Vibrantes sus nervios por el entusiasmo, poníase de pie y paseaba por
la habitación, pisoteando los papeles esparcidos por el suelo.
--¡Ah, cómo le envidio a usted, Gabriel, que ha corrido mundo y ha oído
tan buenas cosas! La otra noche no pude dormir pensando en lo que usted
me contó de su vida en París: aquellas tardes de los domingos, tan
hermosas, corriendo después de almorzar, unas veces a los conciertos de
Lamoreux, otras a los de Colonna, dándose un hartazgo de sublimidad...
¡Y yo aquí encerrado, sin otra esperanza que dirigir alguna misita
rossiniana en las grandes festividades...! Mi único consuelo es leer
música, enterarme por la lectura de las grandes obras que tantos tontos
oirán en las ciudades dormitando o aburriéndose. Ahí tengo en ese montón
las nueve sinfonías del «Hombre», sus innumerables sonatas, su misa, y
con él a Haydn, a Mozart, a Mendelssohn, a todos los grandes tíos, en
una palabra. Hasta tengo a Wagner. Los leo, toco en el armónium lo que
es posible, ¿y qué...? Es como si a un ciego le describieran con gran
elocuencia el dibujo de un cuadro y sus colores. Enterrado en este
claustro, sé, como el ciego, que hay en el mundo cosas muy hermosas...
pero de oídas.
El maestro de capilla guardaba del año anterior un recuerdo de
felicidad, y hablaba de él con entusiasmo. Por indicación del
cardenal-arzobispo había ido a Madrid a formar parte de un tribunal de
oposiciones para organistas.
--Fue la gran temporada, Gabriel: la mejor de mi vida. Una noche conocí
a Wagner, pero sin tapujos, como quien dice en su propia salsa. Vestido
con ropas de un violinista amigo que algunas veces toca en las fiestas
de Toledo, oí -La Walkyria- en el paraíso del Real. Otra noche asistí a
un concierto. La gran noche, Gabriel, ¡como quien dice nada! La -Novena
Sinfonía- de este tío feo, de este sordo mal genio que está
escuchándonos.
Y de un salto, el músico llegó hasta el busto, besándolo con humildad
infantil, como un niño acaricia al padre ceñudo e imponente.
--Usted conoce la -Novena Sinfonía-, ¿verdad, Gabriel? ¿Y qué
experimentó usted al oírla...? A mí, con la música me ocurren cosas
raras: cierro los ojos y veo paisajes desconocidos, caras extrañas; y es
notable que tantas veces como oigo las mismas obras se repiten idénticas
visiones. Si hablo de esto con las gentes de abajo, me llaman loco. Pero
usted es de los míos, y no temo que se burle. Hay pasajes musicales que
me hacen ver el mar, azul, inmenso, con olas de plata (y eso que yo
nunca he visto el mar); otras obras desarrollan ante mí bosques,
castillos, grupos de pastores y rebaños blancos. Con Schubert veo
siempre dúos de amantes suspirando al pie de un tilo, y ciertos músicos
franceses hacen desfilar por mi imaginación hermosas señoras que pasean
entre parterres de rosales vestidas de color violeta, siempre violeta. Y
usted, Gabriel, ¿no ve cosas?
El anarquista asintió. Sí; también despertaba en él la música un mundo
fantástico, de visiones más bellas que la realidad.
--Yo--continuó el sacerdote--me acuerdo de lo que me hizo ver la Novena,
lo veo ahora con sólo tararear algunos de sus pasajes. ¡Oh, aquel
-scherzo- tan gracioso, con sus originales trémolos de timbal! Me
parece, oyéndolo, que Dios y su corte de santos han salido del cielo a
dar un paseo, dejando a los angelitos dueños de la casa. ¡Amplia
libertad!, ¡juerga general! La celeste chiquillería, sin respeto alguno,
salta de nube en nube, se entretiene en deshojar sobre la tierra las
guirnaldas de flores que han dejado olvidadas las santas. Uno abre el
compartimiento de la lluvia y la hace caer sobre el mundo; otro se
acerca a la llave de los truenos y la toca: ¡redoble espeluznante que
turba el jugueteo y los pone en fuga! Pero vuelven otra vez y continúa
la ronda graciosa, repitiéndose de nuevo las ruidosas travesuras
cortadas por los truenos. ¿Y el -adagio-? ¿Qué me dice usted de él?
¿Conoce algo más dulce, más amoroso y de tan divina serenidad? Los seres
humanos no llegarán a hablar así por más progresos que hagan. Juntos
todos los amantes famosos, no encontrarían las inflexiones de ternura
de aquellos instrumentos que parecen acariciarse. Oyéndolo, pensaba en
esos techos pintados al fresco con figuras mitológicas. Veía desnudeces,
carnes jugosas de suaves curvas, algo así como Apolo y Venus
requebrándose sobre un montón de nubes de color de rosa a la luz de oro
del amanecer.
--Capellán, que se cae usted--dijo Gabriel--. Eso no es muy cristiano.
--Pero es artístico--dijo con sencillez el músico--. Yo me ocupo poco de
religión. Creo lo que me enseñaron, y no me tomo el trabajo de averiguar
más. Sólo me preocupa la música, que alguien ha dicho que será «la
religión del porvenir», la manifestación más pura del ideal. Todo lo que
es hermoso me gusta y creo en ello como en una obra de Dios. «Creo en
Dios y en Beethoven», como dijo su discípulo.... Además, ¿qué religión
tiene la grandeza de la música? ¿Conoce usted el último cuarteto que
escribió Beethoven? Se sentía morir, y al borde de la partitura escribió
esta pregunta aterradora: «¿Es preciso?» Y más abajo añadió: «Sí; es
preciso, es preciso.» Era necesario morir, siendo un genio, abandonar la
vida cuando aún llevaba en la cabeza tantas sublimidades, pagar el
tributo a la renovación humana, sin consideración a su majestad de
semidiós. Y entonces escribió este lamento, esta despedida a la vida,
cuya grandeza no puede ser igualada por ningún canto, por ninguna
palabra de la religión.
El músico se sentó ante el armónium, y durante largo rato hizo sonar el
último lamento del genio, su queja dolorosa al transponer el umbral de
la vida, no desesperada y temblona por el miedo a lo desconocido, sino
de una melancolía varonil, que se sumerge en la eterna sombra con la
confianza de que la nada roerá inútilmente su gloria.
Estas tardes de comunión artística en aquel rincón de la catedral
adormecida ligaban a los dos hombres con un afecto creciente. El músico
hablaba, hojeaba cantando sus partituras, o hacía sonar el armónium; el
revolucionario le escuchaba silencioso, sin interrumpir a su amigo más
que con la tos de su pecho enfermo. Eran tardes de dulce tristeza, en
las que se compenetraban aquellos dos hombres: el uno, soñando con salir
de la cárcel de piedra de la catedral para ver el mundo; el otro, de
regreso de la vida, herido y desalentado, contento del obscuro reposo de
la hermosa ruina y guardando con prudente silencio el secreto de su
pasado. El arte brillaba para ellos como un rayo de sol en el ambiente
gris y monótono de la catedral.
Al encontrarse en el claustro por las mañanas, el diálogo era siempre
parecido entre los dos amigos.
--A la tarde, ¿eh?--decía misteriosamente el maestro de capilla--. Tengo
papeles frescos. Vamos a paladear una novedad que me traerán hoy.
Además, escribí anoche una cosita.
Y el anarquista contestaba afirmativamente, contento de servir en cierto
modo de entretenimiento a aquel paria del arte, que veía en él su único
auditorio y le agasajaba para retenerlo.
Mientras duraban los oficios divinos, Gabriel paseaba solo por el
claustro. Todos los hombres estaban en la catedral, excepto el zapatero
que enseñaba los gigantones. Cansado de la charla de las mujeres
asomadas a las puertas de las Claverías, subía a la habitación del
campanero, su antiguo camarada de armas, o descendía al jardín por la
monumental escalera de Tenorio cuando estaba abierta o por el arco del
Arzobispo atravesando la calle.
Gustábale pasar una hora entre los árboles. Encontraba en el jardín
iguales recuerdos de su familia que en la habitación de arriba.
Fatigado, además, de tropezar siempre en sus paseos con muros de piedra
que le recordaban la cárcel, necesitaba la movilidad de la vegetación
acariciada por el viento, forjándose la ilusión de que vivía libre en
plena campiña.
En el cenador, donde había visto a su padre en otra época, casi inmóvil
por la vejez, voceando a su hijo mayor, que acogía resignado todas sus
indicaciones, encontraba ahora a la tía Tomasa haciendo calceta y
siguiendo con ojos vigilantes el trabajo de un mocetón que había tomado
a su servicio.
La tía de Gabriel era la persona más importante de las Claverías. Su
palabra valía tanto como la de don Antolín. El -Vara de plata- la temía,
inclinándose ante la poderosa protección que todos adivinaban detrás de
la pobre mujer. En los tiempos que su padre, abuelo materno de Gabriel,
era sacristán de la catedral, ejercía las funciones de monaguillo un
chicuelo, sobrino de cierto beneficiado que acabó por costearle la
carrera en el Seminario. El monaguillo de medio siglo antes era ahora
príncipe de la Iglesia y cardenal-arzobispo de Toledo. La vieja Tomasa y
él se habían conocido de niños, peleándose en el claustro alto por la
posesión de una estampita o haciendo jugarretas a los mendigos que
acupaban la puerta del Mollete. El imponente don Sebastián, que hacía
temblar con una mirada al cabildo y a todos los curas de la diócesis,
mostrábase alegre, fraternal y confianzudo cuando de tarde en tarde veía
a Tomasa. Era el único recuerdo vivo que quedaba de su infancia en la
catedral. Besábale la vieja el anillo con gran reverencia, pero a
continuación le hablaba como a un individuo de su familia, faltándola
poco para tutearle. El cardenal, rodeado a todas horas por el temor y la
adulación, necesitaba de vez en cuando el trato franco y descuidado de
la jardinera. Según afirmaban las gentes de la catedral, la señora
Tomasa era la única que podía decirle las verdades cara a cara a Su
Eminencia. Y los vecinos de las Claverías sentían halagado su orgullo de
parias cuando veían al príncipe eclesiástico arrastrar su sotana de
vivos rojos por los andenes de piedra para sentarse en el cenador y
charlar más de una hora con la vieja, mientras los familiares
permanecían respetuosamente de pie en la puerta de la verja.
A Tomasa no le enorgullecía este honor. Para ella, el príncipe
eclesiástico no era más que un compañero de la infancia que había tenido
cierta suerte. Á lo sumo, era don Sebastián, sin pasar más adelante en
tratamientos y fórmulas de respeto. Pero su familia sabía aprovecharse
de esta amistad, especialmente su yerno, el -Azul de la Virgen-, un
camándulas, según decía la vieja, que hacía dinero hasta de las
telarañas del templo; una hormiga insaciable que, valiéndose de la
amistad del cardenal y su suegra, iba adquiriendo nuevos privilegios,
sin que sacerdotes y sacristanes osasen la menor protesta contra él
viéndole tan bien protegido.
Gabriel gustaba mucho del trato con su tía. Era la única persona nacida
en el claustro que parecía haberse librado del influjo adormecedor del
templo. Amaba a la catedral como su casa solariega, pero no parecían
imponerle gran respeto los santos de las capillas ni las dignidades
humanas que se sentaban en el coro. Reía con la alegría de una vejez
sana y plácida; sus sesenta años, como ella afirmaba, estaban limpios de
todo daño al semejante. Su lenguaje era algo irrespetuoso y libre, como
de mujer que ha visto mucho y no cree en las majestades humanas ni en
las virtudes inexpugnables. El fondo de su carácter era la tolerancia,
la compasión para todos los defectos, pero se indignaba contra los que
pretendían ocultarlos.
--Todos son hombres, Gabriel--decía a su sobrino, hablando de los
señores de la catedral--. Don Sebastián es hombre también. Todos
pecadores, y con mucho que responder ante Dios. No pueden ser de otra
manera, y yo los excuso. Pero créeme, sobrino; muchas veces me dan ganas
de reír cuando veo a la gente arrodillada ante ellos. Yo creo en la
Virgen del Sagrario y un poquito en Dios; ¿pero en esos señores? ¡Si los
conocieran como yo...! Pero, en fin, todos hemos de vivir, y lo malo no
es tener defectos, sino ocultarlos, hacer la comedia como el
sinvergüenza de mi yerno, que ahí donde lo ves, grandote como un
castillo, se da golpes de pecho, besa el suelo lo mismo que las beatas,
está deseando mi muerte, creyendo que guardo algo en mi arcón, y quita
lo que puede del cepillo de la Virgen, y roba las velas y hace trampas
en el cobro de las misas, y ya estaría en la calle si no fuese por mí,
que pienso en mi hija, siempre enferma, y en los pobrecitos de mis
nietos.
Cuando Gabriel bajaba a verla en el jardín, le recibía con el mismo
saludo:
--¡Hola, estantigua! Hoy tienes mejor cara; te vas apañando. Parece que
tu hermano te sacará adelante con tantos cuidados.
Luego venía la comparación entre su vejez sana y vigorosa y aquella
juventud arruinada que se defendía tenazmente de la muerte.
--Aquí ves mis sesenta años: ni una enfermedad en toda mi vida. Verano e
invierno, nunca oigo las cuatro en la cama; tengo la dentadura completa
y como lo mismo que cuando don Sebastián venía con su sotana roja de
monago a quererme quitar una parte del almuerzo. Vosotros los Luna
siempre habéis sido flojuchos; tu padre, antes de llegar a mi edad, no
podía menearse y se quejaba del reúma y de la humedad de este jardín. En
él estoy yo, y nada: me encuentro lo mismo que cuando no bajaba de las
Claverías. Nosotros los Villalpando somos de hierro: por algo
descendemos de aquel famoso Villalpando que hizo la reja del altar mayor
y la Custodia y un sinnúmero de maravillas. Debía ser un gigantón, a
juzgar por la facilidad con que retorcía y moldeaba toda clase de
metales.
La ruina física de Gabriel despertaba en ella honda conmiseración,
evocando al mismo tiempo maliciosas suposiciones.
--¡Lo que te habrás divertido por esos mundos!, ¿eh, sobrino? Para ti,
la guerra fue una perdición. Ahora estarías en tu silla del coro, y
¡quién sabe si llegarías a ser otro don Sebastián! La verdad es que él,
de muchacho, dio menos que hablar que tú en el Seminario, y no era un
prodigio de sabiduría.... Pero viste mundo, le tomaste el gusto a esos
países donde dicen que hay unas señoronas muy guapas, con cada sombrero
como un quitasol. Tú estás hecho ahora un mamarracho de feo, pero antes
eras guapo; te lo digo yo, que soy tu tía, y ¡claro!, así has vuelto de
enfermo y desmirriao. Has vivido muy aprisa. ¡A saber qué cosas habrás
hecho por el mundo, camastrón! ¡Y tu pobre madre que te criaba para
santo! ¡Buena santidad nos dé Dios...! No me lo niegues, no te hagas el
bueno: las mentiras me enfadan. Te has divertido, y has hecho bien; has
cogido por los pelos todas las ocasiones. Lo malo es cómo te has
quedado, cómo has vuelto por aquí, que da lástima verte. He conocido a
muchos como tú. Yo no sé qué tienen las gentes de Iglesia, qué espíritu
malo llevan dentro, que cuando se echan a la vida es para no parar, y
arden y arden sin prudencia alguna hasta que no queda ni el cabo. Como
tú han pasado muchos por el Seminario.
Una mañana, Gabriel hizo a su tía una pregunta que llevaba preparada
mucho tiempo sin osar formularla. Quería saber qué era de su sobrina
Sagrario y lo que había ocurrido en casa de su hermano.
--Usted que es tan buena, tía, usted me lo dirá. Todos parece que teman
hablar de eso. Hasta mi sobrino el -Tato-, que es tan parlanchín y
despelleja a todos los de las Claverías, calla cuando le pregunto algo.
¿Qué ocurrió, tía...?
Se ensombreció el rostro de la vieja.
--Una gran desgracia, hijo; lo que nunca se había visto en el claustro
alto. Las locuras del mundo entraron en la catedral, y fueron a hacer
nido justamente en la casa más honrada, más antigua y más respetable de
las Claverías. Todos somos buenos; al fin, gentes que no hemos visto el
mundo ni por un agujero y vivimos aquí como en conserva; pero los Luna
habéis sido de lo bueno lo mejor; y no digamos de los Villalpando, que
os vienen a la zaga. ¡Ay, si tu madre levantase la cabeza! ¡Si tu padre
viviera...! Yo a quien doy toda la culpa es a tu hermano, por buenazo,
por simple, por esa maldita manía de todos los padres, que desafían el
peligro con la esperanza de colocar bien a las hijas....
--Pero ¿cómo fue, tía? ¿Qué pasó entre mi sobrina y el cadete?
--Lo que pasa con frecuencia en el mundo y aquí no había ocurrido nunca.
Mil veces le sermoneé a tu hermano: «Mira, Esteban, que ese señorito no
es para tu hija.» Muy simpático, muy vivaracho, llevando el uniforme de
la Academia como nadie y capitaneando el grupo más endiablado de cadetes
en sus calaveradas por toda la ciudad. Además, hijo de una gran familia;
señorones adinerados que nunca le dejaban ir por Toledo con el bolsillo
vacío. Y ella, la pobre Sagrario, bobita de amor, chalada por su cadete,
orgullosa cuando paseaba los domingos por Zocodover o el Miradero entre
su madre y aquel novio tan apuesto que le envidiaban las señoritas de la
ciudad. La hermosura de tu sobrina hacía hablar a todo Toledo. Las del
Colegio de Doncellas Nobles la apodaban por envidia «la sacristana de la
catedral»; pero ella, la pobrecita, sólo vivía para su cadete, y parecía
querer bebérselo con sus ojazos azules. El bestia de tu hermano lo
dejaba entrar en su casa, muy orgulloso del honor que hacía a la
familia. Ya sabes, Gabriel: la eterna ceguera de ciertos toledanos de
medio pelo, que aceptan como una gloria el noviazgo del cadete con la
niña, a pesar de que son rarísimos los casos en que estos amores llegan
al matrimonio. Aquí no hay mujer que posea un mediano palmito y se
escape de haber tenido su miaja de encariñamiento por unos pantalones
colorados. Hasta yo misma recuerdo que de chica me atusaba el pelo y me
estiraba la falda cuando oía arrastrar un sable por las losas del
claustro. Es una ceguera que pasa de madres a hijas, y eso que ellos,
los malditos, tienen sus primas o sus novias allá en su tierra, y a
ellas vuelven así que salen de la Academia.
--Bueno, tía; pero ¿en qué paró lo de mi sobrina?
--Cuando el tal señorito salió teniente, su familia consiguió que lo
destinaran a Madrid. La despedida fue cosa de teatro. Yo creo que hasta
el bragazas de tu hermano y la simple de su mujer (que en gloria esté)
lloraron como si fueran ellos la novia. Los muchachos se cogían las dos
manos, y así se estaban las horas, mirándose en los ojos como si
quisieran comerse. Él estaba más tranquilo: prometía venir todos los
domingos, escribir todos los días. Al principio así lo hizo; pero
después pasaron las semanas sin viaje y el cartero subió con menos
frecuencia a las Claverías, hasta que llegó a no subir.... Se acabó: el
señorito teniente tenía en Madrid otras ocupaciones. Tu pobre sobrina se
puso perdida: se desvanecieron los Colores de su cara; ya no era aquel
albaricoque fresquito, de piel fina, que daba ganas de morderlo. Lloraba
por los rincones como una Magdalena... y un día, la muy loca, voló... y
hasta ahora....
--Pero ¿adónde fue? ¿No la buscaron?
--Tu hermano se puso perdido. ¡Pobre Esteban! Algunas noches lo
sorprendimos en ropas menores en el claustro alto, tieso como un poste,
mirando al cielo fijamente con unos ojos que parecían de vidrio. No
había que hablarle de buscar a la chica: se enfurecía. El escándalo
estaba dado, y no quería agravarlo recogiéndola, haciendo entrar a una
perdida en la Iglesia Primada, en la honrada casa de los Luna. Más de un
año estuvimos en las Claverías como aplastados por este suceso. Parecía
que todos llevábamos luto. ¡Ya ves: ocurrir esto en la catedral, aquí,
donde pasan los años en santa tranquilidad, sin que nos digamos una
palabra más alta que la otra...! Yo me acordé entonces de ti. Parecía
imposible que de los Luna, tan tranquilos y formalotes, hubiese podido
salir una muchacha con redaños bastantes para escapar a ese Madrid,
donde nunca había estado, juntándose con su hombre, sin miedo a Dios y a
las gentes. ¿A quién podía parecérsele la mosquita muerta? A su tío, a
Gabriel, que iba para santo, y sin embargo, después de hacer la guerra
como un lobo, rodaba por el mundo lo mismo que los gitanos.
Gabriel no protestó del concepto que la tía se forjaba de su pasado.
--Y después de la fuga, ¿qué ha sabido usted de la chica?
--Al principio, mucho; después, ni una palabra. Vivían en Madrid los dos
juntos, recatándose de la gente, en santa tranquilidad, como si fuesen
marido y mujer. Esto duró algún tiempo, y yo misma, al saber tales
cosas, dudaba de mi malicia, pensando si el muy condenado se habría
vuelto buena persona y acabaría casándose con Sagrario. Pero al año se
terminó todo. Él estaba cansado y la familia intervino para que la
calaverada no cortase el porvenir del muchacho. Hasta buscaron a la
policía para que, amenazando a la chica, no molestase más al oficialete
con sus terquedades de abandonada. Luego... nada sé de cierto. De vez en
cuando me han dicho algo los que van a Madrid. La han visto algunos,
pero mejor hubiese sido que no la vieran. Una vergüenza, Gabriel; una
deshonra para vuestra familia, que es la mía. Esa infeliz es lo peor de
lo peor. Me han dicho que ha estado muy enferma; creo que aún lo está;
figúrate: ¡esa vida!, ¡y durante cinco años!, ¡lo que le habrá ocurrido
a la infeliz...! ¡Y pensar que es la hija de mi hermana!
Hablaba la señora Tomasa con voz conmovida.
--Después, Gabriel, ya sabes lo que ocurrió aquí. Se murió tu pobre
cuñada, no sabemos de qué. Fue cosa de pocos días; tal vez de vergüenza,
pues murió diciendo que ella era la culpable de todo. La partía el
corazón ver cómo había quedado tu hermano después del suceso. Siempre ha
sido Esteban poco cosa, pero luego de lo de su hija quedó como
imbécil... ¡Ay, muchacho! También me ha tocado algo a mí. Así como me
ves, tan alegre, tan satisfecha de vivir, a ratos se me clava aquí en la
frente el recuerdo de esa infeliz, y como mal y duermo peor, pensando
que una criatura que al fin lleva mi sangre va perdida por el mundo,
sirviendo de juguete a los hombres, sin que nadie la ampare, como si
estuviera sola, como si no tuviese familia.
La señora Tomasa se pasó por los ojos la punta del delantal. Temblaba su
voz, y por sus mejillas enjutas de vieja caían las lágrimas.
--Tía, usted es muy buena--dijo Gabriel--, pero debía preocuparse más de
esa infeliz. Había que recogerla, que salvarla; traerla aquí.... Hay que
ser misericordioso con las debilidades ajenas, y más aún cuando la
víctima es carne nuestra.
--¡Ay, hijo! ¿A quién se lo dices? Mil veces he pensado en esto, pero me
da miedo tu hermano. Es un pedazo de pan, pero se vuelve una fiera
cuando le hablan de su hija. Aunque la encontrásemos y se la trajésemos,
no querría admitirla. Se indigna como si le propusieran un sacrilegio.
No podría sufrir con calma su presencia en la casa que fue de vuestros
padres. Además, aunque no lo dice, teme el escándalo de todos los
vecinos de las Claverías, que conocen lo ocurrido. Esto es lo más fácil
de arreglar. Ya se cuidarán todos de no abrir la boca estando yo de por
medio. Pero tu hermano me da miedo. No me atrevo.
--Yo la ayudaré--dijo con firmeza Gabriel--. Busquemos a la chica, y una
vez la tengamos, me encargaré yo de Esteban.
--Dificilillo es encontrarla. Hace tiempo que nada sé de ella. Sin duda
los que la ven se privan de decirlo por no darnos disgusto. Pero yo
averiguaré.... Veremos, Gabriel... pensaremos en ello.
--¿Y los canónigos? ¿Y el cardenal? ¿No se opondrán a que la pobre
muchacha vuelva a las Claverías?
--¡Bah! La cosa ocurrió hace tiempo y pocos se acuerdan. Además, la
muchacha podemos llevarla a un convento, para que esté recogidita y
tranquila, sin escándalo de nadie.
--No; eso no, tía. Es un remedio cruel. No tenemos derecho para salvar a
esa pobre a costa de su libertad.
--Dices bien--afirmó la vieja tras corta reflexión---. A mí, esto de los
monjíos nunca me ha gustado gran cosa. ¿Dónde mejor que al lado de la
familia, para convertirse con el buen ejemplo? La traeremos a casa, si
está arrepentida y desea tranquilidad. A la primera que en las Claverías
hable algo de ella, le arranco el moño. Mi yerno tal vez finja
escandalizarse, pero ya le arreglaré yo la cuenta. Más valiera que no
hiciese la vista gorda ante los paseos que Juanito, ese cadete sobrino
de don Sebastián, da por el claustro cuando mi nieta se asoma a la
puerta. El muy mentecato sueña nada menos que con emparentar con el
cardenal y que su hija sea generala. Bien podía acordarse de la pobre
Sagrario. En cuanto a don Sebastián, descansa, Gabriel. Nada dirá, si es
que conseguimos traer a la chica. ¿Y por qué había de decir...? Hay que
tener caridad con el semejante, y ellos más que nadie. Porque al fin,
créeme, Gabriel... ¡hombres!, ¡nada más que hombres!
V
Las gentes de la Primada acogían con obstinado silencio la menor alusión
al prelado reinante. Era costumbre tradicional en las Claverías: Gabriel
recordaba haber visto lo mismo en su infancia.
Si se hablaba del arzobispo anterior, aquella gente, habituada a la
murmuración, como todos los que viven en cierto aislamiento, soltaba la
lengua comentando su historia y sus defectos. A prelado muerto no había
que temerle. Además, era un halago indirecto al arzobispo vivo y sus
favoritos hablar mal del difunto. Pero si en la conversación surgía el
nombre de Su Eminencia reinante, todos callaban, llevándose la mano a la
gorra para saludar, como si el príncipe de la Iglesia pudiese verlos
desde el inmediato palacio.
Gabriel, oyendo a sus compañeros del claustro alto, recordaba el juicio
funeral de los egipcios. En la Primada no se decía verdad sobre los
prelados, ni osaba nadie publicar sus faltas, hasta que la muerte se
apoderaba de ellos.
A lo más que se atrevían era a comentar las desavenencias entre los
señores canónigos, a llevar la lista de los que se saludaban en el coro
o se miraban entre versículo y antífona como perros rabiosos próximos a
morderse, o a hablar con asombro de cierta polémica que el Doctoral y el
Obrero sostenían en los papeles católicos de Madrid, durante tres años,
sobre si el Diluvio fue universal o parcial, contestándose los artículos
con cuatro meses de plazo.
En torno de Gabriel se había formado un grupo de amigos. Le buscaban,
sentían la necesidad de su presencia, experimentaban esa atracción que,
aun permaneciendo silenciosos, ejercen los que han nacido para pastores
de hombres. Por las tardes se reunían en las habitaciones del campanero,
saliendo, cuando el tiempo era bueno, a la galería de la portada del
Perdón. Por las mañanas, la tertulia era en casa del zapatero que
enseñaba los gigantones, un hombrecillo amarillento y enfermo, con
eternos dolores de cabeza que le obligaban a llevar varios pañuelos
arrollados a guisa de turbante.
Era el más pobre de las Claverías. No tenía empleo y enseñaba los
gigantones sin retribución alguna, con la esperanza de conseguir la
primera plaza que vacase, y agradeciendo mucho a los señores del cabildo
que le diesen casa gratuita, en consideración a que su mujer era hija de
un antiguo servidor de la catedral. El hedor del engrudo y de la suela
húmeda infestaba su casa con el ambiente agrio de la miseria. Una
fecundidad desesperante agravaba esta pobreza. La mujer, flácida, triste
y con grandes ojos amarillentos, presentaba todos los años un chiquitín
agarrado a sus ubres desmayadas. Por el claustro se deslizaban a lo
largo de las paredes, con la melancolía del hambre, varios chicuelos de
cabeza enorme y delgado cuello, siempre enfermos y sin llegar nunca a
morirse, afligidos por extrañas dolencias de la anemia, por bultos que
surgían y desaparecían en la cara, y costras asquerosas que cubrían sus
manos.
Trabajaba el zapatero para las tiendas de la ciudad, sin adelantar gran
cosa. Desde que salía el sol sonaba su martillo en el silencio del
claustro. Esta manifestación única del trabajo profano atraía a todos
los desocupados a la habitación mísera y maloliente. Mariano, el -Tato-
y un pertiguero que también vivía en el claustro eran los que con más
frecuencia encontraba Gabriel sentados en las desvencijadas silletas del
zapatero, tan bajas, que podían tocar con las manos el suelo de
ladrillos rojos y polvorientos.
Muchas veces, el campanero corría a la torre para hacer los toques
ordinarios, pero su sitio vacío lo ocupaba un viejo manchador del órgano
y gentes de la sacristía, que subían atraídas por lo que se hablaba de
esta reunión entre el personal menudo de la Primada. El objeto de la
tertulia era oír a Gabriel. El revolucionario quería callar y escuchaba
distraídamente las murmuraciones sobre la vida del culto; pero sus
amigos deseaban saber cosas de aquellas tierras que había corrido, con
una curiosidad de seres encerrados y aislados del mundo. Al oírle
describir la hermosura de París o la grandeza de Londres, abrían sus
ojos como niños que escuchan un cuento fantástico.
El zapatero, con la cabeza baja, sin dejar su trabajo, seguía
atentamente la relación de tantas maravillas. Todos convenían en lo
mismo cuando callaba Gabriel. Aquellas ciudades eran más hermosas que
Madrid. ¡Y mire usted que Madrid...! Hasta la zapatera, de pie en un
rincón, olvidando la enfermiza prole, escuchaba a Luna con asombro,
animándose su rostro con una pálida sonrisa, asomando la mujer al través
de la bestia resignada de la miseria cuando Luna describía el lujo de
las grandes damas en el extranjero.
Todos los siervos del templo sentían removerse sus espíritus endurecidos
e insensibles como la piedra de los muros ante estas evocaciones de un
mundo lejano que jamás habían de ver. Los esplendores de la
civilización moderna les conmovían más sinceramente que las bellezas del
cielo descritas en los sermones. En el ambiente agrio y polvoriento de
la casucha, veían desarrollarse con los ojos de la imaginación ciudades
fantásticas, y preguntaban candidamente sobre los alimentos y costumbres
de las gentes de por allá, como si los creyesen seres de distinta
especie.
Por las tardes, a la hora del coro, cuando trabajaba solo el
zapaterillo, Gabriel, cansado de la monotonía silenciosa de las
Claverías, bajaba al templo.
Su hermano, con manteo de lana, golilla blanca y vara larga, como un
alguacil antiguo, estaba de centinela en el crucero, para evitar que los
curiosos pasasen entre el coro y el altar mayor.
Dos cartelones de oro viejo, con letras góticas adosadas a las
pilastras, anunciaban que estaba excomulgado quien hablase en alta voz o
hiciese señas en el templo. Pero esta amenaza de siglos anteriores no
impresionaba a las escasas gentes que acudían a las vísperas y charlaban
tras una pilastra con los servidores de la catedral. La luz de la tarde,
filtrándose por los ventanales, extendía sobre el pavimento grandes
manchas tornasoladas. Los sacerdotes, al pisar esta alfombra de luz,
aparecían verdes o rojos, según el color de las vidrieras. En el coro
cantaban los canónigos para ellos mismos en la triste soledad del
templo. Sonaban como detonaciones los golpes de las cancelas al
cerrarse, dejando paso a algún clérigo retrasado. En lo alto del coro
gangueaba el órgano de vez en cuando, intercalándose en el canto llano;
pero sonaba perezosamente, con desmayo, por pura obligación, y parecía
lamentarse de su esfuerzo en la penumbra solitaria.
Gabriel no acababa de dar la vuelta a la catedral sin que se le uniera
su sobrino el perrero, abandonando su conversación con los monaguillos o
con el mozo de recados de la secretaría del cabildo, que tenía su
asiento fijo en la puerta de la Sala Capitular.
A Luna le divertían las picardías del -Tato-, la confianza y el
descuido con que iba por el templo, como si el haber nacido en él le
privase de todo sometimiento de respeto. La entrada de un perro en las
naves le producía alborozo.
--Tío--decía a Luna--, va usted a ver cómo me abro de capa.
Y tirando de los extremos de la chaqueta, avanzaba hacia el can con
contoneos y saltos de lidiador. El animal, conociéndole de antiguo,
buscaba su salida por la puerta más inmediata, pero el -Tato- le cortaba
el paso, lo acosaba nave adentro fingiendo perseguirlo, lo lidiaba de
capilla en capilla, hasta que, acorralándolo, podía largarle unas
cuantas patadas. Los ladridos lastimeros alteraban el canto de los
canónigos, y el -Tato- reía, mientras que allá, en la reja del coro,
torcía el gesto el buen Esteban, amenazándole con la vara de palo.
--Tío--dijo una tarde el travieso perrero--, usted que cree conocer bien
la catedral, ¿a que no ha visto las cosas «alegres» que tiene?
Guiñaba los ojos y acompañaba este gesto con un ademán obsceno para
indicar que eran algo más que «alegres» las tales cosas.
--A mí--continuó--me interesan las bromas que se permitían los antiguos;
no hay una que se me escape. Venga usted, tío, y se divertirá un rato.
Usted, como todos los que creen conocer la catedral, habrá pasado muchas
veces junto a esas cosas sin verlas.
El -Tato-, siguiendo el coro por su parte exterior, condujo a Gabriel al
testero, enfrente de la puerta del Perdón. Bajo el medallón grandioso
que sirve de respaldo al Monte Tabor, obra de Berruguete, se abre la
capillita de la Virgen de la Estrella.
--Fíjese usted en esa imagen, tío. ¿Hay una igual en todo el mundo? Es
una gachí, una chavala que volvería locos a los hombres si parpadease.
Para Gabriel, no era esto un descubrimiento. Desde pequeño conocía
aquella imagen de mujer hermosa y sensual, con sonrisa mundana, el
cuerpo inclinado, la cadera saliente, y en los ojos una expresión de
alegría retozona, como si fuese a bailar.
El niño, en sus brazos, también reía, y echaba mano al rebocillo de la
hermosa como si quisiera descubrirla el pecho. La imagen, de piedra
pintada, estofada y dorada, tiene un manto azul sembrado de estrellas de
oro, que es lo que la da el título de Virgen de la Estrella.
--Usted que ha leído tanto, tío, tal vez no sepa la historia de esta
capilla, mucho más antigua que la catedral. Aquí tenían los laneros,
cardadores y tejedores de Toledo su patrona antes de que se construyera
el templo, y únicamente cedieron el terreno con la condición de que
serían dueños absolutos de la capilla y harían en ella lo que les
viniese en gana, así como en todo el pedazo de la catedral hasta las
pilastras inmediatas. ¡Los líos que trajo esto! En los días que hacían
fiesta a la Virgen, no reparaban que los canónigos estuviesen en el
coro, y con rabeles, tiorbas y desaforados cantos turbaban los oficios.
Si los canónigos les pedían silencio, contestaban que los obligados a
callar eran los del coro, pues ellos estaban en su casa, mucho más
antigua que la catedral. ¿Sabe usted esto, tío?
--Sí; ahora lo recuerdo. El arzobispo Valero Losa les puso pleito a
principios del siglo XVIII. Mira su tumba al pie del altar. Perdió el
pleito, murió del disgusto, y mandó que lo enterrasen aquí para que le
pisaran los insolentes laneros después de muerto, ya que lo habían
vencido en vida. La soberbia de estos príncipes eclesiásticos les
impulsaba a la más orgullosa modestia.... Pero ¿todo esto es lo que me
querías enseñar?
--Cosas mejores verá usted. Digamos adiós a la Virgen. Pero ¡fíjese
usted! ¡Qué cara! Tiene los ojos adormilaos. La gran jembra. Yo me paso
las horas mirándola. Es mi novia... ¡Las noches que sueño con ella...!
Avanzaron algunos pasos hacia la puerta grande de la catedral, para
abarcar mejor con la vista todo el testero exterior del coro. Sobre los
tres huecos o capillas que lo perforan corre una faja de relieves
antiguos, obra de un obscuro imaginero medioeval, representando las
escenas de la Creación. Gabriel reconocía sus esculturas groseras como
contemporáneas de la puerta del Reloj y de las primeras obras de la
catedral.
--Vea usted. En los primeros medallones, Adán y Eva van desnudos como
gusanos. Pero el Señor los arroja del Paraíso. Tienen que vestirse para
ir por el mundo, y mire lo que hacen apenas se ven con ropas. Fíjese en
el quinto medallón, a nuestra derecha. ¡Qué buen humor tendría el tío
que hizo eso!
Gabriel miró por primera vez con atención aquellos relieves olvidados.
Era el naturalismo simple de la Edad Media; la confianza con que los
artistas representaban sus concepciones profanas en aquella época de
idealidad; el deseo de perpetuar el triunfo de la carne en cualquier
rincón ignorado de los monumentos místicos, para testificar que la vida
no había muerto. Eva estaba caída entre los árboles, con sus ropas en
desorden, y Adán sobre ella, con un gesto de locura sexual, la cogía los
brazos para dominarla, y pegaba la boca a su pecho con tal avidez, que
lo mismo podía besar que morder.
El -Tato- sentíase orgulloso ante la sorpresa de su tío.
--¡Eh!, ¿qué tal? Eso lo he descubierto rodando por la iglesia. Los
señores canónigos cantan todos los días al otro lado de esa pared, sin
sospechar que sobre sus cabezas hay tales alegrías. ¿Y las vidrieras,
tío? Fíjese usted bien. Al principio ciegan tantos colores, se confunden
las figuras, el plomo corta los monigotes y no se adivina nada. Pero yo
he pasado tardes enteras estudiándolas, y me las sé al dedillo. Son
historias, cosas de su época que pintaron ahí los vidrieros, y cuyo
intríngulis se ha perdido, sin que haya cristiano que pueda pillarlo.
Y señalaba los ventanales de la segunda nave, por los que se filtraba la
luz de la tarde con un tono acaramelado.
--Mire usted allí--prosiguió el perrero--. Un señor con capa roja y
espada sube por una escalera de cuerda. En la ventana le espera una
monja. Parece cosa del -Don Juan Tenorio- que representan por Todos
Santos. Más allá, esos dos que están en la cama y gente que llama a la
puerta. Deben ser los mismos pájaros y la familia que los sorprende. Y
en la otra vidriera, fíjese usted bien: gachos en pelota, prójimas sin
más vestidura que la mata de pelo; cosas, en fin, de los tiempos en que
la gente no tenía vergüenza y andaba con la cara en alto... y la otra
cara al aire.
Gabriel sonreía ante las necedades que los caprichos del arte antiguo
inspiraban al perrero.
--Pues en el coro, tío, también hay algo que ver. Vamos allá: ya acaban
los oficios y salen los canónigos.
Luna sentía el anonadamiento de la admiración siempre que entraba en el
coro. Aquella sillería alta, obra en un lado de Felipe de Borgoña y en
otro de Berruguete, le embriagaba con su profusión de mármoles, jaspes y
dorados, estatuas y medallones. Era el espíritu de Miguel Ángel que
resurgía en la catedral toledana.
El perrero examinaba la sillería baja, huroneando en los relieves
góticos los descubrimientos realizados por su malsana curiosidad. Esta
primera sillería a ras de tierra, donde se sentaban los clérigos de
categoría más ínfima, era anterior en medio siglo a la sillería alta;
pero en estos cincuenta años dio el arte el gran salto desde el gótico
rígido y duro a las suavidades y el buen gusto del Renacimiento. La
había tallado Maestre Rodrigo en la época que la España cristiana,
conmovida de entusiasmo, asistía a los últimos esfuerzos de los Reyes
Católicos para completar la Reconquista. En los respaldos y en los
tableros de los frisos, cincuenta y cuatro cuadros tallados reproducían
los principales incidentes de la conquista de Granada.
El -Tato- no miraba estos planos de roble y nogal con tropeles de
jinetes y racimos de soldados escalando los muros de las ciudades moras.
Le interesaban más los brazos de las sillas, los pasamanos de las
escaleras que conducen a la sillería alta, los salientes que separan los
asientos y sirven para reclinar la cabeza, cubiertos de animales y seres
grotescos: perros, monos, aves, frailes y pajecillos, todos en posturas
difíciles, rarísimas y obscenas. Cerdos y ranas se acoplaban en
monstruosos ayuntamientos; los monos, con gesto innoble, se retorcían en
lúbricos espasmos, y pajecillos entrelazados en posición contraria
hundían la cabeza en la cruz de las calzas del compañero. Era un mundo
de caricaturas de la lujuria, de gestos simiescos y estremecimientos
satiríacos, en el que asomaba la pasión carnal con la mueca de la
animalidad más grotesca.
--Mire usted, tío. Como gracioso, éste es el más notable.
Y el -Tato- enseñaba a Gabriel la figurilla rechoncha de un fraile
predicando con enormes orejas de burro.
Cuando salieron del coro, Gabriel vio cerca del gran fresco de San
Cristóbal al maestro de capilla. Acababa de cerrar una puertecilla
inmediata al coloso, que conduce por una escalera de caracol al archivo
de música. El artista llevaba bajo el brazo un gran libro con tapas
polvorientas, que mostró a Gabriel.
--Me lo llevo arriba. Ya oirá usted algo: vale la pena.
Y pasando su vista del libróte a la puertecilla inmediata, exclamó:
--¡Ay, ese archivo, Gabriel, qué pena da! Cada vez que lo visito salgo
triste. Por ahí han pasado los bárbaros. Todos los libros de música
tienen páginas arrancadas, recortes allí donde existía una letra
pintada, una viñeta, algo bonito. La vieja música duerme bajo el polvo.
Los señores canónigos no la quieren, no la entienden, ni son capaces de
dedicar unas cuantas pesetas para que se oiga en las grandes fiestas.
Les basta para salir del paso con cualquier pedazo rossiniano; y en
cuanto al órgano, lo único que les importa es que toque lento, muy
lento. Cuanta más lentitud, más religiosidad, aunque el organista toque
una habanera.
Seguía mirando la puertecilla del archivo con ojos melancólicos, como si
fuese a llorar sobre la ruina de la música.
--Y ahí dentro, Gabriel, hay obras notabilísimas que no deben morir
mientras en el mundo exista el arte. Nosotros en música profana no somos
gran cosa, pero crea usted que España ha sido algo en autores
religiosos.... Esto se sobrentiende que es si realmente existe música
profana y música religiosa, que lo dudo; para mí, sólo hay música, y no
sé cuál será el guapo que marque la separación, detallando dónde acaba
la una y empieza la otra.... Tras esa pared del San Cristóbal duermen
mutilados, con mortaja de polvo, los grandes músicos españoles. Mejor es
que duerman. ¡Para oír lo que se canta en este coro! Ahí está Cristóbal
Morales, que hace tres siglos fue maestro de capilla en esta catedral y
veinte años antes que Palestrina comenzó la reforma de la música. En
Roma compartió la gloria con el famoso maestro. Su retrato está en el
Vaticano, y sus -Lamentaciones-, sus motetes, su -Magnificat-, duermen
aquí olvidados hace siglos. Ahí Victoria... ¿Lo conoce usted? Otro de la
misma época. Los contemporáneos envidiosos le llamaban «el mono de
Palestrina», tomando todas sus obras por imitaciones, después de su
larga estancia en Roma; pero crea usted que en vez de plagiar al
italiano tal vez lo superó. Aquí está Rivera, un maestro toledano del
que nadie se acuerda, y tiene en el archivo un volumen entero de Misas;
y Romero de Ávila, el que mejor estudió el canto mozárabe; y Ramos de
Pareja, un músico nada menos que del siglo XV, que escribió en Bolonia
su libro -De música Tractatus-, y destruyó el sistema anticuado de Guido
de Arezzo, descubriendo el «temperamento de los sonidos»; y el monje
Ureña, que añade la nota -si- a la escala; y Javier García, que en el
siglo pasado reformaba la música, encaminándola hacia Italia (¡Dios le
perdone!), sendero trillado del que aún no hemos salido; y Nebra, el
gran organista de Carlos III, un señor que un siglo antes de nacer
Wagner empleaba ya en España la disonancia musical. Al escribir el
-Réquiem- para los funerales de doña Bárbara de Braganza, presintiendo
la extrañeza de instrumentistas y cantantes ante su música
revolucionaria, puso en el margen de las -particellas-: «Se advierte que
este papel no está equivocado.» Su -Letanía- fue tan célebre, que estaba
prohibido copiarla, bajo pena de excomunión; pero trabajo inútil, pues
hoy a quien excomulgarían es al que se acordase de ella. Crea usted,
Gabriel, que ese archivo es un panteón de grandes hombres, pero panteón
al fin, en el que nadie resucita.
Luego añadió, bajando la voz:
--La Iglesia ha sido siempre poco amante de la música. Para comprenderla
y sentirla hay que nacer artista, y ya sabe usted lo que son todos estos
señores que cobran por cantar en el coro... sin saber música. Cuando le
veo a usted, Gabriel, sonreír ante las cosas religiosas, adivino en su
gesto lo mucho que se calla, y le doy la razón. Yo he tenido curiosidad
por saber la historia de la música en la Iglesia; he seguido paso a paso
el largo calvario del arte infeliz, llevando a cuestas la cruz del culto
al través de los siglos. Usted habrá oído hablar muchas veces de música
religiosa, como si fuese una cosa aparte, creada por la Iglesia. Pues
bien, es una mentira: la música religiosa no existe.
El perrero se había alejado al oír que el maestro de capilla, de
infatigable locuacidad cuando hablaba de su arte, acometía el tema de la
música. Él tenía formada su opinión sobre don Luis, y la decía a todos
en el claustro alto. Era un -guillati-, que sólo sabía tocar tristezas
en su armónium, sin que se le ocurriera alegrar a los pobres de las
Claverías con algo bailable, como le pedía la sobrina del -Vara de
plata-.
El sacerdote y Gabriel pasearon hablando por las silenciosas naves. No
se veían más personas que un grupo de gente de la casa en la puerta de
la sacristía y dos mujeres arrodilladas ante la reja del altar mayor
rezando en voz alta. Comenzaba a extenderse por la catedral la penumbra
de las rápidas tardes de invierno. Los primeros murciélagos descendían
de las bóvedas, revoloteando entre el bosque de columnas.
--La música eclesiástica--dijo el artista--es una verdadera anarquía. En
la Iglesia todo es anárquico. Crea usted que de la unidad del culto
católico en toda la tierra hay mucho que decir. El cristianismo, al
formarse como religión, no inventó ni una mala melopea. Toma a los
judíos sus cánticos y el modo de cantarlos: una música primitiva y
bárbara, que si se conociera ahora, nos taladraría los oídos. Fuera de
Palestina, allí donde no había judíos, los primeros poetas cristianos,
San Ambrosio, Prudencio y otros, adaptaron sus nuevos himnos y los
salmos a las canciones populares que estaban en boga en el mundo romano,
o sea a la música griega. Parece que esto de «música griega» signifique
una gran cosa, ¿verdad, Gabriel? Los griegos fueron tan grandes en las
artes plásticas y en la poesía, que todo lo que lleva su nombre parece
envuelto en un ambiente de belleza indiscutible. Pues no señor; la tal
música griega debía ser una cencerrada. La marcha de las artes no ha
sido paralela en la vida de la humanidad. Cuando la escultura tenía un
Fidias y había llegado a la cumbre, la pintura no pasaba de ese carácter
casi rudimentario que aún puede apreciarse en Pompeya y la música era un
balbuceo infantil. La escritura no podía perpetuar la música; eran
tantos los «modos», musicales como los pueblos, y casi toda ella quedaba
al arbitrio del ejecutante. No pudiendo fijarse en el pergamino lo que
cantaban bocas e instrumentos, el progreso era, pues, imposible. Por
esto ha habido un Renacimiento para la escultura, para la pintura y la
arquitectura, y al resurgir de nuevo las artes después de la Edad Media,
encontraron la música en la misma infancia que la habían dejado al
abandonar el mundo antiguo.
Gabriel asentía con movimientos de cabeza a las palabras del maestro de
capilla.
--Ésta fue la primitiva música cristiana--continuó don Luis--. Confiados
a la tradición y transmitiéndose de oído, los cantos religiosos se
desfiguraban y corrompían. En cada iglesia se cantaba de distinto modo.
La música religiosa era un galimatías. Los místicos tendían a la unidad
rígida, al hieratismo, y San Gregorio publicó en el siglo VI su
-Antifonario-, un centón de todas las melodías litúrgicas,
purificándolas según su criterio. Fue una mezcla de dos elementos: el
griego, pero oriental y floreado, algo así como la malagueña actual, y
el romano, grave y rudo. Las notas se expresaban con letras, se seguían
los tonos frigio, lidio, etc., y continuaba el laberinto de la música
griega, aunque muy movida, con -fioritudes-, suspiros y aspiraciones. El
centón se perdió, y mucho lo lamentan los que quieren volver a lo
antiguo, creyéndolo lo mejor. A juzgar por los fragmentos que quedan, si
ahora se ejecutase la tal música nada tendría de religiosa, tal como se
entiende hoy la religiosidad en el arte, pues sería un canto como el de
los moros, o los chinos, o algunos griegos cismáticos que aún persisten
en las liturgias antiguas. El arpa era el instrumento del templo hasta
que apareció el órgano en el siglo x, un instrumento tosco y bárbaro que
había que tocar a puñetazos, y al que le daban aire con odres hinchados.
Guido de Arezzo hizo un arreglo musical sobre la base del centón; un
arreglo nada más, y esto bastó para que le colgasen al benedictino la
invención del pentagrama. Siguió usando las letras de Boecio y San
Gregorio como notas, y sólo las puso en dos líneas con tres colores
distintos. Continuaba el embrollo anárquico. Aprender música malamente
costaba entonces doce años, y no se lograba que cantores de ciudades
distintas entendiesen el mismo papel. San Bernardo, seco y austero como
su tiempo, encontró absurdo este canto, por ser poco grave.
Era un hombre refractario al arte. Quería las iglesias desmanteladas,
sin adornos arquitectónicos, y en música le parecía la mejor la más
lenta. Él fue el padre del canto llano, el que afirmó que la música es
tanto más religiosa cuanto más pausada. Pero en el siglo XIII, los
cristianos encontraron aburridísimo este canto. Las catedrales eran el
punto de distracción, el teatro, el centro de vida en aquella época. Al
templo se iba a orar un poco a Dios y a divertirse, olvidando las
guerras, violencias y tropelías del exterior. Otra vez entró la música
popular en la Iglesia, y se entonaron en las catedrales las canciones en
boga, que casi siempre eran obscenas. El pueblo tomó parte en la música
religiosa, cantando en diversas tesituras, cada cual como mejor le
parecía, siendo estos los primeros intentos del canto polifónico o de
voces concertadas. La religión era entonces alegre, popular,
democrática, como diría usted, Gabriel; aún no había Inquisición ni
sospechas de herejía que agriasen el ánimo con el fanatismo y el miedo.
Los instrumentos groseros de aire y de cuerda que entretenían a los
artesanos en las ciudades y a los labriegos en las siegas entraron en el
templo, y el órgano fue acompañado por violas, violines, trompetas,
gaitas, flautas, guitarras y tiorbas. El canto llano era el litúrgico en
casi toda Europa, pero los fieles lo despreciaban por incomprensible y
alternábanlo con canciones. En las grandes fiestas se entonaban himnos
religiosos, adaptándolos a la música de las melodías populares que
estaban en boga, tales como -La canción del hombre armado-; -Morenica-,
-dame un beso-; -No sé qué me bulle-; -Duélete de mí-, -señora-; -Mal
haya quien vos casó-, y otras del mismo estilo... ¿Y Roma?, preguntará
usted; y la Iglesia, ¿qué decía ante tal desorden...? La Iglesia vivió
sin criterio artístico; no lo tuvo jamás. No pudo crear una arquitectura
propiamente hierática, como otras religiones, ni una pintura ni una
escultura que fuesen obra suya, y menos una música. Fue adaptándose al
medio, fue aceptando y apropiándose, con una absorbencia falta de
originalidad, lo que no era obra suya, sino del humano progreso. El
estilo grecorromano, el bizantino, el gótico, el Renacimiento, todos
entraron en sus construcciones; pero el arte cristiano puro y original
no existe, no existió nunca. En música, mucho hablar de «gravedad», de
«unción», de «tradiciones gregorianas», palabras huecas, sin sentido
exacto, vaguedades que ocultan la falta de criterio artístico. ¿Cuáles
son los linderos de lo religioso y lo profano? Desde el siglo XVI al
XVIII estuvieron los críticos cuestionando sobre esto, y la Iglesia les
dejó hablar, aceptándolo todo sin criterio. De vez en cuando, Roma se
hacía oír con alguna bula papal de la que nadie hacía caso, pues el
Pontífice no podía decir: lo religioso en arte es esto, y lo profano lo
otro. Recibió Palestrina el encargo de reformar la música eclesiástica:
el Papa mostrábase dispuesto a no dejar más que el canto llano o a
suprimirlo también si era necesario. La misa del papa Marcelo y otras
melodías fueron el resultado de esta orientación, pero no se adelantó
gran cosa. Fue preciso, para que la música se purificara dentro del
templo, que comenzase el gran movimiento musical en el mundo profano con
el italiano Monteverde, con el francés Rameau y los alemanes Sebastián
Bach y Haendel. ¡Qué época tan grandiosa, amigo Gabriel! ¡Qué tíos los
que vienen detrás, Gluck, Haydn, Mozart, Mehul, Boieldieu, y sobre
todos, nuestro buen amigo Beethoven...!
Calló unos instantes el maestro de capilla, como si el nombre de su
ídolo le impusiera religioso silencio. Luego continuó:
--Toda esta avalancha de arte pasó por la Iglesia, y ella, según su
costumbre, fue apropiándose lo que era más de su gusto. En cada país
tomó el culto católico la música más en arreglo con sus tradiciones. En
España, estábamos saturados, desde los tiempos de Palestrina, de género
italiano, y la música alemana y la francesa no llegaron a nosotros.
Fuimos primeramente fuguistas y contrapuntistas, y después del -Stabat
mater- de Rossini, nos dimos tal atracón de melodía teatral, que no nos
han quedado ganas de gustar un nuevo plato. La música religiosa en
España ha marchado paralelamente con la ópera italiana, cosa que ignoran
esos señores canónigos que se indignarían si en una misa les tocase algo
de Beethoven, por considerarlo profano, y escuchan con unción mística
fragmentos que han rodado hace años por los teatros de Italia. ¿Y el
canto llano?, preguntará usted. El canto llano tiene su nido en esta
Primada. Aquí se conservó y purificó durante siglos. Lo mejor fue
recogiéndolo Toledo, y de los libros de esta catedral han salido los
corales de todas las iglesias de España y las Américas. ¡Pobre canto
llano! Hace tiempo que ha muerto. Ya lo ve usted, Gabriel: ¿quién viene
a la catedral a las horas del coro? Nadie, absolutamente. Los maitines
son rezados, y todos los oficios se entonan en medio de la mayor
soledad. El pueblo creyente no conoce ya la liturgia, no la estima, la
tiene olvidada; sólo se siente atraído por las novenas, triduos y
ejercicios, lo que se llama culto tolerado y extralitúrgico. Ha habido
que renunciar a las prácticas del catolicismo español antiguo, sano,
francote y serio: un catolicismo como si dijéramos de panllevar, para
atraer a la gente, dándole cantos bonitos en lengua común. Los jesuítas,
con su astucia, adivinaron que había que dar al culto una atracción
teatral, mezclar la liturgia con la opereta, y por eso sus iglesias,
doradas, alfombradas y floridas como tocadores, se ven llenas, mientras
las viejas catedrales suenan a hueco como tumbas. No han proclamado en
voz alta la necesidad de una reforma, pero la han llevado a la práctica
aboliendo el canto en latín, que no es grato al vulgo, sustituyéndolo
con toda clase de romanzas y con versos dulzones. Esto es una abdicación
de la Iglesia, una confesión de la anarquía musical en que ha vivido y
vive, un reconocimiento de que su antigua liturgia es impotente para
conmover al pueblo, y que ha muerto ya. En las iglesias, fuera del
Tantum ergo de la reserva, nada se canta en latín. Sermón e himnos son
en el idioma del país. Lo mismo que en un templo protestante. Para la
masa devota que cree sin discurrir, son las exterioridades las que
diferencian a las religiones entre sí, y no era preciso que se
achicharrase a tanta gente en las hogueras, y que media Europa fuese a
la greña en la famosa guerra de los Treinta Años, y que los papas
lanzasen excomunión sobre excomunión, para venir a parar a la postre en
que una iglesia católica y otra evangélica sólo se diferencian en una
imagen y unos cuantos cirios, pues el culto en ambas partes es igual....
Pero vámonos, Gabriel; van a cerrar.
El campanero corría por las naves agitando su llavero, que asustaba a
los murciélagos, cada vez más numerosos. Las dos devotas habían
desaparecido. Sólo quedaban en la catedral el maestro de capilla y
Gabriel. Por una nave baja avanzaban los vigilantes nocturnos, que iban
a ocupar sus puestos hasta la mañana siguiente, precedidos por el perro.
Los dos amigos salieron al claustro, guiados en la penumbra de las naves
por el vago resplandor de las vidrieras. Afuera, un rayo de sol
enrojecía el jardín y el claustro de las Claverías.
--Lo repito--continuó el sacerdote artista, mirando la puerta por donde
habían salido--. Ahí dentro no se ama al arte ni se le entiende. El
templo sólo ha prestado un servicio a la música, y esto sin quererlo. La
necesidad de tener instrumentistas y cantores para el culto le hizo
sostener las capillas y colegios de seises que sirvieron para la
enseñanza musical en una época falta de escuelas. Fuera de esto, nada.
Los que representamos el arte en las catedrales somos tan despreciados
como los ministriles de las antiguas capillas, tañedores de chirimías,
bajoncillos y bajones. Para los canónigos, es griego puro todo lo que
duerme en los archivos de música, y nosotros los artistas eclesiásticos
formamos raza aparte, estamos, cuando más, un peldaño por encima de los
sacristanes. El maestro, el organista, el tenor, el contralto y el bajo
formamos la capilla. Somos clérigos como los canónigos, llegamos a
beneficiados por oposición, hemos estudiado como ellos las ciencias
religiosas, y además somos músicos; pues a pesar de esto, cobramos casi
la mitad del sueldo de un canónigo, y para recordarnos a todas horas
nuestra ínfima condición, nos hacen sentar en la sillería baja. Los
únicos que en el coro sabemos música ocupamos el último lugar. El
chantre es, por derecho, el jefe de los cantores; y el chantre es un
canónigo cualquiera, que nombra Roma sin oposición y que no conoce ni
una nota del pentagrama. ¡La anarquía, amigo Gabriel! ¡El desprecio de
la Iglesia por la música, que ha sido siempre su esclava, nunca su hija!
Por algo en los conventos de monjas la organista y las cantoras son
siempre las más despreciadas y se las llama «las sargentas». El cantar
conforme a reglas es en la Iglesia oficio bajo. Para todo hay dinero en
el templo; a todo alcanzan los fondos de fábrica, menos a la música. Los
canónigos nos tienen por locos que vamos disfrazados con hábito
eclesiástico. Cuando llega el Corpus o la fiesta de la Virgen del
Sagrario, yo sueño siempre con una gran misa digna de la catedral, pero
el Obrero me ataja pidiéndome algo italiano y sencillo: asunto de media
docena de instrumentistas buscados en la misma ciudad; y tengo que
dirigir a unos cuantos chapuceros, rabiando al oír cómo suena la
orquesta ratonil bajo esas bóvedas que se construyeron para algo más
grande. En resumen, amigo Luna: esto está muerto... pero bien muerto.
Aún no hemos desaparecido; nos ven, pero es de cuerpo presente. Las
lamentaciones del maestro de capilla no sorprendieron a Gabriel. Todos
en la catedral se quejaban de la vida mísera y sórdida que arrastraba el
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