Era bien entrada la tarde cuando terminó la comida. El capitán Iriondo
después de brindar por su principal y amigo se despidió, alegando que
tenía á la carga un buque de la casa. El secretario Goicochea se fué con
él para dar el último vistazo al escritorio. Las señoras pasaron á una
habitación inmediata con Urquiola y el ingeniero Sanabre.
Esperaban á algunas amigas de Bilbao y mientras tanto, harían música.
Los dos jóvenes rogaron á Pepita que cantase alguna canción vascongada
de las antiguas, tan melancólicas y dulces, distintas completamente del
ritmo americano de los modernos zortzicos. Comenzaron á llegar hasta el
comedor las escalas y arpegios del piano.
Sánchez Morueta, con las mejillas enrojecidas por la digestión,
mordiendo un magnífico cigarro, habló á Aresti de bajar al jardín. La
tarde se había serenado y quería gozar de los últimos rayos de sol en
las avenidas que rodeaban su hotel. Los dos primos pasearon por el
jardín. Llegaba hasta ellos el movimiento invisible de la ría, el ruido
de los tranvías al otro lado de las planchas de hierro que cubrían las
verjas.
El millonario mostraba su satisfacción al verse solo con el médico, el
único amigo que le inspiraba confianza, y como prueba de cariño le echó
sobre un hombro una de sus manazas. Era la primera vez en todo el día,
que estaba á sus anchas, lejos de los negocios, terminado aquel banquete
con gentes ante las cuales se mostraba abstraído y silencioso. El cariño
á su Luis, á quien veía de tarde en tarde, y la placidez de una buena
digestión, inclinábanle á las confidencias; y miraba á Aresti con ojos
bondadosos é interrogantes, como si sólo esperase una indicación suya
para romper á hablar.
--Vamos, desembucha--dijo el médico alegremente.--Ya sé que soy tu
confesor y que si callas ante los otros, es porque haces provisión de
palabras para mí. ¿Qué te pasa? Aquí tienes el médico de tu alma, como
diría uno de esos curas, amigos de tu mujer.
Sánchez Morueta hizo un gesto de indiferencia. Nada le ocurría de
extraordinario. Se fastidiaba en su aislamiento: sólo tenía un momento
alegre cuando se encontraba con él. ¡Cuántas veces sentía el impulso de
coger el tren é ir á buscarle en las minas! ¡Pero tenía tantas
ocupaciones! ¡Sentía tanto miedo á presentarse en aquel feudo de la
montaña, donde todos le pedían algo!... Sólo en Bilbao, condenado á la
servidumbre de la riqueza, á vigilar y ordenar la llegada de aquel
chorro de dinero que se metía por sus puertas sin desviar su curso, se
aburría, falto de deseos y aspiraciones, con el bostezo del que nada
espera, que es el más triste de los fastidios.
Había amado y había sufrido como todos los que batallan por un ideal.
Sabía lo que era forcejear á zarpazos con la Suerte, para hacerla suya y
fecundarla con ardorosa violación. -Había llegado- como los políticos
célebres ó los grandes artistas, que empiezan su carrera desde abajo,
conociendo la miseria y bordeando continuamente el peligro. Pero estos,
aunque se considerasen llegados, siempre esperaban algo nuevo, siempre
tenían la ilusión puesta en el mañana; pensaban con inquietud en la
combinación política del día siguiente, en la obra artística, que les
bullía en la imaginación, temblando, con el vago temor de la torpeza, al
ir á darla forma. Pero él... él, todo lo tenía hecho: las ambiciones de
su vida se habían realizado, cristalizándose para siempre. Había querido
ser dueño de las minas, y suyas eran en su mayor parte, dándole un
rendimiento fabuloso, con la regularidad de una fuente tranquila y
perenne. ¿Para qué quería más? Establecía nuevas fabricaciones, y, al
poco tiempo marchaban por sí solas con una exactitud desesperante.
Construía barcos, y no naufragaba uno, para alterar con una catástrofe
la monotonía de su existencia. La desgracia era impotente para él;
estaba abroquelado y aunque ella corriese á estrecharle entre sus
brazos, la caricia mortal sería un roce insignificante.
Si sus barcos se perdían, estaban asegurados; si las huelgas cerraban
momentáneamente sus fábricas, no por esto sufriría su capital grandes
mermas: si se agotaban las minas de Bilbao, él tenía otras y otras en
distintos puntos de España, que aguardaban la explotación. Era el
prisionero de su buena suerte: se movía entre rejas de oro, en un
aislamiento de ave bien cebada, que ve el espacio libre por donde
revolotean libres los pájaros hambrientos sin poder ir con ellos. Amaba
el mar, y tenía casi á la puerta de su casa un palacio flotante, el
yate, cuya fotografía publicaban los periódicos ilustrados para envidia
de los infelices: pero apenas emprendía un viaje, tenía que volver
llamado por sus negocios. Además, él era un hombre de familia; se
aburría en la soledad del océano ó en los puertos ruidosos, haciendo
vida de célibe, fumando y leyendo. Su mujer odiaba los viajes: su hija
no conocía mundo mejor que el de sus amigas de Bilbao, y tras cortas
estancias en Londres, volvía presurosa á su país, donde era la primera,
guardando una instintiva aversión á las grandes ciudades de gente huraña
y atareada, entre la cual, ella y su padre pasaban inadvertidos.
El millonario era el esclavo de su propia obra. Había levantado con
brazos de titán, en torno de él, la alta torre de su fortuna, y ahora se
debatía encerrado en ella, sin encontrar espacio para tenderse y
descansar.
No esperaba nada. Aunque descuidase sus negocios, el dinero seguiría
viniendo á él, como si fuese incapaz de aprender otro camino. Si la
fortuna quería volverle la espalda, sería ya tarde para hacerle sufrir
la amargura de su infidelidad. Era tan rico, había llegado tan alto, que
estaba á cubierto de toda inquietud. Por un instante había creído
encontrar remedio á su aburrimiento, entregándose á la borrachera de la
construcción; sacando de la nada la nueva Bilbao; levantando barriadas
de palacios sobre los campos yermos, con la misma facilidad que en los
cuentos de hadas. Pero aquello también había pasado; encontraba pueril
levantar colmenas y más colmenas para gentes que no conocía; fabricar
avisperos en que se cobijarían otros tan tristes como él, pero animados
siquiera por el amargo placer de envidiarle.
--Me aburro, Luis--decía el millonario.--Siento una tristeza sin
esperanza, sin ilusiones; la tristeza de la buena fortuna, más terrible
que todas, pues pocos hombres la conocen.
Y mirando en torno de él, abarcaba en sus ojos el magnífico edificio y
las avenidas del jardín, con sus altas arboledas, sus arriates en los
que comenzaban á asomar las primeras flores, y allá en el fondo, el
invernadero, cuyos cristales, bañados por el sol poniente, relucían como
placas de oro.
Aresti pensaba en la gente mísera y doliente de las minas. ¡Ay, si
aquellos hombres que engañaban su estómago con agua sucia, no teniendo
bastantes alubias para llenarlo, escuchasen al poderoso Sánchez Morueta
lamentarse en medio de la opulencia de su vida!
--Entonces,--dijo el doctor--eres infeliz porque nada te falta, porque
posees todo lo que los hombres creen que les puede hacer dichosos.
El millonario movió melancólicamente la cabeza. Sí; poseía todo lo que
da la felicidad aparentemente; por esto á nadie comunicaba su tristeza,
para que no le creyesen loco. Únicamente á su primo, que conocía por sus
estudios las rarezas de la vida, se atrevía á hablarle.
Interiormente le faltaba todo: deseaba descansar después de aquella
marcha ruidosa por la vida, en la cual había hecho, en pocos años, el
mismo camino que otras familias de potentados sólo recorren después de
varias generaciones. Había conquistado la riqueza, pero era semejante á
uno de aquellos forasteros infelices que, al volver á su país,
satisfecho de sus ahorros en las minas, se encontrase con la casa
destruida y la familia ausente.
Aresti le escuchaba moviendo la cabeza, como si lo que su primo le
relataba lo hubiese adivinado desde mucho tiempo antes. Pero al oír su
lamento contra la soledad moral en que vivía, le señaló con expresión de
protesta una ventana abierta del hotel, por donde se escapaban los
sonidos del piano y el rumor de varias voces juveniles. «¿Y aquello?»
Sánchez Morueta levantó los hombros con expresión de indiferencia.
--Lo que llaman mi palacio--murmuró--no es para mí más que una casa de
huéspedes. Vivo mejor que en la mísera pensión de Londres, donde pasé mi
juventud de empleado; eso es todo.
--¿Y tu mujer? ¿Y Cristina?
--¡Mi mujer!--dijo el millonario con amargura:--yo no tengo mujer: sólo
tengo una patrona, muy santa, muy virtuosa, que cuida de mi vida
material, y hasta se inquieta algo cuando me ve enfermo. Soy el huésped
que trae dinero á casa y al que se le corresponde con un poco de
respeto. No finjas ignorancia, Luis.... Hace tiempo que adivinas cómo
vivimos. Tú, en tu pobreza, no has sido más afortunado que yo con mis
millones. Tú lo has dicho varias veces; en esta tierra hemos oído hablar
de alguien que se llama Amor, pero por aquí no ha pasado nunca.
Y el millonario revelaba el secreto de su vida conyugal, sin rubor
alguno, con la confianza que le inspiraba aquel hombre que casi era su
hermano. Se había unido con Cristina en los albores de su fortuna. ¿La
amaba entonces? No estaba muy seguro de ello. En aquellos tiempos, sus
amores eran con la buena suerte, y no le quedaba tiempo para otros. Se
había casado por unir una gloria más á sus satisfacciones de triunfador;
porque le halagaba emparentar con los que habían sido sus amos en
Londres, y aquella señorita, de una aristocracia tradicional y rancia
completaba la respetabilidad de su riqueza. Pero algo de amor había
indudablemente en ello. Las ocupaciones de su vida vertiginosa, los
continuos viajes, no le permitían con su mujer más que pasajeras y
rápidas intimidades. Pero para él no existía otra mujer en el mundo, y
era ciego y sordo ante muchas seducciones que le asediaban, atraídas por
su opulencia. Sí: él reconocía ahora que había amado á Cristina con una
pasión, en que se mezclaba el deseo á la mujer y el respeto instintivo
del hijo del gabarrero á la señorita que había tenido entre sus
ascendientes, casi fabulosos, á los señores de Vizcaya. Ahora se daba
exacta cuenta de su amor, que en aquella época no hallaba tiempo ni
ocasión para exteriorizarse en la intimidad de la vida doméstica. ¡Ah!
¡cuando descansase--se decía entonces--cuando viera asegurada su
fortuna, qué feliz sería con aquella mujer, digna compañera de su
opulencia, que parecía reinar sobre la gente más encopetada de
Bilbao!... Pero llegó el ansiado descanso, y al buscar á su mujer, en
vano se esforzó por encontrarla. Tenía ante él una buena madre, una
excelente dueña de casa, algo manirrota en sus gastos, pero muy
interesada en que los negocios prosperasen: una meticulosa
administradora del hogar, que tomaba las cuentas de la servidumbre con
la misma minuciosidad que cuando vivía en el arruinado caserón de
Durango, y al mismo tiempo sacaba miles de duros de la caja de su marido
para restaurar una capilla que fuese más suntuosa que la costeada por
alguna de las señoras que se codeaban con ella, en las Hijas de María ó
en el salón de visitas de los padres de la Compañía.
Sánchez Morueta, resucitado á la juventud después de su triunfo en los
negocios, sufría un desencanto cada vez que se aproximaba á su mujer con
delicadezas ó arrebatos de enamorado. Cristina le miraba con enojo, como
si este cariño extremado la ofendiera, colocándola al nivel de las
vendedoras de amor. Para ella, la pasión matrimonial no había de ir más
allá de la intimidad, fría y casi mecánica, de sus primeros tiempos de
vida común. El matrimonio era para que el hombre y la mujer viviesen sin
dar escándalo, procreando hijos para servir á Dios y que no se perdiera
la fortuna de la familia. Lo que llamaban amor las gentes corrompidas
era un pecado repugnante, propio de gentes sin religión. Tratar un
marido á su mujer con -melifluidades- de esas que sólo se ven en los
amantes de comedia, era envilecerla, igualarla con las que viven del
pecado. La esposa cristiana había de ser casta en el pensamiento; cuidar
de la salud material y moral del esposo, aconsejarle el bien y dirigir
el hogar. Más allá sólo iban las mujeres perdidas. Y Sánchez Morueta
tropezaba con una estatua impasible, estrellándose en todos sus intentos
por darla vida.
Nada malo podía decir ella. Era virtuosa y era fiel. Bien es verdad, que
aunque quisiera faltar á sus deberes le hubiese sido imposible. Su carne
y su pensamiento estaban muertos para el amor. Jamás recordaba el
millonario haber notado en su compañera un momento de abandono, un
arrebato de pasión. Cuando él se doblegaba bajo el estremecimiento de la
carne, encontraba los ojos de ella impasibles y serenos, como si
estuviera cumpliendo un deber penoso. Los espasmos de la materia no
turbaban su voluntad.
Sánchez Morueta llegó á pensar si Cristina amaría á otro, si al casarse
con él por interés, habría dejado en su pasado alguna ilusión que aún la
perseguía. Pero después de examinar sus predilecciones é intimidades en
la sociedad elegante y devota que la rodeaba, desechó sus sospechas.
Ella sólo quería á su esposo, si es que aquello era querer. En su
cariño, no había fuerzas para más. Y convencido de que nunca había de
triunfar sobre una voluntad rebelde al amor, fué alejándose, sin que la
esposa se mostrase triste y ofendida. Ella misma ayudó con no oculta
satisfacción á este divorcio. Transcurrió el tiempo y al abandonar el
lujo de sus primeros años de matrimonio, para tomar sitio entre las
madres de severa respetabilidad, comenzó á seguir dentro de su casa
ciertas prácticas austeras y casi conventuales. ¡Cuántas veces Sánchez
Morueta se había visto rechazado con ira, porque era Cuaresma ó estaba
ella en vísperas de una comunión aparatosa!...
Al establecerse definitivamente la separación, al alejarse él para
siempre, la mujer pareció agradecérselo con sus miradas, con una mayor
dulzura en el trato. Era, sin duda, más feliz, libre de la asiduidad
ardorosa del macho; de aquellas caricias que le repugnaban como una
servidumbre cruel de su sexo.
--Es muy honrada, muy virtuosa--dijo con amargura el millonario,--Pero,
para mí, como sí no existiera. ¡Ay, Luis; estoy solo! Yo creo que la
vida debe ser otra cosa: tanta honradez es inaguantable.
Llegaba hasta el jardín la vocecita de la hija de Sánchez Morueta,
cantando al piano el -Goizeko izarra-, la invocación melancólica á la
estrella de la mañana. La tristeza poética de las montañas vascas
esparcíase por el jardín inglés, dorado por el último llamear del sol de
la tarde.
--¿Y esa?--preguntó el médico.--¿No tienes á tu hija?...
El potentado se expresó con apasionamiento. Amaba á su hija: era carne
de su carne: el único recuerdo de la pasión que había sentido por su
esposa. El cariño á Pepita era lo que mantenía las apariencias de paz de
su casa: lo único que le ayudaba á sobrellevar la tristeza doméstica.
Era como un puente que mantenía la comunicación entre él y su esposa.
Por ella continuaba Sánchez Morueta su existencia febril de hombre de
negocios. Tenía la obligación de defender lo que la pertenecía por su
nacimiento. Su porvenir le causaba á veces gran inquietud. Podía casarla
con el hijo de otro potentado: un matrimonio de millonarios en el que no
entrase para nada el amor. ¿Pero no era esto perpetuar en la hija la
infelicidad del padre? Observaba á Pepita, y se entristecía, adivinando
en ella una reproducción de su madre. Quería casarla por amor, con un
hombre al que se sintiera inclinada, pero no veía en ella la menor señal
de apasionamiento. Se casaría, sin ardor y sin protesta, con el que le
indicaran sus padres, para continuar con más libertad la vida insípida
de ostentaciones y de devoción elegante. Ella, como las otras jóvenes de
su clase, veía en la unión con el hombre un medio de independencia, sin
que el corazón llegara á interesarse. Iría á administrar otro hogar,
como su madre dirigía el suyo: á cuidar á un marido que trajese dinero á
casa, y alguna vez, abandonando los negocios, entrara un momento en su
salón. De su padre sólo tenía algo en lo físico: la educación y el alma
eran de su madre. Si Sánchez Morueta, al escoger el yerno, se colocaba
frente á su mujer, era casi seguro que Pepita no le seguiría á él.
--La amo--decía el millonario,--la amo á pesar de todo. Pepita me quiere
á su manera; es cariñosa conmigo, me mima y me adora, especialmente
cuando su madre la encarga que me pida algo. Pero también junto á ella
me siento solo. Parece que no seamos de la misma familia, que
pertenezcamos á distinta raza. No sé explicarme, Luis: tal vez estoy
loco; pero jamás siento con ellas, que son mi familia, esta confianza,
este dulce abandono que tú me inspiras. Y es que tú eres de mi sangre;
el único pariente verdadero.
Aresti seguía moviendo la cabeza, como quien oye una canción harto
conocida. No le extrañaba la situación de Sánchez Morueta: era la de
muchos poderosos de aquella tierra. Vivían rodeados de todos los goces
del bienestar, pero en una pobreza triste de afectos. Los matrimonios
eran vulgares asociaciones para crear hijos y que la fortuna no se
perdiera. Marido y mujer vivían en aislamiento moral: él buscando
consuelo fuera de casa, en amores vergonzosamente ocultados; ella
dedicándose á la devoción.
Sánchez Morueta interrumpió estas consideraciones de su primo, como si
ansiase decirle toda la verdad. Así era él también: necesitaba amor y
amaba. Ya que la alegría de la vida no entraba en su casa, la había
buscado fuera de ella. No era un enredo vulgar para satisfacción del
sexo: era una pasión que endulzaba el ocaso de su madurez y le hacía
soñar y sentir á los cincuenta años, con una intensidad que le
retrogradaba á la juventud. Y con arrobamientos de adolescente,
recreándose en el relato, recordó toda la novela de su amor.
Había comenzado por una aventura vulgarísima: un encuentro en Biarritz
con Judith, una vendedora de amor, de nacionalidad indeterminada, nacida
en Francia, pero hija de judíos: una mujer que en plena juventud había
corrido medio mundo y conocía casi todos los idiomas europeos. Las
relaciones habían ido estrechándose. Apenas se separaba de ella jurando
no volver á verla, avergonzado de su vileza y acordándose de su hija con
remordimiento, sentía la necesidad de buscarla de nuevo, se proponía á
sí mismo un negocio que hacía necesaria su presencia en París, ó en
Madrid, allí donde se encontraba ella, siguiendo su existencia errante
de aventurera del amor, tan pronto viviendo casi maritalmente y retirada
del mundo, como exhibiendo su belleza y su voz de falsete sobre los
tablados de los -music-hall-. ¿Qué tenía aquella mujer que le
trastornaba con el mareo de la embriaguez? Era el encanto del pecado, el
sabor agridulce de lo prohibido, el perfume canallesco, que entraba como
una ráfaga de vendaval en el aburrimiento de su vida, volcando todas las
preocupaciones y los escrúpulos. Sánchez Morueta, al considerarse
culpable, se sentía más hombre. El remordimiento era una manifestación
de vida que le sacaba del letargo de su existencia.
Paladeaba las nimiedades del amor, que turbaban dulcemente la vulgaridad
monótona de su vida. Las cartas de sobra prolongado y escritura femenil
le salían al encuentro en la mesa de su despacho, entre la
correspondencia comercial, con un perfume de alcoba pecadora que
estremecía su carne y parecía traerle una ráfaga cargada de taponazos de
champagne y música chillona de café concierto. La expansión, dulcemente
truhanesca, que le llamaba con los vulgares nombres de -petit coco ó mon
gros cheri-, hacíale sonreír juvenilmente bajo su barba venerable. Era
una pasión que alegraba el ocaso de su vida, que resucitaba su alma casi
en las puertas de la vejez. Amaba como un patriarca de la Biblia,
sorprendido en el ambiente tranquilo de su tienda por las gracias
felinas de una bayadera asiática.
Había acabado por arrancar á Judith de su vida de aventuras, por
instalarla definitivamente en Madrid, como una señora tranquila que vive
de sus rentas. Pensó por un momento traerla á Bilbao, pero había
desistido de ello, no por miedo á la familia, sino por temor á la villa
hipócrita y triste, que toleraba el amancebamiento con criadas y
costureras, que cerraba los ojos ó sonreía bondadosa ante el capricho
del rico con mujerzuelas que no abandonasen su condición de pobres, pero
se escandalizaba y enfurecía ante la -cocotte-, la hembra que pusiera
en sus sonrisas algo de distinción, y rodeara de una sombra de amor las
necesidades de la carne. Otros más valientes que él habían intentado
aclimatar aquellas aves pasajeras en ciertos hotelitos del ensanche, y
todo el vecindario se amotinó contra las extranjeras. Hasta habían
cortado las cañerías del agua y la luz de sus casas, para obligarlas á
levantar el campo.
El millonario iba con frecuencia á Madrid por dos ó tres días,
pretextando juntas de accionistas ó gestiones cerca del gobierno. Todos
le encontraban rejuvenecido; veían en él algo nuevo é inexplicable, que
animaba sus ojos con el brillo dulce de la adolescencia, que parecía dar
más soltura á su cuerpo de hombre de lucha, y le hacía cuidar con mayor
esmero del adorno de su persona.
--Tú mismo--decía al médico,--te has extrañado de este cambio muchas
veces. Es el amor, Luis. Nada como él alegra á los hombres.
Y como si temiera alguna burla del doctor, hablaba de Judith con
entusiasmo, queriendo convencer á su primo de que su madurez no hacía
mal papel al lado de aquella juventud un poco gastada por el exceso de
placeres. Estaba seguro de que le quería. No era que él pudiese inspirar
una gran pasión: pero cansada de la antigua vida, se había refugiado en
sus brazos para siempre y le amaba con un amor en el que entraba por
mucho el agradecimiento. Esto le bastaba. No había más que ver cómo le
sonreía, cómo salían á su encuentro los brazos blancos y suaves cuando
se presentaba inesperadamente en el hotelito de las afueras de Madrid.
Aquella era su verdadera casa: allí pasaba los mejores días, y á no ser
por su hija y por la respetabilidad que exigen los negocios, allí iría á
terminar su existencia.
Además, un suceso inesperado los había unido más estrechamente: había
afirmado aquel idilio oculto que llevaba cinco años de duración. Sólo á
un hombre como su primo podía hacerle tal confidencia... ¡Tenía un hijo!
Y como el doctor Aresti no pudiese contener su asombro, el millonario se
apresuró á añadir:
--Tú eres el único que lo sabe: un hijo... ¡mío! ¡bien mío! Un niño de
tres años que empieza á hablar, y al verme me llama: «¡El papá de
Bilbao!» El amor me da lo que tantas veces deseé en mi casa sin
conseguirlo. ¡Un hijo!... No lleva mi apellido, no puedo confesar que
soy su padre, pero pienso en él, espero que crezca y ¡ya vendrá á mi
lado! ¡ya haré por él cuanto pueda, que será mucho!
Y hablaba enternecido de aquel hogar oculta, de la familia improvisada
que era para él la verdadera. Judith, engordando en su bienestar
tranquilo; aburguesándose hasta hacer olvidar á la antigua -divette-
aventurera, Sánchez Morueta la quería mejor así: la creía más suya. Y
entre los dos, aquel pequeñuelo de una asombrosa precocidad. El
millonario se enorgullecía viéndolo tan hermoso, con una belleza
afeminada que reflejaba la de la madre, sin ningún rasgo de él.
--Un verdadero hijo del amor--decía el hombretón con sonrisa
placentera.--No hay en el pequeño nada de mi fealdad: ni mis manazas, ni
esta cara de gigantón. Rubio como el oro, ¡y tan blanco! ¡tan delicado!
¡tan poquita cosa! Parece un bebé de porcelana.
Y recordaba al doctor una de sus frases que gozaban el privilegio de
indignar á las gentes honradas. Los hijos del amor eran siempre los más
hermosos: tenían algo de extraordinario, que rara vez se encontraba en
los retoños engendrados por las parejas legales, que procrean por deber
y por instinto, durante las noches blancas, de placer triste y monótono,
en las que los besos tienen el sabor suculento y vulgar de la olla
casera.
Sánchez Morueta calló como fatigado por su confesión. En uno de sus
paseos habían llegado cerca del hotel, y ahora se alejaban lentamente,
sonando á sus espaldas el piano y el abejorreo de las conversaciones de
la tertulia de doña Cristina.
--¡Y pensar que podía haber encontrado en mi casa la felicidad que busco
fuera, ocultándome como un malhechor!--exclamó el millonario, como si el
recuerdo de su familia despertase en él cierto remordimiento.--Pero no
creas, Luis, que estoy arrepentido--añadió con resolución.--Yo tengo
derecho á ser feliz y la felicidad se toma donde se encuentra.... Pero
dí algo, Luis. ¿Qué opinas de todo esto?
Aresti encogió los hombros. De aquellos amores no quería hablar. Si
proporcionaban á su primo cierta felicidad, hacía bien en continuarlos.
La vida es triste y la pericia del hombre está en alegrarla, en iluminar
con brillantes colores los contornos grises de la existencia. Bueno era
que aquella mujer le amase según él decía: pero aunque el amor no
existiese, resultaba lo mismo. Lo importante era que él se creyese
amado. En el mundo se vive de la ilusión y la mentira, y la mayor
desgracia es abrir los ojos.
--Me quiere, Luis, me quiere--interrumpió el millonario
apresuradamente.--¿Por qué había de fingir? Si hubiera sabido quién era
yo cuando la conocí, aún podría dudar. Pero en nuestros primeros tiempos
de amor me creía un hombre de corta fortuna. Tardó mucho á saber que era
yo Sánchez Morueta.
El doctor asombrábase ante la firme convicción de su primo. Celebraba su
optimismo: así, su dicha no correría peligro. Él no se mezclaba en el
asunto. A ser feliz ya que tenía fuerza de voluntad y medios sociales
para crearse una segunda familia, que viviría en el foso, mientras
arriba, en las tablas, tronaba la otra con todo el aparato de su
riqueza. A Aresti sólo le interesaban los infortunios domésticos de su
primo, su aislamiento moral dentro de la casa. Lo mismo que á él, les
ocurría á otros. Era el eterno obstáculo con que tropezaban todos los
que en aquella tierra querían encontrar en la esposa algo más que una
compañera y administradora. Unos habían de buscar la alegría de su
existencia fracasada fuera de su casa, manteniendo, por cobardía ó
egoísmo, las apariencias de un hogar tranquilo; otros, más resueltos y
valerosos--él, por ejemplo,--rompían abiertamente, no queriendo vivir
encadenados á un alma muerta y volvían á su existencia de solteros, con
la amargura de no poder buscar públicamente una nueva compañera.
Aresti no censuraba á las mujeres de su país. Eran como eran, un poco
por la frialdad de la raza nada propensa á apasionarse por lo que no
tenga un fin inmediato y práctico, y muchísimo más por defecto de
educación, porque los mismos hombres las habían acostumbrado al
aislamiento, á la separación de sexos, á asociarse las mujeres con las
mujeres, no viendo en el hombre más que una máquina de fabricar dinero é
hijos. ¿Qué había hecho al casarse Sánchez Morueta? Lo que todos los
poderosos de su país. El matrimonio ajustado por las familias, sin hacer
gran caso de la voluntad de los contrayentes: después, el viaje
aparatoso de varios meses por Europa, para alardear de riqueza, deseando
el marido volver cuanto antes á reanudar sus negocios. Y el mismo día de
la vuelta á Bilbao, él, al escritorio, á ganar dinero, ó al club, para
vivir entre hombres solos, dejando á la mujer entregada para siempre á
las amigas. Y la mujer se refugiaba entre las de su sexo, sin más
diversiones que el visiteo y el exhibir trajes y alhajas para envidia de
las compañeras, pues hasta la faltaban ocasiones de lucir su riqueza.
No conocían la vida de sociedad con sus fiestas y saraos, como los
aristócratas de otros países. Los padres de la Compañía, para asegurar
su influencia, predicaban contra los bailes, como invenciones del
demonio, propias de otras tierras que no habían gozado la gran dicha de
heredar las sanas y virtuosas costumbres de Vizcaya. Los teatros
funcionaban con los palcos vacíos, sin que á ellos asomara una mujer:
las fiestas del verano eran el único esparcimiento anual para todas
ellas. Faltas de diversión, ansiosas de reunirse, de oír música, de algo
que despertase su sentimentalismo, buscaban en la iglesia su club y su
teatro, pasando el día en el templo del Corazón de Jesús, allí donde la
arquitectura afeminada y ridícula, cargada de oro y bermellón, el
armonium, las voces hermafroditas y las bombillas eléctricas, parecían
acariciarlas con un halago que tenía tanto de mundanal como de místico.
Aresti sonreía amargamente. ¡Ay: estaba bien discurrido aquel asedio,
para apoderarse lentamente de la mujer, llegando por medio de ella hasta
la dominación del esposo! De ellos era principalmente la culpa, ¿Qué
habían de hacer unos seres débiles, faltos de dirección, arrastrados
por el especial sentimentalismo del sexo hacia todo lo absurdo? Veíanse
obligadas á una vida de harem; siempre mujeres con mujeres, viendo sólo
al hombre en el preciso momento del deseo; y el hábil jesuíta se
presentaba como un remedio á su tristeza, entretenía su fastidio con una
devoción dulzona y afeminada, era el eunuco guardián, el verdadero amo,
dirigiendo á su antojo al tropel de odaliscas cristianas. Así llegaba
desde la sombra á apoderarse de la voluntad de los hombres, los cuales
se movían, sin conocer el impulso de sus acciones.
Algunos aún se mostraban satisfechos y agradecidos á los sacerdotes,
porque proporcionaban dulce entretenimiento á sus esposas, dejándolos en
mayor libertad para sus negocios y placeres.... ¡Imbéciles! El doctor se
indignaba ante aquella intrusión, que había acabado por cambiar á las
mujeres de su país, matándolas el alma, convirtiéndolas en autómatas que
aborrecían como pecados todas las manifestaciones de la vida, y llevaban
al hogar las exigencias de una dominación acaparadora.
--Tú mismo, Pepe, que te quejas de lo que ocurre en tu casa--dijo el
doctor,--¿qué has hecho para evitarlo?...
Sánchez Morueta hizo un gesto de extrañeza. ¿Él? ¿qué podía evitar él?
¿Podía acaso cambiar el carácter de su esposa?...
--Tú has dejado, como los otros--continuó el doctor,--que tu mujer
buscase un remedio á su soledad, entregándose á la devoción. ¡Y te
extrañas de que Cristina haya ido separándose de tí! Es un caso de
adulterio moral, del que sois vosotros casi siempre los culpables. Se
comprende lo que á mí me ocurrió: yo no soy rico, y en este país de
negocios, el pobre no tiene autoridad sobre la familia. Además, junto á
los prejuicios de la que fué mi compañera, estaban como refuerzo los de
su madre y su hermana. Pero tú, que tienes la autoridad de la fortuna,
¿cómo has dejado que fuesen apoderándose de una mujer á la que amabas,
separándola de tí? Te quejas de que ya no es tu esposa; pues ese afecto
que te falta y ha trastornado tu existencia lo tienen otros. En tus
propias barbas han cortejado á tu mujer y te la han robado. Sí alguna
vez piensas vengarte, ve en busca de los que la confiesan.
El millonario sonrió con desdén.
--¡Bah! ¡Los jesuítas! ¡Ya salió tu tema!... Efectivamente, son gente
antipática; ya sabes que les tengo mala voluntad. Yo soy liberal; yo me
batí en el último sitio como auxiliar, comiendo carne de caballo y pan
de habas; yo tomaría el fusil otra vez, si volviesen los carlistas.
¿Pero aun crees tú, Luis, en esa leyenda de los jesuítas tenebrosos,
cometiendo los mismos crímenes que ellos atribuyen á los masones?...
Y Sánchez Morueta miraba con ojos compasivos á su primo, sin dejar de
sonreír.
--No sigas, Pepe--dijo el doctor.--Adivino lo que piensas. Soy un cursi.
Conozco la frase: es un magnífico pararrayos para desviar el odio que
instintivamente sienten todos contra esos hombres. Es cursi hablar mal
de los jesuítas, afirmar que constituyen un peligro. Lo distinguido, lo
intelectual, lo moderno, es creer á ojos cerrados en cualquier patán
astuto que, vistiendo la sotana, pronuncia sermones vulgares, y pasa las
horas en el confesionario enterándose de vidas ajenas y adorando al
Corazón de Jesús, que coloca por encima de Dios.
--¡Yo no digo tanto!--exclamó el millonario.--Yo no creo en ellos, y
hasta me río de sus cosas. Pero reconocerás conmigo que eso del odio al
jesuíta es algo anticuado. Sólo aquellos progresistas cándidos y
heroicos de otros tiempos, podían ver la mano del jesuíta en todas
partes y creer en sus venenos y puñales.
--Yo no creo en su tenebroso poderío ni en sus venganzas. En esta tierra
nadie se atreve como yo á hablar contra ellos, y ya ves, nada malo me
ocurre. Así que me he puesto fuera de su alcance, saliendo de una casa
que dominaban y viviendo entre gentes que les desprecian, nada pueden
contra mí. Aislados nada valen: pero hay que temerles allí donde les
ayuda la imbecilidad, donde la gente va hacia ellos. ¿Cómo te explicaré
lo que pienso? Son como los microbios, que nada valen, y, sin embargo,
llegan á producir una epidemia. Si encuentran un ser débil preparado
para recibirlos, lo matan; pero si tropiezan con uno fuerte, dispuesto á
repelerlos, ellos son los que perecen. No tienen fuerza para apoderarse
de nada por sí mismos. El que les haga frente puede estar tranquilo de
que no lo buscarán. Pero cuentan con el auxiliar poderoso de los tontos
y del sentimentalismo femenil, que avanza en su busca y se ofrece,
diciéndoles: «Dominadnos, haced de nosotros lo que queráis, y dadnos en
cambio el cielo.»
Aresti no creía, como los enemigos de la Compañía en otros tiempos, en
la grandeza y el poder del jesuitismo. La sabiduría de sus individuos
era una leyenda. Había entre ellos (que eran miles) algunos que se
distinguían en las ciencias y en las artes, nada más que como
apreciables medianías. Llevando siglos de existencia, disponiendo de
riquezas y viajando por toda la tierra, sus famosos sabios no habían
enriquecido á la humanidad con un sólo descubrimiento de importancia. Su
talento consistía en presentar al vulgo las medianías como genios de
fama universal y colocar á la mayoría restante en sitios donde no se
evidenciase su vulgaridad.
El médico se reía igualmente de su poder. Sólo alcanzaba á los que caían
ante sus confesonarios. El que cortaba toda comunicación con ellos,
podía burlarse de su poder sin miedo alguno. Eran unos pobres hombrea,
temibles únicamente para los que viven á su sombra.
Aresti reconocía, sin embargo, que su influencia dentro de la Iglesia
era mayor que nunca. Cuando Loyola había fundado su Compañía, las demás
órdenes religiosas la despreciaban. Pero por ser la más moderna se había
apoderado de todas, con la fuerza de la juventud. Además, los frailes,
despojados de sus riquezas de otros siglos, tenían ahora que copiar los
procedimientos de los jesuítas, que tanto les repugnaban en pasadas
épocas. Tenían que marchar á la zaga de ellos, imitándolos para hacer
dinero, guardando la actitud humilde del pobre ante el rico. El cuarto
voto de obediencia al Papa, peculiar de la Compañía, había hecho
indispensable para el Vaticano el apoyo del jesuitismo. Hasta podía
afirmarse que el ejército monástico de Íñigo de Loyola había salvado al
pontificado en el trance, terrible para él, de la revolución luterana.
Era la antigua fábula del hombre y el caballo, puesta de nuevo en
acción. El caballo prestaba sus lomos al hombre para que le defendiese y
vengase de sus enemigos, pero una vez satisfechos sus deseos, el jinete
se negaba á descender, condenándolo á eterna servidumbre. La compañía
había salvado al Papa, pero esclavizándolo para siempre. El cristianismo
había muerto con la Reforma para convertirse en catolicismo. Ahora el
catolicismo ya no era más que una palabra: la verdadera religión era el
jesuitismo. El Papa que bendice seguía en el Vaticano; pero el Papa que
decreta y disciplina las conciencias, era el General, oculto en el
-Jesu- de Roma.
--Esto á mí en nada me interesa--acabó diciendo Aresti.--Yo vivo fuera
del gremio, y lo mismo me importa que lo dirija este que el otro.
Su primo hizo un gesto de asentimiento. A él tampoco. Él no hablaba con
la audacia del doctor, pero vivía de hecho fuera de las prácticas
religiosas; no le preocupaban.
--A tí, sí--dijo Aresti con energía.--A tí deben preocuparte. Crees que
vives fuera de esa influencia, porque no vas á misa, ni te tratas con
curas; pero todo llegará, tú irás, y hasta es posible que te arrodilles
ante algún confesonario de la iglesia de los jesuítas. Estás en el
círculo de su influencia: te tienen al alcance de su mano por medio de
la familia; ya te agarrarán. ¡Apenas si es mal bocado el millonario
Sánchez Morueta!
El aludido sonrió. ¡Bah! No eran tan terribles. En Inglaterra se reirían
oyéndoles hablar de tales gentes. Allí las despreciaban, si es que
alguna vez hacían memoria de ellas.
--¿Pero es que Londres es Bilbao?--gritó exasperado el doctor.--¿Acaso
Inglaterra es España? Ya sé yo que se ríen de ellos en todas las
naciones modernas y poderosas: únicamente Francia se rasca de vez en
cuando para echárselos lejos. Pero vivimos en España, una nación que no
concibe la vida sin la Iglesia, y lo que te dije de los individuos,
puede aplicarse á los Estados. Contra los fuertes se estrellan y
perecen, pero de los débiles, predispuestos al contagio, se apoderan
como una enfermedad. Eso de «cursi» podrá aplicarse al que sueñe con el
jesuíta temible, en Londres ó en Berlín: pero aquí ¡vaya con la
-cursilería-! ¡y no puedes moverte sin tropezar con ellos!...
--Sí; aquí dominan mucho--dijo el millonario con gravedad.--Yo sé que á
otros menos poderosos, que necesitan para sus negocios del apoyo de
capitales ajenos, los han elevado ó los han hundido, enviándoles ó
retirándoles los accionistas. Se meten en las casas y las dirigen...
pero es allí donde les dejan entrar. Yo, afortunadamente, aunque tú
creas lo contrario, estoy libre de ellos. Me han buscado por mil medios;
han intentado conquistarme; me han ofrecido indirectamente apoyos que no
necesitaba. Estoy muy por encima para que puedan hacerme daño. Aquí no
entrarán por más que se empeñen. Ya lo sabe Cristina: es lo único que me
impulsaría á romper con ella, á separarme, sin miedo á lo que dijese la
gente. Tú que sonríes y hasta parece que te burlas: ¿has visto aquí
alguna vez una sotana? ¿tienes noticia de que vengan á visitarnos esos
señores de la Residencia?
--No: no vienen--dijo Aresti sin abandonar su gesto irónico.--¿Y para
que habían de venir? Hace tiempo que están dentro: no necesitan de tu
permiso. ¿A quién habían de buscar en tu casa? ¿A tu mujer y á tu hija?
Ya les ahorras esa molestia enviándolas tú mismo á donde ellos las
aguardan. Les cierras la puerta de tu hotel, pero antes les entregas la
familia....
--Me has repetido lo mismo varias veces: son ilusiones tuyas. Ya conoces
mi carácter. He dicho que no entran y no entrarán. Sería un buen golpe
para ellos apoderarse de Sánchez Morueta; pero pierden el tiempo.
Aresti estaba pensativo y parecía no oírle.
--El otro día--dijo con lentitud, como si reconcentrase su memoria--leí
un drama en francés y me acordó de tí. Era -La Intrusa- de Mæterlinck,
¿Conoces eso?...
El millonario movió la cabeza: él no tenía tiempo para la literatura.
--La -Intrusa---continuó el médico,--es la Muerte, que entra en las
casas sin que nadie la vea; pero todos sienten los efectos de su paso.
Y Aresti relató la escena lúgubre de la familia reunida en torno de la
mesa, en la penumbra, más allá del círculo de luz de una pantalla verde.
En la alcoba cercana está una enferma, con el sopor de la gravedad:
fuera de la casa, á lo lejos, se oye afilar una guadaña, rayando el
cristal negro de la noche con su chirrido. Alguien debe haber entrado en
el jardín. Se asoman y no ven á nadie. Los cisnes graznan asustados,
ocultando la cabeza bajo las alas como si pasase un peligro: los peces
despiertan en el tazón de la fuente, ocultándose temblorosos: las flores
caen deshojadas, las piedras crujen como si las pisasen unas plantas de
inmensa pesadumbre... y sin embargo no se ve á nadie. Ya suenan pasos en
la escalinata: la puerta se abre, á pesar de que no sopla el viento.
Hasta la noche parece haber enmudecido sobrecogida. Intenta la familia
cerrar las hojas y no puede, como si tropezasen con un cuerpo invisible,
con alguien que asoma y se detiene indeciso, antes de orientarse. Y
después, el ser misterioso avanza por la sala. Nadie le ve, pero se
adivinan sus pasos sobre el tapiz, presienten todos que algo pasa ante
la lámpara verde. Levanta una mano invisible la cortina del cuarto de la
enferma y vuelve á caer sin que nadie haya entrado. ¡Un gemido!... La
enferma acaba de morir. Es la muerte que ha llegado hasta su cama
atravesando todos los obstáculos; la -Intrusa-, para la que no hay
puertas, que avanza invisible, haciendo sentir en torno su oculta
presencia.
Y Aresti, después de relatar la obra de Mæterlinck, miraba silencioso á
su primo, que parecía no comprenderle.
--En tu casa ocurre lo mismo--dijo tras larga pausa.--Crees que ese
enemigo no ha entrado, porque no le ves de carne y hueso sentarse á tu
mesa y ocupar un sillón en la hora de las visitas. Pues hace tiempo que
llegó hasta tu misma alcoba. Tú te lamentabas de ello hace poco. Todos
los días vuelve, siguiendo los pasos de tu mujer y tu hija cuando
regresan de la Iglesia de los jesuítas ó de sus juntas de Hijas de
María. ¿No presientes la proximidad de ese enemigo invisible? No
percibes su roce? El último de tus criados lo ve y tú estás ciego. Te
mira á todas horas y conoce tus acciones. Sus ojos son ese secretario
que tienes y ese señorito pariente de Cristina, que busca unirse á tí,
pensando en tus millones más que en Pepita. Sus manos son tu mujer y tu
hija. Ellas te agarrarán cuando te sientas débil; aprovecharán un
instante de desaliento para empujarte dulcemente en brazos del Intruso.
Te crees libre de él y ronda á todas horas en torno tuyo.
Sánchez Morueta reía ruidosamente.
--Estás loco, Luis. Por algo tienes esa fama de original. La lectura te
ha trastornado el seso. ¿A qué tanto fantasma, y dramas, é intrusos... y
demonios coronados? En resumen, todo es porque dejo en libertad á mi
familia, para que se entregue á las prácticas religiosas y se entretenga
con esa devoción bonita, inventada por los jesuítas. ¡Qué he de hacer
yo, si eso las divierte! ¿Quieres acaso que me Imponga como un tirano de
comedia, y diga: «Se acabó el trato con los Padres, aquí no hay más misa
que la que diga el cura de Portugalete en el oratorio del hotel?» Eso no
lo hago yo, Luis. Yo soy muy liberal: tal vez más que tú.
Hablaba con una firmeza británica de su respeto á la libertad. Él no
quería violentar la conciencia ajena: cada cual que siguiera sus
creencias y que le dejaran á él con las suyas. Libertad para todos. Y
recordaba su educación en Inglaterra, la amplitud religiosa del pueblo
británico, con sus diversas confesiones, sin que los individuos de una
misma familia se molesten ni enemisten por practicar diversos cultos.
Aresti pareció irritado por la calma serena con que su primo hablaba de
la libertad.
--Yo también creo lo mismo--exclamó;--pero en un país como ese de que
hablas, que apenas si ha conocido la intolerancia religiosa y la
persecución por delitos de conciencia. Además, hay allí creencias
diversas, y unas á otras se equilibran, amortiguando los efectos. Es una
especie de federalismo religioso que no sale de los templos, ni pretende
dominar al Estado y dirigir las familias. ¿Pero hablar de libertad
absoluta en este país, que es famoso en el mundo por la Inquisición y
por ser patria de San Ignacio?... Llevamos sobre las costillas cuatro
siglos de tiranía clerical. La unidad católica no está consignada en las
leyes, pero ya se encargan muchos de que perdure en las costumbres.
Vivimos en guerra religiosa permanente. Los pocos que se emancipan han
de estar sobre las armas, dando y recibiendo golpes. ¡Y vienes tú con
esa pachorra inglesa hablándome de libertad y de respeto á todas las
creencias!... Eso puede ser en otros países; podrá ser aquí, cuando
exista esa España nueva, cuyo nacimiento se aguarda hace cerca de un
siglo, que saca la cabeza y luego se oculta, sin decidirse á salir por
completo de las entrañas de la Historia. No: yo no soy liberal: yo soy
un hombre de mi tiempo, tal como me han formado las circunstancias de mi
país, no como me lo enseñan los libros. Yo soy un jacobino; yo quiero
ser un inquisidor al revés, ¿me entiendes?, un hombre que sueña con la
violencia, con el hierro y con el fuego, como único remedio para limpiar
á su tierra de la miseria del pasado.
Y Aresti, siempre irónico y zumbón, se exaltaba hablando. Latía en sus
palabras el odio á la influencia oculta que había truncado su vida,
hiriéndolo en sus afectos de hombre pacífico, impidiéndole constituir
una familia. Él amaba la libertad; pero era la libertad para el
mejoramiento y bienestar de la especie humana; para ir adelante, hacia
los nuevos ideales marcados por la ciencia: no para retroceder,
abrazándose á instituciones que estaban muertas desde hacía siglos.
Además, ¿por qué conceder las ventajas de la libertad á los que habían
empleado antaño su inmenso poderío combatiéndola, arrumbando escombros
sobre su tallo naciente y ahora, al verla vigoroso árbol, querían ser
los primeros en gozar de su sombra? No: él no reconocía derecho para
existir á unas creencias que eran la negación de la vida; no podía
conceder la libertad á los tradicionales enemigos de esa misma libertad.
Encarándose con Sánchez Morueta, preguntábale qué haría si supiera que
en su escritorio existían hombres que deseaban el naufragio de sus
barcos, el incendio de sus fábricas, el agotamiento de sus minas, la
desaparición total de todo lo que era la existencia de su casa. ¿No los
expulsaría, indignado? Pues esto deseaba él para los enemigos de la
vida, para los que maldecían como pecados las más gratas dulzuras de la
existencia; para los que adoraban la castidad antipática de la virgen
sobre la soberana fecundidad de la madre; y ensalzaban la pereza
contemplativa, considerando el trabajo como un castigo; y hacían la
apología de la vagancia y la miseria convirtiéndolas en el estado
perfecto; y tenían el hambre como signo de santidad y apartaban á las
gentes de las felicidades positivas de la tierra, haciéndolas dirigir
las miradas á un cielo mentido; y anatematizaban el amor carnal como
obra del demonio. Eran, en una palabra, los que divinizaban todas las
miserias, todos los rigores que martirizan al hombre, marcando, en
cambio, con el sello de la execración las únicas alegrías que están á su
alcance. Aquellos enemigos de la vida, la insultaban llamándola valle de
lágrimas. ¿No deseaban salir de ella cuanto antes? Pues á darles gusto y
que dejaran el sitio libre á los pecadores, á los malvados que aman este
mundo y se conforman con todos sus defectos y tristezas, sabiendo que
más allá no existe otro mejor.
Aresti hablaba con una vehemencia feroz, brillándole los ojos con fuego
homicida.
--Eres un inquisidor--dijo su primo soriendo.--Parece mentira que un
hombre -moderno- como tú se exprese de tal modo.
Aresti no quiso protestar. No le infundía repugnancia el mote de su
primo. ¿Inquisidor? sea. Toda la España, ansiosa de algo nuevo, sentía
lo mismo que él, sólo que no llegaba á razonar sus impulsos. En otros
pueblos más adelantados, la crisis religiosa, el paso de la Fe á la
Razón, se había verificado dulcemente, en medio del respeto y la
libertad. La Reforma, con su espíritu de crítica y libre examen, había
servido de puente. Pero en esta tierra había que dar un salto violento,
pasar, sin puente alguno, desde las creencias de cuatro siglos antes,
aún en pie y poderosas, á la vida moderna. El tránsito había de ser rudo
y brutal. Era un ensueño querer guiar al pueblo mansamente, pasito á
paso: había que correr, que saltar, derribando lo que aún quedase por
delante. Había que tener en cuenta la raza, la herencia triste que pesa
sobre este pueblo: su educación intolerante que databa de ayer. En unos
cuantos años de vida moderna, que no era propia, sino de reflejo, no se
podían extinguir varios siglos de ferocidad religiosa. Todo español
lleva dentro un inquisidor. Bastaba ver cómo el más leve atentado que
turbaba la paz pública, hasta las clases más elevadas y cultas, pedían
la suspensión del derecho y la intervención de la fuerza. Los ricos
aplaudían á la guardia civil cuando daba tormento, resucitando los
procedimientos salvajes de la Inquisición; los pobres admiraban al
fuerte, al audaz, viendo muchos de ellos la suprema gloria en la bomba
de dinamita; los gobiernos, ante el más insignificante motín, abominaban
de la libertad como si fuese un fardo abrumador... En otros tiempos, los
católicos rancios presentaban sus pruebas de pureza de sangre para
demostrar que estaban limpios de todo origen judío ó mahometano. ¿Quién
podría jurar hoy que no circulaba por sus venas sangre de fraile ó de
familiar del Santo Oficio?
Y el doctor, que había asistido á muchas reuniones populares, recordaba
la gradación de los sentimientos y tendencias de la gran masa. Aplaudían
con un entusiasmo algo forzado, por costumbre más que por espontáneo
impulso, los ataques al régimen político. Los reyes estaban lejos, y la
gente pensaba en ellos como en una calamidad casi del pasado, que aún no
se había extinguido, pero que debía desaparecer fatalmente, más pronto ó
más tarde, sin grandes esfuerzos. Les interesaba la cuestión social como
algo positivo relacionado con su bienestar; pero por más esfuerzos que
hicieran los oradores por exponer las generosidades de la sociología
revolucionaria, la gente sólo veía la ventaja de aumentar en unos
cuantos reales el jornal y trabajar alguna hora menos... Pero se hablaba
del jesuíta, del fraile, del cura, y la muchedumbre se ponía
instintivamente de pie, con nervioso impulso, y brillaban los ojos con
el fulgor diabólico de una venganza secular, y sonaba estrepitoso el
trueno del aplauso delirante, y se levantaban los puños amenazadores,
buscando al enemigo tradicional, al hombre negro, señor de España. Las
huelgas por cuestiones de trabajo se desviaban para apedrear iglesias:
las manifestaciones populares silbaban é insultaban á toda sotana que
cruzaba la calle: hasta los motines contra el impuesto de Consumos
tenían por final la quema de algún convento.
--Y es que el pueblo--continuó Aresti--adivina por instinto cuál es el
enemigo más próximo, el primero que debe acometer al despertar, y no se
junta para algo que no dirija contra él sus iras.
El doctor, guiado por un deseo de imparcialidad, reconocía que en
apariencia ningún odio ni temor debían sentir las masas contra la
Iglesia. Los obreros de las ciudades no iban á misa, ni se confesaban;
vivían separados del cura, despreciándolo. ¿Por qué, pues, habían de
temerle? Los jesuítas y los frailes sólo visitaban las casas de los
ricos y no podían esperar los pobres que se introdujeran en sus
miserables tugurios. ¿Por qué, pues, odiarlos? Era que la masa, por
instinto, adivinaba en ellos la barrera opuesta á toda tentativa de
avance. Estancando la vida del país, cortaban el paso á los de abajo.
Ellos eran los que les habían tenido en la ignorancia durante siglos,
haciéndoles ver que el pobre carece de otro derecho que el de la
limosna, inculcándoles un respeto supersticioso para el potentado,
obligándoles á creer que deben aceptarse como dones celestes las
miserias terrenas, pues sirven para entrar en el cielo. Y el pueblo, que
sólo conseguía ventajas en fuerza de rebeldías y revoluciones, se
vengaba del engaño de varios siglos persiguiendo á los impostores.
Además, existía un impulso de fuerza tradicional. Da las entrañas de la
historia patria se desprendía un hálito de santo salvajismo. El brasero
inquisitorial ardía durante siglos; el cielo azul obscurecíase con nubes
de hollín humano; reyes, magnates y populacho habían asistido entre
sermones y cánticos á las quemas de hombres con el mismo entusiasmo que
provocan hoy las corridas de toros. Del fondo de la tierra clamaban
venganza miles de seres achicharrados: ancianos cuyo único delito fué
comentar la Biblia, mujeres trastornadas por enfermedades nerviosas, que
después ha explicado la ciencia, niñas inocentes que seguían con la
inconsciencia de la juventud las creencias de sus padres.
--España es un país de olvido--decía el doctor.--Aún se estremecen en
Francia recordando la matanza de San Bartolomé, que duró veinticuatro
horas. ¡Y aquí es cursi decir que hubo Inquisición! Hasta cerebros
poderosos que funcionan como si estuvieran vueltos del revés se han
encargado de demostrar que sus castigos no tuvieron importancia; que fué
una institución digna de elogios; como quien dice un jueguecito para
divertir al pueblo. En otros países levantan estatuas á los víctimas de
la intolerancia religiosa. Aquí la Iglesia omnipotente los ha matado por
segunda vez, creando el vacío en la historia. De tantos miles de
mártires, ni el nombre de uno solo ha llegado hasta el vulgo.
Pero el pueblo era, sin darse cuenta de ello, el vengador del pasado,
Aresti, que vivía en contacto con la masa, apreciaba la simplicidad de
sus ideas, el instinto paladinesco que la impulsaba á ser la ejecutora
de una revancha histórica. Sólo en el pueblo perduraba el recuerdo de
aquella ferocidad religiosa, de aquel crimen repetido fríamente en
nombre de Dios al través de los siglos; de aquellos sacrificios humanos
que recordaban los ritos sangrientos de los fenicios ante sus
divinidades ardientes. Y el desquite llegaba con no menos ferocidad,
como el desahogo de un pueblo que se venga. Intentábase ahora, al menor
motín, quemar los edificios que servían de albergue á los representantes
del pasado odioso; algún día los incendiarían de veras con todo su
contenido humano. Esto parecería brutal, pero era lógico en un país
donde todavía no existe el hombre. Los hombres poblaban el resto de
Europa. Aquí aún no se habían presentado. El hombre sería el habitante
de la España nueva; pero antes tenían que evolucionar mucho los actuales
pobladores del país, dignos descendientes del inquisidor, educados por
él en el desprecio á la vida humana, en la facilidad de inmolarla como
holocausto á las creencias. ¿De qué se quejaban los que mañana serían
víctimas, si ellos habían envenenado el alma de un pueblo, formándolo
durante siglos á su imagen y semejanza?...
El doctor recordaba ciertos mariscos que, segregando el jugo de su
cuerpo, forman la concha, el caparazón que les sirve de vestido y
defensa. El español no tenía otro jugo que el de la intolerancia, el de
la violencia. Así le habían formado y así era. En otros tiempos, el
caparazón era negro; ahora sería rojo; pero siempre la misma envoltura:
Él estaba orgulloso de la suya. Frente al inquisidor del pasado, el
inquisidor en nombre del porvenir. Luego, ya llegaría el hombre, limpio
de todo deseo de venganza, sin miedo á enemigos tradicionales, fraternal
y dulce, que levantaría el edificio moderno sobre el solar limpio de
escombros.
--¡Estás loco!--exclamó Sánchez Morueta riendo.--Por eso te ponen esa
fama de hombre que tiene -cosas-. Si te tomase en serio, habría para
sentir horror por lo que dices.
Aresti se encogió de hombros.
--Pero ven acá, mediquillo chiflado--continuó el millonario.--Reconozco
que esa gente es tan nociva y tan peligrosa como tú dices. Ya sabes que
yo tampoco la tengo en gran estima, y me lamento del estado en que han
puesto á nuestro país. Pero ¿á qué la violencia? Para acabar con ellos
no hay como la libertad. Mueren dentro de ella como los gérmenes que se
encuentran en un medio que no es el suyo. Perseguirlos y oprimirlos, es
tal vez darles más fuerza, demostrar que se les tiene miedo.... ¡Mucha
libertad, mucho progreso, y ya verás como las costumbres de la
civilización les empujan hasta el sitio que deben ocupar, sin que osen
salirse de él!
--¡Ahora me toca á mí reír!--exclamó el doctor.
Y reía mirando á su primo con ojos compasivos, mientras contestaba á sus
razonamientos.... ¡Querer luchar con aquellas gentes, en la amplitud de
la libertad, cuando llevaban como ventaja varios siglos de dominación,
la incultura del país, la servidumbre de la mujer encadenada á ellos por
el sentimentalismo de la ignorancia! ¡Cuando contaban con el apoyo del
rico, de tradicional estolidez, que, atormentado por el remordimiento,
compra con un trozo de su fortuna la seguridad de no ir al infierno!...
Mientras aquellos enemigos existieran, serían estériles todos los
esfuerzos para reanimar el país. Sólo ellos se aprovechaban de las
ventajas del progreso nacional. Eran los perros más fuertes y ágiles, y
se zampaban los mendrugos que la civilización arrojaba al paso, por
encima de nuestras bardas, mientras el pobre mastín español soñaba en
medio de su corral, flaco, enfermo y cubierto de parásitos.
Había que fijarse en el trabajo de los padres de la Compañía, que eran
los verdaderos representantes del catolicismo, el Estado Mayor del
ejército religioso, el único que tenía el secreto de sus marchas y
evoluciones y ocupaba las tiendas de distinción. ¿Se engrandecía
Barcelona siguiendo el movimiento fabril de Europa? Pues allí ellos.
Adquiría Jerez inmensa riqueza con la fama universal de sus vinos, y
sobre las techumbres de las bodegas alzábase dominadora la iglesia del
jesuíta. Descubría Bilbao sus minas y en seguida se presentaba el
ignaciano á pedir su parte, levantando la universidad y el templo; la
fábrica de autómatas y la tienda donde se vende la salvación eterna. No
había una mancha de prosperidad y riqueza en el mísero mapa de España,
que no la ocupasen ellos. En las pobres regiones del interior,
condenadas á hambre perpetua y á un cultivo africano, no conocían su
existencia. La España mísera quedaba para los curas montaraces y
famélicos, para los merodeadores despreciables del ejército de la Fe.
Ellos eran como los juncos, que delatan en la estepa la presencia oculta
del agua. Donde ellos apareciesen, no era posible la duda: existía la
riqueza.
La fábrica nueva, la mina descubierta, los campos recién roturados, la
codicia de arriba y la miseria explotada de abajo; todo se condensaba en
provecho suyo y venía lentamente á sus manos. Aresti se indignaba ante
la suerte de su país, tierra de maldición, tierra condenada, que había
de permanecer en la inmovilidad, mientras se transformaba el planeta, ó
si se abría á las caricias de la civilización era en provecho de los
dominadores acampados sobre ella.
Con el catolicismo no eran posibles los respetos. El que se mantenía
ante él en actitud puramente defensiva, con la esperanza de que la
Iglesia imitase su prudencia, estaba vencido de antemano. Los católicos
de buena fe eran temibles y peligrosos por el convencimiento de que
poseían la verdad absoluta. Dios se había tomado la molestia de
hablarles para transmitírsela, y sentían eternamente la necesidad de
imponerla á los hombres, aunque fuese por la fuerza, exterminando á los
espíritus rebeldes que se resistían á recibir el beneficio. Podía
vivirse en paz con todos los errores, siempre que fuesen fruto de la
razón, pues la razón no se considera infalible y está pronta á
rectificarse. ¿Pero cómo existir tranquilamente, en mutuo respeto, con
unos hombres que tomaban todos sus pensamientos como inspiraciones
indiscutibles de la divinidad? En ellos era instintiva la violencia; se
indignaban ferozmente viendo desoído á Dios, que habla por su boca. Sus
crímenes del pasado y sus pretensiones del momento, imponían el deber de
combatirlos. Podían respetarse sus creencias, pero vigilándolos como
locos peligrosos, teniéndolos en perpetuo estado de debilidad para que
no intentaran imponerse por la violencia.
--¡El respeto á la libertad!--continuó el doctor dirigiéndose á su
1
.
2
,
3
.
4
.
5
.
6
7
,
.
8
9
,
,
10
.
11
.
12
13
,
,
14
,
.
15
16
.
17
.
,
18
19
.
20
21
,
22
,
23
.
,
24
,
,
25
.
26
,
,
27
,
;
28
,
29
.
30
31
-
-
,
-
-
.
-
-
32
,
33
.
¿
?
,
34
,
.
35
36
.
37
.
:
38
.
¡
39
!
¡
40
!
¡
41
,
!
.
.
.
,
42
,
43
,
44
,
,
45
,
.
46
47
.
48
,
49
.
-
-
50
,
,
51
.
,
52
,
,
53
;
54
,
,
55
,
,
,
56
.
.
.
.
,
:
57
,
.
58
,
,
59
,
60
.
¿
?
,
,
61
.
62
,
,
63
.
;
64
65
,
.
66
67
,
;
68
,
69
:
,
70
,
.
71
:
,
72
,
73
.
74
,
,
75
,
76
:
,
77
.
,
;
78
,
79
,
.
:
80
,
81
,
,
,
82
83
,
,
.
84
85
.
86
,
,
,
87
,
88
.
89
90
.
,
91
,
.
92
,
93
.
,
,
94
.
95
,
96
;
;
97
,
98
.
;
99
;
100
,
101
.
102
103
-
-
,
-
-
.
-
-
104
,
;
,
105
,
.
106
107
,
108
,
,
109
,
,
110
,
,
,
111
.
112
113
.
¡
,
114
,
115
,
116
!
117
118
-
-
,
-
-
-
-
,
119
.
120
121
.
;
122
;
,
123
.
,
124
,
.
125
126
:
127
,
,
,
128
129
.
,
130
,
,
131
,
132
.
133
134
,
135
.
136
,
137
,
138
.
«
¿
?
»
139
140
.
141
142
-
-
-
-
-
-
143
.
,
144
;
.
145
146
-
-
¿
?
¿
?
147
148
-
-
¡
!
-
-
:
-
-
:
149
,
,
,
150
,
.
151
152
.
,
.
.
.
.
153
.
,
,
154
.
;
155
,
.
156
157
,
158
,
159
.
.
¿
160
?
.
,
161
,
.
162
;
163
164
,
,
165
.
166
.
,
167
,
168
.
,
169
,
170
.
:
171
,
172
173
,
,
.
174
,
175
.
¡
!
176
¡
-
-
-
-
177
,
,
178
,
179
!
.
.
.
,
,
180
.
,
181
,
,
182
:
183
,
184
185
,
186
187
,
188
.
189
190
,
191
,
192
.
,
193
,
194
.
,
195
,
,
196
.
197
,
198
.
199
,
.
200
-
-
201
,
,
202
.
;
203
,
204
.
.
205
,
206
.
207
208
.
.
,
209
.
210
.
211
,
212
.
213
,
,
214
.
215
.
216
217
,
218
,
219
.
220
,
.
221
,
.
222
,
.
223
,
,
224
.
225
.
226
,
227
,
228
.
¡
229
,
230
!
.
.
.
231
232
,
233
,
,
234
.
,
,
,
235
;
236
.
237
238
-
-
,
-
-
,
-
-
,
239
,
.
¡
,
;
!
240
:
.
241
242
,
243
-
-
,
244
.
245
,
246
.
247
248
-
-
¿
?
-
-
.
-
-
¿
?
.
.
.
249
250
.
:
251
:
252
.
253
:
.
254
.
255
256
.
257
.
.
258
:
259
.
¿
260
?
,
,
261
.
,
262
,
263
.
,
,
264
,
265
.
,
266
,
,
267
.
,
268
:
269
,
,
,
270
.
:
271
.
,
,
272
,
.
273
274
-
-
-
-
,
-
-
.
275
;
,
,
276
.
277
.
,
278
.
,
:
279
;
,
,
,
280
.
;
281
.
282
283
,
284
.
:
285
.
286
,
.
287
288
.
:
289
,
;
290
.
291
292
,
293
.
:
294
.
,
295
.
296
:
297
,
298
.
,
299
,
.
300
301
:
302
,
,
,
303
,
:
304
.
305
.
306
,
307
,
,
308
,
309
,
,
310
,
311
,
312
-
-
-
.
¿
313
?
,
314
,
,
315
,
316
.
,
317
,
.
318
.
319
320
,
321
.
322
,
323
,
324
325
.
,
326
,
-
327
-
,
.
328
,
329
.
,
330
331
.
332
333
,
334
,
335
.
,
336
,
,
337
,
338
,
339
,
340
-
-
,
341
,
342
.
343
,
344
.
345
,
346
.
347
348
,
349
.
350
;
,
351
,
352
,
353
.
354
355
-
-
-
-
,
-
-
356
.
,
.
.
357
358
,
359
,
360
361
.
.
362
:
,
363
364
.
.
365
,
366
.
367
:
,
368
,
369
.
370
371
,
:
372
.
373
.
.
.
¡
!
374
,
375
:
376
377
-
-
:
.
.
.
¡
!
¡
!
378
,
:
«
¡
379
!
»
380
.
¡
!
.
.
.
,
381
,
,
¡
382
!
¡
,
!
383
384
,
385
.
,
386
;
-
-
387
,
:
.
388
,
.
389
,
390
,
.
391
392
-
-
-
-
393
.
-
-
:
,
394
.
,
¡
!
¡
!
395
¡
!
.
396
397
398
.
399
:
,
400
,
401
,
,
,
402
403
.
404
405
.
406
,
,
407
408
.
409
410
-
-
¡
411
,
!
-
-
,
412
.
-
-
413
,
,
-
-
.
-
-
414
.
.
.
.
415
,
.
¿
?
416
417
.
.
418
,
.
419
,
420
.
421
:
422
,
.
423
.
,
424
.
425
426
-
-
,
,
-
-
427
.
-
-
¿
?
428
,
.
429
.
430
.
431
432
.
433
:
,
.
434
.
435
,
,
436
,
,
437
.
438
,
.
,
439
.
440
441
.
442
,
,
443
,
;
,
444
-
-
,
,
-
-
,
445
,
446
.
447
448
.
,
449
450
,
451
,
452
,
,
453
,
454
.
¿
?
455
.
,
456
:
,
457
,
,
458
.
459
,
,
,
,
,
460
,
461
.
,
462
463
,
.
464
465
,
466
.
,
467
,
,
468
,
469
.
470
,
:
471
472
.
,
,
,
473
,
474
,
,
475
,
,
476
,
,
477
.
478
479
.
¡
:
,
480
,
481
!
,
¿
482
,
,
483
?
484
;
,
485
;
486
,
487
,
,
,
488
.
489
,
490
,
.
491
492
,
493
,
494
.
.
.
.
¡
!
495
,
496
,
,
497
,
498
.
499
500
-
-
,
,
-
-
501
,
-
-
¿
?
.
.
.
502
503
.
¿
?
¿
?
504
¿
?
.
.
.
505
506
-
-
,
-
-
,
-
-
507
,
.
¡
508
!
509
,
.
510
:
,
511
,
.
,
512
,
513
.
,
,
514
¿
,
515
?
;
516
.
517
.
518
,
.
519
520
.
521
522
-
-
¡
!
¡
!
¡
!
.
.
.
,
523
;
.
;
524
,
525
;
,
.
526
¿
,
,
,
527
?
.
.
.
528
529
,
530
.
531
532
-
-
,
-
-
.
-
-
.
.
533
:
534
.
535
,
.
,
536
,
,
537
,
,
,
538
539
,
.
540
541
-
-
¡
!
-
-
.
-
-
,
542
.
543
.
544
,
545
.
546
547
-
-
.
548
,
,
549
.
,
550
,
551
.
:
552
,
.
¿
553
?
,
,
,
,
554
.
555
,
;
,
556
,
.
557
.
558
.
559
,
,
560
:
«
,
,
561
.
»
562
563
,
,
564
.
565
.
(
)
566
,
567
.
,
568
,
569
.
570
571
572
.
573
574
.
575
.
,
576
.
,
577
.
578
579
,
,
580
.
,
581
.
582
,
.
,
,
583
,
584
,
585
.
,
586
,
.
587
,
,
588
.
589
590
,
,
.
591
,
592
.
593
,
,
594
,
.
595
,
.
596
.
597
:
598
.
;
599
,
,
600
-
-
.
601
602
-
-
-
-
.
-
-
603
,
.
604
605
.
.
606
,
607
;
.
608
609
-
-
,
-
-
.
-
-
.
610
,
,
611
;
,
,
612
.
613
:
614
;
.
¡
615
!
616
617
.
¡
!
.
618
.
,
619
.
620
621
-
-
¿
?
-
-
.
-
-
¿
622
?
623
:
624
.
,
625
,
,
626
.
627
,
,
,
628
.
«
»
629
,
:
¡
630
-
-
!
¡
!
.
.
.
631
632
-
-
;
-
-
.
-
-
633
,
634
,
,
635
.
.
.
.
636
.
,
,
637
,
.
;
638
;
639
.
.
640
.
:
641
,
,
642
.
:
¿
643
?
¿
644
?
645
646
-
-
:
-
-
.
-
-
¿
647
?
:
648
.
¿
?
¿
?
649
650
.
,
651
.
.
.
.
652
653
-
-
:
.
654
.
.
655
;
.
656
657
.
658
659
-
-
-
-
,
-
-
660
.
-
-
,
661
¿
?
.
.
.
662
663
:
.
664
665
-
-
-
-
-
-
,
-
-
,
666
;
.
667
668
669
,
,
.
670
,
:
671
,
,
,
672
.
673
.
.
,
674
:
675
,
:
676
,
677
.
.
.
.
678
:
,
.
679
.
680
,
,
681
,
.
682
,
.
,
683
,
684
.
685
.
¡
!
.
.
.
686
.
687
;
-
-
,
688
,
,
689
.
690
691
,
,
692
,
.
693
694
-
-
-
-
.
-
-
695
,
696
.
697
.
.
698
,
699
700
.
¿
?
701
?
.
702
.
703
,
,
704
.
705
.
;
706
.
707
.
708
709
.
710
711
-
-
,
.
.
712
.
¿
,
,
.
.
.
713
?
,
714
,
715
,
.
¡
716
,
!
¿
717
,
:
«
,
718
?
»
719
,
.
:
.
720
721
.
722
:
723
.
.
724
,
725
,
,
726
.
727
728
729
.
730
731
-
-
-
-
;
-
-
732
,
733
.
,
734
,
,
.
735
,
736
.
¿
737
,
738
?
.
.
.
739
.
740
,
.
741
.
742
,
.
¡
743
744
!
.
.
.
;
,
745
,
746
,
,
747
.
:
:
748
,
749
,
.
;
750
,
¿
?
,
751
,
,
752
.
753
754
,
,
.
755
,
756
,
757
.
;
758
;
,
759
:
,
760
.
761
,
¿
762
,
763
,
,
764
?
:
765
;
766
.
767
768
,
769
770
,
,
,
771
.
¿
772
,
?
773
,
774
;
775
;
776
,
;
777
778
;
779
,
780
;
781
.
,
,
782
,
,
,
783
,
784
.
,
785
.
¿
?
786
,
787
,
788
.
789
790
,
791
.
792
793
-
-
-
-
.
-
-
794
-
-
.
795
796
.
797
.
¿
?
.
,
,
798
,
.
799
,
,
800
,
,
801
.
,
,
802
.
,
803
,
,
,
804
,
.
805
.
,
806
:
,
,
807
.
,
808
:
.
809
,
,
,
810
.
811
.
812
,
,
813
.
814
,
815
;
816
,
,
817
;
,
,
818
.
.
.
,
819
820
.
¿
821
822
?
823
824
,
,
825
.
826
,
827
,
.
,
828
,
829
,
,
830
,
.
831
;
832
833
,
834
.
.
.
835
,
,
,
836
,
,
837
,
838
,
,
839
,
,
.
840
:
841
842
:
843
.
844
845
-
-
-
-
-
-
846
,
,
847
.
848
849
,
,
850
851
.
,
;
852
,
.
¿
,
,
853
?
854
855
.
¿
,
,
?
,
856
,
857
.
,
.
858
,
859
860
,
,
861
862
,
.
,
863
,
864
.
865
866
,
.
867
.
868
;
869
;
,
870
871
.
872
:
873
,
,
874
,
875
.
876
877
-
-
-
-
.
-
-
878
,
879
.
¡
!
880
881
;
882
;
883
.
884
.
885
,
.
886
,
.
887
888
,
,
,
889
,
,
890
,
891
.
892
,
893
;
894
895
.
,
896
.
,
897
,
898
;
899
.
,
900
.
901
.
.
902
;
903
,
,
904
,
905
.
¿
906
,
,
907
?
.
.
.
908
909
,
910
,
,
911
.
,
912
.
.
,
913
;
;
:
914
.
,
915
.
,
,
916
,
,
917
,
918
.
919
920
-
-
¡
!
-
-
.
-
-
921
-
-
.
,
922
.
923
924
.
925
926
-
-
,
-
-
.
-
-
927
.
928
,
929
.
¿
?
930
.
931
.
,
932
,
.
.
.
.
¡
933
,
,
934
,
935
!
936
937
-
-
¡
!
-
-
.
938
939
,
940
.
.
.
.
¡
,
941
,
,
942
,
943
!
¡
944
,
,
,
,
945
!
.
.
.
946
,
947
.
948
.
,
949
,
950
,
951
,
,
.
952
953
,
954
,
955
,
956
.
¿
957
?
.
958
,
959
960
.
961
,
;
962
.
963
,
964
.
,
965
,
966
.
967
,
.
968
,
969
.
,
:
970
.
971
972
,
,
,
973
;
974
.
975
,
,
,
976
,
,
977
978
.
979
980
.
981
,
982
,
.
983
984
.
985
,
986
,
,
987
.
988
,
989
,
990
.
¿
,
,
991
992
?
;
993
,
.
994
,
995
.
,
996
,
997
.
998
999
-
-
¡
!
-
-
1000