demos un paseo...». «Muchas gracias--contestaba aquél--; es a lo único que usted convida.» Sentía Isidro contra este señor una hostilidad irresistible. Era el que más le ofendía cada vez que intentaba darle buenos consejos. «Ustedes los periodistas, que son medio locos...» «Usted, que no hará nada en América porque es escritor...» Manzanares admiraba la brutalidad como la más grande de las facultades, y se hacía lenguas de un gobernante cuando amenazaba con perseguir a «la canalla popular». --Con ése no se juega--decía entusiasmado--; ése tiene la mano dura... Pega fuerte... Y pedía el fusilamiento inmediato a un lado y otro del Océano de todos los que escriben en los papeles, oficio que sólo sirve para que los obreros pidan menos horas de trabajo y aumento de jornal. --Cuando pagué mi pasaje--continuó Goycochea--no me quedaba nada, absolutamente nada, ni dos reales. ¡Para lo que me hubiese servido el dinero en aquel barco!... La comida era poca y pésima; la galleta tenía gusanos y había que tragarla sin verla; en el rancho nadaban al principio unas piltrafas de tocino; luego, alubias solas. Yo no tenía otro equipaje que dos camisas y un pantalón, además del que llevaba puesto; un pantalón nuevo, azul, con muchos botones: la única prenda que pudo hacerme mi madre... ¡Aún lo estoy viendo!... Y al mismo tiempo que Goycochea parecía admirar imaginativamente con la ternura del recuerdo este pantalón, único lujo de su pobreza, contemplaba en una de sus manos el centelleo de un brillante límpido y tembloroso como una gota de luz. --Tenía yo un gran amigo en el barco, un chico de Aragón, compañero de cama y caldero, listo, muy listo, y eso que no sabía leer... ¡Pobre! Murió hace dos años, luego de haber hecho una buena fortuna y educar a la familia como Dios manda. Un hijo suyo es doctor y dicta clases en la Universidad. Muchas veces he leído su nombre allá en París, cuando doy un paseo hasta la Avenida de la Ópera y echo un vistazo a los diarios argentinos en el Banco Español. Creo que es diputado o que va a serlo: tal vez algún día lo veamos ministro... El padre parecía bruto porque no tenía letras, pero guardaba algo en la mollera. Dormíamos bajo la misma lona, al pie del palo mayor; nos ayudábamos al lavar lo que teníamos puesto; éramos como hermanos... Y un día, él se enamora de mi pantalón. «Que te lo compro... Que te doy tres pesetas por él...» Y vinimos regateando desde Cabo Verde al río de la Plata. El millonario sonreía al recordar su testarudez. --El era de Aragón, baturro de verdad, ¡figúrense ustedes!, pero yo soy vasco. «Que te doy tres y cuartillo... Que te doy tres y un real... Tres y media...» Los amigos intervenían en la venta del pantalón. De proa a popa mediaban expertos, examinando el cosido de la prenda, la solidez de los botones, la duración de la tela. Y con las alabanzas de los inteligentes crecían los deseos de mi amigo. «¡Remoño, no seas cabezota!... Dámelo por cuatro, que es lo que vale.» Deseaba ponerse majo al bajar a tierra; hablaba de cierta chica de su pueblo que estaba sirviendo en Buenos Aires... Al embocar el río de la Plata casi lloraba de rabia. «Me alargo hasta cinco. Mira, maño, que no tengo más.» Y el trato quedó cerrado en un duro, un «napoleón», como se decía entonces, el único dinero con que llegué a Buenos Aires. ¡Y gracias que hubiese entrado con él!... Ustedes se acuerdan de cómo se desembarcaba en aquellos tiempos. No había muelle; del barco a una lancha, y de la lancha a una carreta hundida en el agua hasta el eje, que le arrastraba a uno a las costas de la orilla. Catorce reales me llevaron por desembarcar, y entré en Buenos Aires con peseta y media y un pantalón viejo que no lo hubiese querido un pobre... Luego pasaron muchos años sin que nos viésemos mi amigo y yo. Un día nos encontramos en una junta patriótica de comerciantes españoles. Goycochea se entristecía recordando a su compañero. --Cuando por sus negocios pasaba cerca de mi tienda, entraba a saludarme. Tenía un modo suyo de anunciarse: un garrotazo sobre el mostrador. «¿Quién está aquí?» Y al salir yo del escritorio, la misma pregunta: «¿Cómo estás, maño? ¿Cómo tienes a la maña y tus cachorricos?...» La última vez que le vi, fue antes de retirarme yo a París. Éramos los dos del Directorio de un Banco. Llegaba don Mateo apoyado en su bastón, renqueando una pierna por el reuma. Los empleados y mozos del Banco lo adoraban, y eso que al menor enfado los trataba de «sarnosos» levantando el garrote. Pero en el Directorio pedía siempre aumento de sueldo para ellos y disminuciones en el amueblado. Se irritaba con las poltronas de los directores, las mesas de Consejo, las lámparas eléctricas. Decía que eran -punterías- indignas de hombres. Él tenía un buen pasar y no necesitaba de estas cosas en su casa. Mejor era distribuir la plata a los que abrían las puertas: badulaques cargados de hijos. Se sentía morir. «Maño, esto va mal; dentro de poco, al pocico.» Pero se consolaba pronto. «La verdá es, maño, que hemos hecho camino. Hemos educao a nuestras familicas, las dejamos un cuscurro de pan, y podemos irnos en paz. ¡Quién nos hubiera dicho en el barco que nos veríamos aquí! ¿Te acuerdas del pantalón? ¿Te acuerdas del duro que me sacaste, vasco del moño?...» Y ya no le vi más. Manzanares, que escuchaba con un orgullo de clase el relato de su amigo, miró luego a Maltrana. --Aprenda usted, joven. En el mundo existen hombres de mérito aunque no hayan escrito en los papeles. Ahí tiene el ejemplo en don Antonio Goycochea. Entró en Buenos Aires con peseta y media, y hoy tiene ocho millones de pesos... tal vez diez... tal vez doce. Goycochea le interrumpió modestamente. Un mediano pasar nada más: una situación decente para la familia. --La casa sí que es fuerte: la firma Goycochea y Mazpule tiene algún crédito. Giramos al año unos veinte millones. Pero nos deben mucho... ¡Hay tantas quiebras! Y los tres prorrumpieron en exclamaciones, elevando las miradas al techo para expresar los riesgos y aventuras del comercio en América, únicamente compensados por las enormes ganancias, muy superiores a las del viejo mundo. Sintióse humillado Maltrana por el aislamiento en que le dejaban aquellos señores. Acalorados por la comunidad de sus intereses, no le veían, se habían olvidado de él. Era un profano que osaba injerirse en la francmasonería del negocio. Quiso levantarse, pero se detuvo al notar que Manzanares sentía la emulación de hablar igualmente de sus esfuerzos. Había empezado la vida comercial en el desierto argentino, cuando los indios ocupaban los territorios cruzados ahora por el ferrocarril, y el -malón-, con su reguero de saqueos, incendios y rapto de personas, asolaba los pequeños campamentos, transformados actualmente en ciudades de importancia. El blanco centauro de las llanuras, con su poncho, su facón y sus grandes espuelas, resultaba tan peligroso como el jinete cobrizo de larga lanza. Manzanares había sido dependiente en un boliche aislado sirviendo vasos de caña a través de una fuerte reja que resguardaba el mostrador de las manos ávidas y los golpes de cuchillo de los parroquianos. A lo mejor pasaban corriendo, con la celeridad del espanto, mujeres, niños y rebaños, y tras ellos los hombres, que preparaban sus armas mirando inquietos el horizonte. Poco después asomaba en el último término de la Pampa una nube de polvo. Dentro de ella cabalgaban sobre caballos en pelo los guerreros de la horda indígena en insolente avance sobre los núcleos de civilización pastoril enclavados audazmente en el desierto. Eran demonios cobrizos, de lacias y aceitosas melenas sujetas por una cinta, ávidos de aumentar con nuevas vacas y hembras blancas la fortuna de bestias y esclavas que guardaban en sus tolderías. Cerrábase el establecimiento lo mismo que una fortaleza, y se armaban el patrón y sus dependientes con trabucos y fusiles viejos guardados debajo del mostrador como herramientas profesionales. A esta guarnición uníanse los parroquianos de los ranchos inmediatos, que corrían a refugiarse con sus familias en el boliche, único edificio de ladrillo en muchas leguas a la redonda. Con ellos entraban los tripulantes de los rosarios de carretas sorprendidos por el -malón- en su marcha lenta, chirriante, que duraba semanas y semanas. Unas veces pasaba de largo la tromba cobriza, atraída por el ganado de lejanas estancias; otras ponía sitio al almacén, codiciando más que el dinero los barriles de caña. Hervía la horda en torno del boliche, que por sus aberturas barriqueadas lanzaba relámpagos de plomo. Los asaltantes, arrastrándose, intentaban poner fuego a sus puertas. En los momentos de descanso mataban las yeguas robadas en las inmediaciones y se bebían la sangre entre el griterío de una borrachera feroz. Y esta situación duraba días y días, hasta que llegaba la noticia a los fortines y otra tropa se señalaba en el horizonte, compuesta de jinetes con viejos uniformes, peor armados y montados que el enjambre de indios, los cuales solamente huían por hartura, deseosos de poner en salvo su botín. Y así había reunido Manzanares sus primeros centenares de pesos, aguantando golpes y hurtando el cuerpo al facón de los parroquianos ebrios, más temibles que los indios. Al volver a Buenos Aires, por uno de esos desvíos de profesión tan comunes en las tierras nuevas, el servidor de vasos de caña y pedazos de -charqui- había entrado en una tienda de ropas de lujo. Su patrón lo enviaba en viaje por todo el país, y así había conocido, yendo en diligencia, los asaltos en los caminos, unas veces por las bandas de indígenas, otras por «montoneras» de guerrilleros que robaban a las gentes en nombre de un caudillo de provincia o de un partido político. La nación hervía entonces en revueltas civiles, antes de cristalizarse definitivamente. Había dormido a la intemperie, sin más cama que el «recado» de su caballo, bajo el frío de las tierras del Sur, o rodeado de nubes de mosquitos en los campos del Norte. Había ayudado muchas veces, con los compañeros de viaje, a tirar de la diligencia atascada en un barrizal al que llamaban carretera. En otras ocasiones le había sorprendido una creciente de aguas, que ahogaba a las bestias de tiro. --Yo creo, señores, que entonces pillé para el resto de mis días esta enfermedad del estómago, que terminará conmigo... Acabé por establecerme, y poseo mi depósito en la calle Alsina, ya saben ustedes dónde; uno de los mejores depósitos al por mayor de ropa fina para señoras; y tengo clientes en toda la República y trescientas muchachas trabajando en los talleres. Nosotros no giramos lo que usted, amigo Goycochea: seis millones por año nada más, pero la ropa blanca es artículo que deja más que otros. Yo voy a Europa con frecuencia, visito a nuestros proveedores de Hamburgo, Milán y París, me entero de las novedades, y cada cinco o seis años me asomo a España y vivo en mi pueblo por unos días. El cura me saca unas pesetas con pretexto de reparaciones en la iglesia; el alcalde me pide para la escuela, para el lavadero, para un camino; los gaiteros se están toda la noche ante la casa, toca que toca, esperando la sidra. Las sobrinas, que son no sé cuántas, siempre tienen a punto un chiquillo que soltar al mundo cuando yo llego, y quieren que el tío de América lo apadrine. Todos parecen encantados de que mi señora no haya tenido hijos. Cuando estuve allá la última vez, hablaba el alcalde de ponerle mi nombre a una calle y una lápida al casucho donde nací... Yo no tengo su posición, señor Goycochea, pero he hecho la mía y me ha costado sudarla como a usted. Puedo retirarme cuando quiera; ¡para los hijos que he de mantener!... Pero le tengo ley a mi establecimiento, que empezó siendo una miseria y hoy ocupa un cuarto de manzana. Además, cuento con el socio, que corre con todo el trabajo: un antiguo dependiente al que di participación. Ya conocen ustedes la firma: Manzanares y Mendizábal. La falta de hijos parecía amargar su triunfo, colocándole en rencorosa inferioridad ante el prolífico vasco. Pero como una compensación, hizo el elogio de su esposa, valerosa compañera de los primeros años de pobreza y ahorro. No podía compararse con la señora de Goycochea, que él veía como una gran dama de majestad imponente--otro motivo de envidioso rencor--. Era una muchacha de la tierra, que había gobernado la casa con economía feroz, cuidando de que cada dependiente comiese lo estrictamente necesario para mantenerse en pie, sin hartazgos que perjudican a la salud. El hábito del ahorro persistía en ella al vivir en plena fortuna, con una afición a mezclar sus brazos arremangados en las más bajas tareas de la casa. Y Manzanares, que había «corrido mundo», y todos los años, en su viaje a París, conocía el Montmartre de noche, porque «el hombre debe verlo todo», empezaba a creer que esta compañera no estaba a nivel de sus triunfos comerciales, y por esto había de privarse de exhibirla--como Goycochea ostentaba la suya--, temiendo ciertos descuidos de su lenguaje. Pero un viejo sentimiento de gratitud y los propios gustos estéticos le hacían prorrumpir en elogios de su personalidad física. Además de ser muy buena, todavía se conserva hecha una real moza. --Es algo parecida a su señora, amigo Goycochea. La mía pesa cien kilos. ¿Y la de usted? Goycochea hizo un gesto de tristeza. Había llegado a pesar algo más, pero en París se había puesto a régimen. Ahora estaba de moda la delgadez. --La mía pesa ciento seis--declaró Montaner, el comerciante de Montevideo. --¡Buena!--afirmó Manzanares con autoridad--. ¡Buena debe ser! Este hombre esquelético admiraba con un entusiasmo concentrado, casi religioso, la desbordante exuberancia femenina como signo de salud, buen honor y virtudes domésticas... Pero Montaner, que se consideraba humillado por el silencio en que le dejaban sus compañeros, interrumpió a Manzanares. Él también «había hecho lo suyo». La República Oriental se prestaba menos que la Argentina a los vaivenes de fortuna y los rápidos triunfos. El dinero era más lento en sus avances, y tal vez por esto de paso más sólido: la gente pensaba en retener más que en adquirir. No podía hablar de millones como los compañeros, pero gozaba de un buen pasar, y a su muerte, los hijos, si no eran unos ingratos, se acordarían de que «el viejo» había trabajado... --Aquél es un gran país, más pequeño que la Argentina, pero rico, muy rico. ¡Lástima que sea la tierra de las revoluciones!... El uruguayo es bueno, caballeresco, aficionado a las cosas de pensamiento, pero demasiado valiente, demasiado guapo, convencido de que falta a su deber cuando se mantiene unos cuantos años sin salir al campo a matarse. Todos somos allá «blancos» o «colorados»; y no sé qué demonios hay en el ambiente, que los que llegan, sean de donde sean, apenas aprenden a hablar toman partido por unos o por otros. Yo mismo, señores, soy «blanco», más blanco que el papel, más blanco... que la leche; y mis hijos lo son también. Dos de ellos se me fueron al campo en la última revolución. Y si ustedes me preguntan qué es eso de ser «blanco», les diré que luego de tantos años no estoy todavía bien enterado... Tal vez me hicieron «blanco» a la fuerza. Y relató su llegada a Montevideo, cuarenta años antes, sin más fortuna que una carta de presentación para un catalán establecido en el interior. El país estaba en revuelta, pero la ciudad presentaba su aspecto normal. Las gentes se abordaban en la calle sonriendo: «¿Qué noticias hay de la revolución?» lo mismo que si hablasen de la lluvia o del buen tiempo. Y Montaner salió en una diligencia, como único pasajero, hacia el pueblo dónde estaba su compatriota. --A las pocas horas, unos hombres a caballo, armados de lanzas, con pañuelos rojos al cuello, rodearon la diligencia. Era una patrulla de «colorados». El jefe habló con el mayoral. «¿Qué llevas ahí?» Y al saber que no llevaba otro pasajero que un pobre muchacho español, algunos jinetes avanzaron su cabeza por las ventanillas. «¡Ah, galleguito; «blanco» de mier... coles! ¡Déjate crecer el pelo para que te cortemos mejor la cabeza cuando seas grande!...» Lo decían riendo; pero yo, que sólo tenía trece años, me acurruqué en un rincón y deseaba meterme debajo del asiento. Se fueron, y dos horas después, cerca de un rancho, encontramos otra partida de jinetes, con lanzas también, y con esos caragüelles bombachos que parecen enaguas recogidas en las botas; pero éstos llevaban al cuello pañuelos blancos. Y la misma pregunta: «¿Qué llevas ahí?» Y al saber que era yo español, sonrisas en la portezuela lo mismo que si me conociesen toda la vida. «Baje, jovencito, baje y descanse, que está entre amigos. Tómese una copa de caña...» Desde entonces no tuve duda: sabía lo que me tocaba ser en aquella tierra: blanco, siempre blanco. Ahora, los años han traído cierta confusión, y gentes de todos los orígenes figuran en los dos bandos. Pero en mis tiempos, los gringos eran todos «colorados», y los gallegos y vascos «blancos», tal vez porque en las filas de éstos habían combatido muchos españoles procedentes de la primera guerra carlista... ¡La sangre que se ha derramado! ¡Los combates sin cuartel, en los que no se admitían prisioneros!... Yo he visto degollar docenas de hombres lo mismo que ovejas. Montaner quedó silencioso, como si le obsesionasen sus recuerdos. --Ahora han cambiado las cosas--añadió--. Los antiguos escuadrones con lanzas son ejércitos provistos de artillería; se respetan los prisioneros, se hace la guerra con más «civilización»; pero la guerra sigue, y la gente se mata creo yo que por pasar el rato... El país se ha acostumbrado a esta vida, y se desarrolla y progresa a pesar de las revoluciones. Es como algunos enfermos, que acaban por entenderse con su enfermedad y viven con ella de lo más ricamente. ¡Pero al que le tocan de cerca las consecuencias de estas luchas!... Hablaba con resignación de los retrasos sufridos en su fortuna por culpa de las guerras. «Blancos» y «colorados», en sus correrías, se le habían comido los mejores animales de su estancia. Muchos iban a la guerra por el placer de mandar sable en mano, como si fuesen dueños, en las mismas tierras donde trabajaban de peones en tiempos de paz, por el gusto señorial de matar un novillo y comerse la lengua, abandonando el resto a los cuervos. Él llevaba largos años formando en su estancia una cabaña de caballos finos, con reproductores costosos adquiridos en Europa. Cuando descansaba, satisfecho de su obra, surgía una de tantas revoluciones, y un grupo de partidarios vivaqueaba en sus tierras, cambiando los extenuados caballejos de la partida por los mejores ejemplares de la cabaña. Y los animales de pura sangre morían en la guerra o quedaban abandonados en los caminos, lo mismo que si fuesen bestias rústicas de exiguo precio. --Total, algunos centenares de miles de pesos perdidos en unas horas--dijo con tristeza--. Muchos se entusiasman con las hazañas de ambos bandos, y ven en ellas una continuación del valor español. «Es la herencia de España», dicen «blancos» y «colorados» para justificar esa necesidad que sienten de revoluciones y de golpes. Y yo me digo: «Señor, otras repúblicas de América descienden igualmente de españoles, y viven sin considerar necesaria una revolución cada dos años...». ¿Se han fijado ustedes que en la América de origen español todas las cosas malas son siempre «¡cosas de España!», y rara vez se les ocurre atribuir a la pobre vieja alguna de las buenas?... --Así es--interrumpió Maltrana--. Yo he tratado en París americanos de origen español de todas alturas y latitudes, y salvo una minoría que ha hecho estudios, todos discurren de idéntico modo; como si les inculcasen esta manera de pensar en la escuela de primeras letras. España es la culpable de todos sus defectos, la responsable de todas sus faltas. Ella es la autora de sus revoluciones; de la pereza propia de los climas cálidos; de la embriaguez a que incitan los climas fríos; de la afición desmedida al juego en gentes que nunca gustaron del placer de la lectura; de la imprevisión y falta de ahorro en países acostumbrados a la abundancia. Algunos hasta la increpan porque su república tiene pocos ferrocarriles... Los tres oyentes asintieron, reconciliados de pronto con él. ¡Estos hombres de pluma!... ¡Qué simpáticos cuando no se metían en negocios!... --En cambio--continuó--, si alaban una buena cualidad de su raza la atribuyen a los indios, y los que tal dicen son nietos o biznietos por padre y madre de gallegos y vascos que llegaron a América a fines del siglo XVIII... Y si los indios no son los autores de lo bueno, le cuelgan el milagro a la «raza latina», que no es más que una ficción histórica. La «raza española», algo positivo cuya realidad perciben todos en el idioma y las costumbres apenas ponen el pie en América, sólo existe y merece recuerdo cuando hay que anatematizar lo malo del pasado. La gloria se la lleva la «raza latina» que nadie sabe qué es y en qué consiste. Yo conozco una civilización latina; ¿pero raza latina? ¿en dónde está fuera de Italia?... En fin, señores, no hay que irritarse. Tal vez estas injusticias no pasan de ser una manifestación instintiva de viejo cariño... desorientado, de amor filial vuelto del revés. Se interrumpió Isidro, saltando de su asiento al ver que pasaba ante las ventanas la gorra blanca del médico de a bordo. La contusión de la sien le hizo recordar de pronto con una picazón dolorosa su propósito de consultarle. Salió del café despidiéndose de sus compatriotas con rápido saludo, y alcanzó al doctor, para mostrarle el lívido chichón. Rio bondadosamente el alemán al examinarlo. ¿También él había sacado su parte de la fiesta de la noche? Llevaba curados a algunos pasajeros que se mantenían invisibles en sus camarotes. Lo de Maltrana era insignificante. Después de la hora del té le esperaba en la botica. Al quedar solo se aproximó al jardín de invierno, mirando al interior por una de las ventanas. Todos seguían ocupando los mismos sitios: Ojeda con Mrs. Power y el matrimonio Lowe; el doctor Zurita hablando con dos compatriotas suyos «de las cosas del país». El padre de Nélida sonreía a través de sus barbas de patriarca, dando explicaciones a un grupo de amigos con insinuantes y suaves manoteos. Tal vez exponía los grandes negocios que le aguardaban en Buenos Aires, y de los cuales quería dar participación a los demás, generosamente. Algunos pasajeros se retiraban, con los ojos entornados por el exceso de luz, en busca de sus camarotes para dormir la siesta. Maltrana sintióse atraído por el rumor de avispero que zumbaba bajo el gran toldo del combés, entre el castillo central y la proa. Veíanse por los intersticios de las lonas gentes tendidas sobre el vientre, dormitando con la cabeza entre los brazos; mujeres que recosían ropas viejas, chicuelos persiguiéndose. Sonaba a lo lejos una gaita con dulce sordina, semejante a un lamento pastoril que lagrimease la melancolía de su destierro lejos de las praderas verdes. --Hagamos una visita a nuestros amigos «los latinos». Salió a la explanada de proa por un corredor de la cubierta baja. Al abrir la reja tuvo que apartar a un grupo de emigrantes que se agolpaban contra los hierros. Era gente moza, muchachos que se sentían atraídos por este obstáculo, símbolo visible de la separación de clases. Pasaban gran parte del día pegados a ella, explorando el largo corredor alfombrado de rojo, con grandes intervalos de sombra y manchas blanquecinas de eléctrica luz. Las puertas de los camarotes de primera clase se abrían a ambos lados de este pasadizo, que a ellos les parecía interminable y magnífico, como un bulevar habitado por millonarios. Espiaban desde allí las entradas y salidas de los pasajeros. Seguían con mirada de admiración la marcha rítmica de las señoras que surgían de las pequeñas viviendas para perderse en un dédalo de calles alfombradas, ascendiendo a los pisos altos del buque, que ninguno de ellos había alcanzado a ver, y de los que llegaban rumores de músicas y fiestas. El respeto a la jerarquía social les impulsaba a amontonarse contra la reja, como si por ella se columbrara un mundo superior, manteniéndose en envidioso silencio cada vez que una señora pasaba por cerca de ellos sin mirarlos. Cuando las necesidades del servicio hacían transcurrir junto a esta barrera a las camareras rubias, de limpio delantal y albo gorro, los mozos contemplativos parecían desesperarse y un rumor de palabra mascadas y de relinchos contenidos agitaba su cuerpo. Aparecía con frecuencia cerca de la verja una niñera alemana cuidando de un chiquitín peliblanco y cabezudo, que jugueteaba a gatas sobre la alfombra con un osezno de peluche. Al verla, los muchachos sonreían con repentina confianza. Era de su misma clase social, y esto bastaba para desatar las lenguas e iluminar los ojos con el fulgor del deseo. «¡Rica!... ¡Monísima!... ¡Acércate, prenda, que tengo que decirte una cosa!...» «-¡Oh carina tanto bella!-» Cada mocetón usaba de su idioma para exteriorizar el entusiasmo. Algunos árabes de bronceada y nerviosa delgadez permanecían silenciosos, pero avanzaban el cuello lo mismo que los caballos de carreras, brillando sus ojos de brasa con un fulgor homicida, mostrando sus dientes ansiosos de morder. La -fraulein-, de un rubio pajizo, regordeta, blanca y apretada de carnes, sonreía con ingenuidad, manteniéndose a distancia de la reja, a través de cuyos hierros manoteaban las fieras. Pero no por esto se decidía a huir, prefiriendo a los paseos superiores, abiertos al aire y la luz, la permanencia en este pasillo medio obscuro, donde recibía el homenaje tembloroso y exacerbado del deseo viril. Sus ojos grises y su rostro de una blancura tierna, semejante a la de un merengue, acogían con visible complacencia estas palabras de brutal homenaje en idiomas que no podía entender. Algunos de los muchachos, que eran españoles, trataban con respetuosa familiaridad a Maltrana, que por algo se creía «el hombre más popular del buque». --Don Isidro, tráiganos pa aquí a esa güena moza... ¡Retrechera!... ¡Cachonda! Otros, que habían vivido en la Argentina, se unían a este coro de entusiasmo murmurando con arrobamiento: --¡Preciosura! ¡Lindura! Un napolitano suplicaba a Maltrana, con humildad, como si fuese el dueño del buque: --¡Siñor, que nos la echen!... ¡Mande que nos la echen! Isidro volvió a cerrar la verja y fue avanzando entre los jóvenes. --¡Orden, muchachos!... Orden y formalidad. A ver si viene un alemanote de ésos y os larga un par de mamporros por sinvergüenzas. Las fieras enardecidas volvieron a agolparse en la verja, mientras la ingenua -fraulein- les volvía la espalda y se arrodillaba en la alfombra para juguetear con el pequeñuelo, mostrando la blancura de sus medias repletas de carne firme, la curva pecadora de su falda abombada por ocultas esfericidades. El avance de Maltrana produjo entre los emigrantes un movimiento de curiosidad simpática y obsequiosos saludos: algo parecido a lo que despierta la entrada de un orador político en una reunión popular. «Don Isidro, buenas tardes... Venga por aquí, don Isidro.» Y todas las miradas, aun las de «los latinos» de Asia, que no podían entenderle, le acariciaban con la suavidad del agradecimiento. ¡Aquél era un hombre! Un rico que gustaba de mezclarse con la gente pobre; no como los otros señores, que sólo se dejaban ver en los balconajes de los puentes para echar una mirada de lástima, huyendo apenas se volvían hacia ellos algunas cabezas, cual si no quisieran concederles ni el goce de la curiosidad. Recosían unas mujeres sus ropas; otras, patiabiertas dentro de sus batones sucios y repantingadas en pobres sillones de lona, se agarraban con las manos a lo más alto del respaldo. Algunas se quejaban de dolores en el brazo que había recibido la vacunación. Los árabes permanecían acurrucados en el caramanchel de las escotillas, mirando el mar con expresión pensativa... sin pensar en nada. Un grupo de hombres jugaba a los naipes. Varios italianos, con fuertes manoteos y gritos, lo mismo que si mandasen un ejército militar, amaestraban a otros españoles en el juego de -la morra-. Fogoneros libres de servicio, rubios muchachotes vestidos de blanco, permanecían erguidos en medio de esta muchedumbre, contemplando de lejos, tímidos y sonrientes, a ciertas beldades morenas, como si esperasen hacerse entender con su inmovilidad silenciosa. En el fondo, junto al castillo de proa, continuaba sonando la gaita invisible su gangueo pastoril. Salió una mujer al paso de don Isidro, saludándolo con familiaridad. Era grande y obesa, con el amplio rostro sombreado por una pátina rojiza. La gran abundancia de zagalejos y faldas hacía aún más imponente su volumen. Tenía cierto aire de resolución y miraba siempre de frente, acompañando sus palabras con un movimiento de brazos autoritario, como hembra acostumbrada a mandar la primera en su casa. --Usted es la de Astorga ¿verdad?--dijo Maltrana, que pretendía recordar los nombres y el origen de todos los del buque--. Espere... Usted es la -señá- Eufrasia. --Justo--dijo la mujer, satisfecha y orgullosa de la buena memoria de aquel personaje--. Yo soy la Ufrasia, y éste es mi marido. Y señalaba a un hombre sentado cerca de ella, grande también, con el abdomen mantenido por las complicadas vueltas de una faja negra. Su cara llena, de mejillas colgantes, asomaba majestuosa, como la de un prelado, bajo las alas del sombrerón. La -señá- Eufrasia, cuarentona de incansable verbosidad, hablaba con aire protector de sus compañeros de viaje. Los compatriotas, «los de la tierra», le inspiraban lástima. --¡Probes! Tenemos aquí gentes de mucha necesiá, don Isidro. Hay que ver cómo van esas mujeres y cómo llevan a sus críos... Nosotros, aunque me esté mal el decirlo, no vamos a las Américas por hambre. Teníamos allá en el pueblo nuestro buen pasar; pero a nadie le amarga subir, y éste (señalando al marido) me dijo un día: «Ufrasia, ¿por qué no nos vamos a ver eso del Buenos Aires de que hablan tanto?». Y como no tenemos hijos, yo dije: «¡Hala, amos en seguía!». Y éste vendió los cuatro terrones y la casa, y, gracias a Dios, llevamos algo, por si un por si acaso aquello no nos gusta y queremos volvernos. De este modo, en el barco puede una darse mejor vida que las otras y dormir aparte, y comprar en la cantina lo que se le apetece, y hasta hacer una cariá, que crea usted que viene aquí gente bien necesitá de que la ayuden. ¡Y allá vamos toos, don Isidro!... Dicen que aquello del Buenos Aires es muy hermoso, y que no hay más que agacharse en las calles pa dar con una onza de oro. Lo decía sonriendo, pero a través de su incredulidad adivinábase cierto respeto por la ciudad lejana y misteriosa, urbe de maravillas y tesoros de la que hablaban continuamente los emigrantes. El marido movió la cabeza con autoridad, y sus ojos parecían decirle: «Mujer, que estás cansando al señor... Vosotras no entendéis nada de nada». --Usted que sabe tantas cosas, don Isidro--siguió la Eufrasia--: éste y yo tuvimos esta mañana una porfía. Dice que en Buenos Aires no hay monea de oro, ni de plata, ni otra cosa que unos papelicos con figuras, a modo de estampas, con lo que se compra too... Y eso no pue ser, ¿verdá que no, don Isidro? ¡Una tierra tan rica y no tener dinero!... Vamos, que no pue ser. --Pues así es, -señá- Eufrasia--dijo Maltrana. Y el marido, saliendo de su mutismo por este triunfo extraordinario sobre la esposa siempre dominadora, dijo solemnemente: --¡Lo ves, mujer!... Las hembras no sabéis na de na y queréis meteros en too. Pero la Eufrasia, sin prestar atención al marido, bajaba la cabeza como para seguir mejor el curso de sus pensamientos. --¿De manera que no hay pesetas... ni duros... ni siquiera perras gordas?... Malo; eso no me gusta. Tal vez tenga razón éste, y las mujeres no sepamos na de na; pero yo digo que esto no me gusta. La monea es siempre monea, y los papelicos, papelicos. Y tras esta afirmación indiscutible, suspiraba resignadamente. --En fin; veremos cómo pinta aquello, y si no nos gusta, la puerta la tenemos abierta... Peor están los demás, que van tan a ciegas como nosotros y a la fuerza han de quearse allá, pues no tien pa volverse. Hacía el elogio de las pobres gentes que ocupaban la proa. Los «moros», como ella llamaba a los sirios, eran buenos muchachos y sus compañeras unas pobres que infundían lástima. Los italianos le merecían no menos simpatía, porque acataban en ella cierta superioridad, viéndola gastar y vivir mejor que los otros, y la llamaban «señora». Sus cariños malogrados de hembra infecunda iban hacia todos los niños de diversas nacionalidades que vivían cerca de ella, tratándolos con varonil dureza de palabra al mismo tiempo que los cuidaba y acariciaba. --¿Aónde vas tú, cabezota?--gritó deteniendo a un pequeño que correteaba perseguido por otros--. Fíjese, don Isidro, qué guapo: paece el niñico Jesús. Su madre es una italiana con ocho hijos, y anda malucha, tendida por los rincones, sin poer la probe ocuparse de ellos. ¡Si no fuese por mí!... ¡Ah, ladrón! Ya tienes otro siete en los calzones que te remendé ayer. ¿Qué has hecho de la perra gorda? ¿Te has comprado más caramelos en la cantina?... Pero mire usted, don Isidro, ¡qué sucio y qué hermoso! ¡Guarro!... ¡Cochinote!... ¡Ham!... ¡ham! Deja que te muerda esos hocicos de cerdo de leche. Y teniéndolo en alto con sus brazos poderosos, lo besuqueaba, lo apretaba contra la pechuga ingente, mientras el niño se defendía de esta avalancha de caricias y palabras ininteligibles pata él, gritando: «-Mama... mama-» y golpeando con los pies el abdomen que le servía de ménsula. El marido, inmóvil en su asiento, miraba a Maltrana como implorando disculpa por estas ruidosas expansiones. --¡Lo robaría!--clamó la -señá- Eufrasia--. Si éste quisiera, lo tomaríamos como nuestro... Me llevaría todos los chicos que veo. Las voces de la mujerona hicieron volver la cabeza a otros grupos lejanos, despegándose de ellos algunos hombres al reconocer a don Isidro. Se aproximaron a él, en espera de los cigarrillos con que acompañaba sus apariciones, y poco a poco lo fueron llevando hacia el castillo de proa. Un hombretón se levantó del suelo, tendiéndole la mano con ese aire protector de ciertos jaques que hablan y accionan lo mismo que si perdonasen la vida al que los escucha. --Salú, don Isidro--dijo con acento andaluz--. Ya nos extrañábamos un poquiyo de no verle esta tarde por aquí. Volvió a sentarse entre un grupo de jóvenes españoles, unos con boina, otros con amplio sombrero, que le escuchaban, sonriendo, admirativamente. Era malagueño, según decía, y bastaba sostener con él un breve diálogo para enterarse a las primeras palabras de su nombre, lugar de nacimiento y apodo. Todas sus afirmaciones, aun las más insignificantes, las rubricaba con la misma declaración: «Y esto se lo ice a osté su seguro servior Antonio Díaz, natural de Málaga, por otro nombre el señó Antonio el -Morenito-». Y acompañaba esta firma verbal con una mirada de superioridad y conmiseración que parecía decir: «Al que sostenga lo contrario le rebano e pescuezo». El -Morenito-, que ya pasaba de los cuarenta, sentía cierto respeto por don Isidro, «un señorito como Dios manda, y no como los otros fantasiosos que huían de tratarse con los pobres». A impulsos de esta simpatía había llegado a considerar a Maltrana hombre de grandes arrestos, tan corajudo casi como él, y cada vez que pensaba en la posibilidad de hacer un disparate para vengarse de la gente del barco o de los pasajeros orgullosos, exponía de idéntico modo su discurso: «Entre don Isidro y yo...». Y don Isidro escuchaba y aprobaba con su sonrisa estos planes destructivos, halagado en el fondo de su ánimo de que aquella fiera le considerase digno de su colaboración. Tenía aterrados a muchos de los emigrantes con sus amenazas y explosiones de mal humor. Otros admirábanle por la insolencia con que protestaba a gritos de la calidad del rancho y de todos los servicios del buque, atreviéndose a insultar a los oficiales, que no podían entenderle. No obstante tanta bravura, Maltrana notaba en él cierto encogimiento al llevarse la mano a la gorra para saludar cierta timidez felina en los ojos cuando algún superior le dirigía la palabra. --Este tío saluda de mal modo--pensaba Isidro--. Es el mismo encogimiento medroso y vengativo con que los presidiarios saludan a sus jefes. El trato con los árabes del buque hacía acordarse al -Morenito- de los moros de Marruecos, contando algunas de sus correrías por las costas de África. Por las mañanas, cuando se lavaba al aire libre, desnudo de cintura arriba, producían admiración los costurones y profundas cicatrices que constelaban su cuerpo, recuerdos, según él, de heroicos combates por mar y tierra contra la tiranía de las aduanas. Otro motivo de respeto era el saberle poseedor de una gran navaja a pesar de los registros que hacían los tripulantes del buque en la gente peligrosa; navaja que nadie había visto, pero que mencionaba con frecuencia en sus bravatas. Maltrana, conocedor de las costumbres del presidio, imaginábase en qué lugar indeclarable podría guardar el valentón esta arma, que era como el cetro de su amenazadora majestad. --Siéntese un poquiyo, don Isidro, y descanse... Tú, dale un asiento ar cabayero... Les estaba proponiendo a estos chicos un negosio; un modo seguro de haserse ricos. Maltrana, desde su sillón de lona, vio acurrucados a la redonda, con la mandíbula entre las manos, a todos los admiradores del -Morenito-, lo mismo que una tribu de guerreros en Consejo. El malagueño hablaba con la boca torcida, expeliendo las palabras por una de sus comisuras, para hacer sentir al auditorio toda la grandeza de su bondad de maestro. --Estos mozos son unos palominos, don Isidro, que van a América a rabiar y haser ricos a los demás... lo mismo que en su tierra. Pero vení acá, arrastraos, ¡peleles! ¿Pa eso os habéis embarcao ustedes?... Fíjese, don Isidro: unos piensan dir ar campo a sudar camisas trabajando; otros quieen meterse a criaos de casa grande... Y yo les propongo a estas güenas personas que hagamos una partía: una partía como las que había endenantes. Allá no habrán visto eso nunca; cosa nueva. ¿Qué le paese?... Y exponía su plan con entusiasmo. --Una partía, y agarramos a un richachón de allá y lo secuestramos; le peímos a la familia unos cuantos millones, con la amenasa de que le vamos a cortá las orejas; nos dan los millones, nos los repartimos como güenos hermanos, y antes de seis meses estamos de güerta y ricos. Una partía que tendría mucho que ver. Usté, don Isidro, sería er capitán. (Aquí Maltrana saludó agradeciendo, excusándose con un gesto de modestia.) No; no se nos jaga er chiquito. Yo sé que tié usté lo suyo mu bien puesto... y crea que yo entiendo de esas cosas. Además, tié talento pa too, y yo soy hombre que respeta la sabiduría... El -Morenito-, Antonio Díaz, un servior, sería er teniente, toos estos mozos ya se despabilarían con tan güenos directores. ¿Eh? ¿qué le paese? ¿No es un verdaero negosio? Isidro asintió con imperturbable gravedad. Sí; un buen negocio que valía la pena de ser estudiado detenidamente; la explotación de una nueva industria. Casi habría que pedir patente de invención, para evitar las imitaciones. Y los crédulos muchachos, que oían al -Morenito- en silencio porque estaban en el mar, lejos de toda posibilidad de acción, pero abominaban interiormente de estos planes que pugnaban con las preocupaciones de su honradez, mirábanse indecisos al ver que un señor como don Isidro no se escandalizaba. --¿Lo oís, panolis?--exclamó el valentón--. Mirá cómo un cabayero que lo sabe too encuentra que mi idea es güena... Pero si es que os fartan riñones pa sacarle el dinero a un rico, poemos hacer la partía pa perseguir a los indios. Allá hay muchos, ¡muchos! En América atacan los ferrocarriles y las diligencias y hasta los tranvías en las afueras de las poblasiones; yo lo he visto muchas veces en los sinematógrafos. Y Buenos Aires está en América, y allí hasen farta hombres de resolusión que les digan a esos gachós de color de chocolate con plumas en la cabesa: «Ea, se acabó; ya no molestáis ustedes más a la reunión, porque no nos da la gana». Y los cazamos como conejos, y el gobierno, agradesío, nos paga a tanto la cabesa, y en unos cuantos años nos jasemos ca uno con una fortunita pa golver a la tierra. No será uno rico tan aprisa como con el secuestro, pero argo es argo, y siempre es mejor que destripar terrones o servirles er chocolate en la cama a los señores. ¿No le paese, don Isidro? Y don Isidro aprobó otra vez. Una idea tan buena como la anterior; también habría que pedir privilegio, para que el gobierno no permitiese matar indios más que a la partida del señor Antonio el -Morenito-. Admiraba los heroicos expedientes discurridos por este hombre hacerse rico sin apelar a la vulgaridad del trabajo ordinario, reservado a los otros mortales. Y así permaneció Isidro algún tiempo, escuchando los planes del aventurero desorientado que iba a América con cuatro siglos de retraso. La honradez en alarma de sus oyentes formulaba tímidas observaciones. --Pero allá hay presidios--dijo uno--. Allá hay policías. --No serán más bravos que los seviles y los carabineros de nuestra tierra--contestó el -Morenito- con arrogancia--. Yo sé lo que es eso... ¡Bah! ¡Me los como! --Pero los indios no se dejarán zurrar así como así--arguyó otro. Deben ser gente brava... gente salvaje. --A ésos--dijo el matón despectivamente--, a ésos también me los como. Se aproximó al grupo un nuevo oyente, saludando a Maltrana, con fina sonrisa, en la que había algo de burla para el valentón. --Aquí tenemos a don Juan--dijo Isidro--. Éste no entra en nuestra partida: no es hombre que sirva para el caso. --No señó, no entra--contestó el -Morenito---. A don Juan, en sacale de sus librotes no sirve pa mardita la cosa... Mu güena persona, mu cabayero, pero no va a ganá en su vida dos pesetas. Era alto y enjuto de carnes, con luengas barbas que a pesar de su juventud le daban un aspecto venerable. Hablaba con voz dulce y ademanes reposados, interpolando en sus palabras una risa discreta, que era el eterno acompañamiento de su conversación. Según Maltrana, este amigo respiraba optimismo y confianza en la vida, esparciendo en torno de su persona un ambiente de contento. Y sin embargo, vivía en el entrepuente, mezclado con el rebaño inmigrante, sin otras consideraciones que las que le concedían sus compañeros de viaje, cautivados por la dulzura de su carácter y la superioridad de educación. Sus trajes, viejos y raídos, eran de buen corte; se notaban en su persona los vestigios de una situación más próspera. En sus manos finas quedaba como recuerdo familiar una antigua sortija, salvada de los apremios de la pobreza. El curioso Maltrana conocía algo de su vida. Juan Castillo era un agrónomo que había intentado en las tierras de panllevar heredadas de sus padres la realización de todos los adelantos aprendidos en una gran escuela de Bélgica; ensueños de poeta agrícola realizados con el ímpetu de una voluntad entusiástica y crédula. La usura le había proporcionado un pequeño capital para su empresa, y luego de batallar algunos años con la rutina de los campesinos, de habituarlos a vivir en paz con las máquinas y de extraer de las profundidades del subsuelo las venas líquidas para esparcirlas en redes de irrigación, cuando la tierra empezaba a responder a estos esfuerzos con sus primeros productos, los acreedores habían caído sobre él, ejecutándolo con glacial ferocidad. --Conozco el procedimiento--había dicho Maltrana al oírle por vez primera--. Es el mismo de las tribus antropófagas. Le dieron a usted alimento, le dejaron tranquilo para que echase caries, y cuando estuvo a punto, ¡zas! el degüello y banquete canibalesco. Huía de la ruina, perdida la herencia de sus padres, perdido el crédito, deshonrado por deudas a las que daban sus acreedores un carácter delictuoso; todo ello por querer innovar con arreglo a sus estudios una agricultura estacionaria casi igual a la de los primeros tiempos de la humanidad. Y en su fuga había mirado al Sur, como todos los que navegaban en aquella cáscara de acero, presintiendo más allá del círculo oceánico renovado diariamente una tierra remozadora de existencias, donde las vidas destrozadas se contraían virginalmente lo mismo que capullos para empezar el curso de una nueva evolución. La esperanza le había rozado también con su aleteo ilusorio. Casi celebraba esta ruina que le había desarraigado de la tierra paterna. ¿Quién podía saber lo que le esperaba al otro lado del Océano?... Abandonando el grupo del -Morenito-, avanzaron hacia la proa Maltrana y Castillo. Una voz quejumbrosa les hizo detenerse. --¡Don Isidro!... ¡Buenas tardes, don Isidro y la compaña! Un hombre sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la borda, avanzaba su rostro pálido entre los pliegues de una manta. --¿Eres tú, enfermo?--dijo Maltrana--. ¿Cómo va ese ánimo? Con voz doliente murmuró una queja interminable contra el mar. Desde su entrada en el buque, la salud parecía haber huido de su cuerpo. Otros cantaban a todas horas, como si el aire salino y la inmensidad azul les diesen nuevas fuerzas, excitando su apetito. Él se había embarcado sintiéndose fuerte, y de pronto todas sus energías le abandonaban. --Estoy muy enfermo, don Isidro. Ayer aún pude subir solo a la cubierta; hoy han tenido que empujarme escalera arriba unos amigos. Debo estar blanco como un papel, ¿verdad, señor?... No tengo fuerzas para andar, ni deseos de comer. Esto no marcha... Los demás se quejan de calor; dicen que cada vez pica más el sol, y yo tiemblo si me quito la manta... Y lo que me da más rabia es que el médico, don Carmelo el oficial y otros me miran como si les hubiese engañado, y dicen que si llegan a saber esto no me dejan embarcar, porque allá en Buenos Aires no quieren enfermos... Pero señor, ¡si yo me embarqué sano y bueno!, ¡si es este maldito mar que no me prueba!... Creyendo ver en Maltrana el mismo gesto de duda de los empleados del buque, se apresuró a añadir: --Yo he sido un roble, don Isidro. Reumatismos nada más, según decía el médico de mi pueblo, por haber dormido al raso en el campo muchas noches. Pero fuera de esto... nada. Lo juro por mi nombre: Pachín Muiños. Y ahora, de pronto, me veo hecho un trapo, y me ahogo, señor, las piernas no pueden tenerme y me faltan fuerzas para ir de un rincón a otro. ¡Qué ganas tengo de salir de aquí!... Estoy seguro de que apenas salte a tierra seré otro, volveré a sentirme fuerte como en mi pueblo... Diga, señor: ¿cuándo llegamos a Buenos Aires? Hacía la pregunta ávidamente; se incorporaba para mirar más allá de la borda. Al esparcir su vista por la inmensidad, esperaba encontrar en el horizonte el negro perfil de la tierra ansiada. --¿Tardaremos dos días?--siguió preguntando. --Más, un poquito más--dijo Maltrana suavemente para engañar su impaciencia. --¿Como cuántos más?--continuó con tenacidad el enfermo. Y al adivinar en las palabras evasivas de Maltrana que aún quedaban muchos días de viaje, el pobre Muiños volvió a sumirse en la desesperación... ¡Buenos Aires! Deseaba llegar cuanto antes al término del viaje, y repetía el nombre de la ciudad, como si encontrara en él un poder milagroso igual al de las antiguas palabras cabalísticas. Isidro, luego de consolarle con engañosas afirmaciones, asegurando que antes de una semana verían la tierra ansiada, retrocedió con Castillo hacia la reja de salida. --¡La esperanza!--dijo con tristeza--. Ese pobre está muy enfermo, le faltan fuerzas para tenerse en pie, y se traslada, sin embargo, de un hemisferio a otro en busca de salud y dinero. ¡Qué de ensueños van en este cascarón con todos nosotros!... --¡Y si fuese solo!--contestó Castillo--. Pero le acompañan su mujer y tres hijos. La ilusión de la salud le había hecho desarraigarse de su pueblo. Allá en Galicia no podía trabajar una semana entera sin que el esfuerzo atrajese la enfermedad. La imagen de América había pasado por su miseria como un resplandor de esperanza. En aquella tierra de fortuna, donde todos se transformaban, él sería otro hombre. Y repuesto por unos meses de descanso y holgura, a causa de haber vendido su casucho y unas vacas, Muiños entró en el buque con un aspecto engañador de hombre sano. El ambiente del mar y la vida de a bordo habían sido fatales para él: cada día transcurrido marcaba un descenso de su salud. --Lo que él cree reumatismo--añadió Castillo--es, según el médico del buque, una insuficiencia cardíaca, que empieza a complicarse con una bronquitis alarmante. ¡A saber en lo que parará! La mujer y los chicos, acostumbrados a sus enfermedades, no se fijan en él. Ella comadrea con las otras mujeres, y los muchachos juegan o aguardan con impaciencia la hora del rancho. Y el pobre Muiños, cuando se ahoga en el entrepuente, sube a la cubierta envuelto en su abrigo para tenderse al sol, y pregunta cuántos días faltan para llegar, cuando aún estamos al principio del viaje... Inútil decirle la verdad. Su ilusión, que se ha concentrado en Buenos Aires, le hace olvidar el tiempo y la distancia. Cree que le engañan cuando le dicen que aún faltan muchos días. Al avistar Tenerife preguntó con emoción si ya estábamos en Buenos Aires. Mañana, al ver de lejos las islas de Cabo Verde, volverá a creer que hemos llegado... ¡Infeliz! De todos los que vamos en el buque es el que más piensa en Buenos Aires, y bien podría ocurrir que fuese el único que no llegase a verlo. Maltrana se despidió de Castillo junto a la verja divisoria de clases, frontera inviolable que partía en dos Estados diversos el microcosmos flotante. Arriba, en la cubierta de paseo, encontró a Fernando junto a una de las ventanas del salón que daban luz a la plataforma interior, ocupada por el piano. Quiso hablarle Isidro, pero su amigo se llevó un dedo a los labios imponiendo silencio. Miró entonces por la ventana y vio a una mujer sentada al piano. Llegó a sus oídos al mismo tiempo una música en sordina y el susurro de un canto a media voz. --Es de -Tristán---murmuró quedamente Ojeda en su oído--. El lamento desesperado de Iseo. Los dos permanecieron en silencio a ambos lados de la ventana, escuchando el canto que venía del interior con lejanías de ensueño. Maltrana, menos sensible a la emoción musical, examinaba de espaldas a esta mujer, fijándose en su nuca blanca, ligeramente sombrecida como el marfil antiguo. El casco de su cabellera tenía junto a las raíces un dorado tierno, que iba coloreándose hasta tomar en la superficie el tono rojizo del cobre fregoteado. Su cuello se inclinaba hacia delante con una esbeltez anémica, una fragilidad que marcaba bajo la piel los tendones y arterias, dilatados por la tenue emisión de la voz. De pronto, la cara invisible se volvió hacia ellos, como si acabase de notar su presencia. Vieron unos ojos cuyas pupilas de color de ceniza estaban dilatadas por la sorpresa; un rostro de palidez verdosa, algo descarnado, que se coloreó instantáneamente con un acceso de rubor. Parecía asustada de que alguien pudiese oírla. Con un gesto de timidez y contrariedad cerró el instrumento, púsose de pie y marchó hacia la puerta del salón para huir de los dos importunos. Ojeda la siguió con la vista. Era alta, y su enfermiza delgadez estaba disimulada en parte por lo recio del esqueleto. Las caderas marcaban su ósea firmeza bajo una falta de dril claro. La cabellera amontonada con gracioso descuido, los zapatos blancos algo usados, la blusa modesta de confección casera, la falta total de alhajas, daban a su figura un aspecto de pobreza sufrida animosamente, de incertidumbre bohemia sobrellevada con resignación. --Usted que conoce aquí a todo el mundo--preguntó Ojeda--: ¿quién es? --Hace rato que lo sabría usted si me hubiese dejado hablar... Es la mujer del director de orquesta de la compañía de opereta: un rubio de cara granujienta, que se pasa día y noche en el café tomando -bocks- con los de su tropa. Buen colador; hay veces que los redondeles de fieltro se amontonan en su mesa como una columna... Y cuando no toma cerveza, admite -whisky- o lo que caiga. No tiene otra ocupación en el buque que empinar el codo. --Es una mujer interesante--murmuró Ojeda--. ¡Y tan tímida!... Aguardaba todas las tardes a que el salón quedase desierto. Descendían las familias a sus camarotes para dormir la siesta; otros pasajeros se acostaban en las sillas largas del paseo; sólo permanecían algunos en el jardín de invierno. Entonces, casi de puntillas, iba hacia el piano, y apenas colocaba los dedos en el teclado, parecía olvidar su timidez, aislándose del mundo exterior, con los ojos vagos y sin luz, como si su mirada se concentrase interiormente y su canto fuese un débil escape, un lejano eco de otra música de recuerdos que sonaba dentro de ella. Al verla Fernando en el piano, había sentido curiosidad por conocer su música. ¡Tal vez una romanza dulzona y sensiblera de opereta!... Y aún le duraba la sorpresa que había experimentado al escuchar las grandiosas frases del dolor de Iseo. --Debe tener una voz magnífica, ¿no lo cree usted, Isidro?... Quisiera ser su amigo... Usted debe conocerla. Maltrana se excusaba, algo contrariado de que por esta vez no le fuese posible alardear de una amistad. Apenas se había fijado en ella: ¡pchs! ¡la mujer de aquel borrachín director de orquesta!... Era algo arisca; huía de la gente; apenas se trataba con las otras damas de la compañía. Vivía para su hijo, un pequeñín de cabeza enorme, siempre agarrado de su mano. A los saludos de Maltrana respondía siempre con una inclinación de cabeza y un manifiesto deseo de huir. Además, como mujer no valía gran cosa: parecía enferma. La primera vez que se fijó en ella fue por las burlas de unas niñas elegantes que comentaban su palidez verdosa: «Ahí va esa de la opereta. Se le ha reventado la hiel y la tiene revuelta por todo el cuerpo». --Pero esto no importa, Ojeda; ya que la señora le interesa por lo del canto wagneriano, yo se la presentaré. Conozco algo al marido; hemos bebido juntos. Él se llama Hans... Hans Eichelberger, eso es; el maestro Hans. Y ella... aguarde usted, ella se llama Mina. Ahora recuerdo que el marido la llama así, y según me dijo, es un diminutivo de Guillermina. El maestro habla algo el español: ha andado por la Argentina y Chile en otras correrías musicales. Ella creo que muy poco. Avanzaron los dos amigos hacia la popa, deteniéndose en la baranda cercana al café, sobre la cubierta de los de tercera clase. Habían levantado los marineros una parte del toldo y se veía abajo el rebullir de la emigración septentrional, gentes melenudas que a pesar del calor conservaban sus abrigos de pieles. Sonaba el gangueo de un acordeón con el apresurado ritmo de la danza rusa. Una muchacha de falda corta, botas polonesas y pañuelo verde, por cuya punta asomaba una trenza de pelos rojos, daba vueltas al compás de la música. En torno de ella, un mocetón de camisa purpúrea danzaba de rodillas o se sostenía en portentoso equilibrio con las piernas casi horizontales y las posaderas junto al suelo. Los gritos y palmadas de los otros rusos acompañaban estas agilidades de loca danza gimnástica. Los judíos polacos y galitzianos, envueltos en sus hopalandas de carácter sacerdotal, contemplaban el espectáculo rascándose las barbas luengas, contrayendo los matorrales de sus cejas casi unidas. --¡Las gentes que venimos aquí!--dijo Fernando--¡Y pensar que es el nombre de una ciudad desconocida, el vago prestigio de una tierra lejana, lo que nos ha juntado a personas de tan diverso nacimiento!... --Veintiocho pueblos, según afirma don Carmelo el de la comisaría, . . . » . « - - - - ; 1 . » 2 3 . 4 . « 5 , . . . » « , 6 . . . » 7 , 8 « » . 9 10 - - - - - - ; . . . 11 . . . 12 13 14 , 15 . 16 17 - - - - - - , 18 , . ¡ 19 ! . . . ; 20 ; 21 ; , . 22 , 23 ; , , : 24 . . . ¡ ! . . . 25 26 27 , , 28 29 . 30 31 - - , , 32 , , , . . . ¡ ! 33 , 34 . 35 . , 36 37 . : 38 . . . 39 , . 40 , ; 41 ; . . . , . 42 « . . . . . . » 43 . 44 45 . 46 47 - - , , ¡ ! , 48 . « . . . . . . 49 . . . » . 50 , , 51 , . 52 . « ¡ , 53 ! . . . , . » 54 ; 55 . . . 56 . « . , , . » 57 , « » , , 58 . ¡ 59 ! . . . 60 . ; , 61 , 62 . 63 , 64 . . . 65 . 66 . 67 68 . 69 70 - - , 71 . : 72 . « ¿ ? » , 73 : « ¿ , ? ¿ 74 ? . . . » , 75 . . 76 , . 77 , 78 « » . 79 . 80 , , 81 . - - . 82 . 83 : 84 . . « , ; , . » 85 . « , , . 86 , , 87 . ¡ 88 ! ¿ ? ¿ 89 , ? . . . » . 90 91 , , 92 . 93 94 - - , . 95 . 96 . , 97 . . . . . . . 98 99 . : 100 . 101 102 - - : 103 . . . . . 104 ¡ ! 105 106 , 107 , 108 , 109 . 110 111 112 . , 113 , . 114 . , 115 116 . 117 118 , 119 , 120 - - , , , 121 , 122 . , , 123 , 124 . 125 126 127 . , 128 , , , , 129 . 130 . 131 132 133 . , 134 , 135 136 . 137 138 , 139 140 . 141 , 142 , 143 . 144 - - , , 145 . 146 147 , 148 ; , 149 . , 150 . 151 , , . 152 153 . 154 , 155 , 156 , , 157 , 158 . 159 160 , 161 162 , . , 163 , 164 - - 165 . , 166 , , , 167 , « » 168 169 . 170 , . 171 , « » , 172 , 173 . , 174 , 175 . 176 , . 177 178 - - , , 179 , . . . 180 , , 181 ; 182 ; 183 . , 184 : , 185 . , 186 , , 187 , 188 . 189 ; , 190 , ; 191 , , . , 192 , 193 , . 194 . 195 , 196 . . . , 197 , . 198 ; ¡ ! . . . 199 , 200 . , , 201 : . 202 : . 203 204 , 205 . , 206 , 207 . , 208 - - 209 - - . , 210 , 211 , 212 . 213 , 214 . , « 215 » , , , 216 , « » , 217 , 218 - - - - , 219 . 220 221 . , 222 . 223 224 - - , . . 225 ¿ ? 226 227 . , 228 . 229 . 230 231 - - - - , 232 . 233 234 - - ¡ ! - - - - . ¡ ! 235 236 , 237 , , 238 . . . , 239 , 240 . 241 242 « » . 243 . 244 , 245 : . 246 , , 247 , , , « 248 » . . . 249 250 - - , , , 251 . ¡ ! . . . 252 , , , 253 , , 254 . 255 « » « » ; 256 , , , 257 . , , 258 « » , , . . . ; 259 . 260 . « » , 261 . . . 262 « » . 263 264 , , 265 266 . , 267 . : « ¿ 268 ? » 269 . , 270 , . 271 272 - - , , , 273 , . 274 « » . . « ¿ ? » 275 , 276 . « ¡ , ; 277 « » . . . ! ¡ 278 ! . . . » ; , 279 , 280 . , , , 281 , , 282 ; 283 . : « ¿ 284 ? » , 285 . « , , 286 , . . . . » 287 : : 288 , . , , 289 . 290 , « » , 291 « » , 292 . . . ¡ 293 ! ¡ , 294 ! . . . 295 . 296 297 , . 298 299 - - - - - - . 300 ; 301 , « » ; 302 , . . . 303 , 304 . , 305 . ¡ 306 ! . . . 307 308 309 . « » « » , , 310 . 311 , , 312 , 313 , 314 . 315 , . 316 , , 317 , , 318 319 . 320 , 321 . 322 323 - - , 324 - - - - . 325 , . « 326 » , « » « » 327 . : « , 328 , 329 . . . » . ¿ 330 331 « ¡ ! » , 332 ? . . . 333 334 - - - - - - . 335 , 336 , ; 337 . 338 , . 339 ; 340 ; ; 341 342 ; 343 . 344 . . . 345 346 , . ¡ 347 ! . . . ¡ ! . . . 348 349 - - - - - - , 350 , 351 352 . . . , 353 « » , 354 . « » , 355 , 356 357 . « » 358 . ; ¿ ? 359 ¿ ? . . . , , 360 . 361 . . . , 362 . 363 364 , 365 . 366 367 . 368 , , . 369 . ¿ 370 ? 371 . 372 . . 373 374 , 375 . : 376 . ; 377 « » . 378 , 379 . 380 , 381 , . 382 , , 383 . 384 385 386 , . 387 , 388 ; 389 , . 390 , 391 . 392 393 - - « » . 394 395 . 396 397 . , 398 , . 399 400 , 401 , 402 . 403 , 404 , . 405 . 406 407 , 408 , 409 , . 410 411 , , 412 413 . 414 , , 415 416 . 417 418 419 , 420 . , 421 . , 422 . 423 424 « ¡ ! . . . ¡ ! . . . ¡ , , 425 ! . . . » « - ¡ ! - » 426 427 . 428 , 429 , 430 , 431 . - - , , , 432 , , , 433 . 434 , , 435 , , 436 . 437 , , 438 439 . 440 441 , , 442 , « 443 » . 444 445 - - , . . . ¡ ! . . . 446 ¡ ! 447 448 , , 449 : 450 451 - - ¡ ! ¡ ! 452 453 , , 454 : 455 456 - - ¡ , ! . . . ¡ ! 457 458 . 459 460 - - ¡ , ! . . . . 461 . 462 463 , 464 - - 465 , 466 , 467 . 468 469 470 : 471 . « 472 , . . . , . » 473 , « » , , 474 . ¡ ! 475 ; 476 , 477 , 478 , 479 . 480 481 ; , 482 , 483 . 484 . 485 , 486 . . . . 487 488 . , 489 , , 490 - - . 491 , , 492 , , 493 , , 494 . , 495 , . 496 497 , . 498 , . 499 500 . , 501 , 502 . 503 504 - - ¿ ? - - , 505 - - . . . . 506 - - . 507 508 - - - - , 509 - - . , . 510 511 , , 512 . 513 , , , , 514 . 515 516 - - , , 517 . , « 518 » , . 519 520 - - ¡ ! , . 521 . . . , 522 , . 523 ; , 524 ( ) : « , ¿ 525 ? » . , 526 : « ¡ , ! » . 527 , , , , 528 . , 529 , 530 , , 531 . ¡ , 532 ! . . . , 533 . 534 535 , 536 , 537 . 538 539 , : 540 « , . . . 541 » . 542 543 - - , - - - - : 544 . 545 , , , 546 , . . . , ¿ 547 , ? ¡ ! . . . , 548 . 549 550 - - , - - - - . 551 552 , 553 , : 554 555 - - ¡ , ! . . . 556 . 557 558 , , 559 . 560 561 - - ¿ . . . . . . 562 ? . . . ; . , 563 ; . 564 , , . 565 566 , . 567 568 - - ; , , 569 . . . , 570 , . 571 572 . « » , 573 , 574 . 575 , , 576 , « » . 577 578 , 579 . 580 581 - - ¿ , ? - - 582 - - . , , : 583 . , , 584 , . ¡ 585 ! . . . ¡ , ! 586 . ¿ ? ¿ 587 ? . . . , , ¡ ! 588 ¡ ! . . . ¡ ! . . . ¡ ! . . . ¡ ! 589 . 590 591 , , 592 , 593 , : 594 « - . . . - » 595 . , , 596 . 597 598 - - ¡ ! - - - - - - . , 599 . . . . 600 601 602 , 603 . , 604 , 605 . , 606 607 . 608 609 - - , - - - - . 610 . 611 612 , , 613 , , , 614 . , , 615 , 616 . , 617 , : « 618 , , 619 - - » . 620 : « 621 » . 622 623 - - , , 624 , « , 625 » . 626 627 628 , , 629 630 , 631 : « . . . » . 632 , 633 . 634 635 . 636 637 , , 638 . , 639 640 . 641 642 - - - - - - . 643 644 . 645 646 - - 647 , 648 . , , 649 , 650 , , , 651 . 652 653 ; 654 , 655 . , , 656 657 , . 658 659 - - , , . . . , 660 . . . ; 661 . 662 663 , , , 664 , - - , 665 . 666 , , 667 . 668 669 - - , , 670 . . . . , 671 , ¡ ! ¿ ? . . . , 672 : ; 673 . . . 674 : 675 . ; . ¿ 676 ? . . . 677 678 . 679 680 - - , ; 681 , 682 ; , 683 , . 684 . , , . 685 ( , 686 . ) ; . 687 . . . . , 688 , . . . - - , 689 , , , 690 . ¿ ? ¿ ? ¿ 691 ? 692 693 . ; 694 ; 695 . , 696 . , - - 697 , , 698 699 , 700 . 701 702 - - ¿ , ? - - - - . 703 . . . 704 , 705 . , ¡ ! 706 707 ; . 708 , 709 710 : « , ; , 711 » . , , 712 , , 713 . 714 , , 715 716 . ¿ , ? 717 718 . ; 719 , 720 - - . 721 722 723 , 724 . , 725 726 . 727 . 728 729 - - - - - - . . 730 731 - - 732 - - - - - - . . . . 733 ¡ ! ¡ ! 734 735 - - - - . 736 . . . . 737 738 - - - - - - , . 739 740 , , 741 , . 742 743 - - - - - - . 744 : . 745 746 - - , - - - - - - . , 747 . . . , 748 , . 749 750 , 751 . 752 , , 753 . , 754 , 755 . , , 756 , 757 , 758 . , , 759 ; 760 . 761 , . 762 763 . 764 765 766 ; 767 . 768 , 769 , 770 771 , 772 , 773 , . 774 775 - - - - 776 - - . . 777 , , 778 , ¡ ! . 779 780 , , , 781 782 ; 783 784 . , 785 , 786 , 787 788 . 789 . 790 . ¿ 791 ? . . . 792 793 - - , 794 . . 795 796 - - ¡ ! . . . ¡ , ! 797 798 , , 799 . 800 801 - - ¿ , ? - - - - . ¿ ? 802 803 . 804 , . 805 , 806 , . 807 , . 808 809 - - , . ; 810 . 811 , ¿ , ? . . . , 812 . . . . ; 813 , . . . 814 , 815 , 816 , . . . 817 , ¡ ! , ¡ 818 ! . . . 819 820 821 , : 822 823 - - , . , 824 , 825 . . . . . : 826 . , , , , , 827 828 . ¡ ! . . . 829 , . . . 830 , : ¿ ? 831 832 ; 833 . , 834 . 835 836 - - ¿ ? - - . 837 838 - - , - - 839 . 840 841 - - ¿ ? - - . 842 843 844 , 845 . . . ¡ ! 846 , , 847 . 848 849 , , 850 , 851 . 852 853 - - ¡ ! - - - - . , 854 , , , 855 . ¡ 856 ! . . . 857 858 - - ¡ ! - - - - . 859 . 860 861 . 862 863 . 864 . , 865 , . 866 , , 867 . 868 : 869 . 870 871 - - - - - - , 872 , , 873 . ¡ ! , 874 , . 875 , 876 . , , 877 , 878 , 879 . . . . , 880 , . 881 . 882 . 883 , , 884 . . . ¡ ! 885 , 886 . 887 888 , 889 890 . 891 892 , , 893 , 894 . 895 896 , 897 . 898 . 899 . 900 901 - - - - - - - - . 902 . 903 904 , 905 . 906 , , 907 , , 908 . 909 , 910 . 911 , 912 , . 913 914 , , 915 . 916 ; , 917 , . 918 . 919 , 920 . 921 922 . , 923 . 924 . 925 , , 926 , , 927 , 928 . 929 930 - - - - - - : ¿ ? 931 932 - - . . . 933 : 934 , - - 935 . ; 936 . . . , 937 - - . 938 . 939 940 - - - - - - . ¡ ! . . . 941 942 . 943 ; 944 ; 945 . , , , 946 , , 947 , , 948 , 949 . 950 951 , 952 . ¡ ! . . . 953 954 . 955 956 - - , ¿ , ? . . . 957 . . . . 958 959 , 960 . : ¡ ! 961 ¡ ! . . . ; 962 ; . 963 , , 964 . 965 . , 966 : . 967 : « 968 . 969 » . 970 971 - - , ; 972 , . ; 973 . . . . , ; 974 . . . . , . 975 , , . 976 : 977 . . 978 979 , 980 , . 981 982 , 983 . 984 . , 985 , 986 , . , 987 988 989 . 990 . , 991 , 992 , 993 . 994 995 - - ¡ ! - - - - ¡ 996 , 997 , ! . . . 998 999 - - , , 1000