pero las acogía todas como buenas, por ser de él, sonando en sus oídos
cual música deliciosa.
La fama de Gabriel se difundía entre el personal humilde del templo. Los
domésticos de la Primada se hacían lenguas de su sabiduría. Los clérigos
fijábanse en él, y más de una vez el canónigo bibliotecario, al pasearse
por el claustro alto en las tardes lluviosas, había intentado hacer
hablar a Luna. Pero el fugitivo, por un resto de prudencia, mostrábase
con las sotanas, como él decía, fríamente cortés y reservado, temiendo
que le expulsarán si manifestaba su pensamiento.
Sólo un clérigo de los que veía en el claustro alto le había inspirado
confianza. Era un jovencito de aspecto miserable, con los hábitos
raídos; un cura de monjas de uno de los innumerables conventos de
Toledo. Tenía siete duros al mes por todo medio de vida y una madre
vieja a quien mantener, sencilla labradora que se había quitado el pan
de la boca para dar carrera al hijo.
--Ya ve usted, Gabriel--decía el curita--. Tanto sacrificio, para venir
a ganar menos de lo que gana un gañán en mi pueblo. ¿Y para esto me
ordenaron con tanto aparato? ¿Para esto canté misa en medio de gran
pompa, como si al desposarme con la Iglesia me uniese con la riqueza?
Su miseria le hacía un esclavo de don Antolín. En el último tercio del
mes se presentaba casi todos los días en el claustro para ablandar con
sus ruegos al -Vara de plata- y decidirle a un préstamo de unas cuantas
pesetas. Adulaba a Mariquita, que no podía mostrarse esquiva con él a
pesar de su sotana.
--Es muy bien parecido--decía a las mujeres de las Claverías, con el
entusiasmo que le inspiraba todo hombre--. Me gusta verle al lado de don
Gabriel y oírles cuando hablan paseando por el claustro. Parecen dos
grandes señores. Su madre le puso Martín, sin duda porque se parece al
San Martín de ese pintor que llaman el Greco y que está en no recuerdo
qué parroquia.
El halagar a don Antolín era empresa más ardua, y el pobre curita sufría
mucho para tener propicio al avaro, que se irritaba si no le devolvían a
tiempo sus préstamos mezquinos. El -Vara de plata-, en su afán
autoritario, gustaba de tener bajo su voluntad a un sacerdote, a un
igual, para que viesen en las Claverías que no mandaba únicamente en la
gente menuda. Don Martín era para él un criado con sotana, al que hacía
comparecer todas las tardes con diversos pretextos. Se satisfacía
teniéndolo horas enteras paseando frente a su casa, con la obligación de
escucharle y apoyar todas sus palabras.
Algunas veces, Gabriel sentía lástima ante la dependencia moral en que
vivía el pobre joven, y abandonando a su sobrina, salía al claustro para
unirse a ellos. No tardaban los amigos en buscarle; y ahora el
campanero, después el manchador, luego el pertiguero, el perrero o el
zapaterín, iban agregándose al grupo de que era núcleo el -Vara de
plata-. A don Antolín le gustaba verse rodeado por tanta gente, no
creyendo que fuese Gabriel quien la atraía, sino su autoridad, que
inspiraba miedo y respeto.
No reconociendo igualdad más que en Luna, sólo a él dirigía su palabra,
como si los demás no tuvieran otro deber que escucharle en silencio. Si
alguno hablaba, fingía no oírlo y seguía dirigiéndose a Gabriel.
Mariquita, desde la puerta de su casa, arrebujada en un mantón, los
seguía con la vista, participando del orgullo de su tío al ver que todos
se agrupaban en torno de él, acompañándolo en sus paseos por el
claustro. La proximidad de tanto hombre parecía marearla.
--¡Tío...! ¡Don Gabriel...!--decía con voz mimosa--. Entren ustedes;
dentro de casa estarán mejor; miren que, aunque hace sol, la tarde es
fría.
Pero el tío no prestaba atención a estas palabras y seguía paseando por
el lado del claustro bañado por el sol, hablando campanudamente de su
tema favorito: de la pobreza presente de la catedral y su grandeza en
otros tiempos.
--Este claustro en que estamos--decía--, ¿creen ustedes que lo
edificaron para que sirviera de refugio a la gente seglar y humilde que
hoy lo habita? No señor; la iglesia, aunque generosa, no hubiera
levantado estas habitaciones, con sus patios interiores y sus
columnitas, para los -Varas de palo-, el pertiguero, etc. Este claustro,
que había de ser tan grande y hermoso como el de abajo, lo comenzó el
cardenal Cisneros--don Antolín se llevó la mano al bonete--para que
viviesen en él, sujetos a reglas conventuales, los canónigos de la
catedral. Pero tenían mucho dinero los canónigos de entonces, eran unos
grandes señores, y no podían vivir aquí encerrados. Todos protestaron;
el cardenal, que tenía malas pulgas, quiso meterlos en cintura, y uno de
ellos fue con la queja a Roma, enviado por sus camaradas. Cisneros, como
era gobernador del Reino, puso guardias en todos los puertos, y el
canónigo emisario fue hecho prisionero al ir a embarcarse en Valencia.
Total, que los señores del cabildo, después de un gran pleito se
salieron con la suya, viviendo fuera de la Primada, y las Claverías
quedaron sin concluir, con este techo bajo y esta barandilla, todo
provisional... Pero aun siendo como es este claustro, han vivido reyes
en él. Aquí pasó varios días el gran monarca Felipe II. ¡Qué tiempos
aquéllos! Teniendo palacios a su disposición, los reyes preferían vivir
en estos cuartos, por estar dentro de la catedral, cerca de Dios.... A
tales monarcas, tales pueblos. Por esto España fue más grande entonces
que nunca, y éramos los amos del mundo, y había dinero y grandeza, y se
vivía feliz en la tierra, con la certeza de alcanzar el cielo después de
muerto.
--Eso es verdad--dijo el campanero--. Aquéllos eran los buenos tiempos,
y por que volviesen fuimos muchos a tiros en las montañas. ¡Ay, si
hubiera triunfado don Carlos! ¡Si no hubiésemos tenido traidores...!
¿Verdad, Gabriel? Tú, que hiciste la guerra lo mismo que yo, podrás
decir si tengo razón.
--Calla, Mariano--dijo Gabriel sonriendo tristemente--. No sabes lo que
dices. Tú te batiste y diste tu sangre por una causa que aún no conoces
a estas horas. Fuiste a la guerra tan ciego como yo. No pongas esa cara
de asombro, no intentes protestar. Y si no, vamos a ver: ¿qué deseabas
tú al batirte por don Carlos?
--¿Yo? Pues ante todo, que le diesen a cada cual lo suyo. ¿Le pertenece
a su familia la corona? Pues que se la den.
--¿Y eso es todo?--preguntó Luna con displicencia.
--Eso es lo de menos. Lo que yo quería y quiero es que la nación tenga
un buen amo, un señor recto, excelente católico, que, sin monsergas de
leyes ni de Cortes, nos gobierne a todos con el pan en una mano y el
palo en la otra. Al pillo, ¡garrotazo!, y al honrado, «¡Vengan esos
cinco!, ¡usted es mi amigo...!» Un rey que no permita que el rico
atropelle al pobre y se burle de él, que no deje que nadie se muera de
hambre queriendo trabajar... Vamos, creo que me explico.
--¿Y eso crees tú que existía en otra época y que tu rey va a
restaurarlo? Esos siglos que os pintan como de grandeza y bienestar son
justamente los más malos de nuestra historia, la causa de la decadencia
española, el principio de todos nuestros males.
--¡Alto ahí, Gabrielillo!--dijo el -Vara de plata---. Tú sabrás mucho,
has viajado y leído más que yo, pero eso no cuela. Estoy algo enterado
de la cuestión y no voy a permitir que abuses de la ignorancia de
Mariano y todos éstos. ¿Cómo puedes decir que aquellos tiempos fueron
malos y que ellos tienen la culpa de lo que ahora nos ocurre? El
verdadero culpable es el liberalismo, el descreimiento de la época, el
haberse metido el demonio en nuestra casa. España, cuando duda de sus
reyes y no tiene fe en el catolicismo, es como un cojo que suelta las
muletas y se viene al suelo. Sin el trono y el altar no somos nadie; y
la prueba la tienes en lo que nos está pasando desde que tuvimos
revoluciones. Nos quitan las islas; no pintamos nada entre los demás
pueblos; los españoles, que son los hombres más valientes del mundo, se
ven derrotados; no hay una peseta, y todos esos señores que charlan en
Madrid votan nuevas contribuciones y siempre estamos entrampados.
¿Cuándo se vio esto en otros tiempos? ¿Cuándo...?
--Se vieron cosas peores, más vergonzosas--dijo Luna.
--Tú estás loco, muchacho. Esos viajes te han corrompido; hasta creo que
tienes muy poco de español. ¡Miren ustedes que negar lo que todo el
mundo sabe, lo que enseñan hasta en las escuelas...! ¿Y los Reyes
Católicos eran cualquier cosa? No necesitas libros para saberlo. Entra
en el coro y verás en la sillería baja todas las batallas que los
religiosos monarcas ganaron a los moros con el apoyo de Dios.
Conquistaron Granada y arrojaron a los infieles que nos tuvieron siete
siglos en la barbarie. Después vino el descubrimiento de América. ¿Quién
podía hacer eso? Nosotros y nadie más que nosotros: aquella buena reina
que empeñaba sus joyas para que el bendito Colón realizara su viaje.
Esto no me lo negarás, me parece. ¿Y el emperador Carlos V? ¿Qué tienes
que decir de él? ¿Conoces un hombre más extraordinario? Les pegó a todos
los reyes de Europa; medio mundo era suyo: «el sol no se ponía nunca en
sus dominios»; los españoles éramos los amos de la tierra. Esto tampoco
podrás negarlo. Y no digamos nada de don Felipe II, un monarca tan
sabio, tan astuto, que hacía bailar a su gusto a los reyes de Europa
como si les tirase de un hilillo.... Todo para mayor gloria de España y
esplendor de la religión. De victorias y grandezas no digamos. Si su
padre venció en Pavía, él reventaba a los enemigos en San Quintín. ¿Y
qué me dices de Lepanto? Abajo, en la sacristía, están guardadas las
banderas de la nave que montaba don Juan de Austria. Tú las has visto:
una de ellas lleva la imagen de Jesús crucificado, y son tan grandes,
tan grandes, que al colgarlas del -triforium- hay que recoger las puntas
para que no toquen el suelo. ¿Tampoco fue nada lo de Lepanto...? ¡Vamos,
Gabriel, que hay que estar loco para negar ciertas cosas! Si ha habido
que matar moros para que no se apoderasen de Europa, poniendo en peligro
la fe cristiana, ¿quién lo ha hecho? Los españoles. Que los turcos
amenazaban con apoderarse de los mares: ¿quién les salía al paso?
España con su don Juan. Y para descubrir un mundo nuevo, los barquitos
de España; y para dar la vuelta a la tierra, otro español, Magallanes; y
para todo lo grande, nosotros, siempre nosotros, en aquella época de
religión y bienestar. ¡Y no digamos de sabiduría! Aquellos siglos
produjeron los hombres más famosos de España, grandes poetas y
eminentísimos teólogos. Nadie les ha igualado después. Y para demostrar
que la religión es fuente de toda grandeza, los más ilustres escritores
llevaban hábitos de sacerdote... Adivino lo que podrás argüírme. Que
tras unos monarcas tan gloriosos, vinieron otros menos grandes y comenzó
la decadencia. También sé algo de esto: lo he oído decir al
bibliotecario de la catedral y a otras personas de gran ciencia. Pero
esto nada significa. Son designios de Dios, que pone a prueba a los
pueblos, lo mismo que a las personas, haciéndoles bajar de la altura,
para remontarles de nuevo si ve que perseveran en el buen camino... Pero
no hablemos de esto. Si hubo decadencia, nada queremos saber de ella.
Deseamos el pasado glorioso, los brillantes siglos de los Reyes
Católicos, de don Carlos y de los dos Felipes, y a ellos nos dirigimos
cuando hablamos de que España vuelva a sus buenos tiempos.
--Pues esos siglos, don Antolín--dijo Gabriel con calma--, son los de la
decadencia española; en ellos se inicia nuestra ruina. No me extraña su
indignación: usted repite lo que le han enseñado. Gentes hay por ahí de
mayores estudios, que no se irritan menos si les tocan lo que llaman
nuestros siglos de oro. Es culpa de la educación que se da en este país.
La Historia es una mentira; para saberla tan mal, mejor sería ignorarla.
En las escuelas se enseña el pasado del país con un criterio semejante
al del salvaje, que aprecia los objetos por el brillo, no por su valor y
utilidad. España ha sido grande y estuvo en camino de ser la primera
nación del mundo por méritos sólidos y positivos que no hubiesen podido
quebrantar los azares de la guerra y la política. Pero esto fue antes de
esos siglos que usted ensalza, antes de los monarcas extranjeros; en la
Edad Media, que hacía presagiar muchas esperanzas, desvanecidas después
al consolidarse la unidad nacional. Nuestra Edad Media produjo un pueblo
culto, industrioso y civilizado como ninguno de los del mundo. Se
amontonaron en ella los materiales para construir una nación grande;
pero llegaron arquitectos de fuera y levantaron este edificio, cuyos
primeros años de existencia asombran a usted con el esplendor de la
novedad, pero entre cuyas ruinas caminamos ahora.
Gabriel olvidaba toda prudencia en el ardor de la discusión. No le
inspiraba miedo el -Vara de plata- con su gesto de inquisidor incapaz de
razonamientos; quería convencerle; sentía el ardor, el impulso
irresistible de sus tiempos de proselitismo, y hablaba sin recatar sus
pensamientos, sin buscarles ningún disfraz por consideración al ambiente
que le rodeaba. Don Antolín le oía con asombro, fija en él su mirada
fría. Los otros escuchaban presintiendo confusamente lo extraordinario
de tales ideas emitidas en el claustro de una catedral. Don Martín, el
cura de las monjas, a espaldas de su avariento protector, mostraba en
sus ojos la avidez simpática con que acogía las palabras de Luna.
Describía éste al pueblo hispano-romano, sobre el que había pasado la
invasión goda sin causar gran mella. Antes bien, el conquistador se
había empapado de la degeneración bajo-latina, quedando sin fuerzas,
corrompiéndose en luchas teológicas e intrigas de dinastía semejantes a
las de Bizancio. La regeneración no llegaba a España por el Norte, con
las hordas de bárbaros, se presentaba por la parte meridional, con los
árabes invasores. Al principio eran muy pocos, y sin embargo, bastaban
para vencer a Ruderico y sus corrompidos próceres. El instinto de la
nacionalidad cristiana revolviéndose contra los invasores, el repliegue
de toda el alma española a los riscos de Covadonga para caer de nuevo
sobre el conquistador, era una mentira. La España de entonces recibió
con agrado a las gentes que venían de África; los pueblos se entregaban
sin resistencia; un pelotón de jinetes árabes bastaba para que se
abriesen las puertas de una ciudad. Era una expedición civilizadora, más
bien que una conquista, y una corriente continua de emigración se
estableció en el Estrecho. Por él pasaba aquella cultura joven y
vigorosa, de rápido y asombroso crecimiento, que vencía apenas acababa
de nacer: una civilización creada por el entusiasmo religioso del
Profeta, que se había asimilado lo mejor del judaismo y la cultura
bizantina, llevando además consigo la gran tradición india, los restos
de la Persia y mucho de la misteriosa China. Era el Oriente que entraba
en Europa, no como los monarcas asirios, por la Grecia, que les repelía,
viendo en peligro su libertad, sino por el extremo opuesto, por la
España, esclava de reyes teólogos y obispos belicosos, que recibía con
los brazos abiertos a los invasores. En dos años se enseñorearon de lo
que luego costó siete siglos arrebatarles. No era una invasión que se
contiene con las armas: era una civilización joven que echaba raíces por
todos lados. El principio de la libertad religiosa, eterno cimiento de
las grandes nacionalidades, iba con ellos. En las ciudades dominadas,
aceptaban la iglesia del cristiano y la sinagoga del judío. La mezquita
no temía a los templos que encontraba en el país: los respetaba,
colocándose entre ellos sin envidia ni deseo de dominación. Del siglo
VIII al XV se fundaba y se desarrollaba la más elevada y opulenta
civilización de Europa en la Edad Media. Mientras los pueblos del Norte
diezmábanse en guerras religiosas y vivían en una barbarie de tribu, la
población de España se elevaba a más de treinta millones, revolviéndose
y amasándose en ella todas las razas y todas las creencias, con una
infinita variedad engendradora de poderosas vibraciones sociales,
semejante a la del moderno pueblo americano. Vivían confundidos
cristianos y musulmanes, árabes puros, sirios, egipcios, mauritanos,
judíos de tradición hispánica y judíos de Oriente, dando lugar a los
cruzamientos y mesticismos de mozárabes, mudejares, muladíes y
hebraizantes. Y en esta fecunda amalgama de pueblos y razas entraban
todas las ideas, costumbres y descubrimientos conocidos hasta entonces
en la tierra; todas las artes, ciencias, industrias, inventos y cultivos
de las antiguas civilizaciones, brotando del choque nuevos
descubrimientos y creadoras energías. La seda, el algodón, el café, el
papel, la naranja, el limón, la granada, el azúcar, venían con ellos de
Oriente, así como las alfombras, los tisúes, los tules, los
adamasquinados y la pólvora. Con ellos también la numeración decimal, el
álgebra, la alquimia, la química, la medicina, la cosmología y la poesía
rimada. Los filósofos griegos, próximos a desaparecer en el olvido, se
salvaban siguiendo al árabe invasor en sus conquistas. Aristóteles
reinaba en la famosa Universidad de Córdoba. Nacía el espíritu
caballeresco entre los árabes españoles, apropiándoselo después los
guerreros del Norte, como si fuese una cualidad de los pueblos
cristianos. Mientras en la Europa bárbara de los francos, los
anglonormandos y los germanos el pueblo vivía en chozas y los reyes y
barones anidaban en castillos de rocas ennegrecidos por las hogueras,
comidos por parásitos, vestidos de estameña y alimentados como los
hombres prehistóricos, los árabes españoles levantaban sus fantásticos
alcázares, y, como los refinados de la antigua Roma, reuníanse en los
baños para conversar sobre cuestiones científicas o literarias. Si algún
monje del Norte sentía la comezón del saber, venía a las universidades
árabes o las sinagogas judaicas de España, y los reyes de Europa se
creían salvos en sus enfermedades si, en fuerza de oro, podían
proporcionarse un médico hispánico.
Y cuando poco a poco el elemento autóctono se separa del invasor y
surgen las pequeñas nacionalidades cristianas, los árabes y los antiguos
españoles--si es que después del incesante cruzamiento de sangre puede
marcarse un límite entre las dos razas--pelean caballerescamente, sin
exterminarse luego de la victoria, estimándose mutuamente, con grandes
intervalos de paz, como si quisieran retrasar el momento de la
definitiva separación y uniéndose muchas veces para empresas comunes. Un
régimen de libertad impera en los Estados cristianos. Surgen las Cortes
mucho antes que en los países septentrionales de Europa, y los pueblos
españoles se gobiernan y regulan sus gastos por sí mismos, viendo sólo
en el monarca un jefe militar. Los municipios son pequeñas repúblicas,
con sus magistrados electivos. Las milicias ciudadanas realizan el ideal
del ejército democrático. La Iglesia, compenetrada con el pueblo, vive
en paz con las otras religiones del país; una burguesía inteligente crea
en el interior poderosas industrias y arma en las costas la primera
marina de la época, y los productos españoles son los más apreciados en
todos los puertos de Europa. Existían ciudades tan populosas como las
modernas capitales del mundo; poblaciones enteras eran inmensas fábricas
de tejidos; se cultivaba todo el suelo de la Península.
Los Reyes Católicos marcaron el apogeo de las fuerzas nacionales y el
principio de su decadencia. Su reinado fue grande porque se prolongó
hasta él el impulso de las energías incubadas por la Edad Media; fue
execrable porque su política torció los derroteros de España,
impulsándonos al fanatismo religioso y a las ambiciones de un cesarismo
universal. Adelantados en dos o tres siglos al resto de Europa, era
España para el mundo de entonces lo que es Inglaterra para nuestra
época. De seguir la misma política de tolerancia religiosa, de confusión
de razas, de trabajo industrial y agrícola, con preferencia a las
empresas militares, ¿dónde estaríamos ahora?
Gabriel hacía esta pregunta interrumpiendo su calurosa descripción del
pasado.
--El renacimiento--continuó Luna--fue más español que italiano. En
Italia renacieron las bellas letras de la antigüedad y el arte
grecorromano; pero no todo el Renacimiento fue literario. El
Renacimiento representa el surgir a la vida de una sociedad nueva, con
cultivos, industrias, ejércitos, conocimientos científicos, etc. ¿Y esto
quién lo hizo sino España, aquella España árabe-hebreo-cristiana de los
Reyes Católicos? El Gran Capitán enseñó al mundo el arte de guerrear
moderno; Pedro Navarro fue un ingeniero asombroso; las tropas españolas
las primeras en usar las armas de fuego, creándose así la infantería,
que democratizó la guerra, dando superioridad al pueblo sobre los nobles
jinetes cubiertos de hierro. España fue quien descubrió la América.
--¿Y te parece poco todo eso?--interrumpió don Antolín--. ¿No convienes
en lo mismo que yo decía? ¿Se han visto nunca en España tantas grandezas
juntas como en la época de aquellos reyes que por algo se llamaron
Católicos?
--Reconozco que fue un gran período de nuestra historia, el último
verdaderamente glorioso, el postrer rayo que lanzó antes de extinguirse
la única España que ha marchado por el buen camino. Pero antes de morir
los Reyes Católicos ya empieza la decadencia al descuartizarse el cuerpo
joven y robusto de la España árabe, cristiana y hebrea. Tiene usted
razón, don Antolín: por algo se llamaban Católicos aquellos reyes.
Establece la Inquisición doña Isabel con su fanatismo de hembra. La
ciencia apaga su lámpara en la mezquita y la sinagoga y oculta los
libros en el convento cristiano, viendo que es llegada la hora de rezar
más que de leer. El pensamiento español se refugia en la sombra, tiembla
de frío y soledad, y acaba por morir. Lo que resta de él se dedica a la
poesía, a la comedia, a los escarceos teológicos. La ciencia es un
camino que conduce a la hoguera. Después sobreviene una nueva calamidad,
la expulsión de los judíos hispánicos, tan compenetrados con el espíritu
de este país, tan amantes de él, que aún hoy, después de cuatro siglos,
esparcidos por las riberas del Danubio o del Bosforo, son españoles y
lloran en viejo castellano la patria perdida:
-Perdimos la bella Sión-;
-perdimos también España-,
-nido de consolación-.
Aquel pueblo que había dado a la ciencia de la Edad Media un Maimónides
y era el sostenedor de la industria y el comercio hispánicos, salió en
masa de nuestro país. España, engañada por su extraordinaria vitalidad,
se abría las venas para contentar al naciente fanatismo, creyendo
sobrellevar sin peligro esta pérdida. Después viene lo que un escritor
moderno llama «el cuerpo extraño» interponiéndose en nuestra vida
nacional: los Austrias que reinan y España que pierde para siempre su
carácter y muere.
--Gabriel--interrumpió el sacerdote--, eso que dices son disparates. La
verdadera España empieza con el Emperador y sigue igualmente gloriosa
con don Felipe II. Ésa es la España castiza que debe servirnos de
ejemplo y a la cual queremos volver.
--No; la España castiza, la España española, sin mezcla de
extranjerismo, es la de los cristianos mezclados con árabes, moros y
judíos, la de la tolerancia religiosa, la del engrandecimiento
industrial y agrícola y los municipios libres, la que muere bajo los
Reyes Católicos. Lo que viene luego es la España teutónica y flamenca,
convertida en una colonia de Alemania, sirviendo como un soldado
mercenario bajo banderas extranjeras, arruinándose en empresas que nada
le interesaban, derramando la sangre y el oro por los compromisos del
llamado Sacro Imperio Romano Germánico. Comprendo el encanto que ejerce
el Emperador sobre los caracteres estacionarios, adoradores del pasado.
¡Una gran persona el tal don Carlos! Valeroso en el combate, astuto en
la política, alegre y campechano como un burgomaestre de su país; gran
comedor, gran bebedor y aficionado a tomar por el talle a las muchachas.
Pero no había en él nada de español. La herencia de su madre sólo la
aprereciaba como buena para explotarla. España es una sierva del
germanismo, pronta a dar cuantos hombres se la pidan y a satisfacer
empréstitos y tributos. Toda la vida exuberante almacenada en este suelo
por la cultura hispanoárabe durante siglos la absorbe el Norte en menos
de cien años. Desaparecen los municipios libres; sus defensores suben al
cadalso en Castilla y en Valencia; el español abandona el arado y el
telar para correr el mundo con el arcabuz al hombro; las milicias
ciudadanas se transforman en tercios que se baten en toda Europa sin
saber por qué ni para qué; las ciudades industriosas descienden a ser
aldeas; las iglesias se tornan conventos; el clérigo popular y tolerante
se convierte en fraile, que copia, por imitación servil, el fanatismo
germánico; los campos quedan yermos por falta de brazos; sueñan los
pobres con hacerse ricos en el saqueo de una ciudad enemiga, y abandonan
el trabajo; la burguesía industriosa se convierte en plantel de
covachuelistas y golillas, abandonando el comercio como ocupación vil,
propia de herejes, y los ejércitos mercenarios de España, tan invictos y
gloriosos como desarrapados, sin más paga que el robo y en continua
sublevación contra los jefes, infestan nuestro país con un hampa
miserable, de la que salen el espadachín, el pordiosero con trabuco, el
salteador de caminos, el santero andante, el hidalgo hambrón y todos los
personajes que después recogió la novela picaresca.
--¡Pero Gabriel de los demonios!--dijo, indignado, el -Vara de plata---,
¿negarás que don Carlos, que edificó el Alcázar de Toledo, y don Felipe
II, que vivió en este mismo claustro, fueron dos grandes reyes...?
--No lo niego: fueron dos hombres extraordinarios, dos grandes monarcas;
pero mataron a España para siempre. Fueron dos extranjeros, dos
alemanes. Felipe II se revistió de un falso españolismo para continuar
la política germánica de su padre. Esta máscara nos causó gran daño,
pues aún quedan hoy muchos que la admiran como la más castiza
representación del españolismo. Hay para volverse loco ante las absurdas
conjeturas y las faltas de verdad que inspiran aquella época. Muchos
católicos sueñan con canonizar a Felipe II por la crueldad fría con que
exterminaba a los herejes: el tal rey no tenía otro catolicismo que el
suyo; era un heredero del cesarismo germánico, eterno martillo de los
papas. Arrastrado por la soberbia, bordeaba continuamente el cisma y la
herejía. Si no rompió con el Pontificado fue porque, temiendo éste que
los soldados de España, que habían entrado dos veces en Roma, se
quedasen en ella para siempre, se allanaba a todas sus imposiciones. El
padre y el hijo nos robaron la nacionalidad y disfrazados con ella,
derrocharon nuestra vida en sus planes puramente personales de resucitar
el cesarismo de Carlomagno y hacer la religión católica a su gusto e
imagen. Hasta mataron la antigua religiosidad española, tolerante y
culta por su continuo roce con el mahometismo y el hebraísmo: aquella
Iglesia hispánica, cuyo sacerdote vivía en paz dentro de las ciudades
con el alfaquí y el rabino, y que castigaba con penas morales a los que
por exceso de celo turbaban el culto de los infieles. La intolerancia
religiosa, que los historiadores extranjeros creen un producto
espontáneo del suelo español, nos fue importada por el cesarismo
germánico. Era el fraile alemán, que llegaba con su brutalidad devota y
su locura teológica, no templada, como en España, por la cultura semita.
Con su intransigencia provocaba la revolución de la Reforma en los
países del Norte; y arrojado de ellos, venía aquí a renovar en tierra
nueva su incultura y su fanatismo. El terreno estaba bien preparado. Al
morir las ciudades libres, aquellos municipios que eran republicanos,
murió el pueblo. La simiente extranjera produjo en poco tiempo una
inmensa selva: la selva de la Inquisición y del fanatismo, que aún
subsiste. Cortan y cortan los leñadores modernos, pero son pocos y caen
fatigados; los brazos de un hombre pueden poco ante troncos de cuatro
siglos. El fuego, únicamente el fuego podrá acabar con esa vegetación
maldita.
Don Antolín abría los ojos con asombro. Ya no se indignaba: parecía
aterrado por las palabras de Luna.
--¡Gabriel!, ¡hijo mío!--exclamó--. Eres más verde de lo que yo creía.
Piensa en dónde estás; fíjate en lo que dices. Estamos en la Iglesia
Primada de las Españas....
Pero Luna había tomado impulso al remover sus recuerdos históricos y no
se detenía, arrastrado por su ardor de propagandista. Le animaba la
antigua fiebre oratoria y hablaba como en los mítines, cuando no podía
contener su palabra entre los aplausos, las protestas y el oleaje de la
muchedumbre resistiendo a la Policía.
El asombro del sacerdote sirvió para excitarle más.
--Felipe II--continuó--era un extranjero, alemán hasta los huesos. Su
gravedad taciturna, su pensamiento tardo y penetrante, no eran
españoles: eran flamencos. La impasibilidad con que recibía los reveses
que arruinaban a la nación era la de un extraño que no estaba ligado por
ningún afecto a esta tierra. «Mejor quiero reinar sobre cadáveres que
sobre herejes», decía. Y cadáveres eran, realmente, los españoles,
condenados a no pensar o a mentir, ocultando su pensamiento. Los
antiguos oficios habían desaparecido. Fuera de la Iglesia no existía
otro porvenir que ser aventurero en aquella América que de nada servía a
la nación, pues la convertían en una caja de caudales del rey, o ser
soldado de oficio en Europa, batiéndose por la reconstitución del Sacro
Imperio Germánico, por la supeditación del Papa al Emperador y por la
extinción de la Reforma religiosa, empresas que en nada interesaban a
España, y eran, sin embargo, sangrías sueltas por las que se escapaba su
vida. Los menestrales desaparecían, tragados por los ejércitos, y las
ciudades se llenaban de inválidos y veteranos arrastrando la roñosa
tizona, única prueba de la valía personal. Extinguiéronse los gremios y
la clase media; sólo hubo nobles, orgullosos de ser criados de los
reyes, y un populacho que pedía pan y espectáculos, como el romano,
contentándose con la sopa de los conventos y las quemas dé herejes
organizadas por la Inquisición.
Después sobrevenía la ruina. Tras los cesares grandes, fatales para
España, venían los chicos: el fanático Felipe III, que daba el golpe de
misericordia expulsando a los moriscos; Felipe IV, un degenerado con
aficiones literarias, que escribía versos y cortejaba monjas, y el
miserable Carlos II.
--Nunca ha habido en España tanta religiosidad, don Antolín--decía
Luna--. La Iglesia era dueña de todo. Los tribunales eclesiásticos
juzgaban hasta al mismo rey, pero la justicia seglar no podía tocarle un
pelo de la ropa al último sacristán, aunque cometiese los mayores
delitos en la vía pública. Sólo la Iglesia podía juzgar a los suyos.
Según cuenta Barrionuevo en sus Memorias, frailes armados hasta los
dientes arrebataban a la justicia del rey, en pleno día y en medio de la
plaza Mayor de Madrid, al pie de la horca, a uno de los suyos
sentenciado por asesinato. La Inquisición no satisfecha con achicharrar
herejes, juzgaba y castigaba... a los contrabandistas de ganado. Los
hombres de letras refugiábanse aterrados en la amena literatura, como
último albergue del pensamiento. Limitábanse a producir novelas
picarescas o comedias en las que se ensalzaba un honor fiero que sólo
existía en la imaginación de los poetas, mientras reinaba la mayor
corrupción en las costumbres. Los grandes ingenios españoles ignoraban o
fingían ignorar lo que la revolución decía más allá dé las fronteras.
Quevedo, que era el más audaz, sólo osaba decir:
-Con la Inquisición-....
¡-Chitan-!
triste epitafio del pensamiento español, que prefería perecer, ya que la
verdad no podía decirse. Para vivir tranquilos y sustentarse en una
época de incultura, los poetas buscaban la sombra de la Iglesia y se
cubrían con sus hábitos. Lope de Vega, Calderón, Moreto, Tirso de
Molina, Mira de Amescua, Tárrega, Argensola, Góngora, Rioja y otros,
eran sacerdotes, muchos de ellos después de una vida borrascosa.
Montalbán fue cura y empleado de la Inquisición, y hasta el pobre
Cervantes, en la vejez, hubo de tomar el hábito de San Francisco. España
tenía once mil conventos, con más de cien mil frailes y cuarenta mil
monjas, y a esto había que añadir ciento sesenta y ocho mil sacerdotes y
los innumerable servidores dependientes de la Iglesia, como alguaciles,
familiares, carceleros y escribanos del Santo Oficio, sacristanes,
mayordomos, buleros, santeros, ermitaños, demandaderos, seises,
cantores, legos, novicios, ¡y qué sé yo cuánta gente más...! En cambio,
la nación, desde treinta millones de habitantes, había bajado a siete
millones en poco más de dos siglos. Las expulsiones de judíos y moriscos
por la intolerancia religiosa; la Inquisición con el miedo que
inspiraba; las continuas guerras en el exterior; la emigración a América
con la esperanza de enriquecerse sin trabajo; el hambre, la falta de
higiene, el abandono de los campos, habían realizado esta rápida
despoblación. Las rentas de España llegaron a bajar a catorce millones
de ducados, mientras las del clero ascendían a ocho millones. La Iglesia
poseía más de la mitad de la fortuna nacional. ¡Qué tiempos!, ¿en, don
Antolín?
El -Vara de plata- le escuchaba fríamente, como si hubiese formado un
concepto definitivo de Luna y no hiciera gran caso de sus palabras.
--Por malos que fuesen--dijo con lentitud--, no serían peores que los
presentes. Al menos, nadie robaba a la Iglesia. Cada uno se contentaba
con su pobreza, pensando en el cielo, que es la única verdad, y el culto
de Dios tenía lo que le corresponde. ¿Es que tú, acaso, no crees en
Dios...?
Gabriel eludió la respuesta, y siguió hablando de aquellos tiempos.
Fue un período de barbarie, de estancamiento, mientras Europa se
desenvolvía y progresaba. El pueblo que iba al frente de la civilización
se quedó entre los últimos. Los reyes, impulsados por el orgullo español
y por las pretensiones heredadas de los cesares germánicos, acometían la
loca aventura de dominar toda Europa, sin más base que una nación de
siete millones de habitantes y unos tercios mal pagados y hambrientos.
El oro de América iba a parar a los bolsillos de los holandeses, y en
esta empresa, digna de Don Quijote, recibía la nación golpe tras golpe.
España era cada vez más católica, más pobre y más bárbara. Ansiaba
conquistar el mundo, y tenía en su interior regiones enteras
deshabitadas. Muchos de los antiguos pueblos habían desaparecido; se
borraban los caminos; nadie en España sabía con certeza la geografía del
país, y en cambio, pocos ignoraban la situación del cielo y del
purgatorio. Los parajes de alguna feracidad no estaban ocupados por
granjas, sino por conventos, y al borde de las escasas carreteras
vivaqueaban las partidas de bandoleros, refugiándose, al verse
perseguidos, en los monasterios, donde les apreciaban por su
religiosidad y por las muchas misas que encargaban para sus almas
pecadoras.
La incultura era atroz. Los reyes estaban aconsejados por clérigos hasta
en asuntos de guerra. Carlos II, ante la oferta de que tropas holandesas
guarnecieran las plazas españolas de Flandes, consultó el asunto con
teólogos, como un caso de conciencia, porque esto podía facilitar la
difusión de la herejía, y acabó por preferir que cayesen en poder de los
franceses, que, aunque enemigos, al fin eran católicos. En la
Universidad de Salamanca, el poeta Torres de Villarroel no encontraba ni
una sola obra de geografía, y cuando hablaba de matemáticas, los
discípulos le decían que eran cosas de sortilegio, ciencia del diablo
que únicamente podía entenderse untándose con el ungüento que usan los
brujos. Los teólogos de la corte repelían el plan de un canal para unir
el Tajo con el Manzanares, diciendo que la obra era contra la voluntad
de Dios, pues con decir éste «fiat», los dos ríos se hubieran unido, y
que por algo estaban separados desde el principio del mundo. Los médicos
de Madrid pedían a Felipe IV que se dejara la basura en las calles,
«porque siendo muy sutil el aire de la ciudad, ocasionaría grandes
estragos si no se impregnaba del vaho de las inmundicias». Y un siglo
después, un teólogo famoso de Sevilla retaba en un acto público a que
discutiesen con él esta tesis: «Más queremos errar con San Clemente, San
Basilio y San Agustín, que acertar con Descartes y Newton.»
Felipe II había amenazado con pena de muerte y confiscación de bienes al
que publicase libros extranjeros o circulase los manuscritos; sus
sucesores prohibieron a los españoles escribir sobre materias políticas.
Falto el pensamiento de expansión, se dedicó a las artes y la poesía. El
teatro y la pintura llegaron a un nivel casi superior al de los otros
pueblos. Fueron la válvula de escape del genio nacional; pero esta
primavera del arte fue efímera, y en mitad del siglo XVII sobrevino una
decadencia grotesca y envilecedora.
La pobreza en aquellos dos siglos fue horrible. El mismo Felipe II, con
ser señor del mundo, sacó a la venta los títulos de nobleza por seis mil
reales, añadiendo al margen del decreto «que no se reparase mucho en la
calidad y origen de las personas». En Madrid, el pueblo asaltaba las
panaderías, disputándose el pan a puñaladas. El presidente de Castilla
recorría los lugares de la provincia, acompañado del verdugo, para
despojar a los labradores de sus escasas cosechas. Los recaudadores de
tributos, no encontrando qué cobrar en los pueblos, arrancaban las
techumbres de las casas, vendiendo las maderas y las tejas. Las familias
huían al monte al ver en lontananza a los representantes del rey; los
pueblos quedaban desiertos y caían en ruinas. El hambre entraba hasta
en el palacio real, y Carlos II, señor de España y de las Indias, no
podía algunos días dar de comer a la servidumbre. El embajador de
Inglaterra y el de Dinamarca tenían que salir con criados armados a
buscar pan en las cercanías de Madrid.
Y mientras tanto, los innumerables conventos, dueños de más de la mitad
del país y únicos poseedores de la riqueza, mostraban su caridad
repartiendo la sopa a aquellos que aún tenían fuerzas para ir a
buscarla, y fundando hospicios y hospitales, donde la gente moría de
miseria, pero segura de entrar en el cielo. En las ciudades no había más
establecimientos prósperos y ricos que los conventos y los hospitales.
La antigua industria había desaparecido. Segovia, famosa por sus paños,
que ocupaba en su fabricación cerca de cuarenta mil personas, apenas si
tenía quince mil habitantes, y tan olvidados de tejer la lana, que
cuando Felipe V quiso restablecer la fabricación tuvo que traer obreros
alemanes.
--Y así Sevilla, y Valencia, y Medina del Campo, famosas por su feria y
sus industrias--continuaba Gabriel--. Sevilla, que en el siglo XV poseía
dieciséis mil telares de seda, llegó en el XVII a no tener más que
sesenta y cinco. Bien es verdad que, en cambio, su clero catedral era de
ciento diecisiete canónigos y tenía sesenta y ocho conventos con más de
cuatro mil frailes y catorce mil clérigos en la diócesis. ¿Y Toledo? A
fines del siglo XV empleaba cincuenta mil obreros en sus tejidos de seda
y de lana y sus talleres de armas, y a más los curtidores, los plateros,
los guanteros y los joyeros. A fines del XVII no tenía apenas quince mil
habitantes. Todo muerto, todo arruinado; veinticinco casas de familias
ilustres pasaron a poder de los conventos; no había más ricos en la
ciudad que los frailes, el arzobispo y la catedral. España estaba tan
exangüe al acabar los Austrias, que se vio próxima a ser repartida entre
las potencias de Europa, como Polonia, otro pueblo católico como el
nuestro. La discordia entre los reyes fue lo único que nos salvó.
Si tan malos fueron aquellos tiempos, Gabriel--dijo el -Vara de
plata---, ¿cómo los españoles mostraban tanta conformidad? ¿Por qué no
hacían pronunciamientos y sublevaciones como en esta época de perdición?
--¿Qué habían de hacer? El despotismo de los dos cesares había impuesto
a los españoles una ciega obediencia a los reyes, como representantes de
Dios. El clero los educaba en esta creencia, por la comunidad de
intereses entre la Iglesia y el Trono. Hasta los poetas más ilustres
corrompían al pueblo, ensalzando el servilismo monárquico en sus
comedias. Calderón afirmaba que la hacienda y la vida del ciudadano no
pertenecían a éste, pues eran del rey. Además, la religión lo llenaba
todo, era el único fin de la existencia, y los españoles, pensando
siempre en el cielo, acababan por acostumbrarse a las miserias de la
tierra. No dude usted que el exceso de religiosidad nos arruinó y estuvo
próximo a matarnos como nación. Aún ahora arrastramos las consecuencias
de esta enfermedad que ha durado siglos.... Para salvar de la muerte a
este país, ¿qué hubo que hacer? Llamar al extranjero; y vinieron los
Borbones. Miren ustedes si habríamos llegado abajo, que ni militares
teníamos. En esta tierra, a falta de otros méritos, desde la época
celtíbera siempre hemos contado con caudillos de pelea. Pues bien; en la
guerra de Sucesión hubo que traer generales ingleses y franceses y hasta
oficiales, pues no había un español que supiera apuntar un cañón ni
mandar una compañía. No había quien sirviera para ministro, y
extranjeros fueron todos los gobernantes con Felipe V y Fernando VI;
extranjeros los que vinieron a restaurar las perdidas industrias, a
roturar las tierras abandonadas, a establecer los antiguos riegos y
fundar colonias en los páramos frecuentados por fieras y bandidos.
España, que había colonizado medio mundo a su manera, era a su vez
descubierta y colonizada por los europeos. Los españoles aparecían como
pobres indios guiados por su cacique el fraile y adornados los harapos
con escapularios y milagrosas reliquias. El anticlericalismo era el
único remedio para tanta ruina, y este espíritu vino con los
colonizadores extranjeros. Felipe V quiso suprimir la Inquisición y
acabar la guerra naval con las naciones musulmanas, que duraba mil años,
despoblando las costas del Mediterráneo con el miedo a los piratas
berberiscos y turcos. Pero los indígenas se revolvían contra toda
reforma de los colonizadores, y el primer Borbón tuvo que desistir,
viendo en peligro su corona. Después, sus sucesores inmediatos, con
mayores raíces en el país, se atrevieron a continuar su obra. Carlos
III, para civilizar a España, sólo tuvo que meter mano a la Iglesia,
limitando sus privilegios y sus rentas, cuidando las cosas de la tierra
y olvidando las del cielo. Se vio el mismo espectáculo que en nuestro
siglo, cuando los gobiernos tocan los intereses eclesiásticos. Los
obispos protestaron, hablando en pastorales y cartas de «las
persecuciones de la pobre Iglesia, saqueada en sus bienes, ultrajada en
sus ministros y atropellada en sus inmunidades»; pero el país despertó,
gozando el único período próspero que se conoce en los tiempos modernos
antes de la desamortización. Europa estaba regida entonces por reyes
filósofos y Carlos III era uno de ellos. El eco de la revolución inglesa
vibraba aún en el mundo. Los monarcas querían ser amados, no temidos, y
en casi todas las naciones luchaban con el embrutecimiento de las masas,
imponiendo las reformas progresivas de real orden y casi por la fuerza.
Pero el gran mal del sistema monárquico es la herencia, el poder
vinculado en una familia. Un hombre de buen sentido y rectas intenciones
puede engendrar un imbécil: tras Carlos III reinó Carlos IV, y por si
esto no fuese suficiente, al año de morir aquel monarca estalló la
Revolución francesa, con sus audacias, que volvieron locos a todos los
reyes de Europa. A los Borbones de España se les fue la cabeza, para no
recobrarla ya más. Descarrilaron, se salieron del camino, abrazándose de
nuevo a la Iglesia, como única salvación ante el peligro
revolucionario, y todavía no han vuelto ni volverán a la buena ruta.
Jesuítas, frailes y obispos tornaron a ser los consejeros de palacio, y
aún lo son ahora, como en los tiempos en que Carlos II consultaba los
planes militares y políticos con una junta de teólogos. Hemos tenido
revoluciones mentidas que han derrocado las personas, no las ideas. Algo
hemos adelantado, pero a saltitos, tímidamente, con desordenados
retrocesos, como el que avanza con miedo, y de repente, al más leve
ruido, echa a correr hacia el punto de partida. La transformación ha
sido más exterior que interna. La gente vive aún con el alma del siglo
XVII. Perdura en ella el miedo, la cobardía que inspiraba la hoguera
inquisitorial. Los españoles tienen médula de esclavo; sus arrogancias y
energías son exteriores. No en balde se viven tres siglos de servidumbre
eclesiástica. Hacen revoluciones, son capaces de rebelarse, pero se
detendrán siempre ante el umbral de la Iglesia, que fue su señora por la
fuerza y continúa siéndolo sin ella. No hay miedo de que entren aquí:
esté usted tranquilo, don Antolín; y eso que, en justicia, tendrían
muchas cuentas que pedirla sobre el pasado. ¿Es porque son religiosos
como en otras épocas? Usted sabe que no, y se queja con razón viendo
cómo se extinguen, sin el auxilio popular, las antiguas grandezas de la
Iglesia.
--Eso es verdad--dijo el -Vara de plata---. No hay fe: nadie es capaz de
hacer un sacrificio por la casa de Dios. Sólo en la hora de la muerte,
cuando entra el miedo, se acuerdan algunos de ayudarnos con su fortuna.
--No hay fe; ésa es la verdad. El español, después de aquella fiebre
religiosa que casi le produjo la muerte, vive en una indiferencia
interna, no por reflexión científica, sino por debilidad de pensamiento.
Sabe que irá al cielo o al infierno; lo cree así porque se lo han
enseñado; pero se deja llevar por la corriente de la vida, sin esfuerzo
alguno por escoger un sitio u otro. Es el hombre que más práctica la
religión y menos piensa en ella. Ni duda ni cree. Acepta lo
establecido, viviendo en un sonambulismo intelectual. Si alguna vez el
pensamiento, desvelándose, le sugiere una crítica, la ahoga al momento
por el miedo. La inquisición aún vive entre nosotros; no tememos a la
hoguera, pero nos causa pavor el «qué dirán». La sociedad estacionada y
refractaria a toda innovación es el Santo Oficio moderno. El que
desentona, saliéndose de la general y monótona vulgaridad, se atrae las
iras sordas de la gran masa escandalizada y sufre el castigo. Si es
pobre, se le somete a la prueba del hambre cortándole los medios de
vida; si es independiente, se le quema en efigie, creando el vacío en
torno de él. Hay que ser correcto, acatar lo establecido, y de aquí que,
ligados unos a otros por el miedo, no surja una idea original, no exista
un pensamiento independiente, y hasta los sabios se guarden para ellos
las conclusiones que sacan del estudio, sometiéndose en la vida vulgar a
los mismos usos y preocupaciones de los imbéciles. Mientras esto siga,
es tarea inútil la de los revolucionarios en este país. Podrán cambiar
aparentemente la faz del suelo, pero al hundir el azadón encontrarán la
piedra de los siglos siempre unida y compacta. El carácter nacional, al
perder la fe religiosa, no ha cambiado. La fe ha muerto, pero queda el
cadáver, con apariencias vitales, ocupando el mismo sitio, obstruyendo
el paso con su dureza de momia. Los mismos revolucionarios sostienen,
con su deseo de no desentonar, este simulacro de vida. Imitan el respeto
y la tolerancia de los vencedores de otros países, pero no aprenden
antes el ímpetu irrespetuoso y anonadador con que otros pueblos
derrumbaron y patearon el pasado sin misericordia ni escrúpulos. Pobre y
arrinconada está la Iglesia, don Antolín, comparándola con lo que fue en
otros siglos; pero no tema usted que se agrave su situación. La marea ha
llegado a su mayor altura y no pasará de ahí. Mientras en este país
tenga miedo la gente a decir lo que piensa, y se escandalice ante una
idea nueva, y tiemble por lo que dirá el vecino, ríanse de las
revoluciones, pues por muchas que estallen no les llegará a ustedes el
agua a la boca.
Don Antolín reía escuchando esto.
--Pero hombre, Gabrielillo, debes de estar loco. Esos viajes y esas
lecturas te han trastornado. Al principio me indignaba, creyéndote de
los que desean una revolución para quitarnos lo poco que nos queda y
proclamar a la pendanga de la República, suprimiendo el presupuesto
eclesiástico. Pero veo que vas más allá; con nada te conformas, todo te
parece pésimo... y esto me hace gracia. No eres enemigo terrible, porque
tiras de muy lejos. Me parece que andas tan mal de la cabeza como del
pecho.... Pero hombre, ¿aún te parecen poca cosa las revoluciones que
hemos tenido? ¿Y aún crees que el país está tan salvaje como en esos
siglos que has pintado a tu manera...? Pues yo--añadió el sacerdote con
ironía--oigo hablar mucho de los progresos del país, y sé que hay
ferrocarriles, y que los alrededores de las ciudades se pueblan de
chimeneas, y hasta muchos impíos celebran esto, comparándolas con los
campanarios de las iglesias.
--¡Bah!--exclamó Gabriel con expresión de indiferencia--. Algo hay de
esos adelantos. Las revoluciones políticas han puesto a España en
contacto con Europa. La corriente progresiva ha cogido a este país,
arrastrándolo como arrastra a los pueblos asiáticos y oceánicos. Hoy
nadie se libra de ella. Pero nosotros vamos río abajo, inertes y sin
fuerzas; si avanzamos, es por la corriente, no por nuestro vigor,
mientras otros pueblos más fuertes nadan y nadan, alejándose cada vez
más. ¿En qué hemos contribuido a este progreso? ¿Dónde están nuestras
manifestaciones de vida moderna? Los ferrocarriles, escasos y malos, son
obra de extranjeros, y a ellos pertenece su propiedad; entre los rieles
crece la hierba, lo que demuestra que aún sigue la santa calma de
aquellos tiempos de carromatos y galeras aceleradas. Las industrias más
importantes, la metalurgia y las minas, de extranjeros son también, o de
españoles que están supeditados a ellos, viviendo de su protectora
misericordia. La industria vegeta a la sombra de un proteccionismo
bárbaro que encarece el género, fomentando sus defectos, y aun así no
encuentra capital. El dinero sigue guardado en los campos en forma de
tesoro, en el fondo de una tinaja, o se dedica a la usura en las
poblaciones, lo mismo que en pasados siglos. Los más audaces se atreven
a dedicarlo a la compra de los valores públicos, y los gobiernos
continúan el despilfarro, seguros de que encontrarán siempre quienes les
presten y ensalzando este crédito como una manifestación de la
prosperidad del país. Hay en España dos millones de hectáreas de tierra
sin cultivar, veintiséis millones de secano y sólo un millón de regadío.
Este cultivo de secano, que viene a ser toda nuestra agricultura, es un
llamamiento que la desidia española hace al hambre; una demostración
perpetua del fanatismo, que confía en la rogativa y en la lluvia del
cielo más que en los adelantos de los hombres. Los ríos ruedan hacia los
mares por cerca de comarcas abrasadas, desbordándose en el invierno no
para fecundar, sino para arrastrarlo lodo en el ímpetu de la inundación.
Hay piedra para iglesias y nuevos convenios, nunca para diques y
pantanos. Se levantan campanarios y se cortan árboles, que atraen la
lluvia. Y no me arguya usted de nuevo, Antolín, que la Iglesia es pobre
y de nada tiene la culpa. Los pobres son ustedes, los de la Iglesia
rancia y tradicional, los de la religión a la española, pues en esto hay
modas, y los fieles se van con lo más reciente; pero ahí están los
jesuítas, la manifestación más moderna del catolicismo, la «última
novedad», que con su Corazón de Jesús y demás idolatrías a la francesa
levantan palacios e iglesias en todas partes, desviando el dinero que
antes iba a las catedrales y siendo la única demostración de la riqueza
del país. Pero volvamos a nuestro progreso. Peor aún que la sequedad, es
para nuestra agricultura la ignorancia y la rutina del pueblo labrador.
Toda invención y aplicación científica la rechazan, creyéndola mala.
«Los tiempos pasados eran los buenos. Así cultivaban mis abuelos y así
debo hacerlo yo.» La ignorancia se ve convertida en gloria nacional. Y
no hay que esperar por ahora el remedio. En otros países salen de las
universidades y de las escuelas superiores los reformistas, los
combatientes del progreso. Aquí sólo producen los centros de enseñanza
un proletariado de levita ansioso de vivir, que asalta las profesiones y
puestos públicos sin otro deseo que el de abrirse paso y que esta
situación continúe. Se estudia (si es que se estudia) durante unos
cuantos años, no para saber, sino para adquirir un diploma, un pedazo de
papel que autorice a ganarse el pan. Se aprende lo que declama el
catedrático, sin curiosidad alguna de ir más allá. Los profesores son en
su mayoría médicos y abogados que ejercen su carrera, van una hora todos
los días a sentarse en la cátedra, repitiendo como un fonógrafo lo que
dijeron en años anteriores, y vuelven en seguida a sus enfermos y sus
pleitos, sin enterarse de lo que se escribe y se dice por el mundo
después que ellos ganaron su puesto. La cultura española es de segunda
mano, puramente exterior, «traducido del francés», y aun esto para la
exigua minoría que lee, pues el resto de los llamados intelectuales no
tienen otra biblioteca que los textos en que estudiaron de muchachos y
se enteran de los adelantos del pensamiento europeo... por los
periódicos. Los padres, con el afán de asegurar cuanto antes el porvenir
de sus hijos mediante una carrera, los envían a los centros de enseñanza
apenas saben hablar. El estudiante-hombre de otros países, en toda la
plenitud de su razón, no existe aquí. Las universidades se llenan de
niños; en los institutos sólo se ven pantalones cortos. El español, al
afeitarse por primera vez, es ya licenciado y va para doctor. La nodriza
acabará por sentarse al lado del catedrático. Y esos niños que reciben
el bautismo de la ciencia a la edad en que otros países se juega al
trompo, y afirmándose en el título que pregona su ciencia ya no estudian
más, son los intelectuales que han de dirigirnos y salvarnos, los que
mañana serán legisladores y ministros. ¡Vamos, hombre, que hay para
reír!
Gabriel no reía, pero el -Vara de plata- y los demás celebraban sus
palabras. Toda crítica contra los tiempos presentes alegraba al
sacerdote.
--¡Qué demonio de hombre!--decía a Gabriel--. Tú, en tu locura, tienes
para todos.
--Este país está agotado, don Antolín. Aquí nada queda en pie. Es
incalificable el número de ciudades que han desaparecido desde que
comenzó nuestra decadencia. En otros países guardan cuidadosamente las
ruinas del pasado como páginas de piedra de la Historia. Las limpian,
las conservan, las sostienen y fortifican, y abren caminos para que
todos puedan contemplarlas. Aquí, por donde ha pasado el arte romano, el
bizantino, el árabe, el mudejar, el gótico y el Renacimiento, todas las
artes de Europa, los hierbajos y matorrales cubren las ruinas en los
campos, ocultándolas y desfigurándolas, y la barbarie de las gentes las
mutila en las ciudades. Se piensa a todas horas en el pasado, y sin
embargo, se desprecian sus restos. ¡Qué país de sueño y de abandona!
España no es un pueblo, es un museo desordenado y polvoriento de cosas
viejas que atrae a los curiosos de Europa. En él, hasta las ruinas están
arruinadas.
Los ojos de don Martín, el cura joven, se fijaban en Gabriel. Parecían
hablarle expresando el entusiasmo con que acogía sus palabras. Los otros
oyentes, silenciosos y cabizbajos, no experimentaban menos el encanto de
aquellas afirmaciones, que tan audaces resultaban en el ambiente
reposado y rancio del claustro. Don Antolín era el único que reía,
encontrando graciosísimas, por lo disparatadas, las ideas de Gabriel.
Comenzaba a atardecer. El sol había desaparecido tras de los tejados de
la catedral. La sobrina del -Vara de plata- volvía a llamarles desde la
puerta de su clavería.
--Ahora vamos, muchacha--dijo el cura--. Tengo que decirle antes una
razón a este señor.
Y dirigiéndose a Luna, continuó:
Pero, ¡hombre de Dios...! (y no debía llamarte así, porque estás
empecatado), tú todo lo encuentras mal. La Iglesia española, rancia,
como tú dices, ha quedado empobrecida, ¡y aún te parece poca revolución!
¿Qué es lo que tú quieres?, ¿qué es lo que deseas para que esto se
arregle? Suéltanos tu secreto y vámanos, que ya va picando el frío.
Y reía, mirando a Gabriel con lástima paternal, como si fuese un niño.
--¡Mi remedio!--exclamó Luna, sin hacer caso del gesto del sacerdote--.
Yo no tengo remedio alguno. Es la marcha de la humanidad la que lo
ofrece. Todos los pueblos de la tierra han pasado por las mismas
evoluciones. Primero fueron regidos por la espada, después por la fe, y
ahora por la ciencia. Nosotros hemos sido gobernados por guerreros y
sacerdotes, pero nos detuvimos en el pórtico de la vida moderna, sin
fuerza ni deseo para tomar la mano de la ciencia, que era la única que
podía guiarnos. De aquí nuestra situación triste. Ciencias son hoy la
agricultura, las industrias, las artes y los oficios, la cultura y el
bienestar de los pueblos... hasta la misma guerra. Y España vive lejos
del sol de la ciencia. Cuando más, conoce un reflejo pálido, frío y
debilitado que le llega de países extraños. La enfermedad de la fe nos
ha dejado sin fuerzas; somos como esos seres que, después de sufrir una
dolencia en su juventud, quedan anémicos para siempre, sin
reconstitución posible, condenados a prematura vejez.
--¡Bah!, ¡la ciencia!--dijo el -Vara de plata- yendo hacia su casa--.
Conozco eso. Es la eterna música de todos los enemigos de la religión.
No hay mejor ciencia que amar a Dios y sus obras. Buenas tardes.
--Muy buenas, don Antolín. Pero no lo olvide usted; aún no hemos salido
de la fe y la espada. A ratos, nos dirige una o nos arrea la otra. Pero
de la ciencia, ni una palabra. Ni siquiera ha regido España durante
veinticuatro horas.
VII
Gabriel, después de esta tarde, evitó las reuniones en el claustro para
no discutir con el -Vara de plata-. Estaba arrepentido de su audacia. Al
quedar solo había reflexionado sobre los peligros a que se exponía
emitiendo sus ideas con tanta libertad. Le aterraba el ser expulsado de
la catedral, corriendo de nuevo el mundo, a la ventura. Se reprendía,
echándose en cara su afán de chocar con los prejuicios del pasado. ¿Qué
iba a conseguir cambiando el pensamiento de aquella pobre gente? ¿En qué
podía pesar, para la emancipación de la humanidad, la conversión de
aquellos hombres agarrados como moluscos a las piedras del pasado...?
La catedral era para Gabriel un gigantesco tumor que hinchaba la
epidermis española como rastro de antiguas enfermedades. Nada había que
hacer allí. No era un músculo capaz de desarrollo: era un absceso que
aguardaba la hora de ser extirpado o de disolverse por los gérmenes
mortales que llevaba en su interior. Él había escogido como refugio
aquella ruina, y debía callar, ser prudente, para que no le echasen en
cara su ingratitud.
Además, su hermano Esteban, rompiendo el mutismo frío en que se había
encerrado desde la llegada de su hija, le aconsejaba prudencia.
Don Antolín le había llamado, relatándole a su modo la conversación con
Gabriel.
--Tiene unas ideas del demonio, Esteban--dijo el sacerdote--, y las
expone en esta santa casa con la mayor tranquilidad, como si estuviera
en uno de esos clubs infernales que hay en los países extranjeros.
¿Dónde ha estado tu hermano para aprender tales cosas? Jamás había oído
herejías tan enormes.... Dile que lo olvido todo porque le conocí de
pequeño, porque recuerdo que fue la gloria de nuestro Seminario, y
especialmente porque está enfermo y sería inhumano hacerle salir de la
catedral. Pero que no se repita el escándalo. ¡Chitón! Que se guarde
todas esas monstruosidades en la cabeza, si es que tiene gusto en perder
su alma. Pero en esta santa casa, y sobre todo delante del personal, ni
una palabra, ¿lo entiendes?, ni una palabra. No faltaba más sino que en
la Iglesia Primada se diesen -metinges-.... Además, tu hermano debe de
pensar que al fin está comiendo en estos momentos el pan de la Iglesia,
pues de ella vives tú que le mantienes, y que no es muy digno después de
esto hablar de la obra más sabia de Dios, queriendo encontrarla
defectos.
Esta última consideración fue la que más impresionó a Gabriel,
lastimando su dignidad. Don Antolín decía bien. Él no era más que un
parásito de la catedral, y al refugiarse en su regazo le debía gratitud
y silencio. Callaría. ¿No había convenido al ocultarse allí en que había
muerto...? Viviría como el cadáver animado, que era para ciertas órdenes
religiosas la suprema perfección humana. Pensaría como todos, o más
bien, no pensaría: vegetaría, hasta que llegase su última hora, como las
plantas del jardín o los hongos de los contrafuertes del claustro.
Procuró evitar todo encuentro con sus amigos y admiradores de las
Claverías. No visitó más la habitación del zapatero, y cuando veía a los
camaradas rondar por el claustro con la intención de meterse en la casa
de los Luna, dejaba sola a Sagrario, subiéndose al camaranchón del
maestro de capilla.
Los servidores de la catedral sentábanse en torno de la máquina de
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