conocíamos, sino que los vestidos, aunque rotos, con la noticia que dellos
teníamos, nos dieron a entender que era el que buscábamos. Saludónos
cortésmente, y en pocas y muy buenas razones nos dijo que no nos
maravillásemos de verle andar de aquella suerte, porque así le convenía
para cumplir cierta penitencia que por sus muchos pecados le había sido
impuesta. Rogámosle que nos dijese quién era, mas nunca lo pudimos acabar
con él. Pedímosle también que, cuando hubiese menester el sustento, sin el
cual no podía pasar, nos dijese dónde le hallaríamos, porque con mucho amor
y cuidado se lo llevaríamos; y que si esto tampoco fuese de su gusto, que,
a lo menos, saliese a pedirlo, y no a quitarlo a los pastores. Agradeció
nuestro ofrecimiento, pidió perdón de los asaltos pasados, y ofreció de
pedillo de allí adelante por amor de Dios, sin dar molestia alguna a nadie.
En cuanto lo que tocaba a la estancia de su habitación, dijo que no tenía
otra que aquella que le ofrecía la ocasión donde le tomaba la noche; y
acabó su plática con un tan tierno llanto, que bien fuéramos de piedra los
que escuchado le habíamos, si en él no le acompañáramos, considerándole
cómo le habíamos visto la vez primera, y cuál le veíamos entonces. Porque,
como tengo dicho, era un muy gentil y agraciado mancebo, y en sus corteses
y concertadas razones mostraba ser bien nacido y muy cortesana persona;
que, puesto que éramos rústicos los que le escuchábamos, su gentileza era
tanta, que bastaba a darse a conocer a la mesma rusticidad. Y, estando en
lo mejor de su plática, paró y enmudecióse; clavó los ojos en el suelo por
un buen espacio, en el cual todos estuvimos quedos y suspensos, esperando
en qué había de parar aquel embelesamiento, con no poca lástima de verlo;
porque, por lo que hacía de abrir los ojos, estar fijo mirando al suelo sin
mover pestaña gran rato, y otras veces cerrarlos, apretando los labios y
enarcando las cejas, fácilmente conocimos que algún accidente de locura le
había sobrevenido. Mas él nos dio a entender presto ser verdad lo que
pensábamos, porque se levantó con gran furia del suelo, donde se había
echado, y arremetió con el primero que halló junto a sí, con tal denuedo y
rabia que, si no se le quitáramos, le matara a puñadas y a bocados; y todo
esto hacía, diciendo: ''¡Ah, fementido Fernando! ¡Aquí, aquí me pagarás la
sinrazón que me heciste: estas manos te sacarán el corazón, donde albergan
y tienen manida todas las maldades juntas, principalmente la fraude y el
engaño!'' Y a éstas añadía otras razones, que todas se encaminaban a decir
mal de aquel Fernando y a tacharle de traidor y fementido. Quitámossele,
pues, con no poca pesadumbre, y él, sin decir más palabra, se apartó de
nosotros y se emboscó corriendo por entre estos jarales y malezas, de modo
que nos imposibilitó el seguille. Por esto conjeturamos que la locura le
venía a tiempos, y que alguno que se llamaba Fernando le debía de haber
hecho alguna mala obra, tan pesada cuanto lo mostraba el término a que le
había conducido. Todo lo cual se ha confirmado después acá con las veces,
que han sido muchas, que él ha salido al camino, unas a pedir a los
pastores le den de lo que llevan para comer y otras a quitárselo por
fuerza; porque cuando está con el accidente de la locura, aunque los
pastores se lo ofrezcan de buen grado, no lo admite, sino que lo toma a
puñadas; y cuando está en su seso, lo pide por amor de Dios, cortés y
comedidamente, y rinde por ello muchas gracias, y no con falta de lágrimas.
Y en verdad os digo, señores -prosiguió el cabrero-, que ayer determinamos
yo y cuatro zagales, los dos criados y los dos amigos míos, de buscarle
hasta tanto que le hallemos, y, después de hallado, ya por fuerza ya por
grado, le hemos de llevar a la villa de Almodóvar, que está de aquí ocho
leguas, y allí le curaremos, si es que su mal tiene cura, o sabremos quién
es cuando esté en sus seso, y si tiene parientes a quien dar noticia de su
desgracia». Esto es, señores, lo que sabré deciros de lo que me habéis
preguntado; y entended que el dueño de las prendas que hallastes es el
mesmo que vistes pasar con tanta ligereza como desnudez -que ya le había
dicho don Quijote cómo había visto pasar aquel hombre saltando por la
sierra.
El cual quedó admirado de lo que al cabrero había oído, y quedó con más
deseo de saber quién era el desdichado loco; y propuso en sí lo mesmo que
ya tenía pensado: de buscalle por toda la montaña, sin dejar rincón ni
cueva en ella que no mirase, hasta hallarle. Pero hízolo mejor la suerte de
lo que él pensaba ni esperaba, porque en aquel mesmo instante pareció, por
entre una quebrada de una sierra que salía donde ellos estaban, el mancebo
que buscaba, el cual venía hablando entre sí cosas que no podían ser
entendidas de cerca, cuanto más de lejos. Su traje era cual se ha pintado,
sólo que, llegando cerca, vio don Quijote que un coleto hecho pedazos que
sobre sí traía era de ámbar; por donde acabó de entender que persona que
tales hábitos traía no debía de ser de ínfima calidad.
En llegando el mancebo a ellos, les saludó con una voz desentonada y
bronca, pero con mucha cortesía. Don Quijote le volvió las saludes con no
menos comedimiento, y, apeándose de Rocinante, con gentil continente y
donaire, le fue a abrazar y le tuvo un buen espacio estrechamente entre sus
brazos, como si de luengos tiempos le hubiera conocido. El otro, a quien
podemos llamar el Roto de la Mala Figura -como a don Quijote el de la
Triste-, después de haberse dejado abrazar, le apartó un poco de sí, y,
puestas sus manos en los hombros de don Quijote, le estuvo mirando, como
que quería ver si le conocía; no menos admirado quizá de ver la figura,
talle y armas de don Quijote, que don Quijote lo estaba de verle a él. En
resolución, el primero que habló después del abrazamiento fue el Roto, y
dijo lo que se dirá adelante.
Capítulo XXIV. Donde se prosigue la aventura de la Sierra Morena
Dice la historia que era grandísima la atención con que don Quijote
escuchaba al astroso Caballero de la Sierra, el cual, prosiguiendo su
plática, dijo:
-Por cierto, señor, quienquiera que seáis, que yo no os conozco, yo os
agradezco las muestras y la cortesía que conmigo habéis usado; y quisiera
yo hallarme en términos que con más que la voluntad pudiera servir la que
habéis mostrado tenerme en el buen acogimiento que me habéis hecho, mas no
quiere mi suerte darme otra cosa con que corresponda a las buenas obras que
me hacen, que buenos deseos de satisfacerlas.
-Los que yo tengo -respondió don Quijote- son de serviros; tanto, que tenía
determinado de no salir destas sierras hasta hallaros y saber de vos si el
dolor que en la estrañeza de vuestra vida mostráis tener se podía hallar
algún género de remedio; y si fuera menester buscarle, buscarle con la
diligencia posible. Y, cuando vuestra desventura fuera de aquellas que
tienen cerradas las puertas a todo género de consuelo, pensaba ayudaros a
llorarla y plañirla como mejor pudiera, que todavía es consuelo en las
desgracias hallar quien se duela dellas. Y, si es que mi buen intento
merece ser agradecido con algún género de cortesía, yo os suplico, señor,
por la mucha que veo que en vos se encierra, y juntamente os conjuro por la
cosa que en esta vida más habéis amado o amáis, que me digáis quién sois y
la causa que os ha traído a vivir y a morir entre estas soledades como
bruto animal, pues moráis entre ellos tan ajeno de vos mismo cual lo
muestra vuestro traje y persona. Y juro -añadió don Quijote-, por la orden
de caballería que recebí, aunque indigno y pecador, y por la profesión de
caballero andante, que si en esto, señor, me complacéis, de serviros con
las veras a que me obliga el ser quien soy: ora remediando vuestra
desgracia, si tiene remedio, ora ayudándoos a llorarla, como os lo he
prometido.
El Caballero del Bosque, que de tal manera oyó hablar al de la Triste
Figura, no hacía sino mirarle, y remirarle y tornarle a mirar de arriba
abajo; y, después que le hubo bien mirado, le dijo:
-Si tienen algo que darme a comer, por amor de Dios que me lo den; que,
después de haber comido, yo haré todo lo que se me manda, en agradecimiento
de tan buenos deseos como aquí se me han mostrado.
Luego sacaron, Sancho de su costal y el cabrero de su zurrón, con que
satisfizo el Roto su hambre, comiendo lo que le dieron como persona
atontada, tan apriesa que no daba espacio de un bocado al otro, pues antes
los engullía que tragaba; y, en tanto que comía, ni él ni los que le
miraban hablaban palabra. Como acabó de comer, les hizo de señas que le
siguiesen, como lo hicieron, y él los llevó a un verde pradecillo que a la
vuelta de una peña poco desviada de allí estaba. En llegando a él se tendió
en el suelo, encima de la yerba, y los demás hicieron lo mismo; y todo esto
sin que ninguno hablase, hasta que el Roto, después de haberse acomodado en
su asiento, dijo:
-Si gustáis, señores, que os diga en breves razones la inmensidad de mis
desventuras, habéisme de prometer de que con ninguna pregunta, ni otra
cosa, no interromperéis el hilo de mi triste historia; porque en el punto
que lo hagáis, en ése se quedará lo que fuere contando.
Estas razones del Roto trujeron a la memoria a don Quijote el cuento que le
había contado su escudero, cuando no acertó el número de las cabras que
habían pasado el río y se quedó la historia pendiente. Pero, volviendo al
Roto, prosiguió diciendo:
-Esta prevención que hago es porque querría pasar brevemente por el cuento
de mis desgracias; que el traerlas a la memoria no me sirve de otra cosa
que añadir otras de nuevo, y, mientras menos me preguntáredes, más presto
acabaré yo de decillas, puesto que no dejaré por contar cosa alguna que sea
de importancia para no satisfacer del todo a vuestro deseo.
Don Quijote se lo prometió, en nombre de los demás, y él, con este seguro,
comenzó desta manera:
-«Mi nombre es Cardenio; mi patria, una ciudad de las mejores desta
Andalucía; mi linaje, noble; mis padres, ricos; mi desventura, tanta que la
deben de haber llorado mis padres y sentido mi linaje, sin poderla aliviar
con su riqueza; que para remediar desdichas del cielo poco suelen valer los
bienes de fortuna. Vivía en esta mesma tierra un cielo, donde puso el amor
toda la gloria que yo acertara a desearme: tal es la hermosura de Luscinda,
doncella tan noble y tan rica como yo, pero de más ventura y de menos
firmeza de la que a mis honrados pensamientos se debía. A esta Luscinda
amé, quise y adoré desde mis tiernos y primeros años, y ella me quiso a mí
con aquella sencillez y buen ánimo que su poca edad permitía. Sabían
nuestros padres nuestros intentos, y no les pesaba dello, porque bien veían
que, cuando pasaran adelante, no podían tener otro fin que el de casarnos,
cosa que casi la concertaba la igualdad de nuestro linaje y riquezas.
Creció la edad, y con ella el amor de entrambos, que al padre de Luscinda
le pareció que por buenos respetos estaba obligado a negarme la entrada de
su casa, casi imitando en esto a los padres de aquella Tisbe tan decantada
de los poetas. Y fue esta negación añadir llama a llama y deseo a deseo,
porque, aunque pusieron silencio a las lenguas, no le pudieron poner a las
plumas, las cuales, con más libertad que las lenguas, suelen dar a entender
a quien quieren lo que en el alma está encerrado; que muchas veces la
presencia de la cosa amada turba y enmudece la intención más determinada y
la lengua más atrevida. ¡Ay cielos, y cuántos billetes le escribí! ¡Cuán
regaladas y honestas respuestas tuve! ¡Cuántas canciones compuse y cuántos
enamorados versos, donde el alma declaraba y trasladaba sus sentimientos,
pintaba sus encendidos deseos, entretenía sus memorias y recreaba su
voluntad!
»En efeto, viéndome apurado, y que mi alma se consumía con el deseo de
verla, determiné poner por obra y acabar en un punto lo que me pareció que
más convenía para salir con mi deseado y merecido premio; y fue el
pedírsela a su padre por legítima esposa, como lo hice; a lo que él me
respondió que me agradecía la voluntad que mostraba de honralle, y de
querer honrarme con prendas suyas, pero que, siendo mi padre vivo, a él
tocaba de justo derecho hacer aquella demanda; porque, si no fuese con
mucha voluntad y gusto suyo, no era Luscinda mujer para tomarse ni darse a
hurto.
»Yo le agradecí su buen intento, pareciéndome que llevaba razón en lo que
decía, y que mi padre vendría en ello como yo se lo dijese; y con este
intento, luego en aquel mismo instante, fui a decirle a mi padre lo que
deseaba. Y, al tiempo que entré en un aposento donde estaba, le hallé con
una carta abierta en la mano, la cual, antes que yo le dijese palabra, me
la dio y me dijo: ''Por esa carta verás, Cardenio, la voluntad que el duque
Ricardo tiene de hacerte merced''.» Este duque Ricardo, como ya vosotros,
señores, debéis de saber, es un grande de España que tiene su estado en lo
mejor desta Andalucía. «Tomé y leí la carta, la cual venía tan encarecida
que a mí mesmo me pareció mal si mi padre dejaba de cumplir lo que en ella
se le pedía, que era que me enviase luego donde él estaba; que quería que
fuese compañero, no criado, de su hijo el mayor, y que él tomaba a cargo el
ponerme en estado que correspondiese a la estimación en que me tenía. Leí
la carta y enmudecí leyéndola, y más cuando oí que mi padre me decía: ''De
aquí a dos días te partirás, Cardenio, a hacer la voluntad del duque; y da
gracias a Dios que te va abriendo camino por donde alcances lo que yo sé
que mereces''. Añadió a éstas otras razones de padre consejero.
»Llegóse el término de mi partida, hablé una noche a Luscinda, díjele todo
lo que pasaba, y lo mesmo hice a su padre, suplicándole se entretuviese
algunos días y dilatase el darle estado hasta que yo viese lo que Ricardo
me quería. Él me lo prometió y ella me lo confirmó con mil juramentos y mil
desmayos. Vine, en fin, donde el duque Ricardo estaba. Fui dél tan bien
recebido y tratado, que desde luego comenzó la envidia a hacer su oficio,
teniéndomela los criados antiguos, pareciéndoles que las muestras que el
duque daba de hacerme merced habían de ser en perjuicio suyo. Pero el que
más se holgó con mi ida fue un hijo segundo del duque, llamado Fernando,
mozo gallardo, gentilhombre, liberal y enamorado, el cual, en poco tiempo,
quiso que fuese tan su amigo, que daba que decir a todos; y, aunque el
mayor me quería bien y me hacía merced, no llegó al estremo con que don
Fernando me quería y trataba.
»Es, pues, el caso que, como entre los amigos no hay cosa secreta que no se
comunique, y la privanza que yo tenía con don Fernando dejada de serlo por
ser amistad, todos sus pensamientos me declaraba, especialmente uno
enamorado, que le traía con un poco de desasosiego. Quería bien a una
labradora, vasalla de su padre (y ella los tenía muy ricos), y era tan
hermosa, recatada, discreta y honesta que nadie que la conocía se
determinaba en cuál destas cosas tuviese más excelencia ni más se
aventajase. Estas tan buenas partes de la hermosa labradora redujeron a tal
término los deseos de don Fernando, que se determinó, para poder alcanzarlo
y conquistar la entereza de la labradora, darle palabra de ser su esposo,
porque de otra manera era procurar lo imposible. Yo, obligado de su
amistad, con las mejores razones que supe y con los más vivos ejemplos que
pude, procuré estorbarle y apartarle de tal propósito. Pero, viendo que no
aprovechaba, determiné de decirle el caso al duque Ricardo, su padre. Mas
don Fernando, como astuto y discreto, se receló y temió desto, por
parecerle que estaba yo obligado, en vez de buen criado, no tener
encubierta cosa que tan en perjuicio de la honra de mi señor el duque
venía; y así, por divertirme y engañarme, me dijo que no hallaba otro mejor
remedio para poder apartar de la memoria la hermosura que tan sujeto le
tenía, que el ausentarse por algunos meses; y que quería que el ausencia
fuese que los dos nos viniésemos en casa de mi padre, con ocasión que
darían al duque que venía a ver y a feriar unos muy buenos caballos que en
mi ciudad había, que es madre de los mejores del mundo.
»Apenas le oí yo decir esto, cuando, movido de mi afición, aunque su
determinación no fuera tan buena, la aprobara yo por una de las más
acertadas que se podían imaginar, por ver cuán buena ocasión y coyuntura se
me ofrecía de volver a ver a mi Luscinda. Con este pensamiento y deseo,
aprobé su parecer y esforcé su propósito, diciéndole que lo pusiese por
obra con la brevedad posible, porque, en efeto, la ausencia hacía su
oficio, a pesar de los más firmes pensamientos. Ya cuando él me vino a
decir esto, según después se supo, había gozado a la labradora con título
de esposo, y esperaba ocasión de descubrirse a su salvo, temeroso de lo que
el duque su padre haría cuando supiese su disparate.
»Sucedió, pues, que, como el amor en los mozos, por la mayor parte, no lo
es, sino apetito, el cual, como tiene por último fin el deleite, en
llegando a alcanzarle se acaba y ha de volver atrás aquello que parecía
amor, porque no puede pasar adelante del término que le puso naturaleza, el
cual término no le puso a lo que es verdadero amor...; quiero decir que,
así como don Fernando gozó a la labradora, se le aplacaron sus deseos y se
resfriaron sus ahíncos; y si primero fingía quererse ausentar, por
remediarlos, ahora de veras procuraba irse, por no ponerlos en ejecución.
Diole el duque licencia, y mandóme que le acompañase. Venimos a mi ciudad,
recibióle mi padre como quien era; vi yo luego a Luscinda, tornaron a
vivir, aunque no habían estado muertos ni amortiguados, mis deseos, de los
cuales di cuenta, por mi mal, a don Fernando, por parecerme que, en la ley
de la mucha amistad que mostraba, no le debía encubrir nada. Alabéle la
hermosura, donaire y discreción de Luscinda de tal manera, que mis
alabanzas movieron en él los deseos de querer ver doncella de tantas buenas
partes adornada. Cumplíselos yo, por mi corta suerte, enseñándosela una
noche, a la luz de una vela, por una ventana por donde los dos solíamos
hablarnos. Viola en sayo, tal, que todas las bellezas hasta entonces por él
vistas las puso en olvido. Enmudeció, perdió el sentido, quedó absorto y,
finalmente, tan enamorado cual lo veréis en el discurso del cuento de mi
desventura. Y, para encenderle más el deseo, que a mí me celaba y al cielo
a solas descubría, quiso la fortuna que hallase un día un billete suyo
pidiéndome que la pidiese a su padre por esposa, tan discreto, tan honesto
y tan enamorado que, en leyéndolo, me dijo que en sola Luscinda se
encerraban todas las gracias de hermosura y de entendimiento que en las
demás mujeres del mundo estaban repartidas.
»Bien es verdad que quiero confesar ahora que, puesto que yo veía con cuán
justas causas don Fernando a Luscinda alababa, me pesaba de oír aquellas
alabanzas de su boca, y comencé a temer y a recelarme dél, porque no se
pasaba momento donde no quisiese que tratásemos de Luscinda, y él movía la
plática, aunque la trujese por los cabellos; cosa que despertaba en mí un
no sé qué de celos, no porque yo temiese revés alguno de la bondad y de la
fe de Luscinda, pero, con todo eso, me hacía temer mi suerte lo mesmo que
ella me aseguraba. Procuraba siempre don Fernando leer los papeles que yo a
Luscinda enviaba y los que ella me respondía, a título que de la discreción
de los dos gustaba mucho. Acaeció, pues, que, habiéndome pedido Luscinda un
libro de caballerías en que leer, de quien era ella muy aficionada, que era
el de Amadís de Gaula...»
No hubo bien oído don Quijote nombrar libro de caballerías, cuando dijo:
-Con que me dijera vuestra merced, al principio de su historia, que su
merced de la señora Luscinda era aficionada a libros de caballerías, no
fuera menester otra exageración para darme a entender la alteza de su
entendimiento, porque no le tuviera tan bueno como vos, señor, le habéis
pintado, si careciera del gusto de tan sabrosa leyenda: así que, para
conmigo, no es menester gastar más palabras en declararme su hermosura,
valor y entendimiento; que, con sólo haber entendido su afición, la
confirmo por la más hermosa y más discreta mujer del mundo. Y quisiera yo,
señor, que vuestra merced le hubiera enviado junto con Amadís de Gaula al
bueno de Don Rugel de Grecia, que yo sé que gustara la señora Luscinda
mucho de Daraida y Geraya, y de las discreciones del pastor Darinel y de
aquellos admirables versos de sus bucólicas, cantadas y representadas por
él con todo donaire, discreción y desenvoltura. Pero tiempo podrá venir en
que se enmiende esa falta, y no dura más en hacerse la enmienda de cuanto
quiera vuestra merced ser servido de venirse conmigo a mi aldea, que allí
le podré dar más de trecientos libros, que son el regalo de mi alma y el
entretenimiento de mi vida; aunque tengo para mí que ya no tengo ninguno,
merced a la malicia de malos y envidiosos encantadores. Y perdóneme vuestra
merced el haber contravenido a lo que prometimos de no interromper su
plática, pues, en oyendo cosas de caballerías y de caballeros andantes, así
es en mi mano dejar de hablar en ellos, como lo es en la de los rayos del
sol dejar de calentar, ni humedecer en los de la luna. Así que, perdón y
proseguir, que es lo que ahora hace más al caso.
En tanto que don Quijote estaba diciendo lo que queda dicho, se le había
caído a Cardenio la cabeza sobre el pecho, dando muestras de estar
profundamente pensativo. Y, puesto que dos veces le dijo don Quijote que
prosiguiese su historia, ni alzaba la cabeza ni respondía palabra; pero, al
cabo de un buen espacio, la levantó y dijo:
-No se me puede quitar del pensamiento, ni habrá quien me lo quite en el
mundo, ni quien me dé a entender otra cosa (y sería un majadero el que lo
contrario entendiese o creyese), sino que aquel bellaconazo del maestro
Elisabat estaba amancebado con la reina Madésima.
-Eso no, ¡voto a tal! -respondió con mucha cólera don Quijote (y arrojóle,
como tenía de costumbre)-; y ésa es una muy gran malicia, o bellaquería,
por mejor decir: la reina Madásima fue muy principal señora, y no se ha de
presumir que tan alta princesa se había de amancebar con un sacapotras; y
quien lo contrario entendiere, miente como muy gran bellaco. Y yo se lo
daré a entender, a pie o a caballo, armado o desarmado, de noche o de día,
o como más gusto le diere.
Estábale mirando Cardenio muy atentamente, al cual ya había venido el
accidente de su locura y no estaba para proseguir su historia; ni tampoco
don Quijote se la oyera, según le había disgustado lo que de Madásima le
había oído. ¡Estraño caso; que así volvió por ella como si verdaderamente
fuera su verdadera y natural señora: tal le tenían sus descomulgados
libros! Digo, pues, que, como ya Cardenio estaba loco y se oyó tratar de
mentís y de bellaco, con otros denuestos semejantes, parecióle mal la
burla, y alzó un guijarro que halló junto a sí, y dio con él en los pechos
tal golpe a don Quijote que le hizo caer de espaldas. Sancho Panza, que de
tal modo vio parar a su señor, arremetió al loco con el puño cerrado; y el
Roto le recibió de tal suerte que con una puñada dio con él a sus pies, y
luego se subió sobre él y le brumó las costillas muy a su sabor. El
cabrero, que le quiso defender, corrió el mesmo peligro. Y, después que los
tuvo a todos rendidos y molidos, los dejó y se fue, con gentil sosiego, a
emboscarse en la montaña.
Levantóse Sancho, y, con la rabia que tenía de verse aporreado tan sin
merecerlo, acudió a tomar la venganza del cabrero, diciéndole que él tenía
la culpa de no haberles avisado que a aquel hombre le tomaba a tiempos la
locura; que, si esto supieran, hubieran estado sobre aviso para poderse
guardar. Respondió el cabrero que ya lo había dicho, y que si él no lo
había oído, que no era suya la culpa. Replicó Sancho Panza, y tornó a
replicar el cabrero, y fue el fin de las réplicas asirse de las barbas y
darse tales puñadas que, si don Quijote no los pusiera en paz, se hicieran
pedazos. Decía Sancho, asido con el cabrero:
-Déjeme vuestra merced, señor Caballero de la Triste Figura, que en éste,
que es villano como yo y no está armado caballero, bien puedo a mi salvo
satisfacerme del agravio que me ha hecho, peleando con él mano a mano, como
hombre honrado.
-Así es -dijo don Quijote-, pero yo sé que él no tiene ninguna culpa de lo
sucedido.
Con esto los apaciguó, y don Quijote volvió a preguntar al cabrero si sería
posible hallar a Cardenio, porque quedaba con grandísimo deseo de saber el
fin de su historia. Díjole el cabrero lo que primero le había dicho, que
era no saber de cierto su manida; pero que, si anduviese mucho por aquellos
contornos, no dejaría de hallarle, o cuerdo o loco.
Capítulo XXV. Que trata de las estrañas cosas que en Sierra Morena
sucedieron al valiente caballero de la Mancha, y de la imitación que hizo a
la penitencia de Beltenebros
Despidióse del cabrero don Quijote, y, subiendo otra vez sobre Rocinante,
mandó a Sancho que le siguiese, el cual lo hizo, con su jumento, de muy
mala gana. Íbanse poco a poco entrando en lo más áspero de la montaña, y
Sancho iba muerto por razonar con su amo, y deseaba que él comenzase la
plática, por no contravenir a lo que le tenía mandado; mas, no pudiendo
sufrir tanto silencio, le dijo:
-Señor don Quijote, vuestra merced me eche su bendición y me dé licencia;
que desde aquí me quiero volver a mi casa, y a mi mujer y a mis hijos, con
los cuales, por lo menos, hablaré y departiré todo lo que quisiere; porque
querer vuestra merced que vaya con él por estas soledades, de día y de
noche, y que no le hable cuando me diere gusto es enterrarme en vida. Si ya
quisiera la suerte que los animales hablaran, como hablaban en tiempos de
Guisopete, fuera menos mal, porque departiera yo con mi jumento lo que me
viniera en gana, y con esto pasara mi mala ventura; que es recia cosa, y
que no se puede llevar en paciencia, andar buscando aventuras toda la vida
y no hallar sino coces y manteamientos, ladrillazos y puñadas, y, con todo
esto, nos hemos de coser la boca, sin osar decir lo que el hombre tiene en
su corazón, como si fuera mudo.
-Ya te entiendo, Sancho -respondió don Quijote-: tú mueres porque te alce
el entredicho que te tengo puesto en la lengua. Dale por alzado y di lo que
quisieres, con condición que no ha de durar este alzamiento más de en
cuanto anduviéremos por estas sierras.
-Sea ansí -dijo Sancho-: hable yo ahora, que después Dios sabe lo que será;
y, comenzando a gozar de ese salvoconduto, digo que ¿qué le iba a vuestra
merced en volver tanto por aquella reina Magimasa, o como se llama? O, ¿qué
hacía al caso que aquel abad fuese su amigo o no? Que, si vuestra merced
pasara con ello, pues no era su juez, bien creo yo que el loco pasara
adelante con su historia, y se hubieran ahorrado el golpe del guijarro, y
las coces, y aun más de seis torniscones.
-A fe, Sancho -respondió don Quijote-, que si tú supieras, como yo lo sé,
cuán honrada y cuán principal señora era la reina Madásima, yo sé que
dijeras que tuve mucha paciencia, pues no quebré la boca por donde tales
blasfemias salieron; porque es muy gran blasfemia decir ni pensar que una
reina esté amancebada con un cirujano. La verdad del cuento es que aquel
maestro Elisabat, que el loco dijo, fue un hombre muy prudente y de muy
sanos consejos, y sirvió de ayo y de médico a la reina; pero pensar que
ella era su amiga es disparate digno de muy gran castigo. Y, porque veas
que Cardenio no supo lo que dijo, has de advertir que cuando lo dijo ya
estaba sin juicio.
-Eso digo yo -dijo Sancho-: que no había para qué hacer cuenta de las
palabras de un loco, porque si la buena suerte no ayudara a vuestra merced
y encaminara el guijarro a la cabeza, como le encaminó al pecho, buenos
quedáramos por haber vuelto por aquella mi señora, que Dios cohonda. Pues,
¡montas que no se librara Cardenio por loco!
-Contra cuerdos y contra locos está obligado cualquier caballero andante a
volver por la honra de las mujeres, cualesquiera que sean, cuanto más por
las reinas de tan alta guisa y pro como fue la reina Madásima, a quien yo
tengo particular afición por sus buenas partes; porque, fuera de haber sido
fermosa, además fue muy prudente y muy sufrida en sus calamidades, que las
tuvo muchas; y los consejos y compañía del maestro Elisabat le fue y le
fueron de mucho provecho y alivio para poder llevar sus trabajos con
prudencia y paciencia. Y de aquí tomó ocasión el vulgo ignorante y mal
intencionado de decir y pensar que ella era su manceba; y mienten, digo
otra vez, y mentirán otras docientas, todos los que tal pensaren y dijeren.
-Ni yo lo digo ni lo pienso -respondió Sancho-: allá se lo hayan; con su
pan se lo coman. Si fueron amancebados, o no, a Dios habrán dado la cuenta.
De mis viñas vengo, no sé nada; no soy amigo de saber vidas ajenas; que el
que compra y miente, en su bolsa lo siente. Cuanto más, que desnudo nací,
desnudo me hallo: ni pierdo ni gano; mas que lo fuesen, ¿qué me va a mí? Y
muchos piensan que hay tocinos y no hay estacas. Mas, ¿quién puede poner
puertas al campo? Cuanto más, que de Dios dijeron.
-¡Válame Dios -dijo don Quijote-, y qué de necedades vas, Sancho,
ensartando! ¿Qué va de lo que tratamos a los refranes que enhilas? Por tu
vida, Sancho, que calles; y de aquí adelante, entremétete en espolear a tu
asno, y deja de hacello en lo que no te importa. Y entiende con todos tus
cinco sentidos que todo cuanto yo he hecho, hago e hiciere, va muy puesto
en razón y muy conforme a las reglas de caballería, que las sé mejor que
cuantos caballeros las profesaron en el mundo.
-Señor -respondió Sancho-, y ¿es buena regla de caballería que andemos
perdidos por estas montañas, sin senda ni camino, buscando a un loco, el
cual, después de hallado, quizá le vendrá en voluntad de acabar lo que dejó
comenzado, no de su cuento, sino de la cabeza de vuestra merced y de mis
costillas, acabándonoslas de romper de todo punto?
-Calla, te digo otra vez, Sancho -dijo don Quijote-; porque te hago saber
que no sólo me trae por estas partes el deseo de hallar al loco, cuanto el
que tengo de hacer en ellas una hazaña con que he de ganar perpetuo nombre
y fama en todo lo descubierto de la tierra; y será tal, que he de echar con
ella el sello a todo aquello que puede hacer perfecto y famoso a un andante
caballero.
-Y ¿es de muy gran peligro esa hazaña? -preguntó Sancho Panza.
-No -respondió el de la Triste Figura-, puesto que de tal manera podía
correr el dado, que echásemos azar en lugar de encuentro; pero todo ha de
estar en tu diligencia.
-¿En mi diligencia? -dijo Sancho.
-Sí -dijo don Quijote-, porque si vuelves presto de adonde pienso enviarte,
presto se acabará mi pena y presto comenzará mi gloria. Y, porque no es
bien que te tenga más suspenso, esperando en lo que han de parar mis
razones, quiero, Sancho, que sepas que el famoso Amadís de Gaula fue uno de
los más perfectos caballeros andantes. No he dicho bien fue uno: fue el
solo, el primero, el único, el señor de todos cuantos hubo en su tiempo en
el mundo. Mal año y mal mes para don Belianís y para todos aquellos que
dijeren que se le igualó en algo, porque se engañan, juro cierto. Digo
asimismo que, cuando algún pintor quiere salir famoso en su arte, procura
imitar los originales de los más únicos pintores que sabe; y esta mesma
regla corre por todos los más oficios o ejercicios de cuenta que sirven
para adorno de las repúblicas. Y así lo ha de hacer y hace el que quiere
alcanzar nombre de prudente y sufrido, imitando a Ulises, en cuya persona y
trabajos nos pinta Homero un retrato vivo de prudencia y de sufrimiento;
como también nos mostró Virgilio, en persona de Eneas, el valor de un hijo
piadoso y la sagacidad de un valiente y entendido capitán, no pintándolo ni
descubriéndolo como ellos fueron, sino como habían de ser, para quedar
ejemplo a los venideros hombres de sus virtudes. Desta mesma suerte, Amadís
fue el norte, el lucero, el sol de los valientes y enamorados caballeros, a
quien debemos de imitar todos aquellos que debajo de la bandera de amor y
de la caballería militamos. Siendo, pues, esto ansí, como lo es, hallo yo,
Sancho amigo, que el caballero andante que más le imitare estará más cerca
de alcanzar la perfeción de la caballería. Y una de las cosas en que más
este caballero mostró su prudencia, valor, valentía, sufrimiento, firmeza y
amor, fue cuando se retiró, desdeñado de la señora Oriana, a hacer
penitencia en la Peña Pobre, mudado su nombre en el de Beltenebros, nombre,
por cierto, significativo y proprio para la vida que él de su voluntad
había escogido. Ansí que, me es a mí más fácil imitarle en esto que no en
hender gigantes, descabezar serpientes, matar endriagos, desbaratar
ejércitos, fracasar armadas y deshacer encantamentos. Y, pues estos lugares
son tan acomodados para semejantes efectos, no hay para qué se deje pasar
la ocasión, que ahora con tanta comodidad me ofrece sus guedejas.
-En efecto -dijo Sancho-, ¿qué es lo que vuestra merced quiere hacer en
este tan remoto lugar?
-¿Ya no te he dicho -respondió don Quijote- que quiero imitar a Amadís,
haciendo aquí del desesperado, del sandio y del furioso, por imitar
juntamente al valiente don Roldán, cuando halló en una fuente las señales
de que Angélica la Bella había cometido vileza con Medoro, de cuya
pesadumbre se volvió loco y arrancó los árboles, enturbió las aguas de las
claras fuentes, mató pastores, destruyó ganados, abrasó chozas, derribó
casas, arrastró yeguas y hizo otras cien mil insolencias, dignas de eterno
nombre y escritura? Y, puesto que yo no pienso imitar a Roldán, o Orlando,
o Rotolando (que todos estos tres nombres tenía), parte por parte en todas
las locuras que hizo, dijo y pensó, haré el bosquejo, como mejor pudiere,
en las que me pareciere ser más esenciales. Y podrá ser que viniese a
contentarme con sola la imitación de Amadís, que sin hacer locuras de daño,
sino de lloros y sentimientos, alcanzó tanta fama como el que más.
-Paréceme a mí -dijo Sancho- que los caballeros que lo tal ficieron fueron
provocados y tuvieron causa para hacer esas necedades y penitencias, pero
vuestra merced, ¿qué causa tiene para volverse loco? ¿Qué dama le ha
desdeñado, o qué señales ha hallado que le den a entender que la señora
Dulcinea del Toboso ha hecho alguna niñería con moro o cristiano?
-Ahí esta el punto -respondió don Quijote- y ésa es la fineza de mi
negocio; que volverse loco un caballero andante con causa, ni grado ni
gracias: el toque está desatinar sin ocasión y dar a entender a mi dama que
si en seco hago esto, ¿qué hiciera en mojado? Cuanto más, que harta ocasión
tengo en la larga ausencia que he hecho de la siempre señora mía Dulcinea
del Toboso; que, como ya oíste decir a aquel pastor de marras, Ambrosio:
quien está ausente todos los males tiene y teme. Así que, Sancho amigo, no
gastes tiempo en aconsejarme que deje tan rara, tan felice y tan no vista
imitación. Loco soy, loco he de ser hasta tanto que tú vuelvas con la
respuesta de una carta que contigo pienso enviar a mi señora Dulcinea; y si
fuere tal cual a mi fe se le debe, acabarse ha mi sandez y mi penitencia; y
si fuere al contrario, seré loco de veras, y, siéndolo, no sentiré nada.
Ansí que, de cualquiera manera que responda, saldré del conflito y trabajo
en que me dejares, gozando el bien que me trujeres, por cuerdo, o no
sintiendo el mal que me aportares, por loco. Pero dime, Sancho, ¿traes bien
guardado el yelmo de Mambrino?; que ya vi que le alzaste del suelo cuando
aquel desagradecido le quiso hacer pedazos. Pero no pudo, donde se puede
echar de ver la fineza de su temple.
A lo cual respondió Sancho:
-Vive Dios, señor Caballero de la Triste Figura, que no puedo sufrir ni
llevar en paciencia algunas cosas que vuestra merced dice, y que por ellas
vengo a imaginar que todo cuanto me dice de caballerías y de alcanzar
reinos e imperios, de dar ínsulas y de hacer otras mercedes y grandezas,
como es uso de caballeros andantes, que todo debe de ser cosa de viento y
mentira, y todo pastraña, o patraña, o como lo llamáremos. Porque quien
oyere decir a vuestra merced que una bacía de barbero es el yelmo de
Mambrino, y que no salga de este error en más de cuatro días, ¿qué ha de
pensar, sino que quien tal dice y afirma debe de tener güero el juicio? La
bacía yo la llevo en el costal, toda abollada, y llévola para aderezarla en
mi casa y hacerme la barba en ella, si Dios me diere tanta gracia que algún
día me vea con mi mujer y hijos.
-Mira, Sancho, por el mismo que denantes juraste, te juro -dijo don
Quijote- que tienes el más corto entendimiento que tiene ni tuvo escudero
en el mundo. ¿Que es posible que en cuanto ha que andas conmigo no has
echado de ver que todas las cosas de los caballeros andantes parecen
quimeras, necedades y desatinos, y que son todas hechas al revés? Y no
porque sea ello ansí, sino porque andan entre nosotros siempre una caterva
de encantadores que todas nuestras cosas mudan y truecan y les vuelven
según su gusto, y según tienen la gana de favorecernos o destruirnos; y
así, eso que a ti te parece bacía de barbero, me parece a mí el yelmo de
Mambrino, y a otro le parecerá otra cosa. Y fue rara providencia del sabio
que es de mi parte hacer que parezca bacía a todos lo que real y
verdaderamente es yelmo de Mambrino, a causa que, siendo él de tanta
estima, todo el mundo me perseguirá por quitármele; pero, como ven que no
es más de un bacín de barbero, no se curan de procuralle, como se mostró
bien en el que quiso rompelle y le dejó en el suelo sin llevarle; que a fe
que si le conociera, que nunca él le dejara. Guárdale, amigo, que por ahora
no le he menester; que antes me tengo de quitar todas estas armas y quedar
desnudo como cuando nací, si es que me da en voluntad de seguir en mi
penitencia más a Roldán que a Amadís.
Llegaron, en estas pláticas, al pie de una alta montaña que, casi como
peñón tajado, estaba sola entre otras muchas que la rodeaban. Corría por su
falda un manso arroyuelo, y hacíase por toda su redondez un prado tan verde
y vicioso, que daba contento a los ojos que le miraban. Había por allí
muchos árboles silvestres y algunas plantas y flores, que hacían el lugar
apacible. Este sitio escogió el Caballero de la Triste Figura para hacer su
penitencia; y así, en viéndole, comenzó a decir en voz alta, como si
estuviera sin juicio:
-Éste es el lugar, ¡oh cielos!, que diputo y escojo para llorar la
desventura en que vosotros mesmos me habéis puesto. Éste es el sitio donde
el humor de mis ojos acrecentará las aguas deste pequeño arroyo, y mis
continos y profundos sospiros moverán a la contina las hojas destos
montaraces árboles, en testimonio y señal de la pena que mi asendereado
corazón padece. ¡Oh vosotros, quienquiera que seáis, rústicos dioses que en
este inhabitable lugar tenéis vuestra morada, oíd las quejas deste
desdichado amante, a quien una luenga ausencia y unos imaginados celos han
traído a lamentarse entre estas asperezas, y a quejarse de la dura
condición de aquella ingrata y bella, término y fin de toda humana
hermosura! ¡Oh vosotras, napeas y dríadas, que tenéis por costumbre de
habitar en las espesuras de los montes, así los ligeros y lascivos sátiros,
de quien sois, aunque en vano, amadas, no perturben jamás vuestro dulce
sosiego, que me ayudéis a lamentar mi desventura, o, a lo menos, no os
canséis de oílla! ¡Oh Dulcinea del Toboso, día de mi noche, gloria de mi
pena, norte de mis caminos, estrella de mi ventura, así el cielo te la dé
buena en cuanto acertares a pedirle, que consideres el lugar y el estado a
que tu ausencia me ha conducido, y que con buen término correspondas al que
a mi fe se le debe! ¡Oh solitarios árboles, que desde hoy en adelante
habéis de hacer compañía a mi soledad, dad indicio, con el blando
movimiento de vuestras ramas, que no os desagrade mi presencia! ¡Oh tú,
escudero mío, agradable compañero en más prósperos y adversos sucesos, toma
bien en la memoria lo que aquí me verás hacer, para que lo cuentes y
recetes a la causa total de todo ello!
Y, diciendo esto, se apeó de Rocinante, y en un momento le quitó el freno y
la silla; y, dándole una palmada en las ancas, le dijo:
-Libertad te da el que sin ella queda, ¡oh caballo tan estremado por tus
obras cuan desdichado por tu suerte! Vete por do quisieres, que en la
frente llevas escrito que no te igualó en ligereza el Hipogrifo de Astolfo,
ni el nombrado Frontino, que tan caro le costó a Bradamante.
Viendo esto Sancho, dijo:
-Bien haya quien nos quitó ahora del trabajo de desenalbardar al rucio; que
a fe que no faltaran palmadicas que dalle, ni cosas que decille en su
alabanza; pero si él aquí estuviera, no consintiera yo que nadie le
desalbardara, pues no había para qué, que a él no le tocaban las generales
de enamorado ni de desesperado, pues no lo estaba su amo, que era yo,
cuando Dios quería. Y en verdad, señor Caballero de la Triste Figura, que
si es que mi partida y su locura de vuestra merced va de veras, que será
bien tornar a ensillar a Rocinante, para que supla la falta del rucio,
porque será ahorrar tiempo a mi ida y vuelta; que si la hago a pie, no sé
cuándo llegaré ni cuándo volveré, porque, en resolución, soy mal caminante.
-Digo, Sancho -respondió don Quijote-, que sea como tú quisieres, que no me
parece mal tu designio; y digo que de aquí a tres días te partirás, porque
quiero que en este tiempo veas lo que por ella hago y digo, para que se lo
digas.
-Pues, ¿qué más tengo de ver -dijo Sancho- que lo que he visto?
-¡Bien estás en el cuento! -respondió don Quijote-. Ahora me falta rasgar
las vestiduras, esparcir las armas y darme de calabazadas por estas peñas,
con otras cosas deste jaez que te han de admirar.
-Por amor de Dios -dijo Sancho-, que mire vuestra merced cómo se da esas
calabazadas; que a tal peña podrá llegar, y en tal punto, que con la
primera se acabase la máquina desta penitencia; y sería yo de parecer que,
ya que vuestra merced le parece que son aquí necesarias calabazadas y que
no se puede hacer esta obra sin ellas, se contentase, pues todo esto es
fingido y cosa contrahecha y de burla, se contentase, digo, con dárselas en
el agua, o en alguna cosa blanda, como algodón; y déjeme a mí el cargo, que
yo diré a mi señora que vuestra merced se las daba en una punta de peña más
dura que la de un diamante.
-Yo agradezco tu buena intención, amigo Sancho -respondió don Quijote-, mas
quiérote hacer sabidor de que todas estas cosas que hago no son de burlas,
sino muy de veras; porque de otra manera, sería contravenir a las órdenes
de caballería, que nos mandan que no digamos mentira alguna, pena de
relasos, y el hacer una cosa por otra lo mesmo es que mentir. Ansí que, mis
calabazadas han de ser verdaderas, firmes y valederas, sin que lleven nada
del sofístico ni del fantástico. Y será necesario que me dejes algunas
hilas para curarme, pues que la ventura quiso que nos faltase el bálsamo
que perdimos.
-Más fue perder el asno -respondió Sancho-, pues se perdieron en él las
hilas y todo. Y ruégole a vuestra merced que no se acuerde más de aquel
maldito brebaje; que en sólo oírle mentar se me revuelve el alma, no que el
estómago. Y más le ruego: que haga cuenta que son ya pasados los tres días
que me ha dado de término para ver las locuras que hace, que ya las doy por
vistas y por pasadas en cosa juzgada, y diré maravillas a mi señora; y
escriba la carta y despácheme luego, porque tengo gran deseo de volver a
sacar a vuestra merced deste purgatorio donde le dejo.
-¿Purgatorio le llamas, Sancho? -dijo don Quijote-. Mejor hicieras de
llamarle infierno, y aun peor, si hay otra cosa que lo sea.
-Quien ha infierno -respondió Sancho-, nula es retencio, según he oído
decir.
-No entiendo qué quiere decir retencio -dijo don Quijote.
-Retencio es -respondió Sancho- que quien está en el infierno nunca sale
dél, ni puede. Lo cual será al revés en vuestra merced, o a mí me andarán
mal los pies, si es que llevo espuelas para avivar a Rocinante; y póngame
yo una por una en el Toboso, y delante de mi señora Dulcinea, que yo le
diré tales cosas de las necedades y locuras, que todo es uno, que vuestra
merced ha hecho y queda haciendo, que la venga a poner más blanda que un
guante, aunque la halle más dura que un alcornoque; con cuya respuesta
dulce y melificada volveré por los aires, como brujo, y sacaré a vuestra
merced deste purgatorio, que parece infierno y no lo es, pues hay esperanza
de salir dél, la cual, como tengo dicho, no la tienen de salir los que
están en el infierno, ni creo que vuestra merced dirá otra cosa.
-Así es la verdad -dijo el de la Triste Figura-; pero, ¿qué haremos para
escribir la carta?
-Y la libranza pollinesca también -añadió Sancho.
-Todo irá inserto -dijo don Quijote-; y sería bueno, ya que no hay papel,
que la escribiésemos, como hacían los antiguos, en hojas de árboles, o en
unas tablitas de cera; aunque tan dificultoso será hallarse eso ahora como
el papel. Mas ya me ha venido a la memoria dónde será bien, y aun más que
bien, escribilla: que es en el librillo de memoria que fue de Cardenio; y
tú tendrás cuidado de hacerla trasladar en papel, de buena letra, en el
primer lugar que hallares, donde haya maestro de escuela de muchachos, o si
no, cualquiera sacristán te la trasladará; y no se la des a trasladar a
ningún escribano, que hacen letra procesada, que no la entenderá Satanás.
-Pues, ¿qué se ha de hacer de la firma? -dijo Sancho.
-Nunca las cartas de Amadís se firman -respondió don Quijote.
-Está bien -respondió Sancho-, pero la libranza forzosamente se ha de
firmar, y ésa, si se traslada, dirán que la firma es falsa y quedaréme sin
pollinos.
-La libranza irá en el mesmo librillo firmada; que, en viéndola, mi sobrina
no pondrá dificultad en cumplilla. Y, en lo que toca a la carta de amores,
pondrás por firma: "Vuestro hasta la muerte, el Caballero de la Triste
Figura". Y hará poco al caso que vaya de mano ajena, porque, a lo que yo me
sé acordar, Dulcinea no sabe escribir ni leer, y en toda su vida ha visto
letra mía ni carta mía, porque mis amores y los suyos han sido siempre
platónicos, sin estenderse a más que a un honesto mirar. Y aun esto tan de
cuando en cuando, que osaré jurar con verdad que en doce años que ha que la
quiero más que a la lumbre destos ojos que han de comer la tierra, no la he
visto cuatro veces; y aun podrá ser que destas cuatro veces no hubiese ella
echado de ver la una que la miraba: tal es el recato y encerramiento con
que sus padres, Lorenzo Corchuelo, y su madre, Aldonza Nogales, la han
criado.
-¡Ta, ta! -dijo Sancho-. ¿Que la hija de Lorenzo Corchuelo es la señora
Dulcinea del Toboso, llamada por otro nombre Aldonza Lorenzo?
-Ésa es -dijo don Quijote-, y es la que merece ser señora de todo el
universo.
-Bien la conozco -dijo Sancho-, y sé decir que tira tan bien una barra como
el más forzudo zagal de todo el pueblo. ¡Vive el Dador, que es moza de
chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba del
lodo a cualquier caballero andante, o por andar, que la tuviere por señora!
¡Oh hideputa, qué rejo que tiene, y qué voz! Sé decir que se puso un día
encima del campanario del aldea a llamar unos zagales suyos que andaban en
un barbecho de su padre, y, aunque estaban de allí más de media legua, así
la oyeron como si estuvieran al pie de la torre. Y lo mejor que tiene es
que no es nada melindrosa, porque tiene mucho de cortesana: con todos se
burla y de todo hace mueca y donaire. Ahora digo, señor Caballero de la
Triste Figura, que no solamente puede y debe vuestra merced hacer locuras
por ella, sino que, con justo título, puede desesperarse y ahorcarse; que
nadie habrá que lo sepa que no diga que hizo demasiado de bien, puesto que
le lleve el diablo. Y querría ya verme en camino, sólo por vella; que ha
muchos días que no la veo, y debe de estar ya trocada, porque gasta mucho
la faz de las mujeres andar siempre al campo, al sol y al aire. Y confieso
a vuestra merced una verdad, señor don Quijote: que hasta aquí he estado en
una grande ignorancia; que pensaba bien y fielmente que la señora Dulcinea
debía de ser alguna princesa de quien vuestra merced estaba enamorado, o
alguna persona tal, que mereciese los ricos presentes que vuestra merced le
ha enviado: así el del vizcaíno como el de los galeotes, y otros muchos que
deben ser, según deben de ser muchas las vitorias que vuestra merced ha
ganado y ganó en el tiempo que yo aún no era su escudero. Pero, bien
considerado, ¿qué se le ha de dar a la señora Aldonza Lorenzo, digo, a la
señora Dulcinea del Toboso, de que se le vayan a hincar de rodillas delante
della los vencidos que vuestra merced le envía y ha de enviar? Porque
podría ser que, al tiempo que ellos llegasen, estuviese ella rastrillando
lino, o trillando en las eras, y ellos se corriesen de verla, y ella se
riese y enfadase del presente.
-Ya te tengo dicho antes de agora muchas veces, Sancho -dijo don Quijote-,
que eres muy grande hablador, y que, aunque de ingenio boto, muchas veces
despuntas de agudo. Mas, para que veas cuán necio eres tú y cuán discreto
soy yo, quiero que me oyas un breve cuento. «Has de saber que una viuda
hermosa, moza, libre y rica, y, sobre todo, desenfadada, se enamoró de un
mozo motilón, rollizo y de buen tomo. Alcanzólo a saber su mayor, y un día
dijo a la buena viuda, por vía de fraternal reprehensión: ''Maravillado
estoy, señora, y no sin mucha causa, de que una mujer tan principal, tan
hermosa y tan rica como vuestra merced, se haya enamorado de un hombre tan
soez, tan bajo y tan idiota como fulano, habiendo en esta casa tantos
maestros, tantos presentados y tantos teólogos, en quien vuestra merced
pudiera escoger como entre peras, y decir: "Éste quiero, aquéste no
quiero"''. Mas ella le respondió, con mucho donaire y desenvoltura:
''Vuestra merced, señor mío, está muy engañado, y piensa muy a lo antiguo
si piensa que yo he escogido mal en fulano, por idiota que le parece, pues,
para lo que yo le quiero, tanta filosofía sabe, y más, que Aristóteles''».
Así que, Sancho, por lo que yo quiero a Dulcinea del Toboso, tanto vale
como la más alta princesa de la tierra. Sí, que no todos los poetas que
alaban damas, debajo de un nombre que ellos a su albedrío les ponen, es
verdad que las tienen. ¿Piensas tú que las Amariles, las Filis, las
Silvias, las Dianas, las Galateas, las Alidas y otras tales de que los
libros, los romances, las tiendas de los barberos, los teatros de las
comedias, están llenos, fueron verdaderamente damas de carne y hueso, y de
aquéllos que las celebran y celebraron? No, por cierto, sino que las más se
las fingen, por dar subjeto a sus versos y porque los tengan por enamorados
y por hombres que tienen valor para serlo. Y así, bástame a mí pensar y
creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta; y en lo del
linaje importa poco, que no han de ir a hacer la información dél para darle
algún hábito, y yo me hago cuenta que es la más alta princesa del mundo.
Porque has de saber, Sancho, si no lo sabes, que dos cosas solas incitan a
amar más que otras, que son la mucha hermosura y la buena fama; y estas dos
cosas se hallan consumadamente en Dulcinea, porque en ser hermosa ninguna
le iguala, y en la buena fama, pocas le llegan. Y para concluir con todo,
yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada; y
píntola en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en la
principalidad, y ni la llega Elena, ni la alcanza Lucrecia, ni otra alguna
de las famosas mujeres de las edades pretéritas, griega, bárbara o latina.
Y diga cada uno lo que quisiere; que si por esto fuere reprehendido de los
ignorantes, no seré castigado de los rigurosos.
-Digo que en todo tiene vuestra merced razón -respondió Sancho-, y que yo
soy un asno. Mas no sé yo para qué nombro asno en mi boca, pues no se ha de
mentar la soga en casa del ahorcado. Pero venga la carta, y a Dios, que me
mudo.
Sacó el libro de memoria don Quijote, y, apartándose a una parte, con mucho
sosiego comenzó a escribir la carta; y, en acabándola, llamó a Sancho y le
dijo que se la quería leer, porque la tomase de memoria, si acaso se le
perdiese por el camino, porque de su desdicha todo se podía temer. A lo
cual respondió Sancho:
-Escríbala vuestra merced dos o tres veces ahí en el libro y démele, que yo
le llevaré bien guardado, porque pensar que yo la he de tomar en la memoria
es disparate: que la tengo tan mala que muchas veces se me olvida cómo me
llamo. Pero, con todo eso, dígamela vuestra merced, que me holgaré mucho de
oílla, que debe de ir como de molde.
-Escucha, que así dice -dijo don Quijote:
Carta de don Quijote a Dulcinea del Toboso
Soberana y alta señora:
El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón,
dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene. Si tu
fermosura me desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en
mi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido, mal podré sostenerme en
esta cuita, que, además de ser fuerte, es muy duradera. Mi buen escudero
Sancho te dará entera relación, ¡oh bella ingrata, amada enemiga mía!, del
modo que por tu causa quedo. Si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no,
haz lo que te viniere en gusto; que, con acabar mi vida, habré satisfecho a
tu crueldad y a mi deseo.
Tuyo hasta la muerte,
El Caballero de la Triste Figura.
-Por vida de mi padre -dijo Sancho en oyendo la carta-, que es la más alta
cosa que jamás he oído. ¡Pesia a mí, y cómo que le dice vuestra merced ahí
todo cuanto quiere, y qué bien que encaja en la firma El Caballero de la
Triste Figura! Digo de verdad que es vuestra merced el mesmo diablo, y que
no haya cosa que no sepa.
-Todo es menester -respondió don Quijote- para el oficio que trayo.
-Ea, pues -dijo Sancho-, ponga vuestra merced en esotra vuelta la cédula de
los tres pollinos y fírmela con mucha claridad, porque la conozcan en
viéndola.
-Que me place -dijo don Quijote.
Y, habiéndola escrito,se la leyó; que decía ansí:
Mandará vuestra merced, por esta primera de pollinos, señora sobrina, dar a
Sancho Panza, mi escudero, tres de los cinco que dejé en casa y están a
cargo de vuestra merced. Los cuales tres pollinos se los mando librar y
pagar por otros tantos aquí recebidos de contado, que consta, y con su
carta de pago serán bien dados. Fecha en las entrañas de Sierra Morena, a
veinte y dos de agosto deste presente año.
-Buena está -dijo Sancho-; fírmela vuestra merced.
-No es menester firmarla -dijo don Quijote-, sino solamente poner mi
rúbrica, que es lo mesmo que firma, y para tres asnos, y aun para
trecientos, fuera bastante.
-Yo me confío de vuestra merced -respondió Sancho-. Déjeme, iré a ensillar
a Rocinante, y aparéjese vuestra merced a echarme su bendición, que luego
pienso partirme, sin ver las sandeces que vuestra merced ha de hacer, que
yo diré que le vi hacer tantas que no quiera más.
-Por lo menos quiero, Sancho, y porque es menester ansí, quiero, digo, que
me veas en cueros, y hacer una o dos docenas de locuras, que las haré en
menos de media hora, porque, habiéndolas tú visto por tus ojos, puedas
jurar a tu salvo en las demás que quisieres añadir; y asegúrote que no
dirás tú tantas cuantas yo pienso hacer.
-Por amor de Dios, señor mío, que no vea yo en cueros a vuestra merced, que
me dará mucha lástima y no podré dejar de llorar; y tengo tal la cabeza,
del llanto que anoche hice por el rucio, que no estoy para meterme en
nuevos lloros; y si es que vuestra merced gusta de que yo vea algunas
locuras, hágalas vestido, breves y las que le vinieren más a cuento. Cuanto
más, que para mí no era menester nada deso, y, como ya tengo dicho, fuera
ahorrar el camino de mi vuelta, que ha de ser con las nuevas que vuestra
merced desea y merece. Y si no, aparéjese la señora Dulcinea; que si no
responde como es razón, voto hago solene a quien puedo que le tengo de
sacar la buena respuesta del estómago a coces y a bofetones. Porque, ¿dónde
se ha de sufrir que un caballero andante, tan famoso como vuestra merced,
se vuelva loco, sin qué ni para qué, por una...? No me lo haga decir la
señora, porque por Dios que despotrique y lo eche todo a doce, aunque nunca
se venda. ¡Bonico soy yo para eso! ¡Mal me conoce! ¡Pues, a fe que si me
conociese, que me ayunase!
-A fe, Sancho -dijo don Quijote-, que, a lo que parece, que no estás tú más
cuerdo que yo.
-No estoy tan loco -respondió Sancho-, mas estoy más colérico. Pero,
dejando esto aparte, ¿qué es lo que ha de comer vuestra merced en tanto que
yo vuelvo? ¿Ha de salir al camino, como Cardenio, a quitárselo a los
pastores?
-No te dé pena ese cuidado -respondió don Quijote-, porque, aunque tuviera,
no comiera otra cosa que las yerbas y frutos que este prado y estos árboles
me dieren, que la fineza de mi negocio está en no comer y en hacer otras
asperezas equivalentes.
-A Dios, pues. Pero, ¿sabe vuestra merced qué temo? Que no tengo de acertar
a volver a este lugar donde agora le dejo, según está de escondido.
-Toma bien las señas, que yo procuraré no apartarme destos contornos -dijo
don Quijote-, y aun tendré cuidado de subirme por estos más altos riscos,
por ver si te descubro cuando vuelvas. Cuanto más, que lo más acertado
será, para que no me yerres y te pierdas, que cortes algunas retamas de las
muchas que por aquí hay y las vayas poniendo de trecho a trecho, hasta
salir a lo raso, las cuales te servirán de mojones y señales para que me
halles cuando vuelvas, a imitación del hilo del laberinto de Teseo.
-Así lo haré -respondió Sancho Panza.
Y, cortando algunos, pidió la bendición a su señor, y, no sin muchas
lágrimas de entrambos, se despidió dél. Y, subiendo sobre Rocinante, a
quien don Quijote encomendó mucho, y que mirase por él como por su propria
persona, se puso en camino del llano, esparciendo de trecho a trecho los
ramos de la retama, como su amo se lo había aconsejado. Y así, se fue,
aunque todavía le importunaba don Quijote que le viese siquiera hacer dos
locuras. Mas no hubo andado cien pasos, cuando volvió y dijo:
-Digo, señor, que vuestra merced ha dicho muy bien: que, para que pueda
jurar sin cargo de conciencia que le he visto hacer locuras, será bien que
vea siquiera una, aunque bien grande la he visto en la quedada de vuestra
merced.
-¿No te lo decía yo? -dijo don Quijote-. Espérate, Sancho, que en un credo
las haré.
Y, desnudándose con toda priesa las calzones, quedó en carnes y en pañales,
y luego, sin más ni más, dio dos zapatetas en el aire y dos tumbas, la
cabeza abajo y los pies en alto, descubriendo cosas que, por no verlas otra
vez, volvió Sancho la rienda a Rocinante y se dio por contento y satisfecho
de que podía jurar que su amo quedaba loco. Y así, le dejaremos ir su
camino, hasta la vuelta, que fue breve.
Capítulo XXVI. Donde se prosiguen las finezas que de enamorado hizo don
Quijote en Sierra Morena
Y, volviendo a contar lo que hizo el de la Triste Figura después que se vio
solo, dice la historia que, así como don Quijote acabó de dar las tumbas o
vueltas, de medio abajo desnudo y de medio arriba vestido, y que vio que
Sancho se había ido sin querer aguardar a ver más sandeces, se subió sobre
una punta de una alta peña y allí tornó a pensar lo que otras muchas veces
había pensado, sin haberse jamás resuelto en ello. Y era que cuál sería
mejor y le estaría más a cuento: imitar a Roldán en las locuras desaforadas
que hizo, o Amadís en las malencónicas. Y, hablando entre sí mesmo, decía:
-Si Roldán fue tan buen caballero y tan valiente como todos dicen, ¿qué
maravilla?, pues, al fin, era encantado y no le podía matar nadie si no era
metiéndole un alfiler de a blanca por la planta del pie, y él traía siempre
los zapatos con siete suelas de hierro. Aunque no le valieron tretas contra
Bernardo del Carpio, que se las entendió y le ahogó entre los brazos, en
Roncesvalles. Pero, dejando en él lo de la valentía a una parte, vengamos a
lo de perder el juicio, que es cierto que le perdió, por las señales que
halló en la fontana y por las nuevas que le dio el pastor de que Angélica
había dormido más de dos siestas con Medoro, un morillo de cabellos
enrizados y paje de Agramante; y si él entendió que esto era verdad y que
su dama le había cometido desaguisado, no hizo mucho en volverse loco. Pero
yo, ¿cómo puedo imitalle en las locuras, si no le imito en la ocasión
dellas? Porque mi Dulcinea del Toboso osaré yo jurar que no ha visto en
todos los días de su vida moro alguno, ansí como él es, en su mismo traje,
y que se está hoy como la madre que la parió; y haríale agravio manifiesto
si, imaginando otra cosa della, me volviese loco de aquel género de locura
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