mujer por un hombre que llora, lo había tomado en sus brazos, apoyándole
la cabeza en uno de sus hombros desnudos, acariciándole las barbas
encanecidas.
La gratitud y la lástima la hacían ser bondadosa, con palabras de triste
consuelo. ¡Ah, -gros coco-! Había que tomar la vida tal como se
presenta; aceptar las cosas buenamente, sin empeñarse en pedir
imposibles. Cada uno se enamoraba á su hora. Él la quería, siendo casi
un viejo: ¿por qué se extrañaba de que ella, siendo joven, tuviese
también su momento de debilidad, enamorándose de aquel -Jules- que
poseía para las mujeres un encanto malsano y dominador?
Se luchaba por la vida, por librarse de la pobreza, y cada cual
trabajaba á su modo, sin acordarse del corazón, para asegurar su
porvenir. Pero después, con el bienestar llegaba la dulce tontería del
amor. Esto había hecho él, pasando la juventud absorbido en la caza de
la riqueza, para enamorarse como un muchachuelo, en la época en que
otros no tienen ilusiones. Lo mismo le ocurría á ella al ver asegurado
su bienestar, y convencerse de que su juventud marchaba hacia el ocaso.
¿Por qué no había de conocer su verdadero amor con sus penas y alegrías
después de haberse rozado insensiblemente con tantos hombres?... ¡Ah
-mon vieux-! Había que tomar la vida con serenidad filosófica. A cada
cual su turno.
Después intentaba consolarle hablando del pasado. No debía desesperarse
el enorme -bebé- que se adormecía llorando sobre su hombro. Podía
afirmar que había sido amado más que muchos otros. Primeramente, le
había querido con una simpatía pálida y pasiva, porque era bueno con
ella, porque la había sacado de su antigua vida de artista errante,
dándola la respetabilidad y el bienestar de una mundana que se retira.
Después le había admirado, con una admiración rayana en el amor, al
apreciar su poder para los negocios, su fuerza creadora que hacía nacer
nuevas industrias, el poder mágico, que esclavizaba el dinero, la
inteligencia que hacía danzar los millones, sin que ninguno se saliera
de línea. Ella adoraba á los fuertes, y le hubiera amado siempre, de no
presentarse el otro, con algo que no podía explicar. Tal vez era el
encanto de la corrupción y de la juventud, que la enardecía, haciéndola
cometer locuras; pero aun así confesaba que no podía compararse aquel
hombre con -su viejo- tan bueno y tan generoso... ¿Por qué no había de
aceptar el obstáculo como lo hacían otros? Aún podían ser felices: los
tres vivirían en santa calma sabiendo respetarse. Ella no olvidaba que
poseía una fortuna, gracias á él: era buena muchacha y haría lo
necesario para que su protector no sufriese. Pero el millonario
contestaba con voz quejumbrosa, impotente ya para revolverse.--«Yo solo,
yo solo.» Judith se indignaba. -¡Grosse bête, va!- Lo que él pedía era
imposible. Ella no podía separarse del que amaba, y tampoco quería
mentir: ella tenía corazón.
El doctor interrumpió á su primo, que se complacía con doloroso deleite
en detallar los recuerdos de aquella noche.
--¿Pero, y el niño? ¿Y el -hijo del amor-?--preguntó con cierta ironía.
Sánchez Morueta miró al médico con unos ojos que pedían piedad.
Recordaba el entusiasmo con que había hablado á Aresti del pequeñín:
renacían en su memoria las palabras al describir su belleza delicada:
«un verdadero hijo del amor, tan hermoso que en nada se me parece.»
--No te burles, Luis, es una crueldad. Tú lo adivinaste, sin duda,
cuando te hablé de él. También esta ilusión ha desaparecido. No queda
nada... nada. Esa mujer no deja el menor rastro de su paso por mi vida.
Se lo ha llevado todo... todo.
Y recordaba, cómo por segunda vez sintió el instinto homicida al ver la
sonrisa burlona con que acogió ella el recuerdo del pequeñuelo. ¡Ah, la
cruel! ¡Con qué sencillez le había arrebatado la última ilusión,
diciéndole que no era hijo suyo, comparando su belleza delicada con la
de aquel tunante que llenaba su pensamiento! ¡Qué tirón tan doloroso en
su alma!... Esta vez, Judith, á pesar de su insolencia, había sentido
miedo ante el gesto desesperado de -su viejo-. Pero ¡ay! aquella mujer
de carácter doble é inexplicable era invencible. De sus crueldades,
hacía un mérito. Manteniendo en el millonario la ilusión de la
paternidad, podía seguir explotándolo. Así se lo había aconsejado su
amante. Pero ella era una buena muchacha y no quería mentir cuando
llegaba la hora de las explicaciones. Aun pretendía que su antiguo
protector le agradeciese la cruel confesión. No: el niño no era su hijo.
Y lo repetía satisfecha, como si de este modo afirmase más sus derechos
sobre el hombre amado, colocando el pequeñuelo como un compromiso eterno
entre ella y el -amante de corazón-.
Sánchez Morueta salió de aquella casa con el alma rendida por los
crueles descubrimientos. ¡Ni amor, ni hijo! Sólo la convicción del
fracaso; la tristeza de haber creído en una dicha que él mismo se
forjaba engañándose, y un profundo desgarrón en su dignidad, el arañazo
del ridículo en que había vivido durante varios años, que él creía los
mejores de su existencia.
Vagó todo el día por Biarritz como un sonámbulo. Por la noche, el deseo
amoroso fué más fuerte que su voluntad, y sin darse cuenta de á dónde se
dirigía, se vió de pronto llamando á la puerta de Judith.
Fué en vano. Ella temía, sin duda, la repetición de otra noche como la
anterior: sentía miedo, y tal vez cansancio de luchar con la pegajosidad
de un amor desesperado. Nadie le respondió. Judith había huido con su
amante y el pequeñuelo. Adiós, para siempre. La ilusión de varios años
desaparecería sin dejar rastro.
--Más vale así--dijo el doctor.
--Sí: mejor es que haya huido.
Sánchez Morueta se avergonzaba al pensar en su cobardía de la segunda
noche. Se tenía miedo á sí mismo. Adivinaba que, viendo de nuevo á
Judith, hubiese pasado por todo, se habría sometido á una situación
envilecedora, á cambio de conservar algo de la antigua ilusión, una
sombra de felicidad á la que agarrarse.
Se hizo un largo silencio. El millonario, después de terminado el
relato, se hundió en el sillón, anonadado, sin fuerzas, como si al echar
fuera de sí el peso doloroso de los recuerdos, cayese sobre él, de un
golpe, el cansancio de la noche anterior pasada en vela, el
desfallecimiento del hambre.
--Y ahora, ¿qué piensas hacer?--preguntó Aresti.
--¿Y tú me lo preguntas?--dijo con desaliento el millonario.--¡Qué sé
yo! No puedo pensar. Dímelo tú, que sabes más de la vida. Desde anoche
que no tengo otro deseo que verte: me faltaba el tiempo para llegar aquí
y llamarte. Tú eres lo único que me resta...
Y miraba al doctor con ojos suplicantes, mientras éste se encogía de
hombros, dudando de la eficacia de sus remedios para salvar á su primo.
--Me siento mal, Luis--dijo quejumbrosamente Sánchez Morueta.--Yo me
conozco. Este disgusto no quedará aquí: sentiré sus consecuencias más
adelante... ¿Qué voy á hacer? ¿Qué me aconsejas? ¡Por tu vida, dímelo!
Y suplicaba con acento desesperado, tendiendo sus manos, como un ciego
que no osase moverse é implorase un guía.
--¿Qué quieres que te aconseje?--dijo el médico.--Lo que yo te puedo
decir, te lo diría cualquiera. ¿Piensas buscar á esa mujer?...
El millonario hizo un gesto negativo. No, ¿para qué? Aquello había
terminado. No podía olvidarla; eso nunca: le dolía la decepción, pero el
mismo odio con que pensaba en ella, era un signo de que no tan
fácilmente iba á librarse de su recuerdo. Sufría en silencio, intentando
curarse: sería un hombre y, en los momentos de desaliento, el recuerdo
del ridículo en que había vivido bastaría para darle fuerza. Pero, ¡ay!
¡cómo le aterraba la soledad de aquella existencia que aún le quedaba
por delante! ¡Qué miedo le causaba la monotonía de una vida sin
ilusiones!
--Vaya, Pepe: no hay que ser niño--dijo el doctor con autoridad.--Ni
estás solo, ni te hallas tan falto de afectos. ¿No deseas mi consejo?
Pues ahí lo tienes. Vuelve los ojos á tu casa: procura unirte á tu
familia. Invéntate una felicidad para tu uso, como esa que te forjaste
al lado de una desconocida. Imagínate que tu mujer te adora, y aunque no
sea cierto, esa mentira resultará menos dolorosa que la otra, pues no
conocerás la infidelidad, ni los celos.
El millonario movió tristemente la cabeza. ¡La familia! ¡Su mujer!
También esta retirada era imposible por culpa de aquella mala hembra.
Entre él y Cristina se habían agrandado las distancias; no podía esperar
una reconciliación. Él, en su enardecimiento amoroso, no había negado
los hechos la tarde en que su esposa le sorprendió en su despacho. Y con
la falta de escrúpulos del dolor, relataba á Aresti su escena con
Cristina, la frialdad con que había acogido sus caricias, y después, la
explicación tempestuosa entre los dos: ella echándole en cara su
infidelidad: él aceptándola con altivez, como una consecuencia de la
separación moral en que vivían.
El doctor le escuchaba pensativo.
--¿Cristina fué en busca tuya?--preguntó con cierto asombro.--Pues
vuelve á ella y la encontrarás. No te asustes por lo ocurrido entre
vosotros. O te buscó porque en ella ha despertado un repentino afecto
por tí (y permite que te diga que esto es extraordinario) ó porque
alguien se lo ha mandado. De un modo ú otro, vuelve: ella te aceptará.
Sánchez Morueta le miraba con incertidumbre.
--Vuelve, hombre--continuó el doctor:--es la única solución que puedo
ofrecerte. Ya sé que esto no es gran cosa para tí, con esa necesidad de
amor que sientes cerca de la vejez; pero siempre será un remedio para
llenar ese vacío de tu vida que tanto te asusta. Si yo estuviera dentro
de tu piel encontraría otros medios para emplear mi actividad,
fabricándome ilusiones. ¡Ah, si yo tuviese tus riquezas y tu poder!...
El millonario adivinaba el pensamiento de su primo, acogiéndolo con un
gesto desdeñoso. ¡Dedicar su vida á los de abajo: ser una especie de
santo laico que empleara su fortuna, no en limosnas infecundas, sino en
emancipar moralmente á los parias del trabajo, proporcionándoles el pan
de la instrucción! ¡Fundar grandes escuelas, universidades, etc., como
aquellos ricachones de que hablaba el médico!... ¡Bah! ¿Y qué placer
podía proporcionarle esto?... Su egoísmo profundo de hombre de presa,
sin otros ideales que la vanidad y el goce de su persona, se reía del
doctor. En el mundo sólo tenía importancia lo que se relacionase con él.
¡A ver cómo no reventaban todas las gentes por cuya triste situación se
preocupaba su primo! Si él era infeliz con toda su fortuna, ¿por qué
habían de ser dichosas semejantes garrapatas?...
Otra vez volvió á hacerse un largo silencio entre los dos. Terminaba la
tarde; á lo lejos sonaba la sirena de un vapor. El buque en marcha hizo
acordarse á Aresti del ingeniero que esperaba afuera, en las oficinas,
más de una hora.
--Pepe... ese muchacho. Te advierto, para que no te coja de sorpresa,
que viene á despedirse de tí. Se marcha de Bilbao. Hemos venido hablando
de esto todo el camino. Ha tardado algunos días á decidirse, pero ahora
esperaba con impaciencia tu regreso, para manifestártelo.
--¡Se va!... ¿Y por qué?...
--¡Qué sé yo! Cosas de muchachos. Creerá que ya no puede vivir aquí. Tal
vez sufra como tú el mal de amores. En él no resulta extraño: es cosa
de la juventud.
Sánchez Morueta no preguntó más. Adivinaba en la sonrisa del doctor algo
que no quería conocer. Al mismo tiempo le causaba alegría la posibilidad
de que el joven sufriera como él. Era un consuelo egoísta y feroz ver
que á todos llegaba la desgracia, sin reparar en años ni en
gallardías... Por esto accedió al ruego de su primo, haciendo llamar al
ingeniero. ¡A ver, que pasase aquel compañero de desgracia!...
Fernando no quiso sentarse; tenía prisa por volver á los altos hornos
después del tiempo perdido; deseaba cumplir sus deberes hasta el último
momento.
Venía para manifestar su deseo de marcharse, de abandonar el puesto tan
pronto como el jefe le designase un sucesor. Y hablaba con la vista
baja, como si temiese que el millonario pudiera leerle su secreto en los
ojos.
Sánchez Morueta se deleitaba apreciando el trastorno de aquella cara
juvenil. ¡Oh! A este también le había mordido la mala bestia; llevaba la
señal en su palidez, en la tristeza de sus ojos.
De pronto, sintió por él la fraternidad dolorosa de los penados, unidos
eternamente por la misma cadena.
--¡Te vas, hijo mío!... ¿Es algún disgusto allá en la fundición?...
¿Acaso quieres ganar más?... Si es por dinero, habla.
El ingeniero contestó con gestos negativos. Ni disgusto ni ambición de
dinero. Era que se había cansado de vivir allí; sentía la nostalgia de
ver países nuevos: le arrastraba la movilidad de carácter de los de su
tierra. Iría á Asturias ó á Cataluña; tal vez se embarcase para América;
aún no se había buscado un nuevo puesto, pero acariciaba la ilusión de
llevar con él á su madre á un clima que fuese mejor. Por esto sólo se
marchaba.
El millonario, ante la sonrisa de Aresti y la indecisión de las palabras
del joven, se convenció de que éste mentía.
Sanabre siguió hablando. No olvidaba la bondad con que le había
distinguido su jefe: sentía alejarse de su lado, pero estaba resuelto á
la separación y tardaría en irse lo que tardase en encargarse de los
altos hornos otro ingeniero. Mientras tanto, allí estaría á sus órdenes.
--¡Te vas, hijo mío!--exclamó el millonario con repentino
enternecimiento.--Ya sabes que te he querido casi como un hijo. Allí
donde estés, si necesitas algo de mí, habla; si quieres volver, vuelve.
No nos despidamos ahora. Iré á verte: vendrás á...
El ingeniero, levantando la cabeza con repentina vivacidad, le
interrumpió. Cuando quisiera algo de él, mientras estuviese en la
fundición, podía darle sus órdenes por teléfono. Ya se verían, si
Sánchez Morueta visitaba los altos hornos; y si su principal no iba por
allá, pasaría él por el escritorio antes de marcharse. Sánchez Morueta
nada dijo ante un deseo tan claro de evitar toda visita al palacio de
Las Arenas.
--Adiós, hijo mío... Hasta la vista.
Y estrechó con efusión la mano del joven.
Al quedar solos Morueta y su primo, el millonario, trastornado por
tantas emociones, se dejó caer en el sillón.
--Todos se van, Luis. Ese muchacho era otro de mis afectos. Se hace el
vacío alrededor de mí... Y ahora, al volver á mi hogar, la frialdad de
la casa de huéspedes, la ausencia del cariño.
--No, Pepe--dijo al doctor.--Tengo la certeza de que ahora encontrarás
allí lo que en otro tiempo deseaste. Tu mujer de seguro que te espera.
--¿Y tú? ¿Me abandonarás también tú?...
--Yo nunca--dijo Aresti.--Pero de poco puedo servirte. Soy un hombre, y
lo que tú necesitas, no está á mi alcance el dártelo. La alegría de tu
vida sólo puedes encontrarla en tu casa... Ahora... lo que yo no sé aún
es á qué precio vas á pagarla.
VIII
El grande hombre estaba enfermo. Había transcurrido cerca de un mes sin
que Aresti fuese á verle, pues no quería despertar con su presencia los
recuerdos del millonario.
De vez en cuando, llegaban á él vagas noticias del estado de Sánchez
Morueta por los contratistas de las minas. Don José no iba al
escritorio; don José estaba enfermo en su palacio de Las Arenas. No era
caso de gravedad: inapetencia, cansancio. Quería abarcar demasiado y los
negocios minaban su salud.
--Es la crisis que él temía--pensó el médico.--Pero cuando no me llama
sus razones tendrá... Debe haber cambiado mucho aquella casa.
Y seguía en Gallarta, con el propósito de no visitar á su primo hasta
que éste le llamase.
Un día, en Bilbao, se encontró en el Arenal con el capitán Iriondo. El
marino se extrañaba de que Aresti no hubiese visitado á su primo.
--No es que yo crea que va á morir--dijo el capitán--pero muchacho, anda
muy malucho. No sé qué mala mosca le ha picado de algún tiempo á esta
parte. No come, está tristón, pasa el día sentado, dejándose cuidar por
su mujer y su hija como si fuese un niño. En fin, que no es ni sombra de
lo que fué. Y eso que aquella casa ha cambiado mucho. Doña Cristina
parece otra; nunca la he visto tan alegre.
Y describía á la esposa de su amigo hermoseada por una nueva juventud,
yendo por la casa con aire altivo, como si hasta entonces no se hubiera
considerado con verdadera autoridad para dirigirla; vistiendo con tanta
elegancia como su hija; olvidada ya de aquellos trajes obscuros que la
daban el aspecto de una beata.
Cuidaba y mimaba á su marido con gran cariño y él la seguía en sus idas
y venidas por las habitaciones, con unos ojazos que revelaban la ternura
del agradecimiento.
En fin, querido -planeta---continuó el capitán--que parecen unos novios.
No sé qué diablos habrán andado en esto, pero los dos son otros,
completamente.
Aresti sonreía.
--¿Entonces--preguntó--la casa de mi primo será un nido de amor?
--Hombre, yo te diré--repuso el capitán con cierta vacilación.--Me gusta
que estén así, tan amartelados, pero no me place todo lo que allí veo.
Por ejemplo, tienes á todas horas metido en el hotel al fantasmón de
Urquiola, que se pavonea por los salones como si ya fuese el amo. Doña
Cristina no hace nada sin consultárselo. Además, ¿te acuerdas de
Nicanora, el -aña-? Pues la han enviado á su pueblo con todo lo
necesario para comprarse unos terruños y un par de vacas. Me han dicho
que la echó doña Cristina, después de una escena algo fuerte... Pepita
parece embobada ante Urquiola. Tal vez no le tenga gran voluntad, pero
la mamá los aproxima, y ya verás como esto acaba en boda. Ese cachorro
de Deusto tal vez sea mi jefe. ¡Cristo! ¡Y para esto me expuse á que me
rompieran la cabeza cuando al sitio!...
--Y Pepe ¿qué dice?...
--Pepe no tiene voluntad. Habla menos que nunca, y á todo lo que ordena
su mujer contesta que sí con la cabeza. Por dentro tal vez pensará otras
cosas, pero no se atreve á contradecir á su Cristina, á darla un
disgusto, metiendo en cintura á ese atrevidillo... Yo creo que debías ir
á verle.
--¿Yo?... No me ha llamado. Además, no me tienta ese cuadro de familia:
allí no hago yo falta.
--Sí, hombre, debes ir. Pepe desea verte: siempre que voy me pregunta
por tí. No te llama... ¿qué sé yo por qué? Tal vez por no contrariar á
su mujer. Puede que algunas veces haya tenido el llamamiento en la punta
de la lengua y no se atreva... Ya sabes que el -Capi- es muy franco.
Allí no te quieren: te tienen miedo. Hasta creo que el oficioso Urquiola
ha metido en la casa á un médico de su cuerda. Pero el pobre Pepe piensa
en tí. Ve á verlo y le darás un alegrón. ¡Valiente cosa te importa la
mala cara que pueda hacerte tu parienta!...
Aresti pareció encabritarse oyendo esto. ¿Conque tenían á su primo en
una especie de secuestro manso, para que no le viera, y llamaban á otro
médico como si él hubiese muerto?... Pues allá se iba al instante.
Sentía curiosidad por ver de cerca la nueva dicha del millonario. Al
mismo tiempo le regocijaba pensar en el mal gesto que pondrían aquellas
gentes ante su presencia inesperada. ¡Caería en Las Arenas como una
bomba. ¡Je, je, je! Y riendo se despidió del capitán, para subir en el
tranvía.
Cuando á media tarde entró en el hotel de Sánchez Morueta, encontró en
un salón á su prima y su sobrina con el imprescindible Urquiola.
Antes de entrar, mientras le anunciaba una doncella, oyó un rumor de
voces, hablando con apresuramiento, y después un ruido de pasos y de
faldas en fuga.
--¡No quiero verle!--gritó una voz sofocada que el médico creyó
reconocer.
Al entrar en la habitación notó algo que denunciaba aquella fuga
misteriosa. El gesto con que le recibió su prima, le dió á entender lo
inoportuno de su llegada.
El doctor pensó que las que habían huido para evitarse su presencia eran
las de Lizamendi. Aquella voz que protestaba era, sin duda, la de su
mujer.
La entrevista fué glacial, sin que la esposa del millonario hiciese el
menor esfuerzo por disimular la antipatía que le inspiraba el médico.
Sus ojos azules le miraban con fijeza desdeñosa. ¿A qué se presentaba
allí? ¿Quién le había llamado? Doña Cristina se sentía ahora dueña
absoluta del suelo que pisaba. Ella á un lado con los suyos, y el médico
á otro. Era un extraño odioso: la sangre de nada valía cuando las almas
se separaban para siempre.
Pero el doctor despreció esta hostilidad. Hablaba como si no se diera
cuenta de la sonrisilla insolente del abogado de Deusto; del gesto
asombrado y medroso con que le contemplaba su sobrina como si fuese un
aparecido.
Aresti quiso ver á Morueta, y doña Cristina miró con inquietud á una
puerta inmediata, como temiendo que el doctor llegase á pasarla.
--No sé si podrás verle--dijo con los labios apretados.--Está delicado:
no gusta de recibir visitas.
--¡Bah! Los médicos entramos donde hay enfermos...
Y sin esperar el permiso de la señora, púsose de pie y se dirigió á la
puerta que comunicaba el salón con el despacho del millonario.
Al levantarse el tapiz, Sánchez Morueta dió un grito de alegría,
reconociendo á su primo.
--¡Luis! ¡Luisito!...
Y le tendió las manos sin abandonar el sillón. Aresti le abrazó.
Realmente, el grande hombre no gozaba de buena salud. Había adelgazado
mucho, su barba era casi blanca, los ojos los tenía hundidos, y en su
rostro enjuto se marcaban los pómulos con agudas aristas, pareciendo la
nariz más grande y pesada.
Estaba leyendo un pequeño libro, y pasado el primer momento de expansión
se apresuró á ocultarlo en uno de sus bolsillos, como si temiese que
Aresti leyera la cubierta del volumen.
Doña Cristina siguió al médico, quedando de pie cerca de los dos
hombres, con ceño imponente, vigilando sus expansiones fraternales.
Aresti se hacía explicar todos los síntomas de la enfermedad. Conocía
aquello: no era más que un trastorno moral que se reflejaba en el
organismo. Calma y dulzura era lo que necesitaba.
--¡Un trastorno moral! Eso es--dijo la señora con voz áspera.--Siempre
que hablases con tanta verdad. Pepe vivía demasiado... agitado. Por
fortuna, está en buenas manos y curará. La calma y la dulzura ya sabe él
cómo se adquieren.
Y á continuación, para cortar la entrevista, recordó á su marido la
conveniencia de hablar poco, de no cansarse, de estar solo.
--¡Pero, si es Luis!--dijo el gigantón sin atreverse á mirar á su
esposa.--¡Si con este tengo el mayor gusto en hablar! ¡Si deseaba mucho
que viniese!... Ya ves, es el último que queda de mi familia. Somos como
hermanos.
Y su acento humilde parecía excusarse de este cariño, pedir perdón á la
esposa por un afecto superior á su voluntad. Se notaba en él la
abdicación del marido que vuelve hacia su mujer con el peso de una falta
y teme á cada momento que le recuerde su pasado.
Apareció Pepita en la puerta haciendo señas misteriosas á su madre y
ésta la siguió fuera del despacho. Indudablemente, se marchaban las de
Lizamendi, aprovechando la ausencia de Aresti y querían despedirse de
las señoras.
Al quedar solos los dos hombres, el medicó se aproximo á su primo. Les
dejarían solos muy poco tiempo y deseaba enterarse de la verdadera
situación del millonario. ¿Cómo vivía en su casa? ¿Era feliz?...
Sánchez Morueta sólo supo hablar de su mujer.
--Es un ángel... un verdadero ángel. Debías ver cómo me cuida, de qué
cariño me rodea. Conserva su geniecillo dominador; pero no es más que
deseo de aislarme, de tenerme siempre cerca de sus faldas. Soy otro
hombre, Luis. Esta tranquilidad no tiene precio. Estoy como el que
descansa después de una marcha forzada; no me atrevo á moverme.
Pero, á pesar de su dicha, mostraba gran timidez, como si adivinase la
fragilidad de aquella paz que le envolvía, y temiese romperla con el más
leve movimiento.
--¿Y -aquello-?--preguntó misteriosamente el doctor.--¿Se olvidó ya por
completo?...
El hombrón palideció como si despertase junto á un peligro é hizo un
movimiento con sus manazas pretendiendo apartar en el espacio las
palabras de su primo. No debía recordarle -aquello-: le causaba
vergüenza y repugnancia.
Ya no pudieron hablar más. Entró doña Cristina, pero esta vez seguida de
su hija y Urquiola. Después de despedir á las amigas, se trasladaban al
despacho para sentarse en torno de Sánchez Morueta, interponiéndose
entre él y el doctor, como si quisieran evitar todo contacto entre ambos
primos.
Debía ser esta irrupción obra de doña Cristina, dispuesta á hacer
comprender rudamente al médico su deseo de cerrarle para siempre las
puertas de la casa. Aresti veía los ojos de los tres, fijos en él, como
si le dijeran: «¿Qué haces aquí? Vete: tú no eres de los nuestros.»
El millonario acogía con una sonrisa la solicitud con que se aproximaban
á él, y le rodeaban como si temieran que escapase. Miraba á su primo con
satisfacción. ¡Cómo le querían! ¿eh? ¡Cómo sentían la necesidad de no
dejarlo solo, resarciéndole de la antigua frialdad! ¡Oh, la familia!...
Hasta á Urquiola alcanzaba su gratitud. No podía permanecer indiferente
con aquel muchachón que le llamaba tío á boca llena, extendiendo á él su
lejano parentesco con la señora. Además le protegía en sus deseos de
enfermo. Cuando doña Cristina, atendiendo las indicaciones del médico,
le ocultaba los cigarros, Urquiola buscábalos, y, echando á broma la
prohibición, obsequiaba al tío.
Aresti sonreía ante la solicitud de acólito respetuoso con que mimaba á
Sánchez Morueta, adivinando sus antojos de enfermo; la rapidez con que
le ofrecía una cerilla, apenas se apagaba entre sus débiles dedos el
cigarro con que le había alegrado poco antes.
Doña Cristina miraba al joven, que parecía indeciso, no sabiendo cómo
iniciar la realización de algo que había prometido. Al fijarse Urquiola
en el libro que asomaba á un bolsillo del millonario, habló del mérito
de la obra.
--¿Le gusta á usted, tío? ¿Verdad que es muy -profunda-? Pues el segundo
tomo todavía es mejor.
Y antes de que el tío pudiera contestar, Urquiola se dirigió á Aresti,
como si sólo por él hubiese hablado del libro. Era una de las obras más
notables que se habían publicado en el siglo: las «-Respuestas á las
objeciones más comunes contra la religión-» del Padre Segundo Franco, un
jesuíta italiano, de inmenso talento. En este libro se echaban por
tierra todas las mentiras de los enemigos del catolicismo; su falsa
ciencia, que no es más que soberbia, sus embustes contra la Inquisición
y contra todos los grandes hechos de la Fe, que se presentan como
crímenes. Al que lo leía no le quedaba otro remedio que convertirse.
Todo lo de la Iglesia quedaba justificado claramente en sus páginas,
con esa fuerza de razonamiento que sólo poseen los Padres de la
Compañía. El que aún estaba en el error era porque no conocía el libro.
--Usted debía leerlo, doctor--dijo con impertinencia el abogado de
Deusto.
Aresti conocía la obra. Recordaba haber hojeado, cuando vivía en casa de
las de Lizamendi, aquel solemne monumento de la estolidez, en el que se
probaban los mayores absurdos con argumentos al alcance de cualquier
vieja devota. El importuno consejo de Urquiola le irritó:
--Joven--dijo con gravedad desdeñosa,--hace muchos años que leo lo que
mejor me parece, sin necesidad de consejero.
Sánchez Morueta bajaba la cabeza para no encontrar la mirada de su
primo, como si le avergonzase el descubrimiento del libro.
Pasaron en silencio un largo rato. Doña Cristina y su sobrino seguían
mirándose. Parecían dispuestos á hostilizar al doctor, á exasperarle,
buscando un rompimiento para que no volviese más a la casa. La señora
animaba al joven con sus ojos para que entablase una discusión con el
médico.
Urquiola habló de la gran peregrinación á la Virgen de Begoña, que
preparaban todas las personas decentes de Bilbao para el mes de
Septiembre. Mucho había costado de organizar, pero sería una fiesta tan
hermosa como la de la Coronación; un alarde de la Vizcaya religiosa y
honrada que quería ser libre y volver á sus antiguos tiempos de
grandeza.
Aresti se había impuesto la prudencia, adivinando las intenciones de sus
enemigos; pero sentía agitarse su carácter batallador y rebelde ante el
abogado, cuyas palabras le irritaban.
--¿Y qué tiempos fueron esos?--preguntó irónicamente.
Urquiola, dichoso por poder mostrar ante Pepita y su madre aquella
oratoria ruidosa que tantos éxitos le había valido en los ejercicios
literarios de Deusto, acometió impetuosamente. ¡Parecía imposible que un
vizcaíno hiciese tal pregunta! ¿Qué tiempos habían de ser? Los del
Señorío; cuando Vizcaya era independiente y estaba gobernada por los
-Jaunes- prudentes y valerosos; cuando la mala peste del -maketismo- no
había aún invadido la santa tierra del árbol de Guernica; cuando los
vascos en Padura, en Gordexola y en Otxandino hacían morder el polvo á
los españoles, del mismo modo que siglos después, en nuestra época, sus
descendientes habían derrotado á los -guiris- y los -ches- de pantalones
rojos que enviaba España para acabar con los últimos restos de sus
libertades.
Aresti sonrió con desprecio. ¡Ya habían salido Padura y las otras dos
batallas contra los castellanos! Dichoso país aquel, tan falto de
historia que tenía que inventarla, dando la importancia de glorias
nacionales á tres miserables combates de horda, allá en los tiempos de
Mari-Castaña; tres contiendas á peñazos, golpes de cachiporra y de
hacha, un poco mayores nada más que cualquier riña de romería.
--No: Vizcaya no tiene apenas historia--continuó el doctor,--y por esto
posee la energía de los pueblos jóvenes. Su grandeza empieza ahora; sólo
que los enemigos de lo moderno no lo ven. Su gloria es reciente y está
en la ría, en el puerto, en las ruinas y las fábricas, en los buques que
pasean por todos los mares la bandera de su matrícula, en el esfuerzo
colosal de dos generaciones que han trastornado la naturaleza para
explotarla. Los vizcaínos que en otros tiempos iban en sus barquitos á
la pesca de la ballena, valen más, para mí, que todos esos héroes
cabelludos y zafios que en Padura gritaban -¡sabelian, sabelian sarrtu!-
avisándose que debían herir con sus chuzos á los españoles en el
vientre. Este es un país que no ha dado en los tiempos pasados más que
obispos y marinos. Ahora despuntan los únicos hombres notables que puede
producir esta raza con sus especiales condiciones. ¿Ve usted ahí á mi
primo que no sueña con la gloria histórica, ni se preocupa de lo que
pensarán de él en el porvenir? Pues es el verdadero héroe, el paladín
moderno. Ha hecho él más por la gloria de Vizcaya con sus empresas
industriales, que todos aquellos -Jaunes-, sucios, barbudos y llenos de
costras.
Urquiola calló, desconcertado ante este elogio á su querido tío,
temiendo que el millonario tomase la menor respuesta como un atentado á
la gloria de su nombre. Pero doña Cristina vino en su auxilio para que
la discusión no quedase ahogada.
--No te esfuerces, Fermín. Al doctor le importan poco las santas
tradiciones de Vizcaya. Lo que á él le molesta es ver á todo un pueblo
rendir homenaje á nuestra santa Patrona, en la que él no cree.
Aresti se encogió de hombros. No le molestaba ninguna de aquellas
fiestas: eran para él espectáculos curiosos, en los que estudiaba el
afán por lo extraordinario, por las protecciones ocultas que
experimentan la debilidad y la ignorancia. Él daba su verdadero valor á
la manifestación del próximo mes de Septiembre. Lo religioso era en ella
lo de menos. La gran masa inconsciente subiría al monte Artagán, con el
deseo egoísta de ganarse el agradecimiento de la Virgen: pero la
dirección la llevarían los que soñaban con la independencia vasca, y los
jesuítas, que insistían en sus alardes, temiendo la propaganda social de
las minas y el espíritu antirreligioso de los trabajadores de la villa.
Al oír mentar á los jesuítas, Urquiola dió un respingo en su asiento.
Ahora se sentía en terreno fuerte: era como si atacasen á su familia. Y
miró á las dos mujeres, como invitándolas á que presenciasen el gran
vapuleo que iba á dar al impío... ¿Qué tenía que decir de los jesuítas?
Eran unos sacerdotes sabios, prudentes y buenos, que se sacrificaban por
dirigir á las gentes hacia la virtud. Ellos, siguiendo al glorioso San
Ignacio, habían contenido la infernal propaganda de Lutero, atajando la
revolución religiosa, prestando á los pueblos latinos la gran merced de
evitarles este contagio. Eran el brazo derecho del Papa; los que
mantenían en toda su pureza el catolicismo. ¿Y sabios?... Él mismo
conocía en Deusto á un Padre que hablaba cinco idiomas...
Aresti le interrumpió:
--Yo conozco empleados de hoteles que poseen más lenguas y sin embargo,
el mundo ingrato no ensalza su sabiduría.
Urquiola, herido por este sarcasmo, hizo un movimiento como si fuese á
caer sobre el doctor, pero se repuso inmediatamente. Él estaba allí como
apóstol: quería aplastar al impío, de cuya ciencia hablaban con respeto
muchos tontos. Y continuó su apología del jesuitismo, hablando de su
fundación, como si fuese un punto de partida para la humanidad. Ya
conocía él todas las calumnias lanzadas contra la orden. ¡Mentiras de la
masonería, que temblaba de cólera y miedo ante los hijos de San Ignacio!
Se hablaba de la rapacidad de los jesuítas, de su codicia, de su afán
por atesorar dinero. Embustes de los impíos y de ciertas órdenes
religiosas, roídas por la envidia, que no reparaban que al herir á los
ignacianos socavaban el más fuerte cimiento del catolicismo. ¡A ver!
¿dónde estaban esos tesoros? ¿Quién los había visto?... Y aunque los
tuvieran, ¿qué? Como decía muy bien un Padre de la Compañía en uno de
sus libros, el mundo nada perdía con que fuesen ricos, pues dedicaban
su dinero á la instrucción levantando Colegios y Universidades. También
les echaban en cara el que sólo buscasen el trato con los ricos y los
poderosos, educando únicamente á los jóvenes de nacimiento distinguido.
¿Y qué se probaba con esto?... La igualdad es un mito de los impíos;
hasta en el cielo hay jerarquías y los Padres se dedicaban al cultivo de
los de arriba, de los que por su nacimiento ó su fortuna estaban
destinados á ser pastores de hombres, dejando la gran masa que ellos no
podían evangelizar, al cuidado de los sacerdotes del clero bajo.
Agarrándose al tronco estaban seguros de poseer las ramas: educando á
los privilegiados en el santo temor de Dios, mantenían el espíritu
religioso en las instituciones directoras, en los legisladores, los
magistrados, los militares, afirmando el porvenir más sólidamente que si
buscaban al populacho ignorante y tornadizo, siempre dispuesto á dejarse
engañar por absurdas propagandas...
¡Ah, el populacho! ¡Con qué asco hablaba Urquiola de la masa sin
voluntad que se dejaba arrastrar por falsos sabios, de pretendida
ciencia! Se indignaba pensando en la ceguera de aquel rebaño, que en los
conflictos de la miseria se revolvía contra los sacerdotes y
especialmente contra los jesuítas. Si surgía una huelga, apedreaban los
conventos de la Orden; si al ir en manifestación por la calle veían á un
cura, lo silbaban y lo perseguían; en sus mitins, cuando querían
insultar á uno de sus opresores, le llamaban jesuíta. ¿Qué daño podían
hacer los Padres á toda aquella gente que pedía aumento de jornal ó
menos horas de trabajo? No tenían minas ni fábricas, no eran dueños de
empresas industriales, no explotaban al trabajador, ¿por qué, pues, iban
contra ellos? ¿No era natural que dejasen en paz á los sacerdotes y se
lanzaran únicamente contra los ricos? ¿A qué mezclar la religión en las
cuestiones del trabajo?...
Y el abogado miraba á Aresti con superioridad, seguro de haberle
aplastado con estos argumentos aprendidos en Deusto, sin reparar en que,
por defender á sus maestros, atacaba á Sánchez Morueta.
El doctor sentíase irritado por el aire de triunfador que tomaba el
joven ante las dos mujeres, las cuales parecían admiradas de sus
palabras. Arrojó de su ánimo todo escrúpulo de prudencia, sintió el
deseo de escandalizar á su devota prima, de exponer sus ideas sin
consideración alguna, cerrándose para siempre las puertas de aquella
casa. ¡Le querían echar, pero él se iría antes!... Y habló con una
calma, con una suavidad en la voz, que contrastaba con la audacia de su
pensamiento.
A él no le extrañaba que el ejército de la miseria, en sus protestas y
rebeldías, se dirigiese contra los sacerdotes ignacianos, á pesar de que
éstos no tomaban parte directa en las empresas industriales. Eran los
directores y los educadores de los ricos. Ellos daban forma á la clase
superior; la moldeaban á su gusto. Los tiros de los desesperados, no
iban, pues, mal dirigidos. Parecían en el primer momento caprichosos y
locos, errando á la ventura, pero en realidad herían al verdadero
enemigo. Los desheredados, los infelices adivinaban con el instinto de
la desesperación dónde estaba la causa de sus males. La sociedad tenía
por base la moral cristiana, una moral que en tiempos remotos podía ser
oportuna, pero que había fracasado al contacto de la vida moderna.
El hombre de hoy debe ocuparse de hacer su trabajo sobre la tierra, de
modificar incesantemente el ambiente natural y social en que vive; y el
cristiano no da importancia á una sociedad por la que pasa
transitoriamente y cuyos intereses no deben preocuparle, pues su
verdadera vida está más allá de la muerte. Veinte siglos lleva de
experiencia la moral cristiana y ha dado de sí todo lo que tiene dentro.
Su fracaso es visible por todas partes. Desconoce la justicia en la
tierra, dejándola para el cielo; pasa indiferente ante el derecho de los
oprimidos, queriendo consolarlos con la esperanza de que en otra vida
que nadie ha visto, encontrarán satisfacción á sus dolores. Su única
fórmula clara es la de la fraternidad universal; «ama á tu prójimo como
á tí mismo», y sin embargo, transige con la guerra, bendice al fuerte,
declara que el hombre es por naturaleza malo y corrompido, que
únicamente se purifica cuando Dios le concede su gracia, y si no la
tiene, si vive fuera de la comunidad santa, es el hijo del pecado, el
ser diabólico al que hay que perseguir y exterminar.
Urquiola y doña Cristina se miraban escandalizados.
--¿Y la caridad?--gritó el abogado. ¿Y la sublime caridad de la moral
cristiana?
--¡La caridad!--contestó el médico sonriendo con sarcasmo.--Es el medio
de sostener la pobreza, de fomentarla, haciéndola eterna. Los
desgraciados la odian por instinto, al recibir sus limosnas: evitan el
buscarla mientras pueden, viendo en ella una institución degradante, que
perpetúa su esclavitud. Ese es otro de los grandes fracasos de la moral
cristiana.
Recordaba la maldición de Jesús á los ricos, su promesa de que les sería
más difícil entrar en los cielos «que un camello por el agujero de una
aguja». Y, sin embargo, todos los humanos, desoyendo á Jesús, reclamaban
el peligro de ser ricos: todos se exponían sin miedo alguno á las llamas
del infierno, por acaparar los bienes de la tierra. Los hombres, sin
excepción, deseaban ejercer la caridad, tomándolo todo para sí, y no
dando más que aquello que juzgaban innecesario ó que no podían guardar.
La caridad no influía para nada en el progreso de los humanos: antes
bien, era un obstáculo. No suprimía la esclavitud, no trocaba las formas
de la propiedad, y en cambio justificaba y santificaba la división de
los ricos y pobres. Los desdichados, en sus rebeliones, no se
equivocaban al odiar una religión que exige al miserable que se resigne
con su suerte y no reclama de los ricos más que una caridad de la que
ellos son los únicos jueces, pudiendo graduarla conforme á su egoísmo.
Los desesperados veían que, así como amenguaba la fe abajo, era arriba,
entre los ricos, donde la religión encontraba sus defensores, á pesar de
que su Dios los había maldecido.
Los privilegiados empleaban la religión como un escudo. «Nada de esperar
en la tierra la justicia para todos. Estaba en manos de Dios y había que
ir á la otra vida para encontrarla. Mientras tanto, el pueblo podía ser
feliz en su miseria con la esperanza del paraíso después de la muerte;
dulce ilusión, supremo consuelo, que los revolucionarios sin conciencia
le quieren arrebatar...»
Así se expresaban los que tenían interés en que continuase en la tierra
todo lo mismo, á la sombra protectora de las creencias. ¿Cómo no habían
de indignarse los infelices contra una religión que les cerraba el
camino de la justicia y el bienestar aquí abajo, para no darles más que
la quimérica esperanza de una justicia divina que los ricos pueden
sobornar con dádivas á los sacerdotes?
El cristianismo había engañado al pobre, manteniéndolo en su triste
estado con la esperanza del cielo y la amenaza del infierno. Era el
carcelero espiritual que sostenía durante veinte siglos el extremo de su
cadena. Ya que había llegado el instante de la revuelta ¡sus y á él!...
Era el enemigo secular; los demás habían crecido á su amparo... El odio
á toda religión era instintivo allí donde las masas obreras despertaban.
Dios era para los trabajadores el primero de los gendarmes, una especie
de funcionario invisible de la burguesía, al que retribuían los ricos
sus buenos servicios, levantándole viviendas, derramando el dinero á
manos llenas entre los que se llamaban sus representantes...
Doña Cristina abanicábase furiosamente las mejillas enrojecidas. ¿Qué
horrores iba soltando aquella voz suave é irónica que parecía
acariciarla con profundos arañazos?... Ahora se arrepentía de haber
provocado al impío y hacía señas á Urquiola para que no le contestase.
Deseaba que se hiciera un silencio penoso, que se fuera de allí empujado
por la sorda y desdeñosa hostilidad de todos. Pero el discípulo de
Deusto temía aparecer vencido á los ojos de Pepita, é interrumpía al
doctor con exclamaciones burlonas ó con gestos escandalizados. «Está
loco: este hombre está loco.» Aprovechando una pausa de Aresti, -colocó-
la objeción que tenía preparada. Criticar era fácil. Pero ya que el
doctor encontraba tan defectuosa la moral cristiana, debía decir cuál
era la suya.
Aresti sonrió, mirando con lástima al joven. Era posible que no lo
entendiese: aquellas cosas no las enseñaban en Deusto. Además, una moral
con todos sus preceptos, no se fabrica de la noche á la mañana como un
sermón de los padres de la Compañía. Bastante había hecho el
pensamiento moderno en menos de un siglo; y aún estaba en la primera
etapa de su marcha hacia el infinito. Pero aun así, su moral, una moral
para la tierra, sin sanciones celestes, encaminada al bienestar positivo
de los humanos, tenía forma.
--Yo--dijo Aresti con sencillez--adoro la Justicia Social como fin y
creo en la Ciencia como medio.
Urquiola rompió á reír con una carcajada insolente. ¡La ciencia! ¡La
moderna ciencia de los revolucionarios y los impíos! Ya sabía él lo que
era aquello. Y la definía con arreglo al libro de un Padre famoso de la
Compañía. «Cogiendo un catecismo del Padre Ripalda y escribiendo -no-
donde el catecismo dice -sí- y -sí- donde dice -no-, se tiene hecha y
derecha toda la pretendida ciencia moderna.» Urquiola se pavoneaba con
esta definición que convertía el catecismo en centro de todos los
pensamientos humanos, colocando al Padre Ripalda por encima de todos los
grandes hombres de la historia. Doña Cristina, creyendo que esta
definición tan clara era obra de su sobrino, admiraba su talento.
Pero el abogado no se fijó en esta admiración, enardecido por la
proximidad de su triunfo. Allí quería él al doctor, ¿Conque la ciencia
podía servir de medio é instrumento á la moral?... En Deusto, aunque
Aresti no lo creyera, también les enseñaban algo de la ciencia moderna.
Levantaban nada más que una punta del velo que ocultaba este cúmulo de
impiedades, para aplastarlas con el santo peso de las buenas doctrinas.
Él conocía un poquito de la ciencia moderna, para apreciar su grosero
materialismo, incompatible con todo ideal, é instrumento de toda
desmoralización.
El hombre era una bestia para aquella ciencia. El instinto reemplazaba
al alma: nada del Dios omnipotente que había formado el mundo: nada de
existencia espiritual después de perecer la materia. Esta vida sólo
tenía por escenario la tierra. Luego de la muerte un poco de
podredumbre: polvo: nada. Como no existía otra vida, no existían
castigos y todos podían hacer lo que mejor placiera á sus instintos, sin
miedo á la cólera de Dios. ¡La bestia libre y sin sanción alguna! Ya que
no había que temer á los castigos, ¿para qué renunciar á la satisfacción
de los apetitos? ¿Por qué imponerse privaciones respetando á los
semejantes?... ¡A burlarse de nuestros antecesores, unos tontos que
contenían sus pasiones por la esperanza del cielo ó el miedo al
infierno! Los fuertes deben aplastar á los débiles: los débiles deben
apelar á la astucia y la maldad para salvarse de los fuertes. A nadie
hemos pedido venir al mundo, y nadie nos exigirá cuentas cuando volvamos
á confundirnos con la tierra. El vicio es lo mismo que la virtud: el
crimen y la bondad valen igual: vivamos y gocemos todo lo que nos sea
posible, sin escrúpulo alguno, ya que nadie nos ha de pedir cuentas.
--¿Es esta su moral, doctor--preguntaba irónicamente el abogado.--¿No es
esto lo que se desprende de la ciencia moderna?...
Las dos mujeres mostraban su admiración por Urquiola con miradas de
lástima al médico. Hasta Sánchez Morueta, que permanecía con la cabeza
baja, como molestado por una polémica cuya intención adivinaba, levantó
los ojos fijándolos con cierta extrañeza en el abogado. Aquel muchacho
no se expresaba mal. Ya no le creía tan necio, y pensaba si su mujer
tendría razón al elogiar sus cualidades.
Aresti acogió la sarcástica descripción de aquella sociedad sin Dios,
con rostro impasible. Si la religión era un freno para los apetitos y
las violencias ¿por qué la criminalidad era más frecuente en los pueblos
atrasados y devotos que en aquellos otros de mayor cultura? ¿Cómo era
que los mayores crímenes de la historia habían coincidido con los
períodos en que el entusiasmo religioso era más ardiente?
El médico hablaba en nombre de la ciencia, para la cual la falta de
moralidad y el crimen sólo son resultados de la incultura ó de una
regresión parcial del cerebro. Además, ¿de dónde sacaba Urquiola que
porque no existiese una sanción divina para la moral, porque el hombre
no sintiera el temor á los castigos eternos, se había de entregar á la
violencia atropellando á sus semejantes? El hombre de mentalidad
desarrollada, sabía que aunque condenado por la naturaleza á
desaparecer, no por esto desaparecería la humanidad de la que forma
parte. Sólo el ser inculto y brutal, con el egoísmo de la ignorancia
podía incurrir en tales crímenes. Sólo podían pensar así los pobres de
inteligencia que forman la principal masa de todas las religiones; los
que no ven en el mundo nada más allá de su propia individualidad
egoísta; los que sólo aman la virtud como un pasaporte para entrar en la
vida eterna, y sí hacen algún bien es con la idea de que giran una letra
sobre el porvenir para que se la paguen con un puesto en el cielo.
Quedaban aún muchos seres de una mentalidad limitada, semejante á la de
los hombres primitivos, que sólo se preocupaban de sus personas ó,
cuando más, de sus familias. Cada uno de ellos concibe la vida como si
su individualidad fuese el centro del universo, no interesándole más que
lo que ve y lo que toca. Esos, en su egoísmo, tienen tal concepto de la
importancia de su persona, que necesitan que ésta se perpetúe después de
la muerte, admitiendo como indispensables los cielos y los castigos
inventados por las religiones.
El hombre emancipado por la ciencia, se preocupa de la suerte de la
humanidad tanto ó más que de la de su individuo. Sabe que es un
componente de una familia infinita, siente la solidaridad que le liga á
su especie, está seguro de que su pensamiento vivirá aún después de
haberse corrompido su cerebro y no se satisface con la saciedad de sus
sentidos. Tiene la inteligencia más desarrollada que los órganos
animales, y sus mayores placeres residen en ella. Por lo mismo que no
duda de que su organismo material ha de morir para siempre, siente la
necesidad de dejar rastro de su paso por el mundo con una buena acción.
En vez de querer inmortalizarse como los devotos en un bienestar celeste
(deseo egoísta que ningún beneficio proporciona á los demás), desea
sobre vivirse en la especie, que es eterna, procurando á ésta la parte
de bienestar ó felicidad á que puede contribuir con el trabajo de su
vida. ¿Qué moral más generosa?... El ensueño individual y egoísta de un
cielo falso é inútil, lo sustituye el hombre moderno con el ideal
colectivo, que está de acuerdo con su razón y le procura las más altas
satisfacciones morales.
--Hacer el bien á los semejantes--continuó Aresti--sin esperanza de
recompensa ni miedo al castigo, como lo hacemos los impíos modernos, los
hombres del -materialismo-, es ser más idealista que el devoto que
compra su parte de paraíso con oraciones que no remedian ningún mal de
la tierra.
El doctor se exaltaba, elevando su voz, al comparar la moral de las
religiones y aquella moral de los pensamientos elevados y nobles que se
desarrollaba al tranquilo amparo de la ciencia. ¡Cómo poner al mismo
nivel al egoísta crédulo que con unos cuantos sacrificios y
mortificaciones cree comprarse una eternidad de alegría en el cielo, y
al hombre moderno, que hace el bien sin creer en futuras recompensas, ni
en el agradecimiento de divinos fantasmas, únicamente por la alegría de
socorrer al semejante, por la solidaridad que debe existir entre todos
los que tripulan el barco errante de la Tierra!... Así habían procedido
siempre los grandes mártires y los genios. Era la moral de los héroes de
la humanidad: en otros siglos se había mostrado aislada, pero ahora iba
generalizándose, conforme agonizaban los dogmas, como una afirmación de
la conciencia colectiva.
Doña Cristina y su hija miraban con extrañeza al doctor sin hacer el
menor esfuerzo por comprender sus palabras. Estaba loco: todo aquello
eran -filosofías alemanas-, monsergas confusas que habían inventado los
impíos para ocultar su maldad, cuando tan claro y sencillo era creer en
Dios y seguir lo que la Iglesia enseña. ¡Ay, si estuviera presente el
Padre Paulí, que tan soberanas palizas soltaba desde el púlpito á los
-filósofos-!...
Urquiola ocultó con una sonrisa de superioridad desdeñosa la turbación y
desconcierto de su pensamiento ante las palabras del doctor. De aquello
no le habían hablado en Deusto ni una palabra, y colérico por lo que
consideraba una derrota, deseoso de salir del paso como en sus trabajos
electorales, con arrogancias de valiente, lamentaba la presencia de
Sánchez Morueta. De no estar el millonario, hubiera hecho la cuestión
personal y en nombre de la inmortalidad del alma y de la moral
cristiana, hubiese atizado unos cuantos puñetazos al impío, luciendo
ante las señoras sus energías de apóstol.
Aresti, arrastrado por el entusiasmo, no podía callarse. El sofisma
religioso, tolerando en la tierra la injusticia sin más consuelo que la
esperanza en un mundo mejor, era demasiado grosero para las
inteligencias modernas. La moral no consistía, como la proclamaba el
cristianismo, en achicarse, en recogerse en sí mismo, en amputar los
naturales instintos, en hacerse pequeño para pasar por el camino
estrecho de la gloria celeste, sino en aceptar la vida tal como es, en
amarla en toda su plenitud. La vida espiritual no era el egoísmo de un
individuo, sino la comunión con las aspiraciones colectivas de la
humanidad. El hombre moderno no debía perder el tiempo preguntándose
sobre el origen del mal ó si la naturaleza está corrompida por el
pecado: las dos grandes preocupaciones de la moral cristiana. Bastábale
saber que la naturaleza, buena ó mala, se modifica ó transforma por el
trabajo. Poco importaba el origen del mal: lo interesante era combatirlo
y vencerlo, sin optimismos ni pesimismos, llevando como único guía el
esfuerzo continuo hacia el mejoramiento.
El hombre estaba condenado á hacerlo todo por sí mismo, sin la esperanza
de fantásticas protecciones. El trabajo es su ley. El oficio de ser
hombre era glorioso y duro. Sólo podía contar con un apoyo: la Ciencia.
El progreso de los conocimientos positivos, la industria y la evolución
incesante de las sociedades, modificaban la concepción de la vida y de
sus fines. El hombre moderno, valiéndose de la crítica, tenía una idea
justa de los límites de sus conocimientos. Ni soberbias, ni desmayos de
humildad. No pretendía conocer lo absoluto ni el origen de las cosas.
¿Pero es que las religiones las conocían tampoco? ¿Eran racionales las
explicaciones de los que creían en una Providencia amparadora de la
injusticia, y en un plan de creación ideado por unos hebreos nómadas é
ignorantes?
En cambio, el hombre conocía mejor, gracias á la ciencia, el mundo que
le rodeaba. Si no sabía la causa primera de muchos fenómenos, había
descubierto y utilizado las relaciones que los ligan, y en vez de ser
siervo de la naturaleza, como en los tiempos de barbarie religiosa, la
tenía á sus órdenes, haciéndola trabajar para su comodidad y sustento.
Ante él se abatían obstáculos que parecían eternos: la mecánica
aprovechaba las fuerzas naturales; modificábase la faz de la Tierra:
suprimíase el espacio al acortar las distancias, y el planeta parecía
empequeñecerse, haciéndose cada vez más confortable, como una habitación
dentro de la cual la humanidad encontraba satisfechas todas sus
necesidades.
El hombre ya no quería fundar su moral sobre lo desconocido, sobre Dios,
el fantasma bondadoso ó terrible de la infancia de la humanidad. Tampoco
podía tolerar la moral cristiana, basada en la resignación y en la
abstención. Esta moral no era más que un arte de mutilar la vida bajo el
pretexto de guardar sus formas más altas, ó sea las espirituales.
--Hay que aceptar la vida tal como es, y vivirla toda entera--decía el
médico con entusiasmo.--Nuestra moral es simple y valiente: se resigna á
la compañía de los hombres, sabiendo que no existen los ángeles, y los
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