La Catedral
Vicente Blasco Ibáñez
LA CATEDRAL
Vicente Blasco Ibáñez
Portada de C. SANROMA
Primera edición: Enero, 1978
Editado por PLAZA & JANES, S.A., Editores
Virgen de Guadalupe, 21-33. Esplugas de Llobregat (Barcelona)
Printed in Spain--Impreso en España
ISBN: 84-01-48014-0--Depósito Legal: B. 134-1978
GRAFICAS GUADA, S.A.--Virgen de Guadalupe, 33
I
Comenzaba a amanecer cuando Gabriel Luna llegó ante la catedral. En las
estrechas calles toledanas todavía era de noche. La azul claridad del
alba, que apenas, lograba deslizarse entre los aleros de los tejados, se
esparcía con mayor libertad en la plazuela del Ayuntamiento, sacando de
la penumbra la vulgar fachada del palacio del arzobispo y las dos torres
encaperuzadas de pizarra negra de la casa municipal, sombría
construcción de la época de Carlos V.
Gabriel paseó largo rato por la desierta plazuela, subiéndose hasta las
cejas el embozo de la capa, mientras tosía con estremecimientos
dolorosos. Sin dejar de andar, para defenderse del frío, contemplaba la
gran puerta llamada del Perdón, la única fachada de la iglesia que
ofrece un aspecto monumental. Recordaba otras catedrales famosas,
aisladas, en lugar preeminente, presentando libres todos sus costados,
con el orgullo de su belleza, y las comparaba con la de Toledo, la
iglesia-madre española, ahogada por el oleaje de apretados edificios que
la rodean y parecen caer sobre sus flancos, adhiriéndose a ellos, sin
dejarla mostrar sus galas exteriores más que en el reducido espacio de
las callejuelas que la oprimen. Gabriel, que conocía su hermosura
interior, pensaba en las viviendas engañosas de los pueblos orientales,
sórdidas y miserables por fuera, cubiertas de alabastros y filigranas
por dentro. No en balde habían vivido en Toledo, durante siglos, judíos
y moros. Su aversión a las suntuosidades exteriores parecía haber
inspirado la obra de la catedral, ahogada por el caserío que se empuja y
arremolina en torno de ella como si buscase su sombra.
La plazuela del Ayuntamiento era el único desgarrón que permitía al
cristiano monumento respirar su grandeza. En este pequeño espacio de
cielo libre, mostraba a la luz del alba los tres arcos ojivales de su
fachada principal y la torre de las campanas, de enorme robustez y
salientes aristas, rematada por la montera del «alcuzón», especie de
tiara negra con tres coronas, que se perdía en el crepúsculo invernal
nebuloso y plomizo.
Gabriel contemplaba con cariño el templo silencioso y cerrado, donde
vivían los suyos y había transcurrido lo mejor de su vida. ¡Cuántos años
sin verlo! ¡Con qué ansiedad aguardaba a que abriesen sus puertas...!
Había llegado a Toledo la noche anterior en el tren de Madrid. Antes de
encerrarse en un cuartucho de la «Posada de la Sangre»--el antiguo
«Mesón del Sevillano», habitado por Cervantes--había sentido una ansiosa
necesidad de ver la catedral; y pasó más de una hora en torno de ella,
oyendo el ladrido del perro que guardaba el templo y rugía alarmado al
percibir ruido de pasos en las callejuelas inmediatas, muertas y
silenciosas. No había podido dormir. Le quitaba el sueño verse en su
tierra después de tantos años de aventuras y miserias. De noche aún,
salió del mesón para aguardar cerca de la catedral el momento en que la
abrieran.
Para entretener la espera, iba repasando con la vista las bellezas y
defectos de la portada, comentándolos en alta voz, como si quisiera
hacer testigos de sus juicios a los bancos de piedra de la plaza y sus
tristes arbolillos. Una verja rematada por jarrones del siglo XVIII se
extendía ante la portada, cerrando un atrio de anchas losas, en el cual
verificábanse en otros tiempos las aparatosas recepciones del cabildo y
admiraba la muchedumbre los gigantones en días de gran fiesta.
El primer cuerpo de la fachada estaba rasgado en el centro por la puerta
del Perdón, arco ojival enorme y profundo, que se estrecha siguiendo la
gradación de sus ojivas interiores, adornadas con imágenes de apóstoles,
calados doseletes y escudos con leones y castillos. En el pilar que
divide las dos hojas de la puerta, Jesús, con corona y manto de rey,
flaco, estirado, con el aire enfermizo y mísero que los imagineros
medioevales daban a sus figuras para expresar la divina sublimidad. En
el tímpano, un relieve representaba a la Virgen rodeada de ángeles,
vistiendo una casulla a San Ildefonso, piadosa leyenda repetida en
varios puntos de la catedral, como si fuese el mejor de los blasones. A
un lado, la puerta llamada de la Torre; al otro, la de los Escribanos,
por la que entraban en otros tiempos, con gran ceremonia, los
depositarios de la fe pública a jurar el cumplimiento de su cargo; las
dos con estatuas de piedra en sus jambas y rosarios de figurillas y
emblemas que se desarrollaban entre las aristas hasta llegar a lo más
alto de la ojiva.
Encima de estas tres puertas, de un gótico exuberante, se elevaba el
segundo cuerpo, de arquitectura grecorromana y construcción casi
moderna, causando a Gabriel Luna la misma molestia que si un trompetazo
discordante interrumpiese el curso de una sinfonía. Jesús y los doce
apóstoles, todos de tamaño natural, estaban sentados a la mesa, cada uno
en su hornacina, encima de la portada del centro, limitados por dos
contrafuertes como torres que partían la fachada en tres partes. Más
allá extendían sus arcadas de medio punto dos galerías de palacio
italiano, a las que más de una vez se había asomado Gabriel cuando
jugaba, siendo niño, en la vivienda del campanero.
«La riqueza de la iglesia--pensaba Luna--fue un mal para el arte. En un
templo pobre se hubiese conservado la uniformidad de la fachada antigua.
Pero cuando los arzobispos de Toledo tenían once millones de renta y
otros tantos el cabildo, y no se sabía qué hacer del dinero, se
iniciaban obras, se hacían reconstrucciones, y el arte decadente paría
mamarrachos como la Cena.»
A continuación se elevaba el tercer cuerpo, dos grandes arcos que daban
luz al rosetón de la nave central, coronado todo por una barandilla de
calada piedra que seguía las sinuosidades de la fachada entre las dos
masas salientes que la resguardan: la torre y la capilla Mozárabe.
Gabriel cesó en su contemplación, viendo que no estaba solo ante el
templo. Era casi de día. Pasaban rozando la verja algunas mujeres con la
cabeza baja y la mantilla sobre los ojos. En las baldosas de la acera
sonaban las muletas de un cojo, y más allá de la torre, bajo el gran
arco que pone en comunicación el palacio del arzobispo con la catedral,
reuníanse los mendigos para tomar sitio en la puerta del claustro.
Devotas y pordioseros se conocían. Eran todas las mañanas los primeros
ocupantes del templo. Este encuentro diario establecía en ellos cierta
fraternidad, y entre carraspeos y toses se lamentaban del frío de la
mañana y de lo tardo que era el campanero en bajar a la iglesia.
Se abrió una puerta más allá del arco del Arzobispo, la de la escalera
que conducía a la torre y las habitaciones del claustro alto, ocupadas
por los empleados del templo. Un hombre atravesó la calle agitando un
gran manojo de llaves, y rodeado de la clientela madrugadora comenzó a
abrir la puerta del claustro bajo, estrecha y ojival como una saetera.
Gabriel le conocía: era Mariano el campanero; y para evitar que pudiese
verle, permaneció inmóvil en la plaza, dejando que se precipitasen por
la puerta del Mollete las gentes ansiosas de penetrar en la Primada,
como si pudieran robarlas el sitio.
Por fin se decidió a seguirlas, y bajó los siete escalones del claustro,
pues la catedral, edificada en un barranco, se halla más baja que las
calles contiguas.
Todo estaba lo mismo. A lo largo de los muros, los grandes frescos de
Bayeu y Maella representando los trabajos y grandezas de San Eulogio,
sus predicaciones en tierra de moros y las crueldades de la gente infiel
de gran turbante y enormes bigotes que golpea al santo. En la parte
interior de la puerta del Mollete, el horrendo martirio del niño de La
Guardia, la leyenda nacida a la vez en varios pueblos católicos al calor
del odio antisemita: el sacrificio del niño cristiano por judíos de
torva catadura, que lo roban de su casa y lo crucifican para arrancarle
el corazón y beber su sangre.
La humedad iba descascarillando y borrando gran parte de esa pintura
novelesca que orlaba la ojiva como la portada de un libro; pero Gabriel
aún vio la horrible cara del judío puesto al pie de la cruz y el gesto
feroz del otro que, con el cuchillo en la boca, se inclina para
entregarle el corazón del pequeño mártir: figuras teatrales que más de
una vez habían turbado sus ensueños de niño.
El jardín, que se extiende entre los cuatro pórticos del claustro,
mostraba en pleno invierno su vegetación helénica de altos laureles y
cipreses, pasando sus ramas por entre las verjas que cierran los cinco
arcos de cada lado hasta la altura de los capiteles. Gabriel miró largo
rato el jardín, que está más alto que el claustro. Su cara se hallaba al
nivel de aquella tierra que en otros tiempos había trabajado su padre.
Por fin volvía a ver aquel rincón de verdura; el patio convertido en
vergel por los canónigos de otros siglos. Su recuerdo le había
acompañado cuando paseaba por el inmenso Bosque de Bolonia y por el
Hyde-Park de Londres. Para él, el jardín de la catedral de Toledo
resultaba el más hermoso de los jardines, por ser el primero que había
visto en su vida.
Los pordioseros sentados en los escalones de la puerta le miraban
curiosamente, sin atreverse a tenderle la mano. No sabían si aquel
desconocido madrugador, con capa raída, sombrero ajado y botas viejas,
era un curioso o uno del oficio que buscaba sitio en la catedral para
pedir limosna.
Molestado por este espionaje, Luna siguió adelante por el claustro,
pasando ante las dos puertas que lo ponen en comunicación con el templo.
La llamada de la Presentación, toda de piedra blanquísima, es una alegre
muestra del arte plateresco, cincelada cual una joya, con adornos
caprichosos y alegres de juguete. A continuación venía el respaldo del
hueco de la escalera por la que los arzobispos descienden desde su
palacio a la iglesia, un muro de junquillos góticos y grandes escudos, y
casi a ras del suelo, la famosa «piedra de luz», delgada lámina de
mármol transparente como un vidrio, que alumbra la escalera y es la
principal admiración de los rústicos que visitan el claustro. Después,
la puerta de Santa Catalina, negra y dorada, con gran riqueza de
follajes policromos, castillos y leones en las jambas y dos estatuas de
profetas.
Gabriel se alejó algunos pasos, viendo que por la parte de adentro
abrían el postigo de esta portada. Era el campanero, que acababa de dar
la vuelta al templo, abriendo todas sus puertas. Salió un perrazo
estirando el cuello, como si fuese a: ladrar de hambre; después, dos
hombres con la gorra hasta las cejas, envueltos en capas de pañol pardo.
El campanero sostuvo la cancela para que saliesen.
--¡Vaya, buenos días, Mariano!--dijo uno de ellos a guisa de despedida.
--Buenos nos los dé Dios... y dormir bien.
Gabriel reconoció a los guardianes nocturnos de la catedral. Encerrados
en el templo desde la tarde anterior, se retiraban a sus casas a dormir.
El perro emprendía el camino del Seminario para devorar las sobras de la
comida de los estudiantes, hasta que le buscasen los guardianes para
encerrarse de nuevo.
Luna bajó los peldaños de la portada y entró en la catedral. Apenas
hubo pisado las baldosas del pavimento, sintió en el rostro la caricia
fría y un tanto pegajosa de aquel ambiente de bodega subterránea. En el
templo todavía era de noche. Arriba, las vidrieras de colores de los
centenares de ventanas que, escalonándose, dan luz a las cinco naves,
brillaban con la luz del amanecer. Eran como flores mágicas que se
abrían a los primeros resplandores del día. Abajo, entre las enormes
pilastras que formaban un bosque de piedra, reinaba la obscuridad,
rasgada a trechos por las manchas rojas y vacilantes de las lámparas que
ardían en las capillas haciendo temblar las sombras. Los murciélagos
revoloteaban en las encrucijadas de las columnas, queriendo prolongar
algunos instantes su posesión del templo, hasta que se filtrase por las
vidrieras el primer rayo de sol. Pasaban volando sobre las cabezas de
las devotas que, arrodilladas ante los altares, rezaban a gritos,
satisfechas de estar en la catedral a aquella hora como en su propia
casa. Otras hablaban con los acólitos y demás servidores del templo que
iban entrando por todas las puertas, soñolientos y desperezándose como
obreros que acuden al taller. En la obscuridad deslizábanse las manchas
negras de algunos manteos camino de la sacristía, deteniéndose con
grandes genuflexiones ante cada imagen; y a lo lejos, invisible en la
obscuridad, adivinábase al campanero, como un duende incansable, por el
ruido de sus llaves y el chirriar de las puertas que iba abriendo.
Despertaba el templo. Sonaban como cañonazos los golpes de las puertas,
repitiéndolos el eco de nave en nave. Una escoba comenzó a barrer por la
parte de la sacristía, produciendo el ruido de una enorme sierra. La
iglesia vibraba con los golpes de algunos monaguillos que sacudían el
polvo a la famosa sillería del coro. Parecía desperezarse la catedral
con los nervios excitados: el menor frote le arrancaba quejidos.
Los pasos resonaban con eco gigantesco, como si se conmovieran todos los
sepulcros de reyes, arzobispos y guerreros ocultos bajo sus baldosas.
El frío era más intenso en la iglesia que fuera de ella. Uníase a la
baja temperatura la humedad de su suelo atravesado por las alcantarillas
de desagüe, el rezumar de ocultos y subterráneos estanques, que manchaba
el pavimento y hacía toser a los canónigos en el coro, «acortando su
vida», como decían ellos quejumbrosamente.
La luz de la mañana comenzaba a esparcirse por las naves. Salía de la
sombra la inmaculada blancura de la catedral toledana, la nitidez de su
piedra, que hace de ella el más alegre y hermoso de los templos. Se
marcaban con toda su elegante y atrevida esbeltez las ochenta y ocho
pilastras robustos haces de columnas que suben audazmente cortando el
espacio, blancos como si fuesen de nieve solidificada, y esparcen y
entrecruzan sus nervios para sostener las bóvedas. En lo alto se abrían
los grandes ventanales, con sus vidrieras que parecen jardines mágicos
cubiertos de flores de luz.
Gabriel se había sentado en el zócalo de una pilastra, entre dos
columnas, pero a los pocos instantes tuvo que ponerse de pie. La humedad
de la piedra, el frío de tumba que circulaba por toda la catedral, le
penetraba hasta los huesos. Anduvo por las naves, llamando la atención
de las devotas, que interrumpían sus rezos al verle. Un forastero a
aquellas horas, que eran las de los familiares de la iglesia, excitaba
su curiosidad. El campanero se cruzó varias veces con él, siguiéndole
con mirada inquieta, como si le inspirase poca confianza aquel
desconocido de mísero aspecto vagando a la hora en que las riquezas de
las capillas no pueden ser vigiladas.
Otro hombre tropezó con él cerca del altar mayor. Luna lo conoció. Era
Eusebio, el sacristán de la capilla del Sagrario, el -Azul de la
Virgen-, como se le llamaba entre la gente de la catedral por el traje
color celeste que vestía en los días de ceremonia. Seis años iban
transcurridos desde que Gabriel le vio por última vez, y no había
olvidado su corpachón mantecoso, la cara granujienta, de frente angosta
y rugosa, orlada de pelos hirsutos, y el cuello taurino, que apenas si
le permitía respirar, convirtiendo sus aspiraciones en un resoplido de
fuelle. Todos los empleados que vivían en el claustro alto envidiaban su
cargo, por ser el más productivo y por el favor de que gozaba cerca del
arzobispo y los canónigos.
El -Azul- consideraba el templo como de su propiedad, faltándole poco
para arrojar de él a los que le inspiraban antipatía. Al ver a un
vagabundo paseando por la iglesia, fijó en él los ojos insolentes,
haciendo un esfuerzo por levantar sus cejas abultadas. ¿Dónde había
visto a aquel pájaro raro? Gabriel notó su esfuerzo por concentrar la
memoria, y evitó el ser examinado, volviéndose de espaldas para mirar
con falsa atención un retablo colocado en una pilastra.
Huyendo de la recelosa curiosidad que despertaba su presencia en el
templo, salió al claustro. Allí estaba mejor, completamente aislado. Los
pordioseros charlaban sentados en los escalones de la puerta del
Mollete. Pasaban por entre ellos los curas, embozados en el manteo,
entrando apresuradamente en la catedral por la puerta de la
Presentación. Los mendigos les saludaban por sus nombres, sin tenderles
la mano. Los conocían, eran de la casa, y entre amigos no se mendiga.
Ellos estaban allí para caer sobre los forasteros, y aguardaban
pacientemente la hora de los «ingleses», pues sólo de Inglaterra podían
ser todos los extranjeros que llegaban de Madrid en el tren de la
mañana.
Gabriel se mantenía cerca de la puerta, sabiendo que por ella entraban
los que vivían en el claustro alto. Atravesaban el arco del Arzobispo, y
siguiendo la escalera abierta en el palacio, bajaban a la calle,
entrando en la catedral por la puerta del Mollete. Luna, que conocía
toda la historia del famoso templo, recordaba el origen del nombre de la
puerta. Primitivamente se llamó de la Justicia, porque en ella daba
audiencias el vicario general del Arzobispado. Luego la llamaron del
Mollete, porque todos los días, después de la misa mayor, el preste, con
acólitos y pertigueros, se presentaba en ella a bendecir los panes de
media libra o molletes que se repartían entre los pobres. Seiscientas
fanegas de trigo--según recordaba Luna--se gastaban todos los años en
esta limosna: pero era en los tiempos que la catedral cobraba todos los
años más de once millones de renta.
Molestaban a Gabriel las miradas curiosas de los clérigos y beatas que
entraban en la iglesia. Eran gentes acostumbradas a verse todos los
días, siempre las mismas, a idéntica hora, y sentían revuelta su
curiosidad cuando un rostro extraño alteraba la monotonía de su
existencia.
Retirábase hacia el fondo del claustro, cuando algunas palabras de los
mendigos le hicieron retroceder.
--Ahí viene el -Vara de palo- viejo.
--¡Buenos días, señor Esteban!
Un hombre pequeño, vestido de negro y rasurado como un clérigo, bajó los
peldaños.
--¡Esteban...! ¡Esteban...!--dijo Luna interponiéndose entre él y la
puerta de la Presentación.
El -Vara de palo- le miró con sus ojos claros que parecían de ámbar:
unos ojos pasivos, de hombre acostumbrado a permanecer largas horas en
la catedral sin que la más leve rebeldía de pensamiento llegase a turbar
su inmovilidad beatífica. Dudó largo rato, como si no pudiese creer en
la remota semejanza de aquella cara pálida y descarnada con otra que
existía en su memoria; pero al fin se convenció de la identidad con
dolorosa sorpresa.
--¡Gabriel...!, ¡hermano mío! Pero ¿eres tú?
Y su rostro rígido de servidor del templo, que parecía haber tomado la
inmovilidad de las pilastras y las estatuas, se animó con una sonrisa
cariñosa.
Los dos, estrechándose las manos, se alejaron por el claustro.
¿Cuándo has venido...? Pero ¿en dónde has estado...? ¿Qué vida es la
tuya? ¿A qué vienes?
El -Vara de palo- expresaba su sorpresa con incesantes preguntas, sin
dar tiempo a que su hermano las contestase.
Gabriel explicó su llegada en la noche anterior; su permanencia ante la
iglesia desde antes de amanecer, esperando el momento de ver a su
hermano.
--Ahora vengo de Madrid; pero antes he estado en muchos sitios: en
Inglaterra, en Francia, en Bélgica, ¿quién sabe dónde? He rodado de un
pueblo a otro, siempre luchando con el hambre y con la crueldad de los
hombres. Me siguen los pasos la miseria y la policía. Cuando me detengo,
anonadado por esta existencia de Judío Errante, la Justicia, en nombre
del miedo, me grita que ande, y vuelvo a emprender la marcha. Soy un
hombre temible, así como me ves, Esteban: enfermo, con el cuerpo
arruinado antes de la vejez y la certeza de morir muy pronto. Ayer
mismo, en Madrid, me dijeron que iría de nuevo a la cárcel si prolongaba
allí mi estancia, y por la tarde tomé el tren. ¿Dónde ir? El mundo es
grande; mas para mí y otros rebeldes como yo se achica, se comprime,
hasta no dejar un palmo de terreno en que poner los pies. En la tierra
sólo me quedas tú y este rincón tranquilo y silencioso donde vives
feliz. En tu busca vengo; si me rechazas, no me queda más sitio para
morir que la cárcel o un hospital, si es que quieren recibirme en él al
conocer mi nombre.
Y Gabriel, fatigado por sus palabras, tosía dolorosamente, resonando su
pecho como si el aire se deslizase por tortuosas cavernas. Se expresaba
con vehemencia, moviendo instintivamente los brazos, como hombre
habituado de larga fecha a hablar en público, ardiendo con la llama del
proselitismo.
--¡Ah, hermano... hermano!--dijo Esteban con expresión de cariñoso
reproche--. ¿De qué te ha servido tanto leer periódicos y libros? ¿Para
qué ese deseo de arreglar lo que está bien, o si está mal no tiene
arreglo posible...? De seguir tranquilamente tu camino, serías
beneficiado de la catedral, y ¡quién sabe si te sentarías en el coro,
entre los canónigos, para honra y amparo de la familia...! Siempre
tuviste mala cabeza, por lo mismo que eres el más listo de entre
nosotros. ¡Maldito talento que a tales miserias conduce...! ¡Lo que yo
he sufrido, hermano, enterándome de tus cosas! ¡Cuántas amarguras desde
la última vez que pasaste por aquí! Te creía contento y feliz en la
imprenta de Barcelona, corrigiendo libros, con aquel sueldazo que era
una fortuna comparado con lo que aquí ganamos. Algo me escamaba leer tu
nombre con tanta frecuencia en los periódicos, unido a esos -metinges-
en los que se pide el reparto de todo, la muerte de la religión y la
familia, y qué sé yo cuántos disparates más. El -compañero- Luna ha
dicho esto, el -compañero- Luna ha hecho lo otro; y yo ocultaba a la
gente de la casa que el tal -compañero- fueses tú, adivinando que tantas
locuras acabarían mal, forzosamente mal.... Después... después vino lo
de las bombas.
--Nada tuve que ver en ello--dijo Gabriel con voz triste--. Yo soy un
teórico: abomino de la acción, por prematura e ineficaz.
--Lo sé, Gabriel. Siempre te creí inocente. ¡Tú tan bueno, tan dulce,
que de pequeño nos asombrabas a todos con tu bondad; tú que ibas para
santo, como decía nuestra pobre madre!, ¡matar tú! ¡Y tan traidoramente,
por medio de artefactos del infierno...! ¡Jesús!
Y el -Vara de palo- calló, como aterrado por él recuerdo de los
atentados en que habían envuelto a su hermano.
--Pero lo cierto fue--continuó al poco rato--que caíste en la redada que
dio el gobierno al ocurrir aquellos sucesos. ¡Lo que yo sufrí una
temporada! De vez en cuando fusilamientos en el foso del castillo que
hay allá, y yo buscaba ansioso en los papeles los nombres de los
sentenciados, siempre esperando encontrar el tuyo. Corrían rumores de
tormentos horribles que se hacían sufrir a los presos para que cantasen
la verdad, y pensaba en tí tan delicado, tan poquita cosa, creyendo que
cualquier mañana te encontrarían muerto en el calabozo. Y aún sufría más
por mi empeño de que aquí no se conociese tu situación. ¡Un Luna, el
hijo del señor Esteban, el antiguo jardinero de la Primada, con el que
conversaban los canónigos y hasta los arzobispos... mezclado entre la
gentuza infernal que quiere destruir el mundo...! Por esto, cuando
Eusebio el -Azul- y otros chismosillos de la casa me preguntaban si
podrías ser tú el Luna de que hablaban los periódicos, yo decía que mi
hermano estaba en América y que me escribías de tarde en tarde, por
andar ocupado en grandes negocios. ¡Ya ves qué dolor! Esperar que te
matasen de un momento a otro, y no poder hablar, no poder quejarse,
comunicando la pena ni aun a los de la familia... ¡Lo que yo he rezado
ahí dentro...! Acostumbrados los de la casa a ver todos los días a Dios
y los santos, somos algo duros y pecadores; pero la desgracia ablanda el
alma, y yo me dirigí a la que todo lo puede, a nuestra patrona la Virgen
del Sagrario, pidiéndola que se acordase de ti, ya que ibas de niño a
arrodillarte ante su capilla, cuando te preparabas para entrar en el
Seminario.
Gabriel sonrió con dulzura, como admirando la simplicidad de su hermano.
--No rías, te lo ruego: me hace daño tu risa. La excelsa Señora lo hizo
todo en favor tuyo. Meses después supe que a ti y a otros os habían
metido en un barco, con orden de no volver más a España, y... hasta la
hora presente. Ni una carta, ni una noticia buena o mala. Te creía
muerto, Gabriel, en esas tierras lejanas, y más de una vez he rezado por
tu pobre alma, que bien lo necesita.
El -compañero- mostraba en sus ojos el agradecimiento por estas
palabras.
--Gracias, Esteban. Admiro tu fe, pero cree que no he salido tan bien
como te imaginas de aquella aventura sombría. Mejor hubiese sido morir.
La aureola del martirio vale más que entrar en un calabozo siendo un
hombre y salir hecho un pingajo.
Estoy muy enfermo, Esteban: mi sentencia de muerte es irrevocable. No
tengo estómago, mis pulmones están deshechos, este cuerpo que ves es una
máquina desvencijada que apenas si funciona, y cruje por todos lados
como si las piezas fuesen a separarse y a caer cada una por su lado. La
Virgen que me salvó por tu recomendación bien podía haber intercedido
algo más en favor mío, ablandando a mis guardianes. Los infelices creían
salvar al mundo dando suelta a los instintos de bestia que duermen en
nosotros como restos del pasado... Después, en plena libertad, la vida
ha sido más dolorosa que la muerte. Al volver a España, empujado por la
miseria y las persecuciones, mi existencia ha sido un infierno. No he
podido parar en ningún sitio donde se reúnen hombres. Me acosan como
perros; quieren que viva fuera de las ciudades; me acorralan,
empujándome hacia el monte, hacia el desierto, donde no existen seres
humanos. Parece que soy un hombre temible, más temible que los
desesperados que arrojan bombas, porque hablo, porque llevo en mí una
fuerza irresistible que me hace propagar la Verdad apenas me veo en
presencia de dos desgraciados.... Pero esto se acabó. Puedes
tranquilizarte, hermano. Soy hombre muerto; mi misión tocó a su fin;
pero detrás de mí vendrán otros y otros. El surco está abierto y la
simiente en sus entrañas. ¡Germinal! Así gritó un amigo mío de destierro
cuando en España vio el último rayo de sol desde el tablado del
patíbulo.... Voy a morir, y me creo con derecho al descanso por unos
meses. Quiero gustar por primera vez en mi vida la dulzura del silencio,
de la inmovilidad, del incógnito: no ser nadie, que nadie me conozca; no
inspirar simpatías ni miedo. Quisiera ser una estatua de esa portada,
una pilastra de la catedral, algo inmóvil, sobre cuya superficie
resbalasen el tiempo, las alegrías y las tristezas, sin causar
estremecimientos ni emociones. Anticipar la muerte; ser cadáver que
respira y come, pero que no piensa, ni sufre, ni se entusiasma: ésa
sería para mí la dicha, hermano. No sé adonde ir: los hombres me
esperan más allá de esa puerta para acosarme otra vez... ¿Me quieres
contigo...?
El -Vara de palo-, por toda contestación, empujó cariñosamente a
Gabriel.
--¡Vamos arriba, loco! No morirás; yo te sacaré adelante. Lo que tú
necesitas es calma y cariño. La catedral te curará. Aquí sanarás esa
cabeza enferma, que parece la de Don Quijote. ¿Te acuerdas cuando de
niño nos leías su historia en las veladas...? Anda adelante, fantasioso.
¿Qué te importa a ti que el mundo esté mejor o peor arreglado? Así lo
encontramos, y así será siempre. Lo que importa es vivir cristianamente,
con la certeza de que la otra vida será mejor, ya que es obra de Dios y
no de los hombres. ¡Arriba, vamos arriba!
Y empujando cariñosamente al vagabundo, salieron del claustro por entre
los mendigos, que habían seguido con mirada curiosa la entrevista sin
poder escuchar una palabra. Atravesaron la calle, entrando en la
escalera de la torre. Los peldaños eran de ladrillos rojos y gastados, y
las paredes, pintadas de blanco, estaban cubiertas en todas sus
revueltas de grotescos dibujos y enrevesadas inscripciones de las gentes
que subían a la torre atraídas por la fama de la Campana Gorda.
Gabriel ascendía lentamente, jadeando y deteniéndose en cada tramo.
--Estoy malo, Esteban... muy malo. Este fuelle hace aire por todas
partes.
Después, como arrepentido de su olvido, se apresuró a preguntar:
--¿Y Pepa, tu mujer? Supongo que estará buena....
Se contrajo la frente del empleado de la catedral y sus ojos pusiéronse
vidriosos, como si fuese a llorar.
--Murió--dijo con laconismo sombrío.
Gabriel se detuvo, agarrándose a la barandilla, como inmovilizado por la
sorpresa. Después de un corto silencio, añadió, con el deseo de consolar
a su hermano:
Pero Sagrario, mi sobrina, estará hecha una hermosura. La última vez
que la vi parecía una reina, con su moño rubio y aquella carita
sonrosada, de vello dorado, como un albaricoque de los cigarrales. ¿Se
casó con el cadete o está con tigo?
El -Vara de palo- puso el gesto más sombrío y miró a su hermano
torvamente.
--Murió también--dijo con sequedad.
--¿También Sagrario ha muerto?--preguntó; Gabriel con extrañeza.
--Ha muerto para mí, y es lo mismo.... Hermano, por lo que más quieras
en el mundo, no me hables de ella.
Gabriel comprendió que despertaba una pena grande con sus preguntas y no
dijo más, emprendiendo de nuevo la ascensión. En la vida de su hermano
había ocurrido algo grave durante su ausencia: uno de estos sucesos que
disuelven las familias y separan para siempre a los que sobreviven.
Atravesaron la galería cubierta del arco del Arzobispo y entraron en el
claustro alto, llamado las Claverías: cuatro pórticos iguales en la
longitud a los del claustro bajo, pero desnudos de toda decoración y con
un aspecto mísero. El pavimento era de ladrillos gastados y rotos. Los
cuatro lados que daban sobre el jardín tenían una barandilla entre las
chatas columnas que sostenían la techumbre de añejas vigas. Era una obra
provisional, de tres siglos antes, que había quedado para siempre en tal
estado. A lo largo de las paredes enjalbegadas abríanse sin simetría las
puertas y ventanas de las habitaciones que venían ocupando los
servidores de la catedral, transmitiéndose oficio y vivienda de padres a
hijos. El claustro, con sus pórticos bajos, ofrecía el aspecto de cuatro
calles, cada una de las cuales sólo tenía una fila de casas. Enfrente
estaba la chata columnata, sobre cuyas barandillas asomaban sus copas
puntiagudas los cipreses del jardín. Por encima del tejado del claustro
veíanse las ventanas de la segunda fila de habitaciones, pues casi
todas las casas de las Claverías tenían dos pisos.
Era un pueblo que vivía sobre la catedral al nivel de los tejados, y al
llegar la noche y cerrarse la escalera de la torre quedaba aislado de la
ciudad. La tribu semieclesiástica se procreaba y moría en el corazón de
Toledo, sin bajar a sus calles, adherida por tradicional instinto a
aquella montaña de piedra blanca y calada, cuyos arcos la servían de
refugio. Vivía saturada del olor del incienso y respiraba el perfume
especial de moho y hierro viejo de las catedrales, sin más horizonte que
las ojivas de enfrente o el campanario, que aplastaba con su mole un
pedazo del cielo que se veía desde el claustro alto.
El -compañero- Luna creyó retroceder de golpe a la niñez. Chicuelos
semejantes al Gabriel de otros tiempos corrían jugando por las cuatro
galerías o se sentaban encogidos en la parte del claustro bañada por los
primeros rayos del sol. Mujeres que le recordaban a su madre sacudían
sobre el jardín las mantas de las camas o barrían los rojos ladrillos
inmediatos a sus viviendas. El -compañero- vio aún borrosos en la pared
dos monigotes que había pintado con carbón cuando tenía ocho años. Sin
los pequeñuelos que gritaban y reían persiguiéndose, se hubiera creído
que la vida estaba en suspenso en este rincón de la catedral, como si en
aquel pueblo casi aéreo no naciese ni muriese nadie.
El -Vara de palo-, cejijunto y sombrío desde las últimas palabras, quiso
dar algunas explicaciones a su hermano.
--Vivo en nuestra casa de siempre. Me la han dejado en consideración a
la memoria del padre. Hay que agradecerlo a los señores del cabildo,
teniendo en cuenta que no soy más que un triste -Vara de palo-.... Desde
que ocurrió la «desgracia» tengo una vieja que arregla la casa, y además
vive conmigo don Luis, el maestro de capilla. Ya le conocerás: un
sacerdote joven, de mucho valer, que aquí está obscurecido; un alma de
Dios, al que tienen por un loco en la catedral y vive como un ángel.
Entraron en la casa de los Luna, que era de las mejores de las
Claverías. Junto a la puerta, dos hileras de macetas en forma de
relojera, clavadas al muro, dejaban pender las cabelleras verdes de sus
plantas. Dentro, en la sala que servía de recibimiento, Gabriel lo
encontró todo lo mismo que en vida de sus padres. Las paredes blancas,
que con los años habían tomado un moreno color de hueso, estaban
adornadas con grabados antiguos de santos. La sillería de caoba,
brillante por el continuo frote, ofrecía cierto aspecto de juventud, que
contrastaba con sus curvas de principios de siglo y sus asientos
próximos a desfondarse. Por una puerta entreabierta se veía la cocina,
en la que había entrado su hermano para dar órdenes a una mujer vieja de
aspecto tímido. En un rincón de la sala estaba enfundada una máquina de
coser. Luna había visto trabajando en ella a su sobrina la última vez
que pasó por la catedral. Era el recuerdo permanente que había dejado la
«pequeña» después de aquella catástrofe que despertaba en el padre un
dolor sombrío. Al través de una ventana de la sala veía Gabriel el patio
interior, que hacía apetecible aquella habitación entre todas las de las
Claverías: un espacio de cielo libre, con los cuartos superiores
sostenidos por cuatro filas de delgadas columnas de piedra, que daban al
patio el aspecto de un pequeño claustro.
Esteban volvió a reunirse con su hermano.
--Tú dirás lo que quieres almorzar. En la cocina todo está listo. Pide,
hombre, pide por esa boca. Aunque pobre, he de poder poco si no te saco
a flote, quitándote ese aspecto de muerto resucitado.
Gabriel sonrió tristemente.
--Es inútil que te esfuerces. Mi estómago acabó. Le basta con un poco de
leche, y gracias que lo admita.
Esteban dio órdenes a la vieja para que bajase a la ciudad en busca de
leche, y cuando iba a sentarse al lado de su hermano, se abrió la
puerta que daba al claustro, asomando por ella una cabeza de hombre
joven.
--¡Buenos días, tío!--exclamó.
Tenía un perfil achatado y perruno; los ojos eran de malicia, y peinaba
lustrosos tufos pegados arriba de las orejas.
--Pasa perdido, pasa--dijo el -Vara de palo-.
Y añadió, dirigiéndose a su hermano:
--¿Sabes quién es éste...? ¿No? Pues el hijo de nuestro pobre hermano,
que Dios tenga en su gloria. Vive en las habitaciones altas del claustro
con su madre, que lava la ropa de coro de los señores canónigos y riza
unas sobrepellices que da gozo verlas.... Tomás, muchacho, saluda al
señor. Es tu tío Gabriel, que acaba de llegar de América, y de París, ¡y
qué sé yo de dónde! De tierras que están muy lejos, muy lejos.
El muchacho saludó a Gabriel, algo intimidado por la cara triste y
enferma de aquel pariente, del que había oído hablar a su madre como de
un ser misterioso y novelesco.
--Aquí donde lo ves--prosiguió Esteban dirigiéndose a su hermano y
mostrándole al muchacho--, es la peor cabeza de la catedral. El señor
canónigo Obrero más de una vez le hubiese puesto de patitas en la calle
si no fuese por consideración a la memoria de su padre y de su abuelo y
al apellido que lleva, pues todos saben que los Luna son antiguos en la
catedral como las piedras de sus muros.... No se le ocurre calaverada
que no la realice: en plena sacristía jura como un impío a espaldas de
los señores beneficiados. ¡No digas que no, granuja!
Y le amenazaba con una mano, entre severo y risueño, como si en el fondo
de su pensamiento le hiciesen cierta gracia las faltas del sobrino. Éste
acogía la reprimenda con muecas que agitaban su cara de movilidad
simiesca y sin bajar los ojos, que tenían una fijeza insolente.
--Es una mala vergüenza--continuó el tío--que te peines así, como la
chulería de la corte que viene a Toledo en las grandes fiestas. En la
buena época de la catedral ya te hubiesen pelado al rape. Pero como en
estos tiempos de desamortización, libertad y desgracias, nuestra santa
iglesia es pobre como una rata, la miseria no deja humor a los señores
del cabildo para fijarse en detalles, y todo anda abajo que da lástima.
¡Qué abandono, Gabriel! ¡Si lo vieras! Esto parece una oficina como esas
de Madrid adonde va la gente a cobrar y echa a correr en seguida. La
catedral es hermosa como siempre, pero no se encuentra por parte alguna
la majestad del culto del Señor. Lo mismo dice el maestro de capilla,
indignándose al ver que en las grandes fiestas sólo toman asiento en
medio del coro hasta media docena de músicos. La gente joven que vive en
las Claverías no tiene amor a nuestra Primada y se queja de lo cortos
que son los sueldos, sin tener en cuenta el temporal que aguanta la
religión. Si esto continúa, no me extrañará ver a este pájaro y a otros
tan tunantes como él jugando a la rayuela en el crucero... ¡Dios me
perdone!
Y el simple -Vara de palo- hizo un gesto escandalizándose de sus
palabras. Después continuó:
--Este señorito, aquí donde lo ves, no está contento con su estado, y
eso que, siendo casi un mocoso, ocupa el cargo que su pobre padre no
pudo conseguir hasta los treinta años. Quiere ser torero, y hasta un
domingo se atrevió a salir en una novillada en la plaza de Toledo. Su
madre bajó desmelenada como una Magdalena a contármelo todo, y yo,
pensando que su padre había muerto y me correspondía hacer sus veces,
aguardé al señor cuando volvía de la plaza echándolas de guapo, y lo
arreé desde la escalera de la torre hasta su habitación con la misma
vara de palo que me sirve en la catedral. Él te dirá si tengo la mano
dura cuando me enfado.... ¡Virgen del Sagrario! ¡Un Luna de la Santa
Iglesia Primada metido a torero! ¡Poco rieron los canónigos y hasta el
señor cardenal, según me han dicho, al conocer el caso! Un beneficiado
de buen humor le apodó desde entonces el -Tato-, y así le llaman todos
en la casa. ¿Has visto, hermano, qué honra proporciona a la familia este
tuno...?
El silenciario pretendía anonadar con su mirada al -Tato-, pero éste
sonreía, sin impresionarse gran cosa con las palabras de su tío.
--Y no creas, Gabriel--continuó--, que a este individuo le falta un
pedazo de pan y por eso hace tales disparates. A pesar de su mala
cabeza, tiene desde los veinte años el cargo de perrero de la santa
catedral: ha llegado adonde sólo se llegaba en tiempos mejores después
de muchos años y buenas agarraderas. Cobra sus seis realitos diarios, y
como anda suelto por la iglesia, puede enseñar las curiosidades a los
forasteros. Con las propinas que le caen está mejor que yo. Los
extranjeros que visitan la catedral, gentes descomulgadas que nos miran
como monos raros y encuentran todo lo nuestro curioso y digno de risa,
se fijan en él. Las inglesas le preguntan si ha sido toreador, y él
¡para qué necesita más...! Al ver que le dan por el gusto, suelta el
saco de las mentiras (porque a embustero nadie le echa la pata encima) y
cuenta las grandes corridas que lleva dadas en Toledo y fuera de él, los
toros que ha muerto... y esos bobalicones de Inglaterra toman nota en
sus álbumes, y hasta alguna rubia patuda dibuja de un trazo la cabeza de
este trapalón. A él lo que le interesa es que le crean las mentiras y al
final le larguen la peseta; le importa poco que esos herejes se vayan a
su tierra propalando que en la catedral de Toledo, en la Iglesia Primada
de las Españas, los empleados son toreros y ayudan a las ceremonias del
culto entre corrida y corrida. Total, que gana más dinero que yo, y a
pesar de esto, se cree postergado en su cargo... ¡Un empleo tan hermoso!
¡Marchar en las grandes procesiones al frente de todos, junto a la gran
manga de la Primada, con una horquilla forrada de terciopelo rojo para
sostenerla si es que cae, y vestido con un ropón de brocado escarlata,
como un cardenal! Hasta se parece en ese traje, según dice el maestro de
capilla, que sabe mucho de tales cosas, a un tal -Diente- o no sé cómo,
que hace siglos vivía en Italia y bajó al infierno, escribiendo su viaje
en verso.
Sonaron pasos en una angosta escalerilla de caracol que, perforando el
muro, comunicaba el recibimiento con el piso superior.
--Es don Luis--dijo el -Vara de palo---. Va a decir su misa en la
capilla del Sagrario, y después al coro.
Gabriel se levantó del sofá para saludar al sacerdote. Era pequeño y de
constitución débil, resaltando en él desde el primer golpe de vista la
desproporción entre el cuerpo enfermizo y la cabeza enorme. La frente,
abombada y saliente, parecía aplastar con su peso las facciones morenas
e irregulares, alteradas por la huella de las viruelas. Era feo, y sin
embargo, la expresión de sus ojos azules, el brillo de la dentadura
sana, blanca e igual, que parecía iluminar la boca, y la sonrisa
ingenua, casi infantil, que plegaba los labios, daban a su rostro esa
expresión simpática que revela a los seres sencillos ensimismados en sus
aficiones artísticas.
--¿Conque el señor es ese hermano de quien tanto me ha hablado
usted?--dijo al oír la presentación que hacía Esteban.
Tendió su mano a Gabriel amistosamente. Los dos eran de aspecto
enfermizo: el desequilibrio orgánico parecía atraerles fraternalmente.
--Ya que el señor ha estudiado en el Seminario--dijo el maestro de
capilla--, conocerá algo de música.
--Es lo único que recuerdo de aquellas enseñanzas.
--¡Y al viajar tanto por el mundo, habrá oído cosas buenas...!
--Algo hay de eso. La música es para mí la más grata de las artes.
Entiendo poco de ella, pero «la siento».
--Muy bien, muy bien. Seremos amigos. Ya me contará usted cosas. ¡Cuánto
le envidio por haber corrido el mundo...!
Hablaba como un niño inquieto, sin querer sentarse por más que el
silenciario, en cada una de sus evoluciones por la sala, le ofrecía una
silla. Iba de un lado a otro con el manteo terciado y la teja en la
mano, un pobre sombrero sin rastro de pelo, abollado, con una capa de
grasa en las alas, mísero y viejo como la sotana y los zapatos. A pesar
de esta pobreza, el maestro de capilla tenía cierta elegancia. Su
cabello, demasiado crecido para la costumbre eclesiástica, se
ensortijaba en la cúspide del cráneo. La manera arrogante con que
plegaba el manteo en torno de su cuerpo hacía recordar la capa de los
tenores de ópera. Había en él cierta desenvoltura profana que delataba
al artista sepultado en los hábitos sacerdotales, ansioso por volar
fuera de ellos, abandonándolos a sus pies como una mortaja.
Llegaron a la habitación, como truenos lejanos, algunas campanadas
graves que conmovieron el claustro.
--Tío, que llaman a coro--dijo el -Tato---. Ya debíamos estar en
la-catedral. Son casi las ocho.
--Es verdad, hombre; tiene gracia que seas tú quien me lo recuerde. En
marcha.
Luego añadió, dirigiéndose al sacerdote músico:
--Don Luis, su misa es a las ocho. Ya hablará después de sus cosas con
Gabriel. Ahora, a la obligación. Hay que sacar para los postres, como
usted dice, ya que en estos tiempos del demonio apenas si da el cargo
para comer.
El maestro de capilla asintió tristemente con un movimiento de cabeza y
salió tras los dos servidores del templo, contrariado, como si le
arrastrasen a un trabajo penoso y antipático. Tarareaba distraídamente
al dar la mano a Gabriel, y éste creyó reconocer un fragmento del
-Septimino- de Beethoven en la música que, sorda y cortada, salía de
entre los labios del joven sacerdote.
Luna se tendió en el sofá, abandonándose a la fatiga al verse solo,
después de la larga espera ante la catedral. La vieja que servía a su
hermano puso junto a él un jarrito de leche, llenando después un vaso.
Gabriel bebió, haciendo esfuerzos por dominar los estremecimientos de
su estómago enfermo, que pugnaba por expeler el líquido. Su cuerpo,
fatigado por la mala noche y el cansancio de la espera, acabó por
asimilarse el alimento, sumiéndose en una dulce languidez que no había
sentido en mucho tiempo. Gabriel pudo adormecerse, y así estuvo más de
una hora, inmóvil en el sofá, cortándose varias veces su desigual
respiración con el estertor de la tos cavernosa, que no llegaba a
desvanecer su sueño.
Cuando despertó, fue de golpe, con un estremecimiento nervioso que le
conmovió de los pies a la cabeza, haciéndole saltar del sofá como a
impulsos de un resorte. Era la inquietud del peligro que había quedado
fija en él para siempre; el hábito de la intranquilidad contraído en los
obscuros calabozos, cuando esperaba a todas horas ver abrirse la puerta
para ser apaleado como un perro o conducido al cuadro de ejecución ante
la doble fila de fusiles; y a más de esto, la costumbre de vivir
vigilado en todos los países, presintiendo el espionaje de la policía en
torno de él, sorprendido en medio de la noche en cuartos de posada por
la orden de salir inmediatamente; la zozobra del antiguo Asheverus, que
apenas gustaba un instante del descanso, oía el eterno «Anda, anda».
No quiso dormir más, como si temiera sufrir de nuevo las negras
pesadillas del ensueño. Prefería la realidad: aquel silencio de la
catedral que le envolvía en una dulce caricia; la calma augusta del
templo, inmenso monte de piedra labrada que parecía pesar sobre él
aplastándolo, ocultando para siempre su debilidad de perseguido.
Salió al claustro, y puesto de codos en la barandilla contempló el
jardín.
Las Claverías parecían desiertas. Los niños que las animaban al comenzar
el día estaban en la escuela; las mujeres, dentro de sus casas,
preparaban la comida. En todo el claustro no había otra persona que él.
La luz del sol bañaba todo un lado; la sombra de las columnas cortaba
oblicuamente los grandes cuadros de oro que cubrían las baldosas. Un
silencio augusto, la calma santa de la catedral, penetraba en el
agitador como dulce narcótico. Los siete siglos adheridos a aquellas
piedras parecían envolverle como otros tantos velos que le aislaban del
resto del mundo. En una habitación de las Claverías sonaba un martillo
con repiqueteo incesante. Era el de un zapatero que Gabriel había visto,
al través de los vidrios de una ventana, encorvado ante su mesilla. En
el pedazo de cielo encuadrado por los tejados volaban algunos palomos,
moviendo sus blancas alas como si bogasen en un lago de intenso azul. Al
fatigarse, descendían al claustro, y agarrados a las barandillas,
emprendían un susurro que estremecía el religioso silencio como un
suspiro de amor. De vez en cuando se abrían las cancelas de la catedral,
esparciendo en el jardín y las Claverías una bocanada de aire cargada de
incienso, de rugidos de órgano y voces graves que cantaban palabras
latinas prolongando solemnemente las sílabas.
Gabriel miraba el jardín, orlado por las arcadas de piedra blanca y sus
rudos contrafuertes de berroqueña obscura, en cuya cúspide dejaban las
lluvias una florescencia de hongos como botones de terciopelo negruzco.
Descendía el sol a un ángulo del jardín, y el resto quedaba en una
claridad verdosa, de penumbra conventual. La torre de las campanas
ocultaba un pedazo de cielo, ostentando sobre sus flancos rojizos,
ornados de junquillos góticos y contrafuertes salientes, las fajas de
mármol negro con cabezas de misteriosos personajes y escudos de armas de
los diversos arzobispos que intervinieron en su construcción. En lo
alto, cerca de los pináculos de piedra blanquísima, mostrábanse las
campanas tras de enormes rejas, como pájaros de bronce en jaulas de
hierro.
Tres campanadas graves, anunciando que la misa mayor estaba en su
momento más solemne, retumbaron en toda la catedral. Tembló la montaña
de piedra, transmitiéndose la vibración por naves, galerías y arcadas
hasta los profundos cimientos.
Después, otra vez el silencio, que parecía más imponente, más profundo,
tras los truenos del bronce. Volvía a oírse el susurro de los palomos, y
abajo, en el jardín, piaban unos pájaros, como enardecidos por el rayo
de sol que reanimaba la verdosa penumbra.
Gabriel sentíase conmovido. Se apoderaba de él la dulce embriaguez del
silencio, de la calma absoluta: la felicidad del no ser. Más allá de
aquellos muros estaba el mundo; pero no se le veía, no se le sentía;
parábase respetuoso y aburrido ante aquel monumento del pasado, hermosa
sepultura en cuyo interior nada excitaba su curiosidad. ¿Quién podía
suponer que él estaba allí...? Aquella verruga de siete siglos, formada
por poderes políticos que murieron y por una fe agonizante, sería su
último refugio. En plena época de descreimiento, la iglesia le serviría
de lugar de asilo, como a los grandes criminales de la Edad Media, que
desde lo alto del claustro se burlaban de la justicia, detenida en la
puerta como los mendigos. Allí dejaría que se consumara en el silencio y
la calma la lenta ruina de su cuerpo. Allí moriría, con la dulce
satisfacción de haber perecido para el mundo mucho tiempo antes. Por fin
realizaba el deseo de acabar sus días en un rincón de la soñolienta
catedral española, única esperanza que le sonreía cuando caminaba a pie
por las carreteras de Europa, ocultándose del guardia civil o del
gendarme, y pasaba las noches en un foso, apelotonado, con la barba en
las rodillas, creyendo morir de frío.
Coger la catedral como el náufrago agarra un resto del buque, próximo ya
a ahogarse: ésta era su esperanza, y acababa de realizarla. La iglesia
le acogía como una madre vieja y adusta que no sonríe, pero abre los
brazos.
--Por fin.... Por fin...--murmuró Luna.
Y sonrió pensando en aquel mundo de persecuciones y dolores que
abandonaba como en un lugar remoto, situado en otro planeta, al que
jamás había de volver. La catedral le guardaba para siempre.
En el silencio profundo del claustro, al que no llegaban los ruidos de
la calle, el -compañero- Luna creyó oír, lejano, muy lejano, el chillón
sonido de las cornetas, y después un sordo redoble de tambores. Entonces
se acordó del Alcázar de Toledo, que parece dominar desde su altura a la
catedral, intimándola con la pesada mole de sus torres. Eran las
cornetas de la Academia Militar.
A Gabriel le hicieron daño estos sonidos. Había perdido de vista el
mundo, y cuando se creía lejos, muy lejos de él, sentía su presencia, un
poco más allá de los tejados del templo.
II
Desde los tiempos del segundo cardenal de Borbón, era el señor Esteban
Luna jardinero de la catedral, por derecho que parecía vinculado en su
familia. ¿Cuál fue el primer Luna que entró al servicio de la Santa
Iglesia Primada? El jardinero, al hacerse esta pregunta, sonreía
satisfecho, y sus ojos miraban a lo infinito, como queriendo abarcar la
inmensidad del tiempo. Los Luna eran tan antiguos como los cimientos de
la iglesia. Habían ido naciendo las diversas generaciones en los
aposentos del claustro alto, y cuando el ilustre Cisneros aún no había
construido las Claverías, los Luna vivían en las casas inmediatas, como
si no pudiesen existir fuera de la sombra de la Primada. A nadie
pertenecía la catedral con mejor derecho que a ellos. Pasaban los
canónigos, los beneficiados y los arzobispos; ganaban la plaza, morían,
y otro al puesto; era un desfile de caras nuevas, de señores que venían
de todos los rincones de España a sentarse en el coro para morir años
después, dejando la vacante a otros advenedizos; y los Luna siempre en
su puesto, como si la antigua familia fuese una pilastra más de las
muchas que sostienen el templo. Podría ser que el arzobispo que un día
se llamaba don Bernardo, se llamase al año siguiente don Gaspar y al
otro don Fernando; lo imposible e inverosímil era que la catedral
pudiese existir sin tener algún Luna en el jardín, en la sacristía o en
el crucero, acostumbrada durante tantos siglos a sus servicios.
El jardinero hablaba con orgullo de su estirpe: de su noble y
desgraciado pariente el condestable don Álvaro enterrado como un rey en
su capilla detrás del altar mayor; del papa Benedicto XIII, altivo y
tozudo como todos los de la familia; de don Pedro de Luna, V de su
nombre en la silla arzobispal de Toledo, y de otros parientes no menos
ilustres.
--Todos somos del mismo tronco--decía con orgullo--. Todos vinimos a la
conquista de Toledo con el buen rey Alfonso VI. Sólo que unos Luna le
tomaron gusto a matar moros, y fueron señores y conquistaron castillos,
y otros, mis abuelos, quedaron al servicio de la catedral, como
fervorosos cristianos que eran.
Con la satisfacción de un duque que cuenta sus ascendientes, el señor
Esteban remontaba la cadena de los Luna hasta titubear y perderse en
pleno siglo XV. Su padre había conocido a don Francisco III Lorenzana,
el príncipe de la Iglesia fastuoso y pródigo, que gastaba las cuantiosas
rentas del arzobispado construyendo palacios y editando libros, como un
gran señor del Renacimiento. Había conocido también al primer cardenal
de Borbón, don Luis II, y contaba la vida novelesca de este infante.
Hermano del rey Carlos III, la costumbre que dedicaba a la Iglesia a los
ilustres segundones le había hecho cardenal a la edad de nueve años.
Pero a aquel buen señor, retratado en la Sala Capitular con peluca
blanca, labios pintados y ojos azules, le llamaban más los goces del
mundo que las grandezas de la Iglesia, y abandonó el arzobispado para
casarse con una dama de modesta estirpe, riñendo para siempre con el
monarca, que lo envió al destierro. Y el viejo Luna, saltando de abuelo
en abuelo a través de los siglos, recordaba al archiduque Alberto, que
renunció la mitra toledana para ir a gobernar los Países Bajos, y al
magnífico cardenal Tavera, protector de las artes; todos príncipes
excelentes, que habían tratado con cariño a la familia, reconociendo su
secular adhesión a la Santa Iglesia Primada.
Los tiempos de la juventud fueron malos para el señor Esteban. Eran los
de la guerra de la Independencia. Los franceses ocupaban Toledo y
entraban en la catedral como paganos, arrastrando el sable en plena misa
mayor, para curiosear hasta por los últimos rincones. Las alhajas
estaban escondidas; los canónigos y los beneficiados, que entonces se
llamaban racioneros, vivían desperdigados por la península. Unos se
habían refugiado en las plazas todavía españolas; otros estaban ocultos
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