Los argonautas
Vicente Blasco Ibáñez
LOS ARGONAUTAS
VICENTE BLASCO IBÁÑEZ
I
Al sentir un roce en el cuello, Fernando de Ojeda soltó la pluma y
levantó la cabeza. Una palmera enana movía detrás de él con balanceo
repentino sus anchas manos de múltiples y puntiagudos dedos. Para
evitarse este contacto avanzó el sillón de junco, pero no pudo seguir
escribiendo. Algo nuevo había ocurrido en torno de él mientras con el
pecho en el filo de la mesa y los ojos sobre los papeles huía lejos, muy
lejos, acompañado en esta fuga ideal por el leve crujido de la pluma.
Vio con el mismo aspecto exterior cosas y personas al salir de su
abstracción; pero una vida interna, ruidosa y móvil parecía haber nacido
en las cosas hasta entonces inanimadas, mientras la vida ordinaria
callaba y se encogía en las personas, como poseída de súbita timidez.
Sus ojos, fatigados por la escritura, huían de las ampollas eléctricas
del techo, inflamadas en plena tarde, para reposarse en los rectángulos
de las ventanas que encuadraban el azul grisáceo de un día de invierno.
La blancura de la madera laqueada temblaba con cierto reflejo húmedo que
parecía venir del exterior. Dos salones agrandados por la escasez de su
altura eran el campo visual de Ojeda. En el primero, donde estaba él,
mezclábase a la blancura uniforme de la decoración el verde charolado de
las palmeras de invernáculo, el verde pictórico de los enrejados de
madera tendidos de pilastra a pilastra y el verde amarillento y velludo
de unas parras artificiales, cuyas hojas parecían retazos de terciopelo.
Sillones de floreada cretona en torno de las mesas de bambú formaban
islas, a las que se acogían grupos de personas para embadurnar con
manteca y mermeladas el pan tostado, husmear el perfume del té o seguir
el burbujeo de las aguas minerales teñidas de jarabes y licores.
Camareros rubios de corta chaqueta azul y botones dorados pasaban con
la bandeja en alto por los canalizos de este archipiélago humano
sorteando los promontorios de los respaldos, los golfos y penínsulas
formados por las rodillas. Una vidriera, de pared a pared, formada de
pequeños cristales biselados, dejaba ver el salón inmediato, blanco
también, pero con adornos de oro. Los asientos tapizados de seda rosa,
igual a la que adornaba los planos de las paredes, estaban ocupados por
señoras. El ambiente era más limpio que en el jardín de invierno, donde
una atmósfera de humo de habano y tabaco oriental con perfume de opio
flotaba sobre las plantas. Más allá de estos corros femeninos en torno
de las mesas de té, media docena de músicos, uniformados lo mismo que
los camareros, agrupábanse sobre una tarima, alrededor de un piano de
cola. Sus cabezas rubias de germanos y los arcos de sus violines
destacábanse sobre los rectángulos luminosos de cuatro ventanas que
cerraban la perspectiva. Al otro lado de los cristales, ligeramente
turbios por la humedad exterior, movíase, pasando de una a otra ventana,
con lento balanceo, una especie de columna, esbelta, amarilla, de
invisible término, acompañándola fieles en este cambio de situación,
regular y acompasado como el de un péndulo, unas líneas negras y
oblicuas semejantes a cuerdas.
Todo estaba lo mismo que una hora antes, cuando el té humeaba en la taza
de Ojeda, ahora vacía, y blanqueaban sobre la mesa los pliegos,
cubiertos al presente de compactas líneas. Las personas cercanas a él
fumaban silenciosas o seguían sus conversaciones con lentitud
soñolienta. Del fondo del segundo salón llegaban, confundidos con risas
de mujeres y choque de bandejas, los tecleos del piano y los gemidos de
los violines; del techo, coloreado a la vez por el reflejo azul de la
tarde y el frío resplandor de las ampollas eléctricas, descendían
gorjeos de pájaros, como una evocación campestre que parecía animar la
artificial rigidez del jardín contrahecho. Por la parte exterior se
deslizaban de ventana en ventana los bustos de unos paseantes, siempre
los mismos, ocultándose para volver a aparecer con regularidad casi
mecánica; como si se moviesen en un espacio reducido, con los pasos
contados. Niños rubios, sostenidos por criadas cobrizas, adherían a los
cristales las rosadas ventosas de sus labios, empañándolos con círculos
de vaho, y agitaban las manecitas para saludar a las madres y hermanas
que estaban en los salones.
Algo nuevo había sobrevenido, sin embargo, mientras Ojeda escribía. Su
sillón, antes inmóvil, con sólida estabilidad, parecía agitado por
estremecimientos nerviosos, lo mismo que una bestia que jadea afirmada
sobre sus patas. La raza, como si la animase de pronto un alma
traviesa, iba a pequeños saltos, repiqueteando en su plato, de un
extremo a otro del velador. Unas jaulas de bronce pendientes del techo
empezaban a balancearse, y dentro de ellas saltaban los canarios, sin
dejar de cantar, buscando en el vaivén de su prisión un punto inmóvil.
Las cortinillas de las ventanas, sujetas por sus abrazaderas, agitábanse
bajo un soplo invisible. El suelo de mosaico, liso, unido, inerte a la
vista, parecía ondular como si por debajo de él mugiese un huracán. Al
sordo zumbido de la gente que ocupaba los dos salones uníase un retintín
continuo de platos, vidrios y maderas. Todo cantaba de pronto, como si
una vida extraña resucitase los objetos inanimados, haciéndolos
conversar con voces y golpeteos: el cuchillo contra el vaso, la cuchara
contra la botella, el sillón contra la mesa, la fosforera de loza contra
el búcaro de flores.
En un rincón del invernáculo, alineadas sobre un aparador, las cafeteras
y teteras parecían deliberar con la solemnidad de un consejo de
ancianos, chocando gravemente sus barrigas metálicas. Un cesto de lilas
blancas colocado en el centro de la pieza estremecíase como un montón de
nieve tocado por un remolino. Las paredes inmóviles, firmes, de un
espesor considerable a juzgar por los profundos quicios de puertas y
ventanas, estaban prontas a animarse igualmente a impulsos de esta vida
misteriosa. Permanecían en silencio, con la calma de las construcciones
que desafían a los siglos; pero Ojeda, viéndolas, se acordaba de ciertas
personas que aun estando calladas inspiran la certeza, no se sabe por
qué, de que tienen buena voz y aman el canto. Estas paredes blancas, que
parecían de una sola pieza, podían crujir también con internos roces,
uniendo sus crepitaciones y quejidos al concierto de los objetos.
Una puerta sin cerrar se movió por unos instantes como un abanico loco,
hasta que con un golpe igual a un pistoletazo avisó a los domésticos,
que corrieron a asegurarla. Y este estremecimiento de huracán invisible
parecía más extraño en el ambiente cerrado y bien calafateado de los
salones, cada vez más denso y tibio por la respiración de las gentes, el
humo de los cigarros y el vaho de las tazas. Los niños rubios habían
desaparecido de las ventanas; los paseantes, cada vez más escasos,
transitaban por el exterior con el busto inclinado, llevándose una mano
a la gorra y ladeando la cara para defender los ojos y las narices de
algo molesto; los velos femeniles crujían lo mismo que banderas o se
elevaban en espirales de color, manteniéndose rebeldes a las manos
enguantadas que pretendían aprisionarlos. Algunos que avanzaban
abombando el pecho con aire de reto y la cabeza descubierta sentían en
torno de su frente el trágico despeinamiento de Medusa: un llamear de
cabellos echados atrás, como si una fuerza invisible intentase
arrancarlos.
Transcurrían ahora largos espacios de tiempo sin que los vidrios
reflejasen el paso de una persona. Pero algo nuevo vino a asomarse a la
vez a todos ellos. Era una faja de color azul, mate y opaca, que
empezaba por marcarse levemente en el filo interior de las ventanas.
Luego subía y subía lentamente con la ascensión del agua que hierve,
hasta llenar la mitad del rectángulo de cristal; permanecía inmóvil un
momento, temblando en ella lejanos redondeles de espuma, ojos curiosos
que intentaban contemplar el interior de los salones, y poco después se
iniciaba su descenso con gran lentitud, cediendo el paso a la triste
claridad de una tarde sin sol. Y cuando las ventanas de un lado quedaban
libres de este testigo azul, las del lado opuesto estaban
invariablemente ocupadas por él.
Ojeda vio correr ante su mesa, con angustiosa premura, a una señora
pálida que se llevaba un pañuelo a la boca. Luego pasó tras ella,
apoyada en el brazo de un doméstico, una dama sexagenaria que hablaba en
portugués con voz doliente. Algunos de sus vecinos se levantaron,
deslizándose por la gran escalera con balaustres de tallada caoba, que
venía a terminar en la puerta del jardín de invierno. Abríanse grandes
claros en la concurrencia. Desaparecían las gentes con discreción, en
suave retirada, sin que se enterasen los demás de por dónde habían
escapado. La pequeña orquesta pareció adquirir mayor sonoridad al quedar
vacíos los salones: los instrumentos de cuerda lloraban como si
anunciasen una desgracia en la melancolía azul de la tarde. En torno de
las mesas languidecían las conversaciones. Muchos cerraban los ojos como
si les preocupasen tristes recuerdos. Dos puertas abiertas al mismo
tiempo dieron entrada por un instante a una manga de aire frío,
arrollador, cargado de humedad y emanaciones salitrosas, que hizo
arremolinarse flores y plantas y volar algunos papeles sobre las mesas.
Defendió Fernando los suyos entre ambas manos, y al restablecerse la
calma, se arrellanó en el sillón con un regodeo voluptuoso. Sentía el
orgullo de su salud, la certeza de que ésta no podía turbarse en medio
de la zozobra creciente que se revelaba en la tristeza de muchos ojos y
la palidez de muchos rostros. Era el placer egoísta del que contempla el
peligro ajeno desde un lugar seguro. Además, experimentaba una
satisfacción animal al apreciar su asiento mullido, el ambiente tibio,
las plantas y flores que le rodeaban. Así debían ser las grandes
alegrías de los esquimales, encogidos en su vivienda apestosa durante
el invierno, mientras afuera sopla el huracán y cae la nieve.
Aspiró el humo de su cigarro, llamó a un camarero para que se llevase el
servicio de té, que le molestaba con sus incesantes tintineos, y buscó
en los papeles el pliego interrumpido.
--¿Qué estaba yo escribiendo?...
Al murmurar acariciábase el bigote con el cabo del estilógrafo, mientras
sus ojos recorrían las páginas emborronadas para restablecer la ilación
de sus ideas. Olvidóse instantáneamente del lugar dónde estaba; pasó de
golpe a un mundo distinto, un mundo sólo de él, que parecía latir en los
pliegos ennegrecidos por su escritura. A impulsos del deseo avanzaba por
éstos, releyendo su pensamiento como si fuese de otro, encontrando una
deleitación melancólica y dolorosa al unirse de nuevo con sus recuerdos.
En Lisboa sólo pude escribirte unas líneas en una postal. Me faltó
el tiempo. El tren llegó con retraso; luego el registro de los
equipajes en la Aduana y el trasatlántico que estaba ya fondeado en
el río, mugiendo a cada instante como el que no quiere esperar. ¡Y
yo que soy tan torpe para los menesteres vulgares de la vida!...
Recuerda cuántas veces te has reído de mi inutilidad en nuestros
viajes... Nuestros viajes ¡ay! tan lejanos, ¡tan lejanos! que no sé
cuándo volverán a repetirse... Por fortuna, encontré en el tren a
un compañero: un tal Isidro Maltrana, tipo curioso, al que conocí
vagamente en mis tiempos de bohemia heroica, y que va, como yo, a
Buenos Aires. La identidad de nuestros destinos nos ha hecho
intimar rápidamente. Hace unas sesenta horas que estamos juntos, y
no parece sino que hemos andado apareados toda la vida. Él dice que
quiere ser mi secretario, o más bien, mi escudero, en esta aventura
estupenda que acabo de emprender. En Lisboa entró en funciones,
encargándose de las tareas enojosas del embarque... Pero ¿por qué
te cuento esto? Tal vez por distraerme, por engañarme, por miedo a
evocar los recuerdos de nuestro último día, que aún parecen
envolverme como esos perfumes intensos y tenaces que nos siguen a
todas partes. ¡El domingo pasado! ¿Te acuerdas?, ¿te acuerdas?...
Sólo han transcurrido tres días: aún me parece sentir en mis manos
el contacto de tus cabellos; aún escucho tu voz; aún veo tus ojos.
Te respiro en esta soledad. Llevo en el bolsillo, sobre mi pecho,
tu último pañuelo. Vienes conmigo... ¡Y estamos ya tan lejos el uno
del otro!...
Ojeda cesó de leer unos momentos, conmovido por sus propias palabras.
Frases vulgares, de una frivolidad antigua como el mundo: todos los
enamorados dicen lo mismo. Tal vez aquellos camareros de chaqueta azul
escribían en su idioma los mismos conceptos a las -fraulein- rubias de
Hamburgo y de Brema. Pero el amor es como la muerte y como todos los
grandes accidentes de la existencia. En otros parece regular, ordinario,
sin que merezca atención; pero cuando se experimenta en la propia
persona adquiere las proporciones inauditas de uno de esos
acontecimientos que deben influir en la suerte del mundo.
Para él había ocurrido tres días antes en Madrid, al anochecer de un
domingo, un suceso enorme, igual a los que cambian el curso de la
humanidad o el aspecto del planeta. Y convencido de esto, quería abarcar
con la pluma la grandeza infinita de su desolación.
Aparentábamos serenidad, confianza en el porvenir, certeza de
volver a vernos; pero de pronto nos fue imposible fingir por más
tiempo, y había lágrimas en nuestros ojos y en nuestra voz... Y sin
embargo, este dolor casi no era nada; había en él más preocupación
que realidad. Aún podíamos vernos; aún podíamos hablarnos.
Llorábamos como se llora en la casa de un muerto cuando está
todavía de cuerpo presente. El dolor parece anestesiado por el
aturdimiento de la catástrofe; hay todavía una realidad que sirve
de consuelo; queda aún el cuerpo ante la vista: se llora más por el
futuro que por el presente. Lo terrible es cuando se lo llevan, y
no queda nada y hay que abrazarse para siempre al recuerdo... Yo me
consideraba el otro día, al separarme de ti, el más infeliz de los
hombres, y ahora pienso con envidia en aquellos instantes. ¡Te veía
aún!... Y ahora cada momento que transcurre me aleja más de ti;
cada vuelta de las hélices establece una separación mayor entre
nosotros; un minuto representa centenares de metros; una hora una
distancia enorme, que no podríamos salvarla en un día aunque
marchásemos apoyados el uno en el otro, mirándonos en los ojos,
olvidados del mundo. Nuestros cielos van a ser distintos; nuestras
estrellas serán otras: cuando tú vivas en los esplendores de la
primavera, yo sentiré los fríos del invierno; cuando tú despiertes
como una alondra, con el sol que entrará por tus balcones, yo
gemiré en medio de la noche murmurando tu nombre... ¡Y será en
vano! La desesperante extensión de una mitad del planeta va a
interponerse entre nosotros... ¡Ay! ¡quién me devolverá tus ojos
amados de reflejos de oro, tus brazos suaves de blancura de hostia,
tu voz ceceante de infantil arrullo, tu boca de lacre, tu pecho
neumático, cojín de ensueños y de olvido!...
Evocaba en su memoria, con el relieve de las cosas vivientes, su último
día en Madrid... Una gran mancha roja temblaba sobre el empapelado de
una pared: era el reflejo de incendio del carbón amontonado en la
chimenea, única luz del dormitorio. Y sobre el fondo rojo, parpadeante,
una sombra horizontal, de contornos humanos. Ojeda conocía bien las
líneas de este cuerpo: era ella, pegada a él, bajo las cubiertas de la
cama, empequeñecida, humilde por el dolor de una desesperación
silenciosa. Él también permanecía callado, con la nuca en las almohadas;
percibiendo entre sus brazos el dulce contacto de unas espaldas sedosas
revueltas en blondas; sintiendo en un hombro la leve pesadumbre de su
cabeza, que parecía querer ocultarse, hundirse. Una caricia húmeda
refrescaba su cuello: tal vez era el contacto de su boca abandonada; tal
vez eran lágrimas. Y los dos permanecían en dolorosa inmovilidad,
temiendo que sus ojos se encontrasen, evitando una palabra que hiciese
estallar la callada pena; pero los dos, al fingir esta indiferencia
heroica, se adivinaban mutuamente.
Sus caricias habían sido tristes, desesperadas; algo semejante--pensaba
Ojeda--a los amores de un condenado a muerte en vísperas del suplicio.
El goce animal les había hecho olvidar la realidad por algún tiempo;
pero al sobrevenir el cansancio y la hartura, los dos experimentaban la
misma decepción del enfermo que ve reaparecer sus dolores luego de un
paliativo con el que creía sanar para siempre... ¡Y no había más! ¡Y la
hora terrible estaba más próxima que antes!...
Al través de los balcones cerrados llegaban los ruidos de la estrecha
calle popular. Un vendedor pregonaba patatas asadas, llamándolas
"chuletas de huerta", con melancólico quejido, como si cantase una
desgracia. Ojeda le saludó mentalmente, con cierta emoción, y pensó que
tal vez hacía ella lo mismo. Nunca le habían visto; no sabían
ciertamente si era un hombre, un niño o una vieja, pero durante cuatro
años le oían todas las tardes de cita amorosa, siempre a la misma hora,
sirviéndoles su grito de aviso cronométrico. Seguramente eran las seis y
media. ¡Adiós!, ¡adiós! ¡Cuándo volverían a oírle!... Luego pasó un
tropel de chicuelos voceando los periódicos de la tarde, con la reseña
de la corrida de toros. Un piano de manubrio rompió a tocar, en medio de
la calle, un vals de opereta vienesa, con apresurado tecleo y
acompañamiento de timbres. Se oía la voz del organillero pidiendo a
gritos que «le echasen algo» de los balcones. Cuando callaba el piano
venía de lejos un runruneo de guitarra con choque de castañuelas y
férreo retintín de triángulo. Una voz bravía de cantor nómada entonaba
una jota, venerable música del terruño, miedosa de aventurarse en el
centro de Madrid y que se extingue lentamente en el refugio de los
barrios populares. Igualmente les había visitado muchas tardes este
canto medieval, evocando en el cerrado dormitorio un recuerdo de
excursiones en automóvil por las altiplanicies de Castilla: una visión
de llanuras de rastrojo con hilos de agua bordeados de álamos; cubos de
fortaleza sosteniéndose erguidos entre montones de ruinas; pueblos de
color pardo; torres de iglesia con nidos de cigüeñas en el remate.
¡Adiós! ¡También adiós!
De pronto, un sonido metálico, de mística vibración, suave como la voz
de una mujer, cortó el aire, envolviendo los ruidos de la calle. Era
para Ojeda la más amada de todas las visitas invisibles que venían a
buscarles en su encierro amoroso.
--La campana de don Miguel--murmuró tristemente una boca junto a su
cuello.
Sí; la campana de don Miguel, la que todas las tardes les avisaba el
momento de sacudir la dulce pereza, de levantarse y comenzar los
preparativos de partida... «Don Miguel» era Cervantes, y la campana la
de un convento inmediato donde aquél había sido enterrado. Nadie conocía
su tumba. Sus huesos se pulverizaban revueltos con los de los
sacristanes y antiguos vecinos del barrio; pero era indiscutible que
allí habían dado tierra a su cadáver, y esto bastaba para Fernando. Y
desconociendo la personalidad del convento y de sus habitantes
femeninos, la campana de las pobres monjas era siempre para los dos
amantes «la campana de don Miguel».
Sentían gran satisfacción y hasta orgullo ingiriendo en sus ocultos
amores el recuerdo del famoso hidalgo. Ojeda, que era poeta, había
decidido tomar aquella casa, para sus encuentros amorosos, sólo por la
vecindad del convento. Además, este barrio popular y sucio había sido el
de los grandes autores del Siglo de Oro, el llamado «barrio de los
poetas». En el espacio ocupado por tres calles pequeñas habían vivido
casi a un tiempo los hombres más célebres de la literatura castellana.
Cuando al cerrar la noche salía Fernando, sintiendo en su brazo el brazo
de la amante y en la muñeca el dulce cosquilleo de sus dedos juguetones,
deteníase algunas veces en la angosta acera antes de ganar las calles
amplias del centro de la ciudad. «Ésta era la casa de Lope de Vega...»
Ésta no; era otra que ocupaba el mismo sitio y tenía un huerto, y en
él, a la sombra de contados árboles, escribía aquel trabajador
portentoso comedias a centenares y versos a millones... Vestía la
sotana; pero llevaba bajo de ella, por la noche, su buena espada de
Toledo para poner en fuga a los enemigos que le salían al encuentro.
Galante y desalmado en su juventud, como don Juan, habíase acogido,
viendo próxima la vejez, al seguro de la Iglesia para decir su misa
entre un acto terminado de escribir y otro que empezaba a versificar.
Las hojas secas de su huerto crujían bajo las amplias sayas de
pizpiretas comediantas que venían en busca de madrigales improvisados
por el maestro a puerta cerrada. Y en una casa próxima había vivido
Quevedo, y más allá otros poetas de menos renombre...
El respeto del viajero por las ruinas «donde ha ocurrido algo» sentíalo
Ojeda al pasar por estas calles angostas, con el pavimento desigual
cubierto de suciedades, grupos de chicuelos jugando «al toro» en las
esquinas, comadres sentadas ante las puertas, por las que se esparcían
vahos de puchero pobre, y balcones que goteaban una humedad de ropa
vieja puesta a secar. Por estos mismos lugares había pasado también,
siglos antes, un sacerdote de alta frente remangándose la sotana en los
charcos y llevándose la otra mano a los bigotes y la perilla con gesto
de antiguo soldado. Era don Pedro Calderón. Las procesiones del barrio
habían visto formar muchas veces en ellas a un anciano enjuto, de
barbillas blancas, tartamudo, con una mano mutilada, el hidalgo
Cervantes, veterano de guerras famosas, que aguardaba la hora de la
muerte con melancólica resignación sin otro título que el de «Esclavo de
la Hermandad del Santo Sacramento».
--¡La campana de don Miguel!--repitió una voz junto a Ojeda--.Hay que
tener resolución... ¡Arriba!
Y entre el revoloteo de las cubiertas repelidas, pasó sobre él un cuerpo
de satinados y firmes contactos. La vio de pie ante la chimenea,
envuelta en fulgores de horno que inflamaban con tono arrebolado las
nacaradas blancuras de su desnudez. Protestó, como siempre, al notar que
el amante, incorporándose en la cama, buscaba el conmutador eléctrico.
Nada de luz: ella gustaba de comenzar sus arreglos al fulgor de la
chimenea. Más adelante podría encender. Y vagó por la habitación,
buscando de mueble en mueble las piezas de ropa esparcidas al azar en la
locura pasional del primer momento. Pasaba del resplandor de la chimenea
a los rincones de sombra, preocupada con estas rebuscas, mostrando, en
su impúdica distracción, al agacharse y erguirse, las más recónditas
intimidades. Cada vez que tornaba al círculo de luz, una nueva prenda
cubría su cuerpo.
Fernando la seguía con su vista desde el fondo del lecho, iluminada
inferiormente de rojo y con el busto perdido en la penumbra. Bregaba
jadeante y frunciendo el ceño con la angostura del corsé, que se
resistía a encerrarla en su molde. Siempre ocurría lo mismo: su cuerpo,
después de los supremos espasmos, parecía dilatarse en el reposo de la
más noble de las fatigas. La veía encerrada en un medallón de seda,
vestido interior impuesto por la estrechez de los trajes de moda, con
cierto aire masculino y gracioso de doncel medieval, agitando sus
crenchas cortas de gruesos bucles negros, su pelo verdadero, libre de
los postizos del peinado, que esperaban sobre el mármol de la chimenea
el momento del acople. La dama elegante, de gesto altivo e irónico,
tomaba en la intimidad un aspecto de paje.
Después él se veía de pie, yendo hacia ella, con la voz ronca y temblona
de emoción. «¡Paje adorado!... ¡Y no verte más! ¡Perderte dentro de
poco!...»
Pero la amante, arreglándose el pelo ante el espejo, hablaba con una
frialdad fingida, temblándole la voz. «Vístete... Vámonos pronto. ¡Y
pensar que una noche como ésta tengo que ir con tía al Real!... ¡Qué
rabia!»
Un estrépito de metales golpeados arrancó a Ojeda de su ensimismamiento.
Esta impresión le hizo temblar, mientras su memoria retrogradaba al
presente.
De nuevo se encontró en el invernáculo, ante los pliegos de la carta
empezada. Los camareros recogían del suelo las teteras y bandejas,
inmóviles poco antes sobre un aparador. El movimiento de las cosas era
cada vez más violento. Casi toda la gente había desaparecido mientras
soñaba Fernando con los ojos entornados. Algunos sillones mecíanse
solos, como si quisieran juguetear entre ellos al verse sin ocupación;
las mesas, abandonadas, crujían ladeándose lo mismo que en las
evocaciones de espíritus. Sólo quedaba en las ventanas un débil
resplandor lívido: la luz eléctrica descendía conquistadora de los
techos, invadiendo hasta los últimos rincones. En el salón de lujo,
algunas señoras pelirrubias, de mejillas rojas, hacían labores, o con
las gafas caladas leían periódicos ilustrados. La música continuaba
sonando imperturbable para ellas y los camareros.
Quiso arrancarse Fernando este paladeo de recuerdos melancólicos. «¡A
escribir!» Necesitaba terminar la carta, pues al amanecer del día
siguiente llegarían a puerto... Pero la música le retuvo, paralizando su
voluntad con la vibración de algo conocido. ¿Qué cantaba el
violoncelo?... Vio de pronto, como trazada en el aire por los sones
graves de dicho instrumento, la varonil figura de Wolfram de Eschembach,
el noble trovador consejero de Tannhauser el maldito, y su imaginación
puso palabras al canto melancólico de las cuerdas. «¡Oh tú, mi dulce
estrella de la tarde, que lanzas desde el fondo del cielo tu suave
resplandor!...» El wagneriano canto le hizo recordar otra estrella
aparecida en un momento doloroso de su existencia, y de nuevo olvidó el
presente y quedó inmóvil en su asiento, como un cuerpo sin alma, como un
fakir en rígida meditación, en torno del cual crecen las lianas y se
enroscan las serpientes mientras su espíritu vive a miles de leguas.
Se vio en una calle mal alumbrada, levantándose el cuello del gabán
mientras ella se estremecía en su abrigo de pieles. Les hacía temblar el
brusco tránsito del dormitorio caldeado al vientecillo glacial del
anochecer. Salieron de la casa con cierto encogimiento, sin atreverse a
mirar los muebles y los cuadros, modesta decoración reunida al azar
cuatro años antes. Guardaban demasiados recuerdos para ser contemplados
con indiferencia, y ellos se habían propuesto mantener hasta el último
momento su fingida serenidad. Ojeda dio unos duros a la portera, que les
salía al paso arrebujada en un mantón para abrir los cristales del
zaguán. La adelantaba la propina del próximo mes.
--¡Que Dios se lo pague, señoritos! Tápense bien, que hace mucho frío...
¡Hasta mañana, señoritos!
Fernando se conmovió con las palabras de la buena mujer. ¡Cuándo sería
ese mañana!... Mañana vendría su viejo criado a levantar la casa, a
llevarse aquellos muebles que él le regalaba para evitar la profanación
de una venta.
Ella, al dar algunos pasos en la calle, se detuvo y ordenó
imperiosamente:
--¡Escupe!...
¿Por qué?... Pasada la sorpresa, él obedeció. Recordaba que en todos sus
viajes, cada vez que se creían felices en un lugar, formulaba su amante
el mismo deseo. «Escupe para que volvamos.» Equivalía a dejar algo de
sus personas que alguna vez había de atraerlos irresistiblemente. Hizo
lo mismo ella, y súbitamente tranquilizada se agarró de su brazo. Los
menudos pies, montados en altos tacones, vacilaban doloridos cada vez
que descendían de la acera al arroyo empedrado con guijarros desiguales.
Por esto se apoyaba con fuerza en Ojeda, haciéndole sentir del hombro a
la rodilla el adorable y firme contacto de su cuerpo.
--Volverás, Fernando--murmuraba--. Se lo he pedido... a quién tú sabes,
y así será. Tú te ríes de estas cosas, tú eres un impío, pero para eso
estoy yo: para pedir por ti y que salgas en bien de esta aventura que se
te ha metido en la cabeza.
¿Volver a Madrid?... Ojeda recordaba las palabras de su amante cuando al
empezar la tarde se habían juntado. Ya que él se iba en la misma noche,
ella saldría para París dos días después.
--¡Y así lo haré!--afirmaba la mujer--. ¡Oh, Madrid! ¡cómo lo odio! ¡qué
horror quedarme aquí para siempre!... Y bien mirado, lo que temo es
vivir en él... sin ti... ¡Pobrecito Madrid! ¡Yo que lo quiero tanto! ¡yo
que te he conocido viviendo en él!... Pero no, no podría estar aquí una
semana más. Te vería por todos lados; cada calle nos guarda un recuerdo.
No; decididamente... lo detesto. Pero tú volverás, dime que volverás
pronto. Piensa que has escupido para volver, y eso es importante. No
vendrás aquí mismo... conforme... Pero volverás a Europa. ¡Y esto es
Europa, Fernando!... Nos juntaremos en París, y si no en Suiza... o si
te parece mejor en Italia, o tal vez en Atenas o El Cairo. Todo lo
conocemos. ¡Hemos sido felices en tantos lugares!... Pero dime cuándo
vas a volver. ¡Dímelo cierto!... ¡no me engañes!
El rostro de Fernando se crispó con una risa dolorosa. ¡Volver! Aún no
había emprendido el viaje y al término de él le aguardaba lo
desconocido, con sus aventuras y misterios. Volvería pronto; cuando más,
tardaría un año. ¡Palabra!
--¡Un año!...--murmuró ella--. ¡Maldito dinero!
Pasaban ante el convento y tuvieron que bajar de la acera cediendo el
paso a unas devotas enmantilladas de negro que se dirigían a la iglesia.
Ojeda inclinó la cabeza. «¡Adiós, don Miguel!» Se despedía mentalmente
del ilustre vecino. Aquél había sido un hombre completo, un hombre
representativo de su época: soldado de mar y tierra, cautivo rebelde,
héroe ignorado, creyente y mujeriego, adulador sin éxito de nobles y
ricos. Sólo había faltado en la vida intensa del gran hidalgo el
embarque para las Indias.
En las calles en cuesta que descendían a la Carrera de San Jerónimo,
unos terrenos sin edificar dejaban abierto un ancho espacio de cielo
entre las casas. Los ojos de los dos se fijaron al mismo tiempo en una
estrella que resaltaba sobre las otras con brillo extraordinario. Él,
volviendo la mirada hacia su compañera, creyó ver el reflejo del astro,
como un punto de luz, en el temblor de una lágrima. A través del velillo
del sombrero columbraba su pálido perfil, empequeñecido por un gesto de
dolorosa timidez, los labios apretados, las alillas de la nariz
dilatadas por la angustia, una raya profunda entre las cejas: la arruga
vertical que anunciaba siempre sus preocupaciones y sus enfados.
--Oye, y no te burles--dijo ella rompiendo el silencio--. Quería pedirte
que cuando estés allá y te acuerdes un poco de mí contemples a esta
misma hora esa estrella. Lo pensé anoche... lo he pensado todas estas
noches. Tú la mirarás acordándote de mí, y yo la miraré al mismo tiempo.
Será como en las novelas... ¡y quien sabe si algo de nosotros llegará a
encontrarse! ¡Hay en el mundo cosas tan misteriosas!...
Lo decía con acento de desesperada humildad, como un condenado a muerte
que se acoge a la más absurda esperanza, y Ojeda, después de
contestarle, se arrepintió de su franqueza ¡Pobre María Teresa! Cuando
ella contemplase la estrella al anochecer, él estaría viendo el sol de
las primeras horas de la tarde. Y aunque para los dos fuese de noche al
mismo tiempo, ¡quién sabe si luciría sobre sus cabezas el mismo
astro!... Cada hemisferio de la tierra tiene su cielo y sus
constelaciones.
Ella bajó la frente, anonadada. «¡Tan lejos! ¡tan lejos!...» Con voz
queda siguió haciendo preguntas, curiosa por conocer la distancia que
iba a separarlos y atemorizada al mismo tiempo por su magnitud. ¿Y era
cierto que una carta tardaría cerca de un mes en establecer la
comunicación entre sus pensamientos? ¿Y transcurriría un espacio de
tiempo igual para obtener la respuesta?... Ellos que se habían creído
infelices cuando en sus cortas separaciones, viviendo el uno en Madrid y
el otro en París, pasaban dos días sin noticias.
--Óyeme bien--dijo acortando el paso y fijando sus ojos en los de
Fernando con imperiosa resolución--. No quiero que te vayas. ¡No te
irás, no debes irte!... Me dice el corazón que va a ocurrir algo malo.
Golpeaba el suelo con un pie; apretaba convulsivamente con su garrita
enguantada una muñeca de Ojeda, como si temiese verlo desaparecer.
Él tuvo un movimiento de impaciencia. ¡Quedarse!... Era imposible, le
aguardaban allá. ¿Cómo podía ocurrírsele esto en el último momento?...
Además, nada adelantarían con tal resolución. Unas horas de felicidad
con la esperanza de que no iban a separarse, y luego, al día siguiente,
las mismas exigencias que le obligarían a partir, la misma necesidad de
rehacer su vida.
--No, Teri; tú sabes que debo marcharme. Tú misma me lo aconsejaste; te
pareció bien que fuese como un valiente a la conquista de la fortuna.
Hace un mes que hablamos del viaje con relativa tranquilidad, y ahora...
ahora te opones como una niña. Valor; mírame a mí. ¿Crees que no sufro
como tú?...
Pero ella bajaba la cabeza con obstinación. Habían hablado del viaje
durante un mes tranquilamente porque todavía estaba lejos. Confiaba...
sin saber en qué: no quería pensar. Era algo como la muerte, que todos
sabemos que vendrá a su hora; pero la vemos tan lejos... ¡tan lejos!...
Guardaba cierta calma cuando el viaje era sólo un motivo de
conversación; pero ahora era una realidad, un hecho que iba a ocurrir
dentro de unas horas, y no podía resignarse.
--Y no te veré, Fernando; ¡piénsalo bien! No te veré, y pasarán días,
semanas, meses, ¡quién sabe si años!... Y tú tampoco me verás, y sólo
habrá entre nosotros pedazos de papel en los que intentaremos poner el
alma y sólo pondremos letras. ¡Señor! ¡Terminar así... tal vez para
siempre, cuando hemos pasado cuatro años juntos, creyendo morir si
transcurrían unas semanas sin vernos!...
Estaban en la Carrera de San Jerónimo, marchando en dirección contraria
a la gran corriente de gentío que remontaba la calle hacia el interior
de la ciudad. Las familias burguesas, endomingadas, llevaban blanqueados
los zapatos por el polvo de los paseos. Grupos de hombres comentaban con
enérgica gesticulación los incidentes de la corrida de novillos de
aquella tarde. Mujeres del pueblo, tirando de la mano de sus pequeños,
seguían al marido, que iba con la capa caída, la gorra ladeada y los
ojos brillantes, canturreando todos algún coro de la zarzuela de moda.
Venían de merendar en las Ventas y paladeaban la última alegría del vino
barato, la tortilla de escabeche y la contemplación del mísero paisaje
de las afueras, más abundante en techos de cinc, polvo y pianos de
manubrio que en aguas y árboles.
--¡Qué rabia me da esta gente!--decía Teri mirándolos con hostilidad y
evitando su contacto--. No, rabia no; ¡pobrecitos! Tal vez envidia...
¡Pensar que ellos se quedan y que tú te vas!... Son más dichosos que
nosotros: vivirán aquí, donde tan felices hemos sido.
Luego añadió, con un acento de infantil ligereza que contrastaba con su
máscara trágica y el brillo lunar de sus ojos:
--Mira, en vez de irte a América, de escribir versos y todas esas
ambiciones de judío que te vienen de pronto por ganar dinero debías ser
uno de éstos; albañil, por ejemplo: no, albañil no; podías caerte de un
andamio, ¡pobrecito mío!... Carpintero; eso es; o ebanista... Ebanista
mejor. Y estarías de lo más guapo con tu capa y tu gorra; y yo con
mantón y moño alto, lleno de peinetas. Y ahora nos iríamos a nuestro
barrio cogiditos del brazo; no como vamos, sino más alegres, y mañana de
buena mañana, tú al taller y yo a buscar a mi hombre a mediodía con la
cestita llena, y comeríamos juntos en un banco de paseo o al borde de
una acera... Y mi hombre, como es buen mozo, seguramente que gustaría a
otras, y yo me pelearía con ellas y les arrancaría el moño... Di, ¿no me
crees capaz de reñir por ti, para que no se te lleve otra?... Pero el
mundo está mal arreglado. ¡Y pensar que estas pobres gentes tal vez nos
envidien a nosotros!... ¡A ti, que te vas sin saber por qué ni para qué!
¡A mí, que seguramente voy a morir!... No hay justicia, Señor, ni pizca
de justicia.
Este deseo de vida popular transformó repentinamente sus ademanes y su
lenguaje.
--¡Dinero cochino!... ¡dinero indecente! El tiene la culpa de todo lo
que nos pasa. Por él te vas tú y me quedo yo muerta de pena. ¡Pero
Señor! ¿no podría ser ese dinero canalla como el sol, como el aire, que
es de todos y para todos? Las mujeres no entendemos de muchas cosas,
pero yo creo que así debía arreglarse el mundo para que las gentes
fuesen felices... Y si no puede ser así, que lo supriman al muy
ladrón... No, no hables; no me irrites con tus palabrotas de sabio; no
me hagas la contra, mira que estoy muy nerviosa. Di conmigo: «¡Muera el
dinero!».
Y como si con estas palabras hubiese desahogado toda su indignación,
añadió mansamente:
--El caso es que hago mal en insultar a ese bandido. Huye de nosotros,
pero él volverá; volverá pronto y seremos felices. Deja que se termine
mi pleito con los hijos de mi marido; va a ser de un momento a otro y
acabará bien, todos me lo dicen. Entonces no llevaré esta vida de
pobreza disimulada, de bohemia elegante; no tendré que ceñirme a mi
viudedad y a los regalos de mi tía; y seré rica y tú no sufrirás más, no
trabajarás, pues te mantendré yo... ¡yo!, ¡tu María Teresa, que será tu
mujercita!
Sintió cómo el brazo de Ojeda se estremecía bajo su mano; cómo su
cuerpo, pegado a ella en el ritmo de la marcha, parecía repelerla con
sobresalto.
--No vayas a empezar como siempre, Fernando. Mira que no lo sufro... Sí
señor, te mantendré; será mi mayor gloria. Tú te marchas por mí, por
hacerte rico, por rodearme de lujos y comodidades, y vas ¡pobrecito mío!
como un soldado va a la guerra, a sufrir, a matarte de fatiga. ¿Y no
quieres que si yo llego a ser rica te dé lo mío?... ¡A callar! Ya sabes
que no te aguanto cuando te pones tonto con tus caballerías... Sí señor,
te mantendré, te guardaré como un pájaro en su jaula, y harás versos o
no harás nada. Cumplirás conmigo sólo con quererme mucho. Y yo me daré
el gusto de sostener a mi hombre, de regalarlo y mimarlo, de preocuparme
con sus cosas y llevarlo hecho siempre un brazo de mar. Serás mi chulo;
serás mi «socio», como dicen las de los barrios bajos... A veces me
acuerdo de algunas vendedoras que he visto en la plaza de la Cebada, con
sus enaguas muy almidonadas y sus buenos pendientes de oro. Ellas
venden, trabajan, manejan el dinero, y el hombrecito está a sus espaldas
sin hacer otra cosa que proporcionar a la razón social su autoridad de
macho o guardar el puesto cuando la socia se ausenta. ¡Qué delicia! Así
te quisiera yo. ¡Todo lo mío para ti!... Mi chulo rico, déjame soñar.
Déjame forjarme ilusiones. No me contradigas. No me gustas cuando te
pones tan digno, tan caballeresco. Más te querría si fueses ladrón; me
parecerías más interesante... ¡Ay!, ¡me siento tan triste!... ¡tan
triste!
Estaban ahora en el Salón del Prado, alejados del movimiento de la gran
calle, caminando entre macizos de verdura, por una avenida solitaria en
cuyo suelo trazaban los focos de luz grandes redondeles blancos.
Callaba María Teresa, como si la excitación de su falsa alegría hubiese
cesado de golpe al ponerse en contacto con esta soledad. Apretó más
fuertemente el brazo de Fernando, y rozándole el rostro con el ala de su
sombrero, murmuró:
--Di, ¿y si me fuese contigo?...
Era una súplica, un murmullo tímido, la petición que se considera
imposible, pero se formula como última esperanza.
Ojeda sonrió tristemente. ¡Partir juntos!... Una felicidad que había
pensado muchas veces; pero él ignoraba cuál iba a ser su vida allá.
Seguramente de penalidades y miserias sin cuento. ¡Y ella, criatura de
lujo, acostumbrada a las comodidades del dinero, quería seguirle en su
incierta aventura!... No; estas resoluciones extremas únicamente son
aceptables en el teatro. La vida tiene otras exigencias. Es posible el
sacrificio como algo momentáneo, heroico, que sólo puede durar poco
tiempo: ¡pero el sacrificio por toda una existencia!...
--Recuerda, Teri, tu frase habitual: «La vida es la vida». Hay que darla
lo que es suyo. Vendrías conmigo valerosamente, y a los primeros pasos
la escasez de dinero, la falta de consideración de las gentes, el
escándalo que dejaríamos a nuestras espaldas, la pérdida de los
intereses que estás defendiendo, se encargarían de demostrarnos nuestra
locura. Y tú callarías porque me quieres, y lo soportarías todo con
resignación; lo creo; te conozco bien... ¡Pero el remordimiento de haber
accedido yo a tu locura! ¡La tristeza de no haberme opuesto con mi
experiencia de hombre! ¡El miedo de adivinar en una palabra tuya, en una
mirada, la lamentación del pasado! Entonces sería cuando nos
perderíamos para siempre. No; mejor es separarnos ahora. Yo volveré
pronto, te lo juro. ¡Y quién sabe!... Tú vendrás allá... más adelante:
cuando yo sepa cuál puede ser mi suerte.
Ella se soltó bruscamente de su brazo, anduvo algunos pasos titubeante,
y casi se desplomó sobre un banco. Su diestra, oprimiendo un minúsculo
pañuelo, pasó entre el velillo y el rostro para cubrirse los ojos.
Lloraba; lloraba silenciosamente, sin estremecimientos ni hipos de
dolor, como si su llanto fuese una función natural largamente
contrariada. Por fin se abría paso la desesperación, adormecida toda la
tarde, engañada por los momentos de olvido voluptuoso. Y las lágrimas
sucedían a las lágrimas, trazando luminosas tortuosidades sobre el fondo
mate de su cutis. Al alzarse el velo para enjugarlas, Ojeda vio un
triángulo de arrugas en las comisuras de sus ojos, un cerco de negrura
cadavérica en torno de ellos. La nariz parecía más afilada, a boca más
profunda: era una mujer distinta a la que media hora antes buscaba sus
ropas a la luz de la chimenea. Diez años habían caído de golpe sobre su
cabeza. Su faz parecía arañada por el cansancio y la pena.
Fernando suplicó como un niño atemorizado. ¡Valor! Debía sobreponerse a
sus emociones. Teri era valiente cuando quería.
--Te vas--gimió ella, sin escucharle--. Ahora me convenzo. Hasta este
instante no había visto claro. Es cierto que te vas. ¡Y no hay
remedio!... ¡Qué cosa tan horrible!
Así permanecieron mucho tiempo: María Teresa, apoyada en el respaldo del
banco, con una mano en el rostro y la otra perdida en el manguito;
Fernando de pie, intentando infundirla valor con palabras incoherentes.
Los dos temblaban de frío sin darse cuenta de ello, estremecidos por el
viento glacial que hacía oscilar los focos de luz. El dolor los mantenía
como alejados de sus cuerpos, sordos a sus sensaciones, insensibles a
toda impresión externa.
Avanzaban lentamente, por una calle inmediata al paseo, las rojas
linternas de un coche de alquiler.
--Llámalo--dijo ella con resolución, incorporándose--. Acabemos pronto;
esto no puede durar más tiempo... Mejor que nos separemos aquí.
Él asintió con la cabeza. Sí; mejor sería. ¡Para qué prolongar este
martirio!...
Y cuando el coche se detuvo, María Teresa marchó hacia él, irguiendo el
busto, pero con paso vacilante, torciendo el rostro para no ver a Ojeda.
Titubeó un momento al poner el pie en el estribo, y acabó por
retroceder.
--Págale y que se vaya... Iremos a pie hasta la Cibeles. Nos veremos un
momento más.
Fernando aprobó otra vez. El dolor anulaba su voluntad, y por esto
aceptó como una dicha la prolongación de su tormento.
Volvieron a tomarse del brazo y caminaron silenciosos, lentamente. Sus
ojos se rehuían. Evitaban hablarse, temiendo despertar con las palabras
su desesperación. Les bastaba sentirse el uno junto al otro, percibir
las vibraciones de sus dos vidas con el roce de sus cuerpos puestos en
contacto. Teri parecía obsesionada por sus recuerdos y murmuró unas
palabras, como si se hablase a ella misma, con una voz monótona y
vagorosa, igual a la de los que sueñan:
--La semana que viene... ¿te acuerdas? La semana que viene hará cuatro
años que nos conocimos.
Ojeda sintió disiparse su torpeza con este recuerdo, pero continuó
marchando en silencio. ¡Cuatro años... sólo cuatro años! Y habían sido
tan largos y nutridos como todo el resto de su vida... ¡Más, mucho más!
Su existencia anterior apenas contaba para él; era como un limbo de
sucesos incoloros. Su verdadera vida había empezado junto a María
Teresa.
Pensaba con irónica conmiseración en su existencia antes de conocerla.
Creía entonces haber paladeado todas las variedades y complicaciones del
amor, y hasta se consideraba hastiado de ellas. Había tenido por suyas
mujeres de alto precio, arrebatándolas en una puja de generosidad a los
amigos más íntimos con quebranto de su fortuna. ¡Lo que había malgastado
años antes, cuando al morir su madre se vio en posesión de una fortuna
algo mermada por sus prodigalidades de hijo de familia!... Sus amores en
la buena sociedad habían alcanzado igualmente cierta resonancia. Aún
guardaba en el pecho una ligera cicatriz, un puntazo recibido en un
duelo con cierto señor que, después de tolerar ciegamente todos los
amigos anteriores de su esposa, se había sentido de pronto terriblemente
celoso de Ojeda. El amor le hacía encogerse de hombros en aquella época
de su vida: un pasatiempo como la ambición o como el juego; un dulce
engaño para entretenerse. Él estaba de vuelta, a los treinta y dos años,
de esta mentira que llena el mundo, mantiene la vida y es la principal
ocupación de la humanidad.
Todo le había sido fácil en los primeros tiempos. Recordaba a su madre,
una señora pálida y cortés, de personalidad algo borrosa, que parecía
encogerse como oprimida por la majestad del esposo. Su amor a Fernando,
el hijo primogénito, era el único sentimiento vehemente que desdoblaba
y hacía vibrar con energía su dulce pasividad. Recordaba también a su
padre, imponente personaje triunfador en el Parlamento durante veinte
años por la corrección con que sabía llevar la levita así como por sus
discursos solemnes, que duraban tardes enteras ante los escaños vacíos.
Hablaba inglés y alemán, lo que le proporcionaba cierto prestigio
misterioso, indiscutible, y cada vez que su partido era llamado al
poder, su nombre figuraba el primero en la lista de ministros. Nadie
osaba disputarle la dirección de las relaciones diplomáticas. Jamás se
había sorprendido la más pequeña mota en su levita ni el más leve rastro
de idea propia en sus palabras. Y junto con todo esto, una corrección
hidalga, que le acompañaba hasta en los menores actos de su vida, una
rectitud señoril y bondadosa que parecía ennoblecer su rimbombante
mediocridad intelectual.
Ojeda le había admirado hasta los veinte años, dándole preferencia en
sus afectos sobre la madre buena, dulce e insignificante. Había
paladeado en las tribunas del Congreso tardes de orgullo y de gloria,
pensando que aquel señor que desde el banco azul hacía resonar la cúpula
con su voz grave y movía los brazos con tanta elegancia, era el autor de
su existencia. Luego, cuando la afición a los versos le sacó del círculo
solemne y entonado en que se movía su familia y vivió en el Ateneo y en
las redacciones de los periódicos, su facultad admirativa fue
achicándose, y sin dejar de sentir cierta veneración por la personalidad
moral de su padre, creyó menos en la valía de su inteligencia.
Al morir este personaje, en vísperas de ser ministro por séptima vez,
Fernando acababa de ingresar en el cuerpo diplomático, como si con esto
siguiese una tradición de familia. Apenas cesaron de hablar los
periódicos «de la irreparable pérdida que había sufrido el país» con la
muerte del hombre ilustre, hízose el silencio en torno de su recuerdo,
con esa facilidad de olvido que acompaña a los hombres del teatro y de
la política. Siempre que Fernando encontraba al jefe del partido o algún
otro personaje ilustre amigo de su padre, era objeto de presentaciones.
«Éste es el chico de Ojeda... ¡Pobre Ojeda! Un hombre que valía mucho.»
Y tras este responso continuaba su plática sobre accidentes de la
política. Mientras tanto, la madre vivía encerrada en la estupefacción
dolorosa que le había producido aquella muerte, considerándola algo
inaudito, inexplicable, como si los personajes del calibre de su esposo
no pudiesen morir, y se imaginaba a todo el país en el mismo estado de
ánimo.
Quiso avanzar Fernando en su carrera, ir destinado a una Legación, y la
buena señora no se atrevió a oponerse a sus deseos. Ella quedaría en
Madrid con su hija, mientras el primogénito daba en el extranjero nuevo
lustre al apellido del padre. Los graves señores volvieron a evocar por
unos momentos a su olvidado compañero. «Hay que hacer algo por el chico
de Ojeda.» Y Fernando pasó diez años fuera de España como secretario de
Legación, con frecuentes traslados que le hicieron viajar desde las
naciones del Norte de Europa a las repúblicas de la América del Sur,
siempre acompañado por la protección de los amigos del «malogrado
personaje». Pero esta protección se mostraba cada vez más lejana, más
tenue, como el recuerdo ya esfumado del grande hombre. El hijo del
eterno ministro, habituado a la adulación y a la influencia social desde
los tiempos en que era estudiante, iba notando el vacío de la
indiferencia en torno de su personalidad diplomática. Nada significaba
ya ser «el chico de Ojeda». Ahora eran «los chicos» de otros personajes
de gloria más reciente los que merecían los empujones del favor. Además,
una falta absoluta de adaptación le hacía chocar con los superiores, que
le consideraban intolerable por su independencia. Empezaba a hablar con
desprecio de «la carrera». En una Legación, el ministro, que había
alcanzado sus ascensos, antes de que se inventasen las máquinas de
escribir, por el primor caligráfico con que copiaba los protocolos,
decía a Ojeda con irónica superioridad: «¡Qué letra tan pésima la
suya!... ¿Y usted hace versos? ¿Y usted presume de literato?». Otros
jefes le echaban en cara sus aficiones «ordinarias», su marcada
intención de evitar las reuniones entonadas del mundo diplomático para
juntarse con la bohemia del país, juventud melenuda que recitaba versos
y discutía a gritos, en torno de los ajenjos, bajo nubes de tabaco. Un
ministro había escrito durante un año entero a Madrid para que sacasen
de su Legación al secretario Ojeda, individuo peligroso que muchos
tenían por socialista. En realidad, sólo deseaba alejarlo para que la
señora ministra recobrase su calma de buen tono y no se comprometiese
con un inferior cantando romanzas y recitando poesías en la penumbra del
anochecer.
Su fama llegó hasta el Ministerio de Estado. «¡Lástima de chico! ¡La
maldita literatura! ¡Si el grande hombre levantase la cabeza!» Y todos,
jefes de sección, ministros de diversas categorías, secretarios y hasta
agregados, repetían lo mismo: «Tiene talento, es un original; pero le
falta -el pliegue-». El tal pliegue significaba su falta de adaptación a
«la carrera», su rebeldía a moldearse en las tradiciones y frivolidades
de la vida diplomática... ¡Para lo que valía la dichosa carrera! Su
madre le enviaba todos los meses una cantidad tres o cuatro veces
superior al sueldo que él percibía. Su hermana Lola, a pesar de que veía
en él un conjunto de todas las gallardías y seducciones varoniles,
protestaba contra las maternales larguezas. Todo para el hijo que andaba
por el extranjero paseando su casaca dorada, y para ella, que había de
buscar un marido, los regateos y estrecheces. ¡Armonías de familia!...
En algunos países de América, él y sus compañeros se lamentaban de que
un conductor de automóvil o un encargado de hotel ganase mayor sueldo
que un diplomático. Por esto las ilusiones de su vida de miseria
esplendorosa giraban siempre en torno del matrimonio, ambicionando todos
una novia rica para hacer buena figura en «la carrera».
El deseo de no contrariar a su madre, que veía en la diplomacia la única
ocupación digna, fue lo que mantuvo a Fernando en su puesto; pero al
morir la pobre señora, presentó la renuncia. Habituado a recibir ayudas
pecuniarias sin ocuparse directamente del manejo de sus intereses, Ojeda
se creyó rico, muy rico, viéndose propietario de una casa en Madrid y
muchas tierras en Andalucía. Su hermana estaba casada con un ingeniero,
hombre formal, que había hecho su fortuna en la América del Sur, ayudado
por algunos parientes. Era el talento administrativo de la familia, y
Fernando se burlaba de su honrada simplicidad, sin dejar por eso de
admirarle. Dominábalo su mujer con el prestigio del nacimiento: estaba
orgulloso de ser el yerno póstumo del «ilustre señor Ojeda», y recordaba
sus glorias con más frecuencia que los hijos. La familia de la suegra
proporcionaba igualmente grandes satisfacciones a su vanidad. Aunque
aquélla no había disfrutado otro título honorífico que el de esposa de
un grande hombre, estaba emparentada con varias condesas, marquesas y
grandes de España, de cuyos honores y distinciones llevaba cuenta exacta
el ingeniero. Su orgullo bonachón creía haber perdido lamentablemente el
tiempo cuando terminaba el año sin haber hecho noventa visitas a estas
ilustres damas, a las que llamaba por antonomasia «nuestras tías».
Ojeda le confió sus bienes para seguir sin preocupaciones una vida doble
de placeres. Pasaba sin transición del mundo en que le había colocado su
nacimiento a otro más humilde, hacia el cual le empujaban sus aficiones
artísticas. En un mismo día charlaba de mujeres, juego y caballos con la
juventud desocupada y elegante de los clubs aristocráticos; luego pasaba
la tarde en el pobre estudio de algún artista «independiente y
desconocido», tuteándose con melenudos de botas destrozadas que tal vez
no habían almorzado; asistía después a un té, donde flirteaba con damas
de fama contradictoria, y comía en un palacio o en una taberna de
bohemios, puesto de frac, para ir luego al Teatro Real.
El amanecer le sorprendía en los gabinetes de Fornos con camaradas de
infancia y hembras de alto precio, y otras veces en los camarotes de un
colmado con guitarristas, toreros, «socias» de mantón y «fraternales
amigos» que le tuteaban y cuyos apellidos no conocía bien: hombres con
brillantes enormes, rumbosos, dicharacheros, que habían estado algunas
veces en la cárcel o bordeaban con frecuencia sus puertas.
Tenía cierta reputación entre la gente literaria de escalera abajo, que
grita y pugna por subir. «Un muchacho simpático y de talento... ¡Lástima
que sea rico!» Y los que se compadecían de su riqueza le llamaban al
mismo tiempo simpático por la facilidad con que se prestaba a un
donativo de cinco duros. Reunió en un volumen impreso sus poesías...
¡Magnífico! Era Musset. Lanzó otro tomo... ¡Soberbio! Era Baudelaire.
Publicó un tercer libro... ¡Colosal! Era... el mismísimo Espíritu Santo
hecho poesía. Los versos no estorban a nadie y son ocupación de gran
señor, por lo mismo que no dan dinero. Escribió un drama heroico, un
drama caballeresco, la epopeya de los conquistadores en las Indias
vírgenes, con estrofas sonoras en las que vibraba un tintineo de espadas
y corazas, y los profesionales recibieron sonriendo como hienas a este
niño de buena familia que venía a quitarles el pan de la mesa. Muy
bonitos los versos, pero «aquello no era teatro». Resultaba demasiado
poeta para la escena.
En ese tiempo encontró a María Teresa. Fue en casa de una de las
parientas de su madre; en el té de una condesa que figuraba entre las
veneradas «tías» del marido de Lola. Iba a estas reuniones Fernando
cuando de cinco a siete de la tarde no encontraba mejor distracción a su
aburrimiento. Sabía de antemano lo que le preguntarían sus ilustres
parientas, viejas pretenciosas de pelo teñido y dentadura semejante a un
juego de dominó. «Pero grandísimo perdido, ¿cuándo te casas?...» Y si él
se resignaba a asistir a estas reuniones, era justamente para no
casarse, para aprovechar el tedio de alguna señora que se trasladaba
humillada de un salón a otro sin encontrar compañía, iniciando con ella
pláticas sentimentales que terminaban a veces en algo más positivo.
En la pieza donde estaba instalado el -buffet- encontró a María Teresa.
Acababa de llegar de París, donde vivía largas temporadas. Una rápida
aparición en Madrid, y luego a huir otra vez. La molestaban y la hacían
reír a un tiempo la curiosidad malsana y la altivez miedosa de sus
amigas. Fingían sorpresa al verla, la abrazaban, admiraban su traje,
hacían elogios de su hermosura, le pedían datos sobre las últimas modas,
y escapaban, procurando no tropezarse con ella otra vez.
Ojeda la conocía vagamente. Su marido había sido de «la carrera», un
antiguo plenipotenciario que actualmente vegetaba retirado en una ciudad
de provincia. Años antes la había visto en una comida en la Embajada de
España en París, cuando ella estaba recién casada e iba con su marido a
ocupar la Legación española en una corte de la Europa septentrional.
Fernando la había deseado con su ávida admiración juvenil. ¡Qué
mujer!... Pero ella, orgullosa de su belleza y de su nuevo rango, apenas
se fijó en el modesto secretario de una Legación americana, de paso en
París. Sólo tenía sonrisas para los personajes importantes que la
rodeaban, y un gesto de agradecimiento para aquel viudo rico y viejo
que, contrariando a sus hijos, la había hecho su esposa. Procedente de
una familia de militares pobres y gloriosos, veíase convertida de
pronto, por el entusiasmo casi senil de su marido, en una gran señora
diplomática, rodeada de todas las comodidades de la riqueza, sin tener
ya que sufrir el tormento de una mediocridad con la que habían pugnado
desde la niñez sus gustos de mujer elegante.
Luego, Fernando no la vio más. ¡Pero había oído tantas cosas de ella!...
Los hijos del marido se encargaban de propalarlas, y todas las amigas de
María Teresa las repetían con la secreta fruición de demoler a una
compañera que inspira envidia. ¡Quién podría conocer la verdad! Lo
cierto fue que el viejo marido, dimitiendo de pronto su plenipotencia,
se vino a vivir a España, unas veces en Madrid, evitando el contacto con
sus hijos, a los que guardaba cierto rencor, otras en provincias,
dedicándose, según decían, a grandes empresas agrícolas. Ella permaneció
en París, y de tarde en tarde escapaba a la Península para ver a su
marido, restableciéndose entre los dos por breves días cierto simulacro
de reconciliación; pero en realidad--según las amigas--, estos viajes
eran únicamente para procurarse dinero.
Los ojos de María Teresa parecieron atraerle, y los dos se saludaron
como antiguos conocidos. Ella le felicitó sonriente y maternal por sus
versos, que indudablemente no había leído, y por su drama, que no
conocería nunca. Casi era un grande hombre. ¡Cómo podía imaginárselo así
cuando le había visto por primera vez en París!...
--Además, me han dicho que es usted un grandísimo «golfo».
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