hombres, todos hombres. No hay que arrepentirse de haber seguido el
impulso del corazón. Dios nos hizo a su imagen y semejanza, y por algo
nos puso el sentimiento de la familia. Lo demás, castidad, celibato y
otras zarandajas, lo inventaron ustedes para distinguirse del común de
las gentes. Sea usted hombre, don Sebastián, que cuanto más lo sea,
resultará más bueno y mejor lo acogerá el Señor en su gloria.
IX
Pocos días después del Corpus, una mañana don Antolín fue en busca de
Gabriel. El -Vara de plata- sonreía a Luna, hablándole con aire
protector.
Había pensado en él toda la noche. Le dolía verle inactivo, paseando por
el claustro. La falta de ocupación era lo que le inspiraba aquellas
ideas tan perversas.
--Vamos a ver--añadió--: ¿te convendría bajar conmigo todas las tardes a
la catedral para enseñar el Tesoro y las demás preciosidades? Vienen
muchos extranjeros que apenas si se dejan entender cuando me preguntan.
Tú conoces su lenguaje: sabes el francés, el inglés y no sé cuántos
idiomas más, según afirma tu hermano. La catedral ganaría mucho pudiendo
demostrar a esos extranjeros que tiene un intérprete a su disposición;
tú nos harías un favor y no perderías nada. Siempre es un
entretenimiento ver caras nuevas. En cuanto a recompensa....
Se detuvo aquí don Antolín, rascándose la cabeza por debajo del bonete.
Vería de arañar algo de los fondos de la Obrería; si no era posible en
el primer momento, por estar flaca y escurrida la renta de la Primada,
ya se proveería más adelante. Y aguardó con mirada ansiosa la respuesta
de Gabriel. Éste mostróse conforme. Al fin era un huésped de la
catedral, y algo la debía. Y desde aquella tarde bajó al templo a la
hora de coro para enseñar a los extranjeros las riquezas de la iglesia.
Nunca faltaban viajeros que, exhibiendo los papelillos de colores de don
Antolín, esperaban el momento de admirar las alhajas. El -Vara de plata-
no veía un extranjero que no se imaginase que era un lord o un duque,
extrañándose muchas veces de su desgarbo en el vestir. Para él, sólo los
grandes de la tierra podían permitirse el placer de viajar, y abría unos
ojos escandalizados e incrédulos cuando Gabriel afirmaba que muchas de
aquellas gentes eran zapateros de Londres o tenderos de París que se
daban en las vacaciones el regalo de una excursión por el antiguo país
de los moros.
Avanzaban por las naves cinco canónigos con sobrepellices de coro, cada
uno con una llave en la mano. Eran los guardadores del Tesoro. Abría
cada cual la cerradura confiada a su custodia, giraba pesadamente la
puerta y quedaba abierta la capilla con sus antiguas riquezas. En
enormes vitrinas, como en un museo, se exhibía la vieja opulencia de la
catedral: imágenes de plata maciza; globos enormes coronados por
graciosas figurillas, todo de precioso metal; arquillas de marfil de
complicada labor; custodias y viriles de oro; enormes platos dorados y
repujados, con escenas mitológicas que resucitaban la alegría del
paganismo en aquel rincón sórdido y polvoriento del templo cristiano.
Las piedras preciosas extendían su gama de colores por pectorales,
mitras y mantos de la Virgen. Eran diamantes tan enormes que hacían
dudar de su autenticidad, esmeraldas del tamaño de guijarros, amatistas,
topacios y perlas, muchas perlas, a centenares, a miles, caídas como
granizo sobre las vestiduras de la Virgen, Los forasteros admirábanse
ante esta opulencia, deslumbrados por su enormidad, mientras Gabriel,
habituado a la visita diaria, lo miraba todo fríamente. El Tesoro tenía
un aire de vetustez lamentable. Las riquezas habían envejecido con la
catedral. Los diamantes no brillaban, el oro parecía empañado y
polvoriento, la plata se ennegrecía, las perlas estaban opacas y como
muertas. El humo de los cirios y el ambiente rancio del templo lo habían
patinado todo tristemente.
«La Iglesia--se decía Gabriel--envejece cuanto toca. Las riquezas
pierden el brillo en sus manos, como las joyas que caen en poder de los
usureros. El diamante se empaña en el seno de la gran avara; el cuadro
más hermoso se ennegrece en sus altares.»
Tras de la visita al Tesoro venía la exhibición del Ochavo, la capilla
octogonal de mármoles obscuros: panteón de reliquias donde los despojos
humanos más repugnantes, las calaveras de horrible risa, los brazos
momificados y las vértebras cariadas se mostraban en vasos de plata y
oro. La piedad de otros siglos, crédula y grosera, aparecía tan absurda
al mostrarse en pleno siglo de descreimiento, que el mismo don Antolín,
tan intransigente hablando de las glorias de su catedral, bajaba la voz
y apresuraba la relación al señalar el pedazo de manto de santa Leocadia
cuando se «apareció» al arzobispo de Toledo, comprendiendo lo difícil
que era explicar de qué tela se vestían las apariciones.
Gabriel traducía fielmente la explicación del -Vara de plata-,
recalcándola muchas veces con irónica gravedad, mientras los canónigos
que escoltaban la caravana de forasteros alejábanse algunos pasos con
aire distraído para evitar preguntas.
Un inglés flemático interrumpió un día al intérprete:
--¿Y no tienen ustedes ninguna pluma de las alas de san Miguel?
--No, señor, y es lástima--contestó Luna con igual seriedad--. Pero ya
la encontrará usted en otra catedral. Aquí no podemos tenerlo todo.
En la Sala Capitular, mezcla de arquitectura árabe y gótica, admiraban
los visitantes la doble fila de arzobispos toledanos pintados en la
pared con mitras y báculos de oro. Gabriel llamaba la atención sobre don
Cerebruno, el prelado medioeval, llamado así por su enorme cabeza. Pero
el guardarropa era lo que mayor asombro producía en los forasteros.
Era una pieza con grandes estanterías y armarios de madera vieja. Por
encima de aquéllas, las paredes estaban cubiertas con grandes cuadros
empolvados y rotos, copias de la pintura flamenca que el cabildo había
relegado a aquel rincón. Sobre la estantería se alineaban los antiguos
sillones de la casa: unos a la española, austeros, de líneas rectas, con
deshilachados rapacejos; otros de forma griega, con las patas curvas y
embutidos de marfil. Las capas y casullas se apilaban en los estantes
por clasificación de tonos, con la esclavina fuera del montón, para que
pudieran admirarse los prodigios del bordado. Todo un mundo de
figurillas vivía con la fuerza del color en unas cuantas pulgadas de
tela. El arte asombroso de los antiguos bordadores daba a la seda las
apariencias de vida de la pintura. La esclavina y las tiras de una capa
bastaban para reproducir todas las escenas de la creación bíblica o de
la Pasión de Jesús. El brocado y la seda desarrollaban la magnificencia
de sus tejidos. Una capa era un jardín de encendidos claveles; otra, un
arriate de rosas o de flores fantásticas de enroscados estambres y
pétalos metálicos. Sacaban los sacristanes de profundos estantes, como
si fuesen libros de tela y madera, los famosos frontales del altar
mayor. Los había especiales para cada fiesta. El de san Juan, alegre y
risueño como una verbena, con corderos de oro y prietos racimos que
acariciaban con sus manos mantecosas los angelitos gordinflones. Los más
antiguos, de tonos suaves y desmayados, mostraban jardines persas, con
fontanas azules en las que bebían rojizas bestias.
Los visitantes se aturdían viendo desplegar telas y más telas, todo el
pasado de una catedral que, teniendo millones de renta, empleaba para su
embellecimiento ejércitos de bordadores y acaparaba las más ricas telas
de Valencia y Sevilla, reproduciendo en oro y colores los episodios de
los libros santos y los tormentos de los mártires. Era la leyenda
gloriosa de la Iglesia eternizada por la aguja antes de que pudiese
hacerlo la imprenta.
Gabriel volvía todas las tardes al claustro alto aburrido por este paseo
a lo largo de la catedral. En los primeros días le sedujo la novedad de
ver caras extrañas, de sentir el roce de aquel arroyuelo de curiosos
que, bifurcándose de la gran inundación de viajeros que corrían Europa,
llegaba hasta Toledo. Pero al poco tiempo le parecieron iguales las
gentes que veía todas las tardes. Eran las mismas preguntas, las mismas
inglesas tiesas y de cara dura, iguales ¡oooh! de admiración fríos y
convencionales, e idéntica manera de volver la espalda con grosera
altivez cuando nada quedaba por enseñar.
Al volver a la tranquilidad del claustro alto, después de la diaria
exhibición de las riquezas, Gabriel encontraba más repugnante e
intolerable la miseria de las Claverías. El zapatero le parecía más
amarillento y triste en el rancio ambiente de su tugurio, encorvado ante
la mesilla, martilleando la suela; su mujer más débil y enfermiza,
mísera esclava de la maternidad, debilitada por el hambre y ofreciendo
como única esperanza al hijo pequeño aquellas ubres flácidas, de las que
sólo podía surgir sangre. El pequeñín se le moría. Sagrario, que
abandonaba su máquina para pasar gran parte del día en casa del
zapatero, así lo decía en voz baja a su tío. Ella hacía las faenas de
la casa, mientras la pobre madre, inmóvil en una silla, con el
pequeñuelo en el regazo, lo contemplaba con ojos llorosos. Cuando la
criatura despertaba de su sopor, levantando trabajosamente la cabeza
sobre el cuello delgado como un hilo, la madre, para ahogar sus gemidos
débiles, lo aproximaba al pecho; pero el pequeño retiraba la boca
adivinando la inutilidad de sus esfuerzos en aquel colgajo de carne del
que sólo lograba extraer una triste gota.
Gabriel examinaba al pequeño, fijándose en su delgadez esquelética y las
extrañas manchas que la escrófula extendía sobre su piel de color de
paja. Movía la cabeza incrédulamente cuando las vecinas, agrupadas en
torno del enfermo, le atribuían cada una dolencias distintas,
aconsejando remedios caseros, desde los cocimientos de hierbas raras y
unturas hediondas, hasta la aplicación en el pecho de estampitas
milagrosas y trazarle siete cruces en el ombligo con otros tantos
padrenuestros.
--Es hambre--decía Luna a su sobrina--, nada más que hambre.
Y privándose de una parte de su alimento, pasaba a casa del zapatero la
leche que subían para él. Pero el estómago del pequeño no podía sufrir
el líquido, demasiado substancioso para su debilidad, y lo arrojaba
apenas ingerido. Tía Tomasa, la jardinera, con su carácter enérgico y
emprendedor, trajo una mujer de fuera de la catedral para que diese su
pecho al enfermo. Pero a los dos días, antes de que se pudieran apreciar
los efectos, ya no volvió, como si le repugnase aproximar a sus ubres
aquel cuerpecito exangüe que parecía un cadáver. En vano buscó la
jardinera; no era fácil encontrar pechos generosos que diesen su leche
por poco precio.
Y mientras tanto, el niño se moría. Todas las mujeres entraban en la
habitación del zapatero. Hasta don Antolín se asomaba por las mañanas a
la puerta.
¿Cómo está el pequeño? ¿Igual...? ¡Todo sea por Dios!
Y se retiraba, haciendo al zapatero la gran caridad de no hablarle de
las pesetas que le debía, en atención al hijo enfermo.
El -Azul de la Virgen- mostrábase indignado por este incidente que
turbaba la calma del claustro y la beatitud de sus digestiones de
servidor de la iglesia feliz y bien cebado. Era una vergüenza que aquel
zapaterín se hubiese aposentado en las Claverías con su pobreza y todo
el rebaño de hijos tiñosos y miserables. Moriría uno cada mes: iban a
pegarles sus enfermedades. ¿Y con qué derecho estaban en la catedral si
no cobraban sueldo alguno de la Obrería? Tales hediondeces debían
quedarse fuera de la casa del Señor. Su suegra se indignaba.
--¡Calla, ladrón de santos--decía--; calla, o te tiro un plato! Todos
somos hijos de Dios, y si las cosas fuesen derechas, los pobres debían
vivir en la catedral. Mejor sería que en vez de decir tales cosas les
dieses a esos infelices algo de lo que robas a la Virgen.
El sacristán levantaba los hombros con desprecio. Ya que no tenían para
comer, que no hiciesen hijos. Allí estaba él con solo una hija. No se
creía con derecho a más, y eso que, gracias a Nuestra Señora, guardaba
un mendrugo para la vejez.
Tomasa hablaba del niño del zapatero a los buenos señores del cabildo
que después del coro se detenían un momento en el jardín. La oían
distraídos, hundiendo su mano en la sotana.
--¡Todo sea por Dios! ¡Cuánta miseria...!
Y unos la daban diez céntimos, otros un real; hasta hubo quien llegó a
dar una peseta. La jardinera pasó un día al palacio del arzobispo, pero
don Sebastián estaba con el arrechucho y no quiso recibirla, envíandola
dos pesetas con un familiar.
--No son malos--decía la jardinera, entregando sus colectas a la pobre
madre--, pero cada uno vive para él, y el prójimo que se arregle. Nadie
parte ya el manto con nadie.... Toma esto y veas cómo sales del paso.
Comían mejor en casa del zapatero. La chiquillería escrofulosa que
correteaba por el claustro era la que mejoraba de suerte con la
enfermedad del pequeño, cada vez más débil, inmovilizado horas enteras,
con una respiración casi imperceptible, sobre el regazo de la madre.
Cuando murió el infeliz, toda la gente del claustro se agolpó en la
casa. Dentro sonaba el lamento de la madre, estridente, interminable,
como el berrido de una bestia herida. Fuera, lloraba el padre
silenciosamente, rodeado de sus amigos.
--Ha muerto lo mismo que un pájaro--decía con largas pausas, cortando
las palabras con sollozos--. Su madre lo tenía sobre las rodillas.... Yo
trabajaba... «¡Antonio, Antonio!--me grita--; veas qué tiene el chico;
mueve la boca, hace muecas.» Acudo. Tenía la cara ennegrecida... como si
la cubriese un velo. Abrió la boquita... dos muecas, con los ojos
entelados, y dobló el cuello.... Lo mismo que un pajarillo... lo mismo.
Y lloraba, repitiendo tenazmente la semejanza entre su hijo y los
pájaros que caían en invierno muertos de frío.
El campanero miraba sombríamente a Gabriel.--Tú que lo sabes todo:
¿verdad que ha muerto de hambre?
Y el -Tato-, con su impetuosidad escandalosa, decía a gritos:
--¡No hay justicia en el mundo! ¡Esto se ha de arreglar! ¡Mire usted que
morir de hambre una criatura en una casa donde corre el dinero y tantos
tíos se visten de oro...!
Cuando se llevaron al muertecito camino del cementerio, pareció que el
claustro quedaba abandonado. Toda su vida se reconcentró en la casa del
zapatero. Las mujeres rodeaban a la madre. La desesperación enfurecía a
aquella mujer débil y enferma. Ya no lloraba: la muerte de su hijo la
había vuelto feroz. Quería morder, estrellarse el cráneo contra las
paredes.
--¡Ay...! ¡mi hijooo! ¡mi Antoñito!
Por las noches se quedaban en la casa Sagrario y otras mujeres para
cuidar de ella. En su desesperación quería hacer responsable a alguien
de la desgracia, y se fijaba en los más altos de las Claverías. Don
Antolín no la había auxiliado con la más pequeña limosna; su remilgada
sobrina apenas si había entrado a ver al pequeñuelo. A ella sólo le
interesaban los hombres.
--El -Vara de plata- tiene la culpa--gritaba la pobre mujer--. Es un
ladrón. Exprime nuestra miseria con sus trampas de usurero. Ni un
céntimo ha dado para mi hijo.... Y la tal Mariquita es un pendón.... Lo
digo yo, sí, señor. Sólo piensa en emperejilarse para que la vean los
cadetes.
--Mujer, te van a oír--decían suplicantes y con miedo algunas mujeres.
Pero otras protestaban de este temor. ¡Que le oyesen don Antolín y su
sobrina! ¿Y qué? En las Claverías ya estaban hartos de las rapacidades
de aquel tío y los aires de gran señora que se daba la fea. Porque ellas
fuesen pobres no iban a pasarse la vida temblando ante aquella pareja.
¡Dios sabe lo que harían el tío y la sobrina solos en su casa...!
Un soplo de rebelión pasaba sobre aquel mundo adormecido. Era la
influencia inconsciente de Gabriel. Lo que él decía a sus amigos había
sido transmitido a todos los hombres de las Claverías, llegando hasta
las mujeres. Eran ideas confusas y truncadas que muy pocos comprendían,
pero les acariciaban como aire fresco y puro, reanimando sus espíritus.
Sonábanles en los oídos como un eco grato del mundo exterior. Les
bastaba con saber que aquella vida de paz y de miserable sumisión en que
habían estado hasta entonces no era inmutable, que ellos tenían derecho
a más, y los humanos deben rebelarse ante la injusticia y la imposición.
Don Antolín, que conocía bien el rebaño confiado a su custodia, no tardó
en percatarse del trastorno moral. Adivinaba en derredor de su persona
la hostilidad y la rebeldía. Los deudores le contestaban altivamente,
alegando la miseria como un derecho para no sufrir su avaricia; sus
órdenes imperiosas tardaban en ser ejecutadas, y tenía la percepción
clara de que al andar por el claustro se reían a su espalda o le hacían
gestos amenazadores. Un día sintió temblar sus piernas y que los ojos se
le nublaban de emoción al oír cómo contestaba el perrero, a una de sus
reprimendas por haber vuelto tarde a la catedral, obligándole a abrir la
puerta cuando ya iba a acostarse. El -Tato- le hizo saber con expresión
insolente que se había comprado una navaja y deseaba estrenarla en las
tripas de cualquier cura explotador de los pobres.
La sobrina se quejaba a don Antolín. No la hacían caso, la despreciaban;
ya no venía ninguna mujer a ayudarla gratuitamente en sus faenas. La
respondían insolentemente que la que necesitase criadas debía pagarlas.
¿En qué pensaba su tío? Ya era hora de imponer su autoridad, de meter en
un puño a la gentuza.
Pero ella, tan animosa y enérgica dentro de su casa, tenía que retirarse
bufando de coraje o llorando apenas se asomaba a la puerta. Todas las
mujeres de las Claverías querían vengarse de su antigua servidumbre,
puestas ya en la pendiente del desacato.
--Miradla--gritaba la zapatera a sus vecinas--. Siempre tan compuesta la
tía fea. Se adorna con la sangre que el querindango de su tío chupa de
los pobres.
Y de las rejas de las Claverías altas, que daban sobre los tejados,
salía siempre alguna voz entonando la antigua copla, inspirada sin duda
por el jardín de la catedral:
-Las amas de los curas-
-y los laureles-,
-como nunca dan fruto-
-siempre están verdes-.
Esto es lo que acababa con la paciencia de don Antolín: la injuriosa
suposición sobre él y la sobrina, que turbaba su castidad de avaro.
Visitó al cardenal para quejarse de las gentes del claustro, y Su
Eminencia, que vivía en perpetua indignación, se enfureció escuchándole,
faltando poco para que le pegase. ¿Por qué le iba a él con tales
cuentos? ¿Para qué le había concedido autoridad? ¿Es que bajo la sotana
no tenía nada de hombre? El que faltase a la buena disciplina de la
casa, ¡a la calle inmediatamente! Más energía, y cuidado con molestarle
de nuevo por tales insignificancias, pues entonces quien iría a la calle
sería el -Vara de plata-.
Don Antolín sintióse más animoso después de esta entrevista, aunque juró
mentalmente no visitar otra vez al temible prelado. Estaba resuelto a
imponer su autoridad castigando al más débil, que era para él el origen
de tales escándalos. Expulsaría de las Claverías al zapatero, ya que
estaba en ellas sin otro derecho que haber nacido allí su mujer.
Mariquita, alborozada por la energía de su tío, debió hablar a alguien
de tales propósitos, y la noticia circuló por el claustro.
Don Antolín no osó seguir adelante, aterrado por la unanimidad con que
toda la población se alzó silenciosamente frente a él.
El -Tato- le miraba con ojillos burlones y amenazantes, en los que el
-Vara de plata- creía leer: «Acuérdate de la navaja.» Pero lo que más
aterraba a don Antolín era el silencio del campanero, la mirada hosca y
dura con que respondía a sus palabras.
Hasta el bueno de Esteban, el -Vara de palo-, protestaba a su modo,
diciendo con dulzura a don Antolín:
--Pero ¿es verdad que usted quiere echar al zapatero? Hará usted mal,
muy mal. Al fin es un pobre, y su mujer nació en este claustro. Estas
novedades traen siempre desgracia, don Antolín.
Y el sacerdote, falto de apoyo, viendo la hostilidad por todos lados,
dejaba para el día siguiente las resoluciones enérgicas, riñendo a su
sobrina cuando ésta le echaba en cara su debilidad.
El canónigo Obrero, de quien impetraba socorro, no quería turbar la
calma beatífica de su existencia mezclándose en la rebelión de la gente
menuda. Era asunto del -Vara de plata-; podía castigar y despedir a
quien quisiera sin miedo alguno. Pero don Antolín, temblando ante la
responsabilidad que le podían acarrear las decisiones enérgicas, acabó
por entregarse a Gabriel, solicitando su apoyo. Aquel hombre era el que
ejercía la verdadera autoridad en el claustro alto. Todos le escuchaban,
siguiendo ciegamente sus consejos.
--Ayúdame, Gabrielillo--decía el sacerdote con expresión angustiosa--.
Si tú no pones orden, esto acabará muy mal. Se me burlan, hasta insultan
a mi pobre sobrina, y un día echaré a la calle la mitad de la gente de
las Claverías, pues tengo facultades de Su Eminencia para todo... ¡Ay,
Señor! Yo no sé qué ha pasado aquí. El demonio debe ir suelto por el
claustro alto. ¡Cómo me han cambiado a esta gente!
Luna adivinaba el pensamiento de don Antolín: entendía sus alusiones al
demonio que andaba suelto por las Claverías. Aquel demonio era él. Tenía
razón el -Vara de plata-. Sin quererlo, había introducido la
perturbación en la catedral. Buscaba calma y olvido en aquel refugio, y
el espíritu de rebelión le había seguido hasta su escondrijo. Recordaba
sus propósitos del primer día, cuando se vio solo en el silencioso
claustro. Quería ser una piedra más de la catedral, no reflexionar, no
sentir, pasar el resto de su existencia agarrado a aquella ruina, con la
vida embrionaria del musgo de los contrafuertes. Pero el espíritu del
mundo exterior había entrado en él.
Luna recordaba a los viajeros que en tiempos de peste atraviesan el
cordón sanitario. Están sanos y contentos; nada delata la enfermedad en
sus cuerpos. Pero los gérmenes destructores van en los pliegues de sus
ropas y en sus cabellos; conducen la muerte sin saberlo, y la esparcen
sin darse cuenta saltando las barreras y los obstáculos. Él era lo
mismo; pero en vez de propagar la muerte, esparcía la vida tumultuosa y
rebelde. La protesta de los de abajo, que hacía más de un siglo rugía
sobre el mundo, alterando su superficie con el oleaje revolucionario,
entraba con él por primera vez en aquel fragmento del siglo XVI que aún
subsistía. Había despertado a aquellos hombres, iguales a los durmientes
de la leyenda, inmóviles como estatuas en su cueva, mientras pasaban los
siglos y la tierra se transformaba.
La presencia de Luna en la catedral había ejercido un efecto disolvente.
Era una inyección de líquido antiséptico en el tumor del pasado. Todo se
alteraba; veníanse abajo la sumisión y el respeto, obra de siglos.
El despertar de aquellas gentes era impetuoso, como el de un pueblo en
revolución. Se avergonzaban de los antiguos errores que habían adorado,
y esto les hacía acoger como indiscutible todo lo nuevo, sin
atemorizarse ante las consecuencias.. Era la fe del pueblo, que, una vez
toma carrera hacia delante, lo acepta todo, lo defiende todo, sin otra
condición que la de la novedad, y desprecia los principios tradicionales
que acaba de abandonar.
La sumisión cobarde del -Vara de plata- era la primera victoria de los
más audaces que formaban el acompañamiento de Luna. El sacerdote avaro y
despótico bajaba los ojos ante ellos y sonreía con el deseo de ser
agradable. Esto se lo debían al maestro. Él era ahora el verdadero amo
del claustro alto. Don Antolín le consultaba antes de tomar una
disposición, y la fea de su sobrina sonreía a Gabriel como podrían
sonreír a un héroe triunfador las hijas de los vencidos ofreciéndose.
Ya no se ocultaban en las habitaciones del campanero para reunirse.
Formaban corro por las tardes en el claustro, hablando de las audaces
doctrinas enseñadas por Luna, sin que les intimidara aquel ambiente
religioso. Se sentaban con aire de señores, rodeando al maestro,
mientras por la galería opuesta paseaba el -Vara de plata- como un
fantasma negro, leyendo su libro de horas y lanzando de vez en cuando
una mirada triste sobre el grupo. ¡Hasta su antiguo vasallo el cura de
las monjas se atrevía a abandonarle para escuchar a Gabriel!
Don Antolín, con su malicia de servidor eclesiástico, adivinaba la
intensidad del daño producido por Luna. Pero al momento, su egoísmo se
sobreponía a la reflexión. Que hablase. ¿Y qué? Un poco de orgullo en
aquella gente y nada más. Todo palabras y humo en la cabeza. ¡Mientras
no pidiesen dinero...! En cambio, tenía un buen auxiliar en Luna, que,
compartiendo la autoridad con él, le evitaba sinsabores y la catedral
disponía gratuitamente de un intérprete para los extranjeros. Algunos de
éstos se hacían lenguas de la gran ilustración de los «sacristanes» de
Toledo, elogio que acogía don Antolín como si fuese dedicado por entero
a su persona.
Gabriel se alarmaba más que el -Vara de plata- del efecto de sus
palabras. Sentíase arrepentido del momento en que habló por primera vez
de su pasado y sus ideales. Buscaba la paz y el silencio, y le rodeaba
en pequeñas proporciones el mismo ambiente de proselitismo y ciegos
entusiasmos que en su época de martirio. Deseaba anularse y desaparecer
al penetrar en la catedral, y la suerte se burlaba, resucitando al
agitador en pleno escondite, para turbar la paz de aquella ruina. La
sociedad le había olvidado, y él, inconscientemente, se agitaba,
llamando la atención del mundo exterior.
El entusiasmo de aquellos neófitos era un peligro. Su hermano el -Vara
de palo-, sin comprender toda la extensión del mal, le avisaba con su
buen sentido.
--Estás trastornando las cabezas de esos pobres con las cosas que les
dices. Ten cuidado; son muy buenos, pero muy brutos. Cuando se ha sido
ignorante toda la vida, es peligroso querer convertir de un golpe a los
hombres en sabios. Es como si a mí, que estoy acostumbrado al pucherete
casero, me llevasen hoy a la mesa de Su Eminencia. Me atracaría,
bebería fuerte, pero a la noche tendría un cólico y tal vez estírase la
pata.
Gabriel reconocía la verdad de estos consejos prudentes. Pero no podía
retroceder: le arrastraba el afecto de sus discípulos y su antiguo afán
de propagandista. Era para él un placer el asombro de aquellos
pensamientos vírgenes entrando a la desbandada en las habitaciones
luminosas construidas por el pensamiento humano durante siglos.
La descripción de la humanidad del porvenir enardecía el entusiasmo de
Luna. Hablaba de la felicidad de los hombres después de un golpe
revolucionario que cambiase la organización de la humanidad, con
arrobamiento místico, como un predicador cristiano al describir el
cielo.
El hombre debía buscar la felicidad únicamente en este mundo. Tras de la
muerte sólo existía la vida infinita de la materia, con sus innumerables
combinaciones; pero el ser humano anulábase como la planta o la bestia
irracional: caía en la nada al caer en la tumba. La inmortalidad del
alma era una ilusión del orgullo humano, que explotaban las religiones,
haciendo de esta mentira su fundamento. Sólo en la vida podía
encontrarse el cielo del hombre. Todos iban embarcados por la inmensidad
en el mismo navio: la Tierra. Todos eran camaradas de peligros y luchas,
y debían mirarse como hermanos, buscando el bienestar común. ¿A qué el
reparto desigual de los víveres, la división de castas, la competencia
en el trabajo, y sobre todo, la lucha por la existencia, que los
filósofos y poetas de la clase explotadora pintaban como una condición
indispensable de progreso...? El comunismo era la santa aspiración de la
humanidad, el ensueño divino del hombre desde que comenzó a pensar, en
los albores de la civilización. Habían intentado establecerlo las
religiones. Pero la religión había fracasado, estaba moribunda, y sólo
la ciencia podía imponerlo al porvenir. Debían desandar lo andado, ya
que la humanidad marchaba por un camino de perdición: era forzoso volver
al punto de partida. El primero que por haber cultivado una porción de
tierra, después de recolectar el fruto del trabajo la creyó suya para
siempre, dejándola como propiedad a sus hijos, que buscaron otros
hombres para que la cultivasen, ése era un ladrón, un detentador de la
fortuna universal. Y lo mismo los que se aprovechaban de los inventos
del genio humano, máquinas, etc., para beneficio de una pequeña minoría
explotadora, sujetando al resto de los hombres a la ley del hambre. No;
todo era de todos. La tierra pertenecía a los humanos, sin excepción,
como el sol y como el aire. Sus productos debían repartirse entre todos,
con arreglo a sus necesidades. Era vergonzoso que el hombre, que sólo
aparecía un instante sobre el planeta, un minuto, un segundo, pues su
vida no equivalía a más ante la vida de la inmensidad, pasase este soplo
de existencia peleándose con el semejante, robándolo, agitado por la
fiebre del despojo, sin gozar siquiera la majestuosa calma de la bestia
feroz, que, cuando ha comido, reposa, sin ocurrírsele causar daño por
vanidad o avaricia. No debían existir ricos ni pobres: hombres nada más.
La única división inevitable sería la de los cerebros mejor o peor
organizados. Pero los sabios, por el hecho de serlo, debían mostrar su
grandeza sacrificándose por los simples, sin querer ayudar con ventajas
materiales las grandezas del espíritu, ya que en los estómagos no caben
categorías ni eminencias. Todo lo que existe, hasta el más
insignificante producto que el hombre cree obra exclusiva suya, es
debido a las generaciones del pasado y del presente. ¿Con qué derecho
podía decir nadie: «Esto es mío, mío nada más»...? Al hombre no le
consultan antes de formarse si quiere surgir a la vida. Nace, y por
nacer tiene derecho al bienestar. Gabriel proclamaba su fórmula suprema:
«Todo de todos, y el bienestar para todos.»
Sus amigos escuchaban con religioso silencio. Grabábase profundamente en
su pensamiento el derecho al bienestar, la afirmación que más cruelmente
contrastaba con su miseria, vejada por las suntuosidades del templo.
Don Martín, el cura joven, era el único que tímidamente oponía algunas
objeciones al maestro. Había que saber si cuando todo fuese de todos,
cuando el hombre tuviese reconocido su derecho a la felicidad, sin leyes
ni coacciones que le obligasen a la producción, querría trabajar, siendo
el trabajo una necesidad y no una virtud, como dicen para embellecerlo
los que lo explotan.
Gabriel afirmaba rotundamente la laboriosidad del porvenir. El hombre
futuro trabajaría sin que le obligasen las necesidades. No le guiaría el
cuerpo con sus imperiosas peticiones; le inspiraría su conciencia la
noción clara de la solidaridad con sus semejantes, la certeza de que,
desertando del deber social, otros imitarían su ejemplo, y resultaría
imposible la vida común, retrocediéndose a los tiempos actuales de
miseria y rapiña.
--¿Por qué no matan y roban--exclamaba Gabriel--los pocos hombres cultos
y de conciencia sana que existen en esta época? No es por miedo a la ley
y a sus representantes, pues una inteligencia clara, por poco que se
esfuerce, puede encontrar medios para burlarlos. No es tampoco por miedo
a las penas eternas ni a los castigos divinos, pues esos hombres no
creen en tales invenciones del pasado. Es por ese respeto al semejante
que siente todo espíritu superior; por la consideración de que la
violencia debe ser evitada, ya que, si todos se entregasen a ella, la
vida social desaparecería... Cuando este pensamiento, que hoy es el de
unos pocos, se extienda, abarcando a toda la humanidad, los hombres
vivirán por su propia conciencia, sin leyes y sin gendarmes, trabajando
por deber social, sin necesitar del hombre como único resorte de
actividad y de la explotación sin entrañas como único medio de descanso.
Luna, al través de sus ardores de revolucionario, no se hacía ilusiones
sobre el presente. La humanidad era todavía una tierra infecta en la que
se corrompían las mejores semillas, dando, cuando más, frutos venenosos.
Había que aguardar a que se completase en la conciencia humana la
revolución igualitaria que se había iniciado aún no hacía un siglo.
Después de esto sería posible y fácil cambiar las bases de la sociedad.
Él tenía una fe ciega en el porvenir. El hombre progresaba del mismo
modo que las sociedades. Éstas contaban sus evoluciones por siglos y el
ser humano por millares de años. ¿Cómo comparar al hombre de hoy con el
animal bípedo de la época prehistórica, llevando aún visibles los restos
de la animalidad de que acababa de despojarse, viviendo en camaradería
con sus abuelos los monos, sin más diferencia que el primer balbuceo del
lenguaje y la vacilante chispa que comenzaba a arder en su cerebro?
De la bestia hambrienta de los primeros tiempos, perseguida por las
crueldades de la Naturaleza y viviendo en fraternal miseria con los
animales inferiores, salía el hombre de hoy, que afirmaba su soberanía
sobre los ascendientes, dominando a la Naturaleza. Del hombre de hoy, en
el que todavía se equilibran las pasiones de la antigua animalidad con
el naciente desarrollo del pensamiento, surgiría el ser superior y
perfecto soñado por los filósofos, limpio de egoísmos bestiales y atento
a convertir en un período de bienestar igualitario la vida actual, cruel
y agitada por la incertidumbre.
La animalidad todavía dominante en el hombre exasperaba a Gabriel. Era
el obstáculo con que tropezaban los planes generosos del porvenir. Y
exponía ante sus oyentes atónitos las transformaciones de la creación
natural y el origen del hombre: el inmenso poema de las evoluciones de
la Naturaleza, desde el protoplasma originario hasta las infinitas
variedades de la vida. Aún llevábamos en nosotros las marcas del origen.
Había que reírse del Dios personal de los judíos, que había modelado en
barro al hombre, lo mismo que un estatuario. ¡Desdichado artista! La
ciencia señalaba en su obra descuidos y chapuces, sin que él pudiera
justificar tales faltas. El vello de nuestros cuerpos no nos sirve de
abrigo como el pelo de los animales: ¿para qué, pues, crearlo? ¿Para qué
dar tetillas a los machos humanos, si no pueden servirles para la
lactancia? ¿Para qué situar la columna vertebral en el dorso del cuerpo,
lo mismo que en los cuadrúpedos, cuando lo lógico, al «crear» al hombre
sostenido sobre los pies, era colocarla en el centro del cuerpo como eje
fortísimo, evitando las desviaciones y enfermedades de la espina que hoy
sufre por este desequilibrio en la sustentación de su peso?
Gabriel enumeraba las incongruencias inexplicables que se encontraban en
el cuerpo humano suponiéndole un origen divino.
--A mí--decía--me enorgullece más mi origen animal, ser un descendiente
histórico de seres inferiores, que haber salido imperfecto de las manos
de un Dios torpe. Siento la misma satisfacción que los nobles hablando
de sus ascendientes, cuando pienso en nuestros remotísimos abuelos los
hombres bestias, sometidos como todos los animales a los ciegos rigores
de la Naturaleza, y que poco a poco, a través de centenares de siglos,
se transforman y triunfan, desarrollando su espíritu, su cerebro y sus
instintos sociales. Creando los vestidos, el alimento condimentado, las
armas, las herramientas y las habitaciones, neutralizaron las
influencias exteriores de la Naturaleza. ¿Qué héroe ni descubridor, en
los cuatro mil años que comprende nuestra historia, puede compararse con
aquellos esbozos de hombres que lentamente afirmaron sobre la tierra la
existencia de nuestra especie, mil veces expuesta a desaparecer...? El
día en que nuestro abuelo prehistórico guardó al enfermo y al herido, en
vez de abandonarlo, como venían haciéndolo todos los animales; en que
plantó la primera simiente y arrojó la primera flecha, la Naturaleza
presenció la más grande de las revoluciones. Sólo otra en el porvenir
podía igualarla: si el hombre libertó su cuerpo en tiempos remotos, le
falta ahora la gran revolución del espíritu. Las razas que lleguen más
lejos en su desarrollo intelectual quedarán al fin solas, anularán a
las demás y serán señoras de la tierra. Los menos sabios de entonces
serán tal vez superiores a los espíritus más cultivados del presente.
Cada individuo encontrará su felicidad en la felicidad del semejante y
nadie soñará con ejercer coacción sobre el vecino. No existirán leyes,
ni penas, y las asociaciones voluntarias suplirán, por la influencia de
la razón, las imposiciones presentes del autoritarismo. Esto será en lo
porvenir... lejos, muy lejos. Pero ¡qué significan los siglos en la vida
de la humanidad! Son como segundos de nuestra existencia. El día que el
hombre se transforme en ese ser superior, con todo el desarrollo de sus
facultades intelectuales, hoy casi embrionarias, la tierra ya no será el
valle de lágrimas de que hablan las religiones, sino un paraíso como no
lo soñaron los poetas.
A pesar del entusiasmo con que hablaba Gabriel, sus oyentes no parecían
participar de tales ilusiones. Callaban, pero su gesto era de frialdad
ante la distancia enorme de aquel porvenir en el que depositaba el
maestro sus esperanzas de bienestar. Ellos lo querían al momento, con la
avidez del niño al que se muestra una golosina poniéndola después fuera
de su alcance. El sacrificio, la obra lenta en favor del porvenir, no
les entusiasmaba. De las explicaciones de Gabriel deducían la certeza de
que eran infelices, teniendo el mismo derecho al bienestar que aquellos
privilegiados a los que antes respetaban en su ignorancia. Puesto que
les correspondía una parte de la felicidad humana, la querían al
momento, sin demoras ni resistencias, con el ardor del que reclama lo
que le pertenece. Y Luna notaba en este silencio cierta rebeldía
semejante al irónico gesto con que los compañeros de Barcelona acogían
sus ilusiones sobre el porvenir y sus anatemas a las violencias de la
acción.
Los ardientes neófitos se distanciaban de su iniciador. Le oían con
respeto, pero necesitaban aislarse de él para digerir a su modo las
enseñanzas. Don Martín era el único que le seguía en su marcha ilusoria
por el porvenir. El campanero, el manchador, el zapatero y el -Tato-
subían por la noche a las habitaciones de la torre sin llamar al
maestro, y allí exhalaban su odio contra lo existente, frente a las
estampas olvidadas, amarillentas y rugosas que reproducían los episodios
sin gloria de la guerra carlista.
La nocturna reunión era una queja continua contra la injusticia social.
Se sentían más desgraciados al darse cuenta exacta de su estado. El
zapatero recordaba con los ojos lacrimosos al pequeñuelo muerto de
hambre, y hablaba de la miseria de su prole, tan numerosa que hacía
inútil su trabajo. El manchador exhibía su vejez miserable, los seis
reales diarios durante toda su vida, sin esperanzas de llegar a más. El
-Tato-, en sus arranques de gallito bravucón, proponía degollar una
tarde en el coro a todos los canónigos, prendiendo después fuego a la
catedral. Y el campanero, sombrío y ceñudo, repetía en alta voz,
continuando el curso de sus pensamientos:
--Y abajo, tantas riquezas que no sirven a nadie... amontonadas por puro
orgullo... ¡Ladrones!, ¡ladrones...!
Gabriel volvió a pasar los días al lado de Sagrario. Los discípulos se
ocultaban cada vez con más empeño en su aislamiento de la torre. Don
Martín tenía a su madre enferma y no abandonaba el convento.
El -Vara de plata- estaba satisfecho de Luna viéndolo solo. Creía que
era él quien había repelido a los discípulos, cortando de este modo sus
peligrosas conversaciones, para restablecer el buen orden en el
claustro. Un día le abordó, sonriéndole con expresión protectora:
--Vas a tener, Gabrielillo, antes de lo que piensas, el premio de tu
buena conducta. ¿No te dije que buscaría algo para ti, a cambio de que
me ayudases a enseñar el Tesoro? Pues ya lo tienes. Desde la próxima
semana te caerán en el bolsillo todos los días dos pesetas como dos
soles. ¿Eres capaz de quedarte por la noche en la catedral...? El
guardián más viejo, uno que fue guardia civil, está cansado y se va a su
pueblo. Parece que desde que murió el perro le ha tomado antipatía al
servicio. El otro guardián está enfermucho y necesita compañero.
¿Quieres serlo tú? Si estuviésemos en invierno, nada te diría. Toses
demasiado para pasar la noche abajo. Pero en verano, la catedral es el
sitio más fresco de Toledo. ¡Las grandes noches! Y cuando llegue el mal
tiempo ya te buscaremos otra colocación mejor. Tú eres de confianza,
aunque algo ligero de cabeza; de una familia honrada y conocida, que es
lo que se pide. ¿Aceptas...?
Luna aceptó, imponiendo su voluntad a Esteban cuando éste quiso
protestar alegando su falta de salud. Sólo haría el servicio de
vigilancia mientras durase el verano. Además, eran dos pesetas diarias,
casi más de lo que ganaba el -Vara de palo-. Los ingresos de la casa
iban a doblarse, y no era cosa de perder tan buena ocasión.
Por la noche, Sagrario habló a su tío, admirando aquella energía que le
impulsaba a aceptar toda clase de trabajos para no ser gravoso a la
familia.
Estaban en el claustro, apoyados en la balaustrada. Abajo, el jardín
obscuro, con sus penachos negros y ondulantes; arriba, un cielo de
verano, esfumado por la bruma calurosa, que empañaba el brillo de los
astros. Estaban solos en la cuádruple galería. La ventana iluminada del
camaranchón del maestro de capilla trazaba un cuadro rojo en los tejados
de enfrente. Sonaba el armónium con melancólica lentitud, y al callarse
pasaba y repasaba por el cuadro rojo la sombra del músico, con sus
nerviosos movimientos, que, agrandados por el reflejo, se convertían en
muecas grotescas.
La calma nocturna y la obscuridad envolvían en dulce caricia a Gabriel y
Sagrario. Descendía de lo alto esa frescura misteriosa que parece
reanimar el espíritu y agrandar los recuerdos. La iglesia era para ellos
como una bestia enorme y dormida, en cuyo regazo encontraban
tranquilidad y defensa.
Gabriel hablaba del pasado, para convencer a la joven de que nada
valían sus trabajos en la catedral. Él había sufrido mucho. No existía
amargura que no hubiese paladeado. Había tenido hambre, mucha hambre, en
sus peregrinaciones por el mundo. No sabía qué era más penoso, si los
martirios en la mazmorra del castillo lúgubre o los días de
desesperación en las calles de poblaciones populosas, viendo las viandas
y el oro tras el cristal de los escaparates, rodeado por el lujo y
sintiendo girar su cabeza con el vahído del hambre. Aún podía tolerar su
miseria cuando marchaba solo, al través del egoísmo feroz de la
civilización. Los tiempos horribles habían sido al compartir su pobreza
vagabunda con Lucy, la compañera dulce y melancólica.
Y Gabriel hablaba de la inglesa como de una hermana muerta.
--La hubieses amado, Sagrario, al conocerla. Era la mujer fuerte, la
compañera valerosa, unida a mí por la comunidad de pensamientos más que
por la atracción de la carne. La quise desde que la conocí. No sé si fue
amor lo que sentíamos. Han mentido tanto los poetas sobre el amor, lo
han falseado de tal modo, exagerándolo, que ya no se sabe ciertamente lo
que es.
Y hablaba a la joven del amor, explicándolo según sus creencias. Era una
«afinidad electiva»; así lo había definido Goethe, sobreponiéndose el
sabio al poeta, sacando la frase de la química, que da tal nombre a la
tendencia de dos cuerpos a combinarse formando un nuevo producto
distinto. Dos seres entre los cuales no existe afinidad podían
encontrarse, por leyes falsas de la vida, en continuo contacto, y sin
embargo, no compenetrarse, no confundirse. Esto ocurría las más de las
veces entre los individuos de distinto sexo que pueblan la tierra. Se
rozan, pero no se compenetran ni confunden. Existe el sentimentalismo
pasajero, el capricho carnal, nunca el amor. Lucy, la pobre enferma, era
el ser afín al suyo: se vieron y se amaron. La conmiseración por las
miserias humanas, el odio a la desigualdad y la injusticia, la
abnegación por los humildes y los desgraciados, eran iguales en los dos.
No sólo estaban unidos por el corazón: sus cerebros se besaban.
Era fea, con una fealdad dulce y triste que le parecía a Luna el supremo
ideal de la belleza en un mundo de desgraciados y de víctimas. Era la
imagen de la mujer del pueblo criada en los tugurios de los barrios
obreros, en las grandes metrópolis: anémica por el aire mefítico del
cubil donde nació, por la alimentación mala y deficiente; con el cuerpo
escuálido, paralizadas en su desarrollo los gracias femeniles por el
rudo trabajo realizado en plena niñez. Los labios, que las grandes
señoras se pintaban de rojo, los tenía ella de color de violeta. Lo
único hermoso de su rostro eran los ojos, las ventanas del llanto,
agrandados por las noches de frío pasadas en la calle, por el horror de
las escenas vistas en la niñez, cuando el padre se emborrachaba, con el
deseo embrutecedor del obrero que quiere olvidar, y después de
imaginarse un paraíso en la taberna, se enfurece ante la miseria de su
casa y aporrea a la familia.
--Era como sois todas las mujeres nacidas abajo, Sagrario. Vuestra
hermosura dura un momento: únicamente se sostiene en pleno estallido de
la juventud. La hembra del pobre no puede ser hermosa si no huye de su
clase. El hambre y el trabajo son enemigos de la belleza. La labor
diaria la hace perder su frescura y su fuerza. La maternidad en plena
miseria le absorbe hasta la médula de los huesos. Y cuando, terminado el
trabajo, vuelve a su casa, barre, lava y se consume como una momia ante
el humoso hornillo de la cocina. Yo amé a Lucy por esto, porque estaba
consumida y agotada por la explotación, porque era la virgen obrera en
toda su melancólica decadencia, nacida hermosa y afeada por la
injusticia social.
Acordábase del furor inquebrantable y frío de aquella mujercita, que
hablaba tranquilamente de la suprema venganza de los caídos, del
desquite de largos siglos de opresión. Mostrábase más radical y feroz
en sus ilusiones que Gabriel, y éste alababa sus audacias de
propagandista, sus peligrosas excursiones por las grandes ciudades,
entre la policía puesta en guardia, llevando al brazo la caja vieja de
sombreros llena de impresos que podían conducirla a la cárcel. Era la
miss animosa de la propaganda evangélica que recorre el globo
esparciendo Biblias con fría sonrisa, sin miedo a las burlas de los
civilizados ni a la brutalidad de los salvajes; pero lo que Lucy
repartía eran excitaciones a la revuelta, y no buscaba a los dichosos,
sino a los desesperados, en las fábricas y en los arrabales infectos.
Los dos sufrieron hambre; viéronse separados por la persecución y el
encierro; pero volvían a unirse, continuando la novelesca correría,
hasta que la miseria y la tisis acabaron con ella.
Gabriel lloraba recordando sus últimas entrevistas en un hospital de
Italia, limpio y pulcro, con ese ambiente helado de la caridad. Como no
era su marido, sólo podía visitarla dos veces por semana. Se presentaba
andrajoso y cabizbajo, y la veía en un sillón, cada vez más pálida y
flaca, con una transparencia de cera y los ojos extrañamente agrandados.
Sabía un poco de todo, y no se le ocultaba la gravedad de su mal.
Esperaba tranquila la muerte. «Tráeme rosas», decía sonriendo a Gabriel,
como si en el último instante de su vida quisiera comulgar con la
belleza natural de un mundo afeado y entenebrecido por los hombres. Y el
compañero se mantenía de pan seco, impetraba el auxilio de los camaradas
menos pobres que él, dormía al raso, para llevarla en la inmediata
visita un ramo de flores.
--Murió, Sagrario--gimió Luna--. No sé dónde la enterraron: tal vez
serviría para una lección en la sala de anatomía; cayó en la fosa común,
como esos soldados cuyo heroísmo queda en la obscuridad. Pero yo la veo
todavía; me ha seguido en todos mis infortunios; parece que ahora
resurge en ti.--Pero, tío--dijo dulcemente Sagrario, emocionada por el
relato, yo no puedo hacer lo que ella; yo soy una infeliz, sin valor y
sin voluntad.
--Llámame Gabriel--dijo Luna con vehemencia--. Tú eres mi antigua Lucy,
que de nuevo sale a mi camino. Sábelo de una vez: hace tiempo que
examino mis sentimientos, que analizo mi voluntad, y tengo una certeza:
te amo, Sagrario.
La joven hizo un movimiento de sorpresa, alejándose de él.
--No te separes, no me temas. Ni yo soy un hombre, ni tú eres ya una
mujer. Has sufrido mucho, has dicho adiós a las alegrías de la tierra,
eres fuerte por el infortunio y puedes mirar cara a cara a la verdad.
Somos dos náufragos de la vida: sólo nos resta esperar y morir en el
islote que nos sirve de refugio. Estamos deshechos, rasgados y
arrollados: la muerte se incuba en nuestras entrañas; somos harapos
caídos e informes después de haber pasado por los engranajes de una
sociedad absurda. Por esto te quiero: porque eres igual a mí en la
desgracia. La afinidad electiva nos une. La pobre Lucy era la obrera
debilitada por la explotación, envenenada desde su nacimiento por la
miseria; tú eres la hija del pueblo atraída fuera del hogar por el
encanto del bienestar de los privilegiados; seducida, no por el amor,
sino por el capricho de los felices, la doncella llevada en sacrificio
al Minotauro, cuyos restos se arrojan después al estercolero. Te amo,
Sagrario; somos dos fugitivos de la sociedad que deben hacer su camino
juntos; a mí me detestan por peligroso; a ti te desprecian por impura:
la desgracia nos empuja. Nuestros cuerpos están envenenados, llevamos
las heridas del vencido; pero antes de morir alegremos nuestra
existencia con el amor; pidamos rosas, como la pobre Lucy.
Y estrechaba las manos de la joven, que, aturdida por las palabras de
Gabriel, no sabía qué decir y lloraba dulcemente. Arriba, en el piso
alto de las Claverías, seguía sonando el armónium del maestro. Luna
conocía aquella música. Era el último lamento de Beethoven, el «es
preciso» que cantaba el genio ante la muerte con una melancolía que
causaba escalofríos.
--Te amo, Sagrario--continuó Gabriel--. Desde que te vi volver a casa,
arrostrando con el valor resignado de la víctima la odiosa curiosidad de
las gentes, me interesé por ti. He pasado semanas y meses junto a tu
máquina viendo cómo trabajabas. Te estudiaba: leía en ti. Eres un ser
sencillo; tu alma no tiene los repliegues y escondrijos de esos seres
complicados y tortuosos por las malicias de la civilización. Adivinaba
día por día en tu mirada dulce, en la atención con que me escuchabas, el
agradecimiento por lo poco que hice en tu favor. Recordabas el período
negro de tu vida, la esclavitud de la carne entre hombres bestiales
enloquecidos por los ardores del sexo, y al verme siempre dulce contigo,
protegiéndote contra la ira del padre y la curiosidad de la gente, tu
agradecimiento ha ido creciendo y creciendo, y hoy me amas, Sagrario. Tú
misma no te das cuenta de ello; no sabes explicártelo, pero tu ser
corresponde al mío como los cuerpos químicos de que te hablaba. Yo te
amo también, como en otros tiempos amé a la pobre Lucy. El amor único y
eterno es mentirosa invención de los poetas, de la que se burlan con
frecuencia los hechos. Puede amarse a varias personas con igual
entusiasmo. Lo indispensable es que exista la afinidad. Tú, que amaste
en otro tiempo a un hombre hasta la locura, ¿qué sientes por mí? ¿No me
he engañado? ¿Realmente me quieres...?
Sagrario seguía llorando, con la cabeza baja, como si no osase mirar a
Luna. Éste la apremiaba dulcemente. Debía llamarle Gabriel, hablarle de
tú; ¿no eran compañeros de infortunio?
--Tengo vergüenza...--murmuraba la joven--. Me turba tanta dicha.... Sí;
le quiero a usted... no... te amo, Gabriel. Nunca lo hubiese confesado:
hubiera muerto antes de revelar este secreto. ¿Quién soy yo para que me
amen? Hace tiempo que no me miro al espejo, por no llorar recordando mi
perdida juventud.... Y luego, mi historia, mi horrible historia. ¿Cómo
podía figurarme que usted... digo, que tú, leerías tan claramente en mi
pensamiento? Mira cómo tiemblo; es la impresión, que aún no ha pasado,
el susto de ver descubierto mi secreto. ¡Un hombre como tú descendiendo
hasta mí, fea y enferma para siempre...! No; no me hables del otro. Lo
olvidé hace mucho tiempo; ¿cómo voy a recordarlo ahora que me haces la
limosna de tu cariño? No, Gabriel; tú eres el más grande y el más bueno
de los hombres. Me pareces un dios.
Quedaron silenciosos largo rato, con las manos cogidas, mirando al
obscuro y rumoroso jardín. Arriba continuaba la lamentación del genio
ante la vida que se extingue.
Sagrario se apoyaba en Gabriel, como si le faltasen las fuerzas y,
medrosa ante la felicidad, quisiera refugiarse dentro de él.
--¡Qué tarde te conozco!--dijo en voz queda--. Hubiera querido amarte en
plena juventud; ser hermosa y sana sólo para ti; tener la belleza y los
encantos de una gran señora para endulzar el resto de tu vida. Mi
agradecimiento nada puede ofrecerte. Soy horrible: llevo en mis entrañas
la muerte, que poco a poco me consume. El que me toca queda
envenenado.... Gabriel, ¿por qué te fijaste en mí?
--Porque soy un enfermo, un desgraciado como tú. Nuestra miseria es la
amorosa afinidad.... Además, yo nunca he amado como los demás hombres.
He visto en mis viajes las mujeres más hermosas del mundo, sin sentir el
más leve escalofrío de deseo. No soy un temperamento amoroso. De mis
aventuras allá en París, cuando era joven, salía siempre con un
sentimiento de disgusto. El amor a los desgraciados me domina, hasta el
punto de embotar mis sentidos. Soy como el ebrio y el jugador, que,
obsesionados por su afición, nada sienten ante la mujer. El hombre de
estudio, enfrascado en los libros, experimenta muy débilmente los
llamamientos del sexo. Mi pasión es la lástima por los desheredados, el
odio a la injusticia y la desigualdad. Me absorbe con tal fuerza,
avasalla de tal modo mis facultades, que nunca me ha dejado tiempo para
pensar en el amor. La hembra no me seduce. Adoro a la mujer cuando la
veo desgraciada y triste. La fealdad me impresiona más que la belleza,
porque me habla de las infamias sociales, me ofrece la amargura de lo
injusto, el único vino que reanima mis fuerzas. Amé a Lucy porque era
desgraciada e iba a morir; te amo, Sagrario, porque eres en plena
juventud una desterrada de la vida, a la que nadie puede querer. Mi amor
es para ti, para alegrar lo que te quede de existencia.
Sagrario se apretaba contra el pecho de Gabriel.
--¡Qué bueno eres!--suspiraba--. ¡Qué alma tan hermosa!
--Igual es la tuya, pobre Sagrario. Tu vida ha sido un engaño. Fuiste a
vender tu cuerpo por el hambre y la desesperación, como van las hijas de
los pobres. Creíste encontrar el pan en los falsos simulacros del amor,
como todos los días lo hacen en la tierra centenares de miles de hijas
de proletarios. Todo es para los privilegiados del mundo: los brazos del
padre y el sexo de la hija. Y cuando los brazos se debilitan o el cuerpo
juvenil pierde sus encantos, se arrojan a un lado y se reemplazan. El
mercado es abundante.... Te amo por tu desgracia. Tal vez de verte joven
y hermosa, como en otros tiempos te contemplé, no hubiera sentido la más
leve atracción. La hermosura es una barrera para el sentimiento. La
Sagrario de otra época, con sus ilusiones de ser una gran señora,
halagada por las palabras de jóvenes apuestos vestidos de colores como
pájaros vistosos, no se hubiera fijado en un vagabundo envejecido por la
miseria, feo y enfermo. Nos conocemos porque somos desgraciados. La
miseria nos permite ver nuestras almas; en plena dicha jamás nos
hubiéramos tropezado.
--Es verdad--murmuraba ella, apoyando su cabeza en el hombro de
Gabriel--. Adoro a la miseria que nos permite conocernos.
--Tú serás mi compañera--continuó Luna con entonación dulce--. Nuestras
vidas marcharán juntas hasta que la muerte rompa su abrazo. Yo te
defenderé, aunque de poco sirve el auxilio de un enfermo perseguido por
los hombres. Tú endulzarás mi existencia con tu cariño. Nos amaremos
como esos santos de la Iglesia que estallaban en dulces palabras y
arrobamientos estremecedores, sin osar el menor contacto de la carne. El
amor es el instinto de la conservación de la especie, pero el nuestro
será incompleto, no por odiar, como los santos, las leyes de la
Naturaleza, sino porque las luchas de la vida nos han herido de muerte.
Yo no soy un hombre: las enfermedades de la miseria y la ferocidad de
mis semejantes han quebrantado mi organismo. Apenas si logro sostener mi
vida y no puedo darla a otro ser. Tú llevas en la sangre el veneno de
una civilización viciada. Un hijo de tus entrañas sería un mísero
engendro, con los huesos cariados y las venas llenas de podredumbre. No
aumentemos con tales monstruos la miseria física de los de abajo.
Dejemos a los privilegiados fomentar su decadencia con los vástagos de
sus vicios.
Pasó un brazo por el talle de la joven y levantó con la otra mano su
cabeza, fijando los ojos en los de Sagrario, que brillaban a la luz de
las estrellas con el resplandor acuoso de las lágrimas.
--Seremos dos almas, dos pensamientos que se acariciarán sin dejar
rastro de su pasión, con una pureza como nunca la imaginaron los poetas.
Esta noche en que nos confesamos mutuamente, en que nuestras almas se
abren la una a la otra, es la noche de nuestras bodas... ¡Bésame,
compañera de mi vida!
Y en el silencio del claustro se besaron sin ruido, largamente, como si
llorasen con las bocas juntas la miseria de su pasado y la brevedad de
un amor en torno del cual rondaba la muerte. Arriba, el lamento de
Beethoven seguía desarrollando sus inflexiones dolorosas, esparciéndose
por las entrañas de la catedral dormida.
Gabriel se irguió sosteniendo a Sagrario, que se echaba atrás como
desfallecida por la emoción. Miraba al espacio luminoso con gravedad
sacerdotal, mientras hablaba en voz queda al oído de la joven:
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