Europa la guerra de los Treinta Años y otras guerras de religión, con
degüellos en masa de pacíficos campesinos y quemas de pueblos enteros
con todos sus habitantes...
--Igualmente son ridículas--dijo Maltrana--las lamentaciones por el
trabajo de los indios en las minas. Cualquiera creerá que sólo
trabajaban ellos. El indio servía para el arrastre de los minerales,
como hoy mismo sirven los hombres libres en las minas que carecen de
maquinaria. Pero con el indio trabajaban obreros españoles, mineros
enviados de la Península, que sufrían tanto o más que ellos... Siempre
tendrá la humanidad que realizar, para vivir, pesados trabajos,
abrumadoras funciones. Hoy, después de tanta civilización, centenares de
miles de blancos sufren igualmente en las minas, y es injusta esa
sensiblería que se calla cuando la víctima es uno de su raza y sólo se
enternece cuando el que pena es de otro color... Como España estuvo
gravitando sobre Europa durante siglo y medio y dejó resentidos por su
dominio a muchos pueblos, no ha habido mentira ni exageración que la
venganza haya dejado de lanzar después contra ella.
--Gran cantidad de las patrañas que circulan sobre nuestras
colonias--dijo Ojeda--son obra de un editor. Los libreros tuvieron gran
influencia en la historia de América. Su mismo título (con menosprecio
de Colón) se lo dio un librero de la frontera francesa, el editor de las
cartas de Américo Vespucio. Y muchas de las mentiras que circulan con un
carácter tradicional contra los españoles coloniales las inventó un
librero flamenco.
Era Teodoro de Bry, impresor de Lieja, que de 1570 a 1602 estuvo
publicando libros y estampas para alimentar en Europa la curiosidad por
los sucesos de las Indias y el odio a España, dominadora del viejo mundo
en aquel entonces. El buen flamenco hizo obra patriótica desacreditando
por todos los medios a los españoles les que gobernaban su país. Pero
esta obra apasionada fue indigna de la credulidad que le dispensó la
ignorancia general. Las afirmaciones del editor Bry, que jamás estuvo
en las Indias, que imprimió todo cuanto le ofrecían siempre que fuese
contra España, y vivió un siglo después del descubrimiento, se aceptaron
con el mismo respeto que si fuesen documentos de testigos presenciales.
Inventó retratos de Colón, e inventó igualmente ridículas historias
sobre la vida del Almirante y la injusticia y crueldad de los españoles.
--El librero Bry--continuó Ojeda--fue el autor de ese cuento soso e
imbécil sobre «el huevo de Colón»... ¡La suerte de ciertas tonterías!
Muy pocos conocen lo que fue el descubrimiento ni tienen una idea
aproximada de Colón; pero todos saben la perogrullada del huevo, fábula
insulsa digna de un ingenio flamenco.
--Cierto es--dijo Maltrana--que una buena parte de lo que se ha
propalado contra los españoles de América se inventó en Europa por
gentes que nunca estuvieron allá. Algunos autores americanos del siglo
XVIII protestaron de la exageración de esas invenciones, pero su voz no
tuvo eco. Luego, al iniciarse la Independencia, los revolucionarios
americanos adoptaron como suyas muchas de las afirmaciones europeas,
aceptándolas a ojos cerrados con el apasionamiento de la lucha, y aún
colean los tales embustes en la enseñanza que se da en las escuelas del
Nuevo Mundo.
--Al empezar la decadencia de nuestra patria--añadió Fernando--, de
Italia, de Flandes, de Holanda, de Alemania, de Inglaterra y de Francia,
países que tenían mucho que vengar, pues durante siglo y medio les había
molestado enormemente la preponderancia española, llovieron volúmenes
hablando de las grandes crueldades sufridas por los indios. Rousseau
puso de moda el hombre primitivo, libre en plena Naturaleza, y los
indígenas americanos fueron el tipo perfecto de la víctima aprisionada y
desfigurada por la civilización. Abates folicularios, para halagar al
público, lloraban sobre la desgracia de unos pobres indios que sólo
habían visto pintados en estampas lo mismo que mascarones de Carnaval.
--El barón de Humboldt--interrumpió Maltrana--, el único extranjero de
capacidad que vio de cerca la América de entonces viajando por casi toda
ella, decía que los indios gobernados por la autoridad colonial, torpe y
formulista, pero a la vez tolerante y floja, bien podían ser envidiados
por los campesinos de Europa, que vivían con mayor miseria, y
especialmente por los campesinos de Francia antes de la Revolución...
Muchos de los crímenes coloniales, que fueron a la misma hora crímenes
de todo el resto del mundo... ¡literatura, pura literatura!
--No lo tome usted a broma--dijo Ojeda--. La literatura entró por mucho
en eso. Cuando se inició en América el movimiento de emancipación,
Chateaubriand reinaba sobre el mundo y -Atala- era el libro sublime.
«¡Triste Chactas!», cantaban con voz llorosa acompañadas de arpa o de
guitarra todas las damas de ambos hemisferios. Y el indio de moda,
interesante, gallardo y filosofador, era para los revolucionarios un
argumento más contra la tiranía española.
--Y lo gracioso fue--dijo Maltrana--que el indio, en casi todos los
países de América, en vez de irse con la revolución, que lo compadecía y
ensalzaba, se mantuvo aparte de ella o defendió hasta el último momento
al rey, formando en los ejércitos monárquicos, donde por cada soldado
peninsular había cuarenta o cincuenta de color. Y terminada la
revolución, al verse vencedores los enemigos de la tiranía, se dieron
buena prisa en acabar con el «triste Chactas», pasándolo a cuchillo en
muchos países de nuestra América, quemando sus tolderías, repartiéndose
a sus hijos, o mezclándolo en las luchas civiles para que fuese carne de
cañón.
Otra vez volvieron a hablar de los primeros conquistadores. Al iniciarse
su éxodo, el pueblo español estaba en el apogeo de su vigor. Siete
siglos de pelea continua con el moro habían virilizado sus costumbres.
Hombres de guerra jugaban a detener una muela de molino en plena
rotación. Otro, con una cortesía de gigante, arrancaba en una iglesia la
pila de agua bendita para que mojase con más comodidad sus dedos una
dama de baja estatura. Todo español era soldado. Las continuas
algaradas, cabalgadas y rebatos en los límites de los reinos musulmanes
y cristianos obligaban al labriego a arar la tierra con las armas
prontas. Una operación agrícola costaba muchas veces una batalla. El
árabe le enseñó a cabalgar en corceles indómitos; la tradición del país,
que databa de los auxiliares de Aníbal, hacía de él un peón infatigable.
La lucha de guerrillas, sorpresas y emboscadas, armado a la ligera, le
preparó para buscar en las selvas de América al enemigo escurridizo,
invisible y de golpe certero.
Semejantes a los legionarios romanos, que lo mismo peleaban en tierra
que en el mar, los aventureros de la conquista fueron a la vez
navegantes, jinetes incansables en las pampas inmensas y duros andarines
de las selvas vírgenes, sufriendo los rasguños de la espinosa
vegetación, el acecho de los indios, la acometida de las fieras los
tormentos del hambre y de la sed. Algunos que desembarcaron en Méjico
acababan por establecerse en los confines de la Patagonia. Otros,
abandonando la vida regalada a orillas del Pacífico, lanzáronse a través
de bosques y desiertos, siguiendo el curso de ríos como mares, para
salir al Atlántico por las bocas del Amazonas. El pie incansable valía
tanto en ellos como la mano férrea y el ojo de pájaro de presa.
El hambre, un hambre que sólo podía sufrir el español, habituado a las
sobriedades de su raza, le acompañó en sus exploraciones por las peladas
altiplanicies de los Andes y las llanuras pantanosas sin término.
Aventurábase en desiertos de los que parecía haber huido toda vida
animal. El cielo de triste azul relampagueaba y temblaba cargado de
electricidad, sin soltar una lágrima de lluvia; el suelo de bronce no
permitía que la más leve brizna de hierba adornase sus peñascales; la
llama y la vicuña torcían su carrera de trote femenil para no internarse
en esta desolación, glacial unas veces, tórrida otras. Ni una planta ni
una bestia se encontraban en las soledades de leguas y leguas... Y por
allí pasó el hombre, por allí caminó sin guía el aventurero español, a
impulsos de su heroica ignorancia, que le hacía marchar en línea recta,
siguiendo el revoloteo ilusorio de la Quimera, siempre en busca de las
montañas de oro.
Unos eran estudiantes mal avenidos con las bayetas escolásticas o mozos
de labranza que, deslumbrados por el mágico esplendor de las Indias, se
improvisaban guerreros en las tierras nuevas. Los más eran combatientes
de las guerras de Europa, segundones de ilustres casas, hidalgos pobres
que habían hecho su aprendizaje en los tercios de Italia y de Flandes y
asistido al saco de Roma: soldados orgullosos de sus hazañas y un tanto
indisciplinados, que consideraban a sus jefes como iguales. Cada uno de
ellos era capaz de tomar el mando, y en momentos difíciles, obrando por
cuenta propia, remediaba las faltas de su caudillo y obtenía la
victoria. Su orgullo estaba acostumbrado al respeto y al miedo del
capitán. Cuando éste no podía ahorcarlo, lo halagaba cortesanamente. Los
generales llamaban en España a sus gentes «señores soldados». El duque
de Alba, acostumbrado a tratar con fiereza a reyes y papas, apellidaba a
los guerreros de sus tercios «Muy altos y poderosos hijos», ponderando
«el gran amor y afición que les tenía».
Y de entre estos hombres de guerra altivos, crueles y caballerescos, que
paseaban su arcabuz como un cetro, su casco abollado como una corona,
sus harapos como una gloria, surgían Ercilla, Cerotes, Calderón y tantos
otros ingenios. En pacto eterno con el hambre y la pobreza, condenados
desde mozos a ver sus hazañas mal recompensadas y sin otro porvenir que
una vejez de mendicidad, podía sin embargo el más humilde de ellos, si
le ayudaba la suerte en las Indias, convertirse en señor de luengas
tierras y virrey de un Imperio.
--La literatura--dijo Ojeda--influyó mucho más de lo que creen en la
empresa de la conquista. Los años que siguieron al descubrimiento fueron
de gran difusión para las lecturas heroicas, difusión que duró un siglo,
hasta que Cervantes escribió su famosa obra.
En 1492 se imprimían por primera vez los libros de caballerías; Nebrija
publicaba la primera gramática castellana; se representaban en corrales
y atrios de conventos las primeras farsas; caía Granada y se embarcaba
Colón. Todo en un año: el descubrimiento de un mundo nuevo, la unidad
nacional, el nacimiento del teatro, la formación y reglamentación
definitivas del lenguaje y la popularidad, por medio de la imprenta, de
los libros de caballerías, que en costosos infolios caligráficos sólo
habían servido hasta entonces de recreo a opulentos magnates como don
Alvaro de Luna... El hidalgo pobre, el mozo camorrista, el viandante
aventurero, conocieron por sus propios ojos las sergas del caballeresco
Amadís y gritaron de entusiasmo con las hazañas de Palmerín y Tirante el
Blanco.
--Las almas sensibles y creyentes--continuó Fernando--paladearon las
gestas del místico guerrero Perceval y los amores del caballero Tristán
de Leonis con la infortunada reina Iseo, historias de amor y de muerte
de los trovadores medievales, que en nuestros días ha remozado Wagner
como argumentos de sus poemas... Las veladas en ventas y mesones
discurrían ligeras en torno del candilón, que trazaba un círculo rojo
sobre las páginas de la maravillosa historia impresa. Un estudiante de
clérigo o un bachiller leía en alta voz, rodeado de un círculo de caras
cetrinas, con el ceño fruncido y la boca palpitante de emoción... Uno de
los venteros del -Don Quijote- declara como la mejor joya de su casa los
viejos libros de caballerías olvidados por un caminante.
Estas historias disparatadas y heroicas agrandaban los ánimos, quitando
toda significación a la palabra «imposible». Los más de los lectores y
auditores llevaban espada al cinto, y al enterarse de las desaforadas
batallas con gigantes partidos por mitad, dragones despanzurrados, fugas
de inmensos ejércitos de malandrines, endriagos y salvajes, vencimiento
de terribles encantadores y liberación de princesas cautivas, pensaban
con emulación y envidia: «Lo mismo haría yo si se presentase la ocasión.
Pero... ¿adónde ir?... ¿Cómo empezar?».
Los caballeros aventureros con existencia real conocidos de las gentes,
el valiente Juan de Merlo, rompedor de lanzas en la corte de Borgoña, o
los peleadores del «paso honroso» con Suero de Quiñones, habían vagado
de corte en corte sin mayores hazañas que los torneos. ¿A qué parte del
mundo caían las ínsulas y tierras de encantamiento para los hombres
ansiosos de maravillosas aventuras?...
Y mientras toda una generación soñaba con los ojos puestos en el libro y
una mano en la cruz de la tizona, íbase agrandando el radio de los
argonautas al otro lado del Océano. Detrás de las islas de recientes
desengaños extendía la inmensa tierra firme un mundo de misterios. Los
que volvían de allá, adornado el casco con raros plumajes, hablaban de
ejércitos de hombres cobrizos y fieros que sacaban el corazón a los
enemigos para ofrecerlo a sus dioses; de esbeltas y ligeras amazonas con
sólo un pecho, para tirar mejor del arco; de tritones mostachudos en los
ríos, sirenas en las desembocaduras, perlas en los golfos y grandes
bloques de oro nativo, del que enseñaban fragmentos... ¡Las ricas
ínsulas no eran ficciones de los libros! ¡Había tierras en las que un
paladín podía crearse un reino a golpes de espada!... Y la juventud
corrió a llenar con sus armas y sus ilusiones las naos de Sevilla y
Cádiz; y una vez en el otro mundo, empezaban la epopeya de los
«navegantes de tierra firme», más dolorosa y más heroica que la de los
navegantes del mar.
En las selvas de América, nunca exploradas, vieron hipógrifos, licornios
y grifos iguales a los de los amados libros; las mordeduras de serpiente
no eran mortales si se les aplicaba una amatista; la piedra bezoar
sanaba todas las dolencias, y el mismo Carlos V pedía para las suyas
este remedio encantado de los conquistadores. Árboles misteriosos daban
la muerte a todo el que descansaba a su sombra, y otros sugerían dulces
sueños de embriaguez. Grupos de hombres armados, sin más guía que el
indio mentiroso y fantaseador o el eco de una tradición confusa, iban de
la Florida a la Patagonia, del Callao a la desembocadura del Orinoco, en
busca del valle de Jauja, lugar paradisíaco de delicias y harturas, del
Imperio de las Amazonas, de la «Ciudad de los Césares», áurea metrópoli
que nadie vio jamás, o de la Fontana de Juventud, suprema esperanza de
los conquistadores de barba canosa que sentían decaído su vigor. Pedro
de Alvarado tenía que luchar contra los conjuros de una india gorda,
temible hechicera igual a las encantadoras de los poemas antiguos. En un
combate mataba de una lanzada a un águila verde que pretendía sacarle
los ojos, y al caer, el ave de presa tomaba la forma de un indio muerto.
Era un cacique que, merced a los encantamientos de la bruja, se había
convertido en águila para cegar al conquistador.
Hombres razonables y equilibrados no hubieran seguido adelante. Una
visión ordinaria de la realidad les habría impulsado a retroceder o a
tenderse en el suelo, desalentados. Pero la ilusión, sirena encantadora,
coleaba en el aire junto a estos locos heroicos en sus horas de
desfallecimiento.
Cuando en las altiplanicies estériles marchaban casi arrastrándose, las
entrañas roídas por el hambre y las piernas petrificadas por el frío, la
esperanza, como un relámpago, reanimaba su vigor. Tal vez al trasponer
la próxima altura verían entre las nieves un valle frondoso con palacios
chapados de oro. ¿Por qué no?... Visiones más portentosas habían salido
al encuentro de los paladines en tierras de misterio. Y tirando del
cinturón para correr la hebilla unos cuantos puntos, acallaban de este
modo el estómago hambriento y seguían adelante con el mosquete al
hombro, el talle gentil y la ilusión aleteando ante sus ojos.
El oro, que huía de ellos en las cumbres, los aguardaba sin duda en los
profundos valles de asfixiadora torridez, como rayos de sol petrificados
por el suelo ardiente. Y en busca del gran rey que todas las mañanas,
luego de bañarse en el lago sagrado, se revolvía en montones de polvo de
oro, cubriéndose de pies a cabeza con esta costra deslumbrante,
avanzaban los aventureros por pantanos infinitos, hundiéndose en el
légamo con la pesadez de sus armaduras, chapoteando como hipopótamos de
acero en un fango de siglos.
Marchaban días, semanas, meses, por la llanura casi líquida. Dormían
sobre troncos caídos, teniendo que espantar en mitad del sueño la
vecindad de los caimanes. Guisaban su alimento sobre un trípode de
ramas, devorando con fango hasta el pecho el ave acuática o el lagarto
mal chamuscados. Un paso en falso les bastaba para desaparecer. La mala
alimentación y las calenturas hacían de ellos feroces espectros
enfundados en mortajas de hierro.
La desgracia y el ansia de vivir los convertían en seres crueles, sin
misericordia. La muerte iba con ellos y para ellos. No sólo habían de
defenderse de la hondonada invisible, de la mandíbula del saurio y el
colmillo del reptil: el guía, el indio que marchaba a su lado, era un
enigma inquietante. Imposible adivinar la verdad en la mueca servil de
su mascarón cobrizo. Muchas veces, cuando más descuidado caminaba el
hombre invencible, el hombre de acero con el trueno al hombro, los
indígenas caían sobre él, lo enlazaban entre las lianas de sus brazos, y
juntos chapuzábanse en la laguna como racimo de miembros palpitantes,
contentos de perecer a cambio de ahogar al blanco.
Los que por benevolencia de la muerte desafiaban impávidos el clima, el
hambre, los hombres y las fieras continuaban su avance, viendo en tanta
miseria una preparación necesaria para obtener la gloria y la riqueza.
Les aguardaba al otro lado del pantano o de la selva la ciudad de
encantamiento, con sus techos deslumbrantes y un monarca poseedor de
montañas de esmeraldas, que acabaría por darles su hija más hermosa y
con ella todos sus tesoros. Tal vez en el último momento les cortase el
paso algún dragón de siete cabezas vomitando llamas; pero ellos se
encargaban de rajarlo con la buena espada de Toledo y la ayuda de su
patrón el señor Santiago.
--Tal era la influencia del libro de caballerías--continuó Ojeda--, que
el emperador Carlos V dio un decreto prohibiendo la importación y
lectura de tales obras en las Indias. Los aventureros de espíritu
caballeresco, afligidos por los abusos de los gobernadores, ejercían la
justicia por su mano, lo mismo que el hidalgo manchego. Tomando ejemplos
en los libros, formábanse en las nacientes ciudades de las Indias
corporaciones caballerescas, cuyos individuos, con el título de
«conjurados», se comprometían a defender con la espada los derechos de
la viuda y el huérfano y a combatir las injusticias del poderoso.
El conquistador se adaptó a la nueva tierra y a las costumbres del
indígena con asombrosa prontitud. El individualismo español encontraba
un encanto irresistible en la vida errabunda del indio, con pocas leyes,
ninguna autoridad, escaso trabajo, continuo viaje y un solo afecto: la
familia.
--Así fue--dijo Maltrana--. En todas las historias de la conquista se
habla de expediciones de españoles que descubrieron compatriotas
procedentes de una expedición anterior, los cuales llevaban varios años
viviendo entre los indios. Un naufragio, un retraso en la marcha, un
combate desgraciado, les hacía caer prisioneros, y si libraban la piel
en el primer momento, acababan por hacerse de la tribu y constituir
familia. Los españoles encontraban con asombro al mozo de Sanlúcar, de
Triana o de un pueblecillo de Extremadura con el pecho pintarrajeado,
corona de plumas y un anillo en la nariz, apoyado fieramente en su arco
y barboteando trabajosamente un castellano que casi había olvidado.
Lloraba al recordar la Virgen de su tierra, pero cuando los compatriotas
le incitaban a seguirles, sus lágrimas eran de desesperación. «¡Ay, no!
¿Y la familia?...» Y presentaba a la respetable compañera cobriza, con
ojos de diablo y mejillas cubiertas de chafarrinones, y tras ella, la
nidada de mesticillos, ágiles como gamos, con panzas ávidas de sepultar
todo lo viviente.
Con igual facilidad se adaptó el soldado español a la guerra indígena.
Los pasos de los ríos, las lagunas infinitas, las lluvias torrenciales,
la dificultad de conservar la pólvora, hicieron cada vez más escasas las
armas de fuego. La lanza, la espada y la rodela acompañaron al
conquistador en sus expediciones de tierra adentro. El combate, para los
viejos soldados que habían conocido las batallas más famosas de Europa,
fue en adelante la «guazabara». La táctica, contenida en la -Milicia
Indiana-, de Vargas Machuca, consistió en dar la «trasnochada» y dar el
«albazo», o sea sorprender al enemigo astuto y escurridizo en plena
noche o al romper el día. El aventurero sustituyó las botas guerreras
por la alpargata o la abarca de piel de potro; la coraza por el peto
acolchado de algodón, que le servía de almohada durante la noche; el
casco por el morrión de cuero; la capa por el poncho indiano.
--El indio vino al fin a él--interrumpió Zurita sonriendo--, pero él
hizo la mitad del camino yendo hacia la hembra india. Y el resultado de
este encuentro fue una raza nueva, todo un mundo: la América que hoy
conocemos.
Ojeda había quedado absorto desde mucho antes, sin oír lo que decían
Isidro y el doctor. Resucitaba en su memoria la conversación que había
tenido con Mina aquella misma tarde, y el recuerdo de la artista evocaba
el de Wagner y sus héroes. ¿Por qué pensaba en esto?... «Tal vez--se
dijo mentalmente--porque esos conquistadores fueron héroes de epopeya,
héroes en plena Naturaleza, como los del poema nibelúngico...»
Su vaguedad imaginativa fue contrayéndose, hasta dar forma a figuras
precisas. Vio a Wotan, el dios majestuoso y débil, forzado a castigar
con momentánea cólera a la hija desobediente. «Padre--implora sollozando
la walkyria--, ya que me has excluido de la raza de los dioses y como
débil mujer he de dormir sobre esa roca hasta que el primero que pase se
apodere de mi virginidad, ¡que no sea yo la esposa de un débil mortal,
de un cobarde!... Evítame esa afrenta... Si en los brazos de un hombre
he de caer esclava, haz que la llama surja en torno de mí al eco de tu
palabra; rodéame de un baluarte de fuego, para que sólo un héroe de
corazón firme y fuerte, valiente como un dios, pueda despertarme y
hacerme suya.»
Igual a Brunilda, la virgen morena había dormido, no años, sino siglos,
guardada en su letargo por la azul extensión de los océanos, más
insalvable que las barreras de llamas. Sólo un héroe de corazón fuerte
podía despertarla... Y al oír los pasos férreos del conquistador, los
ojos de la india virgen parpadearon, extendió los brazos, y sus pechos
vinieron a aplastarse sobre el peto de una armadura.
Era el héroe prometido; el amor que despierta bajo la caricia del
guantelete metálico; el abrazo fecundador acompañado en sus temblores
por un tintineo de armas.
Y para llegar hasta ella, el héroe no había tenido que combatir el
obstáculo del fuego, que se salva con sólo un impulso de coraje... Su
firmeza y su paciencia habían sido tan grandes como su valor ante los
océanos que desalientan por su inmensidad; las montañas que crecen y se
repiten así como se va avanzando por sus rugosidades; los bosques
obscuros y laberínticos, en los que se pierden la luz del sol y las
huellas de los pasos; las llanuras desoladas que no terminan nunca.
VIII
La víspera del paso del Ecuador, al penetrar la luz del alba en las
entrañas del buque, fue esparciéndose con ella una melodía suave de
metales discretos, una música con sordina que sólo aspiraba a despertar
levemente a los pasajeros, para que reanudasen el sueño con mayor
placer.
Avanzaban los músicos quedamente a lo largo de los corredores todavía
iluminados por la luz eléctrica, y deteniéndose en un cruce, embocaban
sus instrumentos, repitiendo la solemne alborada.
Los durmientes se agitaban en sus lechos. Todos sabían lo que
significaba esta música oída entre sueños. El -Coral- de Lutero. Era
domingo, y el buque protestante lo anunciaba a sus gentes con este salmo
instrumental, que recordaba a muchos una ópera de Meyerbeer.
Se apagó al fin la música, sin otra consecuencia que haber turbado
durante algunos minutos los ronquidos de los pasajeros, llamados
inútilmente a la meditación y la plegaria. Pero transcurridas cuatro
horas, un espectáculo extraordinario hizo salir a muchos de sus
camarotes antes que de costumbre.
Las señoras sudamericanas, vestidas de negro, con sombreros del mismo
color y un velo ante los ojos, subían la escalinata de caoba con
dirección a los salones, pasando entre los camareros agachados y en
manga de camisa que fregoteaban peldaños y balaustres. Todas marchaban
con los ojos bajos y cierto encogimiento, como si acabase de ocurrir en
el buque algo extraordinario y triste que entenebrecía el esplendor de
la mañana tropical. Entre las manos enguantadas de negro llevaban
pequeños libros encuadernados en oro y nácar. Tras ellas venían los
hombres de la familia con aire de burgueses endomingados que asisten a
una ceremonia fatigosa e ineludible. Los trajes blancos, los cuellos
flojos, las gorras de viaje, los zapatos de lona, no aparecían esta
mañana.
Isidro se encontró en un rellano de la escalera con el doctor Zurita,
que marchaba cual un pastor majestuoso, respetado y jamás obedecido,
tras el rebaño femenil de su familia: señora, cuñadas, suegra e hijas.
Un cuello recto y esplendoroso remontábanse en él desde la corbata negra
a las orejas. Batían sus piernas los faldones de un chaqué, prenda
incómoda en la región ecuatorial, que gravitaba sobre sus espaldas con
la pesadumbre de una coraza, moteando sus sienes y bigote de perlas de
sudor. Al ver a Maltrana le dirigió una sonrisa de resignación,
señalando al mismo tiempo con los ojos el término de la escalera, los
salones, hacia los cuales marchaba siguiendo el fru-fru majestuoso de
las faldas.
Algunos pasajeros alemanes, vestidos de blanco con descuido matinal,
subían a la cubierta de paseo y miraban un instante por las ventanas de
los salones. Luego se dirigían hacia la popa discretamente en busca de
las tertulias que empezaban a juntarse en el fumadero, como hombres que
sorprenden una reunión de familia y no quieren molestarla con su
presencia.
El mayordomo permanecía junto a la escalinata, recomendando silencio en
las tareas de limpieza, evitando el choque de los cubos, las ruidosas
frotaciones, haciendo hablar a los camareros en voz baja, lo mismo que
si estuviesen en la habitación de un enfermo.
Un repiqueteo de campanilla surgió del último salón, amortiguado por las
cerradas vidrieras. Isidro, que había subido al paseo, miró por una
ventana. «Lo mejor del buque» estaba allí, oprimido, amontonado ante la
plataforma de los músicos. Las señoras, en primer término, ocupaban las
sillas, y detrás de ellas los hombres, de pie, codo con codo, llevándose
el pañuelo a la frente sudorosa. Giraban los ventiladores, y sobre las
negras filas de pechos femeninos mariposeaban los abanicos con incesante
aleteo.
Maltrana fijó su mirada entre las dos columnas de la plataforma, allí
donde ordinariamente había una especie de mostrador encristalado lleno
de tarjetas postales y «recuerdos de viaje» que vendía el mozo del salón
encargado de la biblioteca. El tal mostrador había desaparecido bajo un
mantel lleno de puntillas. Dos candelabros con cirios crepitaban en la
mañana esplendorosa sus luces incoloras y sin fuego; un crucifijo de
porcelana ocupaba el centro.
Ante el altar improvisado erguíase el obispo, cubierto con una casulla
de oro y albas vestiduras que aún guardaban los pliegues del encierro en
la maleta. Arrodillado a sus pies estaba el abate, con las barbas
fluviales tendidas sobre el negro delantero de su sotana. Todos los ojos
iban hacia él: sólo la familia de La Boca seguía con mirada amorosa los
movimientos de Monseñor al decir la misa.
El conferencista, a pesar de su modesta situación de ayudante, era
admirado por muchos, como esos grandes actores que, aun permaneciendo
mudos en un extremo de la escena, consiguen mayor atención que los que
hablan y gesticulan en primer término. Cuando su voz abaritonada
respondía a las palabras del obispo, había en ella tal encanto y tanta
autoridad, que las buenas señoras se lamentaban de que estas
contestaciones fuesen breves. Y él, convencido de su éxito, se
empequeñecía, se humillaba ante el oficiante, como un simple acólito,
mirando algunas veces al público con el rabillo del ojo para que no
perdiese ni el más pequeño detalle de su religiosa abnegación. No había
querido dar la conferencia, pero ofrecía algo más interesante: el
espectáculo de un grande hombre, cuyos retratos figuraban en los
periódicos, ayudando la misa de aquel obispo obscuro, que parecía
aturdido por tal honor.
Abandonaba a veces el abate su actitud encogida, para dirigir al
oficiante como un maestro. Todos los objetos del culto eran suyos: el
sagrado mantel, la casulla, el cáliz de piezas enroscadas y las divinas
Formas. Este hombre extraordinario, aleccionado por la experiencia, no
olvidaba nada en sus viajes. En una maleta, los periódicos ilustrados
con sus biografías, los libros que había escrito y los retratos que
debía regalar con dedicatorias; en otra, los artículos de la misa,
guardados en estuches con forros de terciopelo, bien cuidados,
desmontables y limpios, como útiles profesionales.
Una cabeza avanzó junto a la de Maltrana, pegándose al vidrio, al mismo
tiempo que un codo tocaba el suyo. Era Ojeda.
--¿Está usted oyendo misa?...
--No, Fernando. Pensaba en los caprichos de la suerte histórica; en cómo
la casualidad puede llevar a las gentes por los caminos más diversos...
Mire usted con qué devoción siguen esas damas el curso de la misa.
Algunas hasta tienen húmedos los ojos. Una misa en pleno Océano,
¡figúrese usted!... Y pensar que si América la descubren los ingleses, o
el gran Carlos y se deja convencer en Worms por el frailecillo Martín,
toda esa gente estaría a estas horas con una Biblia en la mano cantando
salmos con acompañamiento de armónium.
En otras ventanas apretábanse contra los vidrios las cabezas rubias de
varios niños. Con la boca abierta y un pliegue vertical entre las cejas,
contemplaban ansiosos las genuflexiones y manejos del hombre dorado y
los gestos del hombre negro que le seguía en todas sus evoluciones. Eran
pequeños alemanes que por primera vez veían una misa.
Maltrana examinaba el público amasado en el salón.
--Gran concurrencia--dijo--. Ninguna fiesta de a bordo ha reunido a
tanta mujer. Hasta veo tres coristas que se han vestido de negro con
ropas prestadas por las amigas. Son polacas... Y más allá, mire usted a
doña Zobeida envuelta en su manto americano, y a nuestra amiga Conchita
con mantilla española... En el centro está Nélida, una Nélida que parece
otra, humildita al lado de su madre, con la cabeza baja, sin nada
llamativo, húmedos los hermosos ojazos. ¡Pobrecilla! En ella las
impresiones son tan fugaces como intensas. Está emocionada por el
espectáculo. Un poco más, y rompe a llorar... Pero vámonos de aquí;
estamos molestando. Don Carmelo, el de la comisaría, que está al lado
del abate para ayudarle, nos ha mirado varias veces. Las respetables
matronas levantan la cabeza, y yo debo velar por mi reputación. No
quiero que digan que Maltranita es un impío. Esa reputación sirve a
veces en Europa, pero en América da muy poco.
Se apartaron de la ventana para emprender un paseo por la cubierta,
solitaria en aquellos momentos.
--Ahí verá usted--dijo Isidro a los pocos pasos, continuando de viva voz
el curso de sus reflexiones--la gran diferencia de lo imaginado a lo
real. ¡Cuántas veces he leído yo la descripción de una misa en alta mar!
Usted mismo, poeta, si se propusiese hacer unos versos sobre esto, ¡qué
de cosas bonitas diría!... El augusto silencio; el Océano recogiéndose
para presenciar mejor la divina ceremonia; la mañana esplendorosa, las
gentes llorando, un hálito celeste descendiendo sobre el buque cual
música angélica... Y fíjese en la realidad: no hay más música que la de
los ventiladores y abanicos; los hombres chorrean sudor y miran a las
puertas deseando huir; abajo suenan los platos y los tenedores de los
herejes, que toman su primer almuerzo; en la proa y en la popa gritan,
juran y cantan los emigrantes; los camareros suben y bajan las escaleras
con sus útiles de limpieza... No; decididamente, no hay poesía religiosa
en estos buques modernos.
--Procure no repetir tales cosas en presencia de sus amigas--dijo Ojeda
con el mismo tono zumbón--. Como usted afirmaba antes, la impiedad da
muy poco en América, y el catolicismo es algo que dejó muy arraigado en
las mujeres la educación española. Los hombres son indiferentes, son
incrédulos, pero jamás se atreven a ser impíos. Para eso hay que pensar,
y su pensamiento lo ocupan por entero los negocios.
Otra vez, como en la tarde anterior, surgió en su conversación el
recuerdo de los conquistadores, pero por breves momentos. El hombre de
presa, el navegante de espada, había sido en muchas ocasiones un
místico. Al sentirse fatigado de aventuras y glorias, desceñíase la
tizona, abandonaba el corselete y se cubría con el hábito de fraile.
Otras veces, en plena juventud, bastaba un revés de fortuna, un
desengaño de amor, para que el capitán fastuoso y cruel se convirtiese
en ermitaño del desierto, alimentándose de raíces frente a una calavera
y una cruz de palo.
Estos místicos a la española, de un misticismo orgulloso y dominador, en
vez de elevar los ojos al cielo para dejarse absorber por su grandeza,
tiraban del cielo y lo hacían bajar hasta ellos, viendo en cada acto de
su energía individual una chispa de la voluntad de Dios encarnada en sus
personas. Eran místicos de acción, como el antiguo soldado Loyola, como
la andariega Teresa de Jesús, especie de Don Quijote con tocas siempre a
caballo por los campos de Castilla; y este misticismo vigoroso y
militante, que salvó a la Iglesia católica cortando el paso a la Reforma
se había esparcido por el Nuevo Mundo con los conquistadores,
predispuestos al milagro. Siempre que se veían en un aprieto al pelear
contra los indios, aparecíaseles el apóstol Santiago en su corcel blanco
y luminoso, hendiendo las apretadas huestes cobrizas, lo mismo que en
España había desbaratado a los infieles musulmanes.
--La devoción de aquellos hombres--dijo Ojeda--ha llenado América de
imágenes prodigiosas, tantas o más que en la Península. No hay allá
ciudad con tres siglos de existencia que no tenga un santo de
indiscutibles milagros... Los imagineros de Valencia y de Sevilla
enviaban remesas de vírgenes y cristos a los conventos de las Indias y a
los hidalgos retirados de aventuras en sus buenas encomiendas. Pero
estas imágenes de encargo, al tocar el suelo americano, se agigantaban y
hacían milagros, lo mismo que los desesperados y hambrientos que al
llegar allá se convertían en héroes.
Viéronse crucifijos remontando los ríos contra su corriente; vírgenes
que inmovilizaban la carreta que las conducía para manifestar su
voluntad de no pasar adelante y que allí mismo las erigiesen un templo;
imágenes que, ocultas en el suelo, se anunciaban con músicas y luces
misteriosas. Todos los prodigios divinos de la metrópoli se repitieron
en las Indias, como la copia repite el original. Las vírgenes negras de
España, inexplicables para la devoción peninsular, se reprodujeron en
América, con gran entusiasmo de la gente de color.
--Y todo este pasado vive ennoblecido e indiscutible bajo una pátina de
siglos que lo hace cada vez más venerable. Créame, Maltrana. Al llegar
allá, enfunde su burla y procure no hablar de religión, si es que busca
apoyo en las damas. Deje eso para los comisionistas de comercio
extranjeros. La impiedad no puede ser para nosotros artículo de
exportación. Las creencias tradicionales resultan obra de «nuestra
vieja», y si las atacamos, hágase cuenta que estamos dando con un pico
en la casa materna.
Después de permanecer sentados algún tiempo en la terraza del fumadero,
continuaron su marcha, llegando por segunda vez a las ventanas del
salón. El público era el mismo, nadie se había movido de su lugar, pero
el oficiante era otro. Monseñor estaba abajo, tomando su almuerzo,
rodeado de la familia admiradora, que le incitaba a restaurar sus
fuerzas después de las fatigas recientes. Ahora era el abate francés el
que, revistiéndose a la vista de los fieles con los mismos ornamentos,
decía la segunda misa.
En vano desplegaba una majestuosa solemnidad en palabras y gestos: su
público seguía admirándole, pero estaba fatigado. Corría el sudor por el
rostro de las damas, arrastrando en sus tortuosos raudales el negro de
las ojeras, el rojo de las mejillas y el barro blanquecino de los polvos
de arroz. La conciencia de estas devastaciones del calor las hacía
moverse nerviosas en sus asientos con el abanico sobre el rostro. Los
cuellos almidonados de los hombres perdían la acorazada tersura de su
planchado; se ondulaban como muros de porcelana próximos a
resquebrajarse. De las orejas velludas colgaban perlas de sudor.
Acostumbrado el sacerdote a adivinar el estado de ánimo de los públicos,
aceleraba sus gestos, llevaba la ceremonia a todo galope mascullando
frenéticamente sus latines, reanudándolos antes de que terminase sus
respuestas el ayudante con sotana negra. Este ayudante era don José, el
cura español, encogido, humilde, para ganarse las simpatías de las
señoras que admiraban al abate.
Los dos amigos, acodados en la borda, sintieron de pronto a sus espaldas
un estrépito de sillas removidas, puertas abiertas de golpe,
precipitadas carreras, suspiros de pechos comprimidos, algo semejante a
la fuga pavorosa del público en un local que se incendia. La misa había
terminado y las señoras corrían a sus camarotes para cambiar de ropas y
reparar el desorden de sus rostros. Los hombres respiraban unos momentos
en la cubierta y encendían un cigarro antes de ir a despojarse de las
prendas negras.
Sonó de nuevo el repiqueteo de la campanilla y corrió Isidro a mirar por
las ventanas. ¡Otra más!... Era su amigo don José, que, cubriéndose con
las vestiduras sudorosas de sus antecesores, iba a decir la tercera misa
ayudado por don Carmelo. El sacerdote se preparaba a oficiar sin más
pueblo devoto que las sillas esparcidas en el salón con el desorden de
la fuga. Sólo algunas domésticas, enviadas por sus señoras, entraron
apresuradamente para no quedarse sin misa. Doña Zobeida y Conchita
habían avanzado hacia los asientos de primera fila, consolando al
oficiante con su presencia de esta retirada general.
--¡Mi pobre don Pepe!--exclamó Isidro--. ¡Él que contaba con esta misa
para hacerse visible ante el señorío del buque y adquirir buenas
amistades!... ¡Y me lo dejan solo, como un artista sin cartel! Eso no
está bien. Hay que hacer algo por el paisano, ¿no le parece,
Fernando?... ¡Si nos lanzásemos! ¡Hace tantos años que no hemos visto
eso de cerca!...
Y los dos entraron en el salón, colocándose en primera fila. El
ambiente, cerrado aún y caldeado por tantas respiraciones, era de una
densidad asfixiante. Conchita los saludó con un gesto de cansancio. Doña
Zobeida, al reparar en ellos, tuvo miradas de ternura. Muchas gracias,
en nombre del buen padrecito. Para ella, esta misa era de mayores
méritos que las anteriores.
Don José, al volverse de cara a los fieles, no pudo reprimir un parpadeo
de sorpresa viendo la inmovilidad devota de sus dos amigos. Y este
agradecimiento, así como lo avanzado de la hora, le hizo despachar su
misa rápidamente.
Al terminar la ceremonia, don Carmelo fue el primero en huir, llevándose
las manos al rostro, que chorreaba sudor.
--¡Mardita sea mi arma! Serca de dos horas en este horno... Er
comandante, porque soy español, me da siempre estos encargos. ¡Con lo
que tengo que escribí en la comisaría!...
Y salió apresuradamente, cruzándose con el abate, que volvía en busca de
sus ornamentos para colocarlos uno por colocarlos uno por uno, bien
contados y limpios, en los estuches de viaje.
La banda de música tocaba su concierto matinal. Todos los sillones del
paseo estaban ocupados. Las damas, vestidas de blanco, gozaban el
bienestar de una leve frescura después de las angustias sufridas en el
salón. Circulaba impreso el programa de las fiestas con las que se
solemnizaba el paso de la línea: cuatro días de banquetes, conciertos y
juegos atléticos. Muchos reían de los chistes con que el mayordomo había
salpicado el programa, gracias inocentes, de una pesadez abrumadora, que
parecían guardadas en el almacén del buque con las flores de trapo, las
banderas y los escudos de cartón, para resurgir a fecha fija en todos
los viajes.
Ojeda, al salir a la cubierta, se vio detenido por la sonrisa de Mrs.
Power y abandonó a su compañero, acodándose al lado de ella en la
baranda.
«¡Demonio de mujer!--pensó Maltrana--. Parece como que huele a Fernando.
Cualquiera diría que tiene ojos en la nuca para verle. Está de cara al
mar y apenas nos aproximamos, vuelve la cabeza sonriendo de antemano,
segura de que es él quien se acerca.»
Un coro de vociferaciones, grandes risas y aplausos sonó en la terraza
del fumadero, y Maltrana, ansioso por conocer todo lo que ocurría en el
buque, corrió hacia este sitio.
Era Nélida, rodeada de sus admiradores y otras gentes que habían sido
atraídas por el nuevo aspecto que presentaban algunos de aquéllos. El
barón belga, su rival el alemán y otros más que tenían bigotes,
aparecían ahora con el labio superior recientemente afeitado, y esta
novedad provocaba la ovación irónica de los amigos.
Nélida sonreía, bajando los ojos con modestia. Había manifestado el día
anterior que nunca podría amar a un hombre con bigotes; ella estaba por
el varón a estilo norteamericano, con la cara limpia de pelos lo mismo
que los luchadores helénicos. Y esto había bastado para que aquellos
hombres, roídos por sorda rivalidad corrieran a ponerse en comunicación
con el barbero, presentándose desfigurados ante la veleidosa joven que
los abarcaba a todos en un afecto común, sin distinguir a ninguno.
--Esta chica va a volvernos locos--dijo Maltrana a Ojeda, que había
corrido también para enterarse del motivo del estrépito--. Ahora parece
que su gusto consiste en que los hombres se afeiten. Yo estoy libre de
eso: yo he seguido siempre la moda de ahora. Pero usted, Fernando,
líbrese de que esa chiquilla le eche el ojo. Veo en peligro sus hermosos
bigotes.
--¡A mí!...--exclamó Fernando levantando los hombros despectivamente y
mirando a Nélida, que por casualidad fijaba al mismo tiempo sus ojos en
él--. No hay peligro, Maltrana... Me vuelvo con la yanqui.
Cuando los dos amigos se reunieron en la mesa, a la hora del almuerzo,
notaron la ausencia del doctor Rubau.
--El pobre señor está muy triste--dijo Munster--. Me comunicó anoche que
pasaría encerrado todo el día en su camarote. Hoy es el sexto
aniversario de la muerte de su señora, y todos los años, esté donde
esté, hace lo mismo. Se aísla, piensa en ella, no come; llora con toda
libertad.
Maltrana admiró irónicamente la conducta del doctor. ¿Quién podría
sospechar esta desesperación romántica en aquel viejo médico, con sus
setenta años, sus patillas teñidas y sus dientes montados en oro?... Y
en vida de la llorada señora tal vez se habrían peleado los dos
frecuentemente y él llevaría sobre su conciencia más de una
infidelidad...
--¡La ilusión, Ojeda! La caprichosa ilusión, que agranda las cosas
cuando las perdemos y nos las hace amar con nuevos amores, borrando los
recuerdos ingratos.
Después del almuerzo, Maltrana desapareció con aire misterioso. Había
hablado a su amigo de cierta expedición a la parte más interesante del
buque: una visita que muy pocos conseguían hacer. Pero él tenía amigos,
gozaba de grandes influencias, y acompañando a don Carmelo, el de la
comisaría, iba a realizar su capricho.
No quiso decir más, y se fue escalera abajo, dejando a Ojeda tendido en
un sillón de la cubierta.
Un calor pegajoso humedecía las frentes y las espaldas. Los dormitantes
cambiaban de postura para separarse de la epidermis las ropas adheridas
por el sudor. Una tenue nubecilla, algo así como una leve pincelada
blanca, destacábase en el azul del horizonte ante la proa del
trasatlántico. Era un velero, todavía lejano, que navegaba con el mismo
rumbo del -Goethe-. Pronto lo alcanzaría éste; el viento era escaso; de
vez en cuando una ráfaga; luego la calma ecuatorial, densa, anonadadora,
que parecía gravitar sobre el Océano, conmovido apenas por ligeros
estremecimientos.
Marcábase de pronto sobre este mar luminoso un gran redondel negro.
Surgía del horizonte una barra de sombra que iba rodando
vertiginosamente hacia el navío, como una pieza de tela que se
desenrolla, obscureciendo al mismo tiempo el cielo y el agua. En esta
zona de sombra el mar aparecía erizado de pequeñas puntas, como la
superficie de un cepillo.
El avance sólo duraba unos minutos. Pasaba el buque, con una rapidez
igual a la de las mutaciones escénicas, del sol ardoroso a una penumbra
lívida de tempestad. La lluvia lo envolvía con un trágico acompañamiento
de relámpagos y truenos estentóreos; truenos como sólo se oyen en la
soledad del Océano. Esta lluvia no era a raudales, sino en grandes
masas, cual si se desfondase un lago allá en lo alto y todo su volumen
cayera de golpe. Entraba en forma de cuchillos por los intersticios de
las lonas, inundando la cubierta por el lado del viento; deslizábase en
riachuelos ondulosos al pie de las barandas; aglomerábase en las canales
de desagüe, que borbolleaban, atragantadas por tanto líquido. Los toldos
y las planchas quejábanse como apaleados.
Y a los cinco minutos, cuando las gentes, asustadas, recogían libros y
almohadones en las cubiertas para librarlos de la inundación,
refugiándose con ellos en los salones, surgía de pronto el sol; el
buque, chorreante, brillaba cual si fuese de oro, y la mancha de sombra
iba corriéndose en el mar luminoso, cada vez más reducida, más estrecha,
hasta perderse en el infinito, como si la fuese arrollando una mano
invisible.
Al poco rato el calor ecuatorial había devorado hasta la más recóndita
mancha de humedad. Cuando aún se deslizaban en las canales algunas gotas
retrasadas, las tablas de las cubiertas, ardientes por el sol, crujían
de nuevo bajo los pasos. Un cuarto de hora después del tempestuoso
chaparrón no quedaban vestigios de él. Se le recordaba como algo absurdo
e irreal, en el calor asfixiante de la tarde, bajo un cielo de crudo
azul, sobre un mar que hervía con los reflejos del sol y daba a la
retina la impresión de un lago infinito de tibias aguas.
Formábase en el avante de la cubierta un grupo de niños y criadas que
señalaban al horizonte. Acudían los pasajeros, apuntando sus gemelos en
la misma dirección. Ojeda abandonó su asiento para unirse al grupo, y
los dormitantes que estaban cerca se incorporaron igualmente, corriendo
con la infantil curiosidad que inspiraba el menor suceso en la monótona
existencía de a bordo...
El velero estaba a corta distancia del trasatlántico, moviéndose ante
su proa como una montaña de blancos lienzos cuadrangulares ligeramente
rosados por el sol. Una maniobra del -Goethe- lo dejó a un lado, y
entonces apareció visible de proa a popa, con su casco férreo pintado de
verde, agudo y veloz, y el velamen de sus cinco mástiles, amplio,
enorme: un bosque de hojas de lona con nervios de acero, que recogía la
menor brisa, vibrando y encabritándose bajo su soplo.
Algunos pasajeros que bajaban del puente transmitían las noticias del
telegrafista. Era un velero de Brema y no iba a América. Se aproximaba a
las costas del Brasil para tomar los vientos, ganando después el cabo de
Buena Esperanza. Iba a la China a cargar arroz.
El -Goethe- saludó con un bramido el pabellón enarbolado por el velero.
Dos docenas de hombrecillos, achicados por la lejanía, agolpábanse en la
borda, con el torso desnudo, moviendo en alto sus casquetes blancos
iguales a los de los cocineros. Se adivinaban sus gritos, absorbidos por
el silencio del Océano, de los que no llegaba el más leve eco hasta el
vapor. Dos perros enormes, hirsutos, fieros, puestos de patas en la
borda lo mismo que personas, saludaban igualmente con ladridos
contorsionantes que convertía la distancia en gestos mudos.
Fue quedándose atrás el buque de vela. Se mantuvo un instante paralelo a
la proa; luego, para seguirle, tuvo el gentío que correrse por las
cubiertas. Finalmente, sólo lo vieron los emigrantes amontonados en la
popa, destacándose la bandera del -Goethe- sobre la pirámide blanca de
su velamen. Parecía inmóvil, a pesar de que dos cuchillos de espuma
rebullían a lo largo de su proa. «¡Adiós! ¡Buen viaje!», gritaba en
varios idiomas la muchedumbre agrupada en las bordas... Y el velero fue
empequeñeciéndose, como si marchase hacia atrás, saludando con violentos
cabeceos las arrugas espumosas que enviaba a su encuentro el invisible
volteo de las hélices. Al fin pareció quedar inmóvil, sumiéndose en los
lejanos términos del horizonte solitario, en la llanura sin límites,
donde le harían dormitar con las velas desmayadas las ardientes calmas
diurnas; donde avanzaría de noche igual a un fantasma, rodeado de
espumas fosforescentes, balanceándose la luna enorme y amarillenta entre
el boscaje de su arboladura.
Ojeda extrañó no ver a su amigo en la cubierta. Algo de mucho interés
debía preocuparle para que dejase pasar inadvertido este encuentro, que
equivalía a un gran suceso en la vida monótona de a bordo.
Al deshacerse los grupos, volviendo unos a sus sillones y otros al
interior del café, Fernando encontró a Conchita que paseaba con gracioso
contoneo, sacando los codos, montada en altos y ruidosos tacones. Las
señoras sudamericanas, al verla pasar, la llamaban «la española
donosita».
Sus ojillos negros y agudos se clavaron en Fernando.
--¡Vaya usted con Dios, mala persona! Usted no quiere nada con las
paisanas: le parecen poca cosa. Todo para las señoras que hablan en
extranjero y ni Dios las entiende... No, hijo: ¡si no quiero nada con
usted! Paseo mejor solita... Ahí tiene a su -yanka- mirando al mar con
medio ojo y con el otro medio buscándolo a usted. Acérquese, que le
espera.
Y Conchita se alejó con ruidoso taconeo, al mismo tiempo que Fernando,
atraído por los ojos claros de Mrs. Power y su sonrisa entre amable e
irónica, iba hacia ella, acodándose en la baranda para entablar el
segundo galanteo del día. Imposible hacer otra cosa en este encierro
flotante, donde era inútil huir, pues al dar la vuelta al lado opuesto
de la cubierta encontrábase el fugitivo con las mismas personas.
Las conversaciones con la norteamericana empezaban a fatigar a Ojeda.
Estos -flirts- sin resultado parecíanle monótonos, dulzones e
interminables, como los salmos de una capilla evangélica.
Siempre lo mismo: ojeadas sentimentales, palabras melancólicas
alternadas con burlas frías y mordientes para los que pasaban junto a
ellos. Si él manifestaba deseos de alejarse, una mirada maliciosa que
equivalía a una promesa y ciertas palabras de doble sentido le mantenían
inmóvil. Cuando, súbitamente entusiasmado, intentaba avanzar, ella
sonreía con una inocencia maliciosa: «No comprendo... no comprendo». Y
si al fin confesaba su comprensión, era frunciendo el ceño y protestando
con frío rubor: «-Shocking-».
Algunas veces se retiraba medio ofendida por las audacias verbales de
Fernando, y éste respiraba, satisfecho y contrariado al mismo tiempo.
«¡Anda con Dios y no vuelvas nunca!--se decía con rabia--. La verdad es
que no sé por qué pierdo el tiempo con esta mujer.»
Pero no transcurrían muchas horas sin que se reanudasen las relaciones
de buena amistad. Maud le salía al encuentro fingiéndose distraída; le
esperaba al paso, apoyada en la borda, contemplando el mar en la actitud
de una actriz que se ve espiada por la máquina fotográfica, y era
bastante una sonrisa, un movimiento de ojos, una leve tos, para que
Fernando volviese a juntarse con ella.
«Me está toreando--protestaba él mentalmente--. Se está divirtiendo
conmigo... ¡Ay, si estuviésemos en tierra pudiera dejar de verte! ¡Qué
patada te ibas a llevar, hija mía!»
Pero estaban en el Océano, encerrados en un espacio de unos centenares
de metros. Una cadena irrompible los sujetaba a los dos, y cuando el uno
se alejaba, el otro forzosamente iba detrás. Había que resignarse a un
galanteo penoso y contradictorio, a un tira y afloja que parecía muy del
gusto de aquella mujer y le hacía abrir unos ojos de sonriente crueldad,
de espasmo sádico, cada vez que él, con los sentidos excitados por
misteriosas alusiones o miradas prometedoras, se contraía furioso de
deseo.
Su única preocupación al salir de estos suplicios era que Isidro no se
enterase de la verdad. ¡Cómo se burlaría de él al conocer la conducta de
Maud!... Y a impulsos de su orgullo varonil, de esa vanidad jactanciosa
del macho, que transige con la mentira para conservar su prestigio,
aceptaba las felicitaciones y la envidia de Maltrana, que se lo
imaginaba triunfador.
De tarde en tarde, el remordimiento y el miedo se apoderaban de él. ¡Ay,
si la otra contemplase desde lejos lo que le estaba ocurriendo en el
buque! ¡Si Teri pudiera verle como se ve por el ojo de una cerradura!...
La vergüenza le hacía permanecer inmóvil en su sillón, leyendo un libro,
indiferente a cuanto le rodeaba. Otras veces, con el deseo de aislarse
más aún, trasladaba su asiento a la última cubierta y se ocultaba detrás
de un bote, gozando el deleite de su voluntad triunfadora, de su
enérgica resolución al decidirse a ser fiel. Pero la estrechez del
encierro conspiraba contra su virtud. Imposible mantenerse aislado. Las
necesidades de la vida, los toques de llamada al comedor, los juntaban a
todos. Además, aquella mujer parecía dotada de un sentido diabólico para
adivinar su presencia. Le descubría en sus escondrijos, por apartados
que fuesen; pasaba ante él orgullosa y atrayente a la vez, lo mismo que
una reina convencida de su majestad, con un fluido en torno de su
persona que desarticulaba y abatía los santos propósitos mejor
construidos.
Reconocía Fernando, aparte de esto, que el enemigo más temible estaba
dentro de él. Era la bestia adormilada en la soledad, que se encabritaba
al husmear el perfume de Maud; la pureza forzosa por falta de ocasión,
que se retorcía fieramente ante la curva tentadora, el largo contacto de
las manos o las blancas suculencias enfundadas en seda negra o seda
gris exhibiéndose tentadoras entre las faldas recogidas al remontar una
escalera con voluntario descuido.
Ojeda dejábase vencer de nuevo con cualquiera de estos incidentes. Al
llegar a tierra sería otro hombre, recobraría su fidelidad; pero aquí
estaban en pleno Atlántico, y ¡quién sabría nunca lo que ocurriese!...
Había que entregarse a su destino; seguir las sugestiones irresistibles
del «gran impuro». Y Maud la dominadora le veía otra vez sujeto a su
encanto atormentador. Se agitaba en torno de ella sumiso y suplicante,
con alternativas de cólera y huidas de despecho que sólo duraban breve
tiempo.
Se había creído por un instante libertado de tal servidumbre al conocer
a Mina. Esta mujercita triste y enferma no era un peligro. Podía estar
junto a ella sin que se alterase el equilibro de su tranquilidad. Mina,
con su dulzura sentimental, parecía hermosear la existencia monótona de
a bordo. Era un socorro para terminar sin remordimientos la travesía.
Pero Maud, como si adivinase sus pensamientos y temiese una
concurrencia, había atacado desde el primer momento a la alemana.
Felicitaba a Ojeda con una ironía cruel por su magnífica conquista. ¡Qué
suerte! La mujer más fea y pobremente vestida del buque... Una especie
de institutriz casada con un musiquillo borracho, del que se reían
todos, hasta la turba de cómicos que iba con él.
En su burla despiadada no perdonó ni al niño: un gordinflón con pelo de
cáñamo, el más sucio de toda la chiquillería del buque. Ella esperaba
ver a Fernando llevándolo en brazos mientras hacía el amor a la mamá.
Apostaba algo a que por la noche lo dormía en sus rodillas con
acompañamiento de canciones y se preocupaba de cambiarle las ropas
interiores.
Con la irritante injusticia de que sólo es capaz el despecho feminil,
burlábase también de Mina como cantante. Se había tapado los oídos una
tarde que cautelosamente se acercó a las ventanas del salón, cuando ella
estaba en el piano y él de pie mirándola lo mismo que un tenor... ¡Y
decían que esta infeliz, igual a una doncella de servicio, había sido
una mujer hermosa y una grande artista!... ¡Y todos los éxitos de Ojeda
en el buque consistían en haber inspirado tal pasión!... Debía
felicitarlo por su buena suerte. Y para más ironía, Maud hablaba en
francés con acento nasal: «-Mes compliments, mon cher; tous mes
compliments-».
¡Pobre Mina!... Algunas veces, mientras hablaba Fernando con Mrs.
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