Mientras las bandas de muchachas despeinadas salían de la fábrica á la
hora de comer para engullirse el contenido de sus cazuelas en los
portales inmediatos, hostilizando á los hombres con miradas insolentes
para que les dijesen algo y chillar después falsamente escandalizadas,
emprendiendo con ellos un tiroteo de desvergüenzas, Roseta quedábase en
un rincón del taller sentada en el suelo, con dos ó tres jóvenes que
eran de la otra huerta, de la orilla derecha del río, y maldito si les
interesaba la historia del tío -Barret- y los odios de sus compañeras.
En las primeras semanas, Roseta veía con cierto terror la llegada del
anochecer, y con él la hora de la salida...
Temiendo á las compañeras que seguían su mismo camino, entreteníase en
la fábrica algún tiempo, dejándolas salir delante como una tromba, de la
que partían escandalosas risotadas, aleteos de faldas, atrevidos
dicharachos y olor de salud, de miembros ásperos y duros.
Caminaba perezosamente por las calles de la ciudad en los fríos
crepúsculos de invierno, comprando los encargos de su madre,
deteniéndose embobada ante los escaparates que empezaban á iluminarse, y
al fin, pasando el puente, se metía en los obscuros callejones de los
arrabales para salir al camino de Alboraya.
Hasta aquí todo iba bien. Pero después caía en la huerta obscura, con
sus ruidos misteriosos, sus bultos negros y alarmantes que pasaban
saludándola con un «-¡Bòna nit!-» lúgubre, y comenzaban para ella el
miedo y el castañeteo de dientes.
No la intimidaban el silencio y la obscuridad. Como buena hija del
campo, estaba acostumbrada á ellos. La certeza de que no iba á encontrar
á nadie en el camino la hubiera dado confianza. En su terror, jamás
pensaba, como sus compañeras, en muertos, ni en brujas y fantasmas. Los
que la inquietaban eran los vivos.
Recordaba con pavor ciertas historias de la huerta oídas en la fábrica:
el miedo de las jóvenes á -Pimentó- y otros jaques de los que se reunían
en casa de -Copa-: desalmados que, aprovechándose de la obscuridad,
empujaban á las muchachas solas al fondo de las regaderas en seco ó las
hacían caer detrás de los pajares. Y Roseta, que ya no era inocente
después de su entrada en la fábrica, dejaba correr su imaginación hasta
los últimos límites de lo horrible, viéndose asesinada por uno de estos
monstruos, con el vientre abierto y rebañado por dentro lo mismo que los
niños de que hablaban las leyendas de la huerta, á los cuales unos
verdugos misteriosos sacaban las mantecas, confeccionando milagrosos
medicamentos para los ricos.
En los crepúsculos de invierno, obscuros y muchas veces lluviosos,
salvaba Roseta temblando más de la mitad del camino. Pero el trance más
cruel, el obstáculo más temible, estaba casi al final, cerca ya de su
barraca, y era la famosa taberna de -Copa-.
Allí estaba la cueva de la fiera. Era este trozo de camino el más
concurrido é iluminado. Rumor de voces, estallidos de risas, guitarreos
y coplas á grito pelado salían por aquella puerta roja como una boca de
horno, que arrojaba sobre el camino negro un cuadro de luz cortado por
la agitación de grotescas sombras. Y sin embargo, la pobre hilandera, al
llegar cerca de allí, deteníase indecisa, temblorosa, como las heroínas
de los cuentos ante la cueva del ogro, dispuesta á meterse á campo
traviesa para dar vuelta por detrás del edificio, á hundirse en la
acequia que bordeaba el camino y deslizarse agazapada por entre los
ribazos; á cualquier cosa, menos á pasar frente á la rojiza boca que
despedía el estrépito de la borrachera y la brutalidad.
Al fin se decidía. Realizaba un esfuerzo de voluntad, como el que va á
arrojarse de una altura, y siguiendo el borde de la acequia, con paso
ligerísimo y el equilibrio portentoso que da el miedo, pasaba veloz ante
la taberna.
Era una exhalación, una sombra blanca que no llegaba á fijarse por su
rapidez en los turbios ojos de los parroquianos de -Copa-.
Pasada la taberna, la muchacha corría y corría, creyendo que alguien iba
á sus alcances, esperando sentir en su falda el tirón de una zarpa
poderosa.
No se serenaba hasta escuchar el ladrido del perro de su barraca, aquel
animal feísimo, que por antítesis sin duda era llamado -Lucero-, y el
cual la recibía en medio del camino con cabriolas, lamiendo sus manos.
Nunca le adivinaron á Roseta en su casa los terrores pasados en el
camino. La pobre muchacha componía el gesto al entrar en la barraca, y á
las preguntas de su madre, inquieta, contestaba echándola de valerosa y
afirmando que había llegado con unas compañeras.
No quería que su padre tuviese que salir por las noches al camino para
acompañarla. Conocía el odio de la vecindad; la taberna de -Copa- con su
gente pendenciera le inspiraba mucho miedo.
Y al día siguiente volvía á la fábrica, para sufrir los mismos temores
al regreso, animada únicamente por la esperanza de que pronto vendría la
primavera, con sus tardes más largas y los crepúsculos luminosos, que la
permitirían volver á la barraca antes que obscureciese.
Una noche experimentó Roseta cierto alivio. Cerca aún de la ciudad,
salió al camino un hombre que empezó á marchar al mismo paso que ella.
---¡Bòna nit!-
Y mientras la hilandera iba por el alto ribazo que bordeaba el camino,
el hombre marchaba por el fondo, entre los profundos surcos abiertos por
las ruedas de los carros, tropezando en ladrillos rotos, pucheros
desportillados y hasta objetos de vidrio, con los que manos previsoras
querían cegar los baches de remoto origen.
Roseta se mostraba tranquila: había conocido á su compañero apenas la
saludó. Era Tonet, el nieto del tío -Tomba-, el pastor: un buen
muchacho, que servía de criado al carnicero de Alboraya, y de quien se
burlaban las hilanderas al encontrarle en el camino, complaciéndose en
ver cómo enrojecía, volviendo la cara, á la menor palabra.
¡Chico más tímido!... No tenía en el mundo otros parientes que su
abuelo; trabajaba hasta en los domingos, y lo mismo iba á Valencia á
recoger estiércol para los campos de su amo, como le ayudaba en las
matanzas de reses y labraba la tierra ó llevaba carne á las alquerías
ricas. Todo á cambio de malcomer él y su abuelo y de ir hecho un rotoso,
con ropas viejas de su amo. No fumaba; había entrado dos ó tres veces en
su vida en casa de -Copa-, y los domingos, si tenía algunas horas
libres, en vez de estarse en la plaza de Alboraya puesto en cuclillas
como los demás, viendo á los mozos guapos jugar á la pelota, íbase al
campo, vagando sin rumbo por la enmarañada red de sendas, y si
encontraba algún árbol cargado de pájaros, allí se quedaba embobado por
el revoloteo y los chillidos de estos bohemios de la huerta.
La gente veía en él algo de la extravagancia misteriosa de su abuelo el
pastor, y todos lo consideraban como un infeliz, tímido y dócil.
La hilandera se animó con su compañía. Era más seguro para ella marchar
al lado de un hombre, y más si éste era Tonet, que inspiraba confianza.
Le habló, preguntándole de dónde venía, y el joven sólo supo contestar
vagamente con su habitual timidez: «-D'ahí... d'ahí-...» Luego calló,
como si estas palabras le costasen inmenso esfuerzo.
Siguieron el camino en silencio, separándose cerca de la barraca.
---¡Bòna nit y grasies!---dijo la muchacha.
---¡Bòna nit!---y desapareció Tonet marchando hacia el pueblo.
Fué para ella un incidente sin importancia, un encuentro agradable, que
la había quitado el miedo; nada más. Y sin embargo, Roseta aquella noche
cenó y se acostó pensando en el nieto del tío -Tomba-.
Ahora recordaba las veces que le había encontrado por la mañana en el
camino, y hasta le parecía que Tonet procuraba marchar siempre al mismo
paso que ella, aunque algo separado para no llamar la atención de las
mordaces hilanderas.... En ciertas ocasiones, al volver bruscamente la
cabeza, creía haberle sorprendido con los ojos fijos en ella...
Y la muchacha, como si estuviera hilando un capullo, agarraba estos
cabos sueltos de su memoria y tiraba y tiraba, recordando todo lo de su
existencia que tenía relación con Tonet: la primera vez que lo vió, y su
compasiva simpatía por las burlas de las hilanderas, que él soportaba
cabizbajo y tímido, como si estas arpías en banda le inspirasen miedo;
después, los frecuentes encuentros en el camino y las miradas fijas del
muchacho, que parecían querer decirla algo.
Al ir á Valencia en la mañana siguiente, no le vió; pero por la noche,
al emprender el regreso á su barraca, no sentía miedo, á pesar de que el
crepúsculo era obscuro y lluvioso. Presentía la aparición del
tranquilizante compañero, y efectivamente, le salió al paso casi en el
mismo punto que el día anterior.
Fué tan expresivo como siempre: «-¡Bòna nit!-» y siguió andando al lado
de ella.
Roseta se mostró más locuaz. ¿De dónde venía? ¡Qué casualidad,
encontrarse dos días seguidos! Y él, tembloroso, cual si las palabras le
costasen gran esfuerzo, contestaba como siempre: «-D'ahí... d'ahí-....»
La muchacha, que en realidad era tan tímida como él, sentía sin embargo
deseos de reirse de su turbación. Ella habló de su miedo, de los sustos
que durante el invierno pasaba en el camino; y Tonet, halagado por el
servicio que prestaba á la joven, despegó los labios al fin, para
decirla que la acompañaría con frecuencia. Él siempre tenía asuntos de
su amo que le obligaban á marchar por la vega.
Se despidieron con el laconismo del día anterior; pero aquella noche la
muchacha se revolvió en la cama, inquieta, nerviosa, soñando mil
disparates, viéndose en un camino negro, muy negro, acompañada por un
perro enorme que le lamía las manos y tenía la misma cara que Tonet.
Después salía un lobo á morderla, con un hocico que recordaba vagamente
al odiado -Pimentó-, y reñían los dos animales á dentelladas, y salía su
padre con un garrote, y ella lloraba como si la soltasen en las espaldas
los garrotazos que recibía su pobre perro; y así seguía desbarrando su
imaginación, pero viendo siempre en las atropelladas escenas de su
ensueño al nieto del tío -Tomba-, con sus ojos azules y su cara de
muchacha cubierta por un vello rubio, que era el primer asomo de la edad
viril.
Se levantó quebrantada, como si saliese de un delirio. Aquel día era
domingo y no iba á la fábrica. Entraba el sol por el ventanillo de su
-estudi- y toda la gente de la barraca estaba ya fuera de la cama.
Roseta comenzó á arreglarse para ir con su madre á misa.
El endiablado ensueño aún la tenía trastornada. Sentíase otra, con
distintos pensamientos, cual si la noche anterior fuese una pared que
dividía en dos partes su existencia.
Cantaba alegre como un pájaro, mientras iba sacando la ropa del arca y
la colocaba sobre su lecho, aún caliente y con las huellas de su
cuerpo.
Mucho le gustaban los domingos, con su libertad para levantarse más
tarde, sus horas de holganza y su viajecito á Alboraya para oir la misa;
pero aquel domingo era mejor que los otros, brillaba más el sol,
cantaban con más fuerza los pájaros, entraba por el ventanillo un aire
que olía á gloria: ¡cómo decirlo!... en fin, que la mañana tenía para
ella algo nuevo y extraordinario.
Se echaba en cara haber sido hasta entonces una mujer sin cuidados para
sí misma. A los diez y seis años ya era hora de que pensase en
arreglarse. ¡Cuán estúpida había sido al reir de su madre siempre que la
llamaba desgarbada!...
Y como si fuese una gala nueva que veía por primera vez, metióse por la
cabeza con gran cuidado, cual si fuese de sutiles blondas, la saya de
percal de todos los domingos. Luego se apretó mucho el corsé, como si no
le oprimiese aún bastante aquel armazón de altas palas, un verdadero
corsé de labradora, que aplastaba con crueldad el naciente pecho, pues
en la huerta valenciana es impudor que las solteras no oculten los
seductores adornos de la Naturaleza para que nadie pueda pecaminosamente
suponer en la virgen la futura maternidad.
Por primera vez en su vida pasó la hilandera más de un cuarto de hora
ante el medio palmo de cristal con azogue y marco de pino barnizado que
le regaló su padre, espejo en el que había que contemplar la cara por
secciones.
Ella no era gran cosa, lo reconocía; pero de más feas se encontraban á
docenas en la huerta. Y sin saber por qué, se deleitaba contemplando sus
ojos de un verde claro; las mejillas moteadas de esas pecas que el sol
hace surgir de la piel tostada; el pelo rubio blanquecino, con la finura
flácida de la seda; la naricita de alas palpitantes cobijando una boca
sombreada por el vello de un fruto sazonado, y que al entreabrirse
mostraba una dentadura fuerte é igual, de blancura de leche, cuyo brillo
parecía iluminar su rostro: una dentadura de pobre.
Su madre tuvo que aguardar. En vano la pobre mujer la dió prisa,
revolviéndose impaciente en la barraca, como espoleada por la campana
que sonaba á lo lejos. Iban á perder la misa. Mientras tanto, Roseta se
peinaba con calma, para deshacer á continuación su obra, poco satisfecha
de ella. Luego se arreglaba la mantilla con tirones de enfado, no
encontrándola nunca de su gusto.
En la plaza de Alboraya, al entrar y al salir de la iglesia, Roseta,
levantando apenas sus ojos, escudriñó la puerta del carnicero, donde la
gente se agolpaba en torno á la mesa de venta.
Allí estaba él, ayudando á su amo, dándole pedazos de carnero desollado
y espantando las nubes de moscas que cubrían la carne.
¡Cómo enrojeció el borregote viéndola!... Al pasar ella por segunda vez,
quedó como encantado, con una pierna de cordero en la diestra sin
dársela á su panzudo patrón, que en vano la esperaba, y el cual,
soltando un taco redondo, llegó á amenazarle con su cuchilla.
La tarde fué triste. Sentada á la puerta de su barraca, creyó
sorprenderle varias veces rondando por sendas algo lejanas, ó
escondiéndose en los cañares para mirarla. La hilandera deseaba que
llegase pronto el lunes, para ir á la fábrica y pasar al regreso el
horrible camino acompañada por Tonet.
No dejó de presentarse el muchacho al anochecer el día siguiente.
Más cerca aún de la ciudad que en los otros días, salió al encuentro de
Roseta.
---¡Bòna nit!-
Pero después de la salutación de costumbre no calló. Aquel tímido
parecía haber progresado mucho durante el día de descanso.
Y torpemente, acompañando sus expresiones con muecas y arañazos en las
perneras del pantalón, fué explicándose, aunque entre palabra y palabra
transcurrían á veces dos minutos. Se alegraba de verla buena...
(Sonrisa de Roseta y un «-grasies-» murmurado tenuemente.) ¿Se había
divertido mucho el domingo?... (Silencio.) Él lo había pasado bastante
mal. Se aburría. Sin duda la costumbre... pues... parecía que le
faltaba algo.... ¡Claro! le había tomado ley al camino... no, al camino
no; lo que le gustaba era acompañarla...
Y aquí paró en seco. Hasta le pareció á Roseta que se mordía
nerviosamente la lengua para castigarla por su atrevimiento, y se
pellizcaba en los sobacos por haber ido tan lejos.
Caminaron mucho rato en silencio. La muchacha no contestaba; seguía su
marcha con el contoneo airoso de las hilanderas, la cesta en la cadera
izquierda y el brazo derecho cortando el aire con un vaivén de péndulo.
Pensaba en su ensueño. Se imaginó estar en pleno delirio, viendo
extravagancias, y varias veces volvió la cabeza creyendo percibir en la
obscuridad aquel perro que le lamía las manos y tenía la cara de Tonet,
recuerdo que aún le hacía reir. Pero no; lo que llevaba al lado era un
buen mozo capaz de defenderla; algo tímido y encogido, eso sí, con la
cabeza baja, como si las palabras que aún tenía por decir se le hubieran
deslizado hasta el pecho y allí estuviesen pinchándole.
Roseta aún le confundió más. «Vamos á ver: ¿por qué hacía aquello? ¿por
qué salía á acompañarla en su camino? ¿qué diría la gente? Si su padre
se enteraba, ¡qué disgusto!...»
---¿Per qué?... ¿per qué?---preguntaba la muchacha.
Y el mozo, cada vez más triste, más encogido, como un reo convicto que
oye su acusación, nada contestó. Marchaba al mismo paso que la joven,
pero separándose de ella, dando tropezones en el borde del camino.
Roseta hasta creyó que iba á llorar.
Pero cerca ya de la barraca, cuando iban á separarse, Tonet tuvo un
arranque de tímido. Habló con la misma violencia que había callado; y
como si no hubiesen transcurrido muchos minutos, contestó á la pregunta
de la muchacha:
--¿-Per qué?... Perqu'et vullc-[12].
[12]--¿Por qué?... Porque te quiero.
Lo dijo aproximándose á ella hasta lanzarle su aliento á la cara,
brillándole los ojos como si por ellos se le saliera toda la verdad; y
después de esto, arrepentido otra vez, miedoso, aterrado por sus
palabras, echó á correr como un niño.
¡Tonet la quería!... Hacía dos días que la muchacha esperaba estas
palabras, y sin embargo le causaron el efecto de una revelación
inesperada. También ella le quería; y toda la noche, hasta en sueños,
estuvo oyendo, murmuradas por mil voces junto á sus oídos, la misma
frase: «-Perqu'et vullc-.»
No esperó Tonet á la noche siguiente. Al amanecer le vió Roseta en el
camino, casi oculto tras el tronco de una morera, mirándola con zozobra,
como un niño que teme la reprimenda y está arrepentido, dispuesto á huir
al primer gesto de desagrado.
Pero la hilandera sonrió ruborizándose, y ya no hubo más.
Todo estaba hablado; no volvieron á decirse que se querían, pero era
cosa convenida el noviazgo, y Tonet no faltó ni una sola vez á
acompañarla en su camino.
El panzudo carnicero bramaba de coraje con el repentino cambio de su
criado, antes tan diligente y ahora siempre inventando pretextos para
pasar horas y más horas en la huerta, especialmente al anochecer.
Pero con el egoísmo de su dicha, Tonet se preocupaba tanto de los tacos
y amenazas de su amo, como la hilandera de su temido padre, ante el cual
sentía ordinariamente más miedo aún que respeto.
Roseta tenía siempre en su -estudi- algún nido, que decía haber
encontrado en el camino. Su novio no sabía presentarse con las manos
vacías, y exploraba todos los cañares y árboles de la huerta para
regalar á la hilandera ruedas de pajas y ramitas, en cuyo fondo unos
cuantos pilluelos, con la rosada piel cubierta de finísimo pelo y el
trasero desnudo, piaban desesperadamente, abriendo un pico descomunal
jamás ahito de migas.
Roseta guardaba el regalo en su cuarto, como si fuese la misma persona
de su novio, y lloraba cuando sus hermanos, la gente menuda que tenía
por nido la barraca, en fuerza de admirar á los pajaritos, acababan por
retorcerles el pescuezo.
Otras veces aparecía Tonet con un bulto en el vientre: la faja llena de
altramuces y cacahuetes, comprados en casa de -Copa-; y siguiendo el
camino lentamente, comían y comían, mirándose el uno en los ojos del
otro, sonriendo como unos tontos sin saber de qué, sentándose muchas
veces en un ribazo sin darse cuenta de ello.
Ella era la más juiciosa, y le reprendía. ¡Siempre gastando dinero! Eran
dos reales ó poco menos lo que en una semana había dejado en la taberna
con tantos obsequios. Y él se mostraba generoso. ¿Para quién quería los
cuartos sino para ella? Cuando se casaran--alguna vez habría de ser--ya
guardaría el dinero. La cosa sería de allí á diez ó doce años; no había
prisa; todos los noviazgos de la huerta duraban una temporada así.
Lo del casamiento hacía volver á Roseta á la realidad. El día que su
padre supiera todo aquello.... ¡Virgen santísima! iba á deslomarla á
garrotazos. Y hablaba de la futura paliza serenamente, sonriendo como
una muchacha fuerte acostumbrada á esa autoridad paternal, rígida,
imponente y honradota, que se manifiesta á bofetadas y palos.
Sus relaciones eran inocentes. Jamás asomó entre ellos el punzante
deseo, la audacia de la carne. Marchaban por el camino casi desierto,
en la penumbra del anochecer, y la misma soledad parecía alejar de su
pensamiento todo propósito impuro.
Una vez que Tonet rozó involuntariamente la cintura de Roseta,
ruborizóse como si fuese él la muchacha.
Estaban los dos muy distantes de creer que en sus encuentros diarios
podía llegarse á algo que no fuese hablar y mirarse. Era el primer amor,
la expansión de la juventud apenas despierta, que se contenta con verse,
con hablar y reir, sin sombra alguna de deseo.
La hilandera, que en sus noches pavorosas tanto había deseado la llegada
de la primavera, vio con inquietud desarrollarse los crepúsculos largos
y luminosos.
Ahora se reunía con su novio en pleno día, y nunca faltaban en el camino
compañeras de la fábrica ó mujeres del vecindario, que al verles juntos
sonreían maliciosamente adivinándolo todo.
En la fábrica comenzaron las bromas por parte de sus enemigas, que le
preguntaban irónicamente cuándo se casaba, y la llamaban de apodo «la
Pastora», por tener amores con el nieto del tío -Tomba-.
Temblaba de inquietud la pobre Roseta. ¡Qué paliza iba á ganarse!
Cualquier día llegaba la noticia á su padre. Y fué por entonces cuando
Batiste, el día de su sentencia en el Tribunal de las Aguas, la vió en
el camino acompañada de Tonet.
Pero no ocurrió nada. El dichoso incidente del riego salvó á la
muchacha. Su padre, contento de haber librado su cosecha, limitóse á
mirarla varias veces con el entrecejo fruncido. Luego la advirtió con
voz lenta, un índice en alto y el acento imperativo, que en adelante
cuidase de volver sola de la fábrica, pues de lo contrario sabría quién
era él.
Y sola volvió durante toda una semana. Tonet le tenía cierto respeto al
señor Batiste, y se contentaba con emboscarse cerca del camino, para ver
pasar á la hilandera ó seguirla después de muy lejos.
Como los días eran más largos, había mucha gente en el camino.
Pero este alejamiento no podía prolongarse para los novios impacientes,
y un domingo por la tarde, Roseta, inactiva, cansada de pasear frente á
la puerta de su barraca y creyendo ver á Tonet en todos los que pasaban
por las sendas lejanas, agarró un cántaro barnizado de verde, y dijo á
su madre que iba á traer agua de la fuente de la Reina.
La madre la dejó ir. Debía distraerse; ¡pobre muchacha! no tenía amigas,
y á la juventud hay que darle lo suyo.
La fuente de la Reina era el orgullo de toda aquella parte de la huerta,
condenada al agua de los pozos y al líquido bermejo y fangoso que corría
por las acequias.
Estaba frente á una alquería abandonada, y era «cosa antigua y de mucho
mérito», al decir de los más sabios de la huerta: obra de los moros,
según -Pimentó-; monumento de la época en que los apóstoles iban
bautizando pillos por el mundo, según declaraba con majestad de oráculo
el tío -Tomba-.
Al atardecer avanzaban por los caminos, orlados de álamos con inquieto
follaje de plata, grupos de muchachas que llevaban su cántaro inmóvil y
derecho sobre la cabeza, recordando con su rítmico paso y su figura
esbelta á las canéforas griegas.
Este desfile daba á la huerta valenciana algo de sabor bíblico.
Recordaba la poesía árabe cantando á la mujer junto á la fuente con el
cántaro á sus pies, uniendo en un solo cuadro las dos pasiones más
vehementes del oriental: la belleza y el agua.
La fuente de la Reina era una balsa cuadrada, con muros de piedra roja,
y teniendo su agua mucho más baja que el nivel del suelo. Descendíase al
fondo por seis escalones, siempre resbaladizos y verdosos por la
humedad. En la cara del rectángulo de piedra fronterizo á la escalera
destacábase un bajo relieve con figuras borrosas que era imposible
adivinar bajo la capa de enjalbegado.
Debía ser la Virgen rodeada de ángeles: una obra del arte grosero y
cándido de la Edad Media; algún voto de los tiempos de la conquista;
pero unas generaciones picando la piedra para marcar mejor las figuras
borradas por los años, y otras blanqueándola con escrúpulos de bárbara
curiosidad, habían dejado la losa de tal modo que sólo se distinguía un
bulto informe de mujer, «la reina», que daba su nombre á la fuente:
«reina de los moros», como forzosamente han de serlo todas en los
cuentos del campo.
No eran allí escasas la algazara y la confusión los domingos por la
tarde. Más de treinta muchachas agolpábanse con sus cántaros, deseosas
todas ellas de ser las primeras en llenar, pero sin prisa de irse.
Empujábanse en la estrecha escalerilla, con las faldas recogidas entre
las piernas para inclinarse y hundir su cántaro en el pequeño estanque.
Estremecíase éste con las burbujas acuáticas surgidas incesantemente del
fondo de arena, donde crecían manojos de plantas gelatinosas, verdes
cabelleras ondeantes, moviéndose en su cárcel de cristal líquido á
impulsos de la corriente. Los insectos llamados «tejedores» rayaban con
sus patas inquietas esta clara superficie.
Las que ya habían llenado sus cántaros sentábanse en los bordes de la
balsa, con las piernas colgando sobre el agua, encogiéndolas luego con
escandalizados chillidos cada vez que algún muchacho bajaba á beber y
miraba á lo alto.
Era una reunión de gorriones revoltosos. Todas hablaban á un tiempo;
unas se insultaban, otras iban despellejando á los ausentes haciendo
público todos los escándalos de la huerta. La juventud, libre de la
severidad paternal, se desprendía del gesto hipócrita fabricado para la
casa, y se mostraba con toda la acometividad de una rudeza falta de
expansión. Aquellos ángeles morenos, que tan mansamente cantaban gozos y
letrillas en la iglesia de Alboraya al celebrarse las fiesta de las
solteras, enardecíanse á solas y matizaban su conversación con votos de
carretero, hablando de cosas internas con el aplomo de una comadrona.
Allí cayó Roseta con su cántaro, sin haber encontrado al novio en el
camino, á pesar de que anduvo lentamente, volviendo con frecuencia la
cabeza, esperando á cada momento que saliese de una senda.
La ruidosa tertulia de la fuente callóse al verla. Causó estupefacción
en el primer momento la presencia de Roseta: algo así como la entrada de
un moro en la iglesia de Alboraya en plena misa mayor. ¿A qué venía allí
aquella «hambrienta»?...
Saludó Roseta á dos ó tres que eran de su fábrica, y apenas si le
contestaron, apretando los labios y con un retintín de desprecio.
Las demás, repuestas de la sorpresa, siguieron hablando, como si nada
hubiera pasado, no queriendo conceder á la intrusa ni el honor del
silencio.
Bajó Roseta á la fuente, y después de llenar el cántaro, sacó, al
incorporarse, su cabeza por encima del muro, lanzando una mirada ansiosa
por toda la vega.
---Mira, mira, que no vindrá-[13].
[13]--Mira, mira, que no vendrá.
Era una sobrina de -Pimentó-, hija de una hermana de Pepeta, la que
decía esto; morenilla, nerviosa, de nariz arremangada ó insolente,
orgullosa de ser única en su casa y de que su padre no fuese
arrendatario de nadie, pues los cuatro campos que trabajaba eran muy
suyos.
Sí; podía mirar cuanto quisiera, que no vendría. ¿No sabían las otras á
quién esperaba? Pues á su novio, el nieto del tío -Tomba-. ¡Vaya un
acomodo!
Y las treinta bocas crueles empezaron á reir como si mordieran; no
porque encontrasen gran chiste á la cosa, sino por abrumar á la hija del
odiado Batiste.
---¡La «Pastora»!-...--dijeron algunas---. -¡La «Divina Pastora»!-...
Roseta alzó los hombros con expresión de indiferencia. Esperaba este
apodo. Además, las bromas de la fábrica habían embotado su
susceptibilidad.
Cargóse el cántaro y subió los peldaños, pero en el postrero le detuvo
la vocecita mimosa de la sobrina de -Pimentó-. ¡Cómo mordía esta
sabandija!...
Nunca sería la mujer del nieto del tío -Tomba-. Era un infeliz, un
«muerto de hambre», pero muy honrado é incapaz de emparentar con una
familia de ladrones.
Casi soltó su cántaro Roseta. Enrojeció, como si estas palabras,
rasgándole el corazón, hubieran hecho subir toda la sangre á su cara, y
después quedóse blanca, con palidez de muerte.
---¿Quí es lladre? ¿Quí?-[14]--preguntó con una voz temblona que hizo
reir á todas las de la fuente.
[14]--¿Quién es ladrón? ¿Quién?
¿Quién? Su padre. -Pimentó-, su tío, lo sabía bien, y en casa de -Copa-
no se hablaba de otra cosa. ¿Creían que el pasado iba á estar oculto?
Habían huído de su pueblo porque les conocían allá demasiado; por eso
habían venido á la huerta á apoderarse de lo que no era suyo. Hasta se
tenían noticias de que el señor Batiste había estado en presidio por
cosas feas...
Y así continuó la viborilla, soltando todo lo oído en su casa y en la
vega: las mentiras fraguadas por los perdidos de casa de -Copa-, toda
una urdimbre de calumnias inventada por -Pimentó-, que cada vez se
sentía menos dispuesto á atacar cara á cara á Batiste, y pretendía
hostilizarlo, cansarlo y herirlo por medio del insulto.
La firmeza del padre surgió de pronto en Roseta, trémula, balbuciente de
rabia y con los ojos veteados de sangre. Soltó el cántaro, que se hizo
pedazos, mojando á las muchachas más inmediatas, que protestaron á coro
llamándola bestia. ¡Pero buena estaba ella para fijarse en tales cosas!
---¡Mon pare!-...--gritó avanzando hacia la insolente--. ¿-Mon pare
lladre?... Tórnau á repetir y et trenque'ls morros-[15].
[15]--¿Mi padre ladrón?... Vuelve á repetirlo y te rompo los morros.
Pero no pudo repetirlo la morenilla, porque antes de que llegase á abrir
la boca, recibió un puñetazo en ella, al mismo tiempo que Roseta hundía
la otra mano en su moño. Instintivamente, movida por el dolor, se agarró
también á los rubios pelos de la hilandera, y durante algunos minutos se
las vió á las dos encorvadas, lanzando gritos de dolor y rabia, con las
frentes cerca del suelo, arrastrándose mutuamente con los crueles
tirones que cada una daba á la cabellera de la otra. Caían las
horquillas al deshacerse las trenzas. Parecían sus opulentas cabelleras
estandartes guerreros, no flotantes y victoriosos, sino enroscados y
martirizados por las manos del enemigo.
Pero Roseta, más fuerte ó más furiosa, logró desasirse, é iba á
arrastrar á su adversaria, tal vez á propinarla una zurra interior, pues
con la mano libre pugnaba por despojarse de un zapato, cuando ocurrió
algo inaudito, irritable, brutal.
Sin acuerdo previo, como si los odios de sus familias, las frases y
maldiciones oídas en sus barracas surgiesen en ellas de golpe, todas
cayeron á un tiempo sobre la hija de Batiste.
---¡Lladrona! ¡lladrona!-...
Desapareció Roseta bajo los amenazantes brazos. Su cara cubrióse de
rasguños. Agobiada por tantos golpes, ni caer pudo, pues las mismas
apreturas de sus enemigas la mantenían derecha. Pero empujada de un lado
á otro, acabó rodando por los resbaladizos escalones, y su frente chocó
contra una arista de la piedra.
¡Sangre!... Fué como una pedrada en un árbol cargado de pájaros.
Salieron todas corriendo en diversas direcciones, con los cántaros en la
cabeza, y al poco rato no se veía en las cercanías de la fuente de la
Reina mas que á la pobre Roseta, con el pelo suelto, las faldas
desgarradas, la cara sucia de polvo y sangre, caminando llorosa hacia su
casa.
¡Cómo gritó de angustia la madre al verla entrar y cómo protestó luego
al enterarse de lo ocurrido! Aquellas gentes eran peores que judíos.
¡Señor! ¡Señor! ¿Podía ocurrir tal crimen en tierra de cristianos?...
Ya no les bastaba á los de la huerta con que los hombres molestasen á su
pobre Batiste, calumniándolo ante el tribunal para que le impusieran
multas injustas. Ahora eran sus hijas las que perseguían á la pobre
Roseta, como si la infeliz tuviese culpa alguna. ¿Y todo por qué?...
Porque querían vivir trabajando, sin ofender á nadie, como Dios manda.
Batiste, al ver á su hija ensangrentada y llorosa, palideció, dando
algunos pasos hacia el camino con la vista fija en la barraca de
-Pimentó-, cuya techumbre asomaba sobre los cañares.
Pero se detuvo y acabó por reñir dulcemente á Roseta. Lo ocurrido la
enseñaría á no pasear por gusto en la huerta. Ellos debían evitar todo
roce con los demás: vivir juntos y unidos en su barraca, no separarse
nunca de unas tierras que eran su vida.
Dentro de su casa ya se guardarían los enemigos de venir á buscarles.
VI
Era un rumor de avispero, un susurro de colmena, lo que oían mañana y
tarde los huertanos al pasar frente al molino de la Cadena, por el
camino que va al mar.
Una espesa cortina de álamos cerraba la plazoleta formada por el camino
al ensancharse ante el amontonamiento de viejos tejados, paredes
agrietadas y negros ventanucos del molino, fábrica antigua y ruinosa,
montada sobre la acequia y apoyada en dos gruesos machones, por entre
los cuales caía la corriente en espumosa cascada.
El ruido lento y monótono que surgía entre los árboles era el de la
escuela de don Joaquín, establecida en una barraca oculta por la fila de
álamos.
Nunca el saber se vió peor alojado; y eso que, por lo común, no habita
palacios.
Era una barraca vieja, sin más luz que la de la puerta y la que se
colaba por las grietas de la techumbre; las paredes de dudosa blancura,
pues la señora maestra, mujer obesa que vivía pegada á su silleta de
esparto, pasaba el día oyendo y admirando á su esposo; unos cuantos
bancos, tres carteles de abecedario mugrientos, rotos por las puntas,
pegados al muro con pan mascado, y en el cuarto inmediato á la escuela
unos muebles, pocos y viejos, que parecían haber corrido media España.
En toda la barraca no había mas que un objeto nuevo: la luenga caña que
el maestro tenía detrás de la puerta, y que renovaba cada dos días en el
cañaveral vecino, siendo una felicidad que el género resultase tan
barato, pues se gastaba rápidamente sobre las duras y esquiladas testas
de aquellos pequeños salvajes.
Libros, apenas si se veían tres en la escuela: una misma cartilla servía
á todos. ¿Para qué más?... Allí imperaba el método moruno: canto y
repetición, hasta meter las cosas con un continuo martilleo en las duras
cabezas.
A causa de esto, desde la mañana hasta el anochecer, la vieja barraca
soltaba por su puerta una melopea fastidiosa, de la que se burlaban
todos los pájaros del contorno.
--Pa...dre... nuestro, que... estás... en los cielos....
--Santa... María....
--Dos por dos... cuuuatro....
Y los gorriones, los pardillos y las calandrias, que huían de los chicos
como del demonio cuando los veían en cuadrilla por los senderos,
posábanse con la mayor confianza en los árboles inmediatos, y hasta se
paseaban con sus saltadoras patitas frente á la puerta de la escuela,
riéndose con escandalosos gorjeos de sus fieros enemigos al verlos
enjaulados, bajo la amenaza de la caña, condenados á mirarlos de reojo,
sin poder moverse y repitiendo un canto tan fastidioso y feo.
Da vez en cuando enmudecía el coro y sonaba majestuosa la voz de don
Joaquín soltando su chorro de sabiduría.
--¿Cuántas son las obras de misericordia?...
--Dos por siete, ¿cuántas son?...
Y rara vez quedaba contento de las contestaciones.
--Son ustedes unos bestias. Me oyen como si les hablase en griego. ¡Y
pensar que les trato con toda finura, como en un colegio de la ciudad,
para que aprendan ustedes buenas formas y sepan hablar como las
personas!... En fin, tienen ustedes á quien parecerse: son tan brutos
como sus señores padres, que ladran, les sobra dinero para ir á la
taberna, é inventan mil excusas para no darme el sábado los dos cuartos
que me pertenecen.
Y paseábase indignado, especialmente al quejarse de los olvidos del
sábado. Bien se notaba en el aspecto de su persona, que parecía dividida
en dos partes.
Abajo, alpargatas rotas, siempre manchadas de barro; viejos pantalones
de pana; manos escamosas, ásperas, conservando en las grietas de la piel
la tierra de su huertecito, un cuadrado de hortalizas que tenía frente á
la barraca, y muchas veces era lo único que llenaba su puchero. Pero de
cintura arriba mostrábase el señorío, «la dignidad del sacerdote de la
instrucción», como él afirmaba; lo que le distinguía de toda la gente
de las barracas, gusarapos pegados al surco: una corbata de colores
chillones sobre la sucia pechera, bigote cano y cerdoso partiendo su
rostro mofletudo y arrebolado, y una gorra azul con visera de hule,
recuerdo de uno de los muchos empleos que había desempeñado en su
accidentada vida.
Esto era lo que le consolaba de su miseria; especialmente la corbata,
adorno que nadie llevaba en todo el contorno y él lucía cual un signo de
suprema distinción; algo así como el Toisón de Oro de la huerta.
La gente de las barracas respetaba á don Joaquín, aunque en lo
concerniente á sostener su miseria anduviese remisa y remolona. ¡Lo que
aquel hombre había visto!... ¡Lo que llevaba corrido por el mundo!...
Unas veces empleado ferroviario; otras ayudando á cobrar contribuciones
en las más apartadas provincias de España; hasta se decía que había
estado en Cuba como guardia civil. En fin, que era un pájaro gordo
venido á menos.
--Don Joaquín--decía su gruesa mujer, que era la primera en sostenerle
el tratamiento--nunca se ha visto como hoy; somos de muy buena familia.
La desgracia nos ha traído aquí, pero hemos «paleado» las onzas.
Y las comadres de la huerta, sin perjuicio de olvidarse alguno que otro
sábado de los dos cuartos de la escuela, respetaban como un ser superior
á don Joaquín, reservándose un poco de burla para la casaquilla verde
con faldones cuadrados que se endosaba los días de fiesta, cuando
cantaba en el coro de la iglesia de Alboraya durante la misa mayor.
Empujado por la miseria, había caído allí con su enorme y blanducha
mitad como podía haber caído en otra parte. Ayudaba al secretario del
pueblo cercano en los trabajos extraordinarios, preparaba con hierbas de
él tan sólo conocidas ciertos cocimientos que operaban milagros en las
barracas. Todos reconocían que «aquel tío sabía mucho», y sin título de
maestro ni miedo á que nadie se acordase de él para quitarle una escuela
que no daba ni para pan, iba logrando á fuerza de repeticiones y cañazos
que deletreasen y permanecieran inmóviles todos los pillos de cinco á
diez años que en días de fiesta apedreaban á los pájaros, robaban la
fruta y perseguían á los perros en los caminos de la huerta.
¿De dónde era el maestro? Todas las vecinas lo sabían: de muy lejos, de
allá de la -churrería-. Y en vano se pedían más explicaciones, pues para
la ciencia geográfica de la huerta todo el que no habla valenciano es de
la -churrería-.
No eran flojos los trabajos sufridos por don Joaquín para hacerse
entender de sus discípulos y que no reculasen ante el idioma castellano.
Los había de ellos que llevaban dos meses en la escuela y abrían
desmesuradamente los ojos y se rascaban el cogote sin entender lo que el
maestro quería decirles con unas palabras jamás oídas en su barraca.
¡Cómo sufría el pobre señor! ¡Él que cifraba los triunfos de la
enseñanza en su «finura», en su distinción de modales, en lo
«bienhablado» que era, según declaración de su esposa!
Cada palabra que sus discípulos pronunciaban mal--y no decían bien una
sola--le hacía dar bufidos y levantar las manos con indignación hasta
tocar el ahumado techo de su vivienda. Estaba orgulloso de la urbanidad
con que trataba á sus discípulos.
--Esta barraca humilde--decía á los treinta chicuelos que se apretaban y
empujaban en los estrechos bancos, oyéndole entre aburridos y temerosos
de la caña--la deben mirar ustedes como si fuese el templo de la
cortesía y la buena crianza. ¡Qué digo el templo! Es la antorcha que
brilla y disuelve las sombras de barbarie de esta huerta. Sin mí, ¿qué
serían ustedes? Unas bestias, y perdonen la palabra: lo mismo que sus
señores padres, á los que no quiero ofender. Pero con la ayuda de Dios,
han de salir ustedes de aquí como personas cumplidas, sabiendo
presentarse en cualquier parte, ya que han tenido la buena suerte de
encontrar un maestro como yo. ¿No es así?...
Y los muchachos contestaban con furiosas cabezadas, chocando algunos la
testa con la del vecino, y hasta su mujer, conmovida por lo del templo y
la antorcha, cesaba de hacer media y echaba atrás la silleta de
esparto, para envolver á su esposo en una mirada de admiración.
Interpelaba á toda aquella pillería roñosa, de pies descalzos y faldones
al aire, con desmesurada urbanidad.
--A ver, señor de Llopis, levántese usted.
Y el «señor de Llopis», un granuja de siete años, con el pantalón á
media pierna sostenido por un tirante, echábase del banco abajo y se
cuadraba ante el maestro, mirando de reojo la temible caña.
--Hace un rato que veo á usted hurgándose las narices y haciendo
pelotillas. Vicio feo, señor de Llopis; crea usted á su maestro. Por
esta vez pase, porque es usted aplicado y sabe la tabla de multiplicar;
pero la sabiduría es poca cosa cuando no va acompañada por la buena
crianza. No olvide usted esto, señor de Llopis.
Y el de las pelotillas lo aprobaba todo, contento con salir de la
advertencia sin cañazo, cuando otro grandullón que estaba á su lado en
el banco y debía guardar antiguos resentimientos, al verle de pie y con
las posaderas libres, le aplicó en ellas un pellizco traidor.
---¡Ay! ¡ay!... Siñor maestro---gritó el muchacho--, -«Morros d'aca» me
pellisca-.
¡Qué explosión de cólera la de don Joaquín! Lo que más le irritaba era
la afición de los muchachos á llamarse por los apodos de sus padres y
aun á fabricarlos nuevos.
--¿Quién es -Morros d'aca-?... El señor de Peris, querrá usted decir.
¡Qué modo de hablar, Dios mío! Parece que esto sea una taberna... ¡Si á
lo menos hubiese usted dicho -Morros de jaca!- Descrísmese usted
enseñando á estos imbéciles. ¡Brutos!...
Y enarbolando la caña empezó á repartir sonoros golpes: al uno por el
pellizco y al otro por «impropiedad de lenguaje», como decía bufando don
Joaquín sin parar en sus cañazos. Tan á ciegas iban los golpes, que los
demás muchachos se apretaban en los bancos, se encogían, escondiendo
cada cual la cabeza en el hombro del vecino; y á un chiquitín, el hijo
pequeño de Batiste, asustado por el estrépito de la caña, se le fué el
cuerpo.
Esto amansó al profesor y le hizo recobrar su perdida majestad,
mientras el apaleado auditorio se tapaba las narices.
--Doña Pepa--dijo á su mujer--, llévese usted al señor de Borrull, que
está indispuesto, y límpielo detrás de la escuela.
Y la mujerona, que tenía cierto afecto á los tres hijos de Batiste
porque pagaban todos los sábados, agarró de una mano al «señor de
Borrull», el cual salió de la escuela balanceándose sobre las tiernas
piernecitas, llorando todavía del susto y enseñando algo más que el
faldón por la abertura trasera de los calzones.
Pasados estos incidentes volvía otra vez la lección cantada, y la
arboleda parecía estremecerse de fastidio al tamizar entre su ramaje
este monótono sonsonete.
Algunas tardes oíase un melancólico son de esquilas, y toda la escuela
se agitaba de contento. Era el rebaño del tío -Tomba- que se aproximaba.
Todos sabían que llegando el viejo con su ganado había un par de horas
de asueto.
Si parlanchín era el pastor, no le iba en zaga el maestro. Ambos
emprendían una interminable conversación, y los discípulos abandonaban
los bancos para oirles de cerca ó iban á jugar con las ovejas que
rumiaban la hierba de los ribazos cercanos.
A don Joaquín le inspiraba gran simpatía el viejo. Había corrido mundo,
tenía la deferencia de hablarle siempre en castellano, era entendido en
hierbas medicinales, sin arrebatarle por esto sus clientes; en fin, que
resultaba la única persona de la huerta capaz de «alternar» con él.
La aparición era siempre igual. Primero llegaban las ovejas á la puerta
de la escuela, metían la cabeza, husmeaban curiosas é iban retirándose
con cierto desprecio, convencidas de que allí no había más pasto que el
intelectual y valía poco. Después se presentaba el tío -Tomba- caminando
con seguridad por aquella tierra conocida, pero con el cayado por
delante, único auxilio de sus moribundos ojos.
Sentábase en el banco de ladrillos inmediato á la puerta, y el maestro y
el pastor hablaban, admirados en silencio por doña Josefa y los más
grandecitos de la escuela, que lentamente se iban aproximando para
formar corro.
El tío -Tomba- que hasta por las sendas iba siempre conversando con sus
ovejas, hablaba al principio con lentitud, como hombre que teme revelar
su defecto; pero la charla del maestro iba enardeciéndole, y no tardaba
á lanzarse en el inmenso mar de sus eternas historias. Lamentábase de lo
pésimamente que «va España», repetía las noticias de los que venían de
la ciudad, abominaba de los malos gobiernos, que tienen la culpa de las
malas cosechas, y acababa por decir lo de siempre.
--Aquellos tiempos, don -Juaquín-, aquellos tiempos míos eran otros.
Usted no los ha conocido; pero también los de usted eran mejores que
éstos. Vamos cada vez peor... ¡Lo que verá toda esa gente menuda cuando
sean hombres!
Ya se sabía que esto era el exordio de su historia.
--¡Si usted nos hubiera visto á los de la partida del -Flaire!---el
pastor nunca pudo decir fraile--. Aquéllos eran españoles; ahora sólo
hay guapos en casa de -Copa-. Yo tenía diez y ocho años, un morrión con
un águila de cobre, que le quité á un muerto, y un fusil más grande que
yo. ¡Y el -Flaire!-... ¡Qué hombre! Ahora hablan del general tal y del
cual. ¡Mentira, todo mentira! ¡Donde estaba el padre Nevot no podía
existir otro! Había que verlo con el hábito arremangado, sobre su jaca,
con sable corvo y pistolas. ¡Lo que corríamos! Unas veces aquí, otras en
la provincia de Alicante, después por cerca de Albacete: siempre nos
iban pisando los talones; pero nosotros, francés que pillábamos lo
hacíamos polvo. Aún me parece que los veo: «-¡Musiú... pardón!-» Y yo,
¡zas, zas! bayonetazo limpio.
El arrugado viejo se erguía, sus mortecinos ojos brillaban como débiles
pavesas; movía el cayado cual si aún estuviese pinchando á los enemigos.
Luego venían los consejos: detrás del viejo bondadoso levantábase el
hombre feroz, de entrañas duras, formado en una guerra sin cuartel.
Hacíanse visibles sus fieros instintos, petrificados en plena juventud é
insensibles al paso del tiempo. Hablaba en valenciano á los muchachos,
regalándoles el fruto de su experiencia. Debían creerle á él, que había
visto mucho. En la vida, paciencia para vengarse del enemigo; aguardar
la pelota, y cuando viene bien, jugarla con fuerza. Y al dar estos
consejos feroces guiñaba sus ojos, que en el fondo de las profundas
órbitas parecían estrellas moribundas próximas á extinguirse. Delataba
con su malicia senil un pasado de luchas en la huerta, de emboscadas y
astucias, un completo desprecio por la vida de sus semejantes.
El maestro, temeroso de que esto quebrantase la moral de su gente,
cambiaba el curso de la conversación hablando de Francia, el gran
recuerdo del tío -Tomba-.
Era tema para muchas horas. Conocía aquel país como si hubiese nacido en
él. Al rendirse Valencia al mariscal Suchet, le habían llevado
prisionero, con unos cuantos miles más, á una gran ciudad: Tolosa de
Francia. Y mezclaba en la conversación, horriblemente desfiguradas, las
palabras francesas que aún podía recordar después de tantos años. ¡Qué
país! Allá los hombres van con unos sombreros blancos y felpudos,
casacas de color con los cuellos hasta el cogote, botas altas como las
de la caballería; las mujeres con unas faldas como fundas de flauta,
tan estrechas, que se les marca todo lo que queda dentro. Y así seguía
hablando de los trajes y costumbres del tiempo del Imperio, imaginándose
que aún subsistía todo y la Francia de hoy era como á principios del
siglo.
Mientras detallaba sus recuerdos, el maestro y su mujer le oían
atentamente, y algunos muchachos, abusando del inesperado asueto, iban
alejándose de la barraca atraídos por las ovejas, que huían de ellos
como del demonio. Las tiraban del rabo, cogíanlas de las piernas,
obligándolas á andar con las patas delanteras, las hacían rodar por los
ribazos ó intentaban cabalgarlas colocándose de un salto sobre sus
sucios vellones. Y los pobres animales en vano protestaban con tiernos
balidos, pues no los oía el pastor, ocupado en relatar con fruición la
agonía del último francés matado por él.
--¿Y como cuántos cayeron?--preguntaba el maestro al final del relato.
--Cuestión de ciento veinte ó ciento treinta. No recuerdo bien.
El matrimonio se miraba sonriendo. Desde la última conversación había
aumentado veinte franceses. Según pasaban los años se agrandaban sus
hazañas y el número de víctimas.
Los quejidos del rebaño llamaban finalmente la atención del maestro.
--Señores míos--gritaba á los audaces discípulos al mismo tiempo que
requería la caña--, todos aquí. ¿Se imaginan que no hay mas que pasar el
día divirtiéndose?... En este centro se trabaja.
Y para demostrarlo con el ejemplo, movía la caña que era un gusto,
introduciendo á golpes en el redil de la sabiduría á todo el rebaño de
pilletes juguetones.
--Con permiso de usted, tío -Tomba-: hace más de dos horas que estamos
hablando. Tengo que continuar la lección.
Y mientras el pastor, despedido cortésmente, guiaba sus ovejas hacia el
molino, para repetir allí sus historias, empezaba de nuevo en la escuela
el canturreo de la tabla de multiplicar, que era para los discípulos de
don Joaquín el gran alarde de sabiduría.
A la caída del sol soltaban los muchachos su último cántico, dando
gracias al Señor «porque les había asistido con sus luces», y recogía
cada cual el saquillo de la comida, pues como las distancias en la
huerta no eran poca cosa, los chicos salían por la mañana de sus
barracas con provisiones para pasar el día en la escuela. Esto hacía
decir á algunos enemigos de don Joaquín que el maestro era aficionado á
castigar á sus discípulos mermándoles la ración, para subsanar de este
modo las deficiencias de la cocina de doña Pepa.
Los viernes, al salir de la escuela, oían invariablemente todos ellos el
mismo discurso:
--Señores míos: mañana es sábado; recuérdenlo ustedes á sus señoras
madres y háganlas saber que el que mañana no traiga los dos cuartos no
entrará en la escuela. A usted se lo digo especialmente, «señor de...
tal», y á usted, «señor de... cual»--y así soltaba una docena de
nombres--. Tres semanas que no traen ustedes el estipendio prometido, y
así no es posible la instrucción, ni puede procrear la ciencia, ni
combatirse con desahogo la barbarie nativa de estos campos. Yo lo pongo
todo: mi sabiduría, mis libros--y miraba las tres cartillas que iba
recogiendo su mujer cuidadosamente para guardarlas en la vieja cómoda--,
y ustedes no traen nada. Lo dicho: el que mañana llegue con las manos
vacías no pasará de esa puerta. Aviso á las señoras madres.
Formaban los muchachos por parejas, cogidos de la mano--lo mismo que en
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