no obstante el cuidado de huir de los rayos del sol. El aire salino los
obscurecía, dándoles un tono de pan moreno; la piel blanca de las rubias
amarilleaba con la tonalidad del marfil viejo. La brisa húmeda barría
los polvos de la cara, conservándolos únicamente en las arrugas y
oquedades de la piel, formando un barrillo blanco. Alborotábanse los
peinados en el hueco de una puerta, en una encrucijada de corredores, al
pasar de una banda a otra, dejando al descubierto los artificios y
retoques de los añadidos, lo que las obligaba a preservar estos secretos
capilares bajo un turbante de gasas.
Si algunos caballeros respetables se aproximaban a los grupos de damas
para conversar con ellas, hasta las más viejas, que parecían ajenas a
las vanidades mundanales, los repelían con dengues juveniles.
--¡Ay, no se acerquen ustedes! Estamos horribles. Con este maldito mar
está una impresentable. Todas tenemos algo verde en la cara.
Y los caballeros se creían obligados a ensalzar las grandes ventajas del
viaje, durante el cual se satura el organismo de sales benéficas. Lo que
se perdía en distinción se ganaba en saludable rusticidad. De noche,
todas eran igualmente hermosas en el ambiente cerrado del comedor y los
salones.
Una solidaridad de sexo borraba de pronto las envidias y antipatías que
separaban a los grupos femeniles. Señoras de diverso bando se juntaban
para recorrer la cubierta con ojo avizor. Las inquietaba una ausencia
larga de los maridos. Y cuando los veían a través de las ventanas del
fumadero jugando al -poker-, con la mirada fija en los naipes y la
frente rugosa, preocupada, sonreían satisfechas, lo mismo que si
acabasen de sorprenderlos practicando una virtud.
Sus inquietudes reaparecían al encontrarlos en plena cubierta, aunque
estuviesen enfrascados en una conversación de negocios. Andaban por allí
cerca las rubias de la opereta, las cocotas viajeras, un sinnúmero de
temibles peligros; y sin una palabra que revelase su inquietud, cada una
se aproximaba a su marido, se colgaba de su brazo, intervenía en la
conversación, lo paseaba por toda la cubierta, y únicamente se decidía a
soltarlo en la entrada del fumadero, con la promesa de que volvía al
-poker- o a tomar una copa.
Algunas que aún no habían salido de la primera juventud y llevaban poco
tiempo de matrimonio, paseaban casi todo el día del brazo del esposo con
aires de tiple enamorada, inclinando la cabeza sobre el hombro de él,
como si la cubierta fuese el jardín de «Fausto». Por dignidad de clase,
gozosas de jugar un rato a «señora mayor», distinguiéndose de las
solteras, permanecían entre las respetables matronas; pero de pronto
sentíanse agitadas por un hormigueo irresistible. No veían a su
maridito. ¡Quién sabe lo que estaría ocurriendo en la otra banda del
buque o en la cubierta de los botes! ¡Con tantas malas mujeres que
venían en este viaje! ¡No haber un vapor limpio de tentaciones, sólo
para personas decentes! Y corrían sin saber adónde, como si hubiese
sonado de pronto la señal de alarma.
Una actividad extraordinaria hacía ir y venir aquella mañana por la
cubierta, en grupos parleros, a las jóvenes de diversa nacionalidad.
Abordaba cada una a sus amigos y conocidos con un papel y un lápiz en
las manos. Iban recogiendo para las fiestas equinocciales, y antes de
inscribir el donativo discutían y protestaban, queriendo aumentar la
cifra.
--Vea, Fernando--dijo Maltrana--, cómo se mueve el abate francés, el
conferencista de las barbas, entre las señoras, cuya admiración desea
conservar. Para él no hay divisiones, y salta de un grupo a otro. Los
«pingüinos» lo consideran suyo porque se lo han recomendado las grandes
damas de la colonia de París. A las «aspirantes» las deslumbra hablando
de las princesas y duquesas que lleva tratadas en su vida de predicador
mundano. Pretende halagar a las «potencias hostiles» hablando de sus
países con grandes elogios y dando a entender que en Europa todos saben
a qué atenerse en la apreciación de unos pueblos y otros, distinguiendo
entre el valor real y el -bluff-. Mírelo cómo distribuye a las señoras
los libros de que es autor y periódicos con su retrato. ¡Ah,
comediante!... Lleva en su equipaje colecciones enteras de todas las
revistas ilustradas que han hablado de sus predicaciones en Canadá,
Estados Unidos, Australia y no sé cuántos sitios más. Las hace circular
y las recoge luego cuidadosamente, lo mismo que un tenor... Eso es, un
tenor: un tenor de sotana.
Y hablaba con irónico asombro de las múltiples y mediocres habilidades
del abate viajero y verboso: conferencista, pintor, escultor, poeta y
músico. Maltrana sabía esto por uno de los periódicos que repartía él
mismo.
--Me lo prestó una señora algo devota que tiene empeño en que yo admire
al abate. Y como a mí nada me cuesta dar gusto, me mostré asombrado.
«Pero señora, ese hombre es Leonardo: el gran Leonardo de Vinci». Y mis
palabras han tenido un éxito loco, pues cuando el doctor Zurita y otros
argentinos socarrones se burlan del abate y dicen que es un vivo que va
a Buenos Aires en busca de plata, las damas de su familia se indignan y
me sacan a colación como argumento decisivo: «Es Leonardo, el que pintó
-La Cena-: Leonardo de Vinci. Lo dice Maltranita, que es un mozo que
escribe y ha tratado a muchas eminencias...».
Ojeda rio de la seriedad con que relataba su amigo estos accidentes de
la vida de a bordo.
--Ahora, las buenas señoras--continuó Isidro--, quieren que una noche dé
el abate un concierto de piano, sólo para ellas... Ya han desistido de
oírle una conferencia que estaba en proyecto. «El -Cyrano- de Rostand y
el idealismo cristiano...» ¿Qué le parece el tema? ¿Se ríe usted?... Por
algo lo alaban las buenas matronas, diciendo que es un cura moderno de
lo más moderno. Pero el abate no quiere oír hablar de conferencias a
bordo; se niega a desembalar su mercancía gratuitamente antes de la
llegada al mercado. Se reserva para un teatro de Buenos Aires.
Maltrana buscaba con los ojos al otro conferencista, el profesor
italiano, que se mantenía lejos de las señoras, en las inmediaciones del
fumadero, entre los lectores soñolientos, con una columna de volúmenes y
revistas al lado de su sillón.
--Los «pingüinos» le saludan porque tiene un nombre conocido, y ellas
respetan instintivamente la celebridad. Le han hecho firmar un sinnúmero
de tarjetas postales con «pensamientos» filosóficos y galantes para
ellas y para todas sus amigas coleccionistas; le han sacado retratos con
autógrafo, y ahora, terminada la explotación, no se acuerdan de él. Es
un sabio de malas ideas. El abate las acapara a todas.
Quedó Maltrana pensativo, y dijo luego a Fernando:
--Creo que usted y yo podíamos dedicarnos a eso de las conferencias.
Según parece, gusta mucho en América y proporciona dinero. ¡Qué países
tan interesantes! ¡Pagar por oír discursos!... ¡Tantos que hablan
gratuitamente en nuestra tierra, y aun así no encuentran las más de las
veces quién los escuche!
Recordó Ojeda su vida en Buenos Aires años antes y las conferencias a
que había asistido. Los pueblos jóvenes sienten el mismo afán de los
escolares aplicados y curiosos, que, luego de oír las lecciones de los
maestros, desean conocer las interioridades de su vida. No les bastaban
los libros y las obras de arte enviados por el viejo mundo; querían ver
de cerca la personalidad física de sus autores.
--Y todos los años, amigo Isidro, llegan a Buenos Aires hombres ilustres
con el pretexto de dar conferencias, pero en realidad para satisfacer la
curiosidad de los argentinos y para orgullo de las numerosas colonias
europeas, que al exhibir y festejar al compatriota célebre, parecen
decir: «No todos somos unos ignorantes que aramos la tierra o vendemos
detrás de un mostrador. Bueno es que estos criollos se enteren de que en
nuestro país hay "doctores" mejores que los suyos...» Y las gentes, al
saber que ha llegado el autor de un libro que leyeron hace tiempo por
casualidad, o el personaje político cuyo nombre encuentran todas las
mañanas en el periódico, se dicen: «Vamos a ver de qué casta es ese
pájaro». Gastan unos pesos para encerrarse en un teatro, de cinco a
siete, y arrullados por la voz del conferencista comparan su rostro con
los retratos publicados, se fijan en el corte de su levita
(convenciéndose una vez más de que en la Argentina visten las gentes
mejor que en Europa), y hasta cuentan las veces que bebe agua. Además,
se dan el gusto de ponerlo en caricatura y le atribuyen anécdotas en las
que aparece asombrado al enterarse de que en América ya nadie gasta
plumas. Porque allá, las gentes tienen empeño en que los europeos se los
imaginen como indios emplumados, para poder reírse después, con un gozo
infantil, de la gran ignorancia de los del viejo mundo.
Cesó de hablar Ojeda, sonriendo como si le regocijasen interiormente sus
recuerdos, y luego continuó:
--Las señoras que por curiosidad llenan los palcos, desaparecen a la
tercera conferencia, y hacen bien, porque se aburren a morir. Ellas sólo
gustan de los conferencistas que recitan versos... Pero quedan los
intelectuales del país, los «doctores», que asisten con una hostilidad
manifiesta, y al entrar se dicen unos a otros: «Vamos a ver qué nos
cuenta ese señor». Luego, a la salida, protestan a coro. «No ha dicho
nada nuevo; no hemos aprendido nada, absolutamente nada...» ¡Como si el
encontrar algo nuevo fuese cosa de todos los días! ¡Como si un hombre
que encontrase algo nuevo en su país fuese a decir a sus compatriotas:
«Tengan ustedes paciencia, aguarden un poquito. Voy a tomar el
trasatlántico para contar a los señores de América mi descubrimiento, y
en seguida vuelvo...»! ¡Como si con los medios de comunicación de
nuestra época y lo difundido que está el libro, fuese posible ir a parte
alguna con una idea reciente sin que al momento salten treinta o
cuarenta diciendo: «Eso ya lo sabía yo...»!
--Entonces--interrumpió Maltrana--, en esos viajes de los conferencistas
la llegada es siempre más gloriosa que el regreso.
--Ciertamente. Cuando nuestro buque fondee en Buenos Aires, verá usted
banderas, oirá músicas y aclamaciones. Luego, satisfecha la curiosidad
sobreviene la indiferencia, y los héroes de un día se reembarcan sin
otro acompañamiento que media docena de amigos que quedan allá como
cónsules de su renombre y encargados de sus negocios. Los únicos que no
olvidan son los «doctores», que para convencerse de su propia
superioridad, repiten: «No ha dicho nada nuevo. Lo sabíamos todo...». Y
esto ocurre porque nadie en la vida expone la verdad corajudamente;
porque el conferencista debía decir el primer día a su público: «Todos
ustedes, que viven batallando por el dinero, deben figurarse por qué he
hecho yo esta larga travesía, viniendo a una tierra que no tiene el
Partenón, ni las Pirámides, ni la Alhambra. No sería correcto colocar mi
sombrero en mitad de una acera, diciendo: "Yo soy Fulano de Tal, que he
venido a verles. Echen algo para que me lleve un buen recuerdo de este
país de riquezas". Por eso prefiero exhibirme en un teatro y justificar
la generosidad del público con dos horas de aburrimiento y
vulgaridades...». En el fondo, esto y nada más es una serie de
conferencias. Un pretexto para que el país se muestre generoso con la
celebridad que lo visita.
--Ya veo claro--dijo Maltrana--. Una especie de premio Nobel que la
Argentina se permite el lujo de regalar a alguien que es conocido por
algo, siempre que se tome el trabajo de ir a pedirlo en persona... Con
la diferencia de que este premio Nobel es por cotización popular.
--Exacto. Y no crea usted que el país pierde nada con ello. Para su
gloria mundial, jamás dinero tan bien gastado como los cinco pesos que
cuesta oír una conferencia. El conferencista, al llegar a u país, olvida
con la distancia los arañazos de los remotos «doctores» y sólo ve el
cheque que guarda en la cartera. Una cantidad de poca importancia para
allá; pero que traducida a dinero de Europa representa cincuenta mil o
cien mil francos: el producto de media docena de libros, el sueldo de
ocho años de cátedra ganado en un par de meses.
Ojeda se imaginaba las consecuencias del viaje. La esposa del hombre
ilustre renovaba el mobiliario y el vestuario de la familia; los dos
cónyuges adquirían una casita de campo para que los niños se criasen
mejor; todos en el hogar prorrumpían en elogios a la Argentina, y los
amigos y hasta las más lejanas relaciones fijaban su atención en este
país maravilloso, donde no hay más que agacharse para encontrar plata.
Los compañeros del ilustre maestro se mordían los labios de envidia, y
cuando en los azares de la existencia encontraban a alguien venido de la
Argentina, aunque fuese un necio, lo adulaban y lo acosaban, dando a
entender que ellos también irían allá... a la más ligera invitación. El
conferencista considera como un deber escribir un libro que demuestre su
agradecimiento, un libro concebido a través de gratos recuerdos, y que
resulta ampuloso y glorificador como una oda de encargo oficial. Y
cuando algún malhumorado ruge contra la lejana República, dando a
entender que las cosas son en ella muy distintas de como las imagina el
optimismo, el grande hombre salta indignado en defensa de un país cuyo
nombre mencionan siempre con veneración su mujer y sus hijos.
--Yo que creía--interrumpió Isidro--que estos conferencistas eran unos
amables burlones, que después de explotar la credulidad americana se
reían de ella...
--Tal vez hayan pensado así algunos; pero al final los explotados son
ellos, pues por impulso propio hacen al volver a sus tierras una
propaganda que de ser obra del gobierno costaría millones. ¡Quién sabe
cuánta parte tienen ellos en la fama reciente y mundial del país adonde
vamos! Bien puede ser que alguno haya hecho surgir en nosotros la
primera idea inicial de este viaje con una lectura que ya no
recordamos...
Isidro, que al mismo tiempo que escuchaba a su amigo seguía con los ojos
el curso de los paseantes, le tocó en un codo, interrumpiendo sus
palabras.
--Mire usted a la sin par Nélida. Acaba de subir a la cubierta, y ya van
saliendo del fumadero sus adoradores... ¡Saludo a la pasajera más
hermosa de todo el buque!
Nélida dilató los frescos labios, contestando con su sonrisa felina a la
genuflexión versallesca de Isidro. Luego pasó ante «el banco de los
pingüinos» irguiendo su aventajada estatura, desafiando con su mirada
cándida el enojo de las imponentes señoras. Las más fingieron no verla,
para no responder a su saludo. Algunas contestaron «Buen día, niña» con
voz triste y ojos de conmiseración, como si fuese una enferma cuyo fin
consideraban próximo.
--Esa Nélida es de una audacia estupenda--dijo Maltrana--. Sabe que
todas las señoras hablan de ella con escándalo, y las saluda como en los
primeros días, cuando la creían una muchacha juiciosa. Los desprecios y
los bufidos resbalan sobre su persona sin molestarla.
Habló Isidro de la indignación de las matronas, que consideraban como un
tormento viajar con sus hijas teniendo que sufrir la compañía de Nélida.
--Prohíben a las niñas que la saluden, cuando en los primeros días de
navegación era la más agasajada por todas ellas... Pero las niñas fingen
obedecer, y la buscan en secreto, lejos de las mamás. ¡El encanto de
rozar lo prohibido! ¡La mágica atracción del pecado!... Por las tardes,
mientras las señoras dormitan, suben ellas con Nélida a la última
cubierta para que las enseñe a bailar el tango... pero el tango tal como
se baila en los cafés nocturnos de Berlín. Piensan como excusa que
cuando bajen a tierra ya no la verán más, y que aquí en el buque todo
resulta bien.
Siguió Nélida adelante, hasta llegar al extremo de babor, donde estaba
sentada su madre, teniendo a un lado al hijo medio imbécil y al otro el
venerable jefe de la familia, que balanceaba su cabeza de patriarca
entornando los ojos, cual si acariciase mentalmente un negocio nuevo.
--La pobrecita--continuó Isidro--siente por las mañanas el amor de la
familia y va en busca de su padre. Lo besa, juguetea con él como una
gata, y al mismo tiempo se da el placer de seguir con el rabillo del ojo
la impaciencia de sus admiradores, que se mantienen a distancia,
ansiosos de juntarse con ella. ¡Criatura ingenua y refinada!... Pero
fíjese, Fernando: usted, que me cree poca cosa, y no le falta razón,
mire con qué impaciencia me aguardan mis admiradoras.
Y señaló disimuladamente el grupo de damas en el cual algunas las más
viejas, volvían sus ojos hacia Maltrana, como invitándole a aproximarse.
--Yo tengo mi público, y como todo hombre notable, tengo también mis
enemigos y detractores. No puedo aproximarme a las nobles matronas y
cambiar con ellas un saludo, sin que alguna me diga: «Cuéntenos algo.
Usted que lo sabe todo, Maltranita, díganos qué ocurre en el buque». Y
me tienen de pie ante ellas, para que no se borren del todo las
distancias sociales, hasta que de pronto las hago reír o las cuento algo
que las interesa vivamente, y entonces alguna, con repentina solicitud,
me dice: «Pero siéntese usted, siéntese aquí y no sea zonzo». Y encoge
las piernas para que me siente en el extremo de la silla larga, como un
paje a los pies de la dama... La viuda de Moruzaga, que tiene millones y
millones, gusta de hablarme a solas para que me entere de los encantos y
virtudes de su esposo. ¡Pobre señora! ¡Una verdadera enamorada! Sólo
vive cuando puede hablar de «su finado». Y si la conversación cambia de
tema, pierde todo interés para ella y parece dormirse con los ojos
abiertos.
Una idea repentina hizo abandonar a Maltrana su tono ligero.
--Pero ¿se ha fijado usted, Ojeda, en el modo de ser de estos hermanos
nuestros? Los primeros días, al oírles, decía yo: «Somos iguales:
iguales salvo algunas diferencias de acento y sintaxis...». Y no señor;
no somos iguales. ¿Cómo me explicaré?... Unos y otros tocamos el mismo
instrumento, pero tenemos distinto oído para apreciar los sones. A lo
mejor, digo algo que por casualidad me resulta gracioso, algo que en
España pasaría por un «golpe» de ingenio, y las buenas señoras
permanecen insensibles, como si no me entendiesen. Luego, en el curso de
la conversación, suelto una necedad infantil, un chiste de colegio, que
en Madrid me valdría una rechifla, y mi público ríe esta inocentada y la
repite como una brillante manifestación de ingenio.
Ojeda, recordando sus viajes por América, asintió a las palabras de su
amigo. No sólo había divergencia en la apreciación de los sones del
instrumento común del idioma: se diferenciaban también en la agilidad y
la fuerza para su manejo.
--En muchos de esos países--dijo Fernando--, las gentes hablan con una
lentitud penosa, como si la rebusca de las palabras fuese acompañada de
los dolores de un parto. Las mujeres especialmente sólo tienen cuerda
verbal para cinco minutos, y luego quedan mudas, mirándose unas a otras.
Únicamente se animan cuando hay que «pelar» a alguien; pero éste es un
fenómeno verbal no sólo de América, sino de todos los países del
planeta.
--Sí; hablan poco--dijo Maltrana--. Gustan de escuchar, pero su
capacidad auditiva es tal vez tan limitada como su capacidad verbal. A
la larga se fatigan de oír, aunque la conversación les interese. Parecen
ofenderse de haber permanecido mucho rato en silencio, y se vengan
llamando «macaneador» al mismo cuya palabra han solicitado. Lo que no se
entiende, lo que no gusta, ya se sabe que es «macana».
Isidro empezó a apartarse de su amigo.
--Le dejo, Fernando; me reclama mi público. En los primeros días tenía
más éxito. Pasaba de un grupo a otro: de los «pingüinos» a las
«potencias hostiles»; pero no se puede dar gusto a todos a la vez.
Ahora, con las «potencias», el saludo nada más; frías y corteses
relaciones de diplomacia. La última vez que me acerqué al grupo, la
chilena «cuello de cisne» me dijo con una sonrisa de cuchillo: «¿A qué
viene usted aquí, patero? Déjenos en paz y vaya a hacer la pata a sus
argentinas». Y aunque esto de que le llamen a uno adulador es un poco
fuerte, al consejo me atengo, ya que a la Argentina voy.
Intentó tirar del brazo a Ojeda para atraerlo hacia el grupo.
--Venga usted conmigo. Las señoras tendrán mucho gusto en oírle. Usted
ha sido presentado a todas ellas, y le encuentran muy simpático. ¿No
quiere?... Sin duda está usted ofendido por lo que le dije, de que las
niñas le encontraban «muy buen mozo, pero algo viejón»... No haga usted
caso. Es una consecuencia de la mentalidad simple de estos pueblos que
aún viven cerca del tronco primitivo, o sea de la Naturaleza sin
artificios ni refinamientos. Para ellos, una buena moza de treinta y
cinco años es una vieja, y un hombre digno de ser amado debe tener
veinte años cuando más. Sólo admiran la existencia en capullo, como en
tiempos de la vida de tribu... Y eso cuando en Europa cada año que pasa
hace retroceder hasta los confines de la vejez el límite de la edad
amorosa. Balzac haría reír hoy con su novela -La mujer de treinta años-.
Las damas de cuarenta son ahora las conquistadoras más temibles. En el
teatro, galanes cincuentones disputan sus amantes a los jovencitos y
acaban por llevárselas... ¡Viejón, y sólo tiene usted treinta y seis
años! No haga caso de las opiniones de estas gentes recién desbastadas,
que en punto a refinamientos sólo copian lo exterior y ostensible...
Decididamente, ¿no quiere usted venir?... Hasta luego.
Fernando permaneció solo algunos minutos, acodado en la borda, siguiendo
con los ojos el resbalar del agua removida por los flancos del buque.
Sobre el lomo verde del Océano giraban flores de espuma rematadas por
una espiral que se perdía en la profundidad. Luego emprendió un paseo
por la cubierta, y ante el grupo de señoras se llevó una mano a la gorra
con saludo mudo, sin volver la vista. Rozó, al pasar, a Isidro, que
hablaba de pie, y oyó una voz femenina que le interrumpía con interés:
«¡No diga!... Eso es muy curioso. Siéntese, Maltranita, y cuente».
Continuó Ojeda por el lado de babor, saludando a las «potencias
hostiles» y a un grupo de argentinos y brasileños que hablaban de las
estancias rioplatenses, de las -fazendas- de café, del valor de los
campos, mezclando cantidades de leguas y millones de pesos. El señor
Oneglia, el millonario italiano, que reposaba, enorme y flácido, en un
sillón especial, lejos de su familia, ansiosa de rozarse con la «gente
bien», abrió un ojo al oír los pasos de Fernando y lo protegió con un
saludo gruñente, volviendo a sumirse en su noche poblada de cálculos. Al
lado de él, como si la afinidad de gustos les impusiese este contacto,
se sentaban los tres comerciantes españoles. Más allá, el conferencista
italiano levantó la cabeza y descansó un libro en las rodillas para
saludar a Ojeda. Cerca del fumadero, la madre de Nélida pareció
acariciarle con sus ojos de brasa y el padre le gratificó con una
sonrisa protectora. La niña, hastiada ya de las expansiones familiares,
se había despegado de ellos y reía en la puerta del fumadero, escoltada
por su hermano y todos los admiradores, que parecían desnudarla con los
ojos.
Llegó Fernando hasta la terraza del café, atraído por el -Canto de la
Primavera-, de Mendelssohn, que tocaba la música. Apenas se hubo apoyado
en la baranda para escuchar, vio que un cuerpo se aproximaba a él,
velando la luz del sol, y oyó una voz enérgica que recortaba duramente
las palabras.
--Buenos días, señor Ojeda... Usted perdonará la libertad que me tomo,
pero yo soy amigo de don Isidro, y tal vez le habrá hablado de mi
persona... Usted dispense que me acerque así como así, ¡pero entre
compatriotas! ¡somos tan pocos en el buque!... Por eso me he dicho:
«Aunque no sea correcto, voy a saludar a ese señor».
Era el cura español que Maltrana le había enseñado varias veces de
lejos: un hombrecito moreno, enjuto, vivo en sus movimietos, al que
encontraba Fernando cierto aire ágil y garboso de banderillero. Su
delgadez hacía más visible la exuberancia de un abdomen puntiagudo que
parecía pertenecer a otro cuerpo. Una cadena algo negruzca, con llaves
de reloj y medallas, se tendía de la botonadura de la sotana a un
bolsillo del pecho. Dos dedos enrojecidos por el tabaco sostenían un
cigarrillo. La cabeza, de pelo duro e intensamente negro rayado de canas
prematuras, ocultábase en parte bajo un casquete redondo de seda, igual
al que usan los tenderos.
--José Fernández, sacerdote, para servir a Dios y a usted--dijo el cura
haciendo la presentación de su persona.
Mostró la fuerte dentadura de hombre de campo, con una sonrisa humilde
que delataba el deseo de intimar con este compatriota, el personaje más
eminente de cuantos venían en el buque, según su opinión.
La música había cesado de tocar, y el cura aprovechó este silencio para
expresarse con la exuberancia de un verboso falto de amistades que busca
ocasión de esparcir su facundia. La franqueza española le hizo tratar a
Fernando confianzudamente a las pocas palabras, lo mismo que si fuese un
antiguo camarada, acompañando cada avance de su intimidad con humildes
excusas: «Usted perdone; pero aquí no es como en tierra. Pasamos la vida
juntos; estamos en la soledad del mar, confiados a la voluntad del
Señor... ¿Conque usted también va a Buenos Aires, don Fernando?...
¡Vaya, vaya! Allá vamos todos, y quiera el Altísimo que los negocios le
resulten bien, conforme a sus deseos».
Hablaba el buen clérigo sin interrupción, y Ojeda iba entresacando
fragmentos de su historia de estos períodos de charla confidencial.
Tenía a su madre en un pueblecillo de Castilla la Vieja; además, una
hermana mal casada, con una turba de hijos, y todos confiaban en él, que
era la gloria de la familia, «el señor cura», el ser excepcional. Último
descendiente de una línea de míseros jornaleros del campo, había
conseguido emanciparse de la servidumbre del terruño gracias a cierta
viveza de ingenio demostrada en la escuela del lugar y a la protección
de una señora vieja que le había costeado la carrera del sacerdocio.
--Carrera corta, don Fernando. Yo no soy teólogo; no soy doctor en nada.
Cura de misa y olla nada más; pero ¡lo que he trabajado en esta vida! ¡y
lo que me queda que penar!... Mi cuñado es infeliz, un buen hombre, que
no sirve para nada, y yo tengo que mantenerlo, y a la pobre viejecita, y
a mi hermana, y a todos los sobrinos, que se creen superiores a los
demás del pueblo porque cuentan con un tío cura. He sido vicario,
trabajando del alba a la noche por seis reales al día: peseta y media,
don Fernando. He sido párroco suplente en lugares de mala muerte, y
después de enviar a mi madre lo que ganaba (menos de lo que gana un
guardia civil), tenía que mantenerme de los regalos de los feligreses
pobres. Y todavía el barbero del pueblo y otras malas lenguas murmuraban
de la vida regalona que llevamos los de la Iglesia... Cuando vivía en
Madrid, cerca del diputado del distrito, solicitando un puesto mejor, he
andado hecho un azacán de sacristía en sacristía pidiendo misas como el
que pide limosna. He pasado mucha hambre; no tengo vergüenza en decirlo:
mucha hambre por sostener a los míos; y por esto voy allá, a ver si
cambio de suerte.
Calló un momento don José, como si vacilase, temeroso de exponer sus
ideas, y al fin continuó en voz baja:
--Dicen que España es un país católico, el más católico de la tierra.
Así será, pero no hay en él dos pesetas para los clérigos de mi clase,
para los que trabajamos de veras. Hay dinero para la Iglesia, pero se lo
llevan otros... otros.
En la vaguedad de su mirada, en la timidez de su voz, había cierta
protesta contra los que vivían en las alturas.
Fernando quiso saber cómo se le había ocurrido la idea del viaje.
--Tengo allá compañeros de seminario. Un muchacho que estudió conmigo
vive en Buenos Aires, y me ha escrito maravillas de aquella tierra,
invitándome a ir con él. Antes era mucho mejor: faltaban gentes de
nuestra clase; ahora, en cada buque llegan sacerdotes de todos los
países. Pero no importa: en la capital se puede vivir bien a la sombra
de una parroquia, y además hay el campo, donde cada semana se funda un
pueblo y hace falta un cura... También tengo condiscípulos en Chile y
otras naciones del Pacífico. Allá creo que aún se presenta la cosa mejor
para nosotros. Me escriben que hay señora que da cien pesos de limosna
por una misa. ¡Y en España que no pasa nadie de tres pesetas!...
Complacíase Ojeda con esta franqueza de don José al comparar las
ganancias del sacerdocio en los dos hemisferios. Había hecho bien en
embarcarse: seguramente le esperaba allá la fortuna.
--No es tan fácil, don Fernando; hay mucha concurrencia. Me dicen que
los curas italianos trabajan por lo que les dan, y han abaratado los
precios. Como que muchos se ayudan con un oficio, y cuando vuelven de la
iglesia a casa, son sastres de viejo o remiendan zapatos... En aquellas
tierras los hombres se muestran, según mis noticias, algo indiferentes
con nosotros. Lo mismo que en la nuestra. Hay que buscar el apoyo de las
mujeres, y para esto me ha prometido don Isidro presentarme a esas
señoronas ricas que hablan con él y se sientan en la parte de proa.
Parecen muy entusiasmadas con el obispo italiano: «Monseñor, aquí;
Monseñor, allí», pero yo soy español, y ¡quién sabe!... Me gustaría
encontrar una señora rica que me protegiese.
Fernando sonrió, algo asombrado de la naturalidad con que don José hacía
esta declaración. ¡Qué cinismo tranquilo!... Y quiso acompañar su risa
tocándole en el pecho con un dedo, pero se detuvo al ver su gesto de
sorpresa.
--Se equivoca usted, señor Ojeda. Yo soy un indigno pecador en muchas
cosas... menos en ésa. Tengo mis defectos, como todos los hombres, pero
lo que usted cree... ¡nunca! Yo no pienso jamás en esas niñerías. ¡Yo
soy muy hombre!
Golpeábase el pecho con arrogancia al hacer esta viril declaración, y
Ojeda admiraba la incoherencia del pobre sacerdote, que repetía con
orgullo su calidad de masculino como prueba de virtud.
--Soy muy hombre, don Fernando, y por eso me deja indiferente ese pecado
tonto en el que usted piensa y que sólo proporciona escándalos y
quebraderos de cabeza... Otros pecados, no digo que no...
Una sonrisa de malicia infantil arrugó sus mejillas morenas, en las que
se marcaba la mancha azul de la recia barba. Quedaron al descubierto sus
dientes apretados, deslumbradores, que denunciaban una gran fuerza
triturante. Contemplando su ávido brillo, creyó Ojeda en la pureza de
aquel hombre. La voluptuosidad había contraído en él todos sus
tentáculos, para replegarse sórdidamente en el paladar y el estómago.
Maltrana le había hablado algunas veces del apetito insaciable de don
José, de la prontitud con que acudía al comedor apenas sonaba la
trompeta, de la profusión con que recolectaban sus manos emparedados y
galletas en las bandejas a la hora del té, del entusiasmo con que
elogiaba la abundancia nutritiva a bordo del -Goethe-. Su capacidad de
alimentación sólo era comparable, según Isidro, a la de un náufrago que
se salva o a la de un habitante de ciudad sitiada que se rinde después
de varios años. Cuarenta generaciones de jornaleros hambrientos comían
por su boca.
En aquel mismo instante, mirando Ojeda hacia el paseo de babor, vio a
Isidro que acababa de abandonar su conversación con las señoras y venía
hacia él. Pero se detuvo ante la familia de Nélida. El padre, sin
moverse de su asiento, hablaba con Martorell, el poeta bancario, y
Maltrana, después de escucharles unos segundos, se inmiscuyó en la
conversación.
--Yo necesito, para abrirme paso, una señora que me proteja--continuó
don José--. Pero eso no es fácil; en nuestro mundo hay modas, como en
todos los mundos, y vanidades y categorías. Yo soy un pobre cura que
sólo sabe cumplir como buen trabajador.
--Debía usted imitar--dijo Ojeda--a ese abate francés que tanto
entusiasma a las señoras.
--¡Cállese, señor!--protestó el cura--. Yo no sirvo para titiritero. Los
españoles no sabemos hacer comedias: tenemos más seriedad... ¡Yo soy muy
hombre!
Y resumía su indignación con un fiero golpe en el pecho, afirmando
varias veces que era muy hombre.
--Tal vez en tierra me sea más fácil abrirme paso. Yo no soy cura a la
moda, pero soy cura español, y esto algo debe valer entre gentes que son
de nuestra sangre, hablan nuestra lengua y profesan el catolicismo
porque España fue la primera en descubrir sus tierras. Ahí está la buena
señora doña Zobeida, ese ángel de bondad; para ella no hay más sacerdote
a bordo que yo: el obispo y el abate, como si fuesen zapateros. ¡Ojalá
se resolviese lo de su pleito y cambiase de fortuna! Ciertamente que no
me olvidaría... Además, en aquella tierra, según dicen, el exceso de
dinero y la abundancia de negocios malean a los sacerdotes. Unos se
dedican a la cría de caballos o de bueyes, otros prestan dinero a los
feligreses sobre las cosechas. Pero yo llego a trabajar sólo en lo mío,
para cumplir como bueno, y me contento con poco. Mi felicidad sería un
curato en esos campos donde la carne va tirada, según dicen, y el pan lo
mismo. Mi madre no puede venir, porque le tiene miedo al mar; pero
traeré a mi hermana, que es guisandera fina, y malo será que no coloque
a mi cuñado y dé carrera a los sobrinos... ¡Señor, que así sea!
Quedó indeciso y silencioso, como si agitasen su cerebro nuevas e
inesperadas ideas.
--Líbreme el Altísimo de un engaño--dijo--; pero yo pienso, don
Fernando, que nosotros en América somos algo. Tal vez no sabemos tanto o
somos menos atrevidos que ese parlanchín de las barbas, pero somos más
serios, más sencillos. Nuestro catolicismo es para América más... ¿cómo
me explicaré?... más...
--Más clásico--interrumpió Ojeda, para sacar al cura de su apuro.
--Eso es--dijo don José tras una vacilación, como si pesase la palabra
no comprendiéndola bien--. Más clásico, más con arreglo al país, y por
esto las personas buenas y sencillas que no se curan de modas deben
recibirnos mejor a nosotros que a esos sacerdotes extranjeros que
parecen gente de teatro.
Permanecieron los dos en silencio, y Ojeda volvió a tener la misma
visión del día anterior... «¡Buenos Aires!» También este nombre mundial
había titilado un instante, como parpadeo de mística lámpara, en la
penumbra de la sacristía, evocando la ilusión de una mesa abundante, una
mesa de hartura, y en torno de ella una familia robusta y saludable,
segura del porvenir, rodeando al sacerdote rico... Y allá iban todos,
siguiendo el revoloteo de la esperanza, hacia un mundo de fértiles
soledades faltas de hombres, llevando como precio de su entrada fuerzas,
iniciativas y apetitos: unos sus brazos, otros su inteligencia, otros el
ávido capital ansioso de copular con la tierra y reproducirse hasta lo
infinito... y hasta aquel pobre cura llevaba su misa, su catolicismo
español, más serio, más... clásico.
La llegada de Maltrana interrumpió estas meditaciones.
--¿Qué dice don Pepe?...
Y acompañó el familiar saludo con una suave palmada en el abdomen del
clérigo. Éste se inclinó sonriendo. «¡Qué don Isidro tan alegre y
simpático!... Era imposible enfadarse con él...»
Al ver juntos a los dos amigos, el cura pareció contraerse en su
humildad.
--Ustedes tendrán que hablar--dijo mirando a su reloj--. Va a ser
mediodía. ¡La hora del almuerzo! Me hace falta un poco de paseo para
despertar el apetito.
Y se alejó, seguido por la risa de Maltrana, que lamentaba irónicamente
la inapetencia del cura.
Ojeda quiso saber qué había hablado su amigo con Martorell y el padre de
Nélida.
--Hablábamos de negocios--dijo Isidro con repentina gravedad y una
expresión de misterio--, de un gran negocio que llevamos entre manos.
¡Quién sabe si antes de un año seré rico, muy rico, más que usted, que
quiere ir al desierto a roturar la tierra!... Las amistades sirven de
mucho, y yo las tengo buenas.
La mirada interrogante y asombrada de Ojeda le invitó a continuar en sus
confidencias. Dudó un momento, como si temiese la burla de su amigo, y
al fin dijo con resolución:
--Vamos a fundar un Banco apenas lleguemos a Buenos Aires... No se ría
usted, Fernando; me lo esperaba. Es cosa seria. Martorell pone la idea
y su experiencia de técnico. El señor Kasper, el padre de Nélida, pondrá
el capital que se necesita para empezar; poca cosa, según el catalán,
que entiende mucho de esto. Yo... no sé lo que pongo en el negocio, pero
seguramente pondré algo, pues entro en él, y mis consocios parecen
contentos de tenerme en su compañía.
Echóse a reír Ojeda con tal fuerza, que su espalda chocó con la
barandilla, doblándose hacia la parte exterior. «¡Maltrana banquero!
¡Maltrana fundador de un Banco, cuando apenas tenía unas pesetas para
desembarcar!...»
--No se burle--dijo éste, algo amoscado--. La cosa no es para tanto.
¿Vamos o no vamos a una tierra de riquezas y prodigios?... Si usted
oyese a ese muchacho catalán, la sencillez con que explica las cosas se
convencería de que lo del Banco es asunto serio. ¿Y qué tiene de
extraordinario que yo llegue a ser un gran banquero en un país donde
todos, al llegar, cambian de profesión y cada uno se descubre con
facultades y aptitudes que no sospechaba en Europa?... Aquí en el buque
no se oye hablar más que de millones y de negocios estupendos. Todos
llevamos nuestro plan gigantesco para asombrar al Nuevo Mundo y
encadenar a la fortuna. Hasta los que se volvieron de América
desesperados retornan con nuevos bríos. ¿Por qué no ha de tener Maltrana
su negocio?... Crea usted que los que han fundado Bancos allá no valían
más que yo ni tenían el talento de Martorell, que es un águila para
estas cosas.
Pasado el primer acceso de hilaridad, admirábase Ojeda de la convicción
con que hablaba su amigo del futuro negocio. Sentía, indudablemente, la
influencia misteriosa que había observado él en anteriores viajes. Un
ensanchamiento de la ilusión, hasta los confines más absurdos de lo
irreal, dominaba a los viajeros. El aislamiento en medio del Océano
empequeñecía o anulaba todos los obstáculos con que se tropieza viviendo
en tierra firme. La inmensidad del mar parecía dilatar los cerebros y
los ojos. Todos pensaban en grande y veían sus propias ideas con retinas
de aumento. Y como la ilusión de los unos no oponía obstáculos a la
esperanza de los otros, todos se empujaban locamente, dando por
realizadas las cosas en este galope de optimismo.
Los vecinos de asiento, que durante los primeros días de navegación se
habían mirado hostilmente en la cubierta de paseo, buscábanse ahora, no
pudiendo vivir separados, y hablaban horas y horas de los futuros
negocios ideados en comandita, sin cansarse de manosearlos para apreciar
mejor su mérito, examinándolos, como una piedra preciosa, faceta por
faceta. Un hálito de heroísmo despreciador de los obstáculos hacía
vibrar los cerebros. La vieja Europa, meticulosa, cobarde y
retardataria, quedaba atrás; las hélices la enviaban los espumarajos de
las aguas rotas como un salivazo de despectivo adiós. Por la proa
llegaba el viento del Nuevo Mundo, la respiración de una tierra de
valerosos sin escrúpulos ni remordimientos, donde el absurdo triunfa,
siempre que vaya acompañado de la tenacidad y la audacia.
Si para un negocio se necesitaban tierras, las tierras se adquirirían.
Los futuros triunfadores ignoraban cómo ni por qué medio, pero se
adquirirían, y... basta. Éste era un detalle de poca importancia. Si se
necesitaban grandes capitales, se encontrarían igualmente. No había que
preocuparse de esto. Lo importante era el negocio, el gran negocio de
estupenda novedad que se les había ocurrido--novedad que consistía en
trasplantar algo viejo y tradicional de Europa--, y calculaban las
seguras ganancias: tanto por mes, tanto por año, tantos millones a los
cinco años, creyéndose, en fuerza de ilusión, casi al final de esta
rápida carrera de la suerte.
Algunos, con inagotable generosidad, sentían el deseo de hacer
partícipes de su estupenda fortuna a todos los allegados, y cada mañana
admitían un nuevo socio, ofrecían graciosamente una parte a un nuevo
auxiliar, hasta el punto de no saber con certeza qué restaría para
ellos, los geniales inventores. Otros, más ásperos de alma, empezaban a
mirarse con recelo y suspicaz vigilancia, temiendo una mutua traición en
el negocio que aún estaba por venir. La riqueza achica los corazones y
los endurece. Y lo más extraordinario era que todos abominaban de la
imaginación como de una facultad deshonrosa y ridícula. «Nada de
ilusiones: hay que ver las cosas tales como son, y en el caso de
exagerar colocarse en lo peor. Pongamos que sólo se gana la mitad;
pongamos que sólo es la mitad de la mitad...» Y tras estos cálculos
descendentes, que revelaban su odio a toda fantasía, siempre resultaban
millonarios.
Los más entusiastas y de fe inconmovible eran los que habían estado en
América y volvían a ella por segunda o tercera vez. Los neófitos, que
escuchaban con asombro sus profecías de riqueza, parecían dudar de
repente. Era la timidez europea que resucitaba. «Yo he estado allá, y sé
lo que es aquello--decía el compañero viejo--. Nada de miedo; esta vez,
con mi experiencia, estoy seguro del éxito...» Y Maltrana, burlón y
escéptico, que iba a América sin saber ciertamente para qué, se había
sentido de pronto arrebatado, lo mismo que los otros, por este huracán
de optimismo.
--Sí señor; un Banco--repitió mirando a Ojeda con expresión algo
agresiva--. Vamos a fundar un Banco, y no comprendo que un negocio serio
le produzca a usted tanta risa. Las cosas están magníficamente ideadas.
Ese chico catalán, aunque despreciable como poeta, es un gran
organizador; y el señor Kasper será un pillo, si usted quiere, pero en
los negocios la picardía es un mérito. El plan no tiene falla por
ninguna parte.
Y lo exponía con la sequedad de un grande hombre ofendido por la
ignorancia de su auditorio. Fundar un Banco era cosa corriente en
aquellos países. Cada semana nacía uno, según le había dicho Martorell.
No había calle principal de Buenos Aires que no tuviese unos cuantos. Lo
más importante era encontrar una buena casa y amueblarla con muebles
ingleses, «serios», «distinguidos», y mostradores de caoba brillante.
Además, eran necesarios un enorme rótulo dorado, juegos de banderas para
las fiestas patrióticas, y gran iluminación nocturna en la fachada.
Capital para empezar: dos o tres millones de pesos.
--Usted creerá haberme aplastado preguntando: «¿Dónde está el
capital?...». Se hacen figurar todos esos millones y más si se desea en
los Estatutos, y sobre todo en las vidrieras y el rótulo, con letras de
a dos palmos. Pero en realidad se empieza con treinta o cuarenta mil
pesos... Y también me dirá usted: «¿Dónde están?...». El señor Kasper,
que tiene en gran aprecio a Martorell y cree en el negocio, promete
traerlos. Además, contamos con los buenos señores que entrarán en el
Directorio... Siempre se encuentran media docena de tenderos deseosos de
figurar al frente de un Banco. Gusta mucho poder decir a los amigos:
«Esta tarde tengo sesión de Directorio». Da importancia escribir a los
parientes de Europa, a los papanatas de la tierra, en el papel del Banco
con un membrete que impone respeto, en el que se consignan los millones
del capital y las operaciones del establecimiento. El catalán, que
«conoce el corazón humano» y es gran aprovechador de vanidades, tiene
echado el ojo desde su viaje anterior a unos cuantos compatriotas. Éstos
aportarán fondos, tomarán acciones para ser del Directorio, y luego que
funcione el Banco... ¡a vivir! Daremos dinero al 30 por 100 (lo que es
fácil allá, según dice Martorell), prestaremos con hipoteca, para
quedarnos con los bienes hipotecados; un sinnúmero de bellas maldades,
que explica mi consocio con su hermosa sonrisa de hiena poética.
Quedó en silencio Maltrana, como si se examinase interiormente.
--¡País de asombros!--continuó--. ¡Yo banquero, yo que he hecho sufrir
tanto a los prestamistas de Madrid!... ¡Tierra de transformismos, donde
los albañiles se hacen agricultores, los curas fugitivos se convierten
en padres de familia y los señoritos arruinados entran de cajeros de
confianza en las casas de comercio!...
--¿Ya tienen ustedes título para el Banco?--preguntó Ojeda.
--Ése es el obstáculo, el único escollo con que tropieza hasta ahora
nuestro negocio. Lo del título es importante. Casi va el éxito en
encontrar algo que suene bien, que se pegue al oído, inspire confianza y
tenga un carácter internacional, lo más internacional que sea posible.
Los consocios no se ponen de acuerdo en lo del título; lo único
indiscutible es que, sea cual sea su dimensión, deberá añadírsele «y del
Río de la Plata». Porque allá, según Martorell, todos los Bancos, aunque
se titulen rusos, chinos o noruegos, llevan como final de rótulo «y del
Río de la Plata». Sin esto, no hay respetabilidad posible.
Volvió a quedar en silencio Isidro, pero su rostro se animó durante esta
pausa con su acostumbrada expresión de malicia.
--Yo tengo mi título, un título de lo más universal. Abarca las diversas
nacionalidades de las gentes que vendrán a nosotros y halaga al mismo
tiempo el sentimiento regionalista. Hasta he tenido en cuenta el lugar
de nacimiento de mis dos compañeros. «Banco de Westfalia, de Tarragona y
del Río de la Plata.» Pero los socios no lo aceptan.
Fernando miró fijamente a su amigo. ¡Famoso Maltrana! En él la gravedad
era siempre de corta duración. Nunca se sabía ciertamente dónde cesaban
sus emociones, dando paso a la fría burla.
En lo alto del buque vibró la señal de mediodía, un rugido que hizo
temblar los pasillos y tabiques del trasatlántico y se dejó absorber sin
eco alguno por el sordo infinito del Océano.
--Las doce: vamos a almorzar.
Cerca de la proa vieron algunos pasajeros que señalaban la línea del
horizonte, discutiendo con frases breves. Contraían los ojos para dar
mayor potencia a su visualidad; pasábanse de mano a mano los gemelos
prismáticos, explorando el límite del Océano, sobre cuyo lomo se
abullonaban tenues vapores. «Ya se ve Cabo Verde...» Otros dudaban. No
eran las islas: eran simples nubes. Y todos, como si despertasen de la
calma letárgica del mar, mostraban un deseo famélico de ver tierra, de
distinguir aquellas islas en las que no había de detenerse el buque.
Abajo en el comedor almorzaban muchos con cierta precipitación, como
gentes que han de ir al teatro y aceleran la comida por miedo de llegar
tarde. «Tierra: ya se ve tierra», decían de mesa en mesa con una alegría
infantil. Más impacientes, algunos se levantaban de sus asientos con la
servilleta en la mano, y alargaban el pescuezo queriendo distinguir por
las ventanas del comedor aquellas islas ante las cuales iban a pasar de
largo y de las que hablaban todos como de una tierra de promisión.
Después del almuerzo, la gente tomó el café a toda prisa y los salones
quedaron abandonados, sonando en el vacío el abejorreo de los
ventiladores y los trinos de los canarios. Todos se amontonaban hacia la
proa, en las bordas de la cubierta, ansiosos de ver las islas. Empezaron
a marcarse en el horizonte las gibas obscuras y borrosas de unas
montañas emergiendo del mar. Cansados al poco rato de esta contemplación
monótona, muchos retrocedían. ¿No era más que aquello? Iba a transcurrir
una hora larga antes de que estuviesen frente a ellas. Además, el buque
pasaba muy lejos... Volvían al fumadero a continuar sus partidas de
-poker-, o formaban en la cubierta los corrillos habituales, hablando
tendidos en el sillón, hasta que el cabeceo de la somnolencia les hacía
levantarse titubeantes, camino del camarote, para continuar la siesta.
Ojeda y su compañero, acodados en la baranda, miraban con interés las
siluetas de las islas destacándose como nubes puntiagudas sobre el azul
sereno del horizonte.
--Hasta aquí llegó Colón--dijo Fernando--. El Almirante, que había
navegado siempre hacia Poniente, puso en el tercer viaje la proa al Sur,
buscando descubrir tierras nuevas por la parte del Austro. Pero más allá
de estas islas tuvo miedo, y torció el rumbo para seguir la ruta de
siempre. Le espantaron los calores del Ecuador; creyó que de seguir
hacia el Sur acabarían por arder sus naves. Tal vez influyeron en su
credulidad de visionario las leyendas de que rodeaba la pobre geografía
de entonces a la línea equinoccial.
Recordó después los incidentes de su tercer descubrimiento. Los rayos
del sol eran tan intensos, que el Almirante, según consignaba en sus
cartas, temió que incendiasen navíos y personas. Caían sobre la
escuadrilla frecuentes turbonadas, pero estas lluvias de pegajosa
tibieza sólo servían para hacer tolerable el calor durante unas horas.
Colón las acogió como un socorro providencial, creyendo que sin ellas
todos hubiesen perecido. Iba enfermo; le inquietaba la desaparición en
la línea del horizonte de los astros que guiaban a los navegantes en los
mares del hemisferio boreal, así como la aparición de otras estrellas
ignoradas que a cada singladura iban remontándose en el cielo.
Renacían en su memoria las opiniones de la época sobre la línea
equinoccial y lo que existía detrás de ella, doctrinas aprendidas en su
vagabundaje por los conventos y los puertos, conversando con hombres de
ciencia y navegantes.
Para muchos, en el hemisferio del Austro estaba el Paraíso terrenal. El
Ecuador, con sus calores irresistibles, era «el gladio o cuchillo ígneo
versátil» que había puesto Dios entre los hombres y el Paraíso para que
ninguno de los hijos de Adán pudiese volver a él. Los poetas de la
antigüedad y los Padres de la Iglesia acordábanse maravillosamente al
fantasear sobre esta parte del mundo absolutamente ignorada. Más allá
del Ecuador estaba la tierra llamada «Mesa del Sol», por la dulzura de
su clima y la generosa abundancia de sus productos. En ella vivían seres
felices que, al no tener que preocuparse de las necesidades de la
vida--pues la Naturaleza, pródiga, les ofrecía todo con exceso--,
dedicábanse al estudio de las causas naturales, y especialmente de la
astrología. Arim, la «ciudad de los filósofos», era el centro de la
«Mesa del Sol».
En esta parte de la tierra, por ser la más noble, había de estar
forzosamente el Paraíso. Los astros influían en nuestra existencia
poderosamente. Todo se desarrollaba en el suelo, no con arreglo a su
propia bondad, sino por «las nobles y felices influencias de las
estrellas que están sobre él», causa universal de vida. «A cielo noble
correspondía tierra nobilísima», y como las constelaciones del ignorado
hemisferio eran, según la ciencia de la época, «las mayores, más
resplandecientes, más nobles y perfectas, y por consiguiente de mayor
virtud, felicidad y eficacia que las de Aquilón», de aquí que bajo su
resplandor debía estar forzosamente la mejor de las tierras, o sea el
Paraíso.
La cabeza es la parte más noble de «todas las cosas naturales y
artificiales, la más adornada y de mejor hechura, de donde procede la
influencia a los otros miembros del cuerpo». ¿Y dónde estaba la cabeza
de la tierra?... En el ignorado Austro, en el Sur, como le ocurre al
árbol, que, aunque tiene la cabeza oculta abajo, no podría extender las
ramas, con sus frutos y pájaros, si esta cabeza dejase de enviarle su
nutrición y su fuerza. Y el fuego, fuente de vida, nacía en el Austro,
se engendraba en él, y una barrera de este fuego tendida circularmente
en el Ecuador impedía el paso de un hemisferio a otro.
El descubridor, alarmado por los insufribles calores que le salían al
encuentro, vio en ellos una confirmación indiscutible de las opiniones
de los hombres doctos de su época, y volvía la proa a Poniente, no
osando avanzar más en el temido Austro.
Una gran sorpresa le esperaba. El mundo no era redondo, como habían
creído Ptolomeo y otros. Podía ser esférico en el hemisferio boreal,
donde aquellos sabios habían hecho solamente sus estudios; pero este
otro hemisferio por cuyos límites navegaba él tenía la «forma de una
pera, que es redonda salvo allí donde tiene el pezón, que es más alto, o
la de una pelota con una teta de mujer puesta encima», y el extremo de
tal pezón era «la parte del mundo más propincua al cielo».
Los buques, al continuar hacia Poniente, aunque parecía que navegaban
por un océano llano e igual, subían y subían, siguiendo el lomo
ascendente de esta protuberancia del planeta. El Almirante reconoció
esta subida en la frescura del aire, cada vez más sensible según se
avanzaba al Oeste, aunque las naves siguiesen el mismo grado, y sobre
todo en las particularidades que ofrecían tierras y gentes. Así como el
descubridor se había ido aproximando a la línea ígnea del Ecuador, el
sol quemaba con más fuerza, las tierras estaban más calcinadas y los
habitantes eran más negros. En Cabo Verde y en Sierra Leona llegaban las
gentes a la más extrema negrura y las tierras parecían quemadas. Y sin
embargo, al poner proa al Oeste, siguiendo la misma latitud, refrescaba
el aire, y el Almirante encontraba en las costas de Venezuela la isla de
la Trinidad, «de temperancia suavísima--según sus escritos--, con
tierras y árboles muy verdes y hermosos, como en Abril las huertas de
Valencia, y la gente de muy linda estatura y casi blancos, más astutos y
de mayor ingenio que los negros, y no cobardes».
Todo esto era porque las tierras y las personas estaban más en alto, más
cerca de las buenas regiones del aire, en las laderas de aquel pezón
gigantesco que alteraba la redondez del hemisferio austral. Y la
hipótesis del Paraíso, cabeza de la tierra, situado en el noble Austro,
se convertía en certidumbre para el Almirante. En el vértice del pezón
estaba el antiguo lugar de delicias; y el Orinoco, que endulzaba el mar,
asombrando a los navegantes con su sábana inmensa, era uno de los cuatro
ríos que descendían del Paraíso.
Fernando y su amigo, que hablaban de estas fantasías del Almirante
paseando por la cubierta, se detuvieron ante las ventanas del gran
salón. La voz tenue del piano, tocado en sordina, atrajo la curiosidad
de Isidro.
--Mire usted, Fernando. La alemana, la mujer del director de orquesta,
que se aprovecha de que no hay gente en el salón. Cerca de ella está su
niño... ¿Qué toca? ¿Wagner?... No; eso lo conozco; es de Schubert: -El
rey de los álamos-. Vea cómo mueve la boca. Canta, pero no la oímos
bien... No; no se acerque: la vamos a espantar como el otro día...
Bueno; que le vaya a usted bien: mucha suerte.
Esto último lo dijo al ver que Ojeda, repentinamente, como si obedeciese
a una decisión anterior, se separaba de él. Desapareció por la puerta
de babor que daba entrada a los salones. Maltrana le vio pasar por entre
las mesas del jardín de invierno, ocupadas por unos cuantos pasajeros
dormitantes. Luego entró en el salón y fue a sentarse cerca del piano,
junto al pequeñuelo cabezudo, que contemplaba los grabados de un gran
volumen con aire reflexivo de persona mayor, arrullado por la música de
su madre. Ésta, al notar la presencia de un hombre que la escuchaba
fijos los ojos en ella, hizo un gesto de sorpresa y contrariedad, se
respingó, como si fuese a abandonar el piano, pero con súbita resolución
continuó en su asiento. Un ligero rubor coloreaba su palidez verdosa de
busto antiguo.
--¡Qué Ojeda!--murmuró Isidro mirando por los cristales--. Veremos en
qué viene a parar toda esta música.
Sintióse sin fuerzas para seguir paseando por la cubierta. El calor
había dispersado a las gentes. Todos gozaban la frescura de la siesta,
ligeros de ropa, en el interior de sus camarotes o en los encontrados
huracanes de los ventiladores del fumadero.
El buque cabeceaba perezosamente, con largos intervalos de calma, sobre
las extensas ondulaciones de un mar denso, centellante, enrojecido como
metal en fusión. Ni el más leve soplo agitaba las lonas de la cubierta,
tendidas de las barandas hasta el techo como un tabique rígido, obscuro
y ardiente.
Maltrana se dejó caer en uno de los varios sillones que ostentaban el
rótulo de «Doctor Zurita y familia», y allí quedó en agradable sopor,
sin saber ciertamente si estaba dormido o despierto. Oía sonar el piano
lejos, muy lejos, como una musiquilla de liliputienses. «Ahora es
Wagner--pensaba--; eso lo conozco: -Parsifal-, "El encanto del Viernes
Santo"... Ahora es Schubert: el "Quinteto de la Trucha". ¡Cosa
graciosa!... Ahora... ahora...» Y no pudo reconocer nada más, porque
dejó de oír la música.
Se hundía, se hundía en un agujero negro, acompañado por la melodía
tenue, que se iba adelgazando lo mismo que un hilo cada vez más tirante,
hasta romperse y ser devorada por el silencio.
De pronto volvió a la vida al sentir una mano en un hombro. Abrió los
ojos, y vio al doctor Zurita de pie ante él, con un puro en la boca
sonriéndole.
--Levántese, amigo y tome uno de hoja. Hoy no ha venido usted por el
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