debe esto á que abunda el oro. El que tiene dinero ve la vida de otro
modo que el que no lo tiene. Ya sabes el refrán: «Donde no hay
harina...» Por eso se experimenta una sorpresa enorme al llegar á
aquella tierra y ver de cerca sus hombres de negocios. Como todo lo de
allá debe ser forzosamente cincuenta ó cien veces más grande que lo de
Europa, nos los imaginamos unos monstruos terribles, nunca vistos. El
negociante de Europa es sombrío, amargado, escéptico, capaz de quitarte
la piel con su mirada. «¡Cómo será el de allá!...», nos decimos. Y nos
encontramos con una especie de niños grandes, muy fuertes en las horas
de trabajo, y que cuando terminan éstas se van al club á jugar á la
pelota. Si caen, son capaces de todo para levantarse; si se ven en un
apuro, te echarán por la borda; pero cuando ganan dinero, lo primero que
piensan es que todos deben recibir su parte. Marchando bien sus asuntos,
ríen bondadosamente, se alegran con cualquier historia, miran la vida á
través de su optimismo y creen necesario tener un ideal generoso y
desinteresado, un ideal un poco «romántico», como compensación á la
vulgaridad de sus negocios.
Adivinando la simpatía del catedrático, lo buscaba Arbuckle durante las
horas numerosas y lentas en que se veía privado de hablar con la señora
Douglas.
Mascaró admiraba la pulcritud en el vestir de su nuevo amigo. Sus
camisas y corbatas parecían siempre recién estrenadas; sus trajes eran
eternamente flamantes, cual si acabasen de recibir el planchado del
sastre; una elegancia á la americana, como decía don Antonio, «teniendo
por base el traje de calle», con gran variedad de tintes y formas. En
una solapa ostentaba á guisa de condecoración un pequeño redondel azul
de esmalte con una cifra: la insignia de su club de San Francisco.
Otro motivo de admiración para Mascaró fué la prodigalidad y la potencia
de este hombre como fumador. Nunca pudo sorprenderle sin un cigarro en
la boca: un cigarro enorme, ventrudo en su parte media, con un perfume
mareador de hoja intensamente madura. Hablaba sin apartarlo de sus
labios, manteniéndolo sujeto en una de las comisuras de su boca. Lo
mordía, consumiendo con sus dientes una parte casi igual á la devorada
por el fuego. En momentos de silencio le hacía dar continuas vueltas con
una rotación imperceptible de sus labios.
Iba todas las tardes á sentarse en el -hall- del Palace Hotel con la
esperanza de ver á «la Embajadora» Douglas, y si el catedrático se
asomaba á dicha rotonda, su primer saludo era presentarle un estuche de
piel con media docena de cigarros, largos, panzudos, esparciendo un
perfume que hacía pensar al imaginativo Mascaró en las vegas cubanas.
Su trato con este nuevo amigo hizo temer al catedrático por la salud de
su garganta. Él no podría consumir impunemente á todas horas aquellos
cigarros suculentos, de olorosa braveza, que no causaban daño alguno al
americano.
--¡Qué tío para fumar!--decía con veneración.
Algunas veces llegó á creer que llevaba un estuche repleto de cigarros
en cada uno de sus bolsillos. Allí donde metía la mano en su traje
sacaba habanos para él y para los demás.
Cuando Mascaró salía á dar un paseo en las primeras horas de la tarde,
sus pies experimentaban inmediatamente la atracción del Palace Hotel.
--Vamos á ver si el amigo Arbuckle está en el -hall-.
Y lo encontraba siempre, viéndose recibido por él como un emisario que
enviaba la Suerte para librarle del aburrimiento de una espera á solas.
No sentía interés por ver Madrid. Lo había conocido en viajes
anteriores, y él venía ahora para otra cosa. Su conveniencia era
permanecer en el -hall- esperando que la viuda bajase de sus
habitaciones ó entrase de la calle, para hacerse el encontradizo
(¡siempre por casualidad!), entablando una conversación con ella, aunque
fuese rápida.
Algunas veces se contentaba con ver á Rina, pero ésta parecía
menospreciarle por su ceguera ó su ignorancia. ¡Un hombre que pasaba
junto á su felicidad sin fijarse en ella, empeñándose en perseguir cosas
imposibles!...
La presencia de Mascaró representaba para Arbuckle unas cuantas horas de
conversación, durante las cuales raro sería que su mala suerte le
privase de un tránsito fugaz de la viuda. Y para no quedarse solo,
vigilaba la combustión del cigarro enorme ofrecido á su nuevo amigo, y
apenas veía llegar el fuego más allá de su parte media sacaba el
estuche, brindándole con otro.
--No diga que no--rogaba, empleando un español de California, matizado
de palabras inglesas ó italianas en momentos de duda--; son muy
saludables y no hacen daño. Yo suelo fumar hasta veinte por día.
Otro motivo de satisfacción para Arbuckle era el entusiasmo con que el
catedrático iba recordando la visita que había hecho á su tierra natal.
La verbosidad exuberante de Mascaró hacía revivir ante sus ojos el
panorama de San Francisco, el idolatrado «Frisco» de su infancia, cuyo
desarrollo y belleza seguía admirando después de haber viajado por casi
toda la tierra.
Para el español, era la Universidad de Berkeley, al otro lado de la
hermosa bahía, uno de los mejores recuerdos de su existencia. Hablaba
del campanil de esta Universidad, igual á una torre de faro, que los
habitantes de San Francisco veían desde la orilla opuesta; de sus diez
mil estudiantes, de su teatro griego, donado por la munificencia de un
multimillonario, con arboledas en cuyo ramaje cantaban los pájaros como
el coro antiguo de las tragedias.
--Aquí en Europa saben muy pocos lo que es una universidad
americana--dijo una tarde á Florestán, que se había sentado con ellos en
el -hall---. Los más se limitan á imaginarse un edificio monstruosamente
grande. «La mejor universidad de mi país--se dicen--tiene cincuenta ó
cien metros de fachada. Entonces una universidad de América debe tener
medio kilómetro cuando menos sobre la calle...» No señor; una
universidad es allá un parque, un enorme parque, con fuentes, canales y
algunas veces con lagos para regatas. Un palacio blanco es la
biblioteca; otro palacio pertenece á las Letras; otro á las Ciencias; y
además, los grupos de pabellones para los estudiantes, que forman un
pueblo libre, y el club para los profesores, todo separado, con árboles,
con pájaros, con una alegría que hace amable el estudio y placentero y
suave el trabajo. El mejor recuerdo que guardan allá muchos hombres es
el de los años pasados en la universidad-jardín.
Luego, el catedrático se expresaba con más energía, como si le irritase
la consideración de una injusticia.
--Allá no hay presupuesto de Instrucción pública ni ministro tampoco.
Las universidades son asociaciones libres, mantenidas por el dinero que
dan los particulares. Se juntan los ricos para fundar una universidad,
como aquí para fundar un casino en el que se juega... Todo
multimillonario procura que le perdonen sus riquezas destinando la mayor
parte á una universidad, á un museo, á una biblioteca. ¿Cuántos
millonarios hemos visto en Europa que dejen sus fortunas á los centros
de enseñanza? Algunos, si no tienen hijos, legan su dinero á un hospital
ó un asilo. Los más erigen un convento ó una iglesia... Nunca una
escuela ó una biblioteca. ¡Y todavía hay bodoques que se imaginan á los
Estados Unidos como un país simplemente de comerciantes, de gentes
materialistas, sin ninguna idealidad, sin amor á las letras y las
artes!...
Otro recuerdo predilecto era su viaje por el Sur de California, donde
habían existido las Misiones españolas, y su visita á la famosa ciudad
de Los Angeles.
Este levantino del mar Mediterráneo se había imaginado revivir su
infancia viendo junto al océano Pacífico los naranjales de la California
meridional y sus otras arboledas de frutos variados. Eran planicies
semejantes á las vegas de Valencia y de Murcia, pero todo en mayor
escala, más enorme y vasto, mejor cuidado, alcanzando los árboles
proporciones extraordinarias, revelando sus frutos el milagro de la
voluntad del cultivador aplicada al estudio y selección de los dones del
suelo. En torno á las estaciones de ferrocarril surgía de muelles y
almacenes un perfume intenso de frutas maduras y tablas recién cortadas
para fabricar cajas.
Los árboles se perdían á lo lejos en filas regulares, con sus troncos
pintados de blanco para defensa de los parásitos, lo que les daba el
aspecto de fustes de una columnata interminable. Todas las casas se
mostraban embellecidas exteriormente por plantas trepadoras cubiertas de
flores. Los caminos estaban orlados con eucaliptos de crecimiento tan
enorme, que parecían contar siglos de existencia.
Casi todos los frutos del planeta se desarrollaban prodigiosamente sobre
este suelo feliz. Mascaró recordaba entusiasmado la naranja
californiana, luminosa como un pequeño farol japonés, guardando bajo su
cápsula color de oro rojo un jugo denso, ávido de expansionarse, sin el
menor vestigio de pepitas, por haberlas suprimido el cultivador con una
incesante selección.
La gran curiosidad de este jardín infinito á la vista eran las antiguas
Misiones de los frailes españoles. Todo californiano veía en ellas la
gloria histórica de su país. Los más de los conventos estaban en ruinas,
manteniéndose con milagroso equilibrio las arcadas de sus claustros,
hechos de adobes, y parte de sus bóvedas. Algunos de estos monumentos
humildes eran reconstruídos por el entusiasmo patriótico, invirtiéndose
en ellos cantidades enormes que hubiesen asombrado á los compañeros de
Junípero Serra. Para darles estabilidad eran introducidos armazones de
acero en el interior de sus muros de tierra seca. Se empleaban los
procedimientos más recientes y americanos de la edificación para
perpetuar estas construcciones hechas por el indio y el fraile con
simples rectángulos de barro cocidos al sol.
En los conventos que aún se mantenían de pie se agolpaban los viajeros
de las ciudades para contemplar con histórica emoción las pobres
custodias, las imágenes pintarrajeadas, todos los objetos humildes de
culto que había logrado improvisar la miseria de unas Misiones perdidas
en lo que era entonces para España el rincón más obscuro y lejano de sus
colonias.
Recordaban estas iglesias á Mascaró, á pesar de la mediocridad y
primitivez de sus adornos, muchos de los templos coloniales que había
visto en sus viajes por la América del Sur. Fuesen pobres ó suntuosos,
en todos ellos la principal riqueza estaba en el techo. Los frailes
habían podido mostrarse pródigos al labrar el artesonado por vivir en
países abundantes en madera. Sobre los muros de adobe cubiertos de cal
se apoyaba la techumbre de atrevida curva, sustentada por maderos
flexibles, que, en fuerza de inmersiones y continua presión, habían
acabado por arquearse como las duelas de un tonel gigantesco. Otras
veces estos techos tenían la forma de una artesa puesta al revés, de una
barca con las puntas cortadas vuelta hacia abajo. Y las vigas, tendidas
de muro á muro, parecían los bancos de esta embarcación invertida.
Las campanas de los conventos muertos eran guardadas como símbolos de la
vieja California. Muchos hoteles enormes que la iniciativa americana iba
construyendo en este país invernal buscaban su emplazamiento cerca de
las ruinas de alguna Misión. Y si las ruinas no existían, el arquitecto
procuraba inventarlas. Lo importante era que al entrar en el hotel
pudiese admirar el cliente, entre los esplendores de un jardín moderno,
una campana verdosa y rajada: la de los antiguos franciscanos españoles.
La campana misionera era el remate del escudo de armas de California,
figurando en todos los anuncios y marcas comerciales del país.
Junto al pequeño convento de Nuestra Señora la Reina de los Angeles se
había ido formando la moderna ciudad de Los Angeles, la más elegante y
atractiva de todas las urbes de los Estados Unidos.
--Es la Niza de allá--continuó don Antonio--; pero una Niza que tiene en
invierno cerca de un millón de habitantes, cuatro ó cinco veces más
grande que la de Europa, con todos los adelantos y comodidades de la
vida americana y cerca del lugar donde la costa del Pacífico resulta más
interesante por sus islas montañosas y su vegetación submarina. La
ilusión de todo americano es ir en invierno á Los Angeles, y si es muy
rico instalarse en Pasadena, lugar inmediato de hoteles caros y
lujosos... En Mónaco, en Cannes y otros puertos de la Costa Azul se ven
anclados los yates de los millonarios que han venido á pasar el
invierno. Al llegar á Los Angeles encontré en la estación muchos vagones
azules que permanecían apartados fuera de las vías en movimiento. Eran
los yates terrestres de los millonarios de allá. Cada uno tiene su vagón
especial arreglado á su gusto, y mientras pasa los meses de invierno en
Los Angeles, el costoso vehículo espera en la estación, con su cocinero
y sus ayudas de cámara inactivos, lo mismo que la marinería de un yate
anclado. Cuando uno de estos personajes se cansa de comer en su hotel de
Pasadena, entre jardines floridos, da á sus amistades un banquete «á
bordo» de su vagón especial. Luego, al terminar el invierno, se vuelve á
Nueva York en este coche-casa, ó á cualquiera otra de las ciudades de la
costa del Atlántico. Seis días y seis noches de tren. Hay que retrasar ó
adelantar el reloj varias veces, lo mismo que cuando atraviesa uno el
mar para ir á América ó vuelve de allá. ¡Aquella nación es todo un
mundo!...
Mascaró recordaba los túneles de Los Angeles. Al ensancharse la ciudad
había tropezado con el obstáculo de varias colinas, que obligaron á su
caserío á remontarse por las pendientes. Pero las grandes calles habían
acabado por vencer las gibas del suelo perforándolas con túneles.
Estas avenidas subterráneas tenían sus paredes y sus bóvedas revestidas
con ladrillos blancos de porcelana biselada. Noche y día brillaban en su
seno focos de electricidad ocultos en el muro, y estos chorros
luminosos de origen invisible se extendían por la curva del techo,
descomponiéndose en las facetas de la porcelana con el irisamiento del
nácar. Los focos de los autos, deslizándose como las cuentas de un
rosario de fuego, cortaban con sus chorros móviles de luz roja este
brillo lácteo, semejante al reflejo de la luna sobre un mar dormido.
--Cree uno que marcha por el interior de una ostra perlífera; parece que
el automóvil se haya extraviado en las nacaradas revueltas de una
caracola marina gigantesca.
Luego hablaba de la abundancia de los automóviles californianos como
signo de la riqueza del país. Había un vehículo de esta clase por cada
cuatro habitantes.
--De modo--continuó diciendo--que una mañana puede montar en auto la
población entera de California, niños y viejos, y marcharse á toda
velocidad, dejándola desierta... Pero no hay miedo de que lo haga. Es un
suelo el suyo como no hay otro en el mundo.
Tan grande era la fama de este país, que su nombre, invención de un
obscuro novelista de Castilla, había acabado por ser sinónimo de tierra
hermosa. En Niza y Cannes, los barrios mejores por la fertilidad de sus
jardines eran llamados La California. El título de la ínsula de la reina
Calafia evocaba en todo el mundo una visión paradisíaca.
El oro que la había hecho célebre sólo representó una opulencia
transitoria. Su riqueza permanente estaba en los campos cultivados. En
su parte septentrional, antes de llegar á San Francisco, había selvas
convertidas por la previsión del gobierno en parques nacionales, con
árboles prodigiosos, las famosas «sequoias», bajo cuyas raíces formando
arcos podían pasar á la vez varios hombres á caballo.
El subsuelo, rico en vetas auríferas, guardaba filones de los más
diversos metales, y á esta riqueza sólida había venido á unirse en los
últimos años el oro líquido, obscuro y maloliente necesario á la
industria moderna. Por las entrañas de esta tierra, madre del naranjo y
otras frutas de crecimiento maravilloso, circulaba el petróleo. Sobre
las arboledas cultivadas asomaban su vértice los andamiajes de madera
que marcan la existencia del pozo petrolífero. Dentro de la misma ciudad
de Los Angeles había visto Mascaró terrenos rodeados de cercas, como si
fuesen solares en construcción, mostrándose por encima de dichas
barreras idénticos maderos en forma de pirámide. Eran fuentes de
petróleo surgidas en el interior de la ciudad, pero cuya explotación
había sido suspendida, por resultar incompatible con el funcionamiento y
la hermosura de la vida urbana.
--Y la última riqueza de California es el cinematógrafo--siguió diciendo
Mascaró--; una de las más importantes de los Estados Unidos, uno de sus
primeros artículos de exportación.
No era en realidad la ciudad de Los Angeles el lugar santo donde se
creaba la vida sin voz; se llamaba Hollywood, nombre de un pueblo
inmediato.
Había nacido en los últimos años, desarrollándose con la rapidez
biológica de un órgano reclamado imperiosamente por la función.
--En toda la tierra es conocido Hollywood; pocos son los que no han
visto alguna vez sus calles--dijo el profesor á Florestán--. Esas
avenidas orladas de pequeñas palmeras, con jardines sin valla, formando
pendientes de musgo y de flores, por donde se persiguen los héroes de
las historias cómicas y pasan automóviles que aplastan á las gentes ó
marchan en vertiginoso zigzag, como si estuviesen ebrios, eso es
Hollywood.
Su primera visita á dicha población había sido á mediodía, cuando los
actores interrumpen su trabajo para tomar el -lunch-. Tenía unos quince
mil habitantes, casi todos artistas. Los llamados «estudios», donde se
producen las obras cinematográficas, eran la verdadera industria de esta
villa. Como viven en ella miles de mujeres solas y ganando mucho dinero,
habían surgido otras industrias menores: sombrererías, modistas y demás
establecimientos de lujo. Los más de los habitantes tenían automóvil,
guiándolo ellos mismos. Hasta los carpinteros y los maquinistas
constructores de las decoraciones para las obras llegaban al trabajo
guiando su vehículo mecánico. En las extensas avenidas, abiertas sin
miedo á despilfarros de espacio, se adivinaba la existencia de los
«estudios» al ver un centenar de automóviles en doble ó triple fila,
todos con el dueño ausente.
Mascaró, al entrar en Hollywood, fué pasando entre numerosos grupos de
odaliscas, unas envueltas púdicamente en sus velos, otras dejándolos
flotar sobre sus espaldas, mientras corrían veloces, con una alegría de
colegialas en libertad. En uno de los «estudios» se estaba filmando
aquel día un cuento oriental. Las figurantas con familia acudían á sus
casas para tomar el -lunch- y regresar cuanto antes al fabuloso Bagdad
del califa Harum Al-Rachid.
Enumeraba el catedrático las maravillas de este pueblo, que por sus
incesantes transformaciones era llamado la Ciudad-Camaleón.
Cada «estudio» ocupaba vastos terrenos guardados por vallas, y en esta
planicie cerrada, arquitectos y hábiles manipuladores del cemento armado
construían y destruían en el curso del año toda clase de poblaciones. Un
día, sobre las cercas se iban elevando, en hábil y engañosa perspectiva,
la torre Eiffel, el puente Alejandro, la bóveda de los Inválidos, todo
lo más conocido del panorama de París. Y las empresas cinematográficas
aprovechaban tal reconstitución, que había costado meses y meses de
trabajo, para filmar de una vez y en unos cuantos días todas las
historias que tenían por escenario la capital francesa.
Otras veces se podía ver en Hollywood el puente de los Suspiros, el
Rialto y la plaza de San Marcos de Venecia; ó un zoco árabe, de
tiendecitas lóbregas, al que afluían varias calles abovedadas como
túneles, agitándose en su ámbito abigarrada muchedumbre de mercaderes,
camelleros, hembras veladas y santones.
--Y todo construído de verdad, todo sólido y duradero, como si no
hubiera de ser echado abajo apenas el operador da la última vuelta de
manivela á su aparato. ¡Los chascos que se llevaba uno en la
Ciudad-Camaleón!...
Recordaba haber paseado por calles idénticas á las que habitan los
obreros en los suburbios de las grandes ciudades industriales. Eran
casas de ladrillo ahumado, fachadas monótonas, con vidrios polvorientos
en sus ventanas. Las comadres de brazos arremangados hablaban apoyadas
en los quiciales de las puertas ó remendaban sus ropas sentadas en el
umbral. Un tranvía viejo pasaba por el centro de la calle, haciendo
apartarse á los grupos de chicuelos astrosos, hijos de emigrantes
italianos ó irlandeses.
El catedrático había creído que este barrio de trabajadores sobre
terrenos dedicados á la cinematografía era una prolongación olvidada de
la vida industrial de algún grupo de fábricas próximas. Pero de pronto,
cuando sus acompañantes abrieron la puerta de una de las casas y le
invitaron á pasar adelante, no pudo contener una exclamación de asombro.
La casa no continuaba. La calle estaba hecha simplemente de fachadas, y
lo mismo ella que las gentes que se agrupaban junto á las puertas, las
tiendecitas sucias de los pisos bajos, el tranvía viejo, los carretones
circulantes cargados de cajas y toneles, todo era fingido, todo
preparado para representar cinematográficamente una novela de la vida
obrera en los Estados Unidos.
Todos los pueblos de la tierra, atraídos por el nuevo arte, enviaban sus
gentes y sus idiomas á la Ciudad-Camaleón.
Mascaró había visto en las diversas secciones de un mismo «estudio», que
filmaba varias historias á la vez, bailarinas de Málaga y bailarinas de
Bombay, jinetes mejicanos ó de Australia, gauchos de las Pampas y
esquimales venidos de Alaska. En las inmediaciones de Hollywood volaba á
veces un aeroplano, cuyo tripulante hacía dar al aparato las vueltas más
audaces, arrojándose luego en el vacío, para agarrarse á un árbol ó un
tejado.
Resultaba visible la riqueza de la Ciudad-Camaleón en los edificios y
las personas. Las casas de los artistas, rodeadas de floridos jardines,
eran de madera en su mayor parte, elegantes -bengalows-, adornados
interiormente con ricas alfombras y muebles ostentosos. Se adivinaba la
aburrida suntuosidad de las gentes que ganan mucho dinero y se ven
obligadas por su trabajo á permanecer siempre en el mismo sitio. Era una
opulencia igual á la de los mineros aglomerados en un rincón solitario
de la tierra, que no saben qué inventar para aligerarse del oro que
llevan ceñido al talle.
Casi todas las mujeres iban elegantemente vestidas, con una elegancia
pesada y costosa. Algunas, en las primeras horas matinales, llevaban
trajes de rica seda bordados de oro.
La dulzura del cielo, la persistencia del sol de California, que rara
vez deja de mostrarse, habían impulsado las grandes industrias
cinematográficas á establecer sus «estudios» en este pueblo junto á Los
Angeles. Hasta el pasado salvaje del país ayudaba al mayor esplendor del
arte mudo. Cerca de Hollywood existía una de las llamadas «reducciones»
de indios, porción de terreno que el gobierno deja á las antiguas tribus
para que sigan vivaqueando como antes de la conquista realizada por los
blancos.
--Estos pieles rojas--continuó don Antonio--han acabado por sentir, como
cualquiera señorita, la tentación demoniaca del cinematógrafo, y buscan
el figurar en los -films- cuando alguna historia exige la presencia de
indios. En la Ciudad-Camaleón, los reclutadores de figurantes son
personajes que merecen tanto interés como los que construyen poblaciones
de quita y pon. Basta decirles: «Necesito quinientas personas de esta ó
de la otra clase», y al día siguiente, á las siete de la mañana, se
presenta en el «estudio» la muchedumbre amaestrada que ha pedido usted.
Si la fábula exige la presencia de una tribu india, el agente echa mano
al teléfono y llama al cacique del campamento próximo, pues en las
tolderías de los Estados Unidos hay teléfonos, máquinas de coser,
máquinas de contar el dinero y plumas estilográficas, lo que no impide
que las gentes lleven aún plumas en la cabeza, mantas rayadas y
pantalones de cuero acampanados, con cabelleras colgantes. «Para
mañana--dice el reclutador--quiero cien guerreros con sus familias y sus
tiendas.» Y al día siguiente, á primera hora, acampan en los terrenos
del «estudio» los pieles rojas con traje de guerra, armados de lanza y
flechas, y fuman acurrucados en el suelo sus largas pipas de piedra,
mientras las mujeres, chatas y de ojos oblicuos, plantan las tiendas
cónicas de cuero pintarrajeado, y los chiquillos cobrizos juguetean con
los perros de la tribu.
Se entusiasmaba el catedrático al hablar de las ventajas de la
cooperación y del capital abundante. En unas cuantas horas podía uno
improvisarse cinematografista en la Ciudad-Camaleón, alquilando un
«estudio» donde todo estaba preparado: el personal, las fuerzas
eléctricas, los reflectores, enormes como los de un navío de guerra. En
Europa había que hacer las cosas partiendo de lo más elemental, como el
que se ve obligado para construir un mueble á empezar por la siembra de
la semilla del árbol, esperando á que éste crezca y pueda proporcionar
finalmente tablas para la deseada fabricación.
Cada artista trabajaba según la calidad de su rostro.
--El figurante novel, al ofrecer sus servicios, queda clasificado por
los conocedores. «Cabeza de juez», apunta en su libro de notas el
agente. Y cuando un «estudio» necesita un juez, lo llaman... En Europa
no trabajaría una semana en todo el año. En Hollywood, donde se crean á
la vez quince ó veinte historias cinematográficas, no hay día en que el
«juez» deje de trabajar.
Y así continuaba enumerando las particularidades de la Ciudad-Camaleón;
pueblo que no tenía más allá de una docena de años de verdadera
existencia y llenaba el mundo con sus obras, dando alimento imaginativo
á todas las razas de la tierra, venciendo los obstáculos que oponen los
idiomas y los colores diversos de las gentes, haciendo penetrar muchas
veces la poesía ó los adelantos del pensamiento en lugares inaccesibles
por la tradición ó la barbarie, donde jamás consigue entrar el libro.
Para Arbuckle, representaba un placer reposado y dulce escuchar al
catedrático envolviéndose en las nubes de su habano, hundido en las
blanduras de un sillón de la rotonda, atisbando al mismo tiempo,
disimuladamente, todas las personas que veía entrar en el hotel y
dirigirse á los ascensores. Como Mascaró sabía evocar con una realidad
casi tangible el recuerdo de la amada California, esto le hacía
imaginarse que la señora Douglas estaba allí, entre ellos, aunque
transcurriesen las horas sin que se mostrase.
En espera de tiempos mejores, Haroldo encontraba aceptable su actual
situación. Algunas tardes la viuda se quedaba en el -hall-, después del
almuerzo, hablando con sus amigos, pues aquel sabio, que decía cosas tan
hermosas y agradables, parecía atraerla con el encanto de su palabra. El
californiano se explicaba esta fuerza atractiva. Florestán le era
simpático por su juventud, pero apenas si fijaba en él su atención.
Después de la viuda sólo tenía ojos para el gran Mascaró.
Esta espera plácida de hombre que cuenta con el tiempo para la
realización de sus deseos, y considera inútiles audacias y prisas, se
vió turbada de pronto por un suceso inesperado. Una tarde, cuando
Arbuckle aguardaba la llegada de su amigo el catedrático, vió avanzar
bajo la cúpula del -hall- á otra persona conocida, pero que él se
imaginaba muy lejos de Madrid: el marqués de Casa Botero.
Lo había encontrado en París, durante varios meses, casi todos los días,
por ser un amigo de la señora Douglas, tan persistente y tenaz como él.
La mayor preocupación del californiano al salir para Madrid había sido
que el otro no averiguase el paradero de la viuda.
Este encuentro era lo peor que podía ocurrirle; pero á pesar de ello
apretó la mano del marqués con forzuda efusión, sonriendo al mismo
tiempo sin hipocresía. Estaba enterado desde su juventud de la cortés
lealtad con que debe tratarse á un adversario. Había estrechado la
diestra, siendo muchacho, de muchos camaradas con los que se batía luego
á puñetazos. Terminado el boxeo, era también de regla darse una mano,
mientras la otra estaba ocupada en rascarse los chichones y limpiar el
rostro de sangre. Hay que demoler al enemigo si se puede, pero sin
faltar nunca á la consideración que merece por ser hombre.
--¿Usted aquí? ¡Qué sorpresa!...
Y el otro contestó con una petulancia en la que se adivinaba su deseo de
aplastar al hombre de negocios:
--Sentí de pronto el deseo irresistible de contemplar una vez más los
Velázquez. Yo soy muy artista y tengo necesidades espirituales que
ignoran otros.
Aunque no existiese entre los dos la seductora personalidad de la viuda
Douglas, que los separaba y los hacía buscarse al mismo tiempo, no por
ello Arbuckle habría sentido simpatía alguna por este personaje. Se
levantaba entre ambos un antagonismo tradicional é irreductible. Era
como si perteneciesen á dos especies distintas de hombres que venían
chocando y devorándose desde el principio de la existencia humana.
El marqués de Casa Botero, de la misma edad que Arbuckle, parecía más
viejo que él por el rostro y más joven por la esbeltez de su figura. Era
extremadamente enjuto de carnes, con la delgadez del deportista que
vigila celosamente su peso y no permite sobre el andamiaje de su
osamenta otra carne que el músculo productor de fuerza, pero comprimido
y correoso, sin los abultamientos del atletismo profesional. Bajo la
piel de su rostro se marcaban las oquedades y aristas del hueso. Esta
epidermis estaba algo quebrada por la pátina de los ejercicios al aire
libre, por las inmovilidades en la playa bajo el sol después de la
natación, por los deportes de invierno en las estaciones elegantes de
Suiza. No eran arrugas de vejez; era el agrietamiento de la flacura
buscada con extremados ejercicios. Llevaba el rubio bigote corto, y su
cabellera peinada atrás con tal violencia, que parecía tirar de ella una
mano invisible. Tenía en sus movimientos la ligereza del jinete, y en
sus gestos y su mirada fría la insolente seguridad del hombre de armas
que cuenta con sus ventajas de esgrimidor.
Avezado Arbuckle en sus negocios internacionales á la lucha con la
mentira, le era fácil husmear la presencia ó la ausencia del dinero, y
basándose en tal adivinación consideraba pobre al marqués no creyendo
ninguna de las manifestaciones de opulencia que hacía frecuentemente con
gestos de multimillonario hastiado de su prosperidad.
Llevaba, sin embargo, una vida tan costosa como la de los ricos,
mostrándose en todos los lugares de Europa frecuentados por gentes
acaudaladas. La señora Douglas le había conocido, una primavera, en un
hotel de Florencia. Rina lo veneró desde el primer momento como si fuese
la personificación material de muchos personajes interesantes adorados
por ella en novelas que llamaba «aristocráticas». La viuda le miró con
cierta simpatía al oir que era un marqués español.
Esta nacionalidad de Casa Botero no resultaba clara. Unas veces se decía
español, afirmando que su título nobiliario había sido dado por los
reyes de España. Otras, para explicar sus defectos de pronunciación, se
declaraba nacido en Sicilia, pero sus abuelos habían ido á Madrid con
Carlos III, al renunciar éste la corona de Nápoles por la de España.
Dudaba Arbuckle de sus dos nacionalidades, creyéndole más bien nacido en
alguno de los puertos cosmopolitas del Mediterráneo oriental, donde los
judíos que fueron expulsados de la Península hablan aún el castellano
antiguo. ¿Quién podía saber con certeza lo que era este hombre y la
legitimidad de su título?... Su única ocupación visible era coleccionar
cuadros y antigüedades, ponderando las enormes sumas que le costaba
satisfacer sus refinados gustos de artista. Pero el californiano tenía
la sospecha de que se dedicaba al corretaje y venta de estos objetos,
muchas veces de dudosa autenticidad, abusando de las manías
seudo-artísticas de ciertas personas ricas é ignorantes á las que había
conocido en salones ú hoteles célebres, siendo esta industria
cuidadosamente disimulada su mejor renta.
Vivía con lujo, y si tenía apuros monetarios los ocultaba con habilidad.
En opinión de Arbuckle, el negocio que ocupaba enteramente su
pensamiento era casarse, fuese como fuese, con la millonaria Douglas...
Pero la consideración de que era su adversario le hacía callar tales
sospechas, para que su compatriota no le creyese falto de lealtad y de
justicia.
Después de haberle conocido en Florencia volvió «la Embajadora» á
encontrarlo en París, y desde entonces fué tropezándose con Casa Botero
en todos sus viajes por Europa.
Era menos hábil y rápido que el antiguo buscador de oro para descubrir
su paradero; mas de todas suertes acababa por surgir ante su paso pocos
días después de haberse mostrado Arbuckle. Resultaba de trato menos
seguro y plácido que el otro solicitante; siempre hallaba el medio de
exponer sus pretensiones amorosas, á pesar de las interrupciones
burlonas de la viuda y su habilidad para librarse de palabreos
importunos. Además, había sabido atraerse la simpatía de Rina, y ésta le
ayudaba con sus elogios y sus frases de admiración al quedar á solas
con la viuda.
Dos sentimientos contradictorios agitaban á la señora Douglas al pensar
en él. «Tal vez será conveniente cortar esta amistad», se decía muchas
veces.
Casa Botero estaba bien relacionado socialmente; entraba en todas
partes; era muy conocido en París desde los hoteles inmediatos al Arco
de Triunfo hasta los establecimientos y clubs vecinos á la Magdalena;
pero algunas personas de situación respetable sonreían irónicamente ó
hacían un gesto de inquietud al oir su nombre. Otros afirmaban que en la
Embajada de España nadie conocía á este personaje, ni estaban enterados
de la existencia del marquesado de Casa Botero. Tal vez eran
murmuraciones de sus enemigos. También podía ser que su título fuese de
los que concede el Papa. Pero aunque no resultase menospreciable por un
pasado turbio, siempre era para ella un amigo poco tranquilizador, que
le obligaba á vivir recelosa y pronta á defenderse.
Al mismo tiempo le inspiraba cierta gratitud por el interés con que
atendía á sus diversiones, proporcionándola invitación para asistir á
las fiestas más famosas, guiándola con su experiencia y sus amistades en
el círculo de la vida cosmopolita comprendido bajo el título de «todo
París». Era para ella lo que para ciertas damas antiguas el llamado
«caballero sirviente». Gracias á su auxilio había conocido en pocos
meses un París que muchas de sus compatriotas tardaban años en
conquistar.
Sentía á veces remordimiento al darse cuenta del inexplicable contraste
entre la simpatía que le inspiraba este hombre y las noticias de su vida
anterior. Era una vergüenza igual á la que se sufre con el
descubrimiento de un pecado: vergüenza que no nos impide persistir en
él. Conocía varias «historias malas» del tal Casa Botero, historias de
amor con mujeres á las que había hecho perder su prestigio y su posición
social; historias con damas que á última hora no quisieron casarse con
él; mas todo ello era muy vago; nadie podía afirmarlo con un testimonio
directo, y el marqués continuaba siendo bien recibido en salones
respetables frecuentados por ella.
La estima simpática de este hombre inquietante era su único pecado
mental, lo que hacía que le apreciase todavía más, con ese interés
curioso que inspiran los libertinos alegres y serviciales á muchas
personas honestas. Era para ella á modo de una ventana que le permitía
asomarse sobre un mundo prohibido. Todo lo malo que le contaban acerca
de su pasado parecía añadir nuevas seducciones á su persona. Según iban
aumentando los informes en perversidad, se agrandaba su atracción: la
terrible atracción que ejerce lo desconocido.
Ella, además, era una mujer fuerte, predispuesta por instinto á buscar
todo lo arriesgado. Bastaba que muchas señoras evitasen con miedo el
trato de este hombre, para que «la Embajadora» le concediese mayor
familiaridad. Sonreía cuando algunas amigas tímidas le insinuaban que
este individuo iba indudablemente en busca de sus millones y era capaz
de comprometerla en un escándalo social, para obligarla de tal modo á
casarse con él. Le gustaba juguetear con el peligro, desorientar con sus
coqueterías y sus severidades á este temido sujeto, sin permitirle que
avanzase un paso más en su intimidad. Era como si domesticase una bestia
feroz y astuta, divirtiéndose en hacer de ella un gozquecillo, seguidor
humilde de sus pasos.
La mujer que Mascaró apodaba «la reina Calafia» podía arriesgarse en
estos ejercicios de amazona, sin miedo alguno. Sus opiniones austeras,
la ordenada serenidad de su vida física, le permitían considerarse
fuerte, ignorando ó despreciando la embriaguez de la tentación. Su
existencia tenía la regularidad isócrona y vencedora de una máquina.
El adulterio, con los tapujos y mentiras que forman su acompañamiento,
le había parecido siempre una cobardía, indigna de su carácter franco y
valeroso.
«Si yo me hubiese enamorado alguna vez--se decía interiormente--, si un
hombre me hubiese hecho su esclava, antes que engañar á mi marido le
habría revelado la verdad, separándome de él. Todo es preferible á la
mentira... Eso que llaman amor y obliga á las vilezas del adulterio es
indudablemente igual á una enfermedad, y la mujer que sufre tal
desgracia debe sobrellevarla valientemente y no mentir.»
Tampoco admitía el amor sin la vida común. ¿Esconderse?... ¿Mostrar
rubor en público por una pasión á la que se dedican luego en secreto
tan hermosas palabras?... No; ella sólo habría aceptado amar á un
hombre á la luz del sol.
Por eso le atraían y divertían como espectáculos raros las aventuras del
adulterio, los incidentes de la pasión oculta y vergonzosa, que sirven
de base á tantas historias de amor. Le parecían actos de una humanidad
secundaria, malsana y merecedora al mismo tiempo de interés. Su salud
siempre equilibrada, su sensualidad adormecida, le permitían vivir
rozándose con todas estas historias sin miedo al contagio, como un
operador de laboratorio, defendido por guantes aisladores, maneja
tranquilamente venenos mortales ó fuerzas fulminantes.
Había también mucho de coquetería femenil en la predilección que
mostraba por este amigo inquietante. Como no había conocido otra pasión
que el reposado y dulce compañerismo de su esposo, le placía
secretamente verse deseada con violencia, al modo «latino», con cierta
falta de respeto.
Se ofendía cuando Casa Botero intentaba ir lejos en sus palabras. Una
vez que, aprovechando una conversación á solas, quiso besarla, Concha
Ceballos lo inmovilizó dolorosamente con uno de aquellos golpes del
pugilato japonés aprendido en su juventud. Con ella era peligroso
intentar algo que no hubiese autorizado previamente.
Luego la amazona sonreía con una vanidad de colegiala al escuchar las
amenazas de celoso añadidas por el marqués á sus declaraciones de amor.
--Si usted ama á otro, lo mataré. ¡Juro que lo mataré!
Nunca había oído esto á sus pretendientes, cuando era soltera.
--Entonces, mate usted á Arbuckle--dijo riendo.
Casa Botero quedó indeciso, y al fin añadió con desdeñosa magnanimidad:
--A ese lo desprecio. Sé bien que nunca será un rival temible para mí.
Fluctuando entre la desconfianza por sus antecedentes, el agradecimiento
por sus servicios y el deseo de coquetear con él para convencerse de su
propia fuerza y hacer ver á sus amigas que este hombre tan temible para
otras mujeres no podía inspirarle miedo, continuaba la viuda admitiendo
sus visitas, hasta que de pronto sentía la necesidad de alejarlo. Era
prudente guarecerse detrás de los obstáculos del tiempo y la distancia.
Resultaba demasiado pegajoso en sus deseos de hacerla marquesa de Casa
Botero... Y en uno de tales momentos había dispuesto su viaje á España
para ayudar á Rina.
Al presentarse en Madrid este solicitante, ella acogió con risas la
noticia de su llegada.
--Me lo temía--dijo á su compañera--. Ya está la familia completa.
Hubo sin embargo en su risa una expresión de contrariedad. «La
Embajadora» no se sentía aquí con el mismo buen humor para tolerar á sus
dos enamorados que en París y otras ciudades.
Por fortuna, el bondadoso Arbuckle la libró de su presencia. Nunca
llegaba á presentir con exactitud los deseos de la viuda, pero algunas
veces por obra del azar, sabía servirla y complacerla mejor que el
otro. Pensó que, estando ahora en Madrid aquel adversario, simpático á
las mujeres, pero enigmático y sospechoso para muchos hombres, nada
podría adelantar él en sus pretensiones. Era mejor irse á Sevilla por
unos días, justificando de tal modo lo que había dicho á la viuda.
El marqués, menos discreto que él, se había instalado en el mismo
Palace, buscando sin recato alguno ver con frecuencia á la señora
Douglas. Pero Arbuckle creyó que podía emprender tranquilamente dicho
viaje, pues dejaba á sus espaldas buenos auxiliares.
Su ilustre amigo don Antonio había manifestado una opinión francamente
adversa desde la primera vez que vió á Casa Botero.
--No me gusta ese tipo. Además... ¿qué marquesado es el suyo?... Nunca
he oído mentar el tal título.
Florestán mostraba igualmente repulsión por él desde la noche que le
conoció en el comedor del Ritz.
Le molestaba el tono familiar de su conversación con la señora Douglas,
como si existiese en su pasado una intimidad que no podía mantener
oculta. Le irritó la cortesía teatral con que besaba su mano.
Se dió cuenta por primera vez de que otros hombres, además de él, podían
ser amigos de dicha señora, recibiendo sus palabras, sus ojeadas y
sonrisas. Creyó que le robaban algo suyo, y esto le hizo perder la
serenidad de su carácter simple y rectilíneo.
Casa Botero, como si adivinase sus sentimientos, le trató con una
hostilidad falsamente cortés.
Repetidas veces, en el curso de esta primera comida, miró con inquietud
á la señora Douglas y luego al joven. Aprovechando un momento en que
Rina conversaba con Florestán, se inclinó hacia la viuda para decirla
quedamente:
--Veo que ha hecho usted, apenas llegada, muy buenas amistades en
Madrid. ¿Verdaderamente, le interesa la gente tan joven?...
VII
De las discusiones que tuvo Mascaró con su esposa y de un recado que le
envió Florestán
El día que conocieron en Florencia á Casa Botero, y después en las
numerosas conversaciones tenidas con él en París y otras ciudades, las
dos californianas le oyeron hablar siempre con orgullo de su noble
abolengo español.
--Los Casa Botero somos de origen siciliano, pero mis ascendientes
sirvieron con tal lealtad á Carlos III, que al renunciar éste á la
corona de Nápoles para ser rey de España, no quiso separarse de ellos y
ordenó que le siguieran á su nuevo reino, figurando mucho en la corte de
Madrid.
Esto lo decía estando en Italia y en Francia; pero al vivir en Madrid
empezó á mostrarse más siciliano que español. Olvidaba á los abuelos que
siguieron á Carlos III para hacer memoria únicamente de los otros que se
habían quedado junto á los Borbones de Nápoles, así como de ciertas
propiedades y derechos que aún poseía en Sicilia.
Como sólo le visitaban en Madrid algunos amigos aficionados á los
deportes y dados á los placeres conocidos por él en París, y había hecho
mención tantas veces de los ilustres tíos y primos que tenía en España,
creyó necesario justificar este retraimiento de su familia.
Los tales parientes--según ciertas explicaciones misteriosas que dió á
Rina--eran de la aristocracia más histórica de España, pero no podían
olvidar la lealtad de los Botero con la monarquía legítima, viendo en
ella un remordimiento para su propia conducta.
--Mis abuelos siguieron al pretendiente don Carlos, que era el monarca
verdadero, mientras los demás parientes aceptaban la rama usurpadora.
Por eso el gobierno finge no conocer nuestro marquesado, indudablemente
más legítimo que el de los otros, pues nos lo dió el único rey.
Y la solterona repetía estas explicaciones por encontrar en ellas cierto
sabor romántico, sin fijarse en la indiferencia con que las escuchaba la
viuda. ¿Qué podían importarle las historias de este hombre elegante y de
incierta nacionalidad, que Arbuckle tenía por un aventurero?... Ella no
iba á casarse con él. Además, empezaba á serle molesta la presencia del
marqués á los pocos días de haberlo encontrado en Madrid.
Resultaba menos maleable y simpático que en París. Se creía tal vez, al
vivir en este nuevo ambiente, con nuevos derechos sobre ella.
Consideraba que por antigüedad debía ser el más asiduo y atendido de
todos sus amigos, mostrando una disposición hostil contra Florestán,
como si viese en él á un intruso.
Ya no podía gozar la viuda tranquilamente el honesto placer de ser
acompañada á todas partes por este muchacho respetuoso y tímido, que
parecía esparcir en torno de su persona una energía flúida, inconsciente
y reposada, algo semejante á las misteriosas fuerzas telúricas que
surgen de las entrañas de la tierra. «La Embajadora» se sentía más
joven, más optimista y de ánimo más firme al lado de este acompañante,
que muchas veces permanecía en silencio, mirándola con unos ojos que
eran acariciadores, sin que él se diese cuenta de tal audacia.
La presencia del marqués había trastornado esta vida de creciente
intimidad, casi igual á la de sus tiempos de soltera en Monterrey,
cuando galopaba al lado de algún jinete mudo por la timidez, que iba
preparando mentalmente su declaración de amor. Le era imposible
organizar una excursión en automóvil á cualquiera de las ciudades
históricas de Castilla, sin que á última hora dejase de surgir Casa
Botero, agregándose al viaje. Era Rina, sin duda, la que, por
imprudencia ó exceso de admiración, revelaba á este hombre los proyectos
de la viuda para el día siguiente, lo que le permitía presentarse con
una oportunidad molesta.
Florestán se mostraba aún más contrariado que la señora Douglas por la
asiduidad de Casa Botero. Al vivir éste en el mismo hotel, no necesitaba
pasar largas horas en el -hall-, como Arbuckle, atisbando las llegadas
ó salidas de la viuda para entablar conversación con ella. Se mostraba
también menos respetuoso y obediente que el californiano, siendo á veces
tal su terquedad en no despegarse del grupo de las dos señoras, que la
viuda se veía obligada á valerse de un descaro sonriente para hacerle
saber que ya la había visto bastante por el momento.
El interés visible de ella era mantener cerca á Florestán y alejar al
otro. Al principio, el joven Balboa había frecuentado el hotel como
quien va á cumplir maquinalmente una obligación cortés y agradable.
Luego se había ido transformando el carácter de estas visitas en el
curso de un mes, que era poco más ó menos el tiempo de su amistad con la
señora Douglas.
Llegaba al Palace con anticipación, mucho antes de la hora convenida con
la viuda para sus paseos por la ciudad, sus excursiones en automóvil ó
sus comidas. Algunas veces no había sido citado por ella, pues deseaba
hacer compras en las tiendas de antigüedades acompañada solamente de
Rina. Otros días gustaba de salir sola, por el interés mezclado de
inquietud que le inspiraba la muchedumbre en las calles de Madrid.
También estaban de paso algunos viajeros de su nación y le era preciso
aceptar sus invitaciones, viviendo con ellos unas horas, sin su joven
acompañante.
Durante estas ausencias, Florestán empezó á considerarse igual á
Arbuckle. Fué, como él, á ocupar un sillón en el -hall- del hotel, y
para justificar dicho acto ante su propio juicio, se dijo que lo hacía
por costumbre, porque le había tomado afición á sentarse bajo la cúpula
de cristales, viendo la gente cosmopolita que pasaba entre las columnas
del salón circular.
En realidad permanecía agazapado en su asiento, lo mismo que un espía
que se finge distraído y lo vigila todo por el rabillo de un ojo. Seguía
atentamente las entradas y salidas de los huéspedes, con la esperanza de
que apareciese de pronto Concha Ceballos, proporcionándole este
encuentro una entrevista más.
Le atormentaban ó le enfurecían ahora preocupaciones é inquietudes
ignoradas semanas antes. Al acompañar á la señora Douglas por la ciudad,
la cólera hacía pasar algunas veces por sus pupilas un resplandor
agresivo, aconsejándole al mismo tiempo caer á bastonazos sobre la
gente.
No podía la viuda pasar inadvertida en las calles inmediatas á la Puerta
del Sol, donde las aceras están siempre ocupadas y hay que marchar con
lento paso. Como en España no abundan las mujeres de gran estatura y el
vulgo siente una admiración instintiva por las hembras altas, bien
llenas, de porte gimnástico y andar ágil, el tránsito de la californiana
parecía ir inflamando un reguero de avideces genésicas. Los más no la
encontraban suficientemente gruesa para su talla aventajada; mas aun
así, sentían en su imaginación el estallido de un cúmulo de fantasías
salaces é inverosímiles, expresando sus deseos con el inevitable
requiebro, que cuando más brutal les parece más de hombre.
--¡Eso es una hembra!... ¡Vaya una tía!
Adivinando por su aspecto que era extranjera, recargaban sin escrúpulo
el color de sus admiraciones y anhelos, y creyendo no ser entendidos, se
delectaban con sus propias desvergüenzas. La señora nacida en Monterrey
parpadeaba ligeramente, estiraba el labio superior, palidecía un poco y
seguía adelante, fingiendo no haber comprendido. Algunas veces, en
realidad, no llegaba á entender, á pesar de su conocimiento del idioma;
tan extraordinariamente soeces y de origen inconfesable eran las
palabras con que algunos expresaban su entusiasmo.
Todo esto hacía sufrir á Florestán un suplicio nuevo. Él había
transitado por las mismas calles acompañando á doña Amparo y Consuelito,
sin oir nada semejante. Pero ahora iba con una extranjera, con una mujer
que por su aspecto físico, su manera de vestir y sus movimientos se
diferenciaba de las del país, y la excepción parecía inflamar la avidez
carnal de los transeuntes.
--¡Gente grosera! ¡Pueblo sin educación!--protestaba en voz baja el
joven.
Y no se atrevía á decir más, porque la señora Douglas continuaba su
marcha fingiendo indiferencia, como si no hubiese entendido ninguna de
las palabras musitadas por muchos hombres al cruzarse con ella.
Durante sus largas esperas en el hotel, las tardes que atisbaba una
ocasión para encontrarse con la viuda, no gozaba el consuelo de verse
acompañado como el bueno de Arbuckle. Permanecía solo horas enteras.
Alguna vez veía á Casa Botero entrar en el -hall-; pero después de haber
mirado á todos lados, al descubrir á Balboa se apresuraba á retirarse,
como si no lo hubiese conocido.
Otras tardes se aproximaban á Florestán algunos compañeros suyos de
estudio. Venían para bailar á la hora del té en los salones del hotel.
Uno de ellos mostró en su lenguaje un desenfado igual al de la gente de
la calle.
--De seguro que estás esperando á esa yanki. ¡Buena hembra!... ¡Te
felicito!...
Luego le volvió la espalda, sin reparar en la palidez ofendida del
joven. Con gusto, de seguir su instinto, le habría echado á la cabeza la
taza de té que estaba sobre el velador.
Hubiera sido de gran alivio para él tener allí á don Antonio Mascaró,
como lo tenía Arbuckle casi todas las tardes. Le habría contado cosas
maravillosas de aquella tierra lejana en la que había nacido la señora
Douglas, y que por esta circunstancia empezaba á ser para él la más
interesante de todo el planeta. Pero Mascaró permanecía invisible.
A ruegos de la viuda, que deseaba conocer la historia de la reina
Calafia por haberse enterado del apodo que la daba el catedrático, le
envió éste un ejemplar de -Las sergas de Esplandián-, marcando los
capítulos que describen la isla California y los actos de su valiente
soberana. El volumen iba acompañado de una carta explicando su ausencia.
Formaba parte de un tribunal de examen que se reunía todas las tardes,
y de noche le era preciso escribir artículos para una revista. En
resumen: no podía ir á tomar el té con ella, ni aceptar sus invitaciones
á comer.
«Más adelante--escribía--, si usted sigue en Madrid, distinguida señora,
tendré el mayor gusto en acudir á unos convites tan honrosos para mí y
tan dignos de agradecimiento.»
Otro motivo de soledad para Florestán fué la nueva é inexplicable
conducta que la dama empezó á observar con él. Cada día le buscaba
menos. Iba espaciando sus invitaciones para las correrías en automóvil
que realizaba por los alrededores de Madrid. Varias veces se había
negado á aceptar su compañía para ir á pie por las calles. Únicamente
quería verle de noche en el Ritz.
«¡Se cansa de mí!», pensó el joven.
Y el desaliento le hacía recordar á Arbuckle, como si fuese un compañero
de infortunio.
También pensaba en Casa Botero, pero rencorosamente, viéndolo como único
culpable del repentino desvío de aquella señora. ¡A saber lo que este
hombre había dicho contra él!... Sólo así podía explicarse el raro
cambio de Concha Ceballos. Hasta le pareció que ella miraba con
creciente predilección al tal marqués, sin duda para recordar al joven
su simple condición de amigo é indicarle de este modo indirecto que no
debía pretender ir más allá en su intimidad.
Una tarde, después de la comida meridiana, cuando Florestán salía de su
casa para dirigirse, como siempre, al Palace Hotel, se tropezó en la
puerta de la calle con don Antonio, al que no había visto en muchos
días.
--¿Y tu padre?--fué lo primero que preguntó el catedrático.
Le inspiraba inquietud el aspecto de su amigo Balboa. Tenía en el rostro
una expresión de fatiga y desaliento; su fachada facial parecía
agrietarse lo mismo que un muro próximo á su derrumbe.
Hablaba poco, manteniéndose al borde de la vida exterior, sin decidirse
á saltar dentro de ella, como si una fuerza obscura le retuviese en el
mundo de las quimeras.
El hijo mostró menos inquietud, tranquilizado sin duda por un trato
continuo con el enfermo, que no le permitía ver sus alarmantes
transformaciones.
--Es la reforma del cinematógrafo lo que tiene á papá cada vez más
preocupado y triste. El aparato y su lámpara son ya cosa resuelta; ahora
lo que le hace sufrir es la invención de un papel bastante diáfano para
la cinta. Ninguna materia llega á transparentar la luz con limpieza...
Suba usted. El se anima mucho viéndolo.
De pronto los dos hombres empezaron á hablar, sin saber cómo, de la
señora Douglas. El catedrático dió excusas, lo mismo que si estuviese en
presencia de dicha señora ó Florestán fuese un enviado suyo. Repitió las
razones expuestas en la carta que había remitido junto con la novela
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