acepta tales como son. No pasa la vida orando y contemplando lo perfecto
y lo eterno, sino que arrostra el encuentro de lo malo y de lo feo y
hasta los busca ya que existen, para combatirlo; y triunfar de ellos. No
mira al cielo, pues sabe que no lo hay: examina la tierra que es la
realidad, y en vez de tener las manos siempre juntas en el rezo, que
salva el alma, empuña los rudos instrumentos de trabajo, labora, lucha,
suda en su eterna batalla con el sueño por transformarlo y embellecerlo,
pensando que las fatigas del presente serán buenas obras para la
humanidad del porvenir. Nuestra moral tiene callos en las manos. No son,
como las de la monja, blancas, suaves, con palidez de nácar, cruzadas
sobre el pecho, mientras, los ojos en alto buscan á Dios.
Sánchez Morueta contemplaba con admiración á su primo. ¡Ah; su Luis!
¡Que hombre!... Su pensamiento tímido y fluctuante sentíase arrastrado
por las palabras del médico. Le entusiasmaba aquella apología de la
actividad universal. Él era un sacerdote privilegiado y feliz del
trabajo. Explotaba su estado embrionario, y aunque los fieles clamaban
contra él, queriendo arrojarlo de la iglesia obrara, le satisfacía que
la ensalzasen.
La esposa apretaba los labios, palideciendo ante el desconcierto de su
sobrino, el cual no podía asir muchas de las ideas del doctor. Con su
instinto agresivo de mujer devota intervino en la conversación,
queriendo auxiliar á Urquiola.
--No entiendo esa moral--dijo á Aresti con voz ruda.--Nada me importa:
esa queda para... sabios como tú. Nosotros, los brutos, nos contentamos
con el Catecismo. Pero ya que tanto te ocupas de hacer feliz á la
humanidad, ¿por qué no te acuerdas de la pobre de tu mujer?...
Y hablaba con sorda cólera de la de Lizamendi, que muchas veces lloraba
al visitarla, recordando el pasado. Se veía en una situación difícil, ni
soltera, ni viuda; eludiendo hablar de su estado, ocultándolo casi, para
que nadie pudiese creer que era ella la culpable de la separación. Y
doña Cristina se indignaba al decir esto. ¡Qué había de ser ella! Tan
buena, la pobrecita; tan religiosa; una alma pura de ángel...
--A eso conduce vuestra moral--añadió con dureza.--A hacer infeliz á una
pobre criatura, buena como una santa.
Aresti calló. Parecía atolondrado por la injusticia del ataque. ¡Él,
convertido en verdugo de un ángel! ¡Y aquel ángel era su mujer, y
Cristina le echaba en cara su crimen después de haber visto la aspereza
humillante con que le trataban las de Lizamendi!... Prefirió acoger en
silencio el ataque, sin más protesta que un encogimiento de hombros.
Pero la de Sánchez Morueta no quería verle así. Una voz lanzada, sentía
un deseo nervioso de insultarlo, de dar pretexto para un rompimiento
ruidoso y que no volviese.
--Ya que no crees en nada de la religión--dijo tras una larga pausa, con
una sonrisa dulce que daba miedo,--tampoco creerás en Jesús... ¿Qué es
para tí nuestro divino redentor?
¡Con qué alegría habló Aresti, lentamente, con voz suave é incisiva,
como si quisiera que cada palabra suya fuese una bofetada sobre aquellos
ojos azules que le miraban con desprecio!...
--¿Jesús?... Fué un gran poeta de la poesía moral. Yo amo su recuerdo
con la ternura de la compasión, viendo la inutilidad y el sarcasmo de su
sacrificio. Sus sucesores han trastornado sus doctrinas, explicándolas y
practicándolas al revés. Su asesinato fué una conspiración de las
autoridades constituidas, gobernantes, ricos y sacerdotes, los mismos
que hoy son sus devotos y explotan su recuerdo.
Doña Cristina púsose de pie con nervioso impulso. Había escuchado las
explicaciones sobre la moral, para ella confusas, guardando cierta
calma, á pesar de que adivinaba ataques al cielo y á Dios. Pero esto de
ahora iba contra Jesús; y la indignaba, más aún que si hubiesen negado
su existencia, aquello de llamarle poeta. ¡El hijo de Dios un poeta!
Para una millonaria era este el más refinado de los insultos.
--¿Has oído, Pepe?--gritó mirando á su esposo.--¿Y tú consientes estas
atrocidades en tu casa?
Los ojos tímidos de Sánchez Morueta iban de su mujer á su primo, como
asustado en su interna somnolencia por el inesperado choque.
--Me voy--siguió gritando doña Cristina al ver la indecisión de su
esposo.--No quiero escuchar más á este hombre.
Y dirigiéndose á Pepita, añadió:
--Niña, vámonos. Bastantes atrocidades has oído. Dale gracias á tu
padre, que te permite aprender en casa cosas tan horribles.
Las dos mujeres salieron del despacho. Urquiola se levantó, dudando un
momento entre seguirlas ó acometer al doctor. Aquel era el momento de
presentarse como un paladín de la fe, de hacer la cuestión personal en
nombre de Jesús y que se tragara el médico á puñetazos aquello de
«poeta», que no le indignaba á él menos que á doña Cristina. Pero le
inspiraba gran respeto la presencia del millonario, temía disgustar -al
tío- y acabó por marcharse en busca de las señoras.
Quedaron largo rato Aresti y Sánchez Morueta, con la cabeza baja, como
anonadados por el incidente. El doctor fué el primero en romper el
silencio.
--Pepe, adiós--dijo con voz triste, abandonando su asiento, y tendiendo
una mano á su primo.--Yo no te pregunto como tu mujer «¿y tú consientes
eso?» Al fin es tu esposa y con ella has de vivir.
--¡No te vayas así!--exclamó el millonario con ansiedad.--De seguro que
estás enfadado; adivino que no vas á volver. No riñas conmigo: Cristina
es así, ¿y qué voy yo á hacerla? Tú mismo lo has dicho. La familia... la
paz de la casa... Ella es buena y me quiere: pero tiene esas ideas y á
las mujeres hay que respetárselas. La verdad es que tú también has
estado fuertecito...
--Adiós, Pepe--volvió á repetir el médico, abandonando aquella manaza
que ahora caía débil y sin voluntad.--Que seas muy feliz.
--Pero nos veremos, ¿eh? ¿Vendrás á verme al escritorio?... Esto pasará:
ya sabes que otras veces también habéis regañado...
--Adiós, adiós.
Y el doctor Aresti, sin escuchar á su primo, que le seguía formulando
excusas, salió de allí, con la convicción de que dejaba muerto á sus
espaldas todo su pasado; de que acababa de romperse aquel parentesco
fraternal y perdía lo último que le restaba de su familia.
IX
A mediados de Agosto se inició una agitación de protesta entre los
obreros de las minas.
Los contratistas de Gallarta, al reunirse por las noches con el doctor
Aresti, hablaban de los síntomas de rebelión en las aldeas de la cuenca
minera. En la Arboleda los peones clamaban contra las cantinas,
afirmando que los capataces eran los verdaderos dueños, y que el obrero
que no se surtía de víveres en ellas era despedido del trabajo. En
Pucheta, que era donde vivían los más levantiscos, habían ido á
navajazos un día de paga, por negarse dos trabajadores á satisfacer su
deuda en la tienda de un protegido de los contratistas. Se hablaba de un
gran mitin en la plaza mayor de Gallarta, al que asistirían todos los
mineros para acordar la huelga, en vista de que no era admitida su
petición en favor del pago semanal. Desde el kiosco que ocupaba la
música los domingos, hablarían los amigos del pueblo, aquellos obreros
de Bilbao emancipados del yugo de los patronos, que se dedicaban á la
propaganda de las doctrinas socialistas y á la organización de las
fuerzas obreras. Y mientras llegaba el momento de la rebeldía, los
representantes del partido en la cuenca minera, que eran en su mayoría
taberneros, derramaban en la irritada masa el consuelo del alcohol y de
las teorías revolucionarias.
El -Milord-, en la tertulia de los contratistas, hablaba, con alarma, de
los pinches de las minas. Aquellos diablejos que llevaban el cuchillo en
la faja, y á los que no se atrevían á maltratar los peones por miedo á
sus venganzas de gato, le infundían mucho miedo. Ellos eran la
vanguardia ruidosa de todas las huelgas, comprometiendo á los hombres
con sus audacias, haciéndolos ir más allá de lo que se proponían.
Algunas veces habían osado apedrear de lejos á la guardia civil, cuando
en vísperas de revuelta paseaba sus tricornios por los caminos de la
montaña. Ahora, el -Milord- hablaba con terror de frecuentes robos de
dinamita en los depósitos de las canteras. Los cartuchos debían
ocultarlos los pinches en previsión de lo que ocurriera. ¡Buena se iba á
armar!...
Al atrevimiento de los muchachos había que añadir la cólera estrepitosa
de las mujeres, que hablaban de arrojarse en fila sobre los rieles de
los planos inclinados y de los ferrocarriles, impidiendo toda
circulación de mineral para que se generalizase la huelga hasta la ría,
y se cerrasen las fundiciones, y el puerto se llenara de buques
inactivos esperando una carga que no llegaría nunca.
--Esto se pone feo, don Luis--suspiraba el admirador de
Inglaterra.--Esto va á ser la muerte de las minas.
Para darse cuenta de lo crítico de la situación, bastaba ver que los
peones gallegos tomaban el tren y se iban á su país. Aquellos hombres
eran capaces de rebelarse por su interés personal, pero apenas
presentían protestas colectivas, escapaban asustados hacia su país. Las
huelgas les olían á política, á algo peligroso en que no debían
mezclarse los pobres. Y avisados de la bronca que preparaban los
compañeros, deslizábanse prudentemente hacia su tierra, con el propósito
de volver cuando todo pasase, aprovechándose entonces de las ventajas
que los otros pudieran conseguir.
--¡Pero, malditos!--exclamaba el doctor, oyendo al -Milord- y á otros
contratistas.--¿No es justo lo que piden? ¿Qué menos pueden reclamar que
el cobro semanal y comprar su alimento donde mejor les convenga?...
Los contratistas torcían el gesto, excusándose en la inercia de las
costumbres. Eran los señores de la villa, los mineros ricos, las
empresas extranjeras, los que debían dar el ejemplo. Ellos á lo antiguo
se atenían. Además, el miedo á la huelga no causaba gran impresión en el
fondo de su ánimo. Por grande que fuese el paro en el trabajo, poco
perderían; el mineral no iba á desaparecer en las canteras; aguardaría á
que fuesen á arrancarlo, si no en un mes, al siguiente, y si no al otro.
Tenían para vivir, y se rendirían antes que ellos los que necesitaban
el jornal para no morirse de hambre.
El cura don Facundo se indignaba, no como contratista, sino como pastor
del rebaño rebelde. No había religión, cada vez se entibiaba más la fe,
y así andaba todo de perdido. La propaganda diabólica de los obreros de
Bilbao había llegado hasta la gente sencilla y sufrida de la montaña.
--Ya mueren aquí las gentes sin llamarme, tan tranquilas, como si fuesen
perros--exclamaba indignado.--Cada vez hay menos entierros. Ya van al
cementerio sin acordarse de don Facundo, escoltados por centenares de
badulaques que se pirran por molestar á la Iglesia asistiendo á eso que
llaman actos civiles. Señores... ¡entierros civiles en las
Encartaciones! ¿Quién podía figurarse que veríamos esto?...
Y el cura insistía en lo de los entierros, como si de todos los actos de
hostilidad ó indiferencia para la religión, fuese este el más
escandaloso y que más profundamente hería su pudor de sacerdote.
A pesar de la agitación obrera, los amigos de Aresti sentíanse atraídos
por otro asunto, del que hablaban con gran interés en sus francachelas
nocturnas.
Existía pendiente una apuesta ruidosa, en la que se interesaban todos
los notables de Gallarta. El -Chiquito de Ciérvana-, el barrenador
famoso, había recibido una especie de reto de un desconocido de
Guipúzcoa, para que midiese sus fuerzas con él. El encuentro debía
verificarse en Azpeitia, el centro de las fiestas vascas. Los ricos de
allá hablaban con desprecio de las gentes de las minas, como si no
fuesen capaces de tomar parte en la apuesta, presentándose en Azpeitia
al lado de su barrenador.
Los contratistas de Gallarta gritaban enardecidos. ¡Vaya si irían! ¡Y
menuda paliza les aguardaba á los guipuzcoanos pretenciosos! ¡Atreverse
con el -Chiquito de Ciérvana-, que era la gloria más grande de las
Encartaciones! Miles de duros apostarían ellos contra las pesetas que
pudieran ofrecer aquellos rurales de Guipúzcoa, que vivían del miserable
cultivo de la tierra. Y en sus reuniones nocturnas acordaban los
detalles de la apuesta, con arreglo á lo convenido por cartas y hasta
por mensajeros, con los lejanos enemigos. El próximo domingo sería la
lucha en la plaza mayor de Azpeitia. Marcaban el número de perforaciones
que los dos barrenadores harían en la piedra y la duración de la
apuesta.
Olvidaban las minas y el malestar de los obreros, para no pensar más que
en este desafío de destreza y vigor. Era la apuesta más famosa de
cuantas habían concertado aquellos hombres, en su afán de arriesgar al
dinero que con tanta facilidad llegaba á sus manos.
En esta lucha se interesaba el espíritu de clase y el patriotismo.
Vizcaínos contra guipuzcoanos: la gente de las Encartaciones contra
aquellos patanes que intentaban comparar sus burdos barrenadores de las
canteras de caliza con los de las minas de hierro, que eran casi unos
artistas.
Al aproximarse el día de la lucha, mostraban los contratistas los fajos
de billetes de Banco, con los que habían de anonadar á los -pobres
cuitados- de Guipúzcoa. El -Chiquito de Ciérvana- era vigilado y mimado
como si fuese una tiple hermosa. No iba á las minas, y acompañaba por
las noches á los contratistas, preocupándose todos ellos de lo que comía
y bebía.
--¿Cómo va ese valor?--le preguntaban tentándole los brazos duros y
elásticos, que parecían de acero, pasándole las manos por el pecho con
una suavidad casi femenil, golpeándole el tórax y complaciéndose en su
resonancia, que revelaba salud y vigor. Y el -Chiquito- se dejaba
agasajar con sonrisa de ídolo, irguiendo su pequeño cuerpo de músculos
recogidos y apretados, mientras los admiradores aspiraban al examinarle
el olor agrio de sus sobacos sudorosos como si fuese un grato perfume.
Ganaría, como siempre. Y mientras llegaba el domingo, con su estruendosa
victoria, lo atiborraban de alimentos y le hacían beber champagne, mucho
-Cordón Rouge-, como si el vino de los ricos afirmase de antemano su
superioridad sobre aquel rival que sólo conocería la dulzona -sangardúa-
de sus montañas.
Los contratistas obligaron al doctor Aresti á que les acompañase á
Azpeitia. Ellos no gozarían la victoria por completo de no presenciarla
su ilustre amigo. Y el doctor, que habituado al afecto de aquellos
admiradores rudos y entusiastas, no podía separarse de ellos, acabó por
ser de la partida. En fuerza de oírles hablar de la apuesta sentía
interés por ella.
Era el único que dudaba del triunfo. La gente de Azpeitia debía conocer
el trabajo del -Chiquito-. Los de Gallarta, en cambio, no sabían quién
era aquel contendiente desconocido. Cuando la gente de Azpeitia iniciaba
el reto, estaba segura indudablemente de la superioridad de su
barrenador.
Aquello parecía una encerrona: había que ser prudentes. Pero los amigos
del doctor le contestaban con risas. ¿Dejarse vencer el -Chiquito-?... Y
como prueba de su confianza, enseñaban de nuevo los fajos de billetes.
Más de cincuenta mil duros iban á apostar entre todos, si es que los de
Azpeitia tenían redaños para hacerles cara. Había que correrles,
echándoles el dinero á las narices; así aprenderían á no ir otra vez con
retos á los bilbaínos de las minas.
La partida, el domingo al amanecer, fué casi una espedición triunfal. El
-Chiquito- había salido el día antes con varios de sus admiradores para
estar bien descansado en el momento de la apuesta. Los que llegaron
después con el doctor eran los más respetables, y llevaban con ellos el
convoy de la expedición, enormes cestos de fiambres encargados á los
mejores restaurante de la villa, cajones de champagne, cajas de
cigarros. Ellos mismos, al repasar las vituallas alababan su previsión.
Sólo en Bilbao se sabía comer: lo demás era tierra de salvajes, país de
pobreza donde moría uno de hambre ó de asco, aunque fuese persona de las
que -tienen cartera-.
Los mineros ricos hicieron en Azpeitia una entrada de invasores. Había
comenzado ya la fiesta con las apuestas de bueyes, y una muchedumbre de
caseros y de gentes del pueblo se agolpaba y estrujaba en la plaza y las
calles inmediatas. Aquellos hombres de largas blusas y boinas
mugrientas, apoyados en fuertes garrotes, miraban con asombro, como si
fuesen de una raza distinta, á los arrogantes mineros, que se llamaban á
gritos y se abrían paso reclamando el auxilio del alguacil, única
autoridad que guardaba el orden del inmenso concurso, sin más arma que
un mimbre blanco. La gente sobria y humilde, habituada á los cultivos de
escaso rendimiento de la montaña, admiraba los ternos nuevos y lustrosos
de los contratistas, sus boinas flamantes, las gruesas cadenas de oro
sobre el vientre y sus manos de antiguos obreros con dedos gruesos de
uñas chatas, abrumados por enormes sortijas.
Eran los forasteros, los ricachos que llegaban á la fiesta llevando una
verdadera fortuna en sus bolsillos. Para conocer su importancia bastaba
con fijarse en las miradas que lanzaban á las gentes y las casas, con
altivez de magnates que descienden á mezclarse en una diversión
campestre. ¿Y entre aquellas míseras gentes estaban los que habían osado
desafiarles?... -¡Pobres cuitados!-
Precedidos por el alguacil, subieron algunos de ellos á los balcones de
la plaza, ocupados en su mayor parte por mujeres. Otros tomaron sitio en
primera línea, junto á la cuerda que marcaba un gran rectángulo limpio
de gente en medio de la plaza, como liza donde se verificaban los
juegos. Allí se hacían las apuestas de última hora entre los empujones
de la gente. Los caseros, apoyando sus manos en las espaldas que tenían
delante, se empinaban para ver mejor. De vez en cuando un empujón
formidable; una avalancha que amenazaba romper la cuerda. Pero bastaba
que se levantase en alto el mimbre alguacilesco ó que se movieran las
boinas rojas de la pareja de migueletes guipuzcoanos, para que al
momento se iniciase un retroceso, quedando inmóvil el gentío.
Aresti, desde un balcón, veía cuatro masas obscuras de boinas,
encuadrando el espacio libre, en el cual dos parejas de toros
arrastraban penosamente unas piedras más grandes que las muelas de un
molino, bloques enormes que al moverse dejaban detrás de ellos la tierra
profundamente aplastada.
La alegría de los ejercicios físicos, el enardecimiento ruidoso de las
fiestas de la tuerza, agitaba al gentío. Tiraban los bueyes penosamente,
como si fuese á estallar la testuz bajo el yugo, esforzándose entre los
gritos y los pinchazos de los conductores que los azuzaban coreados por
sus partidarios, y cada vez que una piedra, con nervioso tirón, avanzaba
algunos pasos, sonaba un clamoreo de los espectadores. Los pechos se
hinchaban con angustia, como si quisieran comunicar su fuerza á las
abrumadas bestias.
Era una diversión de raza primitiva, de pueblo en la infancia que aún no
ha llegado á la vida del pensamiento y admira la fuerza como la más
gloriosa manifestación del hombre. La dura necesidad de ganarse el pan
con el trabajo físico, hacía del vigor un culto, convertía en diversión
los alardes de resistencia de los más fuertes, admiraba como héroes á
los grandes partidores de leña ó á los expertos barrenadores, y para dar
carácter de fiesta á todos los esfuerzos del músculo en el diario
trabajo, asociaba á sus juegos al buey, manso y sufrido compañero de la
miseria campestre.
El doctor, ante estos placeres rudos y violentos del pueblo primitivo,
recordaba las fiestas griegas, embellecidas al través de los siglos por
el encanto del arte. Aquellos juegos al aire libre, sencillos y burdos,
de una inmediata utilidad, recordaban involuntariamente los Juegos
Olímpicos.
--Sí; se parecen--pensaba Aresti.--Pero como se asemejan el ave de
corral y el águila, porque las dos se cubren de plumas.
Cansado del monótono espectáculo que ofrecían los bueyes, tirando entre
el clamoreo del gentío que no se fatigaba del largo plantón, el doctor
se distrajo examinando el aspecto de las casas y las personas.
Veía Azpeitia por primera vez, aquel hermoso rincón del territorio
vasco, que sólo de lejos rozaba la vía férrea, y en el cual parecían
haberse refugiado el espíritu y las tradiciones de la raza. Aquella
tierra era la de San Ignacio. A pocos minutos, en el centro del valle,
estaba Loyola con su convento inmenso, cuya fealdad de caserón-palacio
tentaba la curiosidad del doctor. La sombra de la Residencia madre, de
aquel edificio semejante a un cuartel, en el que se reunían los
comisionados del jesuitismo, llegando de todos los puntos de la tierra,
cuando había que elegir un nuevo General de la Orden, parecía proyectar
su sombra sobre el valle y las montañas, formando los pobladores á su
imagen.
Aresti veía en la muchedumbre muchas caras que le recordaban la faz de
San Ignacio. Aquellos rasgos duros, impasibles, de helada firmeza, que
se consideraban como signos característicos de una personalidad famosa,
resultaban comunes á toda una raza.
El médico se fijaba igualmente en las mujeres de los balcones. Tenían
las formas más pronunciadas que las hembras vizcaínas, con algo de
voluptuoso y mórbido que hacía recordar el título de «Andalucía vasca»,
que muchos daban á Guipúzcoa; pero en su mirada había una expresión
varonil y enérgica que hacía pensar en las fanáticas heroínas de la
Vendée. El odio al -guiri-, al español de pantalones rojos llegado de
las más lejanas provincias para expulsar al rey legítimo, pasaba como
una herencia de generación en generación. Todos los hombres de edad
madura que ocupaban la plaza habían vestido, seguramente, el capote de
los tercios guipuzcoanos y se acordaban del monarca de las montañas, con
su gran barba negra y la boina blanca sobre los ojos.
Eibar, con la muchedumbre obrera de sus fábricas de armas, liberal y
poco religiosa, estaba próxima, y, sin embargo, parecía al otro extremo
del mundo, como si los montes que separaban ambas poblaciones fuesen
infranqueables.
Las casas de Azpeitia ostentaban en todas las puertas grandes placas del
Corazón de Jesús. Era el único signo exterior de religiosidad: ni
alardes de fe ni entusiasmos provocadores. Eso quedaba para los pueblos
donde flaquea la devoción y la verdad divina tropieza con enemigos. En
todo el valle parecía sobrevivir el espíritu religioso, tranquilo y
confiado, de la Edad Media, la época que menos se preocupó de la fe, por
lo mismo que aún no habían levantado la cabeza la duda y la impiedad.
Mostrarse el espíritu de rebelión en una tierra que había pisado el
bendito San Ignacio, era tan absurdo, tan inconcebible, que sólo el
suponerlo hubiera hecho reír a aquella gente taciturna, orgullosa de
haber dado al mundo un santo de fama universal.
Pasado medio día, terminaron las pruebas de los bueyes y se desparramó
el gentío por la población. Lo más interesante de la fiesta, las luchas
de los -aizkoralaris- ó partidores de leña y la apuesta de los
barrenadores, quedaba para la tarde.
Aresti y sus amigos comieron en el casino del pueblo, alarmando á los
del país con los taponazos del champagne y la exhibición de las carteras
repletas de billetes que arrojaban sobro las mesas con afectado
desprecio. Llegaban nuevas gentes por todos los caminos, atraídas por la
fama de la gran apuesta de la tarde. Aresti había salido a la calle
huyendo de la atmósfera posada del casino, cargada de gritos y nubes de
tabaco. Veía llegar los coches llenos de gente: las carretas ocupadas
por familias mientras el aldeano marchaba a la cabeza de la yunta,
guiándola con su larga vara; grupos de caseros en mangas de camisa, con
la chaqueta y la boina al extremo del garrote que llevaban al hombre
como un fusil.
Cerca de la plaza, vió el médico que la gente se detenía ante una
taberna, formando compacto grupo y mirando á lo alto. En un balcón
cantaba un viejo, de tan elevada estatura, que su boina parecía tocar el
alero. En la calle se había hecho espontáneamente un gran silencio, y el
viejo, inmóvil y grave, seguía su canturria con cierta seriedad
sacerdotal. Cuando terminó su última estrofa en vascuence, con una
entonación aguda, todo el concurso prorrumpió en risotadas, que
contrastaban con la gravedad del cantor. Pero aún no se había extinguido
la carcajada del público, cuando sonó una nueva voz más aguda y
estridente desde el balcón de otra taberna, y Aresti vió á un jayán que
cantaba como si contestase al viejo, mientras éste le escuchaba sin
pestañear, preparando mentalmente la contrarréplica.
El doctor conocía á aquellas gentes. Eran los -versolaris-, los
trovadores éuscaros que se mostraban en todas las fiestas. La poesía
florecía en las tabernas con el bullicio de la embriaguez. Eran rudos
campesinos que no sabían leer, pero que mostraban cierto ingenio y una
gran facilidad de improvisación. Sus versos sólo tenían de tales las
rimas, con una completa ausencia de sentimiento poético. Lo que la
muchedumbre admiraba en ellos era el ingenio satírico, lo grotesco del
chiste y, sobre todo, la facilidad en la respuesta. En estas batallas de
viva voz, un -versolari- iniciaba el tema, seguro de que al momento
surgiría la contestación de sus rivales; y así, prolongándose el
razonamiento de unos á otros, agarrando cada cual el hilo de la
interminable canturria donde lo abandonaba el enemigo, hacían pasar al
público embobado horas enteras. Estos vagabundos se mantenían de sus
versos, y en plena vida rural, llevaban la existencia independiente de
fiera miseria y alegre parasitismo de los artistas de la bohemia en las
grandes ciudades.
Aresti admiraba la sencilla fe de aquel pueblo niño que reía las gracias
de los -versolaris- y admiraba sus chistes inocentes, incapaces de
producir la más leve impresión en un hombre de la ciudad. En esta sana
alegría encontraba el médico la gravedad del hombre del campo, su alma
sobria á la que basta la más insignificante broma para alegrarse. Eran
espíritus nuevos, eternamente infantiles que al ponerse en movimiento
divertíanse con cualquier cosa. Sabían que los -versolaris- eran
graciosos por tradición y esto bastaba para que todos rieran aun antes
de comprender sus palabras.
El doctor observaba una vez más el carácter de la poesía entre los
hombres del campo. La naturaleza estaba ausente casi siempre de los
versos populares. Las estrofas campesinas, cantan guerras y amores, la
tristeza de la partida y la alegría del retorno, celos y desesperación,
ó se ejercen en la burla de los convecinos: pero nunca describen la
belleza de los campos, ó la majestuosa serenidad que desciende del
cielo. Viviendo en la eterna monotonía de las bellezas naturales, no ven
en ellas nada de extraordinario, sintiendo con más intensidad los
sucesos que tocan de cerca á sus personas. Tal vez son ciegos para la
hermosura de la tierra, condenados á luchar con ella eternamente, á
vencerla y violarla para sacar de sus entrañas el sustento.
Más de una hora llevaban los -versolaris- lanzándose razonamientos de
balcón á balcón. Ahora eran cuatro los contendientes y la muchedumbre
volvía sus cabezas á un lado ó á otro, según el sitio de donde partía la
voz. Todos los trovadores recibían como popular homenaje las carcajadas
del público, pero el que parecía triunfar era un viejo desdentado y de
cara maliciosa, sacristán de una anteiglesia de Vizcaya que tenía gran
renombre por el atrevimiento de sus chistes. De vez en cuando algún
admirador salía al balcón ofreciendo el jarro á su poeta, y éste,
después de largo trago, acometía con nueva fuerza sus canturrias.
A media tarde, cuando gran parte de la plaza estaba en la sombra, corrió
á ella la gente, oyendo el silbido del -chistu-, que hacía locas
escalas, acompañado por el monótono baqueteo del tamboril. Los
-versolaris- se ocultaron. Iba á comenzar la parte más interesante de la
fiesta.
Los mineros bilbaínos, rojos y sudorosos en su digestión de ogros,
fumando como chimeneas y eructando el champagne, ocuparon los mejores
sitios desafiando á todos con sus retos. ¡A ver! ¿quién quería apostar?
No había que tener miedo por cantidad más ó menos: -había cartera- de
sobra para todos. Y exhibían ante la mirada atónita de los caseros,
habituados á la vida sobria y humilde de la montaña, aquellas riquezas
en fajos de papel mugriento. Los más acomodados del país se acercaban á
ellos, aceptando sus apuestas con una sonrisa que parecía implorar
perdón.
La fiesta comenzó por la lucha de los -aizkoralaris-. Habían colocado en
el centro de la plaza varios troncos enormes, sujetos por palos hincados
en la tierra, para que no rodasen. Sonó de nuevo el -chistu- y el
-dambolin-, y salieron los partidores de leña, llevando al hombro sus
hachas relucientes. Arrojaron á un lado las boinas y alpargatas, y
subiéndose sobre los troncos, comenzaron su trabajo.
Un rugido que equivalía á un aplauso, acogió sus primeros golpes. Los
mineros aplaudieron con las manos, como si estuvieran en las corridas de
toros de Bilbao. Protegían con su benevolencia á aquellos partidores de
leña, como gente humilde que en nada podía interesarles. En las minas de
Bilbao no se partían troncos: podía, pues, concederse algún mérito como
leñadores á aquellos rústicos.
Las hachas subían y bajaban, abriendo profundo surco, en las muescas
marcadas en los troncos. Volaban las astillas y cada vez que sonaba un
golpe más fuerte, más certero, extendíase por la plaza un rumor de
aprobación. El inmenso público adivinaba la marcha de los cortes sin
necesidad de verlos. Habituados todos á hacer leña en el monte, conocían
los diversos ruidos de las hachas como si éstas hablasen. Sabían, por el
crujido de la madera, lo que faltaba á cada tronco para partirse. Alguno
de los -aizkoralaris- iba delante de los otros; les avanzaba por
momentos; su corte se aproximaba rápidamente al fin: hasta que de
pronto, un crujido especial, que no podía confundirse, hizo estremecer
el gentío hasta los últimos límites de la plaza. Acababa de partirse un
tronco. Y todos rugieron de entusiasmo, empinándose sobre la punta de
los pies, queriendo pasar sobre los hombros del vecino, para saber quién
era el vencedor.
Salieron los leñadores con el hacha al hombro, saltando la cuerda,
confundiéndose con el gentío que comentaba los incidentes de la lucha, y
otra vez sonó el pito y el tamboril, mientras las yuntas de bueyes
arrastraban al centro de la plaza dos enormes piedras. Llegaba el
momento emocionante, la hora del suceso que había atraído á Azpeitia
tanta gente. Iba á comenzar la lucha de los barrenadores.
La muchedumbre callaba como los grandes públicos de las plazas de toros,
cuando se aproxima la suerte decisiva. El tamborilero hacía sonar sus
instrumentos como en un valle desierto. La gran masa hizo un paso
adelante, y casi rompió la cuerda, cuando los dos barrenadores salieron
al espacio libre.
Todos querían ver á los contendientes y se empujaban, ansiando pasar su
mirada por encima de los hombros que tenían delante.
El barrenador guipuzcoano era un mocetón mofletudo, de ojos abobados,
ruboroso y con cierto miedo, al verse objeto de todas las miradas. El
-Chiquito de Ciérvana- se pavoneaba con la palanca al hombro,
presuntuoso como un torero en el redondel, como un pelotari célebre en
la cancha, mirando á las mujeres que ocupaban los balcones.
--¡Olé, mi niño!--gritaban los mineros. -¡Ené el Chiquito!...- Ahora se
va á ver lo bueno de las minas. ¡Aquí -hay cartera- para él!
Y mezclando los gritos del país con los que habían aprendido en las
plazas de toros, arrojaban más allá de la cuerda sus boinas y sus
carteras, pero llamando en seguida á los chicuelos para que las
recogiesen. El -Chiquito- sonreía bajo la ovación tumultuosa de sus
protectores, viendo al mismo tiempo una señal de su triunfo en el gesto
taciturno y miedoso de su contrincante y en la ansiedad silenciosa de
todos los del país, que apostaban por el guipuzcoano. Los dos se
despojaron de boinas y alpargatas y con los pies desnudos subieron sobre
las piedras, en las cuales estaban marcados los redondeles que debían
perforar. El trabajo duraría dos horas: el que antes lo terminase ó
llegase más adelante sería el vencedor.
Colocáronse ambos barrenadores, cada uno sobre su piedra, con las
piernas juntas y los talones tocándose. Entre los pies desnudos que
formaban un ángulo, subía y bajaba la barra de acero abriendo el
orificio. La más leve desviación, podía herirles, destrozarles un pie,
con aquel hierro movido por hercúlea fuerza. Pero no había que temer:
sus brazos mostraban la regularidad de una máquina.
Cada uno de los contendientes iba escoltado por una pareja de amigos.
Eran los padrinos que les asistían en la lucha. Se inclinaban y
levantaban al mismo tiempo que ellos, doblándose al compás de los
movimientos del perforador, sirviendo de péndulo que regulaba el vaivén
del trabajo. Al mismo tiempo, excitaban al compañero con sus gritos:
rugían -¡haup! ¡haup!- al doblarse por la cintura, señalando cada golpe
con esta exclamación. Los padrinos, con los brazos inactivos, pero con
los pulmones cruelmente dilatados por la angustia, se cansaban más aún
que el barrenador.
Los dos esperaban con las barras levantadas por encima de la cabeza.
Dieron la señal los directores de la apuesta y en la plaza estalló una
aclamación semejante á la que acoge la partida de los caballos en una
carrera. Después se hizo el silencio. Sonaban los golpes del acero y el
-¡haup! ¡haup!- de los acompañantes con una regularidad mecánica,
interrumpidos algunas veces por el -¡brrr!- de los barrenadores, que al
respirar jadeantes, parecían escupir su cólera sobre la piedra enemiga.
Aresti sintió deseos de reír, viendo cómo se doblaban aquellos monigotes
humanos que seguían con sus cuerpos el esfuerzo de los contendientes,
fatigándose en un trabajo inútil, para transmitirles su energía.
Transcurrieron algunos minutos. El -Chiquito- trabajaba más aprisa que
su rival. Subía y bajaba la palanca con tanta rapidez que apenas se la
veía. Su cuerpo era una mancha indecisa y borrosa por el continuo
movimiento; sus acompañantes no podían seguirle. Detúvose un instante y
cambió de sitio, continuando su trabajo. Los mineros adivinaron que
pasaba á la segunda perforación, dando por terminado el primer agujero.
¡Y su contrincante aún estaba en el mismo sitio!...
--¡Olé, -Chiquito-!--gritaron agitando sus manos cargadas de
pedrería.---¡Haup!... ¡haup!-
Y en discordante coro juntaban sus voces á las de los dos vizcaínos que
servían de auxiliares á su barrenador.
La lucha se desarrollaba con la lenta y aplastante monotonía de todos
los espectáculos de fuerza. Aresti, interesado por el final del combate,
entretenía el aburrimiento de la espera comparando á los dos
contendientes. Eran el arranque impetuoso y la destreza inteligente del
nervio, luchando con la calma tenaz y la serena fuerza del músculo. El
hombre-caballo frente al hombre-buey. El -Chiquito de Ciérvana-,
vehemente en su trabajo, dejaba atrás al enemigo con sólo el primer
arranque: el otro seguía su marcha sin darse cuenta de lo que le
rodeaba, sin apresuramientos ni desmayos, como si no escuchase á los que
mugían junto á su oído -¡haup! ¡haup!- Él era quien reglamentaba los
movimientos de sus padrinos, sin apresurarse ni dejarse arrastrar por
ellos como lo hacía su contrincante.
En cambio, el -Chiquito- deteníase algunas veces, lanzaba en torno una
mirada satisfecha, se escupía en las manos, y agarrando de nuevo el
perforador continuaba el trabajo. Su burdo contendiente aún no se había
detenido una sola vez: golpeaba la piedra, con la cabeza baja, mostrando
la pasividad resignada del buey que abre un surco sin fin.
Pasó una hora sin que ningún incidente alterase la marcha de la lucha.
El guipuzcoano abría sus perforaciones, pasando de una á otra sin
levantar la vista. El -Chiquito- le llevaba aún un agujero de ventaja
como al principio del combate. Los mineros de Bilbao continuaban en su
alegría insultante. ¡Aún admitían apuestas! Ofrecían un duro por cada
peseta que quisieran arriesgar en favor de aquel cuitado. Y no ocultaban
su asombro cuando veían aceptadas sus proposiciones por las gentes del
país. ¡Qué zonzos! ¡Y cómo iban á perder el dinero!...
La segunda hora de la lucha se desarrolló en silencio. La gente parecía
anonadada por la monotonía del espectáculo. La espera interminable
embotaba los sentidos, dificultando toda emoción. Por esto no hubo
gritos de triunfo ni exclamaciones de protesta, cuando comenzó á
iniciarse la ventaja del barrenador lento é incansable, sobre el
-Chiquito- que hacía temblar la piedra bajo el rayo de su palanca.
Aresti presentía este suceso desde mucho antes. El -Chiquito- se detenía
á descansar jadeante: ya no lanzaba ojeadas en derredor con expresión de
triunfo, sino con la opacidad de la angustia. Habíanse sucedido al lado
de él varias parejas de padrinos, fatigados de seguirle en el
relampagueo de su trabajo; pero los que ahora le acompañaban tenían que
gritar -¡haup, haup, haup!- con más lentitud, esforzándose en vano por
animarle y enardecerle, tirando de él con la palabra como si fuese una
bestia cansada y vacilante que se encabritase bajo el látigo, sin poder
salir de su paso.
El médico sentía angustia examinando á los dos contendientes, con la
cara pálida, sudorosos, las piernas inmóviles y como petrificadas, el
busto en incesante vaivén, los brazos hinchados por el esfuerzo; y
recordaba á otros que habían caído en aquellas apuestas brutales,
muertos como por un rayo, heridos en el corazón por el exceso de
actividad.
Los mineros miraban al barrenador rústico, y después cambiaban entre sí
ojeadas de asombro. ¡Pero, aquel animal, no descansaba nunca! Palidecían
como si de golpe se alterase su digestión, poniéndose de pie dentro de
su estómago, todas las buenas cosas traídas de Bilbao y rociadas con
-Cordón Rouge-. Presentían la posibilidad de la derrota: parecían olerla
en el silencio que pesaba sobre la plaza, en la misma gravedad de sus
enemigos.
Algunos más enérgicos se revolvían contra la posibilidad del fracaso.
¡Venir de tan lejos, para que se burlasen de ellos unos pobretones!...
Renacía su avaricia de antiguos miserables, que turbaba muchas veces
con detalles de ruindad sus alardes de ostentación. Habían apostado más
de ochenta mil duros, ¿é iban á dejarlos entre las uñas llenas de tierra
de aquella gente? ¡Cristo! ¡Cómo se reirían de los mineros!...
Los más furiosos saltaron la cuerda, y haciendo retirarse á los
acompañantes del -Chiquito-, se colocaban á ambos lados quitándose las
chaquetas y las boinas. Se doblaban en incesante vaivén, á pesar de su
corpulencia; mugían -¡haup, haup!- con toda la fuerza de sus pulmones,
como si con sus gritos pudieran hacer entrar más adentro la palanca del
barrenador.
El -Chiquito- cobraba nuevas fuerzas al ver junto á él á sus
protectores, y partía en una carrera loca de furiosos golpes, espoleado
por nerviosa energía: pero el cansancio de los músculos tornaba á
imponerse, y el acero sonaba quejumbroso en la piedra, sin avanzar gran
cosa.
--¡Arrea, ladrón!--mugían sus ricos padrinos--¡Fuerza... porrones! ¡Me
caso con tu madre!...
Y de este modo iban intercalando en el continuo -¡haup, haup!- toda
clase de interjecciones amenazantes, de monstruosos juramentos que
hacían encabritarse al barrenador como si recibiese un latigazo, para
caer de nuevo en el desaliento.
Faltaban pocos minutos para terminarla apuesta. El -Chiquito- estaba en
la mitad de un agujero y aún le faltaba abrir otro. Su contendiente
había comenzado el último sin apresurarse y sin descansar, lanzando en
torno una mirada triste de buey fatigado que contempla el horizonte con
el deseo de que se oculte pronto el sol, para volver al establo.
Los mineros ansiaban una catástrofe, un temblor del suelo, algo que les
permitiese huir de allí, sin encontrarse con los ojos de aquellas
gentes. El silencio con que acogían su victoria molestábales más aún que
los gritos irónicos de algunos forasteros, que parodiaban la
fanfarronería de los bilbaínos, ofreciendo un duro por un real, en favor
del guipuzcoano.
Terminó la lucha sin la explosión de entusiasmo que esperaba Aresti. El
gentío se abalanzó sobre el vencedor que miraba en torno de él con ojos
de idiota y se dejaba arrastrar inerte y sin fuerzas hacia una taberna
próxima.
Buscó el doctor á sus compañeros y no vió á ninguno. Habían desaparecido
como evaporados por la derrota. Fuése en busca de ellos y encontró á
muchos en la puerta del casino subiendo á los coches, con el deseo de
huir de allí cuanto antes, como si el suelo les quemase las plantas. En
el desorden de la fuga parecían marchar á tientas, sin fijarse en él.
Dentro del casino encontró al -Chiquito- tendido en una banqueta,
envuelto en una manta, sudoroso y pálido, con el aspecto de un niño
poseído de terror. Frente á él, aún lanzaban sus últimas maldiciones
algunos de las minas.
--¿Qué dice usted de esto, doctor?--preguntaron á Aresti con
desesperación.
Y el médico sonrió, levantando los hombros. Era de esperar: habían
civilizado demasiado á su ídolo: lo habían hecho conocer el champagne,
le habían arrancado de su barbarie primitiva y al encontrarse con otro
de su clase, recién salido de la cantera, forzosamente había de ser el
vencido.
Todos ellos sentían la necesidad de insultarlo antes de irse. De buena
gana hubieran golpeado aquel paquete inerte que sollozaba encogido en la
banqueta. Le echaban en cara el vino y los manjares con que le habían
atiborrado á todas horas.
--¿Oyes, ladrón, lo que dice el doctor? Tu afición al champagne.
Estarías borracho y por eso nos has hecho perder, cochino. Ochenta mil
duros, ¿te enteras, sinvergüenza? Más de ochenta mil duros hemos perdido
por tu culpa.... Por allá no vuelvas: te mataremos á patadas si apareces
en las minas.
Cada cual se alejaba, después de desahogar su cólera, con la
precipitación loca de la fuga, sin preocuparse de los compañeros, sin
acordarse de invitar al doctor, con el egoísmo de la derrota que borra
toda amistad.
El infeliz barrenador, al verse solo con Aresti rompió á llorar.
--¡Don Luis! ¡Don Luis!...
Y su voz tenía el mismo acento de súplica infantil que los lamentos de
los mineros cuando veían aproximarse el doctor á las camas del
hospital.
Todo lo había perdido en un instante. ¡Adiós comilonas y agasajos, el
trato con los ricos, todo lo que le hacía ser mirado con envidia por sus
antiguos compañeros cuando se dignaba subir á las canteras acompañando á
los contratistas! Era un héroe, un ídolo y volvía de pronto á ser un
trabajador.... Menos aún, pues no encontraría un puesto en las minas. Si
volvía allá serían capaces de matarlo: le aterraban como un
remordimiento las grandes cantidades que había hecho perder á los
señores.
--Me iré--gemía.--¡Cómo se burlarán ahora de mí!... Me embarcaré en el
primer barco que salga para América.
Un grupo de gente del pueblo le interrumpió. Venían para llevarse al
-Chiquito-: querían agasajarlo con la generosidad que da la victoria. No
debía entristecerse: ya habían visto todos que era un gran barrenador.
Otra vez ganaría él. Además, la cuestión había sido con aquellos señores
tan fanfarrones: él no era más que un -mandado-. Su contrincante le
esperaba en la taberna, para beber juntos como buenos camaradas.
Y se lo llevaron, rodeándolo respetuosamente, como un testimonio de su
gloria, con los mismos honores que una bandera cogida al enemigo.
Aresti volvió á la plaza. Comenzaba á obscurecer; la gente se había
esparcido por las calles inmediatas, agolpándose á las puertas de las
tabernas. Los -versolaris-, cada vez más ebrios, espoleados por el gran
suceso, improvisaban á rienda suelta, cantando el triunfo de los de la
tierra, con alusiones á los ricos de las minas, que provocaban el
regocijo de los aldeanos.
Iban alejándose en sus carreras las familias de los caseros. Los grupos
de campesinos bebían el último trago con los del pueblo, antes de
emprender la marcha, deseosos de relatar los incidentes de la famosa
lucha durante la velada en la casería.
En la plaza sonaban el pito y el tamboril con cadencias de baile. Se
había reunido toda la gente joven para celebrar la victoria con un
-aurresku-, la gran danza vasca que tenía algo de rito primitivo. Un
ágil bailarín que era el conductor del -aurresku- lo iniciaba con el
paso solemne de la invitación. Echaba la boina en tierra, y después de
pedir la venia al alcalde que presidía el acto, se dirigía con una serie
de minuciosos trenzados y saltos de extraordinaria agilidad, á invitar
en el corro á la mujer que deseaba elegir como reina del baile. No había
ejemplo de que ninguna hembra vasca, por alta que fuese su posición
social, se negase á este honor. Aresti había visto á señoras de la
rancia nobleza admitiendo el -aurresku- con campesinos y marineros. Era
una danza ceremoniosa y parca en los contactos; el hombre y la mujer
apenas si en las diversas figuras se tocaban las puntas de los dedos.
Ella no hacía más que completar el cuadro, mientras él, al son de las
interminables escalas del pito, parecía hablar con los pies, con la
mímica guerrera de los pueblos primitivos, con saltos prodigiosos y
alardes inauditos de agilidad gimnástica, que recordaban á Aresti las
danzas de ciertas tribus vistas por él en el Jardín de Aclimatación de
París.
El público elogiaba la soltura del bailador de Azpeitia. Un viejo casero
hablaba á sus amigos en vascuence á espaldas del doctor. Aquel
-aurresku- no le llamaba la atención; él los había visto danzados por
reyes en los buenos tiempos de la guerra. Y recordaba cierto -aurresku-
bailado por don Carlos en Durango, en un convento de monjas, sin pecado
para nadie, por ser la danza vascongada la más honesta del mundo.
Aresti, al cerrar la noche, buscó refugio en un fondín que servía de
alojamiento á muchos que iban al santuario de Loyola. Él sentía también
el deseo de visitar en la mañana siguiente aquel convento, como una
curiosidad que le resarciría de su viaje. Después estaba seguro de
encontrar en el tren de Bilbao á muchos de sus compañeros que habrían
ido á pernoctar en Azcoitia, en Eibar y en otros pueblos, huyendo del
lugar de la derrota.
El doctor pasó la noche en un cuarto de paredes enjalbegadas cubiertas
de estampas de santos, y con un crucifijo sobre la cama. La hospedería
era como una antesala del convento.
A las seis de la mañana salió del pueblo, siguiendo el camino recto que
atravesaba con geométrica rigidez el valle de Loyola. Había caído
durante la noche una suave lluvia de verano, refrescando los campos y
limpiando de polvo los caminos. Las altas montañas estaban encaperuzadas
de niebla, dejando ver en sus pendientes, por entre los rasguños del
vapor, la nota blanca de los caseríos y las manchas cobrizas de los
robledales. Los rebaños se esparcían por las faldas marcándose sobre el
verde fondo, como enormes piedras blancas, las ovejas de gruesos
vellones. A lo lejos, sonaba el chirrido de invisibles carretas.
Aresti llegó al monasterio á las siete. Su aspecto monumental y
aparatoso, su fealdad solemne, contrastaban con la soledad y el silencio
de los campos. Los gorriones perseguíanse en la doble escalinata de la
iglesia, y revolando de ciprés en ciprés, iban á posarse sobre la
estatua de mármol de San Ignacio. A ambos lados de la avenida que da
acceso al monasterio, dos paseos cubiertos de plantas trepadoras, dos
túneles de hojarasca, ofrecían su fresca sombra de tonos verdosos.
El doctor contempló con cierta admiración el edificio enorme y
aplastante. No podía negársele carácter propio. Los jesuítas tenían un
arte suyo; el de la ostentación y la carencia de gusto. No había obra
arquitectónica de su propiedad que no la marcasen con su sello, como si
quisieran ser conocidos de lejos.
La fachada de la iglesia, que ocupaba el centro del monasterio, era toda
de piedra. Las columnas sostenían un frontón adornado con un escudo de
armas gigantesco. La balaustrada se coronaba con enormes pináculos
rematados por esferas. Detrás escalaba el espacio la cúpula del templo,
de un gris de globo hinchado, rematada igualmente por pináculos y bolas,
lo que la daba cierto aspecto de pagoda chinesca.
A ambos lados de la iglesia, extendíanse las dos alas del monasterio, de
rojo ladrillo, con triple fila de ventanas: dos cuerpos de edificación,
enormes, sin ningún signo religioso. El monasterio, desprovisto de la
cúpula, hubiese parecido un cuartel del siglo XVIII.
A un lado extendía su corriente el río Urola, pasando bajo un puente
metálico: al otro se alzaba una gran casa con soportales, de aspecto
lujoso, en la que estaba el hotel para los ricos que llegaban á hacer
ejercicios espirituales y no podían pernoctar en el monasterio.
Aresti entró en la iglesia: una rotonda de clara luz, cubierta de
mármoles de vivos colores.¡Ah, el templo risueño y bonito! Los altares
eran hermosos, como los platos montados de un banquete. Mármoles de
color de caramelo, de color de miel, de suave fresa, de un verde de
fruta escarchada, de una blancura tierna de merengue. Sentíase el deseo
de morder aquella piedra, pulida como un espejo, que daba á los ojos una
sensación de dulzura. Las imágenes eran sonrientes, charoladas y
bonitas, como si hubiesen salido de un escaparate de confitería. Los
segmentos de la cúpula estaban ocupados por grandes escudos de las
naciones donde la Orden ignaciana había adquirido más arraigo; las
-provincias- de la Compañía, como ella las llamaba en su ensueño de
dominación universal.
El doctor abandonó la iglesia después de haber distraído con su
presencia á algunas señoras vestidas de negro, que rezaban arrodilladas
ante el altar mayor. Debían ser huéspedas del hotel, devotas de
distinción, venidas de muy lejos, para hacer los ejercicios en la casa
del santo.
En el atrio, un mendigo se le aproximó, con esa solicitud de todos los
parásitos que viven á la sombra de un monumento frecuentado por
viajeros. De una barraca, situada junto á la escalinata, en la que se
vendían fotografías y objetos piadosos, salieron corriendo dos chicuelas
para ofrecerse igualmente. ¿El señor deseaba ver la casa de San
Ignacio?...
Se indignó el mendigo ante esta concurrencia. ¡Largo de allí! ¿No tenían
bastante con lo que robaban, vendiendo retratos y rosarios?... Y él fué
quien guió al médico, por un ancho corredor que conducía á un patio
descubierto. Allí estaba la portería. Tiró de una cadena, sonó una
campana oculta, se abrió un ventanillio, y el mendigo, después de hablar
por él, se dispuso a retirarse, extendiendo la mano para recoger unas
cuantas piezas de cobre.
--Ahora mismo saldrá el hermano.
Pasó el doctor mucho tiempo en el patio, cuyas baldosas conservaban el
agua de la lluvia nocturna. Todo un lado lo ocupaba la fachada de la
antigua casa de San Ignacio. Al agrandarse el monasterio, había abarcado
en sus nuevas construcciones al viejo castillete de Loyola, dejándolo
dentro de su recinto, pegado á la nueva edificación.
La pequeña casa, que aún parecía más mezquina al ser tragada por el
monasterio, resultaba lo más hermoso de toda aquella balumba de
albañilería pretenciosa. Era un castillete de dos cuerpos, que revelaba
el período de transición del siglo XV: la diversidad de gustos
superpuestos de aquella España católica que aún tenía moros en su
territorio. El cuerpo inferior, el más grande y fuerte, era de grandes
bloques de pedernal labrado, con pocas ventanas, y éstas pequeñas y
profundas como saeteras: una verdadera muralla para vivir á cubierto de
sorpresas y asedios. El cuerpo superior era ligero, construido con
ladrillos rojos, marcándose sus dos pisos con dos fajas de dibujo árabe,
y en los cuatro ángulos cuatro torrecillas delgadas, cuatro minaretes,
que daban al remate el aspecto de una alegre corona. Abajo estaban la
sombría alarma, el perpetuo miedo á los bandos que desgarraban el país
vasco, los ventanucos para dar paso al arcabuz; arriba la elegancia,
copiada de los árabes; la alegría en la construcción, de un pueblo
artista; las ventanas graciosas como ajimeces moriscos, para soñar en
ellas á la caída de la tarde, después de haber leído un libro de
caballerías.
Aresti creyó encontrar en este edificio algo de la dualidad de carácter
del caballero Íñigo de Loyola en los tiempos de su juventud. Al
cristalizarse sus aspiraciones, al tomar su voluntad forma definitiva,
el alegre coronamiento, el castillete morisco se había convertido en
humo, se había derrumbado, quedando únicamente en pie la base pétrea,
sombría, con su tono lúgubre de cárcel y fortaleza al mismo tiempo.
Se abrió la portería y salió el hermano.
--¡Santos y buenos días!--dijo con voz melosa, inclinando la cabeza al
mismo tiempo que levantaba los ojos para apreciar de una rápida mirada
al visitante.
Era un joven que llamaba la atención por la delgadez del cuello que
hacía más enorme su cráneo, y por la forma de sus orejas abiertas como
abanicos, como si quisieran despegarse. Detrás de ellas la piel florecía
con un sinnúmero de costras y escoriaciones, unas secas ya, otras
rezumando, con una frescura que atraía á las moscas.
Era el hermano encargado de enseñar la casa del santo. Por debajo de las
sotanas asomaban unas zapatillas de paño, con las que andaba sin el
menor ruido: un calzado de espionaje que le permitía, como á los demás
servidores del monasterio, deslizarse por los claustros silenciosos sin
turbar el aislamiento de los Padres.
Atravesó el patio hablando á Aresti de las suelas de su calzado, que
eran de paño y se mojaban en los charcos de la lluvia. Una mortificación
más. ¡Todo sea por Dios!... Y entraron en el castillete, convertido
interiormente en capilla. Allí hacían las señoras sus ejercicios no
pudiendo entrar en el monasterio.
Subieron la escalera, adornada con imágenes en cada rellano, y entraron
en la antigua cámara, transformada en capilla. Lo primero que llamaba la
atención del visitante era la escasa elevación del techo. Podía tocarse
con la mano, parecía que iba á aplastar con la pesadez de su grueso
artesonado, todo cubierto de oro, con florones en sus profundos
encuadramientos.
El hermano explicaba con cierto orgullo el origen de los cuadros y las
telas que adornaban las paredes. Eran regalos de princesas y reinas:
testimonios de agradecimiento, de las altas conciencias sometidas á la
Compañía. En el fondo estaba el altar, y en su parte baja, detrás de un
vidrio, admiraban los devotos un verdadero interior de museo de figuras
de cera. San Ignacio tendido en una colchoneta leía un libro, vestido
con gregüescos y capotillo de vueltas de velludo como un galán del
teatro clásico. Una batería oculta de luces eléctricas iluminaba esta
exhibición de feria.
El hermano no podía ocultar su admiración cada vez que explicaba el
significado de esta parte del altar, no obstante los años que llevaba
enseñándola á los forasteros. Aquella figura de cera era de don Íñigo
de Loyola, cuando aún no pensaba en ser San Ignacio ni en fundar la
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