Los cuatro jinetes del apocalipsis
Vicente Blasco Ibáñez
[Nota del transcriptor: La ortografía del original fue conservada.]
Vicente Blasco Ibáñez
LOS
CUATRO JINETES
DEL APOCALIPSIS
(NOVELA)
84.000
PROMETEO
SOCIEDAD EDITORIAL
GERMANÍAS, 53.--VALENCIA
ES PROPIEDAD.--Reservados todos los derechos de reproducción, traducción
y adaptación.
Copyright 1919, by V. Blasco Ibáñez.
* * * * *
ÍNDICE
PRIMERA PARTE
I.--En el jardín de la Capilla Expiatoria
II.--El centauro Madariaga
III.--La familia Desnoyers
IV.--El primo de Berlín
V.--Donde aparecen los cuatro jinetes
SEGUNDA PARTE
I.--Las envidias de don Marcelo
II.--Vida nueva
III.--La retirada
IV.--Junto á la gruta sagrada
V.--La invasión
TERCERA PARTE
I.--Después del Marne
II.--En el estudio
III.--La guerra
IV.--No hay quien le mate
V.--Campos de muerte
* * * * *
PRIMERA PARTE
I
En el jardín de la Capilla Expiatoria
Debían encontrarse á las cinco de la tarde en el pequeño jardín de la
Capilla Expiatoria, pero Julio Desnoyers llegó media hora antes, con la
impaciencia del enamorado que cree adelantar el momento de la cita
presentándose con anticipación. Al pasar la verja por el bulevar
Haussmann, se dió cuenta repentinamente de que en París el mes de Julio
pertenece al verano. El curso de las estaciones era para él en aquellos
momentos algo embrollado que exigía cálculos.
Habían transcurrido cinco meses desde las últimas entrevistas en este
-square- que ofrece á las parejas errantes el refugio de una calma
húmeda y fúnebre junto á un bulevar de continuo movimiento y en las
inmediaciones de una gran estación de ferrocarril. La hora de la cita
era siempre las cinco. Julio veía llegar á su amada á la luz de los
reverberos, encendidos recientemente, con el busto envuelto en pieles y
llevándose el manguito al rostro lo mismo que un antifaz. La voz dulce,
al saludarle, esparcía su respiración congelada por el frío: un nimbo de
vapor blanco y tenue. Después de varias entrevistas preparatorias y
titubeantes, abandonaron definitivamente el jardín. Su amor había
adquirido la majestuosa importancia del hecho consumado, y fué á
refugiarse de cinco á siete en un quinto piso de la -rue de la Pompe-,
donde tenía Julio su estudio de pintor. Las cortinas bien corridas sobre
el ventanal de cristales, la chimenea ardiente esparciendo palpitaciones
de púrpura como única luz de la habitación, el monótono canto del
-samovar- hirviendo junto á las tazas de té, todo el recogimiento de una
vida aislada por el dulce egoísmo, no les permitió enterarse de que las
tardes iban siendo más largas, de que afuera aún lucía á ratos el sol en
el fondo de los pozos de nácar abiertos en las nubes, y que la
primavera, una primavera tímida y pálida, empezaba á mostrar sus dedos
verdes en los botones de las ramas, sufriendo las últimas mordeduras del
invierno, negro jabalí que volvía sobre sus pasos.
Luego, Julio había hecho un viaje á Buenos Aires, encontrando en el otro
hemisferio las últimas sonrisas del otoño y los primeros vientos helados
de la pampa. Y cuando se imaginaba que el invierno era para él la eterna
estación, pues le salía al paso en sus cambios de domicilio de un
extremo á otro del planeta, he aquí que se le aparecía inesperadamente
el verano en este jardín de barrio.
Un enjambre de niños correteaba y gritaba en las cortas avenidas
alrededor del monumento expiatorio. Lo primero que vió Julio al entrar
fué un aro que venía rodando hacia sus piernas empujado por una mano
infantil. Luego tropezó con una pelota. En torno de los castaños se
aglomeraba el público habitual de los días calurosos, buscando la sombra
azul acribillada de puntos de luz. Eran criadas de las casas próximas
que hacían labores ó charlaban, siguiendo con mirada indiferente los
juegos violentos de los niños confiados á su vigilancia; burgueses del
barrio que descendían al jardín para leer su periódico, haciéndose la
ilusión de que les rodeaba la paz de los bosques. Todos los bancos
estaban llenos. Algunas mujeres ocupaban taburetes plegadizos de lona,
con el aplomo que confiere el derecho de propiedad. Las sillas de
hierro, asientos sometidos á pago, servían de refugio á varias señoras
cargadas de paquetes, burguesas de los alrededores de París que
esperaban á otros individuos de su familia para tomar el tren en la
-Gare Saint-Lazare-... Y Julio había propuesto en una carta neumática el
encontrarse como en otros tiempos en este lugar, por considerarlo poco
frecuentado. Y ella, con no menos olvido de la realidad, fijaba en su
respuesta la hora de siempre, las cinco, creyendo que, después de pasar
unos minutos en el -Printemps- ó las -Galerías- con pretexto de hacer
compras, podría deslizarse hasta el jardín solitario, sin riesgo á ser
vista por alguno de sus numerosos conocimientos...
Desnoyers gozó una voluptuosidad casi olvidada--la del movimiento en un
vasto espacio--al pasear haciendo crujir bajo sus pies los granos de
arena. Durante veinte días, sus paseos habían sido sobre tablas,
siguiendo con el automatismo de un caballo de picadero la pista ovoidal
de la cubierta de un buque. Sus plantas, habituadas á un suelo inseguro,
guardaban aún sobre la tierra firme cierta sensación de movilidad
elástica. Sus idas y venidas no despertaban la curiosidad de las gentes
sentadas en el paseo. Una preocupación común parecía abarcar á todos,
hombres y mujeres. Los grupos cruzaban en alta voz sus impresiones. Los
que tenían un periódico en la mano veían aproximarse á los vecinos con
sonrisa de interrogación. Habían desaparecido de golpe la desconfianza y
el recelo que impulsan á los habitantes de las grandes ciudades á
ignorarse mutuamente, midiéndose con la vista cual si fuesen enemigos.
«Hablan de la guerra--se dijo Desnoyers--. Todo París sólo habla á estas
horas de la posibilidad de la guerra.»
Fuera del jardín se notaba igualmente la misma ansiedad, que hacía á las
gentes fraternales é igualitarias. Los vendedores de periódicos pasaban
por el bulevar voceando las publicaciones de la tarde. Su carrera
furiosa era cortada por las manos ávidas de los transeuntes, que se
disputaban los papeles. Todo lector se veía rodeado de un grupo que le
pedía noticias ó intentaba descifrar por encima de sus hombros los
gruesos y sensacionales rótulos que encabezaban la hoja. En la -rue des
Mathurins-, al otro lado del -square-, un corro de, trabajadores, bajo
el toldo de una taberna, oía los comentarios de un amigo, que acompañaba
sus palabras agitando el periódico con ademanes oratorios. El tránsito
en las calles, el movimiento general de la ciudad, era lo mismo que en
los otros días, pero á Julio le pareció que los vehículos iban más
aprisa, que había en el aire un estremecimiento de fiebre, que las
gentes hablaban y sonreían de un modo distinto. Todos parecían
conocerse. A él mismo le miraban la mujeres del jardín como si le
hubiesen visto en los días anteriores. Podía acercarse á ellas y
entablar conversación, sin que experimentasen extrañeza.
«Hablan de la guerra», volvió á repetirse; pero con la conmiseración de
una inteligencia superior que conoce el porvenir y se halla por encima
de las impresiones del vulgo.
Sabía á qué atenerse. Había desembarcado á las diez de la noche, aún no
hacía veinticuatro horas que pisaba tierra, y su mentalidad era la de un
hombre que viene de lejos, á través de las inmensidades oceánicas, de
los horizontes sin obstáculos, y se sorprende viéndose asaltado por las
preocupaciones que gobiernan á las aglomeraciones humanas. Al
desembarcar había estado dos horas en un café de Boulogne, contemplando
cómo las familias burguesas pasaban la velada en la monótona placidez de
una vida sin peligros. Luego, el tren especial de los viajeros de
América le había conducido á París, dejándolo á las cuatro de la
madrugada en un andén de la estación del Norte entre los brazos de Pepe
Argensola, joven español al que llamaba unas veces «mi secretario» y
otras «mi escudero», por no saber con certeza qué funciones desempeñaba
cerca de su persona. En realidad, era una mezcla de amigo y de parásito,
el camarada pobre, complaciente y activo que acompaña al señorito de
familia rica en mala inteligencia con sus padres, participando de las
alternativas de su fortuna, recogiendo las migajas de los días prósperos
é inventando expedientes para conservar las apariencias en las horas de
penuria.
--¿Qué hay de la guerra?--lo había dicho Argensola antes de preguntarle
por el resultado de su viaje--. Tú vienes de fuera y debes saber mucho.
Luego se había dormido en su antigua cama, guardadora de gratos
recuerdos, mientras el «secretario» paseaba por el estudio hablando de
Servia, de Rusia y del kaiser. También este muchacho, escéptico para
todo lo que no estuviese en relación con su egoísmo, parecía contagiado
por la preocupación general. Cuando despertó, la carta de ella citándole
para las cinco de la tarde contenía igualmente algunas palabras sobre el
temido peligro. A través de su estilo de enamorada parecía transpirar la
preocupación de París. Al salir en busca del almuerzo, la portera, con
pretexto de darle la bienvenida, le había pedido noticias. Y en el
restorán, en el café, en la calle, siempre la guerra... la posibilidad
de una guerra con Alemania...
Desnoyers era optimista. ¿Qué podían significar estas inquietudes para
un hombre como él, que acababa de vivir más de veinte días entre
alemanes, cruzando el Atlántico bajo la bandera del Imperio?...
Había salido de Buenos Aires en un vapor de Hamburgo: el -König
Friedrich August-. El mundo estaba en santa tranquilidad cuando el buque
se alejó de tierra. Sólo en Méjico blancos y mestizos se exterminaban
revolucionariamente, para que nadie pudiese creer que el hombre es un
animal degenerado por la paz. Los pueblos demostraban en el resto del
planeta una cordura extraordinaria. Hasta en el trasatlántico, el
pequeño mundo de pasajeros, de las más diversas nacionalidades, parecía
un fragmento de la sociedad futura implantado como ensayo en los tiempos
presentes, un boceto del mundo del porvenir, sin fronteras ni
antagonismos de razas.
Una mañana, la música de á bordo, que hacía oir todos los domingos el
-Coral- de Lutero, despertó á los durmientes de los camarotes de primera
ciase con la más inaudita de las alboradas. Desnoyers se frotó los ojos
creyendo vivir aún en las alucinaciones del sueño. Los cobres alemanes
rugían la Marsellesa por los pasillos y las cubiertas. El camarero,
sonriendo ante su asombro, acabó por explicar el acontecimiento:
«Catorce de Julio». En los vapores alemanes se celebran como propias las
grandes fiestas de todas las naciones que proporcionan carga y
pasajeros. Sus capitanes cuidan escrupulosamente de cumplir los ritos de
esta religión de la bandera y del recuerdo histórico. La más
insignificante República ve empavesado el buque en su honor. Es una
diversión más, que ayuda á combatir la monotonía del viaje y sirve á los
altos fines de la propaganda germánica. Por primera vez la gran fecha de
Francia era festejada en un buque alemán; y mientras los músicos seguían
paseando por los diversos pisos una Marsellesa galopante, sudorosa y con
el pelo suelto, los grupos matinales comentaban el suceso. «¡Qué
finura!--decían las damas sudamericanas--. Estos alemanes no son tan
ordinarios como parecen. Es una atención... algo muy distinguido. ¿Y aún
hay quien cree que ellos y Francia van á golpearse?...»
Los contadísimos franceses que viajaban en el buque se veían admirados,
como si hubiesen crecido desmesuradamente ante la pública consideración.
Eran tres nada más: un joyero viejo que venía de visitar sus sucursales
de América y dos muchachas comisionistas de la -rue de la Paix-, las
personas más modositas y tímidas de á bordo, vestales de ojos alegres y
nariz respingada, que se mantenían aparte, sin permitirse la menor
expansión en este ambiente poco grato. Por la noche hubo banquete de
gala. En el fondo del comedor, la bandera francesa y la del Imperio
formaban un vistoso y disparatado cortinaje. Todos los pasajeros
alemanes iban de frac y sus damas exhibían las blancuras de sus escotes.
Los uniformes de los sirvientes brillaban como en un día de gran
revista. A los postres sonó el repiqueteo de un cuchillo sobre un vaso,
y se hizo el silencio. El comandante iba á hablar. Y el bravo marino,
que unía á sus funciones náuticas la obligación de hacer arengas en los
banquetes y abrir los bailes con la dama de mayor respeto, empezó el
desarrollo de un rosario de palabras semejantes á frotamientos de
tabletas, con largos intervalos de vacilante silencio. Desnoyers sabía
un poco de alemán, como recuerdo de sus relaciones con los parientes
que tenía en Berlín, y pudo atrapar algunas palabras. El comandante
repetía á cada momento «paz» y «amigos». Un vecino de mesa, comisionista
de comercio, se ofreció como intérprete, con la obsequiosidad del que
vive de la propaganda.
--El comandante pide á Dios que mantenga la paz entre Alemania y Francia
y espera que cada vez serán más amigos los dos pueblos.
Otro orador se levantó en la misma mesa que ocupaba el marino. Era el
más respetado de los pasajeros alemanes, un rico industrial de
Düsseldorf que venía de visitar á sus corresponsales de América. Nunca
lo designaban por su nombre. Tenía el título de consejero de Comercio, y
para sus compatriotas era -Herr Comerzienrath-, así como su esposa se
hacía dar el título de -Frau Rath-. La «señora consejera», mucho más
joven que su importante esposo, había atraído desde el principio del
viaje la atención de Desnoyers. Ella, por su parte, hizo una excepción
en favor de este joven argentino, abdicando su título desde la primera
conversación. «Me llamo Berta», dijo dengosamente, como una duquesa de
Versalles á un lindo abate sentado á sus pies. El marido también
protestó al oir que Desnoyers le llamaba «consejero» como sus
compatriotas: «Mis amigos me llaman capitán. Yo mando una compañía de la
-landsturm-.» Y el gesto con que el industrial acompañó estas palabras
revelaba la melancolía de un hombre no comprendido, menospreciando los
honores que goza para pensar únicamente en los que no posee.
Mientras pronunciaba el discurso, Julio examinó su pequeña cabeza y su
robusto pescuezo, que le daban cierta semejanza con un perro de pelea.
Imaginariamente veía el alto y opresor cuello del uniforme haciendo
surgir sobre sus bordes un doble bullón de grasa roja. Los bigotes
enhiestos y engomados tomaban un avance agresivo. Su voz era cortante y
seca, como si sacudiese las palabras... Así debía lanzar el emperador
sus arengas. Y el burgués belicoso, con instintiva simulación, encogía
el brazo izquierdo, apoyando la mano en la empuñadura de un sable
invisible.
A pesar de su gesto fiero y su oratoria de mando, todos los oyentes
alemanes rieron estrepitosamente á las primeras palabras, como hombres
que saben apreciar el sacrificio de un -Herr Comerzienrath- cuando se
digna divertir á una reunión.
--Dice cosas muy graciosas de los franceses--apuntó el intérprete en voz
baja--. Pero no son ofensivas.
Julio había adivinado algo de esto al oir repetidas veces la palabra
-franzosen-. Se daba cuenta aproximadamente de lo que decía el orador:
«-Franzosen-, niños grandes, alegres, graciosos, imprevisores. ¡Las
cosas que podrían hacer juntos los alemanes y ellos, si olvidaban los
rencores del pasado!» Los oyentes germanos ya no reían. El consejero
renunciaba á su ironía, una ironía grandiosa, aplastante, de muchas
toneladas de peso, enorme como el buque. Ahora desarrollaba la parte
seria de su arenga, y el mismo comisionista parecía conmovido.
--Dice, señor--continuó--, que desea que Francia sea muy grande y que
algún día marchemos juntos contra otros enemigos... ¡contra otros!
Y guiñaba un ojo sonriendo maliciosamente, con la misma sonrisa de común
inteligencia que despertaba en todos esta alusión al misterioso enemigo.
Al final, el capitán consejero levantó su copa por Francia. «-¡Hoc!-»,
gritó como si mandase una evolución á sus soldados de la reserva. Por
tres veces dió el grito, y toda la masa germánica, puesta de pie,
contestó con un «-¡Hoc!-» semejante á un rugido, mientras la música,
instalada en el antecomedor, rompía á tocar la -Marsellesa-.
Desnoyers se conmovió. Un escalofrío de entusiasmo subía por su espalda.
Se le humedecieron los ojos, y al beberse el champañ creyó haber tragado
algunas lágrimas. El llevaba un nombre francés, tenía sangre francesa, y
lo que hacían aquellos -gringos---que las más de las veces le parecían
ridículos y ordinarios--era digno de agradecimiento. ¡Los subditos del
kaiser festejando la gran fecha de la Revolución!... Creyó estar
asistiendo á un gran suceso histórico.
--¡Muy bien!--dijo á otros sudamericanos que ocupaban las mesas
inmediatas--. Hay que reconocer que han estado muy gentiles.
Luego, con la vehemencia de sus veintisiete años, acometió en el
antecomedor al joyero, echándole en cara su mutismo. Era el único
ciudadano de Francia que iba á bordo. Debía haber dicho cuatro palabras
de agradecimiento. La fiesta terminaba mal por su culpa.
--¿Y por qué no ha hablado usted, que es hijo de francés?--dijo el otro.
--Yo soy ciudadano argentino--contestó Julio.
Y se alejó del joyero, mientras éste, pensando que «podía haber
hablado», daba explicaciones á los que le rodeaban. Era muy peligroso
mezclarse en asuntos diplomáticos. Además, él «no tenía instrucciones de
su gobierno». Y por unas cuantas horas se creyó un hombre que había
estado á punto de desempeñar un gran papel en la Historia.
Desnoyers pasaba el resto de la noche en el fumadero, atraído por la
presencia de la «señora consejera». El capitán de la -landsturm-,
avanzando un enorme cigarro entre sus bigotes, jugaba al -poker- con
otros compatriotas que le seguían en orden de dignidades y riquezas. Su
compañera se mantenía al lado suyo gran parte de la velada, presenciando
el ir y venir de los camareros cargados de -bocks-, sin atreverse á
intervenir en este consumo enorme de cerveza. Su preocupación era
guardar un asiento vacío junto á ella para que lo ocupase Desnoyers. Le
tenía por el hombre más «distinguido» de á bordo porque tomaba champañ
en todas las comidas. Era de mediana estatura, moreno, con un pie
breve--que la obligaba á ella á recoger los suyos debajo de las
faldas--, y su frente aparecía como un triángulo bajo dos crenchas de
pelo lisas, negras, lustrosas cual planchas de laca. El tipo opuesto de
los hombres que la rodeaban. Además vivía en París, en la ciudad que
ella no había visto nunca, después de numerosos viajes por ambos
hemisferios.
--¡Oh, París! ¡París!--decía abriendo los ojos y frunciendo los labios
para expresar su admiración cuando hablaba á solas con el argentino--.
¡Cómo me gustaría ir á él!
Y para que le contase las cosas de París se permitía ciertas
confidencias sobre los placeres de Berlín, pero con ruborosa modestia,
admitiendo por adelantado que en el mundo hay más, mucho más, y que ella
deseaba conocerlo.
Julio, al pasear ahora en torno de la Capilla Expiatoria, se acordaba
con cierto remordimiento de la esposa del consejero Erckmann. ¡El, que
había hecho el viaje á América por una mujer, para reunir dinero y
casarse con ella!... Pero inmediatamente encontraba excusas á su
conducta. Nadie iba á saber lo ocurrido. Además, él no era un asceta, y
Berta Erckmann representaba una amistad tentadora en medio del mar. Al
recordarla, veía imaginariamente un caballo de carreras grande, enjuto,
rabio y de largas zancas. Era una alemana á la moderna, que no reconocía
otro defecto á su país que la pesadez de sus mujeres, combatiendo en su
persona este peligro nacional con toda clase de métodos alimenticios. La
comida era para ella un tormento, y el desfile de los -bocks- en el
fumadero un suplicio tantalesco. La esbeltez conseguida y mantenida por
esta tensión de la voluntad dejaba más visible la robustez de su
andamiaje, el fuerte esqueleto, con mandíbulas poderosas y unos dientes
grandes, sanos, deslumbradores, que tal vez daban origen á la
comparación irreverente de Desnoyers. «Es delgada y sin embargo enorme»,
se decía al examinarla. Pero á continuación la declaraba igualmente la
mujer más distinguida de á bordo; distinguida para el Océano, elegante á
estilo de Munich, con vestidos de colores indefinibles que hacían
recordar el arte persa y las viñetas de los manuscritos medioevales. El
marido admiraba la elegancia de Berta, lamentando en secreto su
esterilidad casi como un delito de alta traición. La patria alemana era
grandiosa por la fecundidad de sus mujeres. El kaiser, con sus
hipérboles de artista, había hecho constar que la verdadera belleza
alemana debe tener el talle á partir de un metro cincuenta.
Cuando entró Desnoyers en el fumadero para ocupar el asiento que le
reservaba la consejera, el marido y sus opulentos camaradas tenían la
baraja inactiva sobre el verde tapete. -Herr Rath- continuaba entre
amigos su discurso, y los oyentes se sacaban el cigarro de los labios
para lanzar gruñidos de aprobación. La presencia de Julio provocó una
sonrisa de general amabilidad. Era Francia que venía á fraternizar con
ellos. Sabían que su padre era francés, y esto bastaba para que lo
acogiesen como si llegase en línea recta del palacio del muelle de
Orsay, representando á la más alta diplomacia de la República. El afán
de proselitismo hizo que todos ellos le concediesen de pronto una
importancia desmesurada.
--Nosotros--continuó el consejero, mirando fijamente á Desnoyers como si
esperase de él una declaración solemne--deseamos vivir en buena amistad
con Francia.
El joven Julio aprobó con la cabeza, para no mostrarse desatento. Le
parecía muy bueno que las gentes no fuesen enemigas. Por él, podía
afirmarse esta amistad cuanto quisieran. Lo único que le interesaba en
aquellos momentos era cierta rodilla que buscaba la suya por debajo de
la mesa, transmitiéndole su dulce calor á través de un doble telón de
sedas.
--Pero Francia--siguió quejumbrosamente el industrial--se muestra arisca
con nosotros. Hace años que nuestro emperador le tiende la mano con
noble lealtad, y ella finge no verla... Eso reconocerá usted que no es
correcto.
Aquí Desnoyers creyó que debía decir algo, para que el orador no
adivinase sus verdaderas preocupaciones.
--Tal vez no hacen ustedes bastante. ¡Si ustedes devolviesen, ante todo,
lo que le quitaron!...
Se hizo un silencio de estupefacción, como si hubiese sonado en el buque
la señal de alarma. Algunos de los que se llevaban el cigarro á los
labios quedaron con la mano inmóvil á dos dedos de la boca, abriendo los
ojos desmesuradamente. Pero allí estaba el capitán de la -landsturm-
para dar forma á su muda protesta.
--¡Devolver!--dijo con una voz que parecía ensordecida por el repentino
hinchamiento de su cuello--. Nosotros no tenemos por qué devolver nada,
ya que nada hemos quitado. Lo que poseemos lo ganamos con nuestro
heroísmo.
La oculta rodilla se hizo más insinuante, como si aconsejase prudencia
al joven con sus dulces frotamientos.
--No diga usted esas cosas--suspiró Berta--. Eso sólo lo dicen los
republicanos corrompidos de París. ¡Un joven tan distinguido, que ha
estado en Berlín y tiene parientes en Alemania!...
Pero Desnoyers ante toda afirmación hecha con tono altivo sentía un
impulso hereditario de agresividad, y dijo fríamente:
--Es como si yo le quitase á usted el reloj y luego le propusiera que
fuésemos amigos, olvidando lo ocurrido. Aunque usted pudiera olvidar, lo
primero sería que yo le devolviese el reloj.
Quiso responder tantas cosas á la vez el consejero Erckmann, que
balbuceó, saltando de una idea á otra: ¡Comparar la reconquista de
Alsacia á un robo!... ¡Una tierra alemana!... La raza... la lengua... la
historia...
--Pero ¿dónde consta su voluntad de ser alemana?--preguntó el joven sin
perder la calma--. ¿Cuándo han consultado ustedes su opinión?...
Quedó indeciso el consejero, como si dudase entre caer sobre el
insolente ó aplastarlo con su desprecio.
--Joven, usted no sabe lo que dice--afirmó al fin con majestad--. Usted
es argentino y no entiende las cosas de Europa.
Y los demás asintieron, despojándolo repentinamente de la ciudadanía que
le habían atribuído poco antes. El consejero, con una rudeza militar, le
había vuelto la espalda, y tomando la baraja, distribuía cartas. Se
reanudó la partida. Desnoyers, viéndose aislado por este menosprecio
silencioso, sintió deseos de interrumpir el juego con una violencia.
Pero la oculta rodilla seguía aconsejándole la calma y una mano no menos
invisible buscó su diestra, oprimiéndola dulcemente. Esto bastó para que
recobrase la serenidad. La «señora consejera» seguía con ojos fijos la
marcha del juego. El miró también, y una sonrisa maligna contrajo
levemente los extremos de su boca, al mismo tiempo que se decía
mentalmente, á guisa de consuelo: «¡Capitán, capitán!... No sabes lo que
te espera.»
En tierra firme no se habría acercado más á estos hombres; pero la vida
en un trasatlántico, con su inevitable promiscuidad, obliga al olvido.
Al otro día, el consejero y sus amigos fueron en busca de él,
extremando sus amabilidades para borrar todo recuerdo enojoso. Era un
joven «distinguido», pertenecía á una familia rica, y todos ellos
poseían en su país tiendas y otros negocios. De lo único que cuidaron
fué de no mencionar más su origen francés. Era argentino, y todos á coro
se interesaban por la grandeza de su nación y de todas las naciones de
la América del Sur, donde tenían corresponsales y empresas, exagerando
su importancia como si fuesen grandes potencias, comentando con gravedad
los hechos y palabras de sus personajes políticos, dando á entender que
en Alemania no había quien no se preocupase de su porvenir, prediciendo
á todas ellas una gloria futura, reflejo de la del Imperio, siempre que
se mantuviesen bajo la influencia germánica.
A pesar de estos halagos, Desnoyers no se presentó con la misma
asiduidad que antes á la hora del -poker-. La consejera se retiraba á su
camarote más pronto que de costumbre. La proximidad de la línea
equinoccial le proporcionaba un sueño irresistible, abandonando á su
esposo, que seguía con los naipes en la mano. Julio, por su parte, tenía
misteriosas ocupaciones que sólo le permitían subir á la cubierta
después de media noche. Con la precipitación de un hombre que desea ser
visto para evitar sospechas, entraba en el fumadero hablando alto y
venía á sentarse junto al marido y sus camaradas. La partida había
terminado, y un derroche de cerveza y gruesos cigarros de Hamburgo
servía para festejar el éxito de los gananciosos. Era la hora de las
expansiones germánicas, de la intimidad entre hombres, de las bromas
lentas y pesadas, de los cuentos subidos de color. El consejero presidía
con toda su grandeza estas diabluras de los amigos, sesudos negociantes
de los puertos anseáticos que gozaban de grandes créditos en el
-Deutsche Bank- ó tenderos instalados en las repúblicas del Plata con
una familia innumerable. El era un guerrero, un capitán, y al celebrar
cada chiste lento con una risa que hinchaba su robusta cerviz, creía
estar en el vivac entre sus compañeros de armas.
En honor de los sudamericanos que, cansados de pasear por la cubierta,
entraban á oir lo que decían los -gringos-, los cuentistas vertían al
español las gracias y los relatos licenciosos despertados en su memoria
por la cerveza abundante. Julio admiraba la risa fácil de que estaban
dotados todos estos hombres. Mientras los extranjeros permanecían
impasibles, ellos reían con sonoras carcajadas, echándose atrás en sus
asientos. Y cuando el auditorio alemán permanecía frío, el cuentista
apelaba á un recurso infalible para remediar su falta de éxito.
--A kaiser le contaron este cuento, y cuando kaiser lo oyó, kaiser rió
mucho.
No necesitaba decir más. Todos reían, «¡ja, ja, ja!» con una carcajada
espontánea, pero breve; una risa en tres golpes, pues el prolongarla
podía interpretarse como una falta de respeto á la majestad.
Cerca de Europa, una oleada de noticias salió al encuentro del buque.
Los empleados del telégrafo sin hilo trabajaban incesantemente. Una
noche, al entrar Desnoyers en el fumadero, vió á los notables germánicos
manoteando y con los rostros animados. No bebían cerveza: habían hecho
destapar botellas de champañ alemán, y la -Frau- consejera, impresionada
sin duda por los acontecimientos, se abstenía de bajar á su camarote. El
capitán Erckmann, al ver al joven argentino, le ofreció una copa.
--Es la guerra--dijo con entusiasmo--, la guerra que llega... ¡Ya era
hora!
Desnoyers hizo un gesto de asombro. ¡La guerra!... ¿Qué guerra es
esa?... Había leído, como todos, en la tablilla de anuncios del
antecomedor un radiograma dando cuenta de que el gobierno austriaco
acababa de enviar un ultimátum á Servia, sin que esto le produjese la
menor emoción. Menospreciaba las cuestiones de los Balkanes. Eran
querellas de pueblos piojosos, que acaparaban la atención del mundo,
distrayéndolo de empresas más serias. ¿Cómo podía interesar este suceso
al belicoso consejero? Las dos naciones acabarían por entenderse. La
diplomacia sirve algunas veces para algo.
--No--insistió ferozmente el alemán--; es la guerra, la bendita guerra.
Rusia sostendrá á Servia, y nosotros apoyaremos á nuestra aliada... ¿Qué
hará Francia? ¿Usted sabe lo que hará Francia?...
Julio levantó los hombros con mal humor, como pidiendo que le dejase en
paz.
--Es la guerra--continuó el consejero--, la guerra preventiva que
necesitamos. Rusia crece demasiado aprisa y se prepara contra nosotros.
Cuatro años más de paz, y habrá terminado sus ferrocarriles estratégicos
y su fuerza militar, unida á la de sus aliados, valdrá tanto como la
nuestra. Mejor es darle ahora un buen golpe. Hay que aprovechar la
ocasión... ¡La guerra! ¡La guerra preventiva!
Todo su clan le escuchaba en silencio. Algunos no parecían sentir el
contagio de su entusiasmo. ¡La guerra!... Con la imaginación veían los
negocios paralizados, los corresponsales en quiebra, los Bancos cortando
los créditos... una catástrofe más pavorosa para ellos que las matanzas
de las batallas. Pero aprobaban con gruñidos y movimientos de cabeza las
feroces declamaciones de Erckmann. Era un -Herr Rath-, y además un
oficial. Debía estar en el secreto de los destinos de su patria, y esto
bastaba para que bebiesen en silencio por el éxito de la guerra.
El joven creyó que el consejero y sus admiradores estaban borrachos.
«Fíjese, capitán--dijo con tono conciliador--, eso que usted dice tal
vez carece de lógica.» ¿Cómo podía convenir una guerra á la industriosa
Alemania? Por momentos iba ensanchando su acción: cada mes conquistaba
un mercado nuevo; todos los años su balance comercial aparecía aumentado
en proporciones inauditas. Sesenta años antes tenía que tripular sus
escasos buques con los cocheros de Berlín castigados por la policía.
Ahora sus flotas comerciales y de guerra surcaban todos los océanos, y
no había puerto donde la mercancía germánica no ocupase la parte más
considerable de los muelles. Sólo necesitaba seguir viviendo de este
modo, mantenerse alejada de las aventuras guerreras. Veinte años más de
paz, y los alemanes serían los dueños de los mercados del mundo,
venciendo á Inglaterra, su maestra de ayer, en esta lucha sin sangre. ¿Y
todo esto iban á exponerlo--como el que juega su fortuna entera á una
carta--en una lucha que podía serles desfavorable?...
--No; la guerra--insistió rabiosamente el consejero--, la guerra
preventiva. Vivimos rodeados de enemigos, y esto no puede continuar. Es
mejor que terminemos de una vez. ¡O ellos ó nosotros! Alemania se siente
con fuerzas para desafiar al mundo. Debemos poner fin á la amenaza rusa.
Y si Francia no se mantiene quietecita, ¡peor para ella!... Y si alguien
más... ¡alguien! se atreve á intervenir en contra nuestra, ¡peor para
él! Cuando yo monto en mis talleres una máquina nueva, es para hacerla
producir y que no descanse. Nosotros poseemos el primer ejército del
mundo, y hay que ponerlo en movimiento para que no se oxide.
Luego añadió con pesada ironía:
--Han establecido un círculo de hierro en torno de nosotros para
ahogarnos. Pero Alemania tiene los pechos robustos, y le basta
hincharlos para romper el corsé. Hay que despertar, antes de que nos
veamos maniatados mientras dormimos. ¡Ay del que encontremos enfrente de
nosotros!...
Desnoyers sintió la necesidad de contestar á estas arrogancias. El no
había visto nunca el círculo de hierro de que se quejaban los alemanes.
Lo único que hacían las naciones era no seguir viviendo confiadas é
inactivas ante la desmesurada ambición germánica. Se preparaban
simplemente para defenderse de una agresión casi segura. Querían
sostener su dignidad, atropellada continuamente por las más inauditas
pretensiones.
--¿No serán los otros pueblos--preguntó--los que se ven obligados á
defenderse, y ustedes los que representan un peligro para el mundo?...
Una mano invisible buscó la suya por debajo de la mesa, como algunas
noches antes, para recomendarle prudencia. Pero ahora apretaba fuerte,
con la autoridad que confiere el derecho adquirido.
--¡Oh, señor!--suspiró la dulce Berta--. ¡Decir esas cosas un joven tan
distinguido y que tiene...!
No pudo continuar, pues su esposo le cortó la palabra. Ya no estaban en
los mares de América, y el consejero se expresó con la rudeza de un
dueño de casa.
--Tuve el honor de manifestarle, joven--dijo, imitando la cortante
frialdad de los diplomáticos--, que usted no es mas que un sudamericano,
é ignora las cosas de Europa.
No le llamó «indio», pero Julio oyó interiormente la palabra lo mismo
que si el alemán la hubiese proferido. ¡Ay, si la garra oculta y suave
no le tuviese sujeto con sus crispaciones de emoción!... Pero este
contacto mantuvo su calma y hasta le hizo sonreir. «¡Gracias,
capitán!--dijo mentalmente--. Es lo menos que puedes hacer para
cobrarte.»
Y aquí terminaron sus relaciones con el consejero y su grupo. Los
comerciantes, al verse cada vez más próximos á su patria, se iban
despojando del servil deseo de agradar que les acompañaba en sus viajes
al Nuevo Mundo. Tenían, además, graves cosas de que ocuparse. El
servicio telegráfico funcionaba sin descanso. El comandante del buque
conferenciaba en su camarote con el consejero, por ser el compatriota de
mayor importancia. Sus amigos buscaban los lugares más ocultos para
hablar entre ellos. Hasta Berta comenzó á huir de Desnoyers. Le sonreía
aún de lejos, pero su sonrisa iba dirigida más á los recuerdos que á la
realidad presente.
Entre Lisboa y las costas de Inglaterra, habló Julio por última vez con
el marido. Todas las mañanas aparecían en la tablilla del antecomedor
noticias alarmantes transmitidas por los aparatos radiográficos. El
Imperio se estaba armando contra sus enemigos. Dios los castigaría,
haciendo caer sobre ellos toda clase de desgracias. Desnoyers quedó
estupefacto de asombro ante la última noticia. «Trescientos mil
revolucionarios sitian á París en este momento. Los barrios exteriores
empiezan á arder. Se reproducen los horrores de la Commune.»
--¡Pero estos alemanes se han vuelto locos!--gritó el joven ante el
radiograma, rodeado de un grupo de curiosos tan asombrados como él--.
Vamos á perder el poco sentido que nos queda... ¿Qué revolucionarios son
esos? ¿Qué revolución puede estallar en París si los hombres del
gobierno no son reaccionarios?
Una voz se elevó detrás de él, ruda, autoritaria, como si pretendiese
cortar las dudas del auditorio. Era el -Herr- consejero el que hablaba.
--Joven, esas noticias las envían las primeras agencias de Alemania... Y
Alemania no miente nunca.
Después de esta afirmación le volvió la espalda, y ya no se vieron más.
En la madrugada siguiente--último día del viaje--, el camarero de
Desnoyers lo despertó con apresuramiento. «-Herr-, suba á cubierta:
lindo espectáculo.» El mar estaba velado por la niebla, pero entre los
brumosos telones se marcaban unas siluetas semejantes á islas con
robustas torres y agudos minaretes. Las islas avanzaban sobre el agua
aceitosa lenta y majestuosamente, con pesadez sombría. Julio contó hasta
diez y ocho. Parecían llenar el Océano. Era la escuadra de la Mancha,
que acababa de salir de las costas de Inglaterra por orden del gobierno,
navegando sin otro fin que el de hacer constar su fuerza. Por primera
vez, viendo entre la bruma este desfile de -dreadnoughts-, que evocaban
la imagen de un rebaño de monstruos marinos de la prehistoria, se dió
cuenta exacta Desnoyers del poderío británico. El buque alemán pasó
entre ellos empequeñecido, humillado, acelerando su marcha. «Cualquiera
diría--pensó el joven--que tiene la conciencia inquieta y desea ponerse
en salvo.» Cerca de él, un pasajero sudamericano bromeaba con un alemán.
«¡Si la guerra se hubiese declarado ya entre ellos y ustedes!... ¡Si nos
hiciesen prisioneros!»
Después de mediodía entraron en la rada de Sóuthampton. El -Friedrich
August- mostró prisa en salir cuanto antes. Las operaciones se hicieron
con vertiginosa rapidez. La carga fué enorme: carga de personas y de
equipajes. Dos vapores llenos abordaron al trasatlántico. Una avalancha
de alemanes residentes en Inglaterra invadió las cubiertas con la
alegría del que pisa suelo amigo, deseando verse cuanto antes en
Hamburgo. Luego, el buque avanzó por el canal con una rapidez desusada
en estos parajes.
La gente, asomada á las bordas, comentaba los extraordinarios encuentros
en este bulevar marítimo, frecuentado ordinariamente por buques de paz.
Unos humos en el horizonte eran los de la escuadra francesa llevando al
presidente Poincaré, que volvía de Rusia. La alarma europea había
interrumpido su viaje. Luego vieron más navíos ingleses que rondaban
ante sus costas como perros agresivos y vigilantes. Dos acorazados de la
América del Norte se dieron á conocer por sus mástiles en forma de
cestos. Después pasó á todo vapor, con rumbo al Báltico, un navío ruso,
blanco y lustroso desde las cofas á la línea de flotación.
«¡Mal!--clamaban los viajeros procedentes de América--. ¡Muy mal! Parece
que esta vez va la cosa en serio.» Y miraban con inquietud las costas
cercanas á un lado y á otro. Ofrecían el aspecto de siempre, pero detrás
de ellas se estaba preparando tal vez un nuevo período de Historia.
El trasatlántico debía llegar á Boulogne á media noche, aguardando hasta
el amanecer para que desembarcasen cómodamente los viajeros. Sin
embargo, llegó á las diez, echó el ancla lejos del puerto y el
comandante dió órdenes para que el desembarco se hiciese en menos de una
hora. Para esto había acelerado la marcha, derrochando carbón.
Necesitaba alejarse cuanto antes, en busca del refugio de Hamburgo. Por
algo funcionaban los aparatos radiográficos.
A la luz de los focos azules, que esparcían sobre el mar una claridad
lívida, empezó el transbordo de pasajeros y equipajes con destino á
París desde el trasatlántico á los remolcadores. «¡Aprisa! ¡aprisa!» Los
marineros empujaban á las señoras de paso tardo, que recontaban sus
maletas creyendo haber perdido alguna. Los camareros cargaban con los
niños como si fuesen paquetes. La precipitación general hacía
desaparecer la exagerada y untuosa amabilidad germánica. «Son como
lacayos--pensó Desnoyers--. Creen próxima la hora del triunfo y no
consideran necesario fingir...»
Se vió en un remolcador que danzaba sobre las ondulaciones del mar,
frente al muro negro é inmóvil del trasatlántico, acribillado de
redondeles luminosos y con los balconajes de las cubiertas repletos de
gente que saludaba agitando pañuelos. Julio reconoció á Berta, que movía
una mano, pero sin verle, sin saber en qué remolcador estaba, por una
necesidad de manifestar su agradecimiento á los dulces recuerdos que se
iban á perder en el misterio del mar y de la noche. «¡Adiós, consejera!»
Empezó á agrandarse la distancia entre el trasatlántico que partía y los
remolcadores que navegaban hacia la boca del puerto. Como si hubiese
aguardado este momento de impunidad, una voz estentórea surgió de la
última cubierta con acompañamiento de ruidosas carcajadas. «¡Hasta
luego! ¡Pronto nos veremos en París!» Y la banda de música, la misma
banda que trece días antes había asombrado á Desnoyers con su inesperada
-Marsellesa-, rompió á tocar una marcha guerrera del tiempo de Federico
el Grande, una marcha de granaderos con acompañamiento de trompetas.
Así se perdió en la sombra, con la precipitación de la fuga y la
insolencia de una venganza próxima, el último trasatlántico alemán que
tocó en las costas francesas.
Esto había sido en la noche anterior. Aún no iban transcurridas
veinticuatro horas, pero Desnoyers lo consideraba como un suceso lejano
de vagorosa realidad. Su pensamiento, dispuesto siempre á la
contradicción, no participaba de la alarma general. Las arrogancias del
consejero le parecían ahora baladronadas de un burgués metido á soldado.
Las inquietudes de la gente de París eran estremecimientos nerviosos de
un pueblo que vive plácidamente y se alarma apenas vislumbra un peligro
para su bienestar. ¡Tantas veces habían hablado de una guerra inmediata,
solucionándose el conflicto en el último instante!... Además, él no
quería que hubiese guerra, porque la guerra trastornaba sus planes de
vida futura, y el hombre acepta como lógico y razonable todo lo que
conviene á su egoísmo, colocándolo por encima de la realidad.
--No; no habrá guerra--repitió mientras paseaba por el jardín--. Estas
gentes parecen locas. ¿Cómo puede surgir una guerra en estos tiempos?...
Y después de aplastar sus dudas, que renacerían indudablemente al poco
rato, pensó en la realidad del momento, consultando su reloj. Las cinco.
Ella iba á llegar de un instante á otro. Creyó reconocerla de lejos en
una señora que atravesaba la verja por la entrada de la -rue Pasquier-.
Le parecía algo distinta, pero se le ocurrió que las modas veraniegas
podían haber cambiado el aspecto de su persona. Antes de que se
aproximase pudo convencerse de su error. No iba sola: otra señora se
unió á ella. Eran tal vez inglesas ó norteamericanas, de las que rinden
un culto romántico á la memoria de María Antonieta. Deseaban visitar la
Capilla Expiatoria, antigua tumba de la reina ejecutada. Julio las vió
cómo subían los peldaños atravesando el patio interior, en cuyo suelo
están enterrados ochocientos suizos muertos en la jornada del 10 de
Agosto, con otras víctimas de la cólera revolucionaria.
Desalentado por esta decepción, siguió paseando. Su mal humor le hizo
ver considerablemente agrandada la fealdad del monumento con que la
restauración borbónica había adornado el antiguo cementerio de la
Magdalena. Pasaba el tiempo sin que ella llegase. En cada una de sus
vueltas miraba ávidamente hacia las entradas del jardín. Y ocurrió lo
que en todas sus entrevistas. Ella se presentó de repente, como si
cayese de lo alto ó surgiera del suelo lo mismo que una aparición. Una
tos, un leve ruido de pasos, y al volverse, Julio casi chocó con la que
llegaba.
--¡Margarita! ¡Oh, Margarita!...
Era ella, y sin embargo tardó en reconocerla. Experimentaba cierta
extrañeza al ver en plena realidad este rostro que había ocupado su
imaginación durante tres meses, haciéndose cada vez más espiritual é
impreciso con el idealismo de la ausencia. Pero la duda fué de breves
instantes. A continuación le pareció que el tiempo y el espacio quedaban
suprimidos, que él no había hecho ningún viaje y sólo iban transcurridas
unas horas desde su última entrevista.
Adivinó Margarita la expansión que iba á seguir á las exclamaciones de
Julio, el apretón vehemente de manos, tal vez algo más, y se mostró fría
y serena.
--No; aquí no--dijo con un mohín de contrariedad--. ¡Qué idea habernos
citado en este sitio!
Fueron á sentarse en las sillas de hierro, al amparo de un grupo de
plantas, pero ella se levantó inmediatamente. Podían verla los que
transitaban por el bulevar con sólo que volviesen los ojos hacia el
jardín. A estas horas, muchas amigas suyas debían andar por las
inmediaciones, á causa de la proximidad de los grandes almacenes...
Buscaron el refugio de una esquina del monumento, metiéndose entre éste
y la -rue des Mathurins-. Desnoyers colocó dos sillas junto á un macizo
de vegetación, y al sentarse quedaron invisibles para los que
transitaban por el otro lado de la verja. Pero ninguna soledad. A pocos
pasos de ellos un señor grueso y miope leía su periódico, un grupo de
mujeres charlaba y hacía labores. Una señora con peluca roja y dos
perros--alguna vecina que bajaba al jardín para dar aire á sus
acompañantes--pasó varias veces ante la amorosa pareja sonriendo
discretamente.
--¡Qué fastidio!--gimió Margarita--. ¡Qué mala idea haber venido á este
lugar!
Se miraban los dos atentamente, como si quisieran darse exacta cuenta de
las transformaciones operadas por el tiempo.
--Estás más moreno--dijo ella--. Pareces un hombre de mar.
Julio la encontraba más hermosa que antes, reconociendo que bien valía
su posesión las contrariedades que habían originado su viaje á América.
Era más alta que él, de una esbeltez elegante y armoniosa. «Tiene el
paso musical», decía Desnoyers al evocar su imagen. Y lo primero que
admiró al volverla á ver fué el ritmo suelto, juguetón y gracioso con
que marchaba por el jardín buscando nuevo asiento. Su rostro no era de
trazos regulares, pero tenía una gracia picante: un verdadero rostro de
parisiense. Todo cuanto han podido inventar las artes del
embellecimiento femenil se reunía en su persona, sometida á los más
exquisitos cuidados. Había vivido siempre para ella. Sólo desde algunos
meses antes abdicó en parte este dulce egoísmo, sacrificando reuniones,
tés y visitas, para dedicar á Desnoyers las horas de la tarde. Elegante
y pintada como una muñeca de gran precio, teniendo por suprema
aspiración el ser un maniquí que realzase con su gracia corporal las
invenciones de los modistos, había acabado por sentir las mismas
preocupaciones y alegrías de las otras mujeres, creándose una vida
interior. El núcleo de esta nueva vida, que permanecía oculta bajo su
antigua frivolidad, fué Desnoyers. Luego, cuando se imaginaba haber
organizado su existencia definitivamente--las satisfacciones de la
elegancia para el mundo y las dichas del amor en íntimo secreto--, una
catástrofe fulminante, la intervención del marido, cuya presencia
parecía haber olvidado, trastornó su inconsciente felicidad. Ella, que
se creía el centro del universo, imaginando que los sucesos debían rodar
con arreglo á sus deseos y gustos, sufrió la cruel sorpresa con más
asombro que dolor.
--Y tú, ¿cómo me encuentras?--siguió diciendo Margarita.
Para que Julio no se equivocase al contestarle, miró su amplia falda,
añadiendo:
--Te advierto que ha cambiado la moda. Terminó la falda -entravé-. Ahora
empieza á llevarse corta y con mucho vuelo.
Desnoyers tuvo que ocuparse del vestido con tanto apasionamiento como de
ella, mezclando las apreciaciones sobre la reciente moda y los elogios á
la belleza de Margarita.
--¿Has pensado mucho en mí?--continuó--. ¿No me has engañado una sola
vez? ¿Ni una siquiera?... Di la verdad: mira que yo conozco bien cuando
mientes.
--Siempre he pensado en ti--dijo él llevándose una mano al corazón como
si jurase ante un juez.
Y lo dijo rotundamente, con un acento de verdad, pues en sus
infidelidades--que ahora estaban completamente olvidadas--le había
acompañado el recuerdo de Margarita.
--¡Pero hablemos de ti!--añadió Julio--. ¿Qué es lo que has hecho en
este tiempo?
Había aproximado su silla á la de ella todo lo posible. Sus rodillas
estaban en contacto. Tomaba una de sus manos, acariciándola,
introduciendo un dedo por la abertura del guante. ¡Aquel maldito jardín,
que no permitía mayores intimidades y les obligaba á hablar en voz baja
después de tres meses de ausencia!... A pesar de su discreción, el
señor que leía el periódico levantó la cabeza para mirarles irritado por
encima de sus gafas, como si una mosca le distrajera con sus zumbidos...
¡Venir á hablar tonterías de amor en un jardín público, cuando toda
Europa estaba amenazada de una catástrofe!
Margarita, repeliendo la mano audaz, habló tranquilamente de su
existencia durante los últimos meses.
--He entretenido mi vida como he podido, aburriéndome mucho. Ya sabes
que me fuí á vivir con mamá, y mamá es una señora á la antigua, que no
comprende nuestros gustos. He ido al teatro con mi hermano; he hecho
visitas al abogado para enterarme de la marcha de mi divorcio y darle
prisa... Y nada más.
--¿Y tu marido?...
--No hablemos de él, ¿quieres? El pobre me da lástima. Tan bueno... tan
correcto. El abogado asegura que pasa por todo y no quiere oponer
obstáculos. Me dicen que no viene á París, que vive en su fábrica.
Nuestra antigua casa está cerrada. Hay veces que siento remordimiento al
pensar que he sido mala con él.
--¿Y yo?--dijo Julio retirando su mano.
--Tienes razón--contestó ella sonriendo--. Tú eres la vida. Resulta
cruel, pero es humano. Debemos vivir nuestra existencia, sin fijarnos en
si molestamos á los demás. Hay que ser egoístas para ser felices.
Los dos quedaron en silencio. El recuerdo del marido había pasado entre
ellos como un soplo glacial. Julio fué el primero en reanimarse.
--¿Y no has bailado en todo este tiempo?
--No; ¿cómo era posible? Fíjate, ¡una señora que está en gestiones de
divorcio!... No he ido á ninguna reunión -chic- desde que te marchaste.
He querido guardar cierto luto por tu ausencia. Un día tangueamos en una
fiesta de familia. ¡Qué horror!... Faltabas tú, maestro.
Habían vuelto á estrecharse las manos y sonreían. Desfilaban ante sus
ojos los recuerdos de algunos meses antes, cuando se había iniciado su
amor, de cinco á siete de la tarde, bailando en los hoteles de los
Campos Elíseos que realizaban la unión indisoluble del tango con la taza
de té.
Ella pareció arrancarse de estos recuerdos á impulsos de una obsesión
tenaz que sólo había olvidado en los primeros instantes del encuentro.
--Tú que sabes mucho, di: ¿crees que habrá guerra? ¡La gente habla
tanto!... ¿No te parece que todo acabará por arreglarse?
Desnoyers la apoyó con su optimismo. No creía en la posibilidad de una
guerra. Era algo absurdo.
--Lo mismo digo yo. Nuestra época no es de salvajes. Yo he conocido
alemanes, personas -chic- y bien educadas, que seguramente piensan igual
que nosotros. Un profesor viejo que va á casa explicaba ayer á mamá que
las guerras ya no son posibles en estos tiempos de adelanto. A los dos
meses, apenas quedarían hombres; á los tres, el mundo se vería sin
dinero para continuar la lucha. No recuerdo cómo era esto, pero él lo
explicaba palpablemente, de un modo que daba gusto oirle.
Reflexionó en silencio, queriendo coordinar sus recuerdos confusos; pero
asustada ante el esfuerzo que esto suponía, añadió por su cuenta:
--Imagínate una guerra. ¡Qué horror! La vida social paralizada. Se
acabarían las reuniones, los trajes, los teatros. Hasta es posible que
no se inventasen modas. Todas las mujeres de luto. ¿Concibes eso?... Y
París desierto... ¡Tan bonito que lo encontraba yo esta tarde cuando
venía en tu busca!... No, no puede ser. Figúrate que el mes próximo nos
vamos á Vichy: mamá necesita las aguas; luego á Biarritz. Después iré á
un castillo del Loire. Y además, hay nuestro asunto, mi divorcio,
nuestro casamiento, que puede realizarse el año que viene... ¡Y todo
esto vendría á estorbarlo y cortarlo una guerra! No, no es posible. Son
cosas de mi hermano y de otros como él, que sueñan con el peligro de
Alemania. Estoy segura de que mi marido, que sólo gusta de ocuparse en
cosas serias y enojosas, también es de los que creen próxima la guerra y
se preparan para hacerla. ¡Qué disparate! Di conmigo que es un
disparate. Necesito que tú me lo digas.
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