Al ver a su amigo, mostró Isidro cierta turbación, se cortó su
verbosidad, lo mismo que si acabara de sorprenderle en algo vergonzoso.
Ella, por el contrario, miró a Ojeda con expresión de reto, añadiendo en
voz fuerte:
--Continúe usted, Isidro. Eso que dice es muy lindo, muy interesante.
Y acompañó sus palabras con un gesto exagerado de voluptuosidad y
abandono, indicando el gran placer que le causaban las palabras del
héroe.
Fernando siguió adelante, con más asombro que despecho por esta
revelación... ¡Maltrana también! Había bastado que las gentes lo
celebraran por una hora, para que aquella muchacha fuese en su busca a
impulsos del insaciable y veleidoso deseo. El discurso de la fiesta y la
aventura del tiro hacían de él un hombre interesante, un héroe
apetecible, y allí estaba Nélida junto a él, con los ojos húmedos, una
sonrisa de adoración y la lengua paseándose ávida sobre el rosa de los
labios. Isidro iba a ser el heredero de todos.
Para evitarse las miradas de ella y su sonrisa vengativa, no quiso pasar
otra vez por este rincón de la cubierta. Abajo, en la explanada de proa,
sonaba una música pastoril, y por los intersticios del toldaje veíanse
saltar las cabezas de varias personas con el ritmo de la danza.
Le había hablado Isidro algunas veces de los bailes de los árabes
instalados en esta parte del buque, y no sabiendo adónde ir, quiso
presenciarlos, bajando a la explanada. Aglomerábase la muchedumbre,
dejando un reducido espacio a los danzarines. La llegada a América
después del aislamiento en medio del mar había difundido una gran
alegría en el rebaño ansioso de esperanza. Se aproximaban al término del
viaje. ¡Buenos Aires!... Ya estaban casi tocándola. Cuatro ranchos y
cuatro sueños los separaban nada más de la ciudad-ilusión. Iban a llegar
más pronto de lo que deseaban: cuando ya se habían familiarizado con la
vida del Océano y su prisa era menos apremiante.
Un sirio, erguido sobre un rollo de cables, tañía una triple flauta
fabricada con cañas, y al son del gangueo bucólico movíanse sus
compatriotas. Eran hombres morenos, de luengos bigotes: corpulentos
unos, hinchados de grasa, con la obesidad amarillenta y blanducha de los
orientales; enjutos otros, angulosos, alargados y sueltos de miembros,
lo mismo que los caballos de carrera. En recuerdo de la patria lejana,
habíanse ceñido pañuelos a guisa de turbantes alrededor de sus
purpúreos gorros, y otros más vistosos como fajas en torno a los
riñones. Danzaban puestos en fila, con grandes contoneos de caderas y
vientres. Sus hembras manteníanse aparte, como hijas de un pueblo en el
que la mujer vive aislada, sin participación en los regocijos públicos.
A la cabeza de la fila, dirigiendo las evoluciones de la danza y
acompañándola con patadas y gritos, destacábase un joven altísimo y
enjuto de carnes, con nariz aguileña, fino bigote y ojos ardientes. Se
cubría con un caftán sucio y magnífico de seda roja bordada de oro.
Estos bordados habían tomado con los años un empañamiento verdoso. La
seda, deshilachada en los sitios de mayor roce, dejaba escapar las
vedijas de algodón de su acolchado. Pero a pesar de esta ruina y de los
pantalones y botines de obrero europeo que dejaba ver por debajo de la
vestidura oriental, el árabe de Siria ofrecía un hermoso aspecto.
Ojeda lo reconoció: era el Emir. Varias veces, al hablarle Isidro de las
danzas de los árabes, había mencionado a este joven, alabando su postura
de caballero del desierto, que hacía recordar a los héroes de las
Orientales cantados por el romanticismo.
El imaginativo Maltrana no había vacilado en darle un nombre y una
dignidad. Era, según él, un emir en desgracia. Como lo incluía en el
número de sus «queridos amigos», estaba bien enterado de que marchaba
por segunda vez a Buenos Aires, donde ejercía pequeñas industrias. Pero
esta vulgar realidad desechábala Isidro, por no estar de acuerdo con los
deseos de su imaginación, y el joven árabe era un emir, según él, y
todos sus compañeros, con mujeres e hijos, fieles súbditos que seguían a
su príncipe en el destierro.
A la cabeza de la fila formada por sus vasallos, el Emir balanceábase
sobre las caderas, levantaba un pie y lanzaba relinchos bajo la mirada
protectora de la -señá- Eufrasia, que, subida en un caramanchel,
presidía la fiesta con toda la majestad de su busto corpulento. Al
reparar la buena mujer en Ojeda, se atrevió a sonreírle. Sabía que era
español por haberle visto algunas veces con don Isidro.
--¿Ha visto usted, señor, qué moritos graciosos? Y ahí donde usted los
ve, con esas caras tan feotas, son unos infelices: más buenos que el
pan. Los mejores de todos.
Su marido, el hombre del sombrerón y la faja abultada, se aproximó al
escuchar estas palabras. Se adivinaba qué iba a decir, como de
costumbre, ansioso de fingida autoridad: «Calla, Ufrasia, y no molestes
a este caballero. Las mujeres no sabís na de na». Pero no pudo decirlo.
El flautista lanzó unas notas en falso y calló después, como si se le
hubiese atrancado algo en la garganta. Los bailarines quedaron
inmóviles, agarrados del talle, una pierna en alto, mirando hacia el
castillo central con ojos súbitamente congestionados.
Fernando miró también, influenciado por este silencio, y vio a Maltrana
que acababa de descender por una escalerilla de hierro. En mitad de la
escalera estaba Nélida mirando a la muchedumbre extendida a sus pies,
orgullosa de la emoción que despertaba su presencia. La falda corta y
estrecha se había subido impúdicamente con el movimiento de descenso,
dejando a la vista una pantorrilla larga, de curva armoniosa, enfundada
en una media de seda gris con rayas caladas. En la parte más alta, entre
la media y el pantalón, mostrábase un pedazo circular de carne desnuda,
blanca y ligeramente sonrosada como el nácar húmedo.
Adivinó ella la causa de esta turbación colectiva, de este silencio
repentino, pero quiso prolongar la situación con una coquetería cruel,
sonriendo ante el popular homenaje. A Ojeda le pareció oír mentalmente
un alarido general, un relincho inmenso que subía hasta el cielo; y no
lo lanzaban las bocas, repentinamente secas: partía de los ojos
extraviados, de las ropas estremecidas, de las narices palpitantes. La
miraban lo mismo que los pueblos primitivos debieron mirar la primera
revelación celeste.
Maltrana, al pie de la escalera, torció el gesto e hizo señas, con el
enfado de un propietario futuro que ve prodigado sus bienes. Ella, al
fin, quiso fijarse en sus extremidades, y sin emoción alguna arregló el
desorden de la falda, borrándose la divina aparición como la luna entre
nubes.
Sólo entonces volvió la flauta a lanzar sus pastoriles gorjeos y los
danzarines reanudaron sus evoluciones. Por toda la explanada circuló
inmediatamente una noticia, con la prontitud colectiva de las
muchedumbres para inventar y aceptar embustes. Era don Isidro con su
novia: una novia millonaria. Se iban a casar apenas llegasen a Buenos
Aires.
La -señá- Eufrasia se aproximó a ellos con gesto admirativo: «¡Ah, don
Isidro! ¡Y qué bien ha sabido usted escoger! Los hombres de talento
tienen magnífico ojo para estas cosas. ¡Que sea para bien! ¡Que dure
muchos años!...». Y las otras mujeres, árabes, italianas, españolas, se
agrupaban en torno de Nélida, admirando su hermosura, sorbiendo el aire
cual si quisieran apropiarse algo de su perfume, empujándose para sentir
el roce de sus miembros, conmovidas aún, a pesar de la identidad de
sexos, por lo que habían visto aparecer en mitad de la escalera. Sentían
cierto orgullo al estar próximas a una de aquellas señoritas que sólo
habían visto de lejos, asomadas a los balconajes del castillo central.
La gente joven que Maltrana había encontrado algunas veces junto a la
verja que cerraba el paso a los camarotes, espiando las idas y venidas
de camareras y criadas, manteníase a cierta distancia, contemplando a
Nélida con una admiración casi homicida. La devoraban todos con los
ojos. Parecía que de un momento a otro iban a caer sobre ella,
despedazándola.
Odiaban de pronto a don Isidro, admirándolo más que antes. Nunca les
había parecido tan grandioso. ¡Ah, los ricos! Tenían la plata, tenían
las comodidades, y además se llevaban las mejores mozas. A impulsos de
la envidia hacían comparaciones, pasando su mirada de la fresca Nélida a
las pobres hembras despechugadas, sucias y curtidas por el sol. Una
porquería todas ellas. ¡Ah, miseria!...
El Emir se había despegado de sus compañeros para ejecutar un solo de
danza. Acompañado por la flauta y agitando entre ambas manos un pañuelo
rojo, bailó frente a Nélida, como si la dedicase todos sus gestos y
contorsiones. Movía las caderas con femenil vaivén, lo mismo que las
almeas, provocando grandes risas por sus estremecimientos lascivos. Las
nobles facciones del príncipe del desierto caído en la desgracia se
borraban bajo el temblor de unos gestos simiescos. Sus negras pupilas
parecían arder con un fuego azulado, mientras las córneas se estriaban
de sangre. Miró a Nélida con una fijeza desconcertante; pero ella, en
vez de mostrar turbación, avanzaba el rostro y abría la fresca boca
riendo con todo el esplendor de sus dientes, como si se burlase de las
angustias del pobre Emir. Pero su imparcialidad de muchacha experta en
la apreciación y descubrimiento de los méritos varoniles, por ocultos
que estuviesen, hizo justicia al árabe.
--¡Qué lindo!--dijo volviéndose a Maltrana, mientras el otro seguía
bailando--. ¡Qué hermoso pedazo de hombre!... Lástima que esté aquí.
Ojeda, que permanecía cerca de ellos, pensó que era una suerte para su
amigo que los reglamentos del buque no permitiesen al Emir dar un paso
fuera de la proa. De poder abandonar a la masa emigrante para ocultarse
en los recovecos del castillo central, el infortunio de Maltrana era
seguro.
Cuando el árabe cesó de bailar, jadeante y sudoroso, ella avanzó por la
explanada con el aire de una princesa que visita a sus vasallos. Se
reflejaba en su persona la popularidad de Isidro, y éste, por su arte,
extremaba las sonrisas, las palmadas cariñosas, las palabras de falso
afecto, lo mismo que un buen rey que desea mostrarse estrechamente unido
con su pueblo.
Nélida miró varias veces a Fernando gozosa de que presenciase su
triunfo. A su lado jamás había recibido tales homenajes. Sólo guardaba
para ella contradicciones y negativas. Era más buen mozo que Maltrana:
conforme; pero no era un héroe.
Como el baile había terminado, Fernando se volvió al castillo central.
Quiso dejar a Nélida gozando de su gloria, acogiendo serena como un
ídolo la curiosidad de las mujeres y el deseo vehemente de muchos
hombres, que la seguían con pasos de tigre. Tenían el mismo gesto de los
antiguos corsarios berberiscos rondando sobre la cubierta de la galera
en torno de una beldad recién conquistada. De estar solos habrían tirado
de la muchacha todos a la vez, descuartizándola para hacerla suya.
Maltrana, separado de Nélida por unos instantes, hablaba con Juan
Castillo y don Carmelo. Venía éste de la enfermería de ver a Pachín
Muiños, el emigrante que preguntaba a todas horas cuándo llegaba el
buque a Buenos Aires.
--Hombre perdido--dijo el de la comisaría--. El médico lo ha
desahuciado; pero él sigue entre la vida y la muerte, y cuando habla, es
para preguntar siempre lo mismo: «¡Buenos Aires!... ¿Cuándo llegamos a
Buenos Aires?».
Por la mañana, en la bahía de Río Janeiro, habían tenido que hacer
esfuerzos los enfermeros para sostenerle en la cama. Quiso huir apenas
notó la inmovilidad del buque. ¡Ya habían llegado a Buenos Aires! Le
engañaban; querían mantenerle en aquel encierro so pretexto de su salud.
Y el panorama de la vecina ciudad entrevisto por un tragaluz al
incorporarse en el lecho, había servido para aumentar su desesperación.
Aún había sido ésta más grande al ponerse el buque en marcha. Se creía
de regreso a su tierra, después de haber estado junto a la
ciudad-esperanza, donde le aguardaban la salud y la riqueza.
--El pobrecito está en pleno delirio--continuó don Carmelo--. En vano le
dicen que vamos a Buenos Aires y que llegaremos pronto. Cree que
volvemos a su país; y si al fin duda, pide que lo llamen a usted, señor
Maltrana. «Que venga don Isidro. Él lo sabe todo: él me dirá la
verdad...» Podía usted verle. Su presencia le serviría de consuelo.
Pero Maltrana hizo un gesto evasivo. Tal vez más tarde lo visitase.
Ahora tenía mucho que hacer: no podía dejar sola a esta señorita.
Don Carmelo, acordándose de las obligaciones de su empleo, se lamentó
de la presencia de Muiños en el buque. Llevaba realizados varios viajes
sin que ocurriese una defunción a bordo. Examinaban a las gentes antes
de admitirlas, pero este hombre los había engañado con su aspecto de
salud en el momento del embarque... La muerte es triste en todos los
lugares, pero aún más en el mar... ¡Lo que él había visto!
Recordó un viaje que había hecho a Buenos Aires en otro buque
conduciendo una gran masa de emigrantes del Norte de Europa. A los pocos
días se declaraba una epidemia entre las gentes de tercera clase.
--Todas las noches echábamos al mar dos o tres. Nuestra preocupación era
que no se enterasen los pasajeros de primera. Jamás he visto un viaje
con tantas fiestas. Casi todos los días banquete extraordinario; por las
noches veladas musicales, bailes. Y mientras tocaba la música arriba y
bailaba la gente, nosotros metiendo a los muertos en cajones, echándolos
al mar y conservando a las familias en los sollados para que no
escandalizaran con sus gritos. Cuando llegamos al término del viaje, la
mayor parte de los pasajeros de primera ignoraban lo ocurrido, y
protestaron al ver que los sometían a cuarentena. Treinta y ocho
cadáveres al agua mientras ellos bailaban... ¡Qué cosa el mar,
caballeros! ¡Qué secretos los suyos!
Resignado de antemano a toda clase de emociones, hablaba tranquilamente
del próximo fin de este compatriota. Podía haberse muerto la noche
anterior, y lo habrían enterrado en Río Janeiro. Podía morirse tres días
después, y le darían sepultura en Montevideo o Buenos Aires. Pero
indudablemente iba a fallecer durante la travesía, tal vez en la misma
noche, y lo echarían al agua. Había que desembarazarse prontamente de
estos fardos, que únicamente sirven para entristecer a los demás. En los
buques sólo pueden tolerarse los cadáveres de los ricos, porque van
convenientemente embalsamados y sus herederos pagan bien. El carpintero
de a bordo estaba haciendo en aquellos momentos el cajón para Pachín
Muiños. El mismo don Carmelo acababa de comunicarle la orden.
Isidro no escuchó más. Nélida le hacía señas para marcharse. En medio de
su entusiasmo por la popular recepción, experimentó la joven un
sentimiento de menosprecio y asco hacia aquellas gentes. Las vio de
pronto como si acabaran de rasgarse unos velos sonrosados interpuestos
entre ellas y sus ojos. Los hombres le parecieron sucios y de una avidez
amenazante. Las mujeres, con una humildad bestial o francamente
envidiosas, eran inferiores a las domésticas que la servían. Creyó
percibir más abajo de su espalda roces insolentes, tocamientos de
atrevida curiosidad, disimulados por la aglomeración. Hasta se imaginó
sentir en los más recónditos secretos de su cuerpo un hormigueo de
sanguinarios invasores, ansiosos de hartarse de carne nueva y rica, que
tal vez acababan de abandonar el pellejo de aquellas comadres.
--Vámonos--dijo con angustia y miedo.
Y trepó por la escalera, sin importarle esta vez la delectación que
proporcionaba a una gran parte del público con el divino espectáculo de
sus faldas recogidas.
A media tarde empezó a acentuarse el movimiento del buque. El cabeceo
suave de proa a popa, al que se habían acostumbrado todos y que pasaba
inadvertido, como un movimiento necesario para la vida igual al de la
respiración, se hizo por instantes más violento. El sol descendente
estaba velado por una barrera de vapores; la luz era grisácea, lo mismo
que la de una tarde invernal; el mar, azul obscuro, se plegaba en largas
ondulaciones. Una brisa fresca y violenta, que parecía anunciar la
tempestad, hizo correr a los grumetes para recoger los toldos y subir
los gruesos cristales del balconaje de proa, dejando abrigada esta parte
del paseo.
Las olas, de larga pendiente, silenciosas, dormidas, uniformes, sin el
más leve penacho blanco, no eran de gran altura, sin embargo el
trasatlántico saltaba al encontrarse con ellas, elevándose a ambos lados
de su proa dos surtidores de espuma. Veíase desde la mitad del paseo
cómo se remontaba la popa cual si fuese a volar, hundiéndose después con
una rapidez que angustiaba a muchos, produciendo en su diafragma una
sensación de vacío.
Corrían las gentes al balconaje para presenciar detrás de los cristales
los asaltos del mar en cólera, un espectáculo extraordinario después de
tantos días de bonanza.
Maltrana, invisible hasta entonces, apareció por breves momentos al lado
de Ojeda.
--Vamos a tener tormenta--dijo frotándose las manos con una expresión de
contento--. Esto no podía continuar; tanta calma era para aburrir a
cualquiera. Un viaje sin borrasca es deshonroso. Luego, al bajar a
tierra, no habríamos tenido nada que decir. Es como si un autor
escribiese una novela marítima, olvidándose de colocar en ella la
obligada descripción de una tempestad.
Pero Ojeda movió la cabeza negativamente. No había tal tempestad: un
poco de movimiento al pasar el golfo de Santa Catalina; un simple
incidente de viaje.
A pesar de las promesas de seguridad y las sonrisas de los oficiales
del buque, muchos pasajeros contemplaban con un gesto de indignación el
Océano, lo mismo que si se quejasen de la infidelidad de un amigo.
Cuando todos vivían olvidados del mar, éste se hacía presente con una
cólera insólita. Y las miradas dolorosas, los gestos de desagrado,
parecían decir con un silencio de protesta: «Esto no es lo convenido».
Los niños se aglomeraban en el balconaje subidos en sillas y bancos para
ver la llegada de las olas. La superficie triangular del castillo de
proa subía y bajaba al tropezarse con las arrugas azules e inmensas que
venían a su encuentro. Descendía como si se la tragase el abismo, y
luego disparábase hacia lo alto lo mismo que un animal que se encabrita,
temblando sus flancos con el choque de las fuerzas ocultas. Dos montañas
de espuma rematadas por sutiles cresterías asaltaban la proa,
esparciendo una nube de polvo líquido. La espuma, al caer sobre la
cubierta, convertíase en agua, corriendo en ondulante lámina por las
pendientes del entarimado y escurriéndose luego por las canaletas. Estas
rociadas incesantes llegaban hasta el balconaje, empañando los vidrios
con el goteo de sus lágrimas.
Brillaba como metal la madera del combés y del castillo de proa bajo la
continua inundación. Los emigrantes estaban ocultos en los sollados. De
vez en cuando, un marinero con impermeable amarillo y casco encerado
atravesaba el combés por alguna necesidad del servicio, recibiendo
impasible las fuertes salpicaduras del Océano, hundiendo sus botas altas
en el río salado que cada ola hacía rodar de una banda a otra del buque.
Mezclado Ojeda con las gentes que presenciaban este espectáculo, fijó
más su atención en las explosiones de la alegría infantil que en los
asaltos del mar. Los niños se agitaban alborotando a la llegada de las
olas. «¡Otra!... ¡otra!», gritaban con trémula alegría al ver
desarrollarse ante la proa una nueva colina azul. Quedaban en suspenso,
conteniendo la respiración, los ojos súbitamente agrandados. Sobrevenía
el golpe, encabritábase la proa, remontábanse en el espacio los dos
fantasmas de espuma para desplomarse en cascadas, y un «¡ah!» de
satisfacción descongestionaba los pechos. A veces, si el choque era
mayor, la punta del -Goethe-, en gallarda rebeldía, alzábase por encima
de las olas, sin que éstas llegasen a invadirla. La gente menuda
pataleaba entonces de entusiasmo, prorrumpía en aclamaciones y saludaba
la valentía del buque con una salva de aplausos. Algunas personas
mayores contemplaban este regocijo con ojos lastimeros. «Ciega
inocencia, desconocedora del peligro... ¡Siempre que aquella marejada no
fuese en aumento!...» Muchos pasajeros no se atrevían a moverse de sus
sillones y permanecían con la frente en una mano, pálidos, los ojos
cerrados, cual si les hubiese acometido de pronto el sueño.
Pasando de un ventanal a otro para ver mejor la llegada de las olas,
Ojeda se encontró al lado de Mina. La rubia cabeza de Karl, que se
agitaba con sonoras risas a cada golpe de mar, le hizo fijarse en la
mujer que estaba detrás sosteniéndolo entre sus brazos. Como si le
avisase el magnetismo de una mirada fija en sus espaldas, la madre
volvió la cabeza, palideciendo al reconocer a Fernando. Era la primera
vez que se encontraban juntos después del paso de la línea. Se adivinó
en su nerviosa inquietud un deseo de huir, de restablecer la
indiferencia que los había mantenido apartados.
Intentó hablar Ojeda. Pasó una mano acariciante por la sedosa cabeza de
Karl, pero apenas si éste se volvió a mirarle, ocupado como estaba en la
contemplación del mar. Igual suerte tuvieron sus palabras a Mina. Ella
sólo contestó con leves movimientos de cabeza, con forzados monosílabos,
mientras su palidez iba tomando un ligero tinte de rubor. No ocultaba su
vehemente deseo de huir. Parecía tener miedo, no de Fernando, sino de
ella misma. Y prometiendo a su hijo que desde otro sitio vería mejor la
llegada de las olas, lo puso en el suelo y le tomó una mano, alejándose
después. «Buenas tardes, señora.»
Quedó desconcertado por esta fuga y experimentó al mismo tiempo cierta
satisfacción. Ella no le había mirado con odio al marcharse. Sus ojos
más bien eran de tristeza. Tenía miedo al recuerdo. Había sentido, al
verle, la nostalgia del pasado, la melancolía de las antiguas ilusiones.
Paladeó Ojeda la amargura de los poderosos en desgracia, que miden con
orgullo toda la grandeza de su caída. Días antes podía considerar como
suyas tres mujeres en aquel mundo flotante. Se habían sucedido junto a
él proporcionándole la dulce ilusión más o menos verídica que acompaña
el amor. Ahora se veía solo, completamente solo en este buque, que
también parecía envejecer al llegar a la última parte de su viaje,
encabritándose en mares obscuros y violentos después de haberse
deslizado sobre azules y luminosas extensiones impregnadas de sol... La
novela trasatlántica de Ojeda llegaba a su fin. Debía decir adiós a las
ilusiones y refugiarse en la fidelidad de sus recuerdos, lamentablemente
olvidados durante el viaje.
Este propósito de renunciación alegraba su conciencia, pero molestaba al
mismo tiempo su orgullo de hombre, estableciendo en su interior una
violenta dualidad. Le era muy dolorosa la indiferencia de las mujeres
después de haberlas tenido a su merced, sumisas y adorantes. Y le dolía
igualmente, a pesar de su afecto amistoso, que fuese un Maltrana el
heredero de su buena suerte, el que iba a escribir con gestos de héroe
el epílogo de una de sus novelas vividas.
Su vanidad se rebelaba contra este final. En buena hora si él hubiese
roto con Nélida después de una escena dramática. Pero habían ocurrido
las cosas de un modo tan confuso e ilógico, que no sabía Fernando
ciertamente si era él quien había repelido a la joven o ella la que le
había abandonado a impulsos de un nuevo deseo.
Pasó el resto de la tarde hablando con unos brasileños que iban a
transbordar en Montevideo, siguiendo ríos arriba hasta el interior de su
país. Le distrajo como un libro de aventuras la conversación con
aquellos hombres enjutos, huesosos, de una palidez enfermiza, cuya
mirada parecía tener fulgores de fiebre. Eran ingenieros y altos
empleados de ferrocarriles en construcción. Estas líneas audaces iban
partiendo el silencio centenario de inmensas selvas que permanecían
inexploradas desde el primer empuje del descubrimiento.
Habían de luchar con la maraña de la vegetación, la inmensidad del
pantano, la ponzoña de insectos y reptiles y la maldad de los hombres.
Con el revólver al cinto presidían el trabajo de centenares de peones de
todas razas y nacionalidades. Habían de vivir siempre en guardia contra
las asechanzas del blanco, el más maligno de los bípedos, terrible
residuo de todas las aventuras y desesperaciones de Europa. El combate
con el microbio era también un gran peligro en esta guerra por la
civilización de la tierra virgen. Bien lo indicaba el aspecto de
aquellos hombres, decrépitos en plena juventud, heridos para siempre por
la frígida estocada de la fiebre. Y ellos, desconociendo sus propios
males, hablaban con horror de las dolencias que asaltaban a los hombres
en la penumbra de la selva al remover el humus secular y las
vegetaciones dormidas: grandes abscesos de la piel que acababan por
rebullir lo mismo que un hormiguero, avivándose la carne en gusanos;
emponzoñamientos de la sangre que mataban en breve tiempo a un hercúleo
jayán; rápidas consunciones, devoradoras de grasas y de músculos, que
sólo respetaban el esqueleto, dejándolo flotante dentro de la piel, cual
si esta fuese un traje demasiado grande. Perecían a docenas los hombres
junto a los rieles. La conquista de una laguna o de un bosque por las
cintas de acero era tan mortífera como la toma de un reducto artillado.
A la caída de la tarde vio Ojeda pasar a don Carmelo mirando a todos
lados. Iba por el buque en busca de Maltrana sin poder encontrarlo.
--Ese pobre se muere--dijo en voz baja--. Está en las últimas. Tal vez
no exista en estos momentos. Y el infeliz llama a don Isidro; quiere
verlo para saber si realmente vamos a Buenos Aires. Una manía de
moribundo... Yo he pensado que nada cuesta darle esta satisfacción, y
voy en busca de Maltrana hace media hora. Es extraño que no lo
encuentre. ¿Sabe usted dónde está?
Ojeda hizo una señal negativa... Y sin embargo, de querer él, lo hubiese
podido encontrar en dos minutos. Nélida e Isidro habían desaparecido
desde media tarde.
Al anochecer, cuando acababa de sonar el toque preparatorio de la
comida, volvió a encontrarse con don Carmelo.
--Se acabó. El pobrecillo ha muerto. Voy a ver al carpintero para que lo
tenga todo listo. Esta noche... ¡al agua!... ¡Pobre galleguito!
Maltrana se presentó en el comedor cuando los camareros servían el
segundo plato. Tomó asiento junto a su amigo con cierta timidez, a pesar
de la satisfacción y el contento de sí mismo que respiraba su persona.
Fernando notó algo extraordinario en su aspecto. Lucía una flor en la
solapa del -smoking-. De su cabeza surgía un perfume fuerte. Adivinábase
que había hecho gastos extraordinarios en la peluquería. Emanaba de toda
su persona un manifiesto deseo de embellecerse, de hacer olvidar el
Maltrana de antes.
Apartó los ojos de los de su amigo, temiendo ver en éstos una expresión
de reproche.
--El enfermo de que me habló usted muchas veces ha muerto hace poco
rato.
«¡Ah!...» La exclamación de Isidro revelaba indiferencia. ¿Qué iba a
remediar con su dolor? Él tenía cosas más importantes en qué pensar.
--Ha muerto llamándole--continuó Ojeda--. El pobre necesitaba consuelo y
quería verle. Pero don Carmelo lo ha buscado a usted inútilmente por
todo el buque.
Otra vez lanzó Maltrana la misma exclamación incolora. Y huyendo los
ojos, hizo un gesto evasivo. Él tenía mucho que hacer: había estado en
su camarote hablando con Martorell del futuro Banco... Y no dijo más,
como si temiera que Fernando le acusase de mentiroso por haber visto al
catalán en algún otro sitio durante la tarde.
Acabaron de comer los dos silenciosamente. En vano pretendió Maltrana
animar la conversación con sus palabras; su amigo se mostraba impasible.
Él también estaba preocupado, mirando a cada instante hacia la mesa
donde tomaba asiento el señor Kasper con su familia.
Había amainado el oleaje después de cerrar la noche. Unas ondulaciones
largas e irregulares conmovían el buque de tarde en tarde, pero la proa
las saltaba con facilidad.
En el comedor era menos numerosa la concurrencia. Muchos habían tomado
su alimento sobre cubierta, temiendo marearse en el encierro de abajo.
Luego de comer, la tranquilidad del mar serenó los ánimos y las
digestiones, restableciéndose cierta alegría en el jardín de invierno.
Unas pasajeras de Río tecleaban en el piano del salón y buscaban
romanzas en los montones de partituras, ganosas de lucir sus habilidades
ante las gentes que venían de Europa. Algunos jóvenes hablaban de
improvisar un concierto, una fiesta íntima. El cielo se había aclarado;
lucían las estrellas entre harapos de nubes en fuga; las rugosidades del
Océano eran cada vez menos sensibles. Todos sentían un deseo de
exteriorizar el regocijo de la calma.
Ojeda tomó su café solo. Isidro, que acababa de sentarse junto a él,
huyó al ver asomar una cabeza sonriente en la ventana inmediata. ¡Lo
mismo que él! La vida en este buque era semejante a las vueltas de una
rueda.
Cuando salió a la cubierta, se detuvo en aquel lugar que en momentos de
alegría había llamado «el rincón de los besos». A través de los vidrios
del balconaje miró la proa, que oscilaba sobre el mar obscuro. Entre
ella y el castillo central reflejábanse las luces eléctricas en el piso
del combés, brillante aún por las rociadas de las olas. A aquella hora
estaba desierto: la muchedumbre emigrante se aglomeraba en los sollados.
Vio Fernando en el rojo cuadro de una puerta del castillo de proa
agitarse varias siluetas con furiosos manoteos; le pareció escuchar muy
lejos voces dolorosas, un ruido de disputa. La curiosidad y el deseo de
entretenerse con algo le impulsaron a descender hasta el combés. Volvió
a oír allí los lamentos: unos ayes histéricos de mujer llorosa, alaridos
de muchachos, semejantes al aullar de perrillos abandonados. La familia
de Pachín gritaba frente a la puerta de la enfermería, defendida por un
marinero impasible.
Fernando vio a la mujer con los ojos rojizos de lágrimas y el pelo en
desorden; vio a los hijos que gritaban, pero con los ojos en seco,
haciendo coro a su madre. No sabían nada, pero el instinto les había
avisado de repente la proximidad de la desgracia; el mismo instinto
simple y misterioso que hace aullar a las bestias domésticas, como si
oliesen la presencia de la muerte.
Querían entrar en la enfermería para ver a Pachín y tranquilizarse.
Acogían con incredulidad las palabras de un camarero español que,
obedeciendo la consigna, les juraba por su salud que el enfermo estaba
mejor. Chocaban sin éxito contra el marinerote rubio que obstruía la
puerta con su rudeza de roca. El médico había prohibido la entrada y era
inútil insistir.
Un nuevo personaje se mezcló en esta escena violenta. Era el señor
Antonio el -Morenito-, apiadado de los lamentos de aquellas gentes y
furioso de la dureza de los alemanes.
--¡Por vía e Dió! Esto es pior que la Inquisisión... Y esto quien lo
arregla e un servior, aunque er buque se vaya a pique.
Con la magnanimidad de un caballero andante protector de la viuda y el
huérfano, tomaba bajo el amparo de su brazo a esta mujer llorosa y sus
pequeños aulladores.
--¿Qué queréis ustedes? ¿Ver ar enfermo?... Pues lo veréis, aunque tenga
que echarle las tripas ajuera a ese rubio fachendoso que está en la
puerta.
Prorrumpía en insultos y amenazas contra el marinero, que no podía
entenderle. Hablaba con vagas alusiones de la temible navaja, cuyo
escondrijo nadie lograba encontrar. Iba a salir a luz de un momento a
otro.
--Y si la saco, se acaba too... ¡too!
Sintió una mano en un hombro y volvió la cabeza. Era don Carmelo el de
la comisaría: el hombre que le inspiraba más respeto en el buque; todo
un caballero, y además paisano.
--Tú, -Morenito-, ya has acabado de armar escándalo, porque lo digo yo,
¡ea! Te vas abajo a dormir en seguía, o te hago bajar de dos patás.
El bravo se encogió. Únicamente de su padre y de aquel señor aguantaba
verse tratado así. Pero don Carmelo era un ángel, se portaba bien con
los pobres, y él sabía distinguir a las personas buenas, obedeciéndolas.
A pesar de esta sumisión, aún masculló protestas.
--¡Mardita sea! Pero lo que yo digo: ¡si esto es pior que la
Inquisisión! ¡Si esta pobre mujer quié ver a su marío!
Don Carmelo intentó disuadir a la familia. Al día siguiente verían al
enfermo... si es que estaba mejor. Por el momento era imposible. Les
infundió tranquilidad y confianza, acostumbrado como estaba al trato de
la muchedumbre emigrante. Y el -Morenito-, pasándose al lado suyo con
un repentino cambio de humor, repetía todas sus palabras, apoyándolas
con la autoridad de su braveza. Lo que dijese aquel caballero, paisano
suyo, era la verdad. No más llantos ni alborotos; el enfermo estaba
mejor, ya que don Carmelo lo afirmaba. Debían irse abajo a dormir.
Al desaparecer todos por la escalera del sollado, el de la comisaría
habló a Ojeda en voz baja. Una hora después, cuando los emigrantes
estuviesen encerrados, vendría el carpintero para meter el cadáver en el
cajón. No había que esperar, como otras veces, las horas reglamentarias.
Cuanto más pronto saliesen de esto, sería mejor.
--El pobresillo está negro como un carbón. ¡Da lástima verle!... A las
once, ¡al agua! Si usté quiere presensiá esa cosa...
Al volver juntos hacia el castillo central, don Carmelo quedó un
instante en suspenso, como si se le ocurriese una idea. ¿Por qué no
llamaban a don José, aquel cura español? En los otros viajes, cuando
había que echar al agua un muerto, el comandante o el primer oficial
suplía la falta de sacerdote. Recitaba una plegaria en alemán, con la
gorra en la mano, ante el pesado féretro, y después la orden de
costumbre «Désele cristiana sepultura.» Y el cajón caía al mar. Pero en
este viaje podían disponer de un clérigo, y el muerto era católico.
Ojeda debía decir algo a don José para que asistiese a la fúnebre
ceremonia. Y aquél aceptó, yendo en busca del cura.
Estaba ya en su camarote preparándose para dormir, pero al saber lo que
deseaban de él, se enfundó de nuevo en la sotana. Era un bracero de la
Iglesia, siempre dispuesto al trabajo. De sermones, poca cosa; de
problemas teológicos, menos; pero para confesar ocho horas seguidas y
ayudar a un cristiano a bien morir, allí estaba él, insensible al
cansancio, sin miedo a los contagios de la enfermedad, habituado a la
agonía humana con un coraje profesional.
Quiso ir derechamente a la enfermería para recitar junto al cadáver
todas las oraciones del caso que tenía en sus libros. ¿Por qué no le
habían llamado antes, cuando aquel pobre vivía aún?... Fernando tuvo que
contener su celo. No debían bajar hasta el último momento. Los del buque
querían mantener el suceso en secreto. No convenía llamar la atención de
los emigrantes.
Sentáronse los dos en el paseo, junto a las ventanas del salón. Había
empezado en éste la improvisada fiesta. El piano sonaba incesantemente.
Al principio del viaje nadie sabía tocar: el miedo al ridículo, la falta
de trato, hacían fingir a todos una absoluta ignorancia musical. Ahora
todos se mostraban ansiosos de lucir sus habilidades, y apenas se
retiraban del teclado unas manos, caían otras sobre él vigorizadas por
el descanso. Voces femeniles entonaban romanzas sentimentales en
italiano, cancioncillas picarescas en francés y jotas de zarzuela
española.
El buen don José sintió despertar en su pensamiento algo así como un
embrión filosófico por la fuerza del contraste.
--Lo que es la vida, señor Ojeda--murmuró gravemente--. Éstos cantando y
riendo, y nosotros, a cuatro pasos de ellos, esperando la hora para
echar al agua a un hombre. ¡Mundo de engaño!... ¡Mundo de trampa!
Fumaba incesantemente, aprovechando la generosidad de Ojeda, que le
ofrecía cigarro tras cigarro. Su cabeza empezó a oscilar. Se entornaban
sus ojos para abrirse de repente con un azoramiento de sorpresa,
volviendo a cerrarse poco después. Al fin se durmió, y su respiración
estuvo próxima a convertirse en sonoro ronquido. Tenía la costumbre de
acostarse temprano. Además, la música ejercía sobre él una influencia
letárgica.
Pasó Maltrana junto a ellos. Nélida estaba en el salón y él vagaba por
la cubierta. Al saber que aguardaban para asistir a la fúnebre
ceremonia, se le escapó un gesto de contrariedad. Formuló varias excusas
para justificar su ausencia, pero en vista de que la ceremonia era a las
once de la noche, se ofreció a ir con ellos. Esta hora no trastornaba
sus planes.
Aparecieron don Carmelo y el primer oficial con cierto apresuramiento,
como si deseasen finalizar cuanto antes el lúgubre deber para irse a
dormir.
--Cuando ustés gusten, cabayeros--dijo el de la comisaría.
Despertó don José con nervioso sobresalto, y bajaron todos a la
explanada de proa. Cuatro marineros sacaban de la enfermería un cajón de
madera blanca cepillada recientemente. Sus brazos desnudos lo sostenían
con visible esfuerzo. El pobre Pachín menudo en vida y debilitado por la
enfermedad, pesaba mucho en la muerte. A lo grueso del cajón había que
añadir varios lingotes de hierro depositados por el carpintero junto a
su cuerpo.
Quedó el féretro sobre una gran tabla apoyada en la borda. El buque
había aminorado la marcha. Desde lo alto del puente, alguien oculto en
la obscuridad seguía la ceremonia.
--A usted le toca, padre--dijo don Carmelo.
Se quitó el birrete don José, y todos quedaron igualmente con la cabeza
descubierta. Habíanse apagado las luces del combés para evitar que algún
curioso pudiese ver la ceremonia desde las cubiertas del castillo
central.
Estaban en la obscuridad, silenciosos, encogidos, lo mismo que si
preparasen un crimen. Eran fantasmas negros en torno de un cajón blanco
inclinado hacia el mar. No teman más luz que la de las estrellas. Las
nubes, sólidas como murallas al caer la tarde, se habían esponjado hasta
convertirse en montones sueltos de transparente plumón, por cuyos
intersticios asomaban los astros. El mar batía con sus últimos
estremecimientos los costados del buque. Iba adormeciéndose según
avanzaba la noche.
El sacerdote comenzó a murmurar sus oraciones entre aquellos hombres
emocionados, con la cabeza baja, puestos los pies sobre un vaso flotante
de acero debajo del cual existía una profundidad de varios kilómetros
verticales de agua, un mundo de misterio que iba a tragarse como
insignificante molécula el despojo humano.
Rezaba el cura, y a lo lejos parecían contestarle las ventanas del
salón, bocas de luz que lanzaban arpegios de piano y trinos de romanza.
Las oraciones fúnebres hablaban de la tierra, materia original, del
polvo al que retornamos, del gusano compañero miserable de nuestro
último sueño.
Ojeda se imaginaba el pobre cementerio de aldea donde habría podido
descansar eternamente el mísero Pachín, bajo lágrimas de escarcha en el
invierno, entre flores y revoloteos de insectos al llegar el verano.
Aquí no volvería a la tierra madre. La oceánica aventura había
trastornado el final de esta existencia. Los crustáceos iban a cubrir su
último encierro con una capa pétrea; los escualos, lobos de la
profundidad, golpearían con su morro y sus aletas la envoltura de madera
husmeando la carne oculta; las algas trenzarían en torno sus verdes y
ondeantes cabellos, hasta que la fúnebre cáscara se pudriese,
confundiendo su contenido con la líquida inmensidad.
Calló don José, como si ya no recordase más oraciones. Bendijo el
féretro, y entonces avanzó el primer oficial con aire militar, lo mismo
que un jefe que ordena una descarga de fusilería en un entierro de
soldado.
--Désele cristiana sepultura--dijo en alemán.
Los marineros que sostenían contra la borda el tablón lo levantaron como
una palanca, y el féretro fue deslizándose, hasta que cayó bruscamente
en el Océano. Fue un ruido semejante al de una de aquellas olas que
sordamente venían a chocar con el navío.
¡Adiós, Pachín!... Ojeda creyó oír un lamento lejano, una voz imaginaria
en este chapoteo de las aguas abiertas por el pesado ataúd y que
volvieron a cerrarse sobre su remolino de proyectil: «¡Buenos Aires!...
¿Cuándo llegaremos a Buenos Aires?...».
El buque avanzó con más velocidad, recobrando su marcha normal. Maltrana
había desaparecido. Ojeda y el cura volvieron a la cubierta de paseo.
Don José lamentaba la suerte de aquel hombre que no conocía y sobre cuyo
cadáver invisible había hecho descender su bendición. ¡Infeliz!
¡Sepultado en el mar!...
Pero Fernando no participaba de sus lamentaciones. Todos que muriesen
así. La vida es el deseo, la ilusión, la certeza de que el próximo
mañana nos traerá la felicidad: un mañana que nunca llega. «¡Buenos
Aires!... ¿Cuándo llegaremos a Buenos Aires?...» Y el infeliz había
muerto sin llegar. Mejor era así: mejor que perecer en la tierra deseada
poco tiempo después, sin otra visión que la cruda realidad.
Felices los que mueren abrazados a la quimera... Bienaventurados los que
no ven cumplidos nunca sus deseos y viven en el engaño, alegría de
nuestra existencia.
Y al subir por una escalerilla de hierro recibieron en la cara el soplo
musical de las enrojecidas ventanas del salón. Una voz de mujer cantaba
el amor, la única verdad y la mentira más grande de nuestra vida...
¡Pobre vida, que no puede marchar por sus propias fuerzas y necesita el
apoyo de la ilusión!
XII
Dos días antes de llegar a Buenos Aires, el -Goethe- empezó a remozarse.
Trabajaba la marinería de sol a sol bajo la mirada escrutadora de los
oficiales. Era una agitación semejante a la de un navío de guerra en
vísperas de combate.
La última cubierta se empequeñecía. Las balleneras pendientes sobre el
mar eran retiradas al interior, descansando fijas en sus cuñas. Los
paseantes veíanse obligados a moverse entre estas embarcaciones, que
sólo dejaban accesibles estrechos pasadizos.
Una limpieza minuciosa y paciente retocaba el exterior de la nave desde
la línea de flotación a los topes, dejándola como nueva. Por todas
partes se encontraban marineros arremangados y despechugados, con un
cubo de pintura en una mano y una brocha en la otra. Sosteníanse en
peligroso equilibrio sobre mástiles y barandillas. Sentados en andamios
y teniendo a sus pies el mar, pintaban los costados del buque
balanceándose sobre el abismo.
Desaparecían rápidamente todos los ultrajes que las olas, el aire salino
y los roces en las entradas de los puertos habían inferido al
trasatlántico. La pintura se esparcía pródigamente, lo mismo que en el
tocador de una coqueta vieja. El -Goethe- quería llegar hermoseado al
término de su viaje, y un blanco de leche refrescaba los tabiques de las
cubiertas y las cañerías interiores; un amarillo tierno de manteca
abrillantaba los mástiles, la chimenea y los brazos de las grúas; un
negro intenso ocultaba las desconchaduras del enorme casco, dando a éste
un aspecto virginal, cual si acabase de deslizarse por la grada de un
astillero.
Los empleados de la comisaría se mostraban más atareados aún que los
oficiales de la navegación. Había subido en el último puerto el médico
enviado de Buenos Aires para el examen de los emigrantes, y este
funcionario, acompañado por aquéllos, iba inquiriendo la salud del
rebaño humano acorralado en los extremos de la nave.
Funcionaba en la explanada de popa una estufa de desinfección, y pasaban
por ella los trajes de los emigrantes que eran susceptibles aún de
cierto uso a juicio de los empleados. Las piezas andrajosas, los gabanes
de pieles de imposible despoblación, los calzados rotos, los arrojaban
al mar, flotando en la estela del buque un rosario de míseros objetos.
Las personas eran sometidas a ruda limpieza. Desaparecían de golpe las
hirsutas melenas y las barbas patriarcales. Cráneos redondos con la
sombra azulada del pelo cortado al rape, mandíbulas salientes ostentando
aún las erosiones de una afeitada rápida, mostrábanse en el mismo lugar
ocupado antes por barbudos personajes de trágico aspecto. Desaparecían
igualmente las altas botas oliendo a sebo, las camisas rojas ceñidas al
talle por una cuerda, los gorros de piel, las sacerdotales hopalandas.
Todos se mostraban unificados por el sombrero hongo y el terno de
lanilla comprado previsoramente en un almacén de Europa.
Mujeres y chiquillos eran empujados casi a viva fuerza al baño
obligatorio con rudos fregoteos de jabón. Los dos extremos de la nave
soltaban por sus caños la mugre líquida del populacho. Al chorro de agua
cargada de cenizas y polvo de carbón que arrojaban en el mar los
purgadores de las calderas, uníanse dos arroyos de líquido jabonoso y
negruzco expelidos por la proa y la popa.
Velaban con interés egoísta los de la comisaría por la salud y la
limpieza del rebaño humano. Temían a las oficinas de inmigración de
Buenos Aires, prontas a rechazar las gentes enfermas o de contagiosa
suciedad, obligando al buque a repatriarlas gratuitamente.
En los «latinos» de proa verificábanse iguales transformaciones. Las
comadres de Nápoles y de Castilla abrían sus arcas para extraer sayas y
corpiños. La -señá- Eufrasia tronaba majestuosa con un pañolón de
encendidas flores, admirado por todos, y que parecía agrandar su
autoridad.
Los árabes, por el contrario, perdían su aspecto interesante. No más
casquetes rojos ni pañuelos de colores a guisa de turbantes y fajas. El
Emir se había despojado de su caftán de seda, e iba vestido como los
demás, con un terno a cuadros y un sombrero tirolés. ¡Adiós poesía! El
príncipe de ojos de brasa, que habían perturbado por unas horas a la
sensible Nélida, era vendedor ambulante en Buenos Aires. Su comercio
consistía en una larga batea llena de objetos baratos, que paseaba con
un socio compatriota, alborotando juntos los suburbios de la ciudad con
el pregón de su industria: «¡A veinte centavos! ¡Todo a veinte!».
Se había transfigurado también la cubierta de paseo. El espacio parecía
mayor. Al disminuir el número de viajeros eran más escasos los sillones,
y los paseantes podían caminar sin obstáculos. Además, la gente se
ocultaba para hacer los preparativos de desembarco.
Permanecían las señoras en sus camarotes la mayor parte del día
arreglando sus equipajes. Sólo después de las comidas se formaban
tertulias en el jardín de invierno; tertulias amistosas, sin rivalidades
en el traje ni en las joyas, vistiendo cada cual a su gusto, como gentes
preocupadas por una tarea extraordinaria y faltas de tiempo para pensar
en el propio adorno.
Sólo quedaban horas contadas de viaje: aquel día y parte del siguiente.
Al anochecer tocarían en Montevideo, y antes de que amaneciese saldrían
para Buenos Aires.
Mostrábanse las gentes poco comunicativas, con una creciente
predisposición al aislamiento, agobiadas cada vez más por las
preocupaciones que parecía sugerirles la proximidad de la tierra. Los
socios fraternales de empresas ilusorias acariciadas durante el viaje se
iban distanciando con cierta melancolía. Cosas más inmediatas y
mediocres, realidades ineludibles, iban a asaltarlos tan pronto como
descendiesen en el muelle terminal.
--De aquel negocio--se decían con mentida sonrisa--ya hablaremos en
Buenos Aires. Tiempo nos queda... Habrá que pensarlo bien, porque tiene
sus dificultades.
Estas dificultades, hasta entonces no sospechadas, surgían de pronto,
como surgen los escollos al rasgarse la bruma cerca de una costa.
Un ambiente de duda, de timidez y mutismo se extendía por el buque según
éste iba avanzando. Los emigrantes de popa, esquilados, rapados y
vestidos de limpio, permanecían silenciosos, con visible indecisión.
Parecían catecúmenos que luego de las abluciones y de vestir nuevas
túnicas no saben qué otra ceremonia les aguarda más allá de la puerta
cerrada. Miraban con inquietud la tierra que iba costeando la nave, una
barrera amarilla, ondulosa, de cumbres bajas. ¿Qué encontrarían en
aquella América?... Ya no sonaba el acordeón; los rusos habían olvidado
su danza gimnástica.
Los bulliciosos «latinos» de la proa también estaban silenciosos y
preocupados, como los navegantes que avistan una tierra nueva.
Únicamente el Emir y algunos españoles que llegaban a la Argentina por
segunda vez parecían contentos. La gaita pastoril sonaba lo mismo que
las otras tardes en el silencio del mar, pero su dulzura bucólica tenía
cierto temblor de sonrisa. El tañedor era de los que regresaban a la
tierra americana, saludándola con su música simple. En el muelle iba a
encontrar los amigos de su pueblo, su familia, todos los atractivos de
una nueva patria libremente escogida.
El -Morenito- callaba, como si se reconociese de pronto sin autoridad y
sin fuerza para aleccionar a aquellos jóvenes cansados de admirarle. Lo
que ellos admiraban ahora era la faja amarilla de la costa, que iba
desarrollando ante el buque sus entrantes y salientes. Veíanse faros, de
cuyos vidrios arrancaba el sol una flecha roja; pinceladas blancas que
eran pueblos, y masas obscuras, largas, uniformes, que eran arboledas.
Comenzaba a dudar el valentón, sumido en el silencio. Avisábale un
obscuro instinto lo quimérico de los planes heroicos concebidos en la
soledad oceánica. La tierra cercana parecía repeler sus valerosas
concepciones. Percibía en torno de él un ambiente de restricción y de
orden más imperioso que el que había dejado a sus espaldas al
embarcarse. Tenía menos fe en la posibilidad de una partida para hacerse
rico y en todas las matanzas soñadas de indios bravos a tanto por
cabeza. Ahora más que antes necesitaba la presencia y el consejo de don
Isidro para que le infundiese ánimos con su sabiduría. Pero ¿dónde
estaba don Isidro?...
Muchos, en el castillo central, podían haberse hecho la misma pregunta
de no estar preocupados con los preparativos del desembarco. Maltrana,
desde la salida de Río Janeiro, se dejaba ver muy poco, y más bien
parecía huir de la popularidad que le había proporcionado su heroísmo.
Esta fuga iba acompañada de un acicalamiento extraordinario de su
persona. Se hermoseaba por instantes, a impulsos de un firme deseo de
parecer mejor.
«La juventud no es más que una voluntad--pensaba Ojeda--. Cada hora que
transcurre parece más joven. Bien se conoce que está enamorado. Nada
rejuvenece a un hombre como el amor.»
El fugitivo Maltrana evitaba igualmente el encuentro con su amigo. El
día antes sólo le había visto Fernando dos veces: a las horas de comer.
Irritado a causa de este apartamiento, acabó por hablarle con
hostilidad. Era un Maltrana distinto al de los días anteriores. Nélida
le había influenciado, participaba de sus odios, y tal vez por esto huía
de él como si fuese un enemigo.
Le felicitó Ojeda agresivamente por su buena fortuna, y Maltrana, con la
ceguera del hombre amado, aceptó ingenuamente estos plácemes
venenosos... Sí; estaba contento de la vida. Alguna vez le había de
tocar a él.
--Bien sé que no soy gran cosa--dijo con falsa modestia; pero así y
todo, alguien se ha fijado en mí. A veces tiene éxito la fealdad.
Además, me encuentran una cabeza de carácter; voy afeitado, y esto gusta
a algunas personas más que los bigotes.
Había desaparecido para los dos amigos todo afecto. Nélida estaba entre
ellos fomentando un sentimiento irresistible de rivalidad.
Creyó Fernando que debía romper para siempre con su compañero. Fue un
movimiento del que se arrepintió a los pocos instantes, cuando sus
palabras ya no tenían remedio.
--Siga usted su buena suerte, Maltrana. Y como puede traerle perjuicios
y disgustos el ser amigo mío, que cada cual eche por distinto lado... y
como si no nos conociésemos.
Habían pasado sin hablarse la tarde y la noche del día anterior. Durante
la comida buscó Isidro con sus ojos la mirada de Fernando, como un perro
humilde que intenta volver a la gracia de su dueño. Pero un sentimiento
de dignidad y el egoísmo de no perder sus buenas relaciones con Nélida
le mantuvieron en silencio. El otro, por su parte, mostrábase fosco,
huyendo su mirada de la de Isidro, pero compadeciéndole interiormente.
¡Pobre muchacho! La única culpable era aquella loca, que se había
propuesto enemistarlos.
A la mañana siguiente, Maltrana no pudo resistir por más tiempo esta
separación, y abordó a su amigo en la cubierta. Parecía desesperado.
¡Que unos hombres como ellos, que hacían el viaje lo mismo que hermanos,
fuesen a pelearse al final!...
--No hay mujer que valga lo que una buena amistad... Es una simpleza
reñir por esa loquilla, que no sabe ciertamente lo que quiere... Venga
esa mano, Ojeda. Y si no quiere darme la mano, déme dos puntapiés: es lo
mismo. Lo importante es que volvamos a ser lo que éramos antes.
Y se unió a él como al principio del viaje, permaneciendo a su lado más
tiempo que junto a Nélida. Ésta rondaba cerca de ellos, y sólo a fuerza
de guiños y manoteos conseguía arrastrar a Isidro por algunos instantes.
En vano lo increpaba viéndole con el otro. Manteníase firme en su
amistad, y dispuesto a seguir a Ojeda y dejar a Nélida si ésta insistía
en sus odios.
Acodados en la borda, contemplaban los dos amigos el color del agua.
Había cambiado de tono. Ya no tenía el azul grisáceo de los mares
europeos, el azul dorado del trópico ni el azul profundo y luminoso de
las costas brasileñas. Ahora su coloración era verde, un verde claro con
reflejos amarillentos. Y así como el buque iba avanzando, sobreponíase
el amarillo al verde, hasta que las aguas tomaban un color terroso
semejante al de los ríos desbordados, como si el Océano recibiera la
avalancha de una enorme inundación.
El doctor Zurita se unió a ellos. Era por la tarde, después del
almuerzo.
--¿Miran ustedes el agua?--preguntó--. Esa agua ya es nuestra, tiene más
de dulce que de salada; viene del corazón de América. Es el río de la
Plata, que, al desembocar, se extiende leguas y leguas mar adentro.
Alegrábase el doctor contemplando el color de las aguas, como si con
ellas viniese a su encuentro algo de la patria. Aún estaban muy lejos de
la desembocadura del río, y sin embargo enviaba hasta allí su corriente,
modificando el sabor y el color del Océano.
--Es enorme nuestro río, ¿no?... ¿Qué le parece, -che-?--preguntaba con
orgullo patriótico, gozándose de la estupefacción de Maltrana.
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