primo.--Oyéndote, me pareces igual á un filántropo loco, que en una
colección de fieras, se indignase ante la jaula de una pantera.
Y Aresti, en su exaltación, mimaba la escena, al mismo tiempo que la
describía de viva voz. El filántropo ideal compadecía á la bestia, ¿Con
qué derecho la tenían entre hierros? La fiera había nacido para ser
libre: tenía derecho á la vida de las selvas, sin obstáculo alguno, como
en su primera edad, «Goza de tu libertad, pobre pantera», decía
abriendo la jaula. Y el animal, al salir de un salto, mostraba su
agradecimiento al libertador haciendo uso de su fuerza, abatiéndole de
una zarpada, desgarrándole el pecho con los colmillos.
--Suelta á la pantera de nuestra historia--gritaba el médico;--déjala en
libertad, después que ha costado un siglo de esfuerzos colocar ante ella
unos barrotes por entre los cuales saca las patas siempre que puede, y
ya verás cómo corresponde á tu candidez de liberal á la antigua.
--¿Y qué quieres?--preguntó Sánchez Morueta.--¿Matarla? ¿Crees que eso
es posible, de un golpe?
--Así debía ser: lo nocivo, lo peligroso hay que suprimirlo.
Quedó en silencio Aresti largo rato, y luego añadió con convicción:
--Matar la fiera sería lo mejor. Pero de no ser así, hay que conservarla
entre hierros, acosarla, acabar con su fuerza, romperla las uñas,
arrancarla los dientes, y cuando la vejez y la debilidad hayan
convertido la pantera en un perro manso y débil, entonces, ¡puerta
abierta! ¡libertad completa! Y si los instintos del pasado renacen en
ella, bastará un puntapié para volverla al orden.
IV
El despacho de los ingenieros en los altos hornos de Sánchez Morueta,
ocupaba el segundo piso de un edificio de moderna construcción, con las
paredes exteriores ennegrecidas por el humo de las chimeneas que se
alzaban entre aquél y la ría.
Abajo, en las oficinas, estaban los hombres de la administración, con la
pluma tras la oreja, llevando las complicadas cuentas de las entradas de
mineral y de hulla, del acero elaborado, que se esparcía por toda España
en forma de rieles, lingotes y máquinas, y de los jornales de un
ejército de obreros ennegrecidos y tostados junto á los hornos. Arriba,
en lo más alto, estaban los -técnicos-, el cerebro que dirigía aquel
establecimiento industrial, grande y populoso como una ciudad.
Esta parte de la casa era la única que los trabajadores veían sin odio.
Los días de paga, muchos, al salir, miraban con ojos iracundos las
ventanas del primer piso, como si fuesen á asomar á ellas los
administradores que regateaban el precio de su faena, cercenándolo con
multas y descuentos por tardanzas ó descuidos en el trabajo. Si miraban
más arriba era con el respeto que á la gente sencilla inspira el
estudio.
Aquellos señores que pasaban el día inclinados ante los tableros de
dibujo, trazando modelos con una minuciosidad delicada ó alineando
números y letras para sus cálculos, eran mirados como seres superiores.
El rebaño obrero sentíase en contacto más íntimo con aquellos hombres
que se limitaban á dirigirles en su trabajo, que con los otros de la
administración que les entregaban el dinero.
Bajaban á ciertas horas del día á los talleres, para dar sus órdenes á
los contramaestres, y volvían á encerrarse en su estudio misterioso, sin
que los obreros oyeran de sus labios la menor repulsa. Su jefe era
Fernando Sanabre, el cual, mostrando una memoria prodigiosa, conocía á
todos los trabajadores, llamándolos por sus nombres. Cuando ellos veían
á don Fernando en los talleres, les parecía el trabajo menos pesado y
procuraban que su tarea fuese más rápida, como si el ingeniero hubiese
de percibir el producto de sus esfuerzos. Aquel joven parecía tener
alrededor de su persona el ambiente de simpatía y atracción de los
grandes caudillos, de los apóstoles que arrastran las masas. Había
nacido para pastor de hombres; inspiraba confianza y fe. Los que tenían
quejas que formular iban á él, aun sabiendo que su influencia no
alcanzaba á la administración, y después de escuchar sus consejos se
retiraban más tranquilos, como si hubieran conseguido algo.
La sencillez de su trato, la dulzura de sus palabras, aquella sonrisa
espontánea, reflejo de un carácter recto, transparente y sin dobleces,
cautivaban á unos hombres habituados á la voz imperiosa de los
contramaestres y á las respuestas altivas de los escribientes de la
dirección.
Vivía como un obrero en una casa del Desierto. Era pupilo de una vieja
cuyo marido había muerto trabajando en los altos hornos, y su hospedaje
servía para mantener á la viuda. En torno de él había fabricado el
afecto de los humildes una aureola de bondad.
Una gran parte de su sueldo la enviaba á su madre y sus hermanas, que
residían en la ciudad de Levante donde él había nacido. La pobre señora
había intentado vivir cerca de él, pero temía al clima de Bilbao. Muchos
obreros guardaban el recuerdo de una anciana con el pelo blanco peinado
en bandos, de anticuada distinción, que paseaba en los días serenos por
cerca de la ría, apoyada en sus dos hijas, quejándose de las lluvias
frecuentes de aquel país, de la atmósfera cargada de carbón y polvo de
hierro, pensando en el sol de Levante, en los campos siempre verdes, en
los naranjales caldeados por un viento ardoroso.
Los obreros, al hablar de don Fernando, ensalzaban el interés que
mostraba por ellos. Aquel señorito era de los suyos. Sin el menor
esfuerzo se llevaba la mano al bolsillo, para auxiliar á algún
trabajador que por enfermedades de la familia se veía en trance apurado.
El elogio que hacían de él era siempre el mismo: «No tiene nada suyo.»
Además, le querían, por verle siempre en guerra con los señores de la
administración, en defensa de la gente de los talleres. En las oficinas
trabajaban muchos amigos de Goicochea, que se aprovechaba, para
colocarlos, de su intimidad con el principal. Eran compañeros suyos de
las cofradías de Bilbao, piadosos señores que se preocupaban más de los
pensamientos de los obreros que de su trabajo, y valiéndose de ciertos
espionajes de taller, los tenían sometidos á continua vigilancia,
clasificándolos según sus creencias.
Un día el ingeniero había tenido un choque con la administración, al ver
despedido del trabajo, por fútiles pretextos, á un obrero antiguo. Todos
los compañeros recordaban que un mes antes su camarada había enterrado
civilmente, con gran escándalo de las devotas del pueblo, á un hijo
suyo, y acusaban á los -culebrones- de la dirección de una ruin
venganza. Los más exaltados gritaban en son de amenaza. ¿Es que después
de matarse trabajando, iban á imponerles á cambio del jornal lo que
debían pensar? ¿Tendrían que ir con una vela en las procesiones, como
ciertos hipócritas que halagaban de este modo á los amos, para
procurarse trabajo? Sanabre tuvo una viva discusión en les oficinas y
acabó por presentarse á Sánchez Morueta. El millonario, abstraído en
sus negocios, ignoraba la vida interna de sus fábricas, y se indignó
contra aquellos empleados, que eran excelentes administradores, pero se
aprovechaban de las facultades que él les daba, para imponer sus
creencias. Él no quería á su sombra más que trabajo. El obrero volvió á
ocupar su sitio y toda la gente de los altos hornos agradeció al
ingeniero esta victoria.
Si Sánchez Morueta gozaba de algún afecto entre los miles de hombres que
le veían pasar como un fantasma por el edificio de la dirección, era un
reflejo del cariño que todos sentían por Sanabre. Aquella gente
adivinaba la simpatía que el amo profesaba al ingeniero. Mientras don
Fernando estuviese al lado del millonario, no había que temer que
entrase en los altos hornos el espíritu de purificación santurrona que
reinaba en otras fábricas. Él defendía los intereses de su principal,
procurando que el trabajo marchase bien; pero fuera de los talleres
todos quedaban en libertad. No ocurría lo que en las fábricas y las
minas de otros ricos de Bilbao, donde bastaba la lectura de ciertos
periódicos ó la asistencia á un mitin, para ser despedido con ridículos
pretextos. ¿Qué le pediría al amo aquel don Fernando tan bueno y
simpático que no se lo concediese?
Y así era: Sánchez Morueta sentía por Sanabre un afecto casi paternal.
Encontraba en él algo de aquel hijo, que en vano había esperado en los
primeros tiempos de su matrimonio. Hacía ocho años que se había
presentado una mañana en su escritorio con una carta de recomendación de
un amigo de Madrid. Acababa de terminar su carrera de ingeniero
industrial en Barcelona; era pobre y necesitaba vivir, mantener á su
madre y sus hermanas que subsistían de una mísera pensión del Estado. Su
padre había sido militar; todos los hombres de su familia eran hombres
de guerra: la espada pasaba de generación en generación, como
instrumento de trabajo, en aquella familia de levantinos. Pero á él no
le gustaba la profesión de soldado: se parecía á su madre. Y Sánchez
Morueta, examinando al muchacho, reconocía que efectivamente había en él
muy poco de aquella estirpe de guerreros. Era delicado, con las manos
finas, la piel lustrosa, de un moreno pálido, los ojos grandes y dulces,
tal vez en demasía para un hombre, y una dentadura igual y nítida, sin
esa agudeza saliente que revela el instinto de la presa. El bigote,
ensortijado con cierta arrogancia, era la única herencia física de sus
belicosos antecesores.
El millonario sintió simpatía por el joven desde el primer instante. Tal
vez era la fuerza del contraste entre su rudo cuerpo de luchador y la
delicadeza de aquel meridional que ocultaba sus energías, su viveza de
carácter, bajo un exterior suave de efebo bigotudo «Parece un tenor»--se
dijo el millonario al conocerle. Y desde entonces, encariñado con su
idea, no oía ópera alguna, sin encontrar en los ojos pintados de los
cantantes y en sus movimientos perezosos, algo que le recordaba á su
joven ingeniero.
Sanabre no tardó en apoderarse del afecto de su principal. Aquel hombre
de pocas palabras era comprendido inmediatamente por el joven. Muchas
veces, antes de hablar, salía al encuentro de su pensamiento, lo
adivinaba, cumpliendo las órdenes que el millonario aún no había
formulado. Además, el ingeniero tenía sus ideas propias, y las
comunicaba con una discreción tan suave, que el principal acababa por
creerlas suyas.
Cuando Sánchez Morueta le tomó bajo su protección acababa de fundar los
altos hornos. Sanabre entró en el despacho de los ingenieros como un
simple agregado, trabajando á las órdenes de un inglés, que había
construido los hornos y era un excelente director, hasta media tarde,
pues pasada esta hora, el -whisky-, bebido en abundancia durante el día,
le impulsaba á las mayores extravagancias. Cuando el inglés volvió á su
país, Sánchez Morueta miró con sonrisa paternal á su ingenierillo.
«Muchacho, ¿te atreverías tú con todo eso?... ¡Vaya si se atrevió! El
millonario reconocía que desde que Sanabre estaba al frente de los altos
hornos marchaba la explotación con más regularidad, siendo menos
frecuentes los conflictos entre la administración y el ejército obrero.
Era un excelente engrasador que, apenas notaba un entorpecimiento en la
complicada máquina, acudía á remediar la aspereza con su dulzura y sus
buenas palabras. A no ser por él, hubieran surgido varias veces en los
talleres la protesta y la huelga.
Los de la administración--por exceso de celo y por antipatía instintiva
hacia la masa jornalera, que vivía sin acordarse de la religión,
hablando á todas horas de sus derechos,--inventaban á cada paso nuevas
reglamentaciones para cercenar algunos céntimos de los jornales ó
aumentar el trabajo en unos cuantos minutos. Los protegidos de Goicochea
hablaban de la necesidad de «velar por los intereses de la casa», y al
mismo tiempo, de meter en un puño á aquella gentuza, cada vez más
exigente y respondona. Pero Sanabre estaba allí y servía de
intermediario y pacificador. ¿Qué le importaban á un potentado como
Sánchez Morueta algunas pesetas menos? Era indigno que por tan poca cosa
entrase en guerra con la miseria aquel hijo de la Fortuna.
El millonario aceptaba silenciosamente la opinión de su ingeniero, y
renacía la paz, mientras los -jesuitones de la Dirección- (así los
designaban en los talleres), sonreían hipócritamente á Sanabre,
agradeciéndole las derrotas con felina amabilidad.
Muchos obreros habían notado cierta transformación en la persona y las
costumbres del ingeniero director. Vestía con más esmero, y los que
estaban habituados á verle en los talleres con boina y zapatos de suela
de cáñamo, sin preocuparse del polvo del carbón ni de las chispas del
acero, se inquietaban ahora cariñosamente por los trajes nuevos y los
sombreros flamantes adquiridos en Bilbao, que paseaba con su antiguo
descuido entre las fraguas chisporroteantes y las nubes negras de los
cargaderos. Sus cuellos altos, sus corbatas de vivos colores, llamaban
la atención de las mujeres que trabajaban en el carbón, pobres seres
enflaquecidos por el trabajo y la bebida, que siempre tenían algo que
pedir al ingeniero para remedio de su maternidad miserable.
--¡Chicas: nos lo han cambiado!--se decían;--ya no es don Fernando:
parece un señoritingo de los del Arenal. ¿Quién será la novia?...
Su instinto de mujeres adivinaba el amor tras la repentina
transformación.
Algunas noches le veían los obreros salir en un coche para Portugalete:
de allí pasaba por el puente colgante á Las Arenas. De alguna de estas
excursiones volvía con una flor en la solapa, conservándola varios días,
hasta que se secaba. Los trabajadores que tenían más confianza con él,
sonreían al sorprender las miradas involuntarias con que acariciaba este
adorno de la solapa, mientras pasaba revista á los talleres.
--¿Cuándo es la boda, don Fernando?--le preguntaban.
Y él contestaba con una sonrisa de enamorado, contento de la vida, como
si desease comunicar algo de su felicidad á cuantos le rodeaban. La
visión de un jardín, y de una mujer, marchaban ante él por los negros y
ruidosos talleres, embelleciéndolo todo como un rayo de sol.
Una tarde de verano, escribía Sanabre en su despacho, junto á una
ventana abierta que encuadraba un pedazo de la ría, con dos vapores, un
trozo de cielo azul cortado por varias chimeneas y el monte de la orilla
opuesta. Un ingeniero belga, joven de pelo rojo, mofletado como un niño,
y de bigote erizado, trabajaba cerca de él, y en la habitación inmediata
los delineantes dibujaban sobre los tableros, deteniéndose algunas veces
para pedir aclaraciones.
Sanabre parecía inquieto; miraba de vez en cuando á sus subordinados con
ojos de azoramiento, y al convencerse de que ninguno de ellos se fijaba
en él, volvía á escribir, no en los papeles de marca grande que usaba
para sus trabajos, sino en un pliego de cartas que el joven ingeniero
parecía acariciar con la pluma, trazando las letras con delicadeza de
artista.
Más de dos páginas había llenado, cuando alguien dió con el bastón
fuertes golpes en la puerta del despacho y una voz conmovió á todo el
personal, habituado á la calma casi monástica de aquella oficina.
--A ver, ¿dónde está ese ingenierete?...
Lo primero que vió Sanabre al levantar la cabeza fué el brillo de unos
lentes, y al reconocer al doctor Aresti, abandonó su sillón confuso é
indeciso, dudando entre salir al encuentro de aquél ú ocultar la carta.
Los empleados, que le conocían vagamente como pariente del principal,
volvieron á enfrascarse en su trabajo, mientras Sanabre, todavía
atolondrado por la inesperada visita, le ofrecía una silla junto á la
ventana.
El doctor explicaba su presencia allí. Había bajado de Gallarta, llamado
por la mujer de un antiguo contratista que ahora vivía en el Desierto.
Inconvenientes de la popularidad. Aquellas buenas señoras, aunque se
trasladasen á Bilbao ó fueran á vivir al otro extremo del mundo, no
querían otro médico que el doctor Aresti, obligándolo á ir de un lado á
otro como un comisionista de la salud. ¡Maldito carácter que no le
permitía negarse á nada! Y mientras venía la hora de coger el último
tren de las minas, se había dicho: «Vamos á echar un párrafo con el
ingenierito y de paso veré el gran feudo industrial de mi primo....»
Acariciando con amistosas palmadas á Sanabre, le decía con tono
malicioso:
--Desde el día del santo de Pepe que no te había visto. Cuántas cosas
han pasado desde entonces ¿eh?... Parece que todo va bien.
Aresti tuteaba al ingeniero, sin conseguir que éste le tratase con igual
confianza, pues el doctor le inspiraba cierto respeto, á pesar de su
carácter comunicativo. Los escudriñadores ojos de Aresti, habituados al
examen rápido de todo cuanto le rodeaba, iban rectos á aquella carta
que Sanabre pretendía ocultar.
--Eso no será ningún trabajo de ingeniería--dijo en voz baja y con
sonrisa burlona.--Me da en la nariz cierto tufillo de noviazgo.... ¡Vaya
un modo de velar por los intereses de mi primo, señor ingeniero! Y de
seguro que en esos cajones hay algo más que planos y estudios. Cartitas
de amor, con fina letra inglesa y alguna que otra falta de ortografía:
tal vez flores secas y amados cintajos. Muy bien, señor ingeniero. Eso
es -muy propio- de la seriedad de una oficina como esta.
Y reía viendo la confusión de Fernando, el cual instintivamente volvía
la mirada hacia los cajones de un -secretaire- inmediato, desconcertado
por la certeza con que el doctor lo adivinaba todo. Temió Sanabre que
sus subordinados oyeran alguna palabra del doctor: deseaba salir de allí
cuanto antes, y se puso de pie invitando á Aresti á seguirle. ¿De veras
que no había visto nunca los altos hornos? Pues aquella tarde era de las
mejores: había cuela de mineral. Y salió de la oficina seguido por el
doctor.
Abajo, en la inmensa llanura de las fundiciones, surcada por vías
férreas y cubierta de polvo de carbón, el médico detuvo á su guía, como
si le interesase más hablar con él, que contemplar la riqueza industrial
de su primo.
--Vamos á ver, Fernandito--dijo cogiéndolo por un botón de la
americana.--Ahora que estamos solos y no hay miedo de que nos oiga tu
gente: ¿cómo van esos amores?...
Sanabre se ruborizó, haciendo signos negativos con la cabeza; pero le
desconcertaba la mirada del doctor, fija en él con la tenacidad
insolente de los miopes.
--¡Pero ingeniero del demonio! No niegues. ¡Si lo sé todo!... Vaya por
descubierta, para que seas franco conmigo. La semana pasada me lo dijo
el -Capi- cuando vino á cazar -chimbos- á la montaña. Ya sabes que él es
hombre que calla y lo ve todo. Nada se le escapa de lo que ocurre en
casa de Pepe. Conque dime, ¿cuándo piensas ser mi sobrino?
Sanabre se entregó: con aquel hombre no valían disimulos. Además, el
doctor le había inspirado una gran confianza y sentía el anhelo de todo
enamorado por comunicar su felicidad. ¿A quién mejor que al bondadoso
Aresti, que además aparecía ante sus ojos engrandecido por su parentesco
con Pepita?... La reserva vergonzosa del ingeniero, se convirtió en una
verbosidad atropellada. Quería contar de un golpe toda la historia de
sus amores: se extrañaba de que Aresti no sintiera el mismo entusiasmo
que él y le escuchase con gesto irónico, que daba á su cara una
expresión de Mefistófeles bondadoso.
¡Ay, qué tarde aquélla, en la que Pepita, paseando por su jardín de Las
Arenas, y aprovechando una corta ausencia de su madre, le había
contestado afirmativamente! Era la única vez que Sanabre creía haber
estado ebrio: ebrio de sol, de azul celeste, de verde de los árboles, de
aquella luz opalina que derramaban sobre el suelo unos ojos bajos y como
avergonzados, al pronunciar el mágico monosílabo. Lo cierto era que al
anochecer salió del hotel de Las Arenas tambaleándose, y eso que durante
la comida no osó beber más que agua, por el respeto que le infundía
Sánchez Morueta. Junto al puente de Vizcaya había vaciado sus bolsillos,
derramando un puñado de pesetas entre la chiquillería que miraba con
cierto asombro á un señorito, con el sombrero echado atrás, andando á
grandes pasos, como un loco. En Portugalete, al tomar el tren, iba de un
lado á otro del vagón, con una nerviosidad que inspiraba cierta
inquietud á los viajeros, cantando entre dientes todos sus recuerdos
musicales que tenían algo de tierno y amoroso, todos los dúos en que el
tenor, con la mano sobre el pecho, jura eterna pasión á la tiple. ¡Qué
noche, doctor!... Después se había serenado; su felicidad adquirió
cierto sosiego, pero aun así, cada día le traía nuevas y profundas
emociones. Llegaba á Las Arenas y temblaba al entrar en casa de Sánchez
Morueta, como si éste fuese á presentarse iracundo é imponente,
señalándole con gesto mudo la puerta. Tenían que librarse de la
vigilancia de doña Cristina, para cambiar la carta que llevaba escrita
con la que le entregaba Pepita en un rincón del hotel, ó en una revuelta
del jardín: y gracias que contaban con el auxilio de Nicanora, la -aña-
de su novia, la ama seca que, después de criar á la niña, se había
quedado á su lado disputando su influencia, primero á la institutriz, y
ahora á las doncellas y demás servidumbre femenina de la casa.
Sanabre hablaba conmovido de la ansiedad con que aguardaba las cartas de
Pepita; cómo las leía y releía; cuántas veces en mitad de su visita á
los talleres, acometía su recuerdo la duda de una palabra, la sospecha
de que tal párrafo envolvía cierta frialdad, y volaba de nuevo á su
despacho, para deshacer el paquete amoroso, examinando atentamente la
letra amada, como un jeroglífico que ocultaba su felicidad. Él no había
creído nunca que pudiera amarse tan intensamente. Había conocido á
Pepita con la falda corta y el pelo suelto, cuando jugaba en el jardín,
bajo la mirada de acero de una inglesa huesuda, que al más leve descuido
gritaba como un loro arisco: «¡Miss!...» ¿Quién le hubiera dicho
entonces que se había de enamorar de aquella chiquilla? ¡Porque él
estaba loco por Pepita, realmente loco, querido doctor!
Y Aresti, sonreía con cierta compasión ante las cosas fútiles que
constituyen los grandes acontecimientos para los enamorados, ante las
inquietudes y tristezas en que les sumen una palabra, la falta de una
sonrisa, cualquier circunstancia que pasa inadvertida en la existencia
vulgar.
--Es esta tu primera novia, ¿verdad?--dijo Aresti.--Ya se conoce: todos
hemos pasado por eso. Es el sarampión de la juventud. Un signo de fuerza
y de vida. El que no lo sufre es que lleva el alma muerta. Sigue, hijo,
sigue.
La única tristeza de Sanabre era la consideración de la gran desigualdad
de fortuna entre él y su novia. ¿Qué diría su principal cuando se
enterase? Le creería un aventurero que intentaba apoderarse de su
inmensa riqueza. En aquella tierra donde se casaban las fortunas y era
para muchos la única carrera un buen matrimonio, ¿qué pensarían de un
ingeniero pobre que ponía los ojos nada menos que en la hija de Sánchez
Morueta?...
Fernando miraba al doctor como si quisiera adivinar su pensamiento. ¿No
creería él también que le guiaba el deseo de conquistar de un golpe la
riqueza? Esta duda le entristecía. Él amaba á Pepita... porque sí.
¿Quién sabe por qué se quiere?... Tal vez, porque en aquella vida de
Bilbao, huraña y de escaso trato social, en la que hombrea y mujeres
vivían separados, era Pepita la única joven con la que había tenido
algún trato, y el amor, que no piensa en diferencias sociales, ni conoce
otros obstáculos que los de la naturaleza, le había sorprendido,
inflamando sus treinta años, la edad de las grandes pasiones. ¡Ay! ¡Cómo
deseaba que ella fuese una pobre que al entregarse á él, le agradeciera
no sólo su amor sino su trabajo! ¡Qué! ¿no le creía el doctor?...
--Te creo, muchacho--dijo Aresti--Claro es que no te sabrá mal ser yerno
de un millonario; pero esto es miel sobre hojuelas y aquí las hojuelas
son tu amor. Tú eres de otra raza; tú vienes de abajo, del Sur, de un
país de sol y de cielo azul, donde la dulzura de la vida hace pensar
menos en el dinero, y se mata por amor, y, se quiere tanto á la mujer...
¡tanto! que á veces se la da de puñaladas para tirarse luego del pelo
ante su cadáver. Sois unos animales más vehementes, más complicados é
interesantes que los de aquí. Tengo la certeza de que si esto sigue, aún
te verán alguna noche con una guitarra, en Las Arenas, cantando
serenatas ante la ventana de mi sobrina.
Aresti, por no molestar al ingeniero, cambió de tono y le habló con
gravedad. Podía prepararse á sufrir disgustos. Aquello no sabía él cómo
podía acabar; lo más probable era que terminase de mal modo.
--Lo sé--dijo Sanabre con tristeza.--Temo al principal cuando se entere.
Se indignará, sin que le falte razón para ello.
--Mi primo es el menos temible. No tiene opinión formada sobre el
porvenir de su hija. Tal vez le parezca excelente la idea de que tú, que
eres un trabajador, continúes su obra. Hay que esperar siempre algo
bueno de su carácter.... ¡Otros son los que debes temer!
Y hablaban de su prima, la «antipáticamente virtuosa» como él la
llamaba: aquella Cristina que se creía postergada por haberse unido á
Sánchez Morueta á pesar de que éste le trajo la fortuna. ¿Qué iba á
decir ahora, en plena riqueza, ante la posibilidad de emparentar con un
empleado de su casa? Ella sólo apreciaba dos cualidades, como las únicas
respetables en el mundo: una gran fortuna ó un nombre histórico,
relacionado con las glorias del país vasco y de la religión....
--Además, ingeniero de Dios--continuó el doctor:--tienes que luchar con
Fermín Urquiola, que también parece que anda tras de la chica, no sé si
por impulso propio ó empujado por la madre.
Aquí se irguió Sanabre con el orgullo del hombre que sabe es preferido.
A ese no le tenía miedo. Estaba seguro de que inspiraba á Pepita una
aversión irresistible: bastaba ver con qué despego le trataba. Aquellas
niñas criadas junto á las faldas de sus madres, conocían todo lo que
pasaba en la villa. Al estar juntas, chismorreaban como novicias en
asueto, que se enteran con curiosidad femenil de lo que ocurre más allá
de las rejas. Pepita conocía la vida de aquel señorito, mezcla de matón
clerical y de calavera rústico, que pasaba las noches en las casas del
barrio de San Francisco y había sido conducido varias veces al juzgado
por borracheras tumultuosas. No, á ese no podía quererlo Pepita: lo
despreciaba á pesar de que la perseguía en las visitas, extremando con
ella su cortesía empalagosa copiada de los padres de la Compañía. Se
retiraba de él con cierta impresión de asco: como si la pudiera manchar
con impuros contagios, á los que ella, en su inocencia, daba formas
monstruosas.
--Y de mi sobrina ¿estás muy seguro?--preguntó el doctor fríamente, con
forzada indiferencia, como si no quisiera alarmar al joven.
Sanabre sentía la ciega convicción de todo amante. Sí: estaba seguro de
que le amaba: ¿Por qué le había de engañar, halagando sus ilusiones? El
ingeniero no comprendía la pregunta del doctor.
--Es que sois de diversa raza--continuó Aresti--Tal vez me engañe, pero
¡qué quieres!; desde aquí, sin haber leído vuestras cartas, sin haberos
escuchado, apostaría algo á que, de los dos, tú eres el que quieres más
y mejor.
Sanabre quedó silencioso un momento. Parecía asombrado, como si de
repente se abriese en su pensamiento una gran ventana por la que veía
algo nuevo. Acudían de golpe á su memoria hechos olvidados, palabras en
las que no había puesto atención, mil insignificancias que parecían
removidas por las palabras del doctor. Tal vez estaba éste en lo cierto.
Pepita no parecía tomar el amor con el mismo apasionamiento que él. Era
un incidente que alegraba su vida dándole nuevos deseos, pero sin llegar
á turbarla profundamente. Mas el ansia de ser amado, de engañarse con
dulces ilusiones, el egoísmo varonil, inclinado siempre á creer en una
predilección en favor suyo, se sublevaron en Fernando.
--No, doctor: me quiere. Tengo pruebas.
Y las pruebas eran el fajo de cartas que estaba arriba, entre planos y
cuadernos de cálculos; hojas de papel satinado, de suave color de rosa,
en las que Pepita juraba quererlo «más que á su vida» y terminaba
invariablemente «tuya hasta la muerte.» Para Sanabre, estos juramentos
eran más solemnes é inconmovibles que las sentencias de un tribunal.
--Pues si ella te quiere--dijo el doctor--¡adelante, muchacho! y á ver
cuándo te llamo sobrino.
Sintiendo cierta conmiseración por su optimismo, intentó animarle,
disminuyendo los obstáculos ante los cuales se aterraba Fernando. Al
padre, á pesar de sus barbazas y su entrecejo de gigante, no había que
tenerle gran miedo. Era cuestión de que el descubrimiento le pillase de
buen talante. Aún pasaría tiempo antes de que se enterase, preocupado
como estaba por los nuevos negocios que le obligaban á trasladarse á
Madrid todos los meses. Además: él sabía lo que era el amor (¡vaya si lo
sabía!) y no era hombre que de buenas á primeras se indignase contra un
joven, porque no había sabido resistirse á las inclinaciones de su
corazón. Quedaban otros enemigos, y además la malicia de la gente, que
creería cálculo lo que era amor.... Pero ¡qué demonio! un ingeniero no
era una cosa cualquiera. Justamente, figuraba como eterno personaje,
desde hacía años, en las novelas y los dramas. Al salir sobre las tablas
ó en el primer capítulo un protagonista joven, noble, arrogante, que
sólo abría la boca para decir cosas hermosas y -profundas-, ya se sabía,
era un ingeniero.
--Lo malo--añadió Aresti, recobrado su tono irónico--es que en este
Bilbao todo es diferente del resto del mundo. El ingeniero priva en
otros países como un primer galán del porvenir; pero aquí, ¡hijo mío!,
el héroe de moda, el que arrambla con todo, es el abogado salido de
Deusto.
Y antes de que Sanabre volviera á hablar de su amor, el médico añadió,
cogiéndole de un brazo:
--Vaya; enséñame todo eso. Piensa que aún tengo que ir á Gallarta.
Avanzaron por la llanura negra y rojiza, cubierta de polvo de hulla y de
residuos de mineral. A cada paso tropezaban con rieles que formaban una
complicada telaraña de vías férreas. Sanabre enumeraba todos los medios
de comunicación que convertían el establecimiento en una red complicada,
con numerosas agujas y plataformas movibles, para los cambios de vía.
Tenían un ferrocarril directo á las minas; otro para las mercancías, que
empalmaba con la vecina estación; vías para los embarcaderos, vías para
comunicar unos talleres con otros: total, muchos kilómetros de rieles
que se entrecruzaban en un espacio relativamente reducido. En algunos
puntos, al encontrarse las vías, se tendían unas sobre terraplenes y
otras pasaban por debajo, al través de pequeños túneles. El espacio
estaba cruzado por los hilos del alumbrado y los teléfonos, y los
cables de los tranvías aéreos. Entre esta red de acero alzábanse
numerosos postes, con sus faros eléctricos semejantes á lunas apagadas.
Los guardas paseaban por las vías con la carabina pendiente del hombro y
el paraguas cerrado bajo del brazo, vigilando las vallas ó las orillas
de la ría por donde se colaban los merodeadores en busca de la
-chatarra-, acero viejo, piezas de máquinas desmontadas ó rollos de
alambre, que vendían en los baratillos de Bilbao. La ría--según decía el
capitán Iriondo--era peor que una carretera antigua. Así que cerraba la
noche, una turba de merodeadores saqueaba las orillas, llevándose todo
lo que estaba suelto en barcas y edificios.
El ingeniero mostraba con orgullo la gran sala de los motores, que
aprovechaban el gas de la hulla, al que antes no se daba aplicación.
Aquello era obra suya y proporcionaba á la casa, sin nuevos gastos, una
fuerza de más de dos mil caballos. Después venían los hornos para hacer
el cok, que extraían del carbón, el alquitrán y el amoníaco.
Luego pasaron por el desembarcadero de la hulla. Un vapor de la casa
estaba atracado á la riba, tan hondo por el descenso de la marea, que
sólo se le veían la chimenea y los mástiles. En aquélla destacábanse
pintadas de rojo las enormes iniciales entrelazadas de Sánchez Morueta.
La grúa del descargador avanzaba su inmenso brazo de hierro sobre el
agua. El tanque, que contenía una tonelada de combustible, salía de las
entrañas del barco, se remontaba hasta la punta del puente aéreo y,
deslizándose con incesante chirrido, entraba tierra adentro para vomitar
su contenido en una de las varias montañas de hulla que se interponían
entre aquella parte del establecimiento y la ría. Otro vapor con bandera
inglesa, estaba inmóvil, un poco más allá, hundido hasta la línea de
flotación, esperando su turno para descargar.
--Consumimos mil toneladas diarias--decía el ingeniero con
orgullo.--Necesitamos más de un barco cada veinticuatro horas.
Después, enseñó al doctor el triturador del carbón, donde trabajaban las
mujeres entre una nube de polvillo que las cubría la cara, dándolas un
aspecto de grotesca miseria, con la boca llorosa y los ojos enrojecidos,
en medio de su máscara negra.
Los grandes talleres, para la reparación de las maquinarias de la casa y
construcción de máquinas nuevas, puentes y hasta barcos, no atrajeron la
curiosidad del doctor.
--Conozco esto--dijo Aresti.--Lo he visto muchas veces fuera de aquí. Lo
que á mí me interesa es la especialidad de la casa, la base de vuestra
industria: ver como se convierte el mineral en acero. Y señalaba los
altos hornos, las robustas torres gemelas, unidas por el ascensor que
subía hasta sus bocas las cargas de mineral y de combustible. Un calor
de volcán envolvió á los dos hombres al aproximarse á los altos hornos.
Marchaban por plataformas de tierra refractaria, surcadas con una
regularidad geométrica por pequeñas zanjas que servían de moldes al
mineral en fusión. Por este cuadriculado del suelo corría el hierro
líquido al salir de los hornos, tomando la forma de lingotes. La tierra
ardía, obligando al doctor á mover continuamente los pies. Los gruesos
muros de los hornos irradiaban un calor sofocante que abrasaba la piel.
El ingeniero, habituado á esta temperatura, describía con gran calma la
función de los altos hornos.
Cada uno de ellos quedaba cargado con tres mil kilos de mineral, mil
quinientos de cok y quinientos de caliza. La carga entraba por arriba en
los tubos gigantescos, y lentamente, en el incendio de sus entrañas,
formábase el metal que descendía por su peso hasta salir por la base de
las torres. Día y noche ardían los altos hornos: el enfriamiento era su
muerte. Calentarlos y ponerlos en disposición de funcionar, costaba una
fortuna. Si se apagaban había que derribarlos y hacerlos nuevos: asunto
de medio millón.
Un descuido en el trabajo, una huelga, podía costar la existencia á
aquellos gigantes de la industria, que sólo vivían ardiendo y tragando
combustible á todas horas. Cuando surgía una huelga en la montaña y los
ferrocarriles paralizados no acarreaban mineral, había que echarles
carbón lo mismo que si funcionasen. Aquellos enormes tubos de piedra,
con su aspecto de grosera pesadez, eran delicados como juguetes de la
industria, y podían inutilizarse al menor descuido.
Mientras el ingeniero detallaba sus explicaciones, el médico, asombrado
por la enorme mole de las dos torres ardientes que parecían servir de
pilares al firmamento, pensaba en el culto del fuego, en la adoración de
las razas antiguas al gran elemento creador y destructor, en los ídolos
ígneos que cocían dentro de su vientre, en repugnante holocausto, las
víctimas humanas.
--Ahora van á sangrar--dijo Sanabre, señalando á un obrero viejo que
hurgaba con una palanca en la boca del horno cubierta de tierra
refractaria.
Se abrió un pequeño agujero en la base de una de las torres y apareció
un punto de luz deslumbradora, una estrella roja de agudos rayos que
herían la vista. Se fué agrandando, y un arroyo rojo obscuro, como de
sangre de toro, corrió por la tierra con un chisporroteo ruidoso.
--¿Eso es el hierro?--preguntó Aresti.
--No: es escoria. El hierro vendrá después.
El médico respiraba con dificultad. La tarde de primavera era calurosa.
Al lado de aquellos infiernos de la industria, la vida era imposible. Se
enrojecían los ojos; parecía que las pestañas iban á consumirse,
secábase la piel sintiéndose en cada poro una aguja ardiente, y los pies
movíanse inquietos, agitando las caldeadas suelas de los zapatos.
Aresti admiraba á los trabajadores, que estaban allí como en su casa,
habituados á una temperatura asfixiante, moviéndose como salamandras
entre arroyos de fuego, enjutos, ennegrecidos cual momias, como si el
incendio hubiese absorbido sus músculos, dejándoles el esqueleto y la
piel. Iban casi desnudos, con largos mandiles de cuero sobre el cuerpo
cobrizo, como esclavos egipcios ocupados en un rito misterioso. El calor
les hacía exponer sus miembros al chisporroteo del hierro, que volaba en
partículas de ardiente arañazo. Algunos mostraban las cicatrices de
horrorosas quemaduras.
Sanabre señaló la boca del horno. Iba á comenzar la colada. No era una
estrella lo que se abría en la tierra refractaria: era una gran hostia
de fuego, un sol de color de cereza, con ondulaciones verdes, que
abrasaba los ojos hasta cegarlos. El hierro descendía por la canal,
esparciéndose en espesa ondulación en las cuadrículas del suelo. Aresti
creyó morir de asfixia. El chisporroteo del metal al ponerse en contacto
con la atmósfera, poblaba el espacio de puntos de luz, de llamas rotas
en infinitos fragmentos. Eran mariposas azules y doradas que
revoloteaban vertiginosamente con alas de vibrantes puntas; mosquitos
verdosos que zumbaban un instante, desvaneciéndose para dejar paso á
otros y otros, en interminable enjambre. El hierro era de un rosa
intenso al salir del horno con ruidosas gárgaras; rodaba por las canales
con la torpeza del barro, enrojeciéndose como sangre coagulada, y al
quedar inmóvil en los moldes, se cubría de un polvo blanco, la escarcha
del enfriamiento.
El médico no podía seguir junto al horno, y tiraba de Sanabre.
--Vámonos, ingeniero del demonio. Esto es para morir.
Aun vieron como, cambiando de dirección la canal del horno, arrojaba su
chorro de fuego sobre un gran tanque montado en una vagoneta. Era el
caldo para los convertidores. Aquel mineral iba directamente á
transformarse en acero. Silbó la locomotora, pequeña como un juguete,
salió á toda velocidad por debajo de los cobertizos inmediatos,
arrastrando el enorme tanque, en cuyos bordes se agitaba el líquido
rojo, siguiendo el traqueteo de las ruedas.
Aresti, casi cegado por tanto resplandor, tomó la mano del ingeniero.
--¡Guíame, Virgilio!--dijo riendo.--Yo voy como el poeta de los
infiernos: cuida de que no nos quememos.
Y avanzaba por la plataforma inmediata á los altos hornos, saltando los
arroyos de metal en ebullición. Cada vez que pasaba por encima de una de
las zanjas, una bocanada de fuego subía por sus piernas hasta la cruz de
los pantalones.
--¡Por fin!... Aquí se respira--dijo el doctor al descender de la meseta
donde sangraba el mineral, poniendo los pies en tierra firme.
Pasó un buen rato limpiándose el sudor y haciéndose aire con el pañuelo.
--Parece mentira, Fernandito--dijo con su acento zumbón--que viviendo
aquí tengas ánimo para pensar en amores. Yo soñaría con un botijo
grande, inmenso cual una de esas torres, lleno de agua fresca como la
nieve.
--Pues aún nos queda por ver otro infierno: sólo que este es más
-pintoresco-.
Y el ingeniero guió al doctor hacia el taller de los convertidores. Eran
enormes campanas colocadas casi al ras de la techumbre, en espacios
abiertos, para que esparciesen sus chorros de chispas. Los encargados de
voltearlas cuando lo exigían las operaciones de la carga, llegaban hasta
ellas por unas pasarelas de acero.
Sanabre se entusiasmaba hablando del convertidor de Bessemer; el gran
descubrimiento industrial que había abaratado el acero, enriqueciendo á
Bilbao al mismo tiempo, pues exigía minerales sin fósforo, como los de
las montañas vizcaínas. Antes del invento, el acero se fabricaba en los
hornos antiguos por medio del puldeo, un procedimiento más lento y más
caro; pero ahora todo el metal para vías férreas, que era el de más
salida, lo fabricaban con rapidez vertiginosa. Y el ingeniero describía,
con un arrobamiento de devoto, las funciones del admirable convertidor,
que simplificaba la industria. El hierro era purificado dentro de él por
una gigantesca corriente de aire que inutilizaba el carbono, el silicio
y el manganeso: así se formaba el acero. No era de clase tan superior
como el Siemens, por ejemplo, pero servía perfectamente para los rieles
de los caminos de hierro; la gran necesidad de la vida moderna.
Aresti apenas le oía, aturdido como estaba por la grandeza del
espectáculo. Era un rugido inmenso que conmovía la techumbre del taller,
y hacía temblar la tierra: un escape de fuerzas y de fuego por la boca
del convertidor, á impulsos de la corriente de aire comprimido que venía
del vecino edificio, donde estaban las grandes máquinas inyectadoras. El
metal en ebullición arrojaba por la boca superior de la campana un
torbellino de chispas, un ramillete de fuego. ¡Pero qué chispas! ¡qué
fuego! Era aquello tan grande, tan inconmensurable, que Aresti
recordaba, como un juego sin importancia, la salida del metal de los
altos hornos.
Soplaba la campana su ensordecedor rugido y subía recto por el espacio
un surtidor que se abría en lo alto como una palmera roja, esparciendo
plumas de luz, hojas azules, anaranjadas, de un rosa blanquecino,
descendiendo después para apagarse antes de llegar al suelo. De vez en
cuando, la campana era volteada por ocultos obreros, y se cerraba su
chorro luminoso; pero de nuevo tornaba el cono hacia arriba y surgía el
chorro con mayor rugido, con tonos azulados que iban pasando por todos
los colores del iris. Fuera del taller aún era de día. El sol, en el
ocaso, iluminaba el suelo, más allá de los cobertizos; pero los ojos,
deslumbrados por este resplandor de incendio, lo veían todo negro, como
si hubiese llegado la noche.
El acero líquido caía en moldes de forma cónica. Una grúa movía los
moldes, volteándolos cuando el acero se solidificaba; y aparecía el
lingote cónico, en forma de pan de azúcar, de un blanco rosa, como si
fuese de hielo con una luz interior, esparciéndose las cenizas de su
enfriamiento al abandonar la envoltura. Cada lingote era depositado en
un carrito, del que tiraban dos obreros, y avanzaba lentamente hacia los
hornos de laminación, solemnemente luminoso, de un brillo divino, como
si fuese un ídolo arrastrado por sus fieles.
Aresti ya no sentía el asfixiante calor. Le entusiasmaba la original
belleza del espectáculo. Allí quería ver él á ciertas gentes que sólo
aspiraban la poesía en el polvo de lo antiguo, negando toda sensación
artística á los descubrimientos modernos. Ningún poeta había dado una
impresión de grandeza como la que se experimentaba ante aquel invento
industrial. El infierno imaginado por el vate florentino resultaba un
juego de chicuelos. No era preciso emprender un largo viaje para admirar
el Vesubio. ¿Qué volcán más hermoso que aquél? Los hombres, al amparo de
la ciencia, hacían poesía sin saberlo; la poesía viril, la de las
fuerzas de la naturaleza.
Y así seguía el doctor, desbordando su admiración en entusiásticas
palabras ante el mugidor ramillete de fuego. La vista de los obreros que
manejaban los bloques incandescentes y los arrastraban fuera del taller,
pareció volverle á la realidad. Saltaban en torno de ellos las moléculas
del acero ígneo, como moscardones de mortal picadura. Llevaban los pies
cubiertos de trapos, y tenían que sacudirlos con frecuencia para
librarse de las mordeduras del metal. Pasaban por entre los lingotes al
rojo blanco con la tranquilidad de la costumbre. El más ligero roce con
aquellos infernales panes de azúcar, convertía instantáneamente la carne
en humo, dejando el hueso al descubierto. Podían matar á un hombre con
su contacto, sin dejar en el ambiente más que un leve hedor de
chamusquina, un poco de vapor: después, nada.... Y los conos diabólicos
atraían con su luz y su blancura, confundiendo las distancias, como si
gozasen de movimiento y vida y se metieran ellos mismos carne adentro,
evaporándola.
Aresti pasó al taller de laminar: iba atolondrado por el ruido y el
calor. Había perdido el instinto de la conservación en aquel mundo de
incendios y de fuerzas ensordecedoras. Sentía caprichos de niño, una
tendencia á acariciar aquellos bloques tan refulgentes, tan bonitos, con
su blancura sonrosada, que podían comerse su mano con sólo el roce.
Pasaban los lingotes por un nuevo calentamiento en los hornos y al
salir de ellos caían en el tren de laminar, una serie de cilindros que
los torturaban, los aplastaban, adelgazándolos en infinita prolongación.
Los obreros, casi desnudos, con enormes tenazas, manejaban y volteaban
los lingotes por entre los cilindros, que se movían lentamente. La masa
de acero enrojecida, pasaba arrastrándose junto á sus pies, como una
bestia traidora. Marchaba hacia ellos queriendo lamerlos con su lengua
de muerte, pero en el momento en que iba á tocarles, un hábil golpe de
las tenazas la arrojaba entre los cilindros de donde salía por el
extremo opuesto, para volver á entrar, siempre cambiando de forma.
Avanzaba el lingote desde la boca del horno cabeceando, como un animal
rojo, ventrudo y torpe; lanzaba un rugido al sentirse agarrado y surgía
por el lado opuesto convertido en una viga de fuego, corta y encorvada:
y en sucesivos pases adelgazábase, se estiraba con ruidosos quejidos,
como protestando de la dolorosa dislocación, hasta que, por fin, no era
más que una cinta incandescente que tomaba la forma del riel.
El médico, una vez satisfecha su curiosidad, miraba á los obreros negros
y recocidos por aquella temperatura de infierno, atolondrados por el
ruido ensordecedor, sudando copiosamente, teniendo que remover
pesadísimas masas en una atmósfera que apenas permitía la respiración.
Aresti comprendía ahora la injusticia con que había censurado muchas
veces el alcoholismo de aquellas pobres gentes. Pensaba en lo que haría
él, de verse condenado por la fatalidad social á aquella labor que
embotaba los sentidos y parecía evaporar el cerebro en un ambiente de
fuego. Una sed eterna, semejante á la de los condenados, martirizaba á
aquellos infelices. ¡Qué otro placer al salir de allí, que la paz y la
sombra de la taberna, con el vaso delante que daba una alegría
momentánea, engañando al hombre con ficticias fuerzas para seguir
aquella vida de salamandra!...
El médico pasó de largo ante los hornos de puldeo, y al salir al aire
libre se detuvo jadeante, con la curiosidad harto satisfecha. A lo lejos
veíanse ondular como lombrices rojas, bajo extensos cobertizos,
interminables cintas de acero. Allí estaba la fabricación del alambre.
El ingeniero hablaba de lo -curiosa- que era esta manipulación, pero
Aresti no quiso seguirle.
--Ya he visto bastante--dijo con acento de cansancio.--Esto es un gran
espectáculo... para el invierno.
Allí, á cielo raso, oyendo de lejos el estrépito de las máquinas, viendo
cruzado el espacio por las columnas de humo de las chimeneas, gozaban
los dos de la frescura del crepúsculo.
--Es una vida dura--dijo el doctor, que seguía pensando en los obreros
del fuego.--Me dirán que este trabajo horrible es una consecuencia de
los progresos de la industria y que hay que respetarlo en bien de la
civilización. Conforme: pero el infeliz que ha de ganarse el pan de este
modo, bien puede quejarse de su perra suerte, si es que le queda cerebro
para pensar.... ¡Y aun se extrañan algunos de que esta pobre gente no se
muestre contenta, y crea que el mundo está mal arreglado y no es un
modelo de dulzura!
Sanabre aprobaba las palabras del doctor. Él, podía apreciar á todas
horas la dureza de aquel trabajo, sentía una conmiseración infinita por
los obreros, cerrando los ojos ante sus defectos. Él era -algo
socialista-; pero sólo con el doctor Aresti se atrevía á hacer tal
confesión.
--Lo más amargo de la miseria de estas gentes--dijo el médico--no
consiste sólo en las privaciones que sufren y la rudeza con que ganan el
pan. Está en el ambiente desmoralizador que les rodea.
Y Aresti describía el sufrimiento psicológico que había sorprendido en
todo ejército obrero acantonado en torno de Bilbao, en las minas y las
fábricas. Los peones de las canteras vivían como bestias, ¿pero acaso
comían y dormían mejor los labriegos del interior de España? Para
muchos, la vida de las minas hasta constituía un mejoramiento de su
bienestar, comparada con la existencia mísera de bestias desamparadas
que llevaban en sus terruños los años de sequía y mala cosecha. En las
fábricas eran los jornales superiores á los del resto de la península y
no se sufrían los grandes paros á que se veía obligada la industria
pobre y vacilante de otras ciudades. Y sin embargo, en las minas y en
las fábricas todo el que trabajaba sentía un sordo rencor, una ira
reconcentrada, un anhelo irritado de justicia, como si á todas horas
fuesen víctimas de un robo audaz, de un despojo inhumano. Era el
malestar moral, la protesta contra los caprichos de la Fortuna que
acababa de pasar por allí, á la vista de todos, tocando á algunos y
volviendo la espalda á los demás.
El explotador de la mina había sido jornalero al lado de muchos que
ahora eran sus peones; al dueño de la fábrica lo habían conocido los
trabajadores casi tan pobre como ellos. Las riquezas eran recientes; las
habían visto formarse los mismos que sufrían su servidumbre. El bracero
que en su país miraba con tradicional respeto á los que eran dueños de
la tierra por el nacimiento y la herencia, se revolvía aquí con audacia
revolucionaria contra el compañero enriquecido. El obrero industrial,
habituado á sufrir en otras partes la tiranía de las sociedades
anónimas, monstruos acéfalos de la industria, irritábase á cada momento
contra el gran patrono de reciente formación.
Todos habían presenciado el despertar de la riqueza; habían tomado parte
en él; era cosa suya; y más que la miseria, les atormentaba el
sufrimiento moral de la desigualdad, la decepción de haber vivido en
medio de una racha loca de la Suerte sin aprovecharse de ella. Era el
malestar de todas las aglomeraciones humanas de formación reciente; de
las ciudades nuevas y las comarcas mineras que empiezan su vida; la
comparación eterna entre la propia miseria y la fortuna loca y
caprichosa que empuja á los otros; la convicción del fracaso, más viva y
dolorosa, ante las rápidas elevaciones presenciadas todos los días, la
tristeza por el bien ajeno, que amarga el pan, agria el vino y hace
soñar en venganzas colectivas, viendo un robo en cada paso hacia
adelante que da el afortunado.
El ingeniero reconocía la certeza de las observaciones del doctor. La
situación de aquella gente era mala: su mejoramiento con las huelgas y
los aumentos de jornal, era de un efecto momentáneo. Él creía, como
Aresti, que aquel malestar sólo tenía un arreglo; cambiar la
organización del mundo y proclamar la Justicia Social como única
religión y única ley, suprimiendo la caridad que no es más que una
hipocresía que coloca la máscara de la dulzura sobre las crueldades del
presente. Pero aparte del malestar general que reinaba en todo el mundo,
reconocía también aquel otro especialísimo descubierto por el doctor; el
de los despechados, que veían enriquecerse á sus compañeros de miseria,
ascender velozmente, mientras ellos continuaban en la miseria.
Los dos hombres iban con lento paso hacia la puerta de salida, en la
penumbra del crepúsculo, á través de las líneas férreas, subiendo y
bajando los terraplenes del inmenso establecimiento industrial.
--Lo que me irrita--dijo el doctor--en todas estas grandes fortunas que
se forman de la noche á la mañana, es su ineficacia, su infecundidad
para el bien de las gentes. Ya sabes que yo soy enemigo de la riqueza
individual, pero, ¡qué demonio! hay que reconocer que en otros países
hace algún bien y sirve para algo. En los Estados Unidos, por ejemplo,
esos tíos que atraen el dinero á sus manos, con una buena suerte
escandalosa é indecente, y que mueren dejando centenares de millones,
tienen, al menos, la discreción de hacerse perdonar con obras útiles. El
uno funda una universidad, el otro un museo, el de más allá una
biblioteca; todos dejan algo que sirve para la emancipación y
perfeccionamiento de aquellos á quienes explotaron durante su vida. Pero
aquí el rico se guarda el dinero y cuando siente la comezón de perpetuar
su nombre, construye un convento ó funda una capilla. Si se preocupa del
porvenir es para que en lo futuro continúe la imbecilidad del
presente.... Ya sabes cómo defino yo al rico de esta tierra, con gran
escándalo del vulgo, que me cree loco. «Un señor que pasa su vida
haciendo al obrero toda clase de charranadas para llevar mucho dinero á
su mujer... y que su mujer se lo dé al jesuíta....» Aún quedan algunos
potentados como mi primo que se defienden: pero, créeme: si aquí no
viene una revolución, esto será otro Paraguay: aquí todos trabajamos,
sin saberlo, para el jesuíta.
Estaban cerca de la puerta, cuando Aresti se detuvo para protestar de
nuevo contra su tierra.
--Además, me indignaba la tristeza de este país. Cuando Bilbao era una
villa comercial y de obscura vida, tengo la certeza de que la gente se
divertía mejor. Ahora, con la riqueza, es un convento. En el mundo todos
se alegran cuando la fortuna les entra por las puertas. Las ciudades
mineras, con su aglomeración de gentes diversas y sus fortunas
improvisadas son, como los puertos famosos, grandes centros
internacionales de diversiones, de vida atropellada y alegre. Hasta los
bandoleros celebran francachelas cuando acaban de dar un buen golpe....
Por aquí ha pasado la Fortuna y, sin embargo, vivimos en perpetua
Cuaresma; llevamos la tristeza en el alma, como aquellos señores
vestidos de negro del tiempo de los Austrias.
El ingeniero, escuchándole, veía el cuadro de la villa, aburrida sobre
el montón de sus riquezas, bostezando con tedio monacal en medio de una
prosperidad loca. Los ricos aumentaban su fortuna, sin otro goce que el
de la posesión; adornando sus casas con un lujo que nadie había de
admirar, pues el retraimiento de la raza y los escrúpulos religiosos se
oponían á las fiestas de sociedad.
Aresti tronaba contra la vida de las gentes opulentas. Viajaban por
Europa como viajan las maletas, insensibles y sin enterarse de nada, y
al volver á Bilbao, seguían su vida de escrúpulos y nimiedades. Si
alguna vez se reunían en un salón las grandes familias, quedaban las
jóvenes á un lado y los muchachos á otro, mirándose de lejos, como si la
alegría expansiva de la juventud fuese un delito y el amor una
monstruosidad. Tal vez en este aislamiento huraño, -guardador de la
inocencia-, les ocurría lo que á ciertos escritores de la Iglesia que,
atenaceados por la castidad, describían placeres inauditos, aberraciones
monstruosas que nunca habían existido, abriendo con esto nuevos
horizontes á la desmoralización.
¿De qué le servía á la villa ser tan hermosa? El doctor hablaba con
entusiasmo de la belleza material y moderna de Bilbao: su ría bordeada
de fábricas y doks, que parece un trozo del Támesis; sus altos palacios
blancos del ensanche, su muchedumbre atareada que llena á todas horas el
puente del Arenal. ¡Magnífica jaula! Pero los pájaros mudos, con la
cabeza caída, tristes.
--Esto es hermoso, Fernando, pero con la belleza de un cementerio bien
cuidado. Falta la alegría, falta el alma de un pueblo libre, que cuando
termina el trabajo quiere entregarse á la vida. Muy bonitas esas calles
nuevas con sus inmensas aceras; pero les falta algo para ser calles de
ciudad: debían circular por sus aceras unas cuantas docenas de
-cocottes- elegantes y hermosas; vendedoras de amor, que con cierto arte
educasen á esa juventud habituada á la vida unisexual de Deusto y de la
cofradía de San Luis.
El ingeniero protestó, con el rubor del enamorado que vive en plena
idealidad.
--¡Pero, don Luis!; usted propone cosas... enormes.
Aresti pareció irritarse. Lo que él proclamaba era la vida, la juventud,
el amor, tal como los concebía. Respetaba la virtud, pero no consideraba
necesario que tuviese gesto de vinagre y piel de esparto. Además, porque
la mercenaria del amor, de aspecto tolerable, estuviese desterrada de
las calles, ¿resultaba acaso la villa una población de costumbres
virtuosas? Con la vida y sus instintos no se juega. Si la entorpecen su
curso en nombre de una moral de locos, rompe por donde puede,
esparciéndose en arroyos fangosos. Él conocía su Bilbao. Los jóvenes,
emborrachándose para matar el fastidio, agarrándose en bailes públicos
con cocineras y criadas, buscando el amor en su forma más bestial, sin
el más leve barniz mundano que lo idealizase. Por esto llegaban muchos
al matrimonio encanallados, viendo en la mujer la bestia del deleite,
sin sospecha de que la hembra es un ser sensitivo, que necesita algo más
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