coser, esperando en vano que bajase el maestro, satisfechos, ya que no
le veían, de estar cerca de él, mirando su asiento abandonado y
conversando con la muchacha, que se expresaba con ingenua admiración al
hablar de su tío. El maestro de capilla alegrábase al ver que le
visitaba de nuevo Luna. Era su único admirador. Al eclipsarse durante
una buena temporada, el pobre artista había sufrido la amargura de la
soledad, desesperándose con furia infantil, como si un público inmenso
le volviera la espalda. Mimaba a Gabriel como si fuese la mujer amada. A
pesar de su distracción, fijábase en sus toses, recomendándole remedios
fantásticos imaginados por él; se inquietaba por los progresos de la
enfermedad, temblando ante la idea de que la muerte le arrebatase su
único auditorio.
Iba dando a conocer a Luna toda la música que había estudiado durante su
ausencia. Cuando el enfermo tosía mucho, cesaba de tocar el armónium y
emprendía con su amigo largas conversaciones, siempre sobre su
preocupación eterna: el arte musical.
--Gabriel--dijo el maestro una tarde--, usted que es tan observador y
sabe tanto, ¿no se ha fijado en que España es triste y no tiene el
«dulce sentimentalismo» de la verdadera poesía...? No es melancólica, es
triste, con su tristeza huraña y brutal. O ríe a carcajadas o llora
rugiendo; no tiene la sonrisa suave, la alegría inteligente que
distingue al hombre de la bestia. Si ríe, es de dientes afuera; su
interior es siempre lóbrego, con una obscuridad de caverna, en la que se
agitan las pasiones como fieras encerradas que buscan la salida.
--Sí, dice usted bien; España es triste--contestó Luna--. Ya no va
vestida de negro, con el rosario en la empuñadura de la espada, como en
otros siglos, pero por dentro sigue de luto y su alma es lóbrega y
fiera. La pobre ha pasado tres siglos sufriendo las angustias
inquisitoriales de quemar o ser quemada, y aún le dura el pasmo de esta
vida de zozobra. Aquí no hay alegría.
--No la hay, no. Esto se ve en la música mejor que en otra manifestación
de su vida. Los alemanes bailan el vals voluptuoso y alegre, o con el
-bock- en la mano entonan el -Gaudeamus igitur-, el himno estudiantil a
la gloria de la vida material, libre de cuidados. El francés canta entre
carcajadas espontáneas y danza con los miembros sueltos, saludando con
una risotada sus posturas de una fantasía simiesca. Los ingleses
convierten la gimnasia en baile, con la alegría de un cuerpo sano
satisfecho de su fuerza. Y todos estos pueblos, cuando sienten la dulce
tristeza de la poesía, cantan el -lied-, la romanza, la balada, algo
suave que adormece el alma y habla a la imaginación.... Aquí, las danzas
populares tienen mucho de sacerdotal, recuerdan la tiesura hierática de
los bailarines sagrados o el frenesí ondulante de la sacerdotisa, que
acaba por caer ante el ara con los ojos extraviados y la boca llena de
espuma. ¿Y los cantos? Son hermosísimos, como producto de varias
civilizaciones, pero tristones, desesperados, lóbregos, reveladores del
alma de un pueblo enfermo, que no halla mejor diversión que ver derramar
sangre humana y patalear jacos moribundos en el redondel de un circo.
¡La alegría española! ¡El regocijo andaluz...! Deje usted que me ría.
Una noche, en Madrid, asistí a una fiesta andaluza, lo más típico, lo
más español. Íbamos a divertirnos mucho. ¡Vino y más vino! Y conforme
circulaban las cañas, los entrecejos más fruncidos, las caras más
tristes, los gestos duros. «¡Ole!, ¡venga de ahí! ¡Esto es la alegría
del mundo!» Y la alegría no asomaba por ninguna parte. Los hombres se
miraban con torvo ceño, las mujeres pataleaban y chocaban las manos, con
la mirada perdida en una estúpida vaguedad, como si la música les
vaciase el cráneo. Las bailadoras ondulaban como serpientes erguidas.
Tenían la boca apretada, la mirada dura, graves, altivas, inabordables,
como bayaderas que estuviesen actuando en un rito sagrado. De vez en
cuando, sobre el ritmo monótono y soñoliento, una canción áspera y
estridente como un rugido, como el grito del que cae con las tripas
cortadas. ¿Y la poesía? Lúgubre como un calabozo, hermosa a veces, pero
como puede serlo el canto de un preso asomado a la reja. Puñaladas a la
mujer traidora, ofensas a la madre lavadas con sangre, lamentos contra
el juez que envía a presidio a los caballeros de calañés y faja, adioses
del reo que ve en la capilla la luz del último amanecer; toda una
poesía patibularia y mortal, que encoge el corazón y roba la alegría.
Hasta los himnos a la hermosura de la mujer tienen sangre y bravatas....
Y ésta es la música que divierte al pueblo en sus momentos de expansión
y la que seguirá «alegrándole» tal vez durante siglos.... Somos un
pueblo triste, Gabriel: lo llevamos en la médula; no sabemos cantar si
no es amenazando o llorando, y la canción es más hermosa cuando tiene
más suspiros, hipos dolorosos y estertores de agonía.
--Es verdad. El pueblo español forzosamente ha de ser así. Creyó a ojos
cerrados en sus reyes y sacerdotes como únicos representantes de Dios, y
se moldeó a su imagen y semejanza. Su alegría es la del fraile: una
alegría grosera, de chistes sucios, palabras gruesas y carcajadas como
regüeldos. Nuestras novelas picarescas son cuentos de refectorio
inventados a la hora de la digestión, con los hábitos sueltos, las manos
cruzadas en la panza y la triple barbilla sobre el escapulario. Esa risa
surge siempre de los mismos resortes: la miseria grotesca, los piojos,
el bacín barnizado que tiene el hidalgo por todo mueble, las tretas del
hambre para quitarle al compañero la provisión de mendrugos; las mañas
para cazar bolsas de aquellas damas tapadas que ejercían la prostitución
en los templos y sirvieron de modelo a nuestros poetas del siglo de oro
para pintarnos un mundo mentiroso del honor: la mujer esclava, entre
rejas y celos, más deshonesta y viciosa que la hembra moderna con toda
su libertad.... La tristeza española es obra de sus reyes, de aquellos
sombríos enfermos que soñaban con apoderarse del mundo, mientras su
pueblo perecía de hambre. Al ver que los hechos no correspondían a sus
esperanzas, tornábanse hipocondríacos y desesperadamente fanáticos,
creyendo sus fracasos castigos de Dios y entregándose a una devoción
cruel para aplacar a la Divinidad. Cuando Felipe II conoce el naufragio
de la -Invencible-, la muerte de tantos miles de hombres, el dolor de
media España, no pestañea. «La envié a pelear con los hombres, no
contra los elementos.» Y sigue su rezo: en El Escorial. La tristeza
impasible y feroz de los monarcas gravita sobre la nación. Por algo fue
el negro durante varios siglos el color favorito de la corte de España.
Los bosques sombríos de los sitios reales, las arboledas obscuras del
invierno, fueron y son sus paseos favoritos. Sus palacios de campo
tienen techumbres negras, torres achatadas, con veletas y tétricos
claustros, como si fuesen monasterios.
Gabriel, encerrado en aquel cuartucho, sin más oyente que el maestro de
capilla, olvida la discreción que se había impuesto para conservar su
existencia tranquila en la catedral. Podía hablar sin miedo en presencia
del artista, y hablaba ardorosamente de los reyes españoles y de la
tristeza que habían infiltrado en el país.
La melancolía era el castigo impuesto por la Naturaleza a los déspotas
de la decadencia occidental. Cuando un rey tenía cierta predisposición
artística, como Fernando VI, en vez de gustar la alegría de vivir, moría
de tristeza escuchando las arias de tiple con que le arrullaba
femeninamente Farinelli. Cuando nacían con los oídos del espíritu
cerrados a cal y canto para las voces de la belleza, pasaban la
existencia en los bosques inmediatos a Madrid, persiguiendo, escopeta en
mano, a las reses cornudas y bostezando de fastidio en los descansos de
la caza, mientras las reinas se alejaban cogidas del brazo de algún
guardia de corps.
No se vive impunemente durante tres siglos en marital contacto con la
Inquisición, ejerciendo el poder como simples delegados del Papa, bajo
las inspiraciones de obispos, jesuítas, confesores y órdenes monásticas,
que sólo dejaron a la monarquía española su apariencia de poder,
haciendo de ella una aplastante república teocrática. La tristeza del
catolicismo penetró hasta la médula de los reyes españoles. Mientras
cantaban las fuentes en Versalles entre ninfas de mármol, y los
caballeros de Luis XIV mariposeaban, con sus trajes multicolores,
impúdicos como paganos, en torno de las bellezas pródigas de sus
cuerpos, la corte de España, vestida de negro, con el rosario al cinto,
asistía al quemadero y se ceñía la cinta verde del Santo Oficio,
honrándose con el cargo de alguacil de los achicharradores de herejes.
Mientras la humanidad, enardecida por el soplo carnal del Renacimiento,
admiraba a Apolo y rendía adoración a las Venus descubiertas por el
arado entre los escombros de las catástrofes medioevales, el tipo de
suprema belleza para la monarquía española era el ajusticiado de Judea,
el Cristo polvoriento y negruzco de las viejas catedrales, con la boca
lívida, el tronco contraído y esquelético, los pies huesosos y
derramando sangre, mucha sangre, el líquido amado por las religiones
cuando apunta la duda, cuando la fe flaquea y, para imponer el dogma, se
echa mano a la espada.
Por esto la monarquía española ha bostezado de tristeza, transmitiendo
la melancolía de una a otra generación. Es la realeza católica por
excelencia. Si de vez en cuando surgió algún ser alegre y satisfecho de
la vida, fue porque en el líquido azul de las arterias maternales
penetró una inyección de savia plebeya, como penetra el rayo de sol en
la habitación del enfermo.
Don Luis escuchaba a Gabriel, acogiendo sus palabras con gestos
afirmativos.
--Sí; somos un pueblo gobernado por la tristeza--dijo el artista--.
Dura aún en nosotros el sombrío humor de aquellos siglos negros. Muchas
veces he pensado en lo difícil que sería entonces la existencia para un
espíritu despierto. La inquisición acechando las palabras, queriendo
adivinar los pensamientos. La conquista del cielo como único ideal de la
vida. ¡Y esta conquista cada vez más difícil! Había que entregar el
dinero a la Iglesia para salvarse; la pobreza era el estado perfecto. Y
además del sacrificio del bienestar, la oración a todas horas, la visita
diaria al templo, la vida de cofradía, las disciplinas en la bóveda de
la parroquia, la voz del hermano del Pecado Mortal interrumpiendo el
sueño para recordar la cercanía de la muerte; y unidas a esta existencia
de continua inquietud, la incertidumbre de la salvación, la amenaza de
caer en el infierno por la más leve falta, sin aplacar nunca por
completo al Dios torvo y vengativo. Y a más de esto, la amenaza
material: el terror de la hoguera inspirando la cobardía y el
envilecimiento a los hombres ilustrados.
--Así se comprende--dijo Gabriel--la cínica confesión del canónigo
Llorente al explicar por qué fue secretario del Santo Oficio: «Tocaban a
asar, y para no ser asado, me puse de parte del asador.» A los hombres
inteligentes no les quedaba otro remedio. ¿Cómo resistir y rebelarse? El
rey, dueño de vidas y haciendas, no era más que un servidor de obispos,
frailes y familiares. Los monarcas de España, a excepción de los
primeros Borbones, fueron unos criados de la Iglesia. En pueblo alguno
se ha visto tan palpablemente como en este país la solidaridad entre la
religión y la monarquía. La religión logra existir sin los reyes, pero
la monarquía no puede vivir sin la religión. El guerrero afortunado, el
conquistador que funda un trono, no necesita del sacerdote: le basta con
su espada y el prestigio de sus hazañas. Pero al aproximarse la hora de
la muerte, piensa en sus herederos, que no dispondrán como él de la
gloria y el miedo para hacerse respetar, y entonces, atrayéndose al
sacerdote, toma a Dios por aliado misterioso que velará por la
conservación del trono. Los fundadores de dinastías imperan «por la
gracia de la Fuerza», y sus descendientes reinan «por la gracia de
Dios». El monarca y la Iglesia lo fueron todo para el pueblo español. La
fe les hacía esclavos, con una cadena moral que no podía romper
revolución alguna. Su lógica era indestructible. Al crecer en un Dios
personal que se ocupaba de las cosas menudas del mundo y concedía su
gracia al rey para que reinase, les tocaba obedecer a éste, so pena de
ir al infierno. Los que se hallaban bien caídos en el mundo engordaban
alabando al Señor, que crea los reyes para evitar al hombre el trabajo
de gobernarse; los que sufrían consolábanse pensando que la vida es una
prueba pasajera, después de la cual alcanzarían un huequecito en el
cielo. La religión es el mejor auxiliar de la monarquía. Si no hubiese
existido antes de los reyes, éstos la habrían inventado. La prueba está
en que en tiempos de duda como los presentes siguen aferrados al
catolicismo, que es el más fuerte puntal de su trono. En buena lógica,
debían decir los monarcas: «Yo soy rey porque tengo la fuerza, porque me
apoya el ejército.» Pero no señor; prefieren continuar la antigua farsa,
diciendo: «Yo el rey, por la gracia de Dios.» El tirano pequeño no
abandona el regazo del déspota grande. Le es imposible sostenerse por sí
mismo.
Calló un buen rato Gabriel. Se ahogaba; su pecho agitábase con los
estertores de una tos cavernosa. El maestro de capilla se aproximó a él
alarmado.
--No hay que asustarse--dijo Luna reponiéndose--. Es lo de todos los
días. Estoy enfermo y no debía hablar tanto. Además, estas cosas me
excitan. Me irrito ante los absurdos de la monarquía y de la religión,
no sólo en mi país, sino en todo el mundo.... Y sin embargo, he sentido
lástima, profunda conmiseración ante un ser de sangre real. ¿Querrá
usted creerlo...? Le vi de cerca, en una de mis correrías por Europa. No
sé cómo la policía que vigilaba su carruaje no me repelió lejos de allí,
creyendo en un posible atentado. Y lo que yo sentía era compasión,
pensando en los reyes que llegan tarde a un mundo que no cree en el
origen divino, en esos últimos retoños que surgen del tronco carcomido y
agotado de una dinastía, llevando en su pobre savia los vicios de las
ramas muertas.... Era un joven, enfermo como yo, no por azares de su
existencia, sino enfermo desde la cuna, condenado desde antes de nacer a
luchar con el mal que le infiltraron con la vida. Figúrese usted, don
Luis, que en estos momentos fuese yo poderoso, y por conservar mis
intereses engendrase un hijo. ¿No sería un atentado premeditado
fríamente contra el porvenir...?
Y el revolucionario describía al joven enfermo: su cuerpo delgado
fortalecido artificialmente por la higiene y la gimnasia; sus ojos
empañados y macilentos en el fondo de profundas ojeras, y la mandíbula
inferior colgante y como muerta, sin esa energía que la mantiene pegada
al cráneo.
¡Pobre adolescente! ¿Para qué había nacido? ¿Qué iba a dejar de su paso
por el mundo? ¿Por qué la Naturaleza, que muchas veces niega su
fecundidad a seres fuertes, se había mostrado pródiga en el ayuntamiento
sin amor de un tísico moribundo? De nada le servía tener caballos,
carrozas, servidores uniformados que le saludasen y papanatas que le
dieran vivas. Mejor hubiese sido para él no asomar al mundo, permanecer
en el limbo de los privilegiados que no llegan a formarse. Semejante al
escudero de Don Quijote, que, cuando al fin se vio en las abundancias de
Barataría, tuvo al lado un doctor Recio para contrariar sus apetitos, el
pobre ser no podía gozar en completa libertad las dulzuras de la escasa
vida que le restaba.
--Le pagan miles de duros--añadía Gabriel--por cada minuto de su
existencia; pero el oro no puede proporcionarle una gota de sangre nueva
que sanee el veneno hereditario de sus venas. Le rodean hermosas
mujeres; pero si siente subir a lo largo del espinazo el alegre
cosquilleo de la juventud, la savia de la primavera de la vida, la
predisposición genésica de una familia que sólo fue notable y alcanzó
victorias en las luchas de amor, ha de permanecer frío y austero ante la
mirada vigilante de su madre, que sabe que el apasionamiento carnal
puede acabar rápidamente con una vida débil y macilenta. Y como fin de
tantas privaciones, de una abstinencia triste y dolorosa... la muerte
inevitable. ¿Para qué habrá nacido el pobre ser...? A veces las
grandezas de la tierra equivalen a una maldición. La razón de Estado es
el más cruel de los tormentos para un enfermo: le obliga a sonreír, a
fingir una salud que no tiene. Hablar de la enfermedad del rey es un
crimen, y los cortesanos, los que viven a la sombra del trono,
consideran un sacrilegio, un crimen digno de castigo, la menor alusión a
la salud del monarca, como si éste no fuese un ser humano, puesto, como
todos, bajo la advocación de la muerte.
--No me preocupa la política--dijo el maestro de capilla--; lo mismo me
importan reyes que repúblicas: yo soy un súbdito del arte. No sé lo que
la monarquía será en esos otros países que usted ha visto, pero en
España noto que es cosa muerta. Se tolera como una de tantas creaciones
del pasado, pero no inspira entusiasmo y nadie está dispuesto a
sacrificarse por ella. Yo creo que hasta la misma gente que vive a su
sombra y tiene sus particulares intereses confundidos con los del trono
siente más el fervor en la boca que en el corazón.
--Así es, don Luis--dijo Gabriel--. Hace cerca de un siglo que la
monarquía murió en España. El último rey amado y popular fue Fernando
VII. A tal pueblo, tal monarca. Después la nación se ilustró,
emancipándose de las tradiciones, pero los reyes no han progresado;
antes bien, han retrocedido, apartándose cada vez más de aquella
tendencia reformadora y anticlerical de los primeros Borbones. Si hoy,
al educar a un príncipe, dijeran sus maestros: «Queremos hacer de él un
Carlos III», se escandalizarían hasta las piedras de palacio. Los
Austrias han resucitado, como esas plantas parásitas que al ser
arrancadas reaparecen después de algún tiempo. Si en la vivienda de los
reyes se buscan ejemplos del pasado, se recuerda a los cesares
austriacos. ¡El olvido más completo para los primeros Borbones, que
mataron moralmente a la Inquisición, expulsaron a los jesuítas y
fomentaron la prosperidad material del país! Se reniega de la memoria de
aquellos ministros extranjeros que vinieron a civilizar a España, siendo
maestros de Aranda y Floridablanca. Jesuítas, frailes y clérigos ordenan
y dirigen, como en los mejores tiempos de Carlos II. Haber tenido por
consejero a un conde de Aranda, amigo de Voltaire, es una vergüenza del
pasado, sobre la que se hace el silencio.... Sí, don Luis, dice usted
bien: la monarquía es cosa muerta. Entre el país y ella hay la misma
relación que entre un vivo y un cadáver. La secular pereza española, la
resistencia a cambiar de postura, el miedo a lo desconocido que sienten
todos los pueblos estacionarios, son las causas de que aún continúe esa
institución que ni siquiera tiene, como en otras naciones, el éxito
militar y el agrandamiento del territorio como justificaciones de su
existencia.
Con esto cesó la conversación aquella tarde en el cuartucho del músico.
Gabriel se vio atraído de nuevo por el afecto de sus admiradores de las
Claverías. Le acechaban, le seguían, doliéndose de sus ausencias. No
podían vivir sin él, según declaraba el zapatero. Se habían acostumbrado
a escucharle; sentían el afán de «ilustrarse», y rogaban al maestro que
no los abandonara.
--Ahora nos juntamos en la torre--decía el campanero--. El -Vara de
plata- ve con malos ojos nuestras reuniones, y hasta ha llegado a
amenazar al zapatero con echarlo de las Claverías si continúan en su
casa las tertulias. Conmigo no se meterá: ya conoce mi carácter. Además,
si él manda en el claustro, yo mando en mi torre. Soy capaz, si viene a
molestarnos con su espionaje, de echarlo escaleras abajo. ¡El demonio
del avaro...!
Y añadía con expresión cariñosa, que contrastaba con su carácter rudo y
taciturno:
--Ven, Gabriel: te esperamos en mi casa. Cuando te canses de hacer
compañía a tu sobrina y de oír a ese loco de don Luis, sube un rato. No
podemos pasar sin tu palabra. Don Martín está entusiasmado desde que te
oyó la otra tarde. Desea verte; dice que iría de un extremo a otro de
Toledo por escucharte. Quiere que le avise así que te decidas a reunirte
con los amigos; y eso que don Antolín, hablando con él, te puso de loco
y de hereje que no había por dónde cogerte... Él sí que es un bárbaro,
que, después de estudiar una carrera, sólo sirve para vender papeletas y
explotar a los pobres.
Luna frecuentó las reuniones de casa del campanero. Acompañaba a su
sobrina gran parte de la mañana arrullado por el tictac de la máquina,
que le producía una dulce somnolencia, viendo cómo la tela pasaba bajo
la aguja a pequeños saltos, esparciendo ese perfume químico de los
tejidos nuevos. Contemplaba a Sagrario, siempre triste, entregada al
trabajo con tenacidad taciturna. Cuando de tarde en tarde levantaba la
cabeza para arreglar el hilo y su mirada se encontraba con la de
Gabriel, animábase su cara con una pálida sonrisa. En el aislamiento en
que los había dejado la indignación del padre, sentían la necesidad de
aproximarse, como si les amenazara un peligro. La enfermedad los unía.
Gabriel lamentaba la suerte de la pobre joven, viendo cómo la había
devuelto al mundo después de su fuga del hogar. Las consecuencias de su
mal la martirizaban de vez en cuando con horribles dolores que ella
procuraba ahogar. Si sonreía, sus dientes se mostraban ennegrecidos y
rotos por la absorción del mercurio, entre unos labios de triste color
de violeta. Su cabeza se había despoblado en algunos puntos, ocultándose
la calvicie bajo largos mechones de pelo rubio, restos de su pasada
hermosura, que ella peinaba con arte. Su piel blanca y aterciopelada
tenía manchas rojas, extrañas excoriaciones, que a veces se hinchaban
formando abscesos. A pesar de esto, la juventud, con su fuerza
primaveral, aún asomaba y florecía por entre estas ruinas de la antigua
belleza, dando luz a sus ojos y encanto a su sonrisa.
Muchas noches, Gabriel, al revolverse en su lecho sin poder dormir,
tosiendo y bañado en frío sudor el pecho y la cabeza, oía en el cuarto
inmediato los quejidos de su sobrina, tímidos, sofocados, para que en la
casa no se enterasen de sus dolores.
--¿Qué tenías anoche?--preguntaba Gabriel a la mañana siguiente--. ¿De
qué te quejabas?
Y Sagrario, después de varias negativas, acababa por confesar sus
padecimientos.
--Son los huesos, que me duelen. Un dolor horrible que me espeluzna
apenas me meto en la cama. Parece que me los arrancan pedazo a pedazo...
Y usted, ¿cómo está? Toda la noche le oí toser: parecía que se ahogaba.
Y los dos inválidos de la vida se olvidaban de la propia dolencia para
pensar en la del otro, estableciéndose entre sus almas una corriente de
conmiseración amorosa, atrayéndose, no por el apasionamiento del sexo,
sino por la simpatía fraternal que les inspiraba su desgracia.
Muchas veces, Sagrario alejaba a su tío. Le dolía verle inmóvil, a corta
distancia de ella, tosiendo dolorosamente, contemplándola como si
hubiese hecho de ella un objeto de adoración.
--Levántese de ahí--decía alegremente la muchacha--. Me pone nerviosa
verle siempre tan quietecito, haciéndome compañía, cuando usted lo que
necesita es vida y movimiento. Váyase con los amigos; en la habitación
del campanero le estarán esperando. Luego hablan de mí, creyendo que soy
quien le retengo en casa. ¡A paseo, tío! ¡A hablar de esas cosas que
tanto le animan, y que los pobres oyen con la boca abierta! Tenga
cuidado al subir los escalones. Despacito y con paradas, para que no le
agarre el demonio de la tos.
Gabriel pasaba las últimas horas de la mañana en la habitación del
campanero. Las paredes, de antiguo enjalbegado, estaban adornadas con
grabados amarillentos que representaban episodios de la guerra carlista,
recuerdos de la campaña montaraz que años antes enorgullecía a Mariano,
y de la que ya no hablaba ahora.
Allí encontraba Gabriel a todos sus admiradores. Hasta el zapatero
trabajaba por las noches para no privarse de esta reunión. Don Martín,
el cura, subía también, recatándose para que no le viera el -Vara de
plata-. Era una pequeña comunidad que se agrupaba en torno del apóstol
enfermo con el fervor que inspira lo desconocido.
Gabriel contestaba a las preguntas de aquellos hombres, reveladoras
muchas veces de la simplicidad de su pensamiento. Cuando le acometía la
tos, le rodeaban, mostrando en sus rostros la alarma. Hubiesen querido,
aun a costa de su vida, devolverle la salud. Luna, arrastrado por el
entusiasmo, había acabado por relatarles su vida y sus sufrimientos. El
prestigio del martirio vino a hacer más ardoroso el fervor de aquella
gente. Su apocamiento de hombres sedentarios, tranquilos y seguros
dentro de la catedral, admiraba las aventuras y los tormentos de aquel
luchador. Era para ellos un mártir de la nueva religión de los humildes
y los oprimidos. Además, su inocencia le convertía en una víctima de la
injusticia social, que odiaba cada vez más.
Para ellos no había otra verdad qué la palabra de Gabriel. El campanero,
más rudo y silencioso que los otros, era, sin embargo, el más audaz en
la conversación. Su entusiasmo por Gabriel, que databa de la niñez, su
fidelidad de perro acompañante, le hacían caminar a saltos, aceptando de
un golpe los ideales más lejanos.
--Yo soy lo que tú seas, Gabriel--decía con firmeza--. ¿No eres
anarquista? Pues también seré yo eso.... Al fin, creo que siempre lo he
sido. ¿No quieres que viva el pobre, que el rico trabaje, que cada uno
posea lo que gane y que todos nos ayudemos? Pues eso es lo que yo
pensaba, a mi modo, cuando íbamos por el mundo con el fusil y la
boina... En cuanto a la religión, que antes nos volvía locos, ahora me
tiene sin cuidado. Me convenzo, oyéndote, de que es algo así como una
pamplina inventada por los listos para que los infelices nos conformemos
con las miserias de la tierra esperando el cielo. No está mal
discurrido. Al fin, los que mueren y no encuentran el cielo no vendrán a
quejarse.
Un día, Gabriel quiso subir al departamento de las campanas. Era bien
entrada la primavera, hacía calor, y el cielo, de un intenso azul,
parecía atraerle.
--No he visto la Campana Gorda desde que era niño--dijo--. Subamos:
contemplaré Toledo por última vez.
Y acompañado de sus admiradores, casi llevado en alto por ellos, subió
lentamente la estrecha escalerilla espiral. Arriba, el viento tibio
pasaba murmurando entre las grandes rejas que servían de jaulas a las
campanas. Del centro de la bóveda pendía la famosa -Gorda-, un vaso
gigantesco de bronce con todo un costado rajado por ancha grieta. El
badajo que había hecho la rotura, cincelado y enorme como una columna,
estaba debajo de ella, y otro más ligero ocupaba su cavidad para los
toques. Los tejados de la catedral, negruzcos y vulgares, extendíanse a
los pies de Gabriel. Enfrente, sobre una colina, alzábase el Alcázar,
más alto y enorme que el templo, como si guardase el espíritu del
emperador que lo construyó. César del catolicismo, campeón de la fe,
pero que ansiaba tener la Iglesia a sus pies.
La ciudad esparcía sus techumbres en torno de la catedral. Las casas
desaparecían entre el oleaje de torres, cúpulas y ábsides. Era imposible
volver la vista a punto alguno sin tropezar con parroquias, iglesias,
conventos y antiguos hospitales. La religión había absorbido al Toledo
industrioso de otros siglos, y aún guardaba bajo su caparazón de piedra
a la ciudad muerta. En algunos campanarios ondeaba un banderín rojo con
un cáliz blanco. Era la señal de que un nuevo cura había cantado su
primera misa.
--Nunca he subido aquí--dijo don Martín, sentándose al lado de Gabriel
en unos maderos--que no haya visto esas banderas. El reclutamiento
eclesiástico no cesa jamás. Siempre hay ilusos para llenar sus filas.
Los que sienten la fe son los menos; los más, entran en el mundo
eclesiástico porque ven la Iglesia todavía triunfante y dominadora en
apariencia y creen que dentro de ella les aguarda una carrera
prodigiosa... ¡Infelices! Yo también fui conducido al altar, entre
música y gritos oratorios, como si marchase al triunfo. El incienso
esparcía nubes ante mis ojos; mi familia lloraba de emoción viéndome
nada menos que ministro de Dios. Y al día siguiente de todo este aparato
teatral, cuando se apagan las luces e incensarios y la iglesia recobra
su aspecto vulgar, la vida mísera y la intriga para ganarse el pan:
¡siete duros al mes por aguantar a todas horas a unas pobres mujeres con
el humor agriado por el encierro, vulgares como criadas de servicio, que
pasan la vida averiguando en el locutorio lo que ocurre en la ciudad y
fabricando porquerías dulces para obsequiar a los señores canónigos y a
las familias protectoras de la casa...! ¡Y aún hay curas que envidian,
que ladran de hambre contra mí por la dichosa capellanía de monjas, y me
tienen como un adulador del palacio arzobispal, no comprendiendo de otra
manera que siendo tan joven haya pescado esta prebenda que me permite
vivir en Toledo con siete durazos mensuales...!
Gabriel aprobaba con movimientos de cabeza las lamentaciones del cura.
--Sí; son ustedes unos engañados. La hora de las grandes fortunas dentro
de la Iglesia pasó ya. Los pobres muchachos que ahora visten la sotana
soñando con la mitra me causan el efecto de esos emigrantes que marchan
a países lejanos, famosos por largos siglos de explotación, y los
encuentran más esquilmados aún que su propio país.
--Tiene usted razón, Gabriel; la época de la Iglesia dominante pasó ya.
Aún tiene en sus ubres leche suficiente para todos; sólo que son muy
pocos los que se agarran a ellas y se hartan hasta reventar, mientras
los demás mugen de hambre. Hay para morir de risa cuando hablan de
igualdad y del espíritu democrático de la Iglesia. Una mentira: en
ninguna institución impera un despotismo tal cruel. En los primeros
tiempos, papas y obispos eran elegidos por los fieles y desposeídos del
poder cuando lo empleaban mal. Ahora existe la aristocracia de la
Iglesia, o sea de canónigo para arriba, y el que llega a calarse una
mitra, a ése ni Dios le tose ni hay quien le pida cuentas. En el mundo
laico quedan cesantes los empleados, se separa a los ministros, se
degrada a los militares... hasta se destrona a los reyes. Pero ¿quién
exige responsabilidad al Papa o a los obispos una vez se ven ungidos y
en correspondencia más o menos frecuente con el Espíritu Santo? Si pide
usted justicia, le envían ante tribunales formados igualmente por
aristócratas de la Iglesia. No hay poder más absoluto en la tierra: ni
el del Gran Turco, que en cierto modo es responsable, por el miedo a las
revoluciones del serrallo. Aquí, en el serrallo de la Iglesia, todos
somos menos que hembras. Y si surge un cura que, cansado de
persecuciones, siente renacer el hombre dentro de la sotana y le larga
una puñalada a su tirano, lo declaran loco. ¡El colmo de la hipocresía!
Quieren demostrar que en la Iglesia se vive en el mejor de los mundos y
sólo la falta de razón puede rebelarse contra su régimen.
Calló un buen rato don Martín, como si reconcentrase su memoria, y
añadió:
--Ríase usted también de la pobreza actual de la Iglesia en España. Le
ocurre lo que a los grandes señores arruinados que aún tienen para vivir
con holgura y se consideran miserables recordando su pasada opulencia.
La Iglesia tiene la nostalgia de aquellos siglos en que poseía la mitad
de la riqueza española. Pobre es, si piensa en aquellos tiempos; pero si
se compara con el catolicismo de las naciones modernas, resulta, como en
los siglos anteriores, la institución más favorecida y que mejor bocado
se lleva del Estado. Cuarenta y un millones arranca del presupuesto, y
aún le parece poca cosa esta cifra, que resulta una enormidad en un país
que dedica nueve millones a la enseñanza y un millón al socorro de los
desgraciados. Mantenerse en correspondencia con Dios les cuesta a los
españoles cinco veces más que aprender a leer. Pero esto de los cuarenta
y un millones es un tapaojos. La miseria de mi situación me ha hecho
curioso: he querido saber lo que cobra el clero en España y lo que llega
a manos de nosotros, los soldados rasos. Las peticiones y pensiones de
la Iglesia forman una selva intrincada, aparte de los cuarenta y un
millones. No hay ministerio adonde no lleguen sus raíces; su ramaje se
extiende por todos los patios, corredores y tejados del edificio de la
nación. Cobra del Ministerio de Estado por las misiones extranjeras, que
de nada sirven; del de la Guerra y del de Marina por el clero castrense;
del de Instrucción pública y del de Justicia. Cobra para sostener el
boato del romano Pontífice, pues le mantenemos su embajador en España,
que es como si yo me diese el lujo de tomar criados, imponiendo al
vecino la obligación de mantenerlos; cobra por reparación de templos,
por bibliotecas episcopales, por la colonización de Fernando Poo, por
imprevistos, y ¡qué sé yo cuántos capítulos suplementarios! Y hay que
tener en cuenta lo que paga el pueblo español a la Iglesia
voluntariamente, aparte de lo que le da el Estado. La Bula de la Santa
Cruzada produce más de dos millones y medio de pesetas todos los años;
además, hay que tener en cuenta lo que las parroquias sacan de sus
fieles, y las utilidades anuales de las órdenes religiosas por su
ministerio y oficios (ésta sí que es partida gorda), y el presupuesto
eclesiástico de los ayuntamientos y las diputaciones.... En fin, que la
Iglesia, hablando a todas horas de su «pobreza», saca del Estado y del
país más de trescientos millones de pesetas todos los años: casi el
doble de lo que cuesta el ejército; y eso que en las sacristías se
quejan de los tiempos modernos, diciendo que todo se lo comen los
militares y que ellos tienen la culpa de cuanto ocurre, por haberse ido
con la maldita libertad. ¡Trescientos millones, Gabriel! Lo tengo bien
calculado. ¡Y yo, que formo parte de esta institución, tengo siete duros
al mes, y la mayoría de los vicarios de España cobran menos que un
guardia de Consumos y miles de clérigos andan a salto de mata, de
sacristía en sacristía, buscando una misa para poner al fuego el
pucherete, y si no salen a las carreteras cuadrillas de clérigos a
robar, es porque tienen miedo a la Guardia civil, y tras dos días de
hambre llega un tercero en el que pueden comer un mendrugo! Siempre hay
una migaja para entretener el hambre. Ninguna sotana cae en medio de la
calle desfallecida de necesidad, pero son muchos los clérigos que pasan
la existencia engañando al estómago, figurándose que se nutren, hasta
que llega una dolencia cualquiera que les saca del mundo... ¿Adonde va,
pues, todo ese dinero? A la aristocracia de la Iglesia, a la verdadera
casta sacerdotal, pues nosotros, dentro de la religión, somos gente de
escalera abajo. ¡Qué engaño, Gabriel! Renunciar al amor y a la familia;
huir de los placeres profanos, del teatro, los conciertos y el café; ser
mirados por los hombres, aun por los que la echan de religiosos, como
unos seres extraños, una especie intermedia entre la hembra y el macho;
arrastrar faldas, ir vestidos en todo tiempo como un mamarracho lúgubre,
y a cambio de tantos sacrificios ganar menos que los que pican piedra en
las carreteras. Vivimos descansados, ciertamente que no nos caeremos de
un andamio; pero nuestra miseria es mayor que la de muchos obreros, y no
podemos confesarla ni ponernos a implorar limosna, por el prestigio, del
hábito. Además, ¿por qué habían de socorrernos si no préstamos ninguna
utilidad práctica y costamos tan caros al país...? Al terminar la
dominación religiosa en España, sólo nosotros, los de abajo, hemos
sufrido las consecuencias. El sacerdote es pobre, el templo es pobre
también; pero el príncipe de la Iglesia conserva sus miles de duros al
año y el Estado Mayor eclesiástico sigue tranquilo en sus cánticos,
viendo que no peligra la pitanza. La revolución, hasta ahora, sólo ha
perjudicado a la plebe eclesiástica. El poder de la Iglesia ha
terminado, ya no vive; lo que vemos es su cadáver, pero un cadáver
enorme, que costará de remover, y cuya conservación devora mucho dinero.
--Es verdad: la Iglesia ha muerto. Lo que combatimos son sus restos. El
vulgo cree que aún vive porque la ve y la toca: ignora que una religión
tiene en su vida los siglos por minutos y que pasan generaciones y
generaciones entre su defunción y su entierro. Siglos antes de nacer
Jesús ya estaba muerto el paganismo. Los poetas de Atenas se burlaban en
la escena de los dioses olímpicos, los filósofos los despreciaban. Sin
embargo, aún necesitó el cristianismo muchos años de propaganda y el
apoyo político de los Césares para acabar con él. Y ni aun así acaba,
pues los dogmas son como los hombres, que al morir perpetúan algo de su
ser en la familia que les sucede. Las religiones no desaparecen
repentinamente, por escotillón; se extinguen lentamente, infiltrando una
parte de sus creencias y sus ritos en la religión que las reemplaza.
Hemos nacido en uno de estos períodos de transformación: asistimos a la
muerte de todo un mundo de creencias. ¿Cuánto durará la agonía? ¡Quién
sabe! Dos siglos, tal vez menos; lo que tarde a cristalizar en la
humanidad una nueva manifestación de su incertidumbre y su miedo ante el
gran misterio de la Naturaleza. Pero la muerte es segura, indiscutible.
¿Qué religión ha sido eterna? Los síntomas de defunción se ven por todas
partes. ¿Dónde está la fe que arrastraba a la muchedumbre belicosa de
cruzados? ¿Dónde el fervor que levantaba catedrales con seráfica
paciencia durante doscientos años para albergar una hostia bajo una
montaña de piedra? ¿Quién se azota hoy y martiriza su carne y vive en el
desierto, pensando a todas horas en la muerte y el infierno...? En
España, tres siglos de intolerancia, de excesiva presión clerical, han
hecho de nuestra nación la más indiferente en materias religiosas. Se
siguen las ceremonias del culto por rutina, porque hablan a la
imaginación, pero nadie se toma el trabajo de conocer el fundamento de
las creencias que profesa; se acepta todo sin reflexionar; se vive a
gusto, con la seguridad de que a última hora basta morir entre
sacerdotes, con un crucifijo en la mano, para salvar el alma. Tanto
apretaron en otros tiempos curas, frailes e inquisidores, que la
máquina de la fe saltó en mil pedazos, y no hay quien arregle este
artefacto, que requiere la cooperación de todos.... Y esto fue una
fortuna, amigo don Martín. Un siglo más de intolerancia religiosa, y
España hubiera quedado como esos musulmanes de África que viven en la
barbarie por su excesiva religiosidad, después de haber sido los árabes
civilizadores de Córdoba y Granada.
--¿Sabe usted--dijo el joven cura--, por qué el catolicismo conserva sus
apariencias de poder? Porque desde muy antiguo tiene tomadas en los
países latinos todas las avenidas por donde ha de pasar necesariamente
la vida humana.
--Es verdad. Ninguna religión ha sido tan cautelosa como ésta; ninguna
se ha emboscado mejor para salir al encuentro del hombre; ninguna ha
escogido con tanto acierto, en los momentos de dominación, las
posiciones para hacerse fuerte cuando llegase la decadencia. Imposible
moverse sin tropezar con ella. Sabe desde muy antiguo que el hombre,
mientras se ve sano, en la plenitud de su fuerza vital; es, por
instinto, irreligioso. Cuando vive bien, le preocupa poco la llamada
existencia eterna. Únicamente cree en Dios y le teme en la hora de la
suprema cobardía, cuando la muerte le abre la obscuridad sin fondo de la
nada, y él, en su orgullo de bestia racional, se subleva contra la
completa supresión de su ser. Quiere que su alma sea inmortal, y acepta
las fantasías religiosas de cielos e infiernos. La Iglesia, que teme la
irreligiosidad de la salud, ocupa, como usted dice, todas las avenidas
de la vida, para que el hombre no se acostumbre a existir sin ella,
llamándola únicamente a la hora de la muerte. Los muertos le producen
mucho dinero, son su mejor finca; pero quiere igualmente reinar sobre
los vivos. Nada se escapa a su despotismo y su espionaje. Se injiere en
todas las cosas de los humanos, desde las grandes a las insignificantes;
interviene en la vida pública y en la íntima; bautiza al que viene al
mundo, acompaña al niño a la escuela, monopoliza el amor, declarándolo
vergonzoso y abominable cuando no se somete a su bendición, y divide la
tierra en dos categorías: la sagrada para el que muere en su seno, y el
estercolero al aire libre para el hereje. Interviene en el traje,
declarando cuál es el porte honesto y cristiano y cuáles las galas
escandalosas; da reglas para las secretas expansiones en el lecho
matrimonial, y hasta se introduce en la cocina, creando un arte
culinario del catolicismo, que reglamenta lo que se debe comer, lo que
no debe mezclarse, y anatematiza ciertos manjares que, siendo buenos el
resto del año, resultan el más horrendo de los sacrilegios en
determinados días. Acompaña al hombre desde el nacimiento y no lo
abandona ni aun después de depositarlo en la tumba. Lo conserva agarrado
por el alma y le hace peregrinear por el espacio, pasándolo de destino
en destino, ascendiéndolo camino del cielo, con arreglo a los
sacrificios que se imponen sus sucesores en beneficio de la Iglesia.
Mayor y más completo despotismo no lo imaginó ningún tirano.
Era mediodía. El campanero había desaparecido. Se oyó el chirriar de
cadenas y poleas y un trueno sordo hizo temblar toda la torre. Vibraron
el metal y la piedra, y hasta pareció conmoverse el éter del espacio.
Acababa de tocar la Campana Gorda, ensordeciendo a los que estaban junto
a ella. Momentos después, en el frontero Alcázar resonó el marcial
estruendo de trompetas y tambores.
--Vámonos--dijo Gabriel--. Ese Mariano podía habernos avisado, para
evitar la sorpresa.
Y añadió, sonriendo irónicamente:
--Siempre lo mismo. Los parásitos son los que más brillan y más ruido
meten. Lo que no pueden prestar en utilidad lo dan en estruendo.
Llegó la festividad del Corpus sin que el menor incidente alterase la
vida tranquila de la catedral. De vez en cuando se hablaba en el
claustro alto de la salud de Su Eminencia. Sus graves disgustos en el
cabildo le obligaban a guardar cama. Hasta había tenido un ataque que
hacía temer por su vida.
Es cosa del corazón afirmaba el -Tato-, que estaba bien enterado de los
asuntos de palacio--. Doña Visita Hora como una Magdalena, y maldice a
los canónigos viendo a don Sebastián tan malucho.
El -Vara de palo-, al sentarse o la mesa con la familia, hablaba de la
decadencia de la fiesta del Corpus, tan famosa en el Toledo de otros
tiempos. Su afán por lamentarse le hacía olvidar el áspero silencio que
se había impuesto en presencia de su hija.
--No vas a conocer nuestro Corpus--decía a Gabriel--. Del que aún
alcanzamos nosotros, sólo quedan los famosos tapices que se colocan en
el exterior de la catedral. Los gigantones ya no los alinean ante la
puerta del Perdón, y la procesión es cualquier cosa.
El maestro de capilla también se lamentaba.
--¿Y la misa, señor Esteban? ¡Vaya una misa para festividad tan solemne!
Cuatro instrumentos de fuera de casa, y una misita rossiniana de las más
ligeras, con objeto de no gastar mucho. Para esto más valdría tocar sólo
el órgano.
La víspera de la fiesta, la música de la Academia de Infantería tocaba
por la noche ante la catedral, según antigua costumbre. Todo Toledo
acudía a la serenata, que era un acontecimiento en la vida monótona de
la ciudad. De la provincia y de Madrid llegaban forasteros para la
corrida de toros del día siguiente.
Mariano el campanero invitó a los amigos a oír la serenata en la galería
grecorromana de la fachada principal. A la hora en que se apagaban las
luces en las Claverías y don Antolín cerraba la puerta de la calle,
Gabriel y sus amigos deslizábanse cautelosamente hasta la habitación del
campanero. Sagrario fue también, a instancias de su tío, que tuvo casi
que arrancarla de la máquina. Algún rato de esparcimiento había de
gozar; la convenía asomarse al mundo de tarde en tarde; se estaba
matando con aquella vida de abrumadora laboriosidad.
Todos se sentaron en la galería. El zapatero había llevado a su mujer,
siempre con un pequeñuelo agarrado a la flácida ubre. El -Tato- hablaba
con entusiasmo al manchador y al pertiguero de la corrida del día
siguiente, y Mariano permanecía de pie junto a su admirado camarada,
mientras su mujer, una hembra tan bravía como él, hablaba con Sagrario.
Los hombres lamentaban que no estuviese presente don Martín. Debía andar
por abajo, entre el gentío que llenaba la plaza, pensando sin duda con
terror en que había de levantarse antes del alba para decir la misa a
las monjas.
El palacio del Ayuntamiento estaba adornado con guirnaldas de luces, que
reverberaban sobre la fachada de la catedral, dando a la piedra un
resplandor rojizo de incendio.
Por entre los arbolillos paseaban grupos de muchachas con flores y
blusas blancas, como si fuesen la primera aparición del verano. Los
cadetes las seguían con la mano en la empuñadura del sable, moviendo su
talle esbelto y los anchos pantalones a la turca. El palacio arzobispal
estaba cerrado. Por encima del resplandor rojizo de la plaza abarcaba la
vista una gran extensión de espacio, un cielo de verano, obscuro,
límpido y profundo, matizado por el polvo brillante de las estrellas.
Cuando cesó la música y comenzaron a apagarse las luces, los habitantes
de la catedral sintieron cierta pereza en abandonar sus asientos.
Estaban bien allí. La noche era calurosa, y ellos, habituados al
encierro y el silencio de las Claverías, sentían la alegría de la
libertad permaneciendo en aquel balcón, con Toledo a sus pies y la
inmensidad del espacio ante sus ojos.
Sagrario, que no había salido del claustro alto desde que volvió a la
casa paterna, contemplaba el cielo con admiración.
--¡Cuántas estrellas!--murmuró, como si soñase.
--Esta noche han aumentado--dijo el campanero--. El cielo de estío
parece un campo de estrellas, en el que aumenta la cosecha con el buen
tiempo.
Gabriel se reía de la simplicidad de sus compañeros. Todos ellos
admiraban a Dios, tan previsor y cuidadoso, que había fabricado la luna
para que alumbrase a los hombres por las noches, y las estrellas para
que la obscuridad no fuese absoluta.
--Entonces--preguntó Gabriel--, ¿por qué no hay luna siempre, ya que la
hicieron para alumbrarnos?
Se hizo un largo silencio. Todos reflexionaban sobre la pregunta de
Gabriel. El campanero, por tener más confianza con el maestro, osó
preguntarle lo que todos ellos pensaban. ¿Qué era el cielo?, ¿qué había
más allá de aquel azul...?
La plaza había quedado desierta y en la obscuridad. No había más luz que
el difuso resplandor de los astros esparcidos en el espacio como polvo
de oro. De la inmensa bóveda parecía descender una calma religiosa, una
majestad abrumadora que penetraba en el alma de aquellas gentes
sencillas. El infinito comenzaba a embriagarles con el mareo de su
grandeza.
--Vosotros--dijo Gabriel--tenéis los ojos cerrados para la inmensidad.
No podéis comprenderla. Os han enseñado un origen del mundo mezquino y
rudimentario, el que imaginaron unos cuantos judíos haraposos e
ignorantes en un rincón del Asia, y que, escrito en un libro, ha sido
aceptado hasta nuestros días. Ese Dios personal, semejante a nosotros en
su forma y sus pasiones, es un artesano de gigantesca talla que trabaja
seis días y forma todo lo existente. El primer día «crea la luz» y el
cuarto el sol y las estrellas. ¿De dónde salía, pues, la luz si aún no
se había creado el sol? ¿Es que hay distinción entre una y otro...?
Parece imposible que hayan podido aceptarse tales absurdos durante
siglos.
Los oyentes movían la cabeza en señal de asentimiento. El absurdo les
aparecía palpable, como siempre que hablaba Gabriel.
Si queréis penetrar en el cielo,--continuó Luna--, habéis de despojaros
del concepto humano de la distancia. El hombre todo lo mide por su talla
y las dimensiones las concibe por el alcance de sus ojos. Esta catedral
nos parece gigantesca porque bajo de sus naves somos como hormigas; y
sin embargo, la catedral, vista de lejos, es una insignificante verruga;
comparada con el pedazo de suelo que llamamos España, es menos que un
grano de arena, y sobre la superficie de la Tierra, es un átomo... nada.
Nuestra vista nos hace considerar como alturas que dan el vértigo
treinta o cuarenta metros. En este momento creemos estar muy altos
porque nos hallamos cerca de los tejados de la catedral, y toda esta
distancia vale tan poco para lo infinito como la indecisión de la
hormiga que titubea sobre un guijarro, no sabiendo cómo descender.
Nuestra vista es corta. Nosotros, que medimos por metros, que sólo
podemos concebir distancias breves, tenemos que hacer un gran esfuerzo
de imaginación para abarcar el infinito. Aun así, se nos escapa, y
hablamos de él muchas veces como de una expresión falta de sentido.
¿Cómo haceros entender la inmensidad del mundo...? No creeréis, como
creían nuestros abuelos, que la Tierra está inmóvil y es plana, y que el
cielo es una cúpula de cristal donde Dios hincó las estrellas como
clavos de oro y pasea el sol y la luna para iluminarnos. Sabréis que la
Tierra es redonda y gira en el espacio.
--Sí, algo sabemos de eso--dijo el campanero con acento de duda--. Así
nos lo enseñaron en la escuela. Pero ¿realmente crees tú que se mueve?
--Porque en vuestra pequeñez de seres humanos no podéis sentir ese
movimiento, porque a vuestra vista de topos microscópicos se escapa el
inmenso engranaje del mundo, no dudéis de él. La Tierra gira. Sin
moveros de donde estáis, en veinticuatro horas habéis dado la vuelta
completa al globo. Sin separar los pies del suelo corremos todos
cuatrocientas leguas cada hora, velocidad que no alcanzan los trenes más
rápidos. ¿Os asombráis? Pues aún corremos más sin saberlo. Nuestro
planeta no sólo gira sobre sí mismo, sino que al mismo tiempo circula en
torno del Sol a razón de cien mil kilómetros por hora. Cada segundo
recorremos treinta mil metros. Jamás inventarán los hombres una bala de
cañón tan rápida. Vosotros vais por la inmensidad agarrados a un
proyectil que marcha vertiginosamente, y engañados por vuestra pequeñez,
creéis vivir inmóviles en una catedral muerta... ¡Y estas velocidades no
son nada comparadas con otras! El Sol, a cuyo alrededor giramos, cae y
cae en el vacío, llevando pegados por la atracción a sus flancos a la
Tierra y los otros planetas. Va por la inmensidad, arrastrándonos;
marcha hacia lo desconocido, sin tropezar con otros cuerpos, encontrando
siempre espacio para caer con una rapidez cuyo cálculo da vértigos, y
esto dura miles y millones de siglos, sin que él y la Tierra, que le
sigue en su fuga, pasen dos veces por el mismo sitio.
Escuchaban todos a Gabriel con la boca abierta por el asombro. Sus ojos
brillantes parecían extraviados por el vértigo.
--Hay para volverse locos--murmuraba el campanero--. ¿Qué es pues, el
hombre, Gabriel?
--Nada; como nada es también esta tierra que nos parece tan grande y que
hemos poblado de religiones, Imperios y revelaciones de Dios. ¡Ensueños
de hormiga!, ¡menos aún! El mismo Sol, que nos parece inmenso comparado
con nuestro globo, no es más que un átomo de la inmensidad. Eso que
llamáis estrellas son otros soles como el nuestro, rodeados de planetas
semejantes a la Tierra, y que por su pequeñez resultan invisibles.
¿Cuántos son? El hombre perfecciona sus instrumentos ópticos, y conforme
avanza en el campo del cielo, descubre más y más. Los que apenas se
marcaban en el infinito se aproximan al inventarse un nuevo anteojo, y
tras ellos surgen en la negrura del espacio otros y otros, y así por los
siglos de los siglos. Son incontables: están tan compactos como las
moléculas del humo de una chimenea o del vapor de una nube. Nuestra
pequeñez infinita nos hace apreciar las colosales distancias que existen
entre ellos. Unos son mundos habitados como el nuestro; otros lo fueron
y ruedan solitarios en el espacio, esperando una nueva evolución de la
vida; muchos están naciendo. Y sin embargo, todos esos mundos no son más
que corpúsculos del humo luminoso de lo infinito. El espacio está
poblado de hornos que arden millones, trillones y cuatrillones de
siglos, esparciendo luz y calor. La Vía Láctea no es más que una nube de
astros que forman a nuestra vista una masa, pero que guardan entre sí
distancias en las cuales podrían moverse tres mil soles como el nuestro,
con todos sus planetas, sin tropezarse....
Gabriel recordaba la marcha de los sonidos y de la luz. Su rapidez era
insignificante comparada con las distancias de la inmensidad. El sol más
cercano al nuestro estaba tan lejos, que para ir un sonido de nosotros a
él necesitaría tres millones de años. El mismo sonido, para llegar a la
estrella Polar, invertiría cuatrocientos mil siglos. ¡Y el pobre ser
humano jamás podría viajar con la velocidad del sonido...!
Aquellos soles huían como el nuestro hacia lo ignorado, con vertiginosas
velocidades, pero estaban tan lejos, que transcurrían tres y cuatro mil
años sin que la humanidad advirtiese que se hubieran movido en el
espacio una distancia mayor que el tamaño de una uña. Las dimensiones de
lo infinito causaban la locura. El Sol era una burbuja de gas inflamado;
la Tierra, una imperceptible molécula de arena.
El rayo luminoso de la estrella Polar necesita medio siglo para llegar a
nuestros ojos. Podía haber desaparecido hace cuarenta y nueve años, y
sin embargo, verla aún en el espacio. Y esta estrella era de las
vecinas. El telescopio llegaba a alcanzar mundos tan remotos, que el
rayo de luz llegaba hasta la lente después de un viaje de tres mil años.
Y todos estos mundos incontables nacían, se transformaban y morían como
los seres. En el espacio no había reposo, lo mismo que en la tierra.
Unas estrellas se apagaban, otras brillaban macilentas, otras lucían con
el estallido de vida de la juventud. Los planetas muertos disolvíanse en
incendios de la materia para formar nuevos mundos. Era una renovación
incesante de formas, en períodos de millones de millones de siglos, que
representaban para su existencia lo que las limitadas docenas de años de
nuestra vida. Y más allá de las incalculables distancias, el espacio,
siempre el espacio por todos lados, con nuevos torbellinos de mundos,
sin límite ni barrera.
Gabriel hablaba en medio de un silencio solemne. Los oyentes cerraban
los ojos, como si les atolondrase tanta grandeza y sintieran el mareo de
las alturas. Seguían con la imaginación las descripciones de Gabriel. Su
espíritu limitado quería poner un término al infinito; en su sencillez,
se imaginaban tras las distancias incalculables una bóveda de materia
firmísima, con millones de leguas de espesor. Pero la obra fantástica
algún término había de tener. ¿Qué había detrás de ella? Y la barrera
creada por la imaginación caía repentinamente, y otra vez volaban por el
espacio, siempre infinito, siempre con nuevos mundos.
Gabriel hablaba de ellos y de su vida con absoluta seguridad. El
análisis espectral delataba en los astros la misma composición de la
Tierra. Si en nuestro átomo había surgido la vida, forzosamente existía
también en los otros cuerpos celestes, aunque fuese con distintas
formas. En algunos planetas se habría extinguido ya; en otros estaría
por nacer; pero seguramente aquellos millones de mundos habían tenido o
tenían una vida.
Las religiones, queriendo explicar el origen del mundo, palidecían y se
achicaban ante la inmensidad. Eran como la torre de la catedral, que
cubría con su mole una gran parte del cielo, ocultando millones y
millones de mundos. Y sin embargo, era de una pequeñez insignificante,
comparada con la inmensidad que ocultaba; menos que la parte
infinitesimal de una molécula: nada. Así eran las religiones. Parecían
grandes porque estaban muy próximas al hombre, ocultándole la
inmensidad. Cuando éste miraba por encima de ellas, abarcando con la
vista el infinito, se reía de su soberbia de liliputienses.
--Entonces--preguntó tímidamente el viejo manchador, señalando a la
catedral--, ¿qué es lo que nos enseñan ahí dentro?
--Nada--contestó Gabriel.
--¿Y qué somos nosotros los hombres?--dijo el perrero.
--Nada.
--¿Y los gobernantes, las leyes y las costumbres de la
sociedad?--preguntó el campanero.
--Nada, nada.
Sagrario fijó en su tío los ojos, agrandados por la contemplación
profunda del cielo.
--¿Y Dios?--preguntó con voz dulce--. ¿Dónde está Dios?
Gabriel púsose de pie. Su figura, apoyada en el balaustre de la galería
recortábase negra y vigorosa sobre el espacio estrellado.
--Dios somos nosotros y todo lo que nos rodea. Es la vida, con sus
asombrosas transformaciones, siempre muriendo en apariencia y
renovándose hasta lo infinito. Es esa inmensidad que nos espanta con su
grandeza y no cabe en nuestro pensamiento. Es la materia, que vive
animada por la fuerza que reside en ella, con absoluta unidad, sin
separación ni dualidades. El hombre es Dios; el mundo es Dios también.
Calló un instante, para añadir con energía:
--Pero si me preguntáis por el Dios personal inventado por las
religiones a semejanza del hombre, que saca el mundo de la nada, dirige
nuestras acciones, guarda las almas clasificándolas por sus méritos y
comisiona hijos para que bajen a la tierra y la rediman, buscadlo en esa
inmensidad, ved dónde oculta su pequeñez. Aunque fueseis inmortales,
pasaríais millones de siglos saltando de astro en astro, sin dar jamás
con el rincón que oculta su majestad de déspota destronado. Ese Dios
vengativo y caprichoso surgió del cerebro del hombre, y el cerebro es el
órgano más reciente del ser humano, el último en desarrollarse....
Cuando inventaron a Dios, la Tierra existía millones de años.
VIII
En la mañana del Corpus, la primera persona que vio Gabriel al salir al
claustro fue don Antolín, que repasaba sus talonarios, alineándolos
sobre el borde de piedra de la balaustrada.
--Hoy es un gran día--dijo Luna queriendo halagar al -Vara de plata---.
Se prepara el gran ingreso: vendrán forasteros.
Don Antolín miró a Gabriel fijamente, como dudando de su sinceridad.
Pero vio que no se burlaba, y contestó con cierta satisfacción:
--No se prepara mal la fiesta. Son muchos los que desean ver nuestros
tesoros. ¡Ay, hijo! ¡Bien lo necesitamos! Tú, que te alegras de nuestro
mal, puedes estar satisfecho. Vivimos en horrible estrechez. Nuestra
fiesta del Corpus vale poco, comparada con la de otros tiempos, y sin
embargo, ¡cuántas economías hay que hacer en la Obrería para pagar los
cuatro ochavos que cueste este extraordinario!
Quedóse silencioso largo rato don Antolín, mirando fijamente a Luna,
como si acabara de ocurrírsele una idea extraordinaria. Al principio
fruncía el seno, cual si la repeliese, mas poco a poco su rostro fue
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