tal vez...
No pudo seguir. Aquella mujer, que al principio parecía haber crecido
con el estiramiento de la sorpresa, se contrajo de pronto y dejó escapar
uno de sus brazos, pegados hasta entonces á su cuerpo. La mano se separó
del muslo, chocando con una violencia instantánea y ruidosa en la cara
del marqués.
Vaciló éste bajo el ímpetu del golpe. Además, la sorpresa entró por
mucho en su aturdimiento. Era una bofetada hombruna, un manotazo
atlético... ¿Una mujer podía pegar así?
Su desorientación y el dolor físico le hicieron olvidar el sexo del
adversario que acababa de surgir enfrente de él. Además tuvo miedo de
que el golpe se repitiese. El instinto de conservación le hizo
defenderse y levantó una mano.
La viuda Douglas cortó entonces su mutismo con una risa estridente,
igual al frotamiento de dos pedernales. Veía cumplidos sus deseos: aquel
hombre la trataba como un igual... Ahora su mano diestra se cerró, dura
como una maza. La izquierda vino á situarse ante su rostro, con el codo
en ángulo, como si colocase todo su cuerpo bajo la protección de un
escudo invisible.
Avanzó, partiendo el aire por dos veces con su brazo derecho. El puño
cayó como una clava sobre el rostro de aquel hombre, magullando su
nariz, enrojeciendo instantáneamente su boca. Una de las sortijas de la
luchadora había cortado con su piedra los labios del enemigo. La
mandíbula de éste pareció crujir bajo un tercer golpe y todo él se vino
abajo, intentando al derrumbarse tocar á su ágil adversaria con una
agitación inútil de brazos y piernas.
Quedó de espaldas en el suelo, quiso levantarse y no pudo. La reina
Calafia, con el cuerpo arqueado, los brazos en alto y los puños
vigorosamente apretados, fijaba en él unos ojos de fría crueldad,
dispuesta á repetir sus golpes tan pronto como le viese de pie otra
vez... Pero acabó por desplomar su cabeza en la mullida tira de alfombra
que cortaba el centro del pavimento, y lanzando una especie de ronquido,
quedó inmóvil.
Entonces, la amazona, con el implacable orgullo de la venganza, sin
darse cuenta tal vez de lo que hacía, fijó su pensamiento en otro
hombre, levantó un pie y puso su tacón alto y agudo sobre la boca del
caído.
IX
Cómo la reina Calafia alabó la invención del automóvil
Una semana había transcurrido solamente desde su instalación en la
quinta de Alaminos, y ella se imaginó más de una vez, al rememorar el
pasado, que llevaba varios meses viviendo en dicho lugar. En ciertos
momentos hasta creía haber estado allí siempre, olvidando el suceso
inicial que la impulsó á realizar tal cambio.
Otras veces recordaba la inquietud de las dos primeras noches pasadas en
esta quinta, sus largas horas de angustia, durante las cuales miraba con
avidez los cristales de los balcones, deseando que blanqueasen bajo la
claridad lívida del alba, como si la luz de un nuevo día pudiese traer
para ella la certeza de la salvación de Florestán. Manteníase insensible
en estas noches al sueño y al cansancio, leyendo en un sillón, sin saber
ciertamente lo que leía, interrumpiendo su lectura para pasar una mano
por la frente del herido, contestando con palabras de maternal arrullo á
las incoherencias que la fiebre hacía surgir de su boca.
Abría el joven sus ojos con momentánea lucidez en las altas horas
nocturnas, mirando extrañado á la persona que se inclinaba sobre su
lecho.
--Soy yo--decía en voz queda la señora Douglas--. ¡Soy yo!
Mas el enfermo volvía á juntar los párpados, avisado tal vez por un
obscuro instinto de que aquella mujer era una figura de visión, una
imagen de pesadilla, y lo mismo podría continuar viéndola con los ojos
cerrados.
Durante las horas meridianas, que eran las mejores para el herido, Rina
y una enfermera venida de un sanatorio de Madrid se encargaban de su
cuidado, y ella, vencida por el cansancio, intentaba dormir. Pero de
pronto sentía la zozobra del que ve cortado su reposo por la sospecha de
que sus asuntos están abandonados, é inmediatamente se levantaba para
sustituir á sus dos reemplazantes, creyendo encontrar, al volver de
tales ausencias, descuido y torpeza en torno al lecho del enfermo.
En muchos años no había experimentado un contento de vivir igual al que
sintió cuando dijo el médico que ya había pasado el peligro y no era
probable aquella inflamación interna que tanto le inquietaba. La
robustez y la juventud del paciente acelerarían su restablecimiento.
Vió á Florestán más pálido y decaído que antes, sin la engañosa
animación de la fiebre, pero esta debilidad le permitía apreciar mejor
lo que le rodeaba. Sus ojos indecisos y velados, ojos de persona que
despierta, se fijaron otra vez en la mujer que se movía junto á su
lecho. Primeramente contemplaron aquellas manos bien cuidadas y fuertes,
de acariciante suavidad, que arreglaban y alisaban el embozo. Creyó
reconocerlas el herido por el óvalo elegante y sonrosado de las uñas, en
forma de almendra, por las sortijas, basamento brillante de sus dedos.
Luego su mirada siguió el curso de los brazos y la redondez del pecho,
para fijarse últimamente en las dos pupilas negras, con reflejos de oro,
lacrimosas de emoción, que parecían salir al encuentro de sus ojos.
Ahora no podía dudar de que era un personaje real. Y ella, adivinando su
pensamiento, dijo con voz suave y lejana, como un murmullo acuático:
--Soy yo. ¡Sí, soy yo!
Después de dos noches pasadas junto al lecho de un herido en delirio, no
queriendo fijarse mas que en el presente para atender mejor las
obligaciones que se había impuesto, negándose á pensar en el porvenir
por miedo á ver ante sus pupilas la lenta palpitación de las alas de
plomo de la muerte, iban á empezar para ella los goces de una
convalecencia ansiada.
No hay voluptuosidad física comparable á la del enfermo que vuelve á la
vida y aprecia con cálculos enteramente nuevos el valor de la salud.
Sólo pueden sentir esta misma alegría los que le defendieron con sus
cuidados, los que lo disputaron á la muerte, y al acompañarle en sus
primeros pasos á través de una segunda vida, saborean el orgullo del
artista ante la obra propia gloriosamente realizada.
La señora Douglas se sintió vivir en aquel caserón viejo, donde faltaban
muchas de las comodidades elementales de la existencia moderna, con
mayor placer que en los «Palaces» más famosos de Europa, que la tenían
por cliente todos los años.
Nadie podía venir á turbar su gozoso aislamiento con inesperadas
intrusiones.
El médico, viendo pasado el peligro, había tenido que atender á sus
deberes en la ciudad y sólo hacía una visita diaria á la quinta.
Mascaró no había vuelto. Se limitaba á buscar á este médico en Madrid
para pedirle noticias del herido. No quería aprobar con su presencia la
instalación de la señora Douglas en aquella casa, al lado de Florestán.
El amigo de éste que había sido su padrino, sirviéndole además de
emisario, se presentaba una vez al día para ofrecerse á cumplir en la
ciudad todos los encargos que se le hiciesen.
Cuando el simpático Alaminos supo que en su quinta había un herido,
consideró necesario visitarle. Era «un deber entre caballeros y hombres
de armas», como él decía. Pero al encontrar instalada en su casa á
aquella dama fué discreto, limitándose á saludarla desde lejos, y
desapareció sin dar á entender quién era.
Luego los jardineros repitieron las palabras de su amo, haciendo saber á
la señora Douglas que «podía disponer de la quinta entera como si fuese
suya». El señor les había dado orden de obedecerla en todo. Después de
este acto caballeresco, Alaminos, siempre simpático y amigo de sus
amigos, fué contando en secreto á todos los que hablaban con
él--exigiéndoles antes palabra de honor de que guardarían silencio--,
cómo «aquella señora extranjera que guiaba su automóvil, aquella
norteamericana buena moza, pero ya un poquito jamona, que lucía por las
noches en las comidas del Ritz unos brillantes que quitaban la vista»,
se había instalado en su casa para cuidar á un herido.
Era esto como un honor para su quinta, y no podía callarlo. Resultaba
más fuerte que su discreción. En su propiedad habían sido curados muchos
heridos; por dos veces habían sacado cadáveres del jardín en un
carruaje, como si estuvieran desmayados, para que muriesen luego por
segunda vez en sus viviendas propias; pero nunca se había quedado un
herido á vivir en ella, cual si fuese un hotel ó un sanatorio, ni una
gran señora le había asistido día y noche.
Para el simpático Alaminos hubiese sido otro motivo de orgullo conocer
el estado de ánimo de aquella extranjera. Encontraba diariamente nuevos
encantos á este caserón, que era viejo sin ser antiguo, monótono,
triste, sin más particularidad extraordinaria que las frías y exageradas
dimensiones de sus piezas.
Le parecía á la señora Douglas muy interesante aquella en que la habían
instalado: un salón que era á la vez dormitorio, con muebles de caoba
del estilo predilecto de los burgueses de París en tiempos del rey Luis
Felipe y cama de igual madera, á la que afortunadamente le habían
quitado los cortinajes de reps, polvorientos y abundosos en polillas.
Este salón, como todas las habitaciones largamente deshabitadas y de
tardío aireamiento, tenía un perfume de humedad, de atmósfera cerrada,
un olor «de años». Las butacas vacilaban sobre sus patas inseguras.
Durante la noche crujían las maderas y resonaba, agrandado por el
silencio, el trabajo roedor de las carcomas abriendo túneles en las
fibras leñosas. Los espejos lanzaban gemidos por su cara interna, como
si fueran á abrirse círculos en el agua vertical de su luna, resurgiendo
de este lago rectangular, duro y muerto, todas las imágenes reflejadas
durante un siglo.
En las paredes había retratos pálidos que databan del principio de la
fotografía, y cuya tinta, negra en otro tiempo, tenía ahora un color
rojizo de chocolate desleído. Eran damas de amplia falda á festones,
ahuecada por el miriñaque, igual al casquete de un globo inflado, con
una rosa en la diestra y una pequeña capota de bridas sujetas bajo la
barbilla; caballeros de corto levitín, pantalón amplio en las perneras y
muy ceñido al pie, de tela á grandes cuadros, el rostro con bigote y
patillas, y al lado de ellos, sobre una columna, un sombrero de copa
enorme. Debían ser los padres, los abuelos y otros parientes del dueño
de la finca. Habían muerto sin duda muchos años antes, pero la señora
Douglas consideraba muy atractiva la sociedad muda de tales fantasmas.
Todos estos caballeros debían haber amado á las señoras con miriñaque. Y
ellas, aspirando eternamente el perfume de la rosa que guardaban en una
mano, les sonreían como mujeres satisfechas de la vida; porque en la
vida encuentran todos una pequeña cosa frágil, que se renueva
incesantemente, y se llama amor. ¡Qué gentes tan simpáticas!...
Además, aquel jardín abandonado, que era á la vez huerta y terreno
baldío, le parecía todas las mañanas más hermoso. Al bajar á él salían á
su encuentro nuevos motivos de admiración. En invierno, esta tierra
dura, áspera y blancuzca sería repelente bajo el pie. Ahora, la
primavera, que da para todos, caldeaba sus anémicas entrañas, haciendo
surgir flores comunes y vistosas de los bancales arañados por el
jardinero, cubriendo además con una vegetación gratuita y espontánea el
suelo abandonado.
Iba ella por los senderos, ó bajo los vetustos árboles de las alamedas,
con la misma alegría de su juventud en Monterrey, cuando despertaba en
el «rancho», varias veces hipotecado, último vestigio de la riqueza de
los Ceballos. Con la habilidad de una mujer que ha nacido en el campo,
combinaba las hierbas y las flores del jardín de Alaminos hasta formar
un gran ramo, y subía con él á la habitación del convaleciente para
ofrecérselo como un saludo matinal. Lo aspiraba el joven con delicia,
mirando al mismo tiempo á su portadora. Abarcaban sus manos el haz
florido, pero al hacer esto iban en busca de las manos que lo sostenían,
prolongando el contacto en un largo silencio.
Ella, deseosa también de prolongar este contacto, tenía que hacer
esfuerzos para no gemir de dolor. Disimulado por la manga de su brazo
derecho, un fuerte vendaje oprimía su muñeca. Todo movimiento rápido,
todo roce violento, la hacían recordar inmediatamente ciertos puñetazos
que habían quebrantado su antebrazo y sus dedos. Pero sobreponiéndose á
esta tortura pasajera, procuraba olvidarla, mostrándose alegre por el
restablecimiento del herido. Sentía además la voluptuosidad del
sacrificio al pensar que este dolor lo sufría por Florestán.
Al recobrar el joven la completa percepción de cuanto le rodeaba, había
entretenido el tedio de sus largas permanencias en el lecho esforzándose
por evocar y coordinar muchas imágenes entrevistas en su delirio,
apartando los disparates de la pesadilla de lo que bien pudieran ser
cosas reales, turbiamente contempladas á través de la fiebre.
No había sentido una sorpresa extraordinaria al darse cuenta de que la
señora Douglas existía junto á su lecho bajo las formas tangibles de un
ser real. Estaba seguro de haberla visto antes, en algunos claros de su
delirio, cuidándole con maternales caricias. Una sensación resbaladiza
de agua fresca y murmurante pasaba por su cuerpo ardoroso de afiebrado
al sentir el contacto de sus manos suaves y escuchar lejana, muy lejana,
la música de su voz. Había visto su rostro y sentido sus manos. Esto le
parecía indiscutible; pero vacilaba al evocar otros recuerdos más
indecisos de su delirio.
Creía haber sido besado en la frente repetidas veces durante este
delirio: besos de unos labios arqueados hacia abajo por el desaliento y
el dolor; besos de una boca llorosa que no se parecía en nada á la boca
de las horas felices. Ésta, al reir, elevaba siempre sus comisuras como
si fuesen alas rosadas, formando un arco de puntas salientes y
temblonas... Mas como no tenía certeza de la realidad de tales caricias,
sus ojos preguntaban á su cuidadora con muda interrogación el secreto de
este recuerdo confuso, y ella, como si adivinase su pregunta, volvía el
rostro, procurando no verlos.
En ciertos momentos sentía la señora Douglas un deseo de estar sola para
paladear mejor aquella especie de embriaguez interna que la animaba,
infundiéndola nuevas energías, haciéndola ver con distintas formas y
colores los seres y las cosas. Y dejando confiado el convaleciente á
Rina ó á la otra mujer, bajaba al mediocre jardín, que era ahora para
ella como un lugar de seductores encantamientos. Su vegetación
descuidada, sus islotes de álamos, en los que se refugiaban los pájaros
huyendo de los yermos próximos, ofrecían un ambiente favorable á sus
ideas y deseos.
Había descubierto un nuevo sabor á la existencia. Hasta pocas semanas
antes la vida le parecía sin objeto, con una finalidad material,
estrecha y monótona, que no valía la pena de ser tenida en gran
consideración. Le avergonzaba hacer memoria de cómo había vivido hasta
entonces. Viajar, comer, ponerse vestidos nuevos; sentir halagado su
orgullo por la envidia ó la admiración de otras mujeres; asistir á
fiestas que las más de las veces eran aburridas y no interesaban su
curiosidad, como al principio de su instalación en Europa; gozar las
voluptuosidades materiales de la riqueza, la certidumbre de poder
cumplir sus deseos, la vanidad de la potencia, la tranquilidad de un
porvenir á cubierto de las humillaciones de la pobreza, de las
inquietudes del futuro, de los caprichos de la desgracia: esto era todo.
¿Y ella había podido vivir así, contenta?...
Ahora tenía algo que no le habían proporcionado nunca el lujo y la
riqueza.
«Sé para lo que vivo--pensaba--. Conozco por primera vez qué es lo que
quiero.»
Siempre le había parecido el amor algo vulgar y engañoso, útil solamente
para entretener á los pobres y á los débiles, consolándolos de su
posición inferior, haciéndoles llevadera su desgracia. También servía de
pretexto á otros para disfrazar sus corrupciones con una falsa poesía.
Mas los fuertes, los que forman la verdadera aristocracia humana,
estaban enterados de todos estos engaños y los evitaban, menospreciando
el llamado amor.
Ella deseaba ser fuerte, y sentía el orgullo de pertenecer á este grupo
selecto de gentes superiores. Lo distinguido en la existencia era
mostrarse inmune para el amor; calamidad igual á la guerra y á las
grandes epidemias; desgracia que se ceba en el pobre rebaño humano;
sentimiento útil únicamente para los seres faltos de personalidad, que
no pueden seguir el camino de la vida solos, por sus propios pies, y
necesitan apoyarse en otro ser ó en varios para llegar al término de su
jornada; delicia de la que todos hablan y que se pierde á los pocos
momentos de haberla conocido; dulzona emoción que pone melancólicas y
hace llorar á las mujeres con alma de modista...
Pero ahora, viviendo en una quinta medio abandonada, junto á un suburbio
de los más feos de Madrid, creía haber nacido á una vida nueva y
superior, encontrando egoístas y perversos los pensamientos que la
habían acompañado durante la mayor parte de su existencia,
avergonzándose de ellos como si fuesen amigos desenmascarados á última
hora como temibles criminales.
Juzgaba estúpido haber pretendido librarse del amor porque es una pasión
general, y todos en la tierra, poderosos y humildes, buscan conocerla,
aunque sea una sola vez en su historia. Las grandes pasiones que
ennoblecen nuestra vida son simples, elementales y comunes, saltando por
encima de clases y privilegios. Ciertamente, el amor resulta las más de
las veces vulgar y risible visto desde lejos, porque vulgares y risibles
son igualmente la mayor parte de los humanos; pero los seres escogidos
que forman la aristocracia de la vida, al penetrar en el amor, lo
ennoblecen y continúan siendo dentro de él una brillante excepción.
Además, ¿por qué debía creerse ella diferente á los otros mortales?...
De seguir manteniéndose en su antiguo y orgulloso aislamiento, habría
acabado por convertir este aislamiento en un privilegio triste, igual
al de los monstruos que se sienten orgullosos del terror y el vacío que
siembran alrededor de ellos. La pobre Rina, en su pobreza mental, había
visto más claramente la verdadera finalidad de la existencia, y por eso
buscaba con empeño aquel amor que se escabullía ante sus pasos.
Recordaba la antigua novela enviada por Mascaró, que ella había leído
pocos días antes. La reina Calafia, satisfecha de su fuerza y su
castidad guerrera, aborrecía á los hombres, riñendo con ellos en los
combates ó matándolos cuando penetraban en sus dominios. Pero un día, al
conocer la reposada hermosura del héroe primaveral, del Caballero de la
Gran Serpiente, pedía socorro á sus dioses, sintiendo cómo se deslizaban
sobre su alma las piezas rotas de la armadura de su austeridad.
La soberana de California se había mostrado dispuesta á olvidar su
patria y renegar sus creencias por no perder al hombre amado. Ella
estaba allí olvidada de su historia, de todas las preocupaciones y
respetos sociales, ocultándose como si cometiera una mala acción, para
cuidar á un herido... ¿Qué no haría ella por Florestán?
Cantaba la primavera en su alma; una primavera más hermosa que la que
hacía florecer la tierra ante sus pasos. Su amor iba á ser doble, un
amor más grande que el de las otras mujeres. La diferencia de edad, en
vez de inspirarle inquietud, la animaba y enorgullecía con repentino
optimismo. Podría ser para él, á un mismo tiempo, una amante y casi una
madre. Su amor se compondría á la vez de cariño y de protección. Pero
inmediatamente su coquetería de mujer la impulsaba á modificar este
privilegio un poco melancólico que le confería el paso del tiempo.
Ella era joven porque nunca había conocido el amor y llegaba á la
primera pasión de su vida con la simplicidad del catecúmeno que pisa
temblando el umbral del templo, repleto de misterio. Su alma era de
virgen. Otras, orgullosas de su carne intacta, tenían el espíritu
manoseado y aviejado por el trato astuto con el amor. Ella amaba por
primera vez. Su esposo había sido un amigo, de más años y mayor
conocimiento de la vida; un compañero de marcha que la guió y la
protegió. Guardaba de él un buen recuerdo; en su trato mutuo hubo
siempre estima y ternura, pero no amor.
Si alguna vez el amor cruzó su existencia--y este recuerdo la hacía
sonreír--, había sido en los albores de su pubertad, cuando el ingeniero
Balboa estuvo en California. El padre había pasado por la mañana de su
vida como un precursor silencioso. Aquel interés fugaz despertado en la
muchachita de Monterrey era la anunciación inconsciente de otro más
grande y duradero que había de inspirar una copia física de su propia
persona.
A Concha Ceballos no se le ocurrió poner en duda una sola vez que su
amor era aceptado por aquel hombre que estaba herido en su lecho, cerca
de un balcón que ella miraba instintivamente mientras continuaba sus
paseos.
Había adivinado este amor en los ojos de Florestán mucho antes de que
ella estuviese convencida de la existencia del suyo: cuando la
acompañaba el joven en las calles de Madrid ó iba á su lado en el
automóvil por las carreteras polvorientas, para visitar catedrales
vetustas y monasterios abandonados.
Inquieta por la importancia que iba adquiriendo en su vida y la
necesidad creciente de encontrarse con él, había intentado disminuir las
ocasiones de verlo. Luego se arrepintió de su resolución al darse cuenta
de la tristeza desorientada de Florestán, de su desaliento de niño
abandonado. No existía entre los dos una sola palabra de amor; pero el
joven, al ver que ella evitaba su presencia, había mostrado la misma
desesperación que si fuese víctima de una infidelidad. Además, su odio á
Casa Botero y aquel desafío inesperado valían por una declaración
amorosa.
Segura de la conformidad de Florestán, edificaba su vida futura con las
facilidades del que se mueve en un mundo imaginario y siente
enérgicamente sus deseos, menospreciando de antemano todo lo que puede
oponerse á su realización. Ella era libre y Florestán también. Recordaba
ahora cómo al darse cuenta por primera vez del afecto que le inspiraba
este hombre, se lo había hecho saber en la obscuridad nocturna de un
paseo, yendo de un hotel á otro. La alegría del champaña le había
impedido disimular, soltando su palabra de las ligaduras de la
prudencia.
«¿Qué hace usted aquí? El mundo es grande.»
Se marcharían los dos por ese mundo inmenso, convirtiendo la tierra
entera en jardín de su felicidad. Dejarían á Rina en cualquier parte,
como un equipaje molesto, para seguir con mayor desembarazo sus
peregrinaciones caprichosas. Florestán trabajaría ó no trabajaría, según
fuese su deseo. Si le atormentaba la necesidad de acción que sienten los
hombres fuertes, irían á California, para que la emplease en los
negocios de su mujer. Ella era rica para los dos... Y al ir armando de
este modo el edificio de su vida futura, el egoísmo del amor sólo le
dejaba ver en todo el universo á una pareja de seres: ella y Florestán.
Los demás eran fantasmas.
De pronto se acordó de cierto padre que estaba enfermo... ¡Pobre Balboa!
Ella cuidaría de su porvenir; y organizó mentalmente su existencia con
la misma prontitud que había resuelto el destino de Rina. Vió luego, más
lejos, muchísimo más lejos, á don Antonio Mascaró y á las mujeres de su
familia. Pero esta visión remota é incierta se esfumó inmediatamente
bajo un manotazo egoísta de su voluntad. Ella tenía derecho á ser feliz,
como cualquiera otra mujer. ¿Iba á sacrificarse siempre por los
otros?...
Toda su atención era para el personaje único á través del cual veía lo
existente. Había crecido tanto, ¡tanto! dentro de ella, que ocupaba todo
su horizonte mental. Las ciudades más enormes, las montañas más altas,
los océanos, le parecían sin realidad comparados con Florestán. Como lo
tenía junto á sus ojos, lo llenaba todo, eclipsando al universo entero,
humillado é invisible á sus espaldas.
La consideración de esta grandeza le hizo sentir de pronto el deseo de
ver á su dios, y con la precipitada inquietud del que teme una burla del
destino, subió al dormitorio. ¡Quién sabe lo que puede ocurrirle á un
enfermo mientras se vive lejos de él!...
Al llegar á la puerta de dicha habitación sonrió tranquilizada, viendo
el aspecto alegre del joven. Él también había estado pensando durante su
ausencia en el porvenir de los dos.
Cuando Florestán pudo, una mañana, abandonar el lecho y sentarse por
algunas horas en un sillón, creyó la señora Douglas que iba á terminar
su ocultamiento en aquella quinta, empezando inmediatamente el viaje de
amor por el mundo entero. Al arreglar una almohada en el respaldo del
asiento para mayor comodidad del joven, éste le tomó ambas manos.
No osaba manifestar sus deseos valiéndose de palabras, pero después del
duelo y de su herida sentíase con mayores audacias para la acción. Esta
torpeza verbal le hacía abominar de su timidez, y al mismo tiempo
gustaba de prolongar dicho silencio contemplando su propia imagen en el
espejo convexo y obscuro de las pupilas de ella, mientras oprimía
dulcemente sus manos. Así permanecieron largo rato... Y al fin murmuró,
como si formulase una oración repleta de súplicas:
--¡Si usted quisiera!... Lo mismo que cuando yo estaba enfermo... Aunque
sea en la frente.
Ella le comprendió, y considerando impropias en tal momento preguntas y
explicaciones, fué avanzando con lentitud su boca hasta posarla en la
frente del joven. Luego, obedeciendo á un tirón instintivo de éste ó
dejándose llevar por la inconsciencia del propio deseo, la boca fué
bajando para unirse con la de Florestán, que subía ávida á su encuentro.
Tenía esta boca varonil un perfume químico de medicamentos recién
absorbidos, pero Concha dejó inmóviles sus labios sobre ella, como si al
aspirar con deleite el olor de drogas gozase la voluptuosidad del
sacrificio... Su prudencia la sacó con violento tirón de esta embriaguez
naciente.
--Ahora no... Piense en su estado. No seamos locos.
Guardaban los dos al separarse un sentimiento de mutua gratitud, y
cuando otras personas entraron en la habitación, este agradecimiento
siguió manifestándose con largas miradas y palabras insignificantes en
apariencia, que expresaban para ambos el mejor recuerdo de su vida.
Después de pasadas las horas meridianas el enfermo volvió á acostarse
por consejo del médico, que había venido á hacerle su visita diaria. No
debía cometer imprudencias. En los días sucesivos podría estar levantado
más tiempo. Antes de una semana bajaría al jardín, y tal vez
transcurridos quince días abandonaría para siempre aquella casa.
Cuando se fué el médico y Florestán quedó confiado á la enfermera, pudo
la señora Douglas sentarse á la mesa con Rina, en el comedor de la
quinta.
Las dos ocupaban un extremo de esta mesa, en la que comían en otros
tiempos más de veinte convidados. Nunca había visto Rina á su amiga de
tan buen humor como en el momento presente. Reía todas las palabras de
ella y de la jardinera, ocupada en servir la mesa. Admiraba con un
fervor entre bondadoso y burlesco los cuadros representando frutas y
otros comestibles que adornaban aquella habitación: lienzos ya
resquebrajados, sobre los cuales un pintor de «bodegones» había ido
fijando ingenuamente sus fantasías gastronómicas.
Hasta se sirvió la viuda un vaso de cierto vinillo claro de la Mancha
que la hortelana ponía sobre la mesa por ornamento tradicional, pues en
ninguno de los días anteriores había llegado á ser destapada la botella.
Canturreaba entre plato y plato, mirando maliciosamente á Rina.
--Pronto nos iremos de aquí. Nuestra vida va á transformarse. Ya estoy
cansada de que vaguemos de un lado á otro de la tierra como dos gitanas,
teniendo que defendernos de los que nos toman por lo que no somos. Creo
que me voy á casar... No parpadees; no pongas esa cara de hipócrita.
Demasiado sabes con quién... Y tú te casarás lo mismo que yo. No sé cuál
será el dichoso mortal á quien le toque esa suerte; pero te casarás, te
lo prometo. Si es preciso te compraré un marido; y si no te parece bien
el primero, te compraré un segundo...
La entrada de la jardinera trayendo un gran plato contuvo á la dama,
que, enardecida por sus propias palabras, sentía un deseo pueril de
lanzar expresiones atrevidas.
De pronto forcejeó en un dedo de su mano izquierda, mostrando luego
entre las yemas de tres dedos de su derecha una sortija con un grueso
diamante.
--Tome usted; para que se acuerde de mí y de este día.
Y alargó el brazo, dejando caer dicha joya en una mano de la pobre
mujer, que acababa de colocar su plato sobre la mesa.
--¡Jesús me valga!... Pero ¿qué voy á hacer yo con eso, señorita?...
Semos unos pobres, y las cosas tan ricas no son pa nosotros.
Insistió la viuda, con la gozosa violencia del que desea hacer partícipe
á todos de su dicha.
--Guárdela ó véndala... lo que más le convenga. Así se acordará siempre
de mí y del señorito Florestán.
Acabó la jardinera por introducir la sortija hasta la mitad de uno de
sus dedos--no podía entrar más allá--, y contemplando las luces
multicolores que lanzaba el diamante al mover ella su mano, prorrumpió
en una carcajada igual á la de los seres primitivos ante las cuentas de
vidrio y otros objetos brillantes y de escaso valor ofrecidos por los
exploradores al desembarcar. Luego, como espoleada por su emoción, salió
corriendo, y sus risas se perdieron escalera abajo. Necesitaba enseñar á
todos este regalo inaudito.
Pasó la viuda las primeras horas de la tarde en agradable reposo. Era
aquella comida la primera que había hecho tranquilamente desde que
estaba allí. Además, iba paladeando en su pensamiento la certeza de su
dicha futura. Veía el porvenir como una felicidad rectilínea que
avanzaba hasta perderse en el infinito, sin altibajos, sin tener que
abrir túneles ni echar puentes á través de los obstáculos del destino.
Florestán dormía, algo fatigado por el esfuerzo hecho horas antes al
levantarse por primera vez, y las dos amigas conversaban en una
habitación inmediata. Rina, que casi todos los días se trasladaba á
Madrid para hacer compras y buscar en el hotel lo que iban necesitando
de su equipaje, habló de cuanto había visto en estas rápidas visitas.
Pareció interesarse la amazona por noticias que el día anterior hubiese
acogido con indiferencia. Al sentirse feliz empezaba á mostrar
curiosidad por el mundo que había dejado á sus espaldas. Pensó en Casa
Botero sin animadversión. Hasta sonrió un poco recordando cómo había
terminado su última entrevista. ¿Qué sería de él?... Lo había dejado
tendido ante su puerta, y cuando Rina vino á buscarla, media hora
después, ya no vió á nadie en el pasillo.
--¿En ninguno de tus viajes has encontrado á tu amigo el italiano?...
Contestó Rina negativamente. Tal vez se habría ido de Madrid, al no
poder averiguar el paradero de Concha. En el Palace Hotel todos creían
que la señora Douglas estaba viviendo por unos días en Toledo.
Sintió la californiana una fuerte tentación de relatar á su compañera lo
ocurrido junto á la puerta de sus habitaciones. Le impulsaba á esta
confidencia su orgullo de amorosa. Era oportuno que Rina se enterase de
cómo había tratado ella al hombre que hirió á Florestán. Se explicaba su
desaparición. Indudablemente, al volver en sí y levantarse del suelo, no
le habían quedado ganas de buscar otra vez á Concha Ceballos, la viuda
millonaria. Y pensando esto, miró instintivamente por la abertura de una
de sus mangas el vendaje que oprimía la muñeca de su brazo derecho.
Cuando empezó á hablar, no pudiendo reprimir la sonrisa maligna que
despertaba en ella el recuerdo de tal episodio, se presentó la hortelana
para anunciar en voz baja y con misterio:
--Abajo hay una señorita que quiere decirle una palabra.
Acogió la viuda esta noticia con extrañeza. Debía ser un error. ¿Qué
señorita conocía ella que pudiera venir á buscarla en la quinta de
Alaminos? ¿Cómo sabían que vivía aquí?... Pero la mujer siguió dando
explicaciones.
--La conoce á usté y ha dicho su nombre. Es una señorita muy jovencita
que no parece extranjera. Pa mí que es de Madrid. Le he pedido que me
diga cómo se llama, y contestó nones. Dice que usté la ha visto otras
veces, y que necesita darla una razón... La pobre da lástima. ¡Si usté
hubiese oído cómo me pidió que la dejase entrar!... Debe verse en
alguna necesiá.
Había llegado con otra de sus mismos años, en un automóvil del alquiler
que permanecía fuera del jardín.
--Su compañera está en el auto, y la única que ha entrao es la que
quiere verla á usté.
Preocupada la señora Douglas por esta visita, fué á uno de los balcones,
pero no vió á nadie en la vieja alameda que conducía de la verja de
entrada hasta la casa. Debía estar en las cercanías del edificio y no
alcanzaba á verla desde allí.
Se decidió á bajar al jardín. Por una precaución irreflexiva, creyó
preferible esto á dejar subir á la visitante hasta las habitaciones del
primer piso, donde estaba Florestán.
Rina se ofreció para hablar á la desconocida. Tal vez había venido por
un error de dirección, y ella se encargaba de despedirla. Pero la viuda
insistió en bajar. Aquella joven había dado su nombre claramente y era á
ella á quien buscaba.
Avanzó por el jardín, mirando á un lado y á otro, sin ver á nadie. Luego
sonaron unos pasos leves y rápidos detrás de ella, y al volver sus ojos
vió cómo surgía entre dos grupos de bojes recortados en forma de muro
una jovencita vestida con modestia, que á ella le pareció de excesivo
rebuscamiento. Era la señorita que desea, á medias nada más, ser
confundida con una doncella de servicio que ostenta sus ropas de
domingo.
Inmediatamente la reconoció Concha, con una sorpresa que parecía ir más
allá de los límites de su imaginación. Todo hubiera podido suponerlo
menos esta visita. La hija de don Antonio Mascaró.
--¡Señora!... ¡señora!
Repetía balbuciente la misma palabra, como si no pudiese encontrar otra
para seguir expresando sus pensamientos. Estaba intensamente pálida, le
temblaban las manos, y de pronto se llevó éstas á sus ojos, rompiendo á
llorar.
La señora Douglas, atolondrada por la aparición de la joven y su llanto
inexplicable, le tomó las manos para atraerla á ella. Consuelito hizo un
movimiento de repulsión, pero luego se dejó vencer por las manos
acariciantes de la señora.
--No puedo hablar--dijo al fin con voz gimiente--. Al venir he pensado
muchas cosas... ¡muchas! para decírselas á usted, y al verla no sé qué
pasó por mí que lo he olvidado todo... ¡todo!
Mantuvo un momento sus ojos lacrimosos fijos en los de ella, con
expresión implorante, y añadió:
--¡Hacerme tanto daño, cuando la he querido siempre!... Ahora mismo me
ha bastado verla para reconocer otra vez que no puedo odiarla.
Al hablar iba recobrando su memoria. Acudían en tropel los pensamientos
que la habían empujado y acompañado hasta poco antes.
--No diga á nadie que he venido, señora. Mi madre nunca hubiese hecho
esto; pero yo soy otra cosa: pertenezco á otra generación; soy una
«modernista», como ella dice, y he creído mejor hablar con usted
francamente, en vez de aborrecerla y maldecirla desde lejos... Usted es
buena, y tengo la esperanza de que me escuchará...
Pero otra vez pareció caer la noche en su pensamiento, y volvió á
llorar, como arrepentida de la decisión que le había impelido hasta
allí.
Concha Ceballos la llevó cariñosamente á un banco próximo, y en él
tomaron asiento las dos. Estaba tan pálida como aquella visitante
inesperada. Había en sus ojos una expresión de zozobra y de miedo.
Incitaba á la joven á que hablase, y al mismo tiempo temía sus palabras.
Fué explicando Consuelito con alguna incoherencia y largas pausas cómo
había nacido en ella el deseo de realizar esta visita. Desde el primer
momento le parecieron inadmisibles las vagas noticias de su padre sobre
aquel viaje hecho por Florestán en compañía de la señora Douglas. Luego,
algunas amigas envidiosas, para gozarse en su dolor, le habían hecho
conocer la verdad á medida que iban adquiriendo nuevos datos por los
hombres de sus familias.
En Madrid circulaban las nuevas con la misma rapidez fácil que en un
villorrio. Eran muchos los que sabían lo del duelo y la herida grave de
Florestán. Además, el simpático Alaminos había contado en secreto á más
de doscientas personas la instalación en su finca de aquella extranjera
rica y elegante, para curar al herido. Una escena de novela, como sólo
de tarde en tarde puede verse en la realidad.
Hacía varios días que la joven estaba enterada de todo esto. En vano,
hablando aparte con su padre, apeló á diversas insinuaciones para que
éste le dijese la verdad. Don Antonio mantuvo con firmeza lo del viaje,
intentando desbaratar las sospechas de Consuelito. La madre,
afortunadamente, estaba menos informada que la hija, limitándose á
murmurar contra las señoras «modernistas» que se llevan de viaje á mozos
solteros y con novia. Y la señorita Mascaró sólo podía dejar de fingir,
dando expansión unas veces á su cólera y otras á su desaliento, en
compañía de una amiga fiel que había sido su camarada de clase cuando
ella estudiaba el bachillerato. Esta amiga, que seguía sus cursos en la
Universidad y consideraba todas las cosas con una energía varonil, le
había sugerido la idea de ir á la quinta de Alaminos para hablar á la
señora Douglas.
--Esta tarde, como el que toma una resolución desesperada, nos hemos
metido las dos en un automóvil... ¡y aquí estoy! Confieso que la he
odiado mucho. Le he dicho cosas muy duras de noche, cuando, estando en
mi cama, hablaba con usted... Pero ahora que la veo ya no sé qué decir.
Quedaron las dos en silencio. Tampoco la viuda mostraba deseos de
hablar. La hija de Mascaró hizo un gesto como si hubiese encontrado al
fin la palabra deseada, y dijo humildemente:
--Señora, ¡déjemelo!
A partir de este momento, fué ella la que tuvo mayor serenidad,
animándose con el sonido de su palabra, cada vez más fácil, expresando
sus deseos con una facundia creciente, igual á la de su padre.
Comprendía y hasta disculpaba el afecto que aquella señora podía sentir
por Florestán. Como ella le amaba, le parecía por lo mismo ordinario que
todas las mujeres, absolutamente todas, mostrasen interés por él. Pero
Florestán no era un hombre para la señora Douglas.
Sus palabras revelaron sinceramente la admiración que había inspirado á
la joven esta gran señora, procedente de un mundo de privilegiados que
tal vez ella no conocería nunca. Todo lo que Consuelito podía imaginar
de esplendores y refinamientos de vida lo concretaba en su persona. Era
la única millonaria de existencia cosmopolita, la única mujer de
novela--como decía su padre--que ella había visto de cerca.
Otros hombres debían interesar á esta dama poderosa. El pobre Florestán
sólo tenía su juventud, y era ella, la camarada de su infancia, la
admiradora desde la época en que jugaban juntos en los paseos, la que
mejor podía acompañarlo en la existencia modesta y dulce para la que
habían nacido los dos.
--Yo no podré querer á ningún otro, estoy segura de ello. Mi vida es tan
pequeña, tan poca cosa, que únicamente tiene cabida para un solo hombre,
y si me quita usted á Florestán, esta humilde vida mía habrá
terminado... antes de empezar. Usted corre el mundo, señora; usted es
rica; los hombres la admiran, ¡y encontrará seguramente tantos otros!...
¡Para qué tomarle á una pobrecita como yo lo poco que posee!...
Luego, bajando la voz y los ojos, como si se avergonzase de sus
palabras, volvió á hablar con voz balbuceante. Titubeaba lo mismo que el
que teme dar pasos en falso y hace cálculos antes de avanzar un pie.
--Sé bien la diferencia que existe entre nosotras. Usted es hermosa y
elegante; yo soy una cosita de nada, á su lado. Un hombre no vacilaría
entre las dos, estoy segura de ello. También tengo la certeza de que
nunca llegaré á ser como usted... ¡Pero Florestán es tan joven!...
Además, el tiempo pasa aprisa, y nunca seremos mañana como somos hoy.
Fué la señora Douglas la que se apresuró á hablar ahora, cortando el
nuevo curso de las palabras de su visitante. Acarició con cierta
melancolía sus manos, luego su rostro, y por unos momentos puso la
cabecita de la joven sobre uno de sus hombros.
--¡Pobrecita mía!... ¡pobrecita mía!
Conmovida por esta caricia, derramó Consuelo nuevas lágrimas.
--¡Pobrecita mía!--murmuró otra vez la viuda--. ¡No llore usted!
De pronto apartó de ella á la joven, mirándola con ojos menos
afectuosos. No había hostilidad para la otra en esta mirada. Sus pupilas
reflejaron únicamente la tristeza del que acaba de tropezar
inesperadamente con un obstáculo, obra de las potencias ciegas y fatales
que cambian bruscamente el curso de nuestra existencia.
--Váyase, niña--dijo con voz severa--. Ya me ha dicho usted todo lo que
necesitaba decirme... Ya sé todo lo que debo saber.
Obedeció Consuelito, poniéndose de pie. Luego quedó indecisa, mirándola
con ojos interrogantes.
--Váyase--repitió la señora--. Piense que el otro está arriba. Puede
asomarse y verla.
Esta posibilidad, en la que no podía creer la viuda, sirvió para que la
joven sintiese otra vez el miedo á que se enterasen los demás de su
visita. Pero todavía antes de marcharse repitió su mirada interrogante.
--Váyase. Pronto tendrá noticias mías. No sé... tal vez mañana. Pero
¡ay! déjame sola.
Y sin ocuparse de lo que pudiera hacer la hija de don Antonio, sin mirar
si permanecía en el jardín ó se marchaba, Concha Ceballos quedó en el
banco, con la cabeza baja apoyada en ambas manos.
Las horas, tornadizas y elásticas en sus dimensiones según el estado de
nuestro ánimo, pasaron para ella con una rapidez cinemática, como si se
atropellasen las unas á las otras en vertiginosa sucesión. De todo lo
que había hablado aquella joven sólo quedaba esto en su memoria:
«Usted es hermosa y elegante. Entre las dos un hombre no puede vacilar.
Pero el tiempo pasa y... ¡él es tan joven!»
La juventud la irritaba ahora, como esos privilegios injustos que dan
mayor brillantez á la existencia de unos para que resulte, por la rudeza
del contraste, más obscura y desesperada la situación de los demás.
¿Por qué no era el tiempo idéntico para todos, haciendo crecer á la vez
las diversas vidas y segándolas igualmente, como las mieses que surgen y
mueren en masa sobre los surcos?... ¿Por qué habían de vivir los humanos
la existencia desordenada y desigual de las selvas, donde unos árboles
elevan su fanfarrona verdura juvenil junto á los troncos roídos,
próximos á desplomarse, de los gigantes leñosos que conocieron siglos
enteros de primaveras?...
Con la incertidumbre del navegante que al echar la sonda teme encontrar
demasiado pronto el fondo, intentó profundizar en el tiempo que llevaba
vivido. ¿Cuántos años tenía ella y cuántos aquel hombre que estaba
arriba, herido, en una cama? Tal vez el tiempo interpuesto entre los dos
no pasaba de diez años; tal vez doce...
Era la diferencia, más ó menos, que la separaba á ella de aquel
ingeniero Balboa que había sido su primer amor en Monterrey. Se
encontraba actualmente como á mitad de camino, entre el padre y el hijo.
¿Qué son diez ó doce años de diferencia para dos seres que poseen la
fuerza y la salud de una vida bien cultivada?... Aquella joven había
dicho simplemente la verdad, sin halago alguno. Entre las dos mujeres un
hombre no podía vacilar.
Poseía la otra el encanto de una juventud aún primaveral. Pero ella
también podía considerarle joven. Su hermosura no tenía la acidez blanca
de la aurora; era esplendorosa como las horas meridianas, suave y
dorada como las de la media tarde. Además la seguían como obedientes
pajes para sostener la cola de su majestuosa belleza, el dinero, el
lujo, los refrescamientos juvenciales de la higiene, todo lo que la vida
moderna ha inventado para prolongar las gracias de la mujer.
«Sí; eso aún es hoy... ¿pero mañana?»
Persiguiendo á la voz burlona que repetía estas palabras en su interior,
Concha Ceballos fué asomándose valerosamente sobre la cumbre de ese
«mañana», y después de contemplar la lobreguez del barranco que se abría
al otro lado, se indignó contra ella misma por sus enternecimientos de
los días anteriores, por la ilusión que la había hecho cantar y reir
horas antes. ¿Dónde tenía su cabeza ella, que era considerada por muchos
como una mujer de pensamiento seguro y preciso, igual al de los hombres
que realizan las grandes empresas?...
Una diferencia de diez años de edad no era para aterrarla en el
presente. Además, la juventud de los hombres siente muchas veces una
curiosa atracción hacia la hermosura femenil próxima á su ocaso. Pero al
transcurrir diez años más, él continuaría siendo joven, mientras ella
intentaría en vano mantenerse inmóvil ante la horrible puerta de la
vejez, resistiéndose á pasar su umbral, volviendo el rostro al negro é
invitador vacío que dejaban visible sus hojas abiertas y que acabaría
por tirar de ella con la reptilina succión de una boca desdentada.
Los esfuerzos que habría de hacer para defenderse le inspiraban mayor
miedo que su propia decadencia. ¡Qué tormento ver á todas horas la
juventud desesperadamente inmutable de su esposo y contemplar en secreto
la muerte lenta y continua de su hermosura! ¡No poder vivir tranquila y
descuidada; tener que vigilarse en todo momento, saltar del lecho con la
presteza del que necesita ganar su pan, para realizar en el tocador,
durante horas y horas, un sinnúmero de operaciones químicas y pictóricas
antes de ver al compañero de su existencia!... Y tantos esfuerzos y
trabajos para un resultado incierto. Los aliños y afeites dejarían
escapar al fin el triste secreto de su disfraz. Sorprendería muchas
sonrisas irónicas en las gentes, que pueden respetar á una mujer cuando
envejece sola, pero ven en su miseria física un motivo de burla si
intenta prolongar la juventud para que no huya de ella el amor...
Se aterró al imaginarse esta existencia de mentiras y zozobras. Además
pensó en la otra, en la que había estado sentada á su lado en aquel
mismo banco, llorosa, suplicante, admirándola ingenuamente, pero
sintiendo al mismo tiempo el orgullo de sus pocos años, el privilegio
fugitivo de su virginidad.
Tenía razón. ¿Cómo ella, que había sido en la vida una afortunada,
poseyendo finalmente todo lo que la hace grata y envidiable, podía
arrebatar á esta pobrecita la única ilusión de su mediocre porvenir, la
sola alegría de su existencia?... ¿Con qué derecho iba á partir la
órbita de estos dos seres destinados á moverse en un espacio
limitado?... Esta pareja empezaba su marcha, viendo su sendero todavía
obscurecido por el misterio de las incertidumbres y las aventuras que
guarda el porvenir. Ella estaba ya en el término de una carrera
triunfal, y sólo le restaba gozar lo conquistado en la primera parte de
su historia.
Había dejado perder su turno para aproximarse al amor. No lo buscó ó le
volvió la espalda cuando era el momento de contestar á sus
invitaciones... ¿Por qué intentaba ahora dar un salto atrás, deseosa de
reparar su olvido, para ocupar el lugar de la otra, llegada al mundo
mucho después de ella y que exigía su porción correspondiente en la mesa
de la vida, su parte de ilusión y de amor reservada á toda juventud?...
Imaginó por un momento la posibilidad de que estando en Monterrey,
cuando tenía los años de la hija de Mascaró, hubiese amado á un
compañero de su niñez, tan pobre como ella, concretando su porvenir
entero en la esperanza de casarse con este hombre, tener hijos de él,
una casa modesta y cómoda... nada más para el resto de su existencia. Y
de pronto llegaba una gran señora que lo poseía todo, á quien la suerte
no había negado un solo medio de satisfacer sus deseos, y esta
privilegiada sentía el capricho de arrebatarle precisamente su mediocre
felicidad. ¡Qué infamia!...
Su carácter enérgico se sublevó agresivamente ante tal injusticia
hipotética. ¡Y ella, que pretendía ser equitativa en todos sus actos,
iba á hacer lo mismo!... No; había que suprimir esta posibilidad
deshonrosa, con la rapidez y la dureza de los seres prontos á la acción.
La voz de Rina le hizo salir de sus meditaciones, y al levantar la
cabeza creyó que una nube estaba pasando ante el sol. La luz vespertina,
dorada y cálida cuando ella había entornado los ojos sumiéndose en su
vida interior, era ahora grisácea y casi crepuscular. En el cielo, de un
azul cristalino, iba desliéndose el oro de la tarde, cada vez más
pálido. Una faja de púrpura á ras del horizonte delataba el rastro
sangriento de la huída del sol.
Rina, después de gritar inútilmente á través del jardín, acabó por
descubrirla medio caída en el banco.
--Florestán desea hablarte.
El primer movimiento de Concha fué ponerse de pie é ir hacia la quinta.
Luego volvió á quedar inmóvil.
Entrar en aquel edificio, subir la escalera, verle otra vez... ¡ah, no!
Adivinaba que iba á ser cobarde. Estaba segura de que al volver al
dormitorio del convaleciente perdería la fuerza de aquella voluntad
extraordinaria que le facilitaba la ejecución de las más duras
resoluciones.
Obedecer á su llamamiento, hablarle otra vez, aunque fuese la última,
equivalía á una mala acción. Era buscar una excusa para su debilidad, ir
al encuentro de un pretexto que explicase luego su conducta, como hacen
los débiles ó los malvados cuando pretenden justificar sus actos.
Habló á Rina con una voz monótona, imperiosa, seca, que ésta había oído
en determinados momentos de su vida común. Conocía bien esta voz, y su
experiencia le aconsejaba no hacer ninguna objeción á Concha Ceballos
cuando se servía de ella para dar órdenes.
Pidió á su compañera que le trajese allí mismo un gabán, su sombrero,
sus guantes.
--Tengo frío--murmuró; y su voz fué blanda y triste, pero un instante
nada más.
Luego siguió mandando con el mismo tono autoritario. Rina tomaría arriba
lo más preciso, lo puramente personal que ella no podía abandonar. Lo
restante debía dejarlo á la mujer del hortelano. ¡Un recuerdo más!
--Nos marchamos inmediatamente al hotel. Tú vas á encargarte de hacer
las maletas, recogiendo todo lo que tenemos allá. Luego vendrás á unirte
conmigo en San Sebastián. No; mejor será en Biarritz: ¡fuera de España!
¡lo más lejos posible!... En el hotel te daré una carta para el señor
Mascaró. Se la llevas esta misma noche. Que venga á encargarse de...
esto con los suyos. A ellos les corresponde.
Rina, silenciosa, con un rostro que disimulaba mal su inquietud, se
dirigió á la casa para cumplir estos mandatos. Adivinaba la cólera de su
compañera. En tales momentos era cuando decía con varonil orgullo:
--¡Yo no sé cómo se llora!... ¡Yo no he llorado nunca!
La señora Douglas la hizo retroceder para darle una nueva orden. Debía
ir inmediatamente á la antigua cuadra de la quinta, donde estaba su
automóvil desde algunos días antes. El chófer americano entretenía sus
horas de espera hablando con los jardineros y los vecinos en un español
recién aprendido, ó leyendo algunos magazines ingleses, de páginas
mugrientas por el continuo manoseo, que guardaba bajo un asiento del
vehículo.
--¡Bendito automóvil!--siguió diciendo la dama--. Él nos da la verdadera
libertad. Gracias á su invención podemos escapar á todas horas de los
lugares que odiamos.
Le parecía en este instante el más extraordinario y benéfico de todos
los descubrimientos que han hecho dulce y fácil la vida humana. Había
librado á las gentes de la tiranía del espacio y de las monotonías del
tiempo. El que puede disponer á todas horas de un automóvil acaba por
ver y apreciar la vida de distinto modo que los que van siempre á pie.
Esta facilidad de traslación da á los pensamientos más vulgares mayor
amplitud y soltura. Hasta los entendimientos limitados ven abrirse
nuevos horizontes...
Luego olvidó estas divagaciones para dar á Rina su última orden.
--Dile al chófer que antes de media noche vamos á salir de viaje... pero
viaje largo. Que no se olvide de preparar el faro grande. Quiero que
cuando mañana salga el sol me vea lejos, ¡muy lejos! de Madrid.
X
La mentira
Languidecía la tarde al salir ella del Casino. Su automóvil marchó á
gran velocidad por el tortuoso camino de la costa. La luz solar, antes
de extinguirse, tomaba los colores del limón y la rosa, reflejándose
sobre las cumbres amarillas ó bermejas de los Alpes.
La señora Douglas deseaba no llegar con retraso á su hotel de Niza.
Distraída por el juego en los salones privados del Casino de
Monte-Carlo, había olvidado que aquella noche era de gran comida en el
Hotel Negresco, donde ella estaba instalada, con exhibición á los
postres de bailarinas célebres. Como había dejado á Rina en Niza ocupada
en cumplir ciertos encargos suyos, iba sola en su carruaje. Entornando
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