Y, levantándose, abrazó al licenciado, y quedaron más amigos que de antes,
y no queriendo esperar al escribano, que había ido por la espada, por
parecerle que tardaría mucho; y así, determinaron seguir, por llegar
temprano a la aldea de Quiteria, de donde todos eran.
En lo que faltaba del camino, les fue contando el licenciado las
excelencias de la espada, con tantas razones demostrativas y con tantas
figuras y demostraciones matemáticas, que todos quedaron enterados de la
bondad de la ciencia, y Corchuelo reducido de su pertinacia.
Era anochecido, pero antes que llegasen les pareció a todos que estaba
delante del pueblo un cielo lleno de inumerables y resplandecientes
estrellas. Oyeron, asimismo, confusos y suaves sonidos de diversos
instrumentos, como de flautas, tamborinos, salterios, albogues, panderos y
sonajas; y cuando llegaron cerca vieron que los árboles de una enramada,
que a mano habían puesto a la entrada del pueblo, estaban todos llenos de
luminarias, a quien no ofendía el viento, que entonces no soplaba sino tan
manso que no tenía fuerza para mover las hojas de los árboles. Los músicos
eran los regocijadores de la boda, que en diversas cuadrillas por aquel
agradable sitio andaban, unos bailando, y otros cantando, y otros tocando
la diversidad de los referidos instrumentos. En efecto, no parecía sino que
por todo aquel prado andaba corriendo la alegría y saltando el contento.
Otros muchos andaban ocupados en levantar andamios, de donde con comodidad
pudiesen ver otro día las representaciones y danzas que se habían de hacer
en aquel lugar dedicado para solenizar las bodas del rico Camacho y las
exequias de Basilio. No quiso entrar en el lugar don Quijote, aunque se lo
pidieron así el labrador como el bachiller; pero él dio por disculpa,
bastantísima a su parecer, ser costumbre de los caballeros andantes dormir
por los campos y florestas antes que en los poblados, aunque fuese debajo
de dorados techos; y con esto, se desvió un poco del camino, bien contra la
voluntad de Sancho, viniéndosele a la memoria el buen alojamiento que había
tenido en el castillo o casa de don Diego.
Capítulo XX. Donde se cuentan las bodas de Camacho el rico, con el suceso
de Basilio el pobre
Apenas la blanca aurora había dado lugar a que el luciente Febo, con el
ardor de sus calientes rayos, las líquidas perlas de sus cabellos de oro
enjugase, cuando don Quijote, sacudiendo la pereza de sus miembros, se puso
en pie y llamó a su escudero Sancho, que aún todavía roncaba; lo cual visto
por don Quijote, antes que le despertase, le dijo:
-¡Oh tú, bienaventurado sobre cuantos viven sobre la haz de la tierra, pues
sin tener invidia ni ser invidiado, duermes con sosegado espíritu, ni te
persiguen encantadores, ni sobresaltan encantamentos! Duerme, digo otra
vez, y lo diré otras ciento, sin que te tengan en contina vigilia celos de
tu dama, ni te desvelen pensamientos de pagar deudas que debas, ni de lo
que has de hacer para comer otro día tú y tu pequeña y angustiada familia.
Ni la ambición te inquieta, ni la pompa vana del mundo te fatiga, pues los
límites de tus deseos no se estienden a más que a pensar tu jumento; que el
de tu persona sobre mis hombros le tienes puesto: contrapeso y carga que
puso la naturaleza y la costumbre a los señores. Duerme el criado, y está
velando el señor, pensando cómo le ha de sustentar, mejorar y hacer
mercedes. La congoja de ver que el cielo se hace de bronce sin acudir a la
tierra con el conveniente rocío no aflige al criado, sino al señor, que ha
de sustentar en la esterilidad y hambre al que le sirvió en la fertilidad y
abundancia.
A todo esto no respondió Sancho, porque dormía, ni despertara tan presto si
don Quijote con el cuento de la lanza no le hiciere volver en sí. Despertó,
en fin, soñoliento y perezoso, y, volviendo el rostro a todas partes, dijo:
-De la parte desta enramada, si no me engaño, sale un tufo y olor harto más
de torreznos asados que de juncos y tomillos: bodas que por tales olores
comienzan, para mi santiguada que deben de ser abundantes y generosas.
-Acaba, glotón -dijo don Quijote-; ven, iremos a ver estos desposorios, por
ver lo que hace el desdeñado Basilio.
-Mas que haga lo que quisiere -respondió Sancho-: no fuera él pobre y
casárase con Quiteria. ¿No hay más sino tener un cuarto y querer alzarse
por las nubes? A la fe, señor, yo soy de parecer que el pobre debe de
contentarse con lo que hallare, y no pedir cotufas en el golfo. Yo apostaré
un brazo que puede Camacho envolver en reales a Basilio; y si esto es así,
como debe de ser, bien boba fuera Quiteria en desechar las galas y las
joyas que le debe de haber dado, y le puede dar Camacho, por escoger el
tirar de la barra y el jugar de la negra de Basilio. Sobre un buen tiro de
barra o sobre una gentil treta de espada no dan un cuartillo de vino en la
taberna. Habilidades y gracias que no son vendibles, mas que las tenga el
conde Dirlos; pero, cuando las tales gracias caen sobre quien tiene buen
dinero, tal sea mi vida como ellas parecen. Sobre un buen cimiento se puede
levantar un buen edificio, y el mejor cimiento y zanja del mundo es el
dinero.
-Por quien Dios es, Sancho -dijo a esta sazón don Quijote-, que concluyas
con tu arenga; que tengo para mí que si te dejasen seguir en las que a cada
paso comienzas, no te quedaría tiempo para comer ni para dormir, que todo
le gastarías en hablar.
-Si vuestra merced tuviera buena memoria -replicó Sancho-, debiérase
acordar de los capítulos de nuestro concierto antes que esta última vez
saliésemos de casa: uno dellos fue que me había de dejar hablar todo
aquello que quisiese, con que no fuese contra el prójimo ni contra la
autoridad de vuesa merced; y hasta agora me parece que no he contravenido
contra el tal capítulo.
-Yo no me acuerdo, Sancho -respondió don Quijote-, del tal capítulo; y,
puesto que sea así, quiero que calles y vengas, que ya los instrumentos que
anoche oímos vuelven a alegrar los valles, y sin duda los desposorios se
celebrarán en el frescor de la mañana, y no en el calor de la tarde.
Hizo Sancho lo que su señor le mandaba, y, poniendo la silla a Rocinante y
la albarda al rucio, subieron los dos, y paso ante paso se fueron entrando
por la enramada.
Lo primero que se le ofreció a la vista de Sancho fue, espetado en un
asador de un olmo entero, un entero novillo; y en el fuego donde se había
de asar ardía un mediano monte de leña, y seis ollas que alrededor de la
hoguera estaban no se habían hecho en la común turquesa de las demás ollas,
porque eran seis medias tinajas, que cada una cabía un rastro de carne: así
embebían y encerraban en sí carneros enteros, sin echarse de ver, como si
fueran palominos; las liebres ya sin pellejo y las gallinas sin pluma que
estaban colgadas por los árboles para sepultarlas en las ollas no tenían
número; los pájaros y caza de diversos géneros eran infinitos, colgados de
los árboles para que el aire los enfriase.
Contó Sancho más de sesenta zaques de más de a dos arrobas cada uno, y
todos llenos, según después pareció, de generosos vinos; así había rimeros
de pan blanquísimo, como los suele haber de montones de trigo en las eras;
los quesos, puestos como ladrillos enrejados, formaban una muralla, y dos
calderas de aceite, mayores que las de un tinte, servían de freír cosas de
masa, que con dos valientes palas las sacaban fritas y las zabullían en
otra caldera de preparada miel que allí junto estaba.
Los cocineros y cocineras pasaban de cincuenta: todos limpios, todos
diligentes y todos contentos. En el dilatado vientre del novillo estaban
doce tiernos y pequeños lechones, que, cosidos por encima, servían de darle
sabor y enternecerle. Las especias de diversas suertes no parecía haberlas
comprado por libras, sino por arrobas, y todas estaban de manifiesto en una
grande arca. Finalmente, el aparato de la boda era rústico, pero tan
abundante que podía sustentar a un ejército.
Todo lo miraba Sancho Panza, y todo lo contemplaba, y de todo se
aficionaba: primero le cautivaron y rindieron el deseo las ollas, de quién
él tomara de bonísima gana un mediano puchero; luego le aficionaron la
voluntad los zaques; y, últimamente, las frutas de sartén, si es que se
podían llamar sartenes las tan orondas calderas; y así, sin poderlo sufrir
ni ser en su mano hacer otra cosa, se llegó a uno de los solícitos
cocineros, y, con corteses y hambrientas razones, le rogó le dejase mojar
un mendrugo de pan en una de aquellas ollas. A lo que el cocinero
respondió:
-Hermano, este día no es de aquellos sobre quien tiene juridición la
hambre, merced al rico Camacho. Apeaos y mirad si hay por ahí un cucharón,
y espumad una gallina o dos, y buen provecho os hagan.
-No veo ninguno -respondió Sancho.
-Esperad -dijo el cocinero-. ¡Pecador de mí, y qué melindroso y para poco
debéis de ser!
Y, diciendo esto, asió de un caldero, y, encajándole en una de las medias
tinajas, sacó en él tres gallinas y dos gansos, y dijo a Sancho:
-Comed, amigo, y desayunaos con esta espuma, en tanto que se llega la hora
del yantar.
-No tengo en qué echarla -respondió Sancho.
-Pues llevaos -dijo el cocinero- la cuchara y todo, que la riqueza y el
contento de Camacho todo lo suple.
En tanto, pues, que esto pasaba Sancho, estaba don Quijote mirando cómo,
por una parte de la enramada, entraban hasta doce labradores sobre doce
hermosísimas yeguas, con ricos y vistosos jaeces de campo y con muchos
cascabeles en los petrales, y todos vestidos de regocijo y fiestas; los
cuales, en concertado tropel, corrieron no una, sino muchas carreras por el
prado, con regocijada algazara y grita, diciendo:
-¡Vivan Camacho y Quiteria: él tan rico como ella hermosa, y ella la más
hermosa del mundo!
Oyendo lo cual don Quijote, dijo entre sí:
-Bien parece que éstos no han visto a mi Dulcinea del Toboso, que si la
hubieran visto, ellos se fueran a la mano en las alabanzas desta su
Quiteria.
De allí a poco comenzaron a entrar por diversas partes de la enramada
muchas y diferentes danzas, entre las cuales venía una de espadas, de hasta
veinte y cuatro zagales de gallardo parecer y brío, todos vestidos de
delgado y blanquísimo lienzo, con sus paños de tocar, labrados de varias
colores de fina seda; y al que los guiaba, que era un ligero mancebo,
preguntó uno de los de las yeguas si se había herido alguno de los
danzantes.
-Por ahora, bendito sea Dios, no se ha herido nadie: todos vamos sanos.
Y luego comenzó a enredarse con los demás compañeros, con tantas vueltas y
con tanta destreza que, aunque don Quijote estaba hecho a ver semejantes
danzas, ninguna le había parecido tan bien como aquélla.
También le pareció bien otra que entró de doncellas hermosísimas, tan mozas
que, al parecer, ninguna bajaba de catorce ni llegaba a diez y ocho años,
vestidas todas de palmilla verde, los cabellos parte tranzados y parte
sueltos, pero todos tan rubios, que con los del sol podían tener
competencia, sobre los cuales traían guirnaldas de jazmines, rosas,
amaranto y madreselva compuestas. Guiábalas un venerable viejo y una
anciana matrona, pero más ligeros y sueltos que sus años prometían.
Hacíales el son una gaita zamorana, y ellas, llevando en los rostros y en
los ojos a la honestidad y en los pies a la ligereza, se mostraban las
mejores bailadoras del mundo.
Tras ésta entró otra danza de artificio y de las que llaman habladas. Era
de ocho ninfas, repartidas en dos hileras: de la una hilera era guía el
dios Cupido, y de la otra, el Interés; aquél, adornado de alas, arco,
aljaba y saetas; éste, vestido de ricas y diversas colores de oro y seda.
Las ninfas que al Amor seguían traían a las espaldas, en pargamino blanco y
letras grandes, escritos sus nombres: poesía era el título de la primera,
el de la segunda discreción, el de la tercera buen linaje, el de la cuarta
valentía; del modo mesmo venían señaladas las que al Interés seguían: decía
liberalidad el título de la primera, dádiva el de la segunda, tesoro el de
la tercera y el de la cuarta posesión pacífica. Delante de todos venía un
castillo de madera, a quien tiraban cuatro salvajes, todos vestidos de
yedra y de cáñamo teñido de verde, tan al natural, que por poco espantaran
a Sancho. En la frontera del castillo y en todas cuatro partes de sus
cuadros traía escrito: castillo del buen recato. Hacíanles el son cuatro
diestros tañedores de tamboril y flauta.
Comenzaba la danza Cupido, y, habiendo hecho dos mudanzas, alzaba los ojos
y flechaba el arco contra una doncella que se ponía entre las almenas del
castillo, a la cual desta suerte dijo:
-Yo soy el dios poderoso
en el aire y en la tierra
y en el ancho mar undoso,
y en cuanto el abismo encierra
en su báratro espantoso.
Nunca conocí qué es miedo;
todo cuanto quiero puedo,
aunque quiera lo imposible,
y en todo lo que es posible
mando, quito, pongo y vedo.
Acabó la copla, disparó una flecha por lo alto del castillo y retiróse a
su puesto. Salió luego el Interés, y hizo otras dos mudanzas; callaron los
tamborinos, y él dijo:
-Soy quien puede más que Amor,
y es Amor el que me guía;
soy de la estirpe mejor
que el cielo en la tierra cría,
más conocida y mayor.
Soy el Interés, en quien
pocos suelen obrar bien,
y obrar sin mí es gran milagro;
y cual soy te me consagro,
por siempre jamás, amén.
Retiróse el Interés, y hízose adelante la Poesía; la cual, después de haber
hecho sus mudanzas como los demás, puestos los ojos en la doncella del
castillo, dijo:
-En dulcísimos conceptos,
la dulcísima Poesía,
altos, graves y discretos,
señora, el alma te envía
envuelta entre mil sonetos.
Si acaso no te importuna
mi porfía, tu fortuna,
de otras muchas invidiada,
será por mí levantada
sobre el cerco de la luna.
Desvióse la Poesía, y de la parte del Interés salió la Liberalidad, y,
después de hechas sus mudanzas, dijo:
-Llaman Liberalidad
al dar que el estremo huye
de la prodigalidad,
y del contrario, que arguye
tibia y floja voluntad.
Mas yo, por te engrandecer,
de hoy más, pródiga he de ser;
que, aunque es vicio, es vicio honrado
y de pecho enamorado,
que en el dar se echa de ver.
Deste modo salieron y se retiraron todas las dos figuras de las dos
escuadras, y cada uno hizo sus mudanzas y dijo sus versos, algunos
elegantes y algunos ridículos, y sólo tomó de memoria don Quijote -que la
tenía grande- los ya referidos; y luego se mezclaron todos, haciendo y
deshaciendo lazos con gentil donaire y desenvoltura; y cuando pasaba el
Amor por delante del castillo, disparaba por alto sus flechas, pero el
Interés quebraba en él alcancías doradas.
Finalmente, después de haber bailado un buen espacio, el Interés sacó un
bolsón, que le formaba el pellejo de un gran gato romano, que parecía estar
lleno de dineros, y, arrojándole al castillo, con el golpe se desencajaron
las tablas y se cayeron, dejando a la doncella descubierta y sin defensa
alguna. Llegó el Interés con las figuras de su valía, y, echándola una gran
cadena de oro al cuello, mostraron prenderla, rendirla y cautivarla; lo
cual visto por el Amor y sus valedores, hicieron ademán de quitársela; y
todas las demostraciones que hacían eran al son de los tamborinos, bailando
y danzando concertadamente. Pusiéronlos en paz los salvajes, los cuales con
mucha presteza volvieron a armar y a encajar las tablas del castillo, y la
doncella se encerró en él como de nuevo, y con esto se acabó la danza con
gran contento de los que la miraban.
Preguntó don Quijote a una de las ninfas que quién la había compuesto y
ordenado. Respondióle que un beneficiado de aquel pueblo, que tenía gentil
caletre para semejantes invenciones.
-Yo apostaré -dijo don Quijote- que debe de ser más amigo de Camacho que de
Basilio el tal bachiller o beneficiado, y que debe de tener más de satírico
que de vísperas: ¡bien ha encajado en la danza las habilidades de Basilio y
las riquezas de Camacho!
Sancho Panza, que lo escuchaba todo, dijo:
-El rey es mi gallo: a Camacho me atengo.
-En fin -dijo don Quijote-, bien se parece, Sancho, que eres villano y de
aquéllos que dicen: "¡Viva quien vence!"
-No sé de los que soy -respondió Sancho-, pero bien sé que nunca de ollas
de Basilio sacaré yo tan elegante espuma como es esta que he sacado de las
de Camacho.
Y enseñóle el caldero lleno de gansos y de gallinas, y, asiendo de una,
comenzó a comer con mucho donaire y gana, y dijo:
-¡A la barba de las habilidades de Basilio!, que tanto vales cuanto tienes,
y tanto tienes cuanto vales. Dos linajes solos hay en el mundo, como decía
una agüela mía, que son el tener y el no tener, aunque ella al del tener se
atenía; y el día de hoy, mi señor don Quijote, antes se toma el pulso al
haber que al saber: un asno cubierto de oro parece mejor que un caballo
enalbardado. Así que vuelvo a decir que a Camacho me atengo, de cuyas ollas
son abundantes espumas gansos y gallinas, liebres y conejos; y de las de
Basilio serán, si viene a mano, y aunque no venga sino al pie, aguachirle.
-¿Has acabado tu arenga, Sancho? -dijo don Quijote.
-Habréla acabado -respondió Sancho-, porque veo que vuestra merced recibe
pesadumbre con ella; que si esto no se pusiera de por medio, obra había
cortada para tres días.
-Plega a Dios, Sancho -replicó don Quijote-, que yo te vea mudo antes que
me muera.
-Al paso que llevamos -respondió Sancho-, antes que vuestra merced se muera
estaré yo mascando barro, y entonces podrá ser que esté tan mudo que no
hable palabra hasta la fin del mundo, o, por lo menos, hasta el día del
Juicio.
-Aunque eso así suceda, ¡oh Sancho! -respondió don Quijote-, nunca llegará
tu silencio a do ha llegado lo que has hablado, hablas y tienes de hablar
en tu vida; y más, que está muy puesto en razón natural que primero llegue
el día de mi muerte que el de la tuya; y así, jamás pienso verte mudo, ni
aun cuando estés bebiendo o durmiendo, que es lo que puedo encarecer.
-A buena fe, señor -respondió Sancho-, que no hay que fiar en la
descarnada, digo, en la muerte, la cual también come cordero como carnero;
y a nuestro cura he oído decir que con igual pie pisaba las altas torres de
los reyes como las humildes chozas de los pobres. Tiene esta señora más de
poder que de melindre: no es nada asquerosa, de todo come y a todo hace, y
de toda suerte de gentes, edades y preeminencias hinche sus alforjas. No es
segador que duerme las siestas, que a todas horas siega, y corta así la
seca como la verde yerba; y no parece que masca, sino que engulle y traga
cuanto se le pone delante, porque tiene hambre canina, que nunca se harta;
y, aunque no tiene barriga, da a entender que está hidrópica y sedienta de
beber solas las vidas de cuantos viven, como quien se bebe un jarro de agua
fría.
-No más, Sancho -dijo a este punto don Quijote-. Tente en buenas, y no te
dejes caer; que en verdad que lo que has dicho de la muerte por tus
rústicos términos es lo que pudiera decir un buen predicador. Dígote,
Sancho que si como tienes buen natural y discreción, pudieras tomar un
púlpito en la mano y irte por ese mundo predicando lindezas...
-Bien predica quien bien vive -respondió Sancho-, y yo no sé otras
tologías.
-Ni las has menester -dijo don Quijote-; pero yo no acabo de entender ni
alcanzar cómo, siendo el principio de la sabiduría el temor de Dios, tú,
que temes más a un lagarto que a Él, sabes tanto.
-Juzgue vuesa merced, señor, de sus caballerías -respondió Sancho-, y no se
meta en juzgar de los temores o valentías ajenas, que tan gentil temeroso
soy yo de Dios como cada hijo de vecino; y déjeme vuestra merced despabilar
esta espuma, que lo demás todas son palabras ociosas, de que nos han de
pedir cuenta en la otra vida.
Y, diciendo esto, comenzó de nuevo a dar asalto a su caldero, con tan
buenos alientos que despertó los de don Quijote, y sin duda le ayudara, si
no lo impidiera lo que es fuerza se diga adelante.
Capítulo XXI. Donde se prosiguen las bodas de Camacho, con otros gustosos
sucesos
Cuando estaban don Quijote y Sancho en las razones referidas en el capítulo
antecedente, se oyeron grandes voces y gran ruido, y dábanlas y causábanle
los de las yeguas, que con larga carrera y grita iban a recebir a los
novios, que, rodeados de mil géneros de instrumentos y de invenciones,
venían acompañados del cura, y de la parentela de entrambos, y de toda la
gente más lucida de los lugares circunvecinos, todos vestidos de fiesta. Y
como Sancho vio a la novia, dijo:
-A buena fe que no viene vestida de labradora, sino de garrida palaciega.
¡Pardiez, que según diviso, que las patenas que había de traer son ricos
corales, y la palmilla verde de Cuenca es terciopelo de treinta pelos! ¡Y
montas que la guarnición es de tiras de lienzo, blanca!, ¡voto a mí que es
de raso!; pues, ¡tomadme las manos, adornadas con sortijas de azabache!: no
medre yo si no son anillos de oro, y muy de oro, y empedrados con pelras
blancas como una cuajada, que cada una debe de valer un ojo de la cara. ¡Oh
hideputa, y qué cabellos; que, si no son postizos, no los he visto mas
luengos ni más rubios en toda mi vida! ¡No, sino ponedla tacha en el brío y
en el talle, y no la comparéis a una palma que se mueve cargada de racimos
de dátiles, que lo mesmo parecen los dijes que trae pendientes de los
cabellos y de la garganta! Juro en mi ánima que ella es una chapada moza, y
que puede pasar por los bancos de Flandes.
Rióse don Quijote de las rústicas alabanzas de Sancho Panza; parecióle que,
fuera de su señora Dulcinea del Toboso, no había visto mujer más hermosa
jamás. Venía la hermosa Quiteria algo descolorida, y debía de ser de la
mala noche que siempre pasan las novias en componerse para el día venidero
de sus bodas. Íbanse acercando a un teatro que a un lado del prado estaba,
adornado de alfombras y ramos, adonde se habían de hacer los desposorios, y
de donde habían de mirar las danzas y las invenciones; y, a la sazón que
llegaban al puesto, oyeron a sus espaldas grandes voces, y una que decía:
-Esperaos un poco, gente tan inconsiderada como presurosa.
A cuyas voces y palabras todos volvieron la cabeza, y vieron que las daba
un hombre vestido, al parecer, de un sayo negro, jironado de carmesí a
llamas. Venía coronado -como se vio luego- con una corona de funesto
ciprés; en las manos traía un bastón grande. En llegando más cerca, fue
conocido de todos por el gallardo Basilio, y todos estuvieron suspensos,
esperando en qué habían de parar sus voces y sus palabras, temiendo algún
mal suceso de su venida en sazón semejante.
Llegó, en fin, cansado y sin aliento, y, puesto delante de los desposados,
hincando el bastón en el suelo, que tenía el cuento de una punta de acero,
mudada la color, puestos los ojos en Quiteria, con voz tremente y ronca,
estas razones dijo:
-Bien sabes, desconocida Quiteria, que conforme a la santa ley que
profesamos, que viviendo yo, tú no puedes tomar esposo; y juntamente no
ignoras que, por esperar yo que el tiempo y mi diligencia mejorasen los
bienes de mi fortuna, no he querido dejar de guardar el decoro que a tu
honra convenía; pero tú, echando a las espaldas todas las obligaciones que
debes a mi buen deseo, quieres hacer señor de lo que es mío a otro, cuyas
riquezas le sirven no sólo de buena fortuna, sino de bonísima ventura. Y
para que la tenga colmada, y no como yo pienso que la merece, sino como se
la quieren dar los cielos, yo, por mis manos, desharé el imposible o el
inconveniente que puede estorbársela, quitándome a mí de por medio. ¡Viva,
viva el rico Camacho con la ingrata Quiteria largos y felices siglos, y
muera, muera el pobre Basilio, cuya pobreza cortó las alas de su dicha y le
puso en la sepultura!
Y, diciendo esto, asió del bastón que tenía hincado en el suelo, y,
quedándose la mitad dél en la tierra, mostró que servía de vaina a un
mediano estoque que en él se ocultaba; y, puesta la que se podía llamar
empuñadura en el suelo, con ligero desenfado y determinado propósito se
arrojó sobre él, y en un punto mostró la punta sangrienta a las espaldas,
con la mitad del acerada cuchilla, quedando el triste bañado en su sangre y
tendido en el suelo, de sus mismas armas traspasado.
Acudieron luego sus amigos a favorecerle, condolidos de su miseria y
lastimosa desgracia; y, dejando don Quijote a Rocinante, acudió a
favorecerle y le tomó en sus brazos, y halló que aún no había espirado.
Quisiéronle sacar el estoque, pero el cura, que estaba presente, fue de
parecer que no se le sacasen antes de confesarle, porque el sacársele y el
espirar sería todo a un tiempo. Pero, volviendo un poco en sí Basilio, con
voz doliente y desmayada dijo:
-Si quisieses, cruel Quiteria, darme en este último y forzoso trance la
mano de esposa, aún pensaría que mi temeridad tendría desculpa, pues en
ella alcancé el bien de ser tuyo.
El cura, oyendo lo cual, le dijo que atendiese a la salud del alma antes
que a los gustos del cuerpo, y que pidiese muy de veras a Dios perdón de
sus pecados y de su desesperada determinación. A lo cual replicó Basilio
que en ninguna manera se confesaría si primero Quiteria no le daba la mano
de ser su esposa: que aquel contento le adobaría la voluntad y le daría
aliento para confesarse.
En oyendo don Quijote la petición del herido, en altas voces dijo que
Basilio pedía una cosa muy justa y puesta en razón, y además, muy hacedera,
y que el señor Camacho quedaría tan honrado recibiendo a la señora Quiteria
viuda del valeroso Basilio como si la recibiera del lado de su padre:
-Aquí no ha de haber más de un sí, que no tenga otro efecto que el
pronunciarle, pues el tálamo de estas bodas ha de ser la sepultura.
Todo lo oía Camacho, y todo le tenía suspenso y confuso, sin saber qué
hacer ni qué decir; pero las voces de los amigos de Basilio fueron tantas,
pidiéndole que consintiese que Quiteria le diese la mano de esposa, porque
su alma no se perdiese, partiendo desesperado desta vida, que le movieron,
y aun forzaron, a decir que si Quiteria quería dársela, que él se
contentaba, pues todo era dilatar por un momento el cumplimiento de sus
deseos.
Luego acudieron todos a Quiteria, y unos con ruegos, y otros con lágrimas,
y otros con eficaces razones, la persuadían que diese la mano al pobre
Basilio; y ella, más dura que un mármol y más sesga que una estatua,
mostraba que ni sabía ni podía, ni quería responder palabra; ni la
respondiera si el cura no la dijera que se determinase presto en lo que
había de hacer, porque tenía Basilio ya el alma en los dientes, y no daba
lugar a esperar inresolutas determinaciones.
Entonces la hermosa Quiteria, sin responder palabra alguna, turbada, al
parecer triste y pesarosa, llegó donde Basilio estaba, ya los ojos vueltos,
el aliento corto y apresurado, murmurando entre los dientes el nombre de
Quiteria, dando muestras de morir como gentil, y no como cristiano. Llegó,
en fin, Quiteria, y, puesta de rodillas, le pidió la mano por señas, y no
por palabras. Desencajó los ojos Basilio, y, mirándola atentamente, le
dijo:
-¡Oh Quiteria, que has venido a ser piadosa a tiempo cuando tu piedad ha de
servir de cuchillo que me acabe de quitar la vida, pues ya no tengo fuerzas
para llevar la gloria que me das en escogerme por tuyo, ni para suspender
el dolor que tan apriesa me va cubriendo los ojos con la espantosa sombra
de la muerte! Lo que te suplico es, ¡oh fatal estrella mía!, que la mano
que me pides y quieres darme no sea por cumplimiento, ni para engañarme de
nuevo, sino que confieses y digas que, sin hacer fuerza a tu voluntad, me
la entregas y me la das como a tu legítimo esposo; pues no es razón que en
un trance como éste me engañes, ni uses de fingimientos con quien tantas
verdades ha tratado contigo.
Entre estas razones, se desmayaba, de modo que todos los presentes pensaban
que cada desmayo se había de llevar el alma consigo. Quiteria, toda honesta
y toda vergonzosa, asiendo con su derecha mano la de Basilio, le dijo:
-Ninguna fuerza fuera bastante a torcer mi voluntad; y así, con la más
libre que tengo te doy la mano de legítima esposa, y recibo la tuya, si es
que me la das de tu libre albedrío, sin que la turbe ni contraste la
calamidad en que tu discurso acelerado te ha puesto.
-Sí doy -respondió Basilio-, no turbado ni confuso, sino con el claro
entendimiento que el cielo quiso darme; y así, me doy y me entrego por tu
esposo.
-Y yo por tu esposa -respondió Quiteria-, ahora vivas largos años, ahora te
lleven de mis brazos a la sepultura.
-Para estar tan herido este mancebo -dijo a este punto Sancho Panza-, mucho
habla; háganle que se deje de requiebros y que atienda a su alma, que, a mi
parecer, más la tiene en la lengua que en los dientes.
Estando, pues, asidos de las manos Basilio y Quiteria, el cura, tierno y
lloroso, los echó la bendición y pidió al cielo diese buen poso al alma del
nuevo desposado; el cual, así como recibió la bendición, con presta
ligereza se levantó en pie, y con no vista desenvoltura se sacó el estoque,
a quien servía de vaina su cuerpo.
Quedaron todos los circunstantes admirados, y algunos dellos, más simples
que curiosos, en altas voces, comenzaron a decir:
-¡Milagro, milagro!
Pero Basilio replicó:
-¡No "milagro, milagro", sino industria, industria!
El cura, desatentado y atónito, acudió con ambas manos a tentar la herida,
y halló que la cuchilla había pasado, no por la carne y costillas de
Basilio, sino por un cañón hueco de hierro que, lleno de sangre, en aquel
lugar bien acomodado tenía; preparada la sangre, según después se supo, de
modo que no se helase.
Finalmente, el cura y Camacho, con todos los más circunstantes, se tuvieron
por burlados y escarnidos. La esposa no dio muestras de pesarle de la
burla; antes, oyendo decir que aquel casamiento, por haber sido engañoso,
no había de ser valedero, dijo que ella le confirmaba de nuevo; de lo cual
coligieron todos que de consentimiento y sabiduría de los dos se había
trazado aquel caso, de lo que quedó Camacho y sus valedores tan corridos
que remitieron su venganza a las manos, y, desenvainando muchas espadas,
arremetieron a Basilio, en cuyo favor en un instante se desenvainaron casi
otras tantas. Y, tomando la delantera a caballo don Quijote, con la lanza
sobre el brazo y bien cubierto de su escudo, se hacía dar lugar de todos.
Sancho, a quien jamás pluguieron ni solazaron semejantes fechurías, se
acogió a las tinajas, donde había sacado su agradable espuma, pareciéndole
aquel lugar como sagrado, que había de ser tenido en respeto. Don Quijote,
a grandes voces, decía:
-Teneos, señores, teneos, que no es razón toméis venganza de los agravios
que el amor nos hace; y advertid que el amor y la guerra son una misma
cosa, y así como en la guerra es cosa lícita y acostumbrada usar de ardides
y estratagemas para vencer al enemigo, así en las contiendas y competencias
amorosas se tienen por buenos los embustes y marañas que se hacen para
conseguir el fin que se desea, como no sean en menoscabo y deshonra de la
cosa amada. Quiteria era de Basilio, y Basilio de Quiteria, por justa y
favorable disposición de los cielos. Camacho es rico, y podrá comprar su
gusto cuando, donde y como quisiere. Basilio no tiene más desta oveja, y no
se la ha de quitar alguno, por poderoso que sea; que a los dos que Dios
junta no podrá separar el hombre; y el que lo intentare, primero ha de
pasar por la punta desta lanza.
Y, en esto, la blandió tan fuerte y tan diestramente, que puso pavor en
todos los que no le conocían, y tan intensamente se fijó en la imaginación
de Camacho el desdén de Quiteria, que se la borró de la memoria en un
instante; y así, tuvieron lugar con él las persuasiones del cura, que era
varón prudente y bien intencionado, con las cuales quedó Camacho y los de
su parcialidad pacíficos y sosegados; en señal de lo cual volvieron las
espadas a sus lugares, culpando más a la facilidad de Quiteria que a la
industria de Basilio; haciendo discurso Camacho que si Quiteria quería bien
a Basilio doncella, también le quisiera casada, y que debía de dar gracias
al cielo, más por habérsela quitado que por habérsela dado.
Consolado, pues, y pacífico Camacho y los de su mesnada, todos los de la de
Basilio se sosegaron, y el rico Camacho, por mostrar que no sentía la
burla, ni la estimaba en nada, quiso que las fiestas pasasen adelante como
si realmente se desposara; pero no quisieron asistir a ellas Basilio ni su
esposa ni secuaces; y así, se fueron a la aldea de Basilio, que también los
pobres virtuosos y discretos tienen quien los siga, honre y ampare, como
los ricos tienen quien los lisonjee y acompañe.
Llevarónse consigo a don Quijote, estimándole por hombre de valor y de pelo
en pecho. A sólo Sancho se le escureció el alma, por verse imposibilitado
de aguardar la espléndida comida y fiestas de Camacho, que duraron hasta la
noche; y así, asenderado y triste, siguió a su señor, que con la cuadrilla
de Basilio iba, y así se dejó atrás las ollas de Egipto, aunque las llevaba
en el alma, cuya ya casi consumida y acabada espuma, que en el caldero
llevaba, le representaba la gloria y la abundancia del bien que perdía; y
así, congojado y pensativo, aunque sin hambre, sin apearse del rucio,
siguió las huellas de Rocinante.
Capítulo XXII. Donde se da cuenta de la grande aventura de la cueva de
Montesinos, que está en el corazón de la Mancha, a quien dio felice cima el
valeroso don Quijote de la Mancha
Grandes fueron y muchos los regalos que los desposados hicieron a don
Quijote, obligados de las muestras que había dado defendiendo su causa, y
al par de la valentía le graduaron la discreción, teniéndole por un Cid en
las armas y por un Cicerón en la elocuencia. El buen Sancho se refociló
tres días a costa de los novios, de los cuales se supo que no fue traza
comunicada con la hermosa Quiteria el herirse fingidamente, sino industria
de Basilio, esperando della el mesmo suceso que se había visto; bien es
verdad que confesó que había dado parte de su pensamiento a algunos de sus
amigos, para que al tiempo necesario favoreciesen su intención y abonasen
su engaño.
-No se pueden ni deben llamar engaños -dijo don Quijote- los que ponen la
mira en virtuosos fines.
Y que el de casarse los enamorados era el fin de más excelencia,
advirtiendo que el mayor contrario que el amor tiene es la hambre y la
continua necesidad, porque el amor es todo alegría, regocijo y contento, y
más cuando el amante está en posesión de la cosa amada, contra quien son
enemigos opuestos y declarados la necesidad y la pobreza; y que todo esto
decía con intención de que se dejase el señor Basilio de ejercitar las
habilidades que sabe, que, aunque le daban fama, no le daban dineros, y que
atendiese a granjear hacienda por medios lícitos e industriosos, que nunca
faltan a los prudentes y aplicados.
-El pobre honrado, si es que puede ser honrado el pobre, tiene prenda en
tener mujer hermosa, que, cuando se la quitan, le quitan la honra y se la
matan. La mujer hermosa y honrada, cuyo marido es pobre, merece ser
coronada con laureles y palmas de vencimiento y triunfo. La hermosura, por
sí sola, atrae las voluntades de cuantos la miran y conocen, y como a
señuelo gustoso se le abaten las águilas reales y los pájaros altaneros;
pero si a la tal hermosura se le junta la necesidad y la estrecheza,
también la embisten los cuervos, los milanos y las otras aves de rapiña; y
la que está a tantos encuentros firme bien merece llamarse corona de su
marido. Mirad, discreto Basilio -añadió don Quijote-: opinión fue de no sé
qué sabio que no había en todo el mundo sino una sola mujer buena, y daba
por consejo que cada uno pensase y creyese que aquella sola buena era la
suya, y así viviría contento. Yo no soy casado, ni hasta agora me ha venido
en pensamiento serlo; y, con todo esto, me atrevería a dar consejo al que
me lo pidiese del modo que había de buscar la mujer con quien se quisiese
casar. Lo primero, le aconsejaría que mirase más a la fama que a la
hacienda, porque la buena mujer no alcanza la buena fama solamente con ser
buena, sino con parecerlo; que mucho más dañan a las honras de las mujeres
las desenvolturas y libertades públicas que las maldades secretas. Si traes
buena mujer a tu casa, fácil cosa sería conservarla, y aun mejorarla, en
aquella bondad; pero si la traes mala, en trabajo te pondrá el enmendarla:
que no es muy hacedero pasar de un estremo a otro. Yo no digo que sea
imposible, pero téngolo por dificultoso.
Oía todo esto Sancho, y dijo entre sí:
-Este mi amo, cuando yo hablo cosas de meollo y de sustancia suele decir
que podría yo tomar un púlpito en las manos y irme por ese mundo adelante
predicando lindezas; y yo digo dél que cuando comienza a enhilar sentencias
y a dar consejos, no sólo puede tomar púlpito en las manos, sino dos en
cada dedo, y andarse por esas plazas a ¿qué quieres boca? ¡Válate el diablo
por caballero andante, que tantas cosas sabes! Yo pensaba en mi ánima que
sólo podía saber aquello que tocaba a sus caballerías, pero no hay cosa
donde no pique y deje de meter su cucharada.
Murmuraba esto algo Sancho, y entreoyóle su señor, y preguntóle:
-¿Qué murmuras, Sancho?
-No digo nada, ni murmuro de nada -respondió Sancho-; sólo estaba diciendo
entre mí que quisiera haber oído lo que vuesa merced aquí ha dicho antes
que me casara, que quizá dijera yo agora: "El buey suelto bien se lame".
-¿Tan mala es tu Teresa, Sancho? -dijo don Quijote.
-No es muy mala -respondió Sancho-, pero no es muy buena; a lo menos, no es
tan buena como yo quisiera.
-Mal haces, Sancho -dijo don Quijote-, en decir mal de tu mujer, que, en
efecto, es madre de tus hijos.
-No nos debemos nada -respondió Sancho-, que también ella dice mal de mí
cuando se le antoja, especialmente cuando está celosa, que entonces súfrala
el mesmo Satanás.
Finalmente, tres días estuvieron con los novios, donde fueron regalados y
servidos como cuerpos de rey. Pidió don Quijote al diestro licenciado le
diese una guía que le encaminase a la cueva de Montesinos, porque tenía
gran deseo de entrar en ella y ver a ojos vistas si eran verdaderas las
maravillas que de ella se decían por todos aquellos contornos. El
licenciado le dijo que le daría a un primo suyo, famoso estudiante y muy
aficionado a leer libros de caballerías, el cual con mucha voluntad le
pondría a la boca de la mesma cueva, y le enseñaría las lagunas de Ruidera,
famosas ansimismo en toda la Mancha, y aun en toda España; y díjole que
llevaría con él gustoso entretenimiento, a causa que era mozo que sabía
hacer libros para imprimir y para dirigirlos a príncipes. Finalmente, el
primo vino con una pollina preñada, cuya albarda cubría un gayado tapete o
arpillera. Ensilló Sancho a Rocinante y aderezó al rucio, proveyó sus
alforjas, a las cuales acompañaron las del primo, asimismo bien proveídas,
y, encomendándose a Dios y despediéndose de todos, se pusieron en camino,
tomando la derrota de la famosa cueva de Montesinos.
En el camino preguntó don Quijote al primo de qué género y calidad eran sus
ejercicios, su profesión y estudios; a lo que él respondió que su
profesión era ser humanista; sus ejercicios y estudios, componer libros
para dar a la estampa, todos de gran provecho y no menos entretenimiento
para la república; que el uno se intitulaba el de las libreas, donde pinta
setecientas y tres libreas, con sus colores, motes y cifras, de donde
podían sacar y tomar las que quisiesen en tiempo de fiestas y regocijos los
caballeros cortesanos, sin andarlas mendigando de nadie, ni lambicando,
como dicen, el cerbelo, por sacarlas conformes a sus deseos e intenciones.
-Porque doy al celoso, al desdeñado, al olvidado y al ausente las que les
convienen, que les vendrán más justas que pecadoras. Otro libro tengo
también, a quien he de llamar Metamorfóseos, o Ovidio español, de invención
nueva y rara; porque en él, imitando a Ovidio a lo burlesco, pinto quién
fue la Giralda de Sevilla y el Ángel de la Madalena, quién el Caño de
Vecinguerra, de Córdoba, quiénes los Toros de Guisando, la Sierra Morena,
las fuentes de Leganitos y Lavapiés, en Madrid, no olvidándome de la del
Piojo, de la del Caño Dorado y de la Priora; y esto, con sus alegorías,
metáforas y translaciones, de modo que alegran, suspenden y enseñan a un
mismo punto. Otro libro tengo, que le llamo Suplemento a Virgilio Polidoro,
que trata de la invención de las cosas, que es de grande erudición y
estudio, a causa que las cosas que se dejó de decir Polidoro de gran
sustancia, las averiguo yo, y las declaro por gentil estilo. Olvidósele a
Virgilio de declararnos quién fue el primero que tuvo catarro en el mundo,
y el primero que tomó las unciones para curarse del morbo gálico, y yo lo
declaro al pie de la letra, y lo autorizo con más de veinte y cinco
autores: porque vea vuesa merced si he trabajado bien y si ha de ser útil
el tal libro a todo el mundo.
Sancho, que había estado muy atento a la narración del primo, le dijo:
-Dígame, señor, así Dios le dé buena manderecha en la impresión de sus
libros: ¿sabríame decir, que sí sabrá, pues todo lo sabe, quién fue el
primero que se rascó en la cabeza, que yo para mí tengo que debió de ser
nuestro padre Adán?
-Sí sería -respondió el primo-, porque Adán no hay duda sino que tuvo
cabeza y cabellos; y, siendo esto así, y siendo el primer hombre del mundo,
alguna vez se rascaría.
-Así lo creo yo -respondió Sancho-; pero dígame ahora: ¿quién fue el primer
volteador del mundo?
-En verdad, hermano -respondió el primo-, que no me sabré determinar por
ahora, hasta que lo estudie. Yo lo estudiaré, en volviendo adonde tengo mis
libros, y yo os satisfaré cuando otra vez nos veamos, que no ha de ser ésta
la postrera.
-Pues mire, señor -replicó Sancho-, no tome trabajo en esto, que ahora he
caído en la cuenta de lo que le he preguntado. Sepa que el primer volteador
del mundo fue Lucifer, cuando le echaron o arrojaron del cielo, que vino
volteando hasta los abismos.
-Tienes razón, amigo -dijo el primo.
Y dijo don Quijote:
-Esa pregunta y respuesta no es tuya, Sancho: a alguno las has oído decir.
-Calle, señor -replicó Sancho-, que a buena fe que si me doy a preguntar y
a responder, que no acabe de aquí a mañana. Sí, que para preguntar
necedades y responder disparates no he menester yo andar buscando ayuda de
vecinos.
-Más has dicho, Sancho, de lo que sabes -dijo don Quijote-; que hay algunos
que se cansan en saber y averiguar cosas que, después de sabidas y
averiguadas, no importan un ardite al entendimiento ni a la memoria.
En estas y otras gustosas pláticas se les pasó aquel día, y a la noche se
albergaron en una pequeña aldea, adonde el primo dijo a don Quijote que
desde allí a la cueva de Montesinos no había más de dos leguas, y que si
llevaba determinado de entrar en ella, era menester proverse de sogas, para
atarse y descolgarse en su profundidad.
Don Quijote dijo que, aunque llegase al abismo, había de ver dónde paraba;
y así, compraron casi cien brazas de soga, y otro día, a las dos de la
tarde, llegaron a la cueva, cuya boca es espaciosa y ancha, pero llena de
cambroneras y cabrahígos, de zarzas y malezas, tan espesas y intricadas,
que de todo en todo la ciegan y encubren. En viéndola, se apearon el primo,
Sancho y don Quijote, al cual los dos le ataron luego fortísimamente con
las sogas; y, en tanto que le fajaban y ceñían, le dijo Sancho:
-Mire vuestra merced, señor mío, lo que hace: no se quiera sepultar en
vida, ni se ponga adonde parezca frasco que le ponen a enfriar en algún
pozo. Sí, que a vuestra merced no le toca ni atañe ser el escudriñador
desta que debe de ser peor que mazmorra.
-Ata y calla -respondió don Quijote-, que tal empresa como aquésta, Sancho
amigo, para mí estaba guardada.
Y entonces dijo la guía:
-Suplico a vuesa merced, señor don Quijote, que mire bien y especule con
cien ojos lo que hay allá dentro: quizá habrá cosas que las ponga yo en el
libro de mis Transformaciones.
-En manos está el pandero que le sabrá bien tañer -respondió Sancho Panza.
Dicho esto y acabada la ligadura de don Quijote -que no fue sobre el arnés,
sino sobre el jubón de armar-, dijo don Quijote:
-Inadvertidos hemos andado en no habernos proveído de algún esquilón
pequeño, que fuera atado junto a mí en esta mesma soga, con cuyo sonido se
entendiera que todavía bajaba y estaba vivo; pero, pues ya no es posible, a
la mano de Dios, que me guíe.
Y luego se hincó de rodillas y hizo una oración en voz baja al cielo,
pidiendo a Dios le ayudase y le diese buen suceso en aquella, al parecer,
peligrosa y nueva aventura, y en voz alta dijo luego:
-¡Oh señora de mis acciones y movimientos, clarísima y sin par Dulcinea del
Toboso! Si es posible que lleguen a tus oídos las plegarias y rogaciones
deste tu venturoso amante, por tu inaudita belleza te ruego las escuches,
que no son otras que rogarte no me niegues tu favor y amparo, ahora que
tanto le he menester. Yo voy a despeñarme, a empozarme y a hundirme en el
abismo que aquí se me representa, sólo porque conozca el mundo que si tú me
favoreces, no habrá imposible a quien yo no acometa y acabe.
Y, en diciendo esto, se acercó a la sima; vio no ser posible descolgarse,
ni hacer lugar a la entrada, si no era a fuerza de brazos, o a cuchilladas,
y así, poniendo mano a la espada, comenzó a derribar y a cortar de aquellas
malezas que a la boca de la cueva estaban, por cuyo ruido y estruendo
salieron por ella una infinidad de grandísimos cuervos y grajos, tan
espesos y con tanta priesa, que dieron con don Quijote en el suelo; y si él
fuera tan agorero como católico cristiano, lo tuviera a mala señal y
escusara de encerrarse en lugar semejante.
Finalmente se levantó, y, viendo que no salían más cuervos ni otras aves
noturnas, como fueron murciélagos, que asimismo entre los cuervos salieron,
dándole soga el primo y Sancho, se dejó calar al fondo de la caverna
espantosa; y, al entrar, echándole Sancho su bendición y haciendo sobre él
mil cruces, dijo:
-¡Dios te guíe y la Peña de Francia, junto con la Trinidad de Gaeta, flor,
nata y espuma de los caballeros andantes! ¡Allá vas, valentón del mundo,
corazón de acero, brazos de bronce! ¡Dios te guíe, otra vez, y te vuelva
libre, sano y sin cautela a la luz desta vida, que dejas por enterrarte en
esta escuridad que buscas!
Casi las mismas plegarias y deprecaciones hizo el primo.
Iba don Quijote dando voces que le diesen soga y más soga, y ellos se la
daban poco a poco; y cuando las voces, que acanaladas por la cueva salían,
dejaron de oírse, ya ellos tenían descolgadas las cien brazas de soga, y
fueron de parecer de volver a subir a don Quijote, pues no le podían dar
más cuerda. Con todo eso, se detuvieron como media hora, al cabo del cual
espacio volvieron a recoger la soga con mucha facilidad y sin peso alguno,
señal que les hizo imaginar que don Quijote se quedaba dentro; y,
creyéndolo así, Sancho lloraba amargamente y tiraba con mucha priesa por
desengañarse, pero, llegando, a su parecer, a poco más de las ochenta
brazas, sintieron peso, de que en estremo se alegraron. Finalmente, a las
diez vieron distintamente a don Quijote, a quien dio voces Sancho,
diciéndole:
-Sea vuestra merced muy bien vuelto, señor mío, que ya pensábamos que se
quedaba allá para casta.
Pero no respondía palabra don Quijote; y, sacándole del todo, vieron que
traía cerrados los ojos, con muestras de estar dormido. Tendiéronle en el
suelo y desliáronle, y con todo esto no despertaba; pero tanto le volvieron
y revolvieron, sacudieron y menearon, que al cabo de un buen espacio volvió
en sí, desperezándose, bien como si de algún grave y profundo sueño
despertara; y, mirando a una y otra parte, como espantado, dijo:
-Dios os lo perdone, amigos; que me habéis quitado de la más sabrosa y
agradable vida y vista que ningún humano ha visto ni pasado. En efecto,
ahora acabo de conocer que todos los contentos desta vida pasan como sombra
y sueño, o se marchitan como la flor del campo. ¡Oh desdichado Montesinos!
¡Oh mal ferido Durandarte! ¡Oh sin ventura Belerma! ¡Oh lloroso Guadiana, y
vosotras sin dicha ijas de Ruidera, que mostráis en vuestras aguas las que
lloraron vuestros hermosos ojos!
Escuchaban el primo y Sancho las palabras de don Quijote, que las decía
como si con dolor inmenso las sacara de las entrañas. Suplicáronle les
diese a entender lo que decía, y les dijese lo que en aquel infierno había
visto.
-¿Infierno le llamáis? -dijo don Quijote-; pues no le llaméis ansí, porque
no lo merece, como luego veréis.
Pidió que le diesen algo de comer, que traía grandísima hambre. Tendieron
la arpillera del primo sobre la verde yerba, acudieron a la despensa de sus
alforjas, y, sentados todos tres en buen amor y compaña, merendaron y
cenaron, todo junto. Levantada la arpillera, dijo don Quijote de la Mancha:
-No se levante nadie, y estadme, hijos, todos atentos.
Capítulo XXIII. De las admirables cosas que el estremado don Quijote contó
que había visto en la profunda cueva de Montesinos, cuya imposibilidad y
grandeza hace que se tenga esta aventura por apócrifa
Las cuatro de la tarde serían cuando el sol, entre nubes cubierto, con luz
escasa y templados rayos, dio lugar a don Quijote para que, sin calor y
pesadumbre, contase a sus dos clarísimos oyentes lo que en la cueva de
Montesinos había visto. Y comenzó en el modo siguiente:
-A obra de doce o catorce estados de la profundidad desta mazmorra, a la
derecha mano, se hace una concavidad y espacio capaz de poder caber en ella
un gran carro con sus mulas. Éntrale una pequeña luz por unos resquicios o
agujeros, que lejos le responden, abiertos en la superficie de la tierra.
Esta concavidad y espacio vi yo a tiempo cuando ya iba cansado y mohíno de
verme, pendiente y colgado de la soga, caminar por aquella escura región
abajo, sin llevar cierto ni determinado camino; y así, determiné entrarme
en ella y descansar un poco. Di voces, pidiéndoos que no descolgásedes más
soga hasta que yo os lo dijese, pero no debistes de oírme. Fui recogiendo
la soga que enviábades, y, haciendo della una rosca o rimero, me senté
sobre él, pensativo además, considerando lo que hacer debía para calar al
fondo, no teniendo quién me sustentase; y, estando en este pensamiento y
confusión, de repente y sin procurarlo, me salteó un sueño profundísimo; y,
cuando menos lo pensaba, sin saber cómo ni cómo no, desperté dél y me hallé
en la mitad del más bello, ameno y deleitoso prado que puede criar la
naturaleza ni imaginar la más discreta imaginación humana. Despabilé los
ojos, limpiémelos, y vi que no dormía, sino que realmente estaba despierto;
con todo esto, me tenté la cabeza y los pechos, por certificarme si era yo
mismo el que allí estaba, o alguna fantasma vana y contrahecha; pero el
tacto, el sentimiento, los discursos concertados que entre mí hacía, me
certificaron que yo era allí entonces el que soy aquí ahora. Ofrecióseme
luego a la vista un real y suntuoso palacio o alcázar, cuyos muros y
paredes parecían de transparente y claro cristal fabricados; del cual
abriéndose dos grandes puertas, vi que por ellas salía y hacía mí se venía
un venerable anciano, vestido con un capuz de bayeta morada, que por el
suelo le arrastraba: ceñíale los hombros y los pechos una beca de colegial,
de raso verde; cubríale la cabeza una gorra milanesa negra, y la barba,
canísima, le pasaba de la cintura; no traía arma ninguna, sino un rosario
de cuentas en la mano, mayores que medianas nueces, y los dieces asimismo
como huevos medianos de avestruz; el continente, el paso, la gravedad y la
anchísima presencia, cada cosa de por sí y todas juntas, me suspendieron y
admiraron. Llegóse a mí, y lo primero que hizo fue abrazarme estrechamente,
y luego decirme: ''Luengos tiempos ha, valeroso caballero don Quijote de la
Mancha, que los que estamos en estas soledades encantados esperamos verte,
para que des noticia al mundo de lo que encierra y cubre la profunda cueva
por donde has entrado, llamada la cueva de Montesinos: hazaña sólo guardada
para ser acometida de tu invencible corazón y de tu ánimo stupendo. Ven
conmigo, señor clarísimo, que te quiero mostrar las maravillas que este
transparente alcázar solapa, de quien yo soy alcaide y guarda mayor
perpetua, porque soy el mismo Montesinos, de quien la cueva toma nombre''.
Apenas me dijo que era Montesinos, cuando le pregunté si fue verdad lo que
en el mundo de acá arriba se contaba: que él había sacado de la mitad del
pecho, con una pequeña daga, el corazón de su grande amigo Durandarte y
llevádole a la Señora Belerma, como él se lo mandó al punto de su muerte.
Respondióme que en todo decían verdad, sino en la daga, porque no fue daga,
ni pequeña, sino un puñal buido, más agudo que una lezna.
-Debía de ser -dijo a este punto Sancho- el tal puñal de Ramón de Hoces, el
sevillano.
-No sé -prosiguió don Quijote-, pero no sería dese puñalero, porque Ramón
de Hoces fue ayer, y lo de Roncesvalles, donde aconteció esta desgracia, ha
muchos años; y esta averiguación no es de importancia, ni turba ni altera
la verdad y contesto de la historia.
-Así es -respondió el primo-; prosiga vuestra merced, señor don Quijote,
que le escucho con el mayor gusto del mundo.
-No con menor lo cuento yo -respondió don Quijote-; y así, digo que el
venerable Montesinos me metió en el cristalino palacio, donde en una sala
baja, fresquísima sobremodo y toda de alabastro, estaba un sepulcro de
mármol, con gran maestría fabricado, sobre el cual vi a un caballero
tendido de largo a largo, no de bronce, ni de mármol, ni de jaspe hecho,
como los suele haber en otros sepulcros, sino de pura carne y de puros
huesos. Tenía la mano derecha (que, a mi parecer, es algo peluda y nervosa,
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