Power, la había visto pasar cerca de ellos llevando de la mano a Karl.
Fingía no conocerlos, torcía los ojos, pero se adivinaba en su gesto la
amargura de la decepción. Y cuando Ojeda quedaba solo, ella parecía
ocultarse, huyendo de reanudar sus conversaciones. Si en sus paseos por
la cubierta se encontraban frente a frente, después de breves palabras
Mina pretextaba una ocupación inmediata u obedecía el más leve tirón de
Karl para seguir adelante.
A los ojos escrutadores de Maud no escapaba cierto hermoseamiento de la
antigua artista, un mayor cuidado en el adorno de su persona.
--Fíjese, señor: su amada hace grandes gastos. Hoy va de blanco de pies
a cabeza; un traje de piqué, planchado y almidonado; una verdadera
coraza. Está elegante como una institutriz de su tierra... Tiene la cara
menos verde, y deja un reguero de olor barato: habrá comprado polvos y
perfumes en la peluquería del buque... Y todo por usted, grandísimo
conquistador... Hasta lleva zapatos nuevos. No le veo los tacones
gastados de antes.
Y Fernando, en el egoísmo de su deseo, acogía estas burlas con una
satisfacción cobarde. Eran celos nacientes, que iban a servir para que
Maud se mostrase al fin menos esquiva.
Aquella tarde, el humor de ella parecía menos irónico. La voz, algo
velada, sonaba con lentitud melancólica; sus ojos estaban húmedos: le
brillaban las córneas con una acuosidad excesiva, como si fuesen a
derramar lágrimas. De vez en cuando estremecíase con violentos
sobresaltos, lo mismo que si una mano invisible le cosquillease en la
nuca. Cogida a la baranda, echaba el busto atrás, y luego se aproximaba
a ella hasta tocarla con el pecho. Con esta gimnasia nerviosa acompañaba
su charla y disimulaba un deseo de extender los brazos y desperezarse.
Interesábase mucho por el curso del tiempo, que hasta entonces no la
había preocupado. Preguntaba con ansiedad cuántos días faltaban para
llegar a Río Janeiro, como si hubiese permanecido durmiendo y al
despertar surgiese en su recuerdo la imagen de alguien que la estaba
esperando.
--¡Faltan más de seis días!--exclamó con desaliento al oír las
explicaciones de Ojeda--. Hoy es domingo, y no llegaremos hasta el
sábado próximo. ¡Qué largo!... Casi una semana para ver a mi John...
Y con cierto sobresalto notó Fernando en sus palabras una gran
sinceridad amorosa, un deseo vehemente de recién casada que vuelve al
lado de su marido después de la primera ausencia.
En las grandes ciudades de los Estados Unidos, los negocios habían
ocupado su pensamiento de mujer práctica y calculadora; después, en
París, se había aturdido con la alegre vida de sus compañeras. Pero
ahora, en el buque, llevando una existencia de inercia, sin
preocupaciones, sin amistades, con largos encierros en el camarote para
evitarse el trato de las gentes, la imagen del esposo resurgía en ella
con una irresistible novedad, acompañada de estremecimientos largo
tiempo olvidados. Además... ¡el calor ecuatorial! ¡la asfixia que se
apoderaba de ella a ciertas horas de la noche, oprimiendo su pecho,
haciendo zumbar sus oídos, desarrollando ante sus ojos cerrados una
cinta de visiones inconfesables, interrumpidas al fin por el sueño!...
¡Ah, John! ¡Pobre grandote, cómo deseaba verlo!...
Torció el gesto Fernando al escucharla decir esto con la mirada perdida
en el Océano y una voz monótona de sonámbula. ¡Bonito papel el suyo!...
Y saludando irónicamente, anunció que iba a retirarse para que pensase a
solas en la próxima entrevista con su esposo.
--No; quédese--ordenó ella--. Tiempo tengo de acordarme de él...
Hablemos... Dígame esas palabras bonitas que usted sabe decir y que
parecen de comedia: exageraciones, mentiras, cosas de hidalgo que habla
de morir si no lo aman.
Después de esto, Ojeda creyó tener a su lado otra mujer, como si se
hubiese roto la coraza de hielo tras la cual se había mantenido hasta
entonces, irónica y hostil, y de los fragmentos de la rota defensa
acabase de surgir algo cálido y vibrante que iba hacia él con la
humildad de la hembra que anhela ser vencida.
Pasó por cerca de ellos la alemana con su niño de la mano. No los miró,
pero la mirada de Maud fue a ella: una mirada agresiva, de cólera
mortal, que pareció clavarse en su espalda. Fernando recordó que así
miraba la otra; así eran los ojos de Teri cuando en sus viajes le
inspiraba celos una compañera de hotel.
Los ojos de Mrs. Power, cuando dejaron de ver a Mina, volviéronse hacia
Fernando con una avidez de posesión. Sonreía escuchando las palabras de
su acompañante, su angustiosa súplica, como si pidiese algo
imprescindible para la continuación de la existencia.
--Tal vez mañana... tal vez nunca--dijo ella sonriendo con su coquetería
cruel, que a Ojeda le pareció forzada esta vez, adivinando más allá de
las frías palabras un principio de emoción.
Luego, como si temiese perder la serenidad y decir demasiado, se
apresuró a separarse de Fernando. No se podía hablar con él: siempre
pidiendo lo mismo. Se retiraba al camarote. Era demasiado atrevido en
sus palabras, y había que cortar la conversación.
--A la noche hablaremos, si es usted más juicioso... Por allí viene su
amigo; ya tiene compañía... No ponga usted esa cara tan triste. Tenga
confianza en la suerte... ¡Quién sabe!...
Y se alejó riendo, burlona y tentadora a la vez, mientras se aproximaba
Maltrana llevando sobre el traje de hilo una capa impermeable. Se detuvo
en un espacio de la cubierta bañado por el sol, y allí quedó inmóvil,
tembloroso y pálido, gozando con visible deleite del ardor ecuatorial.
--De aquí no paso--dijo--. Si quiere usted algo, acérquese.
Ojeda le obedeció, extrañando el bizarro aspecto que ofrecía con aquella
capa sobre el traje ligero, tembloroso de frío y buscando el calor del
sol cuando todos en el buque sentíanse angustiados por la temperatura
asfixiante.
--¿De dónde viene usted?...
--Del Polo--contestó Maltrana.
Tendía sus manos al sol, volvía el rostro para sentir el calor en ambos
lados, y al fin se despojó del impermeable y lo abandonó en la baranda,
prefiriendo a la tibieza de su envoltura los rayos directos del astro.
--Deje que me caliente un poco. No me mire así. A usted le extrañará
verme con este aspecto de gato friolero, buscando el sol cuando todos
sudan... Pero ¡cuando le digo que vengo del Polo!...
Poco a poco fue Maltrana explicando su misteriosa expedición. Venía de
lo más hondo del buque, de los frigoríficos, donde eran guardados los
víveres. Esto únicamente podía verlo él, que gozaba de buenas amistades.
Para conservar la baja temperatura de dichos almacenes, sólo los abrían
muy de tarde en tarde, y él había aprovechado la oportunidad de la
extracción de comestibles destinados a la fiesta del día siguiente,
bajando a visitarlos con sus amigos de la comisaría.
--¡Lo que viene con nosotros, Ojeda!... ¡Y yo, infeliz, que en otros
tiempos admiraba las tiendas de la calle Mayor en vísperas de
Navidad!... ¡Lo que comemos y bebemos durante el viaje! ¿Sabe usted
cuánta cerveza llevamos con nosotros? Mil doscientos toneles. Eso se
dice con facilidad, pero hay que verlo... ¿Sabe cuánto vino? Doce mil
botellas. También se dice esta cifra con facilidad...
--Pero hay que ver las botellas--interrumpió Ojeda burlonamente.
--Eso es: hay que verlas juntas con los toneles; una enorme bodega; lo
necesario para emborrachar a todo un pueblo... Y resbalando sobre el
Océano vienen con nosotros toneladas y más toneladas de harina, montañas
de cajas de conservas y de extractos; aves, pescados, bueyes, ¡qué se
yo!... Todas las reservas de una ciudad sitiada.
Describía el viaje por las entrañas lóbregas del buque, su descenso al
infierno... de nieve, llevando como virgiliano guía a su amigo don
Carmelo. Escaleras mojadas y resbaladizas; paredes que lagrimeaban;
luces eléctricas veladas y mortecinas bajo el halo irisado de la
humedad; gruesos caños conductores del frío a lo largo de los muros.
Primero habían entrado en almacenes donde la frescura todavía resultaba
tolerable. Isidro había sentido allí una satisfacción egoísta y maligna
pensando en los buenos amigos que sudaban y jadeaban en la cubierta de
paseo.
Metíase el frío cosquilleante y travieso por todas las aberturas de las
ropas, despertando agradables estremecimientos. Los de la comisaría
llevaban gruesos abrigos y capas impermeables. Él reía petulantemente,
orgulloso de afrontar con su trajecito blanco estas temperaturas.
Subían y bajaban escaleras; serpenteaban por intrincados corredores
bajos de techo, angostos, con muros de acero, semejantes a los pasadizos
de un acorazado. En un departamento las verduras y las flores; en otro
las frutas: pirámides de manzanas y naranjas, racimos de plátanos,
regimientos de piñas alineadas en los estantes como soldados barrigudos
acorazados de cobre y con penachos verdes. Un perfume de gran mercado
surgía a bocanadas por las puertas: perfume de flores que agonizan
lentamente, de frutas y verduras detenidas en su fermentación por la
catalepsia del frío, de vinos y cervezas agitados en sus encierros por
la continua inestabilidad del buque.
--Llegamos al fin a los frigoríficos--continuó Maltrana--. Unas puertas
que tienen de grueso casi tanto como de alto, unos dados de acero que
giran ligerísimos sobre sus goznes y se abren y cierran lo mismo que las
culatas de los cañones... -Crac-: una vuelta de muñeca y todo queda
justo, acoplado, sin la menor rendija. Al ser abiertas, entra el aire
exterior y se condensa instantáneamente, formando un humo blanco junto a
las lamparillas eléctricas: algo así como si lloviese sal o hielo
molido. Un espectáculo fantástico, Ojeda... Al principio sólo se siente
frío en los pies; luego sube y sube el maldito entre el pantalón y la
pierna, y a los pocos momentos cree uno que va calzado con polainas de
hielo... ¡Y qué «paisajes» se ven en esas profundidades!
Evocaba Isidro el recuerdo de los enormes cuartos de buey rojos y
amarillos, con la grasa congelada de su goteo formando estalactitas.
Tenían estas carnes la densidad de las cosas inanimadas: una dureza de
piedra. Daban la sensación a la vista y al tacto de enormes mazas
prehistóricas, con las cuales se podía hendir el cráneo de un elefante.
--La sala del pescado es un paisaje polar. Rocas de hielo amontonadas, y
en el interior de estas masas de cristal turbio están los peces de mil
formas. Parecen harapos petrificados, tan adheridos a su encierro, que
hay que extraerlos a puro hachazo... Las aves, puestas en estantes, las
creería usted de cartón piedra, como las que se exhíben en las cenas de
los teatros. Da uno con los nudillos en la pechuga de un pavo, y suena
lo mismo que un tambor o un cráneo hueco... Y toda esta piedra, este
cartón, cuando sale de su encierro se convierte en algo apreciable.
Porque usted reconocerá, Ojeda, que aquí no comemos del todo mal.
Él, que deseaba con tanto ahínco visitar esta sección del buque, se
había apresurado a huir, tiritando bajo un impermeable facilitado por la
piedad de don Carmelo. Sentía recrudecerse su frío al recordar los
tortuosos corredores con baldosas rayadas que chorreaban líquida humedad
por todas sus ranuras; las puertas de quicio profundo, iguales a
ventanas, por las que había que pasar agachando la cabeza y levantando
mucho los pies; las enormes cañerías blancas conductoras del frío
cubiertas con un forro de hielo, erizadas de agujas de congelación, que
brillaban lo mismo que diamantes bajo las luces difusas.
--Mejor se está aquí, Fernando... ¡Bendito sea el calor!... Pero hay que
reconocer la importancia de esa invención, que pone el frío al servicio
del hombre y permite morir congelado lo mismo que en el Polo estando en
pleno Ecuador. Abajo me acordaba de los argonautas españoles que en
estos mares vendían los calzones por un vaso de agua tibia... ¡Y
nosotros que bebemos fresco a todas horas!... Venga más hacia aquí,
Ojeda; yo necesito calor y huyo de la sombra.
Le molestaba un bote de la última cubierta suspendido sobre sus cabezas,
que repelía el sol o le dejaba paso, siguiendo el lento vaivén del
buque.
Se acodaron los dos amigos en el balcón de la terraza del fumadero,
viendo a sus pies los emigrantes septentrionales que llenaban la
explanada de popa. Maltrana había estado entre ellos un buen rato antes
de bajar a los frigoríficos.
--Crea usted que se necesita valor para permanecer entre esas gentes. A
pesar de la temperatura, conservan sobre el cuerpo los gabanes de pieles
de carnero, los gorros de astrakán. Todas estas pelambrerías, así como
las barbas, parecen hervir bajo el sol. Y añada usted los desperdicios
de la comida que fermentan; los cuerpos que humean... Dos veces al día,
los marineros inundan la cubierta; pero a pesar del mangueo, al poco
rato esa parte del buque huele a demonios.
Un ardor belicoso se había despertado en los emigrantes de popa,
impulsando a unos contra otros. Los rusos jóvenes, de barbas de oro y
camisas rojas, boxeaban con los alemanes de brazos nudosos y blancos. Se
veían narices quebradas exhibiendo los remiendos de unas tirillas
puestas en la farmacia. Los más forzudos exhibían con orgullo sus bíceps
adornados con tatuajes azules. Un gigantón paseaba entre los grupos,
devorando con mordiscos de fiera un mendrugo cubierto de carne
sanguinolenta y cruda, alimento excelente, según él, para conservar la
fuerza.
Todas las tardes bajaba a la enfermería algún luchador con el rostro
entumecido y desfigurado. Ahora, los marineros exentos de servicio
acudían a la explanada de popa, atraídos por el brutal interés de estas
peleas. Ya no gustaban de la sociedad de los «latinos» acampados en la
proa. Encontrábanse desorientados entre los españoles, italianos y
árabes, demasiado gritadores e ininteligibles para ellos. Preferían los
hércules silenciosos, las mujeres pelirrojas, con faldas cortas de
bailarina, botines altos y un pañuelo escarlata en forma de tejadillo
sobre los ojos pobres de cejas.
Maltrana abandonó a su amigo. Sentía la necesidad de relatar el
interesante descenso a los frigoríficos «a sus muchas amistades», o sea
a todos los pasajeros que podían entenderle.
El toque para la comida, que se daba en plena noche al principio del
viaje, con los focos de luz inflamados, sonaba ahora cuando el sol
estaba todavía en el horizonte.
Los que esperaban el mágico espectáculo de su puesta reunidos en la
última toldilla, tenían que renunciar a la diurna apoteosis, corriendo a
los camarotes para vestirse apresuradamente y no llegar con retraso al
comedor.
Ojeda, al sentarse a su mesa, vio que estaba sin ocupar la inmediata,
que era la de Mrs. Power.
--Hoy no come aquí--dijo Maltrana con su autoridad de hombre bien
enterado de todo lo que ocurría en el buque--. La han invitado sus
compatriotas, esa yanqui fea que canta, y su marido, el de la chaqueta
de -clown-... Aquí se invitan unos a otros, como si la comida fuese
distinta. Una botella extraordinaria de champán es todo el obsequio...
Levántese un poco y la verá.
Incorporándose, columbró Fernando por entre las cabezas de la mesa
inmediata la cabellera rubia cenicienta de Maud.
Isidro preguntó a Munster por el doctor Rubau. Nadie le había visto.
Continuaba metido en su camarote, para solemnizar con este encierro el
doloroso aniversario.
La música sonaba, como todos los días, a las puertas del comedor; la
lista de platos era la ordinaria; el salón no tenía adornos, y sin
embargo las gentes se miraban con aire interrogante. Flotaba en el
ambiente una promesa misteriosa: seguramente iba a ocurrir algo. Y la
presunción de un suceso desconocido alegraba las miradas y provocaba las
sonrisas. Hombres y mujeres parecían haber retrocedido a la infancia en
esta vida de aislamiento y monotonía azul.
A los postres, las damas saltaron nerviosamente en sus sillas, ahogando
un grito de susto; muchos hombres se estremecieron, con la nerviosidad
que despierta un estrépito inesperado. Sonó junto a una ventana del
comedor un rugido de fiera rabiosa, un baladro amplificado por el tubo
de una bocina. A continuación, el tableteo de varios rayos imitados con
choques de latas y las sinuosidades de un trueno repiqueteado sobre el
parche del bombo.
Todos los ojos se volvieron hacia la entrada del comedor. Alguien iba a
llegar. Y en el marco de una puerta apareció un espantable y grotesco
personaje, un mascarón negro y rojo. Su avance entre las mesas fue
acompañado de grandes risotadas y movimientos de repulsión de las
señoras, que evitaban su contacto.
Vestía una túnica negra, una especie de sotana con ancha faja de algas
verdes, de la que pendían numerosos pescados crudos y sanguinolentos,
procedentes de la cocina. Otro círculo de algas coronaba su peluca
bermeja, y entre esta peluca y las barbazas de inflamado color
ensanchábase el rostro rubicundo, carrilludo, granujiento, una cara de
borracho perseverante y bondadoso como las que se ven en las muestras de
las cervecerías. Apoyábase al andar en un tridente que tenía varias
sardinas ensartadas. Colgaban sobre su pecho dos botellas de vino
unidas en forma de gemelos, y al detenerse entre mesa y mesa, echaba
mano a este grotesco instrumento, y con los ojos puestos en los golletes
exploraba el comedor, como si buscase a alguien.
--¡Capitán!... ¿Dónde está el capitán?--preguntaba con voz ronca.
Despojábase de los pescados de su cintura para repartirlos en las mesas,
y las mujeres chillaban al sentir en sus manos la frialdad blanducha y
viscosa de estos presentes.
Así avanzó por todo el comedor, seguido de la risa inacabable de los
buenos germanos, que encontraban este espectáculo de una gracia
irresistible. Y su hilaridad ganó a los demás, dispuestos de antemano a
alegrarse con todo lo que alterase la vida uniforme de a bordo.
En fuerza de pasar entre las mesas y mirar con su aparato óptico, dio
con la que ocupaba el comandante del buque, y apoyándose en el tridente,
empezó un discurso en alemán, con voz ruda y autoritaria:
--Yo soy Tritón, y me envía mi señor Neptuno...
Los alemanes acogieron con estallidos de regocijo las palabras del
mascarón, repitiéndolas traducidas a los vecinos que no podían
entenderlas.
Neptuno, al ver desde sus profundidades que un buque iba a pasar la
línea ecuatorial, entrando en el otro hemisferio, enviaba a su emisario
Tritón para que los pasajeros que efectuaban por primera vez la travesía
le rindiesen pleito homenaje sometiéndose a la ceremonia del bautizo. El
discurso iba acompañado de alusiones al mareo de los viajeros, al
tributo que sus estómagos trastornados rendían al inmenso azul, para
mejor alimento de los peces; y cada chiste que el marinero disfrazado
iba soltando, como una lección aprendida de memoria, lo saludaba el
público con carcajadas iguales a las de una escuela en libertad.
El capitán debía entregar la lista de todos los pasajeros que no habían
sido bautizados. Al día siguiente subiría Neptuno con su corte para la
gran ceremonia, y mientras tanto, dos representantes de la fuerza armada
del dios iban a quedar en el buque para que ninguno de los neófitos
pudiese huir.
Se llevó el emisario una mano al pecho en busca de un pito marinero, lo
hizo sonar, e inmediatamente entraron en el comedor dos gendarmes
alemanes de ridícula traza, con el casco abollado y pequeño para sus
cabezas enormes, levitas angostas, pantalones cortos y un sable
herrumbroso batiéndoles el flanco. La gente, al verles aparecer, rio
con más espontaneidad que en la entrada de Tritón. Sus caretas de corto
perfil y bigotes de cepillo les daban aspecto de dogos enfurruñados y
una lejana semejanza con Bismarck.
Entregó el capitán a Tritón un sobre sellado que contenía la lista de
los candidatos al bautizo, bebieron juntos una copa de champán, y luego,
seguido de los gendarmes, se retiró el enviado neptunesco, otra vez con
acompañamiento de temblor de latas y estrépitos de bombo.
Muchos pasajeros abandonaron el comedor apresuradamente. Había que ver
la partida del emisario, su vuelta a los dominios oceánicos para dar
cuenta al dios de la comisión realizada.
Amontonóse la gente en las bordas del paseo. El Océano estaba iluminado
con fantásticos reflejos: era blanco, después verde, y al final rojo. De
la cubierta de los botes goteaba sobre el mar el ígneo azufre de las
luces de bengala. Las ondulaciones atlánticas tomaban bajo este
resplandor de incendio que rodeaba al buque el aspecto denso del metal
en ebullición. Más allá de esta zona de luz temblorosa, que coloreaba
grotescamente los rostros y hacía palpitar los ojos con desordenadas
vibraciones, extendíase la noche tropical, solemne, tranquila, con sus
aguas obscuras pobladas de caracoleantes fosforescencias y su cielo
límpido, en el que asomaban sonrientes un gran número de astros nuevos
rodando en el misterio.
Sonó en el mar el ruido de un chapuzón, y una luz balanceante comenzó a
apartarse del buque. Era Tritón que se marchaba. Un berrido a proa y a
popa de los emigrantes, que sólo de lejos participaban de la fiesta,
saludó la fingida retirada del personaje submarino. «¡Adiós, borracho!
¡Expresiones a Neptuno!...» La boya, con su farol, salió del espacio
iluminado por las bengalas. Su luz se hizo cada vez más diminuta,
absorbida por el misterio negruzco del Océano. Parecía huir a impulsos
de oculto motor; escondíase en las largas curvas de las olas y brillaba
luego en las cimas, como una estrella caída, para resbalar de nuevo
hasta el fondo de otro valle. La gente se cansó de seguirla con los
ojos, y fue esparciéndose por el paseo y el jardín de invierno, donde
aguardaba el café humeando en las tazas.
Ojeda entabló conversación con míster Lowe antes de volver a su mesa,
ocupada ya por Maltrana. El atlético mocetón, al despojarse por la noche
de las chaquetas rayadas y gloriosas, no podía menos de adornar la
solapa de su -smoking- con botones y banderitas de los clubs deportivos.
Al ver a Fernando, rio con expresión maliciosa, mostrando su aguda
dentadura, abundante en áureos rellenos.
--¡Qué señora Mrs. Power!... Hoy la hemos tenido a nuestra mesa; y ¿sabe
lo que ha dicho?... Está enferma la pobre: el calor, la soledad, los
nervios... Le ha preguntado a mi señora si podría prestarle su marido
por un rato. Un favor entre amigas... Parece que no puede esperar más.
Revelaba con su risa la orgullosa satisfacción que le causaba solamente
la posibilidad de que una dama como Mrs. Power pudiese ver en su persona
un remedio.
--Es una broma nada más--continuó--. Esa señora es muy graciosa y nada
hipócrita... Pero yo creo, señor, que a quien ella desea es a usted...
Aprovéchese... Hágale ese favor.
Lowe, que no ocultaba el miedo que le infundía su mujer con los
fruncimientos dominadores de su rostro acaballado, tomaba, al verse sólo
con Fernando, el gesto malicioso de un hombre para el cual no guarda el
mundo sorpresa alguna. Daba la buena noticia por compañerismo. Los
hombres se deben entre sí estos informes. Tenía la obligación Ojeda de
atender a una dama... Y hablaba del amor como de un servicio higiénico
indispensable para la vida, y en el que pueden reclamarse las ayudas de
la amistad.
Aquella noche no había nada extraordinario que alterase la vida de a
bordo. El concierto atraía únicamente a los niños y criadas, que antes
de acostarse formaban grupos en torno del círculo de atriles.
Los pasajeros, esparcidos por el paseo, comentaban las fiestas del día
siguiente. Una repentina fraternidad los aproximaba a todos. Veníanse
abajo las últimas diferencias sociales y patrióticas que los habían
mantenido apartados en fracciones indiferentes u hostiles. Se notaba el
deseo de comunicación y mezcolanza que remueve a todo un pueblo en
vísperas de un acontecimiento nacional. Los majestuosos «pingüinos» ya
no formaban grupo aparte y se confundían con «las potencias», que a su
vez habían roto el círculo de su aislamiento hostil.
¡El baile del paso de la línea!... Las niñas hablaban de sus disfraces
traídos previsoramente en los baúles o anunciaban improvisaciones
originales. Las mamás, que hasta entonces se habían saludado con
ceremonia, recordaban enternecidas a las amigas comunes que vivían en
París y creían vagamente haberse visto en un té del Hotel Ritz o en una
recepción-tango en los Campos Elíseos. Una matrona imponente detenía a
Conchita con súbita amabilidad.
--¿Y usted no se disfraza, hija mía?...
¡Con unos ojos tan lindos! ¡Con su aire donoso de españolita!... Y a
impulsos de su repentina ternura, ofrecióse a prestarle una rica
mantilla antigua comprada en Madrid.
Señoras de gesto malhumorado, que se lamentaban de la inmoralidad de sus
compañeros de viaje, deteníanse curiosas ante las ventanas del fumadero.
Aquél era el antro del vicio, el lugar donde las mujeronas de la opereta
fumaban y bebían entre los hombres con los pies en un asiento o sobre el
borde de la mesa... Y bastaba una ligera invitación de los amigos o
parientes entregados a interminables partidas de -poker-, para que todas
ellas se decidiesen a entrar con el mismo aire de encogimiento ruboroso
y audacia pecaminosa que las había acompañado en sus visitas disimuladas
a los -cabarets- y bailes de Montmartre. ¡Bueno es verlo todo!...
Además, estaban de fiesta, la gran fiesta del viaje.
Ninguna noche se había visto tan lleno el fumadero. Los sirvientes
corrían azorados, no sabiendo adónde acudir entre tantos y tan
contradictorios llamamientos. Sonaban frecuentemente estallidos de
tapones. El champán desbordaba de las copas, corriendo sobre las mesas
en raudales espumosos. Sonreían las señoras reconociendo los encantos de
este lugar vedado, y hasta encontraban cierta distinción exótica a
algunas de aquellas rubias que sólo habían visto de lejos en la cubierta
y ahora ocupaban las mesas inmediatas. Esta proximidad parecía añadir un
nuevo placer a su audaz entrada en el fumadero. «El mar es el mar...»
Cuando llegasen a tierra ni se acordarían de tal promiscuidad.
Ojeda ocupaba una mesa con Mrs. Power y el matrimonio Lowe. No sabía con
certeza si era él o su amigo el yanqui el autor de la invitación, pero
ésta había interpretado los deseos de Maud, que pareció transformarse al
tomar asiento en un diván del café.
Bebieron fuerte los tres compañeros de Ojeda. Mrs. Power tenía los ojos
levemente lacrimosos. De pronto se agrandaban, como si los dilatase el
asombro de una visión interna, al mismo tiempo que unas tortuosidades de
rubor veteaban sus mejillas. Dilatábase su boca buscando aire, a pesar
de que todas las ventanas estaban abiertas y los ventiladores giraban
vertiginosamente. «¡Qué calor!...» El ansia de frescura la hacía vaciar
la copa que tenía delante, ligeramente empañada por el vino helado.
Sonreía mirando a Fernando con unos ojos acariciadores, que éste creía
ver por vez primera.
--Déme osté una sigarreta.
El matrimonio Lowe acogió con risas admirativas esta muestra de español
de Mrs. Power. Y envuelta en el humo del cigarrillo que le dio Ojeda,
siguió mirándolo con una fijeza audaz, como si concentrase toda su
voluntad en esta contemplación, sin importarle los comentarios de las
personas cercanas.
Maltrana, que iba de una mesa a otra para charlar con sus «queridos
amigos», aceptando una copa aquí y bebiendo media botella más allá, se
fijó en los ojos de Maud.
--Pero ¡cómo mira esa señora!... ¡Ni que se lo fuese a comer!...
Desde una mesa cercana los espió con cierta envidia. Cerca de media
noche abandonaron sus asientos. Lowe se levantaba al amanecer, para ir
al gimnasio, tomar la ducha y seguir otras prescripciones del atletismo.
Su esposa necesitaba cuidar la voz. Salieron los cuatro, y tras ellos
Maltrana.
Junto a una escalera se despidieron, marchando el matrimonio hacia su
camarote. Quedaron solos Ojeda y Maud, mirándose frente a frente. Él
sentía cierta indecisión, miedo al «buenas noches» glacial y despectivo
con que ella había cortado otras veces sus palabras ardorosas.
No tuvo necesidad de hablar. Fue ella la que habló, pero sin mover los
labios, con un parpadeo malicioso que transfiguraba su rostro, dándole
el rictus de una hembra prehistórica agitada por la pasión. De sus
labios salió un leve silbido que equivalía a una orden imperiosa; al
mismo tiempo agitó el índice de su diestra como si le llamase.
Maltrana fue tras ellos escalera abajo, avanzando cautelosamente para no
ser visto... Pero no necesitó de grandes precauciones. Los dos caminaban
sin darse cuenta de lo que les rodeaba, sin saber ciertamente adónde
iban, empujada ella por el instinto hacia su vivienda.
Oyó Isidro, oculto en un ángulo del corredor, el ruido de una puerta
abierta rudamente. Avanzó, y antes de que se cerrase aquélla con un
golpe de pie, pudo ver en su fondo luminoso cómo se entrelazaban unos
brazos con la furia concentrada de los luchadores que ansían derribarse,
cómo se juntaban dos cabezas lo mismo que si pretendieran morderse.
El crujido de un cerrojo y la soledad del corredor despertaron de pronto
la cólera de Maltrana. Él quería mucho a Ojeda... pero ¡unos tanto y
otros tan poco! Sintió el tormento de esa rivalidad masculina que
respeta en el amigo los triunfos de la inteligencia y de la riqueza,
los admira y los desea aún mayores, pero se conmueve con sorda envidia
cuando las victorias son de amor.
Al volver Maltrana al fumadero se sintió inquieto en su ambiente
ruidoso. Todavía no era su hora: aún quedaban algunas mesas ocupadas por
gentes respetables. Los amigos jóvenes le habían anunciado que la
verdadera fiesta sería después de media noche. Esta vez se habían
comprometido seriamente algunas damas de la opereta a ser de la partida.
Isidro sentíase de una resolución feroz al pensar en Fernando. Con las
de la opereta o con otras; era lo mismo. El no podía quedar aplastado
por la buena suerte de su compañero. Necesitaba a toda costa olvidar su
humillación, aunque para ello fuese necesario atentar contra el reposo
nocturno de las camareras del buque o las muchachas del taller de
planchado.
Huyó del café, como si odiase a las gentes y tuviese necesidad de
tinieblas y silencio. En la cubierta de los botes ocupó un sillón,
mojado por la humedad.
Este aislamiento lóbrego aplacó sus nervios... Nadie. Los pasajeros
estaban ya en sus camarotes o se mantenían en el paseo dando vueltas por
las inmediaciones del café, como pájaros nocturnos atraídos por un faro.
El silencio era absoluto en esta cima de la montaña flotante. De tarde
en tarde, un toque de campana en el puente, un rugido del serviola, que
contestaba desde el púlpito del trinquete, pasos tenues de marineros
descalzos que se deslizaban lo mismo que espectros entre los botes y
ventiladores de la última cubierta. Sobre el cielo obscuro moteado de
clavitos de luz marcábanse los mástiles y la chimenea como dibujados con
tinta china.
Pasaban las estrellas de un lado a otro de los palos, cual un
chisporroteo de insectos juguetones saltando entre el cordaje. Algunas,
empañadas por el temblor del humo de la chimenea, redoblaban sus
titilaciones. Eran como lentejuelas, medio desprendidas de un manto y
próximas a caer. En la obscuridad del horizonte marcábanse unos fulgores
lejanos, tres pinceladas rojas sobre una línea de puntitos de luz apenas
perceptibles: los fuegos de un trasatlántico que se cruzaba con el
-Goethe- marchando en opuesta dirección.
Maltrana, con su cabeza en el respaldo del asiento y la mirada en alto,
contemplaba la enorme masa de la chimenea, que cubría una parte del
cielo. Sintió aflojarse la tirantez de sus nervios en el silencio y la
soledad. Le parecía ridículo su orgullo masculino; se avergonzaba de su
envidia. ¡Lo que le importaban a aquella bestia negra que los mantenía
sobre sus lomos de acero todas las miserias y picardías de que la hacían
complice...! ¡Lo que podían interesar al Océano obscuro y replegado en
su misterio, y a los alfilerazos de luz que brillaban a la vez en las
alturas del cielo y en los repliegues del agua, aquellos apetitos y
necesidades del hormiguero instalado en la cáscara flotante!...
Venía a su memoria el recuerdo de los primeros argonautas, compañeros de
Jasón, y con ellos el poema de Apolonio de Rodas, cantor de la fabulosa
aventura del vellocino de oro. El mástil del navío helénico era una
encina colocada por Minerva, y este mástil encantado, alma del buque,
hablaba, dando oráculos salvadores en los momentos de peligro. ¿Por qué
no podía hablar también aquella chimenea gigantesca, que entre los palos
completamente inútiles de la navegación moderna era la representación
del movimiento y la vida, la gran propulsora, como lo había sido el
mástil antiguo sostenedor del velamen?...
Este animal oceánico de férreo caparazón tenía un alma que se escapaba
normalmente por aquella torre con una respiración acompasada, o mugía
con la furia del instinto en las noches de peligro ante el escollo
cercano o la densa niebla. Sus compartimientos interiores parecían
sensibles a la influencia del ambiente, como las mucosas de un organismo
animal. Maltrana creía verle con diverso aspecto en las varias horas del
día: soñoliento y torpe al amanecer; alegre y risueño después de las
abluciones matinales; pesado y cabeceador luego de mediodía, al
adormecerse el Océano bajo el incendio solar; melancólico y rumoroso
como un jardín antiguo a la caída de la tarde, cuando las cubiertas se
teñían de un rojo naranja, prolongándose las sombras de las personas con
la esbeltez de los cipreses; ruidoso y frívolo al cerrar la noche, con
una alegría semejante al hervor del champán, a la sonrisa de unos labios
pintados, a la languidez de unos ojos engrandecidos por el kohol.
Su amigo de la comisaría hablaba del buque como si éste fuese un
organismo viviente y nervioso, sujeto a las influencias exteriores.
Cambiaba de carácter en todos los viajes, según las gentes que llevaba
en sus entrañas. Unas veces eran comisiones diplomáticas o personajes
políticos que iban a gobernar repúblicas, y entonces parecía navegar con
calmosa majestad, entrando solemnemente en los puertos embanderados,
entre cañonazos y vítores. Las gentes se hablaban con frío comedimiento,
mensurando las palabras, no atreviéndose a alzar la voz. Hasta los
grumetes tenían un estiramiento protocolario. Bastaba que Su Excelencia
se apartase a leer en un rincón de la cubierta, para que al momento este
rincón quedase aislado con atadijos de maromas, y junto a ellas un
marinero de guardia con la consigna de que nadie viniese a turbar un
estudio del que dependía tal vez la suerte de varios pueblos. Y lo que
leía Su Excelencia era una novela de folletín.
En ciertos viajes predominaban los comerciantes, y la cubierta de paseo
era durante veinte días igual a un salón de Bolsa. Rodaban millones de
la mañana a la noche, y el buque se movía con el aplomo insolente de un
banquero bien forrado que no teme al destino. Las enormes cantidades,
compuestas puramente de palabras, parecían gravitar realmente en sus
entrañas con peso abrumador. Otras veces abundaban las damas elegantes:
ocupaba el -bridge- todas las mesas; el aire marino perdía sus sales
bajo una oleada de perfumes caros, y el buque se rejuvenecía con los
trajes vistosos que se arremolinaban en sus cubiertas, las guirnaldas
tendidas en los salones y los polvos de arroz que se llevaba el viento.
Al cabecear sobre el Océano, parecía tomar el gesto trémulo de un viejo
galanteador que habla con sus amigas de trapos y escándalos mundanos.
Introducíanse en algunas travesías entre el rebaño viajero mujeres
hermosas y liberales, pródigas en sus gracias, y la paz monótona del
Atlántico desaparecía instantáneamente. Los hombres corrían ansiosos
tras la carnal limosna; surgían conflictos y peleas, todos se agitaban
como locos, y el trasatlántico, fosco y de mal humor, navegaba con el
funcionamiento de su vida trastornado, los servicios internos en
desorden, deseoso de llegar cuanto antes al final del viaje para sanar
de esta enfermedad.
El buque tenía un alma--Maltrana, soñoliento en un sillón, estaba seguro
de ello--; un alma que hablaba por su chimenea, como la nave -Argos-
hablaba por el mástil; una conciencia que percibía el motivo de sus
acciones, la finalidad de este continuo ir y venir por el Atlántico,
arándolo con su quilla de acero.
No estaba solo en la oceánica inmensidad. Otros iguales a él avanzaban
detrás de su estela con intervalos de centenares de millas, o marchaban
delante con el mismo rumbo. Y desde el opuesto hemisferio, una fila
semejante emprendía el regreso, moviéndose todos como un rosario de
diligentes hormigas en la infinita llanura atlántica.
Despegábanse diariamente de la tierra europea algunos de estos
monstruos, arañando la profundidad con las invisibles zarpas de sus
hélices, repleto el vientre de carne humana estremecida por los
espejismos de la esperanza. Partían de los muelles escarchados y
brumosos del Báltico; de los puertos ingleses negros de hulla, en cuyo
ambiente grasoso flota un perfume de té y tabaco con opio; de las costas
de Francia oceánica, que oponen sus bancos vivos de mariscos y los
pinares de sus landas a los asaltos del fiero golfo de Gascuña; de las
bahías de España, copas de tranquilo azul, en las que trenzan sus
aleteos las gaviotas asustadas por el chirrido de una grúa o el mugido
de una sirena; de las escalas del Mediterráneo, adormecidas bajo el sol;
ciudades blancas con la alba crudeza de la cal o la suavidad
aristocrática del mármol; ciudades que huelen en sus embarcaderos a
hortalizas marchitas y frutos sazonados, y envían hasta los buques, con
el viento de tierra, la respiración nupcial del naranjo, el incienso del
almendro, rasgueos briosos de guitarra ibérica, gozoso repiqueteo de
tamboril provenzal, arpegios lánguidos de mandolina italiana.
Inmóviles en los canales flamencos de aguas negras y burbujeantes, había
descendido hasta sus dormidas cubiertas la melodía cristalina del
carillón perdido en el misterio de la noche. Grandes puentes giratorios
se habían abierto ante ellos, repeliendo las masas de gentío y de
carretones, para darles paso en los ríos navegables de Holanda.
Al verse en alta mar, sus proas, como hocicos inteligentes, husmeaban el
horizonte, adivinando el sendero a través del infinito. En torno de sus
grupas rebullían en jabonosas espumas las olas grises o negras de los
mares septentrionales, las azules ondulaciones atlánticas, el inmenso
líquido durmiente bajo la pesadez ecuatorial, el Océano verde con
escamas de oro de las costas brasileñas, las aguas casi dulces de las
costas del Sur, teñidas de rojo por las avenidas de los ríos.
Una vez hablaba a Maltrana, una voz sin vibración, que repercutía en su
cerebro sin haber pasado antes por su oído:
--Y así marchamos a través del misterio azul, en busca de una lejana
tierra de ensueño para nuestro cargamento de miserias y ambiciones. Hace
años, seguíamos todos el mismo rumbo con la tenacidad de un rebaño que
no conoce otro camino. Íbamos al Norte de América, tragadero insaciable
de hombres, olla hirviente de razas, tierra de prodigios absurdos y
opulencias insolentes... Pero ahora, el camino se ha bifurcado:
conocemos nuevos mundos. El rebaño de acero y humo se reparte, y
mientras unos siguen la antigua senda, nosotros ponemos la proa al Sur,
llevando sobre nuestro lomo la aventura y la ilusión, en busca de
pueblos nuevos, pueblos de esperanza, pueblos de aurora, cuyos nombres
suenan con el retintín del oro.
IX
El primer acto de la fiesta ecuatorial fue el paseo de la música a las
nueve de la mañana por todas las cubiertas, deslizándose luego en los
pasadizos y recovecos de los camarotes.
Muchos pasajeros estaban aún en la cama, y al apagarse el eco de los
instrumentos, volvieron a reanudar su sueño. Se habían acostado tarde.
En la noche anterior, las luces del café permanecieron encendidas hasta
que el amanecer fue empañando su brillo. La marinería, al limpiar las
cubiertas, habían salpicado con su mangueo algunos escarpines de charol
que marchaban titubeantes sin encontrar su camino y -smokings- cuya
negrura estaba constelada de manchas de ceniza y de champán.
La gente menuda del pasaje fue la única que corrió bulliciosa al
escuchar este primer anuncio de la fiesta. Niños y criadas marchaban al
frente de la banda, admirando los disfraces con que se habían cubierto
los músicos en honor de la grotesca solemnidad; sus caras con
chafarrinones de almagre y sus narices de cartón. Un camarero vestido de
pielroja, con gran abundancia de plumas, iba ante la música haciendo
molinetes con una cachiporra de tambor mayor.
Saludábanse los pasajeros matinales en el paseo con grandes elogios al
día. El agua era gris, el cielo estaba encapotado; el Océano ecuatorial
ofrecía el aspecto de un mar del Septentrión. La brisa fresca que venía
de proa ahuyentaba el temido calor. Magnífico día para el paso de la
línea.
A las once circuló una noticia que hizo salir de sus camarotes a los
perezosos y llenó en poco tiempo las cubiertas. Se veía tierra... Y
todos corrieron al lado de babor con vehemente curiosidad, como si
desearan saciar sus ojos en un fenómeno inaudito. ¡Tierra!... Esta
palabra evocaba algo lejano que había existido en otros tiempos, y que
la gente, acostumbrada a la soledad oceánica, consideraba ya como
irreal.
Buscaban muchos esta tierra en la extensión gris con la simple mirada, y
sólo después de largos titubeos llegaban a distinguir un pequeño borrón
negro, una línea ondulosa y corta que parecía flotar sobre las aguas
como un montón de basura. Era la Roca de San Pablo, aglomeración de
piedras basálticas en mitad de la línea equinoccial; pedazo de tierra
diminuto olvidado por las convulsiones volcánicas y que seguía
emergiendo audazmente entre África y América, sin fauna, sin flora,
yermo y maldito en las soledades del Océano, lejos de todo país
habitado.
--El único lugar de la tierra que no tiene dueño--dijo el doctor Zurita
en un grupo--. La única isla que no ha tentado la codicia de nadie...
Cómo será, que ni a los ingleses se les ha ocurrido plantar en ella su
bandera.
Apuntábanse las filas de gemelos a lo largo de la borda, y en el
redondel de sus oculares aparecía un amontonamiento de rocas flanqueado
por otras sueltas en forma de islotes; pedruscos negros, rugosos, que
recordaban la piel de los paquidermos, y en torno de los cuales
levantaba la resaca enormes rociadas de espuma. El mar tranquilo
alterábase al tropezar con este obstáculo inesperado. Se adivinaba la
existencia de cavernas submarinas, gargantas y canalizos invisibles, en
los cuales se retorcía furioso el Océano al perder su calma soñolienta,
encabritándose con espumarajos de rabia, desplomándose sus cataratas
gigantescas sobre los negros abismos.
Ni una persona, ni una brizna de hierba, ni un pájaro en la roca pelada,
que a las horas de sol debía arder y reverberar como un paisaje
infernal.
--Ahí sólo hay tiburones--dijo un pasajero, como si hubiese vivido en la
isla--. Procrean en sus cuevas, y luego van a buscarse la comida por los
mares calientes, hasta las costas del Brasil o las Antillas.
El recuerdo de estos mastines del Océano hacía estremecer a las mujeres.
Se los imaginaban pululando lo mismo que bancos de sardinas en las
cavernas y escollos de aquel islote; los veían con el pensamiento
pasando y repasando por debajo del vientre del navío, traidores,
cautelosos, con su cabeza más voluminosa que el resto del cuerpo,
aguardando que alguien cayese para triturarlo entre la triple fila de
sus dientes.
Los hombres evocaban las tragedias feroces de la profundidad, cuando el
escualo hambriento, no encontrando en la superficie más que bandas de
peces voladores, descendía y descendía miles de metros, en busca de los
calamares enormes que agitan en la sombra la vegetación de sus
tentáculos. El tiburón, agobiado por la asfixia de la profundidad, había
de efectuar su cacería con rapidez. Batallaba el diente con la ventosa,
el coletazo demoledor con el tentáculo que ahoga, la boca que desgarra
con la boca que sorbe. Y en esta batalla invisible que se desarrollaba
abajo, a varios kilómetros de distancia vertical, en la penumbra de unas
aguas obscuras, entenebrecidas aún más por las nubes de tinta que exuda
el pulpo, unas veces queda el tiburón prisionero de la red viscosa y
ávida; otras sube vencedor, con el coriáceo pellejo hinchado por la
succión de las ventosas, y a la luz de las estrellas, dejándose flotar
en las ondulaciones de la superficie, devoraba los restos de la presa
arrancada del abismo.
Esta evocación hacía recordar a muchos el lugar donde estaban. Aquel
hotel lujoso, con su música, sus tropas de sirvientes y sus salones, no
era más que una caja flotante y bien acondicionada, debajo de la cual
seguía latiendo la vida feroz y ciega, ignorante de la justicia y de la
misericordia, lo mismo que en los primeros días del planeta. Avanzaban
los humanos comiendo, bailando, requebrándose de amor por lugares del
globo donde aún subsistían las formas crueles y ciegas de la bestialidad
prehistórica. Vivían lo mismo que en tierra, sin acordarse de que
marchaban sobre una columna acuática y movible de seis mil metros de
altura, de la cual era el buque a modo de un capitel.
La Roca de San Pablo fue quedando a la popa del trasatlántico. El islote
estéril recibió el título de antipático de boca de las señoras, que
dejaron de mirarlo, falto ya de interés. Visto sin los gemelos, parecía
algo repugnante que flotaba sobre las aguas: los residuos digestivos de
un leviatán; un montón de deyecciones del fabuloso pájaro Roc.
Deshiciéronse los grupos para esparcirse por el paseo, y en este
desbande general, Ojeda y Maltrana se encontraron frente a frente.
Isidro fijó sus ojos con maliciosa expresión en la cara de su amigo.
--¿Qué tal la noche?...
Fernando hizo un gesto de indiferencia. Muy bien.
--Le veo a usted pálido--añadió aquél--, algo ojeroso. Cualquiera diría
que ha tenido usted malos sueños... o que ha estado la noche entera sin
dormir.
--¡Cuando le digo que la he pasado muy bien!...
Y Maltrana, ante el tono de impaciencia de su amigo, no quiso insistir
más.
--Su aspecto no es mejor que el mío--dijo Ojeda sonriendo--. De seguro
que se acostó tarde... ¿A ver esa cara? Muy bien: no tiene usted señal
de golpe. Esta fiesta le ha resultado mejor que la otra.
Maltrana se indignó. ¿Creía acaso que sus amigos eran unos bárbaros?...
La pelea general del otro día había sido algo inesperado. Las gentes
iban conociéndose mejor; el trato amansa a las fieras. Eran ya como
hermanos y se perdonaban las injurias. Un insulto se olvidaba ante una
nueva botella.
Y como Fernando, ganoso de que la conversación no recayese sobre él,
insistió por conocer los detalles de la fiesta, Maltrana fue hablando
con cierta reserva.
--Nada; una reunión culta, muy decente. Hasta tuvimos nuestras damas, lo
más distinguido, lo más -chic-. Esta vez, las señoras de la opereta,
solemnemente invitadas por mí en nombre de los amigos, se dignaron
venir... Uno tiene su prestigio y sus éxitos, amigo Fernando; no todo ha
de ser para los demás.
Para que no insistiese en esto último, le preguntó Ojeda si el mayordomo
había tenido que intervenir, como la otra vez, para restablecer el
orden.
--No--dijo Maltrana después de alguna vacilación--. Las cosas se
desarrollaron en el fumadero en santa paz. Muchas botellas destapadas,
mucho canto. Las damas encontraron duros los asientos y al final fumaban
con la cabeza apoyada en un señor y los pies en otro... ¡Orden completo!
El mayordomo se asomaba a la puerta para sonreír como un maestro
satisfecho de sus chicos. Uno que hacía suertes de gimnasia con un
sillón lo dejó caer sobre la cabeza de su compañero. Le limpiamos la
sangre y luego se dieron la mano los dos. Total, nada. No fue con mala
intención... Las damas, que no entendían palabra y sólo sabían beber y
sonreír, se dignaban tomar el brazo de un amigo para dar un paseo
misterioso y poético por la última cubierta o por los pasillos de los
camarotes, volviendo algo después para aceptar nuevas invitaciones... Le
digo que fue una fiesta honrada y distinguida.
Ojeda sonrió incrédulamente. Había oído hablar algo de muebles rotos y
peleas con el mayordomo.
--Una insignificancia. Una humorada de mis amigos los norteamericanos...
Pero el conflicto quedó arreglado inmediatamente.
Habían salido todos del fumadero atraídos por la luna, una luna enorme
que cubría de plata viva el Atlántico y hacía correr por los costados
del buque arroyos de leche luminosa. La honorable sociedad contemplaba
el espectáculo con un sentimentalismo alcohólico que agolpó lágrimas en
los ojos. Las damas apoyaban con desmayo poético sus cabezas rubias en
el hombro más próximo. Una rompió a llorar con estertores histéricos.
«La luna... la luna», murmuraba cada uno en su idioma. Y así estuvieron
inmóviles largo tiempo, como si no la hubiesen visto nunca, hipnotizados
por aquella cara de mofletes luminosos suspendida en el horizonte.
Un norteamericano arrojó una botella con dirección al astro. Había que
dar de beber a la gran señora. E inmediatamente, como si esta locura
fuese contagiosa, una lluvia de botellas vacías o sin destapar fue
cayendo en el Océano. Pasaban ante el luminoso redondel como una nube de
proyectiles negros. Al agotarse la provisión, los comisionistas
musculosos y los pastores de las praderas cogieron las sillas y las
mesas de la cubierta, y todo comenzó a pasar sobre la borda, cayendo en
el agua con ruidoso chapoteo.
Palmoteaban unos, retorciéndose de risa por lo inesperado del
espectáculo; gritaban otros, entusiasmados por el vigor y la rapidez con
que saltaban los objetos del buque al mar; corrieron los camareros para
dar aviso de estos desmanes, y apareció el mayordomo lanzando gritos y
poniéndose con los brazos en cruz entre la borda y los tiradores.
Hubo que hacer esfuerzos para apaciguar a los -cow-boys-, que
encontraban el juego muy de su gusto. Ellos estaban prontos a pagar
todos estos desperfectos y los que pudieran hacer los respetables
-gentlemen- que estaban en su compañía. «Y un -gentleman- que paga,
puede hacer lo que quiera.» Sacaban los billetes a puñados de los
bolsillos de sus pantalones, indignándose de que por unos -dollars-
vinieran a perturbar sus placeres, y únicamente se apaciguaron al verse
de nuevo en el fumadero con toda la honorable sociedad, ante unas
botellas que un amigo había guardado ocultas debajo de una mesa.
--Y no hubo más--dijo Maltrana.
Pero Ojeda insistió. Cerca del amanecer habían despertado muchos
pasajeros que vivían en las inmediaciones del camarote de Isidro.
Gritos, golpes a la puerta, llamamientos desesperados de timbre, llegada
del mayordomo con su ronda de criados. ¿Qué había sido aquello?
--Fue obra mía--contestó Maltrana bajando los ojos con modestia--. Me
ocurrió lo de la otra noche. Apenas bebo un poco, me asalta el recuerdo
de mi vecino el hombre lúgubre y quiero averiguar el misterio que guarda
en el camarote inmediato.
Había hablado a sus compañeros de esta novelesca vecindad, dando por
real e indiscutible todo lo que él llevaba en su imaginación. Una gran
señora, princesa rusa o archiduquesa austriaca--en esto dudaba
Maltrana--, venía prisionera en el buque. Nadie la había visto, pero su
hermosura era extraordinaria. Y su raptor y guardián era aquel hombre
antipático, siempre de negro, con cara adusta...
Le escucharon todos con gran interés: unos, conmovidos egoístamente por
la hermosura de la dama; otros, noblemente indignados de que junto a
ellos pudiese un hombre realizar este secuestro. El -cow-boy- más viejo
abría los ojos con asombro infantil. «¡Y la -mistress- vivía encerrada
contra su voluntad! ¡Y esto era posible!...»
A los pocos minutos veíase Maltrana avanzando cautelosamente por el
pasillo que conducía a su camarote, seguido de varios compañeros que
marchaban en fila, conteniendo el aliento como si fuesen a sorprender a
un enemigo dormido. Golpearon la puerta del hombre misterioso. «Señor:
abra usted buenamente.» Le convenía evitar el escándalo y que su crimen
quedase en el misterio. Era Maltrana el que se lo aconsejaba por su
bien. Debía entregarles la llave del camarote inmediato y seguir
durmiendo, si tal era su gusto... Inútil resistir, pues llegaba al
frente de un ejército de héroes... ¿Se hacía el sordo? ¡A la una!... ¡a
las dos!...
Y los héroes cayeron con todo el empuje de sus cuerpos sobre la puerta
del camarote vecino, para echarla abajo y libertar a la dama. «No tema
usted, princesa: no grite. Somos amigos.» La recomendación de Maltrana
fue inútil, pues la princesa no gritó ni se aproximó a la puerta. Cada
golpazo del -cow-boy- viejo conmovía toda la fila de camarotes. Sonó un
estallido de gritos y maldiciones de gentes súbitamente despertadas.
Vibró furiosamente a lo lejos el sonido de un timbre. Era el hombre
misterioso que pedía auxilio.
--Cuando, al presentarse el mayordomo, vio que intentábamos forzar la
puerta de la princesa, se puso enfurecido como jamás le he visto: con
una cólera de cordero rabioso. Nos faltó al respeto, amenazándonos con
llamar al comandante para que nos metiese en la barra. A mí me prometió
cambiarme de camarote hoy mismo, para que no repita mis intentos. Y todo
esto me afirma aún más en la creencia de que hay un secreto, un gran
secreto, en ese camarote cerrado. Había que ver la indignación del
mayordomo cuando nos pilló en vías de descubrirlo... Y no se descubrirá,
hay que perder la esperanza.
Ojeda pareció interrogarle con sus ojos al oír esto.
--No se descubrirá--continuó Isidro--, porque acabo de dar al mayordomo
mi palabra de honor de no ocuparme más de mi vecino ni curiosear en el
camarote inmediato. Sólo así me deja en el mío y no me obliga a pasar a
otro menos cómodo... El hombre misterioso triunfa. ¡Cómo ha de ser!...
Acabo de verlo, y para castigarle, no le he saludado... Y le negaré
siempre el saludo, aunque él finge que no le importa. Eso le enseñará a
callarse y a ser persona decente.
Y como si le doliese tener que abandonar la empresa, dijo a Ojeda:
--Usted podía dedicarse a este negocio. Si quiere, le presto mi camarote
para espiar desde él. Fíjese bien... se trata de una princesa. Y
seguramente que si es usted el que la busca, ella se dejará ver. Usted
es de mejor presencia que yo: más guapo, más elegante.
Fernando hizo un gesto de indiferencia y despego que pareció ofender a
Maltrana, como si fuese dirigido contra una persona de su familia.
¡Pobre princesa! ¡Verla abandonada así!...
--Lo comprendo. Usted tiene por el momento cosas que considera
mejores... Pero tal vez se engaña. ¡Quién sabe!... ¡quién sabe!
Siguió escuchando Ojeda a su amigo, pero con cierta distracción,
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