--Nuestra vida será como uno de esos jardines abandonados, donde entre
troncos caídos y ramas secas rebrotan nuevos follajes.... Compañera,
amémonos. Hagamos que sobre nuestra miseria de parias surja la
primavera. Será una primavera triste y sin frutos, pero tendrá flores.
El sol sale para los que están en lo alto; para nosotros, dulce
compañera, está muy lejos; pero, en el negro fondo de nuestro pozo,
abracémonos, irgamos la cabeza, y ya que no nos reanima su calor,
adorémoslo como una estrella lejana.
A principios de julio entró Gabriel en la vigilancia nocturna de la
catedral.
Bajaba a la caída de la tarde al claustro, y en la puerta del Mollete
uníase al otro vigilante, un hombre de aspecto enfermizo, que tosía
tanto como Luna y no abandonaba la manta en pleno verano.
--¡Vaya, al encierro!--decía el campanero, agitando sus llaves.
Y después que los dos hombres entraban en el templo, cerraba las puertas
por fuera, alejándose.
Corno los días eran largos, aún quedaban dos horas de luz cuando los
guardianes entraban en la catedral.
--Toda la iglesia es para nosotros, compañero--decía el otro vigilante.
Y como hombre habituado al aspecto imponente de la catedral abandonada,
metíase en la sacristía como si fuese su casa, abriendo la cesta de la
cena sobre los cajones y alineando los comestibles entre candelabros y
crucifijos.
Gabriel vagaba por el templo. Después de varios días de encierro aún no
se había amortiguado en él la impresión que le produjo ver por primera
vez la iglesia solitaria y cerrada. Sus pasos retumbaban sobre el
pavimento, cortado a trechos por los sepulcros de prelados y grandes
señores de otros siglos. El silencio del templo muerto se alteraba con
extrañas sonoridades y roces misteriosos. El primer día, Gabriel volvió
varias veces la cabeza con alarma, creyendo que unos pasos sonaban
detrás de él.
Fuera del templo aún lucía el sol. Brillaban las ruedas de colores del
rosetón de la gran portada como un plato de flores luminosas. Abajo,
entre las pilastras, la luz parecía aplastarse con la sombra. Descendían
los murciélagos, y con sus alas hacían caer tierra de los agujeros del
embovedado. Chillaban entre las columnas, como si revoloteasen en un
bosque de piedra. En su ciego impulso, chocaban con las cuerdas de las
lámparas o hacían bambolearse los capelos rojos con borlas polvorientas
y deshilachadas que pendían a gran altura sobre las tumbas de los
cardenales.
Gabriel hacía su ronda por toda la iglesia. Empujaba las verjas de los
altares para convencerse de que estaban bien cerradas, tocaba las
puertas de la capilla Mozárabe y de los Reyes, echaba un vistazo a la de
la Sala Capitular y se detenía ante la Virgen del Sagrario. A través de
la reja se veían las lámparas ardiendo, y en lo alto la imagen cargada
de joyas. Después de este examen iba en busca de su camarada, y ambos se
sentaban en el crucero, en las gradas del coro o del altar mayor. Desde
allí se abarcaba todo el templo de un golpe de vista.
Los dos vigilantes comenzaban por encasquetarse las gorras.
--A usted le habrán recomendado--decía el compañero de Gabriel--que
guarde respeto al templo: que si desea echar un cigarro se vaya a la
galería del -Locum-; que si quiere cenar se meta en la sacristía. Lo
mismo me dijeron a mí cuando entré al servicio de la catedral. Palabras
de gentes que se quedan a dormir en sus casas, muy tranquilas. Aquí lo
que importa es vigilar mucho, y fuera de esto, cada uno puede hacer lo
que mejor le parezca para pasar la noche.... A estas horas duermen Dios
y los santos. Algo tienen que descansar después de pasarse el día oyendo
súplicas y cánticos, recibiendo incienso y ardiéndoles los cirios junto
a la cara. Nosotros velamos su sueño, y ¡qué demonio!, no es faltarles
al respeto si nos permitimos alguna libertad. Vaya, compañero, ya va
obscureciendo: juntemos las cenas.
Y los dos vigilantes cenaban en el crucero, extendiendo sobre los
peldaños de mármol las viandas de sus cestas.
El camarada de Gabriel, llevaba en el cinto por todo armamento una
pistola, regalo de la Obrería: una antigüedad que jamás se había
disparado. A Luna le enseñó el -Vara de plata- una carabina, legada por
el ex guardia civil a la sacristía como recuerdo de sus años de
servicio. Gabriel hizo un gesto de repulsión. Bien estaba allí: ya la
buscaría cuando la necesitase. Y la dejó en el rincón, con unos paquetes
de cartuchos enmohecidos por la humedad y cubiertos de telarañas.
Al cerrar la noche borrábanse en lo alto los colores de las vidrieras, y
en la obscuridad de las naves comenzaban a brillar, como estrellas
macilentas, las luces de las lámparas. Se perdían las proporciones del
templo. Gabriel creía estar a campo raso en una noche obscura,
únicamente al ir de un lado a otro, con la linterna por delante, surgían
de la sombra los contornos de la catedral, más grandes, más monstruosos.
Las pilastras le salían al encuentro, agrandándose, subiendo hasta las
bóvedas a impulsos del resplandor de la linterna. Los cuadros del
embaldosado parecían danzar a cada movimiento de luz. Gabriel, en sus
rondas de vigilancia, sentía batir sobre su cabeza pesadas alas. Al
grito de los murciélagos se unían chillidos lúgubres de pájaros que,
asustados, cortaban el aire, chocando con las pilastras. Eran las
lechuzas, que bajaban atraídas por el aceite de las lámparas,
estremeciendo a éstas con el roce de sus plumas.
Cada media hora se alteraba el silencio de la catedral con un ruido de
muelles disparados y ruedas en movimiento. Después sonaba una campana de
argentino toque. Eran los guerreros dorados de la portada del Reloj que
señalaban el paso del tiempo con sus martillos.
El compañero de Gabriel se lamentaba de las innovaciones establecidas
por el cardenal para fastidiar a los pobres. En otros tiempos, él y su
viejo camarada, una vez encerrados, podían dormir a pierna suelta, sin
miedo a que el cabildo les riñese. Pero Su Eminencia, que siempre estaba
discurriendo el modo de molestar al prójimo, había colocado en lados
distintos de la catedral unos relojitos traídos del extranjero, y había
que ir cada media hora a abrirlos y marcar la presencia. Al día
siguiente los examinaba el -Vara de plata-, y si encontraba un descuido,
imponía multa.
--Una invención del demonio para no dejarnos dormir camarada. Cuando
más, podremos descabezar un sueño. Es preciso ayudarnos. Mientras uno
duerme un rato, el otro se encargará de apuntar en esas malditas
máquinas. Nada de descuidos, ¿eh, novato? La paga es corta, el hambre
mucha, y no estamos para multas.
Gabriel, siempre bondadoso, era el que más rondaba, cuidando
escrupulosamente de los marcadores. Su compañero, el señor Fidel,
descansaba tranquilo, alabando su generosidad. Buen compañero le habían
dado; gustábale más que el antiguo, con sus aires imperiosos de viejo
guardia, siempre riñendo por decidir a quién correspondía levantarse y
hacer la ronda.
El pobre hombre tosía tanto como Gabriel. Sus catarros conmovían el
silencio del templo; se agrandaban con el eco de las naves, como si en
la sombra ladraran perros monstruosos.
--No sé los años que arrastro esta carraspera--decía el viejo--. Es un
regalo de la catedral. Los médicos me dicen que abandone este empleo;
pero lo que yo contestó: ¿quién me mantiene? Usted, compañero, ha
entrado en la buena época. Hace aquí un fresquito que ya lo querrían los
que sudan a estas horas en los cafés del Zocodover. Pero aunque estamos
en el verano, fíjese usted en la humedad que nos entra por salva sea la
parte. Cuando debe verse esto es en invierno, camarada. Hay que vestirse
como una máscara, cubierto de gorros, pañuelos y mantas. En la sacristía
nos hacen la caridad de dejarnos un poco de fuego; pero aun así, muchas
mañanas falta poco para que nos recojan helados. Los del cabildo llaman
al coro «matacanónigos». Y si esos señores se quejan por una hora de
estancia en esta nevera, bien comidos y mejor bebidos, figúrese usted
qué será de nosotros. Ha tenido usted suerte de entrar en verano. Cuando
llegue el frío, ya verá usted lo que es bueno.
Pero aunque estaban en la mejor época del año, Gabriel tosía, empeorando
en su dolencia por la humedad de la catedral.
Las noches de luna, el templo se transfiguraba de un modo fantástico.
Gabriel recordaba ciertas decoraciones de ópera que había visto en sus
viajes. Los ventanales destacábanse sobre las negras masas con un tono
blanquecino y lechoso. Manchas de luz se deslizaban lentamente por las
pilastras, como fantasmas que descendiesen de las bóvedas; después
arrastrábanse por el pavimento cual espectros rampantes, y otra vez
volvían a remontarse por las pilastras, hasta perderse en lo alto. Estos
rayos de luz fría y difusa hacían aún más densas las tinieblas. En su
marcha, sacaban de la obscuridad aquí una capilla, más allá una lápida
sepulcral o el relieve de una pilastra. El gran Cristo que corona la
reja del altar mayor fulguraba sobre el fondo de sombra con el brillo
del oro viejo, como una aparición milagrosa que flotase en el espacio
entre un nimbo de luz.
Cuando la tos no dejaba dormir al viejo guardián, hablaba a Gabriel de
los años que llevaba de vida nocturna en la Primada. Era un oficio que
tenía cierta semejanza con el de sepulturero; pasaban la vida entre
muertos, en el silencio del abandono, sin ver a nadie hasta que
terminaba la guardia. Él había acabado por acostumbrarse. Aquel oficio
le curaba de muchos miedos que había sentido en su juventud. Antes,
creía en resurrecciones de muertos, en almas y en apariciones de santos,
pero ahora se reía de todo. Años enteros llevaba pernoctando en la
catedral, y si algo oía, era el roer de los ratones, que no respetaban
altares ni santos. ¡Al fin, todo madera!
Sólo temía a los hombres de carne y hueso, a los ladrones, que en otros
tiempos más de una vez habían entrado en la catedral, obligando al
cabildo a establecer la vigilancia nocturna.
Y entretenía a Gabriel con el relato de todas las tentativas de robo
realizadas durante el siglo. En la catedral existían riquezas para
tentar a un santo. Madrid estaba cerca, y él temía mucho a los ladrones
«finos». Después enumeraba todas las precauciones de la vigilancia.
Listo y afortunado había de ser quien consiguiera burlarlas. El -Vara de
plata-, el campanero y los sacristanes hacían la requisa antes de
cerrar, llevándose Mariano las llaves a la torre. No había que
proponerse romper las cerrajas. Eran obra antigua y fuerte, y además,
allí estaban ellos para dar la alarma apenas oyesen el más leve ruido.
Antes, con el auxilio del perro, la vigilancia resultaba más completa;
el animal era tan fino, que bastaba que un transeúnte se aproximase a
una puerta exterior para que al momento acudiera ladrando. El señor
Obrero, después de muerto aquél, anunciaba meses y meses la adquisición
de otro, y no cumplía su promesa. Pero, en fin, aun sin el can, allí
estaban los dos, que representaban algo, ¿eh...? Él, con su pistola que
nunca había disparado; Gabriel, con la carabina que aún estaba en la
sacristía, en el mismo rincón donde la dejó su antecesor. Se pavoneaba
pensando en el miedo que podían inspirar él y su compañero; pero vuelto
a la realidad ante la sonrisa de Luna, añadía:
--Además, para un caso extremo, contamos con el esquilón que llama a los
canónigos. La cuerda está en el coro; no tenemos más que tirar, y
¡figúrese usted la que se armaría si sonase en el silencio de la noche!
Todo Toledo se pondría de pie, adivinando que algo grave ocurría en la
catedral... Con esto y con los malditos contadores, que no nos dejan
dormir, puede decirse que ni el rey pasa la noche tan bien guardado como
esta iglesia.
Por la mañana, al salir del encierro, subía Gabriel a su casa transido
de frío, deseando tenderse en la cama. Encontraba a Sagrario en la
cocina calentando la leche para que la bebiese antes de acostarse. La
dulce compañera seguía llamándole tío en presencia de los de casa.
Únicamente su voz adoptaba el tuteo cariñoso cuando estaban solos. Al
verle en la cama se aproximaba a él con el vaso de leche humeante, se lo
hacía beber con mimos maternales, le arreglaba el embozo del lecho y
cerraba cuidadosamente ventanas y puertas para que no le molestase un
rayo de luz.
--¡Esas noches en la catedral!--exclamaba la compañera con expresión de
lamento--. Te estás matando, Gabriel: eso no es para ti. El padre dice
lo mismo. Puesto que más allá de la muerte no hay nada y no hemos de
vernos, prolonga tu vida, déjate cuidar. Ahora que nos conocemos y que
soy dichosa, ¡sería tan triste perderte...!
Gabriel la tranquilizaba. Aquella vida no podía durar más allá del
verano. Después le darían algo mejor. No debía entristecerse; por tan
poca cosa no se muere. Lo mismo tosía viviendo en las Claverías que
pasando la noche en la catedral.
Después de comer salía al claustro, completamente repuesto por su sueño
de la mañana. Era el único momento del día en que podía ver a sus
amigos. Se aproximaban a él o iba Gabriel en su busca, entrando en la
casa del zapatero o subiendo a la torre.
Le saludaban, oían sus palabras con la misma atención de antes; pero
notaba en ellos cierto gesto de independencia fuera y al mismo tiempo de
conmiseración, como si admirándole por haberles transmitido sus ideas,
tuviesen lástima de su carácter dulce, enemigo de la violencia.
--Estos pájaros--decía Gabriel hablando con su hermano--ya vuelan por su
cuenta. No me necesitan y quieren estar solos.
El -Vara de palo- meneaba la cabeza tristemente.
--Dios quiera, Gabriel, que algún día no te arrepientas de haberles
hablado de cosas que no entienden. Han cambiado mucho. A nuestro sobrino
el perrero no hay quien lo sufra. Dice que ya que no le dejaron matar
toros para hacerse rico, matará hombres si es necesario para salir de
pobreza; que él tiene derecho a disfrutar como cualquier señor, y que
todos los ricos son unos ladrones... Pero hermano, ¡por la Virgen!, ¿les
has enseñado realmente esas cosas tan horribles?
--Déjalos--dijo Gabriel riendo--. No han digerido aún las ideas nuevas,
y vomitan disparates. Pero eso pasará. Son buena gente.
Lo único que le entristecía era ver que Mariano se recataba de él. Huía
su trato como si le tuviese miedo. Parecía temer que Gabriel leyera en
su pensamiento, con la superioridad irresistible que desde mozo había
tenido sobre él.
--Mariano, ¿qué hay?--decía al verle pasar por el claustro.
--Mucho y mal repartido--contestaba el huraño camarada.
--Lo sé, hombre, lo sé; pero parece que me huyes. ¿Por qué es eso?
--¿Huirte yo...? Nunca. Sabes que siempre te quise. Cuando subes a mi
casa ya ves cómo te recibimos. Te debemos mucho: nos has abierto los
ojos y ya no somos bestias.... Pero me canso de saber tanto y ser pobre;
y lo mismo les ocurre a los compañeros. No queremos tener llena la
cabeza y el vientre vacío...
--Pero ¿qué remedio nos queda? Hemos nacido pronto. Otros vendrán,
encontrando las cosas mejor dispuestas. ¿Qué podéis hacer para arreglar
lo presente, cuando en el mundo millares de trabajadores más infelices
que vosotros no logran mejor éxito, aun a costa de su sangre, peleando
con la autoridad?
--¿Qué hacer?--gruñía el campanero--. Eso ya lo veremos: ya lo verás tú.
No somos tan tontos como crees. Tú eres muy sabio, Gabriel; te
respetamos como a un maestro; todo cuanto dices es verdad; pero nos
parece que cuando hay que hacer las cosas... «prácticas», ¿me
entiendes?, cuando hay que llamar al pan pan y al vino vino... ¿me
explico...? eres, y perdona, algo guillado, como todos los que andan
entre libros. Nosotros somos brutos, pero vemos más claro.
Y se alejaba de Gabriel, que no podía comprender el verdadero alcance de
este desvío de sus discípulos. Muchas veces, al entrar en las
habitaciones de la torre para pasar un rato con ellos, cesaban
repentinamente en la conversación y le miraban con zozobra, temiendo,
sin duda, que pudiera escuchar sus palabras.
Don Martín hacía muchos días que no se presentaba en el claustro.
Gabriel supo por el -Vara de plata- que había muerto la madre del
curita, y una semana después le vio una tarde en las Claverías. Tenía
los ojos enrojecidos, las facciones des-carnadas y con la piel tirante,
como si hubiese llorado mucho.
--Vengo a despedirme de usted, Gabriel. He pasado un mes de penas y de
insomnio cuidando a mi madre. La pobre ha muerto. No era ninguna joven;
yo esperaba este final; pero por fuerte y resignado que uno sea, estos
golpes siempre se sienten. Al irse la pobre vieja, quedo libre. Era lo
único que me ligaba a esta iglesia, en la que ya no creo. Su dogma es
absurdo y pueril, su historia un tejido de crímenes y violencias. ¿Para
qué mentir, como otros, fingiendo una fe que no siento? Hoy he estado
en palacio para decir que dispongan de mis siete duros mensuales y de la
capellanía de las monjas. Me voy; no sólo huyo de la iglesia, quiero
evitar su ambiente, y en Toledo no puede vivir un sacerdote «renegado».
¿Ve usted este disfraz? Hoy lo llevo por última vez. Mañana gozaré la
primera alegría de mi vida, rasgando esta mortaja en pedazos pequeños,
muy pequeños, para que nadie la pueda utilizar. Seré hombre; me iré
lejos, tan lejos como pueda; quiero saber cómo es el mundo, ya que en él
vivo. No conozco a nadie, no tengo protección; usted es el hombre más
extraordinario que he conocido, y está oculto en una mazmorra por su
voluntad, refugiado en un templo completamente vacío para su
conciencia.... No me asusta la miseria; cuando se ha sido representante
de Dios con seis reales diarios, se puede mirar el hambre cara a cara.
Seré obrero, trabajaré la tierra si es preciso, me emplearé en cualquier
cosa... pero seré hombre libre.
Pasearon los dos amigos por el claustro, aconsejando Gabriel a don
Martín. Al determinar el punto adonde debía dirigirse, su predilección
fluctuaba entre París y las repúblicas americanas más faltas de
emigración.
Al caer la tarde, Gabriel se despidió de su discípulo: le estaba
esperando el compañero en el claustro bajo para encerrarse en el templo.
--Tal vez no nos veamos más--dijo el curita con tristeza--. Usted
acabará sus días aquí, en la casa de un Dios en quien no cree.
--Sí; aquí moriré--dijo Gabriel sonriendo--. Él y yo nos odiamos, y sin
embargo, parece que nada puede hacer sin mí. Si ha de salir a la calle,
soy quien guía sus pasos; y por la noche, yo también quien guarda sus
riquezas.... Salud y buena suerte, Martín. Sea usted hombre sin
desfallecimientos. La verdad bien vale la miseria.
La desaparición del capellán de las monjas se efectuó sin escándalo. Don
Antolín y otros sacerdotes creyeron que el joven se había trasladado a
Madrid por ambición, para engrosar el número de clérigos solicitantes.
Gabriel era el único que conocía el verdadero destino de don Martín.
Además, pronto hizo olvidar al joven sacerdote una noticia estupenda,
que retumbó en la catedral como un trueno, poniendo en conmoción a los
señores del coro, a la gente menuda de las sacristías, a toda la
población del claustro alto.
Habían terminado las querellas entre el arzobispo y el cabildo. En Roma
aprobaron todo lo hecho por el cardenal, y Su Eminencia rugía de júbilo
en su palacio, con la fiera impetuosidad que mostraba en todas sus
expansiones.
Los canónigos, al entrar en el coro, iban con la cabeza baja, como
avergonzados y temerosos.
--Pero ¿ha visto usted...?--se decían al desvestirse en la sacristía.
Y a buen paso, con el manteo ondulante, abandonaban la iglesia cada uno
por su lado, evitando formar grupos ni corrillos, atento cada cual a
librarse de responsabilidades, a aparecer limpio de toda complicidad con
los enemigos del prelado.
El -Tato- reía de gozo viendo la dispersión y el azoramiento de los
señores del coro.
--¡Corred, corred! ¡Bueno os va a poner el cuerpo el tío...!
Se hacían los preparativos de todos los años para la gran fiesta de la
Virgen del Sagrario, a mediados de agosto. En la catedral hablaban de la
de aquel año con misterio unos y zozobra otros, como si aguardasen
sucesos extraordinarios. Su Eminencia, que no bajaba al templo hacía
muchos meses por no ver a los del cabildo, presidiría el coro el día de
la fiesta. Deseaba contemplar de cerca a sus enemigos, aplastarlos con
su triunfo, gozarse en su aspecto de confusa sumisión. Y conforme se
aproximaba la solemnidad religiosa, temblaban muchos canónigos, pensando
en la mirada dura y soberbia que clavaría en ellos el iracundo prelado.
Gabriel prestaba escasa atención a las preocupaciones del mundo
clerical. Llevaba una vida extraña. Gran parte del día lo pasaba
durmiendo, preparándose para la fatigosa vela de la noche, que hacía
ahora solo. El señor Fidel había caído enfermo, y para que la Obrería,
evitando gastos, no privase al viejo de su mísero sueldo, se abstenía de
pedir un nuevo compañero. Pasaba las noches en la catedral con la misma
tranquilidad que si estuviera en el claustro, alto, habituado a aquel
silencio de cementerio. Para no dormirse, leía a la luz de su linterna
los libros que podía encontrar en las Claverías: fríos tratados de
Historia, en los que la Providencia desempeñaba el principal papel;
vidas de santos, que le divertían por su crédula sencillez, rayana en lo
grotesco, y aquel -Quijote- de los Luna que tantas veces, había
deletreado de pequeño, y en el cual creía encontrar algo de la frescura
de la niñez.
Llegó el día de la Virgen. La fiesta era igual a la de todos los años.
La imagen famosa había salido de su capilla, ocupando sobre su peana un
sitio en el altar mayor. Llevaba el manto guardado en el Tesoro y todas
sus joyas, que centelleaban acariciadas por el bosque de luces, como si
rieran con una escala temblona de fulgores.
Antes de comenzar la fiesta, los curiosos de la catedral, fingiéndose
distraídos, paseaban entre el coro y la puerta del Perdón. Los
canónigos, con sus vestiduras rojas, reuníanse cerca de la escalerilla
alumbrada por la famosa piedra de luz. Por allí bajaría Su Eminencia, y
los señores del coro se agrupaban tímidamente, cuchicheando, como si se
preguntasen qué iba a pasar.
Apareció en el primer tramo de la escalera el portacruz, avanzando
horizontalmente su insignia de dobles brazos para que pasase bajo el
arco de la puerta. Después, entre familiares, y seguido por la sotana
morada del obispo auxiliar, avanzó el cardenal, vestido de púrpura, que
apagaba el rojo violáceo de los canónigos.
El cabildo se formó en dos filas, con la cabeza baja, prestando
acatamiento a su príncipe. ¡Qué mirada la de don Sebastián! Los
canónigos, inclinados, creyeron sentirla en la nuca con una frialdad de
acero. Erguía el enorme cuerpo dentro de sus envolturas de púrpura con
gallarda arrogancia, como si en aquel momento se sintiera curado de la
enfermedad que arañaba sus entrañas y de la insuficiencia del corazón,
que oprimía sus pulmones. La cara gordinflona temblaba de gozo; los
pliegues de grasa de su barbilla se estremecían sobre el roquete de
blondas. La birreta cardenalicia parecía hincharse de soberbia sobre su
cabeza pequeña, blanca y sonrosada. Nunca fue llevada una corona con
tanto orgullo como aquel gorro rojo.
Extendió su mano enguantada de púrpura, sobre la que lucía la esmeralda
episcopal, y con un gesto imperioso hizo que uno tras otro fueran
besándola todos los canónigos. Era la sumisión de los hombres de
Iglesia, acostumbrados desde el Seminario a una humildad aparente que
encubre rencores y odios de una intensidad no conocida en la vida
vulgar. El cardenal adivinaba el desaliento tras esta modestia y
paladeaba su triunfo.
--Tú no conoces cómo son nuestros odios--había dicho algunas veces a su
amiga la jardinera--. En la vida vulgar son pocos los hombres que mueren
de un disgusto. El que siente enfado se desahoga y recobra la
tranquilidad. Pero en la Iglesia se cuentan a centenares los que mueren
de un acceso de ira por no poder vengarse, porque la disciplina les
cierra la boca y abate su cabeza. Faltos de familia y de preocupaciones
para ganarse el pan, los más de nosotros sólo vivimos para el amor
propio y el orgullo.
Se formó en procesión el cabildo, acompañando a Su Eminencia. Abrían la
marcha el perrero rojo, los pertigueros negros y el -Vara de plata-,
haciendo sonar las baldosas con los golpes de sus bastones. Detrás la
cruz arzobispal y los canónigos por parejas, y en último término el
prelado, con su cola roja, extendida en toda su longitud, llevada en
alto por dos pajes. Don Sebastián bendecía a un lado y a otro, mirando
con sus ojillos penetrantes a los fieles, que inclinaban la cabeza.
Su carácter imperioso y la alegría del triunfo hacían centellear su
mirada. ¡Qué gran victoria...! El templo era su casa, y volvía a él tras
larga ausencia, con toda la majestad de un dueño absoluto que podía
aplastar a los esclavos maldicientes que osaran atacarle.
La grandeza de la Iglesia se le aparecía en aquel momento más grandiosa
que nunca. ¡Qué admirable institución! El hombre fuerte que llegaba a lo
alto se convertía en un dios omnipotente y temible. Nada de igualdad
perniciosa y revolucionaria. El grande siempre tenía razón. El dogma
ensalzaba la humildad de todos ante Dios, pero al fijar ejemplos,
hablaba siempre de rebaños y de pastores que debían dirigirlos. Él era
el pastor, porque así lo quería el Omnipotente. ¡Ay del que intentara
descarriarse...!
En el coro, la alegría de su orgullo gustó una satisfacción aún mayor.
Estaba sentado en el trono de los arzobispos de Toledo, aquella silla
que había sido la estrella de su juventud, y cuyo recuerdo le turbaba en
pleno episcopado, cuando paseaba la mitra por las provincias esperando
la hora de llegar a la Primada. Erguíase bajo el artístico dosel del
Monte Tabor, sobre cuatro escalones, para que le viesen bien todos los
del coro y se convencieran de que era su príncipe. Las cabezas de las
dignidades sentadas a su lado estaban casi al nivel de sus pies. Podía
pisarlos como víboras si osaban levantarse de nuevo, mordiéndole en sus
más íntimos afectos.
Enardecido por la apreciación de su grandeza y su triunfo, era el
primero en levantarse o sentarse, conforme lo marcaba el ritual de los
oficios, y unía su voz a las del coro, asombrando a todos con la áspera
energía de su canto. Las palabras latinas salían de su boca como
trabucazos contra aquella gente odiada; sus ojos pasaban con expresión
de reto sobre la doble fila de cabezas inclinadas.
Era un hombre de fortuna, que había marchado de éxito en éxito, y sin
embargo, jamás había sentido una satisfacción tan honda, tan completa
como la de aquel momento. Él mismo se asustaba de su alegría, de aquel
estallido de orgullo que amortiguaba sus crónicas dolencias. Parecíale
que estaba gastando en unas cuantas horas toda su provisión de vida.
Al finalizar la misa, los cantores y demás gente menuda del coro, que
eran los únicos que osaban mirarle, se alarmaron viéndole palidecer,
levantarse con la faz desencajada, llevándose las manos al pecho.
Advertidos los canónigos, corrieron a él, formando una apretada masa de
vestiduras rojas ante su trono. Su Eminencia se ahogaba, debatiéndose
entre aquel círculo de manos que le agarraban instintivamente.
--¡Aire...!--rugió--, ¡aire...! ¡Quítense de delante con mil porras!
¡Que me lleven a casa!
Aun en medio de su angustia, encontró el gesto enérgico y sus antiguos
votos de soldado para rechazar a los enemigos. Se ahogaba, pero no
quería que lo viesen los canónigos. Adivinaba en muchos de ellos la
satisfacción tras el gesto compungido. ¡Que nadie le tocase! ¡Él se
bastaba! Y apoyado en dos familiares fieles, emprendió la marcha
jadeante hacia la escalera arzobispal, seguido de gran parte del
cabildo.
La función religiosa terminó apresuradamente. Que perdonara la Virgen:
otro año tendría mayor solemnidad. Y las autoridades e invitados
abandonaron sus asientos del altar mayor para correr en demanda de
noticias al palacio arzobispal.
Al despertar Gabriel, pasado mediodía, todos hablaban en el claustro
alto de la salud de Su Eminencia. Su hermano preguntaba a tía Tomasa,
que venía de palacio.
--Se muere, hijos--decía la jardinera--; de ésta no escapa. Doña Visita
me lo ha enseñado de lejos, llorando la pobre. No puede estar acostado.
El pecho le baila como un fuelle roto. Los médicos dicen que no llega a
la noche. ¡Qué desgracia...! ¡Y en un día como éste...!
La agonía del príncipe eclesiástico era acogida con un silencio fúnebre.
Las mujeres de las Claverías iban y venían con noticias desde el
palacio al claustro alto. Los chicuelos permanecían recluidos en las
habitaciones, atemorizados por las amenazas de las madres si intentaban
jugar en las galerías.
El maestro de capilla, siempre insensible a los sucesos de la catedral,
salía, sin embargo, a tomar noticias del estado de Su Eminencia. Tenía
un proyecto, del que habló rápidamente a la familia durante la comida.
Los funerales de un cardenal bien merecían que se ejecutase una misa
célebre, con gran orquesta reclutada en Madrid. Él ya había echado el
ojo al famoso -Réquiem- de Mozart. Era por lo único que le interesaba la
suerte del prelado.
Gabriel, mirando a su compañera, sentía el dulce egoísmo que experimenta
el que vive cuando muere el poderoso.
--Ya caen los grandes, Sagrario. Y nosotros los enfermos, los
miserables, aún tenemos por delante alguna vida.
A la hora en que se cerraba el templo bajó para comenzar su vigilancia.
El campanero le esperaba con las llaves.
--¿Qué hay del cardenal?--preguntó Gabriel.
--Pues que se muere hoy mismo, si es que no ha muerto ya.
Y después añadió:
--Esta noche, Gabriel, tendrás gran iluminación. La Virgen está en el
altar mayor, hasta mañana, rodeada de cirios.
Calló un momento, como si vacilase.
--Tal vez--añadió--baje a hacerte un rato de compañía. Debes aburrirte
solo. Espérame.
Cuando Gabriel quedó encerrado en el templo, vio un trozo del altar
mayor resplandeciente de luces. Hizo su acostumbrada requisa de puertas
y verjas, visitó el -Locum-, los grandes retretes, donde en otro tiempo
se habían ocultado unos ladrones, y después que estuvo convencido de que
en la catedral no había otro ser vivo que él, fue a sentarse en el
crucero, con su manta y la cesta de la cena.
Allí permaneció largo rato, contemplando a través de la reja la Virgen
del Sagrario. Nacido en la catedral y llevado de niño por su madre a que
se arrodillase ante la imagen, la había admirado como el tipo más
perfecto de hermosura. Ahora la apreciaba fríamente, con ojos de
artista. Era fea y grotesca, como todas las imágenes que son ricas. La
piedad suntuosa y opulenta la había disfrazado con sus tesoros. No había
nada en ella del idealismo de las vírgenes pintadas por los artistas
cristianos. Más bien parecía un ídolo indostánico recargado de joyas. La
falda y el manto se ahuecaban con la ampulosidad de un miriñaque, y
sobre las tocas lucía una corona enorme como un morrión,
empequeñeciéndole la cara. El oro, las perlas, los diamantes, brillaban
sobre sus vestiduras. Llevaba pendientes y pulseras de gran valor.
Gabriel sonreía pensando en la simpleza religiosa, que viste a los
héroes celestiales con arreglo a las modas de la tierra.
El débil resplandor del crepúsculo que descendía de los ventanales y la
inquieta llama de los cirios formaban una ondulación de luces y sombras,
animando el rostro de la imagen como si gesticulase.
«¡Aún como soy yo!--se decía Gabriel--. Si en mi lugar estuviera un
devoto, creería que la Virgen ríe unos momentos y después llora. Con un
poco de imaginación y de fe, ¡he aquí un milagro! Estos caprichos de la
luz han sido una mina inagotable para los sacerdotes. También las Venus
de otros tiempos cambiaban la expresión de su cara, riendo o llorando a
gusto de los fieles, como una imagen cristiana.»
Y pensó largo rato en el milagro, invención de todas las religiones, y
tan antiguo como la ignorancia y la credulidad humanas.
Obscureció. Después de cenar parcamente, Gabriel abrió un libro que
llevaba en la cesta y púsose a leer a la luz de su linterna. De vez en
cuando levantaba la cabeza, distraído por el revoloteo y los gritos de
los pajarracos nocturnos, atraídos por el resplandor extraordinario del
bosque de cirios. Transcurría el tiempo lentamente. En la obscuridad de
las bóvedas retumbaban los argentinos martillazos de los guerreros del
reloj. Luna se levantaba y recorría la iglesia, visitando los contadores
para marcar su ronda.
Habían sonado las diez, cuando Gabriel oyó abrirse el postigo de la
portada de Santa Catalina, pero rápidamente y sin violencia, como si
hubieran hecho uso de una llave. Luna recordó el ofrecimiento del
campanero. Después sonaron los pasos de varias personas, pero agrandados
por el eco, como si avanzase toda una hueste.
--¿Quién va?--gritó Gabriel, algo alarmado.
--Nosotros, hombre--contestó en la sombra la voz fosca de Mariano--. ¿No
te dije que bajaríamos?
Al entrar en el crucero les dio de lleno la luz del altar mayor. Gabriel
vio con el campanero al -Tato- y al zapaterillo. Querían acompañar a
Luna una parte de la noche, para que no le fuese tan pesada la guardia,
y traían una botella de aguardiente que le ofrecieron.
--Ya sabéis que no bebo--dijo Gabriel--. Nunca me ha gustado el alcohol;
vino, y no mucho... Pero ¿adonde vais, vestidos como en los días de
fiesta?
El -Tato- se apresuró a responder. El -Vara de plata- cerraba a las
nueve las Claverías, y ellos querían pasar la noche fuera de casa. Ya
habían estado un buen rato en un café del Zocodover, regalándose como
señores. Estaban hechos unos calaveras. Aquella noche era
extraordinaria, tanto más cuanto que la ciudad también estaba alterada
por lo del arzobispo.
--¿Cómo sigue?--preguntó Gabriel.
--Creo que ha muerto hace media hora--dijo el campanero--. Cuando he
subido a mi casa por las llaves, salía un médico del palacio, y así se
lo decía a un canónigo.... Pero sentémonos.
Tomaron todos asiento, con la gorra calada, en los peldaños de la verja
del altar mayor. Mariano dejó en el suelo el manojo de las llaves, un
racimo de hierro como una maza. Las había de todas las épocas: unas
groseras y herrumbrosas, con las huellas del martillo, ostentando
escudos cerca del agarradero; otras más modernas, pulidas y brillantes
como si fuesen de plata; pero todas enormes y pesadas, de robustos
dientes, cual convenía a la grandeza del edificio.
Los tres amigos parecían extraordinariamente contentos, con una alegría
nerviosa que les hacía empujarse y reír. Miraban de reojo a la Virgen y
después se miraban entre ellos con un gesto de misterio que no podía
comprender Gabriel.
--Habéis bebido mucho, ¿verdad?--dijo Luna con suave reproche--. Hacéis
mal; ya sabéis que el beber es la degradación de los pobres.
--Un día es un día, tío--dijo el perrero--. Nos alegra que se mueran los
grandes. Ya ve usted; yo admiraba mucho a Su Eminencia: pues ¡que se
haga la porra! La única satisfacción que tiene un pobre es ver que a los
de arriba también les llega la vez.
--Bebe--dijo el campanero, ofreciéndole la botella--. Es una dicha
encontrarnos aquí sanos y alegres, mientras Su Eminencia se verá mañana
entre cuatro tablas. ¡Menudo campaneo soltaremos todo el día!
Bebió el -Tato-, y pasó la botella al zapatero, que estuvo mucho tiempo
con la boca pegada al gollete. De los tres, éste parecía el más ebrio.
Tenía los ojos enrojecidos, miraba duramente a todos lados y permanecía
silencioso. Sólo sonreía forzosamente cuando le dirigían la palabra,
como si su pensamiento estuviera lejos, muy lejos.
El campanero, en cambio, era más locuaz que de costumbre. Hablaba de la
fortuna del cardenal, de lo rica que iba a ser doña Visitación, de la
alegría que tendrían aquella noche muchos del cabildo. Y se interrumpía
para empinar la botella del aguardiente, pasándola después a los
compañeros. El vaho del alcohol se esparcía en aquel ambiente impregnado
de incienso y humo de cera.
Transcurrió más de una hora. Mariano había cortado varias veces la
conversación, como si tuviera que decir algo grave y vacilase, falto de
valor. Por fin se decidió.
--Gabriel: pasa el tiempo y nos resta mucho que hacer y que hablar. Son
poco más de las once. Aún quedan horas para hacer bien la cosa.
--¿Qué quieres decir?--preguntó Luna con extrañeza.
--Pocas palabras: al grano. Se trata de que tú seas rico y lo seamos
nosotros; queremos salir de esta miseria.... Ya habrás notado hace
tiempo que huíamos de ti; que al placer de oírte preferíamos hablar
entre nosotros. Es que tú eres un sabio, pero no vales un céntimo para
las cosas de la vida. Contigo se aprende, pero no se sale de pobreza...
Hemos pasado meses pensando en la necesidad de dar un golpe afortunado.
Esas revoluciones de que nos hablas están muy lejos. Las verán nuestros
nietos, y aun tal vez no las vean. Bueno es que los sabios piensen en el
porvenir; pero los brutos como nosotros sólo vemos el presente. Hemos
empleado el tiempo discurriendo barbaridades: secuestrar a don Sebastián
y exigirle un millón de rescate; entrar en el palacio una noche, ¡y qué
sé yo qué más...! Todo majaderías ideadas por tu sobrino. Pero esta
mañana, en mi casa, lamentándonos de la miseria, hemos visto de pronto
la salvación. Tú como único guardián de la catedral, la Virgen en el
altar mayor con las joyas que el resto del año se guardan en el Tesoro,
y yo con las llaves en mi poder.... El trabajo más fácil del mundo.
Limpiamos a la Virgen, emprendemos el camino de Madrid y llegamos al
amanecer; el -Tato- conoce allí mucha gente de la que va a las capeas:
nos ocultamos algún tiempo, y después, tú, que sabes el mundo, nos
guiarás. Iremos a América, venderemos la pedrería, y seremos ricos.
¡Alza, Gabriel! Vamos a despojar al ídolo, como tú dices.
--¡Luego es un robo lo que me proponéis!--exclamó Luna, alarmado.
--¿Un robo?--dijo el campanero--. Llámalo así si quieres: ¿y qué?, ¿te
asustas de eso...? Más nos han robado a nosotros, que nacimos con
derecho a un pedacito de mundo, y por más vueltas que damos no
encontramos un sitio libre.... Además, ¿a quién perjudicamos con esto?
De nada sirven a ese pedazo de palo las joyas que lo cubren. Ni come, ni
siente frío en el invierno, y nosotros somos unos miserables. Tú mismo
lo has dicho, Gabriel, contemplando nuestra pobreza. Nuestros hijos
mueren de hambre sobre las rodillas de las madres, mientras los ídolos
se cubren de riquezas... ¡Anda, Gabriel, no perdamos el tiempo!
--¡Vamos, tío!--dijo el -Tato---. Un poco de coraje. Convénzase de que
los ignorantes sabemos hilar las cosas cuando llega el caso.
Gabriel no les escuchaba. La sorpresa le había hecho caer en el
ensimismamiento. Medía, asustado, el gran error cometido; veía abrirse
un foso inmenso entre él y los que creía sus discípulos. Recordaba las
palabras de su hermano. ¡Ah, el buen sentido de los simples! Él, con
todas sus lecturas, no había previsto el peligro de enseñar a los
ignorantes en unos cuantos meses lo que requería toda una vida de
reflexión y estudio. Repetíase en pequeño lo que ocurre en los pueblos
agitados por la revolución. Las ideas más nobles se corrompían al pasar
por el tamiz de la vulgaridad; las aspiraciones generosas se envenenaban
con los sedimentos de la miseria.
Los envilecidos por la explotación, al despertar, buscaban en las
doctrinas redentoras la venganza del pasado y el bienestar egoísta,
aunque fuese a costa de sus semejantes.
Había sembrado la semilla revolucionaria en los parias de la Iglesia,
adormecidos en un ambiente de dos siglos atrás. Creía contribuir a la
revolución futura formando hombres, y al despertar de su ensueño se
encontraba con criminales vulgares. ¡Qué espantosa decepción! Sus ideas
sólo habían servido para destruir. Quitando a aquellos cerebros
soñolientos los prejuicios de la ignorancia, las supersticiones del
siervo, sólo había conseguido hacerlos audaces para el mal. El egoísmo
era la única pasión que vibraba en ellos. Sólo habían aprendido que eran
miserables y no debían serlo. La suerte de sus compañeros de infortunio,
de una inmensa parte de la humanidad, miserable y triste, no les
interesaba. Saliendo ellos de su estado, mejorando su situación fuese
como fuese, les importaba poco que el mundo siguiera lo mismo que antes;
que las lágrimas, el dolor y el hambre reinasen abajo para asegurar la
comodidad de los de arriba. Había sembrado en ellos su pensamiento,
queriendo acelerar la cosecha, y como en los cultivos forzados y
artificiales, que crecen con asombrosa rapidez para no dar más que
frutos corrompidos, el resultado de su propaganda era la podredumbre
moral. ¡Hombres, al fin, como todos! ¡La fiera humana buscando su
bienestar a costa del semejante; perpetuando el desconcierto y el dolor
para los demás, con tal de gozar de la abundancia durante una vida de
unos cuarenta años! ¡Ay!, ¿dónde encontrar al ser superior ennoblecido
por el culto de la razón, haciendo el bien sin esperanza de recompensa,
sacrificándolo todo por la solidaridad humana, el hombre-dios que
embellecería el porvenir...?
--¡Anda, Gabriel--continuaba el campanero--, no perdamos tiempo! Es cosa
de un instante, y en seguida ¡a volar!
--¡No--dijo Luna con firmeza, saliendo de su ensimismamiento--, no
haréis eso, no debéis hacerlo! Es un robo lo que me proponéis, y mi
dolor es grande viendo que para eso contabais conmigo. Otros van al robo
por instinto fatal o por corrupción de alma; vosotros llegáis a él
porque quise ilustraros, porque intenté abrir vuestras inteligencias a
la verdad... ¡Oh!, ¡es horrible... muy horrible!
--Pero ¿a qué tales aspavientos, Gabriel? ¿No es eso un pedazo de palo?
¿A quién perjudicamos apoderándonos de sus joyas? ¿No roban los ricos y
todos los que poseen algo? ¿Por qué no hemos de imitarles?
--Por eso mismo: porque lo que intentáis hacer es una imitación del
mal; porque perpetúa una vez más el sistema de violencia y de
desarreglo, causa de la miseria. ¿Por qué odias al rico, si lo que él
hace al explotar al humilde es lo mismo que vas a hacer tú, apoderándote
de una cosa «para ti» (entiéndelo bien), «para ti» y no para todos? No
me asusta el robo, porque no creo en la propiedad ni en la santidad de
las cosas; pero por esto mismo abomino de la apropiación particular y me
opongo a ella. ¿Para qué queréis apoderaros de eso? Decís que para
remediar vuestra miseria. No es verdad: para ser ricos, para entrar en
el grupo de los privilegiados, para ser tres individuos más de esa
minoría odiosa que goza el bienestar esclavizando a los humanos. Si
todos los pobres de Toledo llamasen ahora a las puertas de la catedral,
sublevados y embravecidos, yo les abriría paso, los guiaría yo mismo,
les señalaría esas joyas que ambicionáis, les diría: «Apoderaos de
ellas.» Son gotas de sudor y de sangre de sus antepasados; representan
el trabajo servil en la tierra del señor, el despojo brutal por los
alcabaleros del rey, para que magnates y reyes pudiesen cubrir de
pedrería al ídolo que podía abrirles las puertas del cielo. Eso no
pertenece a vosotros tres porque seáis más audaces; pertenece a todos,
como de todos son las riquezas de la tierra. Poner su mano los hombres
sobre cuanto existe en el mundo será la obra santa, la revolución
redentora del porvenir; apoderarse ahora unos cuantos de lo que con
arreglo a la moral imperante no es suyo, resulta un delito para las
leyes burguesas, y para mí es un atentado contra los desheredados,
únicos dueños de lo existente...
--¡Calla, Gabriel!--dijo el campanero con dureza--. Si te dejo, hablarás
hasta el amanecer. No te entiendo, no quiero. ¡Venimos a hacerte un
favor, y nos sales con un sermón! ¡Queremos verte rico como nosotros, y
nos contestas hablando de los demás, de la gente que no conoces, de esa
humanidad que no te dio ni un mendrugo cuando vagabas como un perro...!
Tendré que dirigirte como en nuestra juventud, cuando hacíamos la
guerra. Siempre te he querido y admiro tu talento, pero a ti hay que
tratarte como a un chicuelo... ¡Vaya, Gabriel, a callar y síguenos! ¡Te
llevamos a la felicidad! ¡Adelante, compañeros!
El -Tato- y el zapatero se pusieron de pie, marchando hacia la verja del
altar mayor. El perrero empujó una de sus hojas, entreabriéndola.
--¡No!--gritó Gabriel con energía--. ¡Deteneos...! Mariano, no sabes lo
que haces. Creéis que ya está lograda vuestra dicha con apoderarse de
esas riquezas. ¿Y después? Vuestras familias quedarán aquí. -Tato-,
piensa en tu madre. Mariano, el zapatero y tú tenéis mujer, tenéis
hijos.
--¡Bah...!--dijo el campanero--. Ya vendrán a reunirse con nosotros
cuando estemos lejos y en salvo. El dinero todo lo puede: lo que importa
es tenerlo.
--¿Y vuestros hijos...? ¡Les dirán que sus padres fueron ladrones!
--Pero serán ricos en otro país. Al fin, su historia no resultará peor
que la de los hijos de otros ricos.
Gabriel se convenció de la resolución feroz que animaba a aquellos
hombres. Sus esfuerzos para detenerles eran inútiles. Mariano le
empujaba al ver que se interponía entre él y el altar mayor.
--Aparta, chiquillo--dijo--. Ya que no sirves para nada, déjanos. ¿Es
que le tienes miedo a la Virgen? Descuida, que aunque nos llevemos todo
cuanto posee no hará ningún milagro.
Gabriel intentó un recurso decisivo.
--No haréis nada. Si pasáis la verja, si entráis en el altar mayor, toco
el esquilón y antes de diez minutos está todo Toledo en las puertas.
Y abriendo la verja del coro, entró en él con una decisión que paralizó
al campanero.
El zapaterillo, con su aspecto de borracho taciturno, fue el único que
le siguió.
--¡El pan de mis hijos!--murmuraba con lengua estropajosa--. ¡Quieren
robarlos...! ¡Quieren que sigan pobres...!
Mariano oyó un ruido metálico: vio cómo el zapaterillo levantaba el
brazo armado con el manojo de llaves caído en los peldaños de la verja,
y después oyó un choque de extraña sonoridad, como si golpeasen algo
hueco.
Gabriel dio un grito y cayó al suelo de bruces. El zapatero seguía
golpeándole al cráneo.
--¡No le des más...! ¡Detente!
Éstas fueron las últimas palabras que oyó confusamente Gabriel, tendido
en la entrada del coro. Un líquido pegajoso y caliente se escurría sobre
sus ojos. Después, el silencio, la obscuridad... la Nada.
El último destello de su pensamiento fue para decirse que iba a morir,
que tal vez había muerto ya, restándole sólo la postrera vibración
vital, la estela agitada de una existencia que huía para siempre.
Aún volvió a la vida. Abrió los ojos trabajosamente, y vio el sol al
través de un ventanillo con hierros, unas paredes blancas y una cama con
cobertor de percalina rameada y sucia. La cabeza le pesaba enormemente.
Su pensamiento pudo formar y coordinar una idea, después de grandes
vacilaciones y tropiezos: le habían colocado la catedral en las sienes.
El templo gigantesco gravitaba sobre su cráneo, aplastándolo. ¡Qué
inmenso dolor...! No podía moverse: estaba cogido por la cabeza.
Zumbaban sus oídos; su lengua estaba paralizada. Los ojos veían, pero
débilmente, como si la luz fuese turbia y una bruma rojiza envolviese
los objetos.
Creyó que una cara con bigotes, terminada por un sombrero de guardia
civil, se inclinaba sobre la suya, mirándolo en los ojos. Movía los
labios, pero él no oía nada. Era sin duda la pesadilla de sus antiguas
persecuciones volviendo a surgir.
Se fijaban en él, viendo que abría los ojos. Un señor vestido de negro
avanzaba hacia su lecho, seguido de otros dos que llevaban papeles bajo
el brazo. Adivinó que le hablaban por el movimiento de los labios, pero
nada pudo oír. ¿Estaría en otro mundo? ¿Serían falsas sus creencias, y
después de la muerte existiría otra vida igual a aquella que había
abandonado?
Cayó de nuevo en la sombra y en la inercia. Pasó mucho tiempo... mucho.
Otra vez se abrieron sus ojos, pero ahora la bruma era más densa. Ya no
era roja: era negra.
Entre estos velos, creyó ver Gabriel el rostro de su hermano,
consternado, crispado por el miedo, y los bicornios de la Guardia civil,
aquellos sombreros de pesadilla, rodeando al pobre -Vara de palo-.
Después, más esfumada, más indecisa, la cara de la dulce compañera, de
Sagrario, contemplándole con ojos llorosos de inmensa pena, besándolo
con la mirada, sin que la intimidasen los hombres negros y las armas que
la rodeaban.
Ésta fue la última visión, indecisa y borrosa, como vista a la luz de
una chispa fugaz. Después la obscuridad eterna, el aniquilamiento... la
Nada.
Al cerrar para siempre los ojos, sonó junto a él una voz:
--Te seguíamos la pista, pájaro. Bien escondido estabas, pero te has
descubierto con una de las tuyas. Ahora veremos qué cuenta das de las
joyas de la Virgen... ¡ladrón!
El terrible enemigo de Dios y del orden social no dio cuenta alguna a
los hombres.
Al día siguiente salió en hombros, de la enfermería de la cárcel, para
desaparecer en la fosa común. El secreto de su muerte lo guardó la
tierra, esa madre ceñuda que presencia impasible las luchas de los
hombres, sabiendo que grandezas y ambiciones, miserias y locuras, han de
pudrirse en sus entrañas, sin otro resultado que fecundar la renovación
de la vida.
-Playa de la Malvarrosa- (-Valencia-). -Agosto-septiembre 1903-.
FIN
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