demos un paseo...». «Muchas gracias--contestaba aquél--; es a lo único
que usted convida.»
Sentía Isidro contra este señor una hostilidad irresistible. Era el que
más le ofendía cada vez que intentaba darle buenos consejos. «Ustedes
los periodistas, que son medio locos...» «Usted, que no hará nada en
América porque es escritor...» Manzanares admiraba la brutalidad como la
más grande de las facultades, y se hacía lenguas de un gobernante cuando
amenazaba con perseguir a «la canalla popular».
--Con ése no se juega--decía entusiasmado--; ése tiene la mano dura...
Pega fuerte...
Y pedía el fusilamiento inmediato a un lado y otro del Océano de todos
los que escriben en los papeles, oficio que sólo sirve para que los
obreros pidan menos horas de trabajo y aumento de jornal.
--Cuando pagué mi pasaje--continuó Goycochea--no me quedaba nada,
absolutamente nada, ni dos reales. ¡Para lo que me hubiese servido el
dinero en aquel barco!... La comida era poca y pésima; la galleta tenía
gusanos y había que tragarla sin verla; en el rancho nadaban al
principio unas piltrafas de tocino; luego, alubias solas. Yo no tenía
otro equipaje que dos camisas y un pantalón, además del que llevaba
puesto; un pantalón nuevo, azul, con muchos botones: la única prenda que
pudo hacerme mi madre... ¡Aún lo estoy viendo!...
Y al mismo tiempo que Goycochea parecía admirar imaginativamente con la
ternura del recuerdo este pantalón, único lujo de su pobreza,
contemplaba en una de sus manos el centelleo de un brillante límpido y
tembloroso como una gota de luz.
--Tenía yo un gran amigo en el barco, un chico de Aragón, compañero de
cama y caldero, listo, muy listo, y eso que no sabía leer... ¡Pobre!
Murió hace dos años, luego de haber hecho una buena fortuna y educar a
la familia como Dios manda. Un hijo suyo es doctor y dicta clases en la
Universidad. Muchas veces he leído su nombre allá en París, cuando doy
un paseo hasta la Avenida de la Ópera y echo un vistazo a los diarios
argentinos en el Banco Español. Creo que es diputado o que va a serlo:
tal vez algún día lo veamos ministro... El padre parecía bruto porque no
tenía letras, pero guardaba algo en la mollera. Dormíamos bajo la misma
lona, al pie del palo mayor; nos ayudábamos al lavar lo que teníamos
puesto; éramos como hermanos... Y un día, él se enamora de mi pantalón.
«Que te lo compro... Que te doy tres pesetas por él...» Y vinimos
regateando desde Cabo Verde al río de la Plata.
El millonario sonreía al recordar su testarudez.
--El era de Aragón, baturro de verdad, ¡figúrense ustedes!, pero yo soy
vasco. «Que te doy tres y cuartillo... Que te doy tres y un real... Tres
y media...» Los amigos intervenían en la venta del pantalón. De proa a
popa mediaban expertos, examinando el cosido de la prenda, la solidez de
los botones, la duración de la tela. Y con las alabanzas de los
inteligentes crecían los deseos de mi amigo. «¡Remoño, no seas
cabezota!... Dámelo por cuatro, que es lo que vale.» Deseaba ponerse
majo al bajar a tierra; hablaba de cierta chica de su pueblo que estaba
sirviendo en Buenos Aires... Al embocar el río de la Plata casi lloraba
de rabia. «Me alargo hasta cinco. Mira, maño, que no tengo más.» Y el
trato quedó cerrado en un duro, un «napoleón», como se decía entonces,
el único dinero con que llegué a Buenos Aires. ¡Y gracias que hubiese
entrado con él!... Ustedes se acuerdan de cómo se desembarcaba en
aquellos tiempos. No había muelle; del barco a una lancha, y de la
lancha a una carreta hundida en el agua hasta el eje, que le arrastraba
a uno a las costas de la orilla. Catorce reales me llevaron por
desembarcar, y entré en Buenos Aires con peseta y media y un pantalón
viejo que no lo hubiese querido un pobre... Luego pasaron muchos años
sin que nos viésemos mi amigo y yo. Un día nos encontramos en una junta
patriótica de comerciantes españoles.
Goycochea se entristecía recordando a su compañero.
--Cuando por sus negocios pasaba cerca de mi tienda, entraba a
saludarme. Tenía un modo suyo de anunciarse: un garrotazo sobre el
mostrador. «¿Quién está aquí?» Y al salir yo del escritorio, la misma
pregunta: «¿Cómo estás, maño? ¿Cómo tienes a la maña y tus
cachorricos?...» La última vez que le vi, fue antes de retirarme yo a
París. Éramos los dos del Directorio de un Banco. Llegaba don Mateo
apoyado en su bastón, renqueando una pierna por el reuma. Los empleados
y mozos del Banco lo adoraban, y eso que al menor enfado los trataba de
«sarnosos» levantando el garrote. Pero en el Directorio pedía siempre
aumento de sueldo para ellos y disminuciones en el amueblado. Se
irritaba con las poltronas de los directores, las mesas de Consejo, las
lámparas eléctricas. Decía que eran -punterías- indignas de hombres. Él
tenía un buen pasar y no necesitaba de estas cosas en su casa. Mejor era
distribuir la plata a los que abrían las puertas: badulaques cargados de
hijos. Se sentía morir. «Maño, esto va mal; dentro de poco, al pocico.»
Pero se consolaba pronto. «La verdá es, maño, que hemos hecho camino.
Hemos educao a nuestras familicas, las dejamos un cuscurro de pan, y
podemos irnos en paz. ¡Quién nos hubiera dicho en el barco que nos
veríamos aquí! ¿Te acuerdas del pantalón? ¿Te acuerdas del duro que me
sacaste, vasco del moño?...» Y ya no le vi más.
Manzanares, que escuchaba con un orgullo de clase el relato de su amigo,
miró luego a Maltrana.
--Aprenda usted, joven. En el mundo existen hombres de mérito aunque no
hayan escrito en los papeles. Ahí tiene el ejemplo en don Antonio
Goycochea. Entró en Buenos Aires con peseta y media, y hoy tiene ocho
millones de pesos... tal vez diez... tal vez doce.
Goycochea le interrumpió modestamente. Un mediano pasar nada más: una
situación decente para la familia.
--La casa sí que es fuerte: la firma Goycochea y Mazpule tiene algún
crédito. Giramos al año unos veinte millones. Pero nos deben mucho...
¡Hay tantas quiebras!
Y los tres prorrumpieron en exclamaciones, elevando las miradas al techo
para expresar los riesgos y aventuras del comercio en América,
únicamente compensados por las enormes ganancias, muy superiores a las
del viejo mundo.
Sintióse humillado Maltrana por el aislamiento en que le dejaban
aquellos señores. Acalorados por la comunidad de sus intereses, no le
veían, se habían olvidado de él. Era un profano que osaba injerirse en
la francmasonería del negocio. Quiso levantarse, pero se detuvo al notar
que Manzanares sentía la emulación de hablar igualmente de sus
esfuerzos.
Había empezado la vida comercial en el desierto argentino, cuando los
indios ocupaban los territorios cruzados ahora por el ferrocarril, y el
-malón-, con su reguero de saqueos, incendios y rapto de personas,
asolaba los pequeños campamentos, transformados actualmente en ciudades
de importancia. El blanco centauro de las llanuras, con su poncho, su
facón y sus grandes espuelas, resultaba tan peligroso como el jinete
cobrizo de larga lanza. Manzanares había sido dependiente en un boliche
aislado sirviendo vasos de caña a través de una fuerte reja que
resguardaba el mostrador de las manos ávidas y los golpes de cuchillo de
los parroquianos. A lo mejor pasaban corriendo, con la celeridad del
espanto, mujeres, niños y rebaños, y tras ellos los hombres, que
preparaban sus armas mirando inquietos el horizonte. Poco después
asomaba en el último término de la Pampa una nube de polvo. Dentro de
ella cabalgaban sobre caballos en pelo los guerreros de la horda
indígena en insolente avance sobre los núcleos de civilización pastoril
enclavados audazmente en el desierto. Eran demonios cobrizos, de lacias
y aceitosas melenas sujetas por una cinta, ávidos de aumentar con nuevas
vacas y hembras blancas la fortuna de bestias y esclavas que guardaban
en sus tolderías.
Cerrábase el establecimiento lo mismo que una fortaleza, y se armaban el
patrón y sus dependientes con trabucos y fusiles viejos guardados debajo
del mostrador como herramientas profesionales. A esta guarnición uníanse
los parroquianos de los ranchos inmediatos, que corrían a refugiarse con
sus familias en el boliche, único edificio de ladrillo en muchas leguas
a la redonda. Con ellos entraban los tripulantes de los rosarios de
carretas sorprendidos por el -malón- en su marcha lenta, chirriante, que
duraba semanas y semanas.
Unas veces pasaba de largo la tromba cobriza, atraída por el ganado de
lejanas estancias; otras ponía sitio al almacén, codiciando más que el
dinero los barriles de caña. Hervía la horda en torno del boliche, que
por sus aberturas barriqueadas lanzaba relámpagos de plomo. Los
asaltantes, arrastrándose, intentaban poner fuego a sus puertas. En los
momentos de descanso mataban las yeguas robadas en las inmediaciones y
se bebían la sangre entre el griterío de una borrachera feroz. Y esta
situación duraba días y días, hasta que llegaba la noticia a los
fortines y otra tropa se señalaba en el horizonte, compuesta de jinetes
con viejos uniformes, peor armados y montados que el enjambre de indios,
los cuales solamente huían por hartura, deseosos de poner en salvo su
botín.
Y así había reunido Manzanares sus primeros centenares de pesos,
aguantando golpes y hurtando el cuerpo al facón de los parroquianos
ebrios, más temibles que los indios. Al volver a Buenos Aires, por uno
de esos desvíos de profesión tan comunes en las tierras nuevas, el
servidor de vasos de caña y pedazos de -charqui- había entrado en una
tienda de ropas de lujo. Su patrón lo enviaba en viaje por todo el país,
y así había conocido, yendo en diligencia, los asaltos en los caminos,
unas veces por las bandas de indígenas, otras por «montoneras» de
guerrilleros que robaban a las gentes en nombre de un caudillo de
provincia o de un partido político. La nación hervía entonces en
revueltas civiles, antes de cristalizarse definitivamente. Había dormido
a la intemperie, sin más cama que el «recado» de su caballo, bajo el
frío de las tierras del Sur, o rodeado de nubes de mosquitos en los
campos del Norte. Había ayudado muchas veces, con los compañeros de
viaje, a tirar de la diligencia atascada en un barrizal al que llamaban
carretera. En otras ocasiones le había sorprendido una creciente de
aguas, que ahogaba a las bestias de tiro.
--Yo creo, señores, que entonces pillé para el resto de mis días esta
enfermedad del estómago, que terminará conmigo... Acabé por
establecerme, y poseo mi depósito en la calle Alsina, ya saben ustedes
dónde; uno de los mejores depósitos al por mayor de ropa fina para
señoras; y tengo clientes en toda la República y trescientas muchachas
trabajando en los talleres. Nosotros no giramos lo que usted, amigo
Goycochea: seis millones por año nada más, pero la ropa blanca es
artículo que deja más que otros. Yo voy a Europa con frecuencia, visito
a nuestros proveedores de Hamburgo, Milán y París, me entero de las
novedades, y cada cinco o seis años me asomo a España y vivo en mi
pueblo por unos días. El cura me saca unas pesetas con pretexto de
reparaciones en la iglesia; el alcalde me pide para la escuela, para el
lavadero, para un camino; los gaiteros se están toda la noche ante la
casa, toca que toca, esperando la sidra. Las sobrinas, que son no sé
cuántas, siempre tienen a punto un chiquillo que soltar al mundo cuando
yo llego, y quieren que el tío de América lo apadrine. Todos parecen
encantados de que mi señora no haya tenido hijos. Cuando estuve allá la
última vez, hablaba el alcalde de ponerle mi nombre a una calle y una
lápida al casucho donde nací... Yo no tengo su posición, señor
Goycochea, pero he hecho la mía y me ha costado sudarla como a usted.
Puedo retirarme cuando quiera; ¡para los hijos que he de mantener!...
Pero le tengo ley a mi establecimiento, que empezó siendo una miseria y
hoy ocupa un cuarto de manzana. Además, cuento con el socio, que corre
con todo el trabajo: un antiguo dependiente al que di participación. Ya
conocen ustedes la firma: Manzanares y Mendizábal.
La falta de hijos parecía amargar su triunfo, colocándole en rencorosa
inferioridad ante el prolífico vasco. Pero como una compensación, hizo
el elogio de su esposa, valerosa compañera de los primeros años de
pobreza y ahorro. No podía compararse con la señora de Goycochea, que él
veía como una gran dama de majestad imponente--otro motivo de envidioso
rencor--. Era una muchacha de la tierra, que había gobernado la casa con
economía feroz, cuidando de que cada dependiente comiese lo
estrictamente necesario para mantenerse en pie, sin hartazgos que
perjudican a la salud. El hábito del ahorro persistía en ella al vivir
en plena fortuna, con una afición a mezclar sus brazos arremangados en
las más bajas tareas de la casa. Y Manzanares, que había «corrido
mundo», y todos los años, en su viaje a París, conocía el Montmartre de
noche, porque «el hombre debe verlo todo», empezaba a creer que esta
compañera no estaba a nivel de sus triunfos comerciales, y por esto
había de privarse de exhibirla--como Goycochea ostentaba la suya--,
temiendo ciertos descuidos de su lenguaje. Pero un viejo sentimiento de
gratitud y los propios gustos estéticos le hacían prorrumpir en elogios
de su personalidad física. Además de ser muy buena, todavía se conserva
hecha una real moza.
--Es algo parecida a su señora, amigo Goycochea. La mía pesa cien kilos.
¿Y la de usted?
Goycochea hizo un gesto de tristeza. Había llegado a pesar algo más,
pero en París se había puesto a régimen. Ahora estaba de moda la
delgadez.
--La mía pesa ciento seis--declaró Montaner, el comerciante de
Montevideo.
--¡Buena!--afirmó Manzanares con autoridad--. ¡Buena debe ser!
Este hombre esquelético admiraba con un entusiasmo concentrado, casi
religioso, la desbordante exuberancia femenina como signo de salud, buen
honor y virtudes domésticas... Pero Montaner, que se consideraba
humillado por el silencio en que le dejaban sus compañeros, interrumpió
a Manzanares.
Él también «había hecho lo suyo». La República Oriental se prestaba
menos que la Argentina a los vaivenes de fortuna y los rápidos triunfos.
El dinero era más lento en sus avances, y tal vez por esto de paso más
sólido: la gente pensaba en retener más que en adquirir. No podía hablar
de millones como los compañeros, pero gozaba de un buen pasar, y a su
muerte, los hijos, si no eran unos ingratos, se acordarían de que «el
viejo» había trabajado...
--Aquél es un gran país, más pequeño que la Argentina, pero rico, muy
rico. ¡Lástima que sea la tierra de las revoluciones!... El uruguayo es
bueno, caballeresco, aficionado a las cosas de pensamiento, pero
demasiado valiente, demasiado guapo, convencido de que falta a su deber
cuando se mantiene unos cuantos años sin salir al campo a matarse. Todos
somos allá «blancos» o «colorados»; y no sé qué demonios hay en el
ambiente, que los que llegan, sean de donde sean, apenas aprenden a
hablar toman partido por unos o por otros. Yo mismo, señores, soy
«blanco», más blanco que el papel, más blanco... que la leche; y mis
hijos lo son también. Dos de ellos se me fueron al campo en la última
revolución. Y si ustedes me preguntan qué es eso de ser «blanco», les
diré que luego de tantos años no estoy todavía bien enterado... Tal vez
me hicieron «blanco» a la fuerza.
Y relató su llegada a Montevideo, cuarenta años antes, sin más fortuna
que una carta de presentación para un catalán establecido en el
interior. El país estaba en revuelta, pero la ciudad presentaba su
aspecto normal. Las gentes se abordaban en la calle sonriendo: «¿Qué
noticias hay de la revolución?» lo mismo que si hablasen de la lluvia o
del buen tiempo. Y Montaner salió en una diligencia, como único
pasajero, hacia el pueblo dónde estaba su compatriota.
--A las pocas horas, unos hombres a caballo, armados de lanzas, con
pañuelos rojos al cuello, rodearon la diligencia. Era una patrulla de
«colorados». El jefe habló con el mayoral. «¿Qué llevas ahí?» Y al saber
que no llevaba otro pasajero que un pobre muchacho español, algunos
jinetes avanzaron su cabeza por las ventanillas. «¡Ah, galleguito;
«blanco» de mier... coles! ¡Déjate crecer el pelo para que te cortemos
mejor la cabeza cuando seas grande!...» Lo decían riendo; pero yo, que
sólo tenía trece años, me acurruqué en un rincón y deseaba meterme
debajo del asiento. Se fueron, y dos horas después, cerca de un rancho,
encontramos otra partida de jinetes, con lanzas también, y con esos
caragüelles bombachos que parecen enaguas recogidas en las botas; pero
éstos llevaban al cuello pañuelos blancos. Y la misma pregunta: «¿Qué
llevas ahí?» Y al saber que era yo español, sonrisas en la portezuela lo
mismo que si me conociesen toda la vida. «Baje, jovencito, baje y
descanse, que está entre amigos. Tómese una copa de caña...» Desde
entonces no tuve duda: sabía lo que me tocaba ser en aquella tierra:
blanco, siempre blanco. Ahora, los años han traído cierta confusión, y
gentes de todos los orígenes figuran en los dos bandos. Pero en mis
tiempos, los gringos eran todos «colorados», y los gallegos y vascos
«blancos», tal vez porque en las filas de éstos habían combatido muchos
españoles procedentes de la primera guerra carlista... ¡La sangre que se
ha derramado! ¡Los combates sin cuartel, en los que no se admitían
prisioneros!... Yo he visto degollar docenas de hombres lo mismo que
ovejas.
Montaner quedó silencioso, como si le obsesionasen sus recuerdos.
--Ahora han cambiado las cosas--añadió--. Los antiguos escuadrones con
lanzas son ejércitos provistos de artillería; se respetan los
prisioneros, se hace la guerra con más «civilización»; pero la guerra
sigue, y la gente se mata creo yo que por pasar el rato... El país se ha
acostumbrado a esta vida, y se desarrolla y progresa a pesar de las
revoluciones. Es como algunos enfermos, que acaban por entenderse con su
enfermedad y viven con ella de lo más ricamente. ¡Pero al que le tocan
de cerca las consecuencias de estas luchas!...
Hablaba con resignación de los retrasos sufridos en su fortuna por culpa
de las guerras. «Blancos» y «colorados», en sus correrías, se le habían
comido los mejores animales de su estancia. Muchos iban a la guerra por
el placer de mandar sable en mano, como si fuesen dueños, en las mismas
tierras donde trabajaban de peones en tiempos de paz, por el gusto
señorial de matar un novillo y comerse la lengua, abandonando el resto
a los cuervos. Él llevaba largos años formando en su estancia una cabaña
de caballos finos, con reproductores costosos adquiridos en Europa.
Cuando descansaba, satisfecho de su obra, surgía una de tantas
revoluciones, y un grupo de partidarios vivaqueaba en sus tierras,
cambiando los extenuados caballejos de la partida por los mejores
ejemplares de la cabaña. Y los animales de pura sangre morían en la
guerra o quedaban abandonados en los caminos, lo mismo que si fuesen
bestias rústicas de exiguo precio.
--Total, algunos centenares de miles de pesos perdidos en unas
horas--dijo con tristeza--. Muchos se entusiasman con las hazañas de
ambos bandos, y ven en ellas una continuación del valor español. «Es la
herencia de España», dicen «blancos» y «colorados» para justificar esa
necesidad que sienten de revoluciones y de golpes. Y yo me digo: «Señor,
otras repúblicas de América descienden igualmente de españoles, y viven
sin considerar necesaria una revolución cada dos años...». ¿Se han
fijado ustedes que en la América de origen español todas las cosas malas
son siempre «¡cosas de España!», y rara vez se les ocurre atribuir a la
pobre vieja alguna de las buenas?...
--Así es--interrumpió Maltrana--. Yo he tratado en París americanos de
origen español de todas alturas y latitudes, y salvo una minoría que ha
hecho estudios, todos discurren de idéntico modo; como si les inculcasen
esta manera de pensar en la escuela de primeras letras. España es la
culpable de todos sus defectos, la responsable de todas sus faltas. Ella
es la autora de sus revoluciones; de la pereza propia de los climas
cálidos; de la embriaguez a que incitan los climas fríos; de la afición
desmedida al juego en gentes que nunca gustaron del placer de la
lectura; de la imprevisión y falta de ahorro en países acostumbrados a
la abundancia. Algunos hasta la increpan porque su república tiene pocos
ferrocarriles...
Los tres oyentes asintieron, reconciliados de pronto con él. ¡Estos
hombres de pluma!... ¡Qué simpáticos cuando no se metían en negocios!...
--En cambio--continuó--, si alaban una buena cualidad de su raza la
atribuyen a los indios, y los que tal dicen son nietos o biznietos por
padre y madre de gallegos y vascos que llegaron a América a fines del
siglo XVIII... Y si los indios no son los autores de lo bueno, le
cuelgan el milagro a la «raza latina», que no es más que una ficción
histórica. La «raza española», algo positivo cuya realidad perciben
todos en el idioma y las costumbres apenas ponen el pie en América,
sólo existe y merece recuerdo cuando hay que anatematizar lo malo del
pasado. La gloria se la lleva la «raza latina» que nadie sabe qué es y
en qué consiste. Yo conozco una civilización latina; ¿pero raza latina?
¿en dónde está fuera de Italia?... En fin, señores, no hay que
irritarse. Tal vez estas injusticias no pasan de ser una manifestación
instintiva de viejo cariño... desorientado, de amor filial vuelto del
revés.
Se interrumpió Isidro, saltando de su asiento al ver que pasaba ante las
ventanas la gorra blanca del médico de a bordo. La contusión de la sien
le hizo recordar de pronto con una picazón dolorosa su propósito de
consultarle. Salió del café despidiéndose de sus compatriotas con rápido
saludo, y alcanzó al doctor, para mostrarle el lívido chichón. Rio
bondadosamente el alemán al examinarlo. ¿También él había sacado su
parte de la fiesta de la noche? Llevaba curados a algunos pasajeros que
se mantenían invisibles en sus camarotes. Lo de Maltrana era
insignificante. Después de la hora del té le esperaba en la botica.
Al quedar solo se aproximó al jardín de invierno, mirando al interior
por una de las ventanas. Todos seguían ocupando los mismos sitios: Ojeda
con Mrs. Power y el matrimonio Lowe; el doctor Zurita hablando con dos
compatriotas suyos «de las cosas del país». El padre de Nélida sonreía a
través de sus barbas de patriarca, dando explicaciones a un grupo de
amigos con insinuantes y suaves manoteos. Tal vez exponía los grandes
negocios que le aguardaban en Buenos Aires, y de los cuales quería dar
participación a los demás, generosamente. Algunos pasajeros se
retiraban, con los ojos entornados por el exceso de luz, en busca de sus
camarotes para dormir la siesta.
Maltrana sintióse atraído por el rumor de avispero que zumbaba bajo el
gran toldo del combés, entre el castillo central y la proa. Veíanse por
los intersticios de las lonas gentes tendidas sobre el vientre,
dormitando con la cabeza entre los brazos; mujeres que recosían ropas
viejas, chicuelos persiguiéndose. Sonaba a lo lejos una gaita con dulce
sordina, semejante a un lamento pastoril que lagrimease la melancolía de
su destierro lejos de las praderas verdes.
--Hagamos una visita a nuestros amigos «los latinos».
Salió a la explanada de proa por un corredor de la cubierta baja. Al
abrir la reja tuvo que apartar a un grupo de emigrantes que se agolpaban
contra los hierros. Era gente moza, muchachos que se sentían atraídos
por este obstáculo, símbolo visible de la separación de clases.
Pasaban gran parte del día pegados a ella, explorando el largo corredor
alfombrado de rojo, con grandes intervalos de sombra y manchas
blanquecinas de eléctrica luz. Las puertas de los camarotes de primera
clase se abrían a ambos lados de este pasadizo, que a ellos les parecía
interminable y magnífico, como un bulevar habitado por millonarios.
Espiaban desde allí las entradas y salidas de los pasajeros. Seguían con
mirada de admiración la marcha rítmica de las señoras que surgían de las
pequeñas viviendas para perderse en un dédalo de calles alfombradas,
ascendiendo a los pisos altos del buque, que ninguno de ellos había
alcanzado a ver, y de los que llegaban rumores de músicas y fiestas. El
respeto a la jerarquía social les impulsaba a amontonarse contra la
reja, como si por ella se columbrara un mundo superior, manteniéndose en
envidioso silencio cada vez que una señora pasaba por cerca de ellos sin
mirarlos. Cuando las necesidades del servicio hacían transcurrir junto a
esta barrera a las camareras rubias, de limpio delantal y albo gorro,
los mozos contemplativos parecían desesperarse y un rumor de palabra
mascadas y de relinchos contenidos agitaba su cuerpo.
Aparecía con frecuencia cerca de la verja una niñera alemana cuidando de
un chiquitín peliblanco y cabezudo, que jugueteaba a gatas sobre la
alfombra con un osezno de peluche. Al verla, los muchachos sonreían con
repentina confianza. Era de su misma clase social, y esto bastaba para
desatar las lenguas e iluminar los ojos con el fulgor del deseo.
«¡Rica!... ¡Monísima!... ¡Acércate, prenda, que tengo que decirte una
cosa!...» «-¡Oh carina tanto bella!-»
Cada mocetón usaba de su idioma para exteriorizar el entusiasmo. Algunos
árabes de bronceada y nerviosa delgadez permanecían silenciosos, pero
avanzaban el cuello lo mismo que los caballos de carreras, brillando sus
ojos de brasa con un fulgor homicida, mostrando sus dientes ansiosos de
morder. La -fraulein-, de un rubio pajizo, regordeta, blanca y apretada
de carnes, sonreía con ingenuidad, manteniéndose a distancia de la reja,
a través de cuyos hierros manoteaban las fieras. Pero no por esto se
decidía a huir, prefiriendo a los paseos superiores, abiertos al aire y
la luz, la permanencia en este pasillo medio obscuro, donde recibía el
homenaje tembloroso y exacerbado del deseo viril. Sus ojos grises y su
rostro de una blancura tierna, semejante a la de un merengue, acogían
con visible complacencia estas palabras de brutal homenaje en idiomas
que no podía entender.
Algunos de los muchachos, que eran españoles, trataban con respetuosa
familiaridad a Maltrana, que por algo se creía «el hombre más popular
del buque».
--Don Isidro, tráiganos pa aquí a esa güena moza... ¡Retrechera!...
¡Cachonda!
Otros, que habían vivido en la Argentina, se unían a este coro de
entusiasmo murmurando con arrobamiento:
--¡Preciosura! ¡Lindura!
Un napolitano suplicaba a Maltrana, con humildad, como si fuese el dueño
del buque:
--¡Siñor, que nos la echen!... ¡Mande que nos la echen!
Isidro volvió a cerrar la verja y fue avanzando entre los jóvenes.
--¡Orden, muchachos!... Orden y formalidad. A ver si viene un alemanote
de ésos y os larga un par de mamporros por sinvergüenzas.
Las fieras enardecidas volvieron a agolparse en la verja, mientras la
ingenua -fraulein- les volvía la espalda y se arrodillaba en la alfombra
para juguetear con el pequeñuelo, mostrando la blancura de sus medias
repletas de carne firme, la curva pecadora de su falda abombada por
ocultas esfericidades.
El avance de Maltrana produjo entre los emigrantes un movimiento de
curiosidad simpática y obsequiosos saludos: algo parecido a lo que
despierta la entrada de un orador político en una reunión popular. «Don
Isidro, buenas tardes... Venga por aquí, don Isidro.» Y todas las
miradas, aun las de «los latinos» de Asia, que no podían entenderle, le
acariciaban con la suavidad del agradecimiento. ¡Aquél era un hombre! Un
rico que gustaba de mezclarse con la gente pobre; no como los otros
señores, que sólo se dejaban ver en los balconajes de los puentes para
echar una mirada de lástima, huyendo apenas se volvían hacia ellos
algunas cabezas, cual si no quisieran concederles ni el goce de la
curiosidad.
Recosían unas mujeres sus ropas; otras, patiabiertas dentro de sus
batones sucios y repantingadas en pobres sillones de lona, se agarraban
con las manos a lo más alto del respaldo. Algunas se quejaban de dolores
en el brazo que había recibido la vacunación. Los árabes permanecían
acurrucados en el caramanchel de las escotillas, mirando el mar con
expresión pensativa... sin pensar en nada.
Un grupo de hombres jugaba a los naipes. Varios italianos, con fuertes
manoteos y gritos, lo mismo que si mandasen un ejército militar,
amaestraban a otros españoles en el juego de -la morra-. Fogoneros
libres de servicio, rubios muchachotes vestidos de blanco, permanecían
erguidos en medio de esta muchedumbre, contemplando de lejos, tímidos y
sonrientes, a ciertas beldades morenas, como si esperasen hacerse
entender con su inmovilidad silenciosa. En el fondo, junto al castillo
de proa, continuaba sonando la gaita invisible su gangueo pastoril.
Salió una mujer al paso de don Isidro, saludándolo con familiaridad. Era
grande y obesa, con el amplio rostro sombreado por una pátina rojiza. La
gran abundancia de zagalejos y faldas hacía aún más imponente su
volumen. Tenía cierto aire de resolución y miraba siempre de frente,
acompañando sus palabras con un movimiento de brazos autoritario, como
hembra acostumbrada a mandar la primera en su casa.
--Usted es la de Astorga ¿verdad?--dijo Maltrana, que pretendía recordar
los nombres y el origen de todos los del buque--. Espere... Usted es la
-señá- Eufrasia.
--Justo--dijo la mujer, satisfecha y orgullosa de la buena memoria de
aquel personaje--. Yo soy la Ufrasia, y éste es mi marido.
Y señalaba a un hombre sentado cerca de ella, grande también, con el
abdomen mantenido por las complicadas vueltas de una faja negra. Su cara
llena, de mejillas colgantes, asomaba majestuosa, como la de un prelado,
bajo las alas del sombrerón.
La -señá- Eufrasia, cuarentona de incansable verbosidad, hablaba con
aire protector de sus compañeros de viaje. Los compatriotas, «los de la
tierra», le inspiraban lástima.
--¡Probes! Tenemos aquí gentes de mucha necesiá, don Isidro. Hay que ver
cómo van esas mujeres y cómo llevan a sus críos... Nosotros, aunque me
esté mal el decirlo, no vamos a las Américas por hambre. Teníamos allá
en el pueblo nuestro buen pasar; pero a nadie le amarga subir, y éste
(señalando al marido) me dijo un día: «Ufrasia, ¿por qué no nos vamos a
ver eso del Buenos Aires de que hablan tanto?». Y como no tenemos hijos,
yo dije: «¡Hala, amos en seguía!». Y éste vendió los cuatro terrones y
la casa, y, gracias a Dios, llevamos algo, por si un por si acaso
aquello no nos gusta y queremos volvernos. De este modo, en el barco
puede una darse mejor vida que las otras y dormir aparte, y comprar en
la cantina lo que se le apetece, y hasta hacer una cariá, que crea usted
que viene aquí gente bien necesitá de que la ayuden. ¡Y allá vamos toos,
don Isidro!... Dicen que aquello del Buenos Aires es muy hermoso, y que
no hay más que agacharse en las calles pa dar con una onza de oro.
Lo decía sonriendo, pero a través de su incredulidad adivinábase cierto
respeto por la ciudad lejana y misteriosa, urbe de maravillas y tesoros
de la que hablaban continuamente los emigrantes.
El marido movió la cabeza con autoridad, y sus ojos parecían decirle:
«Mujer, que estás cansando al señor... Vosotras no entendéis nada de
nada».
--Usted que sabe tantas cosas, don Isidro--siguió la Eufrasia--: éste y
yo tuvimos esta mañana una porfía. Dice que en Buenos Aires no hay monea
de oro, ni de plata, ni otra cosa que unos papelicos con figuras, a modo
de estampas, con lo que se compra too... Y eso no pue ser, ¿verdá que
no, don Isidro? ¡Una tierra tan rica y no tener dinero!... Vamos, que no
pue ser.
--Pues así es, -señá- Eufrasia--dijo Maltrana.
Y el marido, saliendo de su mutismo por este triunfo extraordinario
sobre la esposa siempre dominadora, dijo solemnemente:
--¡Lo ves, mujer!... Las hembras no sabéis na de na y queréis meteros en
too.
Pero la Eufrasia, sin prestar atención al marido, bajaba la cabeza como
para seguir mejor el curso de sus pensamientos.
--¿De manera que no hay pesetas... ni duros... ni siquiera perras
gordas?... Malo; eso no me gusta. Tal vez tenga razón éste, y las
mujeres no sepamos na de na; pero yo digo que esto no me gusta. La monea
es siempre monea, y los papelicos, papelicos.
Y tras esta afirmación indiscutible, suspiraba resignadamente.
--En fin; veremos cómo pinta aquello, y si no nos gusta, la puerta la
tenemos abierta... Peor están los demás, que van tan a ciegas como
nosotros y a la fuerza han de quearse allá, pues no tien pa volverse.
Hacía el elogio de las pobres gentes que ocupaban la proa. Los «moros»,
como ella llamaba a los sirios, eran buenos muchachos y sus compañeras
unas pobres que infundían lástima. Los italianos le merecían no menos
simpatía, porque acataban en ella cierta superioridad, viéndola gastar y
vivir mejor que los otros, y la llamaban «señora». Sus cariños
malogrados de hembra infecunda iban hacia todos los niños de diversas
nacionalidades que vivían cerca de ella, tratándolos con varonil dureza
de palabra al mismo tiempo que los cuidaba y acariciaba.
--¿Aónde vas tú, cabezota?--gritó deteniendo a un pequeño que correteaba
perseguido por otros--. Fíjese, don Isidro, qué guapo: paece el niñico
Jesús. Su madre es una italiana con ocho hijos, y anda malucha, tendida
por los rincones, sin poer la probe ocuparse de ellos. ¡Si no fuese por
mí!... ¡Ah, ladrón! Ya tienes otro siete en los calzones que te remendé
ayer. ¿Qué has hecho de la perra gorda? ¿Te has comprado más caramelos
en la cantina?... Pero mire usted, don Isidro, ¡qué sucio y qué hermoso!
¡Guarro!... ¡Cochinote!... ¡Ham!... ¡ham! Deja que te muerda esos
hocicos de cerdo de leche.
Y teniéndolo en alto con sus brazos poderosos, lo besuqueaba, lo
apretaba contra la pechuga ingente, mientras el niño se defendía de esta
avalancha de caricias y palabras ininteligibles pata él, gritando:
«-Mama... mama-» y golpeando con los pies el abdomen que le servía de
ménsula. El marido, inmóvil en su asiento, miraba a Maltrana como
implorando disculpa por estas ruidosas expansiones.
--¡Lo robaría!--clamó la -señá- Eufrasia--. Si éste quisiera, lo
tomaríamos como nuestro... Me llevaría todos los chicos que veo.
Las voces de la mujerona hicieron volver la cabeza a otros grupos
lejanos, despegándose de ellos algunos hombres al reconocer a don
Isidro. Se aproximaron a él, en espera de los cigarrillos con que
acompañaba sus apariciones, y poco a poco lo fueron llevando hacia el
castillo de proa. Un hombretón se levantó del suelo, tendiéndole la mano
con ese aire protector de ciertos jaques que hablan y accionan lo mismo
que si perdonasen la vida al que los escucha.
--Salú, don Isidro--dijo con acento andaluz--. Ya nos extrañábamos un
poquiyo de no verle esta tarde por aquí.
Volvió a sentarse entre un grupo de jóvenes españoles, unos con boina,
otros con amplio sombrero, que le escuchaban, sonriendo,
admirativamente. Era malagueño, según decía, y bastaba sostener con él
un breve diálogo para enterarse a las primeras palabras de su nombre,
lugar de nacimiento y apodo. Todas sus afirmaciones, aun las más
insignificantes, las rubricaba con la misma declaración: «Y esto se lo
ice a osté su seguro servior Antonio Díaz, natural de Málaga, por otro
nombre el señó Antonio el -Morenito-». Y acompañaba esta firma verbal
con una mirada de superioridad y conmiseración que parecía decir: «Al
que sostenga lo contrario le rebano e pescuezo».
El -Morenito-, que ya pasaba de los cuarenta, sentía cierto respeto por
don Isidro, «un señorito como Dios manda, y no como los otros
fantasiosos que huían de tratarse con los pobres».
A impulsos de esta simpatía había llegado a considerar a Maltrana hombre
de grandes arrestos, tan corajudo casi como él, y cada vez que pensaba
en la posibilidad de hacer un disparate para vengarse de la gente del
barco o de los pasajeros orgullosos, exponía de idéntico modo su
discurso: «Entre don Isidro y yo...». Y don Isidro escuchaba y aprobaba
con su sonrisa estos planes destructivos, halagado en el fondo de su
ánimo de que aquella fiera le considerase digno de su colaboración.
Tenía aterrados a muchos de los emigrantes con sus amenazas y
explosiones de mal humor. Otros admirábanle por la insolencia con que
protestaba a gritos de la calidad del rancho y de todos los servicios
del buque, atreviéndose a insultar a los oficiales, que no podían
entenderle. No obstante tanta bravura, Maltrana notaba en él cierto
encogimiento al llevarse la mano a la gorra para saludar cierta timidez
felina en los ojos cuando algún superior le dirigía la palabra.
--Este tío saluda de mal modo--pensaba Isidro--. Es el mismo
encogimiento medroso y vengativo con que los presidiarios saludan a sus
jefes.
El trato con los árabes del buque hacía acordarse al -Morenito- de los
moros de Marruecos, contando algunas de sus correrías por las costas de
África. Por las mañanas, cuando se lavaba al aire libre, desnudo de
cintura arriba, producían admiración los costurones y profundas
cicatrices que constelaban su cuerpo, recuerdos, según él, de heroicos
combates por mar y tierra contra la tiranía de las aduanas. Otro motivo
de respeto era el saberle poseedor de una gran navaja a pesar de los
registros que hacían los tripulantes del buque en la gente peligrosa;
navaja que nadie había visto, pero que mencionaba con frecuencia en sus
bravatas. Maltrana, conocedor de las costumbres del presidio,
imaginábase en qué lugar indeclarable podría guardar el valentón esta
arma, que era como el cetro de su amenazadora majestad.
--Siéntese un poquiyo, don Isidro, y descanse... Tú, dale un asiento ar
cabayero... Les estaba proponiendo a estos chicos un negosio; un modo
seguro de haserse ricos.
Maltrana, desde su sillón de lona, vio acurrucados a la redonda, con la
mandíbula entre las manos, a todos los admiradores del -Morenito-, lo
mismo que una tribu de guerreros en Consejo. El malagueño hablaba con la
boca torcida, expeliendo las palabras por una de sus comisuras, para
hacer sentir al auditorio toda la grandeza de su bondad de maestro.
--Estos mozos son unos palominos, don Isidro, que van a América a rabiar
y haser ricos a los demás... lo mismo que en su tierra. Pero vení acá,
arrastraos, ¡peleles! ¿Pa eso os habéis embarcao ustedes?... Fíjese, don
Isidro: unos piensan dir ar campo a sudar camisas trabajando; otros
quieen meterse a criaos de casa grande... Y yo les propongo a estas
güenas personas que hagamos una partía: una partía como las que había
endenantes. Allá no habrán visto eso nunca; cosa nueva. ¿Qué le
paese?...
Y exponía su plan con entusiasmo.
--Una partía, y agarramos a un richachón de allá y lo secuestramos; le
peímos a la familia unos cuantos millones, con la amenasa de que le
vamos a cortá las orejas; nos dan los millones, nos los repartimos como
güenos hermanos, y antes de seis meses estamos de güerta y ricos. Una
partía que tendría mucho que ver. Usté, don Isidro, sería er capitán.
(Aquí Maltrana saludó agradeciendo, excusándose con un gesto de
modestia.) No; no se nos jaga er chiquito. Yo sé que tié usté lo suyo mu
bien puesto... y crea que yo entiendo de esas cosas. Además, tié talento
pa too, y yo soy hombre que respeta la sabiduría... El -Morenito-,
Antonio Díaz, un servior, sería er teniente, toos estos mozos ya se
despabilarían con tan güenos directores. ¿Eh? ¿qué le paese? ¿No es un
verdaero negosio?
Isidro asintió con imperturbable gravedad. Sí; un buen negocio que valía
la pena de ser estudiado detenidamente; la explotación de una nueva
industria. Casi habría que pedir patente de invención, para evitar las
imitaciones. Y los crédulos muchachos, que oían al -Morenito- en
silencio porque estaban en el mar, lejos de toda posibilidad de acción,
pero abominaban interiormente de estos planes que pugnaban con las
preocupaciones de su honradez, mirábanse indecisos al ver que un señor
como don Isidro no se escandalizaba.
--¿Lo oís, panolis?--exclamó el valentón--. Mirá cómo un cabayero que lo
sabe too encuentra que mi idea es güena... Pero si es que os fartan
riñones pa sacarle el dinero a un rico, poemos hacer la partía pa
perseguir a los indios. Allá hay muchos, ¡muchos! En América atacan los
ferrocarriles y las diligencias y hasta los tranvías en las afueras de
las poblasiones; yo lo he visto muchas veces en los sinematógrafos. Y
Buenos Aires está en América, y allí hasen farta hombres de resolusión
que les digan a esos gachós de color de chocolate con plumas en la
cabesa: «Ea, se acabó; ya no molestáis ustedes más a la reunión, porque
no nos da la gana». Y los cazamos como conejos, y el gobierno,
agradesío, nos paga a tanto la cabesa, y en unos cuantos años nos
jasemos ca uno con una fortunita pa golver a la tierra. No será uno rico
tan aprisa como con el secuestro, pero argo es argo, y siempre es mejor
que destripar terrones o servirles er chocolate en la cama a los
señores. ¿No le paese, don Isidro?
Y don Isidro aprobó otra vez. Una idea tan buena como la anterior;
también habría que pedir privilegio, para que el gobierno no permitiese
matar indios más que a la partida del señor Antonio el -Morenito-.
Admiraba los heroicos expedientes discurridos por este hombre hacerse
rico sin apelar a la vulgaridad del trabajo ordinario, reservado a los
otros mortales. Y así permaneció Isidro algún tiempo, escuchando los
planes del aventurero desorientado que iba a América con cuatro siglos
de retraso. La honradez en alarma de sus oyentes formulaba tímidas
observaciones.
--Pero allá hay presidios--dijo uno--. Allá hay policías.
--No serán más bravos que los seviles y los carabineros de nuestra
tierra--contestó el -Morenito- con arrogancia--. Yo sé lo que es eso...
¡Bah! ¡Me los como!
--Pero los indios no se dejarán zurrar así como así--arguyó otro. Deben
ser gente brava... gente salvaje.
--A ésos--dijo el matón despectivamente--, a ésos también me los como.
Se aproximó al grupo un nuevo oyente, saludando a Maltrana, con fina
sonrisa, en la que había algo de burla para el valentón.
--Aquí tenemos a don Juan--dijo Isidro--. Éste no entra en nuestra
partida: no es hombre que sirva para el caso.
--No señó, no entra--contestó el -Morenito---. A don Juan, en sacale de
sus librotes no sirve pa mardita la cosa... Mu güena persona, mu
cabayero, pero no va a ganá en su vida dos pesetas.
Era alto y enjuto de carnes, con luengas barbas que a pesar de su
juventud le daban un aspecto venerable. Hablaba con voz dulce y ademanes
reposados, interpolando en sus palabras una risa discreta, que era el
eterno acompañamiento de su conversación. Según Maltrana, este amigo
respiraba optimismo y confianza en la vida, esparciendo en torno de su
persona un ambiente de contento. Y sin embargo, vivía en el entrepuente,
mezclado con el rebaño inmigrante, sin otras consideraciones que las que
le concedían sus compañeros de viaje, cautivados por la dulzura de su
carácter y la superioridad de educación. Sus trajes, viejos y raídos,
eran de buen corte; se notaban en su persona los vestigios de una
situación más próspera. En sus manos finas quedaba como recuerdo
familiar una antigua sortija, salvada de los apremios de la pobreza.
El curioso Maltrana conocía algo de su vida. Juan Castillo era un
agrónomo que había intentado en las tierras de panllevar heredadas de
sus padres la realización de todos los adelantos aprendidos en una gran
escuela de Bélgica; ensueños de poeta agrícola realizados con el ímpetu
de una voluntad entusiástica y crédula. La usura le había proporcionado
un pequeño capital para su empresa, y luego de batallar algunos años con
la rutina de los campesinos, de habituarlos a vivir en paz con las
máquinas y de extraer de las profundidades del subsuelo las venas
líquidas para esparcirlas en redes de irrigación, cuando la tierra
empezaba a responder a estos esfuerzos con sus primeros productos, los
acreedores habían caído sobre él, ejecutándolo con glacial ferocidad.
--Conozco el procedimiento--había dicho Maltrana al oírle por vez
primera--. Es el mismo de las tribus antropófagas. Le dieron a usted
alimento, le dejaron tranquilo para que echase caries, y cuando estuvo a
punto, ¡zas! el degüello y banquete canibalesco.
Huía de la ruina, perdida la herencia de sus padres, perdido el crédito,
deshonrado por deudas a las que daban sus acreedores un carácter
delictuoso; todo ello por querer innovar con arreglo a sus estudios una
agricultura estacionaria casi igual a la de los primeros tiempos de la
humanidad. Y en su fuga había mirado al Sur, como todos los que
navegaban en aquella cáscara de acero, presintiendo más allá del círculo
oceánico renovado diariamente una tierra remozadora de existencias,
donde las vidas destrozadas se contraían virginalmente lo mismo que
capullos para empezar el curso de una nueva evolución. La esperanza le
había rozado también con su aleteo ilusorio. Casi celebraba esta ruina
que le había desarraigado de la tierra paterna. ¿Quién podía saber lo
que le esperaba al otro lado del Océano?...
Abandonando el grupo del -Morenito-, avanzaron hacia la proa Maltrana y
Castillo. Una voz quejumbrosa les hizo detenerse.
--¡Don Isidro!... ¡Buenas tardes, don Isidro y la compaña!
Un hombre sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la borda,
avanzaba su rostro pálido entre los pliegues de una manta.
--¿Eres tú, enfermo?--dijo Maltrana--. ¿Cómo va ese ánimo?
Con voz doliente murmuró una queja interminable contra el mar. Desde su
entrada en el buque, la salud parecía haber huido de su cuerpo. Otros
cantaban a todas horas, como si el aire salino y la inmensidad azul les
diesen nuevas fuerzas, excitando su apetito. Él se había embarcado
sintiéndose fuerte, y de pronto todas sus energías le abandonaban.
--Estoy muy enfermo, don Isidro. Ayer aún pude subir solo a la cubierta;
hoy han tenido que empujarme escalera arriba unos amigos. Debo estar
blanco como un papel, ¿verdad, señor?... No tengo fuerzas para andar, ni
deseos de comer. Esto no marcha... Los demás se quejan de calor; dicen
que cada vez pica más el sol, y yo tiemblo si me quito la manta... Y lo
que me da más rabia es que el médico, don Carmelo el oficial y otros me
miran como si les hubiese engañado, y dicen que si llegan a saber esto
no me dejan embarcar, porque allá en Buenos Aires no quieren enfermos...
Pero señor, ¡si yo me embarqué sano y bueno!, ¡si es este maldito mar
que no me prueba!...
Creyendo ver en Maltrana el mismo gesto de duda de los empleados del
buque, se apresuró a añadir:
--Yo he sido un roble, don Isidro. Reumatismos nada más, según decía el
médico de mi pueblo, por haber dormido al raso en el campo muchas
noches. Pero fuera de esto... nada. Lo juro por mi nombre: Pachín
Muiños. Y ahora, de pronto, me veo hecho un trapo, y me ahogo, señor,
las piernas no pueden tenerme y me faltan fuerzas para ir de un rincón a
otro. ¡Qué ganas tengo de salir de aquí!... Estoy seguro de que apenas
salte a tierra seré otro, volveré a sentirme fuerte como en mi pueblo...
Diga, señor: ¿cuándo llegamos a Buenos Aires?
Hacía la pregunta ávidamente; se incorporaba para mirar más allá de la
borda. Al esparcir su vista por la inmensidad, esperaba encontrar en el
horizonte el negro perfil de la tierra ansiada.
--¿Tardaremos dos días?--siguió preguntando.
--Más, un poquito más--dijo Maltrana suavemente para engañar su
impaciencia.
--¿Como cuántos más?--continuó con tenacidad el enfermo.
Y al adivinar en las palabras evasivas de Maltrana que aún quedaban
muchos días de viaje, el pobre Muiños volvió a sumirse en la
desesperación... ¡Buenos Aires! Deseaba llegar cuanto antes al término
del viaje, y repetía el nombre de la ciudad, como si encontrara en él un
poder milagroso igual al de las antiguas palabras cabalísticas.
Isidro, luego de consolarle con engañosas afirmaciones, asegurando que
antes de una semana verían la tierra ansiada, retrocedió con Castillo
hacia la reja de salida.
--¡La esperanza!--dijo con tristeza--. Ese pobre está muy enfermo, le
faltan fuerzas para tenerse en pie, y se traslada, sin embargo, de un
hemisferio a otro en busca de salud y dinero. ¡Qué de ensueños van en
este cascarón con todos nosotros!...
--¡Y si fuese solo!--contestó Castillo--. Pero le acompañan su mujer y
tres hijos.
La ilusión de la salud le había hecho desarraigarse de su pueblo. Allá
en Galicia no podía trabajar una semana entera sin que el esfuerzo
atrajese la enfermedad. La imagen de América había pasado por su miseria
como un resplandor de esperanza. En aquella tierra de fortuna, donde
todos se transformaban, él sería otro hombre. Y repuesto por unos meses
de descanso y holgura, a causa de haber vendido su casucho y unas vacas,
Muiños entró en el buque con un aspecto engañador de hombre sano. El
ambiente del mar y la vida de a bordo habían sido fatales para él: cada
día transcurrido marcaba un descenso de su salud.
--Lo que él cree reumatismo--añadió Castillo--es, según el médico del
buque, una insuficiencia cardíaca, que empieza a complicarse con una
bronquitis alarmante. ¡A saber en lo que parará! La mujer y los chicos,
acostumbrados a sus enfermedades, no se fijan en él. Ella comadrea con
las otras mujeres, y los muchachos juegan o aguardan con impaciencia la
hora del rancho. Y el pobre Muiños, cuando se ahoga en el entrepuente,
sube a la cubierta envuelto en su abrigo para tenderse al sol, y
pregunta cuántos días faltan para llegar, cuando aún estamos al
principio del viaje... Inútil decirle la verdad. Su ilusión, que se ha
concentrado en Buenos Aires, le hace olvidar el tiempo y la distancia.
Cree que le engañan cuando le dicen que aún faltan muchos días. Al
avistar Tenerife preguntó con emoción si ya estábamos en Buenos Aires.
Mañana, al ver de lejos las islas de Cabo Verde, volverá a creer que
hemos llegado... ¡Infeliz! De todos los que vamos en el buque es el que
más piensa en Buenos Aires, y bien podría ocurrir que fuese el único que
no llegase a verlo.
Maltrana se despidió de Castillo junto a la verja divisoria de clases,
frontera inviolable que partía en dos Estados diversos el microcosmos
flotante.
Arriba, en la cubierta de paseo, encontró a Fernando junto a una de las
ventanas del salón que daban luz a la plataforma interior, ocupada por
el piano.
Quiso hablarle Isidro, pero su amigo se llevó un dedo a los labios
imponiendo silencio. Miró entonces por la ventana y vio a una mujer
sentada al piano. Llegó a sus oídos al mismo tiempo una música en
sordina y el susurro de un canto a media voz.
--Es de -Tristán---murmuró quedamente Ojeda en su oído--. El lamento
desesperado de Iseo.
Los dos permanecieron en silencio a ambos lados de la ventana,
escuchando el canto que venía del interior con lejanías de ensueño.
Maltrana, menos sensible a la emoción musical, examinaba de espaldas a
esta mujer, fijándose en su nuca blanca, ligeramente sombrecida como el
marfil antiguo. El casco de su cabellera tenía junto a las raíces un
dorado tierno, que iba coloreándose hasta tomar en la superficie el tono
rojizo del cobre fregoteado. Su cuello se inclinaba hacia delante con
una esbeltez anémica, una fragilidad que marcaba bajo la piel los
tendones y arterias, dilatados por la tenue emisión de la voz.
De pronto, la cara invisible se volvió hacia ellos, como si acabase de
notar su presencia. Vieron unos ojos cuyas pupilas de color de ceniza
estaban dilatadas por la sorpresa; un rostro de palidez verdosa, algo
descarnado, que se coloreó instantáneamente con un acceso de rubor.
Parecía asustada de que alguien pudiese oírla. Con un gesto de timidez y
contrariedad cerró el instrumento, púsose de pie y marchó hacia la
puerta del salón para huir de los dos importunos.
Ojeda la siguió con la vista. Era alta, y su enfermiza delgadez estaba
disimulada en parte por lo recio del esqueleto. Las caderas marcaban su
ósea firmeza bajo una falta de dril claro. La cabellera amontonada con
gracioso descuido, los zapatos blancos algo usados, la blusa modesta de
confección casera, la falta total de alhajas, daban a su figura un
aspecto de pobreza sufrida animosamente, de incertidumbre bohemia
sobrellevada con resignación.
--Usted que conoce aquí a todo el mundo--preguntó Ojeda--: ¿quién es?
--Hace rato que lo sabría usted si me hubiese dejado hablar... Es la
mujer del director de orquesta de la compañía de opereta: un rubio de
cara granujienta, que se pasa día y noche en el café tomando -bocks- con
los de su tropa. Buen colador; hay veces que los redondeles de fieltro
se amontonan en su mesa como una columna... Y cuando no toma cerveza,
admite -whisky- o lo que caiga. No tiene otra ocupación en el buque que
empinar el codo.
--Es una mujer interesante--murmuró Ojeda--. ¡Y tan tímida!...
Aguardaba todas las tardes a que el salón quedase desierto. Descendían
las familias a sus camarotes para dormir la siesta; otros pasajeros se
acostaban en las sillas largas del paseo; sólo permanecían algunos en el
jardín de invierno. Entonces, casi de puntillas, iba hacia el piano, y
apenas colocaba los dedos en el teclado, parecía olvidar su timidez,
aislándose del mundo exterior, con los ojos vagos y sin luz, como si su
mirada se concentrase interiormente y su canto fuese un débil escape, un
lejano eco de otra música de recuerdos que sonaba dentro de ella.
Al verla Fernando en el piano, había sentido curiosidad por conocer su
música. ¡Tal vez una romanza dulzona y sensiblera de opereta!... Y aún
le duraba la sorpresa que había experimentado al escuchar las grandiosas
frases del dolor de Iseo.
--Debe tener una voz magnífica, ¿no lo cree usted, Isidro?... Quisiera
ser su amigo... Usted debe conocerla.
Maltrana se excusaba, algo contrariado de que por esta vez no le fuese
posible alardear de una amistad. Apenas se había fijado en ella: ¡pchs!
¡la mujer de aquel borrachín director de orquesta!... Era algo arisca;
huía de la gente; apenas se trataba con las otras damas de la compañía.
Vivía para su hijo, un pequeñín de cabeza enorme, siempre agarrado de su
mano. A los saludos de Maltrana respondía siempre con una inclinación de
cabeza y un manifiesto deseo de huir. Además, como mujer no valía gran
cosa: parecía enferma. La primera vez que se fijó en ella fue por las
burlas de unas niñas elegantes que comentaban su palidez verdosa: «Ahí
va esa de la opereta. Se le ha reventado la hiel y la tiene revuelta por
todo el cuerpo».
--Pero esto no importa, Ojeda; ya que la señora le interesa por lo del
canto wagneriano, yo se la presentaré. Conozco algo al marido; hemos
bebido juntos. Él se llama Hans... Hans Eichelberger, eso es; el maestro
Hans. Y ella... aguarde usted, ella se llama Mina. Ahora recuerdo que el
marido la llama así, y según me dijo, es un diminutivo de Guillermina.
El maestro habla algo el español: ha andado por la Argentina y Chile en
otras correrías musicales. Ella creo que muy poco.
Avanzaron los dos amigos hacia la popa, deteniéndose en la baranda
cercana al café, sobre la cubierta de los de tercera clase. Habían
levantado los marineros una parte del toldo y se veía abajo el rebullir
de la emigración septentrional, gentes melenudas que a pesar del calor
conservaban sus abrigos de pieles. Sonaba el gangueo de un acordeón con
el apresurado ritmo de la danza rusa. Una muchacha de falda corta, botas
polonesas y pañuelo verde, por cuya punta asomaba una trenza de pelos
rojos, daba vueltas al compás de la música. En torno de ella, un mocetón
de camisa purpúrea danzaba de rodillas o se sostenía en portentoso
equilibrio con las piernas casi horizontales y las posaderas junto al
suelo. Los gritos y palmadas de los otros rusos acompañaban estas
agilidades de loca danza gimnástica. Los judíos polacos y galitzianos,
envueltos en sus hopalandas de carácter sacerdotal, contemplaban el
espectáculo rascándose las barbas luengas, contrayendo los matorrales de
sus cejas casi unidas.
--¡Las gentes que venimos aquí!--dijo Fernando--¡Y pensar que es el
nombre de una ciudad desconocida, el vago prestigio de una tierra
lejana, lo que nos ha juntado a personas de tan diverso nacimiento!...
--Veintiocho pueblos, según afirma don Carmelo el de la comisaría,
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