vizcaíno. Mas no le pareció tan bien a Sancho Panza el aviso de su amo que
dejase de responder, diciendo:
-Señor, yo soy hombre pacífico, manso, sosegado, y sé disimilar cualquiera
injuria, porque tengo mujer y hijos que sustentar y criar. Así que, séale a
vuestra merced también aviso, pues no puede ser mandato, que en ninguna
manera pondré mano a la espada, ni contra villano ni contra caballero; y
que, desde aquí para delante de Dios, perdono cuantos agravios me han hecho
y han de hacer: ora me los haya hecho, o haga o haya de hacer, persona alta
o baja, rico o pobre, hidalgo o pechero, sin eceptar estado ni condición
alguna.
Lo cual oído por su amo, le respondió:
-Quisiera tener aliento para poder hablar un poco descansado, y que el
dolor que tengo en esta costilla se aplacara tanto cuanto, para darte a
entender, Panza, en el error en que estás. Ven acá, pecador; si el viento
de la fortuna, hasta ahora tan contrario, en nuestro favor se vuelve,
llevándonos las velas del deseo para que seguramente y sin contraste alguno
tomemos puerto en alguna de las ínsulas que te tengo prometida, ¿qué sería
de ti si, ganándola yo, te hiciese señor della? Pues ¿lo vendrás a
imposibilitar por no ser caballero, ni quererlo ser, ni tener valor ni
intención de vengar tus injurias y defender tu señorío? Porque has de saber
que en los reinos y provincias nuevamente conquistados nunca están tan
quietos los ánimos de sus naturales, ni tan de parte del nuevo señor que no
se tengan temor de que han de hacer alguna novedad para alterar de nuevo
las cosas, y volver, como dicen, a probar ventura; y así, es menester que
el nuevo posesor tenga entendimiento para saberse gobernar, y valor para
ofender y defenderse en cualquiera acontecimiento.
-En este que ahora nos ha acontecido -respondió Sancho-, quisiera yo tener
ese entendimiento y ese valor que vuestra merced dice; mas yo le juro, a fe
de pobre hombre, que más estoy para bizmas que para pláticas. Mire vuestra
merced si se puede levantar, y ayudaremos a Rocinante, aunque no lo merece,
porque él fue la causa principal de todo este molimiento. Jamás tal creí de
Rocinante, que le tenía por persona casta y tan pacífica como yo. En fin,
bien dicen que es menester mucho tiempo para venir a conocer las personas,
y que no hay cosa segura en esta vida. ¿Quién dijera que tras de aquellas
tan grandes cuchilladas como vuestra merced dio a aquel desdichado
caballero andante, había de venir, por la posta y en seguimiento suyo, esta
tan grande tempestad de palos que ha descargado sobre nuestras espaldas?
-Aun las tuyas, Sancho -replicó don Quijote-, deben de estar hechas a
semejantes nublados; pero las mías, criadas entre sinabafas y holandas,
claro está que sentirán más el dolor desta desgracia. Y si no fuese porque
imagino..., ¿qué digo imagino?, sé muy cierto, que todas estas
incomodidades son muy anejas al ejercicio de las armas, aquí me dejaría
morir de puro enojo.
A esto replicó el escudero:
-Señor, ya que estas desgracias son de la cosecha de la caballería, dígame
vuestra merced si suceden muy a menudo, o si tienen sus tiempos limitados
en que acaecen; porque me parece a mí que a dos cosechas quedaremos
inútiles para la tercera, si Dios, por su infinita misericordia, no nos
socorre.
-Sábete, amigo Sancho -respondió don Quijote-, que la vida de los
caballeros andantes está sujeta a mil peligros y desventuras; y, ni más ni
menos, está en potencia propincua de ser los caballeros andantes reyes y
emperadores, como lo ha mostrado la experiencia en muchos y diversos
caballeros, de cuyas historias yo tengo entera noticia. Y pudiérate contar
agora, si el dolor me diera lugar, de algunos que, sólo por el valor de su
brazo, han subido a los altos grados que he contado; y estos mesmos se
vieron antes y después en diversas calamidades y miserias. Porque el
valeroso Amadís de Gaula se vio en poder de su mortal enemigo Arcaláus el
encantador, de quien se tiene por averiguado que le dio, teniéndole
preso, más de docientos azotes con las riendas de su caballo, atado a una
coluna de un patio. Y aun hay un autor secreto, y de no poco crédito, que
dice que, habiendo cogido al Caballero del Febo con una cierta trampa que
se le hundió debajo de los pies, en un cierto castillo, y al caer, se halló
en una honda sima debajo de tierra, atado de pies y manos, y allí le
echaron una destas que llaman melecinas, de agua de nieve y arena, de lo
que llegó muy al cabo; y si no fuera socorrido en aquella gran cuita de un
sabio grande amigo suyo, lo pasara muy mal el pobre caballero. Ansí que,
bien puedo yo pasar entre tanta buena gente; que mayores afrentas son las
que éstos pasaron, que no las que ahora nosotros pasamos. Porque quiero
hacerte sabidor, Sancho, que no afrentan las heridas que se dan con los
instrumentos que acaso se hallan en las manos; y esto está en la ley del
duelo, escrito por palabras expresas: que si el zapatero da a otro con la
horma que tiene en la mano, puesto que verdaderamente es de palo, no por
eso se dirá que queda apaleado aquel a quien dio con ella. Digo esto porque
no pienses que, puesto que quedamos desta pendencia molidos, quedamos
afrentados; porque las armas que aquellos hombres traían, con que nos
machacaron, no eran otras que sus estacas, y ninguno dellos, a lo que se me
acuerda, tenía estoque, espada ni puñal.
-No me dieron a mí lugar -respondió Sancho- a que mirase en tanto; porque,
apenas puse mano a mi tizona, cuando me santiguaron los hombros con sus
pinos, de manera que me quitaron la vista de los ojos y la fuerza de los
pies, dando conmigo adonde ahora yago, y adonde no me da pena alguna el
pensar si fue afrenta o no lo de los estacazos, como me la da el dolor de
los golpes, que me han de quedar tan impresos en la memoria como en las
espaldas.
-Con todo eso, te hago saber, hermano Panza -replicó don Quijote-, que no
hay memoria a quien el tiempo no acabe, ni dolor que muerte no le consuma.
-Pues, ¿qué mayor desdicha puede ser -replicó Panza- de aquella que aguarda
al tiempo que la consuma y a la muerte que la acabe? Si esta nuestra
desgracia fuera de aquellas que con un par de bizmas se curan, aun no tan
malo; pero voy viendo que no han de bastar todos los emplastos de un
hospital para ponerlas en buen término siquiera.
-Déjate deso y saca fuerzas de flaqueza, Sancho -respondió don Quijote-,
que así haré yo, y veamos cómo está Rocinante; que, a lo que me parece, no
le ha cabido al pobre la menor parte desta desgracia.
-No hay de qué maravillarse deso -respondió Sancho-, siendo él tan buen
caballero andante; de lo que yo me maravillo es de que mi jumento haya
quedado libre y sin costas donde nosotros salimos sin costillas.
-Siempre deja la ventura una puerta abierta en las desdichas, para dar
remedio a ellas -dijo don Quijote-. Dígolo porque esa bestezuela podrá
suplir ahora la falta de Rocinante, llevándome a mí desde aquí a algún
castillo donde sea curado de mis feridas. Y más, que no tendré a deshonra
la tal caballería, porque me acuerdo haber leído que aquel buen viejo
Sileno, ayo y pedagogo del alegre dios de la risa, cuando entró en la
ciudad de las cien puertas iba, muy a su placer, caballero sobre un muy
hermoso asno.
-Verdad será que él debía de ir caballero, como vuestra merced dice
-respondió Sancho-, pero hay grande diferencia del ir caballero al ir
atravesado como costal de basura.
A lo cual respondió don Quijote:
-Las feridas que se reciben en las batallas, antes dan honra que la quitan.
Así que, Panza amigo, no me repliques más, sino, como ya te he dicho,
levántate lo mejor que pudieres y ponme de la manera que más te agradare
encima de tu jumento, y vamos de aquí antes que la noche venga y nos saltee
en este despoblado.
-Pues yo he oído decir a vuestra merced -dijo Panza- que es muy de
caballeros andantes el dormir en los páramos y desiertos lo más del año, y
que lo tienen a mucha ventura.
-Eso es -dijo don Quijote- cuando no pueden más, o cuando están enamorados;
y es tan verdad esto, que ha habido caballero que se ha estado sobre una
peña, al sol y a la sombra, y a las inclemencias del cielo, dos años, sin
que lo supiese su señora. Y uno déstos fue Amadís, cuando, llamándose
Beltenebros, se alojó en la Peña Pobre, ni sé si ocho años o ocho meses,
que no estoy muy bien en la cuenta: basta que él estuvo allí haciendo
penitencia, por no sé qué sinsabor que le hizo la señora Oriana. Pero
dejemos ya esto, Sancho, y acaba, antes que suceda otra desgracia al
jumento, como a Rocinante.
-Aun ahí sería el diablo -dijo Sancho.
Y, despidiendo treinta ayes, y sesenta sospiros, y ciento y veinte pésetes
y reniegos de quien allí le había traído, se levantó, quedándose agobiado
en la mitad del camino, como arco turquesco, sin poder acabar de
enderezarse; y con todo este trabajo aparejó su asno, que también había
andado algo destraído con la demasiada libertad de aquel día. Levantó luego
a Rocinante, el cual, si tuviera lengua con que quejarse, a buen seguro que
Sancho ni su amo no le fueran en zaga.
En resolución, Sancho acomodó a don Quijote sobre el asno y puso de reata a
Rocinante; y, llevando al asno de cabestro, se encaminó, poco más a menos,
hacia donde le pareció que podía estar el camino real. Y la suerte, que sus
cosas de bien en mejor iba guiando, aún no hubo andado una pequeña legua,
cuando le deparó el camino, en el cual descubrió una venta que, a pesar
suyo y gusto de don Quijote, había de ser castillo. Porfiaba Sancho que era
venta, y su amo que no, sino castillo; y tanto duró la porfía, que tuvieron
lugar, sin acabarla, de llegar a ella, en la cual Sancho se entró, sin más
averiguación, con toda su recua.
Capítulo XVI. De lo que le sucedió al ingenioso hidalgo en la venta que él
imaginaba ser castillo
El ventero, que vio a don Quijote atravesado en el asno, preguntó a Sancho
qué mal traía. Sancho le respondió que no era nada, sino que había dado una
caída de una peña abajo, y que venía algo brumadas las costillas. Tenía el
ventero por mujer a una, no de la condición que suelen tener las de
semejante trato, porque naturalmente era caritativa y se dolía de las
calamidades de sus prójimos; y así, acudió luego a curar a don Quijote y
hizo que una hija suya, doncella, muchacha y de muy buen parecer, la
ayudase a curar a su huésped. Servía en la venta, asimesmo, una moza
asturiana, ancha de cara, llana de cogote, de nariz roma, del un ojo tuerta
y del otro no muy sana. Verdad es que la gallardía del cuerpo suplía las
demás faltas: no tenía siete palmos de los pies a la cabeza, y las
espaldas, que algún tanto le cargaban, la hacían mirar al suelo más de lo
que ella quisiera. Esta gentil moza, pues, ayudó a la doncella, y las dos
hicieron una muy mala cama a don Quijote en un camaranchón que, en otros
tiempos, daba manifiestos indicios que había servido de pajar muchos años.
En la cual también alojaba un arriero, que tenía su cama hecha un poco más
allá de la de nuestro don Quijote. Y, aunque era de las enjalmas y mantas
de sus machos, hacía mucha ventaja a la de don Quijote, que sólo contenía
cuatro mal lisas tablas, sobre dos no muy iguales bancos, y un colchón que
en lo sutil parecía colcha, lleno de bodoques, que, a no mostrar que eran
de lana por algunas roturas, al tiento, en la dureza, semejaban de
guijarro, y dos sábanas hechas de cuero de adarga, y una frazada, cuyos
hilos, si se quisieran contar, no se perdiera uno solo de la cuenta.
En esta maldita cama se acostó don Quijote, y luego la ventera y su hija le
emplastaron de arriba abajo, alumbrándoles Maritornes, que así se llamaba
la asturiana; y, como al bizmalle viese la ventera tan acardenalado a
partes a don Quijote, dijo que aquello más parecían golpes que caída.
-No fueron golpes -dijo Sancho-, sino que la peña tenía muchos picos y
tropezones.
Y que cada uno había hecho su cardenal. Y también le dijo:
-Haga vuestra merced, señora, de manera que queden algunas estopas, que no
faltará quien las haya menester; que también me duelen a mí un poco los
lomos.
-Desa manera -respondió la ventera-, también debistes vos de caer.
-No caí -dijo Sancho Panza-, sino que del sobresalto que tomé de ver caer a
mi amo, de tal manera me duele a mí el cuerpo que me parece que me han dado
mil palos.
-Bien podrá ser eso -dijo la doncella-; que a mí me ha acontecido muchas
veces soñar que caía de una torre abajo y que nunca acababa de llegar al
suelo, y, cuando despertaba del sueño, hallarme tan molida y quebrantada
como si verdaderamente hubiera caído.
-Ahí está el toque, señora -respondió Sancho Panza-: que yo, sin soñar
nada, sino estando más despierto que ahora estoy, me hallo con pocos menos
cardenales que mi señor don Quijote.
-¿Cómo se llama este caballero? -preguntó la asturiana Maritornes.
-Don Quijote de la Mancha -respondió Sancho Panza-, y es caballero
aventurero, y de los mejores y más fuertes que de luengos tiempos acá se
han visto en el mundo.
-¿Qué es caballero aventurero? -replicó la moza.
-¿Tan nueva sois en el mundo que no lo sabéis vos? -respondió Sancho
Panza-. Pues sabed, hermana mía, que caballero aventurero es una cosa que
en dos palabras se ve apaleado y emperador. Hoy está la más desdichada
criatura del mundo y la más menesterosa, y mañana tendría dos o tres
coronas de reinos que dar a su escudero.
-Pues, ¿cómo vos, siéndolo deste tan buen señor -dijo la ventera-, no
tenéis, a lo que parece, siquiera algún condado?
-Aún es temprano -respondió Sancho-, porque no ha sino un mes que andamos
buscando las aventuras, y hasta ahora no hemos topado con ninguna que lo
sea. Y tal vez hay que se busca una cosa y se halla otra. Verdad es que, si
mi señor don Quijote sana desta herida o caída y yo no quedo contrecho
della, no trocaría mis esperanzas con el mejor título de España.
Todas estas pláticas estaba escuchando, muy atento, don Quijote, y,
sentándose en el lecho como pudo, tomando de la mano a la ventera, le dijo:
-Creedme, fermosa señora, que os podéis llamar venturosa por haber alojado
en este vuestro castillo a mi persona, que es tal, que si yo no la alabo,
es por lo que suele decirse que la alabanza propria envilece; pero mi
escudero os dirá quién soy. Sólo os digo que tendré eternamente escrito en
mi memoria el servicio que me habedes fecho, para agradecéroslo mientras la
vida me durare; y pluguiera a los altos cielos que el amor no me tuviera
tan rendido y tan sujeto a sus leyes, y los ojos de aquella hermosa ingrata
que digo entre mis dientes; que los desta fermosa doncella fueran señores
de mi libertad.
Confusas estaban la ventera y su hija y la buena de Maritornes oyendo las
razones del andante caballero, que así las entendían como si hablara en
griego, aunque bien alcanzaron que todas se encaminaban a ofrecimiento y
requiebros; y, como no usadas a semejante lenguaje, mirábanle y
admirábanse, y parecíales otro hombre de los que se usaban; y,
agradeciéndole con venteriles razones sus ofrecimientos, le dejaron; y la
asturiana Maritornes curó a Sancho, que no menos lo había menester que su
amo.
Había el arriero concertado con ella que aquella noche se refocilarían
juntos, y ella le había dado su palabra de que, en estando sosegados los
huéspedes y durmiendo sus amos, le iría a buscar y satisfacerle el gusto en
cuanto le mandase. Y cuéntase desta buena moza que jamás dio semejantes
palabras que no las cumpliese, aunque las diese en un monte y sin testigo
alguno; porque presumía muy de hidalga, y no tenía por afrenta estar en
aquel ejercicio de servir en la venta, porque decía ella que desgracias y
malos sucesos la habían traído a aquel estado.
El duro, estrecho, apocado y fementido lecho de don Quijote estaba primero
en mitad de aquel estrellado establo, y luego, junto a él, hizo el suyo
Sancho, que sólo contenía una estera de enea y una manta, que antes
mostraba ser de anjeo tundido que de lana. Sucedía a estos dos lechos el
del arriero, fabricado, como se ha dicho, de las enjalmas y todo el adorno
de los dos mejores mulos que traía, aunque eran doce, lucios, gordos y
famosos, porque era uno de los ricos arrieros de Arévalo, según lo dice el
autor desta historia, que deste arriero hace particular mención, porque le
conocía muy bien, y aun quieren decir que era algo pariente suyo. Fuera de
que Cide Mahamate Benengeli fue historiador muy curioso y muy puntual en
todas las cosas; y échase bien de ver, pues las que quedan referidas, con
ser tan mínimas y tan rateras, no las quiso pasar en silencio; de donde
podrán tomar ejemplo los historiadores graves, que nos cuentan las acciones
tan corta y sucintamente que apenas nos llegan a los labios, dejándose en
el tintero, ya por descuido, por malicia o ignorancia, lo más sustancial de
la obra. ¡Bien haya mil veces el autor de Tablante de Ricamonte, y aquel
del otro libro donde se cuenta los hechos del conde Tomillas; y con qué
puntualidad lo describen todo!
Digo, pues, que después de haber visitado el arriero a su recua y dádole el
segundo pienso, se tendió en sus enjalmas y se dio a esperar a su
puntualísima Maritornes. Ya estaba Sancho bizmado y acostado, y, aunque
procuraba dormir, no lo consentía el dolor de sus costillas; y don Quijote,
con el dolor de las suyas, tenía los ojos abiertos como liebre. Toda la
venta estaba en silencio, y en toda ella no había otra luz que la que daba
una lámpara que colgada en medio del portal ardía.
Esta maravillosa quietud, y los pensamientos que siempre nuestro caballero
traía de los sucesos que a cada paso se cuentan en los libros autores de su
desgracia, le trujo a la imaginación una de las estrañas locuras que
buenamente imaginarse pueden. Y fue que él se imaginó haber llegado a un
famoso castillo -que, como se ha dicho, castillos eran a su parecer todas
las ventas donde alojaba-, y que la hija del ventero lo era del señor del
castillo, la cual, vencida de su gentileza, se había enamorado dél y
prometido que aquella noche, a furto de sus padres, vendría a yacer con él
una buena pieza; y, teniendo toda esta quimera, que él se había fabricado,
por firme y valedera, se comenzó a acuitar y a pensar en el peligroso
trance en que su honestidad se había de ver, y propuso en su corazón de no
cometer alevosía a su señora Dulcinea del Toboso, aunque la mesma reina
Ginebra con su dama Quintañona se le pusiesen delante.
Pensando, pues, en estos disparates, se llegó el tiempo y la hora -que para
él fue menguada- de la venida de la asturiana, la cual, en camisa y
descalza, cogidos los cabellos en una albanega de fustán, con tácitos y
atentados pasos, entró en el aposento donde los tres alojaban en busca del
arriero. Pero, apenas llegó a la puerta, cuando don Quijote la sintió, y,
sentándose en la cama, a pesar de sus bizmas y con dolor de sus costillas,
tendió los brazos para recebir a su fermosa doncella. La asturiana, que,
toda recogida y callando, iba con las manos delante buscando a su querido,
topó con los brazos de don Quijote, el cual la asió fuertemente de una
muñeca y, tirándola hacía sí, sin que ella osase hablar palabra, la hizo
sentar sobre la cama. Tentóle luego la camisa, y, aunque ella era de
harpillera, a él le pareció ser de finísimo y delgado cendal. Traía en las
muñecas unas cuentas de vidro, pero a él le dieron vislumbres de preciosas
perlas orientales. Los cabellos, que en alguna manera tiraban a crines, él
los marcó por hebras de lucidísimo oro de Arabia, cuyo resplandor al del
mesmo sol escurecía. Y el aliento, que, sin duda alguna, olía a ensalada
fiambre y trasnochada, a él le pareció que arrojaba de su boca un olor
suave y aromático; y, finalmente, él la pintó en su imaginación de la misma
traza y modo que lo había leído en sus libros de la otra princesa que vino
a ver el mal ferido caballero, vencida de sus amores, con todos los adornos
que aquí van puestos. Y era tanta la ceguedad del pobre hidalgo, que el
tacto, ni el aliento, ni otras cosas que traía en sí la buena doncella, no
le desengañaban, las cuales pudieran hacer vomitar a otro que no fuera
arriero; antes, le parecía que tenía entre sus brazos a la diosa de la
hermosura. Y, teniéndola bien asida, con voz amorosa y baja le comenzó a
decir:
-Quisiera hallarme en términos, fermosa y alta señora, de poder pagar
tamaña merced como la que con la vista de vuestra gran fermosura me habedes
fecho, pero ha querido la fortuna, que no se cansa de perseguir a los
buenos, ponerme en este lecho, donde yago tan molido y quebrantado que,
aunque de mi voluntad quisiera satisfacer a la vuestra, fuera imposible. Y
más, que se añade a esta imposibilidad otra mayor, que es la prometida fe
que tengo dada a la sin par Dulcinea del Toboso, única señora de mis más
escondidos pensamientos; que si esto no hubiera de por medio, no fuera yo
tan sandio caballero que dejara pasar en blanco la venturosa ocasión en que
vuestra gran bondad me ha puesto.
Maritornes estaba congojadísima y trasudando, de verse tan asida de don
Quijote, y, sin entender ni estar atenta a las razones que le decía,
procuraba, sin hablar palabra, desasirse. El bueno del arriero, a quien
tenían despierto sus malos deseos, desde el punto que entró su coima por la
puerta, la sintió; estuvo atentamente escuchando todo lo que don Quijote
decía, y, celoso de que la asturiana le hubiese faltado la palabra por
otro, se fue llegando más al lecho de don Quijote, y estúvose quedo hasta
ver en qué paraban aquellas razones, que él no podía entender. Pero, como
vio que la moza forcejaba por desasirse y don Quijote trabajaba por
tenella, pareciéndole mal la burla, enarboló el brazo en alto y descargó
tan terrible puñada sobre las estrechas quijadas del enamorado caballero,
que le bañó toda la boca en sangre; y, no contento con esto, se le subió
encima de las costillas, y con los pies más que de trote, se las paseó
todas de cabo a cabo.
El lecho, que era un poco endeble y de no firmes fundamentos, no pudiendo
sufrir la añadidura del arriero, dio consigo en el suelo, a cuyo gran ruido
despertó el ventero, y luego imaginó que debían de ser pendencias de
Maritornes, porque, habiéndola llamado a voces, no respondía. Con esta
sospecha se levantó, y, encendiendo un candil, se fue hacia donde había
sentido la pelaza. La moza, viendo que su amo venía, y que era de condición
terrible, toda medrosica y alborotada, se acogió a la cama de Sancho Panza,
que aún dormía, y allí se acorrucó y se hizo un ovillo. El ventero entró
diciendo:
-¿Adónde estás, puta? A buen seguro que son tus cosas éstas.
En esto, despertó Sancho, y, sintiendo aquel bulto casi encima de sí, pensó
que tenía la pesadilla, y comenzó a dar puñadas a una y otra parte, y entre
otras alcanzó con no sé cuántas a Maritornes, la cual, sentida del dolor,
echando a rodar la honestidad, dio el retorno a Sancho con tantas que, a su
despecho, le quitó el sueño; el cual, viéndose tratar de aquella manera y
sin saber de quién, alzándose como pudo, se abrazó con Maritornes, y
comenzaron entre los dos la más reñida y graciosa escaramuza del mundo.
Viendo, pues, el arriero, a la lumbre del candil del ventero, cuál andaba
su dama, dejando a don Quijote, acudió a dalle el socorro necesario. Lo
mismo hizo el ventero, pero con intención diferente, porque fue a castigar
a la moza, creyendo sin duda que ella sola era la ocasión de toda aquella
armonía. Y así como suele decirse: el gato al rato, el rato a la cuerda, la
cuerda al palo, daba el arriero a Sancho, Sancho a la moza, la moza a él,
el ventero a la moza, y todos menudeaban con tanta priesa que no se daban
punto de reposo; y fue lo bueno que al ventero se le apagó el candil, y,
como quedaron ascuras, dábanse tan sin compasión todos a bulto que, a
doquiera que ponían la mano, no dejaban cosa sana.
Alojaba acaso aquella noche en la venta un cuadrillero de los que llaman de
la Santa Hermandad Vieja de Toledo, el cual, oyendo ansimesmo el estraño
estruendo de la pelea, asió de su media vara y de la caja de lata de sus
títulos, y entró ascuras en el aposento, diciendo:
-¡Ténganse a la justicia! ¡Ténganse a la Santa Hermandad!
Y el primero con quien topó fue con el apuñeado de don Quijote, que estaba
en su derribado lecho, tendido boca arriba, sin sentido alguno, y,
echándole a tiento mano a las barbas, no cesaba de decir:
-¡Favor a la justicia!
Pero, viendo que el que tenía asido no se bullía ni meneaba, se dio a
entender que estaba muerto, y que los que allí dentro estaban eran sus
matadores; y con esta sospecha reforzó la voz, diciendo:
-¡Ciérrese la puerta de la venta! ¡Miren no se vaya nadie, que han muerto
aquí a un hombre!
Esta voz sobresaltó a todos, y cada cual dejó la pendencia en el grado que
le tomó la voz. Retiróse el ventero a su aposento, el arriero a sus
enjalmas, la moza a su rancho; solos los desventurados don Quijote y Sancho
no se pudieron mover de donde estaban. Soltó en esto el cuadrillero la
barba de don Quijote, y salió a buscar luz para buscar y prender los
delincuentes; mas no la halló, porque el ventero, de industria, había
muerto la lámpara cuando se retiró a su estancia, y fuele forzoso acudir a
la chimenea, donde, con mucho trabajo y tiempo, encendió el cuadrillero
otro candil.
Capítulo XVII. Donde se prosiguen los innumerables trabajos que el bravo
don Quijote y su buen escudero Sancho Panza pasaron en la venta que, por su
mal, pensó que era castillo
Había ya vuelto en este tiempo de su parasismo don Quijote, y, con el mesmo
tono de voz con que el día antes había llamado a su escudero, cuando estaba
tendido en el val de las estacas, le comenzó a llamar, diciendo:
-Sancho amigo, ¿duermes? ¿Duermes, amigo Sancho?
-¿Qué tengo de dormir, pesia a mí -respondió Sancho, lleno de pesadumbre y
de despecho-; que no parece sino que todos los diablos han andado conmigo
esta noche?
-Puédeslo creer ansí, sin duda -respondió don Quijote-, porque, o yo sé
poco, o este castillo es encantado. Porque has de saber... Mas, esto que
ahora quiero decirte hasme de jurar que lo tendrás secreto hasta después de
mi muerte.
-Sí juro -respondió Sancho.
-Dígolo -replicó don Quijote-, porque soy enemigo de que se quite la honra
a nadie.
-Digo que sí juro -tornó a decir Sancho- que lo callaré hasta después de
los días de vuestra merced, y plega a Dios que lo pueda descubrir mañana.
-¿Tan malas obras te hago, Sancho -respondió don Quijote-, que me querrías
ver muerto con tanta brevedad?
-No es por eso -respondió Sancho-, sino porque soy enemigo de guardar mucho
las cosas, y no querría que se me pudriesen de guardadas.
-Sea por lo que fuere -dijo don Quijote-; que más fío de tu amor y de tu
cortesía; y así, has de saber que esta noche me ha sucedido una de las más
estrañas aventuras que yo sabré encarecer; y, por contártela en breve,
sabrás que poco ha que a mí vino la hija del señor deste castillo, que es
la más apuesta y fermosa doncella que en gran parte de la tierra se puede
hallar. ¿Qué te podría decir del adorno de su persona? ¿Qué de su gallardo
entendimiento? ¿Qué de otras cosas ocultas, que, por guardar la fe que debo
a mi señora Dulcinea del Toboso, dejaré pasar intactas y en silencio? Sólo
te quiero decir que, envidioso el cielo de tanto bien como la ventura me
había puesto en las manos, o quizá, y esto es lo más cierto, que, como
tengo dicho, es encantado este castillo, al tiempo que yo estaba con ella
en dulcísimos y amorosísimos coloquios, sin que yo la viese ni supiese por
dónde venía, vino una mano pegada a algún brazo de algún descomunal gigante
y asentóme una puñada en las quijadas, tal, que las tengo todas bañadas en
sangre; y después me molió de tal suerte que estoy peor que ayer cuando los
gallegos, que, por demasías de Rocinante, nos hicieron el agravio que
sabes. Por donde conjeturo que el tesoro de la fermosura desta doncella le
debe de guardar algún encantado moro, y no debe de ser para mí.
-Ni para mí tampoco -respondió Sancho-, porque más de cuatrocientos moros
me han aporreado a mí, de manera que el molimiento de las estacas fue
tortas y pan pintado. Pero dígame, señor, ¿cómo llama a ésta buena y rara
aventura, habiendo quedado della cual quedamos? Aun vuestra merced menos
mal, pues tuvo en sus manos aquella incomparable fermosura que ha dicho,
pero yo, ¿qué tuve sino los mayores porrazos que pienso recebir en toda mi
vida? ¡Desdichado de mí y de la madre que me parió, que ni soy caballero
andante, ni lo pienso ser jamás, y de todas las malandanzas me cabe la
mayor parte!
-Luego, ¿también estás tú aporreado? -respondió don Quijote.
-¿No le he dicho que sí, pesia a mi linaje? -dijo Sancho.
-No tengas pena, amigo -dijo don Quijote-, que yo haré agora el bálsamo
precioso con que sanaremos en un abrir y cerrar de ojos.
Acabó en esto de encender el candil el cuadrillero, y entró a ver el que
pensaba que era muerto; y, así como le vio entrar Sancho, viéndole venir en
camisa y con su paño de cabeza y candil en la mano, y con una muy mala
cara, preguntó a su amo:
-Señor, ¿si será éste, a dicha, el moro encantado, que nos vuelve a
castigar, si se dejó algo en el tintero?
-No puede ser el moro -respondió don Quijote-, porque los encantados no se
dejan ver de nadie.
-Si no se dejan ver, déjanse sentir -dijo Sancho-; si no, díganlo mis
espaldas.
-También lo podrían decir las mías -respondió don Quijote-, pero no es
bastante indicio ése para creer que este que se vee sea el encantado moro.
Llegó el cuadrillero, y, como los halló hablando en tan sosegada
conversación, quedó suspenso. Bien es verdad que aún don Quijote se estaba
boca arriba, sin poderse menear, de puro molido y emplastado. Llegóse a él
el cuadrillero y díjole:
-Pues, ¿cómo va, buen hombre?
-Hablara yo más bien criado -respondió don Quijote-, si fuera que vos.
¿Úsase en esta tierra hablar desa suerte a los caballeros andantes,
majadero?
El cuadrillero, que se vio tratar tan mal de un hombre de tan mal parecer,
no lo pudo sufrir, y, alzando el candil con todo su aceite, dio a don
Quijote con él en la cabeza, de suerte que le dejó muy bien descalabrado;
y, como todo quedó ascuras, salióse luego; y Sancho Panza dijo:
-Sin duda, señor, que éste es el moro encantado, y debe de guardar el
tesoro para otros, y para nosotros sólo guarda las puñadas y los
candilazos.
-Así es -respondió don Quijote-, y no hay que hacer caso destas cosas de
encantamentos, ni hay para qué tomar cólera ni enojo con ellas; que, como
son invisibles y fantásticas, no hallaremos de quién vengarnos, aunque más
lo procuremos. Levántate, Sancho, si puedes, y llama al alcaide desta
fortaleza, y procura que se me dé un poco de aceite, vino, sal y romero
para hacer el salutífero bálsamo; que en verdad que creo que lo he bien
menester ahora, porque se me va mucha sangre de la herida que esta fantasma
me ha dado.
Levántose Sancho con harto dolor de sus huesos, y fue ascuras donde estaba
el ventero; y, encontrándose con el cuadrillero, que estaba escuchando en
qué paraba su enemigo, le dijo:
-Señor, quien quiera que seáis, hacednos merced y beneficio de darnos un
poco de romero, aceite, sal y vino, que es menester para curar uno de los
mejores caballeros andantes que hay en la tierra, el cual yace en aquella
cama, malferido por las manos del encantado moro que está en esta venta.
Cuando el cuadrillero tal oyó, túvole por hombre falto de seso; y, porque
ya comenzaba a amanecer, abrió la puerta de la venta, y, llamando al
ventero, le dijo lo que aquel buen hombre quería. El ventero le proveyó de
cuanto quiso, y Sancho se lo llevó a don Quijote, que estaba con las manos
en la cabeza, quejándose del dolor del candilazo, que no le había hecho más
mal que levantarle dos chichones algo crecidos, y lo que él pensaba que era
sangre no era sino sudor que sudaba con la congoja de la pasada tormenta.
En resolución, él tomó sus simples, de los cuales hizo un compuesto,
mezclándolos todos y cociéndolos un buen espacio, hasta que le pareció que
estaban en su punto. Pidió luego alguna redoma para echallo, y, como no la
hubo en la venta, se resolvió de ponello en una alcuza o aceitera de hoja
de lata, de quien el ventero le hizo grata donación. Y luego dijo sobre la
alcuza más de ochenta paternostres y otras tantas avemarías, salves y
credos, y a cada palabra acompañaba una cruz, a modo de bendición; a todo
lo cual se hallaron presentes Sancho, el ventero y cuadrillero; que ya el
arriero sosegadamente andaba entendiendo en el beneficio de sus machos.
Hecho esto, quiso él mesmo hacer luego la esperiencia de la virtud de aquel
precioso bálsamo que él se imaginaba; y así, se bebió, de lo que no pudo
caber en la alcuza y quedaba en la olla donde se había cocido, casi media
azumbre; y apenas lo acabó de beber, cuando comenzó a vomitar de manera que
no le quedó cosa en el estómago; y con las ansias y agitación del vómito le
dio un sudor copiosísimo, por lo cual mandó que le arropasen y le dejasen
solo. Hiciéronlo ansí, y quedóse dormido más de tres horas, al cabo de las
cuales despertó y se sintió aliviadísimo del cuerpo, y en tal manera mejor
de su quebrantamiento que se tuvo por sano; y verdaderamente creyó que
había acertado con el bálsamo de Fierabrás, y que con aquel remedio podía
acometer desde allí adelante, sin temor alguno, cualesquiera ruinas,
batallas y pendencias, por peligrosas que fuesen.
Sancho Panza, que también tuvo a milagro la mejoría de su amo, le rogó que
le diese a él lo que quedaba en la olla, que no era poca cantidad.
Concedióselo don Quijote, y él, tomándola a dos manos, con buena fe y mejor
talante, se la echó a pechos, y envasó bien poco menos que su amo. Es,
pues, el caso que el estómago del pobre Sancho no debía de ser tan delicado
como el de su amo, y así, primero que vomitase, le dieron tantas ansias y
bascas, con tantos trasudores y desmayos que él pensó bien y verdaderamente
que era llegada su última hora; y, viéndose tan afligido y congojado,
maldecía el bálsamo y al ladrón que se lo había dado. Viéndole así don
Quijote, le dijo:
-Yo creo, Sancho, que todo este mal te viene de no ser armado caballero,
porque tengo para mí que este licor no debe de aprovechar a los que no lo
son.
-Si eso sabía vuestra merced -replicó Sancho-, ¡mal haya yo y toda mi
parentela!, ¿para qué consintió que lo gustase?
En esto, hizo su operación el brebaje, y comenzó el pobre escudero a
desaguarse por entrambas canales, con tanta priesa que la estera de enea,
sobre quien se había vuelto a echar, ni la manta de anjeo con que se
cubría, fueron más de provecho. Sudaba y trasudaba con tales parasismos y
accidentes, que no solamente él, sino todos pensaron que se le acababa la
vida. Duróle esta borrasca y mala andanza casi dos horas, al cabo de las
cuales no quedó como su amo, sino tan molido y quebrantado que no se podía
tener.
Pero don Quijote, que, como se ha dicho, se sintió aliviado y sano, quiso
partirse luego a buscar aventuras, pareciéndole que todo el tiempo que allí
se tardaba era quitársele al mundo y a los en él menesterosos de su favor y
amparo; y más con la seguridad y confianza que llevaba en su bálsamo. Y
así, forzado deste deseo, él mismo ensilló a Rocinante y enalbardó al
jumento de su escudero, a quien también ayudó a vestir y a subir en el
asno. Púsose luego a caballo, y, llegándose a un rincón de la venta, asió
de un lanzón que allí estaba, para que le sirviese de lanza.
Estábanle mirando todos cuantos había en la venta, que pasaban de más de
veinte personas; mirábale también la hija del ventero, y él también no
quitaba los ojos della, y de cuando en cuando arrojaba un sospiro que
parecía que le arrancaba de lo profundo de sus entrañas, y todos pensaban
que debía de ser del dolor que sentía en las costillas; a lo menos,
pensábanlo aquellos que la noche antes le habían visto bizmar.
Ya que estuvieron los dos a caballo, puesto a la puerta de la venta, llamó
al ventero, y con voz muy reposada y grave le dijo:
-Muchas y muy grandes son las mercedes, señor alcaide, que en este vuestro
castillo he recebido, y quedo obligadísimo a agradecéroslas todos los días
de mi vida. Si os las puedo pagar en haceros vengado de algún soberbio que
os haya fecho algún agravio, sabed que mi oficio no es otro sino valer a
los que poco pueden, y vengar a los que reciben tuertos, y castigar
alevosías. Recorred vuestra memoria, y si halláis alguna cosa deste jaez
que encomendarme, no hay sino decilla; que yo os prometo, por la orden de
caballero que recebí, de faceros satisfecho y pagado a toda vuestra
voluntad.
El ventero le respondió con el mesmo sosiego:
-Señor caballero, yo no tengo necesidad de que vuestra merced me vengue
ningún agravio, porque yo sé tomar la venganza que me parece, cuando se me
hacen. Sólo he menester que vuestra merced me pague el gasto que esta noche
ha hecho en la venta, así de la paja y cebada de sus dos bestias, como de
la cena y camas.
-Luego, ¿venta es ésta? -replicó don Quijote.
-Y muy honrada -respondió el ventero.
-Engañado he vivido hasta aquí -respondió don Quijote-, que en verdad que
pensé que era castillo, y no malo; pero, pues es ansí que no es castillo
sino venta, lo que se podrá hacer por agora es que perdonéis por la paga,
que yo no puedo contravenir a la orden de los caballeros andantes, de los
cuales sé cierto, sin que hasta ahora haya leído cosa en contrario, que
jamás pagaron posada ni otra cosa en venta donde estuviesen, porque se les
debe de fuero y de derecho cualquier buen acogimiento que se les hiciere,
en pago del insufrible trabajo que padecen buscando las aventuras de noche
y de día, en invierno y en verano, a pie y a caballo, con sed y con hambre,
con calor y con frío, sujetos a todas las inclemencias del cielo y a todos
los incómodos de la tierra.
-Poco tengo yo que ver en eso -respondió el ventero-; págueseme lo que se
me debe, y dejémonos de cuentos ni de caballerías, que yo no tengo cuenta
con otra cosa que con cobrar mi hacienda.
-Vos sois un sandio y mal hostalero -respondió don Quijote.
Y, poniendo piernas al Rocinante y terciando su lanzón, se salió de la
venta sin que nadie le detuviese, y él, sin mirar si le seguía su escudero,
se alongó un buen trecho.
El ventero, que le vio ir y que no le pagaba, acudió a cobrar de Sancho
Panza, el cual dijo que, pues su señor no había querido pagar, que tampoco
él pagaría; porque, siendo él escudero de caballero andante, como era, la
mesma regla y razón corría por él como por su amo en no pagar cosa alguna
en los mesones y ventas. Amohinóse mucho desto el ventero, y amenazóle que
si no le pagaba, que lo cobraría de modo que le pesase. A lo cual Sancho
respondió que, por la ley de caballería que su amo había recebido, no
pagaría un solo cornado, aunque le costase la vida; porque no había de
perder por él la buena y antigua usanza de los caballeros andantes, ni se
habían de quejar dél los escuderos de los tales que estaban por venir al
mundo, reprochándole el quebrantamiento de tan justo fuero.
Quiso la mala suerte del desdichado Sancho que, entre la gente que estaba
en la venta, se hallasen cuatro perailes de Segovia, tres agujeros del
Potro de Córdoba y dos vecinos de la Heria de Sevilla, gente alegre, bien
intencionada, maleante y juguetona, los cuales, casi como instigados y
movidos de un mesmo espíritu, se llegaron a Sancho, y, apeándole del asno,
uno dellos entró por la manta de la cama del huésped, y, echándole en ella,
alzaron los ojos y vieron que el techo era algo más bajo de lo que habían
menester para su obra, y determinaron salirse al corral, que tenía por
límite el cielo. Y allí, puesto Sancho en mitad de la manta, comenzaron a
levantarle en alto y a holgarse con él como con perro por carnestolendas.
Las voces que el mísero manteado daba fueron tantas, que llegaron a los
oídos de su amo; el cual, determinándose a escuchar atentamente, creyó que
alguna nueva aventura le venía, hasta que claramente conoció que el que
gritaba era su escudero; y, volviendo las riendas, con un penado galope
llegó a la venta, y, hallándola cerrada, la rodeó por ver si hallaba por
donde entrar; pero no hubo llegado a las paredes del corral, que no eran
muy altas, cuando vio el mal juego que se le hacía a su escudero. Viole
bajar y subir por el aire, con tanta gracia y presteza que, si la cólera le
dejara, tengo para mí que se riera. Probó a subir desde el caballo a las
bardas, pero estaba tan molido y quebrantado que aun apearse no pudo; y
así, desde encima del caballo, comenzó a decir tantos denuestos y baldones
a los que a Sancho manteaban, que no es posible acertar a escribillos; mas
no por esto cesaban ellos de su risa y de su obra, ni el volador Sancho
dejaba sus quejas, mezcladas ya con amenazas, ya con ruegos; mas todo
aprovechaba poco, ni aprovechó, hasta que de puro cansados le dejaron.
Trujéronle allí su asno, y, subiéndole encima, le arroparon con su gabán. Y
la compasiva de Maritornes, viéndole tan fatigado, le pareció ser bien
socorrelle con un jarro de agua, y así, se le trujo del pozo, por ser más
frío. Tomóle Sancho, y llevándole a la boca, se paró a las voces que su amo
le daba, diciendo:
-¡Hijo Sancho, no bebas agua! ¡Hijo, no la bebas, que te matará! ¿Ves? Aquí
tengo el santísimo bálsamo -y enseñábale la alcuza del brebaje-, que con
dos gotas que dél bebas sanarás sin duda.
A estas voces volvió Sancho los ojos, como de través, y dijo con otras
mayores:
-¿Por dicha hásele olvidado a vuestra merced como yo no soy caballero, o
quiere que acabe de vomitar las entrañas que me quedaron de anoche?
Guárdese su licor con todos los diablos y déjeme a mí.
Y el acabar de decir esto y el comenzar a beber todo fue uno; mas, como al
primer trago vio que era agua, no quiso pasar adelante, y rogó a Maritornes
que se le trujese de vino, y así lo hizo ella de muy buena voluntad, y lo
pagó de su mesmo dinero; porque, en efecto, se dice della que, aunque
estaba en aquel trato, tenía unas sombras y lejos de cristiana.
Así como bebió Sancho, dio de los carcaños a su asno, y, abriéndole la
puerta de la venta de par en par, se salió della, muy contento de no haber
pagado nada y de haber salido con su intención, aunque había sido a costa
de sus acostumbrados fiadores, que eran sus espaldas. Verdad es que el
ventero se quedó con sus alforjas en pago de lo que se le debía; mas Sancho
no las echó menos, según salió turbado. Quiso el ventero atrancar bien la
puerta así como le vio fuera, mas no lo consintieron los manteadores, que
eran gente que, aunque don Quijote fuera verdaderamente de los caballeros
andantes de la Tabla Redonda, no le estimaran en dos ardites.
Capítulo XVIII. Donde se cuentan las razones que pasó Sancho Panza con su
señor Don Quijote, con otras aventuras dignas de ser contadas
Llegó Sancho a su amo marchito y desmayado; tanto, que no podía arrear a su
jumento. Cuando así le vio don Quijote, le dijo:
-Ahora acabo de creer, Sancho bueno, que aquel castillo o venta, de que es
encantado sin duda; porque aquellos que tan atrozmente tomaron pasatiempo
contigo, ¿qué podían ser sino fantasmas y gente del otro mundo? Y confirmo
esto por haber visto que, cuando estaba por las bardas del corral mirando
los actos de tu triste tragedia, no me fue posible subir por ellas, ni
menos pude apearme de Rocinante, porque me debían de tener encantado; que
te juro, por la fe de quien soy, que si pudiera subir o apearme, que yo te
hiciera vengado de manera que aquellos follones y malandrines se acordaran
de la burla para siempre, aunque en ello supiera contravenir a las leyes de
la caballería, que, como ya muchas veces te he dicho, no consienten que
caballero ponga mano contra quien no lo sea, si no fuere en defensa de su
propria vida y persona, en caso de urgente y gran necesidad.
-También me vengara yo si pudiera, fuera o no fuera armado caballero, pero
no pude; aunque tengo para mí que aquellos que se holgaron conmigo no eran
fantasmas ni hombres encantados, como vuestra merced dice, sino hombres de
carne y hueso como nosotros; y todos, según los oí nombrar cuando me
volteaban, tenían sus nombres: que el uno se llamaba Pedro Martínez, y el
otro Tenorio Hernández, y el ventero oí que se llamaba Juan Palomeque el
Zurdo. Así que, señor, el no poder saltar las bardas del corral, ni apearse
del caballo, en ál estuvo que en encantamentos. Y lo que yo saco en limpio
de todo esto es que estas aventuras que andamos buscando, al cabo al cabo,
nos han de traer a tantas desventuras que no sepamos cuál es nuestro pie
derecho. Y lo que sería mejor y más acertado, según mi poco entendimiento,
fuera el volvernos a nuestro lugar, ahora que es tiempo de la siega y de
entender en la hacienda, dejándonos de andar de Ceca en Meca y de zoca en
colodra, como dicen.
-¡Qué poco sabes, Sancho -respondió don Quijote-, de achaque de caballería!
Calla y ten paciencia, que día vendrá donde veas por vista de ojos cuán
honrosa cosa es andar en este ejercicio. Si no, dime: ¿qué mayor contento
puede haber en el mundo, o qué gusto puede igualarse al de vencer una
batalla y al de triunfar de su enemigo? Ninguno, sin duda alguna.
-Así debe de ser -respondió Sancho-, puesto que yo no lo sé; sólo sé que,
después que somos caballeros andantes, o vuestra merced lo es (que yo no
hay para qué me cuente en tan honroso número), jamás hemos vencido batalla
alguna, si no fue la del vizcaíno, y aun de aquélla salió vuestra merced
con media oreja y media celada menos; que, después acá, todo ha sido palos
y más palos, puñadas y más puñadas, llevando yo de ventaja el manteamiento
y haberme sucedido por personas encantadas, de quien no puedo vengarme,
para saber hasta dónde llega el gusto del vencimiento del enemigo, como
vuestra merced dice.
-Ésa es la pena que yo tengo y la que tú debes tener, Sancho -respondió don
Quijote-; pero, de aquí adelante, yo procuraré haber a las manos alguna
espada hecha por tal maestría, que al que la trujere consigo no le puedan
hacer ningún género de encantamentos; y aun podría ser que me deparase la
ventura aquella de Amadís, cuando se llamaba el Caballero de la Ardiente
Espada, que fue una de las mejores espadas que tuvo caballero en el mundo,
porque, fuera que tenía la virtud dicha, cortaba como una navaja, y no
había armadura, por fuerte y encantada que fuese, que se le parase delante.
-Yo soy tan venturoso -dijo Sancho- que, cuando eso fuese y vuestra merced
viniese a hallar espada semejante, sólo vendría a servir y aprovechar a los
armados caballeros, como el bálsamo; y los escuderos, que se los papen
duelos.
-No temas eso, Sancho -dijo don Quijote-, que mejor lo hará el cielo
contigo.
Es estos coloquios iban don Quijote y su escudero, cuando vio don Quijote
que por el camino que iban venía hacia ellos una grande y espesa polvareda;
y, en viéndola, se volvió a Sancho y le dijo:
-Éste es el día, ¡oh Sancho!, en el cual se ha de ver el bien que me tiene
guardado mi suerte; éste es el día, digo, en que se ha de mostrar, tanto
como en otro alguno, el valor de mi brazo, y en el que tengo de hacer obras
que queden escritas en el libro de la Fama por todos los venideros siglos.
¿Ves aquella polvareda que allí se levanta, Sancho? Pues toda es cuajada de
un copiosísimo ejército que de diversas e innumerables gentes por allí
viene marchando.
-A esa cuenta, dos deben de ser -dijo Sancho-, porque desta parte contraria
se levanta asimesmo otra semejante polvareda.
Volvió a mirarlo don Quijote, y vio que así era la verdad; y, alegrándose
sobremanera, pensó, sin duda alguna, que eran dos ejércitos que venían a
embestirse y a encontrarse en mitad de aquella espaciosa llanura; porque
tenía a todas horas y momentos llena la fantasía de aquellas batallas,
encantamentos, sucesos, desatinos, amores, desafíos, que en los libros de
caballerías se cuentan, y todo cuanto hablaba, pensaba o hacía era
encaminado a cosas semejantes. Y la polvareda que había visto la levantaban
dos grandes manadas de ovejas y carneros que, por aquel mesmo camino, de
dos diferentes partes venían, las cuales, con el polvo, no se echaron de
ver hasta que llegaron cerca. Y con tanto ahínco afirmaba don Quijote que
eran ejércitos, que Sancho lo vino a creer y a decirle:
-Señor, ¿pues qué hemos de hacer nosotros?
-¿Qué? -dijo don Quijote-: favorecer y ayudar a los menesterosos y
desvalidos. Y has de saber, Sancho, que este que viene por nuestra frente
le conduce y guía el grande emperador Alifanfarón, señor de la grande isla
Trapobana; este otro que a mis espaldas marcha es el de su enemigo, el rey
de los garamantas, Pentapolén del Arremangado Brazo, porque siempre entra
en las batallas con el brazo derecho desnudo.
-Pues, ¿por qué se quieren tan mal estos dos señores? -preguntó Sancho.
-Quierénse mal -respondió don Quijote- porque este Alefanfarón es un
foribundo pagano y está enamorado de la hija de Pentapolín, que es una muy
fermosa y además agraciada señora, y es cristiana, y su padre no se la
quiere entregar al rey pagano si no deja primero la ley de su falso profeta
Mahoma y se vuelve a la suya.
-¡Para mis barbas -dijo Sancho-, si no hace muy bien Pentapolín, y que le
tengo de ayudar en cuanto pudiere!
-En eso harás lo que debes, Sancho -dijo don Quijote-, porque, para entrar
en batallas semejantes, no se requiere ser armado caballero.
-Bien se me alcanza eso -respondió Sancho-, pero, ¿dónde pondremos a este
asno que estemos ciertos de hallarle después de pasada la refriega? Porque
el entrar en ella en semejante caballería no creo que está en uso hasta
agora.
-Así es verdad -dijo don Quijote-. Lo que puedes hacer dél es dejarle a sus
aventuras, ora se pierda o no, porque serán tantos los caballos que
tendremos, después que salgamos vencedores, que aun corre peligro Rocinante
no le trueque por otro. Pero estáme atento y mira, que te quiero dar cuenta
de los caballeros más principales que en estos dos ejércitos vienen. Y,
para que mejor los veas y notes, retirémonos a aquel altillo que allí se
hace, de donde se deben de descubrir los dos ejércitos.
Hiciéronlo ansí, y pusierónse sobre una loma, desde la cual se vieran bien
las dos manadas que a don Quijote se le hicieron ejército, si las nubes del
polvo que levantaban no les turbara y cegara la vista; pero, con todo esto,
viendo en su imaginación lo que no veía ni había, con voz levantada comenzó
a decir:
-Aquel caballero que allí ves de las armas jaldes, que trae en el escudo un
león coronado, rendido a los pies de una doncella, es el valeroso
Laurcalco, señor de la Puente de Plata; el otro de las armas de las flores
de oro, que trae en el escudo tres coronas de plata en campo azul, es el
temido Micocolembo, gran duque de Quirocia; el otro de los miembros
giganteos, que está a su derecha mano, es el nunca medroso Brandabarbarán
de Boliche, señor de las tres Arabias, que viene armado de aquel cuero de
serpiente, y tiene por escudo una puerta que, según es fama, es una de las
del templo que derribó Sansón, cuando con su muerte se vengó de sus
enemigos. Pero vuelve los ojos a estotra parte y verás delante y en la
frente destotro ejército al siempre vencedor y jamás vencido Timonel de
Carcajona, príncipe de la Nueva Vizcaya, que viene armado con las armas
partidas a cuarteles, azules, verdes, blancas y amarillas, y trae en el
escudo un gato de oro en campo leonado, con una letra que dice: Miau, que
es el principio del nombre de su dama, que, según se dice, es la sin par
Miulina, hija del duque Alfeñiquén del Algarbe; el otro, que carga y oprime
los lomos de aquella poderosa alfana, que trae las armas como nieve blancas
y el escudo blanco y sin empresa alguna, es un caballero novel, de nación
francés, llamado Pierres Papín, señor de las baronías de Utrique; el otro,
que bate las ijadas con los herrados carcaños a aquella pintada y ligera
cebra, y trae las armas de los veros azules, es el poderoso duque de
Nerbia, Espartafilardo del Bosque, que trae por empresa en el escudo una
esparraguera, con una letra en castellano que dice así: Rastrea mi suerte.
Y desta manera fue nombrando muchos caballeros del uno y del otro
escuadrón, que él se imaginaba, y a todos les dio sus armas, colores,
empresas y motes de improviso, llevado de la imaginación de su nunca vista
locura; y, sin parar, prosiguió diciendo:
-A este escuadrón frontero forman y hacen gentes de diversas naciones: aquí
están los que bebían las dulces aguas del famoso Janto; los montuosos que
pisan los masílicos campos; los que criban el finísimo y menudo oro en la
felice Arabia; los que gozan las famosas y frescas riberas del claro
Termodonte; los que sangran por muchas y diversas vías al dorado Pactolo;
los númidas, dudosos en sus promesas; los persas, arcos y flechas famosos;
los partos, los medos, que pelean huyendo; los árabes, de mudables casas;
los citas, tan crueles como blancos; los etiopes, de horadados labios, y
otras infinitas naciones, cuyos rostros conozco y veo, aunque de los
nombres no me acuerdo. En estotro escuadrón vienen los que beben las
corrientes cristalinas del olivífero Betis; los que tersan y pulen sus
rostros con el licor del siempre rico y dorado Tajo; los que gozan las
provechosas aguas del divino Genil; los que pisan los tartesios campos, de
pastos abundantes; los que se alegran en los elíseos jerezanos prados; los
manchegos, ricos y coronados de rubias espigas; los de hierro vestidos,
reliquias antiguas de la sangre goda; los que en Pisuerga se bañan, famoso
por la mansedumbre de su corriente; los que su ganado apacientan en las
estendidas dehesas del tortuoso Guadiana, celebrado por su escondido curso;
los que tiemblan con el frío del silvoso Pirineo y con los blancos copos
del levantado Apenino; finalmente, cuantos toda la Europa en sí contiene y
encierra.
¡Válame Dios, y cuántas provincias dijo, cuántas naciones nombró, dándole a
cada una, con maravillosa presteza, los atributos que le pertenecían, todo
absorto y empapado en lo que había leído en sus libros mentirosos!
Estaba Sancho Panza colgado de sus palabras, sin hablar ninguna, y, de
cuando en cuando, volvía la cabeza a ver si veía los caballeros y gigantes
que su amo nombraba; y, como no descubría a ninguno, le dijo:
-Señor, encomiendo al diablo hombre, ni gigante, ni caballero de cuantos
vuestra merced dice parece por todo esto; a lo menos, yo no los veo; quizá
todo debe ser encantamento, como las fantasmas de anoche.
-¿Cómo dices eso? -respondió don Quijote-. ¿No oyes el relinchar de los
caballos, el tocar de los clarines, el ruido de los atambores?
-No oigo otra cosa -respondió Sancho- sino muchos balidos de ovejas y
carneros.
Y así era la verdad, porque ya llegaban cerca los dos rebaños.
-El miedo que tienes -dijo don Quijote- te hace, Sancho, que ni veas ni
oyas a derechas; porque uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos
y hacer que las cosas no parezcan lo que son; y si es que tanto temes,
retírate a una parte y déjame solo, que solo basto a dar la victoria a la
parte a quien yo diere mi ayuda.
Y, diciendo esto, puso las espuelas a Rocinante, y, puesta la lanza en el
ristre, bajó de la costezuela como un rayo. Diole voces Sancho, diciéndole:
-¡Vuélvase vuestra merced, señor don Quijote, que voto a Dios que son
carneros y ovejas las que va a embestir! ¡Vuélvase, desdichado del padre
que me engendró! ¿Qué locura es ésta? Mire que no hay gigante ni caballero
alguno, ni gatos, ni armas, ni escudos partidos ni enteros, ni veros azules
ni endiablados. ¿Qué es lo que hace? ¡Pecador soy yo a Dios!
Ni por ésas volvió don Quijote; antes, en altas voces, iba diciendo:
-¡Ea, caballeros, los que seguís y militáis debajo de las banderas del
valeroso emperador Pentapolín del Arremangado Brazo, seguidme todos: veréis
cuán fácilmente le doy venganza de su enemigo Alefanfarón de la Trapobana!
Esto diciendo, se entró por medio del escuadrón de las ovejas, y comenzó de
alanceallas con tanto coraje y denuedo como si de veras alanceara a sus
mortales enemigos. Los pastores y ganaderos que con la manada venían
dábanle voces que no hiciese aquello; pero, viendo que no aprovechaban,
desciñéronse las hondas y comenzaron a saludalle los oídos con piedras como
el puño. Don Quijote no se curaba de las piedras; antes, discurriendo a
todas partes, decía:
-¿Adónde estás, soberbio Alifanfuón? Vente a mí; que un caballero solo soy,
que desea, de solo a solo, probar tus fuerzas y quitarte la vida, en pena
de la que das al valeroso Pentapolín Garamanta.
Llegó en esto una peladilla de arroyo, y, dándole en un lado, le sepultó
dos costillas en el cuerpo. Viéndose tan maltrecho, creyó sin duda que
estaba muerto o malferido, y, acordándose de su licor, sacó su alcuza y
púsosela a la boca, y comenzó a echar licor en el estómago; mas, antes que
acabase de envasar lo que a él le parecía que era bastante, llegó otra
almendra y diole en la mano y en el alcuza tan de lleno que se la hizo
pedazos, llevándole de camino tres o cuatro dientes y muelas de la boca, y
machucándole malamente dos dedos de la mano.
Tal fue el golpe primero, y tal el segundo, que le fue forzoso al pobre
caballero dar consigo del caballo abajo. Llegáronse a él los pastores y
creyeron que le habían muerto; y así, con mucha priesa, recogieron su
ganado, y cargaron de las reses muertas, que pasaban de siete, y, sin
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