«Mi finado el doctor» era su marido, al que designaba por antonomasia con este título. Todo cuanto en el mundo puede decirse de verdad y de justa observación lo había dicho el grave abogado de provincia, que a través de treinta años de viudez se le aparecía ahora cada vez más grande, como la personificación de la sabiduría reposada y el buen sentido ecuánime. Sentíase atraído Maltrana por la sencillez de palabras y pensamientos de doña Zobeida y el aire señorial con que acompañaba su modestia. Fijábase en su color un tanto cobrizo; en el brillo de sus ojos abultados, de córneas húmedas y dulce humildad en las pupilas, ojos semejantes a los de los huanacos de las altiplanicies andinescas; en el negro intenso de sus pelos fuertes y duros, que los años no podían manchar de blanco. No obstante el remoto cruzamiento indígena que emergía en esta Vargas del Solar, encontraba Isidro en toda su persona una rancia distinción española, un aire de dama acostumbrada al respeto desde su nacimiento, y que, segura de su valía, puede atreverse a ser familiar en el trato y sencilla en sus gustos. «Esta doña Zobeida, medio india--pensaba Maltrana--, es una señora de Burgos que luego de vigilar las compras de su criada en el mercado entra en una librería para pedir un devocionario "bien cumplido"; una gran dama de Cuenca o de Teruel que por la tarde recibe su tertulia de canónigos y abogados viejos y toman juntos el chocolate, hablando de la corrupción del mundo.» Estos recuerdos evocaban en su memoria a la vieja España, que había dejado huellas imborrables allí donde había descansado sus pies, esparciendo las características de la personalidad nacional por todo el planeta, en las más diversas y apartadas regiones. La credulidad de la buena señora expandíase en ingenuos asombros ante los embustes y exageraciones que se permitía Maltrana para estremecer su alma inocente. «¡No diga!--exclamaba doña Zobeida--. ¡Vea!... ¡Qué cosas!» Y cuando ella no estaba presente, Isidro prorrumpía en elogios de su candor. Era para él la mejor persona de a bordo. Aquella mujer con nietos guardaba el alma de sus ocho años, incapaz de crecimiento y de evolución; y esta alma permanecía inmóvil y dormida en el envoltorio de su inocencia crédula, lo mismo que los embriones humanos dignos de estudio que se conservan sumergidos en un bocal. Separada, por su timidez, de las compatriotas elegantes que venían en el buque, habíase unido con un afecto familiar a su compañera de camarote, «esta buena señorita», «esta pobre niña», que marchaba a un país desconocido sin más apoyo que vagas recomendaciones. Isidro, que conocía a Conchita de Madrid, se alarmó un tanto al verla en continuo trato con la inocente señora. Había vivido aquélla maritalmente durante algunos meses con un amigo suyo, «compañero de la prensa»; luego la había encontrado de corista en un teatro por horas y en varias fiestas nocturnas o matinales en los entresuelos de Fornos y en las Ventas. --Cuidado, niña, con doña Zobeida--había dicho al verse a solas con Concha--. Esa buena señora es un alma de Dios... A ver si metes la pata y la asustas con alguna de las tuyas. Pero la madrileña sentía también por la buena dama un cariño respetuoso. --La quiero mucho: ¡si es de lo más buena!... Algunas noches, antes de dormir, la acompaño a pasar el rosario en el camarote. Mira, chico, la quiero como si fuese mi madre... Y eso que yo no he conocido a mi madre. Esta mañana, doña Zobeida saludó a Isidro con sonrisa tímida y miradas suplicantes. No se atrevía a formular un pensamiento que la había empujado hacia él, y anticipadamente imploraba perdón con sus ojos. --Hable usted de lo de anoche, -Misiá- Zobeida--dijo Concha interrumpiendo a la buena señora en sus alabanzas al mar y a la hermosura de la mañana, tópicos con cuyo desarrollo entretenía su timidez--. Isidro es un buen amigo... de lo más servicial. Yo le conozco desde que me llevaban al colegio. Mentía Concha con aplomo dando a sus amistades con Maltrana este remoto y puro origen, lo que proporcionó a la buena señora una repentina confianza. Su joven compañera la llamaba -Misiá-, sabiendo que este título honorífico, de origen criollo, le gustaba más, por su sabor patriarcal y rancio, que el -Doña-, de origen peninsular. --Yo no me atrevía--balbuceó la señora--. No me gusta molestar a nadie con mis cosas. Pero esta buena señorita me ha dicho quién es usted; que usted fue grande amigo de su papá y que sabe mucho... y las personas que saben mucho son siempre atentas con las que nada saben. Así era mi finado el doctor. Y a continuación de este exordio empezó su discurso por el final, mencionando la conversación de la noche anterior con «la buena señorita», de litera a litera, después de haber rezado el rosario. Ya que aquel señor Maltrana era tan bueno, podía ayudarla en su pleito, la magna empresa de su vida y de la de todos los Vargas del Solar, el objetivo de sus ilusiones en las horas de recogimiento, la única petición que ingería en sus rezos por la felicidad de su hija y los nietecitos. --Vea, señor: se trata de cuatrocientas leguas; unas cuatrocientas leguas cuadradas que son nuestras y nunca acaban de entregárnoslas. Isidro abrió desmesuradamente los ojos con expresión de asombro y escándalo. ¿Sería una maniática aquella doña Zobeida?... --¡Cuatrocientas leguas!... Pero eso es un Estado. Es casi una nación. La señora insistió tranquilamente en la cifra. Cuatrocientas leguas... o tal vez eran más. No se habían mensurado, pero se extendían desde los Andes hasta cerca de Salta. Todos allá conocían el pleito de los Vargas del Solar: hasta los papeles de Buenos Aires habían hablado de él en varias ocasiones. Si alguna vez iba don Isidro al Norte de la República, no tenía más que preguntar: el último arriero de los que pasan a Chile recuas de mulas por la Cordillera le daría razón. Las arrias caminaban semanas enteras por parajes desiertos, en los cuales todavía se aparecían, rodeados de las fragosas tempestades de los Andes, la Pachamama y el Tatacoquena, las dos divinidades indígenas anteriores a la conquista española. Semejantes en todo a las simples imaginaciones humanas que los crearon, estos dioses son arrieros también y llevan tras de ellos recuas silenciosas de llamas cargadas con ricos fardos de coca, la ambrosía del paladar indiano. Y los trajinantes de la Cordillera, al navegar por este océano de tierra roja, peñascos metálicos y dormidos lagos de borato, discernían con su justiciero espíritu la verdadera propiedad del largo camino. «Todo esto es de los marqueses que viven en Salta.» Y los marqueses eran los Vargas del Solar. --Es nuestro y muy nuestro--continuó Misiá Zobeida--. Allá en nuestra casa guardamos los papeles. El pleito lo empezó mi finado tío, aquel que se carteaba con nuestros parientes de España, condes y duques, como ya le dije; y luego, mi finado el doctor, que sabía mucho, consiguió una sentencia favorable. El campo es nuestro (aquí Maltrana sonreía oyendo llamar campo simplemente a cuatrocientas leguas); el gobierno de Salta ha reconocido que nos pertenece, pero los años pasan y no nos lo entregan. Vea, señor, la cosa no puede ser más seria: una donación del rey... del rey de las Españas; un regalo que le hizo a uno de nuestros abuelos, el alférez Vargas del Solar. Se interrumpió doña Zobeida, mirando con timidez a Maltrana, como si temiese ofenderlo con sus aclaraciones. --Usted que sabe tanto habrá comprendido que este alférez era un gran personaje, y que le llamaban así no porque fuese de milicia, sino porque siempre que había nacimiento o casamiento de reyes, él era el que sacaba el pendón del monarca como alférez real y daba el primer viva. Mi finado tío explicaba todo esto con tanta claridad, que daba gusto oírle. También nos leía los papeles del rey, unos pliegos amarillentos, con agujeritos, como si los hubiesen mordido las lauchas, y escritos con una tinta que debió ser negra y ahora es roja como el hierro viejo... El campo no nos lo dieron de regalo: fue donación por ciertos dineros que el alférez envió a España una vez que el rey tenía sus apuros. Y como persona bien nacida y cristiana, el rey correspondió a este favor dándole el campo y el marquesado. Debían ser amigos, ¿no le parece?... El alférez era un gran personaje; y su señora la peruana, ¡no digamos! Todavía allá en mi tierra, cuando ven a una gringa emperifollada o a una china que se da aires de señorío, dice la gente, por burla: «Ni que fuese Misiá Rosa la marquesa». La buena señora perdía su habitual timidez al recordar a esta abuela, más célebre aún y digna de memoria que el ilustre alférez amigo de los reyes. La contemplaba tal como se la había descrito muchas veces el «finado tío», en el estrado de su caserón de Salta, con ricas medias de seda, de las cuales cambiaba tres pares por día, mirándose con un orgullo de raza sus breves pies estrechamente calzados. Vestía los huecos y floreados guardainfantes que le enviaban de las mejores tiendas de Lima, con perlas en el pecho, perlas en las orejas, perlas esparcidas por todo el traje. Más allá del estrado, sentadas en el suelo y con las piernas cruzadas, estaban unas cuantas negras con sayas de blancura deslumbradora. Una vigilaba el braserillo en el que hervía el agua, otra ofrecía el mate de plata cincelada con boquilla de oro, otra guardaba sobre sus rodillas la guitarra señoril de ricas incrustaciones. Trotaban jinetes calle arriba, calle abajo, con la vaga esperanza de ver los ojos de brasa de la peruana al alzarse levemente la cortina de alguna reja. A la hora de misa, hidalgos venidos de lejos se hacían los distraídos en la puerta de la iglesia para contemplar la mayor celebridad del país, que llegaba envuelta en su manto negro de seda, por debajo del cual asomaba la recamada falda blanca o o rosa. El alférez iba a su lado, con todo el señorío de su rango. Su chambergo con plumas contestaba solemnemente a todos los sombreros que se elevaban a su paso. Detrás marchaban dos negritos con el parasol y una rica alfombra, sobre la que se sentaba cruzando las piernas Misiá Rosa la marquesa para oír la misa. El nobilísimo caserón de los Vargas, con sus ventrudas rejas y su escudo de piedra en el portal, sólo admitía las visitas de unos cuantos notables del país. En las épocas de feria animábase con la presencia de rancios hidalgos venidos del virreinato del Perú o del reino de Chile para comprar ganado de tiro; hacendados de la tierra baja llegados de las orillas del Plata para vender sus recuas de mulas, y de algún que otro asentista de negros de Buenos Aires que arreaba una partida de esclavos africanos con destino a las minas del Potosí. Cuando pasaba un nuevo gobernador camino de su ínsula, un obispo en gira pastoral, o los señores de la Real Chancillería, la casa del alférez era su posada, y los viajeros no tenían gran prisa en partir, como si los encantase la belleza y el señorío de Misiá Rosa, cuya fama había salido a su encuentro a muchas jornadas de camino. La gente menuda hablaba maravillas del noble edificio y de sus riquezas. Una vez por año se cerraban sus puertas un día entero, y los viejos servidores de los Vargas, esclavos y libertos, todos gentes de confianza, tendían cueros en el patio principal, vaciando sobre ellos enormes sacos de monedas. Eran onzas, doblones de a ocho, cruzados portugueses, montones de oro que sacaban anualmente de su encierro subterráneo para que se airease y solease. Y el alférez y su esposa vigilaban impasibles esta operación tradicional, como si su servidumbre removiese sacos de trigo para el consumo de la casa. Enardecíase doña Zobeida al relatar los esplendores pasados, y Conchita aprobaba moviendo la cabeza, como si diese fe. Habituada a oír todas las noches en su camarote estas grandezas creía haberlas contemplado con sus ojos. --Y ahora, señor--continuó la vieja--, los Vargas del Solar somos pobres por culpa del pleito que no termina nunca. Las revoluciones y las guerras nos fundieron... Dicen que para que nos den lo que es nuestro es preciso mensurar el campo con arreglo a los títulos, y para hacer esa mensura se va a necesitar un año, o tal vez más, y muchos hombres, que habrán de vivir como se vive en el Polo; y esto costará mucha plata y la habremos de pagar nosotros... Hay en el campo mucha tierra que no sirve: peñascales, montañas; pero hay minas y hay también buenos pastos. Por mí, no me movería a nada: yo necesito poco para mantenerme. Pero están mis nietos, mis pobrecitos, condenados a vivir en esa tierra de gringos; está mi hija, y quiero verla rica en Buenos Aires con el señorío que merece... Además, pienso en mi finado el doctor, que pasó su vida penando por sacar adelante el pleito. Seguramente que se alegrará en la otra vida si le digo cuando nos encontremos después de mi muerte que el campo ya es de la familia y que lo he conseguido yo. ¡Él, que decía que las señoras sólo entienden de las cosas de la casa! Figúrese, señor, aunque sólo se venda la legua a dos mil pesos una con otra, lo que eso representa. Maltrana la interrogaba con la mirada y el gesto. ¿Y qué tenía que hacer él en este asunto?... --Lo que yo quiero, señor, es que usted le hable al doctor Zurita, ya que es su amigo y los veo siempre juntos. A mí me da vergüenza acercarme a él sin conocerlo. Creo que ha sido mandón en Buenos Aires. Además, es doctor, y usted ya sabe lo que eso representa. Un doctor manda mucha fuerza, y más si es doctor porteño, pues ahora ellos se lo guisan y se lo comen todo, sin dejar nada para los demás, según decía mi finado... Si es tan amable que quiere oírme, yo le explicaré mi pleito, y a él de seguro le bastará una palabrita a los que mandan para que todo se arregle «sobre el tambor», como decimos allá. Se ve que es un buen caballero, cristiano y serio, como mi doctor. Me han buscado muchas personas de Buenos Aires para encargarse del asunto: hombres de negocios, gente que me daba miedo, y he dicho siempre que no. Mi finado les tenía horror a las «aves negras». Calló un momento doña Zobeida, como si vacilase, pero luego añadió con timidez: --Aquí mismo, en el barco, hay un señor que no sé cómo ha sabido lo de mi pleito, y según me dicen, quiere hablarme... Es el papá de esa niña que llaman Nélida, la que siempre anda revuelta con los muchachos. A mí no me gusta hablar de nadie, cada uno que se arregle con Dios; pero, francamente, señor: ¡esa niña que parece una cómica, y fuma, y no respeta a su madre! ¡Y ese padre que no la reta y se ríe de sus travesuras!... Que viva cada uno a su gusto, pero yo no quiero tratos con gringos de tal clase. Prefiero a los míos; y desde que sé que el tal señor desea hablarme del negocio, tengo más ganas de pedir al doctor Zurita que me dé su consejo. --Lo verá usted, doña Zobeida. Yo me encargo de la prestación. Sonrió la vieja dama con una alegría infantil, mostrándose aún más locuaz y comunicativa. --El negocio hubiese llegado a término hace tiempo si mi finado tío viviese. Le habría bastado con enviar una carta a nuestros parientes de España. Pero ocurre lo que ocurre porque el rey de allá no está enterado. Usted, señor, que sabe tanto y que allá en su tierra es doctor indudablemente, o ese otro caballero que va con usted, tan buen mozo, tan distinguido y serio, y que también será doctor, cuando vean al rey díganle lo que nos pasa a los Vargas del Solar, los herederos del alférez. Usted verá al rey seguramente. Los doctores tienen siempre gran metimiento con los que gobiernan: en mi país, todos los amigos del Presidente son doctores... Mi pleito se resolvería «sobre tablas», como quien dice, sólo con que el rey enviase una esquelita al gobierno de Buenos Aires, o mejor aún, al gobernador de Salta, diciendo: «¿Qué es esto, señores? Lo dado, dado está, y entre caballeros no está bien faltar a la palabra. Entreguen ustedes a los descendientes del alférez Vargas lo que mis abuelos tuvieron a bien darle, y no se hable más del asunto». Y tengo la certeza de que así lo escribiría el buen rey si alguien le hablase y le enseñase nuestros papeles. --Se le hablará--dijo Maltrana con acento de resolución, sin el más leve asomo de risa--. Se enterará de todo el buen rey, y escribirá la carta tan pronto como yo lo vea. Y como si temiese el contagio risueño de los ojos de Conchita, la cual fruncía los labios para conservar su gravedad, Isidro se despidió de doña Zobeida, repitiendo la promesa de presentarla al doctor después del almuerzo. Al ir hacia proa, vio apoyados en la barandilla a Ojeda y Mrs. Power, mirando el mar, con los codos y los flancos en apretado contacto. La brisa retorcía como espirales de fuego algunos rizos de la norteamericana que se escapaban de un sombrerillo de tela de oro. --¡Bien empieza el día para éstos!...--murmuró Isidro--. Y la yanqui parece una niña con ese casquete gracioso de paje veneciano. ¡Qué pedazo de mujer!... Buenos días, señora. Saludó sin detener el paso, con una reverencia que juzgaba graciosa, «la reverencia de peluca blanca y tacones rojos», según el la titulaba, y vio por un instante unos ojos irónicos y una boca bermeja que contestaban a su saludo. --Otro que fuese inmodesto--siguió murmurando Maltrana--llegaría a tener sus pretensiones sobre esta señora. No puede verme sin reírse... Así empiezan, según opinión general, las grandes pasiones; y el amigo Ojeda, si no estuviese ciego, como todos los enamorados, debería mirarme con cuidado... Pero dejémonos de pompas y vanidades y atendamos a nuestros amigos. Allí viene uno... Buenos días, -monsieur-. Se cruzó con el hombre «fúnebre y misterioso», su vecino de camarote, vestido de luto como siempre y con el rostro cuidadosamente afeitado. Apenas dobló su digna tiesura con una ligera inclinación de cabeza. Luego envolvió a Maltrana en una ojeada fugaz de sus pupilas azules y duras, y siguió adelante, contestando con voz seca: «-Bonjour, monsieur-». Rio Isidro, mientras el otro se alejaba como ofendido por el saludo. --El amigo Sherlock Holmes está enfadado. Se acuerda todavía de la broma de la otra noche. ¡Mal corazón!... ¡Como si todos estuviésemos obligados a vivir tristes y vestidos de luto, como él!... ¿Qué hará en este momento la princesa que guarda encerrada en el camarote?... ¡Y no haber descubierto yo todavía este misterio! ¡Qué vergüenza! Cesó de pensar en el hombre negro y su incógnita cautiva al volver a la banda de estribor. Dos parejas permanecían inmóviles, en íntima conversación, entre los pasajeros que caminaban por este lado del buque siguiendo su marcha matinal. En último término, hacia la proa, Ojeda y Mrs. Power continuaban acodados en la barandilla. En el extremo opuesto, o sea cerca de Isidro, estaba de pie Manzanares al lado de un sillón de junco con almohadones bordados, en el que aparecía casi tendida una mujer rubia, con un brazo caído y un volumen en la mano. Los ojos del comerciante fijábanse con avidez en la nuca perfumada por las matinales abluciones y todas las blancuras inmediatas revelarlas por la entreabierta penumbra de la blusa. De aquí saltaba su mirada a las redondeces de las piernas, envueltas en calada seda, emergiendo entre el follaje sedoso de las faltas. Maltrana se acercó a él como si hubiese olvidado la escena de poco antes. --Aquí le quería pillar, calaverón, tenorio de la calle Alsina... De seguro que está usted declarando su amor a esta señorita, en estilo de factura. Visiblemente irritado Manzanares por la burlona intervención, se apresuró, sin embargo, a contestar, temiendo que Isidro persistiese en sus bromas. --No señor; hablábamos de cosas serias, de cosas de allá. La señorita deseaba conocer mi opinión sobre la próxima cosecha. ¡Ah, la cosecha!... Maltrana sonrió al recordar que la próxima cosecha en la República Argentina era el principal motivo de conversación para una gran parte de los que iban en el buque, y un pretexto de continua consulta para aquella francesa rubia, que figuraba en el registro del buque como viajante en modas y sombreros, profesión que hacía torcer el gesto a muchos maliciosamente. También a él le había hecho la misma consulta -mademoiselle- Marcela la primera vez que se había aproximado a su sillón, atraído por la novedad de su habla castellana incrustada de palabras francesas e italianismos del léxico popular de Buenos Aires. Era este viaje el quinto que emprendía a las riberas del Plata, y mostraba una pericia de navegadora trasatlántica en su amabilidad con el personal del buque que mejor podía servirla, en la reserva discreta con que se mantenía aparte de los pasajeros de una clase social superior--especialmente de las señoras, modo seguro de evitarse desprecios y malas palabras--, y en su acierto al escoger su lugar en la cubierta, colocando el mismo sillón de junco, las almohadas y las mantas que le habían acompañado en anteriores viajes. «Yo voy a Buenos Aires casi todos los años--había dicho al curioso Maltrana para cortar sus preguntas insidiosas--. Es mi negocio; viajo por una gran casa de sombreros.» Maltrana, malicioso e incrédulo, pensaba que la hermosa viajera comercial no debía llevar con ella otras muestras que los propios sombreros, un poco fatigados. Para economizar su uso, defendía los postizos de su cabeza rubia con una variedad de gasas de colores adquiridas en los montones de los grandes almacenes de París. Al saber que Isidro iba como ella a la Argentina, le había preguntado por la próxima cosecha, creyéndolo un propietario de aquel país. Después, con las frecuentes conversaciones, se había establecido entre ellos cierta intimidad. ¡El dinero! ¡Lo que costaba de ganar y lo necesario que era para la vida!... Y la «bella sombrerera», como la llamaba Isidro socarronamente, entornaba los ojos hablando de los sacrificios que impone el negocio; de lo triste que era abandonar su pisito de la Avenida de Ternes, donde todo estaba en orden y a punto para las necesidades de la vida, con el cuidado de una mujer que sabe dar valor a los pequeños objetos y colocarlos en su sitio. Hablaba con ternura infantil de -Chifón-, un gato obeso y lustroso, y de dos canarios que había confiado a la portera. Otras veces recordaba melancólicamente al «buen amigo» que vagaría por el bulevar esperando su regreso, un joven verdaderamente -chic-, aunque pobre, con el que estaba en relaciones hacía algunos años. ¡Y las amigas! ¡Y los teatros! ¡Y había que abandonarlo todo por... el negocio! «La vida es triste, decididamente triste.» Cuando Isidro, que no podía aproximarse a una hembra deseable sin iniciar un intento de posesión, creyó de su deber mostrarse amoroso de Marcela, ésta acogió sus palabras con cierta severidad... ¡Un hombre que iba al Nuevo Mundo en busca de fortuna pensar en fruslerías amorosas que podían quitarle el tiempo necesario para los negocios! La vida es seria, y hay que aprovechar la juventud para asegurarse un porvenir. Luego, cuando se cuenta con el apoyo de los ahorros, puede uno permitirse alguna locura... ¿No sufría ella igualmente por culpa del negocio, teniendo que hacer sus viajes a América siempre que las amigas de allá le escribían que la cosecha era buena y el dinero iba a circular en abundancia?... En todos los puertos llenaba tarjetas postales con frases de intenso amor aprendidas en las comedias. No podía leer seguidamente unas cuantas páginas de aquel volumen amarillo de tres francos cincuenta, pues se escapaba de su brazo caído o quedaba olvidado sobre el sillón. Pensaba en el «buen amigo», el hombre -chic- y sin recursos, que dejaba por algún tiempo. Se había hecho retratar numerosas veces por un camarero de a bordo que explotaba la instantánea, y estas hojas de papel saldrían camino de París en la primera escala que hiciese el buque, representándola de pie y mirando el mar con aspecto melancólico, o tendida en el sillón con el rostro apoyado en una mano y ojos «de ensueño», haciendo -crochet-, leyendo... pero siempre pensando en él. --Yo tengo mi -beguin---continuaba ella, en su lenguaje políglota--. Pero hay que ser seria, ¿no? y pensar en la plata para los viejos días. ¡Si fuese una a hacer caso de todos los que dicen ser enamorados! Macanas, -che-, créame a mí... Además, usted es pobre, y yo no comprendo a un hombre pobre; no tiene significación para mí; no sé qué pueda ser eso. Conozco a muchos que no tienen un -sous- y resultan simpáticos; pero los trato como camaradas nada más. Gastón, mi amigo, se arruinó, y aunque ahora está en la -puré-, volverá a tener plata cuando mueran sus tías... No ponga esa cara de -cabotin- enamorado; no me conmoverá -niente-. Soy vieja para creer en eso. ¡A -me- con la -pigolita-!... Y para amostrar su incredulidad de negocianta de amor sorda a todos los gestos, palabras y juramentos de los parroquianos, repetía con delectación la frase criolla, final obligado de todos sus discursos: «¡A mí con la piolita!». No era Maltrana el único que se había aproximado queriendo perturbar con diabólicas propuestas su tranquilidad de argonauta reflexiva y prudente, aquel quietismo monacal de plácidas digestiones y largas siestas, que era para ella el encanto más grande de las travesías oceánicas. Sus ojos de un azul claro, su cabellera rubia cenicienta, su carne blanca, jugosa y de ligeros tonos amarillos semejante a la fresca pulpa de un melón, parecían valorizarse con nuevos encantos así como transcurrían los días. A cada singladura los paseantes desfilaban con más lentitud ante su sillón, echando miradas de través. Aumentaba el número de los señores graves que permanecían de pie cerca de ella contemplando el mar con aire pensativo, mientras de sus labios fingidamente inmóviles dejaban caer proposiciones con acompañamiento de cifras. Marcela ya no hablaba con Isidro de la gran casa de París que le había confiado su representación. Parecía olvidada de los sombreros, pero seguía aplicando a su verdadera industria una meticulosa prudencia comercial. ¡Los hombres!... Los unificaba en su pensamiento, viéndolos con idéntica contracción de espasmo lúgubre y el mismo ronquido de agonía, eternos gestos con los que terminaba para ella indefectiblemente toda intimidad. Creía de buena fe, con un escepticismo de profesional fatigada, que todos habían venido al mundo sólo para esto y eran incapaces de experimentar otros deseos. --En todos los viajes es lo mismo, -mon cher-. Así como nos acercamos al Ecuador, los hombres se ponen locos y hay que sacudírselos como moscas. Y yo, ¡por nada del mundo!... ¡Aunque me ofrezcan mil! ¡aunque me ofrezcan dos mil! Aquí todo se sabe, y aunque no se supiese, es lo mismo. Después, cuando llegamos a Buenos Aires, se dan importancia por las bondades que una ha podido tener en el buque con ellos, y lo cuentan, y es inútil que se traigan buenas -toilettes- de París y que una mujer se presente bien. Se pierde importancia, se desvaloriza, como dicen allá, y los amigos que esperan con interés vuelven de pronto la espalda... ¡La novedad! ¡El ser de uno nada más, para que pueda darse importancia y sus amigos le tengan envidia! Usted no sabe lo que en América se paga esto, -mon cher-. Vale tanto como un vestido -chic y - mucho más que la hermosura... No; aquí, en el buque, nada. Lo repito: aunque me diesen dos mil; aunque me diesen tres mil... Admiraba Maltrana la facilidad con que esta joven repetía entre muecas de desprecio las cifras de miles y miles, ella que, semanas antes, en su pisito de la Avenida de Ternes llevaría indudablemente la cuenta del gasto diario con el esmero de una mujer ordenada, aunque de mala vida, que desea hacer ahorros para la vejez. Era la influencia del medio, la marcha hacia el país de la esperanza, que trastornaba diariamente en todos los cerebros las tímidas y estrechas apreciaciones del viejo mundo. En el buque se hablaba a todas horas de cientos de miles de pesos, de campos de leguas y leguas, de terrenos cuyo valor podía centuplicarse en un sólo día. El franco y los céntimos trabajosamente ahorrados quedaban atrás de la popa, se perdían en el horizonte como algo vergonzoso que convenía olvidar. Eran el ensueño y la miseria de una humanidad anterior que afortunadamente no volvería a existir. --Hay que ser prudente--repitió Marcela--; piense usted en el negocio y no pierda el tiempo en amores. Los que nacemos pobres no debemos permitirnos estas tonterías. Ya se -ratraperá- usted cuando sea viejo y rico. Entonces se dará el gusto de arruinarse por alguna muchacha que pueda ser su nieta... Y si ahora tiene usted verdadera necesidad de amor, no pierda el tiempo con nosotras: busque entre las personas «bien» que vienen en el buque. Ninguna de nosotras se atrevería a -demostrarse- como esa señorita alta, del pelo cortado. Al final del viaje va a resultar que somos las más juiciosas de a bordo. Era notable la ponderación de esta muchacha que administraba su sexo con el mismo tino de un comerciante que sabe ofrecer o retirar el género a tiempo para mantener su valor. --La cosecha es magnífica--dijo Isidro aquella mañana, apoyándose en un hombro de Manzanares--. No se preocupe, -mademoiselle-. Todas en el buque dicen lo mismo. Los Bancos no restringirán los créditos, todo el que pida dinero lo tendrá; y marcharán los negocios, y se vivirá bien, «en el mejor de los mundos»... Pero aunque un accidente inesperado diese al traste con esa cosecha que tanto le interesa, usted no debe afligirse. Aquí tiene a -monsieur- Manzanares, hombre generoso, que, según parece, está enamorado de usted y se dará por contento si puede hacer su felicidad. --El señor--dijo Marcela sonriendo--ya sabe que en el buque no acepto nada. --Bueno; pues será en tierra. Y de seguro que está deseando llegar a Buenos Aires cuanto antes, para poner a sus pies todas las blondas y puntillas de su establecimiento. Manzanares, con el rostro verdoso y una sonrisa feroz, tartajeaba su protesta. --¡Pero a usted quién le mete!... ¡Usted qué sabe! Y tomando pretexto de la llegada de otras francesas que se sentaban junto a Marcela y la saludaron con un «-¡bonjour!-» malicioso al verla tan acompañada, el comerciante intentó retirarse. --Espérese, amigo--dijo Isidro--; yo también me voy. Estas señoritas tendrán que hablar entre ellas de sus asuntos. Señalaba a dos compañeras de Marcela que arreglaban sus sillones para tenderse en ellos, fatigadas sin duda de la ascensión desde los camarotes a la cubierta. La de más edad era alta, gruesa, con el pelo teñido de un rojo de llama y las carnes algo flácidas. Sus ojos verdes tenían un brillo imperioso; sus movimientos eran resueltos y varoniles. Ejercía una autoridad indiscutida en aquella parte del buque donde se reunían sus compañeras, y que las graves damas de a bordo llamaban en voz baja «el rincón de las cocotas». Las amigas la oían como un oráculo cuando solicitaban el apoyo de su experiencia. Todas ellas conocían sus viajes por gran parte del globo, sus audaces travesías en el corazón de América como artista cantante. Su vida era una verdadera novela folletinesca, con encuentros de fieras y de bandidos. Y no obstante su pasado enérgico, permanecía horas enteras en el sillón, anonadada por una fatiga sin causa. Descender al camarote era empresa que le hacía reflexionar largamente, acabando por pedir que la sustituyese una de sus amigas. La compañera era una jovencita de ojos claros y virginales, encogida y tímida algunas veces y otras con audacias de colegiala revoltosa. En el buque llevaba siempre la cabeza al descubierto, libre de velos y sombreros, dejando que flotase su tupida cabellera, de un rubio obscuro, suavemente ondulada. Mostrábase orgullosa de que «todo fuese suyo». Estaba satisfecha de su juventud, que ignoraba el adorno de los falsos cabellos, y de su piel sana, que no conocía el arrebol del colorete. Maltrana las saludó a las dos como amigo antiguo. --Buenos días, -mademoiselle- Ernestina. Soy, como siempre, el más ferviente admirador de su hermosa cabellera... Mis respetuosos homenajes, -madame- Berta. Saludo el heroísmo majestuoso de la vieja guardia. Y sin prestar atención a la palabra risueña pero un tanto fuerte con que la exuberante madama contestaba a su saludo, Isidro se apresuró a huir tras de Manzanares, que se había despegado del grupo. Empezaba el concierto matinal en la terraza del café. Circulaban los camareros con grandes bandejas cargadas de sándwichs y tazas de caldo. La música parecía extraer racimos humanos de las puertas, escotillas y escaleras. Isidro comparaba el buque con un mueble viejo: bastaba que las vibraciones de los instrumentos de metal lo conmoviesen, para que al momento surgieran las gentes de todos sus poros y orificios como rosarios de parásitos. Varias señoras de las más encopetadas pasaron ante él sin volver la cabeza, desconociéndolo al verle en tan mala compañía. «Estas matronas tan dignas--pensó él--me van a tomar ojeriza si me encuentran mucho aquí. Huyamos; hay que conservar las buenas relaciones.» Junto a la puerta del café detuvo a Manzanares. --Es inútil su empeño--le dijo--. Pierde usted el tiempo. Sé bien lo que le han contestado: «En tierra veremos; aquí, ni por dos mil, ni por tres mil...». --Déjeme tranquilo; no me... jorobe--rugió el comerciante--. No se ocupe más de mí. Y separándose con un rudo tirón, se metió en el café en busca de sus amigos. Maltrana se detuvo en la puerta. No osaba meterse en la penumbra de este salón obscuro y humoso durante el día, y que sólo al llegar la noche hacía resaltar la gloria de sus dorados, de sus escudos policromos y de sus vidrieras de colores bajo guirnaldas de luces eléctricas. Las mesas inmediatas a las ventanas ya estaban ocupadas a aquella hora por los sempiternos jugadores de -poker-. Isidro los contempló con un desprecio admirativo. Empezaban su tarea diaria, que había de concluir pasada media noche, sin más intervalos que los de las comidas. «¡Qué gentes!--pensó--. Hacen el viaje sin saber dónde están, sin haber echado una mirada al mar. En el comedor comentan entre bocado y bocado los incidentes del juego. Tomaron los naipes a la salida de Boulogne o de Lisboa, y cuando lleguemos al río de la Plata habrá que gritarles: «Ya hemos llegado; ya estamos en Buenos Aires». Y es posible que aún contesten: «Un momento; aguarden para atracar a que concluyamos la última partida...». ¡Y eche usted copas! ¡Y traiga usted cigarros! ¡Y las más admirables de las señoras, que viven codo con codo entre ellos, juntando su rodilla con la del camarada de enfrente, tragando humo y mirando las cartas con ojos de bruja hambrienta!...» Huyó de allí, volviendo al paseo, donde se encontró con Fernando, que caminaba solo. Isidro vio reflejarse en sus ojos una alegría interior. --Marchan bien los negocios, según parece. La conferencia de esta mañana ha dado buen resultado... Caminemos un poco... cuénteme usted. Pero Ojeda, para desviar la conversación, evitando la solicitada confidencia, aminoró el paso y dio con el codo a su amigo. --Contemple usted y admire, Isidro. Ahí tiene a uno de los grandes sacerdores del culto amarillo, que se prepara a oficiar. Señalaba con los ojos al banquero, majestuosamente arrellanado en su sillón, con una rica piel junto a los pies a pesar del calor. La amplia barba de un rojo obscuro descendía hasta el mamotreto que tenía en sus manos, extendiendo el serpenteo de los pelos entre las columnas de cifras escritas a máquina. En una silla inmediata estaban apilados con irregularidad otros legajos, a los que llevaba la mano de vez en cuando para hacer compulsas. Junto a él, su esposa, vestida de blanco con gran profusión de blondas de precio, hacía saltar entre los dedos su inseparable ristra de perlas con gesto de aburrimiento. Al pasar los dos amigos ante ella, sus ojos vagos parecieron concentrarse en Fernando con una mirada breve, pero vehemente y curiosa. El banquero daba órdenes a su secretario para que buscase un nuevo legajo en las diversas piezas que componían su departamento de lujo. --¿Se ha fijado, Isidro, en los títulos de esos mamotretos?--dijo Ojeda al alejarse unos cuantos pasos--. Proyectos de ferrocarriles, obras de salubridad para ciudades, desecación de terrenos, aguas corrientes, tranvías... Ese señor lleva con él toda una civilización. Y todo es para el Brasil: los más de sus negocios están en San Pablo, a juzgar por los rótulos. --Lo que yo he visto--contestó Maltrana--es la mirada de la señora del collar. Parece que se aburre al lado de tantos papelotes, y creo que mejor preferiría encontrarse al lado de usted charlando como la yanqui. ¡Ah, las mujeres! ¡su deseo de imitación! ¡su rivalidad instintiva! Esa señora no le vio en los primeros días, no existía usted para ella. Pero desde que anda con Mrs. Power acodándose en la borda, ella y muchas otras, cada día más excitadas por la monotonía de la navegación, empiezan a encontrarlo un poco interesante... No es gran cosa, lo reconozco: algo jamona y blanducha... y con ese perfil de pájaro... y esa nariz que no acaba nunca. Debe ser de Oriente: judía, turca, ¡qué sé yo!... Pero una señora que tiene esas perlas merece siempre atención. Debía usted hacerme amigo de ellos. No se tratan con nadie en el buque. Los dos se mantienen aparte, encastillados en su importancia. Pero Ojeda sonrió, encogiendo los hombros, y dijo malignamente, para irritar a su amigo: --Si yo fuese brasileño, temblaría sólo al ver los baluartes de legajos que trae ese buen señor. Dentro de pocos años, si le dejan, se habrá comido San Pablo y todos los otros santos que encuentre a mano, las plantaciones de café y hasta el último de los negros. Estos conquistadores europeos son de un estómago insaciable. --Fernando, no barbarice--dijo Maltrana poniéndose serio--. No sea reaccionario, no sea poeta. Ese hombre se comerá lo que quiera, y hará muy bien si es que le dejan, pues tales son las leyes de la vida; pero va a prestar a la civilización un gran servicio. Hombres como él son los que han hecho la América que nos atrae y los que la harán todavía más grande. Figúrese usted cuando haya convertido en realidades todas las grandes obras que lleva en sus papeles... ¡Qué importa que abuse en cuanto a la recompensa! Sea él quien sea y salgan de dónde salgan los millones que ponga en línea de combate, es un representante del santo capital, un sacerdote, como usted dice, de mi religión, y yo lo venero... ¡Lástima grande que se muestre tan gran señor y sólo me conteste con una mirada fría de sus lentes de concha y un gruñido de mala educación cada vez que intento hablar con él del buen tiempo y de la felicidad del viaje!... Acababan de doblar la curva del paseo en la parte de proa, y toda la calle de estribor se ofreció ante sus ojos. Maltrana se detuvo, viendo los sillones despegados de la pared y esparcidos hasta obstruir el paso. Eran señoras las que los ocupaban, sólo señoras, y algunos transeúntes retrocedían, no queriendo continuar su marcha a través de estos grupos femeniles que tomaban la cubierta como algo propio, sin importarles dificultar la circulación. --Mire usted, Ojeda. Ya se está reuniendo «el banco de los pingüinos». Y ante el gesto de extrañeza de su acompañante, dio una explicación. Este mote de «pingüinos» no era de su cosecha. ¡Que le librase Dios de tamaño atrevimiento!... Los «pingüinos» eran las señoras más notables de a bordo, matronas argentinas que al no poder ocupar el trasatlántico entero, lo mismo que un yate propio, se habían concentrado en esta parte del buque como asustadas y ofendidas del contacto con los demás. Era un muchacho argentino, que regresaba a su tierra después de varios años de vida en París, el inventor de este apodo un día que hablando con Maltrana se lamentaba del carácter de sus compatriotas, tachándolas de hurañas y poco sociables. --Mire usted a nuestras mujeres, y aprenda, galleguismo--había dicho--. Se han refugiado en un extremo del buque aislándose de las demás gentes. Se mantienen con los codos apretados para que nadie pueda entrar en su grupo. Recuerdan a los pingüinos del Polo Sur, esos pájaros bobos que sólo pueden vivir ala con ala formando filas en las aristas de las rocas. Y desde entonces, la gente joven, en sus tertulias del fumadero, llamaba «el rincón de los pingüinos» a esta parte del buque donde pasaban el día aisladas del resto del pasaje sus madres, sus hermanas y las respetables amigas de sus familias. Este «rincón de los pingüinos» era mirado poco a poco con cierto respeto, hasta convertirse, algunos días después, en un lugar envidiable. Los paseantes se abstenían de dar la vuelta en redondo a la cubierta y volvían sobre sus pasos para no turbar las conversaciones de las damas. Sólo algún gringo despreocupado o de egoísmo insolente pasaba sobre sus gruesos zapatos por entre los sillones, sin darse la pena de entender el significado de las miradas furiosas que despertaba su atrevida presencia. Tácitamente, en virtud de un obscuro instinto de todos los pasajeros, se había efectuado en la cubierta una gran división de clases. El costado de estribor era el de la plebe sin valía social, el de los viajeros sin nombre y las pasajeras de vida sospechosa. En este lado, a partir del fumadero, se encontraba «el rincón de las cocotas»; luego, «la sección cómica», o sea, los numerosos sillones de los cantantes masculinos y femeninos de la compañía de opereta; «la gallegada», donde se juntaban los españoles; y el grupo de «la gringada», mucho más numeroso, compuesto de comisionistas alemanes que pensaban penetrar con su muestrario hasta el corazón de América; relojeros suizos, de aspecto bonancible, pero prontos a irritarse con una cólera fría que tardaba mucho en disolverse; pequeños negociantes británicos; agricultores escandinavos establecidos en el extremo Sur; rubias alemanas que iban en busca de sus maridos, y los ganaderos norteamericanos, que al caer la tarde estaban ya medio ebrios. El banquero de la barba roja y sus voluminosos legajos, la esposa y su collar de perlas y el secretario siempre con un cuello de camisa alto y brillante, manteníanse en este lado de estribor entre la gente insignificante, para demostrar con su indiferencia ostentosa que estaban muy por encima de todas las divisiones sociales que se implantasen en el buque. --Fíjese en el respeto que infunden los «pingüinos»--dijo Maltrana--. Las coristas de opereta pasean cogidas del talle por casi toda la cubierta, riendo, empujándose, mirando a los hombres; pero al dar la vuelta a la parte de proa y llegar adonde estamos, encuentran a nuestras damas haciendo labores de gancho con una majestad de reinas, leyendo -Fémina- o conversando sobre los méritos y relaciones de sus respectivas familias, e inmediatamente retroceden cerrando el pico. Ninguna tiene valor para deslizarse ante el imponente areópago. La otra noche le propuse por medio de intérprete a una de esas rubias que pasásemos juntos ante los «pingüinos», creyendo enorgullecerla con este sacrificio y que me lo gratificase después. Pero la pobrecita casi palideció de miedo: «-Nein... nein-», como si le hubiese propuesto echarnos de cabeza al mar. De la sociedad modesta de estribor, las únicas que pasaban por allí eran doña Zobeida y Conchita. La buena dama de Salta saludaba a las «porteñas» con su aire señoril y bondadoso, a estilo antiguo, y seguía adelante sin permitirse mayores intimidades. Ni aquellas grandes señoras deseaban su amistad, ni ella necesitaba de su apoyo. Las más viejas contestaban a este saludo con cierta simpatía, como si adivinasen en ella algo heredado y común que se iba perdiendo en sus propias personas. Las jóvenes miraban con extrañeza a «la buena mujer», acogiendo sus sonrisas como si fuesen de una antigua criada familiar. Conchita era menos bondadosa, y pasaba con manifiesta hostilidad entre los grupos que obstruían este pedazo de cubierta perteneciente a todos. Las damas vestidas por los grandes modistos de París tenían miradas de burlona conmiseración para sus trajes de gusto madrileño y manufactura casera. Pero ella erguía la pequeña estatura de maja goyesca, unía los codos al talle y pasaba adelante moviendo las caderas, mirando con sus ojillos punzantes a las favorecidas de la fortuna. Su andar y su gesto parecían decir: «¿Y a mí qué?... ¿Y a mí qué?...». Cerca de este grupo majestuoso, y buscando su contacto, estaban otras damas, a las que llamaba Maltrana «aspirantes a pingüinos». Eran la esposa y las niñas de Goycochea el español, la señora del millonario italiano, cuyo collar de perlas rivalizaba en valor y continuas exhibiciones con el de la mujer del banquero, sus hijas, la institutriz inglesa y toda la familia de la Boca que traía a su costa a Monseñor. --Vea, Fernando, con qué aire de sonriente humildad acogen esas señoras cualquiera palabra de los «pingüinos». Son más ricas tal vez que las otras, pueden permitirse mayores lujos, pero no pasan de ser «gente mediana», y las otras son «gente bien», como ellas dicen. Sus maridos, gallegos o gringos, han hecho fortuna como la hicieron los padres o los abuelos de las otras, procedentes también de Europa. No hay entre ellas más diferencia que una generación o dos de vida americana. El origen casi es el mismo. ¡Pero lo que representa socialmente esa diferencia!... Ojeda asintió, recordando la época de su vida pasada en Buenos Aires como secretario de Legación. --Ríase usted, Isidro, de las castas sociales de Europa. Allá, casi todos somos unos; la educación y la inteligencia nivelan a las gentes. Pero en estos países democráticos, los ricos de ayer necesitan aislarse, para que los demás crean en su importancia. Además, la continua afluencia de aventureros les obliga a defenderse con un estrecho tacto de codos. La «gente bien» son los que tuvieron en Buenos Aires un bisabuelo tendero poco antes de la Independencia, que vendía pañuelos rojos a los indios, paquetes de mate a los blancos, y compraba esclavos negros para revenderlos en el interior. Todas las mejores familias se enorgullecían de poseer un tenducho abierto, gran riqueza para aquellos tiempos de parvedad. Después, el abuelo se disfrazó de gaucho, sin serlo, para dar gusto al dictador Rosas, y tomó su mate teniendo por sillón un cráneo de caballo. Otro abuelo copió a los románticos franceses en su traje, su peinado y su énfasis, peleando en los muros de Montevideo contra el tirano y disparándole odas y folletos en los momentos de reposo. Además, tuvo que vivir ojo alerta para que el tal déspota no le echase la garra e interrumpiese sus entusiasmos literarios haciéndolo degollar con un cuchillo mellado... Luego, el padre fue el primero que realmente tuvo plata, y empezó a montar la casa y la familia en su rango actual. Creyó en Mitre y peleó por él... Pero la carne ya no se abandonaba en la Pampa como una cosa sin precio, y en vez de fabricar odas se dedicó a cercar con alambre leguas y leguas de tierra, haciéndolas suyas, y a poner la marca propia en los ganados sin dueño... --Y estas «aspirantes»--interrumpió Maltrana, cuando se haya borrado el recuerdo de sus maridos gringos o gallegos (como se ha perdido el de los pobres tenderos de hace un siglo) y sus hijos o sus nietos se casen con los de las otras, serán a su vez «gente bien», grandes duquesas sin título de la aristocracia trasatlántica. --Cierto. Y por esto mendigan el contacto de los que están más arriba con una tenacidad a prueba de humillación. Acaban de llegar de lo más bajo con grandes penalidades; ya tienen el dinero: ahora les falta el lustre social... Y empujan hacia arriba con su audacia de antiguos emigrantes que no conoce la vergüenza ni el ridículo. Como le he dicho antes, puede usted reírse de las castas sociales de Europa. Entre una comiquita de París y una gran duquesa de las que figuran en el Gotha, hay menos distancia que entre una joven millonaria reciente, hija de emigrantes, y una señorita cuyo padre tiene tal vez hipotecadas las tierras y cuyos abuelos vinieron a América también de emigrantes... pero hace ochenta años. Maltrana siguió explicando el diverso carácter de los otros grupos que se sentaban en la banda de babor. En último término, cerca del fumadero, los comerciantes germánicos dormitaban en sus sillones con un viejo ejemplar del -Simplicissimus- sobre la cara. Ciertas parejas inglesas deleitábanse pacientemente con las aventuras de correctos personajes, bien vestidos y de buena renta, relatadas en novelas de cuatro volúmenes en las que no ocurría nada, absolutamente nada. Y entre esta gente y el bando de los «pingüinos», con sus admiradoras anexas, estaba otro grupo, al que daba Isidro el título de «gran coalición de potencias hostiles», compuesto de señoras de nacionalidades diversas, atraídas por una antipatía común. Maltrana las designaba con hermosos sobrenombres, lo mismo que los personajes homéricos. La chilena, «cuello de cisne», era a modo del núcleo central de esta célula de la sociabilidad trasatlántica, y en torno de ella aglomerábanse varias uruguayas, «las de los bellos brazos», y algunas brasileñas, «las de los ojos de antílope». Por la mañana, al subir a cubierta, se saludaban las de uno y otro grupo con ceremoniosa sonrisa. «Buen día, señora; ¿cómo amaneció usted, señora?...» Y a continuación iba cada uno a ocupar el territorio propio, empujando su sillón para que quedase bien marcado el vacío fronterizo, la separación insalvable entre unas naciones y otras. Las «potencias hostiles» manteníanse alineadas a lo largo de la pared con una corrección militar, cuidando de no obstruir el paseo, para que todos apreciasen la diferencia entre unas gentes y otras. De vez en cuando, los «pingüinos», parleros y movedizos en sus explosiones de exuberancia, lanzaban una sonrisa amable del lado enemigo, pero la sonrisa quedaba perdida en el espacio o era contestada con leves movimientos de cabeza. Las «potencias» fingían ignorar esta vecindad, procuraban colocarse en sus asientos de tal modo que sólo presentasen al lado contrario la punta de un hombro, y cuando más se alborotaba el bando de los «pingüinos», riendo de una noticia o admirando un objeto raro, ellas miraban obstinadamente al cielo o al mar con una indiferencia inconmovible. Las «aspirantes a pingüinos», colocadas entre los dos grupos, cazaban las sonrisas de unas y las palabras de otras, aprovechándolas para entablar conversación. Estaban contentas de la vida íntima del buque, que no exige presentaciones para que las personas se conozcan. A pesar de la falta de cordialidad de los dos grupos, casi todos los días se establecía entre ellos una momentánea relación. Así lo exigen las buenas prácticas diplomáticas; así viven las naciones armadas hasta los dientes, prontas a despedazarse, pero enviándose embajadores y mensajes afectuosos. La chilena abandonaba el asiento, desdoblando su soberbia estatura para avanzar por la cubierta «con la majestad de la reina de Saba»--según Isidro--, seguida de un séquito de confederadas. El bando contrario acogía la visita diplomática con gran removimiento de sillones, para ofrecer los mejores sitios, y la conversación desarrollábase lánguidamente sobre recuerdos de elegancia y de grandes compras. Cada vez que las unas exaltaban los méritos de un modisto o un joyero de la calle de la Paz o la plaza Vendôme, las otras murmuraban con una voz blanca y una modestia agresiva: «Nosotras no podemos permitirnos eso; en nuestro país somos muy pobres. Eso ustedes y nadie más». Y miraban al mismo tiempo con maliciosa complacencia sus trajes y sus joyas, de igual valía que los de sus rivales. Los «pingüinos», a su vez, enviaban una diputación de matronas al territorio hostil, y su presencia parecía excitar la laboriosidad de las visitadas, que acometían con nuevos bríos sus labores de gancho y de bordado, siguiendo la conversación sin levantar cabeza del trabajo. Algunas veces, ninguno de los dos campos se decidía a ir en busca del otro, y los encuentros eran en terreno neutral, en el grupo de las «aspirantes», donde tomaba asiento la familia italiana de la Boca con su obispo. ¡Adorado Monseñor! Las damas del país intermedio lo miraban como una gloria propia. Gracias a él, las señoras de ambos lados venían a visitarlas, atraídas por el brillo purpúreo de su faja de seda y el esplendor de su cruz de oro. Y Monseñor, sonriendo bonachonamente, se esforzaba por mostrarse galante y pretendía entretener al femenil concurso con chistes aprendidos en el seminario y recuerdos de sus estudios clásicos. Virgilio era su mayor adoración: lo recordaba con más frecuencia que a los Padres de la Iglesia; todo lo había dicho y adivinado. Anécdotas modernas se las atribuía al poeta, como si con esto las diese nuevo valor. Y cada vez que abría la boca para hablar en su idioma, ya sabían las señoras cuál iba a ser el exordio: «-dice il poeta Virgilio-...». Y lo que decía -il poeta- era una historia leída por el obispo meses antes en cualquier periódico católico. Otra relación de cordialidad se establecía diariamente entre los diversos grupos. Por la tarde, antes de la hora del té, cuando los pasajeros dormitaban en sus asientos y ardientes cuchillos del sol se introducían en la penumbra del paseo por los intersticios de las lonas, danzando acompasadamente de una cabeza a otra con el movimiento del buque, como si fuesen péndulos de luz, las niñas bajaban a sus camarotes para volver a subir con grandes cajas llenas de dulces. Iguales a las procesiones de vírgenes que desfilan en los tímpanos de las catedrales llevando como ofrenda entre ambas manos un cofre de reliquias, las vírgenes americanas de falda trabada, altos tacones y paso airoso iban de grupo en grupo regalando dulces: «¿Un bombón, señora? ¿Un chocolate, señor?...». --Es incalculable, amigo Ojeda, la masa de confitería que esas muchachas han metido en el vapor. Cada amiga, al despedirlas en París, ha creído su deber aportar el correspondiente cofre. No pasan dos días sin que cada una de ellas le quite la cubierta a un nuevo embalaje de bombones. Cajas Imperio con la Recamier o Josefina tendidas en un sofá; cofres forrados de seda con pastorcitos de Wateau, verdaderas maletas de terciopelo flordelisado... Y las pobrecitas, ¡tan amables! con el gusto de exhibir los regalos de sus relaciones, hacen todas las tardes su ronda en el lado distinguido de la cubierta, y la gente pasa el viaje mascando caramelos y chocolates con crema. En el curso de sus ofrendas llegaban hasta el extremo de babor, en las cercanías del fumadero, allí donde empezaban a borrarse las severas diferencias sociales, y las gentes que se tenían por distinguidas confraternizaban con las de la banda opuesta. Las vírgenes portadoras de arquillas se encontraban con sus hermanos, primos y futuros novios, que pasaban el día en el café o sus inmediaciones. Esta juventud, con la cabeza descubierta, la cabellera partida en dos crenchas negras, abultadas, lustrosas, impermeables, que ningún huracán podía alterar ni conmover, y el menudo pie encerrado en botines de charol de alto empeine y vistosa caña, siempre que salía del fumadero volvía los ojos con cierto temor hacia el «rincón de los pingüinos». Allí estaban sus madres y parientas y las respetables amigas de sus familias; pero antes la fuga que dejarse atrapar por una cariñosa llamada y sufrir media hora de conversación en tan noble compañía. «¡Viejas pesadas! ¡Señoras macaneadoras!...» Y esperaban a que pasasen las primas o las futuras novias para unirse a ellas y atraerlas dulcemente hacia la popa o la banda de estribor, donde reían y saltaban como escolares en libertad. Otras veces permanecían juntos y silenciosos, contemplando el mar, teniendo a sus espaldas la mirada irónica de las francesas tendidas en sus sillones o la sonrisa de las coristas alemanas a las que hablaban ellos por la noche, a última hora, murmurando cifras. --Yo admiro a esos muchachos--dijo Maltrana--. ¡Qué visión de la realidad! ¡Qué concepto de la vida y sus necesidades! Todos vuelven a regañadientes a su tierra: llevan París en el corazón. La otra noche, el hijo mayor del doctor Zurita me consultaba sobre su porvenir. Apenas llegue a Buenos Aires, piensa exigir a «su viejo» que lo envíe a Europa... Quiere estudiar en París no sabe qué... pero en fin, quiere estudiar, sin aproximarse por esto al Barrio Latino, que encuentra poco -chic- y con mujeres ordinarias. Y me preguntó con adorable sencillez si un muchacho puede vivir con cuatro mil francos al mes, que es lo que se propone pedir al viejo... «Cuatro mil palos», pensaba yo. Pero al mismo tiempo sentí ganas de abrazarlo, por el alto concepto que le merecen las necesidades de la juventud. Para justificar las señoritas este avance hacia los parajes ocupados por sus amigos, continuaban su tarea distributiva entre los señores adormilados que fingían leer en las inmediaciones del fumadero. «Señor, ¿un bombón?...» Y el gringo, despertado de su lectura por la voz juvenil, levantaba los ojos del volumen alemán o inglés y metía la mano en la arquilla murmurando: «Grachias, mochas grachias». Luego, volvía a sumirse en el libro adormidera. «Señor, ¿un chocolate?» Y el brasileño de tez amarilla y picudas barbillas, enjuto y anguloso, como si el sol ecuatorial hubiese absorbido toda su grasa, saltaba del sillón con galante apresuramiento, como si le fuese en ello la vida: «-Muito obrigado... ¡oh! muito obrigado-». Y sólo al estar lejos la señorita osaba devolver la gorra a su cabeza y la cabeza al respaldo del asiento. Cuando los diferentes grupos de damas que ocupaban la banda de babor se reunían, entablando una conversación general, era indefectiblemente para prorrumpir en quejas contra las inclemencias del Océano y los atentados que se permitía con sus personas. Los cuellos cambiaban de coloración, « » , 1 . 2 , 3 4 , 5 . 6 7 8 . 9 ; , 10 , 11 ; 12 , . 13 14 15 , 16 , , 17 , , 18 . « , - - 19 - - , 20 21 " " ; 22 23 , . » 24 , 25 , 26 , 27 . 28 29 30 31 . « ¡ ! - - - - . ¡ ! . . . ¡ 32 ! » , 33 . . 34 , 35 ; 36 , 37 . 38 39 , , 40 , , 41 « » , « » , 42 . , 43 , 44 . 45 , « » ; 46 47 . 48 49 - - , , - - 50 - - . . . . 51 . 52 53 . 54 55 - - : ¡ ! . . . , 56 , . , , 57 . . . . 58 59 , 60 . 61 , . 62 63 - - , - - - - 64 65 , 66 - - . . . . . 67 . 68 69 70 , 71 . - - , 72 , , , 73 , - - , . 74 75 - - - - - - . 76 . ; 77 . . . 78 . 79 . 80 81 , 82 « 83 » , , . 84 , , 85 , 86 , 87 88 . 89 90 - - , : ; 91 . 92 93 94 . ¿ ? . . . 95 96 - - ¡ ! . . . . . 97 98 . . . . 99 . , 100 . 101 : 102 . , 103 : 104 . 105 , 106 , , 107 , 108 . 109 , 110 , 111 . , 112 , 113 , 114 . « 115 . » . 116 117 - - - - - - . 118 . , 119 , , 120 ; , , , 121 . 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