Luego pasó por las avenidas de Bota Fuogo y Beira-Mar, viendo a un lado el terso azul de las ensenadas y al otro palacios y hoteles modernos con sus jardines de tropical vegetación, en los que predominaba la hoja ancha y abaniqueante. De vez en cuando abríanse en estas masas de construcciones recientes calles angostas con una doble fila de palmeras. Extendían sus plumajes a una altura tres o cuatro veces mayor que la de los edificios, rectas como los fusteles de una columnata, alineadas lo mismo que una tropa de soldados viejos, y ofreciendo en el fondo la rápida visión de un palacete de láctea blancura. Otras veces era una iglesia la que aparecía igualmente blanca, de una alba intensidad, sólo comparable a la de la espuma, con caperuza de tejas verdes y azules, y en torno de ella gráciles palmeras y rosales gigantescos. Fernando, ante estos vestigios de la época del Imperio, evocaba en su imaginación el típico caballero del Brasil tradicional, tal como lo había visto en libros y grabados: galante en sus maneras, sentimental y poético como un lusitano, la cara enjuta y pálida, con ancha perilla, sudando bajo la levita negra y el cilindro lustroso del sombrero de copa, un quitasol bajo el brazo y unos pantalones blancos de hilo por toda concesión al clima de su país esplendoroso. El automóvil lo llevó hasta una playa a través de desfiladeros y túneles perforados en el basalto, después de los cuales reaparecía el caserío. Siguió caminos abiertos en cornisa entre la bahía luminosa y unas pendientes casi verticales cubiertas de bosques de un verde metálico. Atravesó suburbios poblados por gente de raza africana, en los cuales el sonido de la trompa hacía asomar a las puertas unas negras enormes, tetudas, encorvadas por el volumen de sus vientres colgantes, y hacía correr tras de las ruedas un sinnúmero de pequeños diablos desnudos, con la cabeza como una bola de estopa aceitosa, y ostentando en mitad de su abdomen el ombligo en relieve igual a un botón. Pasó Ojeda mucho rato en el Jardín Botánico, admirando las gigantescas palmeras. Resquebrajadas por una larga vida, sonoras al golpe lo mismo que columnas huecas, iban saltando cual escamas de vejez los ramajes secos y las cortezas, con un estrépito agrandado por la altura del desplome. La proximidad de una montaña, cerrando el paso a toda brisa, hacía más intenso el calor. Huyó sudoroso de este invernáculo, y otra vez le llevó el automóvil a la Avenida como si diese por agotadas las novedades de la ciudad. El chófer hablaba de los hermosos alrededores, se ofrecía para llevarle a Tijuca, ponderando la maravillosa frondosidad de sus bosques. En la terraza de un café se agitó una sombrilla con movimientos de saludo. Luego, dos personas abandonaron una mesa, corriendo hacia el automóvil, que se detuvo instantáneamente. Eran Nélida y su hermano. Sonrió ella a Fernando, como si nada hubiese ocurrido entre los dos, acariciándole con sus ojos. El hermano experimentó una rápida simpatía por Ojeda a verle en automóvil, y sonrió igualmente, alabando el buen aspecto del vehículo. Se contenía para no saltar al pescante tomando asiento al lado del conductor. Nélida se lamentó de la pesadez de sus padres. Imposible ver nada con estos viejos. Habían dado un rápido paseo por la ciudad, y allí estaban, en la terraza del café, agobiados por el calor, hablando de volverse al buque, sin fuerzas para emprender una nueva excursión. Y ella y su hermano protestaban, ansiosos de verlo todo. --Llévanos contigo--murmuró al oído de Fernando. Y sin esperar su aprobación, dio algunos pasos hacia el café para hablar con sus padres, pero sin acercarse a ellos. «Papá, mamá: nos vamos con el doctor Ojeda.» Tampoco se tomó el trabajo de escuchar su respuesta. Dio un empujón al hermano. «Anda, zonzo; trépate en el automóvil al lado del chófer.» Y mientras el «zonzo» la obedecía, ella se sentó junto a su amante. Partió el vehículo a toda velocidad, sin que ninguno de ellos pudiese oír las recomendaciones que hacía la madre, incorporada en su asiento. Ojeda no sabía adónde ir, y consultó a Nélida. «A un sitio lindo», repitió ésta varias veces. Y el chófer, como si después de tales palabras fuese imposible una equivocación, emprendió el camino de Tijuca. Ella tomó una mano del amante entre las suyas, y al recostarse en el asiento casi descansó la cabeza en su hombro. Mostrábase arrepentida de su escena en el buque pocas horas antes. Fernando conocía su carácter; debía perdonarla. Y con este deseo de perdón, faltó poco para que lo besase en plena calle. Pasaban junto a ellos otros automóviles descubiertos con pasajeros del -Goethe-. Parecía haberse multiplicado su número prodigiosamente al fraccionarse en grupos. Casi todos los vehículos que rodaban a aquella hora por la ciudad estaban ocupados por ellos. Se les veía igualmente en los tranvías o estacionados en las puertas de tiendas y cafés. Saludábanse con espontáneo gozo, manoteando y gritando cual si fuesen compatriotas que se tropezaban después de larga ausencia. Alarmado Fernando por estos encuentros, recomendó a la joven cierta prudencia en su actitud. Podían verlos: después serían los comentarios en el buque. Además, señalaba al hermano, sentado a dos pasos de ellos, mostrándoles la espalda, mientras intentaba asombrar al chófer con su vasta erudición en marcas de automóviles. Pero Nélida levantó los hombros. ¡Lo que le importaba aquel tonto! ¡Ojalá arreglase Dios las cosas de modo que cayese del asiento y las ruedas lo convirtiesen en papilla!... Luego apretaba la mano de Fernando con más fuerza, mirándose en sus ojos. --Viejito mío, di que me perdonas... ¡Ay, si tú quisieras! ¡si tú quisieras! Otra vez despertó en ella el deseo de la fuga. Hablaba de esto sin recato, como si el hermano no pudiese oírla. Aquel infeliz no existía para ella: lo despreciaba. Y sin embargo, por una contradicción de su carácter, sentía a la vez gran miedo pensando en lo que podría decir cuando llegase a Buenos Aires. Aún estaban a tiempo. Ella imploraba la conformidad de Fernando poniendo unos ojos suplicantes. Abandonarían al hermano con cualquier pretexto, y éste se volvería al buque con sus padres, cansado de esperar. Pero Ojeda acogió tales proposiciones con una sonrisa de conmiseración. Era una loca: inútil todo esfuerzo para disuadirla. Ella apeló entonces a las lágrimas, último recurso femenil; y Fernando, para distraerla, comenzó a ensalzar la belleza del paisaje. Interrumpía sus desesperadas reflexiones con llamamientos para que fijase los ojos en la tupida arboleda y la maravillosa vista de la bahía. El remedio fue eficaz. --¡No me quieres, me has engañado!--gemía Nélida--. Me dejas ir al encuentro de mi hermano. Tú serás responsable de lo que ocurra. Y cuando más afligida parecía, la vista de un arroyuelo entre las peñas, de un árbol enorme, o del mar lejano ofreciéndose a través de la columnata de troncos, la hacían incorporarse en su asiento a impulsos del entusiasmo y sonreír, complacida, mientras unas lágrimas retrasadas se desplomaban de sus párpados, enrojeciendo su nariz. El automóvil había dejado atrás los suburbios de Río Janeiro. Subía por un camino tortuoso, entre bosques, hacia el poblado de Boa Vista, y a cada revuelta agrandábase el panorama y era más fresco el viento. A un lado de la pendiente extendía la montaña su rápido declive de rocas obscuras, de una rugosidad paquidérmica. El humus fecundo, la temperatura tropical, la humedad que manaba por todas partes, habían cubierto estas laderas de prodigiosa vegetación. Surgía de la tierra amontonada entre los bloques negros, de las grietas y oquedades de la piedra, como si ésta tuviese en aquel paisaje maravilloso un poder de fecundidad. Estos árboles, de un verde obscuro, eran de hojas charoladas, sin la más tenue veladura de polvo, cual si estuviesen recién lavados. Sus troncos no alcanzaban un diámetro grande, más bien parecían gráciles y débiles por su recta esbeltez y su altura enorme. La humedad que refrescaba continuamente sus raíces les hacía crecer apretados como los tallos de la hierba. El ansia de recibir la caricia del sol impulsábalos hacia arriba atropelladamente, pugnando por sobrepasarse unos a otros. Eran a modo de hebras de una inmensa cabellera verde. La fuerza vital de cada árbol expandíase en línea recta, sin encontrar espacio suficiente para ensancharse en tal aglomeración. Los troncos, esbeltos y altísimos, tenían en su remate una copa reducida, pero su enorme cantidad formaba una compacta masa verde, una bóveda que mantenía al suelo en perpetua sombra. Al filtrarse los rayos de sol por el caparazón de hojas, llegaban a la tierra húmeda como varillas de oro atravesando oblicuamente la penumbra del subterráneo. En esta semiobscuridad movíanse insectos de alas vistosas; correteaban escarabajos de colores; desarrollaban su serpenteo los hilos de agua rezumados por la piedra, uniéndose en arroyos que descendían rumorosos por los bordes del camino. Sobre la masa uniforme del bosque elevaban las palmeras sus alminares empenachados. Algunos troncos faltos de hojas cubríanse de colgantes pabellones de fibras, semejantes a vestiduras que cayesen en andrajos. Al otro lado del camino, por entre la empalizada de los troncos y las copas de los árboles crecidos en la pendiente, mostrábanse a cada revuelta la ciudad y la bahía. Las masas de techumbres rojas y pardas estaban igualadas por la distancia. Avenidas y calles formaban un entrecruzamiento regular de blancas cintas. Notábase en ellas el movimiento humano como un tenue hormigueo. A trechos lo cortaba el rápido deslizamiento de algunos puntos brillantes: automóviles y tranvías. Emergían muchas torres sobre este caserío: unas, albas o rosadas, con caperuzas de tejas de colores; otras, de férreo y puntiagudo casquete, con paredes de cemento. Y sirviendo de fondo al panorama, la enorme y tranquila copa de la bahía, con su terso azul moteado de buques, orlada de blancos pueblecitos y encerrada entre montañas negras de perfiles casi humanos. El chófer iba mostrando con patriótico orgullo las nuevas bellezas que ofrecía el paisaje a cada vuelta de su volante. Daba nombres a las aglomeraciones de caseríos y a los picos gibosos de las cumbres. Hablaba de las bellezas de Tijuca, que aún estaban por ver: la -Cascatinha-, una caída de agua más allá del -Alto de Boa Vista-; la Cascada Grande; la -Mesa do Imperador-, las Grutas de Agaziz, la «Gruta de Pablo y Virginia». Nélida palmoteó de entusiasmo al oír el último nombre. Quería ver cuanto antes este lugar. Recordaba vagamente un libro que había leído con el mismo título. Era una historia de amor, y esto bastaba para excitar su curiosidad. --Vamos a ver en seguida lo de Pablo y Virginia--exigió con su ímpetu de niña caprichosa--. Debe ser muy lindo... Yo no sabía que eran de este país. Llegó el automóvil al Alto de Boa Vista, extensa plaza limitada por el bosque y unas casas bajas, con jardines en el centro y un kiosco de conciertos. Volvió el vehículo a sumirse en la penumbra de la arboleda por un camino estrecho y pendiente. La vegetación era más densa, más salvaje, aglomerándose en los declives de barrancos y precipicios. Pasaba el camino de una altura a otra sobre puentes de un solo arco. El ruido del automóvil hacía correr vertiginosamente sobre sus cuatro patas a extraños roedores que tomaban el sol junto a la ruta. En la maleza adivinábase un misterioso rebullimiento de animales ocultos que escapaban despavoridos, tronchando ramas secas y haciendo llover hojas. Cerca de la Cascatinha, al pasar una revuelta del camino solitario, vieron tres automóviles parados, y cerca de ellos un ir y venir de hombres. Ojeda presintió inmediatamente quiénes eran éstos, al mismo tiempo que el hermano de Nélida creía reconocerlos, llamándolos por sus nombres. Se habían tropezado con Maltrana y su tropa. Iban a caer en pleno desafío. Fernando se puso de pie, gritando imperiosamente al chófer para que retrocediese. Tuvo que imponer su voluntad a los dos acompañantes, que parecían entusiasmados por el encuentro. Los agarró del brazo para que no saltasen a tierra mientras el chófer evolucionaba penosamente en el estrecho camino dando la vuelta. El hermano quiso reunirse con sus amigos, como si en esta soledad pudiesen hacerle algún obsequio. Nélida miraba ansiosamente, temblándole de emoción las alillas de la nariz. ¡Qué interesante!... ¡Ver cómo se peleaban los hombres!... ¡Y tal vez alguno de los dos quedase herido!... Hablaba de esto como de un hermoso espectáculo que iba a perder por culpa de Ojeda. No se le ocurrió por un momento que ella podía ser la causa original de este suceso. Intentó hacer frente a Fernando. Protestaba de sus imposiciones, y le habló de usted, para dar mayor dureza a su protesta. --Quiero ver todo Tijuca; quiero ir adonde vivieron Pablo y Virginia. Acuérdese de su promesa: un hombre debe tener palabra. Él contestó que el buque partía a las doce, y la visita a todo el bosque necesitaba muchas horas. En cuanto a Pablo y Virginia, ni eran del Brasil ni la gruta tenía de ellos otra cosa que el nombre. --Yo quiero verlos...--repitió Nélida--. Eso lo dice usted por engañarme. No me da la gana de volver a la ciudad. Pero Ojeda se acordó oportunamente del mercado de Río Janeiro, donde estaban a la venta toda especie de animales de los que produce el trópico: monos de diverso pelaje, loros parleros, vistosos papagayos. La ofreció un regalo para someterla a la obediencia: podía escoger entre estas maravillas de la fauna brasileña. Y bastó tal promesa para que, olvidando a los que dejaba a su espalda, volviese al amoroso tuteo. --¿De veras, mi viejo?... ¿Vas a regalarme un monito pequeño... así... así?--y achicando la distancia entre ambas manos, se imaginaba un simio de inverosímil pequeñez--. ¿No te parece mejor un loro de los que hablan?... ¿Dices que me regalarás las dos cosas?... ¡Ah, mi viejito rico... mi negro! Y como estaban en pleno bosque, se fue sobre Ojeda, besándolo a espaldas del hermano. La rápida aparición del automóvil en las inmediaciones de la Cascatinha había producido cierta alarma en Maltrana y sus compañeros. El testigo pacificador, que tanto había rogado a Isidro para impedir el lance, sintió gran miedo y no menor contento al notar la llegada del automóvil. Sin duda era la policía, que, avisada por alguien del buque, venía a sorprenderlos. Y lo mismo pensaron los demás. Por esto cuando el automóvil dio la vuelta, alejándose, desearon todos finalizar el acto cuanto antes, evitándose una sorpresa que consideraban inminente. Llevaban dos horas de vagar por los alrededores de Río Janeiro. Los jóvenes argentinos que guiaban a la comitiva habían indicado varios lugares adecuados para el encuentro. Llegaban a ellos, y siempre les salían al paso transeúntes molestos, o veían próximas algunas casas que parecían vomitar niños y perros atraídos por la presencia de los automóviles. Un chófer, sin adivinar cuál era el propósito de los viajeros, había propuesto la excursión a Tijuca. Y después de pasado el Alto de Boa Vista, al rodar en pleno bosque, les había seducido el bello panorama de la Cascatinha. --Aquí--ordenó Isidro con su autoridad indiscutible--. Jamás se habrá efectuado un desafío con tan hermoso telón de fondo. ¡Lástima que no venga con nosotros un operador cinematográfico! ¡Qué cinta pierde el mundo!... Apartábase la ladera de la vecindad del camino, formando un exiguo valle. La roca aparecía entre los árboles cortada verticalmente, y desde lo más alto de ella desplomábase una masa de agua chocando con las puntas salientes del basalto. Hervía esta agua en varias caídas con blancos espumarajos. El menudo polvo que levantaban sus burbujeos tomaba los reflejos del iris bajo la luz del sol. Ennegrecidas y sudorosas las piedras por la humedad, brillaban cual si fuesen bloques metálicos. La vegetación tropical movía las anchas manos de sus hojas goteantes. Hundíase la cascada en una pequeña laguna, corriendo después, espumosa y susurrante, por los pendientes canalizos entre las peñas. La vegetación enmarañada y las rocas sueltas sólo dejaban descubierto y accesible un reducido espacio de suelo desigual. Maltrana pensó en las dificultades que ofrecía este terreno para el combate, pero le sedujo su belleza y no quiso ir más lejos. ¿Dónde encontrar decoración más interesante para una muerte posible? Había que elevar la voz, pues el choque de las aguas dominaba todos los otros ruidos. Era a modo de los trémolos orquestales que dan en el teatro un realce conmovedor a palabras y gestos. Isidro se sintió más grande en este ambiente húmedo y sonoro. El bosque inmóvil parecía contemplarlo con sus mil ojos verdes, entre asombrado y curioso. Comenzó a dar órdenes a los otros padrinos, que lo seguían como los neófitos siguen al gran sacerdote de un culto nuevo. «¡Que se retirasen los automóviles un poco más allá de la cascada! No convenía que los conductores presenciasen el acto.» Y Maltrana fue obedecido. Los chóferes hicieron retroceder sus carruajes; pero luego, con las manos a la espalda, fingiendo distracción, volvieron socarronamente al mismo sitio, ganosos de saber en qué iba a parar este misterio. Con el mismo éxito se libró de otro testigo importuno: un chicuelo obscuro de color, desnudo de piernas y con gran sombrero de paja, que al ver llegar la comitiva se apresuró a salir de un toldo de cañas, limpiando un vaso en un arroyo y ofreciéndolo después lleno de agua hasta los bordes. Era el espíritu guardador de la cascada. Bajo su sombrajo, sobre una mesita, tenía varios botes de cristal con azucarillos y otros dulces, ennegrecidos y acartonados por el tiempo. Pasaba las horas en absoluta soledad, contemplando el revoloteo de los pájaros de colores en las frondosidades inmediatas, extrayendo melodías del monótono canturreo de las aguas, hablando tal vez con el pensamiento a las náyades de la Cascatinha, que le mostraban en su gracioso rebullir sus grupas de blanca espuma y aterciopelado iris. --Toma, «menino», y márchate de aquí. Maltrana hizo que uno de los testigos le diera unas monedas para que se fuese, y además le llamó «menino»--lo único que sabía de portugués--, con lo cual creyó halagarlo. Pero el «menino» se guardó los cuartos, y en vez de marcharse se pegó a él, como si adivinase la importancia de su persona. Y ya no pudo moverse sin encontrar ante su paso al mulatillo con el sombrero echado atrás, elevando sus ojos hasta los de él, bebiendo con la mirada sus palabras y sus gestos, como si estuviese en presencia de un prestidigitador y no quisiera perder detalle. Se resignó Isidro a estas desobediencias, vulgares tropiezos de la realidad... Pero había que proceder con rapidez. ¡Adelante! Midió a grandes zancadas un espacio de veinte metros, que era el convenido en un papel que llevaba en la mano. Un poco mayor resultaba la distancia marcada por sus pasos. Pero era él quien había propuesto los veinte metros, y con el mismo derecho podía medir treinta o cuarenta si le daba la gana... Un detalle sin importancia. ¡Adelante también! Después de fijar con una rama el sitio de cada adversario, se hizo atrás, contemplando el terreno como un artista que abarca su obra en conjunto. Resultaba algo desigual. Uno de los dos iba a quedar muy en alto, con el vientre casi al nivel de la cabeza de su contrincante. Pero había de conformarse con los defectos del terreno: las circunstancias no permitían gran minuciosidad en los preparativos. Un detalle igualmente baladí. ¡Adelante otra vez! Sólo entonces volvió la cabeza, fijándose en sus compañeros. A un lado estaban los padrinos, que seguían sus operaciones con respetuoso silencio, no osando aportar a ellas su ignorancia perturbadora. Más allá, con discreta separación, los dos enemigos, que se volvían la espalda, muy ocupados en seguir la caída de las aguas o el revoloteo de los pájaros sobre las copas de los árboles. El amigo Gómez, con su curiosidad ávida de trágicos sucesos, le había seguido en estos preparativos. Tras de él iba el mulatillo, abriendo los ojos cada vez con mayor asombro al no comprender nada de tales brujerías. Los dos jóvenes argentinos agregados a la expedición se habían subido a la cumbre de una roca, y allí estaban sentados con las piernas colgantes. Abajo podían verlo todo igualmente, pero ellos se consideraban simples espectadores, y habían querido ocupar un lugar de preferencia, un palco, en vez de permanecer mezclados con los artistas. Sorteó Maltrana, echando una moneda en alto, el lugar de cada uno de los combatientes. Luego los acompañó a sus respectivos sitios con una gravedad fúnebre. Él los apreciaba mucho, «¡mis queridos amigos!» pero en lances tales desaparece el afecto, y sólo habla el deber, el terrible deber. Al tener a cada uno en su puesto, lo palpaba minuciosamente, extrayendo de sus ropas la cartera, el monedero, las llaves, los papeles, todo lo que pudiera ser un obstáculo para la bala mortal. A continuación le abrochaba la chaqueta, le subía el cuello, para que el blanco de la camisa no sirviese de punto de mira, los manoseaba a los dos cariñosamente, lo mismo que una madre manosea a sus niños antes de enviarlos al paseo. Pero su bondad no iba más allá del tacto. En cambio, ¡la mirada autoritaria y cruel!... ¡la voz, que parecía un esquilón fúnebre al formular sus pavorosas recomendaciones!... El implacable director iba a poner las armas en sus manos dentro de breves momentos, pero antes dictó a uno y a otro los detalles del combate, para que no surgiesen errores. Cuando los dos estuvieran listos, él daría la voz de «¡Fuego!», añadiendo: «¡Uno... dos... tres!». En el espacio comprendido entre estos tres números debían disparar. El que hiciese fuego antes o después, «quedaría descalificado... sería un felón, un miserable... y el menosprecio de todo el mundo que tiene honor caería sobre él, persiguiéndolo durante toda su existencia. ¡Terrible Maltrana! Revolvía los ojos con una expresión anonadadora al hablar de felonías y traiciones, como si dispusiera de horrorosos castigos para los culpables. Su voz adoptaba un tono pavoroso, y los dos contendientes ya no pensaron desde este momento en fijar bien su puntería ni en la posibilidad de ser heridos. Su única preocupación fue no incurrir en el enojo de aquel hombre que podía marcarlos con un estigma eterno ante el mundo del honor; seguir sus lecciones cual discípulos obedientes; disparar--fuese la bala adonde fuese--dentro del término marcado. «Fuego: uno, dos, tres. Luego de esto se decidió Maltrana a abrir la maletilla de mano que encerraba su arsenal. Extrajo de ella dos revólveres iguales recogidos en el buque, y con pausada solemnidad los abrió, para que todos los padrinos examinasen su interior. El amigo Gómez, como experto en armas, presenciaba la ceremonia. --¡No hay más que una cápsula!--exclamó escandalizado, cual si acabase de descubrir una irregularidad. Maltrana le miró severamente. Joven: las condiciones del combate habían sido establecidas de antemano por las personas serias allá presentes. Se cambiarían dos balas nada más. --Pero en cada revólver no hay más que una--protestó el señorito mestizo. --Joven--volvió a decir Maltrana con una condescendencia protectora--: cambiar dos balas significa que cada combatiente sólo dispara una. Y como sospechase cierto conato de gesto burlón en la faz cobriza y los ojos estrechos de Gómez, añadió: --No se necesita más para matar a un hombre. Todos los que yo he visto morir tuvieron bastante con una bala. No lo olvide usted, joven. El joven se calló, arrepentido de su audacia, sintiendo respeto por aquel hombre extraordinario que había presenciado tantos combates y muertes. Para borrar el mal efecto de sus objeciones, se prestó a ser portador de la valija de las armas hasta el lugar que ocupaban los adversarios. Los tres padrinos, dando por finalizado su trabajo preparatorio, que no podía ser más pasivo, se hicieron atrás instintivamente algunos pasos. Iba a hablar la pólvora. Maltrana, extrayendo un revólver de su encierro, montaba la llave y lo puso en la mano del barón, alejándose luego hacia el otro combatiente. Gómez dio un consejo rápido al belga, que quedaba en guardia con el arma en alto. --Compañero, apunte a los pies. Yo conozco los revólveres; siempre envían la bala por arriba. Créame: a los pies... siempre a los pies, y hará carne seguramente. Luego, en el lado opuesto, dio el mismo consejo con voz queda y ojos relucientes de entusiasmo. «A los pies, compañero. Tírele a los pies, y le mete la bala en la barriga. Yo sé algo de esto...» Los dos le agradecieron su bondadosa indicación con un leve saludo. Pero tenían aspecto de preocupados; pensaban en otras cosas; aguzaban el oído para no sufrir las consecuencias de un retraso fatal: repetían mentalmente lo mismo: «Uno, dos, tres...». Fue a colocarse Maltrana al margen de la línea de fuego, entre los dos combatientes algo más cerca del alemán, que era el que ocupaba el lugar alto. Sospechó un instante que estaba demasiado cerca y podía alcanzarle una bala en su desvío. Pero él era el director, todo lo había organizado y todos le debían obediencia. Las armas estaban cargadas por él, y no era aceptable ni correcto que un proyectil se permitiese la insolencia de ir en su busca. Gómez dudó también por un instante si se retiraría, pero al ver inmóvil al maestro se pegó a él. Donde estaba un hombre, bien podía estar otro. Además, creyó perder algo de este espectáculo nuevo, del que esperaba grandes emociones, si retrocedía algunos pasos. Se dispuso Maltrana a dar principio al duelo, pero antes, como un actor que prepara la frase decisiva y mira al público, volvió los ojos en torno de él. Momento de emoción. Los otros padrinos se habían ido más lejos aún; los tres chóferes, enterados al fin del objeto de la correría, se agrupaban al pie de un peñasco, avanzando las morenas cabezas, abriendo los ojos ávidamente, pero sin que éstos reflejasen emoción alguna. Los dos argentinos seguían en lo alto de la roca, con las piernas colgantes, silenciosos y atentos como espectadores que ven levantarse el telón. El chicuelo de la cascada había huido al ver los revólveres, con un trote de perro inquieto, refugiándose bajo el telón. Desde allí, cual si temiese por la integridad de aquellos bocales de dulces, que eran la fortuna de la familia, abarcándolos en sus brazos, avanzaba la jeta, mirándolo todo con ojos de antílope asustado. Pareció reflejar el paisaje la emoción general. No graznaban los loros en las inmediatas espesuras; los monos habían cesado de saltar entre las ramas; pasó mucho tiempo sin que sonase la caída de una hoja o de una corteza de árbol. Hasta la cascada parecía cantar con sordina, cual si estuviesen balbucientes y asustadas las blancas divinidades ocultas en sus linfas. Se acordó Maltrana repentinamente de que era el primer orador a bordo del -Goethe-, y consideró oportuno hacer intervenir su elocuencia. Nunca encontraría mejor escenario para colocar un discurso. Y el primero en conmoverse con lo patético de sus palabras y el temblor de su voz, fue él mismo. Recordó la estrecha amistad que había unido a los dos adversarios, su viaje «arrostrando los peligros del mar». Un momento de olvido o de error había provocado un incidente lamentable; pero los buenos caballeros, cuando llegan adonde ellos habían llegado, sin miedo y sin reproche, podían darse todavía una explicación leal, evitando el lance. Un padrino aprobaba; otro torcía el gesto, poseído de súbita belicosidad. No habían ido hasta allí para oír sermones. Que disparasen pronto las armas, y a escapar, antes de que pudieran sorprenderles. Los dos argentinos se miraban en lo alto del peñasco. --¡Pucha! ¡y qué bien habla el gallego! El amigo Gómez murmuró, como si empezase a perder la fe en el maestro: --¡Cuánta ceremonia para matarse dos hombres!... ¡Qué macana!... Isidro estaba conmovido realmente, con una emoción algo parecida al miedo. Estos desafíos arreglados a la ligera, por salir del paso, resultaban muchas veces los más trágicos. Un pavoroso presentimiento le avisaba que los proyectiles no iban a perderse. A alguien iban a tocar. Y como los adversarios permanecieran callados y era visible la impaciencia de los demás, Maltrana dio por fracasada su elocuencia. «Sea lo que el destino quiera...» Se quitó el sombrero con solemnidad teatral; inclinó la cabeza como si por delante de él pasase la fatalidad. --Saludo a dos caballeros que van a morir. Dijo esto con verdadera emoción, cual si la muerte de ambos fuese para él un suceso inevitable; y afirmando la garganta con largo carraspeo, lanzó los gritos de mando. --¿Listos?... ¡Fuego! Uno... do... No pudo terminar. Sonaron casi al mismo tiempo dos ruidos semejantes al golpe de unas tabletas, dos chasquidos de tralla con dos nubecillas de humo. Ambos contendientes seguían en pie; se miraban como extrañados de que no hubiese ocurrido nada. De pronto, el barón echó a correr hacia su enemigo, éste avanzó a su encuentro, y chocaron ambos sus pechos, mientras los brazos se cruzaban espontáneamente en un estrujón amoroso. Los argentinos se removieron en su altura con voces de extrañeza y protesta. ¿Ya no disparaban más? ¿Y aquello era todo?... Les habían robado el dinero. --¡Tongo... tongo!--gritaron al mismo tiempo. Uno de ellos, cogiendo un pedazo de roca suelta, quiso arrojarla a guisa de felicitación sobre los adversarios reconciliados. El otro fue a imitarle; pero ambos se detuvieron, sorprendidos, deslizándose luego peñón abajo... Había un herido. Maltrana se encorvaba con un pie entre ambas manos. Gómez pretendía sostenerlo; los padrinos corrían hacia él. A continuación de los disparos había sentido un choque en el pie derecho, un choque violentísimo, mucho más doloroso que un pisotón, y que agitó con estremecimientos de suplicio toda la sensibilidad de esta parte de su cuerpo. Estaba herido, y su inquietud fue en aumento al mirarse el pie y no ver en él señal alguna de perforación ni goteo de sangre. Gómez mostrábase indignado por la torpeza de uno de los dos tiradores. --¡Hijo de una gran pulga!... ¡Si me llega a dar a mí! Le brillaban los ojos de un modo alarmante sólo al pensar que aquella bala perdida hubiese podido tocarle. Llevábase instintivamente una mano a su cintura. El amigo Gómez había asistido al desafío llevando su revólver, por lo que pudiese ocurrir. Todos rodearon a Isidro, manoseándolo, buscando en vano la herida que le arrancaba hondos suspiros. Ni rastro del proyectil. Sólo una leve depresión del cuero del zapato sobre el mismo lugar entumecido por el dolor. Buscaba Gómez, mientras tanto, con la cabeza baja examinando el suelo. Su instinto de hombre de campo, habituado a estudiar los más pequeños accidentes de la inmensa llanura argentina, su trato con los maravillosos «rastreadores», adivinos de la Pampa, le hizo encontrar la explicación de este misterio. Señaló a algunos pasos un diminuto orificio abierto en el suelo. Allí estaba enterrada la bala. Mostró después un guijarro partido recientemente, a juzgar por la blancura interior de sus fragmentos. Éste era el causante de todo. El proyectil, antes de hundirse en la tierra, había chocado con una piedra junto a los pies de Maltrana, y los fragmentos de ésta eran los que le habían golpeado. Isidro, al enterarse de que no estaba herido, sintió menos dolor. «No es nada, señores. Muchas gracias.» El amigo Gómez, desencantado por el final pacífico del acto, y furioso al mismo tiempo por la posibilidad de que una bala le hubiese alcanzado a él estando junto al maestro, murmuraba tenazmente: --¡Pucha!... ¡qué desgraciados son estos gringos! ¡Qué mal tiran! Y sus dos compatriotas, a pesar de la distracción que les había producido el incidente de Maltrana, continuaron gritando con expresión burlona: «¡Tongo... tongo!». Sintióse molestado Isidro por las murmuraciones de estos «queridos amigos» que habían asistido al encuentro por benevolencia suya. Ignoraba lo que pudiese significar la palabra -tongo-; pero por si equivalía a farsa o engaño, se apresuró a decir con toda su autoridad: --Esto ha sido un hermoso encuentro, ¿oyen ustedes, jóvenes?... Lo digo yo, que he presenciado muchos actos de igual clase... Y como nada queda por hacer, vámonos a tomar algo. Los adversarios, con la alegría de su reconciliación, apenas se habían fijado en los demás. Se estrechaban las manos, se sonreían como amantes. Todos experimentaron el regocijo de vivir que se siente después de un peligro; todos sufrieron de pronto el hambre que llega irremisiblemente a la zaga de la emoción. Roncaron de nuevo los motores de los automóviles, el niño de la cascada abandonó su refugio con la esperanza ilusoria de que se fijasen en él y le diesen algo por despedida, y otra vez se vieron Maltrana y su séquito pasando a gran velocidad entre las frondosidades de Tijuca. Pero ahora no iban silenciosos y preocupados; el sol era más vivo, los árboles más verdes. Reparaban todos en la hermosura de los pájaros, que hacían vibrar en el aire sus plumajes de colores. La velocidad de los vehículos dejaba detrás de su estela de polvo y humo un temblor de árboles conmovidos, de hojas que caían, de ramas que se entrechocaban, con gritos y saltos de los inquietos simios refugiados en sus copas. Al llegar a Boa Vista hicieron alto frente a una tienda de comestibles que era al mismo tiempo taberna y café: el único establecimiento que encontraron abierto. Su entrada fue en tropel, lo mismo que una invasión famélica. Los preparativos del duelo les habían obligado a salir del buque sin almorzar. El dueño de la tienda, un español cachazudo, no sabía cómo atender tantas y tan diversas peticiones. Querían comer; indicaban platos a su gusto, y el tendero contestaba a todos afirmativamente, pero aplazando el cumplimiento de sus promesas por una o dos horas, el tiempo necesario para ir y volver a Río Janeiro. Se abalanzaron entonces a los comestibles que estaban a la vista: pastelillos y dulces de diversas épocas, artísticamente moteados con deyecciones de moscas a pesar de su encierro entre cristales. El dueño, detrás del mostrador, atendía al remedio de esta hambre general abriendo latas de sardinas y cortando lonchas de salchichón blanducho. Todo pasaba en extravagante mezcla por los ávidos esófagos: el salchichón revuelto con soda, los pasteles bañados en aceite de sardinas. Y cuando su famélica nerviosidad empezó a calmarse, rompieron a hablar del desafío como de un suceso remoto, de un hecho histórico envuelto en las maravillosas nieblas de la lejanía, que todo lo agiganta. Los burlones que habían gritado «¡tongo!» modificaban su opinión al verse lejos del lugar del combate. Una bala podía haber tumbado a cualquiera de los dos adversarios con la misma facilidad que casi había dejado cojo a Maltrana. Y ahora que sentían en el estómago una grata pesadumbre, les pareció el asunto muy digno de respeto. También Gómez empezaba a sentir cierto orgullo por haber presenciado el duelo. Un espectáculo interesante que podría relatar a sus amistades. Y poseído de súbita consideración por los combatientes, quería deslumbrar al alemán con el relato de las batallas políticas allá en su provincia, tenaces encuentros revólver en mano, sin otros testigos que los peones, que disparaban también; desafíos gauchescos, jamás terminados sin sangre. El belga había acaparado a Maltrana en un rincón. Iban a separarse en Río Janeiro, pero él no podía quedar así, con buenas palabras nada más, sin un documento que atestiguase su conducta caballeresca. Necesitaba el acta del encuentro, para unirla a muchas otras en el archivo de su honor. Otra vez el español de la tienda se vio apremiado por los llamamientos de aquellos señores, que pedían toda clase de artículos de escritorio, como si estuviesen en una oficina. Sólo pudo ofrecerles una ampolleta de tinta clarucha y una pluma roma. En cuanto a papel, Isidro, que deseaba hojas de pergamino con cantos dorados para este documento destinado a larga vida, tuvo que contentarse con un bloque de hojas comerciales llevando en un ángulo el membrete del establecimiento: «-Frutos López. Productos do paiz e estrangeiros.-» Pero el honor ennoblece cuanto toca, y él se aplicó a redactar un documento, con pasajes de emoción dramática, ayudado por el barón, que le socorría en sus dudas sobre la sintaxis francesa. Porque el acta era en francés, para mayor solemnidad; el belga no la tenía por aceptable en otro idioma. Empezó a impacientarse el resto de la comitiva por este trabajo laborioso. Nada quedaba en la tienda digno de ser devorado. Gómez y sus compatriotas se entretenían saltando los bancos de la plaza. Los padrinos pensaban con nostalgia en el comedor del buque. Eran las once en el reloj de la tienda, y el -Goethe- zarpaba a las doce. Tenían miedo de quedarse en tierra por culpa del tal documento, y por esto suspiraron de satisfacción al poner la firma apresuradamente, corriendo luego a los automóviles. Cerca de mediodía lanzó el trasatlántico un rugido de aviso. Fueron acudiendo a esta primera llamada los pasajeros que estaban en los cafés de la Avenida, aburridos de la espera y del calor, sin saber qué hacer en la ciudad, deseando verse cuanto antes en pleno Océano bajo la brisa del mar libre. Volvían a sus camarotes para recobrar las frescas ropas de viaje, despojándose de los vestidos trasudados. Paseaban por las cubiertas con la misma satisfacción del que paladea el regalo de la casa propia después de un viaje penoso. Entraban en el buque con una emoción de gratitud, lo mismo que si volviesen al pueblo natal. Experimentaban el bienestar del propietario que recobra las comodidades de su vivienda al volver a encontrar colgados y en orden todos los objetos de uso personal que les recordaban una vida oceánica de diez días, equivalente a diez años. Rugió por segunda vez la chimenea y se acodaron todos en las barandas para presenciar la llegada de los otros compañeros. Desembocaban los automóviles en el muelle a toda velocidad, viniendo a detenerse frente al buque, al otro lado de la verja. Junto con los pasajeros subían al trasatlántico grandes ramos de flores, cestos de frutas tropicales, monos y loros que saltaban sobre los hombros de sus nuevos dueños pugnando por libertarse de las ataduras que los retenían. Sonó el tercer rugido y se miraron los pasajeros, consultándose para saber cuántos permanecían en tierra. Faltaban muy pocos. La gente se agolpó en las bordas, saludando con gritos y aplausos irónicos a los que llegaban retrasados. En la proa y la popa formaban los emigrantes dos masas obscuras, sobre las cuales se agitaban los pequeños redondeles blancos de las cabezas. Miraban de lejos aquella ciudad a la que no habían podido descender, como miran los presos en conducción paisajes y estaciones por las aberturas de un vehículo celular. Lo único que conocían de esta tierra eran las frutas que unos vendedores negros les arrojaban desde el muelle. Muchos de aquéllos, fatigados de admirar palmeras y caseríos blancos, acababan por volver las espaldas, refugiándose en los sitios más frescos y sombreados. Únicamente sentían verdadero interés por el país de su destino, la tierra de la esperanza, donde les aguardaba, según sus informes, la fortuna impaciente. Ellos iban a Buenos Aires. Una explosión de gritos y aplausos saludó el automóvil en el que llegaba Nélida con su hermano y Ojeda. Los padres, que habían sido de los primeros en regresar al buque, aguardaban impacientes. Pero el señor Kasper cortó con una acogida cariñosa la belicosidad de su cónyuge, irritada por esta tardanza. Juntos admiraron el pajarraco rojo y verde que sostenía Nélida en una mano. Lo llevaba con frecuencia a sus mejillas, besándole el corvo pico. El afán de novedad le hacía reclamar luego un mono que ostentaba su hermano en un hombro, bestiecilla inquieta con ojos de demente y una cola doble de larga que su cuerpo. El muchacho intentaba resistirse: entre el mono y él se había establecido desde el primer momento una dulce simpatía. Pero Nélida se lo arrebató, paseando sus labios frescos por la temblona cabecita del simio. Los esposos Kasper se conmovieron al saber que los dos animales eran regalo del doctor Ojeda. Miraron en torno para darle las gracias por sus atenciones con la niña, pero hacía rato que se había retirado a su camarote, deseando librarse cuanto antes de la sociedad de Nélida. Habían llegado al buque en franca enemistad. Hasta el último momento habló ella de la conveniencia de fugarse. Propuso nuevos paseos por el interior de Río Janeiro, se retardó en los cafés y las tiendas, con el visible propósito de que pasase el tiempo y el trasatlántico se marchara sin ellos. Al final, Ojeda se había irritado, imponiendo autoritariamente la vuelta inmediata al -Goethe-. Y Nélida, ofendida, sólo había tenido desde entonces palabras tiernas y caricias para los dos animales. En cuanto a él, lo detestaba. Comenzó a zarpar el vapor. Soltáronse los cabos que lo unían a tierra; la proa se apartó del muelle. Rugía la música la marcha de partida. Algunos pasajeros se mostraron inquietos recordando a los de la comitiva del desafío. Se iban a quedar en tierra. Indudablemente había ocurrido una desgracia. Y cuando todos, con un pesimismo contagioso, daban por segura la catástrofe, se produjo un movimiento general hacia la borda que enfrentaba al muelle. ¡Ya llegaban!... Salieron de la Avenida los tres automóviles a toda velocidad, y una vez junto a la verja, saltaron de sus asientos los pasajeros, yendo a todo correr hacia el buque. En aquel momento su costado se despegaba del muelle con lentitud. Hubo que bajar otra vez la escala. Un minuto más, y habrían tenido que alcanzar al -Goethe- en un bote en mitad de la bahía. Maltrana subió el primero con su valija de mano, no queriendo contestar a las preguntas de los curiosos. Tenía prisa de ganar su camarote para cambiarse de ropa. La gente, al ver que volvía sólo el alemán con los padrinos y acompañantes, dio por cierta la catástrofe, con la afición que muestran las masas por los finales trágicos. El barón belga estaba herido: tal vez había muerto a aquellas horas. La noticia dio la vuelta al paseo, despertando en las señoras un coro de lamentaciones: «¡Un mozo tan cumplido! ¡Qué desgracia!...». Los amigos del alemán, viéndolo sano y triunfador, se lo llevaban al fumadero con abrazos y palmadas en la espalda. Sonaron los taponazos del champán como prólogo de la descripción del combate. Algunos pasajeros volvían la espalda con indignación para no presenciar esta apología del homicidio. Mirando al muelle cada vez más lejano, con sus personas súbitamente empequeñecidas, fijáronse en un hombre que agitaba el sombrero y abría los brazos haciendo locos movimientos de despedida. --¡Pero si está allí!... ¡Si es el belga, que nos dice adiós!... La noticia hizo correr al pasaje en masa a un lado del vapor. Sí; era él: todos lo reconocían. Y a pesar de la distancia, gritaron los más, enviándole un saludo por encima del agua azul, entre el revoloteo de las gaviotas y las palmeras de una isla que parecía avanzar poco a poco enmascarando el muelle. En el centro de la ciudad se había despedido el belga de la comitiva para quedarse en su hotel. Pero luego se arrepintió. Su deber era ir a decir adiós a los demás compañeros de viaje. ¡Quién sabe qué mentiras contarían aquellos buenos amigos al relatar el desafío! Había que hacer constar que estaba incólume como el otro... Corrió al puerto, agitándose con desesperación al ver que se alejaba el buque sin que nadie reparase en su persona. Y cuando al fin llegó hasta sus oídos el bramido de saludo, se creyó recompensado de todos sus sinsabores y penalidades de hombre de honor. ¡Adiós, -Goethe-! ¡Adiós Nélida!... Tal vez la voz de ella se había unido a esta aclamación de despedida. Se enfrió el entusiasmo de la gente al enterarse de que los dos adversarios estaban sanos y enteros. Los mismos que poco antes parecían indignados en nombre de la civilización y la dulzura de las costumbres, lamentando la muerte del belga, torcían ahora el gesto cual si fuesen víctimas de una broma de mal gusto. «¡Farsantes!... ¡Alarmar a personas respetables con un desafío de morondanga!...» Sobre las ruinas de los dos adversarios, súbitamente caídos de la gloria, iba elevándose un nuevo héroe. Gómez y sus amigos, deseosos de hacer constar que ellos lo habían presenciado todo, hablaban de Maltrana, de sus palabras elocuentes, de la serenidad con que se había expuesto a la muerte, del balazo en un pie. El afán que siente todo cuentista de amplificar y abultar los sucesos, para tener en suspenso a sus oyentes, les hizo lanzarse de buena fe en las más absurdas exageraciones, ensalzando los méritos del director del combate. «¡Qué Maltrana tan corajudo!... ¡Qué tigre!» Y mientras se formaba y consolidaba en las cubiertas rápidamente un prestigio de héroe para Isidro, éste, con toda calma, tomaba un baño y se vestía de blanco, luego de repeler aquel traje de lanilla que le había atormentado con su peso lo mismo que una armadura. Al salir del camarote se tropezó con «el hombre fúnebre». «¡Y yo que me lo imaginaba a estas horas en la cárcel!...--pensó--. No habiendo sido aquí, será en Buenos Aires. La policía de allá debe estar mejor informada.» Le produjo alguna sorpresa ver que «el hombre fúnebre» iniciaba un asomo de sonrisa y de saludo. «¡Ah, bellaco!» Ahora le miraba como si quisiera hacerse amigo suyo. Era sin duda a impulsos del miedo que acababa de pasar... Y acogiendo esta muda amabilidad con desdeñosa altivez, siguió adelante, sin responder al saludo. La gloria salió a su encuentro. Le rodearon las gentes en la cubierta, mostrando gran interés por su salud. Hasta las damas menos comunicativas le pedían noticias. Ahora sí que podía llamarlos a todos de verdad «mis queridos amigos». Sonreían algunas señoras, con el dulce reproche femenil que lamenta y celebra a un mismo tiempo las temeridades del valor, y le amenazaban cariñosamente moviendo una mano con el índice en alto. «¡Ah, calaverón!... ¡Mala persona!» El doctor Zurita, enterado por sus hijos de lo ocurrido, se acercó a Maltrana con la irresistible simpatía que inspiran los actos de coraje a todos los de su país. --¡Ah, gallego diablo!... Ya me lo han contado todo. Muy bien... Tome uno de hoja. Y le dio el mejor de sus habanos como un tributo de admiración. Todos le miraban los pies, fijándose en sus zapatos blancos de lona. Los otros los guardaría seguramente abajo como un recuerdo. Muchos querían examinarlos para apreciar los destrozos del proyectil. Las mujeres, con súbita inquietud, le obligaban a sentarse al lado de ellas. --No haga locuras, Maltranita; tenga cuidado. Las heridas en los pies, por insignificantes que parezcan, traen a veces malos resultados. Y algunas se lanzaban a recordar heridas sufridas por individuos de su familia, accidentes de la vida en la Pampa, con cuyo relato se iban olvidando del héroe. --No pasee, señor; ande lo menos posible. Es un consejo de la experiencia. Esto le dijo en francés una voz tímida y respetuosa; y al levantar los ojos, vio Maltrana al «hombre lúgubre». ¡Éste también se unía a la general admiración!... ¡Un hombre que se hallaba bajo la amenaza del presidio dejaba en olvido su propia suerte para interesarse por su salud!... ¡Qué gran cosa el valor! El último en aproximarse fue Ojeda, cuando ya se habían disuelto los grupos de admiradores. A la mirada interrogante de Fernando, que parecía asombrado, contestó con un guiño malicioso y un leve encogimiento de hombros. No había de qué asustarse. --Todo mentira--murmuró con voz tenue--; «pura parada», como dicen los criollos. Pero deje usted que se hinche el entusiasmo. Con esto no se hace mal a nadie... Vamos a almorzar. El buque había salido de la bahía. Deslizábase entre islotes de tupida vegetación y escollos que emergían sus negras cabezas con greñas verdes. Las montañas de forma humana parecían alejarse tierra adentro. La ciudad se había ocultado, dejando en la memoria de todos una visión de blancas construcciones, altas palmeras, ensenadas azules bordeadas de jardines, rostros congestionados por el calor, ropas húmedas y sudorosas. La brisa del mar libre esparció su hálito vivificante por todo el buque. Con los preparativos de salida se había retrasado el almuerzo, y esta tardanza, así como la variedad de flores sobre las mesas y los víveres adquiridos en tierra, dieron nuevo encanto a la general nutrición. Todos comían con apetito, celebrando la frescura del comedor luego de la pesadez caliginosa de la ciudad. Algunas mesas estaban libres, y los pasajeros esforzaban su memoria para recordar a los que se habían quedado en Río Janeiro. En otras se agrupaban los brasileños recién embarcados. Iban a Montevideo, y allí transbordarían a los vapores fluviales que, siguiendo el Paraná y el Paraguay, llegaban, tras veinticinco días de viaje, al corazón de su país. Maltrana había realzado su triunfo manteniéndose en serena modestia, fingiendo no ver las miradas curiosas y admirativas. El señor Munster le hablaba ahora con respetuosa gravedad, no osando permitirse más bromas con un hombre que andaba a tiros y almorzaba luego tranquilamente sin acordarse del peligro. El doctor Rubau le contempló con melancólica conmiseración. «¡Ah, juventud, loca juventud!... ¡Tan apreciable que es la vida!» Lo afirmaba él, vestido siempre de negro, refractario al trato de las gentes, con una marcada tendencia al encierro y al llanto. Después del almuerzo, Ojeda se encontró solo en el jardín de invierno. Su célebre amigo estaba acaparado por la atención general y no venía a sentarse a su lado cual otras veces. Pasaba de mesa en mesa; lo rodeaban los jóvenes, que acabaron por llevárselo al fumadero. Notábanse grandes claros en la concurrencia. Las gentes no parecían las mismas de antes. Había desaparecido la inconsciencia alegre de la vida oceánica. Todos, al pisar el muelle, habían sentido que pertenecían al suelo firme, recordando de pronto las preocupaciones de su existencia anterior. La tierra recobraba sus derechos sobre ellos, y al volver al buque eran otros. Ya no vivían la vida del presente, con olvido del resto del mundo, como si la humanidad hubiera muerto, los continentes se hubiesen hundido y no quedasen sobre el planeta otras personas que este puñado de seres flotando sobre un arca de acero, sin tener que preocuparse de la comida, que encontraban siempre pronta, sin miedo a los compromisos sociales de un mundo lejano, con los apetitos en libertad y la conciencia soñolienta. Los negocios resurgían en la memoria de todos con mayor premura, como si en este período de olvido hubiese aumentado su interés. Cada uno pensaba en la causa que le había arrastrado a este hemisferio. Los residentes en América sentían los primeros asaltos de la inquietud. ¿Qué malas noticias saldrían a recibirles? ¿Cómo iban a encontrar los negocios después de su ausencia?... Los que iban a las tierras nuevas por primera vez sufrían la angustia de la incertidumbre, la duda del que va a arrostrar una prueba decisiva. Y todos, obsesionados por sus pensamientos, se apartaban y aislaban para reflexionar mejor. Restablecíanse las distancias sociales, que en mitad del viaje parecían haberse suprimido. Las caras ya no sonreían. Todos, con gesto de preocupación, evitaban la familiaridad. Parecían tener miedo de que las relaciones amistosas de a bordo se prolongasen en tierra. Un intento de aproximación y de confidencia se traducía como amenaza de inmediatas peticiones. Los de menos fortuna, que hasta entonces habían gastado pródigamente, con la facilidad que proporciona el crédito, comenzaban a restringir sus necesidades extraordinarias en el comedor y en el fumadero. Se acordaban de pronto de los numerosos vales que llevaban firmados: iba a llegar el momento de ajustar cuentas con el mayordomo. Un ambiente de tristeza y desasosiego se esparcía por el buque, velando las voces y haciendo languidecer las conversaciones. Los sitios vacíos inspiraban el melancólico recuerdo de los ausentes. El salón de invierno ofrecía el aspecto de una reunión de familia después de una desgracia. Ojeda también estaba triste. La soledad favorecía el desarrollo de sus remordimientos. Pensaba con vergüenza en sus aventuras, y a la vez, por una contradicción bizarra, pensaba también en Nélida, extrañando su ausencia. Esperaba verla aparecer de un momento a otro en la ventana inmediata, lo mismo que en las tardes anteriores. Se habían separado con enojo al llegar al buque; pero estos enfados eran siempre en ella de corta duración, y horas después se aproximaba, anunciando con maliciosos guiños su propósito de bajar al camarote... Pero hoy transcurría el tiempo sin que Nélida apareciese. Cansado de este abandono, salió Fernando a la cubierta, y al dirigirse hacia el lado de proa, lo primero que vio en «el rincón de los besos» fue a Nélida tendida en una silla larga, con los ojos entornados, dejando al descubierto una buena parte de sus piernas, cubriéndose la cara con una mano como si quisiera ocultar su rubor, mientras a través de los dedos brillaban sus ojos de malicia. Y sentado junto a ella estaba Maltrana, el heroico Maltrana, expresándose con vehementes gesticulaciones, echando el busto hacia adelante, cual si la muchacha tirase de él con magnética fuerza. - , 1 2 , 3 . 4 . 5 6 , , 7 , 8 . 9 10 , 11 , , 12 , 13 . 14 15 , , 16 , 17 : , 18 , , , 19 20 , 21 . 22 23 24 , . 25 26 . 27 , 28 , 29 , , 30 , 31 , 32 . 33 34 , 35 . , 36 , 37 , 38 . , , 39 . 40 41 , 42 . 43 , , 44 . 45 46 47 . , , 48 , . . 49 50 , , 51 . 52 , , 53 . 54 . 55 56 . 57 . , , 58 , , 59 , . 60 , . 61 62 - - - - . 63 64 , 65 , . « , : 66 . » . 67 . « , ; 68 . » « » , 69 . , 70 , 71 . 72 73 , . « » , 74 . , 75 , 76 . 77 78 , 79 . 80 . ; 81 . , 82 . 83 84 85 - - . 86 . 87 . 88 . 89 , 90 . 91 92 , 93 . : 94 . , , , 95 , 96 . 97 . ¡ ! ¡ 98 99 ! . . . 100 101 , 102 . 103 104 - - , . . . ¡ , ! ¡ 105 ! 106 107 . 108 , . 109 : . , 110 , 111 . 112 113 . 114 . , 115 , . 116 117 . 118 : . 119 , ; , , 120 . 121 122 . . 123 124 - - ¡ , ! - - - - . 125 . . 126 127 , , 128 , 129 , 130 , , 131 , . 132 133 . 134 , , , 135 . 136 137 138 , . , 139 , , 140 . 141 142 , 143 , 144 . , , 145 , , 146 . , 147 148 . 149 . 150 , 151 . 152 . 153 154 , 155 . , 156 , , 157 , 158 . 159 , 160 . 161 162 ; 163 ; 164 , 165 . 166 . 167 , 168 . 169 170 , 171 , 172 . 173 . 174 . 175 . 176 : 177 . : , 178 , ; , 179 , . 180 , , 181 , 182 . 183 184 185 . 186 . 187 , : - - , 188 - - ; ; 189 - - , , « 190 » . 191 192 . 193 . 194 . , 195 . 196 197 - - - - 198 - - . . . . 199 . 200 201 , 202 , 203 . 204 . , 205 , . 206 . 207 208 . 209 210 , . 211 212 , , 213 , 214 . , 215 , 216 . 217 218 . 219 . , 220 . , 221 . 222 223 . 224 225 , 226 . , 227 . ¡ ! . . . ¡ 228 ! . . . ¡ ! . . . 229 230 . 231 . 232 233 . , 234 , . 235 236 - - ; . 237 : . 238 239 , 240 . , 241 . 242 243 - - . . . - - - - . 244 . . 245 246 , 247 248 : , , . 249 : 250 . , 251 , . 252 253 - - ¿ , ? 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