á marineros ingleses, suecos ó americanos que son protestantes ó no son
nada, y se salvan á pesar de no tener una Virgen de Begoña á quien
recomendarse. Además, vaya usted á saber los vizcaínos que se habrán
ahogado después de implorar á la Virgen. Esos no han podido venir aquí á
contarlo.
El secretario hizo un movimiento de extrañeza, mirando escandalizado al
médico.
--Don Luis--dijo con acento dulzón.--No empiece usted á soltar de las
suyas. Mire que no estamos en las minas, sino en la puerta de la casa de
la Virgen, y que ésta le castigará.
--No; yo no me burlo de la fe--dijo Aresti.--El hombre es naturalmente
cobarde ante el dolor, ante un peligro que supera á sus fuerzas; basta
que se considere perdido para creer y esperar en lo maravilloso. Me
acuerdo de mister Peterson, un ingeniero inglés empleado en las minas,
un protestante muy ilustrado y fervoroso que no perdía ocasión de
burlarse de la idolatría de los católicos y de su culto á las imágenes.
Un día, un peón despedido por él del trabajo, le dió una puñalada de
muerte. Cuando se convenció de que no podíamos salvarle, rompió en
lloros y aclamaciones á la Virgen, lo mismo que don Tomás. Se agarró á
la misma fe de las mujeres más ignorantes del pueblo. Llamaba á la
Virgen de Begoña con un vozarrón que se oía desde la calle.
--¿Y llegó á salvarse?--dijo Goicochea anhelante, con la esperanza de un
milagro.
--No; murió á las pocas horas lo mismo que si no hubiera llamado á
nadie.
Goicochea, temiendo nuevas impiedades del doctor, desvió el curso de la
conversación.
--¡Qué hermosa vista!--dijo señalando la parte de la villa que se
alcanzaba desde el porche, junta con un trozo de la ría y las montañas
de las Encartaciones con sus cumbres rojas, de tierra removida.--Esto es
el más hermoso balcón de Vizcaya. ¡Cuánto trabajo se abarca desde aquí!
¡Cuánta riqueza!...
Luego, añadió en tono confidencial.
--Cuando veo lo mucho que ha prosperado nuestra tierra, comprendo que es
imposible volver á nuevas aventuras. Hoy, una tercera guerra civil, otro
sitio como el último, mataría á Vizcaya. ¿Qué sería de los altos hornos,
de tanta fábrica y tanta vía férrea?... Por esto hemos abandonado, quien
más quien menos, nuestra antigua bandera. Para servir á Dios no se
necesita de política. Nosotros somos cada vez más intransigentes en lo
tocante á la sacrosanta religión; ¿pero pelearse por reyes? Aquí no hay
más que Vizcaya y su -Señora- santísima. Pregunte usted si quieren
volver á las andadas, á muchos de los contratistas de Gallarta. Yo los
he conocido de aduaneros carlistas, descalzos y muertos de hambre, y
ahora van camino de millonarios. Vea usted á muchos dueños de las minas
que en su juventud cogieron el fusil. -Necuacuam-, ninguno sueña
remotamente con una nueva guerra. Si en tiempos del sitio hubiera
existido tanto negocio como hoy, y tanta riqueza, no habrían llegado las
cosas á mayores. Los que comulgamos en los sanos principios, ya sabemos
el buen camino. Lo mismo nos da que reine Juan que Pedro: lo que nos
importa es Vizcaya y Dios... Y Dios, ya sabe usted, que está por encima
de la Patria y del Rey.
Como Aresti sonreía socarronamente, el hombrecillo pareció intimidarse
ante su gesto.
--A ver: siga usted, señor Goicochea,--dijo el doctor.--Me interesa eso,
pues, al fin, vizcaíno soy, aunque no tenga el honor de ser
nacionalista. ¿Y cómo vamos á conseguir que Bizkaya (con B alta) se
emancipe de la odiosa Maketania? Piense usted que ella tiene sus
-guiris-, sus -ches- de pantalones rojos, prontos á disparar el fusil
como en otros tiempos.
Y Aresti, al decir estos motes, remedaba el tono de desprecio con que
había oído á algunos como Goicochea, designar á los soldados españoles,
llamados -ches- en Bilbao, por ser valencianos muchos de los que
componían la guarnición durante el sitio.
--Se hará sin guerra. Es asunto de tiempo don Luis: de tiempo y de buena
dirección. Poco á poco se hace camino. O nosotros impondremos á España
las sanas costumbres y creencias de los antepasados, ó nos aislaremos
como ciertos pueblos de América, que viven felices, gobernados por el
Sagrado Corazón de Jesús. Allí están los que dirigen y son gente que lo
entiende: allí se prepara el porvenir.
Y señalaba en dirección á la ría, como si al través de las inmediatas
alturas viese con la imaginación la Universidad de Deusto, santuario,
para él, de la sabiduría humana.
--Pues hay para rato, señor Goicochea--dijo el médico saliendo del
porche en busca del carruaje.
--No diré que no, don Luis. Nuestra redención es algo difícil por la
continua inmigración de gentes que traen con ellas las malas costumbres
de España. Lo peorcito de cada casa, que viene aquí á trabajar y á hacer
fortuna. Son intrusos que toman por asalto el noble solar de Vizcaya.
Cada vez son más: en Bilbao, hay que buscar casi con candil los
apellidos vascongados. Todos son Martínez ó García, y se habla menos el
vascuence que en Madrid. Esto es uno de los grandes males que nos ha
traído la prosperidad. Pero todo se andará. Yo pienso lo que García
Moreno, aquel gobernante del Ecuador, que, según cuentan los padres de
Deusto, fué el estadista más grande del siglo. ¿Sabe usted lo que dijo
al recibir la puñalada que lo mató? «Dios no muere nunca».... Pues eso
digo yo. Dios no muere y no morirá Vizcaya que, por el amor que siente
hacia su santísima madre, es su hija predilecta.
Ya no dijo más en todo el camino. Al fin, pareció amoscarse por la
mirada irónica del doctor y los socarrones movimientos de cabeza con que
acogía sus palabras. Reconocía en él un digno primo de Sánchez Morueta;
pues el secretario, á pesar de su servilismo exterior, sentía cierta
repugnancia por su principal, un hombre silencioso que, sin alardes de
impiedad, vivía separado de la religión, pasando meses enteros sin oír
una misa. Él conocía los hondos disgustos que esta conducta
proporcionaba á la buena doña Cristina, la cual, sólo valiéndose de la
influencia que ejercía su hija sobre el padre, podía conseguir que éste
las acompañase alguna vez á la iglesia. ¡Que hombres los dos! ¡Imposible
parecía que fuesen de la tierra vasca, patria de tantos santos!...
A las dos de la tarde se vió Aresti de nuevo en el coche, camino de Las
Arenas con su primo y el capitán Iriondo. Goicochea, invitado también á
la comida de familia, había salido antes en el tranvía.
--Tú no descansas--decía el médico á su primo,--¡todos los días Las
Arenas á Bilbao!
--Todos los días. Cuando edifiqué el hotel, creí que me quedaría meses
enteros mirando el mar sin ocuparme de los negocios. Pero por las
mañanas voy de un lado á otro, sin saber qué hacer y acabo por mandar
que enganchen. Por las tardes es diferente. Paso tranquilo las horas en
el jardín, oyendo á Pepita que toca el piano.
--¡La vida de familia!... ¡Tú eres feliz--exclamó el médico.
Su primo le miró con ojos interrogantes, como si encontrase en sus
palabras cierta ironía.
--Sí: la vida de familia--dijo.--Es la que más me gusta. Lástima que en
este Bilbao no pueda uno gozarla á sus anchas, libre de influencias
extrañas. Tú bien lo sabes, Luis.
Y calló, mientras el médico quedaba también silencioso y cabizbajo, como
sumido en penosas reflexiones. Pasaban ante la ventanilla del carruaje
los hoteles vistosos del Campo del Volantín, donde se albergaba la
aristocracia de la villa; después las verjas y escalinatas de la
Universidad de Deusto; mientras por el lado opuesto desarrollaba la ría
sus revueltas entre los descargaderos y los barcos anclados. Aresti veía
ahora en sentido inverso y desde la orilla opuesta el paisaje que había
admirado por la mañana en el tren.
Al pasar el carruaje por Olaveaga, los tres hombres rompieron su
mutismo, animándose con repentina alegría. Aquella era su patria: allí
habían nacido los tres.
Y Aresti, evocando de un golpe todo el pasado, hacía preguntas á sus
compañeros, recordándoles los incidentes de la juventud.
Aún veía, como si lo tuviera ante sus ojos, al señor Juan Sánchez, el
padre de Sánchez Morueta, el patriarca de la familia, el iniciador
obscuro de la presente prosperidad, el que de un tirón los despegó á
todos del bajo fondo social en que habían nacido. No era del país: había
llegado de un pueblecillo de la costa de Santander, estableciéndose en
Olaveaga como gabarrero, y casándose con una joven del pueblo, que tenía
varios campos en aquella vega de Deusto, que surte de hortalizas y
flores á Bilbao. Fué una vida de trabajo: la mujer á la huerta y él á la
ría, que era entonces tan peligrosa como el mar, con sus -aguaduchos- ó
avenidas que la convertían en torrente y sus revueltas y bajos que
hacían zozobrar las embarcaciones. Los buques se quedaban en el abra y
las gabarras subían hasta la villa los cargamentos de bacalao y de
maderas, necesitando, para esta conducción, de hombres expertos. Ir de
Bilbao á Portugalete era entonces un viaje que sólo osaban emprender los
atrevidos, tomando pasaje en las barcas que se llamaban -carrozas-. La
góndola del Consulado, del famoso tribunal de comercio, era la única
embarcación que surcaba la ría con frecuencia. Los gabarreros,
intermediarios obligados de todo comercio, prosperaban rápidamente, y
Olaveaga era el pueblo más rico del Nervión. El señor Juan servía á las
casas más importantes, por la confianza que inspiraba su pericia. Jamás
había averiado los géneros con un mal tropiezo en los innumerables bajos
de la ría ó en la vuelta de la Salve; conocía las aguas palmo á palmo, y
siempre que había que hacer el salvamento de alguna gabarra perdida, le
llamaban á él. Así fué reuniendo una fortuna para su hijo único, que
andando el tiempo había de ser el famoso Sánchez Morueta. En aquella
época, el futuro millonario iba todas las mañanas al instituto de
Bilbao, á estudiar Náutica, pues su padre le quería marino, pero de los
de altura, para navegar y comerciar en grande, á través de todos los
mares, como él lo hacía en la ría. El honrado gabarrero, satisfecho de
su suerte, dueño de muchos de los lanchones que surcaban el Nervión,
seguro ya del porvenir con lo que llevaba ahorrado, compartía su cariño
entre su hijo Pepe y un sobrino mucho menor, que no era otro que Aresti,
hijo de una hermana de su mujer. Las dos hembras de aquella familia de
hortelanos, se habían unido con hombres de mar; pero la casada con el
gabarrero, tuvo más suerte que su hermana menor, que se enamoró de
Chomín Aresti, un mocetón de la matrícula de Bermeo, que navegaba por el
Cantábrico como patrón de balandros de cabotaje, siempre expuesto á
perecer en un día de galerna. A los ocho años de casados, ocurrió la
catástrofe. Chomín se ahogó en un naufragio, y la viuda, llevando en
brazos al futuro doctor Aresti, que entonces tenía seis años y se miraba
con asombro el negro trajecito, lloró desesperadamente por todos los
rincones de la casa de su hermana.
--No te apures, mujer--decía el señor Juan.--Otras están peor que tú,
que tienes á tu hermana y me tienes á mí. No morirás de hambre, ya que
según parece, voy para rico. Si el rapaz no tiene padre, aquí estoy yo,
que rabio, porque la mía sólo me ha dado un chico.
Y así era. El gabarrero hubiera deseado que su mujer fuese dándole
hijos, conforme prosperaba la casa. Sentíase cohibido al no poder llevar
en sus brazos á aquel mocetón que estudiaba en Bilbao y era tan alto
como él y mucho más serio. Por esto agarró con un entusiasmo paternal á
su sobrino Luis, y los vecinos de Olaveaga le vieron á todas horas en la
gabarra ó por las orillas de la ría, con el pequeño cogido de la mano,
acariciándolo como si fuese un nuevo hijo.
Aresti no conoció otro padre que el señor Juan, y Sánchez Morueta fué
para él un hermano. El mocetón grave, de carácter áspero, tuvo para el
pequeño dulzuras y atenciones que sorprendían á la familia.
Cuando el gabarrero iba á Bilbao, llevábase á Luis, dejándolo en las
banquetas de los escritorios mientras ajustaba con los señores la cuenta
de sus viajes. Por las noches lo dormía sobre sus rodillas, cantándole
los viejos zortzicos de los barqueros del Nervión ó relatándole patrañas
que el pobre hombre apreciaba como lo más indiscutible de la sabiduría
histórica. Gustábale especialmente relatar el origen de Bilbao. Lo
habían fundado unos pescadores á orillas de la ría, entre las repúblicas
de Begoña y Abando, y andaban tristes y preocupados no sabiendo qué
nombre dar á su aglomeración de chozas. Un día, por divertirse,
arrojaron al Nervión un botijo vacío. -Bil, bil, bil- cantaba el agua al
penetrar en él y cuando casi lleno se fué á fondo, lanza un sonoro
-bao-. Los pescadores gritaron «Bilbao será su nombre». Y el gabarrero
miraba al pequeño y á las dos mujeres que le escuchaban atónitas,
admirando su sabiduría del pasado.
El tiempo trajo grandes modificaciones en la familia. Pepe, que había
terminado su carrera en compañía de Matías Iriondo, hijo de un vecino,
se embarcó en un vapor que hacía viajes á Inglaterra. Al poco tiempo, no
satisfecho de la vida del mar ó deseoso de mayor medro, se quedó en
Londres, entrando como empleado en una casa vizcaína.
Su madre murió de repente. La encontraron tendida de bruces, sobre un
surco de aquella tierra gredosa que cultivaba desde la niñez, y que su
marido no podía hacerla abandonar. Había querido, al irse del mundo,
morir abrazada á aquellas hortalizas que todas las mañanas llevaba al
mercado de Bilbao, con avaricia de aldeana. El señor Juan se sintió más
unido á su cuñada y su sobrino. El hijo escribía de tarde en tarde: la
ría ofrecía cada vez menos alicientes para él.
Comenzaba á despertar la explotación de las minas y se hablaba de
limpiar el Nervión, convirtiéndolo en un puerto para que los vapores
llegasen hasta el mismo paseo del Arenal. ¡Adiós las gabarras! Y
descuidando un negocio cuya muerte veía próxima, tranquilo ante el
porvenir, pues poseía una fortuna de la que se hablaba con asombro en el
pueblo, no tuvo otra ocupación que cuidarse de Luisillo y admirar sus
progresos.
--¡Diablo de rapaz!--decía hablando de él con los viejos camaradas de la
ría.--¡De dónde habrá sacado tanto talento! ¡Nadie hubiera dicho que de
aquel pobre patrón de Bermeo pudiera salir un hijo así!...
Y el gabarrero temblaba de emoción, saltándole las lágrimas, cuando le
hablaban en la villa de su sobrino y de lo satisfechos que tenía á los
señores del Instituto. Llegó el momento de que Aresti, á los catorce
años, escogiera una carrera y el viejo consultó su voluntad. A ver ¿qué
quería ser? ¡con franqueza! Allí estaba el tío Juan con la bolsa abierta
para costearle la carrera que más le gustase... aunque quisiera ser Sumo
Pontífice. Marino no: ya había bastante con uno en la familia. ¿Médico?
¿quería ser médico? Algo más grande y de mayor brillo había soñado el
gabarrero, sin saber ciertamente lo que era.... Pero, en fin ¡vaya por
la medicina! Y como puesto á hacer las cosas había que hacerlas bien, le
enviaría á estudiar á Madrid. No reparaba en gasto más ó menos. Para eso
había trabajado él, y algo le cosquilleaba la vanidad, la idea de que,
con el tiempo, toda Olaveaga, los descendientes de los que le habían
conocido descalzo y despechugado, remando en la ría, entregarían las
vidas á su sobrino, viéndolo llegar como una esperanza y llamándolo á
todas horas «señor doctor».
Mientras Luis estudiaba su carrera, ocurrió la gran transformación de la
familia, el tirón loco de la suerte que sacó de la obscuridad á Sánchez
Morueta. Su primo se presentó inesperadamente en Olaveaga. Venía á la
conquista de la Fortuna; sabía dónde estaba oculta y llegaba antes que
los demás, aprovechando sus estudios y observaciones en país extranjero.
El invento de Bessemer, que acababa de revolucionar la metalurgia
abaratando la fabricación, hacía necesarios los hierros sin fósforo y
ningunos como los de las minas de Bilbao. Iba á comenzar en aquellas
montañas un período de explotación loca, de rápidas fortunas: el que
primero se apoderase del mineral sería rico como un príncipe. Dinero...
necesitaba dinero, para centuplicarlo en poco tiempo. Su padre apenas lo
entendió; pero tenía fe en su hijo, le inspiraba respeto su gravedad,
aquel pensamiento siempre reconcentrado y en función: y le entregó sus
ahorros, vendió las gabarras y hasta la casa nueva que había construido
imitando á las mejores de la villa y que era el asombro de Olaveaga.
Entonces comenzó la historia del poderoso Sánchez Morueta, aquella
transformación de cuento mágico, atropellándose los negocios fabulosos,
las caricias de la buena suerte, como si les faltase tiempo para
enriquecer á aquel hombrón que veía llegar los millones sin el más leve
estremecimiento en su rostro impasible. Se apoderó rápidamente de la
montaña. Allí donde asomaba el mineral de hierro, especialmente el
llamado -campanil-, que era el más rico, allí ponía sus manos de
vencedor, diciendo: «Esto es mío». Compraba minas para venderlas al mes
siguiente á los ingleses que llegaban detrás de él. Tenía en el abra los
vapores á docenas, cargándolos de aquellos terrones rojos que eran como
oro. Bilbao hablaba de Sánchez Morueta con admiración: sonaba su nombre
á todas horas. Mientras los demás dormían, él había visto claro; cuando
la gente comenzaba á despertar, ya era él millonario. Tras sus espaldas
de luchador victorioso marchaba una corte de ingenieros, contratistas y
tardíos buscadores de la fortuna.
«Tu primo está loco--escribía el señor Juan á su sobrino.--Esto es un
escándalo; los millones entran en casa como una inundación. Ahora habla
de construir una flota de barcos propia para que transporten el mineral
á Inglaterra: quiere establecer fundiciones en la orilla del Nervión,
que fabriquen carriles, puentes enteros, cañones, navíos de guerra ¡qué
sé yo cuántas locuras más! Créeme, Luisillo; esto es demasiado: no puede
durar».
Y hablaba con asombro de su nueva existencia. Él y la madre de Luis
vivían con el grande hombre, en una casa muy hermosa de Bilbao, con un
batallón de empleados, sirvientes y parásitos. Una vida de abundancia y
de movimiento que hacía pensar melancólicamente á los dos viejos en sus
huertecitas de Olaveaga, tan tranquilas y risueñas, al abrigo de los
montes, con la ría enfrente como un espejo en los días de sol. Además,
el poderoso príncipe de la industria se había casado para hacer
dignamente los honores á la fortuna que llegaba. Su mujer era una
-señorita- de Durango: (y el antiguo gabarrero, recalcaba con respeto y
temor la calidad social de su nuera) una parienta de los principales que
Sánchez Morueta había tenido en Londres. Su familia de hidalgos vivía
estrechamente de las flacas rentas de algunas caserías: nobleza agrícola
que hacía remontar sus blasones á los tiempos casi fabulosos de Vizcaya,
á -Jaun Zuria- el Cid vascongado, y que, aturdida por la escandalosa
fortuna del hijo del gabarrero, había accedido á emparentar con él.
Sánchez Morueta, casi al día siguiente de la boda, había continuado su
vida de agitación, de viajes y de encierros en el escritorio. La mujer,
de una belleza rubia, áspera y dura, fruncía el entrecejo ante los dos
ancianos que vejetaban tímidamente en la casa, como si fuesen unos
criados distinguidos, y vivía sola, repartiendo su tiempo entre las
iglesias y las visitas á las principales familias de Bilbao. La
satisfacción de anonadarlas con su lujo, el goce de provocar la envidia
de las amigas con su riqueza, eran las únicas dulzuras que encontraba en
el matrimonio.
Después, cuando Aresti estaba próximo á terminar su carrera, ocurrió la
muerte del señor Juan. El viejo se fué del mundo asustado de la fortuna
de su hijo, creyéndole loco, presagiando un desquite terrible de la mala
suerte, repitiendo tenazmente que «aquello no podía durar». Al
presentarse Luis en Bilbao vió á su primo en plena gloria, con su
gravedad de hombre fuerte y silencioso, insensible á las desgracias como
á los triunfos. Sus párpados ligeramente enrojecidos y la vehemencia con
que le apretó sobre su pecho, fueron las únicas muestras de emoción por
la muerte de su padre.
--Luis--dijo con brevedad, como si sus palabras fuesen oro,--sigue tu
carrera: después irás al extranjero. Estudia... no vaciles ante los
gastos. El viejo no ha muerto: si antes era yo tu hermano, ahora soy tu
padre.
Y Aresti vivió tres años en París, hizo la vida de estudiante en el
Barrio Latino, fué interno en los hospitales, al lado de los más
célebres cirujanos, y la fama de sus estudios llegó hasta Bilbao antes
que él regresase. Cuando volvió, su carrera estaba hecha, entrando en su
prestigio lo mismo el éxito de sus operaciones que la calidad de
pariente de Sánchez Morueta.
Su primo había realizado todos sus deseos: una flota en el mar, altos
hornos de fundición junto á la ría, casi todo el mineral de Vizcaya
monopolizado por él, y el dinero acudiendo á sus manos, embriagándolo
con la borrachera de la fortuna.
La madre de Aresti había muerto mientras él estaba en París: había
languidecido, como su cuñado, en aquel ambiente de grandeza que la
asustaba. El joven doctor no tenía otra familia que la de su primo y se
instaló en su casa. Cristina, que había tenido una hija y por los
cuidados de la maternidad salía poco de casa, acogió bien al doctor. La
acompañaba tardes enteras hablándola de París, la famosa ciudad del
pecado, contra la cual se exaltaban los predicadores y que ella solo
había entrevisto en un rápido viaje de bodas. De toda la familia del
marido, Aresti era el único que lograba despertar en ella cierta
simpatía. Además, Sánchez Morueta siempre estaba ausente; sólo le veía
por la noche, y aunque la escuchaba con los ojos puestos en ella, su
pensamiento estaba lejos, muy lejos. El doctor la entretenía, se
enteraba pacientemente de sus murmuraciones sobre las amigas, la daba
consejos acerca de vestidos y joyas, recordando -in mente- sus tratos
con ciertas amigas de París, encargaba para ella periódicos de modas, y
halagaba su vanidad, afirmando que era la señora mejor vestida de
Bilbao.
Cristina sólo torcía el gesto y parecía enfadarse con el doctor cuando á
éste se le escapaba alguna afirmación impía, ó cuando, sin darse cuenta
de ello, se burlaba de la devoción de las señoras y de los predicadores
que el entusiasmo de todas ellas ponía en boga. Eran resabios, según
Cristina, de su permanencia en un país de vicios, donde se piensa poco
en Dios. ¿No podía estudiar y ser un sabio, como muchos padres jesuítas,
sin separarse por eso de la religión? Debía sentar la cabeza, y para
esto nada como casarse. Ella se encargaba de su matrimonio. Y con la
tenacidad de una mujer hastiada de su bienestar y falta de ocupaciones,
se dedicó á proponer á Luis todas las jóvenes casaderas que conocía,
enumerando sus méritos entre las risas y protestas del doctor.
Un día, le habló con gran decisión. Ninguna le convenía como la pequeña
de Lizamendi. La mamá era viuda, con dos hijas; familia muy cristiana,
emparentada con Cristina y de lo mejorcito de Vizcaya. Eran ricas,
aunque mejor se habían visto en otros tiempos; el padre había gastado
mucho en la guerra, arruinándose por la buena causa, como todas las
familias decentes del país. Y Cristina daba á entender en su gesto la
diferencia inabordable que aún existía para ella, entre la aristocracia
antigua, defensora de la tradición, y aquella otra recién formada é hija
de la fortuna, á la cual se había dignado descender.
Aresti se vió asediado por su parienta. La pequeña de Lizamendi no le
parecía mal. La mamá aceptaba, sonriendo, el plan de Cristina, y el
doctor encontraba á las de Lizamendi con una frecuencia alarmante en el
salón de su casa. Al fin acabó por ceder á los reiterados consejos de su
prima, que parecían apoyados por el silencio y la mirada tranquila de
Sánchez Morueta. Si había de casarse, no era mala -proporción- la de
Lizamendi. Él había soñado algunas veces con la tranquila existencia de
familia, con una vida dedicada al estudio y al ejercicio de la
profesión, encontrando, al volver á casa una boca sonriente que le
besase, unos brazos que vinieran á sorprenderle con repentina caricia,
mientras reflexionaba inclinado sobre un libro. Bien veía él que
Antonieta Lizamendi era una joven insignificante, educada, como la
mayoría de las niñas de su clase, con una instrucción de monja, sin más
horizonte que el chismorreo de las tertulias y las visitas diarias á la
iglesia. Pero él despertaría aquella alma; él la formaría á su imagen y
semejanza. ¡Infeliz doctor!...
Al recordar este período de su pasado, Aresti sonreía amargamente,
burlándose de su optimismo. ¡Cambiar él á su mujer! ¡Transformarla!....
Él era quien había estado próximo á anularse, á desaparecer aplastado en
el engranaje lento y monótono de esa vida gris de las almas muertas. Se
casaron, y Aresti se trasladó á la casa de su mujer. La madre no quería
separarse de la hija; además, la familia, como ella decía, necesitaba un
hombre para mayor respeto. El joven médico creyó de buena fe que estaba
enamorado de su esposa. Rompiendo la costumbre bilbaína, la acompañaba á
todas partes, hacía esfuerzos por avivar el cariño conyugal, por
fundirse moralmente con aquella muñeca que se le había entregado, y que
una vez cumplidos los deberes conyugales, quería seguir su vida de
visitas, novenas y comuniones como en tiempos de soltera. La madre y la
otra hermana eran un perpetuo obstáculo, tras el cual se ocultaba la
esposa. Lentamente se veía Aresti empujado á un mundo nuevo que no era
de su gusto. La fama de sus operaciones era cada vez mayor, y la familia
disponía de él como de un objeto de lujo que la daba cierta distinción.
Si en un convento había una monja enferma de gravedad, si un padre
jesuíta se quejaba del estado de su salud, las de Lizamendi enviaban á
Luis, con indicaciones que eran órdenes, contentas de poder servir
gratuitamente á los elegidos del Señor. El médico racionalista se veía
convertido por su familia en un trotaconventos, curando á gentes que
insultaban su ciencia después de aprovecharla y no perdían ocasión de
darle las gracias echándole en cara su falta de religiosidad. ¿Dónde
estaban sus ilusiones de dedicarse al estudio y ser un sabio? ¿Dónde
aquella mujer enamorada y entusiasta que le había de ayudar con su
dulzura en las ásperas investigaciones de la ciencia?...
Aresti, á los dos años de casado, adquirió la convicción de que su
esposa no le amaba. Es más: le sirvió de consuelo la certidumbre de que
ella no podía amar á nadie. La iglesia, la confesión con el padre de
moda, un buen vestido para dar envidia á las amigas y el visiteo entre
mujeres, lejos del hombre que no era más que el macho destinado á los
negocios y á traer dinero á casa; estas eran todas las aspiraciones de
su vida. Además, Aresti adivinaba en las palabras y en los ojos de su
mujer extrañas influencias que venían de fuera. En su casa, á solas con
Antonieta, presentía la existencia de invisibles fantasmas que le
espiaban, que tomaban nota de sus acciones, que á cada arranque de
pasión parecían interponerse entre su mujer y él.
--¿Por qué estás siempre leyendo?--preguntaba á veces la joven.--¡Ay,
esos libros! ¡Con qué gusto los quemaría!
Con frecuencia, echábale en cara su falta de religiosidad; le oía con
sonrisa de lástima, hablar de sus entusiasmos científicos, pensando en
los fragmentos de sermón que había escuchado contra aquella ciencia
malvada y perturbadora. Las otras dos mujeres de la familia no le herían
menos en sus ilusiones. ¡Estaba solo! Más solo que cuando vivía en
París, en su cuartucho de estudiante. La diferencia de origen, se
acentuaba entre él y su nueva familia. Era en su casa como los esclavos
de Roma, famosos y apreciados por su habilidad en las ciencias ó las
artes, pero que en presencia de los señores recobraban su humilde
condición, y seguían siendo esclavos.
Al intentar una débil protesta, se aterraba apreciando la separación
moral que existía entre él y su mujer.
--Nosotras somos así--decía con altivez.--Cada uno es como se ha
educado. Bastante se sufre viviendo con gentes que son de otra clase.
La madre y la hermana iban más lejos.
--Nosotras somos las de Lizamendi--le decían con arrogancia.--¿Y quién
eres tú? Un chico de Olaveaga, criado en las gabarras de la ría.
Y con un gesto de soberbia, parecían abrir entre ellas y el médico un
abismo que nunca había de llenarse, que le condenaba á eterna separación
de lo que él consideraba su familia.
¡Cuántas veces, creyendo acariciar á una mujer, besaba á una estatua
fría que se entregaba á él con rigidez de autómata! Las preocupaciones
religiosas, llegaban hasta su dormitorio. «Déjame, Luis--decía su
esposa--mañana tengo comunión en las Hijas de María, y necesito hacer
examen de conciencia». Otras veces era Cuaresma y el ayuno se extendía
hasta la vida conyugal. Aresti se decía amargamente que su mujer no era
suya, que disponía de ella menos que á medias, compartiéndola en una
especie de adulterio moral con directores de conciencia que apenas
conocía. A veces, Antonieta, en sus momentos de cólera, tenía franquezas
que asustaban al doctor. «Soy tu mujer y he de serte fiel, como manda la
Santa Madre Iglesia: pero te quiero poco, lo confieso.... ¡Ay, Luis!
¡Cómo te amaría si echases á rodar todos esos libros y fueses á la
Iglesia como van las personas decentes!».... Con gran frecuencia notaba
en su despacho la desaparición de revistas y libros, que tal vez
estarían en manos de cualquier confesor curioso que desde lejos espiaba
sus acciones.
Lo que le hacía perder la calma era la insolencia con que la suegra y la
cuñada le increpaban apenas osaba resistirse, apoyadas por el silencio
hostil de su mujer.
--¿Pero quién eres tú?--le dijeron un día.--Un pobretón que, aunque
ganas algo, casi estás mantenido por nosotras. Cuando matabas el hambre
en casa del gabarrero nosotras éramos más ricas que hoy. No sirves para
otra cosa que para tragarte libros impíos y repetir sandeces de
filósofos contra Dios y la religión. ¡Si al menos supieras ganar dinero
como tu primo Sánchez Morueta!...
Aresti no quiso sufrir más. ¿Qué hacía entre aquella gente? Por más
tiempo que transcurriera, por más que se mantuviese en resignada
sumisión nunca llegaría á fundirse con su nueva familia.
Entonces fué cuando pidió á su primo que le enviara de médico á las
minas, y, empaquetando los libros que constituían su única fortuna,
salió de aquella casa lo mismo que había entrado. ¡Ay, lo mismo no!
Había sacrificado su porvenir; había sufrido dos años de amargas
humillaciones; ya no podía dignamente unir su destino al de otra mujer
dentro de una sociedad gobernada por las leyes más que por los efectos.
Además, dejaba á sus espaldas á las tres señoras de Lizamendi, que, para
justificar la fuga del doctor, hablaban á todos de la grosería de su
carácter y de su perversidad moral, fruto de las doctrinas impías.
Después de esta fuga, la esposa de Sánchez Morueta, casi rompió toda
relación con el doctor. Hablaba indignada de él á su marido. ¡Dejar así
á la pobre Antonieta, que era un ángel, un modelo de virtud y devoción
como todas las mujeres de la familia!... Fué preciso que Sánchez
Morueta, con su grave autoridad que no admitía réplicas, manifestase su
propósito de seguir recibiendo á Aresti en su casa, para que la esposa
se contuviera ante el doctor. Pero terminó entre los dos la antigua
amistad. Aresti, aislado en las minas, evitaba el bajar á Bilbao,
sabiendo que su mujer visitaba con frecuencia la casa de su primo.
Cuando Sánchez Morueta abandonó la villa para habitar su hotel de Las
Arenas, Aresti fué á verle con más frecuencia. Le interesaba su sobrina
Pepita, que acababa de salir del colegio y casi era una mujer. Pero en
estas entrevistas tropezaba siempre con la frialdad, cortés en
apariencia, pero implacablemente hostil de la señora, que así como
avanzaba en edad, adquiría fama en Bilbao por sus entusiasmos
religiosos. La maternidad y los años, la hacían retirarse de la
ostentación elegante, abdicar de la supremacía que ejercía en las
tertulias, con sus trajes y sus joyas. Ahora la llamaban irónicamente
«la gran cristiana», y era la primera en todas las juntas de las
asociaciones religiosas y pías fundaciones, sembrando á manos llenas,
en cofradías y conventos, el dinero de Sánchez Morueta.
Aresti, al llegar á este punto de sus recuerdos, fijaba la mirada en su
primo, sentado junto á él en el carruaje. ¡Ay! Aquel tampoco era
dichoso. La suerte le esperaba todos los días á la puerta de su casa,
para acompañarlo por el mundo, pero no le seguía hasta el interior de su
hogar. No se veía obligado á romper como él con la familia, porque el
dinero le daba una superioridad irresistible, poniéndolo á cubierto de
humillaciones; porque con un puñado de su riqueza, esparcida sin
regatear, lograba entretener diariamente al enemigo, con el que estaba
obligado á hacer vida común. Pero se sentía solo: se notaba la amargura
del aislamiento en su gesto ensimismado y triste, en la alegría
momentánea que experimentaba al ver á su primo, el único que lograba
ablandar su carácter huraño, excitando sus confidencias.
El carruaje había dejado atrás la dársena de Axpe, llena de vapores que
esperaban turno para la carga; de buques sin flete que dormían en las
aguas muertas. Era el hospital de los barcos, según palabras de Iriondo.
En medio de aquel pueblo flotante, estaban los yates de los ricos de
Bilbao, blancos y ligeros como juguetes, con la cubierta entoldada para
resguardar los dorados y las maderas preciosas de las cámaras. El
millonario lanzó al pasar una mirada melancólica sobre su yate enorme y
gallardo, una mirada en la que vió Aresti la nostalgia de la vida del
mar, de los amplios horizontes, de la existencia libre, sin las miserias
y preocupaciones terrestres.
Se aproximaban á Las Arenas. El puente de Vizcaya cortaba el horizonte
con su red de cables movibles. En la ribera de enfrente, los altos
hornos de Sánchez Morueta elevaban sus torreones de fundición, sus
numerosas chimeneas coronadas por las nubes de humo multicolor. Bajo los
extensos cobertizos notábase el hormigueo de varios miles de obreros.
Llegaban arrollados por el viento los estrépitos de la industria, el
martilleo poderoso, los resoplidos de las máquinas, el mugido de los
convertidores del acero que lanzaban por encima de las techumbres su
chorro de chispas y escorias.
Aresti admiraba esta grandeza industrial. ¡Todo era obra de su primo!
--¡Qué hermoso!--exclamó dando con el codo al millonario y mostrándole
sus fundiciones.--¡Y pensar que de pequeño has correteado entre los
chicos de Olaveaga! Debes estar satisfecho de tu obra. ¿Hay alguien más
feliz que tú?...
Sánchez Morueta miró un instante á su primo, con inquietud, como si
temiera que se burlase. Después añadió con voz lenta:
--Sí, no estoy descontento de la suerte. Todos hemos prosperado, Luis. A
mí me rodea la felicidad: pero es por fuera: en todo lo que se ve....
Ahora, por dentro... por dentro cada uno sabe lo que lleva.
III
Fué una «comida íntima» la que dió Sánchez Morueta por ser sus días. No
estaban en el comedor otras señoras que la esposa del millonario y su
hija. Los convidados eran todos de la casa, empleados como el capitán
Iriondo, el secretario Goicochea y Fernando Sanabre, el ingeniero
director de los altos hornos, ó parientes de la familia como el doctor
Aresti y Fermín Urquiola.
Este Urquiola visitaba con frecuencia la casa, por ser sobrino lejano de
la señora, aunque Sánchez Morueta no mostraba por él gran simpatía. Era
un antiguo discípulo de Deusto, que, después de abandonar la
Universidad, seguía á las órdenes de los Padres de la Compañía lo mismo
que cuando estudiaba en sus aulas. La juventud de Bilbao, que se llamaba
á sí misma distinguida, admirábale por su fuerza muscular y el
entusiasmo con que sustentaba las sanas ideas de los buenos padres. Era
el organizador y el hombre de acción de todas las asociaciones piadosas.
Su ideal consistía en tener á los -liberalitos- en un puño y no dejar
que las gentes de la Maketania se apoderasen del país. Pasaba en Bilbao
por ser uno de los jóvenes más elegantes, pero cuando llegaban luchas
electorales, se le veía con la boina sobre los ojos, empuñando un enorme
garrote, al frente de los aldeanos de los pueblecillos inmediatos. La
rizosa y poblada barba, la nariz aguileña y pesada y sus ojos negros de
bohemio, dábanle gran prestigio entre las gentes del campo, porque las
hacía recordar la cara adorada de su ídolo.
--¡Se le parece al señor!...--murmuraban.--Tiene toda la cara de don
Carlos.
Y á Urquiola, impulsivo y brutal, que hablaba de beber sangre por la más
leve ofensa, le satisfacía que los partidarios, por exceso de
entusiasmo, relacionasen su nacimiento con los veleidosos amoríos del
fugitivo rey de las montañas. Su familia, arruinada por la guerra,
apenas si le había dejado una renta exigua para vivir, y Urquiola se
ayudaba buscando la protección de las familias más linajudas de Bilbao,
que veían en él un acabado ejemplar de la juventud sana educada en
Deusto. Alborotaba en las luchas políticas, llevando á ellas la misma
violencia de su partido cuando se batía en los montes. Por las noches
mezclábase en los escándalos de ciertas casas del barrio de San
Francisco, donde ejercía alguna superioridad sobre las infelices
mercenarias de sus cuerpos, por el prestigio de su nombre y la leyenda
sobre su nacimiento que le convertía casi en un príncipe. Los amigos
tenían fe en su porvenir. Los padres de Deusto le protegían, sonriendo
benévolamente ante lo que llamaban sus calaveradas. Era exceso de vida:
ya le casarían ventajosamente y sería un modelo de caballeros cristinos.
Sánchez Morueta le veía en su casa con disgusto, pero no osaba
manifestarlo claramente por consideración á doña Cristina, que parecía
orgullosa de su sobrino.
--Este animal viene indudablemente por Pepita--decía Aresti, á quien
interesaba Urquiola como un ejemplar raro de egoísmo y brutalidad.
Y se fijaba en su sobrina, la cual, á pesar de las insinuaciones de la
madre, mostraba más inclinación por Sanabre, el ingeniero de los altos
hornos, que por aquel pariente cuya petulancia y descaro parecían
intimidarla. Gustaba la joven de saber por él todo cuanto pudiera
molestar á sus amigas. Urquiola la enteraba de todas las fiestas que
proyectaban los padres de la Compañía para entretener y conservar bajo
su dominio á una sociedad ociosa y opulenta; pero una vez agotados estos
temas, la joven se alejaba de él y permanecía silenciosa, como
abroquelada por la instintiva repulsión que parecía inspirarle el famoso
discípulo de Deusto.
Aresti veía en su sobrina la niña rica de las familias de su tierra;
educada primero por las monjas y dirigida después por el confesor hasta
en los hechos más pequeños de su existencia; con la voluntad adormecida,
y considerando como un pecado, el más leve intento de iniciativa
propia.
El doctor reconocía que no era gran cosa como mujer: la alegría de la
juventud en los ojos, los cabellos rubios de su madre, y una esbeltez de
muchacha sana en la que todos los encantos femeniles están aún
recogidos, como en capullo, sin la majestad exuberante de la forma
definitiva. A través de su belleza en agraz, adivinábase el esqueleto
fuerte y anguloso del padre. En sus manos largas, algo grandes para sus
brazos delicados, había mucho de Sánchez Morueta. Era la primera
evolución de la estirpe hacia el afinamiento de la ociosidad y el
bienestar, guardando aún los signos de su origen.
Iba cargada de joyas, con la suntuosidad de una aristocracia recién
creada que se consume en medio de su lujo, falta de fiestas para lucirlo
y siente el ansia de adornarse para pregonar su riqueza y herir la
envidia ajena. La hija de Sánchez Morueta era tan admirada como su
padre, cuando iba á Bilbao á oír misa en la iglesia de los jesuítas ó
asistía por las tardes á las conferencias de las Hijas de María. Los
jóvenes salidos de Deusto hablaban con fruición de ella y de los
millones del padre. «¡Qué magnífico bocado!» Y cada uno acariciaba la
posibilidad de que le tocase la lotería del matrimonio, en un país donde
casi nadie se casa por amor y las uniones entre ricos son negocios
vulgares convenidos por las familias con la ayuda y buen consejo de
algún padre jesuíta.
La comida deslizábase placenteramente. Todos sentían la dulzura del
bienestar, la satisfacción de la vida, en aquel comedor, al que daban,
el roble tallado y el cuero obscuro de las paredes, una impresión de
suntuosidad discreta y señorial. Las grandes piezas del servicio lucían
su brillo mate de plata vieja y sólida, trabajada á martillo. Por las
vidrieras de las ventanas pasaban y repasaban, mecidas por el viento,
las verdes copas de los árboles del jardín. La mesa era servida por
criadas jóvenes, de rizados y blancos delantales. Sus caras, sanas y
rojas como melocotones, daban una impresión de perfume primaveral
semejante al de las flores que adornaban la mesa.
Aresti estaba sentado al lado de su prima. Hacía mucho tiempo que no la
había visto tan amable. Ni la más leve alusión á las de Lizamendi; ni
una frase amarga para su impiedad. Sin duda, le agradecía la visita que
por la mañana había hecho á Begoña. El doctor, examinándola, encontraba
en ella algo de monacal, á pesar de que en honor al día se había
cubierto de joyas. Su traje era negro y elegante, pero había en él
cierto abandono que no pasaba inadvertido para el doctor, el cual
recordaba sus pretensiones elegantes de otros tiempos. Notaba en ella
los estragos de la edad, la gordura que borraba bajo el almohadillado de
la grasa su antigua belleza de rubia altiva y dura.
--Esta se entrega--pensaba Aresti.--Huele á incienso como las otras.
El médico atraía las miradas y las preguntas de todos los convidados.
Era un original que despertaba interés, viviendo como un solitario en la
montaña, en medio de la gente de las minas, de la que se hablaba con
cierto miedo en aquel interior elegante y rico. Miraban todos á Aresti
como si fuese un viajero de vuelta de una exploración por países
salvajes y misteriosos, donde la vida era ruda y peligrosa. Las minas se
presentaban ante muchos de ellos como un país lejano, que servía para
enriquecer á los potentados de la villa, pero al cual sólo se asomaban
alguna vez, regresando apresuradamente. Al recordar las canteras de
trabajo rudo y aquellas -chabolas-, donde dormían amontonados los
hombres, digiriendo con tragos de agua roja las cucharadas de alubias
con tocino, sentían la voluptuosidad del egoísmo. El comedor les parecía
más hermoso, y sonreían al desfile de manjares, á las -angulas- del
país, enrolladas como lombrices en la tartera de plata, á los platos
extranjeros que nunca faltaban en la cocina de Sánchez Morueta y á la
fila de copas de diversas formas y colores que cada uno tenía delante, y
en las cuales iban cayendo los vinos más diversos, desde el -Tokay- y el
-Chablis- del principio de la comida, hasta el -Cordón Rouge- y el
-Pomery-, que servirían al final.
Urquiola hablaba al doctor con el mismo aplomo que si estuviera en el
café ó en la sociedad de San Luis Gonzaga, rodeado de aquella juventud
piadosa y elegante que le tenía por capitán. Él no era enemigo del
pueblo; la Iglesia estaba siempre con los de abajo y el Santo Padre
escribía encíclica sobre encíclica en favor de los obreros. Pero el
pueblo era para él, la gente de los campos, los aldeanos respetuosos con
el cura y el señor, guardadores de las santas tradiciones. Que le diesen
á él las buenas gentes de las anteiglesias vascas, religiosas y de sanas
costumbres, sin más diversión que bailar el -aurrescu- los domingos y la
-espata danza- en las fiestas del patrón, ni otros vicios que empinar un
poco el codo en las romerías. Aquella gente vivía feliz en su estado,
sin soñar en -repartos- ni en revoluciones; antes bien, dispuesta á dar
su sangre por Dios y las sanas costumbres. Que no le hablasen á él del
populacho de las minas; corrompido y sin fe; hombres de todas las
provincias, -maketos- llegados en invasión, trayendo con ellos lo peor
de España, contaminando con sus vicios la pureza del país; siempre
descontentos y amenazando con huelgas, deseando el exterminio de los
ricos y comparando su miseria con el bienestar de los demás, como si
hasta en el cielo no existiesen categorías y clases.
Y ante la mirada acariciadora de su tía, que admiraba sus ardorosas
palabras, continuó el fuerte discípulo de Deusto:
--Los míos no saben leer; no saben nada de libertad, derechos y demás
zarandajas, y por esto son felices. Esa gentuza de las minas, que casi
todos los domingos tiene sus mitins, vive desesperada y ansía bajar un
día á Bilbao para robarnos, sin saber que la recibiremos á tiros.
Aresti volvióse hacia su primo, que comía silencioso, lanzando alguna
que otra mirada al sobrino de su mujer.
--¿Qué te parece, Pepe, cómo piensan estos jóvenes?
Y encarándose con Urquiola, le dijo con una timidez irónica, dando á
entender su deseo de rehuir discusiones con él.
--Pues esa pillería venida de... España; ese rebaño -maketo- y pecador,
es el que trabaja y da prosperidad á Bilbao. Ellos destrozan su cuerpo
en las minas, ellos dan el mineral, y sin mineral ¿qué sería de esta
tierra? Los buenos, los del país, no hacemos más que vigilar su trabajo
y aprovecharnos del privilegio de haber nacido aquí antes que ellos
llegasen. Son como los negros que en otros tiempos eran llevados á
América para mantener á los blancos. Vienen empujados por la miseria, y
ya que no podemos agradecer su sacrifico con el látigo, les pagamos con
malas palabras.
Urquiola encabritábase ante las palabras desdeñosas del doctor.
Abominaba de aquella gente perdida, incapaz de regeneración: la prueba
era que no ahorraban, que no hacían el menor esfuerzo por salir de su
estado.
--¡El ahorro!--exclamó Aresti.--¡Ahorrar y enriquecerse, teniendo unos
cuantos reales de jornal, y viviendo rodeados de gentes de su misma
clase que les explotan en el alimento y en la casa!...
--Eso no--intervino Sánchez Morueta, con autoridad.--Ya sabes, Luis, que
no estoy conforme con tus ideas. El obrero español es víctima de la
imprevisión. En otros países es distinto: el trabajador se forma un
pequeño capital para la vejez...
--¡Bah! En otros países ocurre lo que aquí. Y lo que hace que el obrero
moderno sea rebelde y se entregue á la lucha de clase, es la convicción
de que, por más que ahorre sacrificando sus necesidades, no saldrá de su
miseria. Los progresos le han cerrado el camino. En los tiempos de
trabajo rudimentario, de industria doméstica, aún podía soñar con
hacerse patrono; podía con sus ahorros adquirir los útiles necesarios y
convertir su casa en un pequeño taller. Pero ahora, Pepe, por mucho que
ayune un obrero tuyo, amasando céntimo sobre céntimo, ¿llegará á ser
accionista de tus fundiciones? ¿podrá adquirir un pedazo de las minas,
con todo el material necesario para la explotación?
--Eso está bien--arguyó Urquiola con acento triunfante.--Este doctor
dice á veces cosas muy oportunas. Lo que demuestra que los antiguos
tiempos eran los buenos y que, para tranquilidad de todos, hay que
volver á la época en que no había progreso y los hombres vivían
tranquilos.
Sánchez Morueta miró al joven con unos ojos que alarmaron á doña
Cristina, haciéndola temer por su sobrino.
--Eso es una majadería--dijo con calmosa gravedad.--Eso sólo puede
decirse á la salida de Deusto. ¡Suprimir el progreso porque trae algunas
complicaciones!...
Y aquel hombre siempre silencioso, habló lentamente, pero con gran
energía. Era un admirador religioso del capital. Aresti conocía su
entusiasmo frío y firme por el dinero, que, puesto en movimiento por los
descubrimientos industriales, había revolucionado el mundo. El
millonario era á modo de un poeta del capital, y sacudiendo su
ensimismamiento, rompió en un himno á aquella fuerza casi sagrada,
puesta en manos de contadísimos iniciados. Cierto, que el trabajo, que
era un auxiliar indispensable, sufría crisis y miserias, ¿pero por esto
había que renegar del progreso, legítimo hijo del capitalismo
industrial? La gran revolución moderna era obra de la religión del
dinero, en la cual figuraba Sánchez Morueta como el más ferviente
devoto. Utilizando los descubrimientos de la ciencia, había multiplicado
los productos, y disminuido su valor, poniéndolos así al alcance de la
mayoría, y facilitando su bienestar. El trabajador del presente gozaba
de comodidades que no habían conocido los ricos de otros tiempos. El
capital al servicio de la industria había civilizado territorios
salvajes, había destruido fronteras históricas, estableciendo mercados
en todo el globo: él era quien surcaba las tierras vírgenes con los
rails de los ferrocarriles, quien removía los mares para tender los
cables telegráficos, quien ponía en comunicación los productos de uno y
otro hemisferio, venciendo los rigores de la naturaleza y evitando las
grandes hambres que habían hecho rugir á la humanidad en otros siglos.
Los poderes históricos se achicaban y humillaban ante el capital. Los
reyes de los pueblos, soberbios como semidioses sobre sus caballos de
guerra, cubiertos de plumas y bordados y llevando tras ellos grandes
ejércitos, tenían que mendigar en sus apuros á los capitalistas ocultos
en sus escritorios. Detrás de los imperios victoriosos estaban ocultos
los verdaderos amos, los que cambiaban la faz de la tierra, venciendo á
la naturaleza para arrancarla sus tesoros; la gran república de los
capitalistas, silenciosa, humilde en apariencia, y sin embargo, dueña de
la suerte del mundo. Y lo que más entusiasmaba á Sánchez Morueta, en
esta secta oculta de universal poderío, era que sólo á la capacidad le
estaba reservado entrar en ella. La jerarquía industrial no era como las
dominaciones sacerdotales ó guerreras del pasado, en las que se figuraba
sin otro derecho que el nacimiento. El hijo del capitalista, falto de
capacidad, era expulsado por los malos negocios, y un nuevo individuo,
aprovechando los residuos de su desgracia, venía á iniciarse en la
poderosa secta. ¿Dónde encontrar una institución tan grande y poderosa y
á la par tan -democrática- y modesta? ¿Y había locos que pedían la
muerte ó la modificación de una fuerza que había transformado la
Tierra?...
Aresti protestó. Él reconocía las grandezas del régimen capitalista, las
ventajas sociales que había reportado á la humanidad con el auxilio del
trabajo. El capital encontraba remunerados con creces sus servicios.
Pero el trabajo ¿veía recompensados igualmente sus esfuerzos? ¿No se
encontraba hoy en el mismo estado de miseria que al iniciarse á
principios del siglo XIX la gran revolución industrial?
--Eso es un error, Luis--dijo el millonario.--El trabajo está mejor que
nunca. La prueba es que en todo el mundo baja considerablemente el
interés del capital, mientras sube con las huelgas y las reclamaciones
obreras el tipo de los jornales.
--¡Bah!--dijo el doctor con gesto de desprecio.--¡El aumento de unos
reales en el jornal! Remedios del momento; cataplasmas que de nada
sirven al enfermo, pues al poco tiempo se restablece el fatal
equilibrio, aumentándose el precio de los productos, y el trabajador,
con más dinero en la mano, se ve tan necesitado como antes. Son cambios
de postura, creyendo engañar con ellos á la enfermedad. Al trabajador de
nada le sirve la limosna de un aumento en el jornal: ya sabes que en
esto no nos entenderemos nunca. Lo que necesita es justicia, ocupar el
sitio que le corresponde, ser dueño de lo que produce.
Las palabras de los dos hombres resonaban en el silencio del comedor.
Todos callaban, no osando interrumpirles. Urquiola era el único que
sonreía con aire de suficiencia, como si poseyera el secreto de aquella
cuestión.
Doña Cristina, temiendo que la polémica acabase por turbar la placidez
de la comida, intervino, preguntando á Aresti por sus amigos de
Gallarta. Pepita apoyó á su madre. La gustaba conocer las
excentricidades de aquellos contratistas que no sabían en qué emplear su
riqueza. Reía con alegría de niña educada aristocráticamente, al
enterarse de las vulgares diversiones de aquellos ricos de la víspera,
que, no hacían más que seguirlas huellas de su padre.
Todos escuchaban al doctor, el cual, con suave ironía, describió los
banquetes pantagruélicos de las minas, con sus lluvias de -Cordón
Rouge-. Dentro de sus nuevos y elegantes chalets no eran menos
originales aquellos ricos, que aún guardaban la boina y los zapatones
del obrero. Bajaban á la villa con sus esposas, ganosos de hacer alardes
de riqueza para deslumbrar al vecino, y compraban lo más extravagante y
chillón, todo lo que en almacenes y tiendas no sabían á quién colocar;
muebles complicados y bizarros que se cubrían de polvo de mineral, sin
que sus dueños osasen acercarse á ellos, por miedo á deslucirlos. Cada
vez que el doctor, después de una visita, quería lavarse las manos,
quedaba asombrado ante las toallas con más colores que el iris, y las
pastillas de jabón en forma de tigre ó de lagarto que parecían
fabricadas para reyezuelos del África. Todos se extasiaban ante el
asombro del médico, aceptándolo como una admiración muda. Algunos, como
recuerdo de su pasado, guardaban bajo la cama un pellejo de vino, cual
si fuese un tesoro. Realizaban la ilusión acariciada tantas veces en su
época de pobreza. «Pruébelo, doctor: es de lo más selecto de la Rioja: á
tantos duros la arroba.» Otros se cubrían de brillantes las manos y el
pecho, pero cuidaban de ellos con meticulosidad supersticiosa, como si
fuesen animalillos delicados y frágiles que al menor roce se podían
desvanecer. No osaban rascarse porque, según ellos, el pelo rayaba y
deslucía las joyas.
Y en su vida monótona, de continuas ganancias y placeres vulgares, sin
otras diversiones que la caza, la mesa y las apuestas, encontraban un
nuevo toma para sus alardes de riqueza en la educación de los hijos. Los
enviaban al extranjero con la esperanza de que sobrepujasen á los
señores de la villa. Los padres los querían ingenieros, como los
ingleses que venían á explotar las minas: las madres los soñaban
elegantes, y de cuerpo delicado, como los señoritos que hacían la parada
en la acera del -boulevard- del Arenal. Unos enviaban sus hijos á
Francia; otros á Suiza; el vecino de más allá, guiado por el deseo de
excitar la envidia del compañero, empaquetaba su descendiente para
Inglaterra: alguno llegaba hasta Alemania, y todos volvían de allá
revolucionando las minas con sus cuellos y corbatas, haciéndose admirar
por los trajes, y asombrando á sus madres con la costumbre del -tub-,
del baño diario, del duchazo á cada momento, lo que escandalizaba á unas
gentes que en su juventud dormían vestidas. Pero los instintos
hereditarios reaccionaban en todos aquellos retoños de la montaña:
resucitaba en ellos el gusto á la antigua vida y poco á poco abandonaban
los trajes exóticos, agarraban la escopeta y volvían, como sus padres, á
las comilonas, á la caza y hablar de ganancias de miles de duros,
acordándose de su educación extranjera como de un sueño.
La apuesta era la pasión más vehemente, el placer más vivo de los ricos
encerrados en la montaña. Las pruebas de bueyes y los desafíos de
barrenadores hacían que se cruzasen enormes cantidades. Era el culto á
la fuerza, la adoración á la brutalidad, con todos los encantos del
juego de azar. Tenían en las minas mozos hábiles en el manejo del
barreno que gozaban entre ellos el mismo prestigio que un gran torero ó
un pelotari famoso. En Gallarta había un jayán, vencedor en todas las
apuestas, que los contratistas llevaban á sus cenas, cuidándolo como si
fuese una mujer amada, tentándole los músculos para apreciar si su vigor
decrecía, engordándolo á todas horas con champagne y fiambres, con igual
mimo y cuidado que si fuese un gallo de pelea. Lanzaban retos á las
gentes de otros pueblos de Vizcaya y aun de Guipúzcoa, llevando en
triunfo á su barrenador favorito, para que luchase con los más fuertes
de otras comarcas. Ofreciendo los billetes á puñados, seguían durante
horas enteras el jadear de su ídolo, atacando con el hierro la piedra,
hasta que al quedar triunfante, lanzaban sus boinas al aire, gritando
victoria más por el orgullo de la clase que por las ganancias de la
apuesta.
Todo les servía para arriesgar el dinero que la fortuna les arrojaba á
manos llenas. Se valían para sus porfías lo mismo de la voracidad de los
perros de caza, que del vigor de los hombres. Algunas semanas antes
habíanse cruzado muchos miles de duros en una apuesta que aún hacía reír
al doctor. Tratábase de saber quién sería capaz de tragarse más sopas de
leche, si los galgos enjutos é insaciables de uno de los contratistas ó
los barrenadores de otro, muchachotes fornidos de Castilla, de estómago
sin fondo, que nunca creían llegado el momento de levantarse de la mesa.
Toda la gente desocupada del distrito acudió á presenciar el
espectáculo. Se depositaban á puñados los billetes de Banco, como si
fuesen retazos de papel sin ningún valor; unos por los perros, otros por
los hombres, mientras arriba, en las canteras, estallaban los barrenos y
el rebaño miserable de los peones se encorvaba, con el pico en alto,
ante las rojas trincheras.
--Las sopas de leche se servían en cubos--continuó Aresti.--Los galgos,
en un momento, ¡zás, zás!, se las tragaban sin pestañear; lo mismo que
si le echasen cartas á un buzón. Los jayanes comían lentamente, sin
mostrar prisa. Así estuvieron varias horas....
--¿Y quién ganó?--preguntaron varios al mismo tiempo, interesados por la
estúpida apuesta.
--¿Quién había de ganar? Los hombres. El que apostaba por ellos me dijo
después con su filosofía de palurdo: «Estaba seguro de mis muchachos: el
animal, cuando ve satisfecho su apetito, ya no quiere más, y el hombre,
como tiene amor propio, puede seguir comiendo hasta que reviente». Y no
se equivocaba: dos de ellos me dieron mucho que hacer, y á los pocos
días, el cura de Gallarta montado en su burra blanca, los acompañó
cantando hasta el cementerio.
A pesar de este final triste, los convidados de Sánchez Morueta reían,
encontrando muy interesantes las diversiones de los opulentos patanes.
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