hicieres, las más veces, serán sin remedio; y si le tuvieren, será a costa
de tu crédito, y aun de tu hacienda. Si alguna mujer hermosa veniere a
pedirte justicia, quita los ojos de sus lágrimas y tus oídos de sus
gemidos, y considera de espacio la sustancia de lo que pide, si no quieres
que se anegue tu razón en su llanto y tu bondad en sus suspiros. Al que has
de castigar con obras no trates mal con palabras, pues le basta al
desdichado la pena del suplicio, sin la añadidura de las malas razones. Al
culpado que cayere debajo de tu juridición considérale hombre miserable,
sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra, y en todo
cuanto fuere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muéstratele
piadoso y clemente, porque, aunque los atributos de Dios todos son iguales,
más resplandece y campea a nuestro ver el de la misericordia que el de la
justicia. Si estos preceptos y estas reglas sigues, Sancho, serán luengos
tus días, tu fama será eterna, tus premios colmados, tu felicidad
indecible, casarás tus hijos como quisieres, títulos tendrán ellos y tus
nietos, vivirás en paz y beneplácito de las gentes, y en los últimos pasos
de la vida te alcanzará el de la muerte, en vejez suave y madura, y
cerrarán tus ojos las tiernas y delicadas manos de tus terceros netezuelos.
Esto que hasta aquí te he dicho son documentos que han de adornar tu alma;
escucha ahora los que han de servir para adorno del cuerpo.
Capítulo XLIII. De los consejos segundos que dio don Quijote a Sancho Panza
¿Quién oyera el pasado razonamiento de don Quijote que no le tuviera por
persona muy cuerda y mejor intencionada? Pero, como muchas veces en el
progreso desta grande historia queda dicho, solamente disparaba en
tocándole en la caballería, y en los demás discursos mostraba tener claro y
desenfadado entendimiento, de manera que a cada paso desacreditaban sus
obras su juicio, y su juicio sus obras; pero en ésta destos segundos
documentos que dio a Sancho, mostró tener gran donaire, y puso su
discreción y su locura en un levantado punto.
Atentísimamente le escuchaba Sancho, y procuraba conservar en la memoria
sus consejos, como quien pensaba guardarlos y salir por ellos a buen parto
de la preñez de su gobierno. Prosiguió, pues, don Quijote, y dijo:
-En lo que toca a cómo has de gobernar tu persona y casa, Sancho, lo
primero que te encargo es que seas limpio, y que te cortes las uñas, sin
dejarlas crecer, como algunos hacen, a quien su ignorancia les ha dado a
entender que las uñas largas les hermosean las manos, como si aquel
escremento y añadidura que se dejan de cortar fuese uña, siendo antes
garras de cernícalo lagartijero: puerco y extraordinario abuso. No andes,
Sancho, desceñido y flojo, que el vestido descompuesto da indicios de ánimo
desmazalado, si ya la descompostura y flojedad no cae debajo de
socarronería, como se juzgó en la de Julio César. Toma con discreción el
pulso a lo que pudiere valer tu oficio, y si sufriere que des librea a tus
criados, dásela honesta y provechosa más que vistosa y bizarra, y repártela
entre tus criados y los pobres: quiero decir que si has de vestir seis
pajes, viste tres y otros tres pobres, y así tendrás pajes para el cielo y
para el suelo; y este nuevo modo de dar librea no la alcanzan los
vanagloriosos. No comas ajos ni cebollas, porque no saquen por el olor tu
villanería. Anda despacio; habla con reposo, pero no de manera que parezca
que te escuchas a ti mismo, que toda afectación es mala. Come poco y cena
más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del
estómago. Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni
guarda secreto ni cumple palabra. Ten cuenta, Sancho, de no mascar a dos
carrillos, ni de erutar delante de nadie.
-Eso de erutar no entiendo -dijo Sancho.
Y don Quijote le dijo:
-Erutar, Sancho, quiere decir regoldar, y éste es uno de los más torpes
vocablos que tiene la lengua castellana, aunque es muy sinificativo; y así,
la gente curiosa se ha acogido al latín, y al regoldar dice erutar, y a los
regüeldos, erutaciones; y, cuando algunos no entienden estos términos,
importa poco, que el uso los irá introduciendo con el tiempo, que con
facilidad se entiendan; y esto es enriquecer la lengua, sobre quien tiene
poder el vulgo y el uso.
-En verdad, señor -dijo Sancho-, que uno de los consejos y avisos que
pienso llevar en la memoria ha de ser el de no regoldar, porque lo suelo
hacer muy a menudo.
-Erutar, Sancho, que no regoldar -dijo don Quijote.
-Erutar diré de aquí adelante -respondió Sancho-, y a fee que no se me
olvide.
-También, Sancho, no has de mezclar en tus pláticas la muchedumbre de
refranes que sueles; que, puesto que los refranes son sentencias breves,
muchas veces los traes tan por los cabellos, que más parecen disparates que
sentencias.
-Eso Dios lo puede remediar -respondió Sancho-, porque sé más refranes que
un libro, y viénenseme tantos juntos a la boca cuando hablo, que riñen por
salir unos con otros, pero la lengua va arrojando los primeros que
encuentra, aunque no vengan a pelo. Mas yo tendré cuenta de aquí adelante
de decir los que convengan a la gravedad de mi cargo, que en casa llena
presto se guisa la cena, y quien destaja no baraja, y a buen salvo está el
que repica, y el dar y el tener seso ha menester.
-¡Eso sí, Sancho! -dijo don Quijote-: ¡encaja, ensarta, enhila refranes,
que nadie te va a la mano! ¡Castígame mi madre, y yo trómpogelas! Estoyte
diciendo que escuses refranes, y en un instante has echado aquí una letanía
dellos, que así cuadran con lo que vamos tratando como por los cerros de
Úbeda. Mira, Sancho, no te digo yo que parece mal un refrán traído a
propósito, pero cargar y ensartar refranes a troche moche hace la plática
desmayada y baja. Cuando subieres a caballo, no vayas echando el cuerpo
sobre el arzón postrero, ni lleves las piernas tiesas y tiradas y desviadas
de la barriga del caballo, ni tampoco vayas tan flojo que parezca que vas
sobre el rucio: que el andar a caballo a unos hace caballeros; a otros,
caballerizos. Sea moderado tu sueño, que el que no madruga con el sol, no
goza del día; y advierte, ¡oh Sancho!, que la diligencia es madre de la
buena ventura, y la pereza, su contraria, jamás llegó al término que pide
un buen deseo. Este último consejo que ahora darte quiero, puesto que no
sirva para adorno del cuerpo, quiero que le lleves muy en la memoria, que
creo que no te será de menos provecho que los que hasta aquí te he dado; y
es que jamás te pongas a disputar de linajes, a lo menos, comparándolos
entre sí, pues, por fuerza, en los que se comparan uno ha de ser el mejor,
y del que abatieres serás aborrecido, y del que levantares en ninguna
manera premiado. Tu vestido será calza entera, ropilla larga, herreruelo un
poco más largo; greguescos, ni por pienso, que no les están bien ni a los
caballeros ni a los gobernadores. Por ahora, esto se me ha ofrecido,
Sancho, que aconsejarte; andará el tiempo, y, según las ocasiones, así
serán mis documentos, como tú tengas cuidado de avisarme el estado en que
te hallares.
-Señor -respondió Sancho-, bien veo que todo cuanto vuestra merced me ha
dicho son cosas buenas, santas y provechosas, pero ¿de qué han de servir,
si de ninguna me acuerdo? Verdad sea que aquello de no dejarme crecer las
uñas y de casarme otra vez, si se ofreciere, no se me pasará del magín,
pero esotros badulaques y enredos y revoltillos, no se me acuerda ni
acordará más dellos que de las nubes de antaño, y así, será menester que se
me den por escrito, que, puesto que no sé leer ni escribir, yo se los daré
a mi confesor para que me los encaje y recapacite cuando fuere menester.
-¡Ah, pecador de mí -respondió don Quijote-, y qué mal parece en los
gobernadores el no saber leer ni escribir!; porque has de saber, ¡oh
Sancho!, que no saber un hombre leer, o ser zurdo, arguye una de dos cosas:
o que fue hijo de padres demasiado de humildes y bajos, o él tan travieso
y malo que no pudo entrar en el buen uso ni la buena doctrina. Gran falta
es la que llevas contigo, y así, querría que aprendieses a firmar siquiera.
-Bien sé firmar mi nombre -respondió Sancho-, que cuando fui prioste en mi
lugar, aprendí a hacer unas letras como de marca de fardo, que decían que
decía mi nombre; cuanto más, que fingiré que tengo tullida la mano derecha,
y haré que firme otro por mí; que para todo hay remedio, si no es para la
muerte; y, teniendo yo el mando y el palo, haré lo que quisiere; cuanto
más, que el que tiene el padre alcalde... Y, siendo yo gobernador, que es
más que ser alcalde, ¡llegaos, que la dejan ver! No, sino popen y
calóñenme, que vendrán por lana y volverán trasquilados; y a quien Dios
quiere bien, la casa le sabe; y las necedades del rico por sentencias pasan
en el mundo; y, siéndolo yo, siendo gobernador y juntamente liberal, como
lo pienso ser, no habrá falta que se me parezca. No, sino haceos miel, y
paparos han moscas; tanto vales cuanto tienes, decía una mi agüela, y del
hombre arraigado no te verás vengado.
-¡Oh, maldito seas de Dios, Sancho! -dijo a esta sazón don Quijote-.
¡Sesenta mil satanases te lleven a ti y a tus refranes! Una hora ha que los
estás ensartando y dándome con cada uno tragos de tormento. Yo te aseguro
que estos refranes te han de llevar un día a la horca; por ellos te han de
quitar el gobierno tus vasallos, o ha de haber entre ellos comunidades.
Dime, ¿dónde los hallas, ignorante, o cómo los aplicas, mentecato, que para
decir yo uno y aplicarle bien, sudo y trabajo como si cavase?
-Por Dios, señor nuestro amo -replicó Sancho-, que vuesa merced se queja de
bien pocas cosas. ¿A qué diablos se pudre de que yo me sirva de mi
hacienda, que ninguna otra tengo, ni otro caudal alguno, sino refranes y
más refranes? Y ahora se me ofrecen cuatro que venían aquí pintiparados, o
como peras en tabaque, pero no los diré, porque al buen callar llaman
Sancho.
-Ese Sancho no eres tú -dijo don Quijote-, porque no sólo no eres buen
callar, sino mal hablar y mal porfiar; y, con todo eso, querría saber qué
cuatro refranes te ocurrían ahora a la memoria que venían aquí a propósito,
que yo ando recorriendo la mía, que la tengo buena, y ninguno se me ofrece.
-¿Qué mejores -dijo Sancho- que "entre dos muelas cordales nunca pongas tus
pulgares", y "a idos de mi casa y qué queréis con mi mujer, no hay
responder", y "si da el cántaro en la piedra o la piedra en el cántaro, mal
para el cántaro", todos los cuales vienen a pelo? Que nadie se tome con su
gobernador ni con el que le manda, porque saldrá lastimado, como el que
pone el dedo entre dos muelas cordales, y aunque no sean cordales, como
sean muelas, no importa; y a lo que dijere el gobernador no hay que
replicar, como al "salíos de mi casa y qué queréis con mi mujer". Pues lo
de la piedra en el cántaro un ciego lo verá. Así que, es menester que el
que vee la mota en el ojo ajeno, vea la viga en el suyo, porque no se diga
por él: "espantóse la muerta de la degollada", y vuestra merced sabe bien
que más sabe el necio en su casa que el cuerdo en la ajena.
-Eso no, Sancho -respondió don Quijote-, que el necio en su casa ni en la
ajena sabe nada, a causa que sobre el aumento de la necedad no asienta
ningún discreto edificio. Y dejemos esto aquí, Sancho, que si mal
gobernares, tuya será la culpa, y mía la vergüenza; mas consuélome que he
hecho lo que debía en aconsejarte con las veras y con la discreción a mí
posible: con esto salgo de mi obligación y de mi promesa. Dios te guíe,
Sancho, y te gobierne en tu gobierno, y a mí me saque del escrúpulo que me
queda que has de dar con toda la ínsula patas arriba, cosa que pudiera yo
escusar con descubrir al duque quién eres, diciéndole que toda esa gordura
y esa personilla que tienes no es otra cosa que un costal lleno de refranes
y de malicias.
-Señor -replicó Sancho-, si a vuestra merced le parece que no soy de pro
para este gobierno, desde aquí le suelto, que más quiero un solo negro de
la uña de mi alma que a todo mi cuerpo; y así me sustentaré Sancho a secas
con pan y cebolla, como gobernador con perdices y capones; y más que,
mientras se duerme, todos son iguales, los grandes y los menores, los
pobres y los ricos; y si vuestra merced mira en ello, verá que sólo vuestra
merced me ha puesto en esto de gobernar: que yo no sé más de gobiernos de
ínsulas que un buitre; y si se imagina que por ser gobernador me ha de
llevar el diablo, más me quiero ir Sancho al cielo que gobernador al
infierno.
-Por Dios, Sancho -dijo don Quijote-, que, por solas estas últimas razones
que has dicho, juzgo que mereces ser gobernador de mil ínsulas: buen
natural tienes, sin el cual no hay ciencia que valga; encomiéndate a Dios,
y procura no errar en la primera intención; quiero decir que siempre tengas
intento y firme propósito de acertar en cuantos negocios te ocurrieren,
porque siempre favorece el cielo los buenos deseos. Y vámonos a comer, que
creo que ya estos señores nos aguardan.
Capítulo XLIV. Cómo Sancho Panza fue llevado al gobierno, y de la estraña
aventura que en el castillo sucedió a don Quijote
Dicen que en el propio original desta historia se lee que, llegando Cide
Hamete a escribir este capítulo, no le tradujo su intérprete como él le
había escrito, que fue un modo de queja que tuvo el moro de sí mismo, por
haber tomado entre manos una historia tan seca y tan limitada como esta de
don Quijote, por parecerle que siempre había de hablar dél y de Sancho, sin
osar estenderse a otras digresiones y episodios más graves y más
entretenidos; y decía que el ir siempre atenido el entendimiento, la mano y
la pluma a escribir de un solo sujeto y hablar por las bocas de pocas
personas era un trabajo incomportable, cuyo fruto no redundaba en el de su
autor, y que, por huir deste inconveniente, había usado en la primera parte
del artificio de algunas novelas, como fueron la del Curioso impertinente y
la del Capitán cautivo, que están como separadas de la historia, puesto que
las demás que allí se cuentan son casos sucedidos al mismo don Quijote, que
no podían dejar de escribirse. También pensó, como él dice, que muchos,
llevados de la atención que piden las hazañas de don Quijote, no la darían
a las novelas, y pasarían por ellas, o con priesa o con enfado, sin
advertir la gala y artificio que en sí contienen, el cual se mostrara bien
al descubierto cuando, por sí solas, sin arrimarse a las locuras de don
Quijote ni a las sandeces de Sancho, salieran a luz. Y así, en esta segunda
parte no quiso ingerir novelas sueltas ni pegadizas, sino algunos episodios
que lo pareciesen, nacidos de los mesmos sucesos que la verdad ofrece; y
aun éstos, limitadamente y con solas las palabras que bastan a
declararlos; y, pues se contiene y cierra en los estrechos límites de la
narración, teniendo habilidad, suficiencia y entendimiento para tratar del
universo todo, pide no se desprecie su trabajo, y se le den alabanzas, no
por lo que escribe, sino por lo que ha dejado de escribir.
Y luego prosigue la historia diciendo que, en acabando de comer don
Quijote, el día que dio los consejos a Sancho, aquella tarde se los dio
escritos, para que él buscase quien se los leyese; pero, apenas se los hubo
dado, cuando se le cayeron y vinieron a manos del duque, que los comunicó
con la duquesa, y los dos se admiraron de nuevo de la locura y del ingenio
de don Quijote; y así, llevando adelante sus burlas, aquella tarde enviaron
a Sancho con mucho acompañamiento al lugar que para él había de ser ínsula.
Acaeció, pues, que el que le llevaba a cargo era un mayordomo del duque,
muy discreto y muy gracioso -que no puede haber gracia donde no hay
discreción-, el cual había hecho la persona de la condesa Trifaldi, con el
donaire que queda referido; y con esto, y con ir industriado de sus
señores de cómo se había de haber con Sancho, salió con su intento
maravillosamente. Digo, pues, que acaeció que, así como Sancho vio al tal
mayordomo, se le figuró en su rostro el mesmo de la Trifaldi, y,
volviéndose a su señor, le dijo:
-Señor, o a mí me ha de llevar el diablo de aquí de donde estoy, en justo
y en creyente, o vuestra merced me ha de confesar que el rostro deste
mayordomo del duque, que aquí está, es el mesmo de la Dolorida.
Miró don Quijote atentamente al mayordomo, y, habiéndole mirado, dijo a
Sancho:
-No hay para qué te lleve el diablo, Sancho, ni en justo ni en creyente,
que no sé lo que quieres decir; que el rostro de la Dolorida es el del
mayordomo, pero no por eso el mayordomo es la Dolorida; que, a serlo,
implicaría contradición muy grande, y no es tiempo ahora de hacer estas
averiguaciones, que sería entrarnos en intricados laberintos. Créeme,
amigo, que es menester rogar a Nuestro Señor muy de veras que nos libre a
los dos de malos hechiceros y de malos encantadores.
-No es burla, señor -replicó Sancho-, sino que denantes le oí hablar, y no
pareció sino que la voz de la Trifaldi me sonaba en los oídos. Ahora bien,
yo callaré, pero no dejaré de andar advertido de aquí adelante, a ver si
descubre otra señal que confirme o desfaga mi sospecha.
-Así lo has de hacer, Sancho -dijo don Quijote-, y darásme aviso de todo lo
que en este caso descubrieres y de todo aquello que en el gobierno te
sucediere.
Salió, en fin, Sancho, acompañado de mucha gente, vestido a lo letrado, y
encima un gabán muy ancho de chamelote de aguas leonado, con una montera de
lo mesmo, sobre un macho a la jineta, y detrás dél, por orden del duque,
iba el rucio con jaeces y ornamentos jumentiles de seda y flamantes. Volvía
Sancho la cabeza de cuando en cuando a mirar a su asno, con cuya compañía
iba tan contento que no se trocara con el emperador de Alemaña.
Al despedirse de los duques, les besó las manos, y tomó la bendición de su
señor, que se la dio con lágrimas, y Sancho la recibió con pucheritos.
Deja, lector amable, ir en paz y en hora buena al buen Sancho, y espera dos
fanegas de risa, que te ha de causar el saber cómo se portó en su cargo, y,
en tanto, atiende a saber lo que le pasó a su amo aquella noche; que si con
ello no rieres, por lo menos desplegarás los labios con risa de jimia,
porque los sucesos de don Quijote, o se han de celebrar con admiración, o
con risa.
Cuéntase, pues, que, apenas se hubo partido Sancho, cuando don Quijote
sintió su soledad; y si le fuera posible revocarle la comisión y quitarle
el gobierno, lo hiciera. Conoció la duquesa su melancolía, y preguntóle que
de qué estaba triste; que si era por la ausencia de Sancho, que escuderos,
dueñas y doncellas había en su casa que le servirían muy a satisfación de
su deseo.
-Verdad es, señora mía -respondió don Quijote-, que siento la ausencia de
Sancho, pero no es ésa la causa principal que me hace parecer que estoy
triste, y, de los muchos ofrecimientos que vuestra excelencia me hace,
solamente acepto y escojo el de la voluntad con que se me hacen, y, en lo
demás, suplico a Vuestra Excelencia que dentro de mi aposento consienta y
permita que yo solo sea el que me sirva.
-En verdad -dijo la duquesa-, señor don Quijote, que no ha de ser así: que
le han de servir cuatro doncellas de las mías, hermosas como unas flores.
-Para mí -respondió don Quijote- no serán ellas como flores, sino como
espinas que me puncen el alma. Así entrarán ellas en mi aposento, ni cosa
que lo parezca, como volar. Si es que vuestra grandeza quiere llevar
adelante el hacerme merced sin yo merecerla, déjeme que yo me las haya
conmigo, y que yo me sirva de mis puertas adentro, que yo ponga una muralla
en medio de mis deseos y de mi honestidad; y no quiero perder esta
costumbre por la liberalidad que vuestra alteza quiere mostrar conmigo. Y,
en resolución, antes dormiré vestido que consentir que nadie me desnude.
-No más, no más, señor don Quijote -replicó la duquesa-. Por mí digo que
daré orden que ni aun una mosca entre en su estancia, no que una doncella;
no soy yo persona, que por mí se ha de descabalar la decencia del señor don
Quijote; que, según se me ha traslucido, la que más campea entre sus muchas
virtudes es la de la honestidad. Desnúdese vuesa merced y vístase a sus
solas y a su modo, como y cuando quisiere, que no habrá quien lo impida,
pues dentro de su aposento hallará los vasos necesarios al menester del que
duerme a puerta cerrada, porque ninguna natural necesidad le obligue a que
la abra. Viva mil siglos la gran Dulcinea del Toboso, y sea su nombre
estendido por toda la redondez de la tierra, pues mereció ser amada de tan
valiente y tan honesto caballero, y los benignos cielos infundan en el
corazón de Sancho Panza, nuestro gobernador, un deseo de acabar presto sus
diciplinas, para que vuelva a gozar el mundo de la belleza de tan gran
señora.
A lo cual dijo don Quijote:
-Vuestra altitud ha hablado como quien es, que en la boca de las buenas
señoras no ha de haber ninguna que sea mala; y más venturosa y más conocida
será en el mundo Dulcinea por haberla alabado vuestra grandeza, que por
todas las alabanzas que puedan darle los más elocuentes de la tierra.
-Agora bien, señor don Quijote -replicó la duquesa-, la hora de cenar se
llega, y el duque debe de esperar: venga vuesa merced y cenemos, y
acostaráse temprano, que el viaje que ayer hizo de Candaya no fue tan corto
que no haya causado algún molimiento.
-No siento ninguno, señora -respondió don Quijote-, porque osaré jurar a
Vuestra Excelencia que en mi vida he subido sobre bestia más reposada ni de
mejor paso que Clavileño; y no sé yo qué le pudo mover a Malambruno para
deshacerse de tan ligera y tan gentil cabalgadura, y abrasarla así, sin más
ni más.
-A eso se puede imaginar -respondió la duquesa- que, arrepentido del mal
que había hecho a la Trifaldi y compañía, y a otras personas, y de las
maldades que como hechicero y encantador debía de haber cometido, quiso
concluir con todos los instrumentos de su oficio, y, como a principal y que
más le traía desasosegado, vagando de tierra en tierra, abrasó a Clavileño;
que con sus abrasadas cenizas y con el trofeo del cartel queda eterno el
valor del gran don Quijote de la Mancha.
De nuevo nuevas gracias dio don Quijote a la duquesa, y, en cenando, don
Quijote se retiró en su aposento solo, sin consentir que nadie entrase con
él a servirle: tanto se temía de encontrar ocasiones que le moviesen o
forzasen a perder el honesto decoro que a su señora Dulcinea guardaba,
siempre puesta en la imaginación la bondad de Amadís, flor y espejo de los
andantes caballeros. Cerró tras sí la puerta, y a la luz de dos velas de
cera se desnudó, y al descalzarse -¡oh desgracia indigna de tal persona!-
se le soltaron, no suspiros, ni otra cosa, que desacreditasen la limpieza
de su policía, sino hasta dos docenas de puntos de una media, que quedó
hecha celosía. Afligióse en estremo el buen señor, y diera él por tener
allí un adarme de seda verde una onza de plata; digo seda verde porque las
medias eran verdes.
Aquí exclamó Benengeli, y, escribiendo, dijo ''¡Oh pobreza, pobreza! ¡No sé
yo con qué razón se movió aquel gran poeta cordobés a llamarte
dádiva santa desagradecida!
Yo, aunque moro, bien sé, por la comunicación que he tenido con cristianos,
que la santidad consiste en la caridad, humildad, fee, obediencia y
pobreza; pero, con todo eso, digo que ha de tener mucho de Dios el que se
viniere a contentar con ser pobre, si no es de aquel modo de pobreza de
quien dice uno de sus mayores santos: "Tened todas las cosas como si no las
tuviésedes"; y a esto llaman pobreza de espíritu; pero tú, segunda pobreza,
que eres de la que yo hablo, ¿por qué quieres estrellarte con los hidalgos
y bien nacidos más que con la otra gente? ¿Por qué los obligas a dar
pantalia a los zapatos, y a que los botones de sus ropillas unos sean de
seda, otros de cerdas, y otros de vidro? ¿Por qué sus cuellos, por la mayor
parte, han de ser siempre escarolados, y no abiertos con molde?'' Y en esto
se echará de ver que es antiguo el uso del almidón y de los cuellos
abiertos. Y prosiguió: ''¡Miserable del bien nacido que va dando pistos a
su honra, comiendo mal y a puerta cerrada, haciendo hipócrita al palillo de
dientes con que sale a la calle después de no haber comido cosa que le
obligue a limpiárselos! ¡Miserable de aquel, digo, que tiene la honra
espantadiza, y piensa que desde una legua se le descubre el remiendo del
zapato, el trasudor del sombrero, la hilaza del herreruelo y la hambre de
su estómago!''
Todo esto se le renovó a don Quijote en la soltura de sus puntos, pero
consolóse con ver que Sancho le había dejado unas botas de camino, que
pensó ponerse otro día. Finalmente, él se recostó pensativo y pesaroso, así
de la falta que Sancho le hacía como de la inreparable desgracia de sus
medias, a quien tomara los puntos, aunque fuera con seda de otra color, que
es una de las mayores señales de miseria que un hidalgo puede dar en el
discurso de su prolija estrecheza. Mató las velas; hacía calor y no podía
dormir; levantóse del lecho y abrió un poco la ventana de una reja que daba
sobre un hermoso jardín, y, al abrirla, sintió y oyó que andaba y hablaba
gente en el jardín. Púsose a escuchar atentamente. Levantaron la voz los de
abajo, tanto, que pudo oír estas razones:
-No me porfíes, ¡oh Emerencia!, que cante, pues sabes que, desde el punto
que este forastero entró en este castillo y mis ojos le miraron, yo no sé
cantar, sino llorar; cuanto más, que el sueño de mi señora tiene más de
ligero que de pesado, y no querría que nos hallase aquí por todo el tesoro
del mundo. Y, puesto caso que durmiese y no despertase, en vano sería mi
canto si duerme y no despierta para oírle este nuevo Eneas, que ha llegado
a mis regiones para dejarme escarnida.
-No des en eso, Altisidora amiga -respondieron-, que sin duda la duquesa y
cuantos hay en esa casa duermen, si no es el señor de tu corazón y el
despertador de tu alma, porque ahora sentí que abría la ventana de la reja
de su estancia, y sin duda debe de estar despierto; canta, lastimada mía,
en tono bajo y suave al son de tu arpa, y, cuando la duquesa nos sienta, le
echaremos la culpa al calor que hace.
-No está en eso el punto, ¡oh Emerencia! -respondió la Altisidora-, sino en
que no querría que mi canto descubriese mi corazón y fuese juzgada de los
que no tienen noticia de las fuerzas poderosas de amor por doncella
antojadiza y liviana. Pero venga lo que viniere, que más vale vergüenza en
cara que mancilla en corazón.
Y, en esto, sintió tocar una arpa suavísimamente. Oyendo lo cual, quedó don
Quijote pasmado, porque en aquel instante se le vinieron a la memoria las
infinitas aventuras semejantes a aquélla, de ventanas, rejas y jardines,
músicas, requiebros y desvanecimientos que en los sus desvanecidos libros
de caballerías había leído. Luego imaginó que alguna doncella de la duquesa
estaba dél enamorada, y que la honestidad la forzaba a tener secreta su
voluntad; temió no le rindiese, y propuso en su pensamiento el no dejarse
vencer; y, encomendándose de todo buen ánimo y buen talante a su señora
Dulcinea del Toboso, determinó de escuchar la música; y, para dar a
entender que allí estaba, dio un fingido estornudo, de que no poco se
alegraron las doncellas, que otra cosa no deseaban sino que don Quijote las
oyese. Recorrida, pues, y afinada la arpa, Altisidora dio principio a este
romance:
-¡Oh, tú, que estás en tu lecho,
entre sábanas de holanda,
durmiendo a pierna tendida
de la noche a la mañana,
caballero el más valiente
que ha producido la Mancha,
más honesto y más bendito
que el oro fino de Arabia!
Oye a una triste doncella,
bien crecida y mal lograda,
que en la luz de tus dos soles
se siente abrasar el alma.
Tú buscas tus aventuras,
y ajenas desdichas hallas;
das las feridas, y niegas
el remedio de sanarlas.
Dime, valeroso joven,
que Dios prospere tus ansias,
si te criaste en la Libia,
o en las montañas de Jaca;
si sierpes te dieron leche;
si, a dicha, fueron tus amas
la aspereza de las selvas
y el horror de las montañas.
Muy bien puede Dulcinea,
doncella rolliza y sana,
preciarse de que ha rendido
a una tigre y fiera brava.
Por esto será famosa
desde Henares a Jarama,
desde el Tajo a Manzanares,
desde Pisuerga hasta Arlanza.
Trocáreme yo por ella,
y diera encima una saya
de las más gayadas mías,
que de oro le adornan franjas.
¡Oh, quién se viera en tus brazos,
o si no, junto a tu cama,
rascándote la cabeza
y matándote la caspa!
Mucho pido, y no soy digna
de merced tan señalada:
los pies quisiera traerte,
que a una humilde esto le basta.
¡Oh, qué de cofias te diera,
qué de escarpines de plata,
qué de calzas de damasco,
qué de herreruelos de holanda!
¡Qué de finísimas perlas,
cada cual como una agalla,
que, a no tener compañeras,
Las solas fueran llamadas!
No mires de tu Tarpeya
este incendio que me abrasa,
Nerón manchego del mundo,
ni le avives con tu saña.
Niña soy, pulcela tierna,
mi edad de quince no pasa:
catorce tengo y tres meses,
te juro en Dios y en mi ánima.
No soy renca, ni soy coja,
ni tengo nada de manca;
los cabellos, como lirios,
que, en pie, por el suelo arrastran.
Y, aunque es mi boca aguileña
y la nariz algo chata,
ser mis dientes de topacios
mi belleza al cielo ensalza.
Mi voz, ya ves, si me escuchas,
que a la que es más dulce iguala,
y soy de disposición
algo menos que mediana.
Estas y otras gracias mías,
son despojos de tu aljaba;
desta casa soy doncella,
y Altisidora me llaman.
Aquí dio fin el canto de la malferida Altisidora, y comenzó el asombro del
requirido don Quijote, el cual, dando un gran suspiro, dijo entre sí:
-¡Que tengo de ser tan desdichado andante, que no ha de haber doncella que
me mire que de mí no se enamore...! ¡Que tenga de ser tan corta de ventura
la sin par Dulcinea del Toboso, que no la han de dejar a solas gozar de la
incomparable firmeza mía...! ¿Qué la queréis, reinas? ¿A qué la perseguís,
emperatrices? ¿Para qué la acosáis, doncellas de a catorce a quince años?
Dejad, dejad a la miserable que triunfe, se goce y ufane con la suerte que
Amor quiso darle en rendirle mi corazón y entregarle mi alma. Mirad,
caterva enamorada, que para sola Dulcinea soy de masa y de alfenique, y
para todas las demás soy de pedernal; para ella soy miel, y para vosotras
acíbar; para mí sola Dulcinea es la hermosa, la discreta, la honesta, la
gallarda y la bien nacida, y las demás, las feas, las necias, las livianas
y las de peor linaje; para ser yo suyo, y no de otra alguna, me arrojó la
naturaleza al mundo. Llore o cante Altisidora; desespérese Madama, por
quien me aporrearon en el castillo del moro encantado, que yo tengo de ser
de Dulcinea, cocido o asado, limpio, bien criado y honesto, a pesar de
todas las potestades hechiceras de la tierra.
Y, con esto, cerró de golpe la ventana, y, despechado y pesaroso, como si
le hubiera acontecido alguna gran desgracia, se acostó en su lecho, donde
le dejaremos por ahora, porque nos está llamando el gran Sancho Panza, que
quiere dar principio a su famoso gobierno.
Capítulo XLV. De cómo el gran Sancho Panza tomó la posesión de su ínsula, y
del modo que comenzó a gobernar
¡Oh perpetuo descubridor de los antípodas, hacha del mundo, ojo del cielo,
meneo dulce de las cantimploras, Timbrio aquí, Febo allí, tirador acá,
médico acullá, padre de la Poesía, inventor de la Música: tú que siempre
sales, y, aunque lo parece, nunca te pones! A ti digo, ¡oh sol, con cuya
ayuda el hombre engendra al hombre!; a ti digo que me favorezcas, y
alumbres la escuridad de mi ingenio, para que pueda discurrir por sus
puntos en la narración del gobierno del gran Sancho Panza; que sin ti, yo
me siento tibio, desmazalado y confuso.
Digo, pues, que con todo su acompañamiento llegó Sancho a un lugar de hasta
mil vecinos, que era de los mejores que el duque tenía. Diéronle a entender
que se llamaba la ínsula Barataria, o ya porque el lugar se llamaba
Baratario, o ya por el barato con que se le había dado el gobierno. Al
llegar a las puertas de la villa, que era cercada, salió el regimiento del
pueblo a recebirle; tocaron las campanas, y todos los vecinos dieron
muestras de general alegría, y con mucha pompa le llevaron a la iglesia
mayor a dar gracias a Dios, y luego, con algunas ridículas ceremonias, le
entregaron las llaves del pueblo, y le admitieron por perpetuo gobernador
de la ínsula Barataria.
El traje, las barbas, la gordura y pequeñez del nuevo gobernador tenía
admirada a toda la gente que el busilis del cuento no sabía, y aun a todos
los que lo sabían, que eran muchos. Finalmente, en sacándole de la iglesia,
le llevaron a la silla del juzgado y le sentaron en ella; y el mayordomo
del duque le dijo:
-Es costumbre antigua en esta ínsula, señor gobernador, que el que viene a
tomar posesión desta famosa ínsula está obligado a responder a una pregunta
que se le hiciere, que sea algo intricada y dificultosa, de cuya respuesta
el pueblo toma y toca el pulso del ingenio de su nuevo gobernador; y así, o
se alegra o se entristece con su venida.
En tanto que el mayordomo decía esto a Sancho, estaba él mirando unas
grandes y muchas letras que en la pared frontera de su silla estaban
escritas; y, como él no sabía leer, preguntó que qué eran aquellas pinturas
que en aquella pared estaban. Fuele respondido:
-Señor, allí esta escrito y notado el día en que Vuestra Señoría tomó
posesión desta ínsula, y dice el epitafio: Hoy día, a tantos de tal mes y
de tal año, tomó la posesión desta ínsula el señor don Sancho Panza, que
muchos años la goce.
-Y ¿a quién llaman don Sancho Panza? -preguntó Sancho.
-A vuestra señoría -respondió el mayordomo-, que en esta ínsula no ha
entrado otro Panza sino el que está sentado en esa silla.
-Pues advertid, hermano -dijo Sancho-, que yo no tengo don, ni en todo mi
linaje le ha habido: Sancho Panza me llaman a secas, y Sancho se llamó mi
padre, y Sancho mi agüelo, y todos fueron Panzas, sin añadiduras de dones
ni donas; y yo imagino que en esta ínsula debe de haber más dones que
piedras; pero basta: Dios me entiende, y podrá ser que, si el gobierno me
dura cuatro días, yo escardaré estos dones, que, por la muchedumbre, deben
de enfadar como los mosquitos. Pase adelante con su pregunta el señor
mayordomo, que yo responderé lo mejor que supiere, ora se entristezca o no
se entristezca el pueblo.
A este instante entraron en el juzgado dos hombres, el uno vestido de
labrador y el otro de sastre, porque traía unas tijeras en la mano, y el
sastre dijo:
-Señor gobernador, yo y este hombre labrador venimos ante vuestra merced en
razón que este buen hombre llegó a mi tienda ayer (que yo, con perdón de
los presentes, soy sastre examinado, que Dios sea bendito), y, poniéndome
un pedazo de paño en las manos, me preguntó: ''Señor, ¿habría en esto
paño harto para hacerme una caperuza?'' Yo, tanteando el paño, le respondí
que sí; él debióse de imaginar, a lo que yo imagino, e imaginé bien, que
sin duda yo le quería hurtar alguna parte del paño, fundándose en su
malicia y en la mala opinión de los sastres, y replicóme que mirase si
habría para dos; adivinéle el pensamiento y díjele que sí; y él, caballero
en su dañada y primera intención, fue añadiendo caperuzas, y yo añadiendo
síes, hasta que llegamos a cinco caperuzas, y ahora en este punto acaba de
venir por ellas: yo se las doy, y no me quiere pagar la hechura, antes me
pide que le pague o vuelva su paño.
-¿Es todo esto así, hermano? -preguntó Sancho.
-Sí, señor -respondió el hombre-, pero hágale vuestra merced que muestre
las cinco caperuzas que me ha hecho.
-De buena gana -respondió el sastre.
Y, sacando encontinente la mano debajo del herreruelo, mostró en ella cinco
caperuzas puestas en las cinco cabezas de los dedos de la mano, y dijo:
-He aquí las cinco caperuzas que este buen hombre me pide, y en Dios y en
mi conciencia que no me ha quedado nada del paño, y yo daré la obra a vista
de veedores del oficio.
Todos los presentes se rieron de la multitud de las caperuzas y del nuevo
pleito. Sancho se puso a considerar un poco, y dijo:
-Paréceme que en este pleito no ha de haber largas dilaciones, sino juzgar
luego a juicio de buen varón; y así, yo doy por sentencia que el sastre
pierda las hechuras, y el labrador el paño, y las caperuzas se lleven a los
presos de la cárcel, y no haya más.
Si la sentencia pasada de la bolsa del ganadero movió a admiración a los
circunstantes, ésta les provocó a risa; pero, en fin, se hizo lo que mandó
el gobernador; ante el cual se presentaron dos hombres ancianos; el uno
traía una cañaheja por báculo, y el sin báculo dijo:
-Señor, a este buen hombre le presté días ha diez escudos de oro en oro,
por hacerle placer y buena obra, con condición que me los volviese cuando
se los pidiese; pasáronse muchos días sin pedírselos, por no ponerle en
mayor necesidad de volvérmelos que la que él tenía cuando yo se los presté;
pero, por parecerme que se descuidaba en la paga, se los he pedido una y
muchas veces, y no solamente no me los vuelve, pero me los niega y dice que
nunca tales diez escudos le presté, y que si se los presté, que ya me los
ha vuelto. Yo no tengo testigos ni del prestado ni de la vuelta, porque no
me los ha vuelto; querría que vuestra merced le tomase juramento, y si
jurare que me los ha vuelto, yo se los perdono para aquí y para delante de
Dios.
-¿Qué decís vos a esto, buen viejo del báculo? -dijo Sancho.
A lo que dijo el viejo:
-Yo, señor, confieso que me los prestó, y baje vuestra merced esa vara; y,
pues él lo deja en mi juramento, yo juraré como se los he vuelto y pagado
real y verdaderamente.
Bajó el gobernador la vara, y, en tanto, el viejo del báculo dio el báculo
al otro viejo, que se le tuviese en tanto que juraba, como si le embarazara
mucho, y luego puso la mano en la cruz de la vara, diciendo que era verdad
que se le habían prestado aquellos diez escudos que se le pedían; pero que
él se los había vuelto de su mano a la suya, y que por no caer en ello se
los volvía a pedir por momentos. Viendo lo cual el gran gobernador,
preguntó al acreedor qué respondía a lo que decía su contrario; y dijo que
sin duda alguna su deudor debía de decir verdad, porque le tenía por hombre
de bien y buen cristiano, y que a él se le debía de haber olvidado el cómo
y cuándo se los había vuelto, y que desde allí en adelante jamás le pidiría
nada. Tornó a tomar su báculo el deudor, y, bajando la cabeza, se salió del
juzgado. Visto lo cual Sancho, y que sin más ni más se iba, y viendo
también la paciencia del demandante, inclinó la cabeza sobre el pecho, y,
poniéndose el índice de la mano derecha sobre las cejas y las narices,
estuvo como pensativo un pequeño espacio, y luego alzó la cabeza y mandó
que le llamasen al viejo del báculo, que ya se había ido. Trujéronsele, y,
en viéndole Sancho, le dijo:
-Dadme, buen hombre, ese báculo, que le he menester.
-De muy buena gana -respondió el viejo-: hele aquí, señor.
Y púsosele en la mano. Tomóle Sancho, y, dándosele al otro viejo, le dijo:
-Andad con Dios, que ya vais pagado.
-¿Yo, señor? -respondió el viejo-. Pues, ¿vale esta cañaheja diez escudos
de oro?
-Sí -dijo el gobernador-; o si no, yo soy el mayor porro del mundo. Y ahora
se verá si tengo yo caletre para gobernar todo un reino.
Y mandó que allí, delante de todos, se rompiese y abriese la caña. Hízose
así, y en el corazón della hallaron diez escudos en oro. Quedaron todos
admirados, y tuvieron a su gobernador por un nuevo Salomón.
Preguntáronle de dónde había colegido que en aquella cañaheja estaban
aquellos diez escudos, y respondió que de haberle visto dar el viejo que
juraba, a su contrario, aquel báculo, en tanto que hacía el juramento, y
jurar que se los había dado real y verdaderamente, y que, en acabando de
jurar, le tornó a pedir el báculo, le vino a la imaginación que dentro dél
estaba la paga de lo que pedían. De donde se podía colegir que los que
gobiernan, aunque sean unos tontos, tal vez los encamina Dios en sus
juicios; y más, que él había oído contar otro caso como aquél al cura de su
lugar, y que él tenía tan gran memoria, que, a no olvidársele todo aquello
de que quería acordarse, no hubiera tal memoria en toda la ínsula.
Finalmente, el un viejo corrido y el otro pagado, se fueron, y los
presentes quedaron admirados, y el que escribía las palabras, hechos y
movimientos de Sancho no acababa de determinarse si le tendría y pondría
por tonto o por discreto.
Luego, acabado este pleito, entró en el juzgado una mujer asida fuertemente
de un hombre vestido de ganadero rico, la cual venía dando grandes voces,
diciendo:
-¡Justicia, señor gobernador, justicia, y si no la hallo en la tierra, la
iré a buscar al cielo! Señor gobernador de mi ánima, este mal hombre me ha
cogido en la mitad dese campo, y se ha aprovechado de mi cuerpo como si
fuera trapo mal lavado, y, ¡desdichada de mí!, me ha llevado lo que yo
tenía guardado más de veinte y tres años ha, defendiéndolo de moros y
cristianos, de naturales y estranjeros; y yo, siempre dura como un
alcornoque, conservándome entera como la salamanquesa en el fuego, o como
la lana entre las zarzas, para que este buen hombre llegase ahora con sus
manos limpias a manosearme.
-Aun eso está por averiguar: si tiene limpias o no las manos este galán
-dijo Sancho.
Y, volviéndose al hombre, le dijo qué decía y respondía a la querella de
aquella mujer. El cual, todo turbado, respondió:
-Señores, yo soy un pobre ganadero de ganado de cerda, y esta mañana salía
deste lugar de vender, con perdón sea dicho, cuatro puercos, que me
llevaron de alcabalas y socaliñas poco menos de lo que ellos valían;
volvíame a mi aldea, topé en el camino a esta buena dueña, y el diablo, que
todo lo añasca y todo lo cuece, hizo que yogásemos juntos; paguéle lo
soficiente, y ella, mal contenta, asió de mí, y no me ha dejado hasta
traerme a este puesto. Dice que la forcé, y miente, para el juramento que
hago o pienso hacer; y ésta es toda la verdad, sin faltar meaja.
Entonces el gobernador le preguntó si traía consigo algún dinero en plata;
él dijo que hasta veinte ducados tenía en el seno, en una bolsa de cuero.
Mandó que la sacase y se la entregase, así como estaba, a la querellante;
él lo hizo temblando; tomóla la mujer, y, haciendo mil zalemas a todos y
rogando a Dios por la vida y salud del señor gobernador, que así miraba por
las huérfanas menesterosas y doncellas; y con esto se salió del juzgado,
llevando la bolsa asida con entrambas manos, aunque primero miró si era de
plata la moneda que llevaba dentro.
Apenas salió, cuando Sancho dijo al ganadero, que ya se le saltaban las
lágrimas, y los ojos y el corazón se iban tras su bolsa:
-Buen hombre, id tras aquella mujer y quitadle la bolsa, aunque no quiera,
y volved aquí con ella.
Y no lo dijo a tonto ni a sordo, porque luego partió como un rayo y fue a
lo que se le mandaba. Todos los presentes estaban suspensos, esperando el
fin de aquel pleito, y de allí a poco volvieron el hombre y la mujer más
asidos y aferrados que la vez primera: ella la saya levantada y en el
regazo puesta la bolsa, y el hombre pugnando por quitársela; mas no era
posible, según la mujer la defendía, la cual daba voces diciendo:
-¡Justicia de Dios y del mundo! Mire vuestra merced, señor gobernador, la
poca vergüenza y el poco temor deste desalmado, que, en mitad de poblado y
en mitad de la calle, me ha querido quitar la bolsa que vuestra merced
mandó darme.
-Y ¿háosla quitado? -preguntó el gobernador.
-¿Cómo quitar? -respondió la mujer-. Antes me dejara yo quitar la vida que
me quiten la bolsa. ¡Bonita es la niña! ¡Otros gatos me han de echar a las
barbas, que no este desventurado y asqueroso! ¡Tenazas y martillos, mazos y
escoplos no serán bastantes a sacármela de las uñas, ni aun garras de
leones: antes el ánima de en mitad en mitad de las carnes!
-Ella tiene razón -dijo el hombre-, y yo me doy por rendido y sin fuerzas,
y confieso que las mías no son bastantes para quitársela, y déjola.
Entonces el gobernador dijo a la mujer:
-Mostrad, honrada y valiente, esa bolsa.
Ella se la dio luego, y el gobernador se la volvió al hombre, y dijo a la
esforzada y no forzada:
-Hermana mía, si el mismo aliento y valor que habéis mostrado para defender
esta bolsa le mostrárades, y aun la mitad menos, para defender vuestro
cuerpo, las fuerzas de Hércules no os hicieran fuerza. Andad con Dios, y
mucho de enhoramala, y no paréis en toda esta ínsula ni en seis leguas a la
redonda, so pena de docientos azotes. ¡Andad luego digo, churrillera,
desvergonzada y embaidora!
Espantóse la mujer y fuese cabizbaja y mal contenta, y el gobernador dijo
al hombre:
-Buen hombre, andad con Dios a vuestro lugar con vuestro dinero, y de aquí
adelante, si no le queréis perder, procurad que no os venga en voluntad de
yogar con nadie.
El hombre le dio las gracias lo peor que supo, y fuese, y los circunstantes
quedaron admirados de nuevo de los juicios y sentencias de su nuevo
gobernador. Todo lo cual, notado de su coronista, fue luego escrito al
duque, que con gran deseo lo estaba esperando.
Y quédese aquí el buen Sancho, que es mucha la priesa que nos da su amo,
alborozado con la música de Altisidora.
Capítulo XLVI. Del temeroso espanto cencerril y gatuno que recibió don
Quijote en el discurso de los amores de la enamorada Altisidora
Dejamos al gran don Quijote envuelto en los pensamientos que le habían
causado la música de la enamorada doncella Altisidora. Acostóse con ellos,
y, como si fueran pulgas, no le dejaron dormir ni sosegar un punto, y
juntábansele los que le faltaban de sus medias; pero, como es ligero el
tiempo, y no hay barranco que le detenga, corrió caballero en las horas, y
con mucha presteza llegó la de la mañana. Lo cual visto por don Quijote,
dejó las blandas plumas, y, no nada perezoso, se vistió su acamuzado
vestido y se calzó sus botas de camino, por encubrir la desgracia de sus
medias; arrojóse encima su mantón de escarlata y púsose en la cabeza una
montera de terciopelo verde, guarnecida de pasamanos de plata; colgó el
tahelí de sus hombros con su buena y tajadora espada, asió un gran rosario
que consigo contino traía, y con gran prosopopeya y contoneo salió a la
antesala, donde el duque y la duquesa estaban ya vestidos y como
esperándole; y, al pasar por una galería, estaban aposta esperándole
Altisidora y la otra doncella su amiga, y, así como Altisidora vio a don
Quijote, fingió desmayarse, y su amiga la recogió en sus faldas, y con gran
presteza la iba a desabrochar el pecho. Don Quijote, que lo vio, llegándose
a ellas, dijo:
-Ya sé yo de qué proceden estos accidentes.
-No sé yo de qué -respondió la amiga-, porque Altisidora es la doncella más
sana de toda esta casa, y yo nunca la he sentido un ¡ay! en cuanto ha que
la conozco, que mal hayan cuantos caballeros andantes hay en el mundo, si
es que todos son desagradecidos. Váyase vuesa merced, señor don Quijote,
que no volverá en sí esta pobre niña en tanto que vuesa merced aquí
estuviere.
A lo que respondió don Quijote:
-Haga vuesa merced, señora, que se me ponga un laúd esta noche en mi
aposento, que yo consolaré lo mejor que pudiere a esta lastimada doncella;
que en los principios amorosos los desengaños prestos suelen ser remedios
calificados.
Y con esto se fue, porque no fuese notado de los que allí le viesen. No se
hubo bien apartado, cuando, volviendo en sí la desmayada Altisidora, dijo a
su compañera:
-Menester será que se le ponga el laúd, que sin duda don Quijote quiere
darnos música, y no será mala, siendo suya.
Fueron luego a dar cuenta a la duquesa de lo que pasaba y del laúd que
pedía don Quijote, y ella, alegre sobremodo, concertó con el duque y con
sus doncellas de hacerle una burla que fuese más risueña que dañosa, y con
mucho contento esperaban la noche, que se vino tan apriesa como se había
venido el día, el cual pasaron los duques en sabrosas pláticas con don
Quijote. Y la duquesa aquel día real y verdaderamente despachó a un paje
suyo, que había hecho en la selva la figura encantada de Dulcinea, a Teresa
Panza, con la carta de su marido Sancho Panza, y con el lío de ropa que
había dejado para que se le enviase, encargándole le trujese buena
relación de todo lo que con ella pasase.
Hecho esto, y llegadas las once horas de la noche, halló don Quijote una
vihuela en su aposento; templóla, abrió la reja, y sintió que andaba gente
en el jardín; y, habiendo recorrido los trastes de la vihuela y afinándola
lo mejor que supo, escupió y remondóse el pecho, y luego, con una voz
ronquilla, aunque entonada, cantó el siguiente romance, que él mismo aquel
día había compuesto:
-Suelen las fuerzas de amor
sacar de quicio a las almas,
tomando por instrumento
la ociosidad descuidada.
Suele el coser y el labrar,
y el estar siempre ocupada,
ser antídoto al veneno
de las amorosas ansias.
Las doncellas recogidas
que aspiran a ser casadas,
la honestidad es la dote
y voz de sus alabanzas.
Los andantes caballeros,
y los que en la corte andan,
requiébranse con las libres,
con las honestas se casan.
Hay amores de levante,
que entre huéspedes se tratan,
que llegan presto al poniente,
porque en el partirse acaban.
El amor recién venido,
que hoy llegó y se va mañana,
las imágines no deja
bien impresas en el alma.
Pintura sobre pintura
ni se muestra ni señala;
y do hay primera belleza,
la segunda no hace baza.
Dulcinea del Toboso
del alma en la tabla rasa
tengo pintada de modo
que es imposible borrarla.
La firmeza en los amantes
es la parte más preciada,
por quien hace amor milagros,
y asimesmo los levanta.
Aquí llegaba don Quijote de su canto, a quien estaban escuchando el duque y
la duquesa, Altisidora y casi toda la gente del castillo, cuando de
improviso, desde encima de un corredor que sobre la reja de don Quijote a
plomo caía, descolgaron un cordel donde venían más de cien cencerros
asidos, y luego, tras ellos, derramaron un gran saco de gatos, que asimismo
traían cencerros menores atados a las colas. Fue tan grande el ruido de los
cencerros y el mayar de los gatos, que, aunque los duques habían sido
inventores de la burla, todavía les sobresaltó; y, temeroso, don Quijote
quedó pasmado. Y quiso la suerte que dos o tres gatos se entraron por la
reja de su estancia, y, dando de una parte a otra, parecía que una región
de diablos andaba en ella. Apagaron las velas que en el aposento ardían, y
andaban buscando por do escaparse. El descolgar y subir del cordel de los
grandes cencerros no cesaba; la mayor parte de la gente del castillo, que
no sabía la verdad del caso, estaba suspensa y admirada.
Levantóse don Quijote en pie, y, poniendo mano a la espada, comenzó a tirar
estocadas por la reja y a decir a grandes voces:
-¡Afuera, malignos encantadores! ¡Afuera, canalla hechiceresca, que yo soy
don Quijote de la Mancha, contra quien no valen ni tienen fuerza vuestras
malas intenciones!
Y, volviéndose a los gatos que andaban por el aposento, les tiró muchas
cuchilladas; ellos acudieron a la reja, y por allí se salieron, aunque uno,
viéndose tan acosado de las cuchilladas de don Quijote, le saltó al rostro
y le asió de las narices con las uñas y los dientes, por cuyo dolor don
Quijote comenzó a dar los mayores gritos que pudo. Oyendo lo cual el duque
y la duquesa, y considerando lo que podía ser, con mucha presteza acudieron
a su estancia, y, abriendo con llave maestra, vieron al pobre caballero
pugnando con todas sus fuerzas por arrancar el gato de su rostro. Entraron
con luces y vieron la desigual pelea; acudió el duque a despartirla, y don
Quijote dijo a voces:
-¡No me le quite nadie! ¡Déjenme mano a mano con este demonio, con este
hechicero, con este encantador, que yo le daré a entender de mí a él quién
es don Quijote de la Mancha!
Pero el gato, no curándose destas amenazas, gruñía y apretaba. Mas, en fin,
el duque se le desarraigó y le echó por la reja.
Quedó don Quijote acribado el rostro y no muy sanas las narices, aunque muy
despechado porque no le habían dejado fenecer la batalla que tan trabada
tenía con aquel malandrín encantador. Hicieron traer aceite de Aparicio, y
la misma Altisidora, con sus blanquísimas manos, le puso unas vendas por
todo lo herido; y, al ponérselas, con voz baja le dijo:
-Todas estas malandanzas te suceden, empedernido caballero, por el pecado
de tu dureza y pertinacia; y plega a Dios que se le olvide a Sancho tu
escudero el azotarse, porque nunca salga de su encanto esta tan amada tuya
Dulcinea, ni tú lo goces, ni llegues a tálamo con ella, a lo menos viviendo
yo, que te adoro.
A todo esto no respondió don Quijote otra palabra si no fue dar un profundo
suspiro, y luego se tendió en su lecho, agradeciendo a los duques la
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