Méjico, que la influencia del gobierno mejicano después de la
independencia había sido algo teórico y sin realidad. Los californianos,
poco numerosos y esparcidos sobre un territorio enorme, vivían
autonómicamente, conservando el espíritu de la antigua colonización
española, y aunque sintiesen una predilección especial por el pueblo más
allegado á su origen, no creyeron, sin embargo, asunto de vida ó muerte
el nuevo cambio de bandera. Veintiocho años antes habían dejado de ser
españoles para llamarse mejicanos; ahora dejarían de ser mejicanos para
vivir dentro de la confederación de los Estados Unidos. Esto era todo.
Lo que resultó verdaderamente terrible fué que al mismo tiempo se
hicieron los primeros descubrimientos auríferos en el país. Corrió por
el mundo la noticia de que California era una tierra de oro, y las
gentes aventureras y violentas de todas las razas marcharon como á una
Cruzada de rapiña, para caer sobre este rincón de América. Los vicios y
malicias del planeta entero llegaron en compañía de los hombres ansiosos
de enriquecerse. El llamado «salón», taberna y posada al mismo tiempo,
abundante en juegos y mujeres, surgió con la prodigalidad de las
vegetaciones parásitas sobre esta tierra maravillosa, donde los
aventureros de manos rudas, enriquecidos de pronto, no sabían qué hacer
de su oro. Astutos tahures corrían el país para robar al minero con sus
trampas, despojando al mismo tiempo de sus bienes á muchos
californianos.
El hidalgo ganadero se hizo jugador, perdiendo en los golpes del azar
sus rebaños y sus tierras. Los que se mantenían libres de la tentación
de los naipes se entregaron á otro juego, siguiendo la influencia
ancestral de los conquistadores ibéricos, grandes buscadores de tierras
de oro. Se hicieron mineros, enajenando sus campos para aventurar su
producto en la explotación de filones que muchas veces sólo existían en
la fantasía del vendedor. Querían hacerse millonarios en unas semanas,
como los europeos llegados en masa al país.
Todavía el abuelo de Conchita fué un Ceballos rico, con arreglo á la
riqueza de su época, consistente en miles de cabezas de ganado y docenas
de leguas de tierra. Pero antes de morir vió quebrantada profundamente
la fortuna de la familia. Su hijo quedó casi arruinado por los malos
negocios, pero igual á los jugadores caídos en la miseria, que
únicamente quieren hablar del juego que les empobreció y le confían su
porvenir, don Gonzalo sólo se ocupaba de minas, y estaba dispuesto á
aceptar todos los negocios de esta clase que le ofreciesen. Su hijo
visitaba con más frecuencia que él la única propiedad de campo que aún
figuraba á su nombre con el gravamen de varias hipotecas. Toda la
atención de él era para los filones metálicos, que pueden enriquecer á
un hombre con inaudita largueza en el transcurso de unos días; algo
maravilloso que sólo se ve en el juego.
Y como la época brillante de California ya había pasado y aún no estaban
descubiertos los veneros de oro de Alaska, el señor Ceballos tenía
vueltos sus ojos hacia la frontera de Méjico. Los últimos fragmentos de
su fortuna los arriesgó en el descubrimiento y explotación de minas
situadas en territorios indudablemente mejicanos, con arreglo á las
indicaciones de los mapas, pero en los cuales no era posible una labor
tranquila y continua, unas veces por las revueltas de los indios bravos,
refractarios á toda innovación que viniese á turbar su vida primitiva,
otras por las revoluciones de los blancos y de los seudoblancos, más
temibles y frecuentes.
En este último período de la vida de su padre fué cuando conoció ella en
Monterrey al ingeniero Balboa. Tenía catorce años, y este hombre venido
para hablar con don Gonzalo de ciertas minas recién descubiertas al otro
lado de la frontera no contaba indudablemente más allá de veinticinco.
Una diferencia de diez ó doce años supone la juventud ó la vejez en la
última parte de nuestra existencia, pero al principio del camino no es
obstáculo insuperable, y muchas veces hasta representa para la mujer un
atractivo misterioso, cuando la tal diferencia pesa del lado del varón.
Al contemplar ahora al ingeniero en su casa de Madrid, con cierta
lástima por su avejentamiento melancólico, se dijo interiormente: «¡Y
pensar que este hombre fué mi primer amor!»
Balboa era incapaz de sospecharlo, y en el caso de poder adivinar lo que
pensaba su visitante, habría creído que esta señora se burlaba de él.
La hija de Ceballos no dejó nunca traducir sus sentimientos en aquella
época lejana, pero se acordaba aún del interés que le había inspirado
durante varios meses el extranjero de barba rubia y ojos azules, dulce
de palabra y algo tímido, que por ser español lograba hacer revivir todo
lo que ella había oído de sus ascendientes.
En casa de los Ceballos se hablaba con veneración de los tenientes y
capitanes, así como de los leguleyos y empleados de la Real Hacienda,
venidos de España para perderse en la silenciosa California. Se les
describía como si hubiesen sido omnipotentes personajes, íntimos amigos
de los monarcas. Todos los cuentos maravillosos de brujas, duendes y
magos que le habían contado siendo niña las criadas mestizas de la casa
ocurrían siempre en viejas ciudades de España. Además, ella había leído
muchos libros españoles antes de aprender el inglés en la escuela
pública, y estos volúmenes vetustos adquiridos por su abuelo eran
novelas románticas ó colecciones de versos que hacían referencia siempre
á la tierra originaria de sus ascendientes.
Ricardo Balboa, el primer español conocido por ella, personificó en
forma tangible todos los héroes admirados en los libros. Su pasado le
daba también un interés novelesco.
Venía á ella como un herido sentimental necesitado de curación y
consuelo, arrastrando su historia melancólica. Iba de luto y parecía
triste. Su mujer había muerto en Méjico y él tenía allá un hijo único,
recuerdo de tan breve unión. Concha sintió agrandarse su amor silencioso
de adolescente con abnegaciones de madre. Se admiraba á sí misma al
pensar cómo podría ella rehacer y embellecer la vida de este hombre.
Pero Balboa se fué de Monterrey sin haber adivinado nada, y la hija de
Ceballos fué la única que conoció esta novela de amor vivida
unilateralmente durante unas semanas, sin palabras ni hechos.
Continuó su existencia, y el paso de cada año fué cambiando el curso de
sus pensamientos, las predilecciones de su sensibilidad. Cuando Balboa
escribía á su padre por negocios de minas, ella oía sin emoción su
nombre ó sonreía compadeciéndose á sí misma. «¡Un capricho absurdo de
los pocos años!» Otras cosas y personas le interesaban ahora.
Huérfana de madre y teniendo que mantener el decoro de su casa, el único
hombre que debía preocuparle era don Gonzalo. Parecía el último
superviviente de una época extinguida, con todas las amarguras y las
quejas del vencido. Los -gringos- se habían adueñado del país. Los
californianos á la antigua iban desapareciendo, y resultaban ya tan
escasos, que pronto podrían contarse con los dedos en cada población.
Los hijos se modificaban, educándose en tales ideas que no parecían
haber sido engendrados por sus padres.
Ceballos miraba al cielo con asombro y escándalo al encontrar jóvenes
del país que se llamaban Villa, Pérez ó Sepúlveda y le contestaban en
inglés cuando él les hablaba en español.
Además el oro de California ya no era abundante, y esta riqueza, que
tenía algo de poética por su brillantez y su tradición, había sido
reemplazada por un producto sucio, hediondo, infernal. La gente hablaba
menos de las minas auríferas. Todos buscaban descubrir un pozo de
petróleo... Y al mismo tiempo que la vida se modificaba en torno á él,
iban desapareciendo las últimas migajas de su fortuna.
Conchita no mostraba las tristezas y desalientos de su padre al pensar
en su porvenir. Tenía la seguridad y el aplomo de la soltera en ciertos
países del otro lado del Océano, donde la mujer se ve altamente
apreciada, por ser menos numerosa que el hombre, y no tiene mas que
escoger entre varios pretendientes. Podría casarse cuando quisiera.
-Miss- Conchita Ceballos gozaba de cierta celebridad en todos los
territorios de las antiguas Misiones.
Los periódicos de San Francisco habían publicado versos llamándola
«estrella de Monterrey». Entre tantas mujeres rubias y de pupilas
claras, originarias de los países nórdicos de Europa que poblaban ahora
California, esta belleza morena, con ojos negros y dorados, grande,
vigorosa, de aire resuelto, como una reina de tribu, representaba cierta
novedad, que al mismo tiempo nada tenía de nueva, pues parecía
responder á las tradiciones del país. Muchos la admiraban como una
concreción de la raza india y la raza española confundidas durante el
período colonial. Además era una Ceballos, pertenecía á la más noble
familia del país, y su origen, tanto como su belleza, hacía que los
mineros y los negociantes súbitamente enriquecidos acariciasen
mentalmente el honor de casarse con ella.
Rechazó numerosas proposiciones de matrimonio y fué dejando pasar el
tiempo sin decidirse por ningún hombre. Muchos juzgaban imprudente esta
lentitud; temían que al ir entrando en años quedase soltera para
siempre. Otros la juzgaban refractaria al matrimonio por su deseo de no
separarse de don Gonzalo.
En realidad, no pensaba en el amor. Tenía en su familia una heroína de
novela, la famosa Concha Argüello, parienta por su madre, que pasó
treinta y seis años esperando la vuelta de su prometido y murió casi
santa. Pero esta mujer extraordinaria, cuya historia le habían contado
muchas veces siendo niña, había nacido para sufrir por los demás y
necesitaba apoyarse en un hombre. Ella era más fuerte; podía vivir sola,
se bastaba á sí misma. No temía la tristeza del aislamiento, pues trae
consigo el regalo de una absoluta libertad.
Para mantenerse independiente sin la protección de los hombres imitaba
los ejercicios y diversiones de éstos. Desde su niñez era gran jinete.
En la adolescencia le había gustado ejercitarse en el boxeo y aprender
los secretos de la lucha japonesa.
Era un medio seguro de verse respetada en todas partes y evitar
demasías.
--Yo no he llorado nunca--decía con orgullo la señorita Ceballos.
De pronto circuló la noticia de su casamiento con un personaje político
del país, el honorable señor Douglas, hombre tranquilo, sano, vigoroso,
pero con veinticinco años más que ella: edad sobrada para haber podido
ser su padre.
Nadie habló de amor al ocuparse de este matrimonio. El respetable
personaje de cabeza gris y sonrisa dulce y tolerante no podía evocar la
imagen de un amoroso como los que se ven en libros y teatros. El cariño
reposado y protector con que trataba á la joven tenía mucho de paternal.
Ella no sabía mentir. «¿Acaso es preciso el amor ardoroso y romántico
para el matrimonio?» Apreciaba y respetaba á su marido; procuraría
hacerle grata la existencia común; no era necesario más para vivir
dichosos.
Conchita se trasladó á Wáshington para no separarse de su marido, que
era diputado y asistía puntualmente á las sesiones de la Cámara de
Representantes. La señorita de Monterrey, que había pasado su niñez
galopando como un -cow-boy-, se adaptó con fácil mimetismo á las
costumbres de la capital federal y al trato con las esposas de los
personajes del gobierno. El representante Douglas vió aumentarse
considerablemente su prestigio gracias á la discreción de su esposa.
La amistad de un nuevo presidente de la República le hizo pasar á la
diplomacia. Douglas, educado en California, hablaba el español, y su
gobierno consideró conveniente enviarle como ministro á una República de
la América del Sur. Además, sus amigos políticos creyeron que la señora
Douglas, por su apellido de familia y sus orígenes, podía ayudar
útilmente á su esposo en esta misión.
Tres años vivieron en la lejana República, y la «ministra» de los
Estados Unidos, admirada por su belleza y su elegancia, lo fué todavía
más por su carácter afable, refractario al mismo tiempo á las excesivas
familiaridades.
La juventud del país, exuberante, apasionada y predispuesta á los
desvaríos imaginativos, se sintió atraída por esta mujer hermosa unida á
un hombre que empezaba á ser viejo. Pero los más audaces se convencieron
pronto de su error, y después de tantos elogios empezaron á hablar mal
de ella. Era «una puritana», incapaz de tolerar el menor -flirt-, una
burguesa que ponía el gesto duro apenas las galanterías de salón tomaban
cierta intimidad.
Descubrieron además que su hermosura era igual á la de las beldades
hijas del país. ¡Ser morena y tener negros los ojos y el pelo!... Para
eso no valía la pena venir de los Estados Unidos. ¡Si á lo menos hubiese
sido rubia, aunque tuviera la nariz roja, como otras diplomáticas del
Norte de Europa!...
Estando en Nueva York durante una licencia, el ministro plenipotenciario
Douglas murió repentinamente, á consecuencia de una enfermedad
contraída en sus tiempos de ruda propaganda electoral.
La viuda se vió enormemente rica; mucho más rica que había creído ella
en vida de su esposo. Esta fortuna estaba representada por los valores
más diversos y heterogéneos: acciones de ferrocarriles y de minas, de
fundiciones de acero y de pozos de petróleo. Hasta heredó la mayor parte
de la propiedad de un gran diario.
Como su padre había muerto poco después de su matrimonio, tuvo ella que
correr con la administración y solidificación de su fortuna. Pero «la
Embajadora» era de gran agilidad intelectual para adaptarse á las
exigencias del medio en que la colocaba su destino. Vendió unos valores,
cambió otros, arrendó á una empresa de anuncios su propiedad
periodística, confió el cobro de sus rentas á personas seguras...
Este título de «Embajadora» se lo daban antonomásticamente allá en su
tierra. La gente une por instinto en todas partes la noción de
diplomacia con la de embajada. Todo enviado diplomático es para el vulgo
un embajador. Los partidarios políticos del difunto se habían
acostumbrado á llamarlo «el embajador Douglas», considerando este título
como una gloria del país, y la viuda, por herencia, siguió disfrutando
en las conversaciones el título de «Embajadora».
Al verse en absoluta libertad y con la independencia que proporciona la
riqueza, sintió un repentino interés por el bienestar de los demás, por
la pureza de las costumbres públicas, así como por la defensa de los
inocentes y los oprimidos. Figuró en todas las asociaciones dedicadas á
la protección de animales ó personas; trabajó con vehemencia por anular
los desenfrenos de la carne, disfrazados con el falso nombre de «amor»,
así como los excesos alcohólicos. Los organizadores de toda obra
filantrópica ó moralizadora, al dirigirse á ella, estaban seguros de
recibir el apoyo de su carácter batallador y un cheque importante.
En San Francisco corrió peligros novelescos al perseguir, unida á otras
personas de igual virtud acometedora, los garitos y fumaderos de opio
del barrio chino--antes de que los borrase del subsuelo un terremoto
famoso--, así como las tabernas licenciosas y los cafés cantantes para
marineros del barrio llamado «la Costa de Berbería».
Falta de hijos y cortando con fría urbanidad las insinuaciones de los
que deseaban casarse con ella, dedicó al bien público sus entusiasmos
enérgicos y á la defensa de la virtud toda la acometividad de su
carácter reciamente varonil y justiciero.
--Es Don Quijote--decía un profesor viejo de Los Angeles--; no puede
desmentir su raza... Los abuelos venidos de España resucitan en ella.
Pero era mujer, y mostraba ciertos desfallecimientos de voluntad que le
hacían olvidar por algún tiempo sus obras filantrópicas.
De pronto pensaba en ella nada más, limitándose á dar dinero para la
defensa y regeneración de sus semejantes, pero no su persona. Sentía
reverdecer en su interior los mismos entusiasmos que tantas veces la
hicieron soñar despierta en su adolescencia ante un libro caído en su
regazo, y esta emoción retrospectiva la impulsaba á emprender largos
viajes por Europa.
Conoció los museos más célebres del mundo viejo, los hoteles de mayor
lujo, las ruinas más famosas y los modistos más caros, todo á un mismo
tiempo. Fué la dama de incesante curiosidad que lee á la vez los últimos
libros, los catálogos de las exposiciones y los periódicos de modas,
llamando la atención por sus vestidos incesantemente cambiados, por sus
alhajas y por la prontitud con que adopta la última idea, considerando
un triunfo poder lucirla veinticuatro horas antes que los otros.
En el curso de sus viajes se vió recibida en audiencia por tres Papas, y
fué conociendo á todos los hombres de su época que acababan de obtener
la celebridad por un día ó por varios años.
Pronto se fatigó de viajar, acompañada solamente de una doncella
francesa. Las noches pasadas en el hotel, sin una fiesta ó una
representación de teatro, le parecían interminables. Además, en ciertas
naciones de Europa, una mujer elegante y hermosa que va sola de un lado
á otro tiene que mantenerse en actitud defensiva, á causa de la audacia
de muchos hombres, que se desorientan y equivocan.
Al morir Douglas se dió por seguro, en breve plazo, un segundo
matrimonio de su viuda. Era joven, y fatalmente debía encontrar un
hombre que le hiciese conocer el amor, después de su tranquila amistad
con el primer esposo.
Estas suposiciones llegaban á irritar á la viuda cuando hablaba con sus
amigos. ¡El amor! ¿Por qué debía ella conocer el amor, sometiéndose á la
esclavitud de sus alegrías violentas y sus cóleras celosas?...
Renunciaba á él sin pena. Era para una minoría de neuróticos y
desequilibrados que necesitan vivir dramáticamente entre conflictos, por
exigencias de su sistema nervioso. Ella quería ser como la gran mayoría
de los humanos, que prefieren el cariño tranquilo y la amistad, á las
tormentas del amor pasional.
Además, había resuelto mantenerse fiel al recuerdo de Douglas. Era su
deber. Conocía algo más fuerte y noble que el amor: la gratitud.
Su marido le había dado la riqueza, y ella la tenía en mucho, porque
afirma la independencia individual.
El dinero es un instrumento libertador, y la viuda amaba sobre todo su
libertad. Le había tocado la suerte de encontrar un hombre bueno,
tolerante y discreto, que además había asegurado al desaparecer la
independencia y el decoro de su vida futura. Le bastaba con esto; no
debía repetir tan arriesgado juego; ya había conocido á los hombres.
Tenía marcado para siempre un sitio en la sociedad: sería la viuda rica,
independiente y respetada por todos. Era locura cambiar esto por el tal
amor, que sólo resulta interesante en las novelas.
Pero como abominaba de viajar sola, pensó en Rina, la amiga pobre y
humilde que tienen todas las mujeres triunfantes y es al mismo tiempo su
compañera y su admiradora.
La había conocido en Monterrey, por vivir su familia en trato amistoso
con los Ceballos. El abuelo de Rina fué un chileno de Valparaíso
arrastrado á las costas de California por el gran éxodo de emigrantes
que atrajo el descubrimiento del oro.
Todavía era niña Conchita cuando ya Rina Sánchez lanzaba ojeadas
lánguidas á los jóvenes de Monterrey, creyéndose adorada y disputada por
todos ellos. Una diferencia de más de ocho años existía tal vez entre
las dos, pero Rina aún estaba soltera, ostentando, unas veces con
orgullo y otras con desaliento, su cualidad de señorita, mientras la
señora Douglas era una viuda, doblemente respetada por su estado y por
el nombre de su esposo.
Según iba entrando en años, se mostraba Rina más sentimental é ingenua,
como si retrogradase hacia la infancia, aplicando á todos los actos de
su existencia un criterio pueril y una timidez contradictoria, pues en
ciertas ocasiones, por sobra de inocencia, llegaba á aparecer insolente.
«La Embajadora» se acostumbró á la simplicidad de esta acompañante tan
pronto alegre como llorona. Necesitaba su presencia, abundante en risas
y gemidos, como la de un perrillo melancólico y ladrador.
Si alguna vez se enfadaba con ella, parecía encogerse de espíritu y
desaparecer, cual si la Naturaleza la hubiese dotado de una
retractilidad extraordinaria, no dejando presente más que su envoltura
material.
Los viajes por Europa de hotel en hotel, donde se bailaba tarde y noche
y eran frecuentes las presentaciones de hombres elegantes, atraídos por
la belleza y la fortuna de la viuda Douglas, excitaban la manía
sentimental de su compañera. Rina sólo pensaba en el amor; un amor
expresado con palabras rebuscadas y gestos de «alto idealismo», según
ella, igual á los muchos amores que había conocido en las novelas
imaginadas para señoritas de buena educación.
La vida le parecía sin sentido lejos de los hombres; y los hombres, por
una ironía de la suerte, jamás habían querido fijarse en su persona. «La
Embajadora», que mostraba una altanería hostil al hablar de ellos, se
divertía interiormente haciendo relatar á Rina sus entusiasmos amorosos,
así como sus esfuerzos, astucias y sacrificios para encontrar al futuro
compañero entre tantos varones fugitivos ó indiferentes.
Para justificar la humilde derrota de su celibato, hacía Rina
comparaciones mentales entre ella y su rica amiga. ¡Ay! ¡Si pudiese
vestir con la elegancia de la otra, seguramente que los hombres la
buscarían lo mismo!... Y más por necesidad de defenderse que por
coquetería natural, palmoteaba de gozo cuando Concha Ceballos le
regalaba algunos de sus vestidos todavía nuevos ó la hacía partícipe de
sus compras de modas recientes.
También era una diversión para la señora Douglas, sana, fuerte,
sólidamente bella, enterarse de los procedimientos extraordinarios de
Rina para combatir y borrar los estragos que realizaba la edad en su
cuerpo. La pobre parecía arrugarse y disminuir de volumen por el
tostamiento interior de su sentimentalismo. Gran parte del dinero
regalado por su amiga lo empleaba en productos de los llamados
Institutos de belleza. Así fué conociendo la viuda muchos inventos
extravagantes para el refrescamiento de la hermosura femenil.
Rina era cada vez más pequeña y al mismo tiempo más joven, con una
juventud extraña y desconcertante que parecía de otra humanidad
habitadora de un planeta remoto. Los que la habían visto un año antes en
alguno de los hoteles célebres de Europa, al encontrarla después
tardaban en reconocerla, y únicamente lograban restablecer su identidad
por ir al lado de su amiga, cuya belleza resultaba invariable. Un año
era rubia y al año siguiente de pelo negro ó castaño. Como la edad y la
vehemencia pasional habían arrugado prematuramente su faz, fué de las
primeras en valerse de la operación quirúrgica que levanta el rostro y
estira su epidermis, de la -face-lifting- empleada por ciertos
especialistas de Londres, Nueva York y París para rejuvenecer á las
mujeres de teatro y las mujeres de salón.
Entusiasmada por este milagro de la cirugía epidérmica que borraba de su
rostro las arrugas, repetíalo con frecuencia como algo ordinario,
mostrando un heroísmo sin límites, frío, tranquilo, sonriente, del que
sólo son capaces las mujeres cuando desean embellecerse.
Casi todos los años sentía la necesidad de que le cortasen la cara para
estirar su piel en uno ú otro sentido. Pasaba horas ante el espejo,
estudiándose el rostro con ojos de artista, para aconsejar luego al
cirujano en qué sentido debía dar los tajos maestros para su nueva obra.
Después de tantos rajamientos y manipulaciones faciales, parecía de una
raza distinta á la de los otros seres. Caso de tener semejanza con
alguno de los grupos humanos que pueblan nuestro planeta, se aproximaba
á las mujeres amarillas de Asia por la tirantez de su epidermis y el
estiramiento de sus párpados prolongados y casi juntos, como los de las
japonesas. Llevaba la frente cubierta de rizos y dos masas de bucles
sobre las sienes. De este modo quedaban ocultas las cicatrices de los
tajos que le habían dado para renovar la tersura de su rostro.
--Toma: para que te pagues otra vez el -face-lifting---decía «la
Embajadora» al hacerle un nuevo regalo de dinero.
Y Rina, para manifestar su agradecimiento, derramaba lágrimas,
compadeciéndose á sí misma.
--Tú sabes, Conchita, que yo podía ser rica si ese mal hombre no se
quedase con lo mío. Deseo recobrar lo que me pertenece, para que no te
sacrifiques más por mí.
Este deseo de evitar á la viuda su costosa protección sólo ocupaba
verdaderamente un segundo término en el pensamiento de Rina. Sus
protestas contra el «mal hombre» y su ansia de verse rica eran
principalmente porque al entrar en años hacía responsable á la pobreza
de su forzoso celibato.
--Cuando yo vivía en Monterrey y era muchacha, todos los hombres andaban
locos por mí, estoy segura de ello. Era porque entonces vivía papá y
estaba metido en lo de las minas, que iba á hacerle rico... ¡Como ahora
todos me creen pobre como una rata, y nadie sabe que ese ingeniero
Balboa, ese mal hombre que vive en Madrid, se queda con lo que me toca
por herencia y no me envía un céntimo!...
«La Embajadora» escuchó al principio distraídamente las lamentaciones de
su acompañante. Pero en fuerza de oir hablar de aquel «mal hombre»,
acabó por interesarse en sus maldades.
Ella había intervenido, cuando vivía en su país, en la reparación de
muchas injusticias, y continuaba desde lejos ayudando con su fortuna á
la defensa de los débiles. ¿Por qué no extender su protección á esta
solterona, cuyas charlas y manías parecían refrescarla lo mismo que un
descanso á la sombra de un bosquecillo después de una jornada ardorosa?
Aceptando sin examen los informes de Rina y creyendo desde el primer
momento en la culpabilidad del ausente, empezó á intervenir en dicho
asunto, dictando cartas breves y duras para aquel «mal hombre» que vivía
en Madrid y usurpaba las riquezas de la otra. Como era de una precisión
matemática para el examen de sus propios negocios, pronto se enteró del
asunto que le fué relatando su compañera y hasta rectificó algunos de
sus errores.
El padre de Rina--un californiano que se llamaba Juan Sánchez por su
padre el chileno, y Brown por su madre--se había asociado con Ricardo
Balboa, durante el viaje de éste á Monterrey, para la explotación de
unas minas en Méjico. Don Gonzalo, el padre de Concha, pretendió entrar
en dicha empresa, pero tuvo que desistir finalmente por falta de
capital, como ya le había ocurrido en otros negocios propuestos por
Balboa.
--Los socios fueron tres--continuaba Rina--; ese mal hombre que lo
dirigía todo, un señor que vive allá en Méjico, donde están las minas, y
papá. Al morir papá, los dos hombres se entendieron, y como forman
mayoría jamás me consultan, y hace años que no me envían un centavo.
Como me ven sola en el mundo, ¡pobre huérfana! me roban como quieren.
«La Embajadora» ya no dictó cartas á su amiga, considerando más rápido y
contundente escribir ella misma á Balboa. Sentía una predilección
especial por este asunto que no era suyo. Se imaginó obrar así por el
goce altruísta que proporciona el amparo del débil; pero tal vez fué un
deseo inconsciente de agredir á aquel hombre que había atravesado su
adolescencia, despertándola á la vida sentimental, para seguir después
su camino, ignorante de lo que dejaba á sus espaldas. La antigua
simpatía era ahora agresividad, por una transformación obscura é
incomprensible que había estado elaborándose durante muchos años.
Las respuestas frías y corteses que el ingeniero envió desde Madrid la
irritaron aún más contra él. Creyó leer entre líneas su verdadero
pensamiento: «¿Por qué se mezcla usted, señora, en asuntos que ni son
suyos ni puede entender?... Estos negocios son para hombres.»
El tal Balboa le pareció un verdadero europeo; mejor dicho, un «latino»,
de los que no conceden otra superioridad á las mujeres que las de la
elegancia y la seducción amorosa, negándoles toda ingerencia en los
asuntos de la vida civil.
--Yo arreglaré tu negocio--dijo à Rina con amenazadora energía--. Ese
hombre no me conoce. Cree sin duda que aún soy la niña que vió en
Monterrey. Iremos á Madrid si es necesario.
Ella quería que fuese necesario. Empezaba á encontrar algo molesta su
vida en París. En aquellos días dos hombres la acosaban con sus
pretensiones matrimoniales: uno tímido, buenazo y tenaz, que la seguía
desde América, colocándose silenciosamente ante su paso; otro
excesivamente atrevido, que pretendía acompañarla á todas partes y
esperaba una ocasión propicia para comprometerla ó para vencer su
voluntad. Necesitaba alejarse por algún tiempo de estos dos pegajosos
adversarios de su viudez; despistarlos para que la dejasen gozar
tranquila su independencia.
Después de haber escrito al «mal hombre» varias cartas de estilo cada
vez más ácido, mostrando una incomprensión hostil para las explicaciones
y justificaciones enviadas por Balboa, una mañana, al levantarse,
anunció á su compañera que saldrían al día siguiente para España.
--He soñado que estábamos en Madrid. Me gustaría admirar una vez más los
Velázquez; ver mujeres con mantilla y peineta, hombres con capa,
bailadoras. ¿Por qué no ir?... Vamos á darle una sorpresa á tu «mal
hombre». Yo me entenderé con él, y te aseguro que pronto tendrás dinero.
Dió unas semanas de asueto á su doncella francesa para que visitase á su
familia, y allí estaban las dos, en el salón de Ricardo Balboa,
convertido en gabinete de trabajo, sentadas en hondos sillones, frente á
la mesa ocupada por el ingeniero.
Éste, después de los saludos y una breve alusión á Monterrey, así como á
los lejanos tiempos en que se habían conocido, abordó con fría
agresividad el asunto que motivaba aquella visita.
Fué dejándose dominar Balboa por la indignación de los tímidos que
tiemblan antes del suceso esperado con inquietud, y cuando llega lo
miran de frente, sin miedo alguno, por haber perdido ya para ellos el
misterio de lo incierto.
Tenía al fin ante sus ojos aquella señora que le escribía desde lejos,
duramente, tratándolo casi como á un ladrón. La iba á decir muchas
verdades... Y fué exponiendo, con la tolerancia un tanto desdeñosa del
que da explicaciones á gentes testarudas y de limitada mentalidad, la
historia de las famosas minas, objeto de la cuestión.
Las tales minas estaban enclavadas cerca de la frontera de los Estados
Unidos, en uno de los lugares menos civilizados de Méjico. Los indios
llamados yaquis, que viven una existencia independiente, interviniendo
en la vida mejicana sólo para batirse en sus revoluciones, habían
perturbado muchas veces los trabajos de esta explotación. Pero de todos
modos, las minas, aunque con frecuentes paralizaciones, habían sido
trabajadas al principio, dando algunas ganancias. Esto había sido
mientras estuvo sometida aquella tierra al gobierno dictatorial de
Porfirio Díaz.
--No había libertad pero había orden--siguió diciendo el ingeniero--, y
se podía trabajar en aquel país. Los extranjeros estaban defendidos por
un poder que tal vez era duro, pero representaba una garantía... Después
no ha habido libertad ni orden.
Y mirando fijamente á «la Embajadora», que le escuchaba con rostro
impasible, estirando el labio superior y pretendiendo turbarle con la
fijeza de sus ojos, continuó sus explicaciones.
Había empezado allá una revolución de numerosos y complicados episodios
que duraba más de diez años y cuyo término nadie alcanzaba á ver todavía
en el presento momento. Desde sus principios había sido una revolución
social. Muchos propietarios se veían despojados de sus tierras, sus
edificios y sus minas. Simples jornaleros del campo se convertían en
generales ó pasaban á ser altos personajes políticos.
--Un capataz de nuestra mina que conoció mucho el padre de esta señorita
es hoy general de división y acampa, con su enorme sombrero y su
carabina en la rodilla seguido de una horda de jinetes, sobre los
terrenos de nuestra propiedad. El socio que tenemos en la capital de
Méjico intentó al principio hacer valer nuestros derechos y quiso ir
allá. Luego desistió, é hizo bien, pues dicho viaje representa un
suicidio. El tal general explota actualmente nuestra mina á su modo;
esto es, vende la plata y se queda con el producto. La mina, según
parece, ya no es nuestra; es del país. El general la ha «nacionalizado»,
palabra aprendida por él en la fraseología revolucionaria. La usa
repetidas veces en una carta que se dignó enviarnos, con la delectación
que sienten los mestizos por toda locución nueva y rara. La tal
nacionalización consiste simplemente en haberse quedado con la mina que
nosotros trabajamos, invirtiendo en ella nuestros capitales. Además, nos
anuncia que exterminará á todo amigo de «la tiranía pasada» que pretenda
recuperar lo que es del pueblo. Todo esto se lo he dicho, señora, en mis
cartas, pero como usted no parece dispuesta á darme crédito, le puedo
enseñar numerosas pruebas.
Balboa calló para tocar un botón eléctrico inmediato á su mesa. Al
presentarse una criada, le preguntó si el señorito Florestán había
vuelto, por ser ya la hora en que regresaba todos los días de la Escuela
de Ingenieros.
A los pocos momentos, como si estuviese rondando por cerca del salón, se
mostró Florestán. Era un joven alto, de miembros fuertes y bien
armonizados, ojos azules, pelo rubio obscuro y rostro afeitado, que
parecía dar con su presencia una impresión contradictoria de fuerza y
timidez, de energía y puerilidad.
Las dos mujeres creyeron que esta juventud serena penetraba en el salón
con un acompañamiento de nueva luz. La señora Douglas quedó mirándole
fijamente, sin poder disimular su sorpresa. Pensaba en San Jorge... un
San Jorge de veinte años, sin casco, con la hermosa y rubia cabeza
descubierta, brillante el pecho por las escamas plateadas de su loriga,
las fuertes y blancas manos sobre la cruz de su mandoble y teniendo á
sus pies el destrozado dragón de la fealdad. Rina, más sentimental,
creyó ver al caballero Primavera, con armadura de flores, erguido junto
al cadáver del negro lobo del invierno. Su admiración por los hombres no
le permitió mantenerse silenciosa.
--¡Oh, Conchita!... ¡Qué prodigio!--murmuró con voz susurrante.
Florestán huyó su mirada de aquellos cuatro ojos fijos en él con
admirativa curiosidad. Luego enrojeció, con un avergonzamiento impropio
de su aspecto vigoroso.
Casi volvió el dorso á las dos mujeres, luego de saludarlas con muda
cortesía, mientras se inclinaba hacia su padre para oirle mejor.
--Trae el legajo de las minas de Sonora. Quiero leer á estas señoras
todas las cartas que hemos recibido de allá. Busca también el resumen de
los ingresos y los gastos desde el principio de su explotación.
Volvió Florestán á saludar á las dos damas con tímida cortesía y salió
de la pieza, ligero como un empleado que ha recibido una orden.
Quedaron ambas con la vista fija en la puerta por donde acababa de
desaparecer. Hubo un largo silencio. Cuando volvió á entrar el joven,
con unos cartones bajo el brazo llenos de papeles, las dos señoras
creyeron que de nuevo volvía á iluminarse la estancia, alejándose una
nube que había pasado ante el sol.
Ya no estiraba «la Embajadora» su labio superior, ni tenía puestos sus
ojos con fijeza agresiva en el ingeniero. Su dentadura esplendorosa
empezó á brillar entre los labios, separados por un principio de
sonrisa. La luz de un balcón inmediato tembló con reflejos de oro sobre
sus pupilas obscuras y aterciopeladas, que buscaban á cada momento al
joven, á pesar de su deseo de no mirarle.
Empezaba Ricardo Balboa á extraer de sus cartones aquel fajo de papeles,
cuando se vió detenido en su intento de lectura por la voz amable y la
sonrisa de Concha Ceballos.
Se acordaba de su padre en aquel momento, y tenía la certidumbre de
haberle oído elogiar muchas veces la probidad del ingeniero español. ¡Y
ella había ofendido con tanta ligereza á un hombre simpático y digno de
respeto!...
Miró de reojo á su acompañante. Esta Rina loca tenía la culpa de todo.
La había desorientado con sus cuentos, haciéndola ser injusta.
--Me parece muy largo de leer--dijo con dulzura, señalando el legajo--,
y será mejor que nos enteremos de ello más despacio. Su hijo tendrá la
bondad de traernos los papeles al hotel.
Y extremando el acento benevolente de su voz y la amabilidad de su
sonrisa, continuó:
--Hablemos de cosas más agradables. No somos enemigos ni vamos á
devorarnos. Viéndose acaban por entenderse las personas de buena
voluntad. Acordémonos un poco de cuando nos conocimos, allá en
California. ¡Qué de cosas han pasado desde entonces!...
III
Donde se dice quién fué la reina Calafia y cómo gobernó su ínsula
llamada California
A las nueve de la noche se presentaron en casa de Balboa don Antonio, su
esposa y su hija, y la conversación en la sala de trabajo giró
inmediatamente sobre la visita de mediodía.
Mostraba el ingeniero un orgullo de vencedor al recordar con qué
amabilidad se había despedido de él «la Embajadora», después de tantas
cartas amenazantes, y de su entrada silenciosa y hostil, como si se
preparase para un combate.
--A estas señoras de genio fuerte--dijo con petulancia--hay que
hablarlas con energía, para que se convenzan de que no inspiran miedo.
Además, bien mirado, es una mujer adorable.
Aprobó el catedrático con gestos y palabras lo dicho por su amigo.
--La creo noble y buena como la reina Calafia. Esta tarde, por
curiosidad, he vuelto á leer su historia.
Todos acogieron con extrañeza tal nombre. Doña Amparo, que admiraba y
menospreciaba al mismo tiempo á su esposo, creyendo en su ciencia y en
su falta de habilidad para enriquecer á la familia, fué la que mostró
menos interés por el origen de tal apodo. Algún cuento raro de los que
buscaba el catedrático en los libros antiguos.
Pero éste, después de enviar á su esposa una sonrisa irónica y
protectora, dejó de verla, para concentrar su atención en los otros
oyentes, que le merecían mayor interés. Y para relatar la historia de la
reina Calafia, empezó hablando de la noble villa de Medina del Campo,
que durante siglos había sido el principal centro de contratación de las
dos Castillas.
Anualmente se celebraba en ella una feria, á la que acudían los
mercaderes de España y Portugal y los traficantes judíos de todas las
naciones del Occidente europeo. De este mercado famoso durante la Edad
Media sólo quedaba en Medina del Campo el melancólico recuerdo de sus
extinguidas riquezas y una vasta plaza que había sido durante siglos una
especie de Bolsa internacional. Otra curiosidad de la villa castellana
era el castillo de la Mota, ahora ruinoso, donde murió, según la
tradición, Isabel la Católica, la reina del descubrimiento de América, y
estuvo preso César Borgia, el hijo del pontífice que consagró dicho
descubrimiento.
En los años que Cristóbal Colón vagabundeaba por España, solicitando
apoyo para emprender sus viajes en busca de las Indias por el lado de
Occidente, vivía en Medina del Campo un soldado viejo al que sus
convecinos habían elegido regidor.
Este hombre, llamado Garci Ordóñez de Moltalvo, entretenía sus ocios de
veterano escribiendo novelas. Sus funciones pacíficas de magistrado
municipal no le proporcionaban otras batallas que las verbales
sostenidas con mercaderes venidos á la feria desde países lejanos y en
conflicto con el gobierno de la villa por el pago de derechos; pero al
quedar solo, se consolaba de la monotonía de su pacífico retiro
describiendo prodigiosos combates y aventuras nunca vistas.
Él modificó y agrandó el famoso -Amadís de Gaula-, dando á esta novela
caballeresca la forma definitiva con que fué admirada durante más de un
siglo por los lectores del mundo cristiano. Luego, queriendo prolongar
dicho libro, cuya paternidad sólo le correspondía á medias, produjo
otro, todo de su pluma: -Las sergas de Esplandián.-
Don Antonio, al mirar á sus oyentes, creyó necesario añadir:
--Serga es una palabra antigua que significa hazaña, y Esplandián fué un
joven esforzado, célebre por su heroísmo y su hermosura, hijo de Amadís
de Gaula. Como todos los caballeros andantes, tenía un sobrenombre. Por
algo Don Quijote necesitó añadirse el apodo de «Caballero de la Triste
Figura». Moltalvo, al hablar de Esplandián, le llama unas veces el
«Caballero de la Gran Serpiente», y otras, para mayor brevedad, el
«Caballero Serpentino».
Mascaró creía ver al novelista de Medina del Campo paseándose por el
sobrio y duro paisaje castellano, meseta escasa en cursos de agua y
extremadamente fría ó ardorosa, según la estación. Con el poder
imaginativo de los inventores de historias, creaba Moltalvo en este
ambiente árido los panoramas más portentosos y los hechos más inauditos.
Había ocurrido en su juventud un suceso desconsolante para la
cristiandad, la toma de Constantinopla por los turcos, y con la
delectación del progenitor literario que goza reproduciendo los sucesos
no como fueron en la realidad, sino como debieron ser con arreglo á sus
gustos, dedicaba la última parte de -Las sergas de Esplandián- á
describir el gran asedio que ponían todos los pueblos de Asia á la
antigua Bizancio, y cómo su emperador, ayudado por el Caballero de la
Gran Serpiente y su padre el noble Amadís, aplastaba la gran alianza de
los enemigos de Dios.
Radiaro, soldán de Liquia, escudo y amparo de la ley pagana, con el
apoyo de otros soberanos musulmanes, enemigos crueles de los cristianos,
emprendía el asedio de Constantinopla. Todos los monarcas de un Asia
misteriosa, imaginada por el regidor de Medina del Campo, acudían al
llamamiento del soldán. Pero en vano lanzaban sus hordas innumerables
contra los muros de la ciudad. Amadís de Gaula, que por sus heroicas
aventuras había llegado á ser rey de la Gran Bretaña, junto con el rey
Lisuarte, el rey Perión y otros monarcas no menos fabulosos y de nombres
sonoros, se encargaba de su defensa.
El soldán de Liquia y el soldán de Halapa dudaban ya del buen éxito de
su asedio, cuando les llegó un aliado con valiosos auxilios capaces de
cambiar el curso de la guerra.
Y el novelista describía minuciosamente cómo «á la diestra mano de las
Indias, muy llegada á la parte del Paraíso Terrenal», había una isla ó
ínsula llamada California, poblada únicamente por mujeres algo negras y
que no toleraban la existencia entre ellas de ningún varón, siendo su
estilo de vivir semejante al de las antiguas amazonas.
Tenían valientes cuerpos, grandes fuerzas y firmes y ardorosos
corazones. La ínsula era la más abundante en riscos y bravas peñas que
en el mundo podía hallarse. Las armas de las californianas estaban
fabricadas de oro todas ellas, y también las guarniciones de las fieras
bestias en que cabalgaban después de haberlas amansado, pues en toda la
isla no había metal de otra clase. Moraban en cuevas bien labradas,
tenían muchos navíos, sobre los cuales partían á otras tierras á
realizar sus cabalgadas, y los hombres que hacían prisioneros los
llevaban con ellas á su isla para ciertos fines, matándolos después.
El catedrático, al llegar á este punto de su relato, miró con cierta
inquietud á Consuelito y luego á su esposa. No se atrevía á repetir en
presencia de su hija las mismas palabras del viejo novelista. Pero
aunque la joven parecía escucharle, miraba con insistencia á Florestán,
como si implorase de éste menos atención al relato de su padre y que
volviese los ojos hacia ella.
Suplió don Antonio con varios parpadeos la obscuridad de sus
explicaciones y continuó el relato.
--Cuando á consecuencia de estos raptos de hombres las valientes
californianas conocían la maternidad, si tenían hija la guardaban, y si
varón, inmediatamente era muerto. De este modo no aumentaba en su país
el número de los hombres, y éstos eran tan pocos mientras llegaba el
momento de su muerte, que las amazonas no podían temer la preponderancia
dominadora del sexo contrario. Por la gran aspereza de la isla,
abundaban en ella los grifos más que en ninguna otra parte del mundo.
También al llegar aquí tuvo Mascaró por oportuna una explicación
suplementaria. Doña Amparo le miraba con ojos interrogantes.
--¿Qué grifos son esos?...
De este animal inventado por la superstición habían hablado mucho los
poetas de la antigüedad y de la Edad Media, sin que nadie llegase á ver
uno solo. Tenía cuerpo de león, cabeza y alas de águila, orejas de
caballo; pero sobre el cuello, en vez de crines, ostentaba una cresta
hecha de aletas iguales á las de los peces. El lomo y las alas eran de
plumas duras como el hierro. Originario de la India, sentía un amor
singular por el oro y buscaba con predilección, para hacer sus nidos,
los lugares abundantes en depósitos auríferos. Por eso la antigüedad le
suponía destinado á la defensa de los templos, á causa de los tesoros
guardados en sus altares.
Muchos viajeros cristianos que visitaron el Oriente durante la Edad
Media, y estaban predispuestos á ver cosas maravillosas, pretendían
haber encontrado la llamada «Ave Grifo». Era, según su testimonio, más
grande que ocho leones juntos y podía elevar un buey ó un caballo por
los aires. Las uñas de sus enormes garras servían para fabricar cosas
preciosas, y con sus plumas se hacían arcos y flechas invencibles. La
hembra del grifo, en vez de poner huevos, depositaba á veces en sus
nidos grandes montones de plata. En el tesoro del emperador Carlos V
existía una copa famosa hecha con una uña de grifo; pero después se
descubrió que era simplemente un cuerno de rinoceronte.
Cuando los grifos tenían hijos, las californianas, cubiertas de cueros
gruesos para defenderse de las garras y picos de las hembras,
registraban sus nidos, llevándose las crías á sus cuevas. Luego cebaban
á los pequeños grifones con los hombres que habían hecho esclavos en sus
correrías, ó con los niños de las mujeres del país, educándolos con tal
arte, que acababan por conocerlas y no les hacían daño alguno. Pero
cualquier varón que entraba en la ínsula, al momento era muerto y comido
por los grifos; pues aunque estuviesen hartos, no por eso dejaban de
tomar entre sus garras á los hombres y llevarlos volando hasta las
nubes, para dejarlos caer y que se aplastasen en las peñas.
Esta ínsula, donde no había otro metal que el oro y cuyas costas eran
interminables criaderos de perlas, estaba gobernada por una reina,
llamada Calafia, muy grande de cuerpo, muy hermosa, menos obscura de
color que sus amazonas, de floreciente edad, valerosa en sus esfuerzos y
ardides y pronta á realizar sus altos pensamientos.
Habiendo oído decir que todos los reinos vecinos marchaban contra los
cristianos, y deseosa de ver el mundo y sus diversas generaciones, animó
á sus amazonas para marchar á esta guerra. Todas la oyeron con
entusiasmo, encontrando monótono y triste pasar sus días metidas en una
ínsula, sin fama y sin gloria, como los animales brutos.
Mandó la reina Calafia abastecer su gran flota de viandas y de armas,
todas de oro, y arreglar la mayor fusta de las suyas, cubriendo esta
nave con una especie de red de gruesos maderos, que servía de jaula á
quinientos grifos, criados y cebados desde pequeños con carne de hombre.
También hizo meter en las otras naves las bestias en que cabalgaban las
valerosas californianas, y que eran diversas animalías, como tigres,
leones, panteras, etc., todas amaestradas, lo mismo que si fuesen
caballos.
Don Antonio hizo una pausa para descansar; pero como estaba acostumbrado
á las explicaciones de cátedra, y además parecía deleitarse en su propia
facundia, no tardó á seguir su relato.
--Llegó al campo pagano la flota de la ínsula California cuando el gran
soldán de Liquia y el soldán de Halapa estaban más tristes, después de
un sangriento choque con los defensores de Constantinopla, que había
resultado infructuoso.
La reina Calafia pidió á sus aliados que la dejasen combatir sola con su
gente, mientras los turcos permanecerían ocultos en su campamento, y
los dos monarcas accedieron á su petición. A la mañana siguiente, la
reina bajó de su nave y acto seguido los escuadrones de amazonas se
extendieron por la playa.
Todas llevaban armaduras de oro sembradas de piedras preciosas, pues en
California eran éstas tan abundantes y comunes como en otros países los
guijarros del campo. Mandó la soberana abrir la puerta de la fusta donde
venían los grifos, y éstos salieron con mucha prisa, mostrando gran
gusto al poder volar libremente después del encierro del viaje.
Estos animales eran la artillería gruesa del ejército californiano. Como
no les habían dado de comer durante la travesía, se arrojaron rugiendo
de hambre sobre los hombres que ocupaban las murallas de la ciudad.
Muchas saetas les tiraron, grandes golpes les dieron con lanzas y
espadas, pero sus plumas eran tantas, tan juntas y recias, que no
pudieron llegar á tocarles la carne.
Los turcos, inactivos en su campamento por mandato de Calafia, al ver á
estas bestias ir y venir por lo alto llevando en las garras ó en el pico
á un cristiano, daban tales voces y alaridos de placer que horadaban con
ellos el cielo. Los defensores de la ciudad gemían de cólera sobre las
murallas al contemplar cómo los grifos se llevaban hasta las nubes,
devorándolos, al padre, al hijo ó al amigo. Cuando estos monstruos se
cansaban de sus presas, dejándolas caer en la tierra ó en el mar,
volvían sin ningún temor á las murallas para apoderarse de otros
cristianos, y fué tal el espanto de los defensores, que los más huyeron
al interior de la ciudad, quedando únicamente los que habían podido
refugiarse en las bóvedas de las torres.
Viendo esto la reina Calafia gritó á los dos soldanes que ya podían
avanzar sus gentes para la toma de Constantinopla, y los paganos,
aplicando muchas escalas al muro, subieron sobre él. Pero los grifos ya
habían soltado los cristianos que llevaban en las garras, y viendo á los
turcos, que eran hombres como los otros, cayeron sobre ellos y los
arrebataron igualmente hasta las nubes para dejarlos caer, haciendo en
ellos gran matanza.
La alegría de los sitiadores se trocó en desorden, y más que en luchar
con los sitiados, tuvieron que pensar en defenderse de las bestias
traídas por Calafia. Al enterarse de esto los cristianos salieron del
refugio de sus bóvedas é hicieron gran matanza en los infieles,
echándolos abajo de la muralla. Luego se refugiaron otra vez en sus
bóvedas viendo que volvían los grifos.
Triste la reina Calafia por este error de sus bestias, que no sabían
distinguir á los aliados de los enemigos, atacando á todos los hombres
en general, aconsejó á los soldanes la retirada de sus gentes, mandando
luego á las californianas que realizasen ellas solas el asalto, pues los
grifos las respetarían. Se apearon entonces las amazonas de sus fieras
animalías para avanzar contra los muros. Llegaban sobre sus pechos unas
medias calaveras de pescado que las cubrían una parte del cuerpo, y
eran tan duras que ningún arma las podía pasar. Las piernas, el tronco y
los brazos los tenían forrados de oro.
Con mucha ligereza subieron las amazonas por sus escalas, y en lo alto
de la muralla empezaron á pelear reciamente con los de las bóvedas. Pero
éstos, aprovechando la estrechez de su refugio, se defendían con
braveza, y los que andaban abajo por la ciudad tiraban á las mujeres con
saetas y dardos, y como las tomaban por los lados y las armaduras de oro
eran flacas, herían á muchas de ellas. Mientras tanto, los grifos
revolaban inactivos sobre las californianas, con la atracción de su
presencia, pero sin ver cerca hombres á quienes hacer presa.
Calafia creyó oportuno que los turcos acudiesen en apoyo de sus
guerreras, y dijo á los dos soldanes: «Haced subir vuestras compañías
sin miedo alguno, que mis mujeres serán defensa contra las aves mías,
pues no las osan nunca acometer.»
Pero cuando los grifos vieron las huestes de hombres que escalaban la
muralla para unirse á las californianas, se trabaron con ellos tan
rabiosamente como si en todo el día no hubiesen comido. En vano las
belicosas hembras les amenazaban con sus alfanjes de oro. A pesar de sus
amenazas y sus gritos sacaban de entre ellas á los hombres, y
subiéndolos á enorme altura los dejaban caer para que muriesen.
Fué tan grande el espanto de los paganos, que bajaron de la muralla más
apresuradamente que habían subido, refugiándose en sus reales. Calafia,
que vió cómo este desastre ya no era de posible remedio, hizo acudir á
los que tenían el cargo y la guardia de los grifos, para que los
llamasen y encerrasen en su fusta. Subidos los guardianes sobre la jaula
de la nave, los llamaron á grandes voces en su lenguaje, y lo mismo que
humanas personas fueron acudiendo los grifos para meterse humildemente
bajo los barrotes.
El novelista Montalvo, conocedor fidedigno de todos los sucesos de este
asedio, por las revelaciones que le hizo la gran sabidora Urganda la
Desconocida y también el eminente Maestro Elisabat, seguía describiendo
en su libro los combates ocurridos diariamente ante los muros de
Constantinopla, después del fracaso de los grifos. El emperador, con sus
«diez mil de á caballo», acudía á los lugares donde atacaban más
reciamente los sitiadores, y de éstos los más temibles eran Calafia y
sus mujeres.
Avanzaba la reina, incansable y de enormes fuerzas, blandiendo una lanza
muy dura pero que acababa por romper, tantos eran los enemigos que iba
matando. Entonces echaba mano á su alfanje, que era á modo de un
cuchillo, con el hierro de más de un palmo de ancho, y degollaba
caballeros á centenares ó los dejaba mal heridos, metiéndose tan
denodadamente entre las masas de adversarios, que nadie podía creer que
fuese una hembra. Todos los paladines enemigos la buscaban, considerando
su vencimiento como la mayor gloria que podían obtener.
A veces eran tantos los que la atacaban y tales los golpes recibidos por
ella, que se veía en mortales aprietos; pero una hermana suya, llamada
Liota, acudía en su auxilio como una leona rabiosa, sacándola de entre
los caballeros que la abrumaban con sus cuchilladas.
Cansados los monarcas paganos de este asedio inútil, acudieron á un
procedimiento usual en las guerras de la Edad Media y frecuentemente
mencionado en las novelas caballerescas. Como el soldán de Liquia y la
reina Calafia tuvieran noticias de que estaban en la ciudad Amadís de
Gaula y su hijo Esplandián, decidieron enviarles un cartel de desafío
para batirse con ambos en singular batalla, quedando los vencidos en
sujeción y obediencia á los vencedores.
Este cartel de reto lo llevó á la ciudad una californiana, obscura y
hermosa, con ricos atavíos y montada en una bestia fiera. Aceptaron los
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