La reina Calafia
Vicente Blasco Ibáñez
LA REINA CALAFIA
OBRAS TRADUCIDAS DEL AUTOR
TERRES MAUDITES.--Traducción de G. Hérelle. París.
FLEUR DE MAYO.--Traducción de G. Hérelle. París.
BOUE ET ROSEAUX.--Traducción de Maurice Bixio. París.
DANS L’OMBRE DE LA CATHÉDRALE. Traducción de G. Hérelle. París.
TERRAS MALDITAS.--Traducción de Napoleão Toscano. Lisboa.
A CATHEDRAL.--Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa.
Lisboa.
FLOR DE MAYO.--Traducción de Josy Priems. Zurich.
DIE KATHEDRALE.--Traducción de Josy Priems. Zurich.
ERDFLUCH.--Traducción de Wilhelm Thal. Berlín.
SCHILFUND SCHLAMM.--Traducción de Wilhelm Thal. Berlín.
DER EINDRINGLING.--Traducción de J. Broutá. Berlín.
DE VLOEK.--Traducción del doctor A. A. Fokker. Haarlem.
WAAR ORANJEBOOMEN BLOEIEN.--Traducción del doctor A. A. Fokker.
Amsterdam.
CHALUPA.--Traducción de A. Pikhart. Praga.
MARNÁ CHLOUBA.--Traducción de A. Pikhart. Praga.
AH, IL PANE!...--Traducción de F. Gelormini. Palermo.
HVAD EN MAND HAR AT GOVE.--Traducción de Johanne Allen. Copenhague.
VINNYI SKLAD.--Traducción de M. Watson. Petersburgo.
BODEGA.--Traducción de K. G. Petersburgo.
GELEZNODOROGNOY ZAIAZ.--Traducción de M. Watson. Petersburgo.
NALOGUIZA OBNAGNENAIA.--Traducción de M. Watson. Petersburgo.
PROKLIATAC POLE.--Traducción de M. Watson. Petersburgo.
SOBOR.--Traducción de M. Watson. Petersburgo.
DUOYÑOY VISTREL.--Traducción de M. Watson. Petersburgo.
LA HORDE.--Traducción de G. Hérelle. París.
ARENES SANGLANTES.--Traducción de G. Hérelle. París.
A CORTEZAN DE SAGUNTO.--Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes
Rosa. Lisboa.
O INTRUSO.--Traducción de Riveiro de Carvalho. Lisboa.
MISERAVEIS.--Traducción de Vasco Valdéz. Lisboa.
L’INTRUS.--Traducción de Renée Lafont. París.
A ADEGA.--Traducción de E. Sousa Costa. Lisboa--Rio Janeiro.
LES MORTS COMMANDENT.--Traducción de Berta Delaunay. París.
SUR LES ORANGERS.--Traducción de G. Menetrier. París.
THE BLOOD OF THE ARENA.--Traducción de Frances Douglas. Chicago.
SONNICA.--Traducción de F. Douglas. Nueva York.
THE SHADOW OF THE CATHEDRAL.--Traducción de W. A. Gillespie.
Londres.
BLOOD AND SAND.--Traducción de W. A. Gillespie. Londres.
OBRAS COMPLETAS DE BLASCO IBÁÑEZ (en ruso). Edición en 16
volúmenes, con un retrato del autor.--Traducción de Taitiana
Herzenstein y otros. Moscou.
SANGUE E ARENA.--Traducción de Ida Mango. Nápoles.
ORIENTE.--Traducción de Ferreira Martins. Lisboa.
BLOED EN ZAND.--Traducción de Van Raalte. Amsterdam.
DIE HETARE VON SAGUNT.--Traducción de W. Leydhecker. Berlín.
LES QUATRE CAVALIERS DE L’APOCALYPSE.--Traducción de G. Hérelle.
París.
THE MATADOR.--Edición inglesa Nelson. Londres.
WIJN EN LIEFDE.--Traducción de Van Raalte. Amsterdam.
I QUATTRO CAVALIERI DELL’ APOCALISSE.--Traducción de Ida Mango.
Milán.
THE FOUR HORSEMEN OF THE APOCALYPSE.--Traducción de Charlotte
Brewster Jordan (240 ediciones). Nueva York.
THE CABIN.--Traducción del doctor Francis Haffkine-Snow. Nueva
York.
LUNA BENAMOR.--Traducción del Dr. Isaac Goldberg. Boston.
THE DEAD COMMAND.--Traducción de F. Douglas. Nueva York.
BLOOD AND SAND.--Introduction by Dr. Isaac Goldberg. Nueva York.
THE SHADOW OF THE CATHEDRAL.--Introduction by William Dean Howells.
Nueva York.
OUR SEA (-Mare nostrum-).--Traducción de C. Brewster Jordan. Nueva
York.
THE FRUIT OF THE VINE. Traducción del Dr. Isaac Goldberg. Nueva
York.
WOMAN TRIUMPHANT.--Traducción de Hayward Keniston. Nueva York.
THE DEAD COMMAND.--Traducción del Dr. Isaac Goldberg. Nueva York.
DE VIER RUITERS UIT DE APOCALYPSIS.--Traducción de Van Raalte.
Gravenhage (Holanda).
THE ENEMIES OF WOMEN.--Traducción de Arthur Livingston. Nueva York.
MEXICO IN REVOLUTION.--Traducción de J. Padin y Arthur Livingston.
Nueva York.
MARE NOSTRUM.--Traducción de Gilberto Beccari. Florencia.
FRA GLI ARANCI.--Traducción Vitagliano. Milán.
DE DOWLER BEVELER.--Traducción de Van Raalte. Amsterdam.
LA TRAGÉDIE SUR LE LAC.--Traducción de Renée Lafont. París.
THE MAYFLOWER.--Traducción de A. Livingston. Nueva York.
LES ENNEMIES DE LA FEMME.--Traducción de A. de Bengoechea. París.
THE TORRENT (-Entre naranjos-).--Traducción de I. Golberg y Artur
Livingston. Nueva York.
FIOR DI MAGGIO.--Traducción de Gilberto Beccari. Milán.
PALUDE TRAGICA.--Traducción de Gilberto Beccari. Milán.
CONTES ESPAGNOLS D’AMOUR ET DE MORT.--Traducción de F. Menetrier.
París.
VASS OCH DY.--Traducción de E. Staaff. Stockholm.
DEN UBUDNE.--Traducción de Johanne Allen. Copenhague.
FYREFAEGTEREN.--Traducción de Johanne Allen. Copenhague.
DEN GAMLE ROENNE.--Traducción de Johanne Allen. Copenhague.
LUNA BENAMOR.--Traducción de Renée Lafont. París.
OS INIMIGOS DA MULHER.--Traducción de Ferreira Martins. Lisboa.
DIE APOKALYPTISCHEN REITER.--Traducción de E. Koert. Berlín.
VÉRZÖ ARÉNA.--Traducción de Toth Andras. Budapest.
MÁJUS VIRÁGA.--Traducción de Berki Miklos y Gyori Karoly. Budapest.
KREV A PÍSEK.--Traducción de Maria Votrubová-Haunerova. Praga.
BLOD OG SAND.--Traducción de Sophus Brekke. Prólogo de J. Bojer.
Cristianía.
PROBUZENI BUDHOVO.--Traducción de Ch. Veith. Praga.
APOKALYPSENS FYRA RYTTARE.--Traducción de Alberto Bonnier.
Stockholm.
CAPÍTULOS ESCOGIDOS DE V. BLASCO IBÁÑEZ.--Coleccionados por E. Alec
Woolf. Editor G. Harrap. Londres.
VISTAS SUDAMERICANAS.--Libro para los estudiantes de español, con
notas de Carolina Marcial Dorado. Ginn y C.ª, Editores. Nueva York.
LA BATALLA DEL MARNE.--Libro para los estudiantes de español, con
notas del profesor Federico de Onís. Heath y C.ª, Editores. Nueva
York.
EEN LIEFDE OP DE BALEAREN.--Traducción de P. M. Wink. Zalt-Bommel.
GENSKI RAY (-El paraíso de las mujeres-).--Traducción rusa de
Tatiana Herzenstein. La Editorial Rusa. Berlín.
A NOGYULOLOK.--Traducción de Toth Andras. Budapest.
LA FEMME NUE DE GOYA.--Traducción de A. de Bengoechea. París.
LA CITÉ DES FUTAILLES.--Traducción de Renée Lafont. París
THE TEMPTRESS.--Traducción de A. Livingston. Nueva York.
KATEDRÁLA.--Traducción de Karel Vit. Praga.
CTYRI PRÍSERNÍ JEZDCI Z APOKALYPSY.--Traducción checoeslovaca de
Karel Vit. Ilustraciones de K. Relink. Praga.
OBRAS DEL AUTOR
CON EL NÚMERO DE EJEMPLARES IMPRESOS EN ESPAÑA[A] DE CADA UNA DE ELLAS,
HASTA JULIO DE 1923
CUENTOS VALENCIANOS 60.000 ejemplares.
LA CONDENADA (cuentos) 56.000íd.
EN EL PAÍS DEL ARTE (viajes) 56.000íd.
ARROZ Y TARTANA (novela)60.000íd.
FLOR DE MAYO (novela)72.000íd.
LA BARRACA (novela) 92.000íd.
SÓNNICA LA CORTESANA (novela) 56.000íd.
ENTRE NARANJOS (novela) 72.000íd.
CAÑAS Y BARRO (novela) 56.000íd.
LA CATEDRAL (novela) 64.000íd.
EL INTRUSO (novela) 56.000íd.
LA BODEGA (novela)48.000íd.
LA HORDA (novela) 44.000íd.
LA MAJA DESNUDA (novela)49.000íd.
ORIENTE (viajes) 44.000íd.
SANGRE Y ARENA (novela). 116.000íd.
LOS MUERTOS MANDAN (novela)48.000íd.
LUNA BENAMOR (novelas) 40.000íd.
LOS ARGONAUTAS (novela).--2 tomos40.000íd.
LOS CUATRO JINETES DEL APOCALIPSIS.132.000íd.
MARE NOSTRUM (novela)80.000íd.
LOS ENEMIGOS DE LA MUJER (novela)80.000íd.
EL MILITARISMO MEJICANO (artículos) 40.000íd.
EL PRÉSTAMO DE LA DIFUNTA (novelas) 32.000íd.
EL PARAÍSO DE LAS MUJERES (novela) 36.000íd.
LA TIERRA DE TODOS (novela)62.000íd.
LA REINA CALAFIA (novela) 40.000íd.
NOVELAS DE PRÓXIMA PUBLICACIÓN
Á LOS PIES DE VENUS.
LAS RIQUEZAS DEL GRAN KAN.
EL ORO Y LA MUERTE.
LA CASA DEL OCÉANO.
[A] En muchas repúblicas de la América de habla española se han
publicado numerosas ediciones de estas obras sin permiso del autor.
VICENTE BLASCO IBÁÑEZ
LA REINA
CALAFIA
(NOVELA)
38.000EJEMPLARES
PROMETEO
Germanías, 33.--VALENCIA
(Published in Spain)
1923
LA REINA CALAFIA
I
Lo que hizo una mañana el catedrático Mascaró al salir de la Universidad
Central
Cuatro veces por semana, después de explicar su lección de historia y
literatura de los países hispano-americanos, don Antonio Mascaró volvía
paseando á su casa, situada al otro extremo de Madrid.
En los primeros años de su existencia matrimonial, había vivido cerca de
la Universidad. Luego, al crecer su hija única, doña Amparo su esposa,
que se arrogaba un poder sin límites en todo lo referente á la
administración y decoro de la familia, había creído oportuno trasladarse
lejos de este barrio, frecuentado por los estudiantes. Él, además, había
hecho algunos viajes al extranjero, acostumbrándose á las comodidades de
otros países, y encontraba cada vez menos tolerable la vida en caserones
construídos con arreglo á las necesidades del siglo anterior.
Don Antonio, después de lo que había visto en el «otro mundo»--así
llamaba él á América--, aceptó con gusto la casa escogida por su esposa
en los límites del barrio de Salamanca, cerca de la plaza de Toros, con
teléfono en la portería, ascensor en la escalera (sólo para subir) y
cuarto de baño, que, aunque pequeño, tenía los aparatos en uso
corriente, no estando ocupada su bañera por cajas de sombreros, como
ocurría en otras viviendas. Un «hombre de progreso» y que no era rico,
debía contentarse con esto y no pedir más.
La casa quedaba muy lejos de la Universidad, pero esto le imponía la
obligación de dar ocho largos paseos cuando menos todas las semanas,
ejercicio oportuno y útil para un aficionado á la lectura que pasaba
gran parte del día con los codos en la mesa, la frente entre las manos y
los ojos algo miopes junto á las páginas de un volumen.
Terminada su clase, iba deteniéndose en varias tiendas y puestos de
libros viejos, cuyos dueños le saludaban con cierta devoción al darle
cuenta de las novedades adquiridas. Todos ellos conocían la especialidad
del catedrático: obras antiguas ó modernas sobre América. Pero á veces,
salvando las fronteras de la ciencia histórica, Mascaró extendía sus
compras á las novelas y los libros de versos.
Algunos no se extrañaban de estas adquisiciones. Repetidas veces, al
comprar al peso, por el precio del papel, rimeros de volúmenes
olvidados, habían visto dos novelas históricas y una colección de
poesías, obras escritas por don Antonio cuando era joven y explicaba
literatura general en una universidad de provincia.
Así, de librería en librería, iba aproximándose á la Puerta del Sol, y á
partir de esta plaza, olvidaba las ideas que le habían acompañado
durante su marcha por las estrechas é incómodas aceras del viejo Madrid.
En la amplia calle de Alcalá se creía otro hombre. Ya no era un
catedrático de vida monótona y limitadas aspiraciones. Reaparecía el
profesor Mascaró, delegado de España en congresos internacionales, y
también el conferencista que había visitado numerosas universidades de
las dos Américas.
Yendo hacia la parte moderna de la ciudad donde estaba su casa, se iba
transformando interiormente. Su vista parecía aumentarse al encontrar el
amplio desgarrón de la gran avenida terminada por el arco de la Puerta
de Alcalá y las arboledas del Retiro. Creía encontrar en sus pulmones
otro sabor al aire. Sus pies, al posarse sobre el asfalto de las aceras,
removían en su memoria, por influencia refleja, los recuerdos del
bulevar de los Italianos, de Piccadilly ó del Broadway. En esta última
parte de su paseo era cuando se sentía más ágil y alegre, cuando se le
ocurrían sus mejores ideas, como si el deambular fácil--sin los
empellones, tropezones y malos olores del viejo Madrid--ejerciese una
acción benéfica sobre su inteligencia.
Una mañana de primavera, volviendo de la Universidad, se detuvo indeciso
don Antonio en la Puerta del Sol. Le atraía la calle de Alcalá, con su
atmósfera de oro ligero y su agitación de las horas meridianas. Luego
pensó en subir á un tranvía, para llegar más pronto á los jardines del
Retiro y pasear por sus avenidas hasta la hora de comer. En su casa,
como en muchos hogares de Madrid, la hora de sentarse á la mesa era las
dos de la tarde. Tenía tiempo sobrado para vagar por este parque que él
amaba tanto como el Museo del Prado, las dos cosas mejores de la villa,
en su opinión. Pero al final se sintió atraído por un tercer deseo, como
le ocurría siempre en momentos de duda.
--Tal vez será mejor hacer una visita á Ricardo Balboa. Llevo dos días
sin verlo y temo encontrarle enfermo... Con estos que andan mal del
corazón nunca está uno seguro.
Y subió á un tranvía, el de su mismo barrio, pues el ingeniero Balboa
vivía cerca de su casa.
Quedó de pie en la plataforma trasera, para ver los automóviles y coches
de caballos que pasaban casi rozando los dos lados del vehículo público.
Al estar en la parte más ancha de la calle se dió cuenta de un
movimiento de curiosidad que hacía detenerse á muchos transeuntes.
En el interior del tranvía algunos se levantaron de sus asientos para
ver mejor, y en las plataformas sonó un cuchicheo de comentario. Todos
miraban un automóvil descubierto que pasó á gran velocidad, hacia el
interior de Madrid, ocupado por dos señoras. Mascaró hizo un gesto de
conmiseración, como si le inspirase lástima el asombro de la gente.
«Total--se dijo--, una mujer que guía ella misma su automóvil; alguna
extranjera. Y esto deja embobadas ó escandalizadas á tantas personas,
como si fuese algo inaudito. ¡Ah, país atrasado!...»
Desapareció el automóvil, pero don Antonio, que era un imaginativo,
siguió viéndolo cerebralmente y admirando á la mujer que lo conducía, á
pesar de que la rapidez de su tránsito no le había permitido conocer su
rostro.
El catedrático guardaba de sus tiempos juveniles una admiración
instintiva por las mujeres que él titulaba «extraordinarias». Sólo las
había visto en los grabados de los periódicos ó en novelas y comedias;
pero ¡ay! ¡ser amado por una hembra de esta especie superior!...
Su vida era doble; una se desarrollaba monótonamente en la realidad y
otra hervía con locos burbujeos, pero sin rebasar nunca los bordes de su
imaginación. En el mundo limitado por el tiempo y el espacio era un
esposo fiel, y mostraba un cariño tolerante y algo irónico á su doña
Amparo, que le había hecho padre de Consuelito. Además, veía á través de
esta hija única todas las ilusiones y deseos de su existencia práctica.
Pero á solas y en el misterio de su cráneo, era un voluptuoso
desenfrenado, un héroe insaciable del amor, que corría las más
estupendas aventuras, pasando sin escrúpulos de una á otra, ó
acometiendo muchas á la vez. Esto, en realidad, no le proporcionaba
otras fatigas que las cerebrales, y su imaginación, una vez metida á
fabricar pecaminosos fantaseos, no conocía el cansancio.
En su juventud le habían hecho soñar las grandes artistas de ópera. ¡Ser
el hombre preferido por una de aquellas tiples, hermosas y célebres,
cubiertas de joyas, buscadas por los monarcas y los grandes
millonarios!... Y la pobre doña Amparo nunca pudo adivinar que el marido
que estaba tranquilamente junto á ella, con los ojos entornados como si
pensase una lección ó una conferencia, corría el mundo en aquellos
momentos acompañando á una artista famosa.
Sus gustos habían cambiado después de los viajes que llevaba hechos á
través de la realidad. Ahora admiraba á la mujer deportiva, de carne
enjuta y musculosa, especie de muchacho hermoso con faldas, que parece
aportar al placer el malsano incentivo de la ambigüedad del sexo. Sólo
comprendía ya la belleza con faldellín blanco, un jersey de vivos
colores y una raqueta en la mano. También le gustaba con gorra de hombre
y las manos metidas en guantes avellanados y largos, estilo mosquetero,
agarrando con fuerza inteligente el volante de un automóvil.
Con una de estas mujeres el pacífico catedrático emprendía muchas veces
un viaje alrededor del mundo. Su yate afrontaba tempestades, asaltos de
piratas malayos y encallamientos en islas de coral. Otras hembras de
atractivos no menos varoniles le hacían ir de caza, con los brazos
remangados y el rifle al hombro, por las soledades ardientes de África,
en busca de panteras é hipopótamos. En repetidas ocasiones había atacado
también cuchillo en mano, por salvar á sus compañeras, á un oso blanco
tres veces más grande que él, sobre la infinita llanura del mar polar
congelado.
Mascaró procuraba no verse mientras iba imaginando estas aventuras.
Temía cortar de golpe las novelescas excursiones al darse cuenta de su
estatura menos que mediana, de su cara morena, en la que empezaban á
profundizarse las arrugas, de su pelo de meridional, antes intensamente
negro y ahora gris en los aladares de la cabeza, de su aire de señor
bonachón que parecía esparcir confianza y tranquilidad ante sus pasos.
Él prefería al otro Mascaró que se agitaba en su cerebro como un demonio
seductor, enloqueciendo á las mujeres sólo con mirarlas, haciéndolas
marchar detrás de sus talones como gozquecillos sumisos, dejando á una
para tomar á otra sin misericordia; mozo guapo capaz de meter miedo á la
misma Muerte, y que cuando tiraba de revólver hacía huir al rival
amoroso ó á las muchedumbres cobrizas, amarillentas ó negras que le
salían al paso, sin fijarse en que iba acompañando á una ó varias
señoras.
El grave catedrático acababa por reir de sus desenfrenos imaginativos
cuando al fin, ahito de ellos, sentía agotada su invención. Pero esta
burla á su vida interna era bondadosa y tolerante. Parecía perdonarse á
sí mismo con su risa, é igualmente á la mayor parte de los humanos.
«Por suerte--pensaba--, nuestra frente es de hueso y no puede reflejar
las imágenes que se agitan detrás de ella. ¡Ay, si fuese como el vidrio
del acuario, que deja ver la vida inquieta y nerviosa de los animales
que colean y se persiguen al otro lado!...»
Estaba seguro Mascaró de que la vida social no podría durar veinticuatro
horas si todos viésemos lo que piensan los demás, si contemplásemos el
desarrollo cinematográfico de la imaginación, que trabaja por su cuenta,
negándose á obedecernos, y nos crea una segunda vida, sin hacer caso de
los escrúpulos de nuestra conciencia. Los hijos no respetarían á sus
padres si conociesen todo, absolutamente todo lo que piensan. Los
esposos fieles materialmente sentirían asombro al verse tan distanciados
y hostiles por los caprichos de la imaginación. Los nietos se asustarían
al leer á través de las arrugas frontales del abuelo los desenfrenos de
su fantasía. Por eso, cuando las personas de vida austera llegan á una
extrema vejez y pierden la disciplina impuesta por la razón, asombran
muchas veces por las expresiones desvergonzadas de su locura senil,
mostrando una segunda personalidad, ignorada de todos. El hombre de
gobierno, el que administra justicia, todos los varones de aspecto grave
y palabra severa que son pastores de sus semejantes, ¿en qué situación
se verían si su cráneo transparentase los pensamientos desordenados, los
deseos monstruosos que cruzan el cerebro como un relámpago, cuando la
imaginación vagabundea?...
«Muchos seres tranquilos y de existencia monótona--seguía diciéndose el
catedrático--tenemos un harén en nuestro pensamiento y nos refugiamos
en él para consolarnos de nuestra vida mediocre. Las mayores aventuras
amorosas, las voluptuosidades más inauditas, no han existido tal vez
nunca en la realidad. Las inventaron, para su recreo mental y solitario,
tranquilos padres de familia.»
Si don Antonio veía á su esposa en mitad de sus aventuras imaginativas,
este recuerdo parecía infundirlas un nuevo atractivo. Creía vengarse con
tantas infidelidades ilusorias del casero despotismo de doña Amparo.
Pero le bastaba recordar á su hija, para que en un momento se viniese
abajo todo el tinglado de sus perversidades fantásticas, sufriendo la
comezón de la vergüenza y el remordimiento al volver á la realidad.
La escapada imaginativa que había provocado el paso veloz de aquella
dama automovilista terminó como muchos otros de sus viajes fantásticos.
Vió subir al tranvía una joven que recordaba vagamente á Consuelito, é
inmediatamente se sintió empujado fuera de su harén, quedando confuso y
arrepentido ante su puerta cerrada.
Había que pensar en otra cosa. Él no podía tener inactivas sus fuerzas
mentales, necesitaba entretenerlas en jugueteos imaginativos cuando no
realizaba un trabajo serio. Y olvidando primeramente á las señoras que
guían automóviles, y luego á todas las mujeres en general, concentró su
pensamiento, con la intransigente austeridad del que acaba de
arrepentirse, en aquel amigo que iba á visitar.
No recordaba con certeza cuándo se conocieron. Era una amistad casi de
la niñez. Los dos habían estudiado juntos el bachillerato.
Mascaró vivía en Madrid á causa del empleo de su padre, pero era un
«mediterráneo» nacido en una pequeña ciudad de Levante. Sus primeras
impresiones del mundo exterior se las proporcionó la vista de un mar
color de turquesa en la mañana, intensamente azul á mediodía, y violeta
al atardecer, así como de una costa roja, sin otra vegetación que
matorrales leñosos y perfumados; sucesión de montañas ardientes, que
parecían beber la luz del sol, transpirándola luego por la porosidad de
sus peñas.
El padre de Balboa era un español que había hecho considerable fortuna
en Méjico. De su madre se acordaba como de una señora que hablaba con
dificultad el castellano y en los momentos de apuro verbal se volvía
hacia su esposo para pedirle ayuda en inglés.
Ricardo había nacido en Méjico y frecuentado la escuela de primeras
letras en una ciudad fronteriza de los Estados Unidos; pero era español.
Su padre, con el patriotismo exacerbado de los que vivieron lejos de su
país ansiando volver á él, no admitía ni remotamente la contingencia de
que un hijo suyo pudiera tener una nacionalidad distinta. Luego de
haberse enriquecido en la explotación de minas, confió éstas á un socio,
para retirarse á Madrid. Así Ricardo no sería -gringo- como su madre, ni
tampoco mejicano por haber nacido allá. Quería educarle como español.
Mascaró, nacido en una familia pobre, tuvo entrada durante su primera
juventud en esta casa de americanos opulentos, donde se gastaba el
dinero sin tasa ni prudencia.
Balboa siguió la carrera de ingeniero. Su padre quería que dirigiese más
adelante la explotación de sus minas, y procuró evitarle de este modo la
tutela de los especialistas extranjeros, con los que había tenido muchas
veces que luchar él, hombre de ingenio natural, pero falto de estudios.
Mascaró, llevado de sus aficiones literarias y necesitando una carrera
para vivir, siguió la de Letras, con el propósito de dedicarse al
profesorado.
Se fué Ricardo á Méjico una vez terminados sus estudios, y su amigo dejó
de visitar la casa de los americanos. Siendo catedrático en una
universidad de provincia, supo que el padre de Balboa había muerto. La
viuda se marchó á América, no sintiéndose ya ligada á un país sin
interés para ella.
Transcurrieron varios años... más de doce. Mascaró había hecho ya la
mayor parte de su carrera, llegando finalmente á ser catedrático en
Madrid. Un colega suyo de California, con el que mantenía asidua
correspondencia, le procuró una serie de lecciones en la Universidad de
Berkeley sobre los dramaturgos españoles del siglo de oro, y al
desembarcar en Nueva York, camino de San Francisco, se encontró con
Balboa, que habitaba el mismo hotel.
La vida de su compañero de adolescencia había sido más agitada que la
suya. Aún era rico, comparado con él, pero había experimentado grandes
pérdidas en su fortuna. Las minas de Méjico que enriquecieron á su padre
eran ahora menos productivas. Además, el ingeniero vivía bajo la
influencia del demonio absorbente de la invención, y todos sus
descubrimientos industriales, así como sus tentativas para generalizar
los inventos de los otros, se resolvían finalmente en la realidad con
enormes pérdidas.
Se había casado Balboa con una joven de Méjico, hija de un español
antiguo amigo de su padre. Este matrimonio sólo había durado el tiempo
necesario para producir un hijo, que recibió el nombre romántico de
Florestán. La esposa había muerto cuando este niño sólo tenía varios
meses, y el ingeniero lo dejó en Méjico al cuidado de unos parientes,
para poder vivir con más libertad en Nueva York, dedicándose á la
implantación de sus invenciones y sus negocios extraordinarios.
Después de este encuentro se reanudó la amistad entre los dos
condiscípulos, escribiéndose ambos con frecuencia.
Pasaron algunos años más, y Mascaró vió de pronto al ingeniero instalado
en Madrid, con el propósito de quedarse en España para siempre. Parecía
enfermo. Las emociones de su existencia habían lastimado su corazón, y
éste le hacía sufrir angustiosas crisis.
Con el quebrantamiento de su salud parecía haberse aumentado el amor á
la patria que le dió su padre. ¿A qué rodar por el mundo, persiguiendo
enormes negocios, cuando él era español y en su país todo estaba aún
por hacer? La verdadera América la tenía él en España... Y se lanzó á la
explotación de minas abandonadas, empleando nuevos procedimientos de
trabajo; á descubrir pozos de petróleo, pues le parecía deshonroso que
su patria no los tuviese; á instalar fábricas como las que había visto
en el Nuevo Mundo.
Mascaró no admiraba á su amigo como hombre de negocios. «Es un
soñador--decía--, que se entusiasma con los asuntos por su novedad más
que por lo que pueden dar; un poeta desorientado, que aplica su fantasía
á la industria.»
El catedrático no se equivocaba. Indudablemente, de permanecer Balboa
inactivo, imitando la existencia mediocre y recelosa de los que guardan
su dinero al margen de todo riesgo, habría continuado siendo rico como
su padre. Pero necesitaba trabajar, y la actividad representaba para él
fracasos y ruinas.
Sin darse cuenta de lo que significa el cambio de ambiente, aplicaba á
los negocios del mundo viejo los mismos procedimientos de la actividad
americana. Contaba siempre con la facilidad de encontrar capitales para
todas sus innovaciones. Él abría la marcha audazmente, empleando su
dinero en el nuevo negocio con la certeza de que otros capitalistas,
adivinando la ganancia enorme, se disputarían entre ellos el ser
consocios suyos; pero á los pocos pasos se veía solo y sin fuerzas para
seguir adelante.
Su hijo Florestán había crecido al mismo tiempo que Consuelito y tenía
ya veinte años. Estudiaba la carrera de ingeniero, y parecía sentir
iguales aficiones que su padre por la industria y la mecánica, pero de
un modo seguro y reposado, sin sus audacias optimistas, sin su prontitud
para tener por axiomático todo lo que acababa de imaginar.
Mascaró parecía interesarse mucho por la suerte de Florestán después de
haber escuchado algunas veces á su esposa, que veía en él un marido para
Consuelito.
--¡Lástima de muchacho! Si su padre se retirase de los negocios para
siempre y no trabajase más, aún podría disponer de una buena fortuna
juntando los restos de lo que dejó su abuelo.
Por suerte, el ingeniero había abandonado desde algunos meses antes la
«aclimatación de negocios americanos», como decía Mascaró.
--Es inútil querer transformar en unos cuantos años á los pueblos
viejos--murmuraba Balboa con desaliento--. Lo que es posible en el Nuevo
Mundo y hace ganar allá millones, resulta aquí empresa ruinosa.
Y abandonó todos los asuntos que habían absorbido gran parte de su
herencia: los pozos de petróleo, que nunca se decidían á dar petróleo;
las minas de carbón, que insensiblemente habían acabado por ser
propiedad de otros; las líneas de ferrocarril, que jamás pasaban de los
planos á la realidad.
Ahora vivía dedicado simplemente á las invenciones. En esto no podía
influir el ambiente. Un inventor llega á realizar los mismos
descubrimientos en Madrid que en Nueva York. Indudablemente sufría en
su patria grandes contrariedades y retrasos, por falta de colaboradores
mecánicos que diesen forma material á sus ideas; pero de todos modos,
con la ayuda de un par de obreros que, dentro de su existencia modesta,
resultaban tan quimeráticos como Balboa y por lo mismo le admiraban y
seguían á ciegas, iba realizando en el metal los embriones de sus
inventos.
Los dos ayudantes vivían, naturalmente, á costas del ingeniero, y además
todos los bocetos que construían incesantemente, y las más de las veces
acababan por ser arrumbados como hierro viejo, exigían cuantiosos
gastos.
«Pero aun así--pensaba Mascaró--, estos despilfarros de inventor
resultan más baratos que la explotación ó la fundación de las empresas
industriales de antes... Además, ¡quién sabe si un día acertará con una
de esas invenciones famosas!...»
El catedrático tenía fe en el talento de su amigo y al mismo tiempo le
compadecía; contradicción frecuente cuando se juzga á un hombre que
persigue un descubrimiento sin haberlo realizado. Ahora andaba Balboa á
vueltas con una invención simplemente «secundaria»--según él decía--,
pero capaz de revolucionar profundamente las costumbres privadas y hasta
la vida de la humanidad entera.
Había dejado á un lado las grandes máquinas, los motores de explosión de
poco peso y fuerza enorme, llamados á modificar las navegaciones aéreas
y submarinas. Como el artista caprichoso que produce jugueteando una
obra diminuta y graciosa mientras descansa entre dos concepciones
gigantescas, el ingeniero se ocupaba actualmente del cinematógrafo. En
las últimas semanas no hablaba de otra cosa.
Al apearse don Antonio del tranvía y entrar en la casa del inventor,
estaba seguro de que sólo podía hablarle éste de sus estudios
cinematográficos.
La casa de Balboa era de igual arquitectura que la de Mascaró, sólo que
con más adornos y de mayores proporciones. El teléfono no estaba en la
portería, sino en el mismo despacho del ingeniero; pero el ascensor
marchaba con la misma lentitud y no admitía gente en su descenso.
Como Mascaró era considerado lo mismo que si fuese de la familia, una
criada le hizo entrar sin anuncio en un gran salón convertido por Balboa
en pieza de trabajo.
Tuvo que pasar el catedrático entre varios tableros montados sobre
caballetes que formaban largas mesas. Estas mesas tenían clavados en su
madera dibujos lineales y otros bocetos de soñador de la mecánica. Las
paredes, ornadas por el arquitecto constructor del salón con molduras
blancas, estaban cubiertas de marcos que guardaban bajo cristal paisajes
montuosos perforados por bocas de minas, cortes geológicos con varias
capas de colores superpuestas, máquinas de uso inexplicable...
Estos cuadros despertaban en Mascaró la misma sensación que los retratos
borrosos, coronas ajadas y otros recuerdos fúnebres que guardan
piadosamente ciertas viudas para no olvidar un momento las acciones del
muerto. Casi todos estos adornos de la pared recordaban un mal negocio
del inventor, una empresa inadaptada ó prematura que se había sorbido
parte de su herencia.
Balboa, que estaba inclinado sobre uno de los tableros de dibujo,
levantó la cabeza y tendió su diestra al recién llegado, sin querer
abandonar su labor.
Era un hombre de rostro melancólico, dolorido y dulce. Llevaba la barba
completa, como en su juventud, terminada en dos pequeñas puntas, y este
adorno facial, así como su cabellera sobradamente luenga y descuidada,
le daban el aspecto de un Cristo enfermizo y opaco, como si se le viese
á través del polvo y las peladuras de un cuadro viejo. En la cúspide de
su cabeza empezaba á ralear el pelo, y éste, que había sido rubio, así
como la barba, tomaba el tono mate de la plata desdorada.
Lo que atraía inmediatamente la atención sobre su rostro era la blancura
de la tez, una blancura mate, de papel poroso, que parecía absorber
ávidamente la luz, sin que ésta lograse hacer brillar la piel con la
alegre jugosidad de la salud. Mascaró se fijó al entrar en esta palidez,
reveladora de un corazón enfermo. Apreciaba el estado de su amigo por la
intensidad de su blancura malsana.
Al verle, después de una ausencia de dos días, le pareció su palidez más
intensa y se apresuró á pedirle noticias de su salud. El inventor hizo
un gesto despectivo.
--Me siento bien. Estos días los he pasado trabajando... Creo que ahora
he dado en el clavo. No es posible la duda.
Y con el entusiasmo del creador que ve completa y perfecta su obra,
empezó á hablar de aquel invento que al principio había considerado como
simple diversión y ahora le inspiraba un amor paterno.
Sin los inventos que él llamaba secundarios era imposible la difusión
universal de otros descubrimientos más importantes. ¿De qué hubiera
servido la invención de la imprenta no existiendo antes el invento más
modesto del papel? Las letras podían imprimirse sobre pergamino, como en
los libros manuscritos de los siglos anteriores, pero sólo á los ricos
les habría sido dado comprar volúmenes tan costosos. Gracias al papel,
descubrimiento secundario y democrático, la imprenta había podido
generalizarse, multiplicando hasta el infinito la difusión del
pensamiento humano.
Balboa había sentido la necesidad de su invención viendo el
funcionamiento del cinematógrafo, que vivía como hubiese vivido la
imprenta sin la existencia del papel. Las imágenes fotográficas quedaban
impresas en una cinta de gelatina, cara y difícil de producir. A causa
de esto, las bandas cinematográficas eran materia costosa monopolizada
por los explotadores de espectáculos. Había que ir á buscar este álbum
de imágenes vivas en los teatros y las salas especiales. No podía
llevarse á la casa, como un libro; no podía guardarse en una biblioteca,
para verlo en todo momento.
Un aparato de proyecciones cinematográficas no representa un gasto
extraordinario; además se compra una sola vez en la vida. Lo costoso era
la cinta, á causa de su materia. De una obra cinematográfica se hacían
doscientas ó trescientas copias, cuando más, para todos los pueblos de
la tierra. Los mismos ejemplares iban pasando de unas ciudades á otras,
sin más limitación que la del idioma en que están escritos los títulos.
Él iba á cambiar radicalmente todo esto con su invento. Había encontrado
el medio de sustituir la cinta de gelatina con una simple tira de papel.
El valor material de un rollo cinematográfico sería, gracias á su
descubrimiento, tan poco costoso como el papel de un ejemplar de diario.
--Imagínate, Antonio... ¡qué revolución! Las gentes podrán comprar en
las librerías una obra cinematográfica, llevándola á su casa para
proyectarla en el aparato de familia. Una novela puesta en imágenes no
costará más cara que cuesta hoy impresa en volumen. Todos podrán tener
en su domicilio una biblioteca de libros cinematográficos, al mismo
precio que ahora la forman de libros encuadernados. Piensa también lo
que será esto para la gloria y el provecho de los autores. ¿Qué puede
vender hoy un novelista?... ¿doscientos mil, trescientos mil ejemplares,
como éxito enormísimo? Con mi invento una novela llegará á diez
millones, á quince millones de volúmenes, ¡quién sabe si á más!... Los
libros serán para la tierra entera. No habrá que hacer otra traducción
que la de los rótulos, y muchas veces ni existirán estos rótulos, pues
los progresos de la acción muda podrán suplir á la letra impresa.
Gracias á mí, llegará á ser una realidad el diario cinematográfico. La
imagen correrá el mundo entero y dirigirá la vida humana, como hoy lo
hace la letra impresa; todo gracias al papel... Y yo que emprendí mi
trabajo sin ninguna idea de ganancia, seré rico, inmensamente rico. No
es fácil calcular lo que dará mi invento. Es para el mundo entero,
abarca absolutamente á todos los humanos. La imprenta necesita que los
hombres sepan leer. Mi invento es para todos los que tengan ojos, aunque
vivan todavía en la barbarie.
Torció el gesto Mascaró y quiso protestar de tales afirmaciones. El
libro guardaría siempre su influencia. Balboa, simple inventor que sólo
concedía importancia á lo que fuese interesante para él, pasaba por
encima del estilo literario, ignorando la fuerza sugestiva de la
palabra, el arte en la expresión de las ideas. Pero don Antonio se dejó
ganar al fin por el fervor de su amigo, pensando en las nuevas y enormes
ganancias que proporcionaría esta innovación á los que viven del trabajo
literario. No en balde había escrito versos y novelas en su juventud.
--Si verdaderamente has encontrado ese invento, vale más que todo lo que
llevas hecho.
Luego se encogió en su interior el Mascaró imaginativo y vehemente, para
dejar sitio al padre de familia de presupuesto ordenado.
--Y sobre todo vas á ganar mucho dinero, ¡muchísimo!... ¡Ya era hora!
Estas últimas palabras sacaron á don Ricardo de su abstracción
entusiástica. Sus ojos y su gesto fueron los de un sonámbulo que
despierta bajo una sensación de frialdad. Olvidó su invento para pensar
en un episodio molesto de su vida ordinaria.
--Esa señora va á venir--dijo--. Está en Madrid. Me ha hablado por
teléfono desde su hotel.
Fijó el catedrático unos ojos interrogantes en Balboa, sin adivinar á
quién se refería.
--Es la californiana Concha Ceballos, por otro nombre mistress Douglas,
de la que hablamos el último día que estuviste aquí.
Mascaró agitó ambas manos sobre su cabeza, riendo al mismo tiempo.
--¡Ah!... Es la que llaman «la Embajadora» allá en su país... ¡Pobre
Ricardo! ¡Qué visita tan molesta!
Luego cesó de reir, mirando á su amigo como si le compadeciese. Éste,
inquieto por la próxima visita, fijó sus ojos en el reloj que tenía
enfrente. Eran las doce, y aquella mujer de actividad dominadora y
carácter enérgico debía ser puntual. Iba á llegar de un momento á otro.
El catedrático, que había acogido la noticia de la visita con regocijo,
acabó por dar consejos prudentes á su amigo.
--Ten calma. Acuérdate que estás enfermo, y las discusiones y
acaloramientos perturban el corazón. Piensa que es una mujer...
Esto último era lo que más preocupaba al inventor.
--¿Cómo mostrar la verdad á una mujer, cuando no quiero verla? Además,
¡tan caprichosa, tan violenta!... Si leyeses la última carta que me
envió de París...
La inquietud parecía haber aguzado sus sentidos, y de pronto avanzó la
cabeza como para escuchar mejor. Sonaba el timbre de la puerta.
--Ya está ahí.
Su amigo se apresuró á marcharse.
--¡Serenidad, Ricardo! Acuérdate de tu corazón... Ya me contarás. Vendré
esta noche con mi gente.
En la antesala se cruzó con dos señoras que iban hacia el salón, guiadas
por una doméstica. Inmediatamente las reconoció por sus figuras más que
por sus rostros. Eran las dos extranjeras que había visto pasar en
automóvil por la calle de Alcalá.
La que iba delante no llamó su atención, á causa de la mediocridad de su
estatura, que aún parecía más exigua comparada con la de la dama que
venía después y era la misma que guiaba el automóvil.
Don Antonio tuvo que levantar un poco los ojos para ver su rostro. Era
alta, soberbiamente alta, con cierto aire de aplomo y seguridad que
acompaña casi siempre á las personas soberanas. Se sintió envuelto en
una ráfaga de perfumes sutiles, carnales y químicos. Pensó en refinados
cuidados higiénicos. Luego en jardines de leyenda, exhalando bajo el
resplandor lunar una respiración de oloroso misterio.
Sólo pudo ver rápidamente una dentadura espléndida, que juzgó casi
inverosímil por su perfección; una dentadura que parecía emitir luz
entre la cuádruple orla de las encías rojas, intensamente rojas, y los
labios de un rosa húmedo, algo gruesos. Luego vió el color dorado de su
rostro: color de naranja primeriza obscurecido por una capa de polvos
rojizos; y finalmente sus ojos, de pupilas negras, que al pasar junto á
un balcón tomaron la amarilla luminosidad de dos monedas de oro. Estos
ojos dejaron caer sobre él una mirada de majestuosa indiferencia, que
parecía alejar las personas y las cosas.
Quedó inmóvil el catedrático á sus espaldas, con gesto pensativo é
indeciso, hasta que la vió desaparecer bajo la caída de un cortinaje. Él
conocía aquella señora; estaba seguro de haberla visto en alguna parte.
De pronto levantó los hombros y empezó á sonreir, mientras se dirigía á
la puerta de la escalera. No se había equivocado. La conocía muchos
años; la había visto repetidas veces en letras de imprenta.
--Es ella... Es la reina Calafia.
II
Aguas arriba en el pasado
Al ver á Balboa sintió perderse una parte de la fuerza hostil que la
había empujado hasta allí. Se sentó en el sillón que le ofrecía el dueño
de la casa, mientras su modesta compañera ocupaba otro á su lado sin
esperar á que la invitasen.
Fué contestando maquinalmente á los saludos del ingeniero, y al mismo
tiempo sus ojos no podían apartarse de él, fijos por la atracción de la
sorpresa. «¡Qué viejo está!... No le hubiese conocido al encontrarlo en
la calle.»
Y mientras repetía esto en su cerebro, fué saltando mentalmente sobre un
período considerable de su propia existencia.
En el tiempo empleado por ella para balbucear unas cuantas palabras de
cortesía, su imaginación hizo revivir más de la mitad de su vida
anterior. Se vió tal como era, teniendo catorce años, allá en Monterrey,
la ciudad más española de California. Los Ceballos pertenecían á la
nobleza colonial. Eran descendientes de militares ó funcionarios
civiles que habían venido de España á Méjico en tiempo de la dominación
española, pasando después, por sus empleos, á establecerse en la
tranquila y remotísima California.
Estos hidalgos dedicados á la ganadería representaban la sociedad civil
en los pueblos que habían ido creándose junto á los conventos de los
franciscanos. Al separarse Méjico de España, las Misiones de California
se arruinaban instantáneamente. Desaparecían los frailes, ahuyentados
por las nuevas leyes mejicanas, y quedaban únicamente los hidalgos
propietarios del suelo. Su vida apartada les hacía dar mayor importancia
á su noble origen y á su raza blanca. En Los Ángeles, en San Diego y
otras Misiones antiguas, las familias de apellidos españoles se
mantenían en aristocrático aislamiento, cruzándose sólo entre ellas.
San Francisco era entonces una bahía hermosa, pero solitaria y sin
utilidad. Aún no se había descubierto el oro californiano. Unas cuantas
casas hechas de adobes junto á la iglesia de los Dolores y un fuerte en
la entrada de la bahía era todo. Monterrey, puerto frecuentado por los
navegantes españoles y residencia de las autoridades enviadas por el
virrey de Méjico, figuraba como la capital del país. Y en Monterrey
vivían los Ceballos desde la última década del siglo XVIII, ó sea desde
que llegó el fundador de la familia siguiendo las huellas del capitán
Portolá.
Cuando ella era niña había oído á su padre, don Gonzalo Ceballos, y á
los amigos de éste lamentarse de la invasión de los -gringos- y la
rapidez con que perdía California su antiguo aspecto. Sin embargo,
Conchita aún había conocido un Monterrey tradicional é interesante,
perdido ahora para siempre.
Los restos de la población amada en su niñez desaparecían, abrumados y
borrados por las modernas construcciones. El Monterrey de ella era
todavía hispano-colonial, compuesto de edificios de adobe enjalbegados
de blanco, todos de un solo piso, y con un patio interior que recordaba
la casa árabe copiada por los conquistadores procedentes de Andalucía ó
Extremadura en todos los países de América. Las calles eran barrancos en
días de lluvia ó profundos caminos, de cuyo fondo se elevaban columnas
de polvo al soplar el viento. Apenas se conocía el carruaje. Todos iban
á caballo. Se aprendía á montarlo antes de saber andar. Atados á los
sombrajes de los edificios esperaban filas de caballos enjaezados con
ricas y vistosas sillas mejicanas. Los hombres se calzaban las espuelas
al salir de la cama y muchas veces dormían con ellas fijas en sus
talones. La vida un poco ruda, pero patriarcal, estaba regida por las
costumbres leales y hospitalarias de los pueblos que habitan el
desierto.
La música y la danza eran diversiones frecuentes y los únicos
esparcimientos intelectuales del país. Todas las noches había baile en
una casa «distinguida». Hasta los señores graves y maduros bailaban el
«vals chiqueado», danza llamada así porque los varones interrumpían su
baile para recitar á sus parejas una tirada de versos comparándolas con
una rosa, una perla ó algo semejante; después de lo cual, volvían á
pasar el brazo por su talle y continuaban dando vueltas.
Mientras las familias de apellido noble vivían entre ellas, negándose á
aceptar extranjeros en sus fiestas, con un mal humor de invadidos que se
dan cuenta de su vencimiento, la gente popular se divertía igualmente en
las calles, valiéndose de la música y la poesía. Sonaban guitarras ante
las panzudas rejas; surgían de la fresca obscuridad nocturna voces
apasionadas entonando cantos mejicanos ó de remoto origen español.
A la mañana siguiente, Conchita, sin sentir fatiga por estas largas
horas de baile montaba á caballo lo mismo que un «vaquero» y salía al
campo. Las mujeres de los suburbios se asomaban para saludarla á las
puertas de sus casitas, edificios bajos de adobe pintados de blanco, con
apretadas y purpúreas guirnaldas cubriendo sus muros. Desde lejos
parecían hechas con rosas gigantescas de avinada púrpura, pertenecientes
á la flora misteriosa de un mundo nunca visto. De cerca eran simples
ristras de pimientos picantes, la cosecha anual puesta á secar del
terrible «chile», que acaricia la boca como un cauterio.
Luego visitaba las tierras de su padre. Éstas eran cada vez más
reducidas, y sus rebaños iban disminuyendo de un modo alarmante. Los
Ceballos se consideraban cada año menos ricos, siguiendo en esto la
suerte de toda la antigua aristocracia californiana.
El abuelo de ella había conocido la gran revolución que cambió
instantáneamente la fisonomía del país. California, que había sido
española y luego mejicana, acabó por pertenecer á los Estados Unidos.
Esto no impresionó mucho á los hidalgos coloniales. Vivían tan lejos de
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