merced, no porque él tenía temor de aquella canalla gatesca, encantadora y
cencerruna, sino porque había conocido la buena intención con que habían
venido a socorrerle. Los duques le dejaron sosegar, y se fueron, pesarosos
del mal suceso de la burla; que no creyeron que tan pesada y costosa le
saliera a don Quijote aquella aventura, que le costó cinco días de
encerramiento y de cama, donde le sucedió otra aventura más gustosa que la
pasada, la cual no quiere su historiador contar ahora, por acudir a Sancho
Panza, que andaba muy solícito y muy gracioso en su gobierno.
Capítulo XLVII. Donde se prosigue cómo se portaba Sancho Panza en su
gobierno
Cuenta la historia que desde el juzgado llevaron a Sancho Panza a un
suntuoso palacio, adonde en una gran sala estaba puesta una real y
limpísima mesa; y, así como Sancho entró en la sala, sonaron chirimías, y
salieron cuatro pajes a darle aguamanos, que Sancho recibió con mucha
gravedad.
Cesó la música, sentóse Sancho a la cabecera de la mesa, porque no había
más de aquel asiento, y no otro servicio en toda ella. Púsose a su lado en
pie un personaje, que después mostró ser médico, con una varilla de ballena
en la mano. Levantaron una riquísima y blanca toalla con que estaban
cubiertas las frutas y mucha diversidad de platos de diversos manjares; uno
que parecía estudiante echó la bendición, y un paje puso un babador randado
a Sancho; otro que hacía el oficio de maestresala, llegó un plato de fruta
delante; pero, apenas hubo comido un bocado, cuando el de la varilla
tocando con ella en el plato, se le quitaron de delante con grandísima
celeridad; pero el maestresala le llegó otro de otro manjar. Iba a probarle
Sancho; pero, antes que llegase a él ni le gustase, ya la varilla había
tocado en él, y un paje alzádole con tanta presteza como el de la fruta.
Visto lo cual por Sancho, quedó suspenso, y, mirando a todos, preguntó si
se había de comer aquella comida como juego de maesecoral. A lo cual
respondió el de la vara:
-No se ha de comer, señor gobernador, sino como es uso y costumbre en las
otras ínsulas donde hay gobernadores. Yo, señor, soy médico, y estoy
asalariado en esta ínsula para serlo de los gobernadores della, y miro por
su salud mucho más que por la mía, estudiando de noche y de día, y
tanteando la complexión del gobernador, para acertar a curarle cuando
cayere enfermo; y lo principal que hago es asistir a sus comidas y cenas, y
a dejarle comer de lo que me parece que le conviene, y a quitarle lo que
imagino que le ha de hacer daño y ser nocivo al estómago; y así, mandé
quitar el plato de la fruta, por ser demasiadamente húmeda, y el plato del
otro manjar también le mandé quitar, por ser demasiadamente caliente y
tener muchas especies, que acrecientan la sed; y el que mucho bebe mata y
consume el húmedo radical, donde consiste la vida.
-Desa manera, aquel plato de perdices que están allí asadas, y, a mi
parecer, bien sazonadas, no me harán algún daño.
A lo que el médico respondió:
-Ésas no comerá el señor gobernador en tanto que yo tuviere vida.
-Pues, ¿por qué? -dijo Sancho.
Y el médico respondió:
-Porque nuestro maestro Hipócrates, norte y luz de la medicina, en un
aforismo suyo, dice: Omnis saturatio mala, perdices autem pessima. Quiere
decir: "Toda hartazga es mala; pero la de las perdices, malísima".
-Si eso es así -dijo Sancho-, vea el señor doctor de cuantos manjares hay
en esta mesa cuál me hará más provecho y cuál menos daño, y déjeme comer
dél sin que me le apalee; porque, por vida del gobernador, y así Dios me le
deje gozar, que me muero de hambre, y el negarme la comida, aunque le pese
al señor doctor y él más me diga, antes será quitarme la vida que
aumentármela.
-Vuestra merced tiene razón, señor gobernador -respondió el médico-; y así,
es mi parecer que vuestra merced no coma de aquellos conejos guisados que
allí están, porque es manjar peliagudo. De aquella ternera, si no fuera
asada y en adobo, aún se pudiera probar, pero no hay para qué.
Y Sancho dijo:
-Aquel platonazo que está más adelante vahando me parece que es olla
podrida, que por la diversidad de cosas que en las tales ollas podridas
hay, no podré dejar de topar con alguna que me sea de gusto y de provecho.
-Absit! -dijo el médico-. Vaya lejos de nosotros tan mal pensamiento: no
hay cosa en el mundo de peor mantenimiento que una olla podrida. Allá las
ollas podridas para los canónigos, o para los retores de colegios, o para
las bodas labradorescas, y déjennos libres las mesas de los gobernadores,
donde ha de asistir todo primor y toda atildadura; y la razón es porque
siempre y a doquiera y de quienquiera son más estimadas las medicinas
simples que las compuestas, porque en las simples no se puede errar y en
las compuestas sí, alterando la cantidad de las cosas de que son
compuestas; mas lo que yo sé que ha de comer el señor gobernador ahora,
para conservar su salud y corroborarla, es un ciento de cañutillos de
suplicaciones y unas tajadicas subtiles de carne de membrillo, que le
asienten el estómago y le ayuden a la digestión.
Oyendo esto Sancho, se arrimó sobre el espaldar de la silla y miró de hito
en hito al tal médico, y con voz grave le preguntó cómo se llamaba y dónde
había estudiado. A lo que él respondió:
-Yo, señor gobernador, me llamo el doctor Pedro Recio de Agüero, y soy
natural de un lugar llamado Tirteafuera, que está entre Caracuel y
Almodóvar del Campo, a la mano derecha, y tengo el grado de doctor por la
universidad de Osuna.
A lo que respondió Sancho, todo encendido en cólera:
-Pues, señor doctor Pedro Recio de Mal Agüero, natural de Tirteafuera,
lugar que está a la derecha mano como vamos de Caracuel a Almodóvar del
Campo, graduado en Osuna, quíteseme luego delante, si no, voto al sol que
tome un garrote y que a garrotazos, comenzando por él, no me ha de quedar
médico en toda la ínsula, a lo menos de aquellos que yo entienda que son
ignorantes; que a los médicos sabios, prudentes y discretos los pondré
sobre mi cabeza y los honraré como a personas divinas. Y vuelvo a decir que
se me vaya, Pedro Recio, de aquí; si no, tomaré esta silla donde estoy
sentado y se la estrellaré en la cabeza; y pídanmelo en residencia, que yo
me descargaré con decir que hice servicio a Dios en matar a un mal médico,
verdugo de la república. Y denme de comer, o si no, tómense su gobierno,
que oficio que no da de comer a su dueño no vale dos habas.
Alborotóse el doctor, viendo tan colérico al gobernador, y quiso hacer
tirteafuera de la sala, sino que en aquel instante sonó una corneta de
posta en la calle, y, asomándose el maestresala a la ventana, volvió
diciendo:
-Correo viene del duque mi señor; algún despacho debe de traer de
importancia.
Entró el correo sudando y asustado, y, sacando un pliego del seno, le puso
en las manos del gobernador, y Sancho le puso en las del mayordomo, a quien
mandó leyese el sobreescrito, que decía así: A don Sancho Panza, gobernador
de la ínsula Barataria, en su propia mano o en las de su secretario. Oyendo
lo cual, Sancho dijo:
-¿Quién es aquí mi secretario?
Y uno de los que presentes estaban respondió:
-Yo, señor, porque sé leer y escribir, y soy vizcaíno.
-Con esa añadidura -dijo Sancho-, bien podéis ser secretario del mismo
emperador. Abrid ese pliego, y mirad lo que dice.
Hízolo así el recién nacido secretario, y, habiendo leído lo que decía,
dijo que era negocio para tratarle a solas. Mandó Sancho despejar la sala,
y que no quedasen en ella sino el mayordomo y el maestresala, y los demás y
el médico se fueron; y luego el secretario leyó la carta, que así decía:
A mi noticia ha llegado, señor don Sancho Panza, que unos enemigos míos y
desa ínsula la han de dar un asalto furioso, no sé qué noche; conviene
velar y estar alerta, porque no le tomen desapercebido. Sé también, por
espías verdaderas, que han entrado en ese lugar cuatro personas disfrazadas
para quitaros la vida, porque se temen de vuestro ingenio; abrid el ojo, y
mirad quién llega a hablaros, y no comáis de cosa que os presentaren. Yo
tendré cuidado de socorreros si os viéredes en trabajo, y en todo haréis
como se espera de vuestro entendimiento. Deste lugar, a 16 de agosto, a las
cuatro de la mañana.
Vuestro amigo,
El Duque.
Quedó atónito Sancho, y mostraron quedarlo asimismo los circunstantes; y,
volviéndose al mayordomo, le dijo:
-Lo que agora se ha de hacer, y ha de ser luego, es meter en un calabozo al
doctor Recio; porque si alguno me ha de matar, ha de ser él, y de muerte
adminícula y pésima, como es la de la hambre.
-También -dijo el maestresala- me parece a mí que vuesa merced no coma de
todo lo que está en esta mesa, porque lo han presentado unas monjas, y,
como suele decirse, detrás de la cruz está el diablo.
-No lo niego -respondió Sancho-, y por ahora denme un pedazo de pan y obra
de cuatro libras de uvas, que en ellas no podrá venir veneno; porque, en
efecto, no puedo pasar sin comer, y si es que hemos de estar prontos para
estas batallas que nos amenazan, menester será estar bien mantenidos,
porque tripas llevan corazón, que no corazón tripas. Y vos, secretario,
responded al duque mi señor y decidle que se cumplirá lo que manda como lo
manda, sin faltar punto; y daréis de mi parte un besamanos a mi señora la
duquesa, y que le suplico no se le olvide de enviar con un propio mi carta
y mi lío a mi mujer Teresa Panza, que en ello recibiré mucha merced, y
tendré cuidado de servirla con todo lo que mis fuerzas alcanzaren; y de
camino podéis encajar un besamanos a mi señor don Quijote de la Mancha,
porque vea que soy pan agradecido; y vos, como buen secretario y como buen
vizcaíno, podéis añadir todo lo que quisiéredes y más viniere a cuento. Y
álcense estos manteles, y denme a mí de comer, que yo me avendré con
cuantas espías y matadores y encantadores vinieren sobre mí y sobre mi
ínsula.
En esto entró un paje, y dijo:
-Aquí está un labrador negociante que quiere hablar a Vuestra Señoría en un
negocio, según él dice, de mucha importancia.
-Estraño caso es éste -dijo Sancho- destos negociantes. ¿Es posible que
sean tan necios, que no echen de ver que semejantes horas como éstas no son
en las que han de venir a negociar? ¿Por ventura los que gobernamos, los
que somos jueces, no somos hombres de carne y de hueso, y que es menester
que nos dejen descansar el tiempo que la necesidad pide, sino que quieren
que seamos hechos de piedra marmol? Por Dios y en mi conciencia que si me
dura el gobierno (que no durará, según se me trasluce), que yo ponga en
pretina a más de un negociante. Agora decid a ese buen hombre que entre;
pero adviértase primero no sea alguno de los espías, o matador mío.
-No, señor -respondió el paje-, porque parece una alma de cántaro, y yo sé
poco, o él es tan bueno como el buen pan.
-No hay que temer -dijo el mayordomo-, que aquí estamos todos.
-¿Sería posible -dijo Sancho-, maestresala, que agora que no está aquí el
doctor Pedro Recio, que comiese yo alguna cosa de peso y de sustancia,
aunque fuese un pedazo de pan y una cebolla?
-Esta noche, a la cena, se satisfará la falta de la comida, y quedará
Vuestra Señoría satisfecho y pagado -dijo el maestresala.
-Dios lo haga -respondió Sancho.
Y, en esto, entró el labrador, que era de muy buena presencia, y de mil
leguas se le echaba de ver que era bueno y buena alma. Lo primero que dijo
fue:
-¿Quién es aquí el señor gobernador?
-¿Quién ha de ser -respondió el secretario-, sino el que está sentado en la
silla?
-Humíllome, pues, a su presencia -dijo el labrador.
Y, poniéndose de rodillas, le pidió la mano para besársela. Negósela
Sancho, y mandó que se levantase y dijese lo que quisiese. Hízolo así el
labrador, y luego dijo:
-Yo, señor, soy labrador, natural de Miguel Turra, un lugar que está dos
leguas de Ciudad Real.
-¡Otro Tirteafuera tenemos! -dijo Sancho-. Decid, hermano, que lo que yo os
sé decir es que sé muy bien a Miguel Turra, y que no está muy lejos de mi
pueblo.
-Es, pues, el caso, señor -prosiguió el labrador-, que yo, por la
misericordia de Dios, soy casado en paz y en haz de la Santa Iglesia
Católica Romana; tengo dos hijos estudiantes que el menor estudia para
bachiller y el mayor para licenciado; soy viudo, porque se murió mi mujer,
o, por mejor decir, me la mató un mal médico, que la purgó estando preñada,
y si Dios fuera servido que saliera a luz el parto, y fuera hijo, yo le
pusiere a estudiar para doctor, porque no tuviera invidia a sus hermanos el
bachiller y el licenciado.
-De modo -dijo Sancho- que si vuestra mujer no se hubiera muerto, o la
hubieran muerto, vos no fuérades agora viudo.
-No, señor, en ninguna manera -respondió el labrador.
-¡Medrados estamos! -replicó Sancho-. Adelante, hermano, que es hora de
dormir más que de negociar.
-Digo, pues -dijo el labrador-, que este mi hijo que ha de ser bachiller se
enamoró en el mesmo pueblo de una doncella llamada Clara Perlerina, hija de
Andrés Perlerino, labrador riquísimo; y este nombre de Perlerines no les
viene de abolengo ni otra alcurnia, sino porque todos los deste linaje son
perláticos, y por mejorar el nombre los llaman Perlerines; aunque, si va
decir la verdad, la doncella es como una perla oriental, y, mirada por el
lado derecho, parece una flor del campo; por el izquierdo no tanto, porque
le falta aquel ojo, que se le saltó de viruelas; y, aunque los hoyos del
rostro son muchos y grandes, dicen los que la quieren bien que aquéllos no
son hoyos, sino sepulturas donde se sepultan las almas de sus amantes. Es
tan limpia que, por no ensuciar la cara, trae las narices, como dicen,
arremangadas, que no parece sino que van huyendo de la boca; y, con todo
esto, parece bien por estremo, porque tiene la boca grande, y, a no
faltarle diez o doce dientes y muelas, pudiera pasar y echar raya entre las
más bien formadas. De los labios no tengo qué decir, porque son tan sutiles
y delicados que, si se usaran aspar labios, pudieran hacer dellos una
madeja; pero, como tienen diferente color de la que en los labios se usa
comúnmente, parecen milagrosos, porque son jaspeados de azul y verde y
aberenjenado; y perdóneme el señor gobernador si por tan menudo voy
pintando las partes de la que al fin al fin ha de ser mi hija, que la
quiero bien y no me parece mal.
-Pintad lo que quisiéredes -dijo Sancho-, que yo me voy recreando en la
pintura, y si hubiera comido, no hubiera mejor postre para mí que vuestro
retrato.
-Eso tengo yo por servir -respondió el labrador-, pero tiempo vendrá en que
seamos, si ahora no somos. Y digo, señor, que si pudiera pintar su
gentileza y la altura de su cuerpo, fuera cosa de admiración; pero no puede
ser, a causa de que ella está agobiada y encogida, y tiene las rodillas con
la boca, y, con todo eso, se echa bien de ver que si se pudiera levantar,
diera con la cabeza en el techo; y ya ella hubiera dado la mano de esposa a
mi bachiller, sino que no la puede estender, que está añudada; y, con todo,
en las uñas largas y acanaladas se muestra su bondad y buena hechura.
-Está bien -dijo Sancho-, y haced cuenta, hermano, que ya la habéis pintado
de los pies a la cabeza. ¿Qué es lo que queréis ahora? Y venid al punto sin
rodeos ni callejuelas, ni retazos ni añadiduras.
-Querría, señor -respondió el labrador-, que vuestra merced me hiciese
merced de darme una carta de favor para mi consuegro, suplicándole sea
servido de que este casamiento se haga, pues no somos desiguales en los
bienes de fortuna, ni en los de la naturaleza; porque, para decir la
verdad, señor gobernador, mi hijo es endemoniado, y no hay día que tres o
cuatro veces no le atormenten los malignos espíritus; y de haber caído una
vez en el fuego, tiene el rostro arrugado como pergamino, y los ojos algo
llorosos y manantiales; pero tiene una condición de un ángel, y si no es
que se aporrea y se da de puñadas él mesmo a sí mesmo, fuera un bendito.
-¿Queréis otra cosa, buen hombre? -replicó Sancho.
-Otra cosa querría -dijo el labrador-, sino que no me atrevo a decirlo;
pero vaya, que, en fin, no se me ha de podrir en el pecho, pegue o no
pegue. Digo, señor, que querría que vuesa merced me diese trecientos o
seiscientos ducados para ayuda a la dote de mi bachiller; digo para ayuda
de poner su casa, porque, en fin, han de vivir por sí, sin estar sujetos a
las impertinencias de los suegros.
-Mirad si queréis otra cosa -dijo Sancho-, y no la dejéis de decir por
empacho ni por vergüenza.
-No, por cierto -respondió el labrador.
Y, apenas dijo esto, cuando, levantándose en pie el gobernador, asió de la
silla en que estaba sentado y dijo:
-¡Voto a tal, don patán rústico y mal mirado, que si no os apartáis y
ascondéis luego de mi presencia, que con esta silla os rompa y abra la
cabeza! Hideputa bellaco, pintor del mesmo demonio, ¿y a estas horas te
vienes a pedirme seiscientos ducados?; y ¿dónde los tengo yo, hediondo?; y
¿por qué te los había de dar, aunque los tuviera, socarrón y mentecato?; y
¿qué se me da a mí de Miguel Turra, ni de todo el linaje de los Perlerines?
¡Va de mí, digo; si no, por vida del duque mi señor, que haga lo que tengo
dicho! Tú no debes de ser de Miguel Turra, sino algún socarrón que, para
tentarme, te ha enviado aquí el infierno. Dime, desalmado, aún no ha día y
medio que tengo el gobierno, y ¿ya quieres que tenga seiscientos ducados?
Hizo de señas el maestresala al labrador que se saliese de la sala, el cual
lo hizo cabizbajo y, al parecer, temeroso de que el gobernador no ejecutase
su cólera, que el bellacón supo hacer muy bien su oficio.
Pero dejemos con su cólera a Sancho, y ándese la paz en el corro, y
volvamos a don Quijote, que le dejamos vendado el rostro y curado de las
gatescas heridas, de las cuales no sanó en ocho días, en uno de los cuales
le sucedió lo que Cide Hamete promete de contar con la puntualidad y
verdad que suele contar las cosas desta historia, por mínimas que sean.
Capítulo XLVIII. De lo que le sucedió a don Quijote con doña Rodríguez, la
dueña de la duquesa, con otros acontecimientos dignos de escritura y de
memoria eterna
Además estaba mohíno y malencólico el mal ferido don Quijote, vendado el
rostro y señalado, no por la mano de Dios, sino por las uñas de un gato,
desdichas anejas a la andante caballería. Seis días estuvo sin salir en
público, en una noche de las cuales, estando despierto y desvelado,
pensando en sus desgracias y en el perseguimiento de Altisidora, sintió que
con una llave abrían la puerta de su aposento, y luego imaginó que la
enamorada doncella venía para sobresaltar su honestidad y ponerle en
condición de faltar a la fee que guardar debía a su señora Dulcinea del
Toboso.
-No -dijo creyendo a su imaginación, y esto, con voz que pudiera ser oída-;
no ha de ser parte la mayor hermosura de la tierra para que yo deje de
adorar la que tengo grabada y estampada en la mitad de mi corazón y en lo
más escondido de mis entrañas, ora estés, señora mía, transformada en
cebolluda labradora, ora en ninfa del dorado Tajo, tejiendo telas de oro y
sirgo compuestas, ora te tenga Merlín, o Montesinos, donde ellos quisieren;
que, adondequiera eres mía, y adoquiera he sido yo, y he de ser, tuyo.
El acabar estas razones y el abrir de la puerta fue todo uno. Púsose en pie
sobre la cama, envuelto de arriba abajo en una colcha de raso amarillo, una
galocha en la cabeza, y el rostro y los bigotes vendados: el rostro, por
los aruños; los bigotes, porque no se le desmayasen y cayesen; en el cual
traje parecía la más extraordinaria fantasma que se pudiera pensar.
Clavó los ojos en la puerta, y, cuando esperaba ver entrar por ella a la
rendida y lastimada Altisidora, vio entrar a una reverendísima dueña con
unas tocas blancas repulgadas y luengas, tanto, que la cubrían y enmantaban
desde los pies a la cabeza. Entre los dedos de la mano izquierda traía una
media vela encendida, y con la derecha se hacía sombra, porque no le diese
la luz en los ojos, a quien cubrían unos muy grandes antojos. Venía pisando
quedito, y movía los pies blandamente.
Miróla don Quijote desde su atalaya, y cuando vio su adeliño y notó su
silencio, pensó que alguna bruja o maga venía en aquel traje a hacer en él
alguna mala fechuría, y comenzó a santiguarse con mucha priesa. Fuese
llegando la visión, y, cuando llegó a la mitad del aposento, alzó los ojos
y vio la priesa con que se estaba haciendo cruces don Quijote; y si él
quedó medroso en ver tal figura, ella quedó espantada en ver la suya,
porque, así como le vio tan alto y tan amarillo, con la colcha y con las
vendas, que le desfiguraban, dio una gran voz, diciendo:
-¡Jesús! ¿Qué es lo que veo?
Y con el sobresalto se le cayó la vela de las manos; y, viéndose a escuras,
volvió las espaldas para irse, y con el miedo tropezó en sus faldas y dio
consigo una gran caída. Don Quijote, temeroso, comenzó a decir:
-Conjúrote, fantasma, o lo que eres, que me digas quién eres, y que me
digas qué es lo que de mí quieres. Si eres alma en pena, dímelo, que yo
haré por ti todo cuanto mis fuerzas alcanzaren, porque soy católico
cristiano y amigo de hacer bien a todo el mundo; que para esto tomé la
orden de la caballería andante que profeso, cuyo ejercicio aun hasta hacer
bien a las ánimas de purgatorio se estiende.
La brumada dueña, que oyó conjurarse, por su temor coligió el de don
Quijote, y con voz afligida y baja le respondió:
-Señor don Quijote, si es que acaso vuestra merced es don Quijote, yo no
soy fantasma, ni visión, ni alma de purgatorio, como vuestra merced debe de
haber pensado, sino doña Rodríguez, la dueña de honor de mi señora la
duquesa, que, con una necesidad de aquellas que vuestra merced suele
remediar, a vuestra merced vengo.
-Dígame, señora doña Rodríguez -dijo don Quijote-: ¿por ventura viene
vuestra merced a hacer alguna tercería? Porque le hago saber que no soy de
provecho para nadie, merced a la sin par belleza de mi señora Dulcinea del
Toboso. Digo, en fin, señora doña Rodríguez, que, como vuestra merced salve
y deje a una parte todo recado amoroso, puede volver a encender su vela, y
vuelva, y departiremos de todo lo que más mandare y más en gusto le
viniere, salvando, como digo, todo incitativo melindre.
-¿Yo recado de nadie, señor mío? -respondió la dueña-. Mal me conoce
vuestra merced; sí, que aún no estoy en edad tan prolongada que me acoja a
semejantes niñerías, pues, Dios loado, mi alma me tengo en las carnes, y
todos mis dientes y muelas en la boca, amén de unos pocos que me han
usurpado unos catarros, que en esta tierra de Aragón son tan ordinarios.
Pero espéreme vuestra merced un poco; saldré a encender mi vela, y volveré
en un instante a contar mis cuitas, como a remediador de todas las del
mundo.
Y, sin esperar respuesta, se salió del aposento, donde quedó don Quijote
sosegado y pensativo esperándola; pero luego le sobrevinieron mil
pensamientos acerca de aquella nueva aventura, y parecíale ser mal hecho y
peor pensado ponerse en peligro de romper a su señora la fee prometida, y
decíase a sí mismo:
-¿Quién sabe si el diablo, que es sutil y mañoso, querrá engañarme agora
con una dueña, lo que no ha podido con emperatrices, reinas, duquesas,
marquesas ni condesas? Que yo he oído decir muchas veces y a muchos
discretos que, si él puede, antes os la dará roma que aguileña. Y ¿quién
sabe si esta soledad, esta ocasión y este silencio despertará mis deseos
que duermen, y harán que al cabo de mis años venga a caer donde nunca he
tropezado? Y, en casos semejantes, mejor es huir que esperar la batalla.
Pero yo no debo de estar en mi juicio, pues tales disparates digo y pienso;
que no es posible que una dueña toquiblanca, larga y antojuna pueda mover
ni levantar pensamiento lascivo en el más desalmado pecho del mundo. ¿Por
ventura hay dueña en la tierra que tenga buenas carnes? ¿Por ventura hay
dueña en el orbe que deje de ser impertinente, fruncida y melindrosa?
¡Afuera, pues, caterva dueñesca, inútil para ningún humano regalo! ¡Oh,
cuán bien hacía aquella señora de quien se dice que tenía dos dueñas de
bulto con sus antojos y almohadillas al cabo de su estrado, como que
estaban labrando, y tanto le servían para la autoridad de la sala aquellas
estatuas como las dueñas verdaderas!
Y, diciendo esto, se arrojó del lecho, con intención de cerrar la puerta y
no dejar entrar a la señora Rodríguez; mas, cuando la llegó a cerrar, ya la
señora Rodríguez volvía, encendida una vela de cera blanca, y cuando ella
vio a don Quijote de más cerca, envuelto en la colcha, con las vendas,
galocha o becoquín, temió de nuevo, y, retirándose atrás como dos pasos,
dijo:
-¿Estamos seguras, señor caballero? Porque no tengo a muy honesta señal
haberse vuesa merced levantado de su lecho.
-Eso mesmo es bien que yo pregunte, señora -respondió don Quijote-; y así,
pregunto si estaré yo seguro de ser acometido y forzado.
-¿De quién o a quién pedís, señor caballero, esa seguridad? -respondió la
dueña.
-A vos y de vos la pido -replicó don Quijote-, porque ni yo soy de mármol
ni vos de bronce, ni ahora son las diez del día, sino media noche, y aun un
poco más, según imagino, y en una estancia más cerrada y secreta que lo
debió de ser la cueva donde el traidor y atrevido Eneas gozó a la hermosa y
piadosa Dido. Pero dadme, señora, la mano, que yo no quiero otra seguridad
mayor que la de mi continencia y recato, y la que ofrecen esas
reverendísimas tocas.
Y, diciendo esto, besó su derecha mano, y le asió de la suya, que ella le
dio con las mesmas ceremonias.
Aquí hace Cide Hamete un paréntesis, y dice que por Mahoma que diera, por
ver ir a los dos así asidos y trabados desde la puerta al lecho, la mejor
almalafa de dos que tenía.
Entróse, en fin, don Quijote en su lecho, y quedóse doña Rodríguez sentada
en una silla, algo desviada de la cama, no quitándose los antojos ni la
vela. Don Quijote se acorrucó y se cubrió todo, no dejando más de el rostro
descubierto; y, habiéndose los dos sosegado, el primero que rompió el
silencio fue don Quijote, diciendo:
-Puede vuesa merced ahora, mi señora doña Rodríguez, descoserse y desbuchar
todo aquello que tiene dentro de su cuitado corazón y lastimadas entrañas,
que será de mí escuchada con castos oídos, y socorrida con piadosas obras.
-Así lo creo yo -respondió la dueña-, que de la gentil y agradable
presencia de vuesa merced no se podía esperar sino tan cristiana respuesta.
«Es, pues, el caso, señor don Quijote, que, aunque vuesa merced me vee
sentada en esta silla y en la mitad del reino de Aragón, y en hábito de
dueña aniquilada y asendereada, soy natural de las Asturias de Oviedo, y de
linaje que atraviesan por él muchos de los mejores de aquella provincia;
pero mi corta suerte y el descuido de mis padres, que empobrecieron antes
de tiempo, sin saber cómo ni cómo no, me trujeron a la corte, a Madrid,
donde por bien de paz y por escusar mayores desventuras, mis padres me
acomodaron a servir de doncella de labor a una principal señora; y quiero
hacer sabidor a vuesa merced que en hacer vainillas y labor blanca ninguna
me ha echado el pie adelante en toda la vida. Mis padres me dejaron
sirviendo y se volvieron a su tierra, y de allí a pocos años se debieron de
ir al cielo, porque eran además buenos y católicos cristianos. Quedé
huérfana, y atenida al miserable salario y a las angustiadas mercedes que
a las tales criadas se suele dar en palacio; y, en este tiempo, sin que
diese yo ocasión a ello, se enamoró de mi un escudero de casa, hombre ya en
días, barbudo y apersonado, y, sobre todo, hidalgo como el rey, porque era
montañés. No tratamos tan secretamente nuestros amores que no viniesen a
noticia de mi señora, la cual, por escusar dimes y diretes, nos casó en paz
y en haz de la Santa Madre Iglesia Católica Romana, de cuyo matrimonio
nació una hija para rematar con mi ventura, si alguna tenía; no porque yo
muriese del parto, que le tuve derecho y en sazón, sino porque desde allí a
poco murió mi esposo de un cierto espanto que tuvo, que, a tener ahora
lugar para contarle, yo sé que vuestra merced se admirara.»
Y, en esto, comenzó a llorar tiernamente, y dijo:
-Perdóneme vuestra merced, señor don Quijote, que no va más en mi mano,
porque todas las veces que me acuerdo de mi mal logrado se me arrasan los
ojos de lágrimas. ¡Válame Dios, y con qué autoridad llevaba a mi señora a
las ancas de una poderosa mula, negra como el mismo azabache! Que entonces
no se usaban coches ni sillas, como agora dicen que se usan, y las señoras
iban a las ancas de sus escuderos. Esto, a lo menos, no puedo dejar de
contarlo, porque se note la crianza y puntualidad de mi buen marido. «Al
entrar de la calle de Santiago, en Madrid, que es algo estrecha, venía a
salir por ella un alcalde de corte con dos alguaciles delante, y, así como
mi buen escudero le vio, volvió las riendas a la mula, dando señal de
volver a acompañarle. Mi señora, que iba a las ancas, con voz baja le
decía: ''-¿Qué hacéis, desventurado? ¿No veis que voy aquí?'' El alcalde,
de comedido, detuvo la rienda al caballo y díjole: ''-Seguid, señor,
vuestro camino, que yo soy el que debo acompañar a mi señora doña
Casilda'', que así era el nombre de mi ama. Todavía porfiaba mi marido, con
la gorra en la mano, a querer ir acompañando al alcalde, viendo lo cual mi
señora, llena de cólera y enojo, sacó un alfiler gordo, o creo que un
punzón, del estuche, y clavósele por los lomos, de manera que mi marido dio
una gran voz y torció el cuerpo, de suerte que dio con su señora en el
suelo. Acudieron dos lacayos suyos a levantarla, y lo mismo hizo el alcalde
y los alguaciles; alborotóse la Puerta de Guadalajara, digo, la gente
baldía que en ella estaba; vínose a pie mi ama, y mi marido acudió en casa
de un barbero diciendo que llevaba pasadas de parte a parte las entrañas.
Divulgóse la cortesía de mi esposo, tanto, que los muchachos le corrían por
las calles, y por esto y porque él era algún tanto corto de vista, mi
señora la duquesa le despidió, de cuyo pesar, sin duda alguna, tengo para
mí que se le causó el mal de la muerte. Quedé yo viuda y desamparada, y con
hija a cuestas, que iba creciendo en hermosura como la espuma de la mar.
Finalmente, como yo tuviese fama de gran labrandera, mi señora la duquesa,
que estaba recién casada con el duque mi señor, quiso traerme consigo a
este reino de Aragón y a mi hija ni más ni menos, adonde, yendo días y
viniendo días, creció mi hija, y con ella todo el donaire del mundo: canta
como una calandria, danza como el pensamiento, baila como una perdida, lee
y escribe como un maestro de escuela, y cuenta como un avariento. De su
limpieza no digo nada: que el agua que corre no es más limpia, y debe de
tener agora, si mal no me acuerdo, diez y seis años, cinco meses y tres
días, uno más a menos. En resolución: de esta mi muchacha se enamoró un
hijo de un labrador riquísimo que está en una aldea del duque mi señor, no
muy lejos de aquí. En efecto, no sé cómo ni cómo no, ellos se juntaron, y,
debajo de la palabra de ser su esposo, burló a mi hija, y no se la quiere
cumplir; y, aunque el duque mi señor lo sabe, porque yo me he quejado a él,
no una, sino muchas veces, y pedídole mande que el tal labrador se case con
mi hija, hace orejas de mercader y apenas quiere oírme; y es la causa que,
como el padre del burlador es tan rico y le presta dineros, y le sale por
fiador de sus trampas por momentos, no le quiere descontentar ni dar
pesadumbre en ningún modo.» Querría, pues, señor mío, que vuesa merced
tomase a cargo el deshacer este agravio, o ya por ruegos, o ya por armas,
pues, según todo el mundo dice, vuesa merced nació en él para deshacerlos y
para enderezar los tuertos y amparar los miserables; y póngasele a vuesa
merced por delante la orfandad de mi hija, su gentileza, su mocedad, con
todas las buenas partes que he dicho que tiene; que en Dios y en mi
conciencia que de cuantas doncellas tiene mi señora, que no hay ninguna que
llegue a la suela de su zapato, y que una que llaman Altisidora, que es la
que tienen por más desenvuelta y gallarda, puesta en comparación de mi
hija, no la llega con dos leguas. Porque quiero que sepa vuesa merced,
señor mío, que no es todo oro lo que reluce; porque esta Altisidorilla
tiene más de presunción que de hermosura, y más de desenvuelta que de
recogida, además que no está muy sana: que tiene un cierto allento cansado,
que no hay sufrir el estar junto a ella un momento. Y aun mi señora la
duquesa... Quiero callar, que se suele decir que las paredes tienen oídos.
-¿Qué tiene mi señora la duquesa, por vida mía, señora doña Rodríguez?
-preguntó don Quijote.
-Con ese conjuro -respondió la dueña-, no puedo dejar de responder a lo que
se me pregunta con toda verdad. ¿Vee vuesa merced, señor don Quijote, la
hermosura de mi señora la duquesa, aquella tez de rostro, que no parece
sino de una espada acicalada y tersa, aquellas dos mejillas de leche y de
carmín, que en la una tiene el sol y en la otra la luna, y aquella
gallardía con que va pisando y aun despreciando el suelo, que no parece
sino que va derramando salud donde pasa? Pues sepa vuesa merced que lo
puede agradecer, primero, a Dios, y luego, a dos fuentes que tiene en las
dos piernas, por donde se desagua todo el mal humor de quien dicen los
médicos que está llena.
-¡Santa María! -dijo don Quijote-. Y ¿es posible que mi señora la duquesa
tenga tales desaguaderos? No lo creyera si me lo dijeran frailes descalzos;
pero, pues la señora doña Rodríguez lo dice, debe de ser así. Pero tales
fuentes, y en tales lugares, no deben de manar humor, sino ámbar líquido.
Verdaderamente que ahora acabo de creer que esto de hacerse fuentes debe de
ser cosa importante para salud.
Apenas acabó don Quijote de decir esta razón, cuando con un gran golpe
abrieron las puertas del aposento, y del sobresalto del golpe se le cayó a
doña Rodríguez la vela de la mano, y quedó la estancia como boca de lobo,
como suele decirse. Luego sintió la pobre dueña que la asían de la garganta
con dos manos, tan fuertemente que no la dejaban gañir, y que otra persona,
con mucha presteza, sin hablar palabra, le alzaba las faldas, y con una, al
parecer, chinela, le comenzó a dar tantos azotes, que era una compasión; y,
aunque don Quijote se la tenía, no se meneaba del lecho, y no sabía qué
podía ser aquello, y estábase quedo y callando, y aun temiendo no viniese
por él la tanda y tunda azotesca. Y no fue vano su temor, porque, en
dejando molida a la dueña los callados verdugos (la cual no osaba
quejarse), acudieron a don Quijote, y, desenvolviéndole de la sábana y de
la colcha, le pellizcaron tan a menudo y tan reciamente, que no pudo dejar
de defenderse a puñadas, y todo esto en silencio admirable. Duró la batalla
casi media hora; saliéronse las fantasmas, recogió doña Rodríguez sus
faldas, y, gimiendo su desgracia, se salió por la puerta afuera, sin decir
palabra a don Quijote, el cual, doloroso y pellizcado, confuso y pensativo,
se quedó solo, donde le dejaremos deseoso de saber quién había sido el
perverso encantador que tal le había puesto. Pero ello se dirá a su tiempo,
que Sancho Panza nos llama, y el buen concierto de la historia lo pide.
Capítulo XLIX. De lo que le sucedió a Sancho Panza rondando su ínsula
Dejamos al gran gobernador enojado y mohíno con el labrador pintor y
socarrón, el cual, industriado del mayordomo, y el mayordomo del duque, se
burlaban de Sancho; pero él se las tenía tiesas a todos, maguera tonto,
bronco y rollizo, y dijo a los que con él estaban, y al doctor Pedro Recio,
que, como se acabó el secreto de la carta del duque, había vuelto a entrar
en la sala:
-Ahora verdaderamente que entiendo que los jueces y gobernadores deben de
ser, o han de ser, de bronce, para no sentir las importunidades de los
negociantes, que a todas horas y a todos tiempos quieren que los escuchen y
despachen, atendiendo sólo a su negocio, venga lo que viniere; y si el
pobre del juez no los escucha y despacha, o porque no puede o porque no es
aquél el tiempo diputado para darles audiencia, luego les maldicen y
murmuran, y les roen los huesos, y aun les deslindan los linajes.
Negociante necio, negociante mentecato, no te apresures; espera sazón y
coyuntura para negociar: no vengas a la hora del comer ni a la del dormir,
que los jueces son de carne y de hueso y han de dar a la naturaleza lo que
naturalmente les pide, si no es yo, que no le doy de comer a la mía, merced
al señor doctor Pedro Recio Tirteafuera, que está delante, que quiere que
muera de hambre, y afirma que esta muerte es vida, que así se la dé Dios a
él y a todos los de su ralea: digo, a la de los malos médicos, que la de
los buenos, palmas y lauros merecen.
Todos los que conocían a Sancho Panza se admiraban, oyéndole hablar tan
elegantemente, y no sabían a qué atribuirlo, sino a que los oficios y
cargos graves, o adoban o entorpecen los entendimientos. Finalmente, el
doctor Pedro Recio Agüero de Tirteafuera prometió de darle de cenar aquella
noche, aunque excediese de todos los aforismos de Hipócrates. Con esto
quedó contento el gobernador, y esperaba con grande ansia llegase la noche
y la hora de cenar; y, aunque el tiempo, al parecer suyo, se estaba quedo,
sin moverse de un lugar, todavía se llegó por él el tanto deseado, donde
le dieron de cenar un salpicón de vaca con cebolla, y unas manos cocidas de
ternera algo entrada en días. Entregóse en todo con más gusto que si le
hubieran dado francolines de Milán, faisanes de Roma, ternera de Sorrento,
perdices de Morón, o gansos de Lavajos; y, entre la cena, volviéndose al
doctor, le dijo:
-Mirad, señor doctor: de aquí adelante no os curéis de darme a comer cosas
regaladas ni manjares esquisitos, porque será sacar a mi estómago de sus
quicios, el cual está acostumbrado a cabra, a vaca, a tocino, a cecina, a
nabos y a cebollas; y, si acaso le dan otros manjares de palacio, los
recibe con melindre, y algunas veces con asco. Lo que el maestresala puede
hacer es traerme estas que llaman ollas podridas, que mientras más podridas
son, mejor huelen, y en ellas puede embaular y encerrar todo lo que él
quisiere, como sea de comer, que yo se lo agradeceré y se lo pagaré algún
día; y no se burle nadie conmigo, porque o somos o no somos: vivamos todos
y comamos en buena paz compaña, pues, cuando Dios amanece, para todos
amanece. Yo gobernaré esta ínsula sin perdonar derecho ni llevar cohecho, y
todo el mundo traiga el ojo alerta y mire por el virote, porque les hago
saber que el diablo está en Cantillana, y que, si me dan ocasión, han de
ver maravillas. No, sino haceos miel, y comeros han moscas.
-Por cierto, señor gobernador -dijo el maestresala-, que vuesa merced tiene
mucha razón en cuanto ha dicho, y que yo ofrezco en nombre de todos los
insulanos desta ínsula que han de servir a vuestra merced con toda
puntualidad, amor y benevolencia, porque el suave modo de gobernar que en
estos principios vuesa merced ha dado no les da lugar de hacer ni de pensar
cosa que en deservicio de vuesa merced redunde.
-Yo lo creo -respondió Sancho-, y serían ellos unos necios si otra cosa
hiciesen o pensasen. Y vuelvo a decir que se tenga cuenta con mi sustento y
con el de mi rucio, que es lo que en este negocio importa y hace más al
caso; y, en siendo hora, vamos a rondar, que es mi intención limpiar esta
ínsula de todo género de inmundicia y de gente vagamunda, holgazanes, y mal
entretenida; porque quiero que sepáis, amigos, que la gente baldía y
perezosa es en la república lo mesmo que los zánganos en las colmenas, que
se comen la miel que las trabajadoras abejas hacen. Pienso favorecer a los
labradores, guardar sus preeminencias a los hidalgos, premiar los virtuosos
y, sobre todo, tener respeto a la religión y a la honra de los religiosos.
¿Qué os parece desto, amigos? ¿Digo algo, o quiébrome la cabeza?
-Dice tanto vuesa merced, señor gobernador -dijo el mayordomo-, que estoy
admirado de ver que un hombre tan sin letras como vuesa merced, que, a lo
que creo, no tiene ninguna, diga tales y tantas cosas llenas de sentencias
y de avisos, tan fuera de todo aquello que del ingenio de vuesa merced
esperaban los que nos enviaron y los que aquí venimos. Cada día se veen
cosas nuevas en el mundo: las burlas se vuelven en veras y los burladores
se hallan burlados.
Llegó la noche, y cenó el gobernador, con licencia del señor doctor Recio.
Aderezáronse de ronda; salió con el mayordomo, secretario y maestresala, y
el coronista que tenía cuidado de poner en memoria sus hechos, y alguaciles
y escribanos, tantos que podían formar un mediano escuadrón. Iba Sancho en
medio, con su vara, que no había más que ver, y pocas calles andadas del
lugar, sintieron ruido de cuchilladas; acudieron allá, y hallaron que eran
dos solos hombres los que reñían, los cuales, viendo venir a la justicia,
se estuvieron quedos; y el uno dellos dijo:
-¡Aquí de Dios y del rey! ¿Cómo y que se ha de sufrir que roben en poblado
en este pueblo, y que salga a saltear en él en la mitad de las calles?
-Sosegaos, hombre de bien -dijo Sancho-, y contadme qué es la causa desta
pendencia, que yo soy el gobernador.
El otro contrario dijo:
-Señor gobernador, yo la diré con toda brevedad. Vuestra merced sabrá que
este gentilhombre acaba de ganar ahora en esta casa de juego que está aquí
frontero más de mil reales, y sabe Dios cómo; y, hallándome yo presente,
juzgué más de una suerte dudosa en su favor, contra todo aquello que me
dictaba la conciencia; alzóse con la ganancia, y, cuando esperaba que me
había de dar algún escudo, por lo menos, de barato, como es uso y costumbre
darle a los hombres principales como yo, que estamos asistentes para bien y
mal pasar, y para apoyar sinrazones y evitar pendencias, él embolsó su
dinero y se salió de la casa. Yo vine despechado tras él, y con buenas y
corteses palabras le he pedido que me diese siquiera ocho reales, pues sabe
que yo soy hombre honrado y que no tengo oficio ni beneficio, porque mis
padres no me le enseñaron ni me le dejaron, y el socarrón, que no es más
ladrón que Caco, ni más fullero que Andradilla, no quería darme más de
cuatro reales; ¡porque vea vuestra merced, señor gobernador, qué poca
vergüenza y qué poca conciencia! Pero a fee que, si vuesa merced no
llegara, que yo le hiciera vomitar la ganancia, y que había de saber con
cuántas entraba la romana.
-¿Qué decís vos a esto? -preguntó Sancho.
Y el otro respondió que era verdad cuanto su contrario decía, y no había
querido darle más de cuatro reales porque se los daba muchas veces; y los
que esperan barato han de ser comedidos y tomar con rostro alegre lo que
les dieren, sin ponerse en cuentas con los gananciosos, si ya no supiesen
de cierto que son fulleros y que lo que ganan es mal ganado; y que, para
señal que él era hombre de bien y no ladrón, como decía, ninguna había
mayor que el no haberle querido dar nada; que siempre los fulleros son
tributarios de los mirones que los conocen.
-Así es -dijo el mayordomo-. Vea vuestra merced, señor gobernador, qué es
lo que se ha de hacer destos hombres.
-Lo que se ha de hacer es esto -respondió Sancho-: vos, ganancioso, bueno,
o malo, o indiferente, dad luego a este vuestro acuchillador cien reales, y
más, habéis de desembolsar treinta para los pobres de la cárcel; y vos, que
no tenéis oficio ni beneficio y andáis de nones en esta ínsula, tomad luego
esos cien reales, y mañana en todo el día salid desta ínsula desterrado por
diez años, so pena, si lo quebrantáredes, los cumpláis en la otra vida,
colgándoos yo de una picota, o, a lo menos, el verdugo por mi mandado; y
ninguno me replique, que le asentaré la mano.
Desembolsó el uno, recibió el otro, éste se salió de la ínsula, y aquél se
fue a su casa, y el gobernador quedó diciendo:
-Ahora, yo podré poco, o quitaré estas casas de juego, que a mí se me
trasluce que son muy perjudiciales.
-Ésta, a lo menos -dijo un escribano-, no la podrá vuesa merced quitar,
porque la tiene un gran personaje, y más es sin comparación lo que él
pierde al año que lo que saca de los naipes. Contra otros garitos de menor
cantía podrá vuestra merced mostrar su poder, que son los que más daño
hacen y más insolencias encubren; que en las casas de los caballeros
principales y de los señores no se atreven los famosos fulleros a usar de
sus tretas; y, pues el vicio del juego se ha vuelto en ejercicio común,
mejor es que se juegue en casas principales que no en la de algún oficial,
donde cogen a un desdichado de media noche abajo y le desuellan vivo.
-Agora, escribano -dijo Sancho-, yo sé que hay mucho que decir en eso.
Y, en esto, llegó un corchete que traía asido a un mozo, y dijo:
-Señor gobernador, este mancebo venía hacia nosotros, y, así como columbró
la justicia, volvió las espaldas y comenzó a correr como un gamo, señal que
debe de ser algún delincuente. Yo partí tras él, y, si no fuera porque
tropezó y cayó, no le alcanzara jamás.
-¿Por qué huías, hombre? -preguntó Sancho.
A lo que el mozo respondió:
-Señor, por escusar de responder a las muchas preguntas que las justicias
hacen.
-¿Qué oficio tienes?
-Tejedor.
-¿Y qué tejes?
-Hierros de lanzas, con licencia buena de vuestra merced.
-¿Graciosico me sois? ¿De chocarrero os picáis? ¡Está bien! Y ¿adónde
íbades ahora?
-Señor, a tomar el aire.
-Y ¿adónde se toma el aire en esta ínsula?
-Adonde sopla.
-¡Bueno: respondéis muy a propósito! Discreto sois, mancebo; pero haced
cuenta que yo soy el aire, y que os soplo en popa, y os encamino a la
cárcel. ¡Asilde, hola, y llevadle, que yo haré que duerma allí sin aire
esta noche!
-¡Par Dios -dijo el mozo-, así me haga vuestra merced dormir en la cárcel
como hacerme rey!
-Pues, ¿por qué no te haré yo dormir en la cárcel? -respondió Sancho-. ¿No
tengo yo poder para prenderte y soltarte cada y cuando que quisiere?
-Por más poder que vuestra merced tenga -dijo el mozo-, no será bastante
para hacerme dormir en la cárcel.
-¿Cómo que no? -replicó Sancho-. Llevalde luego donde verá por sus ojos el
desengaño, aunque más el alcaide quiera usar con él de su interesal
liberalidad; que yo le pondré pena de dos mil ducados si te deja salir un
paso de la cárcel.
-Todo eso es cosa de risa -respondió el mozo-. El caso es que no me harán
dormir en la cárcel cuantos hoy viven.
-Dime, demonio -dijo Sancho-, ¿tienes algún ángel que te saque y que te
quite los grillos que te pienso mandar echar?
-Ahora, señor gobernador -respondió el mozo con muy buen donaire-, estemos
a razón y vengamos al punto. Prosuponga vuestra merced que me manda llevar
a la cárcel, y que en ella me echan grillos y cadenas, y que me meten en un
calabozo, y se le ponen al alcaide graves penas si me deja salir, y que él
lo cumple como se le manda; con todo esto, si yo no quiero dormir, y
estarme despierto toda la noche, sin pegar pestaña, ¿será vuestra merced
bastante con todo su poder para hacerme dormir, si yo no quiero?
-No, por cierto -dijo el secretario-, y el hombre ha salido con su
intención.
-De modo -dijo Sancho- que no dejaréis de dormir por otra cosa que por
vuestra voluntad, y no por contravenir a la mía.
-No, señor -dijo el mozo-, ni por pienso.
-Pues andad con Dios -dijo Sancho-; idos a dormir a vuestra casa, y Dios os
dé buen sueño, que yo no quiero quitárosle; pero aconséjoos que de aquí
adelante no os burléis con la justicia, porque toparéis con alguna que os
dé con la burla en los cascos.
Fuese el mozo, y el gobernador prosiguió con su ronda, y de allí a poco
vinieron dos corchetes que traían a un hombre asido, y dijeron:
-Señor gobernador, este que parece hombre no lo es, sino mujer, y no fea,
que viene vestida en hábito de hombre.
Llegáronle a los ojos dos o tres lanternas, a cuyas luces descubrieron un
rostro de una mujer, al parecer, de diez y seis o pocos más años, recogidos
los cabellos con una redecilla de oro y seda verde, hermosa como mil
perlas. Miráronla de arriba abajo, y vieron que venía con unas medias de
seda encarnada, con ligas de tafetán blanco y rapacejos de oro y aljófar;
los greguescos eran verdes, de tela de oro, y una saltaembarca o ropilla de
lo mesmo, suelta, debajo de la cual traía un jubón de tela finísima de oro
y blanco, y los zapatos eran blancos y de hombre. No traía espada ceñida,
sino una riquísima daga, y en los dedos, muchos y muy buenos anillos.
Finalmente, la moza parecía bien a todos, y ninguno la conoció de cuantos
la vieron, y los naturales del lugar dijeron que no podían pensar quién
fuese, y los consabidores de las burlas que se habían de hacer a Sancho
fueron los que más se admiraron, porque aquel suceso y hallazgo no venía
ordenado por ellos; y así, estaban dudosos, esperando en qué pararía el
caso.
Sancho quedó pasmado de la hermosura de la moza, y preguntóle quién era,
adónde iba y qué ocasión le había movido para vestirse en aquel hábito.
Ella, puestos los ojos en tierra con honestísima vergüenza, respondió:
-No puedo, señor, decir tan en público lo que tanto me importaba fuera
secreto; una cosa quiero que se entienda: que no soy ladrón ni persona
facinorosa, sino una doncella desdichada a quien la fuerza de unos celos ha
hecho romper el decoro que a la honestidad se debe.
Oyendo esto el mayordomo, dijo a Sancho:
-Haga, señor gobernador, apartar la gente, porque esta señora con menos
empacho pueda decir lo que quisiere.
Mandólo así el gobernador; apartáronse todos, si no fueron el mayordomo,
maestresala y el secretario. Viéndose, pues, solos, la doncella prosiguió
diciendo:
-«Yo, señores, soy hija de Pedro Pérez Mazorca, arrendador de las lanas
deste lugar, el cual suele muchas veces ir en casa de mi padre.»
-Eso no lleva camino -dijo el mayordomo-, señora, porque yo conozco muy
bien a Pedro Pérez y sé que no tiene hijo ninguno, ni varón ni hembra; y
más, que decís que es vuestro padre, y luego añadís que suele ir muchas
veces en casa de vuestro padre.
-Ya yo había dado en ello -dijo Sancho.
-Ahora, señores, yo estoy turbada, y no sé lo que me digo -respondió la
doncella-; pero la verdad es que yo soy hija de Diego de la Llana, que
todos vuesas mercedes deben de conocer.
-Aún eso lleva camino -respondió el mayordomo-, que yo conozco a Diego de
la Llana, y sé que es un hidalgo principal y rico, y que tiene un hijo y
una hija, y que después que enviudó no ha habido nadie en todo este lugar
que pueda decir que ha visto el rostro de su hija; que la tiene tan
encerrada que no da lugar al sol que la vea; y, con todo esto, la fama dice
que es en estremo hermosa.
-Así es la verdad -respondió la doncella-, y esa hija soy yo; si la fama
miente o no en mi hermosura ya os habréis, señores, desengañado, pues me
habéis visto.
Y, en esto, comenzó a llorar tiernamente; viendo lo cual el secretario, se
llegó al oído del maestresala y le dijo muy paso:
-Sin duda alguna que a esta pobre doncella le debe de haber sucedido algo
de importancia, pues en tal traje, y a tales horas, y siendo tan principal,
anda fuera de su casa.
-No hay dudar en eso -respondió el maestresala-; y más, que esa sospecha la
confirman sus lágrimas.
Sancho la consoló con las mejores razones que él supo, y le pidió que sin
temor alguno les dijese lo que le había sucedido; que todos procurarían
remediarlo con muchas veras y por todas las vías posibles.
-«Es el caso, señores -respondió ella-, que mi padre me ha tenido encerrada
diez años ha, que son los mismos que a mi madre come la tierra. En casa
dicen misa en un rico oratorio, y yo en todo este tiempo no he visto que el
sol del cielo de día, y la luna y las estrellas de noche, ni sé qué son
calles, plazas, ni templos, ni aun hombres, fuera de mi padre y de un
hermano mío, y de Pedro Pérez el arrendador, que, por entrar de ordinario
en mi casa, se me antojó decir que era mi padre, por no declarar el mío.
Este encerramiento y este negarme el salir de casa, siquiera a la iglesia,
ha muchos días y meses que me trae muy desconsolada; quisiera yo ver el
mundo, o, a lo menos, el pueblo donde nací, pareciéndome que este deseo no
iba contra el buen decoro que las doncellas principales deben guardar a sí
mesmas. Cuando oía decir que corrían toros y jugaban cañas, y se
representaban comedias, preguntaba a mi hermano, que es un año menor que
yo, que me dijese qué cosas eran aquéllas y otras muchas que yo no he
visto; él me lo declaraba por los mejores modos que sabía, pero todo era
encenderme más el deseo de verlo. Finalmente, por abreviar el cuento de mi
perdición, digo que yo rogué y pedí a mi hermano, que nunca tal pidiera ni
tal rogara...»
Y tornó a renovar el llanto. El mayordomo le dijo:
-Prosiga vuestra merced, señora, y acabe de decirnos lo que le ha sucedido,
que nos tienen a todos suspensos sus palabras y sus lágrimas.
-Pocas me quedan por decir -respondió la doncella-, aunque muchas lágrimas
sí que llorar, porque los mal colocados deseos no pueden traer consigo
otros descuentos que los semejantes.
Habíase sentado en el alma del maestresala la belleza de la doncella, y
llegó otra vez su lanterna para verla de nuevo; y parecióle que no eran
lágrimas las que lloraba, sino aljófar o rocío de los prados, y aun las
subía de punto y las llegaba a perlas orientales, y estaba deseando que su
desgracia no fuese tanta como daban a entender los indicios de su llanto y
de sus suspiros. Desesperábase el gobernador de la tardanza que tenía la
moza en dilatar su historia, y díjole que acabase de tenerlos más
suspensos, que era tarde y faltaba mucho que andar del pueblo. Ella, entre
interrotos sollozos y mal formados suspiros, dijo:
-«No es otra mi desgracia, ni mi infortunio es otro sino que yo rogué a mi
hermano que me vistiese en hábitos de hombre con uno de sus vestidos y que
me sacase una noche a ver todo el pueblo, cuando nuestro padre durmiese;
él, importunado de mis ruegos, condecendió con mi deseo, y, poniéndome este
vestido y él vestiéndose de otro mío, que le está como nacido, porque él no
tiene pelo de barba y no parece sino una doncella hermosísima, esta noche,
debe de haber una hora, poco más o menos, nos salimos de casa; y, guiados
de nuestro mozo y desbaratado discurso, hemos rodeado todo el pueblo, y
cuando queríamos volver a casa, vimos venir un gran tropel de gente, y mi
hermano me dijo: ''Hermana, ésta debe de ser la ronda: aligera los pies y
pon alas en ellos, y vente tras mí corriendo, porque no nos conozcan, que
nos será mal contado''. Y, diciendo esto, volvió las espaldas y comenzó, no
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