culto. Unos, como el -Vara de plata-, lo achacaban a la impiedad del
tiempo; otros, como el músico, hacían responsable a la misma Religión,
aunque no osaban decirlo en alta voz. El respeto a la Iglesia y sus
altos poderes, aprendido desde la niñez, imponía silencio a la población
de la catedral. Los más de los servidores del templo vivían moralmente
en pleno siglo XVI, en una atmósfera de servilismo y de miedo
supersticioso a los superiores, presintiendo lo injusto de su condición,
pero sin atreverse a dar forma en el pensamiento a sus vagos intentos de
protesta.
Únicamente por la noche, en el silencio del claustro alto, aquellos
matrimonios que se reproducían y morían entre las piedras de la catedral
osaban repetirse las murmuraciones del templo, la interminable maraña de
chismes que crecía sobre la monótona existencia eclesiástica, lo que los
canónigos murmuraban contra Su Eminencia y lo que el cardenal decía del
cabildo, guerra sorda que se reproducía a cada elevación arzobispal;
intrigas y despechos de célibes amargados por la ambición y el
favoritismo; odios atávicos que recordaban la época en que los clérigos
elegían a sus prelados, mandando sobre ellos, en vez de gemir, como
ahora, bajo la férrea presión de la voluntad arzobispal.
Todos en el claustro alto conocían estas luchas. Llegaban hasta ellos
los comentarios que se permitían los canónigos en la sacristía; pero los
humildes servidores guardaban un silencio receloso cuando se repetían
estas murmuraciones en su presencia, temiendo ser delatados por el
vecino, que tal vez ambicionaba su puesto. Era el terror de los siglos
de Inquisición que aún vivía en aquel pequeño mundo paralizado.
El perrero era el único que no mostraba miedo y hablaba en público del
cabildo y del cardenal. ¡A él qué...! Casi deseaba que lo echasen de
«aquella cueva», para dedicarse a su afición favorita, volviendo a la
plaza de Toros sin protesta de la familia. Además, le entusiasmaba
hablar mal de los señores del coro, que le habían dado más de un
pescozón cuando era monaguillo.
Ponía motes a todos los canónigos, y señalándolos uno por uno a Gabriel,
le contaba los secretos de su vida. Conocía la casa donde cada
prebendado iba a pasar la tarde después del coro, los nombres de las
señoras o de las monjas que les rizaban las sobrepellices, y las
rivalidades sordas y feroces entre estas admiradoras del cabildo que se
esforzaban por vencerse blanqueando y planchando la batista canonical.
A la salida del coro señalaba al chantre, un prebendado obeso, con el
rostro cubierto de placas rojas.
--Mírelo usted, tío--decía a Gabriel--. Esa caspa que tiene en la cara
es un recuerdo del pasado. Corrió mucho, sin fijarse dónde ponía el
pie... ¡Pues con esa facha, todavía presume de conquistador! La otra
tarde le decía en el claustro a un capellán de la capilla de los Reyes:
«Esos capitancitos profesores de la Academia creen que en punto a
mujeres se comen lo mejor de Toledo; pero donde está la Iglesia, ¡boca
abajo los seglares...!»
Después reía señalando a un grupo de sacerdotes jóvenes, cuidadosamente
afeitados, con las mejillas azules y sonrosadas y manteos de seda que al
revolotear esparcían un fuerte olor de almizcle. Eran los pollos del
cabildo, los canónigos jóvenes, que hacían con frecuencia viajes a
Madrid para confesar a sus protectoras, ancianas marquesas, que en
fuerza de influencias, les habían conquistado una silla en el coro. En
la puerta del Mollete se detenían un instante para arreglarse los
pliegues del manteo y lanzarse a la calle.
--¡Ya salen «a hacer» señoras!--decía el -Tato- en su argot
canallesco--. ¡Brrum! ¡Paso a don Juan Tenorio...!
Cuando ya no salían más canónigos, el perrero hablaba a su tío del
cardenal.
--Está estos días dado a los demonios. En palacio no hay quien le
aguante. La dichosa fístula le trae loco.
--Pero ¿es verdad que tiene esa dolencia?--preguntó Gabriel.
--¡Anda! Todo el mundo lo sabe. Pregúnteselo usted a tía Tomasa. Hasta
dicen que si son tan amigos es porque ella le fabrica cierta untura que
le sienta como de mano de ángel. Lleva un perro rabioso agarrado a salva
sea la parte, y por eso tiene ese genio insufrible. La mañana que se
levanta de mal teque, tiembla el palacio y después toda la diócesis. Es
un hombre bueno, pero cuando le muerde detrás la mala bestia, hay que
huir. Yo le he visto en días de pontifical, con la mitra puesta,
mirarnos a todos con tales ojos, que le faltaba muy poco para soltar el
báculo y emprendernos a bofetadas. Lo que dice la tía: ¡si no
bebiera...!
--Entonces son ciertas las murmuraciones del cabildo.
--Emborracharse, no señor. A cada cual lo suyo: una copita ahora y otra
después, y una tercera si le visita un amigo y hay que obsequiarlo. Son
costumbres que se trajo de Andalucía cuando fue obispo allá. Pero nada
de juergas. Copeo fino y reposado: para ayudar las fuerzas nada más. Y
el vino de primera, tío; lo sé por un familiar suyo. ¡De a cincuenta
duros la arroba! Se lo guardan, de lo mejor de la Mancha, en una cuba
del tiempo del francés. Un jarabe que calienta el estómago y lo templa
como si fuese un órgano. Pero a Su Eminencia se le va más abajo, y le
hace rabiar como un condenado. Lo que dice tía Tomasa: los médicos le
arreglan, y él se encarga de enfermar otra vez con ese vinillo de
gloria.
El -Tato-, en medio de su cinismo burlón, mostraba cierto afecto por el
prelado.
--No crea usted, tío, que es un cualquiera; dejando aparte su mal genio,
resulta todo un hombre. Ahí donde le ve usted, con su cabecita blanca y
sonrosada como un polluelo de cría, que aún parece más pequeña sobre el
corpachón enorme, ¡lleva cada cosa dentro de ella...! Ha hablado mucho
en Madrid, y los papeles impresos se ocupaban de él como si fuese el
Guerra. Su sabiduría encuentra remedios para todo. ¿Le hablan de la
miseria que hay en el mundo? Pues receta al canto: pan para los pobres,
caridad en los ricos y mucha Doctrina cristiana para todos; así no se
pelearán los hombres por si tú tienes más que yo, y habrá en el mundo
conformidad y decencia, que es lo que hace falta. ¿Qué tal, tío? ¿Se ríe
usted? Pues a mí me gusta la receta de Su Eminencia, especialmente lo
del pan, pues el Catecismo maldito si hace falta, ya que todos lo
aprendemos de pequeños.
El perrero mostraba cada vez más entusiasmo hablando de su príncipe.
--¿Y como hombre? Todo un barbián. Nada de hipocresía y de llevar la
cabeza baja. Bien se le conoce que fue soldado en su juventud. Tía
Tomasa se acuerda de haberle visto en el claustro con casco de crines,
charreteras de sargento y un chafarote que armaba gran estrépito. Él no
se asusta de nada, ni se escandaliza, ni hace aspavientos. El año pasado
recaló aquí cierta portuguesita, que traía locos a los cadetes con sus
medias de seda y sus grandes sombreros. Usted conoce a Juanito y sabe
que es hijo de un sobrino de Su Eminencia que murió hace tiempo. Pues el
muchacho paseó su uniforme por Zocodover del brazo de la portuguesa para
dar envidia a los compañeros de la Academia. Un día, la muchacha se
presentó en palacio, y la servidumbre, viéndola con tales lujos, la dejó
paso franco, creyendo que era una señora de Madrid. Su Eminencia la
recibió con sonrisa paternal, oyéndola sin pestañear. Me lo contó un
paje amigo, que estaba presente. La pájara iba a quejarse al cardenal de
su sobrino el cadete, que la había entretenido dos días sin darla un
céntimo. Su Eminencia sonrió con modestia: «Señora: la Iglesia es pobre,
pero no quiero que por ese calavera sufra el buen nombre de la familia.
Tome y remedíese.» Y le largó dos duros. La portuguesa, animada por la
buena acogida, quiso chillar, creyendo que aterraría a don Sebastián con
el escándalo. Pero hubo que ver a Su Eminencia cuando le entró la furia.
«Chico, llama a la policía», gritó al paje. Y tal era su cara, que la
portuguesita salió de estampía, dejando sobre la mesa las dos rodajas de
plata.
Gabriel reía escuchando esta historia.
--Todo un hombre, créame usted, tío.... Yo le quiero porque tiene al
cabildo en un puño; no es como su antecesor, aquel sopitas con leche,
que sólo sabía rezar y temblaba ante el último canónigo. ¡Que le vayan a
éste con roncas! Tiene redaños para entrar una tarde en el coro y
limpiarlo a palos con el báculo. Hace más de dos meses que no baja a la
catedral ni le ven los canónigos. La última vez que una comisión de
éstos fue a palacio, la servidumbre tembló. Iban a proponerle no sé qué
reforma en la Primada y comenzaron diciendo: «Señor: el cabildo
opina...» Don Sebastián les interrumpió, hecho un basilisco: «El cabildo
no puede opinar nada; el cabildo no tiene sentido común.» Y les volvió
la espalda, dejándoles hechos de piedra. Después, dijo a gritos, pegando
puñetazos en los muebles, que ha de hacer lo posible para que todas las
vacantes de la catedral se cubran con lo peorcito del clero; que entren
en el cabildo los curas borrachos, estafadores, etc. «Quiero reventar al
cabildo--gritaba--, quiero ensuciarlo; así aprenderá a hablar menos de
mí; quiero cubrirlo, sí señor, cubrirlo de...» Y ya se figurará usted,
tío, de qué quiere Su Eminencia cubrir a los canónigos. El pobre tiene
razón. ¿Por qué se han de meter los del coro en si don Sebastián vive
así o asá y tiene estos líos o los otros? ¿No les deja él hacer lo que
quieren? ¿Les dice acaso una palabra de sus visiteos escandalosos, a
pesar de que todo Toledo los conoce?
--¿Y los canónigos qué dicen del cardenal?
--Hablan de que Juanito es su nieto, y que su padre, que murió, y
aparecía como sobrino de Su Eminencia, era un hijo que tuvo de cierta
señora cuando fue obispo en Andalucía. Pero esto no parece irritar mucho
a don Sebastián. Otra cosa le enfurece, hasta inflamarle la fístula y
ponerlo hecho un demonio: que hablen de doña Visitación.
--¿Y quién es esa señora?
--¡Anda! ¡Ésta es buena! ¿Usted aún no conoce a doña Visitación, cuando
en la catedral y fuera de ella no se habla de otra persona? Pues la
sobrina de Su Eminencia, que vive con él en palacio. Ella es la que
manda. Don Sebastián, tan terrible como es, se convierte en un ángel
cuando la ve. Rabia, grita y casi muerde, en los días que le pica la
maldita enfermedad; pero se presenta doña Visita, y en seguida se
contiene; sufre en silencio, gime como un niño, y basta que ella le diga
una palabrita dulce o le haga un mimo, para que a Su Eminencia se le
caiga la baba de gusto... ¡La quiere mucho!
--¿Pero ella es...?--preguntó con extrañeza Gabriel.
--¡Claro que es lo que usted piensa! ¿Qué otra cosa puede ser? Estaba en
el Colegio de Doncellas Nobles desde niña, y apenas vino a Toledo el
cardenal, la sacó, llevándosela a palacio. ¡Qué enamoramiento tan ciego
el de don Sebastián! Y el caso es que la cosa no lo vale: una
señoritinga delgaducha y pálida; ojos grandes y buen pelo: eso es todo.
Dicen que canta, que toca el piano, que lee y sabe muchas cosas de las
que enseñan en ese colegio tan rico; que tiene la gracia de Dios para
traer chalao a Su Eminencia. A la catedral pasa algunas veces por el
arco, hecha una beatita, con hábito y mantilla, acompañada de una
criadota fea.
--No será lo que creéis, muchacho.
--¡Anda! Todo el cabildo lo asegura, y los canónigos más formales lo
creen a pie juntillas. Hasta los que son amigos y favoritos de Su
Eminencia y le llevan recados de lo que aquí se murmura contra él no lo
niegan con mucha calor. Y don Sebastián se indigna, se enfurece cada vez
que una murmuración de éstas llega a sus oídos. Si le dijeran que en el
coro iban a dar un baile, se irritaría menos que cuando sabe que llevan
en lenguas a doña Visita.
El perrero calló un instante, como si dudase en soltar algo grave.
--Esa señora es muy buena. Todos los de palacio la quieren porque les
habla dulcemente. Además, si hace uso de su gran poder sobre el
cardenal, es para evitarles las chillerías de Su Eminencia, que muchas
veces, en sus ratos de dolor furioso, quiere arrojar copas y platos a la
cabeza de los familiares. ¿Por qué se han de meter con ella? ¿Les hace
algún daño acaso? Cada uno en su casa, y al que sea malo ya lo castigará
Dios.
Se rascó la sien, como vacilando una vez más.
--En cuanto a lo que doña Visita es cerca del cardenal--añadió--, no me
cabe duda alguna. Tengo datos, tío. Sé de buena tinta cómo viven. Un
familiar los ha visto muchas veces besándose. Es decir, besándose los
dos, no. Ella era quien besaba, y don Sebastián acogía con una sonrisa
de angelón sus mimos de gatita. ¡El pobre está tan viejo...!
Y el -Tato- acababa sus confidencias con suposiciones obscenas.
Esta murmuración contra el cardenal, que subía desde la sacristía hasta
el claustro, irritaba al hermano de Gabriel. El -Vara de palo-, soldado
raso de la Iglesia, no podía escuchar con calma los ataques a sus
superiores. Para él todo eran calumnias. Lo mismo que de don Sebastián,
habían hablado los canónigos de todos los arzobispos anteriores, lo que
no impedía que después de muertos fuesen unos santos. Cuando sorprendía
al -Tato- repitiendo en las Claverías los chismes de abajo, le amenazaba
con toda su autoridad de jefe de la familia.
Esteban se entristecía viendo el estado de salud de su hermano. Alababa
la conducta de éste, siempre prudente, acogiendo con un silencio
respetuoso las costumbres de la catedral, sin que se le escapase una
palabra reveladora de su pasado; le enorgullecía la atmósfera de
admiración que rodeaba a su hermano, el afán con que la gente sencilla
del claustro escuchaba sus viajes, pero le apenaba la enfermedad de
Gabriel, la certeza de que la muerte había puesto en él su mano, y
únicamente por los cuidados de que le rodeaba iba retardando el momento
de la posesión.
Había días en que el silenciario sonreía satisfecho viendo a Gabriel de
buen color y oyendo con menos frecuencia su tos dolorosa.
--Muchacho, eso va bien--decía alegremente.
--Sí--contestaba Gabriel--; pero no te forjes ilusiones. Estoy bien
agarrado. Ésa vendrá a su hora. Tú eres quien la repele. Pero un día
podrá más que tú.
La certeza de que la muerte acabaría por vencerlo enardecía a Esteban,
haciéndole redoblar los cuidados. Apelaba a la superalimentación como
único remedio, y siempre que se aproximaba a Gabriel, era con algo en
las manos.
--Cómete esto.... Bebe lo que te traigo.
Y luchaba con aquel organismo quebrantado, con el estómago descompuesto
por la miseria, con los pulmones heridos y el corazón sujeto a
desarreglos en el funcionamiento, con la máquina humana desvencijada por
una vida de sufrimientos y emociones.
El constante velar sobre el enfermo había trastornado la vida económica
de Esteban. Su mezquino sueldo y la pobre ayuda del maestro de capilla
apenas si bastaban para aquella boca que consumía más que todos los de
la casa juntos. A fines de mes, Esteban impetraba el auxilio del -Vara
de plata- para acabar los últimos días, ingresando de este modo en la
grey sumisa y miserable amarrada a la usura del sacerdote. Otras veces,
el maestro de capilla, viviendo por un instante en la realidad, le
entregaba unas cuantas pesetas, sacrificando el goce de adquirir una
nueva partitura.
Gabriel adivinaba las privaciones a que se sometía el hermano, y quería
contribuir a los gastos de la casa. Pero ¿qué trabajo podía encontrar en
su aislamiento dentro de la catedral? Anheló un puesto al servicio del
templo, cobrar a principios de mes unas cuantas pesetas de manos del
-Vara de plata-, para no ser tan gravoso a su hermano. Pero todas las
plazas estaban ocupadas; sólo la muerte podía abrir huecos, y eran
muchos los hambrientos que aguardaban la ocasión, alegando derechos de
familia.
Su impotencia para ser útil al hermano y que el sacrificio de éste
resultase menos costoso era lo que apenaba a Gabriel, turbando la
monótona placidez de su existencia. Preguntaba a Esteban qué podría
hacer para no estar inactivo, y el hermano le respondía con su expresión
bondadosa:
--Cuidarte, nada más que cuidarte. Tú no tienes otra obligación que la
de guardar tu salud. Yo estoy aquí para lo demás.
Llegó Semana Santa, y Gabriel encontró ocasión para ganarse algunos
jornales. Iban a levantar en la catedral el famoso Monumento entre el
trascoro y la puerta del Perdón. Era una fábrica pesada y
complicadísima, de estilo suntuoso y barroco, que había costado a
principios de siglo una fortuna al segundo cardenal de Borbón. Un
verdadero bosque de maderos formaba el andamiaje del Monumento; la
riqueza del cardenal había hecho un despilfarro de solidez y
suntuosidad, y para armar el sagrado catafalco se necesitaban muchos
días y no pocos obreros.
Gabriel se avistó con don Antolín, pidiéndole un sitio en la obra. Eran
siete reales diarios que podía entregar a su hermano durante dos
semanas, y él, que estaba habituado en otros tiempos a ver retribuido su
trabajo con largueza, acogía este jornal como una fortuna inesperada.
El -Vara de palo- protestó con indignación. Gabriel estaba enfermo y no
debía comprometer su escasa salud con los esfuerzos del trabajo. ¿Qué
iba a hacer, tosiendo y ahogándose a cada instante, en aquella tarea
pesadísima de transportar maderos y acoplarlos? El enfermo le
tranquilizó. Ya sabía él lo que eran los trabajos en el templo; todo se
hacía con parsimonia, sin premuras de tiempo. Los obreros al servicio de
la Iglesia trabajan con la calma perezosa y la lenta prudencia que
parecen envolver todos los actos de la religión. Además, el -Vara de
plata-, conociendo su estado, le reservaba el trabajo menos penoso:
colocaría tornillos y clavijas, alinearía los candelabros de la
escalinata, arreglaría los tapices; confiaban en él como hombre de buen
gusto que había visto mucho en sus viajes.
Gabriel trabajó dos semanas en el Monumento. Este período de relativa
actividad pareció causarle cierto bienestar. Se movía, se agitaba dando
órdenes a sus compañeros de trabajo; iba del templo a lo alto de las
Claverías, donde se guardaba el Monumento, y al verse cubierto de polvo,
con los miembros fatigados por este incesante ir y venir, se hacía la
ilusión de que estaba sano.
En estas dos semanas no entró en la casa del zapatero y casi perdió de
vista a sus contertulios. El campanero y los amigos le admiraban. ¡Un
hombre de tanta sabiduría, y trabajaba, como cualquiera de ellos, para
ayudar a su hermano!
La señora Tomasa le detuvo una mañana junto a la verja del jardín.
--Hay noticias, Gabriel. Creo saber dónde está nuestra pájara. No te
digo más; pero prepárate a ayudarme. El día que menos lo pienses la ves
en la catedral.
Terminó la erección del Monumento. Toda la parte de la iglesia entre el
coro y la puerta del Perdón estaba ocupada por la vistosa y pesada
fábrica. Los toledanos acudían a admirar, según costumbre tradicional,
la escalinata cubierta de filas de apretadas luces, los legionarios
romanos de alabastro apoyados en sus lanzas, y la cortina riquísima, de
innumerables pliegues, que bajaba desde la bóveda hasta la plataforma
del Monumento.
El Jueves Santo por la tarde estaba Gabriel contemplando lo que en
cierto modo era su obra, confundido en el grupo de devotos. La catedral
sonreía con su inmaculada blancura, a pesar de los velos negros que
cubrían imágenes y altares. Los rosetones luminosos borraban con sus
chorros de colores el aspecto fúnebre de la ceremonia religiosa. En el
coro gemía una voz de tenor las lamentaciones y trinos de los profetas
orientales. Estos lamentos por la muerte de Cristo se perdían sin eco en
el templo medioeval, monumento democrático de una época que Introdujo
en todas las expansiones religiosas su alegría de vivir al amparo de los
muros, mientras la muerte y la desolación corrían los campos.
Gabriel sintió que le tiraban de la chaqueta, y al volverse vio a la
jardinera.
--Ven, sobrino. Ya la tenemos ahí. Te espera en el claustro.
Al salir, la señora Tomasa le mostró una mujer adosada al zócalo de
piedra del jardín, encogida, envuelta en un mantón raído, con el pañuelo
de la cabeza echado sobre los ojos.
Gabriel no la hubiese conocido nunca. Recordaba la carita sonrosada dos
años antes, y miraba con asombro un rostro de juventud ajada, huesoso,
los pómulos salientes, las ojeras profundas, y unos ojos de escasas
cejas, sin pestañas, con las pupilas todavía hermosas, pero empañadas
por vidriosa opacidad. Todo revelaba en ella la miseria y el desaliento.
La falda era de verano, y por debajo asomaban unas botas rotas, mucho
más grandes que sus pies.
--Saluda, muchacha--dijo la vieja--; es tu tío Gabriel; un ángel de
Dios, a pesar de sus calaveradas. A él debes que yo te haya buscado.
La jardinera empujaba a Sagrario hacia su tío. Pero la joven bajaba la
cabeza, encorvando la espalda y retrocediendo, como si no pudiera
resistir la presencia de un individuo de su familia. Se cubría el rostro
con el mísero mantón, ocultando sus lágrimas.
--Tía, vamos a casa--dijo Gabriel--. Esta criatura no está bien aquí.
En la escalera del claustro hicieron pasar delante a la joven, que subía
con la cabeza oculta, sin mirar, como si sus pies marchasen
instintivamente por aquellos peldaños.
--Hemos llegado esta mañana de Madrid--dijo la jardinera mientras
subían--. La he tenido en una posada, haciendo tiempo para traerla por
la tarde a la catedral. Es la mejor hora: Esteban está en el coro y tú
tendrás tiempo para arreglar esto... Tres días he pasado allá. ¡Ay,
Gabriel, hijo mío! ¡Qué cosas he visto! ¡En qué lugar estaba esa pobre
chica! ¡Qué infiernos hay para las pobres mujeres! ¡Y aún dicen que
somos cristianos! ¡Un demonio es lo que somos...! Gracias que yo tengo
mis conocimientos en la corte: gentes de campanillas que han estado en
la catedral y se acuerdan de la jardinera. De todo he necesitado, hasta
de dinero, para sacar a esa infeliz de las garras del diablo.
El claustro alto estaba desierto. Al llegar a la puerta de los Luna, la
muchacha, cual si despertase de su marcha soñolienta, se hizo atrás con
expresión de terror, como si dentro de la habitación le aguardase un
gran peligro.
--Entra, mujer, entra--dijo la tía--. Es tu casa: alguna vez habías de
volver.
Y la empujó, hasta hacerla pasar la puerta. Dentro, en el recibimiento,
cesó su llanto. Miraba en derredor con asombro, asustada sin duda de
haber llegado hasta allí. Sus ojos lo examinaban todo con estupefacción,
como admirados de que cada objeto estuviera en el mismo sitio que cinco
años antes, con una regularidad que hacía dudar de si realmente había
transcurrido el tiempo. Nada cambiaba en aquel pequeño mundo, que
parecía petrificado a la sombra de la catedral. Ella era la que,
abandonándolo en plena juventud, volvía aviejada y enferma.
Hubo entre las tres personas un largo silencio.
--Tu cuarto, Sagrario--dijo al fin Gabriel con dulzura--, está lo mismo
que lo dejaste. Entra en él y no salgas hasta que yo te llame. Ten calma
y no llores. Confía en mí. Me conoces poco, pero la tía ya te habrá
dicho le que me intereso por tu suerte. Tu padre va a venir. Ocúltate y
calla. Te lo repito: no salgas hasta que yo te llame.
Al quedar solos la jardinera y su sobrino, oyeron los sollozos ahogados
de la muchacha, que rompía a llorar viéndose en su antiguo cuarto.
Después sonó el ruido de su cuerpo cayendo sobre la cama, y el estertor
de su llanto fue haciéndose cada vez más ahogado.
--¡Pobrecilla!--dijo la vieja, a la que faltaba muy poco para llorar
también--. Es buena y está arrepentida de sus pecados. De haberla
buscado su padre cuando la abandonó aquel tunante, menos vergüenza y
miserias habría sufrido. ¿Y su salud? Yo creo, Gabriel, que ésa está
peor que tú... ¡Los hombres! ¡Con su honor y demás mentiras! Lo honrado
es tener caridad, compasión al semejante, y no hacer mal a nadie. Eso lo
dije el otro día al sinvergüenza de mi yerno, que se indignó viendo que
marchaba a Madrid en busca de la chica. Habló de la honra de la familia,
de que si Sagrario regresaba no podrían vivir en la catedral las
personas decentes, y él no permitiría que su hija se asomase a la puerta
de la casa; y el muy ladrón todos los días le roba cera a la Virgen y
estafa a las devotas tomando dinero por misas que nunca se dicen. Así le
luce el pelo y está tan gordo..., con tanto honor.
La vieja, después de un corto silencio, miró a Gabriel con indecisión.
--Qué, ¿nos lanzamos a la pelea? ¿Llamo a Esteban...?
--Sí, llámelo. Estará en la catedral. Y usted, ¿se atreve a presenciar
la entrevista?
--No, hijo; allá vosotros. Ya conoces a Esteban y me conoces a mí. O
tendría que echarme a llorar, o acabaría arañándolo por su testarudez.
Tú solo te arreglarás mejor. Para eso te ha dado Dios ese talentazo tan
mal empleado.
Se fue la vieja, y Gabriel permaneció solo más de media hora, viendo por
los vidrios de una ventana el claustro abandonado. La catedral estaba
más silenciosa que de costumbre. La muerte anual de Dios esparcía en la
tribu levítica de los tejados un ambiente de tristeza más intenso que el
del interior de la iglesia. Los niños de las Claverías y las mujeres
estaban abajo, contemplando el Monumento. Las habitaciones parecían
abandonadas. Gabriel vio pasar por frente a la ventana a su hermano, que
al momento apareció en la puerta.
¿Qué quieres, Gabrielillo? ¿Qué te pasa? La tía me ha alarmado con el
recadito. ¿Es que estás peor?
--Siéntate, Esteban. Estoy bien; tranquilízate....
El -Vara de palo- se sentó, mirando con asombro a Gabriel. Le alarmaba
su seriedad inexplicable, el silencio prolongado, en el que parecía
coordinar sus pensamientos, cual si no supiera cómo empezar...
--¡Habla, hombre! ¡Rompe de una vez! Me tienes intranquilo.
--Hermano--dijo Gabriel con gravedad--, bien sabes que he respetado ese
misterio de tu vida con el que me encontré al volver aquí. Me dijiste:
«Mi hija ha muerto»; me manifestaste deseos de que nunca te hablara de
ella, y puedes decir si alguna vez he tocado tu vieja herida con la
menor alusión.
--Bien, ¿y qué? ¿Adonde vas a parar?--dijo Esteban, tornándose sombrío
al oír estas palabras--. ¿A qué viene hablarme en un día tan sagrado
como el de hoy de cosas que me hacen daño...?
--Esteban, no es fácil que nos entendamos si te aferras a tus
preocupaciones. No pongas ese gesto; óyeme con calma; no te muevas como
un autómata a impulsos de los mismos hilos que movieron a nuestros
abuelos y tatarabuelos. Sé hombre y obra con arreglo a tus pensamientos
propios.... Tú y yo tenernos diversas creencias. Dejo aparte las
religiosas, que son para ti un consuelo, y bien sabes que las mías me
las callo para no hacer imposible mi vida aquí. Pero aparte de esto, tú
crees que la familia es una obra de Dios, una institución de origen
sobrenatural, y yo creo que es una institución humana, basada en las
necesidades de la especie. Al que falta a las leyes de la familia, al
que deserta de su bandera, tú lo condenas para siempre, lo sentencias a
la muerte del olvido; yo compadezco su debilidad y lo perdono.
Entendemos el honor de un modo distinto. Tú eres el honor castellano:
aquel honor tradicional y bárbaro, más cruel y funesto que la misma
deshonra; Un honor teatral, cuyos impulsos no arrancan nunca de los
sentimientos humanos, sino del miedo al qué dirán, del deseo de aparecer
muy grande y muy digno a los ojos de los demás antes que a los de la
propia conciencia. Para la esposa adúltera, la muerte, el asesinato
vengador; para la hija fugitiva, el desprecio, el olvido; ése es vuestro
evangelio. Yo tengo otro: para la esposa que olvida sus deberes, el
desprecio y el olvido; y para el pedazo de nuestras entrañas que huye,
el amor, el apoyo, la dulzura, hasta lograr que vuelva a nosotros...
Esteban, estamos separados por nuestras creencias; un montón de siglos
se alza entre nosotros; pero eres mi hermano, me quieres y te quiero,
sabes que sólo deseo tu bien, que llevo como tú ese apellido de familia
que en tanto estimas, que amé a nuestros pobres padres como tú pudiste
amarlos, y en nombre de todo esto te digo que esta situación debe
acabar, que no debes vivir insensible y petrificado en lo que llamas tu
dignidad, sin que te turbe el recuerdo de una hija tuya que rueda por el
mundo como un guiñapo. Tú tan bueno, que me has recogido en el trance
más difícil de mi vida, ¿cómo puedes dormir, cómo puedes comer, sin que
amargue tu existencia el pensamiento de tu hija perdida? ¿Qué sabes de
ella ahora? ¿No puede morir de hambre mientras tú comes? ¿No es fácil
que esté en un hospital, mientras tú tienes la casa donde vivieron tus
padres...?
Esteban contrajo el rostro con una expresión sombría oyendo a su
hermano.
--Es inútil que te esfuerces, Gabriel. Nada conseguirás. ¿Te he negado
algo? ¿No estoy dispuesto a todo por mi hermano? Pero no me hables de
ésa; me ha causado mucho daño; ha roto mi vida: no sé cómo no he muerto.
¿Has pensado bien en lo que es ser la familia de los Luna durante siglos
el espejo de la catedral, el respeto hasta de los mismos arzobispos, y
de repente verse uno entre los últimos, expuesto a las risas de todos,
pudiendo mirarle con compasión hasta el último monaguillo? ¡Lo que yo
he sufrido! ¡Las veces que he llorado de rabia, a solas en esta
habitación, después de oír lo que se murmuraba a mis espaldas! Y
luego--añadió quedamente, como si el dolor empañase su voz--, ¡aquella
infeliz mártir que murió de vergüenza, mi pobre mujer, que se fue del
mundo por no ver mi dolor ni sufrir el desprecio de los demás...! ¿Y
quieres que yo olvide esto...? Además, Gabriel, yo no sé expresar lo que
siento tan bien como tú. Pero el honor... es el honor. Es vivir yo en
esta casa sin tener que avergonzarme; dormir por la noche sin miedo a
ver en la obscuridad los ojos de nuestro padre que me preguntan, por qué
permanece una mujer perdida bajo el mismo techo que se conquistaron los
Luna con siglos de servicios a la iglesia de Dios; es evitar que la
gente se ría de nuestra familia.... Que digan en buena hora: «Esos Luna,
¡qué desgraciados son!», pero que no digan nunca que los Luna son una
familia falta de vergüenza. Por nuestro cariño, hermano, déjame: no me
hables más de esto. Esas malas doctrinas te han envenenado el alma: no
sólo has dejado de creer en Dios, sino que tampoco crees ya en el honor.
--¿Y qué es eso?--dijo Gabriel, enardeciéndose--. Tú mismo no lo sabes.
«El honor es el honor.» Pues bien, los hijos son los hijos. Tu, hombre
de preocupaciones, no te paras a considerar lo que son esos seres,
continuación de nuestra propia existencia. Tu religión hace a los hijos
fruto de Dios, y sin embargo, creéis ser mejores y más perfectos cuando
repeléis y maldecís esos regalos del cielo apenas os causan una
contrariedad. No, Esteban; el amor a los hijos y la conmiseración para
sus faltas deben estar por encima de todas las preocupaciones. Esa vida
eterna del alma, promesa mentida de todas las religiones, sólo es una
verdad por los hijos. El alma muere con el cuerpo, no es más que una
manifestación de nuestro pensamiento, y el pensamiento es una función
cerebral; pero los hijos perpetúan nuestro ser a través de las
generaciones y los siglos; ellos son los que nos hacen inmortales, ya
que guardan y transmiten algo de nuestra personalidad, así como nosotros
heredamos la de nuestros antecesores. El que olvida a los seres que son
obra suya, es más digno de execración que el que abandona la vida
suicidándose. Las contrariedades de la existencia, las leyes y
costumbres inventadas por los hombres, ¿qué son ante el instintivo
afecto por los seres que han salido de nosotros y perpetúan la variedad
infinita de nuestras habitudes y pensamientos? Aborrezco a los
miserables que, por no turbar la paz burguesa del matrimonio, abandonan
los hijos que tuvieron fuera de su casa. La paternidad es la más noble
de las funciones animales, pero las bestias tienen más valor y más
dignidad que el hombre para cumplirla. Ningún animal de clase superior
abandona o desconoce a su cachorro, y sois muchos los hombres que
volvéis la espalda al hijo, por miedo a lo que las gentes puedan decir.
Si teniendo yo un hijo me enamorara locamente de la mujer más hermosa
del mundo y ésta me exigiera que lo olvidase, ahogaría mi pasión para no
abandonar al pequeñuelo. Si faltara mi hijo a todas las leyes humanas y
le condujeran al patíbulo, hasta él le acompañaría yo, desafiando la
execración de las gentes, sin que por un momento negase que era obra
mía. Estamos unidos para siempre al ser que damos vida: es un compromiso
de solidaridad que contraemos ante la especie al trabajar por su
conservación. El que rompe la cadena y huye, es un cobarde.
--¡No me convencerás, Gabriel!--gritó con energía Esteban--. ¡No
quiero...!, ¡no quiero!
--Lo repito: es una cobardía lo que haces. Ya que el honor pesa tanto en
ti, ese honor anticuado y cruel que arregla los conflictos de la vida
derramando sangre, ¿por qué no buscaste al que te robó la hija?, ¿por
qué no le mataste, como un padre de comedia antigua? Eres un hombre
pacífico, que no ha aprendido el arte de asesinar, y aquel individuo es
un profesional de las armas; si te hubieses vengado sin regla alguna,
apelando a lo que crees tu derecho, su familia poderosa se hubiera
ensañado en ti. No te has vengado, por instinto de conservación, por
miedo al presidio y a todos los castigos inventados por la sociedad; has
tenido miedo, a pesar de tu indignación, y ese miedo lo truecas en
crueldad para el ser más débil. Tu cólera sólo cae sobre la hija....
Vamos, Esteban; eso no es digno de un padre.
El -Vara de palo- movía obstinadamente la cabeza.
--No me convencerás; no quiero oírte. Esa mujer no volverá aquí. ¿No me
abandonó? Pues que siga su camino.
--Te abandonó a impulsos de ese instinto que llevan en sí todos los
seres sanos: el instinto de la conservación de la especie, que embellece
la poesía llamándolo amor. Si te hubiese abandonado después de recibir
la bendición de un hombre ante un altar, te mostrarías satisfecho y la
recibirías con los brazos abiertos tantas veces como viniera a verte. Te
abandonó para ser engañada, para caer en la miseria y la vergüenza; y
viéndola infeliz, ¿no merece tu conmiseración, más aún que si la vieses
dichosa? Reflexiona, Esteban, en la manera como cayó tu pobre hija. ¿Qué
le habías enseñado para defenderse de la malicia del mundo? ¿Qué armas
tenía para conservar incólume eso que llamas honor? Vosotros, tú y tu
mujer, la dabais ejemplo del respeto que merece el dinero y un
nacimiento elevado dejando entrar en vuestra casa a aquel muchacho,
acogiendo como un honor que un señorito se fijase en vuestra hija. La
pobre lo amó viendo en él un resumen de todas las perfecciones humanas.
Cuando surgieron los inevitables resultados de la desigualdad social,
ella no quiso renunciar: fue una de esas naturalezas nobles que se
sublevan contra los prejuicios del mundo, aun a riesgo de sufrir todas
las amarguras de su rebelión, y cayó vencida. ¿A quién puede culparse? A
su ignorancia; a su vida de aislamiento lejos del mundo; a vosotros, que
no la enseñasteis más, y cegados por la ambición la dejabais soñar
junto al precipicio; a todos, menos a ella. ¡Infeliz! Con creces ha
pagado su noble fiereza contra las preocupaciones sociales. Es una
muerta en el combate social: un cuerpo que hay que levantar; y tú, que
eres el padre, debes ser el primero en cumplir esta obra de justicia.
Esteban, con la cabeza baja, seguía haciendo movimientos negativos.
--Hermano--dijo Gabriel con cierta solemnidad--, ya que te aferras
tenazmente a tu negativa, sólo me resta decirte una cosa: si tu hija no
viene, yo me voy.... Cada uno tiene sus escrúpulos. Tú temes las
murmuraciones de la gente; yo me temo a mí mismo, a lo que el
pensamiento pueda echarme en cara en los momentos de soledad. Desde que
soy tu huésped, pienso a todas horas en tu hija: desde que conocí lo
ocurrido en esta casa, me propuse que la infeliz víctima volviese a ti.
¿No quieres que vuelva? Pues yo soy el que se va. Sería un ladrón si
comiese tu pan, mientras un ser que es carne de tu carne sufre hambre;
si me dejase cuidar en mi enfermedad, mientras esa infeliz tal vez está
peor que yo y no encuentra en el mundo una mano que la sostenga. Si ella
no vuelve, yo no soy tu hermano: soy un intruso que usurpa la parte de
cariño y de bienestar que corresponde a otro ser. Hermano, cada uno
tiene su moral: la tuya es la enseñada por los curas; la mía me la he
creado yo mismo, y aunque menos aparatosa, tal vez sea más rígida. Y en
nombre de mi moral, yo te digo: Esteban, hermano mío, o tu hija viene, o
yo me voy. Volveré al mundo, a ser perseguido como una bestia rabiosa;
al hospital, a la cárcel, a morir como un perro en la cuneta de una
carretera; no sé lo que será de mí; lo único que sé de cierto es que me
voy mañana, hoy mismo, para no disfrutar de un minuto más de lo que no
es mío. Yo, que considero un robo inicuo la usurpación de los bienes de
la tierra por una minoría de privilegiados, no puedo retener a sabiendas
un bienestar que pertenece por derecho natural a una criatura infeliz.
Únicamente podría disfrutarlo compartiéndolo con ella.
Esteban se había puesto de pie, con ademán desesperado.
--Pero ¿estás loco, Gabriel? ¿Quieres dejarme?
¿Y lo dices con esa tranquilidad? Tu presencia aquí es la única alegría
de mi vida después de tantas desgracias. Me he acostumbrado a verte,
necesito cuidarte, eres mi única familia; antes no tenía ninguna
aspiración, vivía sin esperanza; ahora tengo una: verte sano y fuerte.
¿Y me dices con esa frescura que te vas...? No, no te irás.... Eso me
faltaba: tras la hija, el hermano... ¡Que me maten de una vez! ¡Señor
Dios, llévame contigo...!
Y el sencillo servidor del templo levantaba sus manos con expresión de
súplica, mientras sus ojos se empañaban con lágrimas.
--Ten calma, Esteban. Hablemos como hombres, sin exclamaciones y
llantos. Mírame a mí: estoy sereno, y no creas por ello que es menos
cierto que me iré hoy mismo si no accedes a mi súplica.
--Pero ¿y -ésa-?, ¿dónde está, que con tanto interés abogas por
ella?--preguntó Esteban--. ¿Es que la has visto y la has hablado? ¿Es
que está en Toledo? ¿La has traído acaso, con tu audacia de incrédulo, a
la misma catedral...?
Gabriel, viéndolo lloroso y quebrantado por su amenaza de marcharse,
creyó llegado el momento decisivo, y abrió la puerta del cuarto de
Sagrario.
--Sal, muchacha; pide perdón a tu padre.
El -Vara de palo- vio arrodillada a una mujer en el centro de aquel
cuarto en el que nunca entraba, por miedo a recordar lo pasado.
Su mirada fue de extrañeza. Después fijó sus ojos en Gabriel, como si no
adivinase quién era aquella mujer. ¿Qué farsa había preparado su
hermano?
Con un impulso brutal, agarró las manos de la mujer y las separó de su
rostro, mirándola fijamente. Aun así, no la reconoció. Pasó mucho tiempo
contemplándola, en medio de un silencio penoso. Poco a poco, en las
facciones desfiguradas por la enfermedad fueron marcándose para él las
antiguas líneas. En los ojos lacrimosos y sin pestañas vio algo que le
recordó la mirada azul de la hija perdida. Los labios amoratados, con
profundas grietas, se movían quejumbrosos, murmurando siempre la misma
palabra:
--¡Perdón...!, ¡perdón!
A la vista de aquella ruina, el padre sintió que se venía abajo su
coraje. Sus ojos expresaron una tristeza inmensa, anonadadora.
Retrocedió de espaldas hasta la puerta de la habitación seguido por la
joven, que avanzaba de rodillas tendiéndole las manos.
--Hermano, está bien--dijo con desaliento--. Puedes más que yo: cúmplase
tu voluntad. Que se quede, ya que así lo quieres. ¡Pero que no la
vea...! Quedaos: quien se va soy yo.
VI
La máquina de coser sonaba desde el alba hasta la noche en la casa de
los Luna. Este ruido metálico y el martilleo del zapatero eran las
únicas manifestaciones de trabajo que turbaban el sagrado silencio del
claustro alto.
Cuando Gabriel abandonaba el lecho al salir el sol, después de una noche
de penosa tos, encontraba ya en la salita de entrada a Sagrario
preparando la máquina para la diaria labor. Desde el día siguiente de su
vuelta a la catedral había quitado la funda a la máquina, dedicándose al
trabajo con tenacidad taciturna, como un medio de pasar inadvertida en
las Claverías y que la gente la perdonase su pasado. La vieja jardinera
le proporcionaba labores, y el ruido del pespunte sonaba en la antigua
habitación, mezclándose muchas veces con las melodías del armónium del
maestro de capilla.
El -Vara de palo- pasaba por su casa como una sombra. Permanecía en la
catedral o en el claustro bajo, no subiendo a su habitación más que en
casos de necesidad. Comía con la cabeza baja, para no mirar a su hija,
que estaba sentada al otro extremo de la mesa y parecía próxima a
prorrumpir en llanto viéndose ante él. Un silencio penoso envolvía a la
familia. Don Luis era el único que, en su inconsciencia de hombre
distraído, no se percataba de la situación, y charlaba alegremente con
Gabriel de sus esperanzas y de sus entusiasmos musicales. Todo lo
encontraba natural, nada le sorprendía; la vuelta de Sagrario al hogar
no le había causado la menor extrañeza.
Esteban huía una vez terminada la comida, para no volver a casa hasta la
noche. Después de la cena se encerraba en su cuarto, dejando a su
hermano y a su hija en la sala de entrada. La máquina volvía a agitarse
y don Luis tecleaba el armónium, hasta que sonaban las nueve y el -Vara
de plata- cerraba la escalera de la torre, agitando su manojo de llaves
con un ruido que equivalía al antiguo toque de cubrefuego.
Gabriel se indignaba contra la tenacidad de su hermano.
--Vas a matar a la chica. Lo que haces no es digno de un padre.
--No puedo, hermano: me es imposible mirarla. Bastante hago con tolerar
en nuestra casa estas cosas. ¡Ay!, ¡si supieras cómo me duelen las
miradas de la gente...!
En realidad, había sido menor de lo que él esperaba el escándalo
producido en las Claverías por la vuelta de Sagrario. Estaba tan afeada
por la enfermedad y las penalidades, se notaba en ella tal fatiga, que
ninguna mujer sintió animosidad contra ella. La protección enérgica de
su tía Tomasa imponía respeto. Además, aquellas hembras simples, de
pasiones instintivas, no podían sentir ante su fealdad la envidia hostil
que inspiraban años antes su hermosura y el noviazgo con el cadete.
Hasta Mariquita, la sobrina del -Vara de plata-, encontraba cierta
satisfacción para su amor propio protegiendo con una tolerancia
desdeñosa a aquella infeliz que en otro tiempo atraía la atención de
todos los hombres que visitaban el claustro alto.
La curiosidad sólo turbó la calma de las Claverías durante una semana.
Poco a poco, las mujeres dejaron de asomarse a la puerta de los Luna
para ver a Sagrario inclinada ante la máquina, y la muchacha siguió su
vida laboriosa y triste.
Gabriel salía poco de la habitación. Pasaba los días enteros al lado de
la joven, queriendo reemplazar con su presencia el hostil alejamiento
del padre. Le dolía que se viese en su propia casa tan despreciada y
sola como en el mundo. Algunas veces entraba a verles la tía Tomasa,
animándolos con sus optimismos de anciana alegre. Le placía la conducta
de su sobrina: trabajar mucho para no ser gravosa al testarudo de su
padre y ayudar al sostenimiento de la casa, que bien lo necesitaba. Pero
no por esto había que matarse trabajando. Calma y buen humor; este mal
tiempo otro traería. Allí estaba ella, para arreglarlo todo con el
endemoniado Gabriel. Y alegraba la sombría habitación con sus risotadas
y sus palabras enérgicas de vieja sana.
Otras veces invadían la casa los amigos de Gabriel, abandonando la
tertulia del zapatero. No podían resistir la ausencia de Luna:
necesitaban oírle, consultarle, y hasta el mismo zapatero, cuando el
trabajo no era urgente, abandonaba su mesilla, y oliendo a engrudo, con
el mandil plegado en la cintura y la cabeza en turbantada de pañuelos,
venía a sentarse junto a la máquina de Sagrario.
La joven fijaba con admiración los tristes ojos en su tío. De pequeña
había oído hablar a sus padres, siempre con cierto respeto, de aquel
pariente extraordinario que corría lejanas tierras. Lo recordaba como
una vaga sombra atravesando su amorosa embriaguez, cuando pasó unos
cuantos días en la catedral, antes de establecerse en Barcelona,
asombrándolos a todos con las relaciones de sus viajes y sus costumbres
de extranjero. Ahora volvía a verle, envejecido, enfermo como ella, pero
ejerciendo sobre los que le rodeaban la influencia misteriosa de sus
palabras, que eran como música sobrenatural para aquella gente de
espíritu petrificado.
En medio de su tristeza, Sagrario no tenía otro placer que escuchar a
Gabriel. Ella era igual a aquellos hombres sencillos que olvidaban sus
ocupaciones para buscar a Luna, con el ansia de oír de su boca cosas
nuevas. Gabriel era el mundo moderno que durante muchos años había
pasado lejos de la catedral, sin rozarla siquiera, y entraba por fin,
asombrando y conmoviendo a un puñado de seres que aún vivían en el siglo
XVI.
La aparición de Sagrario había causado cierto trastorno en la vida de
Luna. Era más comunicativo; olvidaba la reserva que se había impuesto al
refugiarse en el regazo de piedra de la iglesia; ya no se esforzaba por
callar, ocultando sus pensamientos. La presencia de una mujer parecía
animarle, despertando su antiguo ardor de propagandista. Sus compañeros
veían un Gabriel más locuaz y dispuesto a comunicarles las «cosas
nuevas» que trastornaban el orden tradicional de sus pensamientos y
muchas noches turbaban su sueño.
Hablaban, discutían, consultando a Luna para que esclareciese sus
confusas ideas, y sobre la voz de los hombres resaltaba el repiqueteo de
la máquina de coser, siempre en actividad, como un eco del universal
trabajo que agitaba al mundo, mientras la calma de la nada esparcía su
silencio por las entrañas de piedra del templo.
Todos aquellos hombres, habituados a las faenas de la iglesia, lentas,
regulares, calmosas y con largos intervalos de descanso, admiraban la
nerviosa actividad de Sagrario.
--Se va usted a matar, criatura--decía el viejo manchador del órgano--.
Sé bien lo que es eso. Algo parecido hago yo, ¡dale que dale a los
fuelles! Y cuando es una misa de mucha música, de esas que le gustan a
don Luis, acabo por renegar del órgano y de quien lo inventó, pues me
rompo los brazos.
--¡El trabajo!--dijo el campanero con énfasis--. ¡El trabajo es un
castigo de Dios! Ya sabéis su origen. Fue la pena eterna que el Señor
impuso a nuestros primeros padres al arrojarlos del Paraíso. Es una
cadena que siempre llevaremos arrastrando.
--No, señor--repuso el zapatero--. El trabajo es la mayor de las
virtudes, según he leído en los periódicos. Nada de castigo. La
ociosidad es madre del vicio, y el trabajo una virtud. ¿No es así, don
Gabriel?
Y el zapaterillo miraba al maestro, aguardando sus palabras con la misma
ansiedad del sediento que espera el agua.
--El trabajo--dijo Gabriel--no es castigo ni virtud; es una ley dura a
que estamos sometidos para la conservación personal y de la especie
humana. Sin el trabajo no existiría la vida.
Y con la misma entonación ardorosa con que en otros tiempos conmovía a
las muchedumbres en las reuniones de protesta contra la sociedad,
describía a aquella media docena de hombres y a la triste costurera, que
cesaba de mover la máquina para escucharle, la grandeza del trabajo
universal, que todos los días fatigaba a la tierra para vencerla y
obligarla a sustentar a los humanos.
Era un combate, cada veinticuatro horas, con las fuerzas ciegas de la
Naturaleza. El ejército del trabajo se extendía por todo el globo:
arañaba los continentes, saltaba a las islas, surcaba el mar, descendía
a las entrañas del suelo. ¿Cuántos eran sus soldados? ¡Quién podía
contarlos! Millones y millones. Al romper el día nadie faltaba a la
lista: las bajas eran reemplazadas, los claros que la miseria y la
desgracia abrían en sus filas se llenaban inmediatamente. Apenas
comienza a salir el sol, sopla su humo la chimenea de la fábrica, el
martillo rompe la piedra, la lima muerde el metal, rasga el arado la
tierra, se enciende el horno, mueve la bomba su pistón, suena el hacha
en el bosque, corre la locomotora entre chorros de vapor, chirría la
grúa en el puerto, corta el navío las espumas y tiembla en su estela el
barquichuelo de pesca arrastrando las redes. Nadie falta a la revista
del trabajo: todos corren, impulsados por el miedo al hambre, desafiando
el peligro, no sabiendo si llegarán a la noche, si el sol que se eleva
sobre sus cabezas será el último de su vida. Y esta concentración diaria
de fuerzas humanas ocurre en la primera luz del alba en todas partes del
mundo, allí donde los hombres se han juntado formando pueblos y
constituyendo sociedades, o donde viven en el aislamiento entregados a
sus fuerzas. El cantero rompe la piedra con su martillo, y al vencerla
se envenena tragando el polvo en invisibles partículas; cada martillazo
se lleva un fragmento de su vida. El minero desciende al infierno de los
tiempos modernos, sin más guía que la chispa de su linterna, y arranca
de las capas de las primeras edades reliquias de la infancia de la
tierra, los árboles carbonizados que dieron sombra a las monstruosas
bestias de la prehistoria. Lejos del sol y de la vida, desafía a la
muerte, lo mismo que el albañil, que, despreciando el vértigo, trabaja
con los pies sobre frágil tabla, admirado por las aves, que extrañan la
presencia en el espacio de un animal sin alas.
El obrero de las fábricas, convertido por un progreso desviado y fatal
en esclavo de la máquina, vive junto a ella como una rueda más, como un
resorte de carne, luchando su cansancio físico con la musculatura de
hierro que no se fatiga, embrutecido diariamente por la cadencia
ensordecedora de los pistones y las ruedas, para darnos los innumerables
productos de la industria que resultan indispensables en la vida de la
civilización.
Y estos millones y millones de hombres que sostienen la existencia de la
sociedad, que combaten por ella con las fuerzas de la Naturaleza ciegas
y crueles, que todas las mañanas vuelven a la lucha, viendo en este
monótono y continuo sacrificio la única misión de su existencia, forman
la inmensa familia de los asalariados, viviendo de las sobras de una
minoría privilegiada/ contentándose para subsistir con pequeñísimas
cantidades de lo que aquélla desprecia, y sometida a un tipo remunerador
siempre el más bajo, sin esperanza de ahorro y de emancipación.
--Esa minoría egoísta--decía Gabriel al llegar a este punto--es la que
ha falseado la verdad, queriendo persuadir a la mayoría de los
explotados de que el trabajo es una virtud y que la única misión del
hombre sobre la tierra es la de trabajar hasta que perezca. Esta moral,
inventada por los grandes capitalistas, abusa de la ciencia, afirmando
que los cuerpos sólo viven sanos dedicándose al trabajo y que la
inacción es mortal; pero se callan lo que la ciencia añade, o sea que el
trabajo excesivo destruye a los hombres con una rapidez infinitamente
mayor que si viviesen en holganza. Digan en buena hora que el trabajo es
una necesidad dolorosa para la conservación de la vida, pero no digan
que es una virtud, pues el reposo y la dulce inactividad son más gratos
al hombre y a todos los animales que el movimiento y la fatiga. La
fábula del Paraíso, la sentencia del Dios bíblico imponiendo el castigo
de sudar de fatiga para ganar la subsistencia, demuestra que en todos
los tiempos la moral natural consideró el reposo como el estado más
grato al hombre, y que el trabajo debe reputarse como un mal
indispensable para la existencia, pero mal al fin. Con arreglo al
instinto de conservación, la humanidad sólo debía trabajar lo necesario
para la subsistencia. Pero como la inmensa mayoría de ella no trabaja
sólo para sí, sino para el provecho de una minoría de explotadores,
éstos la exigen que trabaje todo cuanto pueda, aunque perezca por exceso
de esfuerzo, y así ellos se enriquecen acaparando el sobrante de
producción. Su interés es que el hombre trabaje más de lo que necesita
para él; que produzca más de lo que exigen sus necesidades. En ese
sobrante está su riqueza, y para lograrlo ha inventado una moral
monstruosa y antihumana, que, por medio de la religión y aun de la
filosofía, ensalza la fatiga, diciendo que el trabajo es la más hermosa
de las virtudes y la inactividad la fuente de todos los vicios.... A
esto hay que preguntar: si la ociosidad es un vicio en los pobres, ¿por
qué aparece entre los ricos como un signo de distinción y hasta de
elevación de espíritu? Si el trabajo es la mayor de las virtudes, ¿por
qué se afanan los capitalistas en amontonar riquezas para librarse ellos
y librar a sus descendientes de la práctica de tal virtud? ¿Por qué esa
sociedad que ensalza el trabajo con los más poéticos conceptos relega al
trabajador a la última fila? ¿Por qué acoge con más entusiasmo a
cualquier soldado que estuvo en la batalla tal o cual, que al viejo
obrero que ha pasado sesenta años practicando el trabajo, sin que nadie
se fije en él ni le agradezca tanta virtuosidad...?
Los servidores de la catedral movían la cabeza con muestras de
asentimiento oyendo a su maestro. Le admiraban como admiran siempre las
gentes sencillas a los que descienden hasta ellas para ejercer el
apostolado de las nuevas ideas.
El continuo roce con Gabriel hacía germinar en sus cerebros,
petrificados por el ambiente tradicional, un musgo de ideas semejante a
las microscópicas vegetaciones con que las lluvias del invierno cubrían
los contrafuertes berroqueños del templo. Habían vivido hasta entonces
resignados con la vida que les rodeaba, moviéndose como sonámbulos en la
frontera indecisa que separa el alma del instinto, y la inesperada
presencia de aquel fugitivo de las batallas sociales era el empellón
que, los lanzaba en pleno pensamiento, caminando a tientas, sin más luz
que la del maestro.
--Vosotros--añadía Gabriel--no sufrís la esclavitud del trabajo como los
que viven en plena explotación moderna. La Iglesia no os exige grandes
esfuerzos, el servicio de Dios no os destruye por medio de la fatiga,
pero os mata de hambre. Existe una desigualdad monstruosa entre lo que
ganan los que cantan sentados en el coro y vosotros que prestáis al
culto el esfuerzo de vuestros brazos. No moriréis de cansancio, es
verdad; cualquier obrero de las ciudades reiría de lo poco fatigosos que
son vuestros oficios; pero languidecéis de miseria. En ese claustro se
encuentran los mismos niños anémicos de los barrios obreros. Veo lo que
coméis y lo que cobráis. La Iglesia paga a sus servidores como en la
época de la fe: cree que aún está en los tiempos en que los pueblos
enteros se lanzaban al trabajo con la esperanza de ganar el cielo y
levantaban catedrales sin más recompensa positiva que el caldero de
rancho y las bendiciones del obispo. Y mientras vosotros, seres de carne
que necesitáis nutriros, engañáis vuestro estómago y el de vuestras
mujeres e hijos con patatas y pan, abajo, las imágenes de palo se cubren
de perlas y oro, con un lujo estúpido, sin que se os ocurra preguntar
por qué el ídolo que no siente necesidades ha de ser rico, mientras
vosotros no podéis satisfacer las vuestras viviendo en la miseria.
Se miraban con asombro los oyentes, cual si les deslumbrasen estas
palabras. Dudaban un momento, como asustados, y después la fe del
creyente iluminaba sus rostros...
--¡Es verdad!--decía el campanero con voz sombría.
--¡Es verdad!--repetía el zapatero, poniendo en sus palabras toda la
amargura de aquella vida de miseria que venía arrastrando con una
familia cada vez mayor, y sin otro auxilio que el trabajo ineficaz.
Sagrario callaba, no comprendiendo muchas de las afirmaciones de su tío,
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