tal vez... No pudo seguir. Aquella mujer, que al principio parecía haber crecido con el estiramiento de la sorpresa, se contrajo de pronto y dejó escapar uno de sus brazos, pegados hasta entonces á su cuerpo. La mano se separó del muslo, chocando con una violencia instantánea y ruidosa en la cara del marqués. Vaciló éste bajo el ímpetu del golpe. Además, la sorpresa entró por mucho en su aturdimiento. Era una bofetada hombruna, un manotazo atlético... ¿Una mujer podía pegar así? Su desorientación y el dolor físico le hicieron olvidar el sexo del adversario que acababa de surgir enfrente de él. Además tuvo miedo de que el golpe se repitiese. El instinto de conservación le hizo defenderse y levantó una mano. La viuda Douglas cortó entonces su mutismo con una risa estridente, igual al frotamiento de dos pedernales. Veía cumplidos sus deseos: aquel hombre la trataba como un igual... Ahora su mano diestra se cerró, dura como una maza. La izquierda vino á situarse ante su rostro, con el codo en ángulo, como si colocase todo su cuerpo bajo la protección de un escudo invisible. Avanzó, partiendo el aire por dos veces con su brazo derecho. El puño cayó como una clava sobre el rostro de aquel hombre, magullando su nariz, enrojeciendo instantáneamente su boca. Una de las sortijas de la luchadora había cortado con su piedra los labios del enemigo. La mandíbula de éste pareció crujir bajo un tercer golpe y todo él se vino abajo, intentando al derrumbarse tocar á su ágil adversaria con una agitación inútil de brazos y piernas. Quedó de espaldas en el suelo, quiso levantarse y no pudo. La reina Calafia, con el cuerpo arqueado, los brazos en alto y los puños vigorosamente apretados, fijaba en él unos ojos de fría crueldad, dispuesta á repetir sus golpes tan pronto como le viese de pie otra vez... Pero acabó por desplomar su cabeza en la mullida tira de alfombra que cortaba el centro del pavimento, y lanzando una especie de ronquido, quedó inmóvil. Entonces, la amazona, con el implacable orgullo de la venganza, sin darse cuenta tal vez de lo que hacía, fijó su pensamiento en otro hombre, levantó un pie y puso su tacón alto y agudo sobre la boca del caído. IX Cómo la reina Calafia alabó la invención del automóvil Una semana había transcurrido solamente desde su instalación en la quinta de Alaminos, y ella se imaginó más de una vez, al rememorar el pasado, que llevaba varios meses viviendo en dicho lugar. En ciertos momentos hasta creía haber estado allí siempre, olvidando el suceso inicial que la impulsó á realizar tal cambio. Otras veces recordaba la inquietud de las dos primeras noches pasadas en esta quinta, sus largas horas de angustia, durante las cuales miraba con avidez los cristales de los balcones, deseando que blanqueasen bajo la claridad lívida del alba, como si la luz de un nuevo día pudiese traer para ella la certeza de la salvación de Florestán. Manteníase insensible en estas noches al sueño y al cansancio, leyendo en un sillón, sin saber ciertamente lo que leía, interrumpiendo su lectura para pasar una mano por la frente del herido, contestando con palabras de maternal arrullo á las incoherencias que la fiebre hacía surgir de su boca. Abría el joven sus ojos con momentánea lucidez en las altas horas nocturnas, mirando extrañado á la persona que se inclinaba sobre su lecho. --Soy yo--decía en voz queda la señora Douglas--. ¡Soy yo! Mas el enfermo volvía á juntar los párpados, avisado tal vez por un obscuro instinto de que aquella mujer era una figura de visión, una imagen de pesadilla, y lo mismo podría continuar viéndola con los ojos cerrados. Durante las horas meridianas, que eran las mejores para el herido, Rina y una enfermera venida de un sanatorio de Madrid se encargaban de su cuidado, y ella, vencida por el cansancio, intentaba dormir. Pero de pronto sentía la zozobra del que ve cortado su reposo por la sospecha de que sus asuntos están abandonados, é inmediatamente se levantaba para sustituir á sus dos reemplazantes, creyendo encontrar, al volver de tales ausencias, descuido y torpeza en torno al lecho del enfermo. En muchos años no había experimentado un contento de vivir igual al que sintió cuando dijo el médico que ya había pasado el peligro y no era probable aquella inflamación interna que tanto le inquietaba. La robustez y la juventud del paciente acelerarían su restablecimiento. Vió á Florestán más pálido y decaído que antes, sin la engañosa animación de la fiebre, pero esta debilidad le permitía apreciar mejor lo que le rodeaba. Sus ojos indecisos y velados, ojos de persona que despierta, se fijaron otra vez en la mujer que se movía junto á su lecho. Primeramente contemplaron aquellas manos bien cuidadas y fuertes, de acariciante suavidad, que arreglaban y alisaban el embozo. Creyó reconocerlas el herido por el óvalo elegante y sonrosado de las uñas, en forma de almendra, por las sortijas, basamento brillante de sus dedos. Luego su mirada siguió el curso de los brazos y la redondez del pecho, para fijarse últimamente en las dos pupilas negras, con reflejos de oro, lacrimosas de emoción, que parecían salir al encuentro de sus ojos. Ahora no podía dudar de que era un personaje real. Y ella, adivinando su pensamiento, dijo con voz suave y lejana, como un murmullo acuático: --Soy yo. ¡Sí, soy yo! Después de dos noches pasadas junto al lecho de un herido en delirio, no queriendo fijarse mas que en el presente para atender mejor las obligaciones que se había impuesto, negándose á pensar en el porvenir por miedo á ver ante sus pupilas la lenta palpitación de las alas de plomo de la muerte, iban á empezar para ella los goces de una convalecencia ansiada. No hay voluptuosidad física comparable á la del enfermo que vuelve á la vida y aprecia con cálculos enteramente nuevos el valor de la salud. Sólo pueden sentir esta misma alegría los que le defendieron con sus cuidados, los que lo disputaron á la muerte, y al acompañarle en sus primeros pasos á través de una segunda vida, saborean el orgullo del artista ante la obra propia gloriosamente realizada. La señora Douglas se sintió vivir en aquel caserón viejo, donde faltaban muchas de las comodidades elementales de la existencia moderna, con mayor placer que en los «Palaces» más famosos de Europa, que la tenían por cliente todos los años. Nadie podía venir á turbar su gozoso aislamiento con inesperadas intrusiones. El médico, viendo pasado el peligro, había tenido que atender á sus deberes en la ciudad y sólo hacía una visita diaria á la quinta. Mascaró no había vuelto. Se limitaba á buscar á este médico en Madrid para pedirle noticias del herido. No quería aprobar con su presencia la instalación de la señora Douglas en aquella casa, al lado de Florestán. El amigo de éste que había sido su padrino, sirviéndole además de emisario, se presentaba una vez al día para ofrecerse á cumplir en la ciudad todos los encargos que se le hiciesen. Cuando el simpático Alaminos supo que en su quinta había un herido, consideró necesario visitarle. Era «un deber entre caballeros y hombres de armas», como él decía. Pero al encontrar instalada en su casa á aquella dama fué discreto, limitándose á saludarla desde lejos, y desapareció sin dar á entender quién era. Luego los jardineros repitieron las palabras de su amo, haciendo saber á la señora Douglas que «podía disponer de la quinta entera como si fuese suya». El señor les había dado orden de obedecerla en todo. Después de este acto caballeresco, Alaminos, siempre simpático y amigo de sus amigos, fué contando en secreto á todos los que hablaban con él--exigiéndoles antes palabra de honor de que guardarían silencio--, cómo «aquella señora extranjera que guiaba su automóvil, aquella norteamericana buena moza, pero ya un poquito jamona, que lucía por las noches en las comidas del Ritz unos brillantes que quitaban la vista», se había instalado en su casa para cuidar á un herido. Era esto como un honor para su quinta, y no podía callarlo. Resultaba más fuerte que su discreción. En su propiedad habían sido curados muchos heridos; por dos veces habían sacado cadáveres del jardín en un carruaje, como si estuvieran desmayados, para que muriesen luego por segunda vez en sus viviendas propias; pero nunca se había quedado un herido á vivir en ella, cual si fuese un hotel ó un sanatorio, ni una gran señora le había asistido día y noche. Para el simpático Alaminos hubiese sido otro motivo de orgullo conocer el estado de ánimo de aquella extranjera. Encontraba diariamente nuevos encantos á este caserón, que era viejo sin ser antiguo, monótono, triste, sin más particularidad extraordinaria que las frías y exageradas dimensiones de sus piezas. Le parecía á la señora Douglas muy interesante aquella en que la habían instalado: un salón que era á la vez dormitorio, con muebles de caoba del estilo predilecto de los burgueses de París en tiempos del rey Luis Felipe y cama de igual madera, á la que afortunadamente le habían quitado los cortinajes de reps, polvorientos y abundosos en polillas. Este salón, como todas las habitaciones largamente deshabitadas y de tardío aireamiento, tenía un perfume de humedad, de atmósfera cerrada, un olor «de años». Las butacas vacilaban sobre sus patas inseguras. Durante la noche crujían las maderas y resonaba, agrandado por el silencio, el trabajo roedor de las carcomas abriendo túneles en las fibras leñosas. Los espejos lanzaban gemidos por su cara interna, como si fueran á abrirse círculos en el agua vertical de su luna, resurgiendo de este lago rectangular, duro y muerto, todas las imágenes reflejadas durante un siglo. En las paredes había retratos pálidos que databan del principio de la fotografía, y cuya tinta, negra en otro tiempo, tenía ahora un color rojizo de chocolate desleído. Eran damas de amplia falda á festones, ahuecada por el miriñaque, igual al casquete de un globo inflado, con una rosa en la diestra y una pequeña capota de bridas sujetas bajo la barbilla; caballeros de corto levitín, pantalón amplio en las perneras y muy ceñido al pie, de tela á grandes cuadros, el rostro con bigote y patillas, y al lado de ellos, sobre una columna, un sombrero de copa enorme. Debían ser los padres, los abuelos y otros parientes del dueño de la finca. Habían muerto sin duda muchos años antes, pero la señora Douglas consideraba muy atractiva la sociedad muda de tales fantasmas. Todos estos caballeros debían haber amado á las señoras con miriñaque. Y ellas, aspirando eternamente el perfume de la rosa que guardaban en una mano, les sonreían como mujeres satisfechas de la vida; porque en la vida encuentran todos una pequeña cosa frágil, que se renueva incesantemente, y se llama amor. ¡Qué gentes tan simpáticas!... Además, aquel jardín abandonado, que era á la vez huerta y terreno baldío, le parecía todas las mañanas más hermoso. Al bajar á él salían á su encuentro nuevos motivos de admiración. En invierno, esta tierra dura, áspera y blancuzca sería repelente bajo el pie. Ahora, la primavera, que da para todos, caldeaba sus anémicas entrañas, haciendo surgir flores comunes y vistosas de los bancales arañados por el jardinero, cubriendo además con una vegetación gratuita y espontánea el suelo abandonado. Iba ella por los senderos, ó bajo los vetustos árboles de las alamedas, con la misma alegría de su juventud en Monterrey, cuando despertaba en el «rancho», varias veces hipotecado, último vestigio de la riqueza de los Ceballos. Con la habilidad de una mujer que ha nacido en el campo, combinaba las hierbas y las flores del jardín de Alaminos hasta formar un gran ramo, y subía con él á la habitación del convaleciente para ofrecérselo como un saludo matinal. Lo aspiraba el joven con delicia, mirando al mismo tiempo á su portadora. Abarcaban sus manos el haz florido, pero al hacer esto iban en busca de las manos que lo sostenían, prolongando el contacto en un largo silencio. Ella, deseosa también de prolongar este contacto, tenía que hacer esfuerzos para no gemir de dolor. Disimulado por la manga de su brazo derecho, un fuerte vendaje oprimía su muñeca. Todo movimiento rápido, todo roce violento, la hacían recordar inmediatamente ciertos puñetazos que habían quebrantado su antebrazo y sus dedos. Pero sobreponiéndose á esta tortura pasajera, procuraba olvidarla, mostrándose alegre por el restablecimiento del herido. Sentía además la voluptuosidad del sacrificio al pensar que este dolor lo sufría por Florestán. Al recobrar el joven la completa percepción de cuanto le rodeaba, había entretenido el tedio de sus largas permanencias en el lecho esforzándose por evocar y coordinar muchas imágenes entrevistas en su delirio, apartando los disparates de la pesadilla de lo que bien pudieran ser cosas reales, turbiamente contempladas á través de la fiebre. No había sentido una sorpresa extraordinaria al darse cuenta de que la señora Douglas existía junto á su lecho bajo las formas tangibles de un ser real. Estaba seguro de haberla visto antes, en algunos claros de su delirio, cuidándole con maternales caricias. Una sensación resbaladiza de agua fresca y murmurante pasaba por su cuerpo ardoroso de afiebrado al sentir el contacto de sus manos suaves y escuchar lejana, muy lejana, la música de su voz. Había visto su rostro y sentido sus manos. Esto le parecía indiscutible; pero vacilaba al evocar otros recuerdos más indecisos de su delirio. Creía haber sido besado en la frente repetidas veces durante este delirio: besos de unos labios arqueados hacia abajo por el desaliento y el dolor; besos de una boca llorosa que no se parecía en nada á la boca de las horas felices. Ésta, al reir, elevaba siempre sus comisuras como si fuesen alas rosadas, formando un arco de puntas salientes y temblonas... Mas como no tenía certeza de la realidad de tales caricias, sus ojos preguntaban á su cuidadora con muda interrogación el secreto de este recuerdo confuso, y ella, como si adivinase su pregunta, volvía el rostro, procurando no verlos. En ciertos momentos sentía la señora Douglas un deseo de estar sola para paladear mejor aquella especie de embriaguez interna que la animaba, infundiéndola nuevas energías, haciéndola ver con distintas formas y colores los seres y las cosas. Y dejando confiado el convaleciente á Rina ó á la otra mujer, bajaba al mediocre jardín, que era ahora para ella como un lugar de seductores encantamientos. Su vegetación descuidada, sus islotes de álamos, en los que se refugiaban los pájaros huyendo de los yermos próximos, ofrecían un ambiente favorable á sus ideas y deseos. Había descubierto un nuevo sabor á la existencia. Hasta pocas semanas antes la vida le parecía sin objeto, con una finalidad material, estrecha y monótona, que no valía la pena de ser tenida en gran consideración. Le avergonzaba hacer memoria de cómo había vivido hasta entonces. Viajar, comer, ponerse vestidos nuevos; sentir halagado su orgullo por la envidia ó la admiración de otras mujeres; asistir á fiestas que las más de las veces eran aburridas y no interesaban su curiosidad, como al principio de su instalación en Europa; gozar las voluptuosidades materiales de la riqueza, la certidumbre de poder cumplir sus deseos, la vanidad de la potencia, la tranquilidad de un porvenir á cubierto de las humillaciones de la pobreza, de las inquietudes del futuro, de los caprichos de la desgracia: esto era todo. ¿Y ella había podido vivir así, contenta?... Ahora tenía algo que no le habían proporcionado nunca el lujo y la riqueza. «Sé para lo que vivo--pensaba--. Conozco por primera vez qué es lo que quiero.» Siempre le había parecido el amor algo vulgar y engañoso, útil solamente para entretener á los pobres y á los débiles, consolándolos de su posición inferior, haciéndoles llevadera su desgracia. También servía de pretexto á otros para disfrazar sus corrupciones con una falsa poesía. Mas los fuertes, los que forman la verdadera aristocracia humana, estaban enterados de todos estos engaños y los evitaban, menospreciando el llamado amor. Ella deseaba ser fuerte, y sentía el orgullo de pertenecer á este grupo selecto de gentes superiores. Lo distinguido en la existencia era mostrarse inmune para el amor; calamidad igual á la guerra y á las grandes epidemias; desgracia que se ceba en el pobre rebaño humano; sentimiento útil únicamente para los seres faltos de personalidad, que no pueden seguir el camino de la vida solos, por sus propios pies, y necesitan apoyarse en otro ser ó en varios para llegar al término de su jornada; delicia de la que todos hablan y que se pierde á los pocos momentos de haberla conocido; dulzona emoción que pone melancólicas y hace llorar á las mujeres con alma de modista... Pero ahora, viviendo en una quinta medio abandonada, junto á un suburbio de los más feos de Madrid, creía haber nacido á una vida nueva y superior, encontrando egoístas y perversos los pensamientos que la habían acompañado durante la mayor parte de su existencia, avergonzándose de ellos como si fuesen amigos desenmascarados á última hora como temibles criminales. Juzgaba estúpido haber pretendido librarse del amor porque es una pasión general, y todos en la tierra, poderosos y humildes, buscan conocerla, aunque sea una sola vez en su historia. Las grandes pasiones que ennoblecen nuestra vida son simples, elementales y comunes, saltando por encima de clases y privilegios. Ciertamente, el amor resulta las más de las veces vulgar y risible visto desde lejos, porque vulgares y risibles son igualmente la mayor parte de los humanos; pero los seres escogidos que forman la aristocracia de la vida, al penetrar en el amor, lo ennoblecen y continúan siendo dentro de él una brillante excepción. Además, ¿por qué debía creerse ella diferente á los otros mortales?... De seguir manteniéndose en su antiguo y orgulloso aislamiento, habría acabado por convertir este aislamiento en un privilegio triste, igual al de los monstruos que se sienten orgullosos del terror y el vacío que siembran alrededor de ellos. La pobre Rina, en su pobreza mental, había visto más claramente la verdadera finalidad de la existencia, y por eso buscaba con empeño aquel amor que se escabullía ante sus pasos. Recordaba la antigua novela enviada por Mascaró, que ella había leído pocos días antes. La reina Calafia, satisfecha de su fuerza y su castidad guerrera, aborrecía á los hombres, riñendo con ellos en los combates ó matándolos cuando penetraban en sus dominios. Pero un día, al conocer la reposada hermosura del héroe primaveral, del Caballero de la Gran Serpiente, pedía socorro á sus dioses, sintiendo cómo se deslizaban sobre su alma las piezas rotas de la armadura de su austeridad. La soberana de California se había mostrado dispuesta á olvidar su patria y renegar sus creencias por no perder al hombre amado. Ella estaba allí olvidada de su historia, de todas las preocupaciones y respetos sociales, ocultándose como si cometiera una mala acción, para cuidar á un herido... ¿Qué no haría ella por Florestán? Cantaba la primavera en su alma; una primavera más hermosa que la que hacía florecer la tierra ante sus pasos. Su amor iba á ser doble, un amor más grande que el de las otras mujeres. La diferencia de edad, en vez de inspirarle inquietud, la animaba y enorgullecía con repentino optimismo. Podría ser para él, á un mismo tiempo, una amante y casi una madre. Su amor se compondría á la vez de cariño y de protección. Pero inmediatamente su coquetería de mujer la impulsaba á modificar este privilegio un poco melancólico que le confería el paso del tiempo. Ella era joven porque nunca había conocido el amor y llegaba á la primera pasión de su vida con la simplicidad del catecúmeno que pisa temblando el umbral del templo, repleto de misterio. Su alma era de virgen. Otras, orgullosas de su carne intacta, tenían el espíritu manoseado y aviejado por el trato astuto con el amor. Ella amaba por primera vez. Su esposo había sido un amigo, de más años y mayor conocimiento de la vida; un compañero de marcha que la guió y la protegió. Guardaba de él un buen recuerdo; en su trato mutuo hubo siempre estima y ternura, pero no amor. Si alguna vez el amor cruzó su existencia--y este recuerdo la hacía sonreír--, había sido en los albores de su pubertad, cuando el ingeniero Balboa estuvo en California. El padre había pasado por la mañana de su vida como un precursor silencioso. Aquel interés fugaz despertado en la muchachita de Monterrey era la anunciación inconsciente de otro más grande y duradero que había de inspirar una copia física de su propia persona. A Concha Ceballos no se le ocurrió poner en duda una sola vez que su amor era aceptado por aquel hombre que estaba herido en su lecho, cerca de un balcón que ella miraba instintivamente mientras continuaba sus paseos. Había adivinado este amor en los ojos de Florestán mucho antes de que ella estuviese convencida de la existencia del suyo: cuando la acompañaba el joven en las calles de Madrid ó iba á su lado en el automóvil por las carreteras polvorientas, para visitar catedrales vetustas y monasterios abandonados. Inquieta por la importancia que iba adquiriendo en su vida y la necesidad creciente de encontrarse con él, había intentado disminuir las ocasiones de verlo. Luego se arrepintió de su resolución al darse cuenta de la tristeza desorientada de Florestán, de su desaliento de niño abandonado. No existía entre los dos una sola palabra de amor; pero el joven, al ver que ella evitaba su presencia, había mostrado la misma desesperación que si fuese víctima de una infidelidad. Además, su odio á Casa Botero y aquel desafío inesperado valían por una declaración amorosa. Segura de la conformidad de Florestán, edificaba su vida futura con las facilidades del que se mueve en un mundo imaginario y siente enérgicamente sus deseos, menospreciando de antemano todo lo que puede oponerse á su realización. Ella era libre y Florestán también. Recordaba ahora cómo al darse cuenta por primera vez del afecto que le inspiraba este hombre, se lo había hecho saber en la obscuridad nocturna de un paseo, yendo de un hotel á otro. La alegría del champaña le había impedido disimular, soltando su palabra de las ligaduras de la prudencia. «¿Qué hace usted aquí? El mundo es grande.» Se marcharían los dos por ese mundo inmenso, convirtiendo la tierra entera en jardín de su felicidad. Dejarían á Rina en cualquier parte, como un equipaje molesto, para seguir con mayor desembarazo sus peregrinaciones caprichosas. Florestán trabajaría ó no trabajaría, según fuese su deseo. Si le atormentaba la necesidad de acción que sienten los hombres fuertes, irían á California, para que la emplease en los negocios de su mujer. Ella era rica para los dos... Y al ir armando de este modo el edificio de su vida futura, el egoísmo del amor sólo le dejaba ver en todo el universo á una pareja de seres: ella y Florestán. Los demás eran fantasmas. De pronto se acordó de cierto padre que estaba enfermo... ¡Pobre Balboa! Ella cuidaría de su porvenir; y organizó mentalmente su existencia con la misma prontitud que había resuelto el destino de Rina. Vió luego, más lejos, muchísimo más lejos, á don Antonio Mascaró y á las mujeres de su familia. Pero esta visión remota é incierta se esfumó inmediatamente bajo un manotazo egoísta de su voluntad. Ella tenía derecho á ser feliz, como cualquiera otra mujer. ¿Iba á sacrificarse siempre por los otros?... Toda su atención era para el personaje único á través del cual veía lo existente. Había crecido tanto, ¡tanto! dentro de ella, que ocupaba todo su horizonte mental. Las ciudades más enormes, las montañas más altas, los océanos, le parecían sin realidad comparados con Florestán. Como lo tenía junto á sus ojos, lo llenaba todo, eclipsando al universo entero, humillado é invisible á sus espaldas. La consideración de esta grandeza le hizo sentir de pronto el deseo de ver á su dios, y con la precipitada inquietud del que teme una burla del destino, subió al dormitorio. ¡Quién sabe lo que puede ocurrirle á un enfermo mientras se vive lejos de él!... Al llegar á la puerta de dicha habitación sonrió tranquilizada, viendo el aspecto alegre del joven. Él también había estado pensando durante su ausencia en el porvenir de los dos. Cuando Florestán pudo, una mañana, abandonar el lecho y sentarse por algunas horas en un sillón, creyó la señora Douglas que iba á terminar su ocultamiento en aquella quinta, empezando inmediatamente el viaje de amor por el mundo entero. Al arreglar una almohada en el respaldo del asiento para mayor comodidad del joven, éste le tomó ambas manos. No osaba manifestar sus deseos valiéndose de palabras, pero después del duelo y de su herida sentíase con mayores audacias para la acción. Esta torpeza verbal le hacía abominar de su timidez, y al mismo tiempo gustaba de prolongar dicho silencio contemplando su propia imagen en el espejo convexo y obscuro de las pupilas de ella, mientras oprimía dulcemente sus manos. Así permanecieron largo rato... Y al fin murmuró, como si formulase una oración repleta de súplicas: --¡Si usted quisiera!... Lo mismo que cuando yo estaba enfermo... Aunque sea en la frente. Ella le comprendió, y considerando impropias en tal momento preguntas y explicaciones, fué avanzando con lentitud su boca hasta posarla en la frente del joven. Luego, obedeciendo á un tirón instintivo de éste ó dejándose llevar por la inconsciencia del propio deseo, la boca fué bajando para unirse con la de Florestán, que subía ávida á su encuentro. Tenía esta boca varonil un perfume químico de medicamentos recién absorbidos, pero Concha dejó inmóviles sus labios sobre ella, como si al aspirar con deleite el olor de drogas gozase la voluptuosidad del sacrificio... Su prudencia la sacó con violento tirón de esta embriaguez naciente. --Ahora no... Piense en su estado. No seamos locos. Guardaban los dos al separarse un sentimiento de mutua gratitud, y cuando otras personas entraron en la habitación, este agradecimiento siguió manifestándose con largas miradas y palabras insignificantes en apariencia, que expresaban para ambos el mejor recuerdo de su vida. Después de pasadas las horas meridianas el enfermo volvió á acostarse por consejo del médico, que había venido á hacerle su visita diaria. No debía cometer imprudencias. En los días sucesivos podría estar levantado más tiempo. Antes de una semana bajaría al jardín, y tal vez transcurridos quince días abandonaría para siempre aquella casa. Cuando se fué el médico y Florestán quedó confiado á la enfermera, pudo la señora Douglas sentarse á la mesa con Rina, en el comedor de la quinta. Las dos ocupaban un extremo de esta mesa, en la que comían en otros tiempos más de veinte convidados. Nunca había visto Rina á su amiga de tan buen humor como en el momento presente. Reía todas las palabras de ella y de la jardinera, ocupada en servir la mesa. Admiraba con un fervor entre bondadoso y burlesco los cuadros representando frutas y otros comestibles que adornaban aquella habitación: lienzos ya resquebrajados, sobre los cuales un pintor de «bodegones» había ido fijando ingenuamente sus fantasías gastronómicas. Hasta se sirvió la viuda un vaso de cierto vinillo claro de la Mancha que la hortelana ponía sobre la mesa por ornamento tradicional, pues en ninguno de los días anteriores había llegado á ser destapada la botella. Canturreaba entre plato y plato, mirando maliciosamente á Rina. --Pronto nos iremos de aquí. Nuestra vida va á transformarse. Ya estoy cansada de que vaguemos de un lado á otro de la tierra como dos gitanas, teniendo que defendernos de los que nos toman por lo que no somos. Creo que me voy á casar... No parpadees; no pongas esa cara de hipócrita. Demasiado sabes con quién... Y tú te casarás lo mismo que yo. No sé cuál será el dichoso mortal á quien le toque esa suerte; pero te casarás, te lo prometo. Si es preciso te compraré un marido; y si no te parece bien el primero, te compraré un segundo... La entrada de la jardinera trayendo un gran plato contuvo á la dama, que, enardecida por sus propias palabras, sentía un deseo pueril de lanzar expresiones atrevidas. De pronto forcejeó en un dedo de su mano izquierda, mostrando luego entre las yemas de tres dedos de su derecha una sortija con un grueso diamante. --Tome usted; para que se acuerde de mí y de este día. Y alargó el brazo, dejando caer dicha joya en una mano de la pobre mujer, que acababa de colocar su plato sobre la mesa. --¡Jesús me valga!... Pero ¿qué voy á hacer yo con eso, señorita?... Semos unos pobres, y las cosas tan ricas no son pa nosotros. Insistió la viuda, con la gozosa violencia del que desea hacer partícipe á todos de su dicha. --Guárdela ó véndala... lo que más le convenga. Así se acordará siempre de mí y del señorito Florestán. Acabó la jardinera por introducir la sortija hasta la mitad de uno de sus dedos--no podía entrar más allá--, y contemplando las luces multicolores que lanzaba el diamante al mover ella su mano, prorrumpió en una carcajada igual á la de los seres primitivos ante las cuentas de vidrio y otros objetos brillantes y de escaso valor ofrecidos por los exploradores al desembarcar. Luego, como espoleada por su emoción, salió corriendo, y sus risas se perdieron escalera abajo. Necesitaba enseñar á todos este regalo inaudito. Pasó la viuda las primeras horas de la tarde en agradable reposo. Era aquella comida la primera que había hecho tranquilamente desde que estaba allí. Además, iba paladeando en su pensamiento la certeza de su dicha futura. Veía el porvenir como una felicidad rectilínea que avanzaba hasta perderse en el infinito, sin altibajos, sin tener que abrir túneles ni echar puentes á través de los obstáculos del destino. Florestán dormía, algo fatigado por el esfuerzo hecho horas antes al levantarse por primera vez, y las dos amigas conversaban en una habitación inmediata. Rina, que casi todos los días se trasladaba á Madrid para hacer compras y buscar en el hotel lo que iban necesitando de su equipaje, habló de cuanto había visto en estas rápidas visitas. Pareció interesarse la amazona por noticias que el día anterior hubiese acogido con indiferencia. Al sentirse feliz empezaba á mostrar curiosidad por el mundo que había dejado á sus espaldas. Pensó en Casa Botero sin animadversión. Hasta sonrió un poco recordando cómo había terminado su última entrevista. ¿Qué sería de él?... Lo había dejado tendido ante su puerta, y cuando Rina vino á buscarla, media hora después, ya no vió á nadie en el pasillo. --¿En ninguno de tus viajes has encontrado á tu amigo el italiano?... Contestó Rina negativamente. Tal vez se habría ido de Madrid, al no poder averiguar el paradero de Concha. En el Palace Hotel todos creían que la señora Douglas estaba viviendo por unos días en Toledo. Sintió la californiana una fuerte tentación de relatar á su compañera lo ocurrido junto á la puerta de sus habitaciones. Le impulsaba á esta confidencia su orgullo de amorosa. Era oportuno que Rina se enterase de cómo había tratado ella al hombre que hirió á Florestán. Se explicaba su desaparición. Indudablemente, al volver en sí y levantarse del suelo, no le habían quedado ganas de buscar otra vez á Concha Ceballos, la viuda millonaria. Y pensando esto, miró instintivamente por la abertura de una de sus mangas el vendaje que oprimía la muñeca de su brazo derecho. Cuando empezó á hablar, no pudiendo reprimir la sonrisa maligna que despertaba en ella el recuerdo de tal episodio, se presentó la hortelana para anunciar en voz baja y con misterio: --Abajo hay una señorita que quiere decirle una palabra. Acogió la viuda esta noticia con extrañeza. Debía ser un error. ¿Qué señorita conocía ella que pudiera venir á buscarla en la quinta de Alaminos? ¿Cómo sabían que vivía aquí?... Pero la mujer siguió dando explicaciones. --La conoce á usté y ha dicho su nombre. Es una señorita muy jovencita que no parece extranjera. Pa mí que es de Madrid. Le he pedido que me diga cómo se llama, y contestó nones. Dice que usté la ha visto otras veces, y que necesita darla una razón... La pobre da lástima. ¡Si usté hubiese oído cómo me pidió que la dejase entrar!... Debe verse en alguna necesiá. Había llegado con otra de sus mismos años, en un automóvil del alquiler que permanecía fuera del jardín. --Su compañera está en el auto, y la única que ha entrao es la que quiere verla á usté. Preocupada la señora Douglas por esta visita, fué á uno de los balcones, pero no vió á nadie en la vieja alameda que conducía de la verja de entrada hasta la casa. Debía estar en las cercanías del edificio y no alcanzaba á verla desde allí. Se decidió á bajar al jardín. Por una precaución irreflexiva, creyó preferible esto á dejar subir á la visitante hasta las habitaciones del primer piso, donde estaba Florestán. Rina se ofreció para hablar á la desconocida. Tal vez había venido por un error de dirección, y ella se encargaba de despedirla. Pero la viuda insistió en bajar. Aquella joven había dado su nombre claramente y era á ella á quien buscaba. Avanzó por el jardín, mirando á un lado y á otro, sin ver á nadie. Luego sonaron unos pasos leves y rápidos detrás de ella, y al volver sus ojos vió cómo surgía entre dos grupos de bojes recortados en forma de muro una jovencita vestida con modestia, que á ella le pareció de excesivo rebuscamiento. Era la señorita que desea, á medias nada más, ser confundida con una doncella de servicio que ostenta sus ropas de domingo. Inmediatamente la reconoció Concha, con una sorpresa que parecía ir más allá de los límites de su imaginación. Todo hubiera podido suponerlo menos esta visita. La hija de don Antonio Mascaró. --¡Señora!... ¡señora! Repetía balbuciente la misma palabra, como si no pudiese encontrar otra para seguir expresando sus pensamientos. Estaba intensamente pálida, le temblaban las manos, y de pronto se llevó éstas á sus ojos, rompiendo á llorar. La señora Douglas, atolondrada por la aparición de la joven y su llanto inexplicable, le tomó las manos para atraerla á ella. Consuelito hizo un movimiento de repulsión, pero luego se dejó vencer por las manos acariciantes de la señora. --No puedo hablar--dijo al fin con voz gimiente--. Al venir he pensado muchas cosas... ¡muchas! para decírselas á usted, y al verla no sé qué pasó por mí que lo he olvidado todo... ¡todo! Mantuvo un momento sus ojos lacrimosos fijos en los de ella, con expresión implorante, y añadió: --¡Hacerme tanto daño, cuando la he querido siempre!... Ahora mismo me ha bastado verla para reconocer otra vez que no puedo odiarla. Al hablar iba recobrando su memoria. Acudían en tropel los pensamientos que la habían empujado y acompañado hasta poco antes. --No diga á nadie que he venido, señora. Mi madre nunca hubiese hecho esto; pero yo soy otra cosa: pertenezco á otra generación; soy una «modernista», como ella dice, y he creído mejor hablar con usted francamente, en vez de aborrecerla y maldecirla desde lejos... Usted es buena, y tengo la esperanza de que me escuchará... Pero otra vez pareció caer la noche en su pensamiento, y volvió á llorar, como arrepentida de la decisión que le había impelido hasta allí. Concha Ceballos la llevó cariñosamente á un banco próximo, y en él tomaron asiento las dos. Estaba tan pálida como aquella visitante inesperada. Había en sus ojos una expresión de zozobra y de miedo. Incitaba á la joven á que hablase, y al mismo tiempo temía sus palabras. Fué explicando Consuelito con alguna incoherencia y largas pausas cómo había nacido en ella el deseo de realizar esta visita. Desde el primer momento le parecieron inadmisibles las vagas noticias de su padre sobre aquel viaje hecho por Florestán en compañía de la señora Douglas. Luego, algunas amigas envidiosas, para gozarse en su dolor, le habían hecho conocer la verdad á medida que iban adquiriendo nuevos datos por los hombres de sus familias. En Madrid circulaban las nuevas con la misma rapidez fácil que en un villorrio. Eran muchos los que sabían lo del duelo y la herida grave de Florestán. Además, el simpático Alaminos había contado en secreto á más de doscientas personas la instalación en su finca de aquella extranjera rica y elegante, para curar al herido. Una escena de novela, como sólo de tarde en tarde puede verse en la realidad. Hacía varios días que la joven estaba enterada de todo esto. En vano, hablando aparte con su padre, apeló á diversas insinuaciones para que éste le dijese la verdad. Don Antonio mantuvo con firmeza lo del viaje, intentando desbaratar las sospechas de Consuelito. La madre, afortunadamente, estaba menos informada que la hija, limitándose á murmurar contra las señoras «modernistas» que se llevan de viaje á mozos solteros y con novia. Y la señorita Mascaró sólo podía dejar de fingir, dando expansión unas veces á su cólera y otras á su desaliento, en compañía de una amiga fiel que había sido su camarada de clase cuando ella estudiaba el bachillerato. Esta amiga, que seguía sus cursos en la Universidad y consideraba todas las cosas con una energía varonil, le había sugerido la idea de ir á la quinta de Alaminos para hablar á la señora Douglas. --Esta tarde, como el que toma una resolución desesperada, nos hemos metido las dos en un automóvil... ¡y aquí estoy! Confieso que la he odiado mucho. Le he dicho cosas muy duras de noche, cuando, estando en mi cama, hablaba con usted... Pero ahora que la veo ya no sé qué decir. Quedaron las dos en silencio. Tampoco la viuda mostraba deseos de hablar. La hija de Mascaró hizo un gesto como si hubiese encontrado al fin la palabra deseada, y dijo humildemente: --Señora, ¡déjemelo! A partir de este momento, fué ella la que tuvo mayor serenidad, animándose con el sonido de su palabra, cada vez más fácil, expresando sus deseos con una facundia creciente, igual á la de su padre. Comprendía y hasta disculpaba el afecto que aquella señora podía sentir por Florestán. Como ella le amaba, le parecía por lo mismo ordinario que todas las mujeres, absolutamente todas, mostrasen interés por él. Pero Florestán no era un hombre para la señora Douglas. Sus palabras revelaron sinceramente la admiración que había inspirado á la joven esta gran señora, procedente de un mundo de privilegiados que tal vez ella no conocería nunca. Todo lo que Consuelito podía imaginar de esplendores y refinamientos de vida lo concretaba en su persona. Era la única millonaria de existencia cosmopolita, la única mujer de novela--como decía su padre--que ella había visto de cerca. Otros hombres debían interesar á esta dama poderosa. El pobre Florestán sólo tenía su juventud, y era ella, la camarada de su infancia, la admiradora desde la época en que jugaban juntos en los paseos, la que mejor podía acompañarlo en la existencia modesta y dulce para la que habían nacido los dos. --Yo no podré querer á ningún otro, estoy segura de ello. Mi vida es tan pequeña, tan poca cosa, que únicamente tiene cabida para un solo hombre, y si me quita usted á Florestán, esta humilde vida mía habrá terminado... antes de empezar. Usted corre el mundo, señora; usted es rica; los hombres la admiran, ¡y encontrará seguramente tantos otros!... ¡Para qué tomarle á una pobrecita como yo lo poco que posee!... Luego, bajando la voz y los ojos, como si se avergonzase de sus palabras, volvió á hablar con voz balbuceante. Titubeaba lo mismo que el que teme dar pasos en falso y hace cálculos antes de avanzar un pie. --Sé bien la diferencia que existe entre nosotras. Usted es hermosa y elegante; yo soy una cosita de nada, á su lado. Un hombre no vacilaría entre las dos, estoy segura de ello. También tengo la certeza de que nunca llegaré á ser como usted... ¡Pero Florestán es tan joven!... Además, el tiempo pasa aprisa, y nunca seremos mañana como somos hoy. Fué la señora Douglas la que se apresuró á hablar ahora, cortando el nuevo curso de las palabras de su visitante. Acarició con cierta melancolía sus manos, luego su rostro, y por unos momentos puso la cabecita de la joven sobre uno de sus hombros. --¡Pobrecita mía!... ¡pobrecita mía! Conmovida por esta caricia, derramó Consuelo nuevas lágrimas. --¡Pobrecita mía!--murmuró otra vez la viuda--. ¡No llore usted! De pronto apartó de ella á la joven, mirándola con ojos menos afectuosos. No había hostilidad para la otra en esta mirada. Sus pupilas reflejaron únicamente la tristeza del que acaba de tropezar inesperadamente con un obstáculo, obra de las potencias ciegas y fatales que cambian bruscamente el curso de nuestra existencia. --Váyase, niña--dijo con voz severa--. Ya me ha dicho usted todo lo que necesitaba decirme... Ya sé todo lo que debo saber. Obedeció Consuelito, poniéndose de pie. Luego quedó indecisa, mirándola con ojos interrogantes. --Váyase--repitió la señora--. Piense que el otro está arriba. Puede asomarse y verla. Esta posibilidad, en la que no podía creer la viuda, sirvió para que la joven sintiese otra vez el miedo á que se enterasen los demás de su visita. Pero todavía antes de marcharse repitió su mirada interrogante. --Váyase. Pronto tendrá noticias mías. No sé... tal vez mañana. Pero ¡ay! déjame sola. Y sin ocuparse de lo que pudiera hacer la hija de don Antonio, sin mirar si permanecía en el jardín ó se marchaba, Concha Ceballos quedó en el banco, con la cabeza baja apoyada en ambas manos. Las horas, tornadizas y elásticas en sus dimensiones según el estado de nuestro ánimo, pasaron para ella con una rapidez cinemática, como si se atropellasen las unas á las otras en vertiginosa sucesión. De todo lo que había hablado aquella joven sólo quedaba esto en su memoria: «Usted es hermosa y elegante. Entre las dos un hombre no puede vacilar. Pero el tiempo pasa y... ¡él es tan joven!» La juventud la irritaba ahora, como esos privilegios injustos que dan mayor brillantez á la existencia de unos para que resulte, por la rudeza del contraste, más obscura y desesperada la situación de los demás. ¿Por qué no era el tiempo idéntico para todos, haciendo crecer á la vez las diversas vidas y segándolas igualmente, como las mieses que surgen y mueren en masa sobre los surcos?... ¿Por qué habían de vivir los humanos la existencia desordenada y desigual de las selvas, donde unos árboles elevan su fanfarrona verdura juvenil junto á los troncos roídos, próximos á desplomarse, de los gigantes leñosos que conocieron siglos enteros de primaveras?... Con la incertidumbre del navegante que al echar la sonda teme encontrar demasiado pronto el fondo, intentó profundizar en el tiempo que llevaba vivido. ¿Cuántos años tenía ella y cuántos aquel hombre que estaba arriba, herido, en una cama? Tal vez el tiempo interpuesto entre los dos no pasaba de diez años; tal vez doce... Era la diferencia, más ó menos, que la separaba á ella de aquel ingeniero Balboa que había sido su primer amor en Monterrey. Se encontraba actualmente como á mitad de camino, entre el padre y el hijo. ¿Qué son diez ó doce años de diferencia para dos seres que poseen la fuerza y la salud de una vida bien cultivada?... Aquella joven había dicho simplemente la verdad, sin halago alguno. Entre las dos mujeres un hombre no podía vacilar. Poseía la otra el encanto de una juventud aún primaveral. Pero ella también podía considerarle joven. Su hermosura no tenía la acidez blanca de la aurora; era esplendorosa como las horas meridianas, suave y dorada como las de la media tarde. Además la seguían como obedientes pajes para sostener la cola de su majestuosa belleza, el dinero, el lujo, los refrescamientos juvenciales de la higiene, todo lo que la vida moderna ha inventado para prolongar las gracias de la mujer. «Sí; eso aún es hoy... ¿pero mañana?» Persiguiendo á la voz burlona que repetía estas palabras en su interior, Concha Ceballos fué asomándose valerosamente sobre la cumbre de ese «mañana», y después de contemplar la lobreguez del barranco que se abría al otro lado, se indignó contra ella misma por sus enternecimientos de los días anteriores, por la ilusión que la había hecho cantar y reir horas antes. ¿Dónde tenía su cabeza ella, que era considerada por muchos como una mujer de pensamiento seguro y preciso, igual al de los hombres que realizan las grandes empresas?... Una diferencia de diez años de edad no era para aterrarla en el presente. Además, la juventud de los hombres siente muchas veces una curiosa atracción hacia la hermosura femenil próxima á su ocaso. Pero al transcurrir diez años más, él continuaría siendo joven, mientras ella intentaría en vano mantenerse inmóvil ante la horrible puerta de la vejez, resistiéndose á pasar su umbral, volviendo el rostro al negro é invitador vacío que dejaban visible sus hojas abiertas y que acabaría por tirar de ella con la reptilina succión de una boca desdentada. Los esfuerzos que habría de hacer para defenderse le inspiraban mayor miedo que su propia decadencia. ¡Qué tormento ver á todas horas la juventud desesperadamente inmutable de su esposo y contemplar en secreto la muerte lenta y continua de su hermosura! ¡No poder vivir tranquila y descuidada; tener que vigilarse en todo momento, saltar del lecho con la presteza del que necesita ganar su pan, para realizar en el tocador, durante horas y horas, un sinnúmero de operaciones químicas y pictóricas antes de ver al compañero de su existencia!... Y tantos esfuerzos y trabajos para un resultado incierto. Los aliños y afeites dejarían escapar al fin el triste secreto de su disfraz. Sorprendería muchas sonrisas irónicas en las gentes, que pueden respetar á una mujer cuando envejece sola, pero ven en su miseria física un motivo de burla si intenta prolongar la juventud para que no huya de ella el amor... Se aterró al imaginarse esta existencia de mentiras y zozobras. Además pensó en la otra, en la que había estado sentada á su lado en aquel mismo banco, llorosa, suplicante, admirándola ingenuamente, pero sintiendo al mismo tiempo el orgullo de sus pocos años, el privilegio fugitivo de su virginidad. Tenía razón. ¿Cómo ella, que había sido en la vida una afortunada, poseyendo finalmente todo lo que la hace grata y envidiable, podía arrebatar á esta pobrecita la única ilusión de su mediocre porvenir, la sola alegría de su existencia?... ¿Con qué derecho iba á partir la órbita de estos dos seres destinados á moverse en un espacio limitado?... Esta pareja empezaba su marcha, viendo su sendero todavía obscurecido por el misterio de las incertidumbres y las aventuras que guarda el porvenir. Ella estaba ya en el término de una carrera triunfal, y sólo le restaba gozar lo conquistado en la primera parte de su historia. Había dejado perder su turno para aproximarse al amor. No lo buscó ó le volvió la espalda cuando era el momento de contestar á sus invitaciones... ¿Por qué intentaba ahora dar un salto atrás, deseosa de reparar su olvido, para ocupar el lugar de la otra, llegada al mundo mucho después de ella y que exigía su porción correspondiente en la mesa de la vida, su parte de ilusión y de amor reservada á toda juventud?... Imaginó por un momento la posibilidad de que estando en Monterrey, cuando tenía los años de la hija de Mascaró, hubiese amado á un compañero de su niñez, tan pobre como ella, concretando su porvenir entero en la esperanza de casarse con este hombre, tener hijos de él, una casa modesta y cómoda... nada más para el resto de su existencia. Y de pronto llegaba una gran señora que lo poseía todo, á quien la suerte no había negado un solo medio de satisfacer sus deseos, y esta privilegiada sentía el capricho de arrebatarle precisamente su mediocre felicidad. ¡Qué infamia!... Su carácter enérgico se sublevó agresivamente ante tal injusticia hipotética. ¡Y ella, que pretendía ser equitativa en todos sus actos, iba á hacer lo mismo!... No; había que suprimir esta posibilidad deshonrosa, con la rapidez y la dureza de los seres prontos á la acción. La voz de Rina le hizo salir de sus meditaciones, y al levantar la cabeza creyó que una nube estaba pasando ante el sol. La luz vespertina, dorada y cálida cuando ella había entornado los ojos sumiéndose en su vida interior, era ahora grisácea y casi crepuscular. En el cielo, de un azul cristalino, iba desliéndose el oro de la tarde, cada vez más pálido. Una faja de púrpura á ras del horizonte delataba el rastro sangriento de la huída del sol. Rina, después de gritar inútilmente á través del jardín, acabó por descubrirla medio caída en el banco. --Florestán desea hablarte. El primer movimiento de Concha fué ponerse de pie é ir hacia la quinta. Luego volvió á quedar inmóvil. Entrar en aquel edificio, subir la escalera, verle otra vez... ¡ah, no! Adivinaba que iba á ser cobarde. Estaba segura de que al volver al dormitorio del convaleciente perdería la fuerza de aquella voluntad extraordinaria que le facilitaba la ejecución de las más duras resoluciones. Obedecer á su llamamiento, hablarle otra vez, aunque fuese la última, equivalía á una mala acción. Era buscar una excusa para su debilidad, ir al encuentro de un pretexto que explicase luego su conducta, como hacen los débiles ó los malvados cuando pretenden justificar sus actos. Habló á Rina con una voz monótona, imperiosa, seca, que ésta había oído en determinados momentos de su vida común. Conocía bien esta voz, y su experiencia le aconsejaba no hacer ninguna objeción á Concha Ceballos cuando se servía de ella para dar órdenes. Pidió á su compañera que le trajese allí mismo un gabán, su sombrero, sus guantes. --Tengo frío--murmuró; y su voz fué blanda y triste, pero un instante nada más. Luego siguió mandando con el mismo tono autoritario. Rina tomaría arriba lo más preciso, lo puramente personal que ella no podía abandonar. Lo restante debía dejarlo á la mujer del hortelano. ¡Un recuerdo más! --Nos marchamos inmediatamente al hotel. Tú vas á encargarte de hacer las maletas, recogiendo todo lo que tenemos allá. Luego vendrás á unirte conmigo en San Sebastián. No; mejor será en Biarritz: ¡fuera de España! ¡lo más lejos posible!... En el hotel te daré una carta para el señor Mascaró. Se la llevas esta misma noche. Que venga á encargarse de... esto con los suyos. A ellos les corresponde. Rina, silenciosa, con un rostro que disimulaba mal su inquietud, se dirigió á la casa para cumplir estos mandatos. Adivinaba la cólera de su compañera. En tales momentos era cuando decía con varonil orgullo: --¡Yo no sé cómo se llora!... ¡Yo no he llorado nunca! La señora Douglas la hizo retroceder para darle una nueva orden. Debía ir inmediatamente á la antigua cuadra de la quinta, donde estaba su automóvil desde algunos días antes. El chófer americano entretenía sus horas de espera hablando con los jardineros y los vecinos en un español recién aprendido, ó leyendo algunos magazines ingleses, de páginas mugrientas por el continuo manoseo, que guardaba bajo un asiento del vehículo. --¡Bendito automóvil!--siguió diciendo la dama--. Él nos da la verdadera libertad. Gracias á su invención podemos escapar á todas horas de los lugares que odiamos. Le parecía en este instante el más extraordinario y benéfico de todos los descubrimientos que han hecho dulce y fácil la vida humana. Había librado á las gentes de la tiranía del espacio y de las monotonías del tiempo. El que puede disponer á todas horas de un automóvil acaba por ver y apreciar la vida de distinto modo que los que van siempre á pie. Esta facilidad de traslación da á los pensamientos más vulgares mayor amplitud y soltura. Hasta los entendimientos limitados ven abrirse nuevos horizontes... Luego olvidó estas divagaciones para dar á Rina su última orden. --Dile al chófer que antes de media noche vamos á salir de viaje... pero viaje largo. Que no se olvide de preparar el faro grande. Quiero que cuando mañana salga el sol me vea lejos, ¡muy lejos! de Madrid. X La mentira Languidecía la tarde al salir ella del Casino. Su automóvil marchó á gran velocidad por el tortuoso camino de la costa. La luz solar, antes de extinguirse, tomaba los colores del limón y la rosa, reflejándose sobre las cumbres amarillas ó bermejas de los Alpes. La señora Douglas deseaba no llegar con retraso á su hotel de Niza. Distraída por el juego en los salones privados del Casino de Monte-Carlo, había olvidado que aquella noche era de gran comida en el Hotel Negresco, donde ella estaba instalada, con exhibición á los postres de bailarinas célebres. Como había dejado á Rina en Niza ocupada en cumplir ciertos encargos suyos, iba sola en su carruaje. 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