Ojeda se inclinó sonriente, con exagerada cortesía.
--Y usted también, según dicen, parece un poco «golfa».
Dudó ella un momento con el ceño fruncido, no sabiendo si enfadarse por
estas palabras, y al fin acabó por lanzar el gorjeo de su risa.
--Venga usted y nos sentaremos en aquel rincón. Con usted es imposible
enfadarse. ¡Qué tipo tan interesante! Vamos a burlarnos un poco de toda
esta gente... Nosotros hemos visto otras cosas.
Pasaron la tarde hablando de los países que llevaban visitados, de las
gentes de «la carrera» que habían conocido, interrumpiendo estos
recuerdos para reír a dúo de los que pasaban por el comedor y
comunicarse sus maledicencias. Al hablar se miraban de frente con una
fijeza curiosa, como extrañados de no haberse conocido antes, adivinando
cada uno con rápida clarividencia lo que pensaba el otro; pensamientos
que se desarrollaban fuera del curso de sus palabras. Al día siguiente
sintieron la necesidad de verse... y al otro... y al otro. Ella se
preocupaba de la vida de su vida; le acosaba con preguntas para
conocerla con todos sus detalles; la hacían reír mucho sus relatos de
aventuras en los bajos fondos de Madrid.
--Quisiera ver eso; conocer sus bohemios, sus cantaoras. Lléveme con
usted, Fernandito; sea usted bueno. Yo conozco algo de París, pero lo de
aquí es indudablemente más interesante, más típico... Debe oler a
puchero.
Estos deseos caprichosos desaparecieron de golpe después de la caída...
si es que hubo caída. Fueron el uno del otro casi sin saber cómo, por
impulso natural y fácil, sin enterarse ciertamente de cuál de los dos
apuntó el primer intento y cuándo se inició la realización. Ella no se
tomó el trabajo de fingir la más leve resistencia, de coquetear con
negativas sonrientes acompañadas de ojos aprobadores.
--Desde que te vi, adiviné que esto iba a ser... y ha sido. Tú pensarás
lo que quieras; tal vez me crees más fácil de lo que soy. Pero contigo,
¡para qué fingimientos!...
Como Teri se marchaba a París, él se fue también, y empezó lo que
llamaba Fernando la mejor época de su existencia: una vida de
concentración egoísta, una vida a dos, de ceguera y olvido para todo lo
que estaba más allá de ellos, cortada por frecuentes viajes emprendidos
al azar de una lectura o de un recuerdo histórico. «¡Qué hermoso
besarnos entre las columnas del Partenón!» Y emprendían un viaje a
Grecia. «¡Qué delicia ver el desierto, los dos juntitos, desde lo alto
de las Pirámides!» Y salían para Egipto. Y así fueron a contemplar,
tomados del talle y con las cabezas juntas, el sol de media noche en
Noruega, el Kremlin cubierto de nieve, las palmeras del oasis de Biskra
y las azules corrientes del Bósforo, sin contar otras excursiones más
vulgares en busca del canal veneciano la colina toscana o el lago suizo
como fondo decorativo de un amor que ansiaba abarcar todo el viejo mundo
en su insolente felicidad. Pronto notó Ojeda una transformación en el
carácter de Teri. Perdía por momentos su alegre inconsciencia de pájaro
loco. Era más grave en sus palabras; mostraba una mesura conservadora en
sus juicios sobre el amor. Ella, que al principio le incitaba a narrar
las aventuras de su pasado, riendo gozosa cuanto más incontables eran,
palidecía ahora con un gesto de protesta.
--No quiero oírte--decía tapándose los oídos--. ¡Calla, por Dios! Me
repugnas cuando recuerdo esas cosas... Acabaré por no quererte.
En sus viajes la acometían repentinos celos cada vez que Fernando miraba
a una viajera de buena presencia. Luego fue él quien se sorprendió,
preguntando con sorda irritación para desentrañar los misterios del
pasado. ¿Qué existencia había sido la de Teri antes de que ellos se
conociesen? ¿Por qué murmuraban tanto de su vida en aquella corte
septentrional? ¿Por qué se había separado de su marido?... Debía hablar
sin miedo; él lo aceptaba todo por adelantado: no había sido en su
tiempo.
Pero Teri movía la cabeza negativamente, con una tenacidad reflexiva en
el gesto y unos ojos de misterio, como mujer que sabe que en amor las
confesiones francas no se olvidan ni se perdonan.
--Todo mentiras... calumnias. Nada tengo que contarte. Olvida eso; no te
atormentes... No hubo nada; y aunque algo hubiese... ¡yo no te conocía
entonces, no te conocía!
Y con esta exclamación cerraba y justificaba todo su pasado.
Ella miraba a Fernando como algo propio que le pertenecía para siempre.
Más de una vez había protestado en los hoteles de la facilidad con que
daban alojamiento a ciertas aventureras, con grave peligro de la paz
matrimonial. A fuerza de titularse «Madame Ojeda» había olvidado su
verdadera situación, y se indignaba, con todo el fervor que inspira el
derecho de propiedad, sólo al pensar que alguna mujer pudiera
arrebatarle «su marido».
Cuando fatigados de tantos viajes recalaban en Madrid y vivían separados
por algún tiempo, él en casa de su hermana, ella con una tía a la que
consideraba como una segunda madre, esta separación parecía enardecer
sus celos. Al verse Teri por las tardes en el cerrado dormitorio, adonde
llegaba suave y quejumbroso el sonido de «la campana de don Miguel»,
tenía de pronto exabruptos coléricos.
--Ya vives en tu Madrid, donde has hecho tantas picardías... ¡A saber si
estarás engañándome con alguna, grandísimo ladrón!
Después de estas explosiones de ira se apelotonaba contra él, humilde y
tímida.
--Es porque tengo miedo de perderte, de que otra me quite a mi hombre.
Quisiera asegurarte para siempre, tenerte atado de una patita como un
jilguero. Di: si nos casáramos, ¡qué tranquilidad!... Tú que sabes
tanto, contesta: ¿llegaremos a casarnos alguna vez?...
También Fernando, que durante los primeros meses sólo veía en María
Teresa una conquista más, una mujer elegante y hermosa que halagaba su
masculina vanidad, sufría de pronto iguales cóleras. Él, que al
principio no deseaba saber y olvidaba voluntariamente el pasado con
todas las vaguedades calumniosas que había oído acerca de Teri, sentíase
poseído de pronto por una curiosidad dolorosa y malsana, un deseo de
gozar cruelmente haciéndose daño, y aprovechaba los momentos de abandono
para hacerla hablar, queriendo conocer sus amores antiguos.
--¡Cuando te digo que no he tenido ninguno!...--protestaba ella--.
Créeme: tú has sido el primero y serás el último.
Ponía en sus ojos el asombro ingenuo y en su voz la infantil humildad de
la mujer que necesita ser creída... Ojeda también necesitaba creer.
¡Para qué fatigarse en esta cacería del pasado! Y con repentina
confianza, deseaba lo mismo que su amante, un casamiento que
consolidaría su felicidad.
El egoísmo del amor estallaba en María Teresa con deseos crueles.
--¡Ay, cuándo se morirá Joaquín!... ¡Para lo que sirve en el mundo!
Joaquín era el marido, y ella, por informes de sus amigos o por las
cortas entrevistas que tenía con el viejo al volver a España, calculaba
las probabilidades de su muerte.
--Está peor; casi chochea. Esto va a terminar de un momento a otro.
La sensible María Teresa, que se apiadaba de los perros abandonados en
la calle y reñía con los cocheros cuando levantaban el látigo sobre las
bestias, hablaba fríamente de la muerte, como si únicamente tuviera
entrañas para su amor y el resto del mundo careciese de interés. Ojeda
la escuchaba con cierto remordimiento. ¡Desear la muerte de un pobre
señor que no les había hecho daño alguno y al que inferían desde lejos
diariamente un sinnúmero de misteriosas ofensas! ¡Qué cobardía!... Pero
el egoísmo amoroso acabó por despertar en él igualmente, con una
crueldad implacable. Aquel viejo estúpido, por el privilegio de su
riqueza, la había poseído el primero, había paladeado las mismas dichas
que él pero con el encanto de la novedad. Bien podía morirse... ¡Que se
muera!
Y se murió de pronto, mientras ellos estaban muy lejos; y al regresar a
Madrid a toda prisa, aturdidos por la feliz noticia, les salió al
encuentro algo que no habían conocido hasta entonces: el valor del
dinero, lo difícil que es echarle la mano encima cuando se empeña en
huir, la necesidad material y prosaica sobre la que descansan todas las
ilusiones y deseos de la vida.
Don Joaquín se había ido del mundo sin dejar a su mujer otra renta que
una pensión del gobierno como viuda de ministro plenipotenciario: un
poco más de lo que ella pagaba a su doncella en París. Una parte de su
fortuna procedía de la primera esposa y pasaba a los hijos; la otra
parte, que era considerable, aparecía donada en vida a los mismos hijos,
que habían vuelto a su gracia en los últimos años.
La primera idea de la impetuosa María Teresa fue comprar un revólver e
ir matando por turno a los hijos y las hijas de su marido, a más de
yernos y nueras, sin perdonar a los nietos. ¡Raza maldita! ¡Ladrones! ¿Y
para esto había sacrificado los primeros años de su juventud a un viejo
tonto, renunciando al amor?... Pero no; él era bueno y la quería. Muchas
veces le había asegurado que dejaba las cosas bien arregladas para
después de su muerte. Eran los otros, que intentaban robarla... Y
desistiendo de la compra del revólver, se lanzó en las aventuras de un
pleito con el fervor apasionado que despiertan en algunas mujeres los
incidentes, embrollos y peleas de todo litigio. Ella demostraría que la
familia de su marido había abusado de la flojedad mental de éste en los
últimos meses, para despojarla con documentos falsos.
Fernando acogió el contratiempo con frialdad. En el fondo de su ánimo le
había repugnado siempre que el dinero del viejo entrase en su casa al
unirse él legalmente con María Teresa.
--No te apures; tal vez sea mejor así. Cuenta sólo conmigo. Yo trabajaré
si es preciso.
Pero también a él le aguardaba otra sorpresa por boca de su cuñado,
hombre de orden que hacía algún tiempo deseaba rendirle cuentas. Varias
hipotecas pesaban sobre sus bienes desde la época en que Fernando
llevaba una vida alegre, y a esto había que añadir las fuertes
cantidades que adeudaba a la familia. Los viajes con Teri habían
devorado mucho dinero. Ojeda quedó perplejo, como si despertase ante el
montón de papeles que le presentaba el ingeniero, y lo repelió con
gesto de gran señor. Nada adelantaba con examinarlos; lo que decía su
cuñado debía ser cierto. El pobre hombre se excusó con humildad. Había
tardado en hablar, por miedo a que Fernando se disgustase; él estaba
dispuesto a todos los sacrificios; pero tenía dos hijos, Lola andaba en
trámites para darle el tercero, y temía sus protestas de mujer ordenada
y económica que no quiere dejarse arruinar por un hermano. El ingeniero
tenía un proyecto... ¿Por qué no se casaba con una mujer rica? ¡Con su
figura y su nombre! ¡Un Ojeda!... Él sabía mejor que nadie lo que
representaba este apellido.
--No; prefiero trabajar. Yo saldré adelante.
Y vendiendo bienes para reunir fondos, Fernando se lanzó en los negocios
con una ceguera que no admitía consejos. Además, jugó fuerte en el club
hasta la madrugada, en busca de fugitivas ganancias. ¡Ay, su amor!, ¡su
pobre amor humillado y envilecido por las preocupaciones del dinero!...
¡Adiós las inconsciencias del pájaro errante, el desprecio por las
previsiones del mañana!... Sus besos tenían muchas veces el crispamiento
de caricias desesperadas; quedábanse de pronto absortos los dos y tenían
miedo de preguntarse en qué pensaban. Algunas tardes, en el desorden del
lecho, el tañido de «la campana de don Miguel» sorprendía a Ojeda
hablando seriamente de un gran negocio, de una combinación con amigos
del club, indiferente y frío ante la carne adorada que no podía
contemplar en otros tiempos sin cubrirla de fogosas caricias.
Ella, por su parte, hablaba del pleito, la gran empresa de su vida, con
todas las vehemencias del interés material y del odio. Pasaban por su
boca adorable palabras curialescas, términos del procedimiento,
aprendidos con pronta asimilación en sus conferencias con los abogados.
El triunfo era seguro, pero habría que esperar un poco. Y mientras
tanto, su exterior señoril iba sufriendo una transformación, que no se
escapaba a los ojos de Fernando. Transcurrían meses y meses sin que algo
fresco viniera a adornar su belleza, ávida en otra época de costosas
novedades. Al sucederse las estaciones reaparecían los mismos vestidos
del año anterior, hábilmente retocados. Su guardarropa de París podía
sacarla de apuros por mucho tiempo. Hablaba con entusiasmo de pobres
costurerillas de Madrid que, bajo sus indicaciones, hacían prodigios en
el arreglo de ropas y sombreros. Las joyas vistosas, primeros regalos
con que el marido había domado sus esquiveces de jovenzuela, sólo se
mostraban de tarde en tarde, después de misteriosos cautiverios en poder
de prestamistas. Algunas habían desaparecido para siempre.
María Teresa hacía elogios de la generosidad de su tía. Ella se ocupaba
de su mantenimiento y sus diversiones, orgullosa de ostentarla a su lado
en teatros y fiestas. Era capaz de darle toda su fortuna: pero tenía
hijas, y éstas batallaban a todas horas contra la influencia de su
prima.
A veces, con una timidez ruborosa y huyendo la vista, preguntaba a Ojeda
por el estado de sus negocios. «¡Si tuvieras un dinero que necesito!»...
Y cuando él, con apresuramiento, satisfacía su demanda, María Teresa
parecía arrepentirse.
--¡Qué vergüenza! ¡Yo pidiéndote dinero!... Es para algo importante; ya
sabes... el pleito. Pero en fin, como hemos de casarnos, todo lo nuestro
debe ser común. Cuando yo salga con la mía, ya no tendrás que trabajar,
¡pobrecito mío!, ya no penarás con tus negocios.
Los tales negocios no podían marchar peor. En menos de un año había
sufrido Fernando dos pérdidas considerables en empresas ilusorias a las
que le arrastraron ciertos amigos del club tan inexpertos como él. El
juego contribuía igualmente a disminuir su fortuna. De tarde en tarde
una ganancia le inspiraba gran fe en el porvenir, y traía como
consecuencia regalos y generosidades para Teri. Después de estos breves
períodos de optimismo, reaparecía la silenciosa cólera al ver
desmoronarse lentamente sus esperanzas.
En esta situación, cuando no sabía qué hacer y se sentía dominado por un
desaliento mortal, pasó por Madrid un español rico, residente en Buenos
Aires, tío de su cuñado. Aquel hombre, que había huido de su tierra
acosado por la pobreza treinta años antes, hablaba de millones con
asombrosa familiaridad y se burlaba de la mediocridad de los negocios
peninsulares. Las conversaciones con este señor, que comía muchas veces
en casa de su sobrino, escuchado y admirado por toda la familia cual un
héroe triunfante, fueron para Ojeda como otros tantos latigazos
aplicados a su voluntad dormida. La ascensión realizada por este antiguo
rústico y otros muchos de su clase, ¿por qué no intentarla él?... Y con
esfuerzo corajudo, temblando como si confesase una infidelidad amorosa,
expuso sus propósitos a María Teresa. Quería partir; necesitaba ser rico
para ella, sólo para ella. Aquel pariente de su cuñado prometía
ayudarle, y él, con los restos de su fortuna, podía intentar en América
algo fructuoso y de rápido éxito.
Fernando insistía especialmente en la rapidez de su viaje. Asunto de un
año, o dos cuando más; y aún así, podría ir y volver algunas veces.
Ella debía hacerse la ilusión de que amaba a un militar que salía para
la guerra, pero una guerra sin peligro de muerte.
Teri le escuchaba pálida, con los ojos lacrimosos, pero acabó por
aprobar su resolución. Sí, debía partir; era mejor que trabajase en un
ambiente más propicio y favorable que el del viejo mundo.
Para amortiguar su pena intentaron embellecer el próximo viaje con
reminiscencias románticas y optimismos tradicionales. Él iba a ser como
los paladines de los viejos romances, que salían a correr luengas
tierras para hacer presentes a su dama. Volvería trayendo millones, y
otra vez conocerían la existencia opulenta, con viajes de lujo por todo
el mundo, grandes hoteles, automóvil a perpetuidad, y podrían sacar del
cautiverio de la usura los collares de perlas y las joyas luminosas. Un
sacrificio de dos años: ni uno más. Todos saben que en América basta
este tiempo para que un hombre inteligente conquiste riquezas. ¡Las
consiguen allá tantos imbéciles!... Recordaban algunas comedias en las
que el protagonista enamorado sale al final del primer acto camino del
Nuevo Mundo para hacer fortuna, y al empezar el segundo ya es millonario
y está de vuelta. Se notan en él algunas transformaciones que no le van
mal: unas cuantas canas prematuras, la faz tostada, las facciones más
enérgicas y angulosas; pero sólo han transcurrido quince minutos desde
que bajó el telón hasta que vuelve a subir. En la realidad, no serían
quince minutos, serían quince meses: tal vez dos años; pero bien podía
hacerse el sacrificio de este tiempo a cambio de afirmar la felicidad.
Así habían pasado las últimas semanas, hablando del viaje, discutiendo
sus preparativos, forjándose ilusiones sobre los resultados, pero
viéndolo siempre en lontananza; hasta que, de pronto, les avisaba el
zarpazo de lo inmediato, de lo inevitable. Y Ojeda, al despertar de esta
vertiginosa evocación de recuerdos que sólo había durado algunos
segundos y abarcaba todo un período de su existencia, se vio caminando
por el Salón del Prado, en una noche fría, al lado de una mujer que
marchaba con desmayo, como si al término del paseo la esperase la
muerte, evitando las palabras de él, evitando su mirada.
--Hasta aquí nada más--dijo Teri al llegar cerca de la fuente de
Cibeles--.No, no me beses: me haría mucho daño; no tendría fuerzas para
irme... La mano tampoco... No; ¡adiós!, ¡adiós!
Lo apartó de ella como si fuese un extraño; volvía la cabeza por no
verle. De pronto, llamando a un coche para que la aguardase, huyó.
Fernando quedó inmóvil largo rato viendo cómo se alejaba con lento
traqueteo el vehículo de alquiler hacia la Puerta de Alcalá. Dentro de
la caja vetusta y crujiente se alejaban sus esperanzas, la razón de ser
de su vida. ¡Y así eran en realidad las grandes separaciones, los hondos
dolores: sin palabras sonoras, sin frases elocuentes; completamente
distintas de como se ven en los teatros y en los libros!...
Las horas anteriores a la partida, transcurridas en el hotelito de su
cuñado, allá en lo alto de la Castellana, se le aparecían ahora como un
tormento de la intimidad familiar. En su habitación el equipaje en
desorden y su viejo sirviente ocupado con los últimos preparativos; en
el comedor los hijos de Lola, que no querían acostarse sin despedirse de
él. «Tío, tráenos un loro... Tío, una mona... Cuando vuelvas, acuérdate,
tío, de traer un negrito...» Y su hermana, que había tomado un aire
protector con la emoción de la partida, le sermoneaba maternalmente. A
ver si hacía allá una vida más seria y remediaba sus locuras. El marido
aprobaba la cordura conyugal con afirmaciones optimistas. Tenía la
certeza de que Fernando iba a triunfar: su tío le aguardaba allá, y era
hombre que podía ayudarle mucho. Y llevado de su exactitud en los
negocios, aburríale una vez más con el relato de las gestiones que
estaba haciendo para liquidar en efectivo los restos de su fortuna, y
los plazos y forma en que iría remitiéndole las cantidades.
A las once de la noche se vio Ojeda dentro de un automóvil camino de la
estación del Norte, pasando por calles solitarias y dormidas, en las que
empezaban a estacionarse los serenos. No había querido que le
acompañasen su hermana y su cuñado, evitándose así las últimas
expansiones familiares. Cerca de la estación vio, al doblar una esquina,
el Teatro Real. ¡Adiós, recuerdos! ¡Adiós, María Teresa! Ella estaría
allí en un palco, rodeada de luz, con su tía y sus amigas, tal vez bajo
las hambrientas miradas de codicia varonil fijas en las tersas blancuras
de su escote. ¡Y él, lejos!, ¡cada vez más lejos!...
Al bajar del automóvil encontró desiertos los alrededores de la
estación. Era un tren el suyo de escasos viajeros: un simple
coche-dormitorio que por la línea de cintura iba a unirse con el expreso
de Portugal en la estación de las Delicias. Cerca de la entrada vio
algunos mozos que venían hacia él para apoderarse de sus maletas, y un
coche de alquiler inmóvil, con el cochero soñoliento y el caballo
husmeando el suelo. Algo blanco, encuadrado por una ventanilla, se
agitaba en su obscuro interior. La luz de un farol de gas arrancó de
este bulto un reflejo irisado, un fulgor de piedras preciosas. Ojeda,
sin darse cuenta de su avance, se vio junto a la portezuela del
carruaje... Era ella, envuelta en una capa de seda y pieles, con las
plumas de su peinado dobladas por la exigua altura del techo; ella,
empolvada, pintada para disimular su palidez, con gruesos brillantes en
los lóbulos de sus orejas y una fijeza trágica en los ojos
desmesuradamente abiertos.
--Quería verte sin que tú me vieras--murmuró con voz quejumbrosa--.Verte
una vez más. Me he escapado del Real... No podía vivir pensando que aún
estabas aquí. Y ahora, ¡adiós!... No; besos, no. ¡Adiós!
El cochero, obedeciendo sin duda a una orden anterior, dio un latigazo
al caballo, y Fernando tuvo que apartarse. Una rueda pasó junto a sus
pies. Al borrarse instantáneamente la visión blanca, columbró la
agitación de un pañuelo y creyó oír un gemido.
Los andenes de la estación estaban desiertos, lóbregos. Sólo brillaban
las estrellas rojas de unos cuantos faroles, astros perdidos en las
tinieblas, bajo el enorme caparazón de hierro de la techumbre. En la vía
central una locomotora y un vagón, que, aislados, parecían un juguete.
Fernando vio que sólo iba a tener por compañeros de viaje a los
individuos de una familia. ¡Pero qué familia!... Llenaba casi todos los
compartimientos del vagón, y en torno de ella y de una montaña de
equipajes agitábanse más de doce servidores: porteros de hotel,
camareros movilizados, mozos de carga, automovilistas.
Sintióse contento de esta vecindad: empezaba a estar entre los suyos.
Aquella familia necesariamente debía ser argentina; una de esas familias
que ocupa todo el piso de un gran hotel, llena un vagón entero, alquila
el costado de un buque, y estrechamente unida se desplaza de un
hemisferio a otro sin abandonar otra cosa que los muebles. El jefe de la
tribu daba órdenes y propinas; la señora, alta, carnuda, majestuosa, con
el talle algo deformado por la maternidad, leía la guía de ferrocarriles
a través de sus lentes de oro. Cerca de ella tres jóvenes elegantes, las
hijas, y dos igualmente adornadas, pero de mayor edad: las cuñadas del
señor. Un poco más lejos la suegra, venerable matrona vestida de negro,
de aire aseñorado y resuelto, que cuidaba de las niñas más pequeñas.
Luego los hijos varones, que eran muchos, y a Ojeda le producían el
efecto visual de una tubería de órgano cuando por casualidad se
colocaban en fila, de mayor a menor. El más grande con la cara afeitada,
fumando, y un aire resuelto de hombre que lo sabe todo y nada le queda
por ver. Pensó Fernando al examinarle que tal vez llevaba en sus maletas
algunas fotografías de bellezas profesionales de París con dedicatorias
de pasión: «-À mon cher coco de Buenos Aires-». Los hermanos pequeños
exhibían regocijados varias panderetas adquiridas recientemente, con
suertes de toreo pintadas en el parche, y algunas banderillas
ensangrentadas procedentes de la corrida de la tarde.
Después venía el personal auxiliar de la familia: un ayuda de cámara
andaluz, que lanzaba un -che- a cada dos palabras para que no le
confundiesen con los de la tierra; una institutriz británica, roja y
malhumorada; una doncella gallega, con vestido negro y cuello y puños
masculinos; otra de pelo cerdoso, achocolatada de tez, los ojos
achinados, oblicuos. Y la familia entera con un aspecto de audacia
tranquila, de inmutable atrevimiento; robustos, duros y grandes por la
alimentación carnívora desde el momento del destete; mirándolo todo con
descaro, llamándose a gritos, introduciéndose por las puertas en
irrupción arrolladora, como si todo fuese suyo.
Se consideró Ojeda empequeñecido por el número y el esplendor de sus
compañeros de viaje. ¡El dinero que costaría mover esta tribu,
acostumbrada a vivir siempre en un cuadro de abundancia y comodidades!
¡Lo que tendría detrás de él aquel caballero puesto de chaqué y sombrero
de media copa, jefe de la caravana, al que los sirvientes llamaban
«doctor»!... ¡A lo que se presta el trigo! ¡Lo que puede dar el vientre
de las vacas!...
Pero una confianza repentina se apoderó de él pensando en los
ascendientes de esta gente lujosa, toda ella uniformada con arreglo a
las últimas novedades de París. Los abuelos, o quién sabe si los padres,
habían salido, como él, camino de las tierras nuevas, en busca de
fortuna. Como él no, indudablemente peor: en un buque de vela, llevando
bajo el brazo los zapatos para prolongar su uso, aceptando los ranchos
de a bordo como un regalo desconocido... Tal vez llegaba él un poco
tarde, pero raro sería que no le hubiesen dejado alguna migaja. Y
mirando a la banda feliz, cual si una simpatía de oculto parentesco le
uniese de pronto a todos ellos, murmuró alegremente, con la primera
alegría que había experimentado en mucho tiempo: «Allá vamos todos,
queridos amigos».
El recuerdo de la noche pasada en el tren, noche de insomnio en compañía
de la imagen de Teri envuelta en su capa blanca, con las plumas
ondulantes sobre el peinado y dos astros en las orejas, le hizo recordar
que tenía ante él una carta sin concluir; y otra vez concentrando su
mirada, se vio en el jardín de invierno del trasatlántico.
Estaba solo. No quedaba en el salón ninguna de las extranjeras
rubicundas que hacían labores y hojeaban revistas. Los músicos habían
desaparecido. El silencio nocturno sólo era cortado por leves crujidos
de la madera y el balanceo de los objetos.
Ojeda se decidió a escribir.
Ten fe en nuestro destino. No desesperes: tal vez nuestro amor
necesitaba de esta prueba para fortalecerse. Lo importante es que
me ames, pues si tú me amas, no hay potencia adversa en el mundo
que pueda separarnos... ¿Te acuerdas de aquella tarde en el Real,
cuando escuchamos juntos el primer acto de -El ocaso de los
dioses-? Nuestras cabezas, casi unidas, parecían beber la música
del mago, y con la música las palabras: palabras de poeta, de uno
de los más grandes poetas de amor que han existido, grandiosas y
fuertes, dignas de héroes. La walkyria, convertida en mujer,
estremecida aún por la sorpresa de la iniciación carnal, se despide
de Sigfrido, el héroe virgen que acaba igualmente de conocer el
amor. El afán de aventuras, de nuevas empresas, le impulsa a correr
el mundo. El hombre no debe permanecer en estéril contemplación a
los pies de su amada eternamente. Debe hacer grandes cosas por
ella; debe aprovechar la fe y la energía que vierte el amor en el
vaso de su alma. Al separarse conocen, lo mismo que nosotros, las
primeras amarguras del alejamiento, pero son inconmovibles como
semidioses.
»--¡Oh si Brunilda fuese tu alma para acompañarte en tus
correrías!--dice ella, ansiosa de seguirle.
»--Es siempre por ella que se inflama mi coraje--contesta el héroe.
»--Entonces, ¿serás tú Sigfrido y Brunilda juntos?
»--Allá dónde yo me halle, los dos estarán presentes.
»--¿La roca donde yo te aguardo quedará entonces desierta?
»--¡No! Porque no haciendo más que uno, allí dónde estés tú
estaremos los dos.
»--¡Oh dioses augustos, seres sublimes, venid a saciar vuestras
miradas en nosotros!... Alejados el uno del otro, ¿quién nos
separará?... Separados el uno del otro, ¿quién podrá alejarnos?...
»--¡Salud a ti, Brunilda, resplandeciente estrella! ¡Salud,
valiente amor!
»--¡Salud a ti, Sigfrido, lumbrera victoriosa! ¡Salud, vida
triunfante!
»Ellos no lloran, Teri, y se muestran grandes y serenos en su
despedida, no porque son hijos de dioses, sino porque tienen una
confianza de niños, una fe ingenua y sana en la eternidad de su
amor. Seamos como ellos; enjuguemos nuestra lágrimas y miremos de
frente las sombras del porvenir sin miedo alguno, con la certeza
de que hemos de ser más poderosos que el destino. Digamos
igualmente: «Alejados el uno del otro, ¿quién nos separará?...
Separados el uno del otro, ¿quién podrá alejarnos?». Allí dónde yo
me halle, estaremos los dos; porque los dos no somos más que uno, y
dónde tú te encuentres, mi alma irá contigo. ¡Salud, oh Teri,
resplandeciente estrella! ¡Salud, radiante amor!...
Cuando hubo cerrado la carta, salió del jardín de invierno con paso algo
inseguro por lo movedizo del suelo. Abrió una puerta de gran espesor,
semejante a un portón de muralla, y tuvo que llevarse una mano a la
gorra al mismo tiempo que le envolvía una tromba glacial. Se vio en uno
de los paseos del buque. A un lado, paredes blancas y charoladas
reflejando la luz de los faros eléctricos del techo, y sillones
abandonados en larga fila; al lado opuesto, una barandilla forrada de
lona, ostentando entre columna y columna, como adorno decorativo, unos
rollos salvavidas de color rojo con el nombre del buque pintado en
blanco: -Goethe-. Más allá de la baranda, el misterio: una intensa
negrura que devoraba el resplandor eléctrico, no dejándole avanzar más
que algunas pulgadas en sus entrañas sombrías; espumarajos
fosforescentes, rumor sordo de fuerzas invisibles que avisaban su
presencia con choques y rebullimientos.
Ojeda vio venir hacia él con paso vacilante a un hombre vestido de
-smoking- que le saludó desde lejos.
--¡Cómo se mueve el amigo -Goethe-! Ni que acabase de beber en la
taberna de Auerbach con los alegres compadres de su poema.
Era Maltrana, que se había preparado para la comida, satisfecho de esta
ordenanza suntuaria del buque, de gran novedad para él. Confesaba a
Fernando que tenía hambre y se había vestido con anticipación, creyendo
adelantar de este modo la llamada al comedor. El aire del mar--según
él--convertía su estómago en una jaula de fieras.
--Esta noche va a bailar un poco el vapor, pero al amanecer fondearemos
en Tenerife. Fíjese en mí, noble amigo: creo que para un hombre que se
embarca por vez primera, no lo hago del todo mal.
De espaldas al mar, abarcaba en una mirada de satisfacción la nítida
brillantez del buque, la limpieza del suelo, la prodigalidad del
alumbrado, los fragmentos de salón que se veían a través de las
ventanas.
--Qué vida, ¿eh, amigo Ojeda?... La comida a sus horas, a toque de
trompeta; la mesa puesta cuatro veces al día; un ejército de camareros
y doncellas, la mayor parte de los cuales me entienden con dificultad,
lo que es una ventaja para prolongar la conversación y conocerse mejor.
Cada uno revestido con sus mejores ropas, como si el -smoking- fuese la
casulla del culto del estómago; cerveza fresca como el hielo, música
gratis a cada instante, y una adorable sociedad: una sociedad condenada
a vivir junta, así se enfade o esté alegre, a mostrarse cada uno con su
verdadera fisonomía, pues no hay comediante que sostenga sus
fingimientos en una representación tan larga y continua... Y nadie puede
huir; y nadie está obligado a pensar ni a hacer nada; y todos nos
ofrecemos en espectáculo tales como somos. Comer bien y... lo otro, si
es que se presenta una buena ocasión; he aquí el programa... ¡Lástima
que nuestra vida no haya sido así siempre!... ¡lástima que no lo sea
cuando lleguemos a la otra acera de esta calle azul!
II
Una marcha militar despertó a Ojeda sonando sobre su cabeza con gran
estrépito de marciales cobres. Por la ventana del camarote entraba un
rayo de sol, trazando sobre la pared temblonas y cristalinas
ondulaciones, reflejo de las aguas invisibles. El buque avanzaba
lentamente, y al fin quedó inmóvil, mientras arriba continuaba rugiendo
la música su marcha triunfal, que parecía evocar un desfile de águilas
bicéfalas con las alas extendidas sobre masas de cascos puntiagudos.
Tenerife. Miró Fernando por entre las cortinillas, y sólo vio un mar
azul y tranquilo: las aguas unidas y luminosas de una bahía en calma. La
tierra estaba al otro costado del buque. Y como conocía la isla, por
haber bajado a ella en anteriores navegaciones, volvió a acostarse para
gozar despierto del regodeo de la pereza, mientras en los camarotes
inmediatos chocaban puertas, se cruzaban llamamientos en distintos
idiomas, y sonaba en los corredores un trote de gentes apresuradas,
atraídas por el encanto de la tierra nueva.
Una hora después subió Ojeda a las cubiertas superiores. El buque, al
inmovilizarse, parecía otro. Había perdido el aspecto de mansión cerrada
y bien calafateada que tenía en los días anteriores. Puertas y ventanas
estaban abiertas, dejando entrar a chorros, junto con el sol, un aire
cargado de efluvios de vegetación caliente. Los pájaros cantaban en sus
jaulas con repentina confianza al sentirlas inmóviles. Las plantas del
invernáculo parecían expandirse moviendo acompasadamente sus manos
verdes, como si saludasen a las hermanas de la orilla próxima. Flores
frescas, que aún mantenían en sus pétalos el rocío de los campos,
agrupábanse sobre las mesas del comedor. Los pasajeros asentaban sus
pies con extrañeza y satisfacción en el suelo inmóvil y firme como el de
una isla, después de la inestabilidad ruidosa de la noche anterior.
Al salir Fernando a la cubierta de paseo, sintió enredarse sus piernas
en un montón de telas vistosas extendidas junto a la puerta, al mismo
tiempo que zumbaba en sus oídos el griterío de una muchedumbre. Le
pareció estar en una feria de las que se celebran semanalmente al aire
libre en los pueblos de España. Había que abrirse paso con los codos
entre los grupos compactos. Bancos y sillas estaban convertidos en
mostradores.
Invadía el suelo un oleaje multicolor de cálidas tintas, remontándose
hasta lo alto de las barandillas y los huecos de las ventanas. Eran
mantelerías con calados sutiles semejantes a telas de araña; pañuelos de
seda de tonos feroces que daban a los ojos una sensación de calor;
kimonos con aves y ramajes de oro; leves pijamas que parecían
confeccionados con papel de fumar; almohadones multicolores como
mosaicos; velos blancos o negros recamados de plata que traían a la
memoria las viudas trágicas de la India subiendo al son de una marcha
fúnebre a la hoguera conyugal. Los productos de aguja de las isleñas
canarias mezclábanse con la pacotilla chillona venida de Asia.
Vendedores andaluces o indostánicos gesticulaban entre los grupos de
pasajeros, alabando sus mercaderías con sonora hipérbole española o con
un balbuceo mezcla de todas las lenguas.
Ojeda se vio asaltado por unos hombres cobrizos y pequeños, de cara
ancha y corta, mostachos de brocha, ojos ardientes con manchas de tabaco
en las córneas. Tenían el aspecto de perros de presa chatos y bigotudos;
pero buenos perros, humildes, que agarrados a él ladraban con suavidad:
«Señor, compra la mía colcha bonita para la tuya madama». «Señor, una
echarpa: todo barato.»
Los vendedores de la tierra pasaban ofreciendo cajas de cigarros
empapelados de plata, con las marcas más famosas de Cuba, a pesar de que
procedían de las fábricas de Tenerife. A cada momento abordaban nuevas
barcas al trasatlántico cargadas de fardos. Sus conductores subían la
escala con agilidad simiesca, y tendiendo una cuerda izaban las
mercancías, estableciendo a continuación un nuevo puesto. Las frutas de
la isla esparcían en el paseo su perfume tropical: la banana impregnaba
el ambiente con la esencia de su pulpa de miel. Algunos vendedores iban
de un lado a otro ofreciendo hamacas de hilo o grandes sillones de junco
trenzado, enormes y majestuosos como tronos. No se podía caminar por el
buque sin recibir empellones de la gente, golpes de sillas cambiadas de
lugar, o enredarse los pies en los montones de telas. Fernando se
refugió en el final del paseo que daba sobre la proa, acodándose en la
barandilla, junto al bombo y los instrumentos de cobre abandonados por
los músicos.
Alzaba la isla en el fondo su escalonamiento de montañas volcánicas, con
cuadriláteros de tierra cultivada moteados de blancas casitas. En la
parte inferior, junto a la masa azul del mar, extendían las
fortificaciones españolas sus viejos baluartes, rematados los ángulos
por garitas salientes de piedra. La ciudad era de color rosa, v sobre
ella se erguían los campanarios de varias iglesias con cúpulas de
azulejos. Cuatro torres radiográficas marcaban en el espacio las líneas
de su cuerpo casi inmaterial, dejando ver el cielo a través del férreo
tramaje.
Más arriba de la ciudad, en una arruga de la montaña, ondeaba la bandera
de un castillo moderno: un hotel elegante al que venían a respirar los
tísicos septentrionales. Entre el muelle y el trasatlántico, un
anchuroso espacio de bahía con gabarras chatas para el transporte del
carbón abandonadas sobre su amarre y cabeceando en la soledad; vapores
de diversas banderas, en torno de cuyos flancos agitábase el movimiento
de la carga con chirridos de grúas y hormigueo de embarcaciones menores;
veleros de carena verde, que parecían muertos, sin un hombre en la
cubierta, tendiendo en el espacio los brazos esqueléticos de sus
arboladuras; rugidos de sirenas anunciaban una partida próxima y otros
rugidos avisaban desde el fondo del horizonte la inmediata llegada;
banderas belgas que en lo alto de un mástil iban a las desembocaduras
del Congo; proas inglesas que venían del Cabo o torcían el rumbo hacia
las Antillas y el golfo de Méjico; buques de todas las nacionalidades
que marchaban en línea recta hacia el Sur, en busca de las costas del
Brasil y las repúblicas del Plata; cascos de cinco palos descansando en
espera de órdenes, de vuelta de la China, el Indostán o Australia;
vapores de pabellón tricolor en ruta hacia los puertos africanos de la
Francia colonial; goletas españolas dedicadas al cabotaje del
archipiélago canario y las escalas de Marruecos.
La isla, risueña e indolente en mitad de la encrucijada de los grandes
caminos que llevan a África y América, parecían contemplar impasible
este movimiento de la navegación mundial, mientras proporcionaba por
unas horas el alimento negro del carbón a los organismos humeantes, que
llegaban y partían sin conocerla; festoneada en su costa por una áspera
flota de chumberas y pitas; guardando tras las volcánicas montañas de su
litoral el secreto de sus ocultos valles tropicales; escalando el cielo
con una sucesión de cumbres sobre las cuales flotaban las blancas
vedijas de las nubes, y ostentando sobre esta masa de vellones el pico
del Teide, un casquete cónico estriado de nieves, que era como la borla
o botón de este inmenso solideo de tierra emergido del Océano.
Alrededor del -Goethe- habíase establecido un pueblo flotante y movible
que se deslizaba por sus flancos con acompañamiento de choques de proas,
enredos de palas y continuos llamamientos a las filas de cabezas
curiosas que orlaban los diversos pisos del trasatlántico. Eran lanchas
de remo, barcas de vela, pequeños vaporcitos, robustas gabarras con
montones de carbón.
Filas de hombres blancos que parecían disfrazados de negros penetraban
en el buque por las portas abiertas en sus dos costados llevando al
hombro grandes cestos que esparcían polvo de hulla. En las embarcaciones
menores había mercaderes que, puestos de pie y agitados como
polichinelas por las ondulaciones de la bahía, regateaban sus telas
exóticas con la muchedumbre de tercera clase amontonada en las bordas a
proa y a popa. De otras barcas cargadas con pirámides de frutas partían
al vuelo en ruda trayectoria naranjas y racimos de bananas hacia las
manos ávidas de los emigrantes, que retornaban monedas envueltas en
papeles. La nacionalidad del buque influía en las transacciones
comerciales, y los mercaderes de acento andaluz lo vendían todo por
-marcos- y por -pfenings-.
Canoas poco más grandes que artesas iban tripuladas por muchachos
desnudos, de color de chocolate, relucientes con el agua que se escurría
de sus miembros. Mientras uno bogaba moviendo unos remos cortos como
palas, otro, acurrucado en la popa por el frío de las continuas
inmersiones, rugía a todo pulmón: «¡Caballero, eche dos marcos, y los
alcanzo!». «¡Caballero, cinco marcos, y paso por debajo del buque!»
«¡Caballero... caballero!» Era un griterío que emergía incesantemente a
ras del agua; una continua apelación al «caballero» para que pusiese a
prueba la agilidad natatoria de la pillería del puerto. Y cuando la
pieza blanca caía en el abismo, el nadador iba a su alcance con la
cabeza baja y las manos juntas en forma de proa, dejando la piragua
balanceante detrás de sus pies con el impulso del salto. El cuerpo
bronceado tomaba una claridad de marfil en el cristal verde de las aguas
removidas. Se le veía agitar los miembros junto al casco de la nave,
como unas tijeras blancas que se abrían y cerraban acompasadamente;
hasta que, volviendo a la superficie con la moneda en la boca y
echándose atrás el mechón húmedo que caía sobre su frente, ganaba la
canoa con una agilidad de mono y volvía a temblar de frío, implorando a
todo pulmón la generosidad del «caballero».
Ojeda, ocupado en seguir las evoluciones de los pequeños buzos, sintió
de pronto que le tocaban en un hombro y alguien venía a acodarse en la
baranda junto a él.
--Pero ¿usted no ha querido bajar a tierra?...
Maltrana levantó los hombros. ¿Para qué?... Habían salido a primera hora
algunos vaporcitos llenos de pasajeros: familias mareadas aún por el
balanceo de la noche y ávidas de asentar el pie en suelo firme; damas
rubias que soñaban con excursiones al interior, olvidando que el buque
sólo iba a detenerse el tiempo necesario hacer carbón: unas cuatro
horas. Hasta un señor alemán que todos llamaban «doktor», sin saber
ciertamente el porqué del título le había preguntado, al enterarse de
que Tenerife era isla española, si tendría tiempo para presenciar una
corrida de toros. Y Maltrana reía pensando en la posibilidad de una
corrida imaginaria a las siete de la mañana, organizada a toda prisa
para dar gusto al «doktor». Nadie le había invitado a bajar a tierra, y
él deseaba evitarse gastos. El amigo Fernando estaba enterado del poco
dinero con que emprendía su viaje. En fuerza de importunar a los amigos
que tenía en los periódicos de Madrid, había podido conseguir un billete
de favor, un pasaje de primera clase pagando lo que pagaban los de
tercera.
--En justicia yo debía ir abajo comiendo rancho con ese rebaño de judíos
y cristianos, rusos, alemanes, turcos, españoles y... ¡demonios
coronados!, pues aquí vienen gentes de todos los países. Pero soy lo que
llaman un pobre de levita, y alguna vez había de servir para algo bueno
la santa desigualdad social, base, según dicen, del orden y las buenas
costumbres.
De contar con más tiempo para la visita del interior de la isla, no se
habría quedado en el buque. ¿Pero para ver la ciudad y sus vecinos?...
Bastantes españoles llevaba conocidos en España y sobradas veces había
tenido que escribir de asuntos de las Canarias sin haberlas visto nunca.
Ahora sólo le interesaban los países nuevos.
Y Maltrana añadió, mirando la isla:
--Esto es la portería de Europa. Le hallo cierta semejanza con los
perros caseros que surgen al paso de los que salen y los que entran.
Cuando creemos estar en el Océano sin límites, aparece la isla ante el
buque y lo detiene para husmearlo. Al que se va, le dice: «Anda con
Dios, hijo, y no vuelvas por aquí si no traes dinero. Antes que te parta
un rayo». Y al americano que viene, lo saluda con amabilidad de portera:
«Bien venido sea usted a la casa de su abuelita si trae plata que
gastar...». No me interesa esta tierra, que es como el rabo de un mundo
que dejamos atrás. Deseo verme cuanto antes en el otro hemisferio, a ver
cómo pinta por allá la suerte. Soy lo mismo que esos enfermos que van de
balneario en balneario, siempre con la esperanza de que en el próximo
les espera la salud.
Todos en el buque deseaban llegar al término del viaje, Maltrana veía un
signo de impaciencia en la rapidez con que los pasajeros cambiaban de
vestido, creyendo haber avanzado considerablemente, cuando aún estaban
cerca de Europa. Todavía era invierno; pero muchos, ilusionados por la
marcha hacia el Sur, habían creído oportuno, al tocar en Tenerife, subir
a cubierta con trajes de verano, gorras blancas o sombreros de paja. Las
señoras, que en los días anteriores iban por el buque con gruesos
paletós hombrunos y envueltas en velos como odaliscas, mostraban ahora
la rosada pulpa de su carne a través de los encajes de las blusas.
--Empieza para nosotros el verano--dijo Maltrana--, y con el verano las
ilusiones. Los que venimos por vez primera camino de América, sentimos
el mismo prejuicio de los sabios del tiempo de Colón, que afirmaban que
sólo podía encontrarse oro allí donde hubiese negros e hiciera mucho
calor... Al sentir que el sol nos quema con más fuerza que en Europa,
creemos estar menos alejados de la fortuna.
Permanecieron los dos amigos largo rato en silencio. Llegaban hasta
ellos las ondulaciones del gentío al abrir círculo en torno de los
vendedores que exhibían nuevas mercaderías. Ojeda se sintió molestado
por esta confusión de gritos y empellones. «¿Si nos fuésemos arriba?...»
Y por una de las escaleras que arrancaban de la cubierta de paseo,
subieron al último piso del buque, llamado en el lenguaje de a bordo
«cubierta de botes».
Nadie. Los ojos, habituados a la suavidad de los tabiques blancos del
piso inferior, a su penumbra ligeramente azul, que le daba el aspecto de
un paseo conventual, parpadeaban por exceso de luz en esta cubierta de
arriba, donde vastos espacios quedaban a cielo libre, caldeándose las
tablas bajo el fulgor solar. Algunos toldos extendían sombras
rectangulares y negruzcas sobre el suelo amarillento.
Por primera vez subía Ojeda a esta cubierta. El frío los había retenido
a todos abajo en los días anteriores. Sólo Maltrana, inquieto y curioso
por las novedades de la navegación, había ido de un lado a otro, desde
el puente del capitán a los profundos sollados, iniciando
conversaciones, lo mismo en las salas de los pasajeros de primera clase
que en los departamentos de proa y popa donde se hacinaban los
emigrantes.
--Me gusta esta cubierta--dijo con entusiasmo--porque es el único lugar
donde uno se entera de que va en un buque. Abajo, salones, comedores,
majestuosas escaleras, camareros de corbata blanca, pasillos con
habitaciones numeradas: un verdadero hotel. A no ser porque el piso se
mueve de vez en cuando, creería uno vivir en un balneario de moda. Hay
que levantarse del asiento dar un paseo y asomarse a la barandilla para
convencerse de que se está en el mar. Aquí, no: aquí se siente uno
marino; puede abarcarse por entero el redondel del Océano, que no
termina nunca, y en el que siempre ocupamos el centro, por más que
avancemos. Mire usted, Ojeda, qué cosas tan majestuosas lleva en su
cabeza el amigo -Goethe-.
Y con el orgullo de un descubridor, fue mostrando las maravillas de esta
cubierta, por la que había paseado en los días anteriores, cuando el mar
era de un tono lívido, el cielo plomizo y un viento cortante soplaba de
proa a popa.
--Fíjese usted en la chimenea: esa torre amarilla y enorme, que vista de
cerca casi da miedo. ¡El dinero que expele convertido en humo! Tiene
algo de campanario y abajo, en lo más profundo del buque, está el
templo, el santuario del fuego, con sus altares inflamados que producen
el vapor. ¿Eh?, ¿qué le parece la imagen? Se la brindo para unos
versos... Y con ser tan robusta la chimenea, mire cómo está aprisionada
y sostenida por varios tirantes, para que no la tumbe el viento. Vea
usted esos cuatro ventiladores que la rodean como si fuesen su pollada:
cuatro trombones amarillos, con la boca pintada de rojo, por los que
podríamos colarnos los dos a la vez. Llevan el aire a las profundidades
de las máquinas y los hornos. Digamos que son las ojivas que ventilan
esta catedral de acero y hulla.
Luego, echando la cabeza atrás, remontaba su mirada hasta lo alto de los
dos mástiles del buque.
--¿Distingue usted cuatro hilos que, sujetos a dos trastes, van de un
palo a otro? Parecen un cordaje de guitarra y son la red de la
telegrafía radiográfica. Los hilos bajan a la casilla del telegrafista,
y si se acerca usted oirá un chirrido semejante al de los huevos en
aceite: algo así como si el empleado friese los despachos antes de
servirlos al público... Y todas esas cajas enormes de cristales
deslustrados, esas cúpulas alambradas, son claraboyas que dan luz a
salones y escaleras. Vistas de abajo, brillan con dibujos de mosaicos
complicados, escudos de naciones, y aquí arriba Parecen estufas opacas
como las de los invernáculos... Esta cubierta tiene sus habitantes; es
un pueblo aparte, el barrio alto, la Acrópolis donde viven los Arcontes
que dirigen nuestra república movible. Mire usted a proa esa manzana de
camarotes, con paredes blancas y zócalos grises. Allí están las
viviendas del soberano comandante y sus ministros los oficiales. En
torno de ellos, los camarotes de la gente rica, la aristocracia, que
busca siempre la sombra de la autoridad. Sobre el techo, un pequeño
paseo, la última toldilla del buque; en la parte delantera, el puente,
algo así como el Ministerio del Interior, donde se vigila día y noche
por el mantenimiento del orden; cerca de él, la oficina telegráfica, o
sea el Ministerio de Relaciones Exteriores. Insubordínese usted, y
sonará un pito en el puente que hará surgir por una escotilla, como
diablos de teatro, cuatro rubios forzudos, con anclas azules tatuadas en
los bíceps, que le llevarán a dormir en la barra... Que un peligro
amenace la estabilidad de nuestro pequeño Estado, y el Poder Ejecutivo
lanzará una circular eléctrica a las otras potencias que navegan
invisibles, reclamando su pronta intervención.
Maltrana volvió los ojos hacia la popa, más allá de la chimenea y los
ventiladores de las máquinas.
--Allí tiene la Acrópolis otra manzana de viviendas, pero sólo la
habitan gentes ordinarias: algo así como las chozas villanescas que se
alzaban lo mismo que verrugas ante las puertas de los castillos. Es
nuestra Dirección General de Higiene: los lavaderos, el taller de
planchado y el gimnasio, con un sinnúmero de aparatos movidos por la
electricidad, invenciones diabólicas que le estiran a usted, le encogen,
le rascan la espalda y le cosquillean como un rosario de hormigas.
--¡Cosa de ver el lavadero, amigo Ojeda!--continuó tras una pausa--.
¡Lástima que esté ahora cerrado! Hay unas máquinas con cilindros, lo
mismo que rotativas de periódicos; sólo que en vez de largar pliegos
impresos, sueltan camisas, sueltan pantalones, sueltan sábanas, montañas
de ropa blanca, como sólo se verían si desalojasen de golpe toda una
calle de tiendas... El planchado aún es más interesante. Imagínese tres
mozas rubias y metidas en carnes, la falda corta, y sobre ella una blusa
larga rayada que deja al descubierto unos brazos de blancura germánica y
una pechuga a lo Rubens. Ayer pasé con ellas la tarde, viendo cómo
sudaban las pobrecitas dándole a las planchas eléctricas y cómo reían al
oírme hablar horas enteras sin entender una palabra. Les largaba
dicharachos de los nuestros, con algún que otro pellizco para apreciar
la dureza de sus blusas. ¡Cuestión de pasar el rato! Y ellas abrían los
ojos y se sonrojaban diciendo: «-Ia... Ia...-». Le he de llevar a usted
mañana, cuando no nos vean. Yo le presentaré: no tenga usted miedo. ¡Si
soy lo más amigo!...
Luego, Isidro se fijó en los costados de la cubierta, donde estaban
pendientes de sus pescantes de acero dos filas de botes.
--Hermosas balleneras de madera pulida y lustrosa como el piso de un
salón. En cada una de ellas podemos meternos cincuenta personas; y el
mástil, la vela, los remos, todo lo necesario, esta guardado en su
vientre, bajo la caperuza de lona que lo cubre. Cuando nos acerquemos al
término del viaje descansarán dentro del buque, amarradas entre esas
cuñas que hay en el suelo; pero durante la navegación van suspendidas
afuera, prontas a ser echadas al agua en caso de peligro... ¿Y ese
bosque de trombones amarillos con boca roja que surge por todos lados,
como gargantas de dragón? Son tentáculos que el vientre del buque echa
en el espacio para cazar oxígeno, trompas de acero que con el impulso de
la marcha van chupando vida... No extrañe, Ojeda, que me ponga lírico.
Yo no he viajado como usted. Todo es nuevo para este pobrete que pasó su
vida rodando por casas de huéspedes de las más baratas, y en cuanto a
buques, no ha visto otros que las barquillas del estanque del Retiro...
Y esto es grande, ¡muy grande!
Calló un instante, como si concentrase su pensamiento para apreciar
mejor tanta grandeza, y luego continuó:
--Lo que nos rodea aún es más enorme. Se sabe por los libros que el mar
es inmenso; pero la inmensidad en la lectura no es más que una palabra.
Hay que colocarse en ella, sentir el extravío de la imaginación ante el
espacio sin límites, hacer comparaciones... Ayer me paseaba yo por el
buque. Para recorrer la cubierta de abajo, que sólo ocupa el centro,
necesitaba doscientos pasos: unas cuantas vueltas, y se siente uno
fatigado como después de una marcha. Grandes salones, un café igual a
los de las ciudades, comedores en los que caben cientos de personas,
largos y complicados pasillos, lo mismo que en los hoteles, dormitorios
de alta numeración, almacenes, músicas, y la gente formando clases
separadas, estableciendo divisiones sociales, lo mismo que si
estuviéramos en tierra. ¡Qué enorme!, ¡todo qué enorme!... Y esto
mirando solamente los barrios privilegiados, el castillo central del
buque, con sus recovecos, escaleras, baños, gabinetes de aseo y tubos de
calor y de frío. La blancura de la luz eléctrica surge en todo rincón
donde puede aglomerarse un poco de sombra; el agua manando de los grifos
cada tres metros para una minuciosa limpieza; las alfombras mullidas
amortiguando los pasos; un olor higiénico de droguería esparciendo
perfumes desinfectantes allí donde las tristes necesidades humanas se
desembarazan de su suciedad. Esto es un palacio encantado.
Siguió Isidro la descripción del buque. Había que contar además los
barrios populares de proa y de popa: las aglomeraciones de emigrantes,
que comen y beben con más abundancia tal vez que en su tierra, y cantan
y sueñan porque van hacia la esperanza. Y bajo de ellos, máquinas que
encadenan y obligan a trabajar a las fuerzas misteriosas y malignas;
almacenes de víveres como los de una ciudad que se prepara a ser
sitiada; depósitos de mercaderías, fardos de telas, maquinarias
agrícolas, artículos de construcción, riquezas de la moda; todo lo que
necesitan los pueblos jóvenes para el desarrollo de su adelanto
vertiginoso. Y esta grandeza de hotel monstruo, de caravanserrallo, de
pueblo flotante, infundía a todos los pasajeros un sentimiento de
seguridad, como si estuviesen en tierra firme. ¿Quién podría destruir
los gruesos muros de acero, las ventanas sólidas, los muebles pesados,
las maquinarias de arrolladores latidos? Nada importaba que el suelo se
moviese; esto no podía disminuir su confianza: era un incidente nada
más. Vivían de espaldas al Océano y sólo tenían ojos para los grandes
inventos de los hombres. Todos acababan por olvidar el abismo que estaba
debajo de sus pies y hacían la misma vida que en tierra. Únicamente
cuando en sus paseos llegaban a la proa o la popa y se encontraban con
el mar inmenso, sentían la impresión del que despierta tendido junto a
un precipicio. ¡Nada! Nada más que un azul intenso hasta la raya del
horizonte y un azul más claro en el cielo. Algunas veces, allá en el
fondo, un punto negro casi imperceptible, un jironcito tenue de vapor,
un buque igual al otro, tal vez más grande...
--Y sin embargo--continuó Maltrana--, con menos valor que una hormiga en
medio de las llanuras de la Mancha... Las máquinas, los salones, las
murallas de acero, nada, absolutamente nada ante la inmensidad del
majestuoso azul. Un simple bufido suyo, y se nos sorbe... Y para
evitarnos esta mala impresión, cesamos de mirar el Océano y nos metemos
buque adentro a oír música en los salones, a tomar cerveza en el café, a
escuchar chismorreos de los que parece que depende la suerte del mundo.
¡Qué animal tan interesante el hombre, amigo Ojeda!... Como bestia de
razón, conoce la enormidad del peligro mejor que las otras bestias; pero
vive alegre, porque dispone del olvido, y tiene además la certeza de que
existe una Providencia sin otra ocupación que velar por él.
Contemplando otra vez las enormes proporciones del buque, pareció
arrepentirse de sus palabras.
--A pesar de la grandeza del mar, esto también es grande. Nuestras
apreciaciones son siempre relativas; nunca nos falta un motivo de
comparación con algo mayor para humillar nuestra soberbia. La tierra es
grande, y los hombres, para perpetuar su recuerdo en ella, llevan miles
de años degollándose, inventando nuevas maneras de entenderse con los
dioses o escribiendo en tablas, pergaminos y papeles para que su nombre
quede con unas cuantas líneas en el libraco que llaman Historia... Y la
tal tierra es en el mar del espacio menos, mucho menos que el -Goethe-
en medio del Océano; menos que un grano de carbón perdido en las tres
mil toneladas de hulla que pasan por sus carboneras. Más allá del forro
de la atmósfera nos ignoran, no existimos. Y planetas cien veces, mil
veces más grandes que la tierra, son ante la inmensidad una porquería
como nosotros; y el padre sol que nos mantiene tirantes de su rienda, y
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