teatros, más enormes que los de París. Los establecimientos nocturnos
copiaban los títulos de Montmartre; pero si en una sala parisién
danzaban cincuenta parejas, en la de Berlín bailaban doscientas; si en
una parte se destapaban diez botellas, en la otra eran cien; y si en los
bulevares había batallones de mujeres sueltas, en la metrópoli germánica
podían formarse cuerpos de ejército con las hembras en disponibilidad.
Todo era abultado, inmenso, colosal, en aquella urbe disciplinada; hasta
la alegría y la licencia, que habían sobrevenido como resultados del
triunfo. Y la mestiza de alemán y de criolla hablaba con nostalgia de la
vida nocturna de Berlín, de todo lo que había conocido y gozado en su
absoluta libertad de «señorita educada a la moderna».
--Tú sólo has visto aquello como viajero; además, conoces poco el
idioma. No sabes lo que es la vida allá. ¡Si la conocieras!... ¡Si
accedieses a venir conmigo!
Y en la inconsciencia de su entusiasmo, sin darse cuenta de la penosa
impresión que causaba en Ojeda, empezó a hablarle de sus aventuras. Tema
una amiga, hija de alemán y de norteamericana, cuyos padres vivían en
Berlín después de haber hecho fortuna en los Estados Unidos. Las dos se
escapaban de sus casas por la noche para ir a los cafés más célebres en
compañía de unos novios con los que nunca habían de casarse. Este
acompañamiento no las impedía cenar con ricos señores de la industria y
de la Banca que celebraban un buen negocio. Los dueños de los
establecimientos las atraían y las halagaban a ellas y a otras de su
clase. Eran señoritas, con un encanto superior al de las otras mujeres.
Sabían mantener sus aventuras en un término prudente, con más bullicio y
atrevimiento que las profesionales, pero sin permitir nunca el atentado
irreparable. Mostrábanse expertas en la tentación que enardece al
parroquiano y le hace volver. Y para asegurarse el auxilio de estas
colaboradoras, los gerentes les daban primas sobre lo que hacían gastar
a los señores, algunos centenares de marcos al mes, que eran una entrada
supletoria para vestidos y sombreros, compensando de este modo el
regateo económico de sus familias.
--Un gran país--continuó Nélida--. Allí únicamente se vive. ¿Y tú no
quieres llevarme? ¡Tan dichosos que seríamos los dos!... Di, ¿por qué no
quieres?
Fernando quedó indeciso. No sabía qué contestar a esta loca, de una
amoralidad desconcertante. Era inútil exponer razones de honor, hablar
de su dignidad, que no podía adaptarse a este género de existencia.
Jamás llegaría a entenderle.
Para salir del paso aludió a las dificultades materiales que se oponían
a su plan. ¿Qué iba a hacer él en Berlín? ¿De qué podían vivir? Para
estas aventuras se necesita dinero, y él no lo tenía.
Nélida abrió los ojos con asombro. No podía comprender un hombre sin
dinero. Todos los que ella había conocido hasta entonces lo tenían en
abundancia, o al menos jamás se preocupaban visiblemente de su carestía.
¡Un hombre sin dinero!... Le parecía inaudita esta revelación, y miró a
Ojeda como si acabase de descubrir en él nuevos encantos y perfecciones.
Ella tenía dinero para los dos. Ignoraba cuánto: tal vez mil quinientos
marcos. Y repitió varias veces la cifra, dándola gran importancia por
ser dinero suyo: ahorros de la vida en Berlín... Además de esto, tenía
sus pequeñas alhajas, regalos de amistad, que llevaría con ella. No
necesitaban de grandes cantidades para llegar a Berlín, y una vez allá,
todo les sería fácil. Contaba con amigos, muchos amigos; una mujer sale
fácilmente de apuros. Ojeda sólo tendría que ocuparse de los gastos de
su persona, y si era necesario, ella ayudaría también a su viejito... a
su negro.
--¡Nélida!--protestó Fernando.
Pero no quiso decir más. ¿Para qué?... Ni él aceptaba aquel viaje, ni
ella, con la movilidad de sus fugaces impresiones, se acordaría tal vez
de esto a la mañana siguiente.
Sonó un gran estrépito en las cubiertas superiores: ruido de voces,
correteos. Luego las fuertes pisadas se alejaron hacia la popa,
acompañando una violenta discusión. Debían ser los de la banda, que se
peleaban entre ellos.
--Márchate--dijo Ojeda--. Son las tres. Esas gentes pasean por todo el
buque antes de acostarse, y te pueden sorprender.
Aceptó el mandato Nélida, más por despecho que por obediencia amorosa.
Sus besos de despedida fueron glaciales. Fruncía las cejas; brillaba en
sus ojos un resplandor hostil.
--No me quieres, bien lo veo... Otro se consideraría feliz si yo le
permitiese acompañarme en mi fuga, y tú parece que estás arrepentido de
conocerme... Cualquiera diría que te he propuesto un crimen.
Fernando murmuró algunas excusas... Era un asunto que merecía ser
pensado. Tal vez se decidiese al día siguiente. Pero ella, adivinando la
falsedad de sus palabras, no quiso oírle. «¡Adiós!» Le empujó para ganar
la puerta, cerrándola tras ella ruidosamente, como si ya no le importase
guardar recato alguno.
«¡Adiós!», contestó Ojeda al quedar solo. Levantaba los hombros, sonreía
con una expresión de cansancio, le pareció más agradable su camarote sin
otra presencia que la suya... ¡Muchacha loca, adorable por una hora e
insufrible por toda una noche!... Reía francamente al recordar las
extrañas proposiciones de Nélida. ¡A Berlín él!... ¿Qué se le había
perdido allá?... Y todo porque la niña le tenía miedo al hermano medio
salvaje. Era una solución digna de su cabeza destornillada.
Con estos comentarios fue desnudándose, y al apagar la luz experimentó
entre las sábanas la voluptuosidad del que se ve solo después de haber
sufrido una compañía enojosa. ¡Ah, las mujeres! ¡Lástima grande no poder
vivir sin ellas! Ojeda, que empezaba a dormirse, dio algunas vueltas en
su nebuloso pensamiento a la vulgarizada frase del dramaturgo
escandinavo. Siempre que una contrariedad amorosa le impulsaba a
separarse de una mujer, se decía lo mismo: «El hombre aislado es el más
fuerte...». ¡Ay! Fácil era aislarse cuando el organismo parece crujir de
fatiga y la hartura quita todo encanto a las tentaciones. Pero
transcurría el tiempo; la mujer despreciada adquiere mayor valorización
a cada vuelta de sol; y el deseo, al renacer en las entrañas, las araña
como un demonio implacable, diciendo burlonamente a cada zarpazo: «Toma,
hombre aislado; toma y aguanta, ya que eres el más fuerte...».
Despertó Ojeda al día siguiente con los sonidos de la música, que daba
su concierto matinal. Cuando subió a la cubierta era muy tarde. Muchos
esperaban el toque de mediodía para entrar en el comedor. Adivinó
Fernando en las miradas de algunos y en el secreto de ciertas
conversaciones que un suceso extraordinario había ocurrido en el buque.
Vio venir hacia él a Maltrana con la majestad sombría de un hombre
cargado de secretos. Las miradas de algunos pasajeros tendidos en sus
sillones le seguían con cierta admiración. Parecía haber crecido en una
noche. Era otro, con la mirada grave, la frente pesada, los brazos
cruzados sobre el pecho y un índice apoyado en la boca, lo mismo que si
adoptase un gesto de pensador viéndose rodeado de máquinas fotográficas.
--Tengo que hablarle.
Dijo esto con tono de misterio, y se llevó a su amigo hacia el extremo
de proa.
--¿Por casualidad trae usted una caja de pistolas de desafío?...
A pesar de que Ojeda, en vista del aspecto de su compañero, estaba
preparado para las peticiones más absurdas, no pudo reprimir su
sorpresa... ¿Pistolas de desafío?... ¿Es que «por casualidad» viajaban
las gentes con una caja de ellas en el equipaje?... Maltrana se excusó.
Recordaba que su compañero había tenido varios lances, y esto le hacía
suponer que bien podría llevar con él esta clase de armas.
--Siento que usted no las tenga, Fernando, y no sé cómo salir del paso.
Hay un duelo pendiente a bordo, y los adversarios, así como los otros
testigos, me han hecho el honor de confiarse a mi pericia, encargándome
la preparación del combate. Una misión difícil.
El desafío iba a realizarse a la mañana siguiente en tierra, con el
mayor secreto, durante las pocas horas que el buque permanecería
anclado, y él tenía que establecer las condiciones, para lo cual le era
necesario, ante todo, encontrar las armas.
No faltaban éstas en el buque. Todos los pasajeros tenían la suya, y
hasta algunas señoras ocultaban en sus camarotes el arma de fuego
niquelada, brillante y graciosa como un juguete. Había revólveres de
todos los calibres, pistoletes automáticos de diversos mecanismos. Un
argentino hasta le había ofrecido para el caso dos carabinas de
repetición, con balas blindadas, que llevaba para su estancia. Pero
todas eran armas vulgares, prosaicas, de última hora; armas sin
tradición, que no podían servir por falta de títulos para que dos
caballeros se matasen. Él necesitaba espadas o pistolas antiguas que se
cargasen por la boca, como ordena el ceremonial del honor, armas
poéticas consagradas por el teatro y la novela; y toda aquella gente
sólo podía ofrecerle ferretería moderna, falta de nobleza, que
funcionaba como un reloj y distribuía la muerte con mecánica exactitud.
No había podido encontrar a bordo ni siquiera dos sables, arma híbrida,
arma mestiza, que era como una transición entre las unas y las otras.
Ojeda interrumpió estas lamentaciones. Quería saber el motivo del duelo
y quiénes eran los combatientes.
Se expresó Maltrana con triste dignidad. Había sido al final de la
fiesta en su honor, cuando más contentos y fraternales se mostraban los
amigos. Muchos se habían retirado a sus camarotes. Eran las tres de la
madrugada. Al cerrarse el fumadero habían subido a la cubierta de los
botes para terminar el jolgorio en el camarote del belga, que iba a
separarse al día siguiente de la honorable sociedad. Llevaban a
prevención algunas botellas, y al quedar vacías éstas, probaron a beber
cierto alcohol de tocador, agua de Colonia o algo semejante, riendo de
las muecas y náuseas que el líquido perfumado provocaba en algunos.
--Cuando más contentos estábamos, surgió la pelea entre el belga y ese
alemán pariente de Nélida, los dos amigos más íntimos, siempre juntos
desde que entraron en el buque. Yo creo que en el fondo se odiaban sin
saberlo. Inútil decir a usted quién es el verdadero culpable... ¿Quién
ha de ser?... Nélida. Y lo más gracioso del caso es que ninguno de los
dos la nombró, pero ambos la tenían en el pensamiento. Estaban furiosos
desde hace días, desde que la muchacha se fijó en usted. Fue una suerte
que no anduviese usted anoche por el buque. Hubiésemos tenido un
disgusto.
Los dos rivales se hacían responsables del apartamiento de la joven.
Cada uno de ellos se imaginaba que de haber quedado solo al lado de ella
habría podido retenerla. Pero se habían estorbado con su mutua
presencia, acabando por cansar a Nélida en fuerza de rivalidades y
celos. Y este odio silencioso que los dos llevaban en su pensamiento
había estallado en la madrugada con la rapidez y la incoherencia de las
querellas de borrachos. Unas cuantas palabras ofensivas, a las que no
prestó atención el resto de la banda, y de pronto, botellas por el aire,
bofetadas, lucha cuerpo a cuerpo.
--Algo muy triste, amigo Ojeda. Por voluntad del alemán, allí mismo
hubiese terminado el incidente. Él tiene un ojo hinchado y el otro lleva
en un carrillo algo que parece un tumor. Los dos iguales. No se
necesitaba más para volver a ser amigos... Pero el belga entiende las
cosas de otro modo. Saca a colación su baronía, y además creo que ha
sido subteniente de no sé qué guardia nacional o reserva de su país. En
fin, que ha arrastrado sable y tiene empeño en batirse con su amigote,
para después estrecharle la mano con toda tranquilidad. Y los dos se han
confiado a mí en esto del duelo.
Maltrana se excusó modestamente.
--No extrañe usted esta predilección. Se han enterado de que yo tuve en
nuestra tierra algunos desafíos (porque con ellos me iba el pan), y me
miran con tanto respeto como si fuese de la Tabla Redonda... Además, ha
influido igualmente mi triunfo oratorio de anoche, el nuevo prestigio
que me rodea. Uno que habla bien es sabido que sirve para todo... hasta
para gobernar pueblos.
Y como Fernando no podía darle lo que necesitaba, se alejó en busca de
las armas. Iba a hacer la misma pregunta a otros pasajeros de
distinción, y si éstos no tenían «por casualidad» una caja de pistolas,
arreglaría el encuentro a revólver, escogiendo dos completamente iguales
entre los muchos que le habían ofrecido.
Al pasear Ojeda por la cubierta vio a los adversarios, uno en la terraza
del fumadero y otro en el balconaje de proa, ostentando ambos en la
cara, sin recato alguno, las huellas del choque nocturno. La banda se
había dividido según sus opiniones y afectos, quedando un grupo en torno
del alemán y otro junto al barón. Los dos se mantenían en actitud
arrogante, como actores que vigilan sus movimientos sabiendo que todas
las miradas están fijas en ellos.
De Nélida no se acordaba nadie. Este choque, que podía tener
consecuencias trágicas, había quitado todo interés a la inquieta
muchacha y sus insolentes veleidades. Ojeda la vio venir hacia él
pasando ante el grupo que formaban el barón y sus amigos en la terraza
del fumadero. Todos la consideraron con indiferencia, y ni siquiera
volvieron los ojos para seguirla mientras se alejaba. La atención era
para el héroe, que, con el carrillo hinchado, relataba por cuarta vez
cierto desafío terrible en el que casi había matado a su rival.
Al reunirse Nélida con Fernando le habló con apresuramiento. Iba
buscándole desde una hora antes por todo el buque... ¡Lo que le ocurría
a ella por culpa del hermano!...
--Cuando veas a papá, dile que estuviste acompañándome hasta las tres de
la mañana en el comedor y que me encontraste a la una. Él te preguntará;
pero aunque no te pregunte, dile eso de todos modos.
Había cometido una imprudencia la noche anterior al ir en busca de él,
dejando olvidada la llave en la puerta de su camarote. El «zonzo», o sea
el hermano, ansioso de venganza por los golpes de la tarde, había
cerrado la puerta al notar su salida, guardándose la llave. Inútiles
los ruegos de Nélida cuando, al volver en la madrugada, intentó ablandar
a su hermano llamando a la puerta de su camarote. Se fingía dormido. Y
ella había pasado el resto de la noche en una silla del comedor, a
obscuras, invisible para los de la banda, que andaban divididos de un
lado a otro con la agitación de la pelea reciente.
Los criados que estaban de guardia podían atestiguar que había pasado la
noche en el comedor. Simple asunto de cambiar las horas, asegurando que
estaba allí desde mucho antes. Todos los criados del buque sonreían al
verla y estaban prontos a afirmar lo que ella les pidiese...
Una escena borrascosa de familia cuando el digno señor Kasper y su mujer
se levantaron y abrió el hijo la puerta del vacío camarote. «Nélida ha
pasado la noche fuera.» Pero Nélida sobrevino como una fiera, y hubo que
arrancar al «zonzo» de entre sus manos. Aquel bandido se había
aprovechado de una corta salida suya por exigencias higiénicas para
cerrar la puerta, dejándola fuera del camarote, obligada a vagar por el
buque, expuesta a peligros y murmuraciones... todo por el deseo de
calumniarla.
Ella había pasado la noche sentada en el comedor; tenía testigos: los
criados que estaban de guardia. Aún podía ofrecer un testimonio más
importante: el doctor Ojeda, que la había encontrado a la una y media,
cuando él se retiraba a su camarote, acompañándola hasta las tres.
¿Cuándo iba a terminar de martirizarla este malvado?...
La madre tomaba partido por el hijo, mirándola a ella con ojos
iracundos. Era la vergüenza de la familia: los iba a matar a disgustos.
«Papá... papá», imploraba Nélida. Y el señor Kasper reflexionaba como un
rey justiciero, acariciándose las barbas. ¡Prudencia! Había que pesar
bien las cosas para ser equitativo. La niña ofrecía pruebas, y el tonto
únicamente sabía insistir en su acusación, sin añadir testimonio alguno.
Y casi sentenció por adelantado, intentando dar un repelón al muchacho.
«¡Raza maliciosa y vengativa! Nada bueno podía esperarse de su sangre.»
Nélida no tenía miedo al enojo de sus padres, pero necesitaba
convencerlos de su inocencia para que le sirviesen de fiadores ante el
hermano temible que la esperaba al término del viaje. ¿Y aún se resistía
Fernando cuando ella le hablaba de huir, como si le propusiese algo
disparatado? No, no iría a Buenos Aires: estaba resuelta a escaparse al
día siguiente... Pero la inmediata realidad le hizo insistir en sus
recomendaciones:
--Cuando papá te pregunte, ya sabes lo que debes decir... Y si no te
pregunta, háblale tú. Hazlo, mi viejo; sé buenito. Allí lo tienes, cerca
del fumadero, hablando con el señor Pérez. Él se alegra mucho de verte:
dice que eres la mejor persona de a bordo.
Y le empujaba dulcemente, extremando los gestos y miradas de seducción.
Ojeda, con su pasividad habitual ante el mandato de una mujer, siguió
este impulso, dirigiéndose en busca del señor Kasper. ¡Qué de embustes y
enredos con esta muchacha!... Afortunadamente, el día de la liberación
estaba próximo; y una vez en tierra, no la vería más.
Sonrió el patriarca a Fernando, sin interrumpir por esto su conversación
con Pérez. Hablaban de política, conviniendo los dos en un gran amor por
los gobiernos fuertes y en la necesidad de fusilar a todos los enemigos
de la autoridad. El señor Kasper odiaba las repúblicas, gobiernos de
pelagatos con levita, de parlanchines hambrientos. Los pueblos debían
ser regidos por hombres a caballo, con deslumbrantes uniformes. Y
satisfecho de que a él le hubiese tocado esta suerte al nacer en
Alemania, abrumaba con ironías y sarcasmos a la más célebre de las
Repúblicas. Nunca había querido vivir en París. ¡Una nación gobernada
por abogados y periodistas! ¡Un pueblo sin moralidad y casi sin familia!
Todo el mundo sabía esto...
Ganoso de retener a Fernando, dejó que Pérez se marchase en busca del
tercer aperitivo de la mañana, y al quedar solos, fue el patriarca el
que inició la explicación deseada por Nélida.
Ya sabía él que el señor Ojeda había acompañado a la niña gran parte de
la noche en el comedor. Le daba las gracias por su amabilidad. No podía
haber encontrado mejor acompañante que él, un caballero distinguido y
serio. Eran querellas entre muchachos; una genialidad de su hijo menor,
que le proporcionaba muchos disgustos. La sangre de los abuelos criollos
despertaba en sus venas... Su hijo mayor era más equilibrado; pero en
cuanto a carácter, allá se iba con el otro. ¡Gente interesante y
temible!... Nélida y él eran más tranquilos, más alemanes, de genio
siempre igual.
Hacía elogios de la hija predilecta, olvidando por completo el incidente
de la noche anterior, sin pedir nuevas aclaraciones, librando a Ojeda de
la necesidad de mentir, diciéndolo él todo, como si estuviese mejor
enterado que nadie por el solo testimonio de Nélida. Y acompañaba sus
palabras con tales sonrisas, que Fernando acabó por sentirse
desconcertado. «Este señor es tonto--pensaba--, tonto como su hijo
menor.» Pero luego parecía dudar. «O tal vez es un fresco. El mayor
sinvergüenza que he conocido.»
Mientras tanto, el señor Kasper pasaba con suavidad del elogio de su
hija a hablar de los negocios de América, tema en el que insistió hasta
el toque de mediodía, que deshizo los grupos, empujando las gentes al
comedor.
Después del almuerzo, muchos pasajeros, en vez de permanecer
arrellanados en los asientos del jardín de invierno como gentes faltas
de ocupación, tomaron rápidamente el café y salieron cual si fueran en
busca de algo importante. Los pupitres de los salones y del fumadero
estaban ocupados por hombres y mujeres que escribían y escribían,
teniendo ante ellos un montón de cartas cerradas con las direcciones
puestas. Por encima de sus cabezas pasaban manos rapaces, apoderándose
con profusión de sobres y pliegos. Corrían los criados, no sabiendo cómo
acudir a tan diversos llamamientos. Todos pedían lo mismo: papel y
plumas.
Se interpelaban los viajeros para implorar el préstamo de un
estilógrafo. Improvisábanse escritorios entre las tazas de café, así
como en las mesas de la cubierta y sobre los pianos. Todos habían
sentido de pronto la necesidad de escribir. Al día siguiente llegaba el
-Goethe- a puerto, y las gentes despertaban de su ensueño azul que había
durado diez días. Se acordaban de que existía el mundo, de que no
estaban solos en el planeta, y había una vida más allá de la oceánica
extensión, con la que iban a ponerse de nuevo en contacto.
Los hombres se apartaban de las señoras, a las que habían cortejado
hasta entonces. Ceñudos y preocupados, buscaban un rincón y mordían el
cabo del palillero ante el pliego virgen, no sabiendo cómo reanudar sus
ideas. Las mujeres parecían más graves y silenciosas, poseídas de súbito
ascetismo. Rehuían las conversaciones, como si fuesen peligrosas para su
virtud. Deseaban estar solas, y movían en este aislamiento su pluma
lentamente, con vacilaciones entre línea y línea, cual si temieran decir
poco o decir demasiado.
Isidro, que no había de escribir a nadie--pues sólo pensaba enviar a su
hijo una postal con grupos de negros al bajar a tierra--, contempló
irónicamente esta fiebre grafománica. ¡Qué de embustes sobre el papel;
historias fingidas a última hora para llenar pliegos, sin que se
trasparentase la verdad! ¡Qué de juramentos de eterno recuerdo, cuando
los pobres recuerdos de tierra no habían salido de los equipajes y en
ellos permanecían encogidos, cual prendas sin uso, mientras el olvido y
el afán de placer sin consecuencias se había enseñoreado del buque!...
Maltrana pensó que si toda esta avalancha de mentiras se solidificase
repentinamente, el pobre -Goethe- se iría al fondo no pudiendo resistir
tan enorme peso.
Entre los que escribían estaba Ojeda. Inclinado sobre un velador del
jardín de invierno, iba llenando pliegos, lo mismo que en la víspera de
la llegada a Tenerife. Pero ¡ay! su carta era ahora un trabajo literario
y reflexivo. Los recuerdos venían a interrumpir su escritura, como la
otra vez; pero estos recuerdos no evocaban dulce melancolía, sino
vergüenza y remordimiento.
Once días escasos habían transcurrido entre las dos cartas. ¡Qué de
sucesos!... ¡Qué de traiciones y vilezas! Sentía dudas sobre su
personalidad: creía que durante este tiempo se había verificado en él un
prodigioso desdoble. Ya no era el mismo que de todo corazón lanzaba
sobre el papel los apasionados juramentos de la pareja wagneriana.
«Alejados el uno del otro, ¿quién nos separará?...» Estas palabras
hacían levantarse en su recuerdo, como testimonio de infidelidad, varias
figuras de mujer: Maud, Mina, aquella Nélida que rondaba por cerca de
él, que asomaba a la ventana inmediata su rostro insolente y le hacía
señas con los ojos, con los labios, para que saliese cuanto antes.
Afortunadamente, la proximidad de la tierra iba a desvanecer esta
embriaguez voluptuosa del Océano que le había mantenido en amable
inconsciencia.
El recuerdo de Teri, adormecido durante el viaje, resurgía más vigoroso,
con mayor relieve, abultado por la luz exageradora del remordimiento. Y
este remordimiento parecía añadir un nuevo incentivo a su amor. Era algo
semejante al sacrilegio o al parentesco, que sazonan ciertas pasiones
con el acre y atractivo perfume de lo prohibido y lo monstruoso.
Al sentir intranquila su conciencia, adoraba a Teri mucho más que cuando
podía contemplarla sin miedo frente a frente. «La quiero--pensó--como no
la he querido nunca. La traición y la necesidad de hacerse perdonar dan
un interés nuevo al amor. Son como salsas picantes que renuevan el gusto
de un plato conocido...» ¡Ah, pobre Teri engañada, que tal vez no se
enteraría nunca de estas infidelidades! Él iba a expiar sus delitos
adorándola con mayor vehemencia; iba a vivir en su imaginación una luna
de miel ideal, rodeándola de todos los esplendores de un culto, como el
pecador que se prosterna agradecido ante la imagen que perdona y le mira
con ojos de misericordia.
Fortalecido por tales propósitos, siguió escribiendo con más soltura e
ingenuidad, como si fuese el mismo hombre de diez días antes y esta
carta igual a la que había enviado desde Tenerife. Pero no era el mismo;
veíase obligado a reconocerlo. Sus pecados le ligaban a aquel buque, y
mientras no saliese de él, serían inútiles sus esfuerzos para volver al
pasado.
Cada vez que huían sus ojos del papel, encontraban una sombra en la
ventana. Era Nélida que se aproximaba con su sonrisa audaz, sin miedo a
la curiosidad de las gentes. Tosía para indicar su impaciencia; movía
los labios, adivinándose en ellos las mudas palabras de admirativa
pasión: «¡Dueño mío... viejo... mi negro!».
Inútiles estos llamamientos. El continuaba su carta con la memoria
ocupada por el recuerdo de Teri, pero esto no le impedía, por costumbre
o por «honradez profesional», el contestar con sonrisas y movimientos de
cabeza a las caricias silenciosas de Nélida.
Fatigada ésta de la inmovilidad de Ojeda, acabó por apartarse de la
ventana, yendo hacia el avante del paseo, donde estaban Isidro y el
doctor Zurita.
Miraban el horizonte como si esperasen ver tierra. ¡América! ¡Pronto
verían América!... El doctor hablaba de esto con cierta emoción. Hacía
días que el buque costeaba su amado continente, pero de muy lejos. Ahora
se aproximaba a él, pero no se vería tierra hasta muy entrada la
noche... Y a la mañana siguiente, la bahía de Río Janeiro.
Nélida, que se había aproximado a los dos hombres, saludándolos con un
leve movimiento de cabeza, miraba al doctor. ¡Muy simpático el viejo!
Para ella, todos los hombres eran simpáticos. Debía haber sido en su
juventud un buen mozo. Su hijo mayor también lo era. Lástima grande que
le gustasen tanto las coristas de la opereta y sólo supiera hablar de
París, como si en el resto del mundo no existiesen mujeres.
Zurita saludó a la joven con un gesto de antiguo galán y no se ocupó más
de ella. ¡Interesante la muchacha!... Pero él tenía su familia a bordo,
sus niñas y cuñadas, y deseaba evitar a todas ellas relaciones de
amistad que podían ser peligrosas.
Siguió hablando el doctor bajo la mirada vaga de Nélida, que no entendía
gran cosa de la conversación de los dos hombres.
--Yo me imagino, -che-, lo que debieron sentir aquellos españoles al
distinguir la primera isla... La alegría con que Rodrigo de Triana, el
marinero de Colón, debió lanzar el grito de «¡Tierra!».
Maltrana intervino con cierto orgullo al poder lucir sus conocimientos
delante de Nélida. Además, su triunfo oratorio había desarrollado en él
un deseo vehemente de hacer sentir a todos la autoridad y el peso de sus
palabras.
--Hay error en eso que dice usted, doctor, y que es lo que dice
igualmente casi todo el mundo. Ni el que descubrió primero la tierra de
América se llamó Rodrigo de Triana, ni fue marinero de Colón.
Con tal nombre no figuraba ningún tripulante en el primer viaje. Quien
dio el grito del descubrimiento era un tal Rodríguez Bermejo, natural de
Sevilla, y sin duda el Almirante, al hablar de él, convirtió el
Rodríguez en Rodrigo, y añadió el Triana por haber vivido en dicho
barrio. Entre la gente de mar era muy frecuente la desfiguración de
nombres por apodos y por el lugar de nacimiento. Además, Juan Rodríguez
Bermejo no fue marinero de la nao -Santa María-, que montaba el
Almirante, sino de la carabela -Pinta-, mandada por Pinzón, que iba
siempre a la cabeza de la escuadrilla por ser la más velera.
--Fue la -Pinta- la que avistó, a las dos de la mañana, la isla de
Guanahaní, y Rodríguez Bermejo el que dio el grito de «¡Tierra!...».
Pero Colón, al volver a España, dijo que era él mismo quien a las diez
de la noche, o sea cuatro horas antes, había visto una luz «como una
candelica subiendo y bajando», y que esta luz procedía de la isla. Hay
que tener en cuenta que el Almirante estaba entonces a unas catorce
leguas de la isla, y ésta es completamente baja, sin una colina.
Imposible verla a una hora en que la -Pinta-, que iba navegando muy por
delante, no había alcanzado todavía a distinguir tierra. La luz fue
indudablemente la de la bitácora de la carabela de Pinzón, que avanzaba
entre la nao del Almirante y la isla todavía lejana.
Calló un momento Isidro, gozándose en la curiosidad del doctor, que le
escuchaba muy atento.
--El resultado de todo esto--continuó--fue una gran injusticia. Los
reyes habían prometido un premio de diez mil maravedíes al primero que
descubriese tierra, y Colón, que no perdonaba provecho, se atribuyó
dicha suma, fundándose en lo de «la candelica». Pinzón, que podía
atestiguar la verdad, acababa de morir; y el pobre Rodríguez Bermejo, al
verse injustamente despojado por el grande hombre, sin que nadie
atendiese sus quejas, sintió tal desesperación que se pasó al África y
renegó de la fe cristiana, haciéndose moro. Éste fue el final del
primero que con sus ojos vio la tierra americana.
El doctor Zurita estaba pensativo.
--De suerte, -che---murmuró--, que la vida civilizada de nuestro
hemisferio empieza por una injusticia, por un acto de favoritismo, por
el abuso de un mandón.
Maltrana asintió: así era. Y el doctor sonrió maliciosamente, como si
después de saber esto comprendiese mejor la historia del Nuevo Mundo.
XI
Al detenerse el trasatlántico, después de tantos días de marcha, una
sensación de extrañeza pareció circular por todo él, desde la quilla a
lo alto de los mástiles.
Fue poco después de la salida del sol, y todos los pasajeros, aun los
menos madrugadores, despertaron casi a un tiempo, con el mismo
sobresalto del que experimenta una dificultad repentina en sus órganos
respiratorios.
Habituados al suave balanceo de la cama, al movimiento de péndulo de las
ropas colgantes, al desnivel alternativo del piso, al escurrimiento de
los objetos sobre mesas y sillas, como algo natural de esta existencia
oceánica, sintieron todos cierta angustia viendo entrar cuanto les
rodeaba en rígida inmovilidad. El oído, acostumbrado al roce incesante
de las espumas en los costados del buque, al estremecimiento de la
atmósfera cortada por el impulso de la marcha, al lejano zumbido de las
máquinas extendiendo su vibración por los muros y tabiques del
gigantesco vaso de acero, acogía ahora con extrañeza este silencio
repentino, absoluto, abrumador, como si el buque flotase en la nada.
Adivinábase la presencia, más allá de los tragaluces de los camarotes,
de algo extraordinario. El aire era menos puro, sin emanaciones salinas,
con bocanadas de agua en reposo que olían a marisco en descomposición, y
junto con esto un lejano perfume de selva brava.
Corrió la gente a las cubiertas casi a medio vestir, y sus ojos,
habituados al infinito azul, tropezaron rudamente con la visión de las
tierras inmediatas, costas negras cubiertas hasta la cima de bosques
lustrosos, de un verde tierno, como si acabase de lavarlos la lluvia.
A ambos lados del buque alzábanse las montañas que guardan la entrada de
la bahía de Río Janeiro. A popa, el mar libre quedaba casi oculto
detrás de unas islas peñascosas con faros en sus cumbres. Frente a la
proa, la bahía enorme estaba enmascarada por el avance de pequeños cabos
que parecían cerrar el paso.
Contemplaba la gente el paisaje con la avidez de un descubridor que tras
larga navegación alcanza una tierra desconocida, admirando la
frondosidad de los bosques tropicales, la forma original de las
montañas, todas ellas de bizarros contornos. Parecían bocetos de una
estatuaria monstruosa derramados junto al Océano, restos del jugueteo de
unas manos gigantescas que se hubiesen entretenido en amasar tierras y
rocas. Unas alturas eran cónicas, de regular esbeltez; otras evocaban la
imagen de una nariz colosal, de una frente con pestañas, de un mentón
voluntarioso.
Estos perfiles se prestaban a diversas combinaciones imaginativas, como
las nubes de una puesta de sol. Algunos pasajeros conocedores de la
bahía enseñaban a los demás «el hombre que duerme»: una sucesión de
cumbres y mesetas que en su conjunto imitan el contorno de un gigante
entregado al sueño, con la cara en alto.
Semejantes por sus formas al titubeante ensayo de una Naturaleza en
estado de infantilidad o a las primeras intentonas artísticas de un
cerebro primitivo, estas montañas eran de un basalto negruzco, que traía
a la memoria la corteza rugosa de la higuera o la dura piel del
elefante. Entre los bloques, allí donde se había amontonado un poco de
humus, elevábase triunfador el bosque tropical, compacta masa de intensa
verdura--rayada de blanco por los troncos de los árboles--que invadía
todas las pendientes, desde las riberas, en cuyas rocas peinaba el mar
sus espumas, hasta las cumbres, rematadas por torres de vigía y
baluartes fortificados.
El cocotero y la palmera daban al paisaje un tono de exotismo para la
mirada de los europeos. Acostumbrados al pino parasol de las bahías
mediterráneas y a los abetos de los puertos del Norte, saludaban con
entusiasmo esta vegetación exuberante, que evocaba en su memoria
antiguas lecturas de viajes, hazañas de aventureros, chozas de bambú,
saltos de fieras, bailes de negros. Era América tal como la habían
soñado: al fin iban a sentar el pie en el nuevo continente... Y el
plátano grácil, coronado por el amplio surtidor de sus hojas barnizadas,
extendíase por todo el paisaje, formando grupos en torno de las blancas
construcciones de la playa, remontando los caminos en doble fila,
tendiéndose sobre las mesetas en apretados bosques, festoneando las
cumbres con la esbeltez de su tallo, que le hacía destacarse sobre el
cielo lo mismo que el estallido de un cohete verde.
El vapor permaneció inmóvil algún tiempo, esperando la llegada del
práctico. Nadie alcanzaba a ver la ciudad, oculta detrás de los
repliegues del terreno. Una neblina roja flotando a ras del agua
ensombrecía el último término de la bahía enorme, comparable a un mar
interior oprimido entre montañas.
Los que habían presenciado poco antes la salida del sol, recordaban
admirados el espectáculo. Era un astro de monstruosas proporciones,
hasta parecer distinto al del otro hemisferio, inflamado al rojo blanco
y que lo incendió todo con su presencia: aguas, tierras y cielo. La
aparición había sido rápida, fulminante, sin el anuncio de nubecillas
rosadas ni gradaciones de luz, sin asomar poco a poco su esfera, como en
los amaneceres del viejo mundo. Se había roto el horizonte en llamas lo
mismo que en una explosión, surgiendo el astro cielo arriba, cual un
proyectil inflamado, para no detenerse hasta que su reflejo trazó una
ancha faja de resplandor sobre las aguas de la bahía. Y de esta faja,
que ondulaba como el galope de un rebaño luminoso, escapábanse
fragmentos de oro al encuentro del buque, se deslizaban por sus flancos
y huían entre las espumas de las hélices, puestas de nuevo en
movimiento.
Brillaban los peñascos de basalto, semejantes a bloques de metal;
centelleaban, cual si fuesen proyectores eléctricos, los tejados y los
vidrios de las casas de la playa; los bosques despedían luz: cada hoja
era un espejo. Los remates de las torres y los mástiles de los buques
anclados en la bahía serpenteaban como espadas ígneas por encima de la
niebla.
Avanzó el -Goethe- con majestuosa lentitud, partiendo las aguas de
fuego, deslizándose ante las pendientes boscosas, cuyo verdor estaba
interrumpido a trechos por unas fortificaciones viejas, de teatral
inutilidad. Las baterías modernas, ocultas en el suelo, apenas si se
delataban por las gibas de sus cúpulas movibles.
Las magnificencias interiores de la bahía iban desarrollándose ante la
muchedumbre agolpada en las bordas del trasatlántico. Aparecían entre
los cabos de basalto coronados de vegetación extensas playas con
pueblecitos de color rosa y torres de iglesia blancas, rematadas por una
cúpula de azulejos. Estas construcciones, que recordaban por sus formas
la originaria arquitectura portuguesa, adquirían un aspecto criollo con
el adorno del cocotero, el banano y otras plantas tropicales formando
bosques en torno de ellas.
Una ciudad flotante pareció surgir del fondo de la bahía según avanzaba
el -Goethe-, elevando sobre la inmensa copa azul las líneas obscuras de
sus chimeneas, mástiles y cascos. Eran construcciones monstruosas
erizadas de cañones, acorazados de color verdoso ligeros avisos, buques
mercantes de todas las banderas. Por las calles y encrucijadas de esta
urbe flotante que descansaba sobre sus anclas pasaban y repasaban,
diminutos y movedizos como insectos acuáticos, botes y lanchas de
diversos colores, con penachos de humo, velas izadas, o moviéndose
solos, sin un propulsor visible.
Comenzaron a verse fragmentos de la gran ciudad. El núcleo principal
ocultábanlo unas colinas, pero por detrás de ellas asomaron, cual
blancos tentáculos, los bulevares vecinos al mar, las luengas barriadas
que la ponen en contacto con los pueblos inmediatos. Frente a Río
Janeiro, en la ribera opuesta de la bahía, alzábase otra ciudad blanca,
Nictheroy. Enviábanse las dos, por encima de la enorme extensión azul,
el centelleo de sus techumbres y vidrieras, convertidas por el sol en
placas de fuego. Unos vapores iguales a casas flotantes iban de una a
otra orilla, estableciendo la comunicación entre ambas poblaciones.
Así como avanzaba el trasatlántico, parecían despegarse de las costas
jardines enteros con vistosas construcciones; colinas que sustentaban
cuarteles y fuertes; pedazos de roca lisa sobre cuyo lomo de elefante se
redondeaban las cúpulas de una batería. Eran islas separadas de la
tierra firme por estrechos canales. En otros sitios se introducía el mar
tierra adentro, formando hermosas ensenadas con paseos frondosos y
blancos palacios en sus bordes. Desde el buque alcanzábase a ver el paso
veloz de los automóviles por estas riberas.
Los pasajeros conocedores de la ciudad iban señalando en las montañas
más abruptas unos rosarios de hormigas que rampaban entre la obscura
vegetación: tranvías funiculares, de una pendiente casi vertical;
vagones colgantes que escalaban las cumbres de bizarras formas,
puntiagudas como agujas, corcovadas cual una joroba gigantesca,
enhiestas y finas lo mismo que un minarete o un hierro de lanza.
Iba aproximándose el -Goethe- a la ciudad. Apareció ésta detrás de dos
islas coronadas de palmeras, avanzando sus primeras casas entre pequeñas
colinas en forma de panes de azúcar. Las construcciones destacaban sus
fachadas de un rojo veneciano o amarillas sobre la masa obscura de los
jardines. Navegaba el trasatlántico en aguas pobladas de reflejos. Los
buques y los edificios se reproducían invertidos en su profundidad.
Ondulaban en este espejo los mástiles y las arboledas, como serpientes
de varios colores. El -Goethe-, al avanzar, rompía en mil pedazos este
mundo fantástico, y los fragmentos de buques y casas alejábanse en los
repliegues de las temblonas aguas, sobre las cuales aleteaban las
gaviotas.
Rompió a tocar la música del trasatlántico una marcha de belicosa
trompetería. Los pasajeros del castillo central admiraban los
esplendores de la bahía. La muchedumbre emigrante, amontonada en la proa
y la popa, gritaba sin saber por qué, deseando exteriorizar su alegría,
saludando con una explosión de vítores, bramidos y silbidos a los buques
inmóviles que quedaban atrás del -Goethe-. Y en las cubiertas de estas
naves, los tripulantes, arremangados, interrumpían las faenas de la
limpieza para responder al popular saludo con un griterío idéntico. En
torno al trasatlántico comenzó a evolucionar un enjambre de vaporcitos y
lanchas automóviles con gentes ansiosas de subir a su cubierta.
Cruzábanse entre ellas y los de arriba gritos de saludo, agitaciones de
pañuelos.
Se despedían los compañeros de viaje con generosos ofrecimientos, a
pesar de que unos y otros tenían la certeza de no verse más. Cambiábanse
tarjetas con profusión. Los caballeros brasileños besaban las manos de
las damas, inclinándose por última vez con solemne cortesía. Ofrecían
sus casas en remotos lugares del interior, y los que continuaban el
viaje sonreían agradecidos, cual si pensasen hacerles una visita dentro
de breve plazo.
Todos se habían vestido trajes de calle, lo mismo los que se quedaban en
Río Janeiro que los que seguían la navegación. Estos últimos eran los
más impacientes por bajar a tierra. Tenían las horas contadas para
visitar la ciudad, y el retraso del buque en acercarse al muelle era
acogido por algunas mujeres con pataleos de impaciencia, como si
temiesen no desembarcar a tiempo y que la mágica urbe de belleza
tropical se desvaneciese de pronto.
Así como el trasatlántico avanzaba tierra adentro, cada vez con mayor
lentitud, hacíase sentir un calor húmedo, asfixiante. Ya no soplaba la
brisa del Océano libre, aumentada por la velocidad de la marcha. El
buque, casi inmóvil, caldeábase con la temperatura de aquel pedazo de
mar encerrado entre montañas. Y todos pensaban en lo que sería este
calor cuando bajasen a tierra. Los cuellos almidonados y brillantes
empezaban a reblandecerse; las manos enguantadas sufrían el tormento del
encierro. Muchos empezaban a arrepentirse de su afán de acicalamiento,
que les había hecho sustituir los blancos trajes de a bordo con otros
más elegantes pero calurosos.
Ojeda encontró a Nélida que venía en busca de él; pero una Nélida casi
desconocida, con gran sombrero cargado de flores y un traje vistoso. Era
la primera vez que la veía así. Le gustaba más la otra, la de la cabeza
descubierta, la blusa blanca o el kimono suelto. Encontraba ahora en
ella un aire torpe de burguesilla endomingada.
Pero la joven, sin adivinar estos pensamientos, aprovechó el desorden de
la cubierta para repetir una vez más su seducción. Si Fernando quería,
aún era tiempo. Guardaba ella en un bolso pendiente de la diestra su
dinero, sus alhajillas, todo lo de algún valor que podía servir para la
fuga. Él no tenía más que ordenar que echasen su equipaje a tierra:
Nélida abandonaría gustosa el suyo. Les era fácil escabullirse en la
confusión del desembarco.
Ojeda, en vez de contestar afirmativamente, parecía compadecerse de
ella, con la misma conmiseración que si fuese una enferma. ¡Ah, cabeza
loca!... Bastante la había hablado en la noche anterior para hacerla
comprender lo absurdo de su proposición. Luego se había marchado
cabizbaja, sin invitarle a que la siguiese a su camarote y sin mostrar
deseos de ir al suyo, con visible mal humor, pero convencida en
apariencia. Y ahora, después de una noche de reflexión, tornaba con las
mismas proposiciones, como si en su pensamiento movedizo no pudiese
abrir surco el consejo ajeno.
--Si tú no quieres--insistió ella con enfurruñamiento--, si te niegas a
acompañarme, huiré sola. No te necesito: empiezo a conocerte. Un
egoísta... como todos.
Exaltándose con sus propias palabras, le miró hostilmente y aproximó su
rostro a él, como si le costase trabajo emitir la voz, enronquecida de
pronto.
--No me quieres. No me has querido nunca. Te has burlado de mí... ¡Y yo
que te creía distinto a los demás!... ¡Ah, si estuviésemos solos!... ¡Si
estuviésemos solos!
Oprimió convulsivamente el puño de la sombrilla que le servía de apoyo,
mientras un fulgor de acometividad pasaba por sus ojos. Resurgió en ella
la educación de los primeros años. Era la niña de estancia, acostumbrada
a presenciar las peleas de los peones y las crueles hazañas de su
hermano.
Pero no tardó en arrepentirse de su cólera. Era demostrar tristeza y
despecho por la negativa de aquel hombre. Prefirió reír, con una risa
forzada, insolente, despectiva.
--Adiós. No me hables más; como si nunca nos hubiésemos conocido... La
culpa la tengo yo, por haberte hecho caso.
El despecho la hizo olvidarse de quién había sido el primero en desear
la aproximación. Ella sólo podía imaginarse a los hombres marchando
suplicantes tras de sus pasos y diciendo la palabra inicial. Se apartó
de Ojeda con gesto pensativo, buscando un insulto que conocía de muchos
años antes, tal vez desde que aprendió a hablar, pero del cual no podía
acordarse. De pronto, sonrió con pueril expresión de venganza.
«¡Gallego!...» Y le volvió la espalda orgullosa de este saludo de
despedida.
Fernando se encogió de hombros, satisfecho y molesto al mismo tiempo.
Llegaba la deseada liquidación de su vida oceánica. Había bastado que el
buque se aproximase a tierra, para que se rompiesen por sí solas todas
las relaciones establecidas en el curso de la navegación. Nélida huía;
la pobre Mina se ocultaba, como si experimentase mayor vergüenza que él;
Maud apenas era un vago recuerdo...
Pasó la norteamericana varias veces junto a él, sin reparar en su
persona, y hasta lo empujó en una de estas evoluciones. Iba trémula, de
un costado a otro del buque, erguida dentro de un elegante vestido de
viaje, flotando sobre su espalda un largo velo y agitando un pañuelito
en la diestra. Sonreía a un bote automóvil que evolucionaba en torno al
trasatlántico. En la popa de aquél estaba sentado un buen mozo con
pantalones de franela blanca, sombrero de paja y una flor en la solapa
de su americana azul. Ojeda lo reconoció, recordando la fotografía
entrevista una vez: era míster Power.
Acababa de detenerse el buque, bajando su escala para recibir a los
empleados del puerto encargados de revisar sus papeles. Aparecieron en
las cubiertas varios marineros mulatos o blancos, pero todos por igual
de obscura tez y extremadamente enjutos de carnes. Eran la escolta de
los funcionarios del puerto. Saludaron éstos a la oficialidad del buque
con grandes curvas de sus chapeos de paja, y entraron luego en el
comedor, donde estaban extendidos los documentos entre botellas de
cerveza hamburguesa.
Con estos brasileños subieron muchos de los que esperaban en los botes.
Ojeda vio que Maud se abalanzaba hacia la escalera de los salones.
Míster Power entró al mismo tiempo en la cubierta, con toda la lozanía
de su atlética belleza, para recibir, conmovido y ruboroso, el abrazo
violento de la señora, que casi se colgó de su cuello. Llovieron besos
sobre su bigote recortado, besos ruidosos que a Fernando le pareció que
iban dedicados a su persona con una intención maligna. Fingía no verle;
estaba de espaldas a él, pero no por esto ignoraba su presencia.
«¡Esta mujer!...--exclamaba Ojeda mentalmente--. ¿Qué mal le he hecho
yo? ¿Por qué ese deseo de hacerme rabiar, como si quisiera vengarse de
algo?...»
Sorprendió una rápida mirada de ella, pero no pudo ver más. Mrs. Power
tiraba de su marido. ¡Ah, su grandote, su grandote adorado! ¡Las cosas
que tenía que contarle!... Y desaparecieron en apretado grupo, con
dirección al camarote, como si a ella faltase el tiempo para dar sus
noticias al hermoso hombretón que la seguía con ojos admirativos y
sumisos.
Otra que se marchaba odiándole, pero sin quejas ni reclamaciones. ¡Adiós
para siempre!... ¡Que fuese muy feliz!
La voz de Maltrana sonó detrás de él respondiendo a su pensamiento.
--No me negará usted que ha sido una escena tiernísima. ¡Que manera de
dar besos tiene esa señora!... Y el simpático -mister- tranquilo y
dichoso, sin ocurrírsele que en uno de estos buques, en mitad del
Océano, pueden suceder muchas cosas.
Vio iniciarse un gesto de desagrado en la cara de su amigo por la
imprudencia de tales palabras, y se apresuró a cambiar de conversación,
fijándose en «el hombre lúgubre», que estaba a pocos pasos de ellos
contemplando la ciudad.
--Mírelo... tan tranquilo, como quien no teme nada. Pero toda su calma
debe ser pura comedia; por dentro quisiera yo verle. Debe temer que le
echen el guante de un momento a otro. Aquel bote de la Aduana con
marineros y soldados viene seguramente por él... Siento mucho no
presenciar la escena; resultará interesante la apertura del camarote
misterioso... Pero el deber es el deber, y apenas toquemos en el muelle
me lanzo a tierra con los míos.
Se contemplaba de los pies a los hombros, satisfecho de su aspecto,
enfundado en un traje de lanilla negra, que le hacía sudar, ocultas las
manos en guantes obscuros y sosteniendo en una de ellas un saquito de
viaje.
No era este equipo el más cómodo para bajar a la calurosa ciudad de Río
Janeiro; pero el honor, así como impone sus exigencias, tiene igualmente
sus uniformes, y el juez supremo de un encuentro estaba obligado a
presentarse con el ceremonial propio de su grave investidura. En el
saquito de mano llevaba las dos armas que había podido juntar para el
combate, después de largas rebuscas y comparaciones entre los revólveres
de los pasajeros.
Los otros padrinos, que se veían mezclados en un duelo por vez primera,
no le ayudaban en nada, alegando su ignorancia. Isidro, a última hora,
dudaba de su trabajo. Tal vez resultase el encuentro algo en desacuerdo
con las reglas; pero el tiempo apremiaba, sólo podían disponer de unas
horas, y él había hecho todo lo que creía oportuno. La busca de lugar
para el combate era lo que más le preocupaba en esta tierra desconocida.
Unos muchachos argentinos, recordando sus paseos por Río Janeiro al ir a
Europa, se ofrecían a guiarle a cambio de presenciar el duelo.
Algunos pasajeros, reparando en Maltrana y su fúnebre aspecto, le
pedían noticias. ¿Pero decididamente iban a llevar adelante aquella
locura?... La proximidad de la tierra parecía devolver el buen sentido a
las gentes. Otros, que habían admirado el día anterior estos
preparativos de muerte, se reían ahora de ellos. La mayoría no se
acordaba del suceso. Toda su atención se concentraba en el deseo de
pisar cuanto antes aquella tierra maravillosa, para comprar flores,
comer frutas frescas y tomar asiento en un café de la Avenida Central,
viendo caras nuevas.
Uno de los testigos, comerciante alemán, sentíase influenciado de pronto
por la opinión de los más, y apelaba al buen sentido de aquel señor que
hablaba en público con tanto éxito. «Señor Maltrana: ¿no era absurdo que
dos hombres de bien como ellos se prestasen a esta niñada peligrosa?...
¿No estaban a tiempo para que los adversarios escuchasen una buena
palabra?...» A él le obedecería su compatriota, representante de una
casa honorable, que no podía comprometer su prestigio y sus muestrarios
en locuras impropias de la seriedad comercial. Que el orador, con su
poderosa labia, se encargase de convencer al belicoso barón.
Debían bajar juntos, pero solamente para almorzar en un buen hotel,
dándose explicaciones a los postres los dos rivales; y él, por amor a la
buena amistad y la concordia, iría hasta el sacrificio, pagando el
champán a toda la compañía... Pero el señor Maltrana cerraba los oídos a
tales intentos de seducción. Además, el belga no cejaba en su guerrera
tenacidad.
Un joven argentino iba desde el día anterior detrás de Maltrana,
participando con cierta admiración en sus preparativos, ayudándole en la
busca de las armas, consultando a los camaradas que conocían los
alrededores de Río Janeiro para escoger el lugar del combate. Nunca
había presenciado duelos, y mostraba gran interés por ver uno de cerca.
Nacido en una provincia del interior, con la tez algo cobriza, las cejas
en ángulo y el pelo duro y espeso, «el amigo Gómez», como le llamaba
Isidro con su fraternal exuberancia, mostraba un entusiasmo
reconcentrado al hablar de armas y peleas. Aunque vestía a la última
moda, con minuciosa corrección, repitiendo los gestos y frases
aprendidos durante un año de gran vida europea, este -gentleman- de tez
amarillenta se ponía de color de ladrillo y le brillaban los ojos
siempre que giraba la conversación sobre actos de valor, y escenas de
muerte, como si resucitase en su sangre la acometividad de los abuelos
españoles y de los abuelos indígenas, entreverados en luengos siglos de
peleas.
Había oído muchos tiros y visto caer algunos cadáveres. Por tradiciones
de familia se mezclaba allá en su provincia en las cosas de la política.
Cada elección era una batalla. Los peones iban a votar en cuadrilla
detrás de él con el revólver o el cuchillo al cinto. Insultaban los del
gobierno: intervenía la policía en favor de éstos; descarga general de
una parte y de otra; muertos que se desplomaban sobre la urna de la
elección, balazos curados secretamente en un rancho apartado, sin
intervención de médicos y de jueces... ¡y hasta la otra!... Él sabía con
qué gestos mueren los hombres; pero desafío tal como aparece en comedias
y novelas, no había visto ninguno, y sentía impacientes deseos de
presenciar esta ceremonia mortal, respetándola de avance como algo
misterioso, de imponente liturgia, digno de asombro cual todas las cosas
extraordinarias que había admirado en Europa. Por esto agradecía los
ademanes protectores de Maltrana, su promesa de llevarle con él para que
presenciara el encuentro en lugar preferente, sin perder detalle.
Acabó de detenerse el -Goethe- junto a un amplio muelle lleno de gentío.
Entre las familias que esperaban a los pasajeros, vestidas todas de
colores claros y con sombreros de paja, destacábanse algunos grupos de
cargadores negros, que eran objeto de admiración para los niños y
criadas de a bordo. El muelle estaba cerrado por una verja, detrás de la
cual formábanse en filas los automóviles de alquiler esperando a los
desembarcantes. La Avenida Central abría en último término su amplia
perspectiva, con edificios de diversos estilos rematados por torres
puntiagudas, y aceras de pedernales blancos y negros formando mosaico.
Empujáronse los viajeros en las inmediaciones de la escala, que
descansaba ya sobre el muelle. Todos querían salir a un tiempo, como si
a sus espaldas se desarrollase un peligro, y apenas pisaban tierra
llamábanse unos a otros, formando grupos. Caminaban con lentitud, cual
si extrañasen el suelo firme, aceptando inmediatamente las ofertas de
los guías y los conductores de automóviles. Sentían un ansia de novedad,
de verlo todo de una vez, como descubridores que acabasen de abordar a
una tierra desconocida.
Disponían de poco tiempo. Junto a la escala, el mayordomo y los
camareros repetían a los fugitivos que el buque iba a partir a las doce
en punto: ni un minuto de retraso.
Ojeda se vio solo en el muelle. Casi todos los pasajeros estaban ya en
la Avenida. Isidro había salido de los primeros, con la gravedad de un
notario, vestido de negro, sin soltar el bolso, volviendo la cabeza para
recontar su gente: los adversarios, los padrinos, «el amigo Gómez» en
clase de protegido suyo y dos jóvenes argentinos agregados a la partida
con el carácter de espectadores. Habían ocupado tres automóviles,
saliendo en fila a toda velocidad, piloteados por Gómez, que señalaba el
rumbo desde el pescante del primer vehículo. ¡A morir los caballeros!...
Aceptó Fernando los ofrecimientos de un chófer mulato, y fiado a su
capricho, emprendió una excursión por Río Janeiro. Casi tendido en el
automóvil contempló el desfile de calles y paseos, que volvían ahora a
su memoria como vagas imágenes de viajes anteriores, pero con grandes
reformas.
Corrió la Avenida, poco concurrida a aquella hora matinal. Sus
preocupaciones de europeo le hicieron sentir extrañeza al ver junto a
los negros mal pergeñados y las negras hinchadas, de jeta monstruosa,
con un pañuelo arrollado sobre la cabeza crespa, otros de la misma raza
vestidos elegantemente, moviendo con petulancia su bastón y con una flor
en la solapa. Damas de idéntico color ostentaban las últimas modas de
París, balanceando con orgullo las caderas y sus enormes vecindades,
avanzando el belfo desdeñoso bajo el ala de un sombrero floreado.
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