de Roldán el furioso. Por otra parte, veo que Amadís de Gaula, sin perder
el juicio y sin hacer locuras, alcanzó tanta fama de enamorado como el que
más; porque lo que hizo, según su historia, no fue más de que, por verse
desdeñado de su señora Oriana, que le había mandado que no pareciese ante
su presencia hasta que fuese su voluntad, de que se retiró a la Peña Pobre
en compañía de un ermitaño, y allí se hartó de llorar y de encomendarse a
Dios, hasta que el cielo le acorrió, en medio de su mayor cuita y
necesidad. Y si esto es verdad, como lo es, ¿para qué quiero yo tomar
trabajo agora de desnudarme del todo, ni dar pesadumbre a estos árboles,
que no me han hecho mal alguno? Ni tengo para qué enturbiar el agua clara
destos arroyos, los cuales me han de dar de beber cuando tenga gana. Viva
la memoria de Amadís, y sea imitado de don Quijote de la Mancha en todo lo
que pudiere; del cual se dirá lo que del otro se dijo: que si no acabó
grandes cosas, murió por acometellas; y si yo no soy desechado ni desdeñado
de Dulcinea del Toboso, bástame, como ya he dicho, estar ausente della. Ea,
pues, manos a la obra: venid a mi memoria, cosas de Amadís, y enseñadme por
dónde tengo de comenzar a imitaros. Mas ya sé que lo más que él hizo fue
rezar y encomendarse a Dios; pero, ¿qué haré de rosario, que no le tengo?
En esto le vino al pensamiento cómo le haría, y fue que rasgó una gran tira
de las faldas de la camisa, que andaban colgando, y diole once ñudos, el
uno más gordo que los demás, y esto le sirvió de rosario el tiempo que allí
estuvo, donde rezó un millón de avemarías. Y lo que le fatigaba mucho era
no hallar por allí otro ermitaño que le confesase y con quien consolarse. Y
así, se entretenía paseándose por el pradecillo, escribiendo y grabando por
las cortezas de los árboles y por la menuda arena muchos versos, todos
acomodados a su tristeza, y algunos en alabanza de Dulcinea. Mas los que se
pudieron hallar enteros y que se pudiesen leer, después que a él allí le
hallaron, no fueron más que estos que aquí se siguen:
Árboles, yerbas y plantas
que en aqueste sitio estáis,
tan altos, verdes y tantas,
si de mi mal no os holgáis,
escuchad mis quejas santas.
Mi dolor no os alborote,
aunque más terrible sea,
pues, por pagaros escote,
aquí lloró don Quijote
ausencias de Dulcinea
del Toboso.
Es aquí el lugar adonde
el amador más leal
de su señora se esconde,
y ha venido a tanto mal
sin saber cómo o por dónde.
Tráele amor al estricote,
que es de muy mala ralea;
y así, hasta henchir un pipote,
aquí lloró don Quijote
ausencias de Dulcinea
del Toboso.
Buscando las aventuras
por entre las duras peñas,
maldiciendo entrañas duras,
que entre riscos y entre breñas
halla el triste desventuras,
hirióle amor con su azote,
no con su blanda correa;
y, en tocándole el cogote,
aquí lloró don Quijote
ausencias de Dulcinea
del Toboso.
No causó poca risa en los que hallaron los versos referidos el añadidura
del Toboso al nombre de Dulcinea, porque imaginaron que debió de imaginar
don Quijote que si, en nombrando a Dulcinea, no decía también del Toboso,
no se podría entender la copla; y así fue la verdad, como él después
confesó. Otros muchos escribió, pero, como se ha dicho, no se pudieron
sacar en limpio, ni enteros, más destas tres coplas. En esto, y en suspirar
y en llamar a los faunos y silvanos de aquellos bosques, a las ninfas de
los ríos, a la dolorosa y húmida Eco, que le respondiese, consolasen y
escuchasen, se entretenía, y en buscar algunas yerbas con que sustentarse
en tanto que Sancho volvía; que, si como tardó tres días, tardara tres
semanas, el Caballero de la Triste Figura quedara tan desfigurado que no le
conociera la madre que lo parió.
Y será bien dejalle, envuelto entre sus suspiros y versos, por contar lo
que le avino a Sancho Panza en su mandadería. Y fue que, en saliendo al
camino real, se puso en busca del Toboso, y otro día llegó a la venta donde
le había sucedido la desgracia de la manta; y no la hubo bien visto, cuando
le pareció que otra vez andaba en los aires, y no quiso entrar dentro,
aunque llegó a hora que lo pudiera y debiera hacer, por ser la del comer y
llevar en deseo de gustar algo caliente; que había grandes días que todo
era fiambre.
Esta necesidad le forzó a que llegase junto a la venta, todavía dudoso si
entraría o no. Y, estando en esto, salieron de la venta dos personas que
luego le conocieron; y dijo el uno al otro:
-Dígame, señor licenciado, aquel del caballo, ¿no es Sancho Panza, el que
dijo el ama de nuestro aventurero que había salido con su señor por
escudero?
-Sí es -dijo el licenciado-; y aquél es el caballo de nuestro don Quijote.
Y conociéronle tan bien como aquellos que eran el cura y el barbero de su
mismo lugar, y los que hicieron el escrutinio y acto general de los libros.
Los cuales, así como acabaron de conocer a Sancho Panza y a Rocinante,
deseosos de saber de don Quijote, se fueron a él; y el cura le llamó por su
nombre, diciéndole:
-Amigo Sancho Panza, ¿adónde queda vuestro amo?
Conociólos luego Sancho Panza, y determinó de encubrir el lugar y la suerte
donde y como su amo quedaba; y así, les respondió que su amo quedaba
ocupado en cierta parte y en cierta cosa que le era de mucha importancia,
la cual él no podía descubrir, por los ojos que en la cara tenía.
-No, no -dijo el barbero-, Sancho Panza; si vos no nos decís dónde queda,
imaginaremos, como ya imaginamos, que vos le habéis muerto y robado, pues
venís encima de su caballo. En verdad que nos habéis de dar el dueño del
rocín, o sobre eso, morena.
-No hay para qué conmigo amenazas, que yo no soy hombre que robo ni mato a
nadie: a cada uno mate su ventura, o Dios, que le hizo. Mi amo queda
haciendo penitencia en la mitad desta montaña, muy a su sabor.
Y luego, de corrida y sin parar, les contó de la suerte que quedaba, las
aventuras que le habían sucedido y cómo llevaba la carta a la señora
Dulcinea del Toboso, que era la hija de Lorenzo Corchuelo, de quien estaba
enamorado hasta los hígados.
Quedaron admirados los dos de lo que Sancho Panza les contaba; y, aunque ya
sabían la locura de don Quijote y el género della, siempre que la oían se
admiraban de nuevo. Pidiéronle a Sancho Panza que les enseñase la carta que
llevaba a la señora Dulcinea del Toboso. Él dijo que iba escrita en un
libro de memoria y que era orden de su señor que la hiciese trasladar en
papel en el primer lugar que llegase; a lo cual dijo el cura que se la
mostrase, que él la trasladaría de muy buena letra. Metió la mano en el
seno Sancho Panza, buscando el librillo, pero no le halló, ni le podía
hallar si le buscara hasta agora, porque se había quedado don Quijote con
él y no se le había dado, ni a él se le acordó de pedírsele.
Cuando Sancho vio que no hallaba el libro, fuésele parando mortal el
rostro; y, tornándose a tentar todo el cuerpo muy apriesa, tornó a echar de
ver que no le hallaba; y, sin más ni más, se echó entrambos puños a las
barbas y se arrancó la mitad de ellas, y luego, apriesa y sin cesar, se dio
media docena de puñadas en el rostro y en las narices, que se las bañó
todas en sangre. Visto lo cual por el cura y el barbero, le dijeron que qué
le había sucedido, que tan mal se paraba.
-¿Qué me ha de suceder -respondió Sancho-, sino el haber perdido de una
mano a otra, en un estante, tres pollinos, que cada uno era como un
castillo?
-¿Cómo es eso? -replicó el barbero.
-He perdido el libro de memoria -respondió Sancho-, donde venía carta para
Dulcinea y una cédula firmada de su señor, por la cual mandaba que su
sobrina me diese tres pollinos, de cuatro o cinco que estaban en casa.
Y, con esto, les contó la pérdida del rucio. Consolóle el cura, y díjole
que, en hallando a su señor, él le haría revalidar la manda y que tornase a
hacer la libranza en papel, como era uso y costumbre, porque las que se
hacían en libros de memoria jamás se acetaban ni cumplían.
Con esto se consoló Sancho, y dijo que, como aquello fuese ansí, que no le
daba mucha pena la pérdida de la carta de Dulcinea, porque él la sabía casi
de memoria, de la cual se podría trasladar donde y cuando quisiesen.
-Decildo, Sancho, pues -dijo el barbero-, que después la trasladaremos.
Paróse Sancho Panza a rascar la cabeza para traer a la memoria la carta, y
ya se ponía sobre un pie, y ya sobre otro; unas veces miraba al suelo,
otras al cielo; y, al cabo de haberse roído la mitad de la yema de un dedo,
teniendo suspensos a los que esperaban que ya la dijese, dijo al cabo de
grandísimo rato:
-Por Dios, señor licenciado, que los diablos lleven la cosa que de la carta
se me acuerda; aunque en el principio decía: «Alta y sobajada señora».
-No diría -dijo el barbero- sobajada, sino sobrehumana o soberana señora.
-Así es -dijo Sancho-. Luego, si mal no me acuerdo, proseguía..., si mal no
me acuerdo: «el llego y falto de sueño, y el ferido besa a vuestra merced
las manos, ingrata y muy desconocida hermosa», y no sé qué decía de salud y
de enfermedad que le enviaba, y por aquí iba escurriendo, hasta que acababa
en «Vuestro hasta la muerte, el Caballero de la Triste Figura».
No poco gustaron los dos de ver la buena memoria de Sancho Panza, y
alabáronsela mucho, y le pidieron que dijese la carta otras dos veces, para
que ellos, ansimesmo, la tomasen de memoria para trasladalla a su tiempo.
Tornóla a decir Sancho otras tres veces, y otras tantas volvió a decir
otros tres mil disparates. Tras esto, contó asimesmo las cosas de su amo,
pero no habló palabra acerca del manteamiento que le había sucedido en
aquella venta, en la cual rehusaba entrar. Dijo también como su señor, en
trayendo que le trujese buen despacho de la señora Dulcinea del Toboso, se
había de poner en camino a procurar cómo ser emperador, o, por lo menos,
monarca; que así lo tenían concertado entre los dos, y era cosa muy fácil
venir a serlo, según era el valor de su persona y la fuerza de su brazo; y
que, en siéndolo, le había de casar a él, porque ya sería viudo, que no
podía ser menos, y le había de dar por mujer a una doncella de la
emperatriz, heredera de un rico y grande estado de tierra firme, sin
ínsulos ni ínsulas, que ya no las quería.
Decía esto Sancho con tanto reposo, limpiándose de cuando en cuando las
narices, y con tan poco juicio, que los dos se admiraron de nuevo,
considerando cuán vehemente había sido la locura de don Quijote, pues había
llevado tras sí el juicio de aquel pobre hombre. No quisieron cansarse en
sacarle del error en que estaba, pareciéndoles que, pues no le dañaba nada
la conciencia, mejor era dejarle en él, y a ellos les sería de más gusto
oír sus necedades. Y así, le dijeron que rogase a Dios por la salud de su
señor, que cosa contingente y muy agible era venir, con el discurso del
tiempo, a ser emperador, como él decía, o, por lo menos, arzobispo, o otra
dignidad equivalente. A lo cual respondió Sancho:
-Señores, si la fortuna rodease las cosas de manera que a mi amo le viniese
en voluntad de no ser emperador, sino de ser arzobispo, querría yo saber
agora qué suelen dar los arzobispos andantes a sus escuderos.
-Suélenles dar -respondió el cura- algún beneficio, simple o curado, o
alguna sacristanía, que les vale mucho de renta rentada, amén del pie de
altar, que se suele estimar en otro tanto.
-Para eso será menester -replicó Sancho- que el escudero no sea casado y
que sepa ayudar a misa, por lo menos; y si esto es así, ¡desdichado de yo,
que soy casado y no sé la primera letra del ABC! ¿Qué será de mí si a mi
amo le da antojo de ser arzobispo, y no emperador, como es uso y costumbre
de los caballeros andantes?
-No tengáis pena, Sancho amigo -dijo el barbero-, que aquí rogaremos a
vuestro amo y se lo aconsejaremos, y aun se lo pondremos en caso de
conciencia, que sea emperador y no arzobispo, porque le será más fácil, a
causa de que él es más valiente que estudiante.
-Así me ha parecido a mí -respondió Sancho-, aunque sé decir que para todo
tiene habilidad. Lo que yo pienso hacer de mi parte es rogarle a Nuestro
Señor que le eche a aquellas partes donde él más se sirva y adonde a mí más
mercedes me haga.
-Vos lo decís como discreto -dijo el cura- y lo haréis como buen cristiano.
Mas lo que ahora se ha de hacer es dar orden como sacar a vuestro amo de
aquella inútil penitencia que decís que queda haciendo; y, para pensar el
modo que hemos de tener, y para comer, que ya es hora, será bien nos
entremos en esta venta.
Sancho dijo que entrasen ellos, que él esperaría allí fuera y que después
les diría la causa por que no entraba ni le convenía entrar en ella; mas
que les rogaba que le sacasen allí algo de comer que fuese cosa caliente,
y, ansimismo, cebada para Rocinante. Ellos se entraron y le dejaron, y, de
allí a poco, el barbero le sacó de comer. Después, habiendo bien pensado
entre los dos el modo que tendrían para conseguir lo que deseaban, vino el
cura en un pensamiento muy acomodado al gusto de don Quijote y para lo que
ellos querían. Y fue que dijo al barbero que lo que había pensado era que
él se vestiría en hábito de doncella andante, y que él procurase ponerse lo
mejor que pudiese como escudero, y que así irían adonde don Quijote estaba,
fingiendo ser ella una doncella afligida y menesterosa, y le pediría un
don, el cual él no podría dejársele de otorgar, como valeroso caballero
andante. Y que el don que le pensaba pedir era que se viniese con ella
donde ella le llevase, a desfacelle un agravio que un mal caballero le
tenía fecho; y que le suplicaba, ansimesmo, que no la mandase quitar su
antifaz, ni la demandase cosa de su facienda, fasta que la hubiese fecho
derecho de aquel mal caballero; y que creyese, sin duda, que don Quijote
vendría en todo cuanto le pidiese por este término; y que desta manera le
sacarían de allí y le llevarían a su lugar, donde procurarían ver si tenía
algún remedio su estraña locura.
Capítulo XXVII. De cómo salieron con su intención el cura y el barbero, con
otras cosas dignas de que se cuenten en esta grande historia
No le pareció mal al barbero la invención del cura, sino tan bien, que
luego la pusieron por obra. Pidiéronle a la ventera una saya y unas tocas,
dejándole en prendas una sotana nueva del cura. El barbero hizo una gran
barba de una cola rucia o roja de buey, donde el ventero tenía colgado el
peine. Preguntóles la ventera que para qué le pedían aquellas cosas. El
cura le contó en breves razones la locura de don Quijote, y cómo convenía
aquel disfraz para sacarle de la montaña, donde a la sazón estaba. Cayeron
luego el ventero y la ventera en que el loco era su huésped, el del
bálsamo, y el amo del manteado escudero, y contaron al cura todo lo que con
él les había pasado, sin callar lo que tanto callaba Sancho. En resolución,
la ventera vistió al cura de modo que no había más que ver: púsole una saya
de paño, llena de fajas de terciopelo negro de un palmo en ancho, todas
acuchilladas, y unos corpiños de terciopelo verde, guarnecidos con unos
ribetes de raso blanco, que se debieron de hacer, ellos y la saya, en
tiempo del rey Wamba. No consintió el cura que le tocasen, sino púsose en
la cabeza un birretillo de lienzo colchado que llevaba para dormir de
noche, y ciñóse por la frente una liga de tafetán negro, y con otra liga
hizo un antifaz, con que se cubrió muy bien las barbas y el rostro;
encasquetóse su sombrero, que era tan grande que le podía servir de
quitasol, y, cubriéndose su herreruelo, subió en su mula a mujeriegas, y el
barbero en la suya, con su barba que le llegaba a la cintura, entre roja y
blanca, como aquella que, como se ha dicho, era hecha de la cola de un buey
barroso.
Despidiéronse de todos, y de la buena de Maritornes, que prometió de rezar
un rosario, aunque pecadora, porque Dios les diese buen suceso en tan arduo
y tan cristiano negocio como era el que habían emprendido.
Mas, apenas hubo salido de la venta, cuando le vino al cura un pensamiento:
que hacía mal en haberse puesto de aquella manera, por ser cosa indecente
que un sacerdote se pusiese así, aunque le fuese mucho en ello; y,
diciéndoselo al barbero, le rogó que trocasen trajes, pues era más justo
que él fuese la doncella menesterosa, y que él haría el escudero, y que así
se profanaba menos su dignidad; y que si no lo quería hacer, determinaba de
no pasar adelante, aunque a don Quijote se le llevase el diablo.
En esto, llegó Sancho, y de ver a los dos en aquel traje no pudo tener la
risa. En efeto, el barbero vino en todo aquello que el cura quiso, y,
trocando la invención, el cura le fue informando el modo que había de tener
y las palabras que había de decir a don Quijote para moverle y forzarle a
que con él se viniese, y dejase la querencia del lugar que había escogido
para su vana penitencia. El barbero respondió que, sin que se le diese
lición, él lo pondría bien en su punto. No quiso vestirse por entonces,
hasta que estuviesen junto de donde don Quijote estaba; y así, dobló sus
vestidos, y el cura acomodó su barba, y siguieron su camino, guiándolos
Sancho Panza; el cual les fue contando lo que les aconteció con el loco que
hallaron en la sierra, encubriendo, empero, el hallazgo de la maleta y de
cuanto en ella venía; que, maguer que tonto, era un poco codicioso el
mancebo.
Otro día llegaron al lugar donde Sancho había dejado puestas las señales de
las ramas para acertar el lugar donde había dejado a su señor; y, en
reconociéndole, les dijo como aquélla era la entrada, y que bien se podían
vestir, si era que aquello hacía al caso para la libertad de su señor;
porque ellos le habían dicho antes que el ir de aquella suerte y vestirse
de aquel modo era toda la importancia para sacar a su amo de aquella mala
vida que había escogido, y que le encargaban mucho que no dijese a su amo
quien ellos eran, ni que los conocía; y que si le preguntase, como se lo
había de preguntar, si dio la carta a Dulcinea, dijese que sí, y que, por
no saber leer, le había respondido de palabra, diciéndole que le mandaba,
so pena de la su desgracia, que luego al momento se viniese a ver con ella,
que era cosa que le importaba mucho; porque con esto y con lo que ellos
pensaban decirle tenían por cosa cierta reducirle a mejor vida, y hacer con
él que luego se pusiese en camino para ir a ser emperador o monarca; que en
lo de ser arzobispo no había de qué temer.
Todo lo escuchó Sancho, y lo tomó muy bien en la memoria, y les agradeció
mucho la intención que tenían de aconsejar a su señor fuese emperador y no
arzobispo, porque él tenía para sí que, para hacer mercedes a sus
escuderos, más podían los emperadores que los arzobispos andantes. También
les dijo que sería bien que él fuese delante a buscarle y darle la
respuesta de su señora, que ya sería ella bastante a sacarle de aquel
lugar, sin que ellos se pusiesen en tanto trabajo. Parecióles bien lo que
Sancho Panza decía, y así, determinaron de aguardarle hasta que volviese
con las nuevas del hallazgo de su amo.
Entróse Sancho por aquellas quebradas de la sierra, dejando a los dos en
una por donde corría un pequeño y manso arroyo, a quien hacían sombra
agradable y fresca otras peñas y algunos árboles que por allí estaban. El
calor, y el día que allí llegaron, era de los del mes de agosto, que por
aquellas partes suele ser el ardor muy grande; la hora, las tres de la
tarde: todo lo cual hacía al sitio más agradable, y que convidase a que en
él esperasen la vuelta de Sancho, como lo hicieron.
Estando, pues, los dos allí, sosegados y a la sombra, llegó a sus oídos una
voz que, sin acompañarla son de algún otro instrumento, dulce y
regaladamente sonaba, de que no poco se admiraron, por parecerles que aquél
no era lugar donde pudiese haber quien tan bien cantase. Porque, aunque
suele decirse que por las selvas y campos se hallan pastores de voces
estremadas, más son encarecimientos de poetas que verdades; y más, cuando
advirtieron que lo que oían cantar eran versos, no de rústicos ganaderos,
sino de discretos cortesanos. Y confirmó esta verdad haber sido los versos
que oyeron éstos:
¿Quién menoscaba mis bienes?
Desdenes.
Y ¿quién aumenta mis duelos?
Los celos.
Y ¿quién prueba mi paciencia?
Ausencia.
De ese modo, en mi dolencia
ningún remedio se alcanza,
pues me matan la esperanza
desdenes, celos y ausencia.
¿Quién me causa este dolor?
Amor.
Y ¿quién mi gloria repugna?
Fortuna.
Y ¿quién consiente en mi duelo?
El cielo
De ese modo, yo recelo
morir deste mal estraño,
pues se aumentan en mi daño,
amor, fortuna y el cielo.
¿Quién mejorará mi suerte?
La muerte.
Y el bien de amor, ¿quién le alcanza?
Mudanza.
Y sus males, ¿quién los cura?
Locura.
De ese modo, no es cordura
querer curar la pasión
cuando los remedios son
muerte, mudanza y locura.
La hora, el tiempo, la soledad, la voz y la destreza del que cantaba causó
admiración y contento en los dos oyentes, los cuales se estuvieron quedos,
esperando si otra alguna cosa oían; pero, viendo que duraba algún tanto el
silencio, determinaron de salir a buscar el músico que con tan buena voz
cantaba. Y, queriéndolo poner en efeto, hizo la mesma voz que no se
moviesen, la cual llegó de nuevo a sus oídos, cantando este soneto:
Soneto
Santa amistad, que con ligeras alas,
tu apariencia quedándose en el suelo,
entre benditas almas, en el cielo,
subiste alegre a las impíreas salas,
desde allá, cuando quieres, nos señalas
la justa paz cubierta con un velo,
por quien a veces se trasluce el celo
de buenas obras que, a la fin, son malas.
Deja el cielo, ¡oh amistad!, o no permitas
que el engaño se vista tu librea,
con que destruye a la intención sincera;
que si tus apariencias no le quitas,
presto ha de verse el mundo en la pelea
de la discorde confusión primera.
El canto se acabó con un profundo suspiro, y los dos, con atención,
volvieron a esperar si más se cantaba; pero, viendo que la música se había
vuelto en sollozos y en lastimeros ayes, acordaron de saber quién era el
triste, tan estremado en la voz como doloroso en los gemidos; y no
anduvieron mucho, cuando, al volver de una punta de una peña, vieron a un
hombre del mismo talle y figura que Sancho Panza les había pintado cuando
les contó el cuento de Cardenio; el cual hombre, cuando los vio, sin
sobresaltarse, estuvo quedo, con la cabeza inclinada sobre el pecho a guisa
de hombre pensativo, sin alzar los ojos a mirarlos más de la vez primera,
cuando de improviso llegaron.
El cura, que era hombre bien hablado (como el que ya tenía noticia de su
desgracia, pues por las señas le había conocido), se llegó a él, y con
breves aunque muy discretas razones le rogó y persuadió que aquella tan
miserable vida dejase, porque allí no la perdiese, que era la desdicha
mayor de las desdichas. Estaba Cardenio entonces en su entero juicio, libre
de aquel furioso accidente que tan a menudo le sacaba de sí mismo; y así,
viendo a los dos en traje tan no usado de los que por aquellas soledades
andaban, no dejó de admirarse algún tanto, y más cuando oyó que le habían
hablado en su negocio como en cosa sabida -porque las razones que el cura
le dijo así lo dieron a entender-; y así, respondió desta manera:
-Bien veo yo, señores, quienquiera que seáis, que el cielo, que tiene
cuidado de socorrer a los buenos, y aun a los malos muchas veces, sin yo
merecerlo, me envía, en estos tan remotos y apartados lugares del trato
común de las gentes, algunas personas que, poniéndome delante de los ojos
con vivas y varias razones cuán sin ella ando en hacer la vida que hago,
han procurado sacarme désta a mejor parte; pero, como no saben que sé yo
que en saliendo deste daño he de caer en otro mayor, quizá me deben de
tener por hombre de flacos discursos, y aun, lo que peor sería, por de
ningún juicio. Y no sería maravilla que así fuese, porque a mí se me
trasluce que la fuerza de la imaginación de mis desgracias es tan intensa y
puede tanto en mi perdición que, sin que yo pueda ser parte a estobarlo,
vengo a quedar como piedra, falto de todo buen sentido y conocimiento; y
vengo a caer en la cuenta desta verdad, cuando algunos me dicen y muestran
señales de las cosas que he hecho en tanto que aquel terrible accidente me
señorea, y no sé más que dolerme en vano y maldecir sin provecho mi
ventura, y dar por disculpa de mis locuras el decir la causa dellas a
cuantos oírla quieren; porque, viendo los cuerdos cuál es la causa, no se
maravillarán de los efetos, y si no me dieren remedio, a lo menos no me
darán culpa, convirtiéndoseles el enojo de mi desenvoltura en lástima de
mis desgracias. Y si es que vosotros, señores, venís con la mesma intención
que otros han venido, antes que paséis adelante en vuestras discretas
persuasiones, os ruego que escuchéis el cuento, que no le tiene, de mis
desventuras; porque quizá, después de entendido, ahorraréis del trabajo que
tomaréis en consolar un mal que de todo consuelo es incapaz.
Los dos, que no deseaban otra cosa que saber de su mesma boca la causa de
su daño, le rogaron se la contase, ofreciéndole de no hacer otra cosa de la
que él quisiese, en su remedio o consuelo; y con esto, el triste caballero
comenzó su lastimera historia, casi por las mesmas palabras y pasos que la
había contado a don Quijote y al cabrero pocos días atrás, cuando, por
ocasión del maestro Elisabat y puntualidad de don Quijote en guardar el
decoro a la caballería, se quedó el cuento imperfeto, como la historia lo
deja contado. Pero ahora quiso la buena suerte que se detuvo el accidente
de la locura y le dio lugar de contarlo hasta el fin; y así, llegando al
paso del billete que había hallado don Fernando entre el libro de Amadís de
Gaula, dijo Cardenio que le tenía bien en la memoria, y que decía desta
manera:
«Luscinda a Cardenio
Cada día descubro en vos valores que me obligan y fuerzan a que en más os
estime; y así, si quisiéredes sacarme desta deuda sin ejecutarme en la
honra, lo podréis muy bien hacer. Padre tengo, que os conoce y que me
quiere bien, el cual, sin forzar mi voluntad, cumplirá la que será justo
que vos tengáis, si es que me estimáis como decís y como yo creo.
-»Por este billete me moví a pedir a Luscinda por esposa, como ya os he
contado, y éste fue por quien quedó Luscinda en la opinión de don Fernando
por una de las más discretas y avisadas mujeres de su tiempo; y este
billete fue el que le puso en deseo de destruirme, antes que el mío se
efetuase. Díjele yo a don Fernando en lo que reparaba el padre de Luscinda,
que era en que mi padre se la pidiese, lo cual yo no le osaba decir,
temeroso que no vendría en ello, no porque no tuviese bien conocida la
calidad, bondad, virtud y hermosura de Luscinda, y que tenía partes
bastantes para enoblecer cualquier otro linaje de España, sino porque yo
entendía dél que deseaba que no me casase tan presto, hasta ver lo que el
duque Ricardo hacía conmigo. En resolución, le dije que no me aventuraba a
decírselo a mi padre, así por aquel inconveniente como por otros muchos que
me acobardaban, sin saber cuáles eran, sino que me parecía que lo que yo
desease jamás había de tener efeto.
»A todo esto me respondió don Fernando que él se encargaba de hablar a mi
padre y hacer con él que hablase al de Luscinda. ¡Oh Mario ambicioso, oh
Catilina cruel, oh Sila facinoroso, oh Galalón embustero, oh Vellido
traidor, oh Julián vengativo, oh Judas codicioso! Traidor, cruel, vengativo
y embustero, ¿qué deservicios te había hecho este triste, que con tanta
llaneza te descubrió los secretos y contentos de su corazón? ¿Qué ofensa te
hice? ¿Qué palabras te dije, o qué consejos te di, que no fuesen todos
encaminados a acrecentar tu honra y tu provecho? Mas, ¿de qué me quejo?,
¡desventurado de mí!, pues es cosa cierta que cuando traen las desgracias
la corriente de las estrellas, como vienen de alto a bajo, despeñándose con
furor y con violencia, no hay fuerza en la tierra que las detenga, ni
industria humana que prevenirlas pueda. ¿Quién pudiera imaginar que don
Fernando, caballero ilustre, discreto, obligado de mis servicios, poderoso
para alcanzar lo que el deseo amoroso le pidiese dondequiera que le
ocupase, se había de enconar, como suele decirse, en tomarme a mí una sola
oveja, que aún no poseía? Pero quédense estas consideraciones aparte, como
inútiles y sin provecho, y añudemos el roto hilo de mi desdichada historia.
»Digo, pues, que, pareciéndole a don Fernando que mi presencia le era
inconveniente para poner en ejecución su falso y mal pensamiento, determinó
de enviarme a su hermano mayor, con ocasión de pedirle unos dineros para
pagar seis caballos, que de industria, y sólo para este efeto de que me
ausentase (para poder mejor salir con su dañado intento), el mesmo día que
se ofreció hablar a mi padre los compró, y quiso que yo viniese por el
dinero. ¿Pude yo prevenir esta traición? ¿Pude, por ventura, caer en
imaginarla? No, por cierto; antes, con grandísimo gusto, me ofrecí a partir
luego, contento de la buena compra hecha. Aquella noche hablé con Luscinda,
y le dije lo que con don Fernando quedaba concertado, y que tuviese firme
esperanza de que tendrían efeto nuestros buenos y justos deseos. Ella me
dijo, tan segura como yo de la traición de don Fernando, que procurase
volver presto, porque creía que no tardaría más la conclusión de nuestras
voluntades que tardase mi padre de hablar al suyo. No sé qué se fue, que,
en acabando de decirme esto, se le llenaron los ojos de lágrimas y un nudo
se le atravesó en la garganta, que no le dejaba hablar palabra de otras
muchas que me pareció que procuraba decirme.
»Quedé admirado deste nuevo accidente, hasta allí jamás en ella visto,
porque siempre nos hablábamos, las veces que la buena fortuna y mi
diligencia lo concedía, con todo regocijo y contento, sin mezclar en
nuestras pláticas lágrimas, suspiros, celos, sospechas o temores. Todo era
engrandecer yo mi ventura, por habérmela dado el cielo por señora:
exageraba su belleza, admirábame de su valor y entendimiento. Volvíame ella
el recambio, alabando en mí lo que, como enamorada, le parecía digno de
alabanza. Con esto, nos contábamos cien mil niñerías y acaecimientos de
nuestros vecinos y conocidos, y a lo que más se entendía mi desenvoltura
era a tomarle, casi por fuerza, una de sus bellas y blancas manos, y
llegarla a mi boca, según daba lugar la estrecheza de una baja reja que nos
dividía. Pero la noche que precedió al triste día de mi partida, ella
lloró, gimió y suspiró, y se fue, y me dejó lleno de confusión y
sobresalto, espantado de haber visto tan nuevas y tan tristes muestras de
dolor y sentimiento en Luscinda. Pero, por no destruir mis esperanzas, todo
lo atribuí a la fuerza del amor que me tenía y al dolor que suele causar la
ausencia en los que bien se quieren.
»En fin, yo me partí triste y pensativo, llena el alma de imaginaciones y
sospechas, sin saber lo que sospechaba ni imaginaba: claros indicios que me
mostraban el triste suceso y desventura que me estaba guardada. Llegué al
lugar donde era enviado. Di las cartas al hermano de don Fernando. Fui bien
recebido, pero no bien despachado, porque me mandó aguardar, bien a mi
disgusto, ocho días, y en parte donde el duque, su padre, no me viese,
porque su hermano le escribía que le enviase cierto dinero sin su
sabiduría. Y todo fue invención del falso don Fernando, pues no le faltaban
a su hermano dineros para despacharme luego. Orden y mandato fue éste que
me puso en condición de no obedecerle, por parecerme imposible sustentar
tantos días la vida en el ausencia de Luscinda, y más, habiéndola dejado
con la tristeza que os he contado; pero, con todo esto, obedecí, como buen
criado, aunque veía que había de ser a costa de mi salud.
»Pero, a los cuatro días que allí llegué, llegó un hombre en mi busca con
una carta, que me dio, que en el sobrescrito conocí ser de Luscinda, porque
la letra dél era suya. Abríla, temeroso y con sobresalto, creyendo que cosa
grande debía de ser la que la había movido a escribirme estando ausente,
pues presente pocas veces lo hacía. Preguntéle al hombre, antes de leerla,
quién se la había dado y el tiempo que había tardado en el camino. Díjome
que acaso, pasando por una calle de la ciudad a la hora de medio día, una
señora muy hermosa le llamó desde una ventana, los ojos llenos de lágrimas,
y que con mucha priesa le dijo: ''Hermano: si sois cristiano, como
parecéis, por amor de Dios os ruego que encaminéis luego luego esta carta
al lugar y a la persona que dice el sobrescrito, que todo es bien conocido,
y en ello haréis un gran servicio a nuestro Señor; y, para que no os falte
comodidad de poderlo hacer, tomad lo que va en este pañuelo''. ''Y,
diciendo esto, me arrojó por la ventana un pañuelo, donde venían atados
cien reales y esta sortija de oro que aquí traigo, con esa carta que os he
dado. Y luego, sin aguardar respuesta mía, se quitó de la ventana; aunque
primero vio cómo yo tomé la carta y el pañuelo, y, por señas, le dije que
haría lo que me mandaba. Y así, viéndome tan bien pagado del trabajo que
podía tomar en traérosla y conociendo por el sobrescrito que érades vos a
quien se enviaba, porque yo, señor, os conozco muy bien, y obligado
asimesmo de las lágrimas de aquella hermosa señora, determiné de no fiarme
de otra persona, sino venir yo mesmo a dárosla; y en diez y seis horas que
ha que se me dio, he hecho el camino, que sabéis que es de diez y ocho
leguas''.
»En tanto que el agradecido y nuevo correo esto me decía, estaba yo colgado
de sus palabras, temblándome las piernas de manera que apenas podía
sostenerme. En efeto, abrí la carta y vi que contenía estas razones:
La palabra que don Fernando os dio de hablar a vuestro padre para que
hablase al mío, la ha cumplido más en su gusto que en vuestro provecho.
Sabed, señor, que él me ha pedido por esposa, y mi padre, llevado de la
ventaja que él piensa que don Fernando os hace, ha venido en lo que quiere,
con tantas veras que de aquí a dos días se ha de hacer el desposorio, tan
secreto y tan a solas, que sólo han de ser testigos los cielos y alguna
gente de casa. Cual yo quedo, imaginaldo; si os cumple venir, veldo; y si
os quiero bien o no, el suceso deste negocio os lo dará a entender. A Dios
plega que ésta llegue a vuestras manos antes que la mía se vea en condición
de juntarse con la de quien tan mal sabe guardar la fe que promete.
»Éstas, en suma, fueron las razones que la carta contenía y las que me
hicieron poner luego en camino, sin esperar otra respuesta ni otros
dineros; que bien claro conocí entonces que no la compra de los caballos,
sino la de su gusto, había movido a don Fernando a enviarme a su hermano.
El enojo que contra don Fernando concebí, junto con el temor de perder la
prenda que con tantos años de servicios y deseos tenía granjeada, me
pusieron alas, pues, casi como en vuelo, otro día me puse en mi lugar, al
punto y hora que convenía para ir a hablar a Luscinda. Entré secreto, y
dejé una mula en que venía en casa del buen hombre que me había llevado la
carta; y quiso la suerte que entonces la tuviese tan buena que hallé a
Luscinda puesta a la reja, testigo de nuestros amores. Conocióme Luscinda
luego, y conocíla yo; mas no como debía ella conocerme y yo conocerla.
Pero, ¿quién hay en el mundo que se pueda alabar que ha penetrado y sabido
el confuso pensamiento y condición mudable de una mujer? Ninguno, por
cierto.
»Digo, pues, que, así como Luscinda me vio, me dijo: ''Cardenio, de boda
estoy vestida; ya me están aguardando en la sala don Fernando el traidor y
mi padre el codicioso, con otros testigos, que antes lo serán de mi muerte
que de mi desposorio. No te turbes, amigo, sino procura hallarte presente a
este sacrificio, el cual si no pudiere ser estorbado de mis razones, una
daga llevo escondida que podrá estorbar más determinadas fuerzas, dando fin
a mi vida y principio a que conozcas la voluntad que te he tenido y
tengo''. Yo le respondí turbado y apriesa, temeroso no me faltase lugar
para responderla: ''Hagan, señora, tus obras verdaderas tus palabras; que
si tú llevas daga para acreditarte, aquí llevo yo espada para defenderte
con ella o para matarme si la suerte nos fuere contraria''. No creo que
pudo oír todas estas razones, porque sentí que la llamaban apriesa, porque
el desposado aguardaba. Cerróse con esto la noche de mi tristeza, púsoseme
el sol de mi alegría: quedé sin luz en los ojos y sin discurso en el
entendimiento. No acertaba a entrar en su casa, ni podía moverme a parte
alguna; pero, considerando cuánto importaba mi presencia para lo que
suceder pudiese en aquel caso, me animé lo más que pude y entré en su casa.
Y, como ya sabía muy bien todas sus entradas y salidas, y más con el
alboroto que de secreto en ella andaba, nadie me echó de ver. Así que, sin
ser visto, tuve lugar de ponerme en el hueco que hacía una ventana de la
mesma sala, que con las puntas y remates de dos tapices se cubría, por
entre las cuales podía yo ver, sin ser visto, todo cuanto en la sala se
hacía.
»¿Quién pudiera decir ahora los sobresaltos que me dio el corazón mientras
allí estuve, los pensamientos que me ocurrieron, las consideraciones que
hice?, que fueron tantas y tales, que ni se pueden decir ni aun es bien que
se digan. Basta que sepáis que el desposado entró en la sala sin otro
adorno que los mesmos vestidos ordinarios que solía. Traía por padrino a un
primo hermano de Luscinda, y en toda la sala no había persona de fuera,
sino los criados de casa. De allí a un poco, salió de una recámara
Luscinda, acompañada de su madre y de dos doncellas suyas, tan bien
aderezada y compuesta como su calidad y hermosura merecían, y como quien
era la perfeción de la gala y bizarría cortesana. No me dio lugar mi
suspensión y arrobamiento para que mirase y notase en particular lo que
traía vestido; sólo pude advertir a las colores, que eran encarnado y
blanco, y en las vislumbres que las piedras y joyas del tocado y de todo el
vestido hacían, a todo lo cual se aventajaba la belleza singular de sus
hermosos y rubios cabellos; tales que, en competencia de las preciosas
piedras y de las luces de cuatro hachas que en la sala estaban, la suya con
más resplandor a los ojos ofrecían. ¡Oh memoria, enemiga mortal de mi
descanso! ¿De qué sirve representarme ahora la incomparable belleza de
aquella adorada enemiga mía? ¿No será mejor, cruel memoria, que me acuerdes
y representes lo que entonces hizo, para que, movido de tan manifiesto
agravio, procure, ya que no la venganza, a lo menos perder la vida?» No os
canséis, señores, de oír estas digresiones que hago; que no es mi pena de
aquellas que puedan ni deban contarse sucintamente y de paso, pues cada
circunstancia suya me parece a mí que es digna de un largo discurso.
A esto le respondió el cura que no sólo no se cansaban en oírle, sino que
les daba mucho gusto las menudencias que contaba, por ser tales, que
merecían no pasarse en silencio, y la mesma atención que lo principal del
cuento.
-«Digo, pues -prosiguió Cardenio-, que, estando todos en la sala, entró el
cura de la perroquia, y, tomando a los dos por la mano para hacer lo que en
tal acto se requiere, al decir: ''¿Queréis, señora Luscinda, al señor don
Fernando, que está presente, por vuestro legítimo esposo, como lo manda la
Santa Madre Iglesia?'', yo saqué toda la cabeza y cuello de entre los
tapices, y con atentísimos oídos y alma turbada me puse a escuchar lo que
Luscinda respondía, esperando de su respuesta la sentencia de mi muerte o
la confirmación de mi vida. ¡Oh, quién se atreviera a salir entonces,
diciendo a voces!: ''¡Ah Luscinda, Luscinda, mira lo que haces, considera
lo que me debes, mira que eres mía y que no puedes ser de otro! Advierte
que el decir tú sí y el acabárseme la vida ha de ser todo a un punto. ¡Ah
traidor don Fernando, robador de mi gloria, muerte de mi vida! ¿Qué
quieres? ¿Qué pretendes? Considera que no puedes cristianamente llegar al
fin de tus deseos, porque Luscinda es mi esposa y yo soy su marido''. ¡Ah,
loco de mí, ahora que estoy ausente y lejos del peligro, digo que había de
hacer lo que no hice! ¡Ahora que dejé robar mi cara prenda, maldigo al
robador, de quien pudiera vengarme si tuviera corazón para ello como le
tengo para quejarme! En fin, pues fui entonces cobarde y necio, no es mucho
que muera ahora corrido, arrepentido y loco.
»Estaba esperando el cura la respuesta de Luscinda, que se detuvo un buen
espacio en darla, y, cuando yo pensé que sacaba la daga para acreditarse, o
desataba la lengua para decir alguna verdad o desengaño que en mi provecho
redundase, oigo que dijo con voz desmayada y flaca: ''Sí quiero''; y lo
mesmo dijo don Fernando; y, dándole el anillo, quedaron en disoluble nudo
ligados. Llegó el desposado a abrazar a su esposa, y ella, poniéndose la
mano sobre el corazón, cayó desmayada en los brazos de su madre. Resta
ahora decir cuál quedé yo viendo, en el sí que había oído, burladas mis
esperanzas, falsas las palabras y promesas de Luscinda: imposibilitado de
cobrar en algún tiempo el bien que en aquel instante había perdido. Quedé
falto de consejo, desamparado, a mi parecer, de todo el cielo, hecho
enemigo de la tierra que me sustentaba, negándome el aire aliento para mis
suspiros y el agua humor para mis ojos; sólo el fuego se acrecentó de
manera que todo ardía de rabia y de celos.
»Alborotáronse todos con el desmayo de Luscinda, y, desabrochándole su
madre el pecho para que le diese el aire, se descubrió en él un papel
cerrado, que don Fernando tomó luego y se le puso a leer a la luz de una de
las hachas; y, en acabando de leerle, se sentó en una silla y se puso la
mano en la mejilla, con muestras de hombre muy pensativo, sin acudir a los
remedios que a su esposa se hacían para que del desmayo volviese. Yo,
viendo alborotada toda la gente de casa, me aventuré a salir, ora fuese
visto o no, con determinación que si me viesen, de hacer un desatino tal,
que todo el mundo viniera a entender la justa indignación de mi pecho en el
castigo del falso don Fernando, y aun en el mudable de la desmayada
traidora. Pero mi suerte, que para mayores males, si es posible que los
haya, me debe tener guardado, ordenó que en aquel punto me sobrase el
entendimiento que después acá me ha faltado; y así, sin querer tomar
venganza de mis mayores enemigos (que, por estar tan sin pensamiento mío,
fuera fácil tomarla), quise tomarla de mi mano y ejecutar en mí la pena que
ellos merecían; y aun quizá con más rigor del que con ellos se usara si
entonces les diera muerte, pues la que se recibe repentina presto acaba la
pena; mas la que se dilata con tormentos siempre mata, sin acabar la vida.
»En fin, yo salí de aquella casa y vine a la de aquél donde había dejado la
mula; hice que me la ensillase, sin despedirme dél subí en ella, y salí de
la ciudad, sin osar, como otro Lot, volver el rostro a miralla; y cuando me
vi en el campo solo, y que la escuridad de la noche me encubría y su
silencio convidaba a quejarme, sin respeto o miedo de ser escuchado ni
conocido, solté la voz y desaté la lengua en tantas maldiciones de Luscinda
y de don Fernando, como si con ellas satisficiera el agravio que me habían
hecho. Dile títulos de cruel, de ingrata, de falsa y desagradecida; pero,
sobre todos, de codiciosa, pues la riqueza de mi enemigo la había cerrado
los ojos de la voluntad, para quitármela a mí y entregarla a aquél con
quien más liberal y franca la fortuna se había mostrado; y, en mitad de la
fuga destas maldiciones y vituperios, la desculpaba, diciendo que no era
mucho que una doncella recogida en casa de sus padres, hecha y acostumbrada
siempre a obedecerlos, hubiese querido condecender con su gusto, pues le
daban por esposo a un caballero tan principal, tan rico y tan gentil hombre
que, a no querer recebirle, se podía pensar, o que no tenía juicio, o que
en otra parte tenía la voluntad: cosa que redundaba tan en perjuicio de su
buena opinión y fama. Luego volvía diciendo que, puesto que ella dijera que
yo era su esposo, vieran ellos que no había hecho en escogerme tan mala
elección, que no la disculparan, pues antes de ofrecérseles don Fernando no
pudieran ellos mesmos acertar a desear, si con razón midiesen su deseo,
otro mejor que yo para esposo de su hija; y que bien pudiera ella, antes de
ponerse en el trance forzoso y último de dar la mano, decir que ya yo le
había dado la mía; que yo viniera y concediera con todo cuanto ella
acertara a fingir en este caso.
»En fin, me resolví en que poco amor, poco juicio, mucha ambición y deseos
de grandezas hicieron que se olvidase de las palabras con que me había
engañado, entretenido y sustentado en mis firmes esperanzas y honestos
deseos. Con estas voces y con esta inquietud caminé lo que quedaba de
aquella noche, y di al amanecer en una entrada destas sierras, por las
cuales caminé otros tres días, sin senda ni camino alguno, hasta que vine a
parar a unos prados, que no sé a qué mano destas montañas caen, y allí
pregunté a unos ganaderos que hacia dónde era lo más áspero destas sierras.
Dijéronme que hacia esta parte. Luego me encaminé a ella, con intención de
acabar aquí la vida, y, en entrando por estas asperezas, del cansancio y de
la hambre se cayó mi mula muerta, o, lo que yo más creo, por desechar de sí
tan inútil carga como en mí llevaba. Yo quedé a pie, rendido de la
naturaleza, traspasado de hambre, sin tener, ni pensar buscar, quien me
socorriese.
»De aquella manera estuve no sé qué tiempo, tendido en el suelo, al cabo
del cual me levanté sin hambre, y hallé junto a mí a unos cabreros, que,
sin duda, debieron ser los que mi necesidad remediaron, porque ellos me
dijeron de la manera que me habían hallado, y cómo estaba diciendo tantos
disparates y desatinos, que daba indicios claros de haber perdido el
juicio; y yo he sentido en mí, después acá, que no todas veces le tengo
cabal, sino tan desmedrado y flaco que hago mil locuras, rasgándome los
vestidos, dando voces por estas soledades, maldiciendo mi ventura y
repitiendo en vano el nombre amado de mi enemiga, sin tener otro discurso
ni intento entonces que procurar acabar la vida voceando; y cuando en mí
vuelvo, me hallo tan cansado y molido, que apenas puedo moverme. Mi más
común habitación es en el hueco de un alcornoque, capaz de cubrir este
miserable cuerpo. Los vaqueros y cabreros que andan por estas montañas,
movidos de caridad, me sustentan, poniéndome el manjar por los caminos y
por las peñas por donde entienden que acaso podré pasar y hallarlo; y así,
aunque entonces me falte el juicio, la necesidad natural me da a conocer el
mantenimiento, y despierta en mí el deseo de apetecerlo y la voluntad de
tomarlo. Otras veces me dicen ellos, cuando me encuentran con juicio, que
yo salgo a los caminos y que se lo quito por fuerza, aunque me lo den de
grado, a los pastores que vienen con ello del lugar a las majadas.
»Desta manera paso mi miserable y estrema vida, hasta que el cielo sea
servido de conducirle a su último fin, o de ponerle en mi memoria, para que
no me acuerde de la hermosura y de la traición de Luscinda y del agravio de
don Fernando; que si esto él hace sin quitarme la vida, yo volveré a mejor
discurso mis pensamientos; donde no, no hay sino rogarle que absolutamente
tenga misericordia de mi alma, que yo no siento en mí valor ni fuerzas para
sacar el cuerpo desta estrecheza en que por mi gusto he querido ponerle».
Ésta es, ¡oh señores!, la amarga historia de mi desgracia: decidme si es
tal, que pueda celebrarse con menos sentimientos que los que en mí habéis
visto; y no os canséis en persuadirme ni aconsejarme lo que la razón os
dijere que puede ser bueno para mi remedio, porque ha de aprovechar conmigo
lo que aprovecha la medicina recetada de famoso médico al enfermo que
recebir no la quiere. Yo no quiero salud sin Luscinda; y, pues ella gustó
de ser ajena, siendo, o debiendo ser, mía, guste yo de ser de la
desventura, pudiendo haber sido de la buena dicha. Ella quiso, con su
mudanza, hacer estable mi perdición; yo querré, con procurar perderme,
hacer contenta su voluntad, y será ejemplo a los por venir de que a mí solo
faltó lo que a todos los desdichados sobra, a los cuales suele ser consuelo
la imposibilidad de tenerle, y en mí es causa de mayores sentimientos y
males, porque aun pienso que no se han de acabar con la muerte.
Aquí dio fin Cardenio a su larga plática y tan desdichada como amorosa
historia. Y, al tiempo que el cura se prevenía para decirle algunas razones
de consuelo, le suspendió una voz que llegó a sus oídos, que en lastimados
acentos oyeron que decía lo que se dirá en la cuarta parte desta narración,
que en este punto dio fin a la tercera el sabio y atentado historiador Cide
Hamete Benengeli.
Cuarta parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
Capítulo XXVIII. Que trata de la nueva y agradable aventura que al cura y
barbero sucedió en la mesma sierra
Felicísimos y venturosos fueron los tiempos donde se echó al mundo el
audacísimo caballero don Quijote de la Mancha, pues por haber tenido tan
honrosa determinación como fue el querer resucitar y volver al mundo la ya
perdida y casi muerta orden de la andante caballería, gozamos ahora, en
esta nuestra edad, necesitada de alegres entretenimientos, no sólo de la
dulzura de su verdadera historia, sino de los cuentos y episodios della,
que, en parte, no son menos agradables y artificiosos y verdaderos que la
misma historia; la cual, prosiguiendo su rastrillado, torcido y aspado
hilo, cuenta que, así como el cura comenzó a prevenirse para consolar a
Cardenio, lo impidió una voz que llegó a sus oídos, que, con tristes
acentos, decía desta manera:
-¡Ay Dios! ¿Si será posible que he ya hallado lugar que pueda servir de
escondida sepultura a la carga pesada deste cuerpo, que tan contra mi
voluntad sostengo? Sí será, si la soledad que prometen estas sierras no me
miente. ¡Ay, desdichada, y cuán más agradable compañía harán estos riscos y
malezas a mi intención, pues me darán lugar para que con quejas comunique
mi desgracia al cielo, que no la de ningún hombre humano, pues no hay
ninguno en la tierra de quien se pueda esperar consejo en las dudas, alivio
en las quejas, ni remedio en los males!
Todas estas razones oyeron y percibieron el cura y los que con él estaban,
y por parecerles, como ello era, que allí junto las decían, se levantaron a
buscar el dueño, y no hubieron andado veinte pasos, cuando detrás de un
peñasco vieron, sentado al pie de un fresno, a un mozo vestido como
labrador, al cual, por tener inclinado el rostro, a causa de que se lavaba
los pies en el arroyo que por allí corría, no se le pudieron ver por
entonces. Y ellos llegaron con tanto silencio que dél no fueron sentidos,
ni él estaba a otra cosa atento que a lavarse los pies, que eran tales, que
no parecían sino dos pedazos de blanco cristal que entre las otras piedras
del arroyo se habían nacido. Suspendióles la blancura y belleza de los
pies, pareciéndoles que no estaban hechos a pisar terrones, ni a andar tras
el arado y los bueyes, como mostraba el hábito de su dueño; y así, viendo
que no habían sido sentidos, el cura, que iba delante, hizo señas a los
otros dos que se agazapasen o escondiesen detrás de unos pedazos de peña
que allí había, y así lo hicieron todos, mirando con atención lo que el
mozo hacía; el cual traía puesto un capotillo pardo de dos haldas, muy
ceñido al cuerpo con una toalla blanca. Traía, ansimesmo, unos calzones y
polainas de paño pardo, y en la cabeza una montera parda. Tenía las
polainas levantadas hasta la mitad de la pierna, que, sin duda alguna, de
blanco alabastro parecía. Acabóse de lavar los hermosos pies, y luego, con
un paño de tocar, que sacó debajo de la montera, se los limpió; y, al
querer quitársele, alzó el rostro, y tuvieron lugar los que mirándole
estaban de ver una hermosura incomparable; tal, que Cardenio dijo al cura,
con voz baja:
-Ésta, ya que no es Luscinda, no es persona humana, sino divina.
El mozo se quitó la montera, y, sacudiendo la cabeza a una y a otra parte,
se comenzaron a descoger y desparcir unos cabellos, que pudieran los del
sol tenerles envidia. Con esto conocieron que el que parecía labrador era
mujer, y delicada, y aun la más hermosa que hasta entonces los ojos de los
dos habían visto, y aun los de Cardenio, si no hubieran mirado y conocido a
Luscinda; que después afirmó que sola la belleza de Luscinda podía
contender con aquélla. Los luengos y rubios cabellos no sólo le cubrieron
las espaldas, mas toda en torno la escondieron debajo de ellos; que si no
eran los pies, ninguna otra cosa de su cuerpo se parecía: tales y tantos
eran. En esto, les sirvió de peine unas manos, que si los pies en el agua
habían parecido pedazos de cristal, las manos en los cabellos semejaban
pedazos de apretada nieve; todo lo cual, en más admiración y en más deseo
de saber quién era ponía a los tres que la miraban.
Por esto determinaron de mostrarse, y, al movimiento que hicieron de
ponerse en pie, la hermosa moza alzó la cabeza, y, apartándose los cabellos
de delante de los ojos con entrambas manos, miró los que el ruido hacían; y
apenas los hubo visto, cuando se levantó en pie, y, sin aguardar a calzarse
ni a recoger los cabellos, asió con mucha presteza un bulto, como de ropa,
que junto a sí tenía, y quiso ponerse en huida, llena de turbación y
sobresalto; mas no hubo dado seis pasos cuando, no pudiendo sufrir los
delicados pies la aspereza de las piedras, dio consigo en el suelo. Lo cual
visto por los tres, salieron a ella, y el cura fue el primero que le dijo:
-Deteneos, señora, quienquiera que seáis, que los que aquí veis sólo tienen
intención de serviros. No hay para qué os pongáis en tan impertinente
huida, porque ni vuestros pies lo podrán sufrir ni nosotros consentir.
A todo esto, ella no respondía palabra, atónita y confusa. Llegaron, pues,
a ella, y, asiéndola por la mano el cura, prosiguió diciendo:
-Lo que vuestro traje, señora, nos niega, vuestros cabellos nos descubren:
señales claras que no deben de ser de poco momento las causas que han
disfrazado vuestra belleza en hábito tan indigno, y traídola a tanta
soledad como es ésta, en la cual ha sido ventura el hallaros, si no para
dar remedio a vuestros males, a lo menos para darles consejo, pues ningún
mal puede fatigar tanto, ni llegar tan al estremo de serlo, mientras no
acaba la vida, que rehúya de no escuchar siquiera el consejo que con buena
intención se le da al que lo padece. Así que, señora mía, o señor mío, o lo
que vos quisierdes ser, perded el sobresalto que nuestra vista os ha
causado y contadnos vuestra buena o mala suerte; que en nosotros juntos, o
en cada uno, hallaréis quien os ayude a sentir vuestras desgracias.
En tanto que el cura decía estas razones, estaba la disfrazada moza como
embelesada, mirándolos a todos, sin mover labio ni decir palabra alguna:
bien así como rústico aldeano que de improviso se le muestran cosas raras y
dél jamás vistas. Mas, volviendo el cura a decirle otras razones al mesmo
efeto encaminadas, dando ella un profundo suspiro, rompió el silencio y
dijo:
-Pues que la soledad destas sierras no ha sido parte para encubrirme, ni la
soltura de mis descompuestos cabellos no ha permitido que sea mentirosa mi
lengua, en balde sería fingir yo de nuevo ahora lo que, si se me creyese,
sería más por cortesía que por otra razón alguna. Presupuesto esto, digo,
señores, que os agradezco el ofrecimiento que me habéis hecho, el cual me
ha puesto en obligación de satisfaceros en todo lo que me habéis pedido,
puesto que temo que la relación que os hiciere de mis desdichas os ha de
causar, al par de la compasión, la pesadumbre, porque no habéis de hallar
remedio para remediarlas ni consuelo para entretenerlas. Pero, con todo
esto, porque no ande vacilando mi honra en vuestras intenciones, habiéndome
ya conocido por mujer y viéndome moza, sola y en este traje, cosas todas
juntas, y cada una por sí, que pueden echar por tierra cualquier honesto
crédito, os habré de decir lo que quisiera callar si pudiera.
Todo esto dijo sin parar la que tan hermosa mujer parecía, con tan suelta
lengua, con voz tan suave, que no menos les admiró su discreción que su
hermosura. Y, tornándole a hacer nuevos ofrecimientos y nuevos ruegos para
que lo prometido cumpliese, ella, sin hacerse más de rogar, calzándose con
toda honestidad y recogiendo sus cabellos, se acomodó en el asiento de una
piedra, y, puestos los tres alrededor della, haciéndose fuerza por detener
algunas lágrimas que a los ojos se le venían, con voz reposada y clara,
comenzó la historia de su vida desta manera:
-«En esta Andalucía hay un lugar de quien toma título un duque, que le hace
uno de los que llaman grandes en España. Éste tiene dos hijos: el mayor,
heredero de su estado, y, al parecer, de sus buenas costumbres; y el menor,
no sé yo de qué sea heredero, sino de las traiciones de Vellido y de los
embustes de Galalón. Deste señor son vasallos mis padres, humildes en
linaje, pero tan ricos que si los bienes de su naturaleza igualaran a los
de su fortuna, ni ellos tuvieran más que desear ni yo temiera verme en la
desdicha en que me veo; porque quizá nace mi poca ventura de la que no
tuvieron ellos en no haber nacido ilustres. Bien es verdad que no son tan
bajos que puedan afrentarse de su estado, ni tan altos que a mí me quiten
la imaginación que tengo de que de su humildad viene mi desgracia. Ellos,
en fin, son labradores, gente llana, sin mezcla de alguna raza mal sonante,
y, como suele decirse, cristianos viejos ranciosos; pero tan ricos que su
riqueza y magnífico trato les va poco a poco adquiriendo nombre de
hidalgos, y aun de caballeros. Puesto que de la mayor riqueza y nobleza que
ellos se preciaban era de tenerme a mí por hija; y, así por no tener otra
ni otro que los heredase como por ser padres, y aficionados, yo era una de
las más regaladas hijas que padres jamás regalaron. Era el espejo en que se
miraban, el báculo de su vejez, y el sujeto a quien encaminaban,
midiéndolos con el cielo, todos sus deseos; de los cuales, por ser ellos
tan buenos, los míos no salían un punto. Y del mismo modo que yo era señora
de sus ánimos, ansí lo era de su hacienda: por mí se recebían y despedían
los criados; la razón y cuenta de lo que se sembraba y cogía pasaba por mi
mano; los molinos de aceite, los lagares de vino, el número del ganado
mayor y menor, el de las colmenas. Finalmente, de todo aquello que un tan
rico labrador como mi padre puede tener y tiene, tenía yo la cuenta, y era
la mayordoma y señora, con tanta solicitud mía y con tanto gusto suyo, que
buenamente no acertaré a encarecerlo. Los ratos que del día me quedaban,
después de haber dado lo que convenía a los mayorales, a capataces y a
otros jornaleros, los entretenía en ejercicios que son a las doncellas tan
lícitos como necesarios, como son los que ofrece la aguja y la almohadilla,
y la rueca muchas veces; y si alguna, por recrear el ánimo, estos
ejercicios dejaba, me acogía al entretenimiento de leer algún libro devoto,
o a tocar una arpa, porque la experiencia me mostraba que la música compone
los ánimos descompuestos y alivia los trabajos que nacen del espíritu.
»Ésta, pues, era la vida que yo tenía en casa de mis padres, la cual, si
tan particularmente he contado, no ha sido por ostentación ni por dar a
entender que soy rica, sino porque se advierta cuán sin culpa me he venido
de aquel buen estado que he dicho al infelice en que ahora me hallo. Es,
pues, el caso que, pasando mi vida en tantas ocupaciones y en un
encerramiento tal que al de un monesterio pudiera compararse, sin ser
vista, a mi parecer, de otra persona alguna que de los criados de casa,
porque los días que iba a misa era tan de mañana, y tan acompañada de mi
madre y de otras criadas, y yo tan cubierta y recatada que apenas vían mis
ojos más tierra de aquella donde ponía los pies; y, con todo esto, los del
amor, o los de la ociosidad, por mejor decir, a quien los de lince no
pueden igualarse, me vieron, puestos en la solicitud de don Fernando, que
éste es el nombre del hijo menor del duque que os he contado».
No hubo bien nombrado a don Fernando la que el cuento contaba, cuando a
Cardenio se le mudó la color del rostro, y comenzó a trasudar, con tan
grande alteración que el cura y el barbero, que miraron en ello, temieron
que le venía aquel accidente de locura que habían oído decir que de cuando
en cuando le venía. Mas Cardenio no hizo otra cosa que trasudar y estarse
quedo, mirando de hito en hito a la labradora, imaginando quién ella era;
la cual, sin advertir en los movimientos de Cardenio, prosiguió su
historia, diciendo:
-«Y no me hubieron bien visto cuando, según él dijo después, quedó tan
preso de mis amores cuanto lo dieron bien a entender sus demostraciones.
Mas, por acabar presto con el cuento, que no le tiene, de mis desdichas,
quiero pasar en silencio las diligencias que don Fernando hizo para
declararme su voluntad. Sobornó toda la gente de mi casa, dio y ofreció
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