Viendo y oyendo, pues, tanta morisma y tanto estruendo don Quijote,
parecióle ser bien dar ayuda a los que huían; y, levantándose en pie, en
voz alta, dijo:
-No consentiré yo en mis días y en mi presencia se le haga superchería a
tan famoso caballero y a tan atrevido enamorado como don Gaiferos.
¡Deteneos, mal nacida canalla; no le sigáis ni persigáis; si no, conmigo
sois en la batalla!
Y, diciendo y haciendo, desenvainó la espada, y de un brinco se puso junto
al retablo, y, con acelerada y nunca vista furia, comenzó a llover
cuchilladas sobre la titerera morisma, derribando a unos, descabezando a
otros, estropeando a éste, destrozando a aquél, y, entre otros muchos, tiró
un altibajo tal, que si maese Pedro no se abaja, se encoge y agazapa, le
cercenara la cabeza con más facilidad que si fuera hecha de masa de
mazapán. Daba voces maese Pedro, diciendo:
-Deténgase vuesa merced, señor don Quijote, y advierta que estos que
derriba, destroza y mata no son verdaderos moros, sino unas figurillas de
pasta. ¡Mire, pecador de mí, que me destruye y echa a perder toda mi
hacienda!
Mas no por esto dejaba de menudear don Quijote cuchilladas, mandobles,
tajos y reveses como llovidos. Finalmente, en menos de dos credos dio con
todo el retablo en el suelo, hechas pedazos y desmenuzadas todas sus
jarcias y figuras: el rey Marsilio, mal herido, y el emperador Carlomagno,
partida la corona y la cabeza en dos partes. Alborotóse el senado de los
oyentes, huyóse el mono por los tejados de la ventana, temió el primo,
acobardóse el paje, y hasta el mesmo Sancho Panza tuvo pavor grandísimo,
porque, como él juró después de pasada la borrasca, jamás había visto a su
señor con tan desatinada cólera. Hecho, pues, el general destrozo del
retablo, sosegóse un poco don Quijote y dijo:
-Quisiera yo tener aquí delante en este punto todos aquellos que no creen,
ni quieren creer, de cuánto provecho sean en el mundo los caballeros
andantes: miren, si no me hallara yo aquí presente, qué fuera del buen don
Gaiferos y de la hermosa Melisendra; a buen seguro que ésta fuera ya la
hora que los hubieran alcanzado estos canes, y les hubieran hecho algún
desaguisado. En resolución, ¡viva la andante caballería sobre cuantas cosas
hoy viven en la tierra!
-¡Vivan en hora buena -dijo a esta sazón con voz enfermiza maese Pedro-, y
muera yo, pues soy tan desdichado que puedo decir con el rey don Rodrigo:
Ayer fui señor de España...
y hoy no tengo una almena
que pueda decir que es mía!
No ha media hora, ni aun un mediano momento, que me vi señor de reyes y de
emperadores, llenas mis caballerizas y mis cofres y sacos de infinitos
caballos y de innumerables galas, y agora me veo desolado y abatido, pobre
y mendigo, y, sobre todo, sin mi mono, que a fe que primero que le vuelva a
mi poder me han de sudar los dientes; y todo por la furia mal considerada
deste señor caballero, de quien se dice que ampara pupilos, y endereza
tuertos, y hace otras obras caritativas; y en mí solo ha venido a
faltar su intención generosa, que sean benditos y alabados los cielos, allá
donde tienen más levantados sus asientos. En fin, el Caballero de la Triste
Figura había de ser aquel que había de desfigurar las mías.
Enternecióse Sancho Panza con las razones de maese Pedro, y díjole:
-No llores, maese Pedro, ni te lamentes, que me quiebras el corazón; porque
te hago saber que es mi señor don Quijote tan católico y escrupuloso
cristiano, que si él cae en la cuenta de que te ha hecho algún agravio, te
lo sabrá y te lo querrá pagar y satisfacer con muchas ventajas.
-Con que me pagase el señor don Quijote alguna parte de las hechuras que me
ha deshecho, quedaría contento, y su merced aseguraría su conciencia,
porque no se puede salvar quien tiene lo ajeno contra la voluntad de su
dueño y no lo restituye.
-Así es -dijo don Quijote-, pero hasta ahora yo no sé que tenga nada
vuestro, maese Pedro.
-¿Cómo no? -respondió maese Pedro-; y estas reliquias que están por este
duro y estéril suelo, ¿quién las esparció y aniquiló, sino la fuerza
invencible dese poderoso brazo?, y ¿cúyos eran sus cuerpos sino míos?, y
¿con quién me sustentaba yo sino con ellos?
-Ahora acabo de creer -dijo a este punto don Quijote- lo que otras muchas
veces he creído: que estos encantadores que me persiguen no hacen sino
ponerme las figuras como ellas son delante de los ojos, y luego me las
mudan y truecan en las que ellos quieren. Real y verdaderamente os digo,
señores que me oís, que a mí me pareció todo lo que aquí ha pasado que
pasaba al pie de la letra: que Melisendra era Melisendra, don Gaiferos don
Gaiferos, Marsilio Marsilio, y Carlomagno Carlomagno: por eso se me alteró
la cólera, y, por cumplir con mi profesión de caballero andante, quise dar
ayuda y favor a los que huían, y con este buen propósito hice lo que habéis
visto; si me ha salido al revés, no es culpa mía, sino de los malos que me
persiguen; y, con todo esto, deste mi yerro, aunque no ha procedido de
malicia, quiero yo mismo condenarme en costas: vea maese Pedro lo que
quiere por las figuras deshechas, que yo me ofrezco a pagárselo luego, en
buena y corriente moneda castellana.
Inclinósele maese Pedro, diciéndole:
-No esperaba yo menos de la inaudita cristiandad del valeroso don Quijote
de la Mancha, verdadero socorredor y amparo de todos los necesitados y
menesterosos vagamundos; y aquí el señor ventero y el gran Sancho serán
medianeros y apreciadores, entre vuesa merced y mí, de lo que valen o
podían valer las ya deshechas figuras.
El ventero y Sancho dijeron que así lo harían, y luego maese Pedro alzó del
suelo, con la cabeza menos, al rey Marsilio de Zaragoza, y dijo:
-Ya se vee cuán imposible es volver a este rey a su ser primero; y así, me
parece, salvo mejor juicio, que se me dé por su muerte, fin y acabamiento
cuatro reales y medio.
-¡Adelante! -dijo don Quijote.
-Pues por esta abertura de arriba abajo -prosiguió maese Pedro, tomando en
las manos al partido emperador Carlomagno-, no sería mucho que pidiese yo
cinco reales y un cuartillo.
-No es poco -dijo Sancho.
-Ni mucho -replicó el ventero-; médiese la partida y señálensele cinco
reales.
-Dénsele todos cinco y cuartillo -dijo don Quijote-, que no está en un
cuartillo más a menos la monta desta notable desgracia; y acabe presto
maese Pedro, que se hace hora de cenar, y yo tengo ciertos barruntos de
hambre.
-Por esta figura -dijo maese Pedro- que está sin narices y un ojo menos,
que es de la hermosa Melisendra, quiero, y me pongo en lo justo, dos reales
y doce maravedís.
-Aun ahí sería el diablo -dijo don Quijote-, si ya no estuviese Melisendra
con su esposo, por lo menos, en la raya de Francia; porque el caballo en
que iban, a mí me pareció que antes volaba que corría; y así, no hay para
qué venderme a mí el gato por liebre, presentándome aquí a Melisendra
desnarigada, estando la otra, si viene a mano, ahora holgándose en Francia
con su esposo a pierna tendida. Ayude Dios con lo suyo a cada uno, señor
maese Pedro, y caminemos todos con pie llano y con intención sana. Y
prosiga.
Maese Pedro, que vio que don Quijote izquierdeaba y que volvía a su
primer tema, no quiso que se le escapase; y así, le dijo:
-Ésta no debe de ser Melisendra, sino alguna de las doncellas que la
servían; y así, con sesenta maravedís que me den por ella quedaré contento
y bien pagado.
Desta manera fue poniendo precio a otras muchas destrozadas figuras, que
después los moderaron los dos jueces árbitros, con satisfación de las
partes, que llegaron a cuarenta reales y tres cuartillos; y, además desto,
que luego lo desembolsó Sancho, pidió maese Pedro dos reales por el trabajo
de tomar el mono.
-Dáselos, Sancho -dijo don Quijote-, no para tomar el mono, sino la mona; y
docientos diera yo ahora en albricias a quien me dijera con certidumbre que
la señora doña Melisendra y el señor don Gaiferos estaban ya en Francia y
entre los suyos.
-Ninguno nos lo podrá decir mejor que mi mono -dijo maese Pedro-, pero no
habrá diablo que ahora le tome; aunque imagino que el cariño y la hambre le
han de forzar a que me busque esta noche, y amanecerá Dios y verémonos.
En resolución, la borrasca del retablo se acabó y todos cenaron en paz y en
buena compañía, a costa de don Quijote, que era liberal en todo estremo.
Antes que amaneciese, se fue el que llevaba las lanzas y las alabardas, y
ya después de amanecido, se vinieron a despedir de don Quijote el primo y
el paje: el uno, para volverse a su tierra; y el otro, a proseguir su
camino, para ayuda del cual le dio don Quijote una docena de reales. Maese
Pedro no quiso volver a entrar en más dimes ni diretes con don Quijote, a
quien él conocía muy bien, y así, madrugó antes que el sol, y, cogiendo las
reliquias de su retablo y a su mono, se fue también a buscar sus aventuras.
El ventero, que no conocía a don Quijote, tan admirado le tenían sus
locuras como su liberalidad. Finalmente, Sancho le pagó muy bien, por orden
de su señor, y, despidiéndose dél, casi a las ocho del día dejaron la venta
y se pusieron en camino, donde los dejaremos ir; que así conviene para dar
lugar a contar otras cosas pertenecientes a la declaración desta famosa
historia.
Capítulo XXVII. Donde se da cuenta quiénes eran maese Pedro y su mono, con
el mal suceso que don Quijote tuvo en la aventura del rebuzno, que no la
acabó como él quisiera y como lo tenía pensado
Entra Cide Hamete, coronista desta grande historia, con estas palabras en
este capítulo: ''Juro como católico cristiano...''; a lo que su traductor
dice que el jurar Cide Hamete como católico cristiano, siendo él moro, como
sin duda lo era, no quiso decir otra cosa sino que, así como el católico
cristiano cuando jura, jura, o debe jurar, verdad, y decirla en lo que
dijere, así él la decía, como si jurara como cristiano católico, en lo que
quería escribir de don Quijote, especialmente en decir quién era maese
Pedro, y quién el mono adivino que traía admirados todos aquellos pueblos
con sus adivinanzas.
Dice, pues, que bien se acordará, el que hubiere leído la primera parte
desta historia, de aquel Ginés de Pasamonte, a quien, entre otros galeotes,
dio libertad don Quijote en Sierra Morena, beneficio que después le fue mal
agradecido y peor pagado de aquella gente maligna y mal acostumbrada. Este
Ginés de Pasamonte, a quien don Quijote llamaba Ginesillo de Parapilla, fue
el que hurtó a Sancho Panza el rucio; que, por no haberse puesto el cómo ni
el cuándo en la primera parte, por culpa de los impresores, ha dado en qué
entender a muchos, que atribuían a poca memoria del autor la falta de
emprenta. Pero, en resolución, Ginés le hurtó, estando sobre él durmiendo
Sancho Panza, usando de la traza y modo que usó Brunelo cuando, estando
Sacripante sobre Albraca, le sacó el caballo de entre las piernas, y
después le cobró Sancho, como se ha contado. Este Ginés, pues, temeroso de
no ser hallado de la justicia, que le buscaba para castigarle de sus
infinitas bellaquerías y delitos, que fueron tantos y tales, que él mismo
compuso un gran volumen contándolos, determinó pasarse al reino de Aragón y
cubrirse el ojo izquierdo, acomodándose al oficio de titerero; que esto y
el jugar de manos lo sabía hacer por estremo.
Sucedió, pues, que de unos cristianos ya libres que venían de Berbería
compró aquel mono, a quien enseñó que, en haciéndole cierta señal, se le
subiese en el hombro y le murmurase, o lo pareciese, al oído. Hecho esto,
antes que entrase en el lugar donde entraba con su retablo y mono, se
informaba en el lugar más cercano, o de quien él mejor podía, qué cosas
particulares hubiesen sucedido en el tal lugar, y a qué personas; y,
llevándolas bien en la memoria, lo primero que hacía era mostrar su
retablo, el cual unas veces era de una historia, y otras de otra; pero
todas alegres y regocijadas y conocidas. Acabada la muestra, proponía las
habilidades de su mono, diciendo al pueblo que adivinaba todo lo pasado y
lo presente; pero que en lo de por venir no se daba maña. Por la respuesta
de cada pregunta pedía dos reales, y de algunas hacía barato, según tomaba
el pulso a los preguntantes; y como tal vez llegaba a las casas de quien él
sabía los sucesos de los que en ella moraban, aunque no le preguntasen nada
por no pagarle, él hacía la seña al mono, y luego decía que le había dicho
tal y tal cosa, que venía de molde con lo sucedido. Con esto cobraba
crédito inefable, y andábanse todos tras él. Otras veces, como era tan
discreto, respondía de manera que las respuestas venían bien con las
preguntas; y, como nadie le apuraba ni apretaba a que dijese cómo adevinaba
su mono, a todos hacía monas, y llenaba sus esqueros.
Así como entró en la venta, conoció a don Quijote y a Sancho, por cuyo
conocimiento le fue fácil poner en admiración a don Quijote y a Sancho
Panza, y a todos los que en ella estaban; pero hubiérale de costar caro si
don Quijote bajara un poco más la mano cuando cortó la cabeza al rey
Marsilio y destruyó toda su caballería, como queda dicho en el antecedente
capítulo.
Esto es lo que hay que decir de maese Pedro y de su mono.
Y, volviendo a don Quijote de la Mancha, digo que, después de haber salido
de la venta, determinó de ver primero las riberas del río Ebro y todos
aquellos contornos, antes de entrar en la ciudad de Zaragoza, pues le daba
tiempo para todo el mucho que faltaba desde allí a las justas. Con esta
intención siguió su camino, por el cual anduvo dos días sin acontecerle
cosa digna de ponerse en escritura, hasta que al tercero, al subir de una
loma, oyó un gran rumor de atambores, de trompetas y arcabuces. Al
principio pensó que algún tercio de soldados pasaba por aquella parte, y
por verlos picó a Rocinante y subió la loma arriba; y cuando estuvo en la
cumbre, vio al pie della, a su parecer, más de docientos hombres armados de
diferentes suertes de armas, como si dijésemos lanzones, ballestas,
partesanas, alabardas y picas, y algunos arcabuces, y muchas rodelas. Bajó
del recuesto y acercóse al escuadrón, tanto, que distintamente vio las
banderas, juzgó de las colores y notó las empresas que en ellas traían,
especialmente una que en un estandarte o jirón de raso blanco venía, en el
cual estaba pintado muy al vivo un asno como un pequeño sardesco, la cabeza
levantada, la boca abierta y la lengua de fuera, en acto y postura como si
estuviera rebuznando; alrededor dél estaban escritos de letras grandes
estos dos versos:
No rebuznaron en balde
el uno y el otro alcalde.
Por esta insignia sacó don Quijote que aquella gente debía de ser del
pueblo del rebuzno, y así se lo dijo a Sancho, declarándole lo que en el
estandarte venía escrito. Díjole también que el que les había dado noticia
de aquel caso se había errado en decir que dos regidores habían sido los
que rebuznaron; pero que, según los versos del estandarte, no habían sido
sino alcaldes. A lo que respondió Sancho Panza:
-Señor, en eso no hay que reparar, que bien puede ser que los regidores que
entonces rebuznaron viniesen con el tiempo a ser alcaldes de su pueblo, y
así, se pueden llamar con entrambos títulos; cuanto más, que no hace al
caso a la verdad de la historia ser los rebuznadores alcaldes o regidores,
como ellos una por una hayan rebuznado; porque tan a pique está de rebuznar
un alcalde como un regidor.
Finalmente, conocieron y supieron como el pueblo corrido salía a pelear con
otro que le corría más de lo justo y de lo que se debía a la buena
vecindad.
Fuese llegando a ellos don Quijote, no con poca pesadumbre de Sancho, que
nunca fue amigo de hallarse en semejantes jornadas. Los del escuadrón le
recogieron en medio, creyendo que era alguno de los de su parcialidad. Don
Quijote, alzando la visera, con gentil brío y continente, llegó hasta el
estandarte del asno, y allí se le pusieron alrededor todos los más
principales del ejército, por verle, admirados con la admiración
acostumbrada en que caían todos aquellos que la vez primera le miraban. Don
Quijote, que los vio tan atentos a mirarle, sin que ninguno le hablase ni
le preguntase nada, quiso aprovecharse de aquel silencio, y, rompiendo el
suyo, alzó la voz y dijo:
-Buenos señores, cuan encarecidamente puedo, os suplico que no interrumpáis
un razonamiento que quiero haceros, hasta que veáis que os disgusta y
enfada; que si esto sucede, con la más mínima señal que me hagáis pondré un
sello en mi boca y echaré una mordaza a mi lengua.
Todos le dijeron que dijese lo que quisiese, que de buena gana le
escucharían. Don Quijote, con esta licencia, prosiguió diciendo:
Yo, señores míos, soy caballero andante, cuyo ejercicio es el de las armas,
y cuya profesión la de favorecer a los necesitados de favor y acudir a los
menesterosos. Días ha que he sabido vuestra desgracia y la causa que os
mueve a tomar las armas a cada paso, para vengaros de vuestros enemigos; y,
habiendo discurrido una y muchas veces en mi entendimiento sobre vuestro
negocio, hallo, según las leyes del duelo, que estáis engañados en teneros
por afrentados, porque ningún particular puede afrentar a un pueblo entero,
si no es retándole de traidor por junto, porque no sabe en particular quién
cometió la traición por que le reta. Ejemplo desto tenemos en don Diego
Ordóñez de Lara, que retó a todo el pueblo zamorano, porque ignoraba que
solo Vellido Dolfos había cometido la traición de matar a su rey; y así,
retó a todos, y a todos tocaba la venganza y la respuesta; aunque bien es
verdad que el señor don Diego anduvo algo demasiado, y aun pasó muy
adelante de los límites del reto, porque no tenía para qué retar a los
muertos, a las aguas, ni a los panes, ni a los que estaban por nacer, ni a
las otras menudencias que allí se declaran; pero, ¡vaya!, pues cuando la
cólera sale de madre, no tiene la lengua padre, ayo ni freno que la
corrija. Siendo, pues, esto así, que uno solo no puede afrentar a reino,
provincia, ciudad, república ni pueblo entero, queda en limpio que no hay
para qué salir a la venganza del reto de la tal afrenta, pues no lo es;
porque, ¡bueno sería que se matasen a cada paso los del pueblo de la Reloja
con quien se lo llama, ni los cazoleros, berenjeneros, ballenatos,
jaboneros, ni los de otros nombres y apellidos que andan por ahí en boca de
los muchachos y de gente de poco más a menos! ¡Bueno sería, por cierto, que
todos estos insignes pueblos se corriesen y vengasen, y anduviesen contino
hechas las espadas sacabuches a cualquier pendencia, por pequeña que fuese!
No, no, ni Dios lo permita o quiera. Los varones prudentes, las repúblicas
bien concertadas, por cuatro cosas han de tomar las armas y desenvainar las
espadas, y poner a riesgo sus personas, vidas y haciendas: la primera, por
defender la fe católica; la segunda, por defender su vida, que es de ley
natural y divina; la tercera, en defensa de su honra, de su familia y
hacienda; la cuarta, en servicio de su rey, en la guerra justa; y si le
quisiéremos añadir la quinta, que se puede contar por segunda, es en
defensa de su patria. A estas cinco causas, como capitales, se pueden
agregar algunas otras que sean justas y razonables, y que obliguen a tomar
las armas; pero tomarlas por niñerías y por cosas que antes son de risa y
pasatiempo que de afrenta, parece que quien las toma carece de todo
razonable discurso; cuanto más, que el tomar venganza injusta, que justa no
puede haber alguna que lo sea, va derechamente contra la santa ley que
profesamos, en la cual se nos manda que hagamos bien a nuestros enemigos y
que amemos a los que nos aborrecen; mandamiento que, aunque parece algo
dificultoso de cumplir, no lo es sino para aquellos que tienen menos de
Dios que del mundo, y más de carne que de espíritu; porque Jesucristo, Dios
y hombre verdadero, que nunca mintió, ni pudo ni puede mentir, siendo
legislador nuestro, dijo que su yugo era suave y su carga liviana; y así,
no nos había de mandar cosa que fuese imposible el cumplirla. Así que, mis
señores, vuesas mercedes están obligados por leyes divinas y humanas a
sosegarse.
-El diablo me lleve -dijo a esta sazón Sancho entre sí- si este mi amo no
es tólogo; y si no lo es, que lo parece como un güevo a otro.
Tomó un poco de aliento don Quijote, y, viendo que todavía le prestaban
silencio, quiso pasar adelante en su plática, como pasara ni no se pusiere
en medio la agudeza de Sancho, el cual, viendo que su amo se detenía, tomó
la mano por él, diciendo:
-Mi señor don Quijote de la Mancha, que un tiempo se llamó el Caballero de
la Triste Figura y ahora se llama el Caballero de los Leones, es un hidalgo
muy atentado, que sabe latín y romance como un bachiller, y en todo cuanto
trata y aconseja procede como muy buen soldado, y tiene todas las leyes y
ordenanzas de lo que llaman el duelo en la uña; y así, no hay más que hacer
sino dejarse llevar por lo que él dijere, y sobre mí si lo erraren; cuanto
más, que ello se está dicho que es necedad correrse por sólo oír un
rebuzno, que yo me acuerdo, cuando muchacho, que rebuznaba cada y cuando
que se me antojaba, sin que nadie me fuese a la mano, y con tanta gracia y
propiedad que, en rebuznando yo, rebuznaban todos los asnos del pueblo, y
no por eso dejaba de ser hijo de mis padres, que eran honradísimos; y,
aunque por esta habilidad era invidiado de más de cuatro de los estirados
de mi pueblo, no se me daba dos ardites. Y, porque se vea que digo verdad,
esperen y escuchen, que esta ciencia es como la del nadar: que, una vez
aprendida, nunca se olvida.
Y luego, puesta la mano en las narices, comenzó a rebuznar tan reciamente,
que todos los cercanos valles retumbaron. Pero uno de los que estaban junto
a él, creyendo que hacía burla dellos, alzó un varapalo que en la mano
tenía, y diole tal golpe con él, que, sin ser poderoso a otra cosa, dio con
Sancho Panza en el suelo. Don Quijote, que vio tan malparado a Sancho,
arremetió al que le había dado, con la lanza sobre mano, pero fueron tantos
los que se pusieron en medio, que no fue posible vengarle; antes, viendo
que llovía sobre él un nublado de piedras, y que le amenazaban mil
encaradas ballestas y no menos cantidad de arcabuces, volvió las riendas a
Rocinante, y a todo lo que su galope pudo, se salió de entre ellos,
encomendándose de todo corazón a Dios, que de aquel peligro le librase,
temiendo a cada paso no le entrase alguna bala por las espaldas y le
saliese al pecho; y a cada punto recogía el aliento, por ver si le faltaba.
Pero los del escuadrón se contentaron con verle huir, sin tirarle. A Sancho
le pusieron sobre su jumento, apenas vuelto en sí, y le dejaron ir tras su
amo, no porque él tuviese sentido para regirle; pero el rucio siguió las
huellas de Rocinante, sin el cual no se hallaba un punto. Alongado, pues,
don Quijote buen trecho, volvió la cabeza y vio que Sancho venía, y
atendióle, viendo que ninguno le seguía.
Los del escuadrón se estuvieron allí hasta la noche, y, por no haber salido
a la batalla sus contrarios, se volvieron a su pueblo, regocijados y
alegres; y si ellos supieran la costumbre antigua de los griegos,
levantaran en aquel lugar y sitio un trofeo.
Capítulo XXVIII. De cosas que dice Benengeli que las sabrá quien le leyere,
si las lee con atención
Cuando el valiente huye, la superchería está descubierta, y es de varones
prudentes guardarse para mejor ocasión. Esta verdad se verificó en don
Quijote, el cual, dando lugar a la furia del pueblo y a las malas
intenciones de aquel indignado escuadrón, puso pies en polvorosa, y, sin
acordarse de Sancho ni del peligro en que le dejaba, se apartó tanto cuanto
le pareció que bastaba para estar seguro. Seguíale Sancho, atravesado en su
jumento, como queda referido. Llegó, en fin, ya vuelto en su acuerdo, y al
llegar, se dejó caer del rucio a los pies de Rocinante, todo ansioso, todo
molido y todo apaleado. Apeóse don Quijote para catarle las feridas; pero,
como le hallase sano de los pies a la cabeza, con asaz cólera le dijo:
-¡Tan en hora mala supistes vos rebuznar, Sancho! Y ¿dónde hallastes vos
ser bueno el nombrar la soga en casa del ahorcado? A música de rebuznos,
¿qué contrapunto se había de llevar sino de varapalos? Y dad gracias a
Dios, Sancho, que ya que os santiguaron con un palo, no os hicieron el per
signum crucis con un alfanje.
-No estoy para responder -respondió Sancho-, porque me parece que hablo por
las espaldas. Subamos y apartémonos de aquí, que yo pondré silencio en mis
rebuznos, pero no en dejar de decir que los caballeros andantes huyen, y
dejan a sus buenos escuderos molidos como alheña, o como cibera, en poder
de sus enemigos.
-No huye el que se retira -respondió don Quijote-, porque has de saber,
Sancho, que la valentía que no se funda sobre la basa de la prudencia se
llama temeridad, y las hazañas del temerario más se atribuyen a la buena
fortuna que a su ánimo. Y así, yo confieso que me he retirado, pero no
huido; y en esto he imitado a muchos valientes, que se han guardado para
tiempos mejores, y desto están las historias llenas, las cuales, por no
serte a ti de provecho ni a mí de gusto, no te las refiero ahora.
En esto, ya estaba a caballo Sancho, ayudado de don Quijote, el cual
asimismo subió en Rocinante, y poco a poco se fueron a emboscar en una
alameda que hasta un cuarto de legua de allí se parecía. De cuando en
cuando daba Sancho unos ayes profundísimos y unos gemidos dolorosos; y,
preguntándole don Quijote la causa de tan amargo sentimiento, respondió
que, desde la punta del espinazo hasta la nuca del celebro, le dolía de
manera que le sacaba de sentido.
-La causa dese dolor debe de ser, sin duda -dijo don Quijote-, que, como
era el palo con que te dieron largo y tendido, te cogió todas las espaldas,
donde entran todas esas partes que te duelen; y si más te cogiera, más te
doliera.
-¡Por Dios -dijo Sancho-, que vuesa merced me ha sacado de una gran duda, y
que me la ha declarado por lindos términos! ¡Cuerpo de mí! ¿Tan encubierta
estaba la causa de mi dolor que ha sido menester decirme que me duele todo
todo aquello que alcanzó el palo? Si me dolieran los tobillos, aún pudiera
ser que se anduviera adivinando el porqué me dolían, pero dolerme lo que me
molieron no es mucho adivinar. A la fe, señor nuestro amo, el mal ajeno de
pelo cuelga, y cada día voy descubriendo tierra de lo poco que puedo
esperar de la compañía que con vuestra merced tengo; porque si esta vez me
ha dejado apalear, otra y otras ciento volveremos a los manteamientos de
marras y a otras muchacherías, que si ahora me han salido a las espaldas,
después me saldrán a los ojos. Harto mejor haría yo, sino que soy un
bárbaro, y no haré nada que bueno sea en toda mi vida; harto mejor haría
yo, vuelvo a decir, en volverme a mi casa, y a mi mujer, y a mis hijos, y
sustentarla y criarlos con lo que Dios fue servido de darme, y no andarme
tras vuesa merced por caminos sin camino y por sendas y carreras que no las
tienen, bebiendo mal y comiendo peor. Pues, ¡tomadme el dormir! Contad,
hermano escudero, siete pies de tierra, y si quisiéredes más, tomad otros
tantos, que en vuestra mano está escudillar, y tendeos a todo vuestro buen
talante; que quemado vea yo y hecho polvos al primero que dio puntada en la
andante caballería, o, a lo menos, al primero que quiso ser escudero de
tales tontos como debieron ser todos los caballeros andantes pasados. De
los presentes no digo nada, que, por ser vuestra merced uno dellos, los
tengo respeto, y porque sé que sabe vuesa merced un punto más que el diablo
en cuanto habla y en cuanto piensa.
-Haría yo una buena apuesta con vos, Sancho -dijo don Quijote-: que ahora
que vais hablando sin que nadie os vaya a la mano, que no os duele nada en
todo vuestro cuerpo. Hablad, hijo mío, todo aquello que os viniere al
pensamiento y a la boca; que, a trueco de que a vos no os duela nada,
tendré yo por gusto el enfado que me dan vuestras impertinencias. Y si
tanto deseáis volveros a vuestra casa con vuestra mujer y hijos, no permita
Dios que yo os lo impida; dineros tenéis míos: mirad cuánto ha que esta
tercera vez salimos de nuestro pueblo, y mirad lo que podéis y debéis ganar
cada mes, y pagaos de vuestra mano.
-Cuando yo servía -respondió Sancho- a Tomé Carrasco, el padre del
bachiller Sansón Carrasco, que vuestra merced bien conoce, dos ducados
ganaba cada mes, amén de la comida; con vuestra merced no sé lo que puedo
ganar, puesto que sé que tiene más trabajo el escudero del caballero
andante que el que sirve a un labrador; que, en resolución, los que
servimos a labradores, por mucho que trabajemos de día, por mal que suceda,
a la noche cenamos olla y dormimos en cama, en la cual no he dormido
después que ha que sirvo a vuestra merced. Si no ha sido el tiempo breve
que estuvimos en casa de don Diego de Miranda, y la jira que tuve con la
espuma que saqué de las ollas de Camacho, y lo que comí y bebí y dormí en
casa de Basilio, todo el otro tiempo he dormido en la dura tierra, al cielo
abierto, sujeto a lo que dicen inclemencias del cielo, sustentándome con
rajas de queso y mendrugos de pan, y bebiendo aguas, ya de arroyos, ya de
fuentes, de las que encontramos por esos andurriales donde andamos.
-Confieso -dijo don Quijote- que todo lo que dices, Sancho, sea verdad.
¿Cuánto parece que os debo dar más de lo que os daba Tomé Carrasco?
-A mi parecer -dijo Sancho-, con dos reales más que vuestra merced añadiese
cada mes me tendría por bien pagado. Esto es cuanto al salario de mi
trabajo; pero, en cuanto a satisfacerme a la palabra y promesa que vuestra
merced me tiene hecha de darme el gobierno de una ínsula, sería justo que
se me añadiesen otros seis reales, que por todos serían treinta.
-Está muy bien -replicó don Quijote-; y, conforme al salario que vos os
habéis señalado, 23 días ha que salimos de nuestro pueblo: contad, Sancho,
rata por cantidad, y mirad lo que os debo, y pagaos, como os tengo dicho,
de vuestra mano.
-¡Oh, cuerpo de mí! -dijo Sancho-, que va vuestra merced muy errado en esta
cuenta, porque en lo de la promesa de la ínsula se ha de contar desde el
día que vuestra merced me la prometió hasta la presente hora en que
estamos.
-Pues, ¿qué tanto ha, Sancho, que os la prometí? -dijo don Quijote.
-Si yo mal no me acuerdo -respondió Sancho-, debe de haber más de veinte
años, tres días más a menos.
Diose don Quijote una gran palmada en la frente, y comenzó a reír muy de
gana, y dijo:
-Pues no anduve yo en Sierra Morena, ni en todo el discurso de nuestras
salidas, sino dos meses apenas, y ¿dices, Sancho, que ha veinte años que te
prometí la ínsula? Ahora digo que quieres que se consuman en tus salarios
el dinero que tienes mío; y si esto es así, y tú gustas dello, desde aquí
te lo doy, y buen provecho te haga; que, a trueco de verme sin tan mal
escudero, holgaréme de quedarme pobre y sin blanca. Pero dime, prevaricador
de las ordenanzas escuderiles de la andante caballería, ¿dónde has visto
tú, o leído, que ningún escudero de caballero andante se haya puesto con su
señor en tanto más cuánto me habéis de dar cada mes porque os sirva?
Éntrate, éntrate, malandrín, follón y vestiglo, que todo lo pareces;
éntrate, digo, por el mare magnum de sus historias, y si hallares que algún
escudero haya dicho, ni pensado, lo que aquí has dicho, quiero que me le
claves en la frente, y, por añadidura, me hagas cuatro mamonas selladas en
mi rostro. Vuelve las riendas, o el cabestro, al rucio, y vuélvete a tu
casa, porque un solo paso desde aquí no has de pasar más adelante conmigo.
¡Oh pan mal conocido! ¡Oh promesas mal colocadas! ¡Oh hombre que tiene más
de bestia que de persona! ¿Ahora, cuando yo pensaba ponerte en estado, y
tal, que a pesar de tu mujer te llamaran señoría, te despides? ¿Ahora te
vas, cuando yo venía con intención firme y valedera de hacerte señor de la
mejor ínsula del mundo? En fin, como tú has dicho otras veces, no es la
miel... etc. Asno eres, y asno has de ser, y en asno has de parar cuando se
te acabe el curso de la vida; que para mí tengo que antes llegará ella a su
último término que tú caigas y des en la cuenta de que eres bestia.
Miraba Sancho a don Quijote de en hito en hito, en tanto que los tales
vituperios le decía, y compungióse de manera que le vinieron las lágrimas a
los ojos, y con voz dolorida y enferma le dijo:
-Señor mío, yo confieso que para ser del todo asno no me falta más de la
cola; si vuestra merced quiere ponérmela, yo la daré por bien puesta, y le
serviré como jumento todos los días que me quedan de mi vida. Vuestra
merced me perdone y se duela de mi mocedad, y advierta que sé poco, y que
si hablo mucho, más procede de enfermedad que de malicia; mas, quien yerra
y se enmienda, a Dios se encomienda.
-Maravillárame yo, Sancho, si no mezclaras algún refrancico en tu coloquio.
Ahora bien, yo te perdono, con que te emiendes, y con que no te muestres de
aquí adelante tan amigo de tu interés, sino que procures ensanchar el
corazón, y te alientes y animes a esperar el cumplimiento de mis promesas,
que, aunque se tarda, no se imposibilita.
Sancho respondió que sí haría, aunque sacase fuerzas de flaqueza.
Con esto, se metieron en la alameda, y don Quijote se acomodó al pie de un
olmo, y Sancho al de una haya; que estos tales árboles y otros sus
semejantes siempre tienen pies, y no manos. Sancho pasó la noche
penosamente, porque el varapalo se hacía más sentir con el sereno. Don
Quijote la pasó en sus continuas memorias; pero, con todo eso, dieron los
ojos al sueño, y al salir del alba siguieron su camino buscando las riberas
del famoso Ebro, donde les sucedió lo que se contará en el capítulo
venidero.
Capítulo XXIX. De la famosa aventura del barco encantado
Por sus pasos contados y por contar, dos días después que salieron de la
alameda, llegaron don Quijote y Sancho al río Ebro, y el verle fue de gran
gusto a don Quijote, porque contempló y miró en él la amenidad de sus
riberas, la claridad de sus aguas, el sosiego de su curso y la abundancia
de sus líquidos cristales, cuya alegre vista renovó en su memoria mil
amorosos pensamientos. Especialmente fue y vino en lo que había visto en la
cueva de Montesinos; que, puesto que el mono de maese Pedro le había dicho
que parte de aquellas cosas eran verdad y parte mentira, él se atenía más a
las verdaderas que a las mentirosas, bien al revés de Sancho, que todas las
tenía por la mesma mentira.
Yendo, pues, desta manera, se le ofreció a la vista un pequeño barco sin
remos ni otras jarcias algunas, que estaba atado en la orilla a un tronco
de un árbol que en la ribera estaba. Miró don Quijote a todas partes, y no
vio persona alguna; y luego, sin más ni más, se apeó de Rocinante y mandó a
Sancho que lo mesmo hiciese del rucio, y que a entrambas bestias las atase
muy bien, juntas, al tronco de un álamo o sauce que allí estaba. Preguntóle
Sancho la causa de aquel súbito apeamiento y de aquel ligamiento. Respondió
don Quijote:
-Has de saber, Sancho, que este barco que aquí está, derechamente y sin
poder ser otra cosa en contrario, me está llamando y convidando a que entre
en él, y vaya en él a dar socorro a algún caballero, o a otra necesitada y
principal persona, que debe de estar puesta en alguna grande cuita, porque
éste es estilo de los libros de las historias caballerescas y de los
encantadores que en ellas se entremeten y platican: cuando algún caballero
está puesto en algún trabajo, que no puede ser librado dél sino por la mano
de otro caballero, puesto que estén distantes el uno del otro dos o tres
mil leguas, y aun más, o le arrebatan en una nube o le deparan un barco
donde se entre, y en menos de un abrir y cerrar de ojos le llevan, o por
los aires, o por la mar, donde quieren y adonde es menester su ayuda; así
que, ¡oh Sancho!, este barco está puesto aquí para el mesmo efecto; y esto
es tan verdad como es ahora de día; y antes que éste se pase, ata juntos al
rucio y a Rocinante, y a la mano de Dios, que nos guíe, que no dejaré de
embarcarme si me lo pidiesen frailes descalzos.
-Pues así es -respondió Sancho-, y vuestra merced quiere dar a cada paso en
estos que no sé si los llame disparates, no hay sino obedecer y bajar la
cabeza, atendiendo al refrán "haz lo que tu amo te manda, y siéntate con él
a la mesa"; pero, con todo esto, por lo que toca al descargo de mi
conciencia, quiero advertir a vuestra merced que a mí me parece que este
tal barco no es de los encantados, sino de algunos pescadores deste río,
porque en él se pescan las mejores sabogas del mundo.
Esto decía, mientras ataba las bestias, Sancho, dejándolas a la proteción y
amparo de los encantadores, con harto dolor de su ánima. Don Quijote le
dijo que no tuviese pena del desamparo de aquellos animales, que el que los
llevaría a ellos por tan longincuos caminos y regiones tendría cuenta de
sustentarlos.
-No entiendo eso de logicuos -dijo Sancho-, ni he oído tal vocablo en todos
los días de mi vida.
-Longincuos -respondió don Quijote- quiere decir apartados; y no es
maravilla que no lo entiendas, que no estás tú obligado a saber latín, como
algunos que presumen que lo saben, y lo ignoran.
-Ya están atados -replicó Sancho-. ¿Qué hemos de hacer ahora?
-¿Qué? -respondió don Quijote-. Santiguarnos y levar ferro; quiero decir,
embarcarnos y cortar la amarra con que este barco está atado.
Y, dando un salto en él, siguiéndole Sancho, cortó el cordel, y el barco se
fue apartando poco a poco de la ribera; y cuando Sancho se vio obra de dos
varas dentro del río, comenzó a temblar, temiendo su perdición; pero
ninguna cosa le dio más pena que el oír roznar al rucio y el ver que
Rocinante pugnaba por desatarse, y díjole a su señor:
-El rucio rebuzna, condolido de nuestra ausencia, y Rocinante procura
ponerse en libertad para arrojarse tras nosotros. ¡Oh carísimos amigos,
quedaos en paz, y la locura que nos aparta de vosotros, convertida en
desengaño, nos vuelva a vuestra presencia!
Y, en esto, comenzó a llorar tan amargamente que don Quijote, mohíno y
colérico, le dijo:
-¿De qué temes, cobarde criatura? ¿De qué lloras, corazón de mantequillas?
¿Quién te persigue, o quién te acosa, ánimo de ratón casero, o qué te
falta, menesteroso en la mitad de las entrañas de la abundancia? ¿Por dicha
vas caminando a pie y descalzo por las montañas rifeas, sino sentado en una
tabla, como un archiduque, por el sesgo curso deste agradable río, de donde
en breve espacio saldremos al mar dilatado? Pero ya habemos de haber
salido, y caminado, por lo menos, setecientas o ochocientas leguas; y si yo
tuviera aquí un astrolabio con que tomar la altura del polo, yo te dijera
las que hemos caminado; aunque, o yo sé poco, o ya hemos pasado, o
pasaremos presto, por la línea equinocial, que divide y corta los dos
contrapuestos polos en igual distancia.
-Y cuando lleguemos a esa leña que vuestra merced dice -preguntó Sancho-,
¿cuánto habremos caminado?
-Mucho -replicó don Quijote-, porque de trecientos y sesenta grados que
contiene el globo, del agua y de la tierra, según el cómputo de Ptolomeo,
que fue el mayor cosmógrafo que se sabe, la mitad habremos caminado,
llegando a la línea que he dicho.
-Por Dios -dijo Sancho-, que vuesa merced me trae por testigo de lo que
dice a una gentil persona, puto y gafo, con la añadidura de meón, o meo, o
no sé cómo.
Rióse don Quijote de la interpretación que Sancho había dado al nombre y al
cómputo y cuenta del cosmógrafo Ptolomeo, y díjole:
-Sabrás, Sancho, que los españoles y los que se embarcan en Cádiz para ir a
las Indias Orientales, una de las señales que tienen para entender que han
pasado la línea equinocial que te he dicho es que a todos los que van en el
navío se les mueren los piojos, sin que les quede ninguno, ni en todo el
bajel le hallarán, si le pesan a oro; y así, puedes, Sancho, pasear una
mano por un muslo, y si topares cosa viva, saldremos desta duda; y si no,
pasado habemos.
-Yo no creo nada deso -respondió Sancho-, pero, con todo, haré lo que vuesa
merced me manda, aunque no sé para qué hay necesidad de hacer esas
experiencias, pues yo veo con mis mismos ojos que no nos habemos apartado
de la ribera cinco varas, ni hemos decantado de donde están las alemañas
dos varas, porque allí están Rocinante y el rucio en el propio lugar do los
dejamos; y tomada la mira, como yo la tomo ahora, voto a tal que no nos
movemos ni andamos al paso de una hormiga.
-Haz, Sancho, la averiguación que te he dicho, y no te cures de otra, que
tú no sabes qué cosa sean coluros, líneas, paralelos, zodíacos, clíticas,
polos, solsticios, equinocios, planetas, signos, puntos, medidas, de que se
compone la esfera celeste y terrestre; que si todas estas cosas supieras, o
parte dellas, vieras claramente qué de paralelos hemos cortado, qué de
signos visto y qué de imágines hemos dejado atrás y vamos dejando ahora. Y
tórnote a decir que te tientes y pesques, que yo para mí tengo que estás
más limpio que un pliego de papel liso y blanco.
Tentóse Sancho, y, llegando con la mano bonitamente y con tiento hacia la
corva izquierda, alzó la cabeza y miró a su amo, y dijo:
-O la experiencia es falsa, o no hemos llegado adonde vuesa merced dice, ni
con muchas leguas.
-Pues ¿qué? -preguntó don Quijote-, ¿has topado algo?
-¡Y aun algos! -respondió Sancho.
Y, sacudiéndose los dedos, se lavó toda la mano en el río, por el cual
sosegadamente se deslizaba el barco por mitad de la corriente, sin que le
moviese alguna inteligencia secreta, ni algún encantador escondido, sino el
mismo curso del agua, blando entonces y suave.
En esto, descubrieron unas grandes aceñas que en la mitad del río estaban;
y apenas las hubo visto don Quijote, cuando con voz alta dijo a Sancho:
-¿Vees? Allí, ¡oh amigo!, se descubre la ciudad, castillo o fortaleza donde
debe de estar algún caballero oprimido, o alguna reina, infanta o princesa
malparada, para cuyo socorro soy aquí traído.
-¿Qué diablos de ciudad, fortaleza o castillo dice vuesa merced, señor?
-dijo Sancho-. ¿No echa de ver que aquéllas son aceñas que están en el río,
donde se muele el trigo?
-Calla, Sancho -dijo don Quijote-; que, aunque parecen aceñas, no lo son; y
ya te he dicho que todas las cosas trastruecan y mudan de su ser natural
los encantos. No quiero decir que las mudan de en uno en otro ser
realmente, sino que lo parece, como lo mostró la experiencia en la
transformación de Dulcinea, único refugio de mis esperanzas.
En esto, el barco, entrado en la mitad de la corriente del río, comenzó a
caminar no tan lentamente como hasta allí. Los molineros de las aceñas, que
vieron venir aquel barco por el río, y que se iba a embocar por el raudal
de las ruedas, salieron con presteza muchos dellos con varas largas a
detenerle, y, como salían enharinados, y cubiertos los rostros y los
vestidos del polvo de la harina, representaban una mala vista. Daban voces
grandes, diciendo:
-¡Demonios de hombres! ¿Dónde vais? ¿Venís desesperados? ¿Qué queréis,
ahogaros y haceros pedazos en estas ruedas?
-¿No te dije yo, Sancho -dijo a esta sazón don Quijote-, que habíamos
llegado donde he de mostrar a dó llega el valor de mi brazo? Mira qué de
malandrines y follones me salen al encuentro, mira cuántos vestiglos se me
oponen, mira cuántas feas cataduras nos hacen cocos... Pues ¡ahora lo
veréis, bellacos!
Y, puesto en pie en el barco, con grandes voces comenzó a amenazar a los
molineros, diciéndoles:
-Canalla malvada y peor aconsejada, dejad en su libertad y libre albedrío a
la persona que en esa vuestra fortaleza o prisión tenéis oprimida, alta o
baja, de cualquiera suerte o calidad que sea, que yo soy don Quijote de la
Mancha, llamado el Caballero de los Leones por otro nombre, a quien está
reservada por orden de los altos cielos el dar fin felice a esta aventura.
Y, diciendo esto, echó mano a su espada y comenzó a esgrimirla en el aire
contra los molineros; los cuales, oyendo y no entendiendo aquellas
sandeces, se pusieron con sus varas a detener el barco, que ya iba entrando
en el raudal y canal de las ruedas.
Púsose Sancho de rodillas, pidiendo devotamente al cielo le librase de tan
manifiesto peligro, como lo hizo, por la industria y presteza de los
molineros, que, oponiéndose con sus palos al barco, le detuvieron, pero no
de manera que dejasen de trastornar el barco y dar con don Quijote y con
Sancho al través en el agua; pero vínole bien a don Quijote, que sabía
nadar como un ganso, aunque el peso de las armas le llevó al fondo dos
veces; y si no fuera por los molineros, que se arrojaron al agua y los
sacaron como en peso a entrambos, allí había sido Troya para los dos.
Puestos, pues, en tierra, más mojados que muertos de sed, Sancho, puesto de
rodillas, las manos juntas y los ojos clavados al cielo, pidió a Dios con
una larga y devota plegaria le librase de allí adelante de los atrevidos
deseos y acometimientos de su señor.
Llegaron en esto los pescadores dueños del barco, a quien habían hecho
pedazos las ruedas de las aceñas; y, viéndole roto, acometieron a desnudar
a Sancho, y a pedir a don Quijote se lo pagase; el cual, con gran sosiego,
como si no hubiera pasado nada por él, dijo a los molineros y pescadores
que él pagaría el barco de bonísima gana, con condición que le diesen libre
y sin cautela a la persona o personas que en aquel su castillo estaban
oprimidas.
-¿Qué personas o qué castillo dice -respondió uno de los molineros-, hombre
sin juicio? ¿Quiéreste llevar por ventura las que vienen a moler trigo a
estas aceñas?
-¡Basta! -dijo entre sí don Quijote-. Aquí será predicar en desierto
querer reducir a esta canalla a que por ruegos haga virtud alguna. Y en
esta aventura se deben de haber encontrado dos valientes encantadores, y el
uno estorba lo que el otro intenta: el uno me deparó el barco, y el otro
dio conmigo al través. Dios lo remedie, que todo este mundo es máquinas y
trazas, contrarias unas de otras. Yo no puedo más.
Y, alzando la voz, prosiguió diciendo, y mirando a las aceñas:
-Amigos, cualesquiera que seáis, que en esa prisión quedáis encerrados,
perdonadme; que, por mi desgracia y por la vuestra, yo no os puedo sacar de
vuestra cuita. Para otro caballero debe de estar guardada y reservada esta
aventura.
En diciendo esto, se concertó con los pescadores, y pagó por el barco
cincuenta reales, que los dio Sancho de muy mala gana, diciendo:
-A dos barcadas como éstas, daremos con todo el caudal al fondo.
Los pescadores y molineros estaban admirados, mirando aquellas dos figuras
tan fuera del uso, al parecer, de los otros hombres, y no acababan de
entender a dó se encaminaban las razones y preguntas que don Quijote les
decía; y, teniéndolos por locos, les dejaron y se recogieron a sus aceñas,
y los pescadores a sus ranchos. Volvieron a sus bestias, y a ser bestias,
don Quijote y Sancho, y este fin tuvo la aventura del encantado barco.
Capítulo XXX. De lo que le avino a don Quijote con una bella cazadora
Asaz melancólicos y de mal talante llegaron a sus animales caballero y
escudero, especialmente Sancho, a quien llegaba al alma llegar al caudal
del dinero, pareciéndole que todo lo que dél se quitaba era quitárselo a
él de las niñas de sus ojos. Finalmente, sin hablarse palabra, se pusieron
a caballo y se apartaron del famoso río, don Quijote sepultado en los
pensamientos de sus amores, y Sancho en los de su acrecentamiento, que por
entonces le parecía que estaba bien lejos de tenerle; porque, maguer era
tonto, bien se le alcanzaba que las acciones de su amo, todas o las más,
eran disparates, y buscaba ocasión de que, sin entrar en cuentas ni en
despedimientos con su señor, un día se desgarrase y se fuese a su casa.
Pero la fortuna ordenó las cosas muy al revés de lo que él temía.
Sucedió, pues, que otro día, al poner del sol y al salir de una selva,
tendió don Quijote la vista por un verde prado, y en lo último dél vio
gente, y, llegándose cerca, conoció que eran cazadores de altanería.
Llegóse más, y entre ellos vio una gallarda señora sobre un palafrén o
hacanea blanquísima, adornada de guarniciones verdes y con un sillón de
plata. Venía la señora asimismo vestida de verde, tan bizarra y ricamente
que la misma bizarría venía transformada en ella. En la mano izquierda
traía un azor, señal que dio a entender a don Quijote ser aquélla alguna
gran señora, que debía serlo de todos aquellos cazadores, como era la
verdad; y así, dijo a Sancho:
-Corre, hijo Sancho, y di a aquella señora del palafrén y del azor que yo,
el Caballero de los Leones, besa las manos a su gran fermosura, y que si su
grandeza me da licencia, se las iré a besar, y a servirla en cuanto mis
fuerzas pudieren y su alteza me mandare. Y mira, Sancho, cómo hablas, y ten
cuenta de no encajar algún refrán de los tuyos en tu embajada.
-¡Hallado os le habéis el encajador! -respondió Sancho-. ¡A mí con eso!
¡Sí, que no es ésta la vez primera que he llevado embajadas a altas y
crecidas señoras en esta vida!
-Si no fue la que llevaste a la señora Dulcinea -replicó don Quijote-, yo
no sé que hayas llevado otra, a lo menos en mi poder.
-Así es verdad -respondió Sancho-, pero al buen pagador no le duelen
prendas, y en casa llena presto se guisa la cena; quiero decir que a mí no
hay que decirme ni advertirme de nada, que para todo tengo y de todo se me
alcanza un poco.
-Yo lo creo, Sancho -dijo don Quijote-; ve en buena hora, y Dios te guíe.
Partió Sancho de carrera, sacando de su paso al rucio, y llegó donde la
bella cazadora estaba, y, apeándose, puesto ante ella de hinojos, le dijo:
-Hermosa señora, aquel caballero que allí se parece, llamado el Caballero
de los Leones, es mi amo, y yo soy un escudero suyo, a quien llaman en su
casa Sancho Panza. Este tal Caballero de los Leones, que no ha mucho que se
llamaba el de la Triste Figura, envía por mí a decir a vuestra grandeza sea
servida de darle licencia para que, con su propósito y beneplácito y
consentimiento, él venga a poner en obra su deseo, que no es otro, según él
dice y yo pienso, que de servir a vuestra encumbrada altanería y fermosura;
que en dársela vuestra señoría hará cosa que redunde en su pro, y él
recibirá señaladísima merced y contento.
-Por cierto, buen escudero -respondió la señora-, vos habéis dado la
embajada vuestra con todas aquellas circunstancias que las tales embajadas
piden. Levantaos del suelo, que escudero de tan gran caballero como es el
de la Triste Figura, de quien ya tenemos acá mucha noticia, no es justo que
esté de hinojos; levantaos, amigo, y decid a vuestro señor que venga mucho
en hora buena a servirse de mí y del duque mi marido, en una casa de placer
que aquí tenemos.
Levantóse Sancho admirado, así de la hermosura de la buena señora como de
su mucha crianza y cortesía, y más de lo que le había dicho que tenía
noticia de su señor el Caballero de la Triste Figura, y que si no le
había llamado el de los Leones, debía de ser por habérsele puesto tan
nuevamente. Preguntóle la duquesa, cuyo título aún no se sabe:
-Decidme, hermano escudero: este vuestro señor, ¿no es uno de quien anda
impresa una historia que se llama del ingenioso hidalgo don Quijote de la
Mancha, que tiene por señora de su alma a una tal Dulcinea del Toboso?
-El mesmo es, señora -respondió Sancho-; y aquel escudero suyo que anda, o
debe de andar, en la tal historia, a quien llaman Sancho Panza, soy yo, si
no es que me trocaron en la cuna; quiero decir, que me trocaron en la
estampa.
-De todo eso me huelgo yo mucho -dijo la duquesa-. Id, hermano Panza, y
decid a vuestro señor que él sea el bien llegado y el bien venido a mis
estados, y que ninguna cosa me pudiera venir que más contento me diera.
Sancho, con esta tan agradable respuesta, con grandísimo gusto volvió a su
amo, a quien contó todo lo que la gran señora le había dicho, levantando
con sus rústicos términos a los cielos su mucha fermosura, su gran donaire
y cortesía. Don Quijote se gallardeó en la silla, púsose bien en los
estribos, acomodóse la visera, arremetió a Rocinante, y con gentil denuedo
fue a besar las manos a la duquesa; la cual, haciendo llamar al duque, su
marido, le contó, en tanto que don Quijote llegaba, toda la embajada suya;
y los dos, por haber leído la primera parte desta historia y haber
entendido por ella el disparatado humor de don Quijote, con grandísimo
gusto y con deseo de conocerle le atendían, con prosupuesto de seguirle el
humor y conceder con él en cuanto les dijese, tratándole como a caballero
andante los días que con ellos se detuviese, con todas las ceremonias
acostumbradas en los libros de caballerías, que ellos habían leído, y aun
les eran muy aficionados.
En esto, llegó don Quijote, alzada la visera; y, dando muestras de apearse,
acudió Sancho a tenerle el estribo; pero fue tan desgraciado que, al
apearse del rucio, se le asió un pie en una soga del albarda, de tal modo
que no fue posible desenredarle, antes quedó colgado dél, con la boca y los
pechos en el suelo. Don Quijote, que no tenía en costumbre apearse sin que
le tuviesen el estribo, pensando que ya Sancho había llegado a tenérsele,
descargó de golpe el cuerpo, y llevóse tras sí la silla de Rocinante, que
debía de estar mal cinchado, y la silla y él vinieron al suelo, no sin
vergüenza suya y de muchas maldiciones que entre dientes echó al desdichado
de Sancho, que aún todavía tenía el pie en la corma.
El duque mandó a sus cazadores que acudiesen al caballero y al escudero,
los cuales levantaron a don Quijote maltrecho de la caída, y, renqueando y
como pudo, fue a hincar las rodillas ante los dos señores; pero el duque no
lo consintió en ninguna manera, antes, apeándose de su caballo, fue a
abrazar a don Quijote, diciéndole:
-A mí me pesa, señor Caballero de la Triste Figura, que la primera que
vuesa merced ha hecho en mi tierra haya sido tan mala como se ha visto;
pero descuidos de escuderos suelen ser causa de otros peores sucesos.
-El que yo he tenido en veros, valeroso príncipe -respondió don Quijote-,
es imposible ser malo, aunque mi caída no parara hasta el profundo de los
abismos, pues de allí me levantara y me sacara la gloria de haberos visto.
Mi escudero, que Dios maldiga, mejor desata la lengua para decir malicias
que ata y cincha una silla para que esté firme; pero, comoquiera que yo me
halle, caído o levantado, a pie o a caballo, siempre estaré al servicio
vuestro y al de mi señora la duquesa, digna consorte vuestra, y digna
señora de la hermosura y universal princesa de la cortesía.
-¡Pasito, mi señor don Quijote de la Mancha! -dijo el duque-, que adonde
está mi señora doña Dulcinea del Toboso no es razón que se alaben otras
fermosuras.
Ya estaba a esta sazón libre Sancho Panza del lazo, y, hallándose allí
cerca, antes que su amo respondiese, dijo:
-No se puede negar, sino afirmar, que es muy hermosa mi señora Dulcinea del
Toboso, pero donde menos se piensa se levanta la liebre; que yo he oído
decir que esto que llaman naturaleza es como un alcaller que hace vasos de
barro, y el que hace un vaso hermoso también puede hacer dos, y tres y
ciento; dígolo porque mi señora la duquesa a fee que no va en zaga a mi ama
la señora Dulcinea del Toboso.
Volvióse don Quijote a la duquesa y dijo:
-Vuestra grandeza imagine que no tuvo caballero andante en el mundo
escudero más hablador ni más gracioso del que yo tengo, y él me sacará
verdadero si algunos días quisiere vuestra gran celsitud servirse de mí.
A lo que respondió la duquesa:
-De que Sancho el bueno sea gracioso lo estimo yo en mucho, porque es señal
que es discreto; que las gracias y los donaires, señor don Quijote, como
vuesa merced bien sabe, no asientan sobre ingenios torpes; y, pues el buen
Sancho es gracioso y donairoso, desde aquí le confirmo por discreto.
-Y hablador -añadió don Quijote.
-Tanto que mejor -dijo el duque-, porque muchas gracias no se pueden decir
con pocas palabras. Y, porque no se nos vaya el tiempo en ellas, venga el
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