les echó la palamenta encima y los cogió vivos a todos.
Llegaron en esto las otras dos galeras, y todas cuatro con la presa
volvieron a la playa, donde infinita gente los estaba esperando, deseosos
de ver lo que traían. Dio fondo el general cerca de tierra, y conoció que
estaba en la marina el virrey de la ciudad. Mandó echar el esquife para
traerle, y mandó amainar la entena para ahorcar luego luego al arráez y a
los demás turcos que en el bajel había cogido, que serían hasta treinta y
seis personas, todos gallardos, y los más, escopeteros turcos. Preguntó el
general quién era el arráez del bergantín y fuele respondido por uno de los
cautivos, en lengua castellana, que después pareció ser renegado español:
-Este mancebo, señor, que aquí vees es nuestro arráez.
Y mostróle uno de los más bellos y gallardos mozos que pudiera pintar la
humana imaginación. La edad, al parecer, no llegaba a veinte años.
Preguntóle el general:
-Dime, mal aconsejado perro, ¿quién te movió a matarme mis soldados, pues
veías ser imposible el escaparte? ¿Ese respeto se guarda a las capitanas?
¿No sabes tú que no es valentía la temeridad? Las esperanzas dudosas han de
hacer a los hombres atrevidos, pero no temerarios.
Responder quería el arráez; pero no pudo el general, por entonces, oír la
respuesta, por acudir a recebir al virrey, que ya entraba en la galera, con
el cual entraron algunos de sus criados y algunas personas del pueblo.
-¡Buena ha estado la caza, señor general! -dijo el virrey.
-Y tan buena -respondió el general- cual la verá Vuestra Excelencia agora
colgada de esta entena.
-¿Cómo ansí? -replicó el virrey.
-Porque me han muerto -respondió el general-, contra toda ley y contra toda
razón y usanza de guerra, dos soldados de los mejores que en estas galeras
venían, y yo he jurado de ahorcar a cuantos he cautivado, principalmente a
este mozo, que es el arráez del bergantín.
Y enseñóle al que ya tenía atadas las manos y echado el cordel a la
garganta, esperando la muerte.
Miróle el virrey, y, viéndole tan hermoso, y tan gallardo, y tan humilde,
dándole en aquel instante una carta de recomendación su hermosura, le vino
deseo de escusar su muerte; y así, le preguntó:
-Dime, arráez, ¿eres turco de nación, o moro, o renegado?
A lo cual el mozo respondió, en lengua asimesmo castellana:
-Ni soy turco de nación, ni moro, ni renegado.
-Pues, ¿qué eres? -replicó el virrey.
-Mujer cristiana -respondió el mancebo.
-¿Mujer y cristiana, y en tal traje y en tales pasos? Más es cosa para
admirarla que para creerla.
-Suspended -dijo el mozo-, ¡oh señores!, la ejecución de mi muerte, que no
se perderá mucho en que se dilate vuestra venganza en tanto que yo os
cuente mi vida.
¿Quién fuera el de corazón tan duro que con estas razones no se ablandara,
o, a lo menos, hasta oír las que el triste y lastimado mancebo decir
quería? El general le dijo que dijese lo que quisiese, pero que no esperase
alcanzar perdón de su conocida culpa. Con esta licencia, el mozo comenzó a
decir desta manera:
-«De aquella nación más desdichada que prudente, sobre quien ha llovido
estos días un mar de desgracias, nací yo, de moriscos padres engendrada. En
la corriente de su desventura fui yo por dos tíos míos llevada a Berbería,
sin que me aprovechase decir que era cristiana, como, en efecto, lo soy, y
no de las fingidas ni aparentes, sino de las verdaderas y católicas. No me
valió, con los que tenían a cargo nuestro miserable destierro, decir esta
verdad, ni mis tíos quisieron creerla; antes la tuvieron por mentira y por
invención para quedarme en la tierra donde había nacido, y así, por fuerza
más que por grado, me trujeron consigo. Tuve una madre cristiana y un padre
discreto y cristiano, ni más ni menos; mamé la fe católica en la leche;
criéme con buenas costumbres; ni en la lengua ni en ellas jamás, a mi
parecer, di señales de ser morisca. Al par y al paso destas virtudes, que
yo creo que lo son, creció mi hermosura, si es que tengo alguna; y, aunque
mi recato y mi encerramiento fue mucho, no debió de ser tanto que no
tuviese lugar de verme un mancebo caballero, llamado don Gaspar Gregorio,
hijo mayorazgo de un caballero que junto a nuestro lugar otro suyo tiene.
Cómo me vio, cómo nos hablamos, cómo se vio perdido por mí y cómo yo no muy
ganada por él, sería largo de contar, y más en tiempo que estoy temiendo
que, entre la lengua y la garganta, se ha de atravesar el riguroso cordel
que me amenaza; y así, sólo diré cómo en nuestro destierro quiso
acompañarme don Gregorio. Mezclóse con los moriscos que de otros lugares
salieron, porque sabía muy bien la lengua, y en el viaje se hizo amigo de
dos tíos míos que consigo me traían; porque mi padre, prudente y prevenido,
así como oyó el primer bando de nuestro destierro, se salió del lugar y se
fue a buscar alguno en los reinos estraños que nos acogiese. Dejó
encerradas y enterradas, en una parte de quien yo sola tengo noticia,
muchas perlas y piedras de gran valor, con algunos dineros en cruzados y
doblones de oro. Mandóme que no tocase al tesoro que dejaba en ninguna
manera, si acaso antes que él volviese nos desterraban. Hícelo así, y con
mis tíos, como tengo dicho, y otros parientes y allegados pasamos a
Berbería; y el lugar donde hicimos asiento fue en Argel, como si le
hiciéramos en el mismo infierno. Tuvo noticia el rey de mi hermosura, y la
fama se la dio de mis riquezas, que, en parte, fue ventura mía. Llamóme
ante sí, preguntóme de qué parte de España era y qué dineros y qué joyas
traía. Díjele el lugar, y que las joyas y dineros quedaban en él
enterrados, pero que con facilidad se podrían cobrar si yo misma volviese
por ellos. Todo esto le dije, temerosa de que no le cegase mi hermosura,
sino su codicia. Estando conmigo en estas pláticas, le llegaron a decir
cómo venía conmigo uno de los más gallardos y hermosos mancebos que se
podía imaginar. Luego entendí que lo decían por don Gaspar Gregorio, cuya
belleza se deja atrás las mayores que encarecer se pueden. Turbéme,
considerando el peligro que don Gregorio corría, porque entre aquellos
bárbaros turcos en más se tiene y estima un mochacho o mancebo hermoso que
una mujer, por bellísima que sea. Mandó luego el rey que se le trujesen
allí delante para verle, y preguntóme si era verdad lo que de aquel mozo le
decían. Entonces yo, casi como prevenida del cielo, le dije que sí era;
pero que le hacía saber que no era varón, sino mujer como yo, y que le
suplicaba me la dejase ir a vestir en su natural traje, para que de todo en
todo mostrase su belleza y con menos empacho pareciese ante su presencia.
Díjome que fuese en buena hora, y que otro día hablaríamos en el modo que
se podía tener para que yo volviese a España a sacar el escondido tesoro.
Hablé con don Gaspar, contéle el peligro que corría el mostrar ser hombre;
vestíle de mora, y aquella mesma tarde le truje a la presencia del rey, el
cual, en viéndole, quedó admirado y hizo disignio de guardarla para hacer
presente della al Gran Señor; y, por huir del peligro que en el serrallo de
sus mujeres podía tener y temer de sí mismo, la mandó poner en casa de unas
principales moras que la guardasen y la sirviesen, adonde le llevaron
luego. Lo que los dos sentimos (que no puedo negar que no le quiero) se
deje a la consideración de los que se apartan si bien se quieren. Dio luego
traza el rey de que yo volviese a España en este bergantín y que me
acompañasen dos turcos de nación, que fueron los que mataron vuestros
soldados. Vino también conmigo este renegado español -señalando al que
había hablado primero-, del cual sé yo bien que es cristiano encubierto y
que viene con más deseo de quedarse en España que de volver a Berbería; la
demás chusma del bergantín son moros y turcos, que no sirven de más que de
bogar al remo. Los dos turcos, codiciosos e insolentes, sin guardar el
orden que traíamos de que a mí y a este renegado en la primer parte de
España, en hábito de cristianos, de que venimos proveídos, nos echasen en
tierra, primero quisieron barrer esta costa y hacer alguna presa, si
pudiesen, temiendo que si primero nos echaban en tierra, por algún acidente
que a los dos nos sucediese, podríamos descubrir que quedaba el bergantín
en la mar, y si acaso hubiese galeras por esta costa, los tomasen. Anoche
descubrimos esta playa, y, sin tener noticia destas cuatro galeras,
fuimos descubiertos, y nos ha sucedido lo que habéis visto. En resolución:
don Gregorio queda en hábito de mujer entre mujeres, con manifiesto peligro
de perderse, y yo me veo atadas las manos, esperando, o, por mejor decir,
temiendo perder la vida, que ya me cansa.» Éste es, señores, el fin de mi
lamentable historia, tan verdadera como desdichada; lo que os ruego es que
me dejéis morir como cristiana, pues, como ya he dicho, en ninguna cosa he
sido culpante de la culpa en que los de mi nación han caído.
Y luego calló, preñados los ojos de tiernas lágrimas, a quien acompañaron
muchas de los que presentes estaban. El virrey, tierno y compasivo, sin
hablarle palabra, se llegó a ella y le quitó con sus manos el cordel que
las hermosas de la mora ligaba.
En tanto, pues, que la morisca cristiana su peregrina historia trataba,
tuvo clavados los ojos en ella un anciano peregrino que entró en la galera
cuando entró el virrey; y, apenas dio fin a su plática la morisca, cuando
él se arrojó a sus pies, y, abrazado dellos, con interrumpidas palabras de
mil sollozos y suspiros, le dijo:
-¡Oh Ana Félix, desdichada hija mía! Yo soy tu padre Ricote, que volvía a
buscarte por no poder vivir sin ti, que eres mi alma.
A cuyas palabras abrió los ojos Sancho, y alzó la cabeza (que inclinada
tenía, pensando en la desgracia de su paseo), y, mirando al peregrino,
conoció ser el mismo Ricote que topó el día que salió de su gobierno, y
confirmóse que aquélla era su hija, la cual, ya desatada, abrazó a su
padre, mezclando sus lágrimas con las suyas; el cual dijo al general y al
virrey:
-Ésta, señores, es mi hija, más desdichada en sus sucesos que en su nombre.
Ana Félix se llama, con el sobrenombre de Ricote, famosa tanto por su
hermosura como por mi riqueza. Yo salí de mi patria a buscar en reinos
estraños quien nos albergase y recogiese, y, habiéndole hallado en
Alemania, volví en este hábito de peregrino, en compañía de otros alemanes,
a buscar mi hija y a desenterrar muchas riquezas que dejé escondidas. No
hallé a mi hija; hallé el tesoro, que conmigo traigo, y agora, por el
estraño rodeo que habéis visto, he hallado el tesoro que más me enriquece,
que es a mi querida hija. Si nuestra poca culpa y sus lágrimas y las mías,
por la integridad de vuestra justicia, pueden abrir puertas a la
misericordia, usadla con nosotros, que jamás tuvimos pensamiento de
ofenderos, ni convenimos en ningún modo con la intención de los nuestros,
que justamente han sido desterrados.
Entonces dijo Sancho:
-Bien conozco a Ricote, y sé que es verdad lo que dice en cuanto a ser Ana
Félix su hija; que en esotras zarandajas de ir y venir, tener buena o mala
intención, no me entremeto.
Admirados del estraño caso todos los presentes, el general dijo:
-Una por una vuestras lágrimas no me dejarán cumplir mi juramento: vivid,
hermosa Ana Félix, los años de vida que os tiene determinados el cielo, y
lleven la pena de su culpa los insolentes y atrevidos que la cometieron.
Y mandó luego ahorcar de la entena a los dos turcos que a sus dos soldados
habían muerto; pero el virrey le pidió encarecidamente no los ahorcase,
pues más locura que valentía había sido la suya. Hizo el general lo que el
virrey le pedía, porque no se ejecutan bien las venganzas a sangre helada.
Procuraron luego dar traza de sacar a don Gaspar Gregorio del peligro en
que quedaba. Ofreció Ricote para ello más de dos mil ducados que en perlas
y en joyas tenía. Diéronse muchos medios, pero ninguno fue tal como el que
dio el renegado español que se ha dicho, el cual se ofreció de volver a
Argel en algún barco pequeño, de hasta seis bancos, armado de remeros
cristianos, porque él sabía dónde, cómo y cuándo podía y debía desembarcar,
y asimismo no ignoraba la casa donde don Gaspar quedaba. Dudaron el general
y el virrey el fiarse del renegado, ni confiar de los cristianos que habían
de bogar el remo; fióle Ana Félix, y Ricote, su padre, dijo que salía a dar
el rescate de los cristianos, si acaso se perdiesen.
Firmados, pues, en este parecer, se desembarcó el virrey, y don Antonio
Moreno se llevó consigo a la morisca y a su padre, encargándole el virrey
que los regalase y acariciase cuanto le fuese posible; que de su parte le
ofrecía lo que en su casa hubiese para su regalo. Tanta fue la benevolencia
y caridad que la hermosura de Ana Félix infundió en su pecho.
Capítulo LXIV. Que trata de la aventura que más pesadumbre dio a don
Quijote de cuantas hasta entonces le habían sucedido
La mujer de don Antonio Moreno cuenta la historia que recibió grandísimo
contento de ver a Ana Félix en su casa. Recibióla con mucho agrado, así
enamorada de su belleza como de su discreción, porque en lo uno y en lo
otro era estremada la morisca, y toda la gente de la ciudad, como a campana
tañida, venían a verla.
Dijo don Quijote a don Antonio que el parecer que habían tomado en la
libertad de don Gregorio no era bueno, porque tenía más de peligroso que de
conveniente, y que sería mejor que le pusiesen a él en Berbería con sus
armas y caballo; que él le sacaría a pesar de toda la morisma, como había
hecho don Gaiferos a su esposa Melisendra.
-Advierta vuesa merced -dijo Sancho, oyendo esto- que el señor don Gaiferos
sacó a sus esposa de tierra firme y la llevó a Francia por tierra firme;
pero aquí, si acaso sacamos a don Gregorio, no tenemos por dónde traerle a
España, pues está la mar en medio.
-Para todo hay remedio, si no es para la muerte -respondió don Quijote-;
pues, llegando el barco a la marina, nos podremos embarcar en él, aunque
todo el mundo lo impida.
-Muy bien lo pinta y facilita vuestra merced -dijo Sancho-, pero del dicho
al hecho hay gran trecho, y yo me atengo al renegado, que me parece muy
hombre de bien y de muy buenas entrañas.
Don Antonio dijo que si el renegado no saliese bien del caso, se tomaría el
espediente de que el gran don Quijote pasase en Berbería.
De allí a dos días partió el renegado en un ligero barco de seis remos por
banda, armado de valentísima chusma; y de allí a otros dos se partieron las
galeras a Levante, habiendo pedido el general al visorrey fuese servido de
avisarle de lo que sucediese en la libertad de don Gregorio y en el caso de
Ana Félix; quedó el visorrey de hacerlo así como se lo pedía.
Y una mañana, saliendo don Quijote a pasearse por la playa armado de todas
sus armas, porque, como muchas veces decía, ellas eran sus arreos, y su
descanso el pelear, y no se hallaba sin ellas un punto, vio venir hacía él
un caballero, armado asimismo de punta en blanco, que en el escudo traía
pintada una luna resplandeciente; el cual, llegándose a trecho que podía
ser oído, en altas voces, encaminando sus razones a don Quijote, dijo:
-Insigne caballero y jamás como se debe alabado don Quijote de la Mancha,
yo soy el Caballero de la Blanca Luna, cuyas inauditas hazañas quizá te le
habrán traído a la memoria. Vengo a contender contigo y a probar la fuerza
de tus brazos, en razón de hacerte conocer y confesar que mi dama, sea
quien fuere, es sin comparación más hermosa que tu Dulcinea del Toboso; la
cual verdad si tú la confiesas de llano en llano, escusarás tu muerte y el
trabajo que yo he de tomar en dártela; y si tú peleares y yo te venciere,
no quiero otra satisfación sino que, dejando las armas y absteniéndote de
buscar aventuras, te recojas y retires a tu lugar por tiempo de un año,
donde has de vivir sin echar mano a la espada, en paz tranquila y en
provechoso sosiego, porque así conviene al aumento de tu hacienda y a la
salvación de tu alma; y si tú me vencieres, quedará a tu discreción mi
cabeza, y serán tuyos los despojos de mis armas y caballo, y pasará a la
tuya la fama de mis hazañas. Mira lo que te está mejor, y respóndeme luego,
porque hoy todo el día traigo de término para despachar este negocio.
Don Quijote quedó suspenso y atónito, así de la arrogancia del Caballero de
la Blanca Luna como de la causa por que le desafiaba; y con reposo y ademán
severo le respondió:
-Caballero de la Blanca Luna, cuyas hazañas hasta agora no han llegado a mi
noticia, yo osaré jurar que jamás habéis visto a la ilustre Dulcinea; que
si visto la hubiérades, yo sé que procurárades no poneros en esta demanda,
porque su vista os desengañara de que no ha habido ni puede haber belleza
que con la suya comparar se pueda; y así, no diciéndoos que mentís, sino
que no acertáis en lo propuesto, con las condiciones que habéis referido,
aceto vuestro desafío, y luego, porque no se pase el día que traéis
determinado; y sólo exceto de las condiciones la de que se pase a mí la
fama de vuestras hazañas, porque no sé cuáles ni qué tales sean: con las
mías me contento, tales cuales ellas son. Tomad, pues, la parte del campo
que quisiéredes, que yo haré lo mesmo, y a quien Dios se la diere, San
Pedro se la bendiga.
Habían descubierto de la ciudad al Caballero de la Blanca Luna, y díchoselo
al visorrey que estaba hablando con don Quijote de la Mancha. El visorrey,
creyendo sería alguna nueva aventura fabricada por don Antonio Moreno, o
por otro algún caballero de la ciudad, salió luego a la playa con don
Antonio y con otros muchos caballeros que le acompañaban, a tiempo cuando
don Quijote volvía las riendas a Rocinante para tomar del campo lo
necesario.
Viendo, pues, el visorrey que daban los dos señales de volverse a
encontrar, se puso en medio, preguntándoles qué era la causa que les movía
a hacer tan de improviso batalla. El Caballero de la Blanca Luna respondió
que era precedencia de hermosura, y en breves razones le dijo las mismas
que había dicho a don Quijote, con la acetación de las condiciones del
desafío hechas por entrambas partes. Llegóse el visorrey a don Antonio, y
preguntóle paso si sabía quién era el tal Caballero de la Blanca Luna, o si
era alguna burla que querían hacer a don Quijote. Don Antonio le respondió
que ni sabía quién era, ni si era de burlas ni de veras el tal desafío.
Esta respuesta tuvo perplejo al visorrey en si les dejaría o no pasar
adelante en la batalla; pero, no pudiéndose persuadir a que fuese sino
burla, se apartó diciendo:
-Señores caballeros, si aquí no hay otro remedio sino confesar o morir, y
el señor don Quijote está en sus trece y vuestra merced el de la Blanca
Luna en sus catorce, a la mano de Dios, y dense.
Agradeció el de la Blanca Luna con corteses y discretas razones al visorrey
la licencia que se les daba, y don Quijote hizo lo mesmo; el cual,
encomendándose al cielo de todo corazón y a su Dulcinea -como tenía de
costumbre al comenzar de las batallas que se le ofrecían-, tornó a tomar
otro poco más del campo, porque vio que su contrario hacía lo mesmo, y, sin
tocar trompeta ni otro instrumento bélico que les diese señal de arremeter,
volvieron entrambos a un mesmo punto las riendas a sus caballos; y, como
era más ligero el de la Blanca Luna, llegó a don Quijote a dos tercios
andados de la carrera, y allí le encontró con tan poderosa fuerza, sin
tocarle con la lanza (que la levantó, al parecer, de propósito), que dio
con Rocinante y con don Quijote por el suelo una peligrosa caída. Fue luego
sobre él, y, poniéndole la lanza sobre la visera, le dijo:
-Vencido sois, caballero, y aun muerto, si no confesáis las condiciones de
nuestro desafío.
Don Quijote, molido y aturdido, sin alzarse la visera, como si hablara
dentro de una tumba, con voz debilitada y enferma, dijo:
-Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más
desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude
esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza, y quítame la vida, pues me has
quitado la honra.
-Eso no haré yo, por cierto -dijo el de la Blanca Luna-: viva, viva en su
entereza la fama de la hermosura de la señora Dulcinea del Toboso, que sólo
me contento con que el gran don Quijote se retire a su lugar un año, o
hasta el tiempo que por mí le fuere mandado, como concertamos antes de
entrar en esta batalla.
Todo esto oyeron el visorrey y don Antonio, con otros muchos que allí
estaban, y oyeron asimismo que don Quijote respondió que como no le pidiese
cosa que fuese en perjuicio de Dulcinea, todo lo demás cumpliría como
caballero puntual y verdadero.
Hecha esta confesión, volvió las riendas el de la Blanca Luna, y, haciendo
mesura con la cabeza al visorrey, a medio galope se entró en la ciudad.
Mandó el visorrey a don Antonio que fuese tras él, y que en todas maneras
supiese quién era. Levantaron a don Quijote, descubriéronle el rostro y
halláronle sin color y trasudando. Rocinante, de puro malparado, no se pudo
mover por entonces. Sancho, todo triste, todo apesarado, no sabía qué
decirse ni qué hacerse: parecíale que todo aquel suceso pasaba en sueños y
que toda aquella máquina era cosa de encantamento. Veía a su señor rendido
y obligado a no tomar armas en un año; imaginaba la luz de la gloria de sus
hazañas escurecida, las esperanzas de sus nuevas promesas deshechas, como
se deshace el humo con el viento. Temía si quedaría o no contrecho
Rocinante, o deslocado su amo; que no fuera poca ventura si deslocado
quedara. Finalmente, con una silla de manos, que mandó traer el visorrey,
le llevaron a la ciudad, y el visorrey se volvió también a ella, con deseo
de saber quién fuese el Caballero de la Blanca Luna, que de tan mal talante
había dejado a don Quijote.
Capítulo LXV. Donde se da noticia quién era el de la Blanca Luna, con la
libertad de Don Gregorio, y de otros sucesos
Siguió don Antonio Moreno al Caballero de la Blanca Luna, y siguiéronle
también, y aun persiguiéronle, muchos muchachos, hasta que le cerraron en
un mesón dentro de la ciudad. Entró el don Antonio con deseo de conocerle;
salió un escudero a recebirle y a desarmarle; encerróse en una sala baja, y
con él don Antonio, que no se le cocía el pan hasta saber quién fuese.
Viendo, pues, el de la Blanca Luna que aquel caballero no le dejaba, le
dijo:
-Bien sé, señor, a lo que venís, que es a saber quién soy; y, porque no hay
para qué negároslo, en tanto que este mi criado me desarma os lo diré, sin
faltar un punto a la verdad del caso. Sabed, señor, que a mí me llaman el
bachiller Sansón Carrasco; soy del mesmo lugar de don Quijote de la Mancha,
cuya locura y sandez mueve a que le tengamos lástima todos cuantos le
conocemos, y entre los que más se la han tenido he sido yo; y, creyendo que
está su salud en su reposo y en que se esté en su tierra y en su casa, di
traza para hacerle estar en ella; y así, habrá tres meses que le salí al
camino como caballero andante, llamándome el Caballero de los Espejos, con
intención de pelear con él y vencerle, sin hacerle daño, poniendo por
condición de nuestra pelea que el vencido quedase a discreción del
vencedor; y lo que yo pensaba pedirle, porque ya le juzgaba por vencido,
era que se volviese a su lugar y que no saliese dél en todo un año, en el
cual tiempo podría ser curado; pero la suerte lo ordenó de otra manera,
porque él me venció a mí y me derribó del caballo, y así, no tuvo efecto mi
pensamiento: él prosiguió su camino, y yo me volví, vencido, corrido y
molido de la caída, que fue además peligrosa; pero no por esto se me quitó
el deseo de volver a buscarle y a vencerle, como hoy se ha visto. Y como él
es tan puntual en guardar las órdenes de la andante caballería, sin duda
alguna guardará la que le he dado, en cumplimiento de su palabra. Esto es,
señor, lo que pasa, sin que tenga que deciros otra cosa alguna; suplícoos
no me descubráis ni le digáis a don Quijote quién soy, porque tengan efecto
los buenos pensamientos míos y vuelva a cobrar su juicio un hombre que le
tiene bonísimo, como le dejen las sandeces de la caballería.
-¡Oh señor -dijo don Antonio-, Dios os perdone el agravio que habéis hecho
a todo el mundo en querer volver cuerdo al más gracioso loco que hay en él!
¿No veis, señor, que no podrá llegar el provecho que cause la cordura de
don Quijote a lo que llega el gusto que da con sus desvaríos? Pero yo
imagino que toda la industria del señor bachiller no ha de ser parte para
volver cuerdo a un hombre tan rematadamente loco; y si no fuese contra
caridad, diría que nunca sane don Quijote, porque con su salud, no
solamente perdemos sus gracias, sino las de Sancho Panza, su escudero, que
cualquiera dellas puede volver a alegrar a la misma melancolía. Con todo
esto, callaré, y no le diré nada, por ver si salgo verdadero en sospechar
que no ha de tener efecto la diligencia hecha por el señor Carrasco.
El cual respondió que ya una por una estaba en buen punto aquel negocio, de
quien esperaba feliz suceso. Y, habiéndose ofrecido don Antonio de hacer lo
que más le mandase, se despidió dél; y, hecho liar sus armas sobre un
macho, luego al mismo punto, sobre el caballo con que entró en la batalla,
se salió de la ciudad aquel mismo día y se volvió a su patria, sin
sucederle cosa que obligue a contarla en esta verdadera historia.
Contó don Antonio al visorrey todo lo que Carrasco le había contado, de lo
que el visorrey no recibió mucho gusto, porque en el recogimiento de don
Quijote se perdía el que podían tener todos aquellos que de sus locuras
tuviesen noticia.
Seis días estuvo don Quijote en el lecho, marrido, triste, pensativo y mal
acondicionado, yendo y viniendo con la imaginación en el desdichado suceso
de su vencimiento. Consolábale Sancho, y, entre otras razones, le dijo:
-Señor mío, alce vuestra merced la cabeza y alégrese, si puede, y dé
gracias al cielo que, ya que le derribó en la tierra, no salió con alguna
costilla quebrada; y, pues sabe que donde las dan las toman, y que no
siempre hay tocinos donde hay estacas, dé una higa al médico, pues no le ha
menester para que le cure en esta enfermedad: volvámonos a nuestra casa y
dejémonos de andar buscando aventuras por tierras y lugares que no sabemos;
y, si bien se considera, yo soy aquí el más perdidoso, aunque es vuestra
merced el más mal parado. Yo, que dejé con el gobierno los deseos de ser
más gobernador, no dejé la gana de ser conde, que jamás tendrá efecto si
vuesa merced deja de ser rey, dejando el ejercicio de su caballería; y así,
vienen a volverse en humo mis esperanzas.
-Calla, Sancho, pues ves que mi reclusión y retirada no ha de pasar de un
año; que luego volveré a mis honrados ejercicios, y no me ha de faltar
reino que gane y algún condado que darte.
-Dios lo oiga -dijo Sancho-, y el pecado sea sordo, que siempre he oído
decir que más vale buena esperanza que ruin posesión.
En esto estaban cuando entró don Antonio, diciendo con muestras de
grandísimo contento:
-¡Albricias, señor don Quijote, que don Gregorio y el renegado que fue por
él está en la playa! ¿Qué digo en la playa? Ya está en casa del visorrey, y
será aquí al momento.
Alegróse algún tanto don Quijote, y dijo:
-En verdad que estoy por decir que me holgara que hubiera sucedido todo al
revés, porque me obligara a pasar en Berbería, donde con la fuerza de mi
brazo diera libertad no sólo a don Gregorio, sino a cuantos cristianos
cautivos hay en Berbería. Pero, ¿qué digo, miserable? ¿No soy yo el
vencido? ¿No soy yo el derribado? ¿No soy yo el que no puede tomar arma en
un año? Pues, ¿qué prometo? ¿De qué me alabo, si antes me conviene usar de
la rueca que de la espada?
-Déjese deso, señor -dijo Sancho-: viva la gallina, aunque con su pepita,
que hoy por ti y mañana por mí; y en estas cosas de encuentros y porrazos
no hay tomarles tiento alguno, pues el que hoy cae puede levantarse
mañana, si no es que se quiere estar en la cama; quiero decir que se deje
desmayar, sin cobrar nuevos bríos para nuevas pendencias. Y levántese
vuestra merced agora para recebir a don Gregorio, que me parece que anda la
gente alborotada, y ya debe de estar en casa.
Y así era la verdad; porque, habiendo ya dado cuenta don Gregorio y el
renegado al visorrey de su ida y vuelta, deseoso don Gregorio de ver a Ana
Félix, vino con el renegado a casa de don Antonio; y, aunque don Gregorio,
cuando le sacaron de Argel, fue con hábitos de mujer, en el barco los trocó
por los de un cautivo que salió consigo; pero en cualquiera que viniera,
mostrara ser persona para ser codiciada, servida y estimada, porque era
hermoso sobremanera, y la edad, al parecer, de diez y siete o diez y ocho
años. Ricote y su hija salieron a recebirle: el padre con lágrimas y la
hija con honestidad. No se abrazaron unos a otros, porque donde hay mucho
amor no suele haber demasiada desenvoltura. Las dos bellezas juntas de don
Gregorio y Ana Félix admiraron en particular a todos juntos los que
presentes estaban. El silencio fue allí el que habló por los dos amantes, y
los ojos fueron las lenguas que descubrieron sus alegres y honestos
pensamientos.
Contó el renegado la industria y medio que tuvo para sacar a don Gregorio;
contó don Gregorio los peligros y aprietos en que se había visto con las
mujeres con quien había quedado, no con largo razonamiento, sino con breves
palabras, donde mostró que su discreción se adelantaba a sus años.
Finalmente, Ricote pagó y satisfizo liberalmente así al renegado como a los
que habían bogado al remo. Reincorporóse y redújose el renegado con la
Iglesia, y, de miembro podrido, volvió limpio y sano con la penitencia y el
arrepentimiento.
De allí a dos días trató el visorrey con don Antonio qué modo tendrían para
que Ana Félix y su padre quedasen en España, pareciéndoles no ser de
inconveniente alguno que quedasen en ella hija tan cristiana y padre, al
parecer, tan bien intencionado. Don Antonio se ofreció venir a la corte a
negociarlo, donde había de venir forzosamente a otros negocios, dando a
entender que en ella, por medio del favor y de las dádivas, muchas cosas
dificultosas se acaban.
-No -dijo Ricote, que se halló presente a esta plática- hay que esperar en
favores ni en dádivas, porque con el gran don Bernardino de Velasco, conde
de Salazar, a quien dio Su Majestad cargo de nuestra expulsión, no valen
ruegos, no promesas, no dádivas, no lástimas; porque, aunque es verdad que
él mezcla la misericordia con la justicia, como él vee que todo el cuerpo
de nuestra nación está contaminado y podrido, usa con él antes del cauterio
que abrasa que del ungüento que molifica; y así, con prudencia, con
sagacidad, con diligencia y con miedos que pone, ha llevado sobre sus
fuertes hombros a debida ejecución el peso desta gran máquina, sin que
nuestras industrias, estratagemas, solicitudes y fraudes hayan podido
deslumbrar sus ojos de Argos, que contino tiene alerta, porque no se le
quede ni encubra ninguno de los nuestros, que, como raíz escondida, que con
el tiempo venga después a brotar, y a echar frutos venenosos en España, ya
limpia, ya desembarazada de los temores en que nuestra muchedumbre la
tenía. ¡Heroica resolución del gran Filipo Tercero, y inaudita prudencia en
haberla encargado al tal don Bernardino de Velasco!
-Una por una, yo haré, puesto allá, las diligencias posibles, y haga el
cielo lo que más fuere servido -dijo don Antonio-. Don Gregorio se irá
conmigo a consolar la pena que sus padres deben tener por su ausencia; Ana
Félix se quedará con mi mujer en mi casa, o en un monasterio, y yo sé que
el señor visorrey gustará se quede en la suya el buen Ricote, hasta ver
cómo yo negocio.
El visorrey consintió en todo lo propuesto, pero don Gregorio, sabiendo lo
que pasaba, dijo que en ninguna manera podía ni quería dejar a doña Ana
Félix; pero, teniendo intención de ver a sus padres, y de dar traza de
volver por ella, vino en el decretado concierto. Quedóse Ana Félix con la
mujer de don Antonio, y Ricote en casa del visorrey.
Llegóse el día de la partida de don Antonio, y el de don Quijote y Sancho,
que fue de allí a otros dos; que la caída no le concedió que más presto se
pusiese en camino. Hubo lágrimas, hubo suspiros, desmayos y sollozos al
despedirse don Gregorio de Ana Félix. Ofrecióle Ricote a don Gregorio mil
escudos, si los quería; pero él no tomó ninguno, sino solos cinco que le
prestó don Antonio, prometiendo la paga dellos en la corte. Con esto, se
partieron los dos, y don Quijote y Sancho después, como se ha dicho: don
Quijote desarmado y de camino, Sancho a pie, por ir el rucio cargado con
las armas.
Capítulo LXVI. Que trata de lo que verá el que lo leyere, o lo oirá el que
lo escuchare leer
Al salir de Barcelona, volvió don Quijote a mirar el sitio donde había
caído, y dijo:
-¡Aquí fue Troya! ¡Aquí mi desdicha, y no mi cobardía, se llevó mis
alcanzadas glorias; aquí usó la fortuna conmigo de sus vueltas y revueltas;
aquí se escurecieron mis hazañas; aquí, finalmente, cayó mi ventura para
jamás levantarse!
Oyendo lo cual Sancho, dijo:
-Tan de valientes corazones es, señor mío, tener sufrimiento en las
desgracias como alegría en las prosperidades; y esto lo juzgo por mí mismo,
que si cuando era gobernador estaba alegre, agora que soy escudero de a
pie, no estoy triste; porque he oído decir que esta que llaman por ahí
Fortuna es una mujer borracha y antojadiza, y, sobre todo, ciega, y así, no
vee lo que hace, ni sabe a quién derriba, ni a quién ensalza.
-Muy filósofo estás, Sancho -respondió don Quijote-, muy a lo discreto
hablas: no sé quién te lo enseña. Lo que te sé decir es que no hay fortuna
en el mundo, ni las cosas que en él suceden, buenas o malas que sean,
vienen acaso, sino por particular providencia de los cielos, y de aquí
viene lo que suele decirse: que cada uno es artífice de su ventura. Yo lo
he sido de la mía, pero no con la prudencia necesaria, y así, me han salido
al gallarín mis presunciones; pues debiera pensar que al poderoso grandor
del caballo del de la Blanca Luna no podía resistir la flaqueza de
Rocinante. Atrevíme en fin, hice lo que puede, derribáronme, y, aunque
perdí la honra, no perdí, ni puedo perder, la virtud de cumplir mi palabra.
Cuando era caballero andante, atrevido y valiente, con mis obras y con mis
manos acreditaba mis hechos; y agora, cuando soy escudero pedestre,
acreditaré mis palabras cumpliendo la que di de mi promesa. Camina, pues,
amigo Sancho, y vamos a tener en nuestra tierra el año del noviciado, con
cuyo encerramiento cobraremos virtud nueva para volver al nunca de mí
olvidado ejercicio de las armas.
-Señor -respondió Sancho-, no es cosa tan gustosa el caminar a pie, que me
mueva e incite a hacer grandes jornadas. Dejemos estas armas colgadas de
algún árbol, en lugar de un ahorcado, y, ocupando yo las espaldas del
rucio, levantados los pies del suelo, haremos las jornadas como vuestra
merced las pidiere y midiere; que pensar que tengo de caminar a pie y
hacerlas grandes es pensar en lo escusado.
-Bien has dicho, Sancho -respondió don Quijote-: cuélguense mis armas por
trofeo, y al pie dellas, o alrededor dellas, grabaremos en los árboles lo
que en el trofeo de las armas de Roldán estaba escrito:
Nadie las mueva
que estar no pueda con Roldán a prueba.
-Todo eso me parece de perlas -respondió Sancho-; y, si no fuera por la
falta que para el camino nos había de hacer Rocinante, también fuera bien
dejarle colgado.
-¡Pues ni él ni las armas -replicó don Quijote- quiero que se ahorquen,
porque no se diga que a buen servicio, mal galardón!
-Muy bien dice vuestra merced -respondió Sancho-, porque, según opinión de
discretos, la culpa del asno no se ha de echar a la albarda; y, pues deste
suceso vuestra merced tiene la culpa, castíguese a sí mesmo, y no revienten
sus iras por las ya rotas y sangrientas armas, ni por las mansedumbres de
Rocinante, ni por la blandura de mis pies, queriendo que caminen más de lo
justo.
En estas razones y pláticas se les pasó todo aquel día, y aun otros cuatro,
sin sucederles cosa que estorbase su camino; y al quinto día, a la entrada
de un lugar, hallaron a la puerta de un mesón mucha gente, que, por ser
fiesta, se estaba allí solazando. Cuando llegaba a ellos don Quijote, un
labrador alzó la voz diciendo:
-Alguno destos dos señores que aquí vienen, que no conocen las partes, dirá
lo que se ha de hacer en nuestra apuesta.
-Sí diré, por cierto -respondió don Quijote-, con toda rectitud, si es que
alcanzo a entenderla.
-«Es, pues, el caso -dijo el labrador-, señor bueno, que un vecino deste
lugar, tan gordo que pesa once arrobas, desafió a correr a otro su vecino,
que no pesa más que cinco. Fue la condición que habían de correr una
carrera de cien pasos con pesos iguales; y, habiéndole preguntado al
desafiador cómo se había de igualar el peso, dijo que el desafiado, que
pesa cinco arrobas, se pusiese seis de hierro a cuestas, y así se
igualarían las once arrobas del flaco con las once del gordo.»
-Eso no -dijo a esta sazón Sancho, antes que don Quijote respondiese-. Y a
mí, que ha pocos días que salí de ser gobernador y juez, como todo el mundo
sabe, toca averiguar estas dudas y dar parecer en todo pleito.
-Responde en buen hora -dijo don Quijote-, Sancho amigo, que yo no estoy
para dar migas a un gato, según traigo alborotado y trastornado el juicio.
Con esta licencia, dijo Sancho a los labradores, que estaban muchos
alrededor dél la boca abierta, esperando la sentencia de la suya:
-Hermanos, lo que el gordo pide no lleva camino, ni tiene sombra de
justicia alguna; porque si es verdad lo que se dice, que el desafiado puede
escoger las armas, no es bien que éste las escoja tales que le impidan ni
estorben el salir vencedor; y así, es mi parecer que el gordo desafiador se
escamonde, monde, entresaque, pula y atilde, y saque seis arrobas de sus
carnes, de aquí o de allí de su cuerpo, como mejor le pareciere y
estuviere; y desta manera, quedando en cinco arrobas de peso, se igualará y
ajustará con las cinco de su contrario, y así podrán correr igualmente.
-¡Voto a tal -dijo un labrador que escuchó la sentencia de Sancho- que este
señor ha hablado como un bendito y sentenciado como un canónigo! Pero a
buen seguro que no ha de querer quitarse el gordo una onza de sus carnes,
cuanto más seis arrobas.
-Lo mejor es que no corran -respondió otro-, porque el flaco no se muela
con el peso, ni el gordo se descarne; y échese la mitad de la apuesta en
vino, y llevemos estos señores a la taberna de lo caro, y sobre mí la capa
cuando llueva.
-Yo, señores -respondió don Quijote-, os lo agradezco, pero no puedo
detenerme un punto, porque pensamientos y sucesos tristes me hacen parecer
descortés y caminar más que de paso.
Y así, dando de las espuelas a Rocinante, pasó adelante, dejándolos
admirados de haber visto y notado así su estraña figura como la discreción
de su criado, que por tal juzgaron a Sancho. Y otro de los labradores dijo:
-Si el criado es tan discreto, ¡cuál debe de ser el amo! Yo apostaré que si
van a estudiar a Salamanca, que a un tris han de venir a ser alcaldes de
corte; que todo es burla, sino estudiar y más estudiar, y tener favor y
ventura; y cuando menos se piensa el hombre, se halla con una vara en la
mano o con una mitra en la cabeza.
Aquella noche la pasaron amo y mozo en mitad del campo, al cielo raso y
descubierto; y otro día, siguiendo su camino, vieron que hacia ellos venía
un hombre de a pie, con unas alforjas al cuello y una azcona o chuzo en la
mano, propio talle de correo de a pie; el cual, como llegó junto a don
Quijote, adelantó el paso, y medio corriendo llegó a él, y, abrazándole por
el muslo derecho, que no alcanzaba a más, le dijo, con muestras de mucha
alegría:
-¡Oh mi señor don Quijote de la Mancha, y qué gran contento ha de llegar al
corazón de mi señor el duque cuando sepa que vuestra merced vuelve a su
castillo, que todavía se está en él con mi señora la duquesa!
-No os conozco, amigo -respondió don Quijote-, ni sé quién sois, si vos no
me lo decís.
-Yo, señor don Quijote -respondió el correo-, soy Tosilos, el lacayo del
duque mi señor, que no quise pelear con vuestra merced sobre el casamiento
de la hija de doña Rodríguez.
-¡Válame Dios! -dijo don Quijote-. ¿Es posible que sois vos el que los
encantadores mis enemigos transformaron en ese lacayo que decís, por
defraudarme de la honra de aquella batalla?
-Calle, señor bueno -replicó el cartero-, que no hubo encanto alguno ni
mudanza de rostro ninguna: tan lacayo Tosilos entré en la estacada como
Tosilos lacayo salí della. Yo pensé casarme sin pelear, por haberme
parecido bien la moza, pero sucedióme al revés mi pensamiento, pues, así
como vuestra merced se partió de nuestro castillo, el duque mi señor me
hizo dar cien palos por haber contravenido a las ordenanzas que me tenía
dadas antes de entrar en la batalla, y todo ha parado en que la muchacha es
ya monja, y doña Rodríguez se ha vuelto a Castilla, y yo voy ahora a
Barcelona, a llevar un pliego de cartas al virrey, que le envía mi amo. Si
vuestra merced quiere un traguito, aunque caliente, puro, aquí llevo una
calabaza llena de lo caro, con no sé cuántas rajitas de queso de Tronchón,
que servirán de llamativo y despertador de la sed, si acaso está durmiendo.
-Quiero el envite -dijo Sancho-, y échese el resto de la cortesía, y
escancie el buen Tosilos, a despecho y pesar de cuantos encantadores hay en
las Indias.
-En fin -dijo don Quijote-, tú eres, Sancho, el mayor glotón del mundo y el
mayor ignorante de la tierra, pues no te persuades que este correo es
encantado, y este Tosilos contrahecho. Quédate con él y hártate, que yo me
iré adelante poco a poco, esperándote a que vengas.
Rióse el lacayo, desenvainó su calabaza, desalforjó sus rajas, y, sacando
un panecillo, él y Sancho se sentaron sobre la yerba verde, y en buena paz
compaña despabilaron y dieron fondo con todo el repuesto de las alforjas,
con tan buenos alientos, que lamieron el pliego de las cartas, sólo porque
olía a queso. Dijo Tosilos a Sancho:
-Sin duda este tu amo, Sancho amigo, debe de ser un loco.
-¿Cómo debe? -respondió Sancho-. No debe nada a nadie, que todo lo paga, y
más cuando la moneda es locura. Bien lo veo yo, y bien se lo digo a él;
pero, ¿qué aprovecha? Y más agora que va rematado, porque va vencido del
Caballero de la Blanca Luna.
Rogóle Tosilos le contase lo que le había sucedido, pero Sancho le
respondió que era descortesía dejar que su amo le esperase; que otro día,
si se encontrasen, habría lugar par ello. Y, levantándose, después de
haberse sacudido el sayo y las migajas de las barbas, antecogió al rucio,
y, diciendo ''a Dios'', dejó a Tosilos y alcanzó a su amo, que a la sombra
de un árbol le estaba esperando.
Capítulo LXVII. De la resolución que tomó don Quijote de hacerse pastor y
seguir la vida del campo, en tanto que se pasaba el año de su promesa, con
otros sucesos en verdad gustosos y buenos
Si muchos pensamientos fatigaban a don Quijote antes de ser derribado,
muchos más le fatigaron después de caído. A la sombra del árbol estaba,
como se ha dicho, y allí, como moscas a la miel, le acudían y picaban
pensamientos: unos iban al desencanto de Dulcinea y otros a la vida que
había de hacer en su forzosa retirada. Llegó Sancho y alabóle la liberal
condición del lacayo Tosilos.
-¿Es posible -le dijo don Quijote- que todavía, ¡oh Sancho!, pienses que
aquél sea verdadero lacayo? Parece que se te ha ido de las mientes haber
visto a Dulcinea convertida y transformada en labradora, y al Caballero de
los Espejos en el bachiller Carrasco, obras todas de los encantadores que
me persiguen. Pero dime agora: ¿preguntaste a ese Tosilos que dices qué ha
hecho Dios de Altisidora: si ha llorado mi ausencia, o si ha dejado ya en
las manos del olvido los enamorados pensamientos que en mi presencia la
fatigaban?
-No eran -respondió Sancho- los que yo tenía tales que me diesen lugar a
preguntar boberías. ¡Cuerpo de mí!, señor, ¿está vuestra merced ahora en
términos de inquirir pensamientos ajenos, especialmente amorosos?
-Mira, Sancho -dijo don Quijote-, mucha diferencia hay de las obras que se
hacen por amor a las que se hacen por agradecimiento. Bien puede ser que un
caballero sea desamorado, pero no puede ser, hablando en todo rigor, que
sea desagradecido. Quísome bien, al parecer, Altisidora; diome los tres
tocadores que sabes, lloró en mi partida, maldíjome, vituperóme, quejóse, a
despecho de la vergüenza, públicamente: señales todas de que me adoraba,
que las iras de los amantes suelen parar en maldiciones. Yo no tuve
esperanzas que darle, ni tesoros que ofrecerle, porque las mías las tengo
entregadas a Dulcinea, y los tesoros de los caballeros andantes son, como
los de los duendes, aparentes y falsos, y sólo puedo darle estos acuerdos
que della tengo, sin perjuicio, pero, de los que tengo de Dulcinea, a quien
tú agravias con la remisión que tienes en azotarte y en castigar esas
carnes, que vea yo comidas de lobos, que quieren guardarse antes para los
gusanos que para el remedio de aquella pobre señora.
-Señor -respondió Sancho-, si va a decir la verdad, yo no me puedo
persuadir que los azotes de mis posaderas tengan que ver con los
desencantos de los encantados, que es como si dijésemos: "Si os duele la
cabeza, untaos las rodillas". A lo menos, yo osaré jurar que en cuantas
historias vuesa merced ha leído que tratan de la andante caballería no ha
visto algún desencantado por azotes; pero, por sí o por no, yo me los daré,
cuando tenga gana y el tiempo me dé comodidad para castigarme.
-Dios lo haga -respondió don Quijote-, y los cielos te den gracia para que
caigas en la cuenta y en la obligación que te corre de ayudar a mi señora,
que lo es tuya, pues tú eres mío.
En estas pláticas iban siguiendo su camino, cuando llegaron al mesmo sitio
y lugar donde fueron atropellados de los toros. Reconocióle don Quijote;
dijo a Sancho:
-Éste es el prado donde topamos a las bizarras pastoras y gallardos
pastores que en él querían renovar e imitar a la pastoral Arcadia,
pensamiento tan nuevo como discreto, a cuya imitación, si es que a ti te
parece bien, querría, ¡oh Sancho!, que nos convirtiésemos en pastores,
siquiera el tiempo que tengo de estar recogido. Yo compraré algunas ovejas,
y todas las demás cosas que al pastoral ejercicio son necesarias, y
llamándome yo el pastor Quijotiz, y tú el pastor Pancino, nos andaremos por
los montes, por las selvas y por los prados, cantando aquí, endechando
allí, bebiendo de los líquidos cristales de las fuentes, o ya de los
limpios arroyuelos, o de los caudalosos ríos. Daránnos con abundantísima
mano de su dulcísimo fruto las encinas, asiento los troncos de los
durísimos alcornoques, sombra los sauces, olor las rosas, alfombras de mil
colores matizadas los estendidos prados, aliento el aire claro y puro, luz
la luna y las estrellas, a pesar de la escuridad de la noche, gusto el
canto, alegría el lloro, Apolo versos, el amor conceptos, con que podremos
hacernos eternos y famosos, no sólo en los presentes, sino en los venideros
siglos.
-Pardiez -dijo Sancho-, que me ha cuadrado, y aun esquinado, tal género de
vida; y más, que no la ha de haber aún bien visto el bachiller Sansón
Carrasco y maese Nicolás el barbero, cuando la han de querer seguir, y
hacerse pastores con nosotros; y aun quiera Dios no le venga en voluntad al
cura de entrar también en el aprisco, según es de alegre y amigo de
holgarse.
-Tú has dicho muy bien -dijo don Quijote-; y podrá llamarse el bachiller
Sansón Carrasco, si entra en el pastoral gremio, como entrará sin duda, el
pastor Sansonino, o ya el pastor Carrascón; el barbero Nicolás se podrá
llamar Miculoso, como ya el antiguo Boscán se llamó Nemoroso; al cura no sé
qué nombre le pongamos, si no es algún derivativo de su nombre, llamándole
el pastor Curiambro. Las pastoras de quien hemos de ser amantes, como entre
peras podremos escoger sus nombres; y, pues el de mi señora cuadra así al
de pastora como al de princesa, no hay para qué cansarme en buscar otro que
mejor le venga; tú, Sancho, pondrás a la tuya el que quisieres.
-No pienso -respondió Sancho- ponerle otro alguno sino el de Teresona, que
le vendrá bien con su gordura y con el propio que tiene, pues se llama
Teresa; y más, que, celebrándola yo en mis versos, vengo a descubrir mis
castos deseos, pues no ando a buscar pan de trastrigo por las casas ajenas.
El cura no será bien que tenga pastora, por dar buen ejemplo; y si quisiere
el bachiller tenerla, su alma en su palma.
-¡Válame Dios -dijo don Quijote-, y qué vida nos hemos de dar, Sancho
amigo! ¡Qué de churumbelas han de llegar a nuestros oídos, qué de gaitas
zamoranas, qué tamborines, y qué de sonajas, y qué de rabeles! Pues, ¡qué
si destas diferencias de músicas resuena la de los albogues! Allí se verá
casi todos los instrumentos pastorales.
-¿Qué son albogues -preguntó Sancho-, que ni los he oído nombrar, ni los he
visto en toda mi vida?
-Albogues son -respondió don Quijote- unas chapas a modo de candeleros de
azófar, que, dando una con otra por lo vacío y hueco, hace un son, si no
muy agradable ni armónico, no descontenta, y viene bien con la rusticidad
de la gaita y del tamborín; y este nombre albogues es morisco, como lo son
todos aquellos que en nuestra lengua castellana comienzan en al, conviene a
saber: almohaza, almorzar, alhombra, alguacil, alhucema, almacén, alcancía,
y otros semejantes, que deben ser pocos más; y solos tres tiene nuestra
lengua que son moriscos y acaban en i, y son: borceguí, zaquizamí y
maravedí. Alhelí y alfaquí, tanto por el al primero como por el i en que
acaban, son conocidos por arábigos. Esto te he dicho, de paso, por
habérmelo reducido a la memoria la ocasión de haber nombrado albogues; y
hanos de ayudar mucho al parecer en perfeción este ejercicio el ser yo
algún tanto poeta, como tú sabes, y el serlo también en estremo el
bachiller Sansón Carrasco. Del cura no digo nada; pero yo apostaré que debe
de tener sus puntas y collares de poeta; y que las tenga también maese
Nicolás, no dudo en ello, porque todos, o los más, son guitarristas y
copleros. Yo me quejaré de ausencia; tú te alabarás de firme enamorado; el
pastor Carrascón, de desdeñado; y el cura Curiambro, de lo que él más puede
servirse, y así, andará la cosa que no haya más que desear.
A lo que respondió Sancho:
-Yo soy, señor, tan desgraciado que temo no ha de llegar el día en que en
tal ejercicio me vea. ¡Oh, qué polidas cuchares tengo de hacer cuando
pastor me vea! ¡Qué de migas, qué de natas, qué de guirnaldas y qué de
zarandajas pastoriles, que, puesto que no me granjeen fama de discreto, no
dejarán de granjearme la de ingenioso! Sanchica mi hija nos llevará la
comida al hato. Pero, ¡guarda!, que es de buen parecer, y hay pastores más
maliciosos que simples, y no querría que fuese por lana y volviese
trasquilada; y también suelen andar los amores y los no buenos deseos por
los campos como por las ciudades, y por las pastorales chozas como por los
reales palacios, y, quitada la causa se quita el pecado; y ojos que no
veen, corazón que no quiebra; y más vale salto de mata que ruego de hombres
buenos.
-No más refranes, Sancho -dijo don Quijote-, pues cualquiera de los que has
dicho basta para dar a entender tu pensamiento; y muchas veces te he
aconsejado que no seas tan pródigo en refranes y que te vayas a la mano en
decirlos; pero paréceme que es predicar en desierto, y "castígame mi madre,
y yo trómpogelas".
-Paréceme -respondió Sancho- que vuesa merced es como lo que dicen: "Dijo
la sartén a la caldera: Quítate allá ojinegra". Estáme reprehendiendo que
no diga yo refranes, y ensártalos vuesa merced de dos en dos.
-Mira, Sancho -respondió don Quijote-: yo traigo los refranes a propósito,
y vienen cuando los digo como anillo en el dedo; pero tráeslos tan por los
cabellos, que los arrastras, y no los guías; y si no me acuerdo mal, otra
vez te he dicho que los refranes son sentencias breves, sacadas de la
experiencia y especulación de nuestros antiguos sabios; y el refrán que no
viene a propósito, antes es disparate que sentencia. Pero dejémonos desto,
y, pues ya viene la noche, retirémonos del camino real algún trecho, donde
pasaremos esta noche, y Dios sabe lo que será mañana.
Retiráronse, cenaron tarde y mal, bien contra la voluntad de Sancho, a
quien se le representaban las estrechezas de la andante caballería usadas
en las selvas y en los montes, si bien tal vez la abundancia se mostraba en
los castillos y casas, así de don Diego de Miranda como en las bodas del
rico Camacho, y de don Antonio Moreno; pero consideraba no ser posible ser
siempre de día ni siempre de noche, y así, pasó aquélla durmiendo, y su amo
velando.
Capítulo LXVIII. De la cerdosa aventura que le aconteció a don Quijote
Era la noche algo escura, puesto que la luna estaba en el cielo, pero no en
parte que pudiese ser vista: que tal vez la señora Diana se va a pasear a
los antípodas, y deja los montes negros y los valles escuros. Cumplió don
Quijote con la naturaleza durmiendo el primer sueño, sin dar lugar al
segundo; bien al revés de Sancho, que nunca tuvo segundo, porque le duraba
el sueño desde la noche hasta la mañana, en que se mostraba su buena
complexión y pocos cuidados. Los de don Quijote le desvelaron de manera que
despertó a Sancho y le dijo:
-Maravillado estoy, Sancho, de la libertad de tu condición: yo imagino que
eres hecho de mármol, o de duro bronce, en quien no cabe movimiento ni
sentimiento alguno. Yo velo cuando tú duermes, yo lloro cuando cantas, yo
me desmayo de ayuno cuanto tú estás perezoso y desalentado de puro harto.
De buenos criados es conllevar las penas de sus señores y sentir sus
sentimientos, por el bien parecer siquiera. Mira la serenidad desta noche,
la soledad en que estamos, que nos convida a entremeter alguna vigilia
entre nuestro sueño. Levántate, por tu vida, y desvíate algún trecho de
aquí, y con buen ánimo y denuedo agradecido date trecientos o cuatrocientos
azotes a buena cuenta de los del desencanto de Dulcinea; y esto rogando te
lo suplico, que no quiero venir contigo a los brazos, como la otra vez,
porque sé que los tienes pesados. Después que te hayas dado, pasaremos lo
que resta de la noche cantando, yo mi ausencia y tú tu firmeza, dando desde
agora principio al ejercicio pastoral que hemos de tener en nuestra aldea.
-Señor -respondió Sancho-, no soy yo religioso para que desde la mitad de
mi sueño me levante y me dicipline, ni menos me parece que del estremo del
dolor de los azotes se pueda pasar al de la música. Vuesa merced me deje
dormir y no me apriete en lo del azotarme; que me hará hacer juramento de
no tocarme jamás al pelo del sayo, no que al de mis carnes.
-¡Oh alma endurecida! ¡Oh escudero sin piedad! ¡Oh pan mal empleado y
mercedes mal consideradas las que te he hecho y pienso de hacerte! Por mí
te has visto gobernador, y por mí te vees con esperanzas propincuas de ser
conde, o tener otro título equivalente, y no tardará el cumplimiento de
ellas más de cuanto tarde en pasar este año; que yo post tenebras spero
lucem.
-No entiendo eso -replico Sancho-; sólo entiendo que, en tanto que duermo,
ni tengo temor, ni esperanza, ni trabajo ni gloria; y bien haya el que
inventó el sueño, capa que cubre todos los humanos pensamientos, manjar que
quita la hambre, agua que ahuyenta la sed, fuego que calienta el frío, frío
que templa el ardor, y, finalmente, moneda general con que todas las cosas
se compran, balanza y peso que iguala al pastor con el rey y al simple con
el discreto. Sola una cosa tiene mala el sueño, según he oído decir, y es
que se parece a la muerte, pues de un dormido a un muerto hay muy poca
diferencia.
-Nunca te he oído hablar, Sancho -dijo don Quijote-, tan elegantemente como
ahora, por donde vengo a conocer ser verdad el refrán que tú algunas veces
sueles decir: "No con quien naces, sino con quien paces".
-¡Ah, pesia tal -replicó Sancho-, señor nuestro amo! No soy yo ahora el que
ensarta refranes, que también a vuestra merced se le caen de la boca de dos
en dos mejor que a mí, sino que debe de haber entre los míos y los suyos
esta diferencia: que los de vuestra merced vendrán a tiempo y los míos a
deshora; pero, en efecto, todos son refranes.
En esto estaban, cuando sintieron un sordo estruendo y un áspero ruido, que
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