Las gentes la admiraban por sus privaciones voluntarias y la abnegación
con que atendía á los desgraciados. Tal vez la antigua muchacha del
fuerte de San Joaquín, al verse á solas, se entretenía en repiquetear
los olvidados crótalos, evocando de este modo la imagen de aquellos diez
días que habían sido su verdadera existencia, y por eso la gente la
llamaba «la Santa de las Castañuelas».
Treinta y seis años después que la -Juno- levó anclas alojándose de San
Francisco, ó sea cuando Concha Argüello tenía ya cincuenta y uno de
edad, llegó á California un personaje inglés, Sir Jorge Simpson, que
hacía un viaje por tierra alrededor del mundo.
Esto ocurrió en 1842. Los habitantes de la antigua Misión de Santa
Bárbara le dieron un banquete, pues no era suceso ordinario el paso por
aquella tierra de un viajero de tal importancia. Y como no hubo en la
población quien dejase de asistir á dicha fiesta, Simpson se fijó en una
especie de monja que había acudido contra su voluntad, llevada por la
familia en cuya casa vivía.
Algunos vecinos le contaron su historia. Era la hija del antiguo
gobernador español de San Francisco, y había esperado durante toda su
existencia á un novio ruso que se fué y no volvió.
El inglés había leído el libro de Lansdorff al publicarse en 1814, y se
maravilló viendo en la realidad á la heroína de aquella antigua historia
de amor. Pero su asombro fué en aumento al darse cuenta de que esta
mujer, después de transcurridos treinta y seis años, todavía ignoraba la
muerte de su novio, creyéndole casado con otra ó simplemente olvidado de
ella.
Fué Sir Jorge quien le contó cómo Rezanov había fallecido á las pocas
semanas de su partida de San Francisco, quedando para siempre bajo un
bloque de piedra en un cementerio siberiano.
Diez años después, al establecerse en California el primer convento de
monjas dominicas, Concha tomó el hábito, cambiando su nombre por el de
María Dominga, y murió en 1857.
--Esta es la historia de la Santa de las Castañuelas, que pasó la mayor
parte de su existencia mirando el mar solitario de California, sintiendo
en su alma el vaivén de la confianza y el desaliento, igual al ir y
venir de las olas; llorando unas veces la infidelidad y el olvido del
ausente, creyendo en otros momentos que iba á llegar, cuando los
centinelas del fuerte anunciaban una vela en el horizonte... ¡Y el
hombre esperado durante tantos años había muerto!... ¡Y ella no lo supo
hasta los últimos tiempos de su vida; una vida compuesta de diez días de
amor y treinta y seis años de espera!
V
«¿Qué hace usted aquí?... El mundo es grande.»
Cuando la esposa de Mascaró comparaba á Consuelito con muchas señoritas
de su misma edad que ella llamaba desdeñosamente «modernistas», los
méritos de su hija le inspiraban una satisfacción sólo comparable al
escándalo y el menosprecio que le infundían las otras.
--¡Qué niñas las de ahora!--decía--. Parecen huir de sus madres, como si
las odiasen. Muchas quieren ir solas por las calles, lo mismo que
gitanas. No saben mas que bailar y bailar, como si fuesen del teatro;
llevan el pelo cortado, igual que los antiguos pajes, y fuman en público
con los muchachos que las acompañan á los tés y los -dancing-. ¡Si esto
se hubiese visto cuando yo era soltera é iba á todas partes con mamá!...
¡Cómo gobernarán su hogar esas mujeres cuando se casen, si es que con
tal educación pueden pensar en casarse!...
El catedrático sonreía con una expresión tolerante.
--La juventud es la juventud, mujer. Déjalas que bailen ahora; ya se
encargará el tiempo de hacerles ver las cosas más seriamente.
Doña Amparo acogía con un silencio hostil estas afirmaciones de su
esposo, tocado igualmente, según ella, de aquel «modernismo» execrable.
En tales momentos era cuando Mascaró la veía de pronto como iluminada
por una nueva luz cruda y acusadora de sus defectos, desvaneciéndose las
envolturas engañosas con que parecían embellecerla los recuerdos del
pasado.
Hacía memoria don Antonio de sus ojos de abertura prolongada y
triangular, unos ojos en forma de almendra, así como de la llena
esbeltez de sus miembros, en la época juvenil. Ahora sus párpados se
habían achicado, dando á los bellos ojos de otros tiempos una redondez
bovina. Como ocurre con frecuencia á las beldades de tez morena, el
vello sutil de su labio superior se había robustecido, convirtiéndose en
ligero bigote, que ella procuraba disimular bajo una pródiga aplicación
de polvos de arroz, sacando con frecuencia la borla de su bolso de mano.
Hablaba con orgullo de la estrechez de su talle y se mantenía fiel á los
corsés de su juventud, llevando la cintura muy ceñida para que se
marcasen mejor las rotundidades del pecho y de los flancos; «un cuerpo
de guitarra», como decía el marido. Otro recuerdo de su juventud era la
afición á los peinados altos, abundantes en rizos superpuestos, y á los
sombreros pesados y pródigos en flores, que parecían un coronamiento
indispensable del soberbio edificio de sus cabellos, naturales y
artificiales.
En la mirada de Mascaró al contemplarla tal como era, pasados los
cuarenta años, había una mezcla contradictoria de tolerancia, tierno
compañerismo é ironía. Recordando su noviazgo con esta belleza de la
costa de Levante, murmuraba en su interior: «¡Y pensar que la dediqué
tantos versos y quise matar por celos á un teniente que pretendía
casarse con ella!»
Cuando doña Amparo no comparaba á su Consuelito con las otras jóvenes,
parecía sentir menos entusiasmo por sus cualidades. Lamentábase muchas
veces de su ingratitud, como lo hacen las madres que se suponen
pospuestas en el cariño de sus hijas.
--Quiere á su padre más que á mí. Los dos se entienden para dejarme á un
lado.
Indudablemente, Consuelito, como la mayoría de las muchachas de su edad,
empezaba á conocer confusamente el sentimentalismo del sexo admirando á
su padre, como si adivinase á través de su persona al hombre misterioso
que le reservaba el porvenir. Aparte de esto, la señorita Mascaró
mostraba por don Antonio la tierna conmiseración que inspiran las
víctimas de la injusticia, y siempre que surgía alguna desavenencia
entre sus progenitores, por instinto, y antes de conocer los detalles
del asunto, se mostraba partidaria de su padre.
Además, esta joven, que por haber crecido entre libros mostraba cierta
afición á las lecturas que ella llamaba «serias», seguía con interés los
estudios de don Antonio, siendo la única en la casa que alababa y
respetaba sus obscuros trabajos de profesor. Con la mimosis frecuente en
los niños, deseosos de imitar lo que hacen sus mayores, Consuelito quiso
dedicarse al estudio de la Historia y la Literatura. Soñó con las
glorias del doctorado, y olvidando su juventud y su sexo, se veía á sí
misma, imaginariamente, ocupando una cátedra y escuchada con respetuoso
silencio por centenares de hombres.
Al terminar sus estudios elementales empezó á cursar el bachillerato,
ayudada y protegida por su padre contra las protestas de doña Amparo.
Ésta no podía comprender que las mujeres se dedicasen á lo que parece
privilegio de los hombres. Para ella, el estudio, lo mismo que la
profesión de soldado, de navegante y otras no menos peligrosas, era
función varonil.
--Yo no digo que la mujer sea una ignorante. Resulta agradable leer de
vez en cuando un libro entretenido y bonito, y tampoco está de más saber
escribir una carta. Pero todo eso de grandes libracos y de ciencias es
para los hombres. La mujer ha nacido para cuidar la casa y los hijos. Si
hace bien eso, no necesita hacer más.
Luego miraba con cierta conmiseración á su esposo, añadiendo:
--Ya tenemos bastante con un sabio. ¡Para lo que sirve la tal sabiduría!
Con lo que ganaba el profesor y lo que producían sus libros de texto no
hubiera sido posible satisfacer completamente los gastos de la vida
familiar, modesta, pero decorosa y sin apuros pecuniarios.
Afortunadamente, los padres de ella la habían dejado, allá en la ciudad
natal, unos terrenos como única herencia. Al principio no valían gran
cosa; luego las reformas urbanas aumentaron considerablemente su precio,
proporcionando á la familia una pequeña fortuna que había completado y
afirmado su bienestar.
Terminó Consuelito los estudios del bachillerato é iba á pasar á la
Universidad, cuando mostró una repentina indiferencia por sus futuras
glorias científicas. Doña Amparo, algo resignada ya á estas aficiones,
que establecían mayor intimidad entre el padre y la hija, alejándola á
ella como si fuese de una esencia inferior, se mostró agradablemente
sorprendida por el tal cambio, que al principio le pareció inexplicable.
Luego, gracias á su agudeza femenil, capaz de explicarse muchas cosas
que no pueden descubrirse con ayuda de los libros, fué adivinando los
sentimientos de la muchacha.
La familia Mascaró vivía unida á otra familia menos completa: la del
ingeniero Balboa. Éste, por hallarse falto de mujer, era como ciertos
seres complementarios que en la vida marítima se instalan sobre el
caparazón de un animal más grande y poderoso y se mueven sin ningún
esfuerzo, adheridos á su organismo, cual si formasen parte de él. Como
Florestán no tenía madre, había sido atendido en su adolescencia por
doña Amparo. El hijo de Balboa frecuentaba la casa de Mascaró con la
misma confianza que la suya. La esposa del catedrático, al visitar el
domicilio del ingeniero, hablaba familiarmente á sus dos criadas,
dándoles consejos é indicaciones, que ellas aceptaban como órdenes.
Florestán tenía dos años más que Consuelito, y esto parecía establecer
entre ellos una desigualdad enorme. Trataba á la niña como un superior,
esforzando sus explicaciones, cual si la otra no pudiese comprender nada
de lo que él decía. Este tono desdeñoso de su compañero de niñez había
influído decisivamente en los entusiasmos científicos de la hija de
Mascaró. Si quiso estudiar, fué para hacer ver á Florestán que el
estudio no es privilegio de los hombres. Y al poco tiempo se dió cuenta
de que el joven se mostraba menos desdeñoso con ella, disimulando cierta
irritación al ver cómo osaba intervenir en los diálogos de las personas
mayores, recibiendo alabanzas del ingeniero Balboa por sus razones
discretas y su erudición libresca.
Una rivalidad sorda y tenaz se fué creando entre los dos antiguos
camaradas de infancia. Se querían como antes. Florestán la hubiese
defendido lo mismo que cuando jugaban en los paseos públicos y
Consuelito imploraba su protección. Pero su afecto estaba ahora mezclado
con una agresividad celosa, y cada uno procuraba sobrepujar al otro,
gozándose en su humillación, sin dejar por ello de buscarse.
Por ser de genio más vivo y palabra más fácil, la hija de Mascaró hacía
patentes con mayor franqueza sus sentimientos. Hablaba de Florestán como
de un tirano al que era preciso derribar. Si el joven anunciaba con
orgullo su próximo ingreso en la Escuela de Ingenieros, ella le hacía
saber que al año siguiente entraría en la Universidad. Él iba á poseer
un título para agujerear la corteza terrestre en busca de metales;
figuraría como un ingeniero más entre muchísimos otros, mientras que
ella tal vez llegase á ser una profesora célebre, una mujer excepcional,
lo mismo que ciertas damas españolas de otros siglos, recordadas por su
padre al fomentar sus aficiones, que habían ocupado cátedras en las
universidades.
Influenciado Florestán por esta envidiosa emulación, no se dió cuenta de
las modificaciones que iba realizando la pubertad en su hostil amiga.
Dejó de ser una niña angulosa y algo amuchachada. Toda ella pareció
adquirir una suavidad de terciopelo, dulcificándose el brillo de sus
ojos, el timbre de su voz, la naciente redondez de sus miembros, el
contacto de su piel.
Doña Amparo, que durante su infancia la había juzgado muy parecida al
padre, reconociendo con cierto orgullo esta falta de hermosura como un
testimonio de fidelidad conyugal, empezó á creer que Consuelito sería lo
mismo que ella en los tiempos que conoció á su esposo, cuando su belleza
no había sufrido aún las maduras exageraciones de un estío violento.
Tenía la misma brevedad, aristocrática y española, de pies y manos. La
madre lamentaba que los corsés actuales, ó la ausencia de corsé, que
también era de moda, no permitiesen á su hija lucir el estrecho talle
heredado de ella, que había sido la gloria de su juventud.
Al inquietarse Mascaró por la melancolía de Consuelito y su repentina
indiferencia ante los problemas históricos, doña Amparo sonrió con
orgullo. Ella estaba mejor enterada de ciertas cosas que su marido el
sabio.
--Yo sé lo que tiene... Lo sé tal vez mejor que ella misma.
Como ya no hablaba de sus estudios y parecía haberlos abandonado,
cesaron sus querellas con Florestán. La joven acogía ahora en silencio
sus petulancias de estudiante, y si hablaba, era para admirar todo lo
que él dijese. Vencido el hijo de Balboa por esta mansedumbre
melancólica, empezó también á mostrarse menos locuaz. Se miraban
silenciosos al sentarse juntos, cuando los Mascaró iban de visita por la
noche á la casa del ingeniero.
Florestán inventó pretextos para frecuentar más que antes la vivienda
del catedrático. Doña Amparo, con maternal complacencia, delegaba
algunas veces sus funciones en el joven, rogándole que acompañase á
Consuelito cuando ella no podía salir á la calle.
--Tú eres como de la familia. Os queréis desde pequeños, y nadie puede
hablar si os encuentra juntos.
Al verse á solas con su hija, la esposa de Mascaró iba diciendo con la
gravedad del que cree repetir las mayores enseñanzas de la experiencia:
--Es ahora cuando sigues tu verdadera vocación. Para una mujer, lo más
importante consiste en encontrar al hombre que merezca ser su compañero
por todo el resto de su vida. Nuestra única carrera es casarse. Lo
demás son «modernismos» y cosas raras, buenas para las extranjeras.
Sintiéronse empujados los dos jóvenes por la complicidad tácita y
sonriente de sus familias. El ingeniero Balboa los miraba durante las
veladas con sus ojos dulces de enfermo, y esta contemplación parecía
disipar su tristeza. Mascaró, que era franco en sus afectos y no
gustaba, como su esposa, de precauciones y pequeñas astucias, dejó
escapar un día su pensamiento en forma de palabras.
--Vosotros acabaréis por casaros--dijo á los dos jóvenes--.
Indudablemente ya sois novios.
Y como ambos se ruborizasen, añadió bondadosamente:
--Por mí no tengáis miedo. Me parece muy bien. La juventud está para eso
en el mundo.
Fué don Antonio el que dió forma concreta y clara á sus sentimientos.
Hasta entonces se habían buscado sin darse cuenta del verdadero carácter
de esta fuerza atractiva. El catedrático se encargó de dar forma á una
declaración que cada uno adivinaba en el otro, sin creer necesario
hacerla de viva voz, por haberla aceptado en silencio de antemano.
Después de esto se consideraron en noviazgo formal, sintiéndose
aprobados y protegidos por las sonrisas y las palabras de sus mayores.
Doña Amparo, con su pragmatismo doméstico, hizo largos cálculos sobre la
vida del futuro matrimonio. Florestán aún podía ser rico si su padre no
se mezclaba en más negocios de los que habían devorado gran parte de su
fortuna. Las minas que guardaba en Méjico podían dar buenos
rendimientos sólo con que una calma de varios años cortase las
revoluciones frecuentes de aquel país. Además, el joven iba á tener una
profesión lucrativa, pues ella consideraba todas las carreras de mayor
rendimiento que la de su esposo.
La única contrariedad capaz de turbar esta aprobación amplia y bondadosa
dada por doña Amparo al futuro matrimonio, era que Florestán tendría que
marcharse tal vez á América por sus negocios, llevándose á su mujer.
¡Separarse de su hija única!... Luego se consolaba pensando que esta
ausencia no sería para siempre y otras jóvenes se habían casado en
iguales condiciones, volviendo años después, considerablemente
enriquecidas, al lado de sus madres. Además, con el optimismo del
enfermo que ve en lontananza una operación necesaria y procura no pensar
en ella, teniéndola por algo incierto que puede ir demorando, la señora
de Mascaró dudaba de este viaje.
--Tal vez no necesite ir allá. ¿Quién sabe las cosas que pueden ocurrir
antes?... Lo que importa es que se casen.
Y el noviazgo de los jóvenes fué tranquilo, plácido, sin sobresaltos
pasionales, exento de celos.
Consuelito era la que sentía á veces cierta inquietud al oir cómo
algunas amigas suyas alababan la hermosura de Florestán. Se consideraba
inferior á su novio físicamente, y temía por lo mismo que se lo
quitasen. Él seguía sus estudios, prestaba una atención de devoto á los
inventos algo quimeráticos de su padre, y las horas libres de ocupación
las dedicaba á los deportes, gozando una enérgica voluptuosidad con el
cultivo atlético de sus músculos. Su amor por Consuelito era una pasión
tranquila, mesurada, regular, semejante á la del marido que está seguro
de su mujer.
Se casarían cuando él terminase su carrera. Todo estaba previsto. Nunca
se le ocurrió que su novia pudiera sentir predilección por otro hombre.
Tampoco conoció los caprichos de la concupiscencia, ni arrebatados
deseos de infidelidad. Sobre su vida secreta de muchacho sanote y de
lentas pasiones sólo pesaba el pueril remordimiento de unos cuantos
actos de curiosidad para conocer directamente el misterio del encuentro
sexual, volviendo de ellos con tal indiferencia, que sólo muy de tarde
en tarde sentía el deseo de buscar la repetición.
Contaba veinte años é iba á terminar en el curso siguiente su carrera,
cuando vió una mañana en la sala de trabajo de su padre aquellas dos
señoras extranjeras, una de las cuales era apodada por Mascaró la «reina
Calafia». Al otro día de esta visita fué por la mañana al Palace Hotel,
para entregar á la señora Douglas el legajo de documentos referente á
las minas de Méjico.
Era poco más de mediodía, y tuvo que esperar en el -hall-. Cerca de la
una llegaron la señora Douglas y Rina. Acababan de bajar de su automóvil
ante la puerta del hotel, teniendo que abrirse paso entre los curiosos,
atraídos por la novedad de ver á una dama guiando su carruaje mecánico.
La presencia de Florestán pareció alegrar á las dos. La viuda, después
de haber confiado á su acompañante los papeles del joven, se despojó de
su gabán de automovilista, encargando á Rina que subiese ambas cosas á
sus habitaciones. No quiso separarse por unos minutos de aquel mocetón
que parecía inquieto ante ella y bajaba los ojos, balbuceando, sin
atreverse á mirarla otra vez. Temió que aprovechase su ausencia para
huir, después de haber cumplido el encargo de su padre.
--Usted se queda á almorzar con nosotras... No diga que no. Le debo este
obsequio. No es mas que una compensación insignificante por lo que se ha
molestado trayéndonos esos papeles.
Intentó resistirse Florestán con balbuceos y fugitivas sonrisas; pero al
fin, no queriendo parecer tímido, aceptó resueltamente. Avisaría por
teléfono, para que en su casa no extrañasen esta ausencia.
Durante el almuerzo, la «reina Calafia» fué dándole explicaciones sobre
su instalación en Madrid y su modo de vivir. Algunos de sus compatriotas
estaban alojados al otro lado del Paseo del Prado, en el Hotel Ritz.
Ella iba todas las noches á comer en el Ritz, pues de este modo podía
encontrar á muchos amigos suyos, de paso en Madrid, que había conocido
en diversos hoteles de Europa. Pero las habitaciones del Palace Hotel
eran de mayor amplitud y comodidad. Además, desde las ventanas de este
hotel moderno y enorme se disfrutaba la vista más interesante de Madrid.
--Del Ritz sólo se ven las masas de edificios de la ciudad en la otra
orilla del Prado. Desde aquí veo la arboleda de los jardines del Retiro:
ese pequeño museo que llaman ustedes «el Casón»; á mis pies la fuente de
Neptuno, con sus caballos marinos de mármol hundidos en el agua, y lo
que más me interesa: encuentro á todas horas, al abrir mis ventanas, el
Museo del Prado...
Reconocía que esta última vista siempre era igual y no resultaba
extraordinaria: paredes de ladrillo color de rosa y columnas blancas.
Pero el tal edificio tenía para ella el interés del muro detrás del cual
sabemos que está ocurriendo algo importante. Sentía la satisfacción del
que tiene por vecinos á personajes ilustres, aunque los vea de tarde en
tarde. Se encontraba mejor en este hotel, porque al levantarse todas las
mañanas, lo primero que veía era el palacio rosado y blanco donde
esperaban su visita antiguos y venerados amigos: Velázquez, Goya,
Ticiano, Rubens.
--Vale la pena de instalarse aquí, cerca de unas gentes tan distinguidas
y agradables.
Florestán fué perdiendo su timidez en el resto del almuerzo. Aquella
señora, de la que había oído hablar á su padre con inquietud, lo mismo
que si representase la llegada de un peligro, le parecía ahora
bonachona, familiar, comunicativa, y acabó por conversar con ella sin
temor alguno, como si la conociese largo tiempo.
Rina, á pesar de su posición secundaria, le inspiraba menos confianza.
Huía sus ojos de los ojos de ella, que le contemplaban con canina
devoción. Más que la mudez admirativa de la solterona, le gustaba la
afabilidad de la viuda Douglas, una afabilidad de soberana que desea
achicarse para evitar inquietudes al que la escucha, inspirándole
confianza.
La hermosa californiana pareció interesarse por la vida del joven.
Indudablemente tendría novia. Los españoles son de una gran precocidad
sentimental. Ella recordaba todas las novelas y romanzas que tienen por
base amoríos en España, con gran prodigalidad de claveles, rejas y
guitarras. Y Florestán, ruborizándose como si confesase una falta,
declaró que tenía novia, pero se abstuvo de dar nuevos detalles.
No preguntaron las dos señoras si era joven y bonita, por parecerles
esto axiomático tratándose de un buen mozo, y dieron inmediatamente de
lado á la tal novia para seguir ocupándose del joven. Concha Ceballos se
fué enterando con creciente interés de su vida y sus aspiraciones. Éstas
no parecían ir más allá de sus estudios y sus hazañas en los deportes
atléticos.
Poco á poco Florestán pasó á hablar de su pasado. No había conocido á su
madre. Sólo guardaba de ella un retrato, tan pequeño y borroso, que no
le permitía formarse una imagen exacta de cómo fué.
La viuda Douglas le miró con nuevo interés al escuchar los recuerdos de
su infancia, falta de cariño maternal, pasada entre parientes lejanos,
con un padre que le amaba mucho, pero siempre estaba ausente,
persiguiendo la realización de sus quimeras de inventor. Todo su cariño
lo había concentrado en este padre, admirándolo por su talento y
compadeciéndole por su falta de éxito en la vida.
--¡Está tan enfermo!... Han dicho los médicos que debemos evitarle toda
emoción extraordinaria. Puede vivir muchos años y puede morir
fulminantemente en un minuto. Su vida es incierta, como la de todos los
enfermos del corazón. Es injusto afligir con preocupaciones é
inquietudes á un hombre tan bueno...
El rostro de la reina Calafia reflejó una expresión pasajera de
remordimiento. Se acordaba de su agresividad con Balboa, y procuró
cambiar el curso de la conversación.
Rina parecía haber olvidado completamente sus cóleras y protestas contra
el «mal hombre» de Madrid. Miraba fijamente á Florestán, admirando su
juventud; escuchaba su voz como una música marcial, sin saber con
certeza lo que decía. Todo el sentimentalismo inútil depositado en ella
por largos años de amor insatisfecho se agitaba y hervía en presencia de
este joven atleta. Lo admiraba generosamente, sabiendo que su admiración
nunca sería comprendida ni agradecida. Los hombres sólo tenían ojos para
la viuda porque era millonaria y elegante. Pero gozaba el deleite puro y
desinteresado del pobre que celebra las cosas de los otros sabiendo que
no las poseerá nunca. Con su imaginación más que con sus sentidos,
percibía en el joven un perfume de savia primaveral.
Cuando terminó el almuerzo y Florestán se hubo marchado, ella resumió su
admiración en una frase:
--¿Te has fijado, Conchita? Huele á hierba de montaña... huele á agua
corriente.
A partir de este almuerzo, el hijo de Ricardo Balboa creyó notar la
influencia de una energía centrífuga que tiraba de él, sacándolo de la
órbita de su vida ordinaria. Rara era la tarde que aquellas señoras no
le hacían abandonar sus estudios ó el paseo habitual con algunos
camaradas de la Escuela de Ingenieros. Le llamaban al hotel,
recibiéndolo en el salón particular que tenía alquilado la señora
Douglas. El deseo de ellas era ir examinando, ayudadas por el joven,
aquel paquete de documentos referentes á la mina. Pero el legajo seguía
sin abrir sobre una mesa del salón. Apenas llegaba Florestán, las dos
sentían una ansia violenta de aire libre, de perspectivas campestres, de
arrebatadas velocidades. El automóvil estaba abajo, guardado por el
mecánico de la señora Douglas. Florestán debía ser el guía de ellas,
enseñándoles los alrededores de Madrid.
Ocupaban Rina y el chófer americano los asientos de atrás, destinados á
los señores. La viuda agarraba el volante, y algunas veces, en pleno
camino, cambiaba de sitio con el joven, cediéndole su asiento de
conductora para enseñarle prácticamente el manejo y particularidades de
este vehículo fabricado en los Estados Unidos.
Subieron las tortuosas carreteras que escalan en zigzag las vertientes
del Guadarrama; atravesaron los puertos que durante el invierno quedan
ocultos bajo los aludes de nieve; se detuvieron en bosques de vegetación
alpestre para contemplar á sus pies ciertos valles con pueblos de
techumbres obscuras que recuerdan en el corazón de Castilla los paisajes
de Suiza; aspiraron al llegar á las cumbres el perfume de la madera
resinosa recién partida en los aserraderos. A orillas de los ríos de
nieve líquida que cortan las mesetas cubiertas de un moho vegetal,
amarillento y fino como el terciopelo, encontraron muchas veces toros
bravos de las ganaderías castellanas. Se erguían belicosos al oir el
resuello del automóvil y bajaban el testuz con ganas de acometer al
animalote metálico que ondeaba en el viento un rabo de humo y otro mucho
más largo de polvo.
Algunas noches, á primera hora, se presentaba Florestán en casa de
Mascaró, vestido de smoking, traje extraordinario para la familia del
catedrático. Venía á excusarse: no le verían hasta el día siguiente.
Estaba invitado á comer en el Ritz por aquellas dos señoras, que
deseaban agradecerle con tales convites sus servicios de acompañante.
Consuelito mostraba en el primer momento cierta contrariedad. Iba á
pasar la velada sin su novio. La casa de don Ricardo Balboa ó la suya le
parecían vacías estando aquél ausente. Luego aceptaba su pena con cierto
orgullo. Encontraba lógico que aquellas dos extranjeras obsequiasen á
Florestán, reconociendo en su persona los mismos méritos admirados por
ella.
Doña Amparo sentía su vanidad ligeramente halagada al ver á su futuro
yerno vestido con tanta «distinción» é imaginárselo en trato frecuente
con las personas importantes que comían en el Ritz. Luego, una inquietud
obscura y mal definida le hacía expresarse con tono agresivo:
--Pero esas señoras ¿cuándo se van?... Yo creía que, después de
entenderse con Balboa en lo de la mina, ya no les quedaba nada que hacer
aquí.
Un día Florestán tiró del catedrático para que le arrastrase igualmente
aquella atracción centrífuga que le mantenía á él girando en torno á las
dos americanas.
--Don Antonio, esas señoras desean conocerle. Quieren ver Toledo, pero
bien visto, con una persona que sepa todo lo antiguo, y yo les he dicho
que nadie para eso como usted. Además, la señora Douglas ansía mucho
verle desde que supo que ha estado usted en California dando
conferencias en aquella Universidad.
Y Mascaró se dejó llevar por el joven. Las amigas de Ricardo Balboa bien
podían serlo suyas igualmente.
Tuvo el catedrático la certeza de que se acordaría siempre de este viaje
á Toledo. En el camino se libraron por milagro de un accidente mortal.
Estuvieron próximos á chocar contra un carro enorme, tirado por cuatro
mulas que marchaban á su gusto, con el carretero dormido. La serenidad y
la mano pronta de la señora Douglas lograron que su automóvil se
deslizase junto á este vehículo semejante á un promontorio, rozándolo
apenas. Todo el resto del camino representó para don Antonio una
continua inquietud. Él no estaba acostumbrado á estas velocidades
inoportunas en una carretera abundante en baches, donde los carromatos,
con sus conductores aletargados, se colocaban de pronto ante el
automóvil, obligando á cerrar sus frenos violentamente.
Pero dejando aparte estos pequeños sustos, Mascaró sentíase contento.
Por primera vez en toda su existencia se veía en trato real y tangible
con una de aquellas mujeres que él llamaba «extraordinarias» y sólo
había conocido en su imaginación.
Mientras vagaban por Toledo y daba él sus explicaciones en el claustro
de la catedral, en el Zocodover ó en las pendientes callejuelas que aún
conservan latente la vida de otros siglos, se fué entregando á una de
sus aventuras imaginativas. El perfume de aquella gran señora que iba á
su lado y los rápidos encontrones con su cuerpo ágil y lleno, cada vez
que tropezaba él en las desigualdades del pavimento, parecieron dar
nueva fuerza á sus desvaríos fantásticos. Se vió haciendo un viaje
alrededor del mundo en tierna asociación con aquella dama, igual á la
reina de las amazonas. Toledo era una ciudad de la India; su catedral,
una gran pagoda abandonada, y él iba dando explicaciones históricas á su
compañera, que le había seguido hasta Asia, enloquecida de amor. Pero de
pronto notaba que la mujer «extraordinaria», sin dejar de escucharle,
volvía sus ojos con preferencia á la servidumbre que llevaban los dos
en su viaje: el ayuda de cámara y la doncella.
¡Ay!... Este ayuda de cámara, al mirarlo Mascaró con atención, iba
tomando el rostro y la figura de Florestán, novio de su hija, y bastaba
el recuerdo de Consuelito para que se viniesen abajo todas sus
fantasmagorías. Además, la reina Calafia, tan enamorada y sumisa dentro
de su imaginación, sólo hacía caso en la realidad de sus explicaciones
eruditas, y apenas terminadas éstas, iba á unirse con Florestán,
apresurando el paso para hablarle más íntimamente.
Al quedarse atrás el catedrático, tenía que conversar con Rina, la cual,
á falta de mejor compañero, empezaba á hablarle con un tono infantil,
empleando otras coqueterías impropias de su edad y que además
consideraba inútiles. Le sabía casado. Era un poco feo, de mediocre
estatura, y la solterona, en sus ensueños, veía siempre mozos arrogantes
y muy altos... Pero al fin era un hombre, y ella juzgaba preferible
marchar con él á ir sola.
Después de esta excursión quedó don Antonio muy amigo de «la pareja
yanki», como él decía, y su mujer y su hija, por una consecuencia
lógica, no tardaron en relacionarse con ambas extranjeras.
La señora Douglas invitó á comer una noche á los dos Balboa, á Mascaró y
su familia. Doña Amparo anduvo ocupada todo el día para presentarse
«dignamente» en los salones del Ritz, así como su hija.
Por primera vez iba á comer en dicho hotel, y esto representaba una gran
emoción para su vanidad. Ella sabría insinuarlo al día siguiente en sus
conversaciones con las esposas de otros profesores. Además conocería de
cerca á la tal reina Calafia, de la que se hablaba tanto en su casa y en
la de Balboa.
Se mantuvo doña Amparo durante la comida muy seria y parca en palabras.
Necesitaba ocultar sus diversas y contradictorias emociones. Le
preocupaban la oportunidad y el éxito de los arreglos que había hecho en
su vestido, un poco anticuado, comparándolo con los vestidos de las
otras señoras que estaban en las mesas inmediatas. Le impresionaba,
además, verse en aquel comedor, el más nombrado de Madrid.
Lo único que le proporcionaba cierto aplomo era la presencia de su hija.
Iba vestida con sencillez, pero su frescura juvenil le daba un atractivo
distinto á la elegancia majestuosa de la millonaria. Doña Amparo pensó
en el perfume y los colores de una flor junto al brillo deslumbrante de
una alhaja magnífica.
Se supo con certeza qué opinión definitiva debía tener de la reina
Calafia. Le inspiraba respeto esta señora, presintiendo en su existencia
los esplendores de un mundo que ella no conocería nunca. Admiró la
elegancia de su traje, su doble collar de perlas, el brillo de un
diamante azul, cuadrado y enorme, en uno de sus dedos. Era
indudablemente una mujer de otra especie que la suya, y por esto la
veneró y la aborreció: todo á la vez.
De Rina había prescindido desde el primer momento, adivinando la
humildad de su posición. Sintió extrañeza y molestia ante el misterio de
aquella cara con la piel exageradamente tersa y juvenil, mientras sus
ojos parecían viejos. La comparó con un chino vestido de mujer. Además,
«olía á pobre» y miraba á todos los hombres con una simpatía ansiosa;
hasta á su propio marido.
Toda la atención de doña Amparo era para la antigua «Embajadora». Al
mismo tiempo que la admiraba, sentía una necesidad de protestar
interiormente contra ella. Debía tener en su existencia los mismos
hábitos y libertades que la habían indignado en las otras mujeres
llamadas por ella «modernistas». Su hija, en cambio, no disimulaba la
atracción que le hacían sentir el lujo y las costumbres elegantes de
aquella extranjera.
Al final de la comida, Concha y Rina fumaron. En las otras mesas eran
muchas las señoras que fumaban; pero doña Amparo sólo quiso ver á la
reina Calafia y su acompañante.
Consuelito, que se mostraba extraordinariamente alegre, aceptó un
cigarrillo emboquillado con pétalo de rosa que le ofrecía su nueva
amiga, y lo encendió sin pedir permiso á su madre. Se sentía animada por
la risa aprobadora del catedrático, que estaba viviendo en aquel comedor
un episodio más de sus aventuras mentales. Y la austera señora guardó su
cólera para cuando volviese á casa quedando á solas con su marido.
Después de esta comida, se habló de la reina Calafia en el domicilio de
Mascaró como de una amiga antigua. Consuelito la nombraba con
frecuencia, encontrando á su gusto todo lo que había oído á la otra,
aceptando sus ideas, imitando un poco sus ademanes y hasta el modo de
llevar los vestidos.
Doña Amparo era la única que se resistía á la seductora influencia de la
extranjera.
--Yo no me quedo con su convite. Necesito devolvérselo--decía frunciendo
el ceño, como si hubiese recibido una ofensa--. Es preciso invitarla,
para que no nos crea unos pobres. Si ella tiene sus millones, yo tengo
mi dignidad.
--¡Bueno, mujer!--contestó don Antonio, bondadosamente--. La daremos un
almuerzo de platos españoles.
Comía Florestán varias noches por semana en el Ritz. Le era imposible
librarse de las invitaciones de aquella señora. Además, ella mostraba un
interés sincero por su porvenir, y esto hizo que toda la familia Mascaró
tolerase sin inquietud las ausencias del joven.
Debía pensar en su carrera. Consuelito se veía ya, gracias al apoyo de
la reina Calafia, viviendo con su marido en los Estados Unidos, tierra
de maravillas de la que hablaba su padre con entusiasmo. Doña Amparo
olvidó por un momento las contradictorias apreciaciones que le inspiraba
aquella señora, para pensar únicamente con arreglo á su buen sentido de
dueña de casa. Tal vez esta millonaria, viuda y sin hijos, proporcionase
al joven matrimonio los medios de enriquecerse.
En realidad, la californiana hablaba muchas veces con el joven de su
existencia futura, haciéndole preguntas sobre sus proyectos para después
de terminada su carrera.
Ella sólo comprendía al hombre con un ideal de positiva realización y
trabajando para conseguirlo. Le causaba asombro ir conociendo la
existencia de limitados horizontes que había llevado hasta entonces
Florestán. Después de nacer y vivir sus primeros años fuera de España,
había quedado para siempre en este país, sin pasar nunca sus fronteras.
--¿Y no ha estado usted ni siquiera en París?...
No, Florestán no había vuelto al extranjero. Aprendió el francés y el
inglés con su padre, complaciéndose en escuchar durante las veladas,
como si fuesen cuentos mágicos, las descripciones de los países donde
había vivido el inventor y que él visitaría más adelante.
--Pero no sé cuándo iré, señora. Pienso en mi padre, que puede morir
repentinamente, cuando menos lo temamos, y esto dificulta mis viajes.
Entonces, ella, con el mismo gesto resuelto de la señorita pobre de
Monterrey, cuando pensaba en su porvenir, al lado de un padre arruinado,
dió consejos al estudiante:
--Hay que ser enérgico; hay que trabajar y enriquecerse. Sólo es libre
el que tiene dinero.
Una noche Rina dejó de asistir á la comida del Ritz. Se había quedado
encerrada en su cuarto del Palace Hotel, pretextando una fuerte jaqueca.
Concha y Florestán rieron, suponiendo algún desarreglo facial que la
obligaba á mantenerse oculta por unas horas.
En el comedor del Ritz encontró la californiana á una familia de
compatriotas suyos que estaban de paso en Madrid para visitar Sevilla y
Granada. Florestán fué presentado á esta familia, y todas las mujeres de
ella, viendo en el joven un bailarín disponible, se lo pasaron de una á
otra durante la noche.
La reina Calafia casi siempre olvidaba el baile, prefiriendo hablar con
Florestán; pero esta noche se mostró irritada por la facilidad con que
sus amigas disponían de un hombre presentado por ella. Y para evitar tal
abuso, quiso aprovechar todas las danzas. Ella misma invitaba á
Florestán con el gesto ó con un movimiento de sus ojos.
Bailaron hasta las tres de la madrugada y bebieron mucho. El jefe de la
familia, para celebrar el encuentro con mistress Douglas, belleza famosa
de su país, dejó que el encargado del comedor renovase las botellas de
champaña con la pasmosa celeridad de las suertes de prestidigitación,
descorchando una cuando la otra aún no estaba mediada. Siempre aparecían
llenas las copas, á pesar de que la agitación del baile y el calor del
salón obligaban á las parejas á buscarlas ávidamente en cada descanso.
Salieron juntos del hotel «la Embajadora» y Florestán. Ella quiso ir á
pie. No había mas que atravesar el Paseo del Prado. El Palace Hotel
alzaba su masa sobre el otro borde de la obscura arboleda.
La dama sentía calor. Llevaba abierto su abrigo sobre el escote. Se
apoyó, al andar con cierta pesadez, en el robusto brazo del joven.
Confesaba riendo haber bebido y bailado exageradamente. ¿Qué dirían de
ella si la viesen con este aspecto allá en su país?... ¡Una dama que era
protectora de tantas sociedades respetables para combatir el alcohol,
los excesos de la danza y otros abusos y pecados!... ¡Ah, Europa vieja y
tentadora!... Pero al mismo tiempo, encontraba en esta situación algo
anormal un nuevo sabor á la existencia y descubría en la vida ignoradas
atracciones, llegando á preguntarse si no habría estado equivocada hasta
entonces...
Dejaron á sus espaldas los automóviles y los grupos de chófers
estacionados frente al hotel, viéndose de pronto como caídos en la
absoluta soledad del paseo.
El nocturno silencio era cortado por el canto monótono de los chorros de
la fuente de Neptuno. Como ya eran llegadas las horas vecinas al
amanecer, estaba apagado en gran parte el alumbrado público. Sólo
algunos faroles, macilentos y largamente espaciados, marcaban sus
pinceladas rojas bajo la bóveda de ébano de los árboles.
Parecía este paseo urbano, en su profunda lobreguez, un bosque desierto
á enorme distancia de toda aglomeración humana. Las masas de edificación
á ambos lados de la obscura avenida-jardín eran á modo de colinas
cortadas, de acantilados verticales. Sobre sus aristas se tendía una
amplia faja de cielo, con temblores de estrellas, perdiéndose
longitudinalmente en el infinito.
Se detuvo la reina Calafia en mitad del corto trayecto entre hotel y
hotel, cerca del carro de mármol de Neptuno. La hizo estremecerse la
fresca caricia del vapor acuático exhalado por el susurrante tazón.
Esta lóbrega y misteriosa quietud le sugirió la posibilidad de que
apareciesen varios ladrones, atraídos por el brillo de sus alhajas. La
idea le hizo temblar levemente sobre el musculoso brazo en que se
apoyaba. ¡Qué interesante un ladrón!...
Se acordó de sus habilidades de luchadora, de sus secretos para tumbar
instantáneamente á un adversario. Se imaginó también, con cierta
vanidad, el esfuerzo agresivo que podía hacer para defenderla aquel
muchacho atlético y propenso á avergonzarse que iba á su lado. Luego se
arrepintió de sus malos deseos.
«¡Has bebido, Conchita!--se dijo, empleando el mismo diminutivo que le
daba su padre cuando era niña, y ella recordaba siempre al hacerse
recriminaciones--. ¡Has bebido demasiado, hija mía!»
Al contemplar la inerte ciudad, le pareció que la noche iba á durar
siempre, que no despertaría más aquella aglomeración humana dormida bajo
los techos... Y si llegaba á despertar, su vida sería obscura, perezosa,
aislada del resto del mundo, casi igual á su sueño.
Sintió una repentina lástima por aquel mocetón simple y hermoso que le
servía de apoyo. Inclinó la cabeza hacia él, buscando sus pupilas.
Este gesto afectivo tuvo al mismo tiempo una avidez hostil. Su boca, en
aquel momento, lo mismo podía morder que besar.
«¡Has bebido, Conchita!--seguía diciéndose mentalmente--. ¡Has bebido
demasiado!»
Su voz exterior preguntó al mismo tiempo con violencia, como si
formulase una recriminación:
--¿Y un hombre como usted va á quedarse aquí para siempre? ¿Y se casará,
y tendrá hijos, y no conocerá otro horizonte que el de su casa, ni
acariciará mayor ideal en su existencia que el de mantener á su
familia?...
Florestán quedó sorprendido por el tono violento de estas preguntas y no
supo qué contestar. También él estaba perturbado por lo que había bebido
y por el contacto de aquel cuerpo que se apoyaba en el suyo con familiar
abandono.
La dama reanudó su marcha, tirando de él, y dijo con brusquedad, como si
le diese una orden:
--¿Qué hace usted aquí?... El mundo es grande.
VI
Donde van presentándose los enamorados de la reina y se habla un poco de
la famosa Ciudad-Camaleón
Al atravesar la viuda, una semana después, el -hall- de su hotel á la
hora del almuerzo, tuvo un encuentro inesperado.
Un hombre hundido en un sillón, con el rostro envuelto en la nube
olorosa de su habano, dejó éste, al verla, sobre una mesilla inmediata y
se puso de pie, sonriendo.
--¡Oh, mistress Douglas! ¡Qué agradable sorpresa!... No sabía que estaba
usted en Madrid.
La dama sonrió igualmente, pero con malicia.
--Tampoco yo le creía aquí, Arbuckle. Siempre se arreglan las cosas de
modo que nos encontramos.
Y el llamado Arbuckle, que era casi un gigante por su estatura y su
volumen, bajó los ojos como si no pudiera resistir la mirada burlona de
la señora. Mostraba la confusión de un niño grande que ha dicho una
mentira y se ve descubierto.
Este hombre, que parecía estar más allá de los treinta años, sin llegar
á los treinta y cinco, era de fuerte osamenta y exuberantes músculos.
Tenía la cabeza y el cuello de un gladiador antiguo, la hermosura
vigorosa y reposada del toro. En su rostro completamente rasurado cada
sonrisa iba acompañada del brillo marfileño de sus dientes y el
relampagueo del oro con que estaban chapados algunos de ellos. A pesar
de su atletismo, sus ojos y su boca tenían algo de pueril, y toda su
persona parecía esparcir un halo de credulidad y confianza.
Era indudablemente de limitado radio mental, con muy contadas ideas,
pero éstas nacían robustas y bien definidas, quedando clavadas para
siempre en su voluntad. Tenía la mandíbula fuerte y el entrecejo partido
en ciertos momentos por una arruga profunda, que modificaba su rostro
plácido. Esto era muy de tarde en tarde, cuando las contrariedades, en
fuerza de repetirse, despertaban en él una cólera terca, dura y fría
como el hielo, alterando la unidad de su carácter, predispuesto al
optimismo.
La señora Douglas le había conocido años antes, al quedar viuda y tener
que ocuparse de la administración de su fortuna. Este Haroldo Arbuckle
era también de California, y los hombres de negocios le consideraban
mozo de mérito por haber hecho en poco tiempo la primera parte de su
carrera, creyéndolo destinado á mayores triunfos si continuaba
trabajando. Como muchos californianos, unía la enérgica voluntad del
emigrante venido del Norte al espíritu andariego y predispuesto á las
aventuras de los hombres morenos, primeros colonizadores de dicho país.
Siguiendo la tradición de su tierra natal, comenzó por ser minero,
buscador de oro; mas había nacido demasiado tarde, cuando los veneros
auríferos de California ya no podían ofrecer sorpresas, y tuvo que
trabajar primeramente en el Transvaal y luego en las soledades glaciales
de Alaska. Aún no era verdaderamente rico. Él mismo confesaba no «valer»
más allá de un millón de dólares, pero contaba con una gran energía para
el trabajo y una mirada exacta para la apreciación de cosas y personas,
condiciones que podían hacer de él un multimillonario, un director de
negocios gigantescos, como los que viven en Nueva York.
Había conocido á «la Embajadora» Douglas en San Francisco, al comprarle
unas acciones de minas de oro en Alaska que ella no deseaba conservar.
Sus entrevistas para la terminación de dicho negocio influyeron en la
existencia de Arbuckle, cambiando momentáneamente su curso.
Este trabajador infatigable sintió repentinamente una necesidad
imperiosa de reposo. No tenía familia, estaba solo en el mundo, ¿para
qué esforzarse por adquirir más dinero? Era un engaño cruel desconocer
los verdaderos placeres de la vida, concentrando toda la existencia en
la conquista de una riqueza inútil... Y dejando en suspenso sus
especulaciones, se dedicó á viajar por Europa, organizando de tal modo
itinerarios y descansos, que siempre venía á instalarse en las mismas
ciudades donde residía la viuda Douglas.
A los pocos encuentros resultaron inútiles sus pretextos y excusas,
inventados con una malicia cándida. La viuda había adivinado sus
intenciones. Unas veces reía de ellas bondadosamente; otras, según su
humor, las desviaba con un cambio violento de conversación.
Aprovechando un diálogo de dos horas seguidas en el -hall- de un hotel
de Venecia para combatir el aburrimiento de cierta noche de lluvia,
Arbuckle habló á la dama de su soledad. Necesitaba una compañera; debía
constituir una familia. Él era capaz de realizar grandes cosas, como
cualquier potentado de los que dirigen los negocios del mundo desde el
Wall Street de Nueva York; pero reclamaba para ello el apoyo de una
esposa que le inspirase nuevas ambiciones. Debía ser esta compañera una
mujer superior, é intentó describirla...
Mas «la Embajadora», adelantándose maliciosamente á tal descripción,
emprendió su pintura física y moral, atribuyéndola un sinnúmero de
condiciones que la hacían diferente en todo á ella. Y el californiano
movió la cabeza negativamente al verla tan desorientada, aunque sin
atreverse á protestar.
Algunas veces, cuando la viuda estaba de buen humor, volvía á
describirle su futura esposa, mas valiéndose de tales detalles, que
Arbuckle acababa por reconocer, aterrado, una semejanza absoluta con
Rina. La hermosa dama, gozándose en su confusión, se atrevía á
insinuarle que su felicidad sería casarse con esta solterona
sentimental.
--¡Oh, mistress Douglas!--exclamaba Haroldo, escandalizado--. Es otra
mujer la que yo deseo. ¡Si usted quisiera!...
Ella cortaba la balbuciente declaración con sus risas, fingiendo tomarla
á broma, y no era necesario más para que al otro se le enronqueciese la
voz, quedando en desesperado silencio.
Su voluntad sólo era ruda é invencible para inquirir el paradero de la
viuda y salirle al encuentro. Cuando ésta emprendía un viaje repentino
sin dar aviso á sus amigos, decía á Rina en las primeras horas:
--Esta vez no conseguirá descubrirnos mister Arbuckle.
Pero transcurridos algunos días, creía husmear en el aire su próxima
aparición.
--Verás como se presenta de pronto. Debe saber ya nuestro paradero. ¡Qué
hombre!
Y efectivamente, el buscador de oro, acostumbrado á orientarse en las
soledades africanas ó en las pistas abiertas sobre la nieve de las
llanuras árticas, parecía aplicar sus facultades de orientación á la
complicada red circulatoria de Europa, acabando por dar siempre con las
fugitivas.
La viuda, que le había olvidado desde que llegó á Madrid, mostró cierta
contrariedad al recordar las persecuciones respetuosas y tenaces de este
enamorado. En el primer momento hasta consideró irritante su presencia.
Luego, la imagen de otro de sus solicitantes le hizo más tolerable el
encuentro presente.
«A lo menos, éste me obedece--pensó--. No se atreve á hablar y sólo me
importuna siguiéndome á todas partes. ¡Si fuese el otro!...»
Y acabó por recibir con una sonrisa bonachona las confusas explicaciones
de su compatriota.
--¡Qué casualidad! No sabía que estuviese usted aquí. Voy á Sevilla; me
aburría mucho en París. Mi propósito era salir esta noche; pero ya que
la he encontrado, me quedaré unos días.
Ella le miró con ojos incrédulos. Sabía de antemano todo lo que podía
hacer Arbuckle. Permanecería en Madrid hasta que le diese á entender con
rudas insinuaciones, en un día de nervios trastornados, que estaba harta
de su presencia. También podía ocurrir que ella se marchase de pronto
con Rina sin avisárselo.
Agradeció interiormente la respetuosa discreción de este hombre fuerte y
tímido. Se había instalado aquella mañana en el Hotel Palace, creyendo
que mistress Douglas vivía en el Ritz. Al enterarse luego de su error,
se apresuró á cambiar de alojamiento, trasladándose al segundo hotel. Un
-gentleman- debe desaparecer oportunamente cuando se cansan de verle. No
es discreto vivir bajo el mismo techo que la mujer deseada.
Después de tal encuentro creyó inútil la viuda demorar la presentación
de Arbuckle á las personas que la rodeaban. Este enamorado silencioso y
tenaz acababa por vencer todos los alejamientos, y era necesario
resignarse á introducirlo en el círculo de su vida normal. Ya que había
descubierto su paradero, debía agregarlo á su séquito.
En la misma noche, Arbuckle habló con Florestán en el comedor del Ritz,
y al día siguiente, por estar invitado Mascaró á almorzar con las dos
señoras, se conocieron igualmente el profesor y el californiano.
--¡Un mozo simpático!--dijo don Antonio al salir del hotel con el hijo
de Balboa--. Conozco el tipo; así son muchos de los que trabajan en
aquella tierra. Actividad ilimitada; dureza con ellos mismos y con los
demás en el momento del negocio; pero una vez terminado éste, muestran
una alegría simple, cultivan su cuerpo hasta la vejez con los mismos
juegos de cuando eran niños y consideran la vida con un optimismo
inalterable.
Se equivocaban las gentes en Europa al imaginarse el hombre de negocios
de América con arreglo á la existencia que llevan los manipuladores del
dinero en el mundo viejo. Los negocios están más esquilmados en las
naciones del continente antiguo, la riqueza es tradicional y
monopolizada, algo misterioso que sólo poseen unos cuantos centenares de
hombres, transmitiéndoselo de generación en generación. Es preciso que
ocurra una guerra continental, un cataclismo histórico, para que surjan
nuevos ricos. Las clases sociales viven cada una en su molde, y son muy
raros los saltos por encima de los límites divisorios.
En América todos los días surgen nuevos ricos, y el pobre cuenta á lo
menos con la ilusión. El capital no es allá algo misterioso é invisible
que sólo se deja conocer de unos cuantos. Abunda el dinero, corre como
el agua bajo el sol, á la vista de todos, en incesante circulación, con
un esparcimiento que Mascaró llamaba «democrático». Todo servicio
obtiene un pago; todo hombre «vale» algo. Nadie considera cerrado su
camino definitivamente, ni se cree nacido, con una fatalidad
irremediable, para ser pobre hasta la muerte. Viven en la dulce compañía
de la esperanza, que es la más consoladora de las ilusiones. Tienen
abierta una ventana en su existencia para que entre por ella la Suerte.
El mozo de hotel cree en la posibilidad de ser pocos meses después tan
rico como los ricos á quienes sirve.
--Hay allá hombres malos, de carácter duro y cruel, como en todas
partes--terminó diciendo Mascaró--; pero la inmensa mayoría es
optimista, tiene confianza en la vida, cree que el bien es en ella más
poderoso que el mal, no conoce los pesimismos del europeo. Tal vez se
1
.
2
,
,
3
,
4
,
5
«
»
.
6
7
-
-
8
,
9
,
,
,
10
.
11
12
.
13
,
14
.
15
,
16
,
17
.
18
19
.
20
,
21
.
22
23
,
24
25
.
26
,
,
27
,
28
.
29
30
31
,
32
.
33
34
,
35
,
,
36
,
.
37
38
-
-
,
39
,
40
,
41
;
42
,
,
43
.
.
.
¡
44
!
.
.
.
¡
45
;
46
!
47
48
49
50
51
52
53
«
¿
?
.
.
.
.
»
54
55
56
57
«
»
,
58
59
.
60
61
-
-
¡
!
-
-
-
-
.
,
62
.
,
63
.
,
;
64
,
,
65
-
-
.
¡
66
!
.
.
.
67
¡
,
68
!
.
.
.
69
70
.
71
72
-
-
,
.
;
73
.
74
75
76
,
,
,
«
»
.
77
78
,
79
80
.
81
82
83
,
,
84
,
.
85
,
86
.
,
87
,
88
,
89
,
.
90
91
92
,
93
;
«
94
»
,
.
95
,
,
96
,
97
,
98
.
99
100
,
101
,
,
102
.
103
,
:
«
¡
104
105
!
»
106
107
,
108
.
109
,
110
.
111
112
-
-
.
113
.
114
115
,
,
,
116
117
,
118
.
,
119
120
,
121
,
,
122
,
.
123
124
,
,
125
«
»
,
126
,
127
.
128
,
,
129
.
130
,
,
131
,
,
132
.
133
134
,
135
.
136
137
.
,
,
138
,
,
139
.
140
141
-
-
.
142
,
143
.
144
.
.
145
,
.
146
147
,
:
148
149
-
-
.
¡
!
150
151
152
153
,
,
.
154
,
,
155
,
.
156
;
,
157
158
.
159
160
161
,
162
.
,
,
163
,
164
,
165
,
.
166
,
,
167
,
168
.
169
170
:
171
.
,
,
172
173
174
,
,
.
175
,
176
.
177
.
,
178
,
,
179
,
.
180
181
,
182
.
,
183
,
184
.
185
186
.
,
187
.
188
,
189
190
,
191
.
192
193
194
.
.
195
196
.
197
,
,
198
,
.
199
200
,
201
.
202
.
203
,
204
.
205
;
206
,
207
,
,
208
,
209
,
210
.
211
212
,
213
.
214
.
215
,
216
,
,
,
217
.
218
219
,
220
,
221
,
222
,
223
.
224
,
,
.
225
,
,
226
,
227
,
.
228
229
230
,
231
.
232
.
233
234
-
-
.
.
.
.
235
236
,
237
.
238
,
,
239
.
240
,
.
241
,
242
.
243
244
245
.
,
,
246
,
247
.
248
249
-
-
.
,
250
.
251
252
,
253
:
254
255
-
-
.
,
256
257
.
.
258
«
»
,
.
259
260
261
.
262
,
263
.
,
264
,
,
,
265
.
266
267
-
-
-
-
-
-
.
268
.
269
270
,
:
271
272
-
-
.
.
273
.
274
275
.
276
277
.
278
,
279
,
.
280
,
281
.
282
283
,
,
284
.
285
286
.
287
288
.
,
289
,
290
.
291
292
293
,
294
,
.
295
¡
!
.
.
.
296
297
,
,
298
,
.
,
299
300
,
,
301
.
302
303
-
-
.
¿
304
?
.
.
.
.
305
306
,
,
307
,
.
308
309
310
.
311
,
312
.
,
313
,
314
,
315
.
316
,
,
,
317
.
318
319
.
.
320
.
321
,
322
.
323
324
325
,
,
326
.
327
328
,
329
330
,
«
331
»
.
,
332
333
.
334
335
,
-
-
.
336
.
337
,
,
338
.
339
340
.
,
341
,
342
,
343
.
344
,
,
345
.
346
,
.
347
348
-
-
.
.
.
.
349
.
350
.
351
352
;
353
,
,
.
354
,
.
355
356
,
«
»
357
.
358
,
.
359
,
360
,
,
361
.
362
.
,
363
.
364
365
-
-
366
.
:
367
«
»
;
368
,
,
369
:
,
,
370
.
.
.
371
372
373
:
.
374
375
.
376
,
377
.
,
378
,
379
:
,
,
380
,
.
381
382
-
-
,
383
.
384
385
.
386
,
,
387
,
388
,
,
,
389
,
.
390
391
,
,
.
392
,
393
.
,
394
,
395
,
396
.
397
398
.
399
.
400
.
401
,
,
402
.
,
,
403
,
.
404
405
,
406
,
407
.
408
.
409
410
.
411
412
.
413
.
,
,
414
.
415
416
417
,
,
,
418
,
,
419
.
420
,
421
.
422
423
-
-
¡
!
.
.
.
424
.
425
.
,
426
.
427
.
.
.
428
429
430
.
,
431
.
432
433
434
«
»
.
,
435
;
,
436
.
437
438
.
,
439
.
440
.
441
442
.
,
443
.
444
445
,
446
:
447
448
-
-
¿
,
?
.
.
.
449
.
450
451
,
452
,
453
.
454
455
.
,
456
457
.
,
,
458
.
459
.
,
460
,
,
461
.
,
462
.
,
463
.
464
465
,
466
.
,
,
467
,
,
468
469
.
470
471
472
;
473
;
474
475
476
;
477
.
478
,
479
,
480
.
481
482
483
.
484
485
,
,
486
,
,
487
.
:
.
488
,
489
.
490
491
.
492
.
493
.
494
.
495
,
496
.
497
498
499
«
»
500
.
,
501
:
502
503
-
-
¿
?
.
.
.
,
504
,
505
.
506
507
508
509
.
510
511
-
-
,
.
,
512
,
,
513
.
,
514
515
.
516
517
.
518
.
519
520
521
.
.
522
,
523
,
.
524
525
,
526
.
527
.
528
,
,
529
,
530
,
.
531
532
,
.
533
534
«
»
535
.
536
537
538
,
539
,
540
.
541
,
542
,
543
.
544
,
545
.
;
,
546
,
547
,
,
.
548
«
»
,
,
549
550
:
.
551
552
¡
!
.
.
.
,
,
553
,
,
554
555
.
,
,
556
,
557
,
,
,
558
.
559
560
,
,
,
561
,
,
562
563
.
.
,
564
,
,
,
565
.
.
.
,
566
.
567
568
«
569
»
,
,
,
570
,
.
571
572
,
573
.
574
«
»
,
.
575
576
,
577
.
578
.
579
,
580
.
581
582
.
583
.
584
585
,
,
586
.
,
587
,
,
.
588
589
.
590
,
591
.
592
593
.
594
595
596
.
,
597
.
598
,
,
599
,
,
.
600
,
601
:
.
602
603
,
604
.
605
,
606
.
.
,
607
«
»
;
608
.
609
610
«
»
.
611
,
612
.
613
614
«
»
.
,
,
615
616
.
617
618
,
.
619
;
620
.
621
622
,
,
623
624
,
.
625
,
626
.
627
.
628
629
,
630
.
631
,
,
632
,
633
.
634
635
636
.
637
638
-
-
.
-
-
639
,
-
-
.
,
640
.
,
641
.
642
643
-
-
¡
,
!
-
-
,
-
-
.
644
.
645
646
.
647
.
,
648
,
649
.
650
651
.
,
652
,
,
653
.
654
655
,
656
.
,
,
657
.
658
659
,
660
,
661
.
662
663
664
.
665
666
.
,
667
,
.
668
669
-
-
¿
?
.
.
.
670
671
,
.
672
,
,
673
,
674
.
675
676
-
-
,
.
,
677
,
,
.
678
679
,
,
680
,
,
,
681
:
682
683
-
-
;
.
684
.
685
686
.
687
,
.
688
,
689
.
690
691
692
693
.
,
694
,
,
695
.
696
697
,
698
;
699
.
700
,
.
701
.
702
703
.
704
,
,
705
,
706
,
707
.
708
,
709
.
710
711
«
»
.
712
.
.
713
.
714
715
.
.
716
,
,
.
717
.
¿
718
?
.
.
.
¡
719
,
720
!
.
.
.
¡
,
721
!
.
.
.
,
722
723
,
724
.
.
.
725
726
727
,
728
.
729
730
731
.
732
,
.
733
,
,
734
.
735
736
,
,
737
.
738
-
739
,
.
740
,
,
741
.
742
743
744
,
.
745
.
746
747
748
,
.
749
750
.
¡
!
.
.
.
751
752
,
753
.
,
754
,
755
.
756
.
757
758
«
¡
,
!
-
-
,
759
,
760
-
-
.
¡
,
!
»
761
762
,
763
,
764
.
.
.
,
,
,
765
,
.
766
767
768
.
,
.
769
770
.
,
771
,
.
772
773
«
¡
,
!
-
-
-
-
.
¡
774
!
»
775
776
,
777
:
778
779
-
-
¿
?
¿
,
780
,
,
781
782
?
.
.
.
783
784
785
.
786
787
.
788
789
,
,
,
790
:
791
792
-
-
¿
?
.
.
.
.
793
794
795
796
797
798
799
800
-
801
802
803
,
,
-
-
804
,
.
805
806
,
807
,
,
,
808
,
.
809
810
-
-
¡
,
!
¡
!
.
.
.
811
.
812
813
,
.
814
815
-
-
,
.
816
.
817
818
,
819
,
820
.
821
.
822
823
,
,
824
,
.
825
,
826
.
827
828
.
829
,
,
830
.
831
832
,
,
833
,
834
.
835
,
836
.
,
,
837
,
,
838
,
,
839
.
840
841
,
842
.
843
,
844
845
,
846
.
,
847
848
,
.
849
850
,
,
851
;
,
852
,
853
854
.
.
«
»
855
,
856
,
857
,
858
,
.
859
860
«
»
,
861
.
862
863
,
.
864
865
866
.
,
,
¿
867
?
868
,
869
.
.
.
870
,
,
871
,
872
.
873
874
,
875
.
876
.
;
,
877
,
.
878
879
-
-
880
,
881
.
;
882
.
,
883
884
;
885
.
886
,
.
.
.
887
888
«
»
,
,
889
,
890
.
891
,
892
.
893
894
,
,
895
,
,
896
,
,
897
.
,
,
898
899
.
900
901
-
-
¡
,
!
-
-
,
-
-
.
902
.
¡
!
.
.
.
903
904
,
905
,
906
,
.
907
908
909
.
910
,
:
911
912
-
-
.
913
914
,
915
.
916
917
-
-
.
.
¡
918
!
919
920
,
,
921
922
,
923
,
924
.
925
926
,
,
927
928
.
.
929
,
930
.
931
932
«
,
-
-
-
-
.
933
.
¡
!
.
.
.
»
934
935
936
.
937
938
-
-
¡
!
.
;
939
.
;
940
,
.
941
942
.
943
.
944
,
,
945
.
946
.
947
948
949
.
,
950
.
,
951
,
.
952
-
-
.
953
.
954
955
956
.
957
,
958
.
959
,
.
960
961
,
,
962
,
963
,
.
964
965
-
-
¡
!
-
-
966
-
-
.
;
967
.
;
968
;
,
969
,
970
971
.
972
973
974
975
.
976
,
977
,
978
,
.
979
,
,
980
.
,
981
.
982
983
,
984
.
985
.
,
986
,
,
,
987
«
»
.
988
;
«
»
.
989
,
,
990
,
.
991
,
.
992
.
993
994
.
995
996
-
-
,
,
997
-
-
-
-
;
998
,
,
999
,
.
1000