señal de tener muchas fuerzas su dueño) puesta sobre el lado del corazón,
y, antes que preguntase nada a Montesinos, viéndome suspenso mirando al del
sepulcro, me dijo: ''Éste es mi amigo Durandarte, flor y espejo de los
caballeros enamorados y valientes de su tiempo; tiénele aquí encantado,
como me tiene a mí y a otros muchos y muchas, Merlín, aquel francés
encantador que dicen que fue hijo del diablo; y lo que yo creo es que no
fue hijo del diablo, sino que supo, como dicen, un punto más que el diablo.
El cómo o para qué nos encantó nadie lo sabe, y ello dirá andando los
tiempos, que no están muy lejos, según imagino. Lo que a mí me admira es
que sé, tan cierto como ahora es de día, que Durandarte acabó los de su
vida en mis brazos, y que después de muerto le saqué el corazón con mis
propias manos; y en verdad que debía de pesar dos libras, porque, según los
naturales, el que tiene mayor corazón es dotado de mayor valentía del que
le tiene pequeño. Pues siendo esto así, y que realmente murió este
caballero, ¿cómo ahora se queja y sospira de cuando en cuando, como si
estuviese vivo?'' Esto dicho, el mísero Durandarte, dando una gran voz,
dijo:
''¡Oh, mi primo Montesinos!
Lo postrero que os rogaba,
que cuando yo fuere muerto,
y mi ánima arrancada,
que llevéis mi corazón
adonde Belerma estaba,
sacándomele del pecho,
ya con puñal, ya con daga.''
Oyendo lo cual el venerable Montesinos, se puso de rodillas ante el
lastimado caballero, y, con lágrimas en los ojos, le dijo: ''Ya, señor
Durandarte, carísimo primo mío, ya hice lo que me mandastes en el aciago
día de nuestra pérdida: yo os saqué el corazón lo mejor que pude, sin que
os dejase una mínima parte en el pecho; yo le limpié con un pañizuelo de
puntas; yo partí con él de carrera para Francia, habiéndoos primero puesto
en el seno de la tierra, con tantas lágrimas, que fueron bastantes a
lavarme las manos y limpiarme con ellas la sangre que tenían, de haberos
andado en las entrañas; y, por más señas, primo de mi alma, en el primero
lugar que topé, saliendo de Roncesvalles, eché un poco de sal en vuestro
corazón, porque no oliese mal, y fuese, si no fresco, a lo menos amojamado,
a la presencia de la señora Belerma; la cual, con vos, y conmigo, y con
Guadiana, vuestro escudero, y con la dueña Ruidera y sus siete hijas y dos
sobrinas, y con otros muchos de vuestros conocidos y amigos, nos tiene aquí
encantados el sabio Merlín ha muchos años; y, aunque pasan de quinientos,
no se ha muerto ninguno de nosotros: solamente faltan Ruidera y sus hijas y
sobrinas, las cuales llorando, por compasión que debió de tener Merlín
dellas, las convirtió en otras tantas lagunas, que ahora, en el mundo de
los vivos y en la provincia de la Mancha, las llaman las lagunas de
Ruidera; las siete son de los reyes de España, y las dos sobrinas, de los
caballeros de una orden santísima, que llaman de San Juan. Guadiana,
vuestro escudero, plañendo asimesmo vuestra desgracia, fue convertido en un
río llamado de su mesmo nombre; el cual, cuando llegó a la superficie de la
tierra y vio el sol del otro cielo, fue tanto el pesar que sintió de ver
que os dejaba, que se sumergió en las entrañas de la tierra; pero, como no
es posible dejar de acudir a su natural corriente, de cuando en cuando sale
y se muestra donde el sol y las gentes le vean. Vanle administrando de sus
aguas las referidas lagunas, con las cuales y con otras muchas que se
llegan, entra pomposo y grande en Portugal. Pero, con todo esto, por
dondequiera que va muestra su tristeza y melancolía, y no se precia de
criar en sus aguas peces regalados y de estima, sino burdos y desabridos,
bien diferentes de los del Tajo dorado; y esto que agora os digo, ¡oh primo
mío!, os lo he dicho muchas veces; y, como no me respondéis, imagino que no
me dais crédito, o no me oís, de lo que yo recibo tanta pena cual Dios lo
sabe. Unas nuevas os quiero dar ahora, las cuales, ya que no sirvan de
alivio a vuestro dolor, no os le aumentarán en ninguna manera. Sabed que
tenéis aquí en vuestra presencia, y abrid los ojos y veréislo, aquel gran
caballero de quien tantas cosas tiene profetizadas el sabio Merlín, aquel
don Quijote de la Mancha, digo, que de nuevo y con mayores ventajas que en
los pasados siglos ha resucitado en los presentes la ya olvidada andante
caballería, por cuyo medio y favor podría ser que nosotros fuésemos
desencantados; que las grandes hazañas para los grandes hombres están
guardadas''. ''Y cuando así no sea -respondió el lastimado Durandarte con
voz desmayada y baja-, cuando así no sea, ¡oh primo!, digo, paciencia y
barajar''. Y, volviéndose de lado, tornó a su acostumbrado silencio, sin
hablar más palabra. Oyéronse en esto grandes alaridos y llantos,
acompañados de profundos gemidos y angustiados sollozos; volví la cabeza, y
vi por las paredes de cristal que por otra sala pasaba una procesión de dos
hileras de hermosísimas doncellas, todas vestidas de luto, con turbantes
blancos sobre las cabezas, al modo turquesco. Al cabo y fin de las hileras
venía una señora, que en la gravedad lo parecía, asimismo vestida de negro,
con tocas blancas tan tendidas y largas, que besaban la tierra. Su turbante
era mayor dos veces que el mayor de alguna de las otras; era cejijunta y la
nariz algo chata; la boca grande, pero colorados los labios; los dientes,
que tal vez los descubría, mostraban ser ralos y no bien puestos, aunque
eran blancos como unas peladas almendras; traía en las manos un lienzo
delgado, y entre él, a lo que pude divisar, un corazón de carne momia,
según venía seco y amojamado. Díjome Montesinos como toda aquella gente de
la procesión eran sirvientes de Durandarte y de Belerma, que allí con sus
dos señores estaban encantados, y que la última, que traía el corazón entre
el lienzo y en las manos, era la señora Belerma, la cual con sus doncellas
cuatro días en la semana hacían aquella procesión y cantaban, o, por mejor
decir, lloraban endechas sobre el cuerpo y sobre el lastimado corazón de su
primo; y que si me había parecido algo fea, o no tan hermosa como tenía la
fama, era la causa las malas noches y peores días que en aquel encantamento
pasaba, como lo podía ver en sus grandes ojeras y en su color quebradiza.
''Y no toma ocasión su amarillez y sus ojeras de estar con el mal mensil,
ordinario en las mujeres, porque ha muchos meses, y aun años, que no le
tiene ni asoma por sus puertas, sino del dolor que siente su corazón por el
que de contino tiene en las manos, que le renueva y trae a la memoria la
desgracia de su mal logrado amante; que si esto no fuera, apenas la
igualara en hermosura, donaire y brío la gran Dulcinea del Toboso, tan
celebrada en todos estos contornos, y aun en todo el mundo''. ''¡Cepos
quedos! -dije yo entonces-, señor don Montesinos: cuente vuesa merced su
historia como debe, que ya sabe que toda comparación es odiosa, y así, no
hay para qué comparar a nadie con nadie. La sin par Dulcinea del Toboso es
quien es, y la señora doña Belerma es quien es, y quien ha sido, y quédese
aquí''. A lo que él me respondió: ''Señor don Quijote, perdóneme vuesa
merced, que yo confieso que anduve mal, y no dije bien en decir que apenas
igualara la señora Dulcinea a la señora Belerma, pues me bastaba a mí haber
entendido, por no sé qué barruntos, que vuesa merced es su caballero, para
que me mordiera la lengua antes de compararla sino con el mismo cielo''.
Con esta satisfación que me dio el gran Montesinos se quietó mi corazón del
sobresalto que recebí en oír que a mi señora la comparaban con Belerma.
-Y aun me maravillo yo -dijo Sancho- de cómo vuestra merced no se subió
sobre el vejote, y le molió a coces todos los huesos, y le peló las barbas,
sin dejarle pelo en ellas.
-No, Sancho amigo -respondió don Quijote-, no me estaba a mí bien hacer
eso, porque estamos todos obligados a tener respeto a los ancianos, aunque
no sean caballeros, y principalmente a los que lo son y están encantados;
yo sé bien que no nos quedamos a deber nada en otras muchas demandas y
respuestas que entre los dos pasamos.
A esta sazón dijo el primo:
-Yo no sé, señor don Quijote, cómo vuestra merced en tan poco espacio de
tiempo como ha que está allá bajo, haya visto tantas cosas y hablado y
respondido tanto.
-¿Cuánto ha que bajé? -preguntó don Quijote.
-Poco más de una hora -respondió Sancho.
-Eso no puede ser -replicó don Quijote-, porque allá me anocheció y
amaneció, y tornó a anochecer y amanecer tres veces; de modo que, a mi
cuenta, tres días he estado en aquellas partes remotas y escondidas a la
vista nuestra.
-Verdad debe de decir mi señor -dijo Sancho-, que, como todas las cosas que
le han sucedido son por encantamento, quizá lo que a nosotros nos parece un
hora, debe de parecer allá tres días con sus noches.
-Así será -respondió don Quijote.
-Y ¿ha comido vuestra merced en todo este tiempo, señor mío? -preguntó el
primo.
-No me he desayunado de bocado -respondió don Quijote-, ni aun he tenido
hambre, ni por pensamiento.
-Y los encantados, ¿comen? -dijo el primo.
-No comen -respondió don Quijote-, ni tienen escrementos mayores; aunque es
opinión que les crecen las uñas, las barbas y los cabellos.
-¿Y duermen, por ventura, los encantados, señor? -preguntó Sancho.
-No, por cierto -respondió don Quijote-; a lo menos, en estos tres días que
yo he estado con ellos, ninguno ha pegado el ojo, ni yo tampoco.
-Aquí encaja bien el refrán -dijo Sancho- de dime con quién andas, decirte
he quién eres: ándase vuestra merced con encantados ayunos y vigilantes,
mirad si es mucho que ni coma ni duerma mientras con ellos anduviere. Pero
perdóneme vuestra merced, señor mío, si le digo que de todo cuanto aquí ha
dicho, lléveme Dios, que iba a decir el diablo, si le creo cosa alguna.
-¿Cómo no? -dijo el primo-, pues ¿había de mentir el señor don Quijote,
que, aunque quisiera, no ha tenido lugar para componer e imaginar tanto
millón de mentiras?
-Yo no creo que mi señor miente -respondió Sancho.
-Si no, ¿qué crees? -le preguntó don Quijote.
-Creo -respondió Sancho- que aquel Merlín, o aquellos encantadores que
encantaron a toda la chusma que vuestra merced dice que ha visto y
comunicado allá bajo, le encajaron en el magín o la memoria toda esa
máquina que nos ha contado, y todo aquello que por contar le queda.
-Todo eso pudiera ser, Sancho -replicó don Quijote-, pero no es así, porque
lo que he contado lo vi por mis propios ojos y lo toqué con mis mismas
manos. Pero, ¿qué dirás cuando te diga yo ahora cómo, entre otras infinitas
cosas y maravillas que me mostró Montesinos, las cuales despacio y a sus
tiempos te las iré contando en el discurso de nuestro viaje, por no ser
todas deste lugar, me mostró tres labradoras que por aquellos amenísimos
campos iban saltando y brincando como cabras; y, apenas las hube visto,
cuando conocí ser la una la sin par Dulcinea del Toboso, y las otras dos
aquellas mismas labradoras que venían con ella, que hablamos a la salida
del Toboso? Pregunté a Montesinos si las conocía, respondióme que no, pero
que él imaginaba que debían de ser algunas señoras principales encantadas,
que pocos días había que en aquellos prados habían parecido; y que no me
maravillase desto, porque allí estaban otras muchas señoras de los pasados
y presentes siglos, encantadas en diferentes y estrañas figuras, entre las
cuales conocía él a la reina Ginebra y su dueña Quintañona, escanciando el
vino a Lanzarote,
cuando de Bretaña vino.
Cuando Sancho Panza oyó decir esto a su amo, pensó perder el juicio, o
morirse de risa; que, como él sabía la verdad del fingido encanto de
Dulcinea, de quien él había sido el encantador y el levantador de tal
testimonio, acabó de conocer indubitablemente que su señor estaba fuera de
juicio y loco de todo punto; y así, le dijo:
-En mala coyuntura y en peor sazón y en aciago día bajó vuestra merced,
caro patrón mío, al otro mundo, y en mal punto se encontró con el señor
Montesinos, que tal nos le ha vuelto. Bien se estaba vuestra merced acá
arriba con su entero juicio, tal cual Dios se le había dado, hablando
sentencias y dando consejos a cada paso, y no agora, contando los mayores
disparates que pueden imaginarse.
-Como te conozco, Sancho -respondió don Quijote-, no hago caso de tus
palabras.
-Ni yo tampoco de las de vuestra merced -replicó Sancho-, siquiera me
hiera, siquiera me mate por las que le he dicho, o por las que le pienso
decir si en las suyas no se corrige y enmienda. Pero dígame vuestra merced,
ahora que estamos en paz: ¿cómo o en qué conoció a la señora nuestra ama? Y
si la habló, ¿qué dijo, y qué le respondió?
-Conocíla -respondió don Quijote- en que trae los mesmos vestidos que traía
cuando tú me le mostraste. Habléla, pero no me respondió palabra; antes, me
volvió las espaldas, y se fue huyendo con tanta priesa, que no la alcanzara
una jara. Quise seguirla, y lo hiciera, si no me aconsejara Montesinos que
no me cansase en ello, porque sería en balde, y más porque se llegaba la
hora donde me convenía volver a salir de la sima. Díjome asimesmo que,
andando el tiempo, se me daría aviso cómo habían de ser desencantados él, y
Belerma y Durandarte, con todos los que allí estaban; pero lo que más pena
me dio, de las que allí vi y noté, fue que, estándome diciendo Montesinos
estas razones, se llegó a mí por un lado, sin que yo la viese venir, una de
las dos compañeras de la sin ventura Dulcinea, y, llenos los ojos de
lágrimas, con turbada y baja voz, me dijo: ''Mi señora Dulcinea del Toboso
besa a vuestra merced las manos, y suplica a vuestra merced se la haga de
hacerla saber cómo está; y que, por estar en una gran necesidad, asimismo
suplica a vuestra merced, cuan encarecidamente puede, sea servido de
prestarle sobre este faldellín que aquí traigo, de cotonía, nuevo, media
docena de reales, o los que vuestra merced tuviere, que ella da su palabra
de volvérselos con mucha brevedad''. Suspendióme y admiróme el tal recado,
y, volviéndome al señor Montesinos, le pregunté: ''¿Es posible, señor
Montesinos, que los encantados principales padecen necesidad?'' A lo que él
me respondió: ''Créame vuestra merced, señor don Quijote de la Mancha, que
ésta que llaman necesidad adondequiera se usa, y por todo se estiende, y a
todos alcanza, y aun hasta los encantados no perdona; y, pues la señora
Dulcinea del Toboso envía a pedir esos seis reales, y la prenda es buena,
según parece, no hay sino dárselos; que, sin duda, debe de estar puesta en
algún grande aprieto''. ''Prenda, no la tomaré yo -le respondí-, ni menos
le daré lo que pide, porque no tengo sino solos cuatro reales''; los cuales
le di (que fueron los que tú, Sancho, me diste el otro día para dar limosna
a los pobres que topase por los caminos), y le dije: ''Decid, amiga mía, a
vuesa señora que a mí me pesa en el alma de sus trabajos, y que quisiera
ser un Fúcar para remediarlos; y que le hago saber que yo no puedo ni debo
tener salud careciendo de su agradable vista y discreta conversación, y que
le suplico, cuan encarecidamente puedo, sea servida su merced de dejarse
ver y tratar deste su cautivo servidor y asendereado caballero. Diréisle
también que, cuando menos se lo piense, oirá decir como yo he hecho un
juramento y voto, a modo de aquel que hizo el marqués de Mantua, de vengar
a su sobrino Baldovinos, cuando le halló para espirar en mitad de la
montiña, que fue de no comer pan a manteles, con las otras zarandajas que
allí añadió, hasta vengarle; y así le haré yo de no sosegar, y de andar las
siete partidas del mundo, con más puntualidad que las anduvo el infante don
Pedro de Portugal, hasta desencantarla''. ''Todo eso, y más, debe vuestra
merced a mi señora'', me respondió la doncella. Y, tomando los cuatro
reales, en lugar de hacerme una reverencia, hizo una cabriola, que se
levantó dos varas de medir en el aire.
-¡Oh santo Dios! -dijo a este tiempo dando una gran voz Sancho-. ¿Es
posible que tal hay en el mundo, y que tengan en él tanta fuerza los
encantadores y encantamentos, que hayan trocado el buen juicio de mi señor
en una tan disparatada locura? ¡Oh señor, señor, por quien Dios es, que
vuestra merced mire por sí y vuelva por su honra, y no dé crédito a esas
vaciedades que le tienen menguado y descabalado el sentido!
-Como me quieres bien, Sancho, hablas desa manera -dijo don Quijote-; y,
como no estás experimentado en las cosas del mundo, todas las cosas que
tienen algo de dificultad te parecen imposibles; pero andará el tiempo,
como otra vez he dicho, y yo te contaré algunas de las que allá abajo he
visto, que te harán creer las que aquí he contado, cuya verdad ni admite
réplica ni disputa.
Capítulo XXIV. Donde se cuentan mil zarandajas tan impertinentes como
necesarias al verdadero entendimiento desta grande historia
Dice el que tradujo esta grande historia del original, de la que escribió
su primer autor Cide Hamete Benengeli, que, llegando al capítulo de la
aventura de la cueva de Montesinos, en el margen dél estaban escritas, de
mano del mesmo Hamete, estas mismas razones:
''No me puedo dar a entender, ni me puedo persuadir, que al valeroso don
Quijote le pasase puntualmente todo lo que en el antecedente capítulo queda
escrito: la razón es que todas las aventuras hasta aquí sucedidas han sido
contingibles y verisímiles, pero ésta desta cueva no le hallo entrada
alguna para tenerla por verdadera, por ir tan fuera de los términos
razonables. Pues pensar yo que don Quijote mintiese, siendo el más
verdadero hidalgo y el más noble caballero de sus tiempos, no es posible;
que no dijera él una mentira si le asaetearan. Por otra parte, considero
que él la contó y la dijo con todas las circunstancias dichas, y que no
pudo fabricar en tan breve espacio tan gran máquina de disparates; y si
esta aventura parece apócrifa, yo no tengo la culpa; y así, sin afirmarla
por falsa o verdadera, la escribo. Tú, letor, pues eres prudente, juzga lo
que te pareciere, que yo no debo ni puedo más; puesto que se tiene por
cierto que al tiempo de su fin y muerte dicen que se retrató della, y dijo
que él la había inventado, por parecerle que convenía y cuadraba bien con
las aventuras que había leído en sus historias''.
Y luego prosigue, diciendo:
Espantóse el primo, así del atrevimiento de Sancho Panza como de la
paciencia de su amo, y juzgó que del contento que tenía de haber visto a su
señora Dulcinea del Toboso, aunque encantada, le nacía aquella condición
blanda que entonces mostraba; porque, si así no fuera, palabras y razones
le dijo Sancho, que merecían molerle a palos; porque realmente le pareció
que había andado atrevidillo con su señor, a quien le dijo:
-Yo, señor don Quijote de la Mancha, doy por bien empleadísima la jornada
que con vuestra merced he hecho, porque en ella he granjeado cuatro cosas.
La primera, haber conocido a vuestra merced, que lo tengo a gran felicidad.
La segunda, haber sabido lo que se encierra en esta cueva de Montesinos,
con las mutaciones de Guadiana y de las lagunas de Ruidera, que me servirán
para el Ovidio español que traigo entre manos. La tercera, entender la
antigüedad de los naipes, que, por lo menos, ya se usaban en tiempo del
emperador Carlomagno, según puede colegirse de las palabras que vuesa
merced dice que dijo Durandarte, cuando, al cabo de aquel grande espacio
que estuvo hablando con él Montesinos, él despertó diciendo: ''Paciencia y
barajar''; y esta razón y modo de hablar no la pudo aprender encantado,
sino cuando no lo estaba, en Francia y en tiempo del referido emperador
Carlomagno. Y esta averiguación me viene pintiparada para el otro libro que
voy componiendo , que es Suplemento de Virgilio Polidoro, en la invención
de las antigüedades; y creo que en el suyo no se acordó de poner la de los
naipes, como la pondré yo ahora, que será de mucha importancia, y más
alegando autor tan grave y tan verdadero como es el señor Durandarte. La
cuarta es haber sabido con certidumbre el nacimiento del río Guadiana,
hasta ahora ignorado de las gentes.
-Vuestra merced tiene razón -dijo don Quijote-, pero querría yo saber, ya
que Dios le haga merced de que se le dé licencia para imprimir esos sus
libros, que lo dudo, a quién piensa dirigirlos.
-Señores y grandes hay en España a quien puedan dirigirse -dijo el primo.
-No muchos -respondió don Quijote-; y no porque no lo merezcan, sino que no
quieren admitirlos, por no obligarse a la satisfación que parece se debe al
trabajo y cortesía de sus autores. Un príncipe conozco yo que puede suplir
la falta de los demás, con tantas ventajas que, si me atreviere a decirlas,
quizá despertara la invidia en más de cuatro generosos pechos; pero quédese
esto aquí para otro tiempo más cómodo, y vamos a buscar adonde recogernos
esta noche.
-No lejos de aquí -respondió el primo- está una ermita, donde hace su
habitación un ermitaño, que dicen ha sido soldado, y está en opinión de ser
un buen cristiano, y muy discreto y caritativo además. Junto con la ermita
tiene una pequeña casa, que él ha labrado a su costa; pero, con todo,
aunque chica, es capaz de recibir huéspedes.
-¿Tiene por ventura gallinas el tal ermitaño? -preguntó Sancho.
-Pocos ermitaños están sin ellas -respondió don Quijote-, porque no son los
que agora se usan como aquellos de los desiertos de Egipto, que se vestían
de hojas de palma y comían raíces de la tierra. Y no se entienda que por
decir bien de aquéllos no lo digo de aquéstos, sino que quiero decir que al
rigor y estrecheza de entonces no llegan las penitencias de los de agora;
pero no por esto dejan de ser todos buenos; a lo menos, yo por buenos los
juzgo; y, cuando todo corra turbio, menos mal hace el hipócrita que se
finge bueno que el público pecador.
Estando en esto, vieron que hacia donde ellos estaban venía un hombre a
pie, caminando apriesa, y dando varazos a un macho que venía cargado de
lanzas y de alabardas. Cuando llegó a ellos, los saludó y pasó de largo.
Don Quijote le dijo:
-Buen hombre, deteneos, que parece que vais con más diligencia que ese
macho ha menester.
-No me puedo detener, señor -respondió el hombre-, porque las armas que
veis que aquí llevo han de servir mañana; y así, me es forzoso el no
detenerme, y a Dios. Pero si quisiéredes saber para qué las llevo, en la
venta que está más arriba de la ermita pienso alojar esta noche; y si es
que hacéis este mesmo camino, allí me hallaréis, donde os contaré
maravillas. Y a Dios otra vez.
Y de tal manera aguijó el macho, que no tuvo lugar don Quijote de
preguntarle qué maravillas eran las que pensaba decirles; y, como él era
algo curioso y siempre le fatigaban deseos de saber cosas nuevas, ordenó
que al momento se partiesen y fuesen a pasar la noche en la venta, sin
tocar en la ermita, donde quisiera el primo que se quedaran.
Hízose así, subieron a caballo, y siguieron todos tres el derecho camino de
la venta, a la cual llegaron un poco antes de anochecer. Dijo el primo a
don Quijote que llegasen a ella a beber un trago. Apenas oyó esto Sancho
Panza, cuando encaminó el rucio a la ermita, y lo mismo hicieron don
Quijote y el primo; pero la mala suerte de Sancho parece que ordenó que el
ermitaño no estuviese en casa; que así se lo dijo una sotaermitaño que en
la ermita hallaron. Pidiéronle de lo caro; respondió que su señor no lo
tenía, pero que si querían agua barata, que se la daría de muy buena gana.
-Si yo la tuviera de agua -respondió Sancho-, pozos hay en el camino,
donde la hubiera satisfecho. ¡Ah bodas de Camacho y abundancia de la casa
de don Diego, y cuántas veces os tengo de echar menos!
Con esto, dejaron la ermita y picaron hacia la venta; y a poco trecho
toparon un mancebito, que delante dellos iba caminando no con mucha priesa;
y así, le alcanzaron. Llevaba la espada sobre el hombro, y en ella puesto
un bulto o envoltorio, al parecer de sus vestidos; que, al parecer, debían
de ser los calzones o greguescos, y herreruelo, y alguna camisa, porque
traía puesta una ropilla de terciopelo con algunas vislumbres de raso, y la
camisa, de fuera; las medias eran de seda, y los zapatos cuadrados, a uso
de corte; la edad llegaría a diez y ocho o diez y nueve años; alegre de
rostro, y, al parecer, ágil de su persona. Iba cantando seguidillas, para
entretener el trabajo del camino. Cuando llegaron a él, acababa de cantar
una, que el primo tomó de memoria, que dicen que decía:
A la guerra me lleva
mi necesidad;
si tuviera dineros,
no fuera, en verdad.
El primero que le habló fue don Quijote, diciéndole:
-Muy a la ligera camina vuesa merced, señor galán. Y ¿adónde bueno?
Sepamos, si es que gusta decirlo.
A lo que el mozo respondió:
-El caminar tan a la ligera lo causa el calor y la pobreza, y el adónde voy
es a la guerra.
-¿Cómo la pobreza? -preguntó don Quijote-; que por el calor bien puede ser.
-Señor -replicó el mancebo-, yo llevo en este envoltorio unos greguescos de
terciopelo, compañeros desta ropilla; si los gasto en el camino, no me
podré honrar con ellos en la ciudad, y no tengo con qué comprar otros; y,
así por esto como por orearme, voy desta manera, hasta alcanzar unas
compañías de infantería que no están doce leguas de aquí, donde asentaré mi
plaza, y no faltarán bagajes en que caminar de allí adelante hasta el
embarcadero, que dicen ha de ser en Cartagena. Y más quiero tener por amo y
por señor al rey, y servirle en la guerra, que no a un pelón en la corte.
-Y ¿lleva vuesa merced alguna ventaja por ventura? -preguntó el primo.
-Si yo hubiera servido a algún grande de España, o algún principal
personaje -respondió el mozo-, a buen seguro que yo la llevara, que eso
tiene el servir a los buenos: que del tinelo suelen salir a ser alférez o
capitanes, o con algún buen entretenimiento; pero yo, desventurado, serví
siempre a catarriberas y a gente advenediza, de ración y quitación tan
mísera y atenuada, que en pagar el almidonar un cuello se consumía la mitad
della; y sería tenido a milagro que un paje aventurero alcanzase alguna
siquiera razonable ventura.
-Y dígame, por su vida, amigo -preguntó don Quijote-: ¿es posible que en
los años que sirvió no ha podido alcanzar alguna librea?
-Dos me han dado -respondió el paje-; pero, así como el que se sale de
alguna religión antes de profesar le quitan el hábito y le vuelven sus
vestidos, así me volvían a mí los míos mis amos, que, acabados los negocios
a que venían a la corte, se volvían a sus casas y recogían las libreas que
por sola ostentación habían dado.
-Notable espilorchería, como dice el italiano -dijo don Quijote-; pero, con
todo eso, tenga a felice ventura el haber salido de la corte con tan buena
intención como lleva; porque no hay otra cosa en la tierra más honrada ni
de más provecho que servir a Dios, primeramente, y luego, a su rey y señor
natural, especialmente en el ejercicio de las armas, por las cuales se
alcanzan, si no más riquezas, a lo menos, más honra que por las letras,
como yo tengo dicho muchas veces; que, puesto que han fundado más
mayorazgos las letras que las armas, todavía llevan un no sé qué los de las
armas a los de las letras, con un sí sé qué de esplendor que se halla en
ellos, que los aventaja a todos. Y esto que ahora le quiero decir llévelo
en la memoria, que le será de mucho provecho y alivio en sus trabajos; y es
que, aparte la imaginación de los sucesos adversos que le podrán venir, que
el peor de todos es la muerte, y como ésta sea buena, el mejor de todos es
el morir. Preguntáronle a Julio César, aquel valeroso emperador romano,
cuál era la mejor muerte; respondió que la impensada, la de repente y no
prevista; y, aunque respondió como gentil y ajeno del conocimiento del
verdadero Dios, con todo eso, dijo bien, para ahorrarse del sentimiento
humano; que, puesto caso que os maten en la primera facción y refriega, o
ya de un tiro de artillería, o volado de una mina, ¿qué importa? Todo es
morir, y acabóse la obra; y, según Terencio, más bien parece el soldado
muerto en la batalla que vivo y salvo en la huida; y tanto alcanza de fama
el buen soldado cuanto tiene de obediencia a sus capitanes y a los que
mandarle pueden. Y advertid, hijo, que al soldado mejor le está el oler a
pólvora que algalia, y que si la vejez os coge en este honroso ejercicio,
aunque sea lleno de heridas y estropeado o cojo, a lo menos no os podrá
coger sin honra, y tal, que no os la podrá menoscabar la pobreza; cuanto
más, que ya se va dando orden cómo se entretengan y remedien los soldados
viejos y estropeados, porque no es bien que se haga con ellos lo que suelen
hacer los que ahorran y dan libertad a sus negros cuando ya son viejos y no
pueden servir, y, echándolos de casa con título de libres, los hacen
esclavos de la hambre, de quien no piensan ahorrarse sino con la muerte. Y
por ahora no os quiero decir más, sino que subáis a las ancas deste mi
caballo hasta la venta, y allí cenaréis conmigo, y por la mañana seguiréis
el camino, que os le dé Dios tan bueno como vuestros deseos merecen.
El paje no aceptó el convite de las ancas, aunque sí el de cenar con él en
la venta; y, a esta sazón, dicen que dijo Sancho entre sí:
-¡Válate Dios por señor! Y ¿es posible que hombre que sabe decir tales,
tantas y tan buenas cosas como aquí ha dicho, diga que ha visto los
disparates imposibles que cuenta de la cueva de Montesinos? Ahora bien,
ello dirá.
Y en esto, llegaron a la venta, a tiempo que anochecía, y no sin gusto de
Sancho, por ver que su señor la juzgó por verdadera venta, y no por
castillo, como solía. No hubieron bien entrado, cuando don Quijote preguntó
al ventero por el hombre de las lanzas y alabardas; el cual le respondió
que en la caballeriza estaba acomodando el macho. Lo mismo hicieron de sus
jumentos el primo y Sancho, dando a Rocinante el mejor pesebre y el mejor
lugar de la caballeriza.
Capítulo XXV. Donde se apunta la aventura del rebuzno y la graciosa del
titerero, con las memorables adivinanzas del mono adivino
No se le cocía el pan a don Quijote, como suele decirse, hasta oír y saber
las maravillas prometidas del hombre condutor de las armas. Fuele a buscar
donde el ventero le había dicho que estaba, y hallóle, y díjole que en todo
caso le dijese luego lo que le había de decir después, acerca de lo que le
había preguntado en el camino. El hombre le respondió:
-Más despacio, y no en pie, se ha de tomar el cuento de mis maravillas:
déjeme vuestra merced, señor bueno, acabar de dar recado a mi bestia, que
yo le diré cosas que le admiren.
-No quede por eso -respondió don Quijote-, que yo os ayudaré a todo.
Y así lo hizo, ahechándole la cebada y limpiando el pesebre, humildad que
obligó al hombre a contarle con buena voluntad lo que le pedía; y,
sentándose en un poyo y don Quijote junto a él, teniendo por senado y
auditorio al primo, al paje, a Sancho Panza y al ventero, comenzó a decir
desta manera:
-«Sabrán vuesas mercedes que en un lugar que está cuatro leguas y media
desta venta sucedió que a un regidor dél, por industria y engaño de una
muchacha criada suya, y esto es largo de contar, le faltó un asno, y,
aunque el tal regidor hizo las diligencias posibles por hallarle, no fue
posible. Quince días serían pasados, según es pública voz y fama,- que el
asno faltaba, cuando, estando en la plaza el regidor perdidoso, otro
regidor del mismo pueblo le dijo: ''Dadme albricias, compadre, que vuestro
jumento ha parecido''. ''Yo os las mando y buenas, compadre -respondió el
otro-, pero sepamos dónde ha parecido''. ''En el monte -respondió el
hallador-, le vi esta mañana, sin albarda y sin aparejo alguno, y tan flaco
que era una compasión miralle. Quísele antecoger delante de mí y traérosle,
pero está ya tan montaraz y tan huraño, que, cuando llegé a él, se fue
huyendo y se entró en lo más escondido del monte. Si queréis que volvamos
los dos a buscarle, dejadme poner esta borrica en mi casa, que luego
vuelvo''. ''Mucho placer me haréis -dijo el del jumento-, e yo procuraré
pagároslo en la mesma moneda''. Con estas circunstancias todas, y de la
mesma manera que yo lo voy contando, lo cuentan todos aquellos que están
enterados en la verdad deste caso. En resolución, los dos regidores, a pie
y mano a mano, se fueron al monte, y, llegando al lugar y sitio donde
pensaron hallar el asno, no le hallaron, ni pareció por todos aquellos
contornos, aunque más le buscaron. Viendo, pues, que no parecía, dijo el
regidor que le había visto al otro: ''Mirad, compadre: una traza me ha
venido al pensamiento, con la cual sin duda alguna podremos descubrir este
animal, aunque esté metido en las entrañas de la tierra, no que del monte;
y es que yo sé rebuznar maravillosamente; y si vos sabéis algún tanto, dad
el hecho por concluido''. ''¿Algún tanto decís, compadre? -dijo el otro-;
por Dios, que no dé la ventaja a nadie, ni aun a los mesmos asnos''.
''Ahora lo veremos -respondió el regidor segundo-, porque tengo determinado
que os vais vos por una parte del monte y yo por otra, de modo que le
rodeemos y andemos todo, y de trecho en trecho rebuznaréis vos y rebuznaré
yo, y no podrá ser menos sino que el asno nos oya y nos responda, si es que
está en el monte''. A lo que respondió el dueño del jumento: ''Digo,
compadre, que la traza es excelente y digna de vuestro gran ingenio''. Y,
dividiéndose los dos según el acuerdo, sucedió que casi a un mesmo tiempo
rebuznaron, y cada uno engañado del rebuzno del otro, acudieron a buscarse,
pensando que ya el jumento había parecido; y, en viéndose, dijo el
perdidoso: ''¿Es posible, compadre, que no fue mi asno el que rebuznó?''
''No fue, sino yo'', respondió el otro. ''Ahora digo -dijo el dueño-, que
de vos a un asno, compadre, no hay alguna diferencia, en cuanto toca al
rebuznar, porque en mi vida he visto ni oído cosa más propia''. ''Esas
alabanzas y encarecimiento -respondió el de la traza-, mejor os atañen y
tocan a vos que a mí, compadre; que por el Dios que me crió que podéis dar
dos rebuznos de ventaja al mayor y más perito rebuznador del mundo; porque
el sonido que tenéis es alto; lo sostenido de la voz, a su tiempo y compás;
los dejos, muchos y apresurados, y, en resolución, yo me doy por vencido y
os rindo la palma y doy la bandera desta rara habilidad''. ''Ahora digo
-respondió el dueño-, que me tendré y estimaré en más de aquí adelante, y
pensaré que sé alguna cosa, pues tengo alguna gracia; que, puesto que
pensara que rebuznaba bien, nunca entendí que llegaba el estremo que
decís''. ''También diré yo ahora -respondió el segundo- que hay raras
habilidades perdidas en el mundo, y que son mal empleadas en aquellos que
no saben aprovecharse dellas''. ''Las nuestras -respondió el dueño-, si no
es en casos semejantes como el que traemos entre manos, no nos pueden
servir en otros, y aun en éste plega a Dios que nos sean de provecho''.
Esto dicho, se tornaron a dividir y a volver a sus rebuznos, y a cada paso
se engañaban y volvían a juntarse, hasta que se dieron por contraseño que,
para entender que eran ellos, y no el asno, rebuznasen dos veces, una tras
otra. Con esto, doblando a cada paso los rebuznos, rodearon todo el monte
sin que el perdido jumento respondiese, ni aun por señas. Mas, ¿cómo había
de responder el pobre y mal logrado, si le hallaron en lo más escondido del
bosque, comido de lobos? Y, en viéndole, dijo su dueño: ''Ya me maravillaba
yo de que él no respondía, pues a no estar muerto, él rebuznara si nos
oyera, o no fuera asno; pero, a trueco de haberos oído rebuznar con tanta
gracia, compadre, doy por bien empleado el trabajo que he tenido en
buscarle, aunque le he hallado muerto''. ''En buena mano está, compadre
-respondió el otro-, pues si bien canta el abad, no le va en zaga el
monacillo''. Con esto, desconsolados y roncos, se volvieron a su aldea,
adonde contaron a sus amigos, vecinos y conocidos cuanto les había
acontecido en la busca del asno, exagerando el uno la gracia del otro en el
rebuznar; todo lo cual se supo y se estendió por los lugares circunvecinos.
Y el diablo, que no duerme, como es amigo de sembrar y derramar rencillas y
discordia por doquiera, levantando caramillos en el viento y grandes
quimeras de nonada, ordenó e hizo que las gentes de los otros pueblos, en
viendo a alguno de nuestra aldea, rebuznase, como dándoles en rostro con el
rebuzno de nuestros regidores. Dieron en ello los muchachos, que fue dar en
manos y en bocas de todos los demonios del infierno, y fue cundiendo el
rebuzno de en uno en otro pueblo, de manera que son conocidos los naturales
del pueblo del rebuzno, como son conocidos y diferenciados los negros de
los blancos; y ha llegado a tanto la desgracia desta burla, que muchas
veces con mano armada y formado escuadrón han salido contra los burladores
los burlados a darse la batalla, sin poderlo remediar rey ni roque, ni
temor ni vergüenza. Yo creo que mañana o esotro día han de salir en campaña
los de mi pueblo, que son los del rebuzno, contra otro lugar que está a dos
leguas del nuestro, que es uno de los que más nos persiguen: y, por salir
bien apercebidos, llevo compradas estas lanzas y alabardas que habéis
visto.» Y éstas son las maravillas que dije que os había de contar, y si no
os lo han parecido, no sé otras.
Y con esto dio fin a su plática el buen hombre; y, en esto, entró por la
puerta de la venta un hombre todo vestido de camuza, medias, greguescos y
jubón, y con voz levantada dijo:
-Señor huésped, ¿hay posada? Que viene aquí el mono adivino y el retablo de
la libertad de Melisendra.
-¡Cuerpo de tal -dijo el ventero-, que aquí está el señor mase Pedro! Buena
noche se nos apareja.
Olvidábaseme de decir como el tal mase Pedro traía cubierto el ojo
izquierdo, y casi medio carrillo, con un parche de tafetán verde, señal que
todo aquel lado debía de estar enfermo; y el ventero prosiguió, diciendo:
-Sea bien venido vuestra merced, señor mase Pedro. ¿Adónde está el mono y
el retablo, que no los veo?
-Ya llegan cerca -respondió el todo camuza-, sino que yo me he adelantado,
a saber si hay posada.
-Al mismo duque de Alba se la quitara para dársela al señor mase Pedro
-respondió el ventero-; llegue el mono y el retablo, que gente hay esta
noche en la venta que pagará el verle y las habilidades del mono.
-Sea en buen hora -respondió el del parche-, que yo moderaré el precio, y
con sola la costa me daré por bien pagado; y yo vuelvo a hacer que camine
la carreta donde viene el mono y el retablo.
Y luego se volvió a salir de la venta.
Preguntó luego don Quijote al ventero qué mase Pedro era aquél, y qué
retablo y qué mono traía. A lo que respondió el ventero:
-Éste es un famoso titerero, que ha muchos días que anda por esta Mancha de
Aragón enseñando un retablo de Melisendra, libertada por el famoso don
Gaiferos, que es una de las mejores y más bien representadas historias que
de muchos años a esta parte en este reino se han visto. Trae asimismo
consigo un mono de la más rara habilidad que se vio entre monos, ni se
imaginó entre hombres, porque si le preguntan algo, está atento a lo que le
preguntan y luego salta sobre los hombros de su amo, y, llegándosele al
oído, le dice la respuesta de lo que le preguntan, y maese Pedro la declara
luego; y de las cosas pasadas dice mucho más que de las que están por
venir; y, aunque no todas veces acierta en todas, en las más no yerra, de
modo que nos hace creer que tiene el diablo en el cuerpo. Dos reales lleva
por cada pregunta, si es que el mono responde; quiero decir, si responde el
amo por él, después de haberle hablado al oído; y así, se cree que el tal
maese Pedro esta riquísimo; y es hombre galante, como dicen en Italia y bon
compaño, y dase la mejor vida del mundo; habla más que seis y bebe más que
doce, todo a costa de su lengua y de su mono y de su retablo.
En esto, volvió maese Pedro, y en una carreta venía el retablo, y el mono,
grande y sin cola, con las posaderas de fieltro, pero no de mala cara; y,
apenas le vio don Quijote, cuando le preguntó:
-Dígame vuestra merced, señor adivino: ¿qué peje pillamo? ¿Qué ha de ser de
nosotros?. Y vea aquí mis dos reales.
Y mandó a Sancho que se los diese a maese Pedro, el cual respondió por el
mono, y dijo:
-Señor, este animal no responde ni da noticia de las cosas que están por
venir; de las pasadas sabe algo, y de las presentes, algún tanto.
-¡Voto a Rus -dijo Sancho-, no dé yo un ardite porque me digan lo que por
mí ha pasado!; porque, ¿quién lo puede saber mejor que yo mesmo? Y pagar yo
porque me digan lo que sé, sería una gran necedad; pero, pues sabe las
cosas presentes, he aquí mis dos reales, y dígame el señor monísimo qué
hace ahora mi mujer Teresa Panza, y en qué se entretiene.
No quiso tomar maese Pedro el dinero, diciendo:
-No quiero recebir adelantados los premios, sin que hayan precedido los
servicios.
Y, dando con la mano derecha dos golpes sobre el hombro izquierdo, en un
brinco se le puso el mono en él, y, llegando la boca al oído, daba diente
con diente muy apriesa; y, habiendo hecho este ademán por espacio de un
credo, de otro brinco se puso en el suelo, y al punto, con grandísima
priesa, se fue maese Pedro a poner de rodillas ante don Quijote, y,
abrazándole las piernas, dijo:
-Estas piernas abrazo, bien así como si abrazara las dos colunas de
Hércules, ¡oh resucitador insigne de la ya puesta en olvido andante
caballería!; ¡oh no jamás como se debe alabado caballero don Quijote de la
Mancha, ánimo de los desmayados, arrimo de los que van a caer, brazo de los
caídos, báculo y consuelo de todos los desdichados!
Quedó pasmado don Quijote, absorto Sancho, suspenso el primo, atónito el
paje, abobado el del rebuzno, confuso el ventero, y, finalmente, espantados
todos los que oyeron las razones del titerero, el cual prosiguió diciendo:
-Y tú, ¡oh buen Sancho Panza!, el mejor escudero y del mejor caballero del
mundo, alégrate, que tu buena mujer Teresa está buena, y ésta es la hora en
que ella está rastrillando una libra de lino, y, por más señas, tiene a su
lado izquierdo un jarro desbocado que cabe un buen porqué de vino, con que
se entretiene en su trabajo.
-Eso creo yo muy bien -respondió Sancho-, porque es ella una
bienaventurada, y, a no ser celosa, no la trocara yo por la giganta
Andandona, que, según mi señor, fue una mujer muy cabal y muy de pro; y es
mi Teresa de aquellas que no se dejan mal pasar, aunque sea a costa de sus
herederos.
-Ahora digo -dijo a esta sazón don Quijote-, que el que lee mucho y anda
mucho, vee mucho y sabe mucho. Digo esto porque, ¿qué persuasión fuera
bastante para persuadirme que hay monos en el mundo que adivinen, como lo
he visto ahora por mis propios ojos? Porque yo soy el mesmo don Quijote de
la Mancha que este buen animal ha dicho, puesto que se ha estendido algún
tanto en mis alabanzas; pero comoquiera que yo me sea, doy gracias al
cielo, que me dotó de un ánimo blando y compasivo, inclinado siempre a
hacer bien a todos, y mal a ninguno.
-Si yo tuviera dineros -dijo el paje-, preguntara al señor mono qué me ha
de suceder en la peregrinación que llevo.
A lo que respondió maese Pedro, que ya se había levantado de los pies de
don Quijote:
-Ya he dicho que esta bestezuela no responde a lo por venir; que si
respondiera, no importara no haber dineros; que, por servicio del señor don
Quijote, que está presente, dejara yo todos los intereses del mundo. Y
agora, porque se lo debo, y por darle gusto, quiero armar mi retablo y dar
placer a cuantos están en la venta, sin paga alguna.
Oyendo lo cual el ventero, alegre sobremanera, señaló el lugar donde se
podía poner el retablo, que en un punto fue hecho.
Don Quijote no estaba muy contento con las adivinanzas del mono, por
parecerle no ser a propósito que un mono adivinase, ni las de por venir, ni
las pasadas cosas; y así, en tanto que maese Pedro acomodaba el retablo, se
retiró don Quijote con Sancho a un rincón de la caballeriza, donde, sin ser
oídos de nadie, le dijo:
-Mira, Sancho, yo he considerado bien la estraña habilidad deste mono, y
hallo por mi cuenta que sin duda este maese Pedro, su amo, debe de tener
hecho pacto, tácito o espreso, con el demonio.
-Si el patio es espeso y del demonio -dijo Sancho-, sin duda debe de ser
muy sucio patio; pero, ¿de qué provecho le es al tal maese Pedro tener esos
patios?
-No me entiendes, Sancho: no quiero decir sino que debe de tener hecho
algún concierto con el demonio de que infunda esa habilidad en el mono, con
que gane de comer, y después que esté rico le dará su alma, que es lo que
este universal enemigo pretende. Y háceme creer esto el ver que el mono no
responde sino a las cosas pasadas o presentes, y la sabiduría del diablo no
se puede estender a más, que las por venir no las sabe si no es por
conjeturas, y no todas veces; que a solo Dios está reservado conocer los
tiempos y los momentos, y para Él no hay pasado ni porvenir, que todo es
presente. Y, siendo esto así, como lo es, está claro que este mono habla
con el estilo del diablo; y estoy maravillado cómo no le han acusado al
Santo Oficio, y examinádole y sacádole de cuajo en virtud de quién adivina;
porque cierto está que este mono no es astrólogo, ni su amo ni él alzan, ni
saben alzar, estas figuras que llaman judiciarias, que tanto ahora se usan
en España, que no hay mujercilla, ni paje, ni zapatero de viejo que no
presuma de alzar una figura, como si fuera una sota de naipes del suelo,
echando a perder con sus mentiras e ignorancias la verdad maravillosa de la
ciencia. De una señora sé yo que preguntó a uno destos figureros que si una
perrilla de falda pequeña, que tenía, si se empreñaría y pariría, y cuántos
y de qué color serían los perros que pariese. A lo que el señor judiciario,
después de haber alzado la figura, respondió que la perrica se empreñaría,
y pariría tres perricos, el uno verde, el otro encarnado y el otro de
mezcla, con tal condición que la tal perra se cubriese entre las once y
doce del día, o de la noche, y que fuese en lunes o en sábado; y lo que
sucedió fue que de allí a dos días se moría la perra de ahíta, y el señor
levantador quedó acreditado en el lugar por acertadísimo judiciario, como
lo quedan todos o los más levantadores.
-Con todo eso, querría -dijo Sancho- que vuestra merced dijese a maese
Pedro preguntase a su mono si es verdad lo que a vuestra merced le pasó en
la cueva de Montesinos; que yo para mí tengo, con perdón de vuestra merced,
que todo fue embeleco y mentira, o por lo menos, cosas soñadas.
-Todo podría ser -respondió don Quijote-, pero yo haré lo que me aconsejas,
puesto que me ha de quedar un no sé qué de escrúpulo.
Estando en esto, llegó maese Pedro a buscar a don Quijote y decirle que ya
estaba en orden el retablo; que su merced viniese a verle, porque lo
merecía. Don Quijote le comunicó su pensamiento, y le rogó preguntase luego
a su mono le dijese si ciertas cosas que había pasado en la cueva de
Montesinos habían sido soñadas o verdaderas; porque a él le parecía que
tenían de todo. A lo que maese Pedro, sin responder palabra, volvió a traer
el mono, y, puesto delante de don Quijote y de Sancho, dijo:
-Mirad, señor mono, que este caballero quiere saber si ciertas cosas que le
pasaron en una cueva llamada de Montesinos, si fueron falsas o verdaderas.
Y, haciéndole la acostumbrada señal, el mono se le subió en el hombro
izquierdo, y, hablándole, al parecer, en el oído, dijo luego maese Pedro:
-El mono dice que parte de las cosas que vuesa merced vio, o pasó, en la
dicha cueva son falsas, y parte verisímiles; y que esto es lo que sabe, y
no otra cosa, en cuanto a esta pregunta; y que si vuesa merced quisiere
saber más, que el viernes venidero responderá a todo lo que se le
preguntare, que por ahora se le ha acabado la virtud, que no le vendrá
hasta el viernes, como dicho tiene.
-¿No lo decía yo -dijo Sancho-, que no se me podía asentar que todo lo que
vuesa merced, señor mío, ha dicho de los acontecimientos de la cueva era
verdad, ni aun la mitad?
-Los sucesos lo dirán, Sancho -respondió don Quijote-; que el tiempo,
descubridor de todas las cosas, no se deja ninguna que no las saque a la
luz del sol, aunque esté escondida en los senos de la tierra. Y, por hora,
baste esto, y vámonos a ver el retablo del buen maese Pedro, que para mí
tengo que debe de tener alguna novedad.
-¿Cómo alguna? -respondió maese Pedro-: sesenta mil encierra en sí este mi
retablo; dígole a vuesa merced, mi señor don Quijote, que es una de las
cosas más de ver que hoy tiene el mundo, y operibus credite, et non verbis;
y manos a labor, que se hace tarde y tenemos mucho que hacer y que decir y
que mostrar.
Obedeciéronle don Quijote y Sancho, y vinieron donde ya estaba el retablo
puesto y descubierto, lleno por todas partes de candelillas de cera
encendidas, que le hacían vistoso y resplandeciente. En llegando, se metió
maese Pedro dentro dél, que era el que había de manejar las figuras del
artificio, y fuera se puso un muchacho, criado del maese Pedro, para servir
de intérprete y declarador de los misterios del tal retablo: tenía una
varilla en la mano, con que señalaba las figuras que salían.
Puestos, pues, todos cuantos había en la venta, y algunos en pie, frontero
del retablo, y acomodados don Quijote, Sancho, el paje y el primo en los
mejores lugares, el trujamán comenzó a decir lo que oirá y verá el que le
oyere o viere el capítulo siguiente.
Capítulo XXVI. Donde se prosigue la graciosa aventura del titerero, con
otras cosas en verdad harto buenas
Callaron todos, tirios y troyanos; quiero decir, pendientes estaban todos
los que el retablo miraban de la boca del declarador de sus maravillas,
cuando se oyeron sonar en el retablo cantidad de atabales y trompetas, y
dispararse mucha artillería, cuyo rumor pasó en tiempo breve, y luego alzó
la voz el muchacho, y dijo:
-Esta verdadera historia que aquí a vuesas mercedes se representa es sacada
al pie de la letra de las corónicas francesas y de los romances españoles
que andan en boca de las gentes, y de los muchachos, por esas calles. Trata
de la libertad que dio el señor don Gaiferos a su esposa Melisendra, que
estaba cautiva en España, en poder de moros, en la ciudad de Sansueña, que
así se llamaba entonces la que hoy se llama Zaragoza; y vean vuesas
mercedes allí cómo está jugando a las tablas don Gaiferos, según aquello
que se canta:
Jugando está a las tablas don Gaiferos,
que ya de Melisendra está olvidado.
Y aquel personaje que allí asoma, con corona en la cabeza y ceptro en las
manos, es el emperador Carlomagno, padre putativo de la tal Melisendra, el
cual, mohíno de ver el ocio y descuido de su yerno, le sale a reñir; y
adviertan con la vehemencia y ahínco que le riñe, que no parece sino que le
quiere dar con el ceptro media docena de coscorrones, y aun hay autores que
dicen que se los dio, y muy bien dados; y, después de haberle dicho muchas
cosas acerca del peligro que corría su honra en no procurar la libertad de
su esposa, dicen que le dijo:
"Harto os he dicho: miradlo".
Miren vuestras mercedes también cómo el emperador vuelve las espaldas y
deja despechado a don Gaiferos, el cual ya ven como arroja, impaciente de
la cólera, lejos de sí el tablero y las tablas, y pide apriesa las armas, y
a don Roldán, su primo, pide prestada su espada Durindana, y cómo don
Roldán no se la quiere prestar, ofreciéndole su compañía en la difícil
empresa en que se pone; pero el valeroso enojado no lo quiere aceptar;
antes, dice que él solo es bastante para sacar a su esposa, si bien
estuviese metida en el más hondo centro de la tierra; y, con esto, se entra
a armar, para ponerse luego en camino. Vuelvan vuestras mercedes los ojos a
aquella torre que allí parece, que se presupone que es una de las torres
del alcázar de Zaragoza, que ahora llaman la Aljafería; y aquella dama que
en aquel balcón parece, vestida a lo moro, es la sin par Melisendra, que
desde allí muchas veces se ponía a mirar el camino de Francia, y, puesta la
imaginación en París y en su esposo, se consolaba en su cautiverio. Miren
también un nuevo caso que ahora sucede, quizá no visto jamás. ¿No veen
aquel moro que callandico y pasito a paso, puesto el dedo en la boca, se
llega por las espaldas de Melisendra? Pues miren cómo la da un beso en
mitad de los labios, y la priesa que ella se da a escupir, y a limpiárselos
con la blanca manga de su camisa, y cómo se lamenta, y se arranca de pesar
sus hermosos cabellos, como si ellos tuvieran la culpa del maleficio. Miren
también cómo aquel grave moro que está en aquellos corredores es el rey
Marsilio de Sansueña; el cual, por haber visto la insolencia del moro,
puesto que era un pariente y gran privado suyo, le mandó luego prender, y
que le den docientos azotes, llevándole por las calles acostumbradas de la
ciudad,
con chilladores delante
y envaramiento detrás;
y veis aquí donde salen a ejecutar la sentencia, aun bien apenas no
habiendo sido puesta en ejecución la culpa; porque entre moros no hay
"traslado a la parte", ni "a prueba y estése", como entre nosotros.
-Niño, niño -dijo con voz alta a esta sazón don Quijote-, seguid vuestra
historia línea recta, y no os metáis en las curvas o transversales; que,
para sacar una verdad en limpio, menester son muchas pruebas y repruebas.
También dijo maese Pedro desde dentro:
-Muchacho, no te metas en dibujos, sino haz lo que ese señor te manda, que
será lo más acertado; sigue tu canto llano, y no te metas en contrapuntos,
que se suelen quebrar de sotiles.
-Yo lo haré así -respondió el muchacho; y prosiguió, diciendo-: Esta figura
que aquí parece a caballo, cubierta con una capa gascona, es la mesma de
don Gaiferos, a quien su esposa, ya vengada del atrevimiento del enamorado
moro, con mejor y más sosegado semblante, se ha puesto a los miradores de
la torre, y habla con su esposo, creyendo que es algún pasajero, con quien
pasó todas aquellas razones y coloquios de aquel romance que dicen:
Caballero, si a Francia ides,
por Gaiferos preguntad;
las cuales no digo yo ahora, porque de la prolijidad se suele engendrar el
fastidio; basta ver cómo don Gaiferos se descubre, y que por los ademanes
alegres que Melisendra hace se nos da a entender que ella le ha conocido, y
más ahora que veemos se descuelga del balcón, para ponerse en las ancas del
caballo de su buen esposo. Mas, ¡ay, sin ventura!, que se le ha asido una
punta del faldellín de uno de los hierros del balcón, y está pendiente en
el aire, sin poder llegar al suelo. Pero veis cómo el piadoso cielo socorre
en las mayores necesidades, pues llega don Gaiferos, y, sin mirar si se
rasgará o no el rico faldellín, ase della, y mal su grado la hace bajar al
suelo, y luego, de un brinco, la pone sobre las ancas de su caballo, a
horcajadas como hombre, y la manda que se tenga fuertemente y le eche los
brazos por las espaldas, de modo que los cruce en el pecho, porque no se
caiga, a causa que no estaba la señora Melisendra acostumbrada a semejantes
caballerías. Veis también cómo los relinchos del caballo dan señales que va
contento con la valiente y hermosa carga que lleva en su señor y en su
señora. Veis cómo vuelven las espaldas y salen de la ciudad, y alegres y
regocijados toman de París la vía. ¡Vais en paz, oh par sin par de
verdaderos amantes! ¡Lleguéis a salvamento a vuestra deseada patria, sin
que la fortuna ponga estorbo en vuestro felice viaje! ¡Los ojos de vuestros
amigos y parientes os vean gozar en paz tranquila los días, que los de
Néstor sean, que os quedan de la vida!
Aquí alzó otra vez la voz maese Pedro, y dijo:
-Llaneza, muchacho; no te encumbres, que toda afectación es mala.
No respondió nada el intérprete; antes, prosiguió, diciendo:
-No faltaron algunos ociosos ojos, que lo suelen ver todo, que no viesen la
bajada y la subida de Melisendra, de quien dieron noticia al rey Marsilio,
el cual mandó luego tocar al arma; y miren con qué priesa, que ya la ciudad
se hunde con el son de las campanas que en todas las torres de las
mezquitas suenan.
-¡Eso no! -dijo a esta sazón don Quijote-: en esto de las campanas anda muy
impropio maese Pedro, porque entre moros no se usan campanas, sino
atabales, y un género de dulzainas que parecen nuestras chirimías; y esto
de sonar campanas en Sansueña sin duda que es un gran disparate.
Lo cual oído por maese Pedro, cesó el tocar y dijo:
-No mire vuesa merced en niñerías, señor don Quijote, ni quiera llevar las
cosas tan por el cabo que no se le halle. ¿No se representan por ahí, casi
de ordinario, mil comedias llenas de mil impropiedades y disparates, y, con
todo eso, corren felicísimamente su carrera, y se escuchan no sólo con
aplauso, sino con admiración y todo? Prosigue, muchacho, y deja decir; que,
como yo llene mi talego, si quiere represente más impropiedades que tiene
átomos el sol.
-Así es la verdad -replicó don Quijote.
Y el muchacho dijo:
-Miren cuánta y cuán lucida caballería sale de la ciudad en siguimiento de
los dos católicos amantes, cuántas trompetas que suenan, cuántas dulzainas
que tocan y cuántos atabales y atambores que retumban. Témome que los han
de alcanzar, y los han de volver atados a la cola de su mismo caballo, que
sería un horrendo espetáculo.
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