de luto por la
muerte de alguno de ellos, eran de una insolencia agresiva. La
delicadeza y la elegancia del príncipe republicano parecían irritarlas.
Repetidas veces oyó ella al pasar palabras gruesas contra los
«emboscados».
La idea de que su hermano, que no era francés, estaba batiéndose, le
hacía aún más intolerable la situación de Lacour. Tenía por novio á un
«emboscado». ¡Cómo reirían sus amigas!...
El hijo del senador adivinó sin duda los pensamientos de ella, y esto le
hizo perder su tranquilidad sonriente. Durante tres días no se presentó
en casa de Desnoyers. Todos creyeron que estaba retenido por un trabajo
oficinesco.
Una mañana, al dirigirse Chichí á la avenida del Bosque escoltada por
una de sus doncellas cobrizas, vió á un militar que marchaba hacia ella.
Vestía un uniforme flamante, del nuevo color azul grisáceo, color de
«horizonte», adoptado por el ejército francés. El barboquejo del kepis
era dorado y en las mangas llevaba un pequeño retazo de oro. Su sonrisa,
sus manos tendidas, la seguridad con que avanzaba hacia ella, le
hicieron reconocerle. ¡René oficial!... ¡Su novio subteniente!
--Sí; ya no puedo más... Ya he oído bastante.
A espaldas del padre y valiéndose de sus amistades había realizado en
pocos días esta transformación. Como alumno de la Escuela Central, podía
ser subteniente en la artillería de reserva, y había solicitado que le
enviasen al frente. ¡Terminado el servicio auxiliar!... Antes de dos
días iba á salir para la guerra.
--¡Tú has hecho eso!--exclamó Chichí--. ¡Tú has hecho eso!...
Le miraba, pálida, con los ojos enormemente agrandados, unos ojos que
parecían devorarle con su admiración.
--Ven, pobrecito mío... Ven aquí, soldadito dulce... Te debo algo.
Y volviendo su espalda á la doncella, le invitó á doblar una esquina
inmediata. Era lo mismo: la calle transversal estaba tan frecuentada
como la avenida. ¡Pero el cuidado que le daban á ella los curiosos!...
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