Era bien entrada la tarde cuando terminó la comida. El capitán Iriondo después de brindar por su principal y amigo se despidió, alegando que tenía á la carga un buque de la casa. El secretario Goicochea se fué con él para dar el último vistazo al escritorio. Las señoras pasaron á una habitación inmediata con Urquiola y el ingeniero Sanabre. Esperaban á algunas amigas de Bilbao y mientras tanto, harían música. Los dos jóvenes rogaron á Pepita que cantase alguna canción vascongada de las antiguas, tan melancólicas y dulces, distintas completamente del ritmo americano de los modernos zortzicos. Comenzaron á llegar hasta el comedor las escalas y arpegios del piano. Sánchez Morueta, con las mejillas enrojecidas por la digestión, mordiendo un magnífico cigarro, habló á Aresti de bajar al jardín. La tarde se había serenado y quería gozar de los últimos rayos de sol en las avenidas que rodeaban su hotel. Los dos primos pasearon por el jardín. Llegaba hasta ellos el movimiento invisible de la ría, el ruido de los tranvías al otro lado de las planchas de hierro que cubrían las verjas. El millonario mostraba su satisfacción al verse solo con el médico, el único amigo que le inspiraba confianza, y como prueba de cariño le echó sobre un hombro una de sus manazas. Era la primera vez en todo el día, que estaba á sus anchas, lejos de los negocios, terminado aquel banquete con gentes ante las cuales se mostraba abstraído y silencioso. El cariño á su Luis, á quien veía de tarde en tarde, y la placidez de una buena digestión, inclinábanle á las confidencias; y miraba á Aresti con ojos bondadosos é interrogantes, como si sólo esperase una indicación suya para romper á hablar. --Vamos, desembucha--dijo el médico alegremente.--Ya sé que soy tu confesor y que si callas ante los otros, es porque haces provisión de palabras para mí. ¿Qué te pasa? Aquí tienes el médico de tu alma, como diría uno de esos curas, amigos de tu mujer. Sánchez Morueta hizo un gesto de indiferencia. Nada le ocurría de extraordinario. Se fastidiaba en su aislamiento: sólo tenía un momento alegre cuando se encontraba con él. ¡Cuántas veces sentía el impulso de coger el tren é ir á buscarle en las minas! ¡Pero tenía tantas ocupaciones! ¡Sentía tanto miedo á presentarse en aquel feudo de la montaña, donde todos le pedían algo!... Sólo en Bilbao, condenado á la servidumbre de la riqueza, á vigilar y ordenar la llegada de aquel chorro de dinero que se metía por sus puertas sin desviar su curso, se aburría, falto de deseos y aspiraciones, con el bostezo del que nada espera, que es el más triste de los fastidios. Había amado y había sufrido como todos los que batallan por un ideal. Sabía lo que era forcejear á zarpazos con la Suerte, para hacerla suya y fecundarla con ardorosa violación. -Había llegado- como los políticos célebres ó los grandes artistas, que empiezan su carrera desde abajo, conociendo la miseria y bordeando continuamente el peligro. Pero estos, aunque se considerasen llegados, siempre esperaban algo nuevo, siempre tenían la ilusión puesta en el mañana; pensaban con inquietud en la combinación política del día siguiente, en la obra artística, que les bullía en la imaginación, temblando, con el vago temor de la torpeza, al ir á darla forma. Pero él... él, todo lo tenía hecho: las ambiciones de su vida se habían realizado, cristalizándose para siempre. Había querido ser dueño de las minas, y suyas eran en su mayor parte, dándole un rendimiento fabuloso, con la regularidad de una fuente tranquila y perenne. ¿Para qué quería más? Establecía nuevas fabricaciones, y, al poco tiempo marchaban por sí solas con una exactitud desesperante. Construía barcos, y no naufragaba uno, para alterar con una catástrofe la monotonía de su existencia. La desgracia era impotente para él; estaba abroquelado y aunque ella corriese á estrecharle entre sus brazos, la caricia mortal sería un roce insignificante. Si sus barcos se perdían, estaban asegurados; si las huelgas cerraban momentáneamente sus fábricas, no por esto sufriría su capital grandes mermas: si se agotaban las minas de Bilbao, él tenía otras y otras en distintos puntos de España, que aguardaban la explotación. Era el prisionero de su buena suerte: se movía entre rejas de oro, en un aislamiento de ave bien cebada, que ve el espacio libre por donde revolotean libres los pájaros hambrientos sin poder ir con ellos. Amaba el mar, y tenía casi á la puerta de su casa un palacio flotante, el yate, cuya fotografía publicaban los periódicos ilustrados para envidia de los infelices: pero apenas emprendía un viaje, tenía que volver llamado por sus negocios. Además, él era un hombre de familia; se aburría en la soledad del océano ó en los puertos ruidosos, haciendo vida de célibe, fumando y leyendo. Su mujer odiaba los viajes: su hija no conocía mundo mejor que el de sus amigas de Bilbao, y tras cortas estancias en Londres, volvía presurosa á su país, donde era la primera, guardando una instintiva aversión á las grandes ciudades de gente huraña y atareada, entre la cual, ella y su padre pasaban inadvertidos. El millonario era el esclavo de su propia obra. Había levantado con brazos de titán, en torno de él, la alta torre de su fortuna, y ahora se debatía encerrado en ella, sin encontrar espacio para tenderse y descansar. No esperaba nada. Aunque descuidase sus negocios, el dinero seguiría viniendo á él, como si fuese incapaz de aprender otro camino. Si la fortuna quería volverle la espalda, sería ya tarde para hacerle sufrir la amargura de su infidelidad. Era tan rico, había llegado tan alto, que estaba á cubierto de toda inquietud. Por un instante había creído encontrar remedio á su aburrimiento, entregándose á la borrachera de la construcción; sacando de la nada la nueva Bilbao; levantando barriadas de palacios sobre los campos yermos, con la misma facilidad que en los cuentos de hadas. Pero aquello también había pasado; encontraba pueril levantar colmenas y más colmenas para gentes que no conocía; fabricar avisperos en que se cobijarían otros tan tristes como él, pero animados siquiera por el amargo placer de envidiarle. --Me aburro, Luis--decía el millonario.--Siento una tristeza sin esperanza, sin ilusiones; la tristeza de la buena fortuna, más terrible que todas, pues pocos hombres la conocen. Y mirando en torno de él, abarcaba en sus ojos el magnífico edificio y las avenidas del jardín, con sus altas arboledas, sus arriates en los que comenzaban á asomar las primeras flores, y allá en el fondo, el invernadero, cuyos cristales, bañados por el sol poniente, relucían como placas de oro. Aresti pensaba en la gente mísera y doliente de las minas. ¡Ay, si aquellos hombres que engañaban su estómago con agua sucia, no teniendo bastantes alubias para llenarlo, escuchasen al poderoso Sánchez Morueta lamentarse en medio de la opulencia de su vida! --Entonces,--dijo el doctor--eres infeliz porque nada te falta, porque posees todo lo que los hombres creen que les puede hacer dichosos. El millonario movió melancólicamente la cabeza. Sí; poseía todo lo que da la felicidad aparentemente; por esto á nadie comunicaba su tristeza, para que no le creyesen loco. Únicamente á su primo, que conocía por sus estudios las rarezas de la vida, se atrevía á hablarle. Interiormente le faltaba todo: deseaba descansar después de aquella marcha ruidosa por la vida, en la cual había hecho, en pocos años, el mismo camino que otras familias de potentados sólo recorren después de varias generaciones. Había conquistado la riqueza, pero era semejante á uno de aquellos forasteros infelices que, al volver á su país, satisfecho de sus ahorros en las minas, se encontrase con la casa destruida y la familia ausente. Aresti le escuchaba moviendo la cabeza, como si lo que su primo le relataba lo hubiese adivinado desde mucho tiempo antes. Pero al oír su lamento contra la soledad moral en que vivía, le señaló con expresión de protesta una ventana abierta del hotel, por donde se escapaban los sonidos del piano y el rumor de varias voces juveniles. «¿Y aquello?» Sánchez Morueta levantó los hombros con expresión de indiferencia. --Lo que llaman mi palacio--murmuró--no es para mí más que una casa de huéspedes. Vivo mejor que en la mísera pensión de Londres, donde pasé mi juventud de empleado; eso es todo. --¿Y tu mujer? ¿Y Cristina? --¡Mi mujer!--dijo el millonario con amargura:--yo no tengo mujer: sólo tengo una patrona, muy santa, muy virtuosa, que cuida de mi vida material, y hasta se inquieta algo cuando me ve enfermo. Soy el huésped que trae dinero á casa y al que se le corresponde con un poco de respeto. No finjas ignorancia, Luis.... Hace tiempo que adivinas cómo vivimos. Tú, en tu pobreza, no has sido más afortunado que yo con mis millones. Tú lo has dicho varias veces; en esta tierra hemos oído hablar de alguien que se llama Amor, pero por aquí no ha pasado nunca. Y el millonario revelaba el secreto de su vida conyugal, sin rubor alguno, con la confianza que le inspiraba aquel hombre que casi era su hermano. Se había unido con Cristina en los albores de su fortuna. ¿La amaba entonces? No estaba muy seguro de ello. En aquellos tiempos, sus amores eran con la buena suerte, y no le quedaba tiempo para otros. Se había casado por unir una gloria más á sus satisfacciones de triunfador; porque le halagaba emparentar con los que habían sido sus amos en Londres, y aquella señorita, de una aristocracia tradicional y rancia completaba la respetabilidad de su riqueza. Pero algo de amor había indudablemente en ello. Las ocupaciones de su vida vertiginosa, los continuos viajes, no le permitían con su mujer más que pasajeras y rápidas intimidades. Pero para él no existía otra mujer en el mundo, y era ciego y sordo ante muchas seducciones que le asediaban, atraídas por su opulencia. Sí: él reconocía ahora que había amado á Cristina con una pasión, en que se mezclaba el deseo á la mujer y el respeto instintivo del hijo del gabarrero á la señorita que había tenido entre sus ascendientes, casi fabulosos, á los señores de Vizcaya. Ahora se daba exacta cuenta de su amor, que en aquella época no hallaba tiempo ni ocasión para exteriorizarse en la intimidad de la vida doméstica. ¡Ah! ¡cuando descansase--se decía entonces--cuando viera asegurada su fortuna, qué feliz sería con aquella mujer, digna compañera de su opulencia, que parecía reinar sobre la gente más encopetada de Bilbao!... Pero llegó el ansiado descanso, y al buscar á su mujer, en vano se esforzó por encontrarla. Tenía ante él una buena madre, una excelente dueña de casa, algo manirrota en sus gastos, pero muy interesada en que los negocios prosperasen: una meticulosa administradora del hogar, que tomaba las cuentas de la servidumbre con la misma minuciosidad que cuando vivía en el arruinado caserón de Durango, y al mismo tiempo sacaba miles de duros de la caja de su marido para restaurar una capilla que fuese más suntuosa que la costeada por alguna de las señoras que se codeaban con ella, en las Hijas de María ó en el salón de visitas de los padres de la Compañía. Sánchez Morueta, resucitado á la juventud después de su triunfo en los negocios, sufría un desencanto cada vez que se aproximaba á su mujer con delicadezas ó arrebatos de enamorado. Cristina le miraba con enojo, como si este cariño extremado la ofendiera, colocándola al nivel de las vendedoras de amor. Para ella, la pasión matrimonial no había de ir más allá de la intimidad, fría y casi mecánica, de sus primeros tiempos de vida común. El matrimonio era para que el hombre y la mujer viviesen sin dar escándalo, procreando hijos para servir á Dios y que no se perdiera la fortuna de la familia. Lo que llamaban amor las gentes corrompidas era un pecado repugnante, propio de gentes sin religión. Tratar un marido á su mujer con -melifluidades- de esas que sólo se ven en los amantes de comedia, era envilecerla, igualarla con las que viven del pecado. La esposa cristiana había de ser casta en el pensamiento; cuidar de la salud material y moral del esposo, aconsejarle el bien y dirigir el hogar. Más allá sólo iban las mujeres perdidas. Y Sánchez Morueta tropezaba con una estatua impasible, estrellándose en todos sus intentos por darla vida. Nada malo podía decir ella. Era virtuosa y era fiel. Bien es verdad, que aunque quisiera faltar á sus deberes le hubiese sido imposible. Su carne y su pensamiento estaban muertos para el amor. Jamás recordaba el millonario haber notado en su compañera un momento de abandono, un arrebato de pasión. Cuando él se doblegaba bajo el estremecimiento de la carne, encontraba los ojos de ella impasibles y serenos, como si estuviera cumpliendo un deber penoso. Los espasmos de la materia no turbaban su voluntad. Sánchez Morueta llegó á pensar si Cristina amaría á otro, si al casarse con él por interés, habría dejado en su pasado alguna ilusión que aún la perseguía. Pero después de examinar sus predilecciones é intimidades en la sociedad elegante y devota que la rodeaba, desechó sus sospechas. Ella sólo quería á su esposo, si es que aquello era querer. En su cariño, no había fuerzas para más. Y convencido de que nunca había de triunfar sobre una voluntad rebelde al amor, fué alejándose, sin que la esposa se mostrase triste y ofendida. Ella misma ayudó con no oculta satisfacción á este divorcio. Transcurrió el tiempo y al abandonar el lujo de sus primeros años de matrimonio, para tomar sitio entre las madres de severa respetabilidad, comenzó á seguir dentro de su casa ciertas prácticas austeras y casi conventuales. ¡Cuántas veces Sánchez Morueta se había visto rechazado con ira, porque era Cuaresma ó estaba ella en vísperas de una comunión aparatosa!... Al establecerse definitivamente la separación, al alejarse él para siempre, la mujer pareció agradecérselo con sus miradas, con una mayor dulzura en el trato. Era, sin duda, más feliz, libre de la asiduidad ardorosa del macho; de aquellas caricias que le repugnaban como una servidumbre cruel de su sexo. --Es muy honrada, muy virtuosa--dijo con amargura el millonario,--Pero, para mí, como sí no existiera. ¡Ay, Luis; estoy solo! Yo creo que la vida debe ser otra cosa: tanta honradez es inaguantable. Llegaba hasta el jardín la vocecita de la hija de Sánchez Morueta, cantando al piano el -Goizeko izarra-, la invocación melancólica á la estrella de la mañana. La tristeza poética de las montañas vascas esparcíase por el jardín inglés, dorado por el último llamear del sol de la tarde. --¿Y esa?--preguntó el médico.--¿No tienes á tu hija?... El potentado se expresó con apasionamiento. Amaba á su hija: era carne de su carne: el único recuerdo de la pasión que había sentido por su esposa. El cariño á Pepita era lo que mantenía las apariencias de paz de su casa: lo único que le ayudaba á sobrellevar la tristeza doméstica. Era como un puente que mantenía la comunicación entre él y su esposa. Por ella continuaba Sánchez Morueta su existencia febril de hombre de negocios. Tenía la obligación de defender lo que la pertenecía por su nacimiento. Su porvenir le causaba á veces gran inquietud. Podía casarla con el hijo de otro potentado: un matrimonio de millonarios en el que no entrase para nada el amor. ¿Pero no era esto perpetuar en la hija la infelicidad del padre? Observaba á Pepita, y se entristecía, adivinando en ella una reproducción de su madre. Quería casarla por amor, con un hombre al que se sintiera inclinada, pero no veía en ella la menor señal de apasionamiento. Se casaría, sin ardor y sin protesta, con el que le indicaran sus padres, para continuar con más libertad la vida insípida de ostentaciones y de devoción elegante. Ella, como las otras jóvenes de su clase, veía en la unión con el hombre un medio de independencia, sin que el corazón llegara á interesarse. Iría á administrar otro hogar, como su madre dirigía el suyo: á cuidar á un marido que trajese dinero á casa, y alguna vez, abandonando los negocios, entrara un momento en su salón. De su padre sólo tenía algo en lo físico: la educación y el alma eran de su madre. Si Sánchez Morueta, al escoger el yerno, se colocaba frente á su mujer, era casi seguro que Pepita no le seguiría á él. --La amo--decía el millonario,--la amo á pesar de todo. Pepita me quiere á su manera; es cariñosa conmigo, me mima y me adora, especialmente cuando su madre la encarga que me pida algo. Pero también junto á ella me siento solo. Parece que no seamos de la misma familia, que pertenezcamos á distinta raza. No sé explicarme, Luis: tal vez estoy loco; pero jamás siento con ellas, que son mi familia, esta confianza, este dulce abandono que tú me inspiras. Y es que tú eres de mi sangre; el único pariente verdadero. Aresti seguía moviendo la cabeza, como quien oye una canción harto conocida. No le extrañaba la situación de Sánchez Morueta: era la de muchos poderosos de aquella tierra. Vivían rodeados de todos los goces del bienestar, pero en una pobreza triste de afectos. Los matrimonios eran vulgares asociaciones para crear hijos y que la fortuna no se perdiera. Marido y mujer vivían en aislamiento moral: él buscando consuelo fuera de casa, en amores vergonzosamente ocultados; ella dedicándose á la devoción. Sánchez Morueta interrumpió estas consideraciones de su primo, como si ansiase decirle toda la verdad. Así era él también: necesitaba amor y amaba. Ya que la alegría de la vida no entraba en su casa, la había buscado fuera de ella. No era un enredo vulgar para satisfacción del sexo: era una pasión que endulzaba el ocaso de su madurez y le hacía soñar y sentir á los cincuenta años, con una intensidad que le retrogradaba á la juventud. Y con arrobamientos de adolescente, recreándose en el relato, recordó toda la novela de su amor. Había comenzado por una aventura vulgarísima: un encuentro en Biarritz con Judith, una vendedora de amor, de nacionalidad indeterminada, nacida en Francia, pero hija de judíos: una mujer que en plena juventud había corrido medio mundo y conocía casi todos los idiomas europeos. Las relaciones habían ido estrechándose. Apenas se separaba de ella jurando no volver á verla, avergonzado de su vileza y acordándose de su hija con remordimiento, sentía la necesidad de buscarla de nuevo, se proponía á sí mismo un negocio que hacía necesaria su presencia en París, ó en Madrid, allí donde se encontraba ella, siguiendo su existencia errante de aventurera del amor, tan pronto viviendo casi maritalmente y retirada del mundo, como exhibiendo su belleza y su voz de falsete sobre los tablados de los -music-hall-. ¿Qué tenía aquella mujer que le trastornaba con el mareo de la embriaguez? Era el encanto del pecado, el sabor agridulce de lo prohibido, el perfume canallesco, que entraba como una ráfaga de vendaval en el aburrimiento de su vida, volcando todas las preocupaciones y los escrúpulos. Sánchez Morueta, al considerarse culpable, se sentía más hombre. El remordimiento era una manifestación de vida que le sacaba del letargo de su existencia. Paladeaba las nimiedades del amor, que turbaban dulcemente la vulgaridad monótona de su vida. Las cartas de sobra prolongado y escritura femenil le salían al encuentro en la mesa de su despacho, entre la correspondencia comercial, con un perfume de alcoba pecadora que estremecía su carne y parecía traerle una ráfaga cargada de taponazos de champagne y música chillona de café concierto. La expansión, dulcemente truhanesca, que le llamaba con los vulgares nombres de -petit coco ó mon gros cheri-, hacíale sonreír juvenilmente bajo su barba venerable. Era una pasión que alegraba el ocaso de su vida, que resucitaba su alma casi en las puertas de la vejez. Amaba como un patriarca de la Biblia, sorprendido en el ambiente tranquilo de su tienda por las gracias felinas de una bayadera asiática. Había acabado por arrancar á Judith de su vida de aventuras, por instalarla definitivamente en Madrid, como una señora tranquila que vive de sus rentas. Pensó por un momento traerla á Bilbao, pero había desistido de ello, no por miedo á la familia, sino por temor á la villa hipócrita y triste, que toleraba el amancebamiento con criadas y costureras, que cerraba los ojos ó sonreía bondadosa ante el capricho del rico con mujerzuelas que no abandonasen su condición de pobres, pero se escandalizaba y enfurecía ante la -cocotte-, la hembra que pusiera en sus sonrisas algo de distinción, y rodeara de una sombra de amor las necesidades de la carne. Otros más valientes que él habían intentado aclimatar aquellas aves pasajeras en ciertos hotelitos del ensanche, y todo el vecindario se amotinó contra las extranjeras. Hasta habían cortado las cañerías del agua y la luz de sus casas, para obligarlas á levantar el campo. El millonario iba con frecuencia á Madrid por dos ó tres días, pretextando juntas de accionistas ó gestiones cerca del gobierno. Todos le encontraban rejuvenecido; veían en él algo nuevo é inexplicable, que animaba sus ojos con el brillo dulce de la adolescencia, que parecía dar más soltura á su cuerpo de hombre de lucha, y le hacía cuidar con mayor esmero del adorno de su persona. --Tú mismo--decía al médico,--te has extrañado de este cambio muchas veces. Es el amor, Luis. Nada como él alegra á los hombres. Y como si temiera alguna burla del doctor, hablaba de Judith con entusiasmo, queriendo convencer á su primo de que su madurez no hacía mal papel al lado de aquella juventud un poco gastada por el exceso de placeres. Estaba seguro de que le quería. No era que él pudiese inspirar una gran pasión: pero cansada de la antigua vida, se había refugiado en sus brazos para siempre y le amaba con un amor en el que entraba por mucho el agradecimiento. Esto le bastaba. No había más que ver cómo le sonreía, cómo salían á su encuentro los brazos blancos y suaves cuando se presentaba inesperadamente en el hotelito de las afueras de Madrid. Aquella era su verdadera casa: allí pasaba los mejores días, y á no ser por su hija y por la respetabilidad que exigen los negocios, allí iría á terminar su existencia. Además, un suceso inesperado los había unido más estrechamente: había afirmado aquel idilio oculto que llevaba cinco años de duración. Sólo á un hombre como su primo podía hacerle tal confidencia... ¡Tenía un hijo! Y como el doctor Aresti no pudiese contener su asombro, el millonario se apresuró á añadir: --Tú eres el único que lo sabe: un hijo... ¡mío! ¡bien mío! Un niño de tres años que empieza á hablar, y al verme me llama: «¡El papá de Bilbao!» El amor me da lo que tantas veces deseé en mi casa sin conseguirlo. ¡Un hijo!... No lleva mi apellido, no puedo confesar que soy su padre, pero pienso en él, espero que crezca y ¡ya vendrá á mi lado! ¡ya haré por él cuanto pueda, que será mucho! Y hablaba enternecido de aquel hogar oculta, de la familia improvisada que era para él la verdadera. Judith, engordando en su bienestar tranquilo; aburguesándose hasta hacer olvidar á la antigua -divette- aventurera, Sánchez Morueta la quería mejor así: la creía más suya. Y entre los dos, aquel pequeñuelo de una asombrosa precocidad. El millonario se enorgullecía viéndolo tan hermoso, con una belleza afeminada que reflejaba la de la madre, sin ningún rasgo de él. --Un verdadero hijo del amor--decía el hombretón con sonrisa placentera.--No hay en el pequeño nada de mi fealdad: ni mis manazas, ni esta cara de gigantón. Rubio como el oro, ¡y tan blanco! ¡tan delicado! ¡tan poquita cosa! Parece un bebé de porcelana. Y recordaba al doctor una de sus frases que gozaban el privilegio de indignar á las gentes honradas. Los hijos del amor eran siempre los más hermosos: tenían algo de extraordinario, que rara vez se encontraba en los retoños engendrados por las parejas legales, que procrean por deber y por instinto, durante las noches blancas, de placer triste y monótono, en las que los besos tienen el sabor suculento y vulgar de la olla casera. Sánchez Morueta calló como fatigado por su confesión. En uno de sus paseos habían llegado cerca del hotel, y ahora se alejaban lentamente, sonando á sus espaldas el piano y el abejorreo de las conversaciones de la tertulia de doña Cristina. --¡Y pensar que podía haber encontrado en mi casa la felicidad que busco fuera, ocultándome como un malhechor!--exclamó el millonario, como si el recuerdo de su familia despertase en él cierto remordimiento.--Pero no creas, Luis, que estoy arrepentido--añadió con resolución.--Yo tengo derecho á ser feliz y la felicidad se toma donde se encuentra.... Pero dí algo, Luis. ¿Qué opinas de todo esto? Aresti encogió los hombros. De aquellos amores no quería hablar. Si proporcionaban á su primo cierta felicidad, hacía bien en continuarlos. La vida es triste y la pericia del hombre está en alegrarla, en iluminar con brillantes colores los contornos grises de la existencia. Bueno era que aquella mujer le amase según él decía: pero aunque el amor no existiese, resultaba lo mismo. Lo importante era que él se creyese amado. En el mundo se vive de la ilusión y la mentira, y la mayor desgracia es abrir los ojos. --Me quiere, Luis, me quiere--interrumpió el millonario apresuradamente.--¿Por qué había de fingir? Si hubiera sabido quién era yo cuando la conocí, aún podría dudar. Pero en nuestros primeros tiempos de amor me creía un hombre de corta fortuna. Tardó mucho á saber que era yo Sánchez Morueta. El doctor asombrábase ante la firme convicción de su primo. Celebraba su optimismo: así, su dicha no correría peligro. Él no se mezclaba en el asunto. A ser feliz ya que tenía fuerza de voluntad y medios sociales para crearse una segunda familia, que viviría en el foso, mientras arriba, en las tablas, tronaba la otra con todo el aparato de su riqueza. A Aresti sólo le interesaban los infortunios domésticos de su primo, su aislamiento moral dentro de la casa. Lo mismo que á él, les ocurría á otros. Era el eterno obstáculo con que tropezaban todos los que en aquella tierra querían encontrar en la esposa algo más que una compañera y administradora. Unos habían de buscar la alegría de su existencia fracasada fuera de su casa, manteniendo, por cobardía ó egoísmo, las apariencias de un hogar tranquilo; otros, más resueltos y valerosos--él, por ejemplo,--rompían abiertamente, no queriendo vivir encadenados á un alma muerta y volvían á su existencia de solteros, con la amargura de no poder buscar públicamente una nueva compañera. Aresti no censuraba á las mujeres de su país. Eran como eran, un poco por la frialdad de la raza nada propensa á apasionarse por lo que no tenga un fin inmediato y práctico, y muchísimo más por defecto de educación, porque los mismos hombres las habían acostumbrado al aislamiento, á la separación de sexos, á asociarse las mujeres con las mujeres, no viendo en el hombre más que una máquina de fabricar dinero é hijos. ¿Qué había hecho al casarse Sánchez Morueta? Lo que todos los poderosos de su país. El matrimonio ajustado por las familias, sin hacer gran caso de la voluntad de los contrayentes: después, el viaje aparatoso de varios meses por Europa, para alardear de riqueza, deseando el marido volver cuanto antes á reanudar sus negocios. Y el mismo día de la vuelta á Bilbao, él, al escritorio, á ganar dinero, ó al club, para vivir entre hombres solos, dejando á la mujer entregada para siempre á las amigas. Y la mujer se refugiaba entre las de su sexo, sin más diversiones que el visiteo y el exhibir trajes y alhajas para envidia de las compañeras, pues hasta la faltaban ocasiones de lucir su riqueza. No conocían la vida de sociedad con sus fiestas y saraos, como los aristócratas de otros países. Los padres de la Compañía, para asegurar su influencia, predicaban contra los bailes, como invenciones del demonio, propias de otras tierras que no habían gozado la gran dicha de heredar las sanas y virtuosas costumbres de Vizcaya. Los teatros funcionaban con los palcos vacíos, sin que á ellos asomara una mujer: las fiestas del verano eran el único esparcimiento anual para todas ellas. Faltas de diversión, ansiosas de reunirse, de oír música, de algo que despertase su sentimentalismo, buscaban en la iglesia su club y su teatro, pasando el día en el templo del Corazón de Jesús, allí donde la arquitectura afeminada y ridícula, cargada de oro y bermellón, el armonium, las voces hermafroditas y las bombillas eléctricas, parecían acariciarlas con un halago que tenía tanto de mundanal como de místico. Aresti sonreía amargamente. ¡Ay: estaba bien discurrido aquel asedio, para apoderarse lentamente de la mujer, llegando por medio de ella hasta la dominación del esposo! De ellos era principalmente la culpa, ¿Qué habían de hacer unos seres débiles, faltos de dirección, arrastrados por el especial sentimentalismo del sexo hacia todo lo absurdo? Veíanse obligadas á una vida de harem; siempre mujeres con mujeres, viendo sólo al hombre en el preciso momento del deseo; y el hábil jesuíta se presentaba como un remedio á su tristeza, entretenía su fastidio con una devoción dulzona y afeminada, era el eunuco guardián, el verdadero amo, dirigiendo á su antojo al tropel de odaliscas cristianas. Así llegaba desde la sombra á apoderarse de la voluntad de los hombres, los cuales se movían, sin conocer el impulso de sus acciones. Algunos aún se mostraban satisfechos y agradecidos á los sacerdotes, porque proporcionaban dulce entretenimiento á sus esposas, dejándolos en mayor libertad para sus negocios y placeres.... ¡Imbéciles! El doctor se indignaba ante aquella intrusión, que había acabado por cambiar á las mujeres de su país, matándolas el alma, convirtiéndolas en autómatas que aborrecían como pecados todas las manifestaciones de la vida, y llevaban al hogar las exigencias de una dominación acaparadora. --Tú mismo, Pepe, que te quejas de lo que ocurre en tu casa--dijo el doctor,--¿qué has hecho para evitarlo?... Sánchez Morueta hizo un gesto de extrañeza. ¿Él? ¿qué podía evitar él? ¿Podía acaso cambiar el carácter de su esposa?... --Tú has dejado, como los otros--continuó el doctor,--que tu mujer buscase un remedio á su soledad, entregándose á la devoción. ¡Y te extrañas de que Cristina haya ido separándose de tí! Es un caso de adulterio moral, del que sois vosotros casi siempre los culpables. Se comprende lo que á mí me ocurrió: yo no soy rico, y en este país de negocios, el pobre no tiene autoridad sobre la familia. Además, junto á los prejuicios de la que fué mi compañera, estaban como refuerzo los de su madre y su hermana. Pero tú, que tienes la autoridad de la fortuna, ¿cómo has dejado que fuesen apoderándose de una mujer á la que amabas, separándola de tí? Te quejas de que ya no es tu esposa; pues ese afecto que te falta y ha trastornado tu existencia lo tienen otros. En tus propias barbas han cortejado á tu mujer y te la han robado. Sí alguna vez piensas vengarte, ve en busca de los que la confiesan. El millonario sonrió con desdén. --¡Bah! ¡Los jesuítas! ¡Ya salió tu tema!... Efectivamente, son gente antipática; ya sabes que les tengo mala voluntad. Yo soy liberal; yo me batí en el último sitio como auxiliar, comiendo carne de caballo y pan de habas; yo tomaría el fusil otra vez, si volviesen los carlistas. ¿Pero aun crees tú, Luis, en esa leyenda de los jesuítas tenebrosos, cometiendo los mismos crímenes que ellos atribuyen á los masones?... Y Sánchez Morueta miraba con ojos compasivos á su primo, sin dejar de sonreír. --No sigas, Pepe--dijo el doctor.--Adivino lo que piensas. Soy un cursi. Conozco la frase: es un magnífico pararrayos para desviar el odio que instintivamente sienten todos contra esos hombres. Es cursi hablar mal de los jesuítas, afirmar que constituyen un peligro. Lo distinguido, lo intelectual, lo moderno, es creer á ojos cerrados en cualquier patán astuto que, vistiendo la sotana, pronuncia sermones vulgares, y pasa las horas en el confesionario enterándose de vidas ajenas y adorando al Corazón de Jesús, que coloca por encima de Dios. --¡Yo no digo tanto!--exclamó el millonario.--Yo no creo en ellos, y hasta me río de sus cosas. Pero reconocerás conmigo que eso del odio al jesuíta es algo anticuado. Sólo aquellos progresistas cándidos y heroicos de otros tiempos, podían ver la mano del jesuíta en todas partes y creer en sus venenos y puñales. --Yo no creo en su tenebroso poderío ni en sus venganzas. En esta tierra nadie se atreve como yo á hablar contra ellos, y ya ves, nada malo me ocurre. Así que me he puesto fuera de su alcance, saliendo de una casa que dominaban y viviendo entre gentes que les desprecian, nada pueden contra mí. Aislados nada valen: pero hay que temerles allí donde les ayuda la imbecilidad, donde la gente va hacia ellos. ¿Cómo te explicaré lo que pienso? Son como los microbios, que nada valen, y, sin embargo, llegan á producir una epidemia. Si encuentran un ser débil preparado para recibirlos, lo matan; pero si tropiezan con uno fuerte, dispuesto á repelerlos, ellos son los que perecen. No tienen fuerza para apoderarse de nada por sí mismos. El que les haga frente puede estar tranquilo de que no lo buscarán. Pero cuentan con el auxiliar poderoso de los tontos y del sentimentalismo femenil, que avanza en su busca y se ofrece, diciéndoles: «Dominadnos, haced de nosotros lo que queráis, y dadnos en cambio el cielo.» Aresti no creía, como los enemigos de la Compañía en otros tiempos, en la grandeza y el poder del jesuitismo. La sabiduría de sus individuos era una leyenda. Había entre ellos (que eran miles) algunos que se distinguían en las ciencias y en las artes, nada más que como apreciables medianías. Llevando siglos de existencia, disponiendo de riquezas y viajando por toda la tierra, sus famosos sabios no habían enriquecido á la humanidad con un sólo descubrimiento de importancia. Su talento consistía en presentar al vulgo las medianías como genios de fama universal y colocar á la mayoría restante en sitios donde no se evidenciase su vulgaridad. El médico se reía igualmente de su poder. Sólo alcanzaba á los que caían ante sus confesonarios. El que cortaba toda comunicación con ellos, podía burlarse de su poder sin miedo alguno. Eran unos pobres hombrea, temibles únicamente para los que viven á su sombra. Aresti reconocía, sin embargo, que su influencia dentro de la Iglesia era mayor que nunca. Cuando Loyola había fundado su Compañía, las demás órdenes religiosas la despreciaban. Pero por ser la más moderna se había apoderado de todas, con la fuerza de la juventud. Además, los frailes, despojados de sus riquezas de otros siglos, tenían ahora que copiar los procedimientos de los jesuítas, que tanto les repugnaban en pasadas épocas. Tenían que marchar á la zaga de ellos, imitándolos para hacer dinero, guardando la actitud humilde del pobre ante el rico. El cuarto voto de obediencia al Papa, peculiar de la Compañía, había hecho indispensable para el Vaticano el apoyo del jesuitismo. Hasta podía afirmarse que el ejército monástico de Íñigo de Loyola había salvado al pontificado en el trance, terrible para él, de la revolución luterana. Era la antigua fábula del hombre y el caballo, puesta de nuevo en acción. El caballo prestaba sus lomos al hombre para que le defendiese y vengase de sus enemigos, pero una vez satisfechos sus deseos, el jinete se negaba á descender, condenándolo á eterna servidumbre. La compañía había salvado al Papa, pero esclavizándolo para siempre. El cristianismo había muerto con la Reforma para convertirse en catolicismo. Ahora el catolicismo ya no era más que una palabra: la verdadera religión era el jesuitismo. El Papa que bendice seguía en el Vaticano; pero el Papa que decreta y disciplina las conciencias, era el General, oculto en el -Jesu- de Roma. --Esto á mí en nada me interesa--acabó diciendo Aresti.--Yo vivo fuera del gremio, y lo mismo me importa que lo dirija este que el otro. Su primo hizo un gesto de asentimiento. A él tampoco. Él no hablaba con la audacia del doctor, pero vivía de hecho fuera de las prácticas religiosas; no le preocupaban. --A tí, sí--dijo Aresti con energía.--A tí deben preocuparte. Crees que vives fuera de esa influencia, porque no vas á misa, ni te tratas con curas; pero todo llegará, tú irás, y hasta es posible que te arrodilles ante algún confesonario de la iglesia de los jesuítas. Estás en el círculo de su influencia: te tienen al alcance de su mano por medio de la familia; ya te agarrarán. ¡Apenas si es mal bocado el millonario Sánchez Morueta! El aludido sonrió. ¡Bah! No eran tan terribles. En Inglaterra se reirían oyéndoles hablar de tales gentes. Allí las despreciaban, si es que alguna vez hacían memoria de ellas. --¿Pero es que Londres es Bilbao?--gritó exasperado el doctor.--¿Acaso Inglaterra es España? Ya sé yo que se ríen de ellos en todas las naciones modernas y poderosas: únicamente Francia se rasca de vez en cuando para echárselos lejos. Pero vivimos en España, una nación que no concibe la vida sin la Iglesia, y lo que te dije de los individuos, puede aplicarse á los Estados. Contra los fuertes se estrellan y perecen, pero de los débiles, predispuestos al contagio, se apoderan como una enfermedad. Eso de «cursi» podrá aplicarse al que sueñe con el jesuíta temible, en Londres ó en Berlín: pero aquí ¡vaya con la -cursilería-! ¡y no puedes moverte sin tropezar con ellos!... --Sí; aquí dominan mucho--dijo el millonario con gravedad.--Yo sé que á otros menos poderosos, que necesitan para sus negocios del apoyo de capitales ajenos, los han elevado ó los han hundido, enviándoles ó retirándoles los accionistas. Se meten en las casas y las dirigen... pero es allí donde les dejan entrar. Yo, afortunadamente, aunque tú creas lo contrario, estoy libre de ellos. Me han buscado por mil medios; han intentado conquistarme; me han ofrecido indirectamente apoyos que no necesitaba. Estoy muy por encima para que puedan hacerme daño. Aquí no entrarán por más que se empeñen. Ya lo sabe Cristina: es lo único que me impulsaría á romper con ella, á separarme, sin miedo á lo que dijese la gente. Tú que sonríes y hasta parece que te burlas: ¿has visto aquí alguna vez una sotana? ¿tienes noticia de que vengan á visitarnos esos señores de la Residencia? --No: no vienen--dijo Aresti sin abandonar su gesto irónico.--¿Y para que habían de venir? Hace tiempo que están dentro: no necesitan de tu permiso. ¿A quién habían de buscar en tu casa? ¿A tu mujer y á tu hija? Ya les ahorras esa molestia enviándolas tú mismo á donde ellos las aguardan. Les cierras la puerta de tu hotel, pero antes les entregas la familia.... --Me has repetido lo mismo varias veces: son ilusiones tuyas. Ya conoces mi carácter. He dicho que no entran y no entrarán. Sería un buen golpe para ellos apoderarse de Sánchez Morueta; pero pierden el tiempo. Aresti estaba pensativo y parecía no oírle. --El otro día--dijo con lentitud, como si reconcentrase su memoria--leí un drama en francés y me acordó de tí. Era -La Intrusa- de Mæterlinck, ¿Conoces eso?... El millonario movió la cabeza: él no tenía tiempo para la literatura. --La -Intrusa---continuó el médico,--es la Muerte, que entra en las casas sin que nadie la vea; pero todos sienten los efectos de su paso. Y Aresti relató la escena lúgubre de la familia reunida en torno de la mesa, en la penumbra, más allá del círculo de luz de una pantalla verde. En la alcoba cercana está una enferma, con el sopor de la gravedad: fuera de la casa, á lo lejos, se oye afilar una guadaña, rayando el cristal negro de la noche con su chirrido. Alguien debe haber entrado en el jardín. Se asoman y no ven á nadie. Los cisnes graznan asustados, ocultando la cabeza bajo las alas como si pasase un peligro: los peces despiertan en el tazón de la fuente, ocultándose temblorosos: las flores caen deshojadas, las piedras crujen como si las pisasen unas plantas de inmensa pesadumbre... y sin embargo no se ve á nadie. Ya suenan pasos en la escalinata: la puerta se abre, á pesar de que no sopla el viento. Hasta la noche parece haber enmudecido sobrecogida. Intenta la familia cerrar las hojas y no puede, como si tropezasen con un cuerpo invisible, con alguien que asoma y se detiene indeciso, antes de orientarse. Y después, el ser misterioso avanza por la sala. Nadie le ve, pero se adivinan sus pasos sobre el tapiz, presienten todos que algo pasa ante la lámpara verde. Levanta una mano invisible la cortina del cuarto de la enferma y vuelve á caer sin que nadie haya entrado. ¡Un gemido!... La enferma acaba de morir. Es la muerte que ha llegado hasta su cama atravesando todos los obstáculos; la -Intrusa-, para la que no hay puertas, que avanza invisible, haciendo sentir en torno su oculta presencia. Y Aresti, después de relatar la obra de Mæterlinck, miraba silencioso á su primo, que parecía no comprenderle. --En tu casa ocurre lo mismo--dijo tras larga pausa.--Crees que ese enemigo no ha entrado, porque no le ves de carne y hueso sentarse á tu mesa y ocupar un sillón en la hora de las visitas. Pues hace tiempo que llegó hasta tu misma alcoba. Tú te lamentabas de ello hace poco. Todos los días vuelve, siguiendo los pasos de tu mujer y tu hija cuando regresan de la Iglesia de los jesuítas ó de sus juntas de Hijas de María. ¿No presientes la proximidad de ese enemigo invisible? No percibes su roce? El último de tus criados lo ve y tú estás ciego. Te mira á todas horas y conoce tus acciones. Sus ojos son ese secretario que tienes y ese señorito pariente de Cristina, que busca unirse á tí, pensando en tus millones más que en Pepita. Sus manos son tu mujer y tu hija. Ellas te agarrarán cuando te sientas débil; aprovecharán un instante de desaliento para empujarte dulcemente en brazos del Intruso. Te crees libre de él y ronda á todas horas en torno tuyo. Sánchez Morueta reía ruidosamente. --Estás loco, Luis. Por algo tienes esa fama de original. La lectura te ha trastornado el seso. ¿A qué tanto fantasma, y dramas, é intrusos... y demonios coronados? En resumen, todo es porque dejo en libertad á mi familia, para que se entregue á las prácticas religiosas y se entretenga con esa devoción bonita, inventada por los jesuítas. ¡Qué he de hacer yo, si eso las divierte! ¿Quieres acaso que me Imponga como un tirano de comedia, y diga: «Se acabó el trato con los Padres, aquí no hay más misa que la que diga el cura de Portugalete en el oratorio del hotel?» Eso no lo hago yo, Luis. Yo soy muy liberal: tal vez más que tú. Hablaba con una firmeza británica de su respeto á la libertad. Él no quería violentar la conciencia ajena: cada cual que siguiera sus creencias y que le dejaran á él con las suyas. Libertad para todos. Y recordaba su educación en Inglaterra, la amplitud religiosa del pueblo británico, con sus diversas confesiones, sin que los individuos de una misma familia se molesten ni enemisten por practicar diversos cultos. Aresti pareció irritado por la calma serena con que su primo hablaba de la libertad. --Yo también creo lo mismo--exclamó;--pero en un país como ese de que hablas, que apenas si ha conocido la intolerancia religiosa y la persecución por delitos de conciencia. Además, hay allí creencias diversas, y unas á otras se equilibran, amortiguando los efectos. Es una especie de federalismo religioso que no sale de los templos, ni pretende dominar al Estado y dirigir las familias. ¿Pero hablar de libertad absoluta en este país, que es famoso en el mundo por la Inquisición y por ser patria de San Ignacio?... Llevamos sobre las costillas cuatro siglos de tiranía clerical. La unidad católica no está consignada en las leyes, pero ya se encargan muchos de que perdure en las costumbres. Vivimos en guerra religiosa permanente. Los pocos que se emancipan han de estar sobre las armas, dando y recibiendo golpes. ¡Y vienes tú con esa pachorra inglesa hablándome de libertad y de respeto á todas las creencias!... Eso puede ser en otros países; podrá ser aquí, cuando exista esa España nueva, cuyo nacimiento se aguarda hace cerca de un siglo, que saca la cabeza y luego se oculta, sin decidirse á salir por completo de las entrañas de la Historia. No: yo no soy liberal: yo soy un hombre de mi tiempo, tal como me han formado las circunstancias de mi país, no como me lo enseñan los libros. Yo soy un jacobino; yo quiero ser un inquisidor al revés, ¿me entiendes?, un hombre que sueña con la violencia, con el hierro y con el fuego, como único remedio para limpiar á su tierra de la miseria del pasado. Y Aresti, siempre irónico y zumbón, se exaltaba hablando. Latía en sus palabras el odio á la influencia oculta que había truncado su vida, hiriéndolo en sus afectos de hombre pacífico, impidiéndole constituir una familia. Él amaba la libertad; pero era la libertad para el mejoramiento y bienestar de la especie humana; para ir adelante, hacia los nuevos ideales marcados por la ciencia: no para retroceder, abrazándose á instituciones que estaban muertas desde hacía siglos. Además, ¿por qué conceder las ventajas de la libertad á los que habían empleado antaño su inmenso poderío combatiéndola, arrumbando escombros sobre su tallo naciente y ahora, al verla vigoroso árbol, querían ser los primeros en gozar de su sombra? No: él no reconocía derecho para existir á unas creencias que eran la negación de la vida; no podía conceder la libertad á los tradicionales enemigos de esa misma libertad. Encarándose con Sánchez Morueta, preguntábale qué haría si supiera que en su escritorio existían hombres que deseaban el naufragio de sus barcos, el incendio de sus fábricas, el agotamiento de sus minas, la desaparición total de todo lo que era la existencia de su casa. ¿No los expulsaría, indignado? Pues esto deseaba él para los enemigos de la vida, para los que maldecían como pecados las más gratas dulzuras de la existencia; para los que adoraban la castidad antipática de la virgen sobre la soberana fecundidad de la madre; y ensalzaban la pereza contemplativa, considerando el trabajo como un castigo; y hacían la apología de la vagancia y la miseria convirtiéndolas en el estado perfecto; y tenían el hambre como signo de santidad y apartaban á las gentes de las felicidades positivas de la tierra, haciéndolas dirigir las miradas á un cielo mentido; y anatematizaban el amor carnal como obra del demonio. Eran, en una palabra, los que divinizaban todas las miserias, todos los rigores que martirizan al hombre, marcando, en cambio, con el sello de la execración las únicas alegrías que están á su alcance. Aquellos enemigos de la vida, la insultaban llamándola valle de lágrimas. ¿No deseaban salir de ella cuanto antes? Pues á darles gusto y que dejaran el sitio libre á los pecadores, á los malvados que aman este mundo y se conforman con todos sus defectos y tristezas, sabiendo que más allá no existe otro mejor. Aresti hablaba con una vehemencia feroz, brillándole los ojos con fuego homicida. --Eres un inquisidor--dijo su primo soriendo.--Parece mentira que un hombre -moderno- como tú se exprese de tal modo. Aresti no quiso protestar. No le infundía repugnancia el mote de su primo. ¿Inquisidor? sea. Toda la España, ansiosa de algo nuevo, sentía lo mismo que él, sólo que no llegaba á razonar sus impulsos. En otros pueblos más adelantados, la crisis religiosa, el paso de la Fe á la Razón, se había verificado dulcemente, en medio del respeto y la libertad. La Reforma, con su espíritu de crítica y libre examen, había servido de puente. Pero en esta tierra había que dar un salto violento, pasar, sin puente alguno, desde las creencias de cuatro siglos antes, aún en pie y poderosas, á la vida moderna. El tránsito había de ser rudo y brutal. Era un ensueño querer guiar al pueblo mansamente, pasito á paso: había que correr, que saltar, derribando lo que aún quedase por delante. Había que tener en cuenta la raza, la herencia triste que pesa sobre este pueblo: su educación intolerante que databa de ayer. En unos cuantos años de vida moderna, que no era propia, sino de reflejo, no se podían extinguir varios siglos de ferocidad religiosa. Todo español lleva dentro un inquisidor. Bastaba ver cómo el más leve atentado que turbaba la paz pública, hasta las clases más elevadas y cultas, pedían la suspensión del derecho y la intervención de la fuerza. Los ricos aplaudían á la guardia civil cuando daba tormento, resucitando los procedimientos salvajes de la Inquisición; los pobres admiraban al fuerte, al audaz, viendo muchos de ellos la suprema gloria en la bomba de dinamita; los gobiernos, ante el más insignificante motín, abominaban de la libertad como si fuese un fardo abrumador... En otros tiempos, los católicos rancios presentaban sus pruebas de pureza de sangre para demostrar que estaban limpios de todo origen judío ó mahometano. ¿Quién podría jurar hoy que no circulaba por sus venas sangre de fraile ó de familiar del Santo Oficio? Y el doctor, que había asistido á muchas reuniones populares, recordaba la gradación de los sentimientos y tendencias de la gran masa. Aplaudían con un entusiasmo algo forzado, por costumbre más que por espontáneo impulso, los ataques al régimen político. Los reyes estaban lejos, y la gente pensaba en ellos como en una calamidad casi del pasado, que aún no se había extinguido, pero que debía desaparecer fatalmente, más pronto ó más tarde, sin grandes esfuerzos. Les interesaba la cuestión social como algo positivo relacionado con su bienestar; pero por más esfuerzos que hicieran los oradores por exponer las generosidades de la sociología revolucionaria, la gente sólo veía la ventaja de aumentar en unos cuantos reales el jornal y trabajar alguna hora menos... Pero se hablaba del jesuíta, del fraile, del cura, y la muchedumbre se ponía instintivamente de pie, con nervioso impulso, y brillaban los ojos con el fulgor diabólico de una venganza secular, y sonaba estrepitoso el trueno del aplauso delirante, y se levantaban los puños amenazadores, buscando al enemigo tradicional, al hombre negro, señor de España. Las huelgas por cuestiones de trabajo se desviaban para apedrear iglesias: las manifestaciones populares silbaban é insultaban á toda sotana que cruzaba la calle: hasta los motines contra el impuesto de Consumos tenían por final la quema de algún convento. --Y es que el pueblo--continuó Aresti--adivina por instinto cuál es el enemigo más próximo, el primero que debe acometer al despertar, y no se junta para algo que no dirija contra él sus iras. El doctor, guiado por un deseo de imparcialidad, reconocía que en apariencia ningún odio ni temor debían sentir las masas contra la Iglesia. Los obreros de las ciudades no iban á misa, ni se confesaban; vivían separados del cura, despreciándolo. ¿Por qué, pues, habían de temerle? Los jesuítas y los frailes sólo visitaban las casas de los ricos y no podían esperar los pobres que se introdujeran en sus miserables tugurios. ¿Por qué, pues, odiarlos? Era que la masa, por instinto, adivinaba en ellos la barrera opuesta á toda tentativa de avance. Estancando la vida del país, cortaban el paso á los de abajo. Ellos eran los que les habían tenido en la ignorancia durante siglos, haciéndoles ver que el pobre carece de otro derecho que el de la limosna, inculcándoles un respeto supersticioso para el potentado, obligándoles á creer que deben aceptarse como dones celestes las miserias terrenas, pues sirven para entrar en el cielo. Y el pueblo, que sólo conseguía ventajas en fuerza de rebeldías y revoluciones, se vengaba del engaño de varios siglos persiguiendo á los impostores. Además, existía un impulso de fuerza tradicional. Da las entrañas de la historia patria se desprendía un hálito de santo salvajismo. El brasero inquisitorial ardía durante siglos; el cielo azul obscurecíase con nubes de hollín humano; reyes, magnates y populacho habían asistido entre sermones y cánticos á las quemas de hombres con el mismo entusiasmo que provocan hoy las corridas de toros. Del fondo de la tierra clamaban venganza miles de seres achicharrados: ancianos cuyo único delito fué comentar la Biblia, mujeres trastornadas por enfermedades nerviosas, que después ha explicado la ciencia, niñas inocentes que seguían con la inconsciencia de la juventud las creencias de sus padres. --España es un país de olvido--decía el doctor.--Aún se estremecen en Francia recordando la matanza de San Bartolomé, que duró veinticuatro horas. ¡Y aquí es cursi decir que hubo Inquisición! Hasta cerebros poderosos que funcionan como si estuvieran vueltos del revés se han encargado de demostrar que sus castigos no tuvieron importancia; que fué una institución digna de elogios; como quien dice un jueguecito para divertir al pueblo. En otros países levantan estatuas á los víctimas de la intolerancia religiosa. Aquí la Iglesia omnipotente los ha matado por segunda vez, creando el vacío en la historia. De tantos miles de mártires, ni el nombre de uno solo ha llegado hasta el vulgo. Pero el pueblo era, sin darse cuenta de ello, el vengador del pasado, Aresti, que vivía en contacto con la masa, apreciaba la simplicidad de sus ideas, el instinto paladinesco que la impulsaba á ser la ejecutora de una revancha histórica. Sólo en el pueblo perduraba el recuerdo de aquella ferocidad religiosa, de aquel crimen repetido fríamente en nombre de Dios al través de los siglos; de aquellos sacrificios humanos que recordaban los ritos sangrientos de los fenicios ante sus divinidades ardientes. Y el desquite llegaba con no menos ferocidad, como el desahogo de un pueblo que se venga. Intentábase ahora, al menor motín, quemar los edificios que servían de albergue á los representantes del pasado odioso; algún día los incendiarían de veras con todo su contenido humano. Esto parecería brutal, pero era lógico en un país donde todavía no existe el hombre. Los hombres poblaban el resto de Europa. Aquí aún no se habían presentado. El hombre sería el habitante de la España nueva; pero antes tenían que evolucionar mucho los actuales pobladores del país, dignos descendientes del inquisidor, educados por él en el desprecio á la vida humana, en la facilidad de inmolarla como holocausto á las creencias. ¿De qué se quejaban los que mañana serían víctimas, si ellos habían envenenado el alma de un pueblo, formándolo durante siglos á su imagen y semejanza?... El doctor recordaba ciertos mariscos que, segregando el jugo de su cuerpo, forman la concha, el caparazón que les sirve de vestido y defensa. El español no tenía otro jugo que el de la intolerancia, el de la violencia. Así le habían formado y así era. En otros tiempos, el caparazón era negro; ahora sería rojo; pero siempre la misma envoltura: Él estaba orgulloso de la suya. Frente al inquisidor del pasado, el inquisidor en nombre del porvenir. Luego, ya llegaría el hombre, limpio de todo deseo de venganza, sin miedo á enemigos tradicionales, fraternal y dulce, que levantaría el edificio moderno sobre el solar limpio de escombros. --¡Estás loco!--exclamó Sánchez Morueta riendo.--Por eso te ponen esa fama de hombre que tiene -cosas-. Si te tomase en serio, habría para sentir horror por lo que dices. Aresti se encogió de hombros. --Pero ven acá, mediquillo chiflado--continuó el millonario.--Reconozco que esa gente es tan nociva y tan peligrosa como tú dices. Ya sabes que yo tampoco la tengo en gran estima, y me lamento del estado en que han puesto á nuestro país. Pero ¿á qué la violencia? Para acabar con ellos no hay como la libertad. Mueren dentro de ella como los gérmenes que se encuentran en un medio que no es el suyo. Perseguirlos y oprimirlos, es tal vez darles más fuerza, demostrar que se les tiene miedo.... ¡Mucha libertad, mucho progreso, y ya verás como las costumbres de la civilización les empujan hasta el sitio que deben ocupar, sin que osen salirse de él! --¡Ahora me toca á mí reír!--exclamó el doctor. Y reía mirando á su primo con ojos compasivos, mientras contestaba á sus razonamientos.... ¡Querer luchar con aquellas gentes, en la amplitud de la libertad, cuando llevaban como ventaja varios siglos de dominación, la incultura del país, la servidumbre de la mujer encadenada á ellos por el sentimentalismo de la ignorancia! ¡Cuando contaban con el apoyo del rico, de tradicional estolidez, que, atormentado por el remordimiento, compra con un trozo de su fortuna la seguridad de no ir al infierno!... Mientras aquellos enemigos existieran, serían estériles todos los esfuerzos para reanimar el país. Sólo ellos se aprovechaban de las ventajas del progreso nacional. Eran los perros más fuertes y ágiles, y se zampaban los mendrugos que la civilización arrojaba al paso, por encima de nuestras bardas, mientras el pobre mastín español soñaba en medio de su corral, flaco, enfermo y cubierto de parásitos. Había que fijarse en el trabajo de los padres de la Compañía, que eran los verdaderos representantes del catolicismo, el Estado Mayor del ejército religioso, el único que tenía el secreto de sus marchas y evoluciones y ocupaba las tiendas de distinción. ¿Se engrandecía Barcelona siguiendo el movimiento fabril de Europa? Pues allí ellos. Adquiría Jerez inmensa riqueza con la fama universal de sus vinos, y sobre las techumbres de las bodegas alzábase dominadora la iglesia del jesuíta. Descubría Bilbao sus minas y en seguida se presentaba el ignaciano á pedir su parte, levantando la universidad y el templo; la fábrica de autómatas y la tienda donde se vende la salvación eterna. No había una mancha de prosperidad y riqueza en el mísero mapa de España, que no la ocupasen ellos. En las pobres regiones del interior, condenadas á hambre perpetua y á un cultivo africano, no conocían su existencia. La España mísera quedaba para los curas montaraces y famélicos, para los merodeadores despreciables del ejército de la Fe. Ellos eran como los juncos, que delatan en la estepa la presencia oculta del agua. Donde ellos apareciesen, no era posible la duda: existía la riqueza. La fábrica nueva, la mina descubierta, los campos recién roturados, la codicia de arriba y la miseria explotada de abajo; todo se condensaba en provecho suyo y venía lentamente á sus manos. Aresti se indignaba ante la suerte de su país, tierra de maldición, tierra condenada, que había de permanecer en la inmovilidad, mientras se transformaba el planeta, ó si se abría á las caricias de la civilización era en provecho de los dominadores acampados sobre ella. Con el catolicismo no eran posibles los respetos. El que se mantenía ante él en actitud puramente defensiva, con la esperanza de que la Iglesia imitase su prudencia, estaba vencido de antemano. Los católicos de buena fe eran temibles y peligrosos por el convencimiento de que poseían la verdad absoluta. Dios se había tomado la molestia de hablarles para transmitírsela, y sentían eternamente la necesidad de imponerla á los hombres, aunque fuese por la fuerza, exterminando á los espíritus rebeldes que se resistían á recibir el beneficio. Podía vivirse en paz con todos los errores, siempre que fuesen fruto de la razón, pues la razón no se considera infalible y está pronta á rectificarse. ¿Pero cómo existir tranquilamente, en mutuo respeto, con unos hombres que tomaban todos sus pensamientos como inspiraciones indiscutibles de la divinidad? En ellos era instintiva la violencia; se indignaban ferozmente viendo desoído á Dios, que habla por su boca. Sus crímenes del pasado y sus pretensiones del momento, imponían el deber de combatirlos. Podían respetarse sus creencias, pero vigilándolos como locos peligrosos, teniéndolos en perpetuo estado de debilidad para que no intentaran imponerse por la violencia. --¡El respeto á la libertad!--continuó el doctor dirigiéndose á su 1 . 2 , 3 . 4 . 5 . 6 7 , . 8 9 , , 10 . 11 . 12 13 , , 14 , . 15 16 . 17 . , 18 19 . 20 21 , 22 , 23 . , 24 , , 25 . 26 , , 27 , ; 28 , 29 . 30 31 - - , - - . - - 32 , 33 . ¿ ? , 34 , . 35 36 . 37 . : 38 . ¡ 39 ! ¡ 40 ! ¡ 41 , ! . . . , 42 , 43 , 44 , , 45 , . 46 47 . 48 , 49 . - - 50 , , 51 . , 52 , , 53 ; 54 , , 55 , , , 56 . . . . , : 57 , . 58 , , 59 , 60 . ¿ ? , , 61 . 62 , , 63 . ; 64 65 , . 66 67 , ; 68 , 69 : , 70 , . 71 : , 72 , 73 . 74 , , 75 , 76 : , 77 . , ; 78 , 79 , . : 80 , 81 , , , 82 83 , , . 84 85 . 86 , , , 87 , 88 . 89 90 . , 91 , . 92 , 93 . , , 94 . 95 , 96 ; ; 97 , 98 . ; 99 ; 100 , 101 . 102 103 - - , - - . - - 104 , ; , 105 , . 106 107 , 108 , , 109 , , 110 , , , 111 . 112 113 . ¡ , 114 , 115 , 116 ! 117 118 - - , - - - - , 119 . 120 121 . ; 122 ; , 123 . , 124 , . 125 126 : 127 , , , 128 129 . , 130 , , 131 , 132 . 133 134 , 135 . 136 , 137 , 138 . « ¿ ? » 139 140 . 141 142 - - - - - - 143 . , 144 ; . 145 146 - - ¿ ? ¿ ? 147 148 - - ¡ ! - - : - - : 149 , , , 150 , . 151 152 . , . . . . 153 . , , 154 . ; 155 , . 156 157 , 158 , 159 . . ¿ 160 ? . , 161 , . 162 ; 163 164 , , 165 . 166 . , 167 , 168 . , 169 , 170 . : 171 , 172 173 , , . 174 , 175 . ¡ ! 176 ¡ - - - - 177 , , 178 , 179 ! . . . , , 180 . , 181 , , 182 : 183 , 184 185 , 186 187 , 188 . 189 190 , 191 , 192 . , 193 , 194 . , 195 , , 196 . 197 , 198 . 199 , . 200 - - 201 , , 202 . ; 203 , 204 . . 205 , 206 . 207 208 . . , 209 . 210 . 211 , 212 . 213 , , 214 . 215 . 216 217 , 218 , 219 . 220 , . 221 , . 222 , . 223 , , 224 . 225 . 226 , 227 , 228 . ¡ 229 , 230 ! . . . 231 232 , 233 , , 234 . , , , 235 ; 236 . 237 238 - - , - - , - - , 239 , . ¡ , ; ! 240 : . 241 242 , 243 - - , 244 . 245 , 246 . 247 248 - - ¿ ? - - . - - ¿ ? . . . 249 250 . : 251 : 252 . 253 : . 254 . 255 256 . 257 . . 258 : 259 . ¿ 260 ? , , 261 . , 262 , 263 . , , 264 , 265 . , 266 , , 267 . , 268 : 269 , , , 270 . : 271 . , , 272 , . 273 274 - - - - , - - . 275 ; , , 276 . 277 . , 278 . , : 279 ; , , , 280 . ; 281 . 282 283 , 284 . : 285 . 286 , . 287 288 . : 289 , ; 290 . 291 292 , 293 . : 294 . , 295 . 296 : 297 , 298 . , 299 , . 300 301 : 302 , , , 303 , : 304 . 305 . 306 , 307 , , 308 , 309 , , 310 , 311 , 312 - - - . ¿ 313 ? , 314 , , 315 , 316 . , 317 , . 318 . 319 320 , 321 . 322 , 323 , 324 325 . , 326 , - 327 - , . 328 , 329 . , 330 331 . 332 333 , 334 , 335 . , 336 , , 337 , 338 , 339 , 340 - - , 341 , 342 . 343 , 344 . 345 , 346 . 347 348 , 349 . 350 ; , 351 , 352 , 353 . 354 355 - - - - , - - 356 . , . . 357 358 , 359 , 360 361 . . 362 : , 363 364 . . 365 , 366 . 367 : , 368 , 369 . 370 371 , : 372 . 373 . . . ¡ ! 374 , 375 : 376 377 - - : . . . ¡ ! ¡ ! 378 , : « ¡ 379 ! » 380 . ¡ ! . . . , 381 , , ¡ 382 ! ¡ , ! 383 384 , 385 . , 386 ; - - 387 , : . 388 , . 389 , 390 , . 391 392 - - - - 393 . - - : , 394 . , ¡ ! ¡ ! 395 ¡ ! . 396 397 398 . 399 : , 400 , 401 , , , 402 403 . 404 405 . 406 , , 407 408 . 409 410 - - ¡ 411 , ! - - , 412 . - - 413 , , - - . - - 414 . . . . 415 , . ¿ ? 416 417 . . 418 , . 419 , 420 . 421 : 422 , . 423 . , 424 . 425 426 - - , , - - 427 . - - ¿ ? 428 , . 429 . 430 . 431 432 . 433 : , . 434 . 435 , , 436 , , 437 . 438 , . , 439 . 440 441 . 442 , , 443 , ; , 444 - - , , - - , 445 , 446 . 447 448 . , 449 450 , 451 , 452 , , 453 , 454 . ¿ ? 455 . , 456 : , 457 , , 458 . 459 , , , , , 460 , 461 . , 462 463 , . 464 465 , 466 . , 467 , , 468 , 469 . 470 , : 471 472 . , , , 473 , 474 , , 475 , , 476 , , 477 . 478 479 . ¡ : , 480 , 481 ! , ¿ 482 , , 483 ? 484 ; , 485 ; 486 , 487 , , , 488 . 489 , 490 , . 491 492 , 493 , 494 . . . . ¡ ! 495 , 496 , , 497 , 498 . 499 500 - - , , - - 501 , - - ¿ ? . . . 502 503 . ¿ ? ¿ ? 504 ¿ ? . . . 505 506 - - , - - , - - 507 , . ¡ 508 ! 509 , . 510 : , 511 , . , 512 , 513 . , , 514 ¿ , 515 ? ; 516 . 517 . 518 , . 519 520 . 521 522 - - ¡ ! ¡ ! ¡ ! . . . , 523 ; . ; 524 , 525 ; , . 526 ¿ , , , 527 ? . . . 528 529 , 530 . 531 532 - - , - - . - - . . 533 : 534 . 535 , . , 536 , , 537 , , , 538 539 , . 540 541 - - ¡ ! - - . - - , 542 . 543 . 544 , 545 . 546 547 - - . 548 , , 549 . , 550 , 551 . : 552 , . ¿ 553 ? , , , , 554 . 555 , ; , 556 , . 557 . 558 . 559 , , 560 : « , , 561 . » 562 563 , , 564 . 565 . 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